Capitulo 9

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Gerardo apenas logró dormir cuatro horas, demasiado consciente de que si dormía mucho más se haría muy tarde para ir a Canadá. Por el momento esas pocas horas deberían bastar. Con ojos cansados, dio un vistazo al reloj en su mesa de noche. Eran las tres de la mañana, con un suspiro cansado contó las horas de diferencia con Canadá.

—Seis horas. Son las... nueve de la noche en Canadá. —Bostezando, terminó por levantarse de la cama.

En su camino al pasillo, se topó con Ruslán. Al chico prácticamente le brillaron los ojos en cuanto se dio cuenta de su presencia. No pudo evitar sonreír.

—Hola... Eh, ¿ya has dormido? Aún no amanece... y creo que Michelle ha ocupado un cuarto para dormir —dijo, mirando en la dirección por la que venía.

—Apenas lo suficiente, pero es mejor irnos ahora. Son las nueve de la noche en Canadá. —Soltó otro bostezo—. Voy a cambiarme. ¿Podrías avisar a los demás de nuestra partida?

—De acuerdo. —Asintió, y bajó al salón donde sabía estaban los demás.

En cuanto Ruslán les comunicó la novedad, subió de nuevo para despertar a Michelle. Esta vez fue un poco más sencillo, despertarlo cuando estaban en Japón se tornó una odisea pues si se descuidaban un poco, el chico volvía a recostarse en el futón y dormir hasta que Ruslán tuvo que mojarle el rostro con agua.

Finalmente todos estuvieron listos, el equipaje a un lado mientras esperaban a Gerardo.

—¿Dijo que eran las nueve en Canadá? —Michelle bostezó un poco—. Tendríamos todos que tomar algo para dormir.

—Esto de los cambios de horario me están mareando —murmuró Irina—. No tengo nada de sueño pero veo todo oscuro afuera y siento que debería estar durmiendo.

—Son las... —Damián contó con los dedos—. Once de la mañana en Japón.

—Casi es la hora de almuerzo —comentó Klaus, mantenía los brazos cruzados sobre su pecho para mantener el calor. Por suerte, ahí en la Toscana la brisa no era fría.

—Podemos comer en algún restaurante cuando lleguemos a Canadá —sugirió Damián mirando a su madre, esperando aprobación.

—Por las circunstancias, sería algo factible. Pero ya escuchaste a Ruslán, son las nueve de la noche en Canadá. Tendríamos que asegurarnos de hallar algo abierto y luego, tomar algo para dormir. —Bárbara suspiró, mirando al exterior—. Irina tiene razón. Lo mejor que podemos hacer es acostumbrar pronto a nuestro cuerpo al cambio de horario.

—Michelle ya lo aprovechó. —Señaló al chico que trataba de quitarse el sueño al frotarse los ojos.

El castaño le observó ceñudo.

—Técnicamente sería mi siesta de media mañana. Además, el clima está delicioso y la cama era muy cómoda...

—Es bueno saber que la cama era cómoda —comentó Gerardo, entrando a la sala donde todos estaban reunidos—. ¿Dónde está Angie?

—Afuera, impaciente —respondió Klaus.

—Era de esperarse. Vamos, les abriré un árbol para que puedan llegar a Canadá sin problemas.

Todos tomaron su equipaje, y siguieron a Gerardo fuera del hogar. Michelle esperaba volver allí con el sol en su punto más alto, en plena oscuridad no podría apreciar cuán hermoso sería el lugar. Se mantuvo entre Damián y su padre, Bárbara iba al frente con Gerardo, charlando respecto al cuidado de las plantas, en tanto el último era Ruslán ayudando Irina con su maleta y la propia. Llegados al árbol que ocuparían, se pudo oír un leve gemido del grupo al momento en que Gerardo abrió el pasaje. Esta vez fue Bárbara quién se ofreció primero, seguido por los jóvenes y el resto de adultos, Michelle no pudo evitar que su cola se erizara ante la sensación de gusanos caminando por su cuerpo, si bien sabía que ninguno corría por su cuerpo.

Tenían la ventaja de que todo estaba oscuro y nadie pudo verlos llegar. Cuando alcanzaron lo que lucía como una zona comercial, buscaron una posada donde quedarse y dejar las maletas antes de ir por un restaurante. Gerardo optó por acompañarlos a comer, después de eso volvería a dormir, todavía se sentía con sueño. Por suerte, cerca del hotel donde se hospedaban quedaba un restaurante que abría hasta muy entrada la noche. Dado que habían pocos clientes a esa hora de la noche, la comida no tardó mucho tiempo en llegar.

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Mientras todos estaban distraídos charlando, Angie se escabulló un momento, se acercó a la barra donde preguntó por un teléfono. Al fondo del restaurante, cerca de los baños, se instaló uno del cual Angie pudo llamar.

