Capítulo 11

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El próximo día, el grupo estuvo listo a tiempo para ir a visitar las cataratas del Niágara. Tuvieron que pedir indicaciones a algunas personas para poder llegar al sitio, un lugar mágico y espectacular de unas tres cascadas de más de 60 metros. Michelle quedó maravillado, escuchando a un guía turístico, que la tierra que veía a lo lejos era Estados Unidos. El lugar al que más deseaba ir estaba justo enfrente de él. Michelle e Irina compraron varias postales para llevárselas a los abuelos y mostrarles a Ruslán. Disfrutaron un poco más del pueblo de Toronto antes de regresar al hotel por la tarde.

En la noche, para la hora de la cena, discutían que otras zonas de Ontario visitarían. Cuando pasaron por un callejón que desviaba a otro lado de la calle, un joven tropezó con la figura de Klaus.

—Auch...

Instintivamente Klaus sujetó al desconocido con el que chocó por accidente, evitando que cualquiera de los dos perdiera el equilibrio.

—Lo siento —se disculpó en inglés.

El joven que chocó contra él fue iluminado por un poste de luz, destacando su cabello castaño y finos rasgos pero lo más impactante fueron sus ojos: orbes grandes, castaños, que serían tan comunes si no fuera porque el izquierdo era de una coloración diferente, más rojiza, tirando al ladrillo. Además, los ojos comenzaron a mirar a Klaus con interés, una sonrisa lobuna tirando de sus labios.

—Vaya, vaya. Sin duda no te había visto por aquí.

—Pero yo sí... —Michelle ladeó la cabeza, cruzando los brazos—. Eres el chico que estaba con aquel idiota.

El joven sonrió aún más.

—Oh, sí, dejaste a mi pobre Zachary con el corazón roto. —Su mirada regresó a Klaus, y atrevidamente juntó sus cuerpos, importándole por los demás a su lado, al incluso pasar sus brazos por el cuello del alemán—. Pero tú no dejarás mi corazón roto, ¿verdad, cariño? Eres tan sexi... ¿Cuál es tu nombre? —cuestionó, acariciando los mechones de cabello negro de Klaus.

—K-Klaus —respondió estúpidamente el alemán. Al estar sus cuerpos tan juntos, el fuerte olor a durazno del joven franco-canadiense le inundó por completo los sentidos dejándolo paralizado. En su interior fue como si el dragón despertara de un largo letargo.

—Klaus. —El joven paladeó el nombre en su boca, casi gimiendo. Estaba totalmente intencionado a acercarse para besarlo sino hubiera sido empujado por Michelle—. ¡Hey!

—¡Es mi padre! —Michelle se colocó frente a Klaus—. Y está comprometido. ¿Quién eres tú y qué quieres?

El francocanadiense se echó un par de mechones de cabello hacia atrás.

—Me llamo Yu. Solo andaba por aquí buscando un polvo. Claramente tu... 'padre' se topó frente a mí justo caído del cielo. —Le guiñó un ojo.

La mano de Bárbara se posó en el brazo del alemán.

—Es mejor irnos —dijo, su voz sonando tensa, probablemente incómoda.

Aturdido, Klaus se dejó guiar por el grupo, sus ojos difícilmente se despegaron de la delgada figura del joven castaño, su descarada sonrisa todavía bailaba en la superficie de su mente pero su olor lo tenía embobado y el dragón, por primera vez en muchos años, parecía estar alerta.

Volvió al mundo real cuando sintió un codazo en sus costillas.

—Papá. ¡Reacciona! —gruñó Irina—. ¿Qué te pasa?

—¿Me estaban hablando? —Notó que el grupo entero lo estaba mirando a él con diferentes grados de preocupación.

—¿Está bien? —preguntó Damián.

—Estabas completamente ido. —Bárbara dijo, su mirada recorriendo cada tramo de su rostro—. ¿Te hizo algo ese chico?

