Capitulo 8

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Todos estuvieron listos unas horas después, se acostaron cansados y finalmente, al amanecer del día siguiente, se despidieron del ruso y se presentaron puntuales en el bar. Jim no abría hasta pasado las nueve, pero en esa ocasión lo hizo más temprano para recibir a los viajeros. Les tenía preparado una bandeja con pequeñas tazas de café, que repartió a todos mientras esperaban que Angie bajara. Michelle, como Kenshi, odiaba levantarse temprano así que estaba casi que durmiéndose en brazos de Damián mientras trataba de beber su café, esperando que eso le despertara un poco...

Para cuándo Angie bajó de su cuarto y se encontró con esa cantidad de gente, frunció el ceño.

—Espero que hayan venido a despedirse —gruñó, aunque lo dudaba al ver la cantidad de maletas. Sus ojos amarillos recayeron en Klaus—. Te dije que sólo debían venir Michelle y tú.

—No vamos a dejar a Michelle en esto solo. —Se adelantó Irina.

—Esto no es un viaje de placer. —Enfocó su vista en Michelle—. Me preguntaste para traer a tu novio, te dije que no, y ahora te traes a la familia entera. —Recorrió al grupo, faltaba Ottori y Vladimir.

Las orejas de Michelle se aplanaron ante el regaño.

—Ellos quisieron venir. Podemos incluso aprovechar de pasar unos días ahí después del cambio..., como un viaje.

Klaus se adelantó para hablar con Angie. Se alejaron del grupo, la morena seguía con el ceño fruncido mientras Klaus intentaba explicarse. Irina se acercó a su hermano con los brazos cruzados sobre el pecho.

—Si cree que vamos a dejar que te vayas solo, está loca. —Sonrió a su tío Ruslán—. Me sorprende que te hayan dejado venir.

—Bueno..., papá no estuvo, así que imagino que padre le acabará explicando... —Miró el camino que llevaba a la casa—. Solo que al regresar estaré castigado de por vida.

Michelle bostezó.

—¿Tío Keso pasó la noche fuera?

Ruslán rodó los ojos. Michelle había estado dormido cuando se despidieron de su padre y sus tíos. Prefirió no contestarle y carraspeó alto hacia Klaus.

—Hermano, será mejor que marchemos al puerto si pensamos irnos a tiempo. Será un viaje largo...

Respirando hondo, Angie tuvo que aceptar que iban a hacer el viaje con un adulto y tres adolescentes extra que no estaba planificados.

—Como sea —gruñó Angie. Retomó una pequeña maleta que había traído con ella, se acercó a Jim para pagar el cuarto y los licores que consumió en su corta estancia.

Todo el grupo se despidió de Jim prometiéndole traer regalos. Al terminar, salieron siguiendo a Angie. Cuando se dieron cuenta de que no iba a agarrar ningún carruaje al puerto y que en realidad se estaban adentrando en el bosque, se detuvieron.

—Este no es el camino al puerto. —Señaló lo obvio Damián.

—No vamos al puerto —respondió Angie sin detenerse.

—¿No vamos al puerto? —Michelle bostezó una última vez, desperezándose—. ¿Cómo que no? ¿Entonces cómo pretendes que lleguemos a Italia?

La morena se detuvo, volteando lentamente le sonrió al grupo, su sonrisa igual a la del gato Cheshire.

—Ya lo descubrirán.

El grupo, intrigado, la siguió. Se adentraron más y más en el bosque hasta que casi no escucharon las voces de los pueblerinos.

—¿A dónde se supone que nos está llevando? —murmuró Irina a su hermano y Ruslán—. Si queremos salir de Japón, tenemos que ir a puerto.

—¿Y si tío Keso tenía razón y ella es peligrosa? —cuchicheó Michelle a los jóvenes—. Tal vez intenta llevarnos al fondo del bosque para matarnos o algo peor.

—No creo que sea eso, deja de estar fantaseando —regañó Ruslán—. Klaus no permitiría algo así.

—¿Cómo llegaríamos a Italia desde un bosque aquí en Japón? —preguntó Bárbara a la morena.

Angie estaba ocupada mirando los árboles alrededor de ella, por lo que tardó en responder la pregunta de Bárbara.

—Con tanto equipaje que traen, necesitaremos un árbol grande.

—¿Árbol? ¿Para qué quiere un árbol? —Se cuestionó Angie.

—Me parece que está un poco loca —opinó Damián. Todos la vieron rodear un árbol bastante grueso, a juzgar por su tamaño debía tener al menos treinta años—. Yo digo que la dejemos aquí y nos devolvamos a la casa Feudal. —Agarrando el brazo de Michelle, comenzó a retroceder pero todos se quedaron quietos cuando Angie golpeó el árbol como si fuera una puerta.

Para sorpresa de todos, el árbol comenzó a moverse, su corteza se abrió dejando ver un interior que se iluminaba suavemente con un resplandor verdoso.

—Bien. ¿Quién va primero? —preguntó, mirando al grupo que se veía estupefacto.

—¿Es... es real? —Bárbara enmudeció apenas acabó de hablar, cubriéndose los labios. Parpadeaba mucho, como si fuera una jugarreta de la vista pero no, el árbol seguía abierto, allí, como esperando a que pasaran y... los encerrara dentro.