Mientras caminaba al área de los baños, pensó en cuanto había crecido Michelle en todo ese tiempo que no lo había visto. 16 años no pasaban en vano. La última vez que vio al niño era una cosita demasiado diminuta que apenas podía abrir sus ojos y ahora era todo un jovencito, muy bien cuidado. Claramente había tomado la mejor decisión al dejarlo al cuidado de Klaus. ¿Qué hubiera pasado si Michelle se hubiera quedado a su lado, si lo hubiera criado ella? Mejor no pensar en eso.

Llegando al teléfono, marcó automáticamente el número que se sabía de memoria. Esperó un largo rato hasta que la voz de Levoch se escuchó al otro lado del auricular.

—Hola, soy Angie...

—¡Mon petite*! —saludó el francés con entusiasmo, aliviado de por fin recibir una llamada de ella—. Estaba preocupado. ¿Llegaste a tu destino?

—Algo así...

—¿Qué sucede, mon amour*? —preguntó con cuidado el francés, temía que algo malo hubiera pasado.

—Michelle... ha crecido —dijo escuetamente. No sabía cómo expresar todos los sentimientos que tenía, menos decirlos por teléfono. Escuchó a Levoch soltar un jadeo.

—¿Cómo es Michelle? —En verdad se sentía curioso. Había tenido por muy corto tiempo al niño en sus brazos.

—Es... Tiene rasgos asiáticos, y el cabello castaño. Se parece mucho a Shin —comenzó a jugar con el grueso cable del auricular.

—Pero...

—Pero también se parece mucho a mí. Temo que pueda descubrirlo.

—Oh, chérie*. —Suspiró, sabiendo el gran conflicto emocional en el que se encontraba—. Creí que después de tantos años podrías decirle la verdad.

—Ya hemos hablado de esto un millón de veces. Está mucho mejor con Klaus, verlo ahora tan grande y saludable me reafirma lo que ya sabía. Levoch... —Su voz sonó insegura ahora, se tomó un momento para reunir el valor suficiente y preguntar—. Él...

—Aún tienes tiempo, mon amour. Aquí estamos cubiertos y no ha surgido ningún trabajo importante pero no debes tardar —le advirtió—. No debes darle motivos para ser castigada.

—Terminaré lo antes posible —aseguró—. Me mantendré en contacto.

—Cuídate.

Con eso, se colgó la llamada y Angie apoyó la frente en la pared sin ganas de hacer absolutamente nada. Si tan sólo pudiera dejar de respirar, todo sería mucho más fácil pero tenía que cumplir con Michelle, después de eso podría volver a su pequeño infierno personal. Al menos Michelle podría vivir la tranquila vida que siempre deseó para él.

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Después de eso, volvieron a la posada, donde se dividieron los cuartos: Ruslán y Gerardo compartirían una habitación, y después Irina y Angie usarían otra. Dado la relación que tenían, Bárbara no tuvo problema en compartir una con Klaus, independientemente pronto serían esposos, dejando de esa forma Michelle y Damián con una cuarta habitación. El castaño estaba aliviado con que el cuarto de Ruslán y Gerardo estuviera en medio a la de su padre. No que esperaba hacer cosas ilícitas con Damián, sin embargo...

Michelle se asomó por la ventana, observando las calles. No le había preguntado a Gerardo qué zona de Canadá era esa. Lo único que sabía del país era que su capital se llamaba Quebec. ¿Estarían en la capital, o por los alrededores? Aunque muchas tiendas estaban cerradas a esas horas de la noche, las personas transitaban en muchas direcciones.

—Este lugar tiene más actividad nocturna que en Rusia... —comentó a Damián, mirándolo por sobre su hombro—. Ojalá pasen las horas pronto, quiero ver cómo se ve en el día.

El rubio terminó de quitarse la camisa. Caminando hasta donde estaba Michelle, también se asomó por la ventana.

—Tienes razón. Este lugar no parece una ciudad grande pero hay bastante actividad nocturna. Tal vez estemos en las afueras de una ciudad. —Se inclinó para mirar mejor—. No parece haber edificios grandes por acá.

—Con algo así, me provoca salir a dar un paseo. —Michelle se giró para enfrentarlo, por un instante quedándose quieto al ver su pecho desnudo. No era la primera vez, pero seguía causando un efecto nervioso en él, y no pudo contener sus manos que pronto se colocaron en su cintura—. Solo que no quiero perderme, no tengo ni idea de en dónde estamos...

—Podemos dar un paseo mañana, con los demás. —Pasó su mano, ligeramente fría, por la mejilla de Michelle acunando su rostro. Se inclinó dejando un beso en su frente—. Podemos explorar a la luz del día.

—Quiero que exploremos todo lo posible. —Las manos de Michelle acariciaron su piel, deslizándose a su espalda, encerrando finalmente su cuerpo entre sus brazos, de ese modo descansó el mentón en su pecho—. No todos los días estamos en un país nuevo, y menos uno como Canadá. La verdad nunca creí que estaría en tierra canadiense alguna vez en la vida.

Damián acarició el suave cabello marrón, siempre con cuidado de no tocar las orejas. Era un poco difícil cuando estas se movían constantemente.

