Capitulo 10
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Todos y cada uno, por excepción de Angie, se despidieron de Aldebarán, Michelle en un esfuerzo por no hacer notar la leve decepción que sentía. Se encaminaron a la zona comercial, Bárbara junto a Klaus e Irina al frente en dirección a las tiendas. Michelle respiró hondo para contagiarse del ánimo de su hermana por ir de compras, en tanto Ruslán iba al fondo junto a Gerardo.
En un momento Michelle se giró a Angie, algo apartada y callada del grupo desde que Aldebarán anunció que iba a ser "llamada". Sentía curiosidad.
—¿Qué quiso decir Aldebarán con que serás llamada? ¿Es de tu trabajo? ¿En qué trabajas?
Angie miró a Michelle, pensando en si decirle o no. Mentirle sobre esto no haría ninguna diferencia tomando en cuenta que le ha mentido prácticamente desde que nació, pero tampoco quería decirle la verdad cruda y desnuda sobre sus obligaciones y quién era su dueño exactamente.
—¿Qué te ha contado Klaus sobre mí? —Quizás lo mejor era tantear terreno para saber que decir.
—Pues, no mucho. —Por no decir que nada en realidad. Las únicas veces que lo había hecho, o eran interrumpidos o su padre decía cosas muy vagas que solo le dejaban más dudas—. No me ha dicho nada más allá de la razón que estamos aquí y cosas de su relación, cómo se conocieron y esas cosas. —Se encogió de hombros—. Lo que es tu vida nunca ha dicho nada...
—Es mejor de esa manera. Mi vida no es exactamente no es fácil. —Y no lo decía por auto-compadecerse—. Mi trabajo es peligroso y mi empleador... Digamos que es un tipo con el que no quisieras meterte, pero en general tengo que trabajar en un bar nocturno.
—Oh... ¿Hablas como el trabajo de tío Jim? —Michelle ladeó la cabeza, curioso—. Es un bar nocturno también. En una ocasión un tipo borracho se puso violento e hizo unos destrozos, así que también es peligroso por algunos sujetos ebrios. Pero tío Jim es buen empleador, es amable y he escuchado que pagan bien. —Se entusiasmó al ocurrírsele una idea—. Podrías trabajar con él. Dejar tu otro empleo. A papá seguro le gustará poder visitarte siempre que puede.
Por primera vez desde que vio a Michelle, sonrió. Que Michelle fuera tan inocente para que ni siquiera fuera capaz de imaginarse los horrores que ella vivía día a día, le hacía sentirse inmensamente feliz, porque eso quería decir que entregarle el cuidado de su hijo a Klaus fue lo mejor que pudo haber hecho por el niño.
Al ser Michelle más alto que ella –incluso usando un ligero tacón de tres centímetros–, tuvo que estirarse para poder dejar un beso en su mejilla.
—Lamentablemente, esa no es una opción para mí pero agradezco tu preocupación.
Michelle hizo un leve puchero, decepcionado por eso. No dijo más al respecto, pero asintió y continuaron andando por las tiendas. Bárbara e Irina fueron las primeras en entrar en una donde exhibían hermosos vestidos de la temporada para jóvenes y damas. Michelle, en cambio, se llevó a Damián a una cabina fotográfica, tuvieron que esperar su turno antes de entrar. Al principio no estuvo muy seguro de cómo funcionaba hasta que Damián le explicó y se tomaron unas cuantas fotografías. Al salir y recibir su tira de imágenes, tuvo una idea, devolviéndose a donde estaba Angie para repetir la experiencia bajo la excusa de "papá querrá una fotografía tuya, ¡tómala conmigo!". Michelle podía ser muy insistente cuando quería, así que no le quedó de otra que aceptar.
Al principio, Angie entró bastante rígida, pero dado que posiblemente era la única foto que iba a tener con Michelle, cedió. Escogieron la opción de cuatro fotos, las primeras dos salieron con ellos dos parados uno al lado del otro, bastante formales. En la tercera, Angie le quitó de sorpresa el gorro que Michelle usaba para esconder sus orejas, la cámara les tomó en movimiento justo cuando el menor hacía una expresión bastante cómica al verse expuesto y la morena sonreía traviesa. La última foto los dos salían con sedas sonrisas y mostrando sus orejas y colas a la cámara.
—Quiero quedarme con esta —dijo Angie, tomando la tira de fotos recién impresa. Separó con cuidado la primera foto de la tira, no importaba si sus expresiones eran un poco incómodas.
—Bien... —Sonrió Michelle, apreciando las dos tiras de fotografías. Su gorro había vuelto a cubrir sus orejas, y la cola oculta bajo su abrigo—. Gracias. Me divertí mucho con esto, y papá le gustará cuando lo vea. —Echó un vistazo alrededor. Notó a Ruslán con Gerardo frente a una librería, pero ni su padre, Irina o Bárbara se veían por ningún lado—. Que creo es mejor buscarlos. Deben estar en alguna tienda... —Suspiró.
—Vayan ustedes —dijo Angie, guardando la pequeña fotografía en uno de sus bolsillos—. Si el hombre del tiempo está en lo correcto, y con mi suerte seguro lo está, tendré que llamar a mi trabajo.
—De acuerdo. Le diré a papá y los otros. Si nos perdemos, nos encontramos en el hotel —dijo con un guiño divertido antes de entrelazar su brazo con el de Damián, guardando también las fotografías para comenzar a buscar a los demás.