—Real es, la pregunta correcta sería ¿es seguro? —Ruslán avanzó primero, adelantándose hasta estar a pocos centímetros de Angie y el árbol—. ¿Eso... nos llevará a Italia? ¿Fue así cómo... llegaste aquí? —Dudó un poco, y acercó la mano, realmente no había corteza y se sentía cálido en su interior—. ¿En verdad funciona?

—Sólo hay una manera de descubrirlo. ¿No crees? —invitó a Ruslán a que entrara en el árbol.

Respirando hondo, Ruslán afianzó su equipaje y asintió. Echó un último vistazo a los demás antes de acortar las distancias con el árbol y se internó en él, los demás vieron como su cuerpo parecía ser tragado por las raíces.

—Desapareció... —susurró Bárbara.

Michelle empalideció, miró a Damián y le besó un instante. Al siguiente, realizó las mismas acciones de Ruslán; apretó su agarre en el equipaje y corrió al interior del árbol, cerrando los ojos. Ni el llamado de Bárbara cuando cruzó y desapareció lo detuvieron.

Uno a uno fueron desapareciendo dentro del árbol, unos con más miedo que otros, Angie fue la última en viajar por las raíces. Para cuando llegó al otro lado se divirtió al ver a todo el grupo rascándose o con escalofríos.

—¡Algo me está caminando por la espalda! —gritó Irina, tratando de alcanzarse la zona de los omoplatos.

—Cariño, no tienes nada —le aseguró Klaus.

—Se siente asqueroso. —Se quejó Damián—. Debió avisarnos que esto se sentía así de horrible.

—¿Y perderme sus reacciones? —La morena arqueó una ceja divertida, salió del árbol y éste se cerró como si nada hubiera pasado.

Dadas las 8 horas de diferencia que había entre Japón e Italia, en ese momento eran las diez de la noche, por lo que aparte de un campo abierto y un cielo estrellado, no había mucho que ver.

—No es divertido. ¡En verdad creo que algo me está caminando por el cuerpo!

—Michelle, no hay nada. —Ruslán tenía las mejillas rojas, y la ropa lleno de pasto. No iba a mencionar en voz alta que al llegar, había estado revolcándose en la grama para quitarse esa sensación creyendo que tenía algo encima—. ¿Es esto Italia? —Carraspeó, mirando alrededor. Estuvo agradecido de tener un abrigo encima, aunque no hacía tanto frío en la noche—. Estamos en medio de un bosque. ¿Exactamente dónde estamos?

—En Florencia, específicamente La Toscana. —Los ojos amarillos de Angie tenían un brillo especial en la oscuridad, como los de un gato negro—. Vamos, me equivoqué de árbol —dijo mientras comenzaba a caminar.

—¿Eso qué quiere decir? —preguntó Klaus mientras ayudaba a Bárbara con su equipaje.

—Que tendremos que caminar un poco.

El grupo caminó siguiendo a Angie. Era raro estar allí a esas horas de la noche cuando en Japón apenas eran las siete de la mañana. Michelle poco a poco estaba sintiéndose más activo, y con su mano entrelazada a la de Damián lo ayudaba a caminar por entre la maleza con su vista.

—¿Cómo se llama la persona con quién vamos? ¿No es de mala educación llegar, y a estas horas de la noche, a su casa?

—No iremos así a casa de un extraño. Ocuparemos un hotel. ¿Cierto? —Ruslán observó entre Klaus y Angie, esperando alguna confirmación.

Klaus, al parecer, no había pensado en eso, y miró a Angie esperando una respuesta a esa interrogando. Con un gesto de su mano, la morena le quitó importancia al asunto.

—Gerardo sabe de nuestra llegada. Le encantan las visitas.

—¿Segura que está bien?

—De todos modos no tienen otra opción. La ciudad está a una hora y ustedes no pueden caminar tanto tiempo en el frío de la noche. Les daría hipotermia —explicó Angie. Michelle, Irina y Ruslán notaron algo.

—Ella sabe sobre el dragón —susurró la chica en japonés a los otros dos.

Ruslán trató de pensar con calma. Klaus había dicho que conocía a Angie desde hace varios años, antes de que ellos nacieran, tal vez entonces le había explicado sobre el genoma. Después de todo, eran amigos, ¿no? Pensaba que no sería extraño que ella supiera.

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El estómago de Michelle rugió rato después de caminar, y lamentó que tío Jim no pudiera haberle dado algo para llevar. En otras circunstancias estaría quejándose de hambre pero ya su estómago hacia ese trabajo. Esperaba que su anfitrión tuviera algo de compasión y le permitiera un desayuno –¿o cena? Lo que sea que calmara su apetito. Afortunadamente tuvieron frente a sí una gran casona de dos pisos, con un vasto terreno detrás y, por lo que podía vislumbrar con la poca luz que salía de su interior y la luz nocturna, plantas. Miles de plantas. ¿Era tal vez un jardinero, el dueño? O fanático de la jardinería. En un par de horas esperaba verlo a plena luz del día. Abrazó a Damián por la cintura cuando se detuvieron frente a la puerta, esperando que el dueño de la casa abriera luego de que Angie tocara.

Pero no fue así. Angie abrió la reja sin tocar ni esperar invitación, los demás la siguieron inseguros. Al lado de la verja de hierro había un muro terracota con el nombre de la casa. Bramasole.

En vez de ir a la puerta principal, Angie se desvió por un camino de piedras que daba al patio trasero, un lugar con mucho terreno verde lleno de árboles, flores y arbustos, todo muy cuidado y verde. Había flores por doquier, de muchas especies diferentes, algunas en macetas y otras plantadas directamente en el suelo. Incluso había un huerto no muy lejos y un invernadero se erigía al final del terrero. Todo era tan pacífico hermoso, casi como entrar al refugio de un hada de jardín.