—De acuerdo. Cuando cumpla mi mayoría de edad, quizás podamos viajar solos —dijo como una promesa a largo plazo. Damián sinceramente no tenía ganas de dar la vuelta al mundo—. Por ahora, deberíamos tratar de descansar y adaptarnos al horario de Canadá, por el momento. —Enmarcó el rostro de Michelle con sus dos manos, dejando un casto beso en sus labios.

—De acuerdo... —suspiró Michelle, manteniendo su rostro neutral. No estaba seguro de saber por qué sentía un poco de decepción. Decidió ignorarlo, e ir a su maleta para buscar un pijama. Luego entró al baño, y salió diez minutos después. Se recostó en la cama, viendo a Damián desde allí—. ¿Crees que ese mago haga el cambio mañana? Oh, bueno, en unas horas cuando vayamos a verle... Tengo un poco de nervios. Gerardo nunca dijo cómo sería.

—En verdad espero que podamos hacerlo mañana. Esa mujer en verdad se ve ansiosa de irse. —Damián aprovechó el momento en que Michelle usó el baño para terminar de ponerse el pijama. Se sentó un momento en la cama del castaño para hablar un rato antes de dormir.

—¿Por qué hará esto? —Michelle usó los brazos para levantarse un poco—. Me refiero..., tengo tanta curiosidad de saber de qué me conoce realmente. Pero es un poco difícil acercarse a ella, se ve un poco intimidante.

—Es como un gato de la calle. —Sólo después de que soltó ese comentario se dio cuenta de que podría sonar ofensivo para Michelle—. Quiero decir, que es arisca y está a la defensiva, como los gatos callejeros, listos para arañarte si te acercas demasiado.

Pero eso causó gracia en Michelle, quien soltó una risa pequeña.

—Sí, ¿verdad? Es una buena razón para mantenerse lejos... —Estiró la mano, tomando la de Damián. No dijo nada, acariciando sus dedos, y entonces hizo una petición—. ¿Podrías dormir conmigo esta noche? Quiero decir, aquí. —Tocó su propia cama.

Damián miró preocupado hacia la puerta. Sabía de primera mano lo celoso que era el señor Klaus con sus hijos. Los últimos meses se había contenido quizás por pedido de su madre.

—¿Crees que deberíamos?

—Por favor, Dam... —Michelle le miró suplicante, llevándose su mano a los labios y dejando un beso en los nudillos del rubio—. Solo por esta noche, y solo dormiremos, no haremos nada malo. Quiero... sentirte a mi lado, es todo.

Como cualquier adolescente hormonal, el rubio fue incapaz de negarse a esa mirada. Michelle podía ser realmente persuasivo cuando se lo proponía.

—De acuerdo. —Recostándose en la estrecha cama junto al castaño, los jóvenes se acomodaron de modo que sus piernas estaban entrelazadas y sus torsos bastante juntos, la cabeza de Michelle terminó por apoyarse en el brazo de Damián a modo de almohada.

Estando así de cerca, el alemán pudo apreciar los apetecibles labios del menor. Estando a esa distancia y en contacto con su cuerpo, no pudo resistirse a besarlo. Michelle recibió el beso con gusto, muy pocas veces se podían dar la libertad de un momento así debido a su padre. El joven rodeó el cuello de Damián con su brazo, apegándolo más, consciente de su calor, sus cuerpos en contacto y sus olores entremezclándose. En un inicio el olor de Damián le molestaba un poco, pero con el tiempo se había ido acostumbrándose a él, aunque a veces no sintiera que sus olores se compenetraban bien. No era algo que le fuera a confesar jamás a Damián.

Sabiendo que era mejor no llevar las cosas muy lejos, se separó un poco, y sonrió.

—Extrañaba esto... Casi nunca tenemos un momento así.

—Son pocos los momentos que podemos estar realmente solos —concordó con el menor, robando otro pequeño beso. Apretó a Michelle contra su cuerpo con fuerza. Le gustaba hacer eso, estrujarlo en un fuerte abrazo.

—Por eso quisiera ya ser mayor de edad, espero que con eso mi padre nos deje en paz. —Michelle recostó la cabeza en el espacio entre el hombro y cuello de Damián—. Pero mientras, no me molesta robar momentos así, a hurtadillas. Me gusta que estemos así.

—Una vez que comience a trabajar, podría ahorrar lo suficiente para comprar un lugar para nosotros dos —pensó Damián en voz alta. Mientras hablaban, trataba de no mirar a Michelle a la cara. Sus ojos en la semi-oscuridad del cuarto resplandecían como los ojos de los gatos, le daba una sensación de escalofrío.

—¿En serio? ¿Una casita para nosotros? —Eso a Michelle le parecía divertido y tierno, abrazando a Damián con grandes expectativas al respecto—. Eso suena maravilloso. Tener nuestra propia casa, solo nosotros dos, y tal vez una mascota. Me gusta.

—Mmm, una casa suena demasiado convencional. ¿Qué tal un apartamento? En Alemania. La casa Feudal es hermosa, lo admito, pero está alejada del pueblo. Me gustaría algo más céntrico, en una ciudad.