—Él huele a durazno. —Fue lo único que logró decir. Para él, esas cuatro palabras lo explicaban todo. Para Bárbara y Damián fue algo confuso pues no entendieron todo lo que eso significaba, sin embargo Irina y Michelle sí lo entendieron y reaccionaron de acuerdo a eso.

—¿Qué? ¡No! —dijo indignada Irina, mirando hacia el punto donde se habían topado con el franco-canadiense y ahora estaba vacío—. ¡No es posible!

—¿Estás seguro de eso? —Michelle frunció el ceño, también mirando en la dirección donde había estado aquel chico. Yu, recordaba fue su nombre. Un nombre muy raro, a decir verdad. O fue falso o tal vez se trataba de un apodo—. Papá, nunca antes habíamos encontrado dos personas con olor parecido. Creo que... —Michelle negó. Había creído que su papá superó ese momento ahora que iba a casarse con Bárbara—. Tal vez te confundiste. Quizás se trataba de algún perfume o algo así.

—No entiendo. —Damián miraba a los Wolfhart con el ceño fruncido, un poco irritado por ser excluido de la conversación—. ¿Qué tiene de especial el olor a durazno?

—Era el olor de mi papá Yuki —respondió Irina bastante afectada.

Bárbara respiró hondo. Nunca se sentía incómoda cuando hablaban de la ex-pareja de Klaus, ella deseaba lo mismo cuando hablaban de su ex-esposo, pero lo que estaban insinuando era que... aquel chico podría ser...

—Es... algo tonto, pensar eso —dijo con todo el tacto que pudo, colocando una mano en el hombro de Irina—. Tu papá, por todo lo que me han contado, fue una persona paciente, excepcional y cariñosa. Este joven fue atrevido e irrespetuoso, sin mencionar lo vulgar —Negó con desaprobación al recordar lo poco que estuvo de besar a Klaus. Ella no se consideraba posesiva ni celosa, era muy segura de sí misma y de la relación, pero recordar ese momento le causaba un sentimiento amargo en su interior—. No podemos comparar a tu papá con ese joven.

—Ella tiene razón. —Michelle cruzó los brazos—. Sin importar su olor, es alguien diferente de Yuki. Olvidémoslo y vamos a comer. Tengo hambre.

Continuaron su camino al restaurante. Klaus los siguió pero su mente estaba una y otra vez en el atrevido y atractivo joven, su mente dando vueltas al mismo punto.

»Es mi tesoro.

Pensó el dragón en algún momento, Klaus refutaba la veracidad de esas palabras. Yuki estaba muerto y un olor jamás era repetido, ni siquiera en hermanos gemelos, podía ser parecidos pero nunca iguales. En la cena estuvo bastante callado, discutiendo con Feyn en su mente. Irina era quien más se daba cuenta de esto y por eso trataba de sacarle conversación a su padre, para distraerlo.

—Deberíamos hablar con el abuelo... y Ruslán —murmuró Irina a su hermano en voz baja—. Esto no me gusta nada. Ese encuentro fugaz lo dejó trastornado.

—Ruslán no puede hacer nada. Es con los abuelos con quien debemos hablar —respondió Michelle en el mismo tono. También estaba preocupado, muy pocas veces, por no decir nunca, veía a su padre de esa forma—. Los abuelos tienen dragones, ni Ruslán ni tú los tienen. El dragón de papá debe estar confundido y no es bueno, se deprimirá más. Por eso es mejor que otro dragón hable con él para que entre en razón...

—Estoy de acuerdo pero no podemos dejar a Ruslán desinformado de lo que pasa. —Vieron como Bárbara captaba de nuevo la atención del alemán, sonrió un poco y comió lo que tenía en el plato, escuchando ausentemente lo que decía la rubia—. No me gusta tener que pinchar su burbuja pero sería bueno que él también estuviera aquí.

—De acuerdo... Gerardo dijo que cualquiera cosa nos comunicáramos por medio de una flor. Podríamos hacerlo mañana —sugirió acabando con la mitad de su plato—. Nos vamos a la plaza... —continuó con la boca llena— buscamos una flor y hacemos la prueba. —Miró a Irina—. ¿Qué tan raro sería hablarle a una flor?