Caminaron hasta llegar al porche donde se encontraron con un joven hombre italiano, cabello negro abundante con algunas canas resaltando, piel bronceada, ojos color miel y un rostro de amables facciones.

Apenas vio al grupo, dejó la copa de vino que estaba bebiendo y se levantó con los brazos abiertos, abrazó a Angie y le dio un beso en cada mejilla.

—¡La mia vita, benvenuto*! Los esperaba más temprano y trajiste a un montón de amigos.

—Se colaron —dijo Angie—. Hay ocho horas de diferencia con Japón. Salimos después del amanecer.

Mamma mia*, eso es muy temprano. ¿Comieron algo?

—No, y yo tengo hambre —murmuró Michelle, las orejas bajas contra la cabeza—. Creíamos que íbamos a venir en barco y de pronto ¡zas! se abre un portal por un árbol que ella tocó. Fue algo alucinante.

Ruslán, en otras circunstancias, habría regañado a Michelle por ser imprudente, ¿había olvidado los modales al cruzar aquel árbol? Probablemente una raíz seguía en su cerebro. Pero Ruslán empezaba a creer que quien tenía una raíz en el cerebro era él, apenas acabando de ver a... al joven frente a sí. Su corazón latía muy rápido en cuanto lo vio, y de pronto no sabía qué decir. Quien quiera que fuera el chico, le parecía... el ser más hermoso en todo el planeta.

La voz de Bárbara lo sacó de su ensoñación, causando un sonrojo en sus mejillas por el rumbo de sus pensamientos.

—Posee usted una casa muy hermosa, señor. —Bárbara estaba apreciando un floral de azucenas, encantada—. Y con un jardín totalmente magnífico. Debe costarle mucho mantenerlo. ¿Vive usted solo, o con su familia?

El italiano se rio, encantado con la honestidad de Michelle.

—Viajar por las raíces siempre es incómodo para los primerizos, pero uno se acostumbra. —Tomando su copa los invitó a todos a entrar—. Vamos, vamos, no se queden afuera. —Guiándolos al interior de la acogedora casa –donde también habían pequeñas plantas de interior–, contestó a las preguntas de Bárbara—. Gracias por notar mi jardín. Le dedico mucho tiempo a mis plantas. Vivo solo pero siempre me alegro de tener visitas. —Les dejó acomodarse en la sala mientras él iba a la cocina.

Bárbara agradeció un lugar donde sentarse, haciéndolo junto a Klaus. Michelle observaba todo a su alrededor, curioso por el lugar. Era una casa grande, estaba seguro que tendría muchas habitaciones pero el recién nombrado Gerardo dijo vivir solo. Debía ser una vida solitaria.

Cuando Gerardo volvió, Michelle regresó la atención a su anfitrión.

—Gerardo... No suena muy italiano. ¿Tú eres quien va a... cambiarme? —Hizo un leve gesto hacia sus orejas. La cola estaba oculta bajo su abrigo.

—Michelle, no seas irrespetuoso, hijo. —Bárbara suspiró, sonriendo—. Primero hay que presentarnos ante nuestro anfitrión. Me llamo Bárbara Hoffman, y mi hijo, Damián. —Señaló al rubio sentado junto a Michelle—. Soy la prometida de Klaus Wolfhart. —Colocó una mano en el brazo de Klaus a su lado—. Y ella es su hija, Irina. —Indicó a la joven al otro lado del alemán.

—Él es Ruslán, hermano de papá, y yo soy Michelle, hijo de Klaus. Listo las presentaciones, ahora... —Frunció el ceño hacia Gerardo—, ¿en verdad vas a hacer el cambio tú? Luces muy joven para eso. Creía que íbamos a ver a un viejo con barba o algo así.

Gerardo sonrió a cada uno, dejó el plato de palitos de pan y salsa en el centro de la mesa.

—Mi nombre es Gerardo Mazzeo —dijo a todos, luego miró a Michelle quien se veía muy ansioso—. Depende de la decisión que hayas tomado.

Angie apareció en la sala con una botella de vino nueva y cuatro copas hondas para los adultos.

—¿Depende? —Michelle compartió una mirada con Damián—. Pues..., decidí ser una persona normal. Quiero ser un humano normal. ¿En verdad eres capaz de hacer eso? —Esta vez, su emoción se volvió recelo y algo de esperanza.

—Si esa es tu elección, entonces yo no puedo ayudarte. —Antes de que Michelle pueda expresar su decepción, fue Angie quien explotó.

—¿Qué? ¿Cómo que no puedes hacer el cambio? —interrogó la morena con los ojos entrecerrados. Gerardo se apartó un poco de ella.

Mi dispiace, amore mio*, pero yo no tengo el libro...

—¿Y qué hay del libro que usaste conmigo? Uno rojo. ¿Acaso ese no sirve? —¡No, no, no! Esto trastocaba todos sus planes.

—No. El libro rojo es sólo para animales. Michelle quieres ser humano.

—No entiendo nada. ¿Qué libro rojo? Si tú no puedes ayudarme, ¿entonces quién? —Su mirada, claramente decepcionada, se dirigió un momento a Damián, antes de buscar la de Gerardo—. ¿Quieres decir que no puedes hacerme humano y este viaje fue por nada?