Un pequeño ceño, no profundo, apareció en la expresión de Michelle, denotando su inseguridad. Le gustaba una casa, una casita pequeña, cálida y acogedora. Y aunque le agradaba la idea de vivir en una ciudad, prefería algo un poco más... apartado, como una zona anexa. Sin embargo, el problema estaba en el país escogido. Michelle no tenía nada en contra de Alemania, era el lugar que vio nacer a su padre, a Bárbara, a Damián pero Michelle no sentía que pudiera pertenecer allí.

—Me gustaría pasar un tiempo en América —dijo en una voz baja—. Quiero perfeccionar mis clases, ser un verdadero enfermero... y, no sé, tengo curiosidad por ese lugar.

—América —dijo pensativamente—. Supongo que podríamos vivir un tiempo aquí, mientras terminar tus estudios. He oído grandes cosas de New York. Sería interesante vivir ahí.

—¿En serio? —Se emocionó Michelle, sus ojos brillando con ilusión mientras observaba el rostro de Damián—. Oh, eso sería maravilloso. Ya quiero que todo eso suceda... —murmuró, y soltó un pequeño bostezo. No se contuvo al dejar un beso en el cuello de Damián, justo donde sentía su pulso—. Un... Un apartamento, tú y yo, quizás una mascota... Suena un futuro muy bonito. —Recostó la cabeza en su hombro—. Te quiero, Dam...

—Yo también te quiero —murmuró contra su cabello. Terminaron por dormirse abrazados el uno al otro, con una cálida sensación rodeándoles.

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La siguiente vez que Ruslán se despertó, estaba en una cama muy agradable y se sentía tibio. Despertó sonriendo. Parpadeó varias veces, y tuvo frente a sí la espalda de Gerardo, aún recostado en la cama. Oh..., cierto, habían compartido habitación. Ruslán se removió, de pronto incómodo, dándose cuenta con horror de una pequeña tienda formada sobre su pelvis.

Apresurado en que Gerardo no vea ese detalle, para nada ignorante de la razón, se levantó y encerró en el baño tratando de no hacer el mayor ruido. Agradeció que hubiera calefacción en los baños. Se quitó la ropa y entró dentro de la ducha, tratando de quitarse ese pequeño problema. Tuvo que cubrirse la boca con su mano para acallar cualquier gemido, finalmente alcanzando su liberación. Tuvo que quedarse un poco más adentro, salió con una toalla alrededor de su cintura. No le sorprendió encontrar a Gerardo despierto, pero no pudo mirarlo a la cara.

—Buenos días —saludó camino a su equipaje por una muda de ropa—. ¿Te desperté? —cuestionó, la preocupación de haber hecho algún ruido indecente y que Gerardo le haya oído causaba un malestar en su estómago.

—Sólo el sonido del agua —respondió, soltando un enorme bostezo mientras una de sus manos viajaba a su abdomen para rascarse—. Creo que tenemos tiempo de un buen desayuno antes de ir con Padre Tiempo.

Ruslán asintió, ocultando su inmenso alivio.

—¿En qué parte de Canadá estamos? —No se había tomado el tiempo en echar un vistazo por la ventana, pero desde su posición, estaban en una zona muy comercial—. Esto no es la capital, ¿cierto?

—Estamos cerca de la frontera con Estados Unidos. —Estirándose, el italiano terminó por levantarse de la cama. Dado que sólo estaba llevando una camiseta y calzones para dormir, Ruslán pudo apreciar el torso de Gerardo. Tenía vello en el pecho y una línea de vello se dibujaba desde su ombligo, marcando un tentador camino hasta su pelvis—. Estamos cerca de las cataratas del Niágara.

Tarde se dio cuenta Ruslán que había estado mirando el cuerpo de Gerardo con la boca abierta. Avergonzado por esa actitud, se apresuró a vestirse. Lo que menos quería era continuar desnudo en ese momento. Tuvo que carraspear antes de hablar otra vez. ¿Qué había dicho Gerardo? Ah, sí, el Niágara.

—Estoy seguro de que los demás querrán visitarlo. Hemos escuchado mucho al respecto. Es una..., eh, maravilla, dicen.

—Una de las grandes maravillas del mundo —dijo el mago con entusiasmo—. No es por quitarle mérito al Taj Mahal, pero la tierra puede crear los paisajes más hermosos sin duda —Tomando un par de prendas de su sencilla maleta, se adentró en el baño para asearse.

Ruslán suspiró en cuanto Gerardo entró al baño. Se dio un pellizco muy fuerte que casi le sacó un par de lágrimas, esperaba que el dolor le distrajera de pensamientos indebidos. Era un mago, era mayor que él, quizás hasta Gerardo no tendría interés. No podría estar pensando en él de esa manera.

—Vamos, espabila —se regañó en voz baja, sumando un suéter a su vestimenta.

Para su horror, se dio cuenta que si su papá Kenshi se enteraría de lo que estaba pasando por su cabeza, le daría un premio. Todo era culpa de él.

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El grupo se reunió en el salón una media hora después, alistados para ir a desayunar algo. Michelle iba tomado de la mano de Damián, caminando justo atrás de Gerardo.