—Bastante raro —contestó Irina con una mueca—. Por otro lado, si vamos a contactarlo tenemos que tener en cuenta la diferencia horaria. En Italia son seis horas más que aquí.

Michelle ladeó la cabeza, su atención puesta distraídamente en su papá y Bárbara. La mujer estaba haciendo un claro esfuerzo por mantener la atención de Klaus en el presente, en ellos, y no en aquel chico. Pensar en él le llevó a recordar lo que dijo sobre su amigo, Zachary.

»Dejaste a mi pobre Zachary con el corazón roto.

Hizo a un lado lo que provocaba en él esas palabras, eran ridículas, se dijo, y se enfocó otra vez en su hermana.

—Lo haremos mañana después del desayuno. Es domingo, los domingos siempre son aburridos.

—Mañana también debería llegar esa mujer —señaló Damián, metiéndose en la conversación—. Mañana será el tercer día.

—Bueno, pero no significa que apenas llegue, veremos a Aldebarán. —Michelle se encogió de hombros—. Avisar a Gerardo nos tomará un momento, hablaremos con Ruslán, le informaremos, y luego de mi cambio, llamaremos a los abuelos. —Sonrió, bebió un poco de su vaso de agua, y añadió—. Es más, les apuesto que papá estará más lúcido mañana. Estará así por culpa de la impresión, pero se dará cuenta de que es una tontería y dará la razón a los abuelos después de que hable con ellos —dijo con positivismo.

Irina no hizo ningún comentario sobre lo adorablemente fantasioso que sonaba eso. Ella siento tan celosa como era con su padre sabía que ese muchacho Yu sería un problema, le había costado mucho aceptar a Bárbara como para ahora tener la interferencia de un hombre de su misma edad.

—Con suerte habrá sido un encuentro de una vez —comentó con un suspiro, terminando con su plato. Los demás hicieron lo mismo. Klaus se veía un poco más compuesto mientras caminaban hacia el hotel. En las habitaciones, Bárbara terminó de sacarlo de ese estado con largos besos apasionados, eso hizo que el dragón volviera a retraerse por completo.

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En Italia, cuando Ruslán bajó aquella mañana, lo hizo... con un sentimiento pleno. No se sentía casi incómodo por estar en una casa ajena, mucho menos cuando entró a la cocina y vio a Gerardo preparar el desayuno sin que se diera cuenta de su presencia. Era casi... hogareño. Un pensamiento de él gustándole esta perspectiva durante toda su vida le causó un poco de temor.

'¡Eres una cría!' aún podía escuchar la voz de su papá. Era cierto, no debería estar sintiendo ese tipo de pensamientos, era muy prematuro, pero algo sentía entorno a Gerardo que sin duda no podía evitar tenerlos. Sentía que estaba mejor allí que en cualquier otro lado.

Carraspeó para hacerse notar al darse cuenta que había estado observando al mago por varios minutos.

—Buenos días —se anunció, entrando finalmente a la cocina—. Huele bien... ¿Qué haces?

Buongiorno, piccolino —respondió el italiano con una radiante sonrisa—. Estoy preparando un omelette con mucho queso y jamón, además le agregué un par de especias interesantes... —Tarde se le ocurrió al guardián un pensamiento—. ¿Eres alérgico a algo?

—Mmh, solo a la pimienta, me hace sentir como si tuviera gripe. —Hizo un gesto vago con la mano para restarle importancia, y echó un vistazo por una ventana—. Vaya..., debo decirlo, se ve todo muy bonito fuera. Jamás había visto un pasto tan verde...

Gerardo sacó los ingredientes para hacer un segundo omelette sin pimienta especialmente para Ruslán.

—Gracias. Trato de mantener la tierra hidratada y nutrida. Debo decir que tu ayuda en el jardín también ha dado sus frutos.