Notando que tendrían mucho de qué hablar, Gerardo propuso hacer pizzas y hablar mientras comían. Fue fácil y rápido hacer una par de pizzas grandes con diferentes ingredientes, los adultos tomaron de la botella de vino que llevó Angie en primer lugar y para los jóvenes Gerardo buscó un vino rosado espumante. Al principio, Klaus se negó a que los jóvenes tomaran alcohol.

—¿Qué edad tienen? —Miró a los jóvenes del grupo.

—Nosotros tenemos dieciséis —respondió Irina refiriéndose a Michelle, Ruslán y ella. Ruslán aún tenía quince pero en unos cuantos meses eso cambiaría.

—Yo tengo dieciocho —comentó Damián.

—Sólo dales algo de jugo —dijo Angie, sentada un poco alejada del grupo. Gerardo fue por la jarra de jugo de naranja que exprimió durante la tarde para servirles a los jóvenes.

Aunque tenía hambre, contrario a los demás, Michelle no se atrevía a probar bocado aún. Las preguntas que había hecho le carcomía y la angustia de no poder ser normal trancaba su apetito.

—¿Entonces? —Mantenía la atención en Gerardo—. ¿No voy a poder?

—Su viaje no es vano... —Comenzó a explicar Gerardo pero fue interrumpido por Angie.

—Tan sólo nos estás retrasando. —Seguía molesta con Gerardo. Ella quería terminar con esto lo antes posible, y ahora tendrían que esperar quien sabe cuánto tiempo.

—Sí. Pero eso no quiere decir que lo que quieres sea imposible —reconfortó a Michelle.

—¿Cómo podría, entonces? —insistió Michelle, harto de que estuvieran alargando la explicación—. Mencionaste un libro, ¿qué tiene que ver eso?

—¿Qué tanto les dijo Angie? —preguntó el italiano.

—No mucho, en realidad. Nos generó más preguntas que respuestas —contestó Klaus, tratando de no manchar la ropa con el queso derretido de la pizza.

—De acuerdo. Otra pregunta. ¿Qué saben de la magia?

—Bueno... —Ruslán trató de lidiar con el largo hilo de queso derretido que se formó al darle un pedazo a la pizza—, mi padre dijo... —Logró cortarlo y añadió— que no es real.

—El abuelo Vladimir no cree en esos mitos y leyendas —dijo Michelle, asintiendo—. Tío Keso suele discutir con él porque en Japón hay muchas leyendas y cosas así místicas que el abuelo no cree. Y todas las cosas de magia que hemos visto son solo trucos. —Se encogió de hombros, finalmente empezando a comer.

—Hace dos años acompañé a madre al teatro, se presentó un "mago". —Damián soltó un grito cuando el queso derretido le cayó por la barbilla.

—Sacar un conejo de un sombrero no es magia, es entretenimiento creado por humanos —explicó Gerardo—. La magia de la que yo hablo es energía pura, específica, capaz de ser manipulada por un individuo.

—¿Eres uno de esos individuos? —preguntó Irina, comenzando a entender.

—Así es —respondió, complacido de que comprendieran.

—Espera... ¿estás diciendo que puedes hacer magia? —Los ojos de Michelle se abrieron con sorpresa, mientras revisaba la piel de Damián, asegurándose de que estaba bien.

—¿Es así como cambiarán a Michelle? —Fue la pregunta de Ruslán, acabando su pedazo—. Usarás magia...

—En términos generales, sí.

—Deberías mostrarles —sugirió Angie, sabiendo que una demostración les haría entender mejor.

Asintiendo, Gerardo se levantó, copa de vino en mano.

—El mundo, desde su creación, es hermoso y poderoso. Un algo que le da vida a todo. Los guardianes, o magos, son los responsables de proteger esa vida. Al inicio fuero cuatro magos, los principales guardianes, con el tiempo fueron surgiendo más.

—¿Qué protegían esos cuatro? —Damián seguía la historia como si sólo fuera eso, un cuento entretenido junto con la comida.

—Vida, Muerte, Tiempo y Naturaleza —respondió Gerardo.

—Naturaleza... —Ruslán se pasó una servilleta por los labios, echando una mirada al exterior. Estaban rodeados de ella; plantas, árboles, flora—. Eres tú, ¿cierto? —cuestionó a Gerardo—. Estamos rodeados por naturaleza...

—Pero si fuera así, imagínalo... —Michelle lucía un poco pensativo—. Quien se encargara del tiempo estaría rodeado de relojes o algo así. Sería un obsesivo del tiempo.

—No creo que Muerte viva en un cementerio... ¿O sí? —cuestionó Irina con una mueca de asco.

—No es algo literal. Me gusta lo que hago, me gusta la jardinería y cuidar de mis plantas. —Se encogió de hombros. Tomó una maceta pequeña y se acercó a Ruslán. Se arrodilló delante de él con la maceta entre las manos—. ¿Qué planta te gusta?

Ruslán titubeó, por un momento su mente tuvo problemas en analizar sus palabras y responderle, pero finalmente lo hizo.

—Las... madreselvas.

Michelle ladeó la cabeza, y miró a Ruslán con extrañez.

—¿Madreselvas? Pero sí tú— ¡Auch! —Se sobó el brazo donde el chico le había golpeado.

Gerardo sonrió, complacido.