Encontraron a su padre y las dos mujeres en otra tienda femenina, llevaban un par de bolsas, así que ya Michelle supuso que empezaron a vaciar la billetera de su padre. Dado que ninguno tenía interés en ver el desfile de modas que Bárbara e Irina tenían en la tienda, no estaba seguro de a dónde se fueron a meter Ruslán y Gerardo, decidieron continuar con su paseo. Michelle no era afín con la moda, le gustaban los libros pero no tanto como Ruslán. Lo único que le interesó de las tiendas fue una panadería. A Michelle le fascinaba hornear, y aprendió con Bard hacer panecillos dulces. No le importaba acabar con harina hasta las orejas.
—Entremos aquí —pidió Michelle a Damián.
Aunque ya habían comido hace unas horas, el delicioso olor del pan horneado impactó en Michelle y su estómago. Usó su dinero para pedir un fresco pan horneado y un pedazo de tarta de manzana típica en la zona que compartió con Damián.
Al salir luego de devorar la tarta, tomaron el camino de regreso a donde vieron a su padre y los demás.
—Quiero volver ahí otra vez. El pan moreno se veía delicioso, y hubo varios panecillos que quiero probar.
—El strudel de manzana estaba delicioso. Seguro que si les decimos a los demás, podemos volver mañana por una merienda.
Mientras caminaban, no se fijaron cuando un par de jóvenes se interpuso en su camino. Michelle terminó tropezando con uno de ellos. No cayó al suelo gracias a que uno de los jóvenes desconocidos pasó su brazo por su cintura, estabilizándolo sobre sus pies.
—Belleza, deberías tener más cuidado. Podrías estropear esa cara de ángel.
—Lo sien... —Michelle estaba ceñudo. ¿Belleza? ¿Cómo se atrevía este imbé...? Los pensamientos de Michelle se cortaron en cuanto se fijaron en su rostro. Parecía de la misma edad de Damián y rubio como él, pero sus ojos eran azules, profundos, tenían un brillo pícaro que por alguna desconocida razón causó un extraño revoloteo en su estómago. Era guapísimo. Como se imaginaría que serían los príncipes azules de los cuentos de hadas, un definitivo príncipe azul cuya aureola se le había caído. Las mejillas calientes trajeron a Michelle a la realidad. No, espera un momento. Damián estaba a su lado y este... tarado dijo... ¿Qué había dicho? Ah, sí. Belleza.
Se alejó de un empujón.
—No soy "belleza". Y tú te atravesaste primero. —Afianzó mejor el pan, con la mano libre arreglando su gorro. Tuvo suerte de no haberse zafado de su cabeza—. ¿No tienes ojos?
—Sí, claro. Los estoy usando para admirarte. —El atrevido rubio le guiñó un ojo a Michelle, claramente intentando negarlo a pesar de la presencia de Damián.
—Hey, idiota, aléjate de él. —El alemán se puso delante de Michelle para alejarlo de este patán que intentaba ligar con su novio.
—¡Oye! No te esponjes. No estaba hablando contigo, sino con la nena hermosa que estás intentando esconder.
El rostro rojo de Michelle pasó de un sonrojo de vergüenza a un carmín de ira. ¡Nena! ¡Nena hermosa! De inmediato fue Michelle quien apartó a Damián, dándole la bolsa de pan y al siguiente minuto su puño se impactaba en la mejilla del extraño –pero lamentablemente atractivo– rubio.
—¡No soy una maldita nena hermosa, idiota! —exclamó, furioso. Si no tuviera su cola oculta, con seguridad estaría erizada del enojo.
El otro chico que le acompañaba hizo un sonido de dolor, retrocediendo un paso antes de empezar a sonreír.
—Menuda fiera te has topado, ¿eh, Zach? —Se rio.
Agarrándose la mejilla donde recibió el golpe, el nombrado Zach cayó en cuenta de algo. Todavía cubriéndose el golpe con la mano, miró a Michelle detenidamente.
—¿Eres un chico?
Damián, orgulloso de lo que hizo su novio, le pasó el brazo por los hombros.
—Lo es. —Guió al castaño para alejarse del par. Cuando pasó al lado de Zach, tropezó a propósito con su hombro.
Michelle le dio una última mirada enojada por sobre su hombro, ignorando el sentimiento de culpa. No, no iba a sentirse culpable por muy niño bonito que fuera.
Estando el par lejos, su compañero se acercó, apartando la mano para observar el daño.
—Bueno, no está tan mal. Agradece que no te rompiera los dientes o la nariz, menos te dejó un bello ojo morado. —Se carcajeó—. ¿Cómo puede ser un chico?
—No lo sé, pero ningún hombre por aquí es así de bonito. —Se tocó levemente la zona afectada, sintiendo un fuerte pinchazo de dolor—. Lástima que esté con ese tipo estirado.
—¿Y qué? ¿A poco te detendrás por eso? Con otros no te importaba que tuvieran parejas para follarlos. —Le ladeó la cabeza. La piel estaba roja e hinchada un poco. Suspiró—. Será mejor colocarte algo, amor. Por otro lado, creo que sí estás ciego. Claramente son extranjeros. —Acarició con cariño su cabello—. Pobrecito, en definitiva te ha cegado.
Apoyándose en su amigo, hizo un puchero.
—Necesito cuidados y cariño.
—Aquí está Yu para darte cuidados y cariño. —Dejó un beso cerca de la comisura de sus labios, pasando un brazo por su cintura para tomar otro camino.