—Solo regué unas pocas plantas. —Ruslán evitaba que el italiano viera su sonrojo—. Tú haces todo el trabajo. Bueno, tu magia... Para ser honesto, muy pocas veces le he dado importancia... Mi padre algunas veces menciona algo cuando le interesa una especie extraña para él, pero papá suele recurrir a ella. Se le da la herbolaría. Suele hacer muchas cosas, tónicos, cremas, hasta venenos, con las plantas y hierbas. Algunas ocasiones me lleva con él a su plantación pero... -Se encogió de hombros, un poco avergonzado. Tal vez si hubiera prestado más atención, pudiera saber más de plantas como Gerardo. En esos pocos momentos con él, se sentía bastante ignorante cuando el mayor mencionaba algo de una planta en específico.

—Aun así, tu ayuda ha sido invaluable. —Puso el omelette a cocinar y mientras se hacía, colocó los platos sobre la mesa con una jarra de jugo fresco, pan y una canasta con frutas de su jardín—. Acabo de notar que mencionaste dos padres, hombres. —Tuvo que aclarar, viendo de reojo a Ruslán mientras sacaba el omelette del fuego y lo servía en un plato.

—Em, sí. —Ruslán tomó asiento, sirviéndose un poco de jugo—. Mi padre es científico y cuando conoció a papá, éste estaba por casarse con una princesa, actualmente es la consorte del Emperador en Japón... —A veces Ruslán se preguntaba cómo hubiera estado Japón con su papá al frente. Por lo poco que sabía y escuchó de Kenshi, el nuevo emperador estaba causando tensión entre los demás terratenientes, y había aumentado la petición de ingreso de armas y los entrenamientos a soldados. Kenshi no lo había comentado a nadie, salvo a él en uno de sus paseos privados, pero temía que algo estallara pronto—. Como sea, se enamoraron pero no podían estar juntos a menos que papá tuviera asegurado un heredero para su puesto. Así que mi padre buscó una forma de arreglarlo y nací yo. Papá es señor feudal en Hiroshima, y cuando lo decida, me dejará su puesto para yo encargarme del condado.

—Así que un hijo de dos hombres. Es impresionante lo que el hombre puede hacer con su ingenio —halagó Gerardo sin mostrarse perturbado como otras personas porque Ruslán fuera fruto de dos hombres.

—La verdad, lo es. Mi padre es un genio. —Sonrió, recordando al ruso. Su sonrisa se ensanchó todavía más al recordar lo último que le había dicho de Gerardo el otro día. Aún le causaba vergüenza, pero también gracia—. A veces tienen discusiones entre ambos, pero fui afortunado en tenerlos como padres... —Miró a Gerardo directamente esta vez—. Fuera de Bárbara y Damián, eres la primera persona que sabe de mi concepción aparte de la gente de Hiroshima y no reacciona mal.

—Oh, bueno... —Se tomó un momento para cortar su omelette y comerlo, hizo un sonido de gusto al masticar—. El concepto de hombres embarazados no es algo nuevo entre los guardianes.

—¿Por qué? —Eso llamó fuertemente la atención de Ruslán, deteniéndolo en su intención de probar el omelette. No debería ser 'algo nuevo', porque era algo nuevo. Su padre logró que el concepto fuera real... ¿Por qué Gerardo insinuaba que no?— ¿Han... conocido a otros hombres embarazados?

—No es común en los mortales pero debido al poder que nos da nuestro amado padre, somos capaces de llevar vida en nuestro interior, aun siendo hombres.

El bocado que Ruslán sujetaba cayó de su cubierto, apenas tomando en cuenta de ello sin dejar de ver a Gerardo con asombro, recorriéndolo con la mirada como si no diera crédito a lo que acababa de oír. Es más, esperaba que en cualquier momento él dijera "Es broma", pero pasaban los minutos y seguía en silencio.

—Eso... ¿entonces puedes tener hijos... por tu cuenta? Es decir..., no necesitan de una pareja femenina para... procrear. Pero... ¿cómo?