—También es una de mis favoritas. Es un arbusto de crecimiento rápido y su floración es frecuente, otorgan una fragancia muy sutil durante el día mientras que por la noche su fragancia es mucho más intensa. —Mientras hablaba, desplegó su poder: una luz verde iluminó la maceta, de entre la tierra comenzó a florecer un pequeño arbusto. Se desarrolló con rapidez en el pequeño espacio, el italiano sólo se detuvo hasta que una flor roja de lóbulos amarillos floreció en la maceta. Le entregó la planta a Ruslán.

Hubo varias exclamaciones en el grupo por excepción de Angie.

Bárbara estaba asombrada, observando bien la flor, como si se asegurase de que no era un truco lo que veía. Michelle tenía una expresión parecida, incluso se acercó más, con la intención de oler la flor pensando que era falsa. Ruslán, por otro lado, si bien se hallaba sorprendido por el despliegue de magia, no dejaba de mirar entre la planta y Gerardo, las mejillas algo sonrojadas.

—Eh..., fue increíble. Gracias... ¿Es así como... hiciste el jardín? Bueno, todo... Eres guardián de toda la naturaleza.

—¿Toda? ¿De todo el mundo? —interrogó Michelle, estirando la mano para tocar la flor. Sí, era absolutamente real.

—Puedo conectarme con cada planta existente en el planeta. Es por eso que el viaje entre las raíces es posible. —Volvió a tomar su copa y volvió a su lugar.

—Tú nos trajiste aquí —comprendió Irina. Klaus carraspeó para llamar la atención.

—¿Qué tiene todo esto que ver con Michelle? —Estaba asombrado al igual que sus hijos pero se estaban desviando de la conversación.

—Los cuatro grandes tenemos el deber de custodiar tres libros. Hablan del origen de la vida, rituales, debilidades, fortalezas. Son libros muy importantes. En mi poder tengo el libro rojo, el de los animales.

Ruslán dejó la maceta a un lado, otorgándole una última mirada antes de enfocarse en Gerardo, comprendiendo lo que quería decir.

—Pero ese no es el libro que ayudará a Michelle. —Tomó su vaso de jugo—. ¿Lo tiene uno de los otros magos? —Y bebió un sorbo.

—Espera, ¿qué? No puedes hablar en serio. —Michelle, hasta ese momento atento a la planta, se giró a Gerardo—. Si ese libro rojo no me hace humano, ¿entonces cuál es? ¿Quién lo tiene?

—Eso me gustaría saber a mi —dijo Angie, entrecerrando los ojos amenazadora.

—El libro que buscan lo tiene Padre Tiempo. Vive en Canadá desde hace varios siglos.

—¡Canadá! —Bárbara tuvo que dejar su plato a un lado y beber un sorbo del vino para pasar la sorpresa que esa información le dejó—. Eso es mucho más lejos de lo que se tenía planeado...

—Pero si es para hacerme humano, tendremos que ir —insistió Michelle. Sabía dónde quedaba Canadá, había visto un mapa, pero para él no le parecía gran cosa—. Además, podríamos usar los árboles mágicos. —Vio que más de uno se estremeció ante la perspectiva de volver a usar las raíces como hace rato.

—Como sea... —Ruslán carraspeó, viendo a Michelle coger otro pedazo de pizza—. Dijiste que eran tres libros, tú tienes el rojo que es de los animales. ¿Cuáles son los otros dos?

—¿Por qué no están los tres libros juntos? —interrogó Michelle con un hilo de queso uniendo su boca a la pizza—. Es un poco molesto tener que buscar cada libro a distintas partes del mundo cuando lo necesitas.

—Por seguridad, por supuesto —dijo el italiano con simpleza—. Esos libros contienen todos los secretos del mundo. Sería una total irresponsabilidad que uno solo sea el guardián.

—¿Cuál es su contenido? —Irina repitió la pregunta de Ruslán.

Dándose cuenta de que Angie no había tomado nada aparte del vino en todo ese tiempo, Gerardo le pasó una rebanada de pizza. Ella rodó los ojos pero de todos modos comió el pedazo ofrecido.

—Son tres libros. El libro rojo que está en mi poder pertenece a los animales. Todo tipo de especies conocidas y desconocidas por el hombre están en esas páginas. El libro blanco pertenece a los humanos, está custodiado por Padre Tiempo. Habla de la historia humana desde sus inicios...

—¿Hablas de...Adán y Eva? —preguntó asombrado Damián.

Infatti* —dijo el italiano con una sonrisa.

—¿Qué hay del tercero? —Klaus estaba tan asombrado como los niños, sinceramente todavía se sentía incapaz de creer todo lo que este hombre decía.

—El libro negro...

—Es lo que los egipcios llaman el libro de la muerte —interrumpió Angie antes de que Gerardo pudiera dar la explicación.

Michelle intentó decir algo, solo que Ruslán se le adelantó.

—¿Libro de la muerte? ¿Lo dices en serio? —Aunque le hablaba a Angie, mantenía la mirada en Gerardo—. ¿Qué tipo de cosas tiene escrito? No tiene algo como revivir a los muertos o algo parecido... ¿o sí?

—Apuesto a que lo tiene Muerte —dijo Michelle, finalmente devorando su pedazo de comida—. Tendría sentido.

—No son esos sus verdaderos nombres, ¿cierto? —Bárbara dio una angustiosa mirada hacia Michelle—. Suena terrible llamarle de esa manera.

—Revivir muertos, matar, manipular almas, invocar demonios... —Gerardo se alzó de hombros, dando a entender que la lista era larga—. En realidad, los gemelos Ametty y Enoch son los guardianes de ese libro.