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Al momento en que Michelle y Damián volvieron con sus respectivos padres, el castaño todavía estaba ceñudo, la tarta de manzana se volvió agria en su estómago. No podía creer aún que incluso ahí en Canadá le hubieran confundido con una chica.
—¿Dónde estaban? —cuestionó Bárbara en cuanto se acercaron—. Vimos unas prendas maravillosas para ustedes, se hubieran acercado a probárselas.
—Quiero volver al hotel —dijo Michelle en cambio, manteniendo la mirada gacha.
Sorprendido por la actitud de su hijo, Klaus miró a los dos jóvenes esperando una explicación.
—¿Qué pasó?
—Ay, papá. ¿De verdad tienes que preguntar? La cara de Michelle es explicación suficiente —dijo Irina, claramente divertida—. Esa expresión sólo la tiene cuando un hombre lo confunde con una mujer.
—¿Eso ha pasado? —cuestionó Ruslán a Michelle, algo sobrecogido—. Dime que al menos no le has golpeado.
—¿Tú qué crees? ¡Lo merecía! Me dijo nena hermosa.
—Michelle, no puedes golpear a las personas por confundirse, ellos no tienen la culpa —amonestó Bárbara—. Podrías haberte metido en problemas.
—Esta vez, madre, debo darle la razón a Michelle. Fue bastante desagradable, se merecía el puñetazo. —Besó al castaño en la mejilla.
Klaus negó con la cabeza, todavía en desacuerdo. Prefirió cambiar de tema.
—¿Angie no estaba con ustedes?
—Se adelantó al hotel. Dijo algo sobre llamar a su trabajo.
—Bueno, entonces vamos nosotros también. Llamemos a Japón, dejemos esto en el hotel y luego vayamos a comer algo —anunció Bárbara al grupo—. Ya pronto será hora del almuerzo.
El grupo asintió, Michelle pasó un brazo por la cintura de Damián, refugiándose en sus brazos. A pesar de su enojo, no podía evitar el cuestionarse si aquel chico estaba bien luego de su puñetazo. No, Damián tiene razón. Lo merecía. Tal vez así se le arreglaba lo idiota.
Llegando al hotel descubrieron que Angie había dejado una nota. Efectivamente tuvo que volver a su trabajo en el bar Nueva Luna, en la nota prometía volver antes de los tres días establecidos por Padre Tiempo. Klaus dio un profundo suspiro, profundamente preocupado por Angie. Ese llamado tan urgente sólo podía significar una cosa, el demonio la requería. Tan sólo esperaba que ella estuviera bien.
—Te toca a ti llamar a Japón —dijo el alemán, encasquetándole la tarea a su hermano menor.
Ruslán no estaba seguro de qué horas podrían ser en Japón. Tenía una vaga idea de, con probabilidad, sería la hora de la cena o poco antes. Los cambios horarios aún le confundían. O puede que los nervios por hablar con sus padres, por hablar con su papi, no le hicieran concentrarse lo suficiente. Para el tercer repique contestó una de las sirvientas, algo que lo alivió, y pidió expresamente que fuera su padre quien tomase la llamada.
Hubo silencio por unos minutos, momento en que Ruslán temía que Kenshi se adelantase y tomara el auricular, pero no fue así pues al momento escuchó la voz profunda de su padre, relajándolo.
—Hola, papá... —suspiró de alivio, sin haber podido evitarlo, saludando en ruso. Era más fluido para él cuando se trataba de Volsk.
—Comenzaba a pensar que se habían perdido en algún punto de China. Tardaron mucho en llamar. —Fue el saludo de Volsk—. Espero que este viaje de verdad valga la pena. Tu papá me echó de la cama anoche.
Aunque su padre no podía verlo, Ruslán se encogió un poco en su lugar. Suoh nunca hubiera permitido eso, era demasiado pegajoso con su padre. Que Kenshi haya logrado dejarlo fuera del cuarto indicaba lo mucho que estaba enojado.
—Lo siento... —En otras circunstancias, Ruslán diría lo erróneo que fue haber ido, que debería regresar, pero esta vez... no podía. No quería. Y más si la perspectiva a esa elección era no ver a Gerardo—. No... No estamos en China, papá, estamos en... en Canadá.
Hubo un breve silencio en la línea hasta que Vladimir volvió a hablar.
—¿Cómo demonios llegaron a Canadá? Apenas ayer salieron… Llegar a Italia les iba a tomar varios días, y ahora me dices que están al otro lado del mundo... Exijo una explicación, jovencito.
—El problema es que no me vas a creer si te lo explico. —Conocía a su padre para creer que, si le decía que viajaron por las raíces, de inmediato lo mandaría a traer para hacerle un examen completo—. Por favor, confía en mí. Todos estamos bien y estamos aquí. Dado que la persona en Italia no era la indicada para cambiar a Michelle a humano, nos trajo con otro sujeto a Canadá. Pero..., pues, este tipo nos dijo que teníamos que esperar unos días.
—Esto se está saliendo completamente de proporción. ¡No están haciendo nada de lo acordado!
Ruslán hizo una mueca. Estaba consciente de que nada de lo que ocurría era lo había prometido. El viaje sería corto, rápido, apenas unos pocos días para cumplir algún capricho de Bárbara e Irina antes de volver. Y tampoco se suponía que irían a Canadá.