—Es un regalo que se nos concedió a los guardianes. —Tomó un sorbo de su café oscuro—. El poder inherente de nuestros cuerpos nos permite sostener una nueva vida.

—Es... sorprendente —murmuró, y finalmente probó el omelette, sus ojos abriéndose mucho debido al exquisito sabor—. ¡Esto es sorprendente! Es decir, está delicioso. —Comió otro trozo más—. Tú, bueno, imagino que no has... —Ruslán de pronto se dio cuenta del error de intentar preguntar algo tan privado, sus mejillas se sonrojaron—. Lo siento, no debía... —Sacudió la cabeza y optó por preguntar otra cosa—. ¿Alguna vez un mago... llegó a hacer algo malo?

Apoyando su rostro contra su mano, el italiano contestó la pregunta no formulada.

—En mis quince siglos de vida no he pensado en tener hijos aún... Tampoco he encontrado a la persona apropiada. —Tomando un trozo de pan, lo untó con mantequilla y cortó un pedazo de omelette para comerlo junto al pan—. Respecto a tu otra pregunta... Sí, ha habido algunos casos en que los guardianes ignoran su deber y... hacen cosas malas.

Ruslán aún sentía su rostro ardiente mientras comía, las palabras de Gerardo y las de Michelle el día anterior rondando por su mente. Quería creer que podría ser la persona adecuada, pero a la vez no deseaba hacerse ilusiones y acabar descorazonado. Él no podía ser tan osado como Michelle o su papá en ello, actuaba con calma... y tanteaba el terreno.

—Y... ¿cómo imaginas tú que sea esa persona apropiada?

—No lo sé. Me gustaría alguien que respetara y disfrutara de la vida, un alma libre y amorosa con la que pueda compartir momentos agradables. —Suspiró sabiendo que sonaba como una quinceañera soñadora—. Supongo que es un poco tonto pero se vale soñar. ¿No?

—No tiene nada de malo. Es... un deseo muy bonito. —Ruslán bajó la mirada a su plato medio vacío, un poco desanimado. Prefirió llevar la conversación a un tema que esperaba no convirtiera su garganta en un nudo—. Bueno, ¿qué haremos en el jardín hoy? A este paso llegaré a casa con un par de consejos nuevos a papá.

—Si quieres podemos preparar un regalo para tus padres, quizás una rara planta medicinal para tu padre y una exótica flor para tu papá. ¿Qué dices? —Dio el último bocado a su omelette y se recostó en el respaldo de la silla para disfrutar el resto de su café negro.

—Gracias, eso les gustaría mucho.

Terminó su plato, quedándose sentado un rato más en la mesa con Gerardo y paulatinamente le ayudó a limpiar los trastes.

Aunque tocó tantos temas como pudiera con él, sus pensamientos no abandonaban lo que había dicho respecto a su "persona ideal". Ruslán no creía que pudiera serlo, en algunos hechos le costaba sentirse identificado sin embargo él, a más lo conocía, más deseaba estar a su lado. No quería alejarse de Gerardo si pudiera.

Cuando salieron al exterior en dirección al jardín, Ruslán se detuvo un momento para observar sus alrededores. No importaba que lo hubiera hecho el día anterior, pero el lugar era tan mágico y hermoso que era imposible cansarse de observarlo. Ni en las primaveras de Japón vio un pasto tan colorido, los arbustos frondosos y respiró un aire tan puro como allí.

—Has vivido 15 siglos... —Comenzó, apresurando el paso para seguir a Gerardo— aquí. ¿Los vecinos nunca se han dado cuenta de que no envejeces?

—Apenas llevo viviendo en esta casa 370 años. La señora de la casa me la dejó. Para ese entonces yo trabajaba como su jardinero. Como comprenderás, los inmortales también necesitamos comer —dijo en un tono divertido mientras se ponía sus guantes de trabajo y le pasaba a Ruslán otros—. Ella no tenía hijos, y la verdad es que estaba reticente a dejarle el terreno a un pariente lejano, mucho menos quería poner la casa en venta. Ella estaba bastante encariñada conmigo. Le gustaba que fuera tan atento con su jardín, por eso en su testamento me dejó la casa y el terreno adyacente.