—¿Gemelos? —preguntó Damián confundido.

—Vida y muerte —entendió Irina.

¿Eran gemelos? Michelle había creído que, aparte de su magia, no tendrían nada que ver el uno con el otro. Se recostó contra Damián, agarrando el último triángulo antes que Ruslán, quien le miró mal por ello.

—Entonces..., ¿tendremos que ir a Canadá? ¿Cuándo?

—Imagino que mientras más pronto lo hagamos, mejor —opinó Ruslán, recostándose cómodamente—. ¿Sabes en qué parte de Canadá vive ese mago?

—Es de madrugada en Canadá —dijo Gerardo sabiendo que eso no le iba a gustar a la morena—. Pueden descansar o explorar el jardín un par de horas.

Angie bufó. Dejó el borde tostado de la pizza en la mesa y salió de la sala.

—¿Cuál es su problema? —dijo Damián después de que la morena salió de la estancia. Klaus suspiró.

—Es complicado —resignado, la siguió fuera de la sala, hacia el gran jardín.

Procurando no parecer preocupada por la marcha de Klaus tras Angie, Bárbara decidió enfocarse en Gerardo.

—Gracias por su hospitalidad. Llegamos de la nada y tan tarde. Seguro debe estar cansado... —Hizo un gesto hacia la oscuridad reinante afuera.

—Hablando de eso... Gerardo, ¿también hay magos del día y la noche? —Michelle observaba pensativo el cielo nocturno—. ¿Los conoces a todos?

Dado que no había una joven encargada en la casa del mago, Ruslán se levantó para recoger los utensilios usados y llevarlos a la cocina.

—No, claro que no. —Soltó una ligera risa ante la pregunta de Michelle—. Nuestro propósito es proteger la vida en general, sea humana, vegetal o animal. Los únicos magos que no están directamente relacionados son los guardianes de las estaciones, el mago elemental y los de la buena y mala suerte...

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Encontrar a Angie entre los terrenos de la casona no fue difícil. Su peculiar olor a fresa era fácil de seguir. Encontró a la morena sentada en un banco de piedra que era rodeado por altos setos. Angie estaba encorvada, frotándose la frente para ahuyentar el dolor de cabeza. Su cabello, que mantenía recogido en un moño, ahora estaba suelto dejando a la vista sus orejas que estaban planas contra su cráneo y la cola colgaba sin ganas a su lado.

Klaus sintió pena por ella al verla tan derrotada.

—¿Angie? —La morena trató de recomponerse cuando escuchó a Klaus.

—¿Qué quieres?

—Quería saber si estabas bien.

—Eso no importa. Deberías quedarte con Michelle —regañó suavemente, limpiándose disimuladamente las traicioneras lágrimas que se le escaparon.

—Michelle está bien acompañado. Me preocupas tú. —Se sentó al lado de Angie, poniéndole una mano sobre el hombro—. Sé que toda esta situación te pone muy tensa. Si tan sólo hablamos con Michelle...

—No —cortó de una sin darle la opción de seguir con esa idea—. Está mucho mejor sin saber la verdad, Lo has criado bien tu solo, así debe seguir. —El alemán sonrió brevemente por el cumplido—. Sólo quiero que esto termine.

—Ya has hecho bastante. —Trató de consolarla—. Esto se está tornando muy peligroso para ti. Si tu jefe se entera...

—¡Cállate! No seas imprudente —reprochó, mirando hacia los lados temiendo que el demonio pudiera salir de entre les sombras en cualquier segundo. Cuando no pasó nada, se permitió respirar otra vez—. Escucha, no haré más drama, en serio, fue solo un momento de debilidad. Iremos a Canadá, Michelle cambiará y me iré. Esta vez te prometo que no volveré.

—Pero Angie...

—Klaus, por favor, no lo hagas más difícil —suplicó con voz derrotada.

—De acuerdo. —Le pasó el brazo por los menudos hombros, acercándola a su cuerpo para compartir calor, así se quedaron un rato hasta que Klaus alegó que ya era tiempo de volver. Ella se quedó un rato más afuera, el lugar era pacífico y no tenía ganas de incomodar a los demás que parecían estarlo pasando bien con Gerardo

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Ruslán había observado un poco la cocina antes de comenzar a lavar los platos y vasos. Era metódico y cuidadoso, en Japón eran pocas, por no decir nunca, las veces que iba a las cocinas pero estando en Rusia solía pasar una que otra vez con Bard observándolo cocinar y pidiéndole que le contara cosas de cuando estaba en la milicia y vivía en USA. Se sentía cómodo, cálido, en una cocina aunque no tuviera interés en el arte. Pero estaba enteramente seguro de que no sería tan desastroso como sus padres.

Lavó todo diligentemente y empezó a secarlo cuando sintió el olor de Gerardo, tensándolo un poco. No entendía bien su reacción, así que trató de relajarse un poco.

—Es agradable estar aquí —comentó al sentirlo en la estancia—. Me recuerda a la casa de campo de mi padre en Rusia.

—¿En serio? —Gerardo estaba guardando la botella de vidrio que bebieron con la pizza en una alacena con otro montón de botellas, algunas vacías, otras llenas. El italiano se acercó para lavar las copas hondas—. La vegetación en Rusia es fuerte, hermosa cuando llega la primavera.