—Lo sé, papá, pero esto también nos ha tomado por sorpresa. Nunca imaginamos que tendríamos que venir a Canadá.
—¡Qué! —Ese grito, seguido por algo que pareció un rápido cambio de mano en el auricular, causó estremecimiento en Ruslán—. Te vas de casa sin mi permiso, supuestamente a Italia, acompañado por esa mujer, ¿y acabas de decir que están en Canadá? ¡Canadá! —Ruslán tuvo que apartar el auricular de su oído.
—Papi...
—¡Nada de papi! ¡Eres solo una cría! Algo que tu irresponsable padre ha olvidado —dijo, dándole una dura mirada al ruso—. ¿Cómo es que están tan pronto en Canadá? Olvídalo, no me interesa. Así como tan pronto llegaron allá, te devuelves ahora mismo.
—Pe-pero estoy con Klaus y—
—Klaus es solo un alcahuete —espetó Kenshi—. Llega esa mujer a hacerle ojitos y ya está sacudiendo la cola. Ruslán, te quiero aquí. Ahora.
—Kenshi, estás exagerando. —Se escuchó la voz de Vladimir cerca del teléfono—. Y deja de llamarme irresponsable. Te recuerdo que fuiste tú...
Desde el otro lado de la línea, Ruslán podía escuchar toda la discusión, tan concentrados estaban que habían olvidado que su hijo seguía en la línea. Mordiendo su labio inferior, Ruslán decidió que era momento de detener la discusión. No podía estar al teléfono mucho tiempo.
—Oigan... Escuchen. ¿Papás? ¡Hey! —Finalmente pudo lograr llamar su atención.
—Luego me encargo de ti. Tú, has tus maletas y te regresas a casa. Ruslán, lo digo en serio.
—Yo... —Tenía que hacerlo. Era una orden explícita de Kenshi, ni siquiera Suoh había aparecido para abogar por él, y por lo general lo hacía mucho. Irse no habría problema, usaría las raíces como tuvieron que hacerlo para llegar, pero...— No.
—¿Disculpa? —La voz de Kenshi estaba teñida de incredulidad.
—No. Dije no. No me iré. Me quedo aquí. —Sentía las punta de sus dedos un poco más frías a lo usual, a pesar de su voz firme.
Hubo silencio por un tenso minuto entero al otro lado de la línea.
—¿Cómo que no? —Las palabras del japonés fueron calmadas. Si Ruslán tuviera su cola fuera, ésta ya se metería entre sus piernas—. Ruslán, no tienes ni una maldita cosa que hacer allí.
—Yo... —El chico cerró los ojos, fuerte, como si se diera valor para hablar— no quiero separarme de Gerardo.
Otro tenso silencio.
—¿Quién?
—Gerardo. Es quien nos trajo aquí. —Cogió una bocanada de aire, parpadeando—. No quiero despedirme de él.
—¿Y por qué debe importar él? ¡Apenas lo debes conocer, sea quien sea! No me importa si es—
—Me gusta, papá... —cortó Ruslán sus palabras—. Él... Gerardo me gusta —admitió en voz baja—. Es lindo, amable, tiene un olor increíble y yo... no quiero irme lejos de él.
—Ruslán Vladimirovich Ottori. —Siempre que escuchabas a tus padres decir tu nombre completo, sabías que estaban en problemas—. ¡Más vale que te estés comportando, los tres! —enfatizó Vladimir—. No hemos criado a ningunos jóvenes de la vida fácil, y no crean que por estar lejos de casa pueden hacer lo que les dé la gana.
—No hemos hecho nada. Estoy seguro de que ni siquiera le gusto de esa forma...
—¿Y es guapo?
La pregunta de Kenshi le tomó por sorpresa, hasta creyó haber entendido mal.
—¿Cómo?
—Ese chico. ¿Gerardo? ¿Es guapo? Dime que al menos sacaste mi buen gusto, ya estaba preocupándome de que ibas a entrar en celibato toda tu vida.
—¡Papá! —Las mejillas de Ruslán se colorearon un poco.
—¿Qué? Has dicho que te gusta un chico. Esa es una novedad demasiado importante como para dejarla pasar.
—No lo alientes —regañó Vladimir a su esposo—. ¿Qué edad tiene? —preguntó ésta vez, volcando su atención en su hijo—. ¿Es mayor que tú?
—Él... —No podía decirles que Gerardo tenía 15 siglos de edad—. Sí. Lo es.
—¿Qué tanto? —cuestionó Kenshi.
—Un par de años nada más... Em, 24. —Sí, Gerardo a simple vista parecía de esa edad.
—¡Tienes 15 años! —gritó Kenshi, escandalizado. Luego chistó—. Bueno, 9 años de diferencia no es nada, en realidad. Solo recuerda lo que te he dicho. La primera vez es muy importante, así que asegúrate que el sujeto sabe lo que hace o—
—¡Papá! —Ahora sí, Ruslán sentía su rostro arder con fuerza, y no pudo más que cubrirse con la mano libre. ¿Por qué tuvo la brillante idea de decirle que le gustaba Gerardo? ¡Y precisamente a él!—. No creo que le guste a Gerardo, ¡y además, no es como si fuéramos a tener relaciones!
—¿Qué sabes tú al respecto? Tal vez sí le gustes, solo necesita incentivo. Los italianos son conocidos por ser muy apasionados... —Suspiró.
Ruslán gimió. No podía creer que estuviera teniendo esa conversación por teléfono.