—Pero vendría a ser lo mismo, un humano normal apenas logra traspasar los 100 años. ¿No has tenido nunca...? —Se colocó un guante y luego el otro— ¿algún problema? —Miró una vez más la casa—. ¿De qué parte de Italia naciste en realidad? ¿Aquí mismo?

—Por sorprendente que parezca, los mortales son bastante despistados así que no, no he tenido ningún problema. —Buscó una regadera bastante grande para llenarla con agua—. Dónde nací... —repitió para sí mismo, un poco pensativo—. Es difícil de explicar. Nací en la Italia Goda, en la edad de los metales, siglo VI d. C. —dijo el mago caminando por el terreno con la regadera llena de agua. Tenía que tomarla con ambas manos para mantener el equilibrio—. La Toscana no existía en esos tiempos, el territorio era amplio y había menos divisiones...

—¿Siglo V? —Ruslán siguió a Gerardo, manteniendo su mirada en él. En sus clases de historia universal no había tocado mucho la historia de Italia, pero sí lo suficiente como para saber que Gerardo estuvo ahí para ver la caída del Imperio Romano y sus consecuencias, para ver el inicio del Renacimiento y la posterior disputa del país entre España, Francia, Alemania y Austria. Ruslán cogió aire. Eso sin mencionar la revolución que emprendió Napoleón cuando ingresó al país. Mientras más hacía memoria, más... bebé se sentía a su lado. Cuando supo su edad, estaba consciente de la magnitud, pero ahora que lo analizaba, un nudo se establecía en su interior.

Ruslán carraspeó.

—Es... impresionante. ¿En qué te ayudo? —preguntó, buscando distraerse—. Creo que ya he hecho muchas preguntas por hoy...

—Está bien. Me gusta hablar, incluso hablo con mis plantas cuando estoy solo. Aunque no lo creas una voz calmada les estimula. —Dejó la regadera cerca de varias macetas grandes—. ¿Puedes cargar esto? Voy a llenar una igual mientras riegas las macetas. Debería comprar un... eh... ¿Cómo lo llaman los americanos? ¿Aspirador? No...

—¿Aspersor? —tanteó, sonriendo divertido—. Lo sé, es que siento que yo hago las preguntas y tú no–

Las palabras de Ruslán se cortaron. Había estado distraído caminando hacia la regadera que no se fijó hasta que chocó con Gerardo y éste a su vez con la misma cuando tropezó. En un intento por mantenerlo en pie, Ruslán quiso sostenerlo sin éxito, acabando justo encima del mago. Agradeció enormemente que ninguno se hubiera lastimado con las macetas pero eso no evitó que el menor se diera cuenta cómo habían terminado. Su rostro estaba muy cerca del cuello del italiano y su suave olor impactó en él, volviéndose una droga que Ruslán tuvo que hacer un esfuerzo enorme por alejarse.

—¡Lo siento! Estaba distraído y yo... —Acabó semi recostado en su regazo, buscando con la mirada que no estuviera herido—. ¿Estás bien? —Ignorando el calor en su cara, Ruslán tomó a Gerardo de los brazos para levantarlo un poco—. No te hiciste daño, ¿verdad?

Sto bene. —Asintió el mago, tratando de tranquilizar a Ruslán. Parecía bastante abochornado—. Non ti preoccupare, estoy bien. —Volvió a asegurarle cuando notó el sonrojo en la cara del menor, acunó su rostro con sus manos para poder mirarlo adecuadamente—. Creo que la pregunta es ¿tú estás bien? He notado que te pones rojo bastante a menudo.

Si Gerardo supiera las razones por la que estaba rojo...