—¿Es normal que tenga un poco de nervio por ver a Tiempo? —preguntó a nadie en específico—. Gerardo, ¿cómo es él?

—Tiene la irritante costumbre de hacer todo a su propio tiempo, así que no se desesperen si tarda en responder una pregunta o se toma todo el tiempo del mundo para preparar el té —advirtió, sobre todo para Angie, sabiendo lo ansiosa que estaba.

—Papi —llamó Irina—. ¿Podemos comer esas cosas que llaman pancakes? Anoche, los vi en el menú del desayuno.

—Supongo que no hay problema con eso. —Miró alrededor, preguntando si alguien quería algo diferente.

—No me molestaría una ración de tocino frito y un par de huevos —comentó Damián.

—Ugh, Eso es mucha grasa. Te van a salir granos en la cara —amonestó Irina, tan sólo por fastidiar al rubio.

—Deja de molestarlo, Irina. —Michelle rodeó el brazo de Damián con los suyos en una actitud protectora, mientras le sacaba la lengua a su hermana.

—Niños, niños, compórtense. —Suspiró Bárbara.

Ruslán iba de último en el grupo, echando un vistazo a las tiendas a su alrededor. De día, Ontario lucía como una ciudad muy parecida a Moscú, a excepción por sus características arquitecturas. Era muy fácil perderse allí... Estaban próximos a llegar a un restaurante cuando tuvo la desagradable suerte de notar a una pareja, dos chicos jóvenes, en cosas indebidas en un callejón, parcialmente ocultos por un vertedero de basura comunal. ¿Cómo es que sucedían este tipo de situación a plena luz del día? De inmediato Ruslán apartó la mirada, sonrojado y con algo de calor a pesar de sus manos frías.

Sintió alivio en cuanto entraron al restaurante.

—Gerardo, ¿te quedarás con nosotros después de ver a Tiempo? —escuchó que preguntaba Michelle.

—Debería volver. No puedo dejar tanto tiempo mis plantas descuidadas —murmuró preocupado—. Algunas necesitan muchos cuidados.

—Estoy segura de que tus plantas sobrevivirán un día o dos sin ti —contestó Angie, poco interesada. Al igual que Michelle, la morena ocultaba sus orejas gracias a su conservador sombrero mientras que su cola permanecía firme alrededor de su cintura como un extravagante cinturón peludo.

Cada uno pidió un plato diferente, aunque Michelle decidió incluir tocinos y huevos como Damián. Dado que Angie estaba sentada a su lado contrario, Michelle dudó un momento a antes de dirigirse a ella. Después de todo, solo veía a su padre y Gerardo hacerlo...

—¿Cómo conociste a papá? No pareces ser alguien de Alemania.

—¿Lo dices por mi tono de piel? O quizás sea por mi baja estatura. —Sonrió de lado, sabiendo que su comentario estaba incomodando a Michelle—. En realidad, sí conocí a Klaus en Alemania. En ese tiempo vivía con Georg Wolfhart.

Michelle dio un vistazo de reojo a su padre. Bárbara lo tenía entretenido con una charla con Gerardo.

—Él casi no menciona a ese hombre. No nos habríamos enterado si no fuera porque tío Keso... Espera. —Michelle se interrumpió, toda su atención puesta en Angie. Tuvo que verla toda, o hasta donde la mesa le permitía, extrañado—. El abuelo dijo que papá no vivió con ese sujeto desde que era niño, pero tú luces incluso más joven que papá. ¿Qué edad se supone que tienes?

—Recuerdo que Klaus era una adorable cosita en ese tiempo —comentó, ignorando la pregunta de Michelle—. Tenía esos enormes ojos verdes y apenas me llegaba al pecho. —Tomó un sorbo de su café negro. Dado que era un restaurante familiar en hora de desayuno, no le permitieron pedir nada con alcohol. Michelle seguía mirándola insistentemente, obviamente no la iba a dejar en paz hasta que respondiera—. Hace mucho que no me hacían esa pregunta, y ya olvidé mi fecha de nacimiento pero tengo mucha más edad de la que aparento.

—Pero... ¿tanto como para aparentar ser tan joven? —Ladeó la cabeza, y entonces se le ocurrió una razón—. ¿Es porque eres un gato completo? —preguntó en un susurro, temiendo ser escuchado por algún otro comensal.

Miró a Michelle directo a los ojos, la comida olvidada por el momento.

—No... Aun siendo un gato completo, eso no me hace inmortal. Tan sólo no sé cuándo será el día en que pueda morir.

Cierto escalofrío recorrió la columna de Michelle, causando que se removiera en su asiento. Agradecía que al menos no le quitara el apetito, pero algo en las palabras de Angie le resultaban... desconsoladoras, incluso triste. Aumentaba su curiosidad al respecto lo que ella era.

Aunque también le hacía cuestionarse si no estaba un poco chiflada.

—¿Qué quieres decir respecto a eso? Todos tenemos que morir, ¿no es así?

—Así es. Es por eso que estoy aquí, para que el día que mueras tu alma no quede atrapada en un limbo.