—Un gigoló está intentando robarle la inocencia a mi cría. —Se escuchó que decía Vladimir de fondo. Hubo un leve sonido de forcejeo antes de que la voz del ruso se escuchará con más claridad—. Aléjate de ese hombre. ¿Me oíste? ¡No caigas en sus seducciones, y si te dice para quedarse solos, golpéalo y corre!
—¿Todo bien? —preguntó de pronto la suave voz de Gerardo tras Ruslán, asustándolo un poco debido a su repentina aparición.
—¡Eh, sí, sí! —Ruslán se tensó, y temiendo su padre escuchara, o dijera algo más que Gerardo pudiera escuchar –sin recordar que no era posible a menos que tuviera un oído como el suyo– solo pudo dirigirse a su padre para unas escuetas palabras—. Tengo que irme. Los llamo luego. Los quiero.
—¡Ten un lubricante contigo! —Ruslán trató de hacer oídos sordos a las palabras de Kenshi, pero no evitó que hasta sus orejas se pusieran rojas cuando colgó y enfrentó a Gerardo.
—Em, ya estaba por colgar... —Ruslán eludía como pudo la mirada del mayor—. ¿Ha su-sucedido algo?
—Nada en particular. Tan sólo quería decirte que regreso a Italia. En vista de los acontecimientos, creo que es mejor que regrese. Debo cuidar de mis plantas. —Notando la expresión angustiada de Ruslán, frunció sus pobladas cejas en un gesto de preocupación—. ¿Estás bien? Estás rojo...
—Yo, sí. Sí. Estoy bien. —Una gran decepción por la partida de Gerardo se estableció en su pecho—. ¿Vas... a volver pronto?
—Quizás vuelva cuando Angie lo haga. Así no seré una molestia para ustedes, y podrán disfrutar de esto como un viaje en familia.
—Pero no eres ninguna molestia. —Por impulso, Ruslán tomó la muñeca de Gerardo—. En lo absoluto. Tú—
—Oigan. Vamos a comer. —Michelle estiró los brazos, ahogando un bostezo—. En un momento bajan todos. ¿Hablaste con los abuelos? —Parpadeó, pero notó justo a tiempo la mano de Ruslán sobre Gerardo—. ¿Mmh? ¿Qué pasa?
—Gerardo tiene que volver a Italia.
—¿Qué, por qué? —Hizo un puchero hacia el mago.
—Debo volver, tengo plantas delicadas que necesitan mucho cuidado. —Se adelantó a tranquilizar a Michelle—. Volveré cuando Angie lo haga.
Michelle hizo un sonido inconforme, le hubiera gustado que Gerardo pasara más tiempo con ellos. No dudó en abrazarlo en un apretado y pegajoso agarre, de reojo mirando a Ruslán. Tenía la mirada gacha, con una expresión neutral que no indicaba que pasaba por su mente pero Michelle sabía que estaba triste.
—¿Estás bien, Rus? —Soltó al mago—. ¿Qué te dijeron los abuelos? ¿Tío Keso sigue molesto?
—No... Está bien, creo. —No insistió más luego de que le confesara lo de Gerardo.
—¿En serio?
—Aquí están. —Los pasos de más personas acompañaron la voz de Bárbara. Venía con el resto—. ¿Hablaste con tus padres, Ruslán?
—Lo hice. Estaban sorprendidos de que estuviéramos en Canadá. No era parte del plan.
—Es comprensible. Al menos están informados sobre dónde estamos. Así que vayamos a comer.
—Conociendo a Kenshi, debe haber puesto el grito en el cielo —comentó Klaus, ayudando a Bárbara con su abrigo antes de salir.
—Cuando sepa que le compramos ese abrigo francés que tanto quería, se le pasará el enojo al abuelito Kenshi. —Sonrió Irina, bastante segura de sus palabras.
—Vamos. Quita esa cara. Tío Keso no podrá castigarte por siempre —dijo Michelle, pasando un brazo por los hombros de Ruslán mientras iban camino al restaurante.
Sin embargo, la expresión de Ruslán no cambió en el camino, atrayendo la atención de Michelle. ¿Tan enojado estaba el abuelo Kenshi de que se haya ido sin permiso?
—Oye... ¿en verdad se enojó tanto el abuelo?
—No... No es papá —murmuró Ruslán en voz baja, caminando un poco más lento que acabaron siendo los últimos del grupo.
—¿Entonces? Realmente tienes cara como si te hubiesen castigado de por vida.
—Es... —Las mejillas pálidas de Ruslán se colorearon. Había sido un impulso valiente decirles a sus padres, pero hacerlo otra vez se sentía diferente.
—Es ¿qué? —insistió el castaño.
Ruslán tragó.
—No... Yo, yo no, no quiero que Gerardo se vaya.
Michelle parpadeó varias veces. No era sobre Kenshi, ¿sino Gerardo?
—¿Por qué? Solo serán unos días. —Y lo captó enseguida, gimiendo alto—. No... —Dio un vistazo al grupo, y susurró—. ¿Te gusta él? —El silencio y las mejillas rojas fueron respuesta suficiente. Michelle tuvo que morder su labio para no reír. Irina y él siempre hablaban de chicos, pero Ruslán nunca mencionó a alguien que le gustara, incluso si eran chicas—. De acuerdo... Bueno, si te gusta y no quieres que se vaya, ¿por qué no se lo dices?