—Es más frío. —Terminó un plato y tomó otro—. Solo me refería a la cocina. Es tibia. Cálida. Cómoda. De todos los lugares, me gusta estar en una cocina. —Hizo un gesto a su alrededor—. No esencialmente comiendo u haciendo algo, no soy diestro en ello. Pero, no sé, me hace sentir que estoy en casa. —Sonrió, con una pequeña mirada de reojo hacia Gerardo—. Sí, suena un poco raro...

—Para nada. La cocina es el corazón de una casa. —Terminó de lavar las copas, cuidadosamente las secó con un trapo mullido—. Puedes venir cuando quieras a hacerme compañía, disfruto mucho de las visitas.

—Gracias... En verdad me encantaría. ¿Recibes muchas visitas a menudo? —Finalmente acabó, y tomó los platos apilados—. ¿Dónde coloco esto?

—La mayoría son vecinos o gente cerca de la ciudad, les gusta comprar mis verduras frescas. La señora que vive a medio kilómetro siempre me trae pastel de calabaza. —Miró los platos que Ruslán sostenía. Caminando directo hacia él, tomó entre sus manos los platos. Estirándose, los almacenó en un estante por encima de la cabeza del joven—. Gracias por tu ayuda, bambino.

—Ah... de nada... —Ruslán tragó duro ante la extrema cercanía de Gerardo. Su olor inundó sus fosas nasales, y por un minuto su mente permaneció en blanco sin saber qué decir u hacer. Tuvo que bajar la mirada hacia un lado para no mirar directamente su rostro, de esa forma esperaba ocultar el sonrojo en sus mejillas. En cuanto Gerardo se alejó, con sutileza Ruslán acarició su pecho, esperando de esa forma calmar sus latidos—. ¿Y... los otros magos? ¿Nu-nunca tienen contacto entre ustedes o algo así?

—Muy poco en realidad. Cada mago prefiere estar por su cuenta. —El italiano se alejó de Ruslán sin notar su azoramiento—. Algunos como Enoch y Ametty son bastante ermitaños. Verano es un tipo extremadamente sociable, le gusta ir de fiesta en fiesta.

—¿Y... qué hay de ti? —Ruslán carraspeó, prefiriendo caminar por la cocina, mirando sin realmente ver los muebles y decoraciones que la conformaban—. Es decir, aun cuando te visitan los vecinos y alguna que otra persona, ¿te gusta permanecer en casa o prefieres... ir a reuniones o fiestas?

—Nah. —Desestimó el pelinegro con una sonrisa—. Me agradan las reuniones con amigos, cosas sencillas donde podamos tomar vino y comer queso, pero en realidad me gusta viajar por las raíces. —Se rio ante el estremecimiento de Ruslán—. Siempre voy a selvas vírgenes, esos bosques que aún no han sido tocados por el hombre y disfruto de acostarme en el pasto. Escuchar a la naturaleza crecer a mi alrededor.

Ruslán giró su cuerpo hacia Gerardo, apoyando la cintura en la encimera.

—En verdad te tomas en serio lo de ser guardián de la naturaleza. —Guardó las manos dentro de los bolsillos—. ¿Cómo es? Es decir, lo que hiciste en el salón con la planta... es asombroso, y una gran responsabilidad.

—Es una gran responsabilidad. Sin mí, toda la vegetación de la tierra se marchitaría en unos pocos días. —Entre sus manos formó una esfera de luz verde, mostrando todo el globo terráqueo. Había zonas frondosas que fácilmente identificaban los bosques, y las menos verdosas señalaban los desiertos.

Ruslán se acercó, sus ojos abiertos como platos mientras observaba ese pequeño despliegue de magia. Era hermoso, maravilloso, y movido por su curiosidad, estiró un dedo hacia ello, era como pasar tu mano ante un reflector.

—Increíble... —susurró—. ¿Y puedes... sentir todo? ¿Absolutamente todo? ¿Incluso cuando talan algún árbol o... le hacen algo malo a una planta?

—No todo. Siento con demasiada intensidad los incendios y temblores. —Dejó que la esfera girara un momento entre ellos. Miró pensativo los espacios que quedaban en verde, eran pocos los espacios frondosos—. El hombre ha talado sin misericordia la mayoría de los bosques para construir sus grandes ciudades. —Señaló varios puntos del planeta donde Ruslán pudo ver qué, en efecto, donde estaban ubicadas las grandes ciudades apenas había verde, en comparación a la selva amazónica que se veía exuberante de vida.

—¿No puedes hacer más por ello? —cuestionó, su mirada directa hacia el rostro de Gerardo—. Hacer que crezcan más... ¿Cómo funciona exactamente tu magia? Me refiero, ¿cuáles son tus límites?

—El pequeño truco que hice con la maceta no lo puedo realizar tan a menudo como yo quisiera. La planta necesita nutrirse, crecer lentamente para fortalecerse. Mi magia la ayuda a crecer. —Hizo desaparecer la esfera de luz, la estancia volvió a su luz amarillenta en vez del resplandor verde que antes la iluminaba—. Además, si empiezo a hacer crecer árboles a diestra y siniestra, los humanos lo notaría y sería muy extraño.

—Pues, visto de esa forma, lo es. —Ruslán imaginaba los titulares que aparecerían en las noticias ante un acontecimiento como ese—. Sabes, todo es tan insólito... Ojalá mi padre estuviera aquí, escuchando. Es muy incrédulo, un hombre de ciencia y lógica. Nunca creería algo como esto si se lo contara.