Michelle iba a preguntarle algo más pero Irina llamó su atención.

—¡Mich! ¿Probaste el jarabe de arce? Si lo combinas con el tocino sabe delicioso.

—¿No que el tocino sacaba granos? —puyó Damián.

—No estaba hablando contigo —gruñó la pelinegra.

—Irina... —amonestó su padre.

Para cuando Michelle volteó para seguir hablando con Angie, la morena ya se había levantado de la mesa.

—Oigan... ¿a dónde se fue Angie? —Michelle echó un vistazo a su alrededor, esperando ver a la mujer en alguna parte del restaurante, sin éxito.

—La vi irse por ahí... —Ruslán le señaló un camino—, pero pasaron unas personas y la perdí de vista. Tal vez fue al baño.

Enfurruñado, Michelle volvió a hundirse en su asiento y terminar su plato. ¿Cómo pudo irse de esa manera? Ni siquiera la escuchó levantarse de la silla. Su última respuesta no había respondido del todo lo que quería saber. Si todos tenían que morir, ¿cómo es que ella parecía indicar no podía hacerlo?

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Después de que todos terminaron su desayuno, Gerardo por fin los encaminó a la vivienda del tan nombrado Padre Tiempo, Angie ya los esperaba fuera del restaurante por lo que todos tomaron un camino que llevaba a las afueras del gran pueblo.

A esa distancia se podían ver unas cuantas casas alejadas de las construcciones más modernas. Llegaron a un camino de tierra por el que siguieron caminando hasta que lograron ver una casa, tenía un pequeño huerto a un lado y parecía haber un hombre anciano recostado en una mecedora, disfrutando del sol de la mañana. A Michelle el lugar le recordaba a las típicas casas de campo que veía ilustradas en los libros, sentía que le faltaban unas cuantas campesinas arando el huerto para completar el cuadro. No estaba seguro de qué esperar, pero con seguridad que no imaginaba así el hogar de un mago del tiempo. Parecía algo más típico para Gerardo.

Su atención fue directa al hombre recostado en la silla. Sí, era justo como había pensado que sería el sujeto: un hombre viejo y barbudo... solo que, mientras más se acercaban a él, más notaba la gran barba que tenía.

Estando frente a él, no pudo evitar exclamar:

—Mierda, ¡qué barba tan larga, abuelo!

—¡Michelle! —Ruslán le regañó, escandalizado por tan irrespetuosas palabras—. ¿No puedes tener un poco más de respeto?

—¿Él puede entendernos? —preguntó Irina de pronto, acordándose que estaban en una zona franco-canadiense, por lo tanto la mayoría de las personas hablaban francés.

—Puedo comprenderlos perfectamente, jovencita —dijo el hombre de larga barba, levantándose con bastante agilidad de la mecedora para abrazar a Gerardo. El pelinegro recibió el abrazo con gusto—. Es bueno verte de nuevo, Padre Naturaleza. Los esperaba anoche.

—Hubiera sido demasiado rudo llegar a las once de la noche a tu casa —dijo con las mejillas levemente sonrojadas por ser llamado por su título de guardián. Volteándose al resto del grupo, hizo las presentaciones—. Les presento a Aldebarán, mejor conocido como Padre Tiempo.

Michelle se encargó de presentarlos a cada uno antes de dirigirse expresamente al nuevo mago.

—No luces como alguien viejo... Bueno, excepto la barba. Eso de que nos esperabas anoche, ¿puedes ver el futuro entonces? ¿Así funciona tu magia?

—¿Luzco viejo? —Aldebarán se acarició la barba larga mientras miraba a Gerardo.

—Ya te he dicho que te pareces a Merlín con esa cosa. —El italiano le palmeó el hombro a modo de consuelo—. Él puede ver el pasado, el presente y el futuro en sus muchas dimensiones.

—Asombroso —murmuró Damián.

—No nos quedemos aquí afuera. Pasen, pasen —invitó Aldebarán al interior de la casa. Todos se acomodaron lo mejor posible dentro de la estancia. Gerardo optó por sentarse en el sillón al lado de la única planta que había en la habitación, un regalo de su parte para Aldebarán, obviamente, de fácil cuidado y que requiriera poca agua.

—¿Todos los magos son así de extravagantes o sólo es él? —preguntó Klaus sin poder contenerse. Se sentó en un sillón con Irina y Bárbara a sus costados.

—Gerardo no es extravagante —defendió Ruslán sin poder evitarlo.

—El punto es que luces como un abuelito. —Michelle miraba casi hipnotizado la barba de Aldebarán. Era tan blanca, larga y con un aspecto suave... Sentía curiosidad por tocarla. Se esforzó en concentrarse en la razón por la que estaban allí—. Pero como sea, no es a eso que vinimos. Gerardo dijo que tienes un libro mágico para humanos, un libro que me hará completamente humano.

—Todo a su debido tiempo —dijo Aldebarán mientras iba a la cocina para buscar bocadillos y té.

—Tiempo es lo menos que tenemos —protestó Angie, hablando por primera vez. Aunque Gerardo le había dicho que debía ser paciente, no era tan fácil cumplirlo.