—¿Estás loco? —Ruslán le dio una mirada incrédula—. No voy a hacer eso.
—¿Por qué no?
—Ni siquiera me verá de esa manera. No voy a hacer el ridículo.
Michelle suspiró. Se rascó la oreja como pudo a través de la gorra.
—Entonces... ve con él. No me veas así, escucha. Quieres estar con él ¿no? Pero Gerardo tiene que ir a atender sus plantas. Solo vamos a pasear por aquí y a ti te aburren las tiendas excepto cuando quieres algo y ya sabemos que eso es casi una vez al mes. —Rodó los ojos—. Como sea. Ve con él, dile que quieres ayudarlo a hacer lo que sea vaya a hacer. ¿O también te parece una idea ridícula?
Ruslán lo pensó.
Siendo lógico, no lo parecía. Michelle tenía razón. Para el tercer día iba a querer quedarse en el hotel, hastiado de dar vueltas sin sentido. Era buen turista cuando le interesaba algo, y Canadá no era una de esas cosas. Pero acompañar a Gerardo a Italia, estar a su lado así sea para cuidar flores...
—Yo... No. No es tan malo.
—¿Ves? Problema solucionado. —Le palmeó el hombro—. Ahora quita esa cara que vas a espantar el hambre. Auch. —Se quejó cuando el menor le dio un codazo en la costilla.
Llegados al restaurante, Gerardo se detuvo en la entrada. Damián fue el primero en notarlo.
—¿No vas a entrar?
—En realidad, no. Tan sólo los estaba acompañando. —Los que todavía no sabían sobre los planes del italiano, le miraron interrogantes—. Volveré a Italia para cuidar de mis plantas. Regresaré cuando Angie lo haga.
—¿Cómo sabrás si ella volvió? —preguntó Irina—. No tienes teléfono, ni siquiera hay electricidad en tu casa. No tendremos como contactarte.
—Tan sólo hablen con una flor. Yo los escucharé —sugirió el mago.
—¿Estás hablando en serio? —cuestionó Damián.
—¿Ni siquiera querrías comer con nosotros antes de irte? —cuestionó Bárbara, acongojada—. Si no estoy mal, en Italia haría de noche.
Michelle codeó a Ruslán para que hablara pero era como si el chico se hubiera congelado en su lugar. Bufando, Michelle le empujó.
—Gerardo. A Ruslán le gustaría acompañarte. —Ambos chicos tuvieron la atención de todos, Ruslán sintiéndose algo cohibido—. Él va a aburrirse de dar vueltas. ¿Verdad que no te importará que te acompañe? Incluso podría echarte una mano. ¿No es así? —Sutilmente le dio un pequeño pellizco.
Ruslán se removió evitando una mueca.
—Sí. —Asintió—. Me gustaría..., bueno, solo si estás de acuerdo.
—Nunca vienen mal un par de manos extra, pero ¿en verdad estás interesado en esto? Necesitaría a alguien que no le moleste mancharse las manos con tierra.
—Estoy segura de que Rus puede sobrevivir a un poco de tierra entre sus uñas. —Apoyó Irina, captando las intenciones de Michelle al insistir en que Ruslán acompañara al italiano.
—¡No! —Se apresuró a negar Ruslán—. Es decir, no, para nada. Estoy bien con eso. —Frunció el ceño—No soy tan delicado. Puedo hacerlo.
—Sí, a pesar de la cara de nene que tiene. —Michelle apretó su mejilla.
—No soy un nene. —Ruslán apartó su mano—. Niñita —puyó, sabiendo lo delicado que era Michelle al respecto.
—¡No soy una chica! —gruñó Michelle.
—Eres tan quejica como una niña.
—¡No lo soy!
—Chicos. —Bárbara regañó, calmando la pelea—. Bien, entonces. Ruslán, deberás ir por tus cosas al hotel si irás con Gerardo. Será más práctico de esa manera. —Se giró al mago—. Hubiera estado encantada de que pasaras más tiempo con nosotros.
—Son bienvenidos a Italia cuando gusten —ofreció el mago, despidiéndose de todos con una agradable sonrisa. Pasó su brazo por los hombros de Ruslán en un gesto de camarería—. Seremos tú, yo y las plantas, bambino. —Desordenó el cabello liso del menor mientras se alejaban del restaurante para volver por las cosas de Ruslán.
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Michelle compartió una mirada con Irina cuando entraron al restaurante, inmediatamente cruzó los dedos para que Ruslán no perdiera la oportunidad. Siempre era cohibido al inicio, por culpa de tío Keso temía hacer el ridículo cuando se trataba de pedirle a un chico o chica salir. No lo envidiaba, tío Keso a veces podría ser muy intenso al respecto. Michelle estaba contento de que Klaus fuera su padre, incluso cuando se comportaba como un papá gallina.
Luego del almuerzo, pasaron por la panadería para comprar aquellas tartas de manzana que Michelle y Damián probaron antes. Eran deliciosas, incluso Bárbara, que no solía hacerlo, se atrevió a repetir una segunda vez. En seguida, pasearon por una plaza cercana. Michelle prefirió que Damián y él se mantuvieran de último en busca de un poco de privacidad, cosa que sabía no obtendría aunque quisiera con su padre a pocos metros. Afortunadamente Bárbara e Irina le distraían, ambas estaban a cada lado de su padre, observando el paisaje tan puro y maravilloso de la plaza y sus arboledas. En Japón faltaban un par de días para el inicio de primavera, sería la primera vez que lo pasarían lejos del país.