—Algunos hombres son incapaces de entender lo que no pueden explicar —dijo con simpleza. Era algo que había pasado a lo largo de la historia y seguiría pasando—. O quizás por miedo a lo que no puede comprender, se vuelva violento. ¿Acaso no has oído sobre las cacerías de brujas en la edad media? —preguntó con una sonrisa juguetona.

—Un evento muy conocido durante esa época. Afortunadamente no tuviste que vivir en esa época —bromeó Ruslán, compartiendo la sonrisa—. ¿Qué dijeron tus padres cuando supieron que podías hacer magia? ¿Vienen a visitarte también?

La sonrisa del italiano titubeó por un segundo. Pensar en sus padres... era difícil. Con el paso de los años su recuerdo se hacía cada vez más difuso, tampoco tenía un fresco para admirarlos.

—Ellos están muertos desde hace muchos siglos —murmuró con una media sonrisa al recordar algunos momentos felices—. Tenían una pequeña granja... Siempre los ayudaba, y sin saberlo mi magia influenciaba sus cultivos. Nunca teníamos problemas con las cosechas. Cuando fui realmente consciente de mi poder, hice un jardín de flores para mi madre. Le gustaba sentarse a oler la fragancia de las rosas, sobre todo cuando su avanzada edad no le permitió seguir trabajando en el campo.

—Lo lamento. —Ruslán bajó la mirada, apenado por haber hecho recordar algo triste a Gerardo—. Imagino que ellos... Espera un momento, dijiste ¿siglos? —Sí, debía ser un error, había escuchado mal la palabra. Gerardo era un hombre joven, debía rondar los 20, mayor que él claramente, pero incluso menor que Klaus—. Lo siento, creo que he escuchado mal lo que dijiste... Es imposible que tú—

El pelinegro mayor rio ante la confusión de Ruslán.

—¿Sorprendido? —Palmeó la cabeza del japonés con cariño—. Créeme, no es imposible. Increíble pero no imposible.

—Pero... Pero luces joven y lindo. ¿Cómo es posible? —Al darse cuenta de lo que dijo, Ruslán se sonrojó furiosamente—. E-es decir, no es que me parezcas lindo o algo, es decir, sí, eres atractivo pero también luces joven y..., bueno, yo... —Cuánto deseaba Ruslán esconder la cabeza entre la maleza que rodeaba la casa.

Gerard le apretó las mejillas a Ruslán en un gesto bastante infantil.

—Tú también eres lindo. Volvamos con los demás, se supone que soy... —Un inesperado bostezo lo interrumpió a mitad de frase—. Oh, mi dispiace... Se supone que soy el anfitrión.

Ruslán le tomó la mano, aún con las mejillas rojas.

—No es necesario. No nos molestaría si fueras a descansar, es lo justo tomando en cuenta la hora. V-ve a dormir.

—Supongo que un par de horas de sueño no me hará daño. Iré a despedirme de los demás.

Dejando escapar un segundo bostezo, Gerardo se dirigió a la sala. Klaus estaba de vuelta pero Angie todavía debía seguir afuera porque no la veía por ningún lugar cercano. Se despidió de todos con una sonrisa y un "Buona notte". También les invitó a sentirse como si estuvieran en su casa y puso a disposición la cocina en caso de que tuvieran hambre.

Bárbara le agradeció su hospitalidad, y mientras los demás discutían qué iban a hacer a continuación, Michelle, invadido por la curiosidad, se alejó para husmear el hogar. Sabía que no debía hacerlo por educación, pero era la vivienda de un tipo que hacía, magia, magia de verdad y no podría dejar pasar esa oportunidad. Lo primero que encontró luego de abrir algunas puertas fue la biblioteca, supuso él por la gran cantidad de libros en los estantes. Michelle se acercó, tomó uno al azar y lo hojeó, arrugando el ceño al ver el extraño lenguaje...

—Un minuto... —susurró. Reconocía el lenguaje. Algunos términos científicos que usaba el abuelo Vladimir estaban en ese idioma—. Es latín... Todo está escrito en latín. —Pero era una lengua muerta. ¿Qué hacía Gerardo con un libro así? ¿Realmente hablaba ese lenguaje?

Sin encontrar algo que llamara su atención –todo estaba o en latín o italiano, y algunos pocos textos en inglés–, Michelle pasó junto a la ventana e iba a seguir de largo si no hubiese notado a Angie, o parte de su figura, a través de ella en el jardín.

Cuando Klaus volvió, no dijo mucho respecto a ella y de lo que hablaron. Todo lo que la rodeaba era un misterio para él. Ni siquiera Klaus le respondió la pregunta sobre si ella conoció a sus padres. Angie era como él, tenía rasgos de gato, tal vez ella y su madre se conocieron o Angie pudo haber escuchado de ella. No lo sabía...

O puede que...

No. Michelle sacudió la cabeza y se alejó de la ventana. Era una locura pensar que pudieran estar emparentados. No tenían muchos rasgos en común, y lo más importante, Angie lucía muy joven, como mucho era algunos años mayor que Damián.

—Es totalmente imposible algo así. —Empezaba a creer que necesitaba una siesta de media ¿noche? Eso le quitaría las ideas locas que empezaba a tener.


CONTINUARÁ...

*La mia vita, benvenuto: Mi vida, bienvenido/a

*Mamma mia: Madre mía.

*Mi dispiace, amore mio: Lo siento, amor mío.

*Infatti: En efecto.

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