—Los mortales suelen ser tan impacientes. No se permiten disfrutar de la vida. —Con eso dejó al grupo en la sala. Desde la cocina se podía escuchar al hombre tarareando mientras preparaba la bandeja.

—¿Cuál vida? —gruñó la morena por lo bajo, terminando por sentarse en el reposa brazos del sillón que estaba ocupando Gerardo.

Y ahí estaba, Michelle quería volver a preguntarle lo que habían estado hablando en el restaurante antes de que ella literal le dejara con la duda. En todo el momento que anduvieron a casa de Aldebarán no se atrevió a hacerlo, pero no lo hubo olvidado.

—Creo que ahora entiendo cuando dijiste que él se tomaba todo el tiempo del mundo. —Ruslán se arrebujó en el sillón, dirigiéndose a Gerardo.

—¿Crees que tardemos en hacer el cambio? —Fue Michelle quien preguntó.

—Es inevitable —suspiró Gerardo, poniéndose igualmente cómodo—. Aldebarán seguramente te hablará de los aspectos técnicos del ritual antes de proceder de cualquier manera.

—Entonces... —Irina se veía un poco escéptica sobre lo que iba a pasar—. ¿Van a usar alguna clase de magia ancestral o algo así?

—Los humanos pueden llegar a ser tan desconfiados. —Desde el marco de la puerta, Aldebarán traía una gran bandeja con una tetera y su juego de tacitas. Dejó que Gerardo le ayudara trayendo una segunda bandeja con galletas.

—¿Puede hacerlo o no? —Quiso saber Angie. Estaban perdiendo demasiado tiempo ahí a su parecer

—Claro que puedo hacerlo. —Todos se quedaron expectantes pensando que diría algo más pero no fue así. En cambio sirvió el té a cada uno y les pasó su respectiva taza. Una vez terminado, se sentó en el único asiento libre que quedaba. Era una poltrona que obviamente era el puesto predilecto de Aldebarán, se veía bastante usado a diferencia de los otros muebles.

—Oiga, abuelo —llamó Michelle, luego de echar un vistazo a todos. Era obvio que la más impaciente era Angie—. Entiendo que sea el mago del tiempo y todo, pero nuestro tiempo es corto. ¿Por qué no empezamos con el cambio? —Y añadió, como si se le hubiera ocurrido—. ¿Cómo es? ¿Me dolerá? —Sus orejas bajo su gorro se aplanaron en temor. Tenía miedo en sentir dolor. Lo odiaba.

—¿Alguien te dijo por qué es necesario el cambio? —preguntó primero que nada. Estiró su mano a una librería cercana de donde extrajo un grueso libro, con las páginas amarillentas y la cubierta de color blanco con decoraciones en dorado.

—Em. Si no lo hago, al morir mi alma quedará atrapada en un limbo. —Michelle ladeó la cabeza, de inmediato su atención quedando atrapada por el tomo que cogió Aldebarán—. ¿Es ese el supuesto libro? ¿Ese? —Sus ojos se dirigieron brevemente a los dos magos presentes, incrédulo—. ¡Se ve como un libro normal!

—Bambino, no puedes juzgar un libro por su portada.

—Este libro, aunque creas que es poca cosa, esconde muchos secretos —dijo en tono misterioso Aldebarán—. Como decía, el procedimiento en realidad es bastante sencillo y no, no duele aunque creo que te sentirás extraño por un rato pero no podremos hacerlo hoy.

—¿Por qué no? —preguntó Klaus.

—Asumo que todos querrán estar presentes pero dado que va a ser llamada —dijo mirando directamente a Angie—. Sugiero que esperemos un par de días. —Las palabras del mago cayeron como una piedra en el estómago de la morena.

—No me van a llamar —dijo Angie, obstinada—. Podemos hacerlo ahora.

—Es mejor esperar —respondió el mago con calma.

—¿Esperar? Pero... ¿qué tanto tiempo?

Ruslán suspiró, bebiendo un sorbo de su té. Bárbara aprovechó ese momento para hablar.

—Bueno, visto los acontecimientos, propongo que demos una vuelta por la cuidad.

—¿Dar una vuelta? —Aunque Michelle había estado emocionado por hacerlo, también deseaba poder andar libremente sin el gorro y el abrigo ligero que usaba para cubrir su cola—. ¿Por qué no podemos hacerlo ahora? Estamos todos aquí.

—Pasear un poco por las calles no nos haría daño —insistió Bárbara apoyando su taza medio vacía sobre su regazo—. Además, ya oíste a Aldebarán. Tenemos que tener paciencia.

—Pero lo que quiero saber es por qué no podemos hacerlo ahora. —Michelle se cruzó de brazos.

Ruslán rodó los ojos y le dirigió una ceñuda mirada a Michelle.

—¿No es obvio? Porque algo ocurrirá. Es un mago del tiempo, seguro algo habrá visto. ¿Cierto? —cuestionó al mago—. Por eso no quieres hacerlo ahora.

—En cuanto estén todos reunidos, pueden volver. Para ese momento todo estará preparado para el ritual de cambio.