Horas después, ingirieron algo ligero y se devolvieron al hotel. Tenían planeado visitar las cascadas del Niágara mañana, y tendrían que madrugar para encontrar a alguien que les guiara al sitio. Estando en la habitación, Bárbara suspiró de gusto mientras se sentaba en la cama y procedía a quitarse el sombrero y los guantes, seguidamente soltarse los ganchillos que sujetaban su rubio cabello.
—Irina dormirá sola esta noche —murmuró preocupada, echando un vistazo a Klaus—. ¿Estará bien?
—Sí, no hay problema con eso. Antes de dormir pasaré a verla por si necesita algo. —El alemán, en vez de quitarse la ropa como estaba haciendo Bárbara, se estaba poniendo otro abrigo con el cuello peludo, como los que se usaban en Rusia—. No debí comer ese postre helado —dijo tiritando—. Me siento frío por dentro.
Bárbara se detuvo en su proceso de desabrochar la hilera de botones en su vestido, se acercó a él y tomó las manos de Klaus entre las suyas.
—Estás helado. ¿Quieres que baje por un té caliente? Será un momento.
—Estoy bien... Tal vez deba ir con Michelle un rato. Las noches que Irina y yo tenemos frío nos abrazamos a Michelle. Su temperatura es lo suficiente alta para calentarnos a los dos.
La mujer bajó la mirada, mordiendo su labio como si estuviera en una pequeña lucha interna consigo misma. Al instante, pareció ganar la batalla al declarar.
—No es necesario que vayas con Mich... Es decir. —Intentó decir algo, encogiéndose de hombros—. Puedo hacerlo yo, si te parece. —Liberando las manos del alemán, acarició con el dorso de las suyas ambas mejillas de Klaus—. Mi temperatura también es alta... ¿no? Y estoy aquí mismo.
Inevitablemente, las mejillas de Klaus enrojecieron. No es como si ellos no se hubieran abrazado o besado antes, pero eran toques suaves, bastante respetuosos. Lo que estaba proponiendo Bárbara los haría subir a un nuevo nivel de intimidad.
—¿Estás segura?
Ella asintió, con una pequeña sonrisa que esperaba le transmitiera confianza.
—Podemos empezar yendo poco a poco. —Y con suave movimiento, se estiró para alcanzar sus labios, besándolos tentativamente, un beso que prometía cosas diferentes a otros dados.
Klaus dudó un poco al principio. Los labios suaves y la piel perfumada de la mujer; tomó valor para pasar los brazos por la cintura estrecha. Apretó el abrazo haciendo que el agradablemente proporcionado corpiño entrara con contacto con su pecho, incluso con la capa extra de ropa podía sentir el calor que desprendía Bárbara.
Bárbara emitió un pequeño gemido de gusto al ser correspondida, apretada, en los brazo de Klaus. Siempre habían mantenido un cierto decoro, respeto en sus afectos, pero sería una mentirosa si no echaba de menos la pasión en un beso, una mirada, una caricia. Se permitió pasar sus manos por los hombros de Klaus, alcanzando su espalda, su ceño se frunció un poco debido a la gran cantidad de capas que llevaba y no le permitía sentir completamente su cuerpo, ese que en sueños, en la privacidad de su mente, moría por explorar, por sentir su piel.
Asombrado de realmente estar disfrutando la experiencia, Klaus se dejó llevar, el beso poco a poco se hizo más intenso, ambos jadearon cuando sus lenguas se tocaron. Las sensaciones que recorrieron su cuerpo debilitaron sus rodillas, apenas fue consciente de cuando su cuerpo cayó en la cama arrastrando a la mujer rubia con él. Las manos de Bárbara no perdieron tiempo y hurgaron dentro del abrigo de Klaus, tanteando su cuerpo, las formas que había visto esas pocas pero privilegiadas veces que Klaus entrenaba con los demás soldados en Japón. Su cuerpo empezaba a reaccionar al ardiente momento, un mensaje urgente en su cabeza de deshacerse de las capas de ropa entre ambos.
Deseando sentir su toque, tomó las manos de Klaus desde su cintura a sus senos, guiando sus manos.
—Tócame —jadeó en medio del beso—. Está bien. —Sus labios viajaron a su mandíbula—. ¿De acuerdo? —Alcanzó la piel de su cuello, otorgando un tierno beso.
Asintiendo torpemente, Klaus comenzó un nuevo beso, recorriendo el níveo cuello, llenándose de su aroma. Giraron sobre la cama, Klaus quedando encima de Bárbara mientras besaba el borde de su corpiño, sus grandes manos deslizándose bajo la delicada tela.
Bárbara emitió un muy suave gemido, cerrando sus ojos ante el toque de la mano contra su piel. Había pasado mucho desde la última vez que algo así, por tan simple que fuera, le sucedía. Deseaba más, quería más, estaba tan dispuesta a quitarle las capas de ropa que Klaus traía encima si no fuera porque algo vio en él que la hizo replantearse la idea. Notaba cierta inseguridad en algunos de sus movimientos, duda. Klaus era tan caballeroso con ella. ¿Estaría tratando de contenerse por respeto?
Bárbara atrajo su rostro, besó sus labios con pasión, manteniendo las manos del hombre en contacto con su piel.
—Tus manos se sienten cálidas ahora... —susurró contra sus labios—. Estoy bien si deseas detenerte.
—Yo, eh..., sí. Me siento más cálido. —Mantuvo sus codos sobre la cama para no aplastar a Bárbara con su peso—. ¿A ti...? —Dudó un momento sobre cómo continuar la pregunta— ¿te gustó?
—Sí. Lo hizo. —Ella suspiró, cerrando los ojos con gusto, y al abrirlos de nuevo, la emoción brilló en ellos mientras acariciaba sus mejillas—. Estoy ansiando nuestra noche de bodas. Y no solo esa, sino todas en las que pueda calentarte con mi cuerpo. —Apartó el largo cabello de Klaus a un lado.
La reacción del pelinegro fue completamente... inocente: mejillas sonrojadas, mirada evasiva pero sobre todo nerviosismo. Parecía la reacción de un joven de diecisiete años frente a su primer encuentro sexual en vez de un hombre de treinta años con dos hijos adolescentes. Bárbara era una mujer observadora, notaba hasta el mínimo detalle, tomándole un par de minutos entender la situación, y observaba la expresión de Klaus en ese momento. En los pocos años a su lado había aprendido a leer su rostro, algunas veces se equivocaba y lograba sorprenderla, pero no siempre. No esa vez.
—¿Te preocupa ese momento? —Buscó la mirada de Klaus—. ¿Te preocupa el momento en que intimemos? —tanteó.
Apretando los labios, Klaus se apartó de su prometida, permitiéndoles a ambos tener espacio y hablar apropiadamente.
—Me preocupa bastante. —Tuvo que admitir.
Ella se levantó, sentándose a su lado, su liso cabello claro cayendo como una capa a su espalda.
—¿Por qué? —Bárbara ladeó la cabeza, luciendo desconcertada—. ¿He hecho algo incorrecto?
—¡No! —soltó Klaus, alarmado de hacer que la mujer pensara de esa manera—. Claro que no, todo lo contrario. Eres maravillosa y amable y agradezco profundamente que no me hayas presionado. Es sólo que... —En ese momento su voz descendió por completo y su sonrojo se extendió hasta sus orejas.
Bárbara esperó un minuto, pero sin Klaus enunciar palabra aún, acabó colocando una mano en su hombro. Le dio una pequeña sonrisa en confianza.
—¿Solo qué? Está bien, puedes decirme... —La mano se deslizó hasta entrelazar sus dedos con los del alemán—. Klaus, somos una pareja, puedes hablar conmigo. Buscar una solución entre los dos.
Dándole un cariñoso apretón en respuesta, Klaus le miró a los bonitos ojos azules. Antes de hablar, bajó la mirada, avergonzado por lo que tenía que confesar.
—Nunca he estado con una mujer.
Bárbara se mantuvo callada. Este era otro de esos pocos momentos en los que erraba en su discernimiento sobre lo que pasaba por la mente de Klaus. Estaba consciente de que Yuki, a pesar de su nombre, había sido un hombre, ya había pasado la etapa –gracias a Vladimir– donde trataba de entender cómo un hombre pudo haber concebido una joven tan encantadora como Irina. Ahora...
—¿Jamás has...? —Bárbara respiró profundo. No esperó jamás que su juicio en asumir que Klaus hubiera tenido otras parejas era errado también.
Frotó su frente, analizando la situación un momento. Entonces, volvió a tomar la mano de Klaus entre las suyas, apoyándola en su regazo.
—No pasa nada. Está bien. Mi experiencia con hombres se limita solo a uno. Klaus... —Apretó su mano, atrayendo su mirada—, no tiene nada de malo. Aprenderemos entre los dos. ¿Sí? Tendremos toda una vida para hacerlo. No importa si cometemos torpezas al principio, sino hacerlo juntos.
Todo el bochorno que estuvo sintiendo se esfumó ante las amables palabras de su prometida.
—Eres maravillosa —repitió con una gran sonrisa. Llevó su mano aún entrelazada dejando un beso en su delicada mano—. Otra mujer hubiera puesto el grito en el cielo, incluso podrías haberte burlado... como hizo Kenshi. —Negó con la cabeza. Inclinándose, volvió a besar a Bárbara, otro de esos besos calmados y tiernos que solían darse.
—No puedo hacer eso. —Bárbara dijo en cuanto el beso acabó, uniendo sus frentes—. Como dije, estamos en el mismo nivel. Además, va a gustarme mucho decirte cómo quiero que me toques... o hacer lo que deseas que haga por ti. —Buscó un nuevo beso, y un segundo—. Todo estará bien, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
Compartieron un par de besos más, recostados en la cama, hablando en voz baja. Klaus estaba agradablemente tibio por lo que no tuvo que recurrir a un abrigo extra. Antes de la hora de dormir, Klaus y Bárbara fueron a darles las buenas noches a sus respectivos hijos asegurándose de que estuvieran bien durante la noche.
CONTINUARÁ...
N.E.: Y luego de meses sin actividad, volvemos con un pack de 5 capítulos para que tengan algo que disfrutar en esta cuarentena. ¿Ya se han lavado las manos? ¿Han desinfectado sus Pc y teléfonos? Recuerden salir solo si es necesario, usar tapabocas y comprar lo indispensable. Cuidémonos entre todos.
Por otro lado, ¿qué les han parecido los últimos capítulos? No olviden dejar sus impresiones en la cajita de abajo, o en la página oficial de Facebook (cuyo link encontraran en el perfil de esta cuenta).
Nos vemos en una próxima entrega,
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