—Bien... —Dejando la taza en la mesa de centro, Klaus se levantó—. Entonces nos veremos en unos días.

—¿Podemos ir de compras? —Se entusiasmó en seguida Irina.

—Creo que deberíamos llamar a Japón. —Bárbara dijo más que nada a Klaus—. Por lo menos para asegurarles que estamos en Canadá y que tardaremos unos días más a lo previsto.

Ante eso, Ruslán se encogió en su puesto. Había logrado un gran trabajo en olvidarse de que prácticamente se fue sin permiso de Kenshi.

—Los abuelos no nos van a creer que hayamos llegado tan rápido a Canadá. —Michelle no pudo soportarlo más y se acercó a Aldebarán, tocando su barba—. Sí que es real. ¿Cómo lograste tenerlo tan largo?

Damián tuvo que cubrirse la boca para no reír ante el movimiento atrevido de Michelle. Sólo a él se le ocurriría tocar la barba de un hombre que apenas acababa de conocer.

—No sólo a Canadá. Ellos deben creer que todavía estamos viajando en barco hacia el puerto de China. —Logró decir luego de carraspear.

—Muchos siglos dejándola crecer —admitió el mago con bastante orgullo—. No es fácil mantener una barba cuidada.

—¿Siglos? —Michelle cuestionó sorprendido, lo mismo que Bárbara.

Ruslán respondió en vez de Aldebarán o Gerardo.

—También dije lo mismo cuando lo supe anoche. Ellos pueden vivir muchísimo más que el humano común.

—¿Cómo, inmortales? —Con su deseo viéndose satisfecho, Michelle finalmente se alejó—. No es cierto... Es decir, tú..., bien... —Se rascó una mejilla. Aldebarán tenía una larga barba blanca, Gerardo poseía ganas en su cabello oscuro, muchas más a los que un joven de su aparente edad tendría—. Pero, ¿cuántos años tienes?

—En realidad, es más fácil hablar en siglos. Yo tengo apenas 15 siglos. —Se señaló a sí mismo Gerardo con una adorable sonrisa.

—Es el más joven del grupo.

—¿Joven del grupo? —preguntó Irina con una voz bastante chillona, asombrada por la edad de Gerardo—. ¿Cuántos se supone que tienes tú?

—Tantos años como la tierra misma. —Esa respuesta hizo que más de uno abriera la boca.

—¡Pero si la tierra tiene muchos años! —exclamó Michelle, saliendo de su estupor—. Yo quisiera pegarme un tiro...

—Michelle, por favor, no digas eso —regañó Bárbara, acongojada.

—En realidad, es algo admirable. —Ruslán murmuró, dando una mirada completa a Aldebarán. A excepción de la excéntrica barba, lucía joven.

—¿Cómo es que nadie se da cuenta de ustedes? —Michelle se dirigió a ambos magos.

Gerardo y Aldebarán se miraron, encogiéndose de hombros.

—No hacemos nada en particular.

—Algunos de nosotros vivimos bastante aislados de la civilización. —La misma casa de Padre Tiempo estaba bastante alejada de la ciudad.

—Somos susceptibles a la tecnología.

—Ya habrá que irnos. —Bárbara revisó su reloj de pulsera—. Tendremos que pedir prestado un teléfono si pretendemos avisar a Japón que estamos aquí.

Michelle suspiró.

—¿Cuándo exactamente tendremos que volver? —cuestionó a Aldebarán.

—Pueden volver en tres días. Con eso es suficiente —respondió el mago de larga barba sin titubear.

Angie se puso en pie. Desde que Aldebarán dijo que iba a ser llamada se retrajo por completo. La morena cruzó los brazos bajo sus senos, miró al mago con los ojos entrecerrados.

—¿Es necesario esperar?

—Lo es —confirmó solemne—. Sé que no es lo que esperan, pero todo tiempo tiene un momento y lugar. —Asintió el antiguo guardián.

Todo el mundo se levantó, captando que era momento de irse.

—Muchas gracias por recibirnos en su hogar, Aldebarán —agradeció Bárbara con una sonrisa—. Y por el té. No es por ofender a las cocineras que me han servido, pero Gerardo y usted hacen unos de los mejores que he probado. —Suspiró de gusto.

—Ella desde que está en Japón ha tomado aprecio por el té. —Se burló Michelle en un susurro—. ¿En serio serán tres días? —Enarcó una ceja hacia Aldebarán—. Luego no salgas con que «todavía no es el momento y lugar» —dijo, tratando de imitar la voz del mago.

—Vamos, Michelle. —Damián tomó la mano del castaño—. Será cuando tenga que ser. —Intentó consolarlo. La verdad es que le hubiera gustado poder ver a Michelle sin esas orejas pero suponía que esperar tres días en realidad no era un gran sacrificio.

—Vuelvan cuando quieran —despidió el mago con una gran sonrisa—. Adoro las visitas.


CONTINUARÁ...

*Mon petite: Mi pequeña

*Mon amour: Mi amor.

*Chérie: Cariño.

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