—Estoy bien. Solo... creo que es cosa del clima. En verdad estoy bien... —Sus manos picaban por acariciar las que tenía Gerardo en su rostro, y lo hizo. Se sentían tan...—. En verdad. —Se apartó con torpeza, poniéndose en pie y ayudando a Gerardo a hacer lo mismo—. Continuemos. Dijiste que ibas a... a llenar la otra regadera.

—Sí, eso dije. —Por un momento pensó que esos amables ojos ámbar podrían traspasarlo, con una mirada descubrir lo que en verdad estaba pasando con Ruslán, lo que su cercanía causaba en su joven cuerpo. Al final se alejó para buscar una nueva regadera sin decir nada.

Ruslán suspiro de alivio en cuanto se fue, poniéndose en pie para coger la regadera.

Cómo iba a sobrevivir hasta pasado mañana que volviese Angie era algo de lo que no estaba seguro.

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La hora nocturna en Canadá era una de las preferidas de Yu. Miles de cuerpos disponibles para follar y para que lo follen. Se sentía tan saciado cuando volvió al internado que apenas sus piernas le permitían mantenerse en pie y su culo estaba deliciosamente sensible que dolía. Muy pocas oportunidades de un cuarteto se le presentaban los fines de semana, pero nada que un par de tragos no pudiera arreglar. Por suerte Yu no era de los que bebía hasta perder la consciencia, se achispaba, eso sí, como una cerilla que prendiera una llama.

Entró en la habitación que compartía con Zach, y en vez de caer en su propia cama, lo hizo en la del rubio.

—Hola, amor. Ya volví —murmuró en su pecho con una sonrisa boba—. Me hubieras acompañado... —Su mano desganada se internó dentro de la ropa de su pijama, acariciando la piel de su pecho—, fue una noche tan... —Alargó mucho la vocal producto del cansancio— increíble.

Zach despertó un poco sobresaltado al sentir un peso sobre él, pero al darse cuenta de que era su desinhibido compañero de cuarto se relajó. Con un bostezo, dio un vistazo al despertador al lado de su cama.

—Son las dos de la mañana. ¿A cuántos tipos montaste para llegar a esta hora? —Se estiró en la cama dejando descubierto parte de su abdomen, una vez que sus vértebras sonaron agradablemente se giró en la cama para abrazar apropiadamente a Yu.

—¿Cuatro, cinco, seis? —Yu se encogió de hombros—. No lo sé, pero recuerdo cuatro penes diferentes en mi culo hoy. —Se estiró lo suficiente para besar el cuello de Zachary—. Por cierto, vi a tu niño bonito esta noche.

—Vas a terminar con un hoyo negro en tu culo —murmuró, presionando la tela justo en la hendidura de sus nalgas, sintiendo la tela húmeda. No hizo ningún otro movimiento al captar las palabras de Yu—. ¿Hablas del chico castaño? —La mención de Michelle lo despertó por completo—. Él es tan lindo.

—Y su padre es tan sexi. —Yu suspiró de gusto al recordar aquel hombre de largo cabello oscuro y atractivo perfil—. No me dejaron follar con él, ¿puedes creerlo? —Hizo un puchero de enojo—. Según ellos, está comprometido pero si hubieras visto su rostro al verme. ¡Estaba embobado!

—¿Quién podría resistirse a los encantos de Narcisse Boucher? —dijo a modo de broma pero entonces dejó de sonreír cuando se le ocurrió algo—. ¡Eso es! Tú puedes seducir a su padre. Quítalo de en medio para que yo pueda acercarme al castañito.

—No me digas Narcisse... —Pellizcó el costado de Zachary. Odiaba su nombre, prefería que le dijeran Yu—. Sin embargo..., no es una mala idea salvo por un problema. —Miró a Zachary y sonrió mientras apretaba su mejilla—. El caliente rubio que tiene tu niño como novio.

—¡Au! —Golpeó la mano de Boucher para que lo soltara—. ¿Problema? ¿Quién dijo que ese monigote europeo es un problema? Tan sólo tengo que sacarlo del camino por un par de horas.

—Me acusaste de romper matrimonios hace dos años cuando un tipo se separó de su esposa por mí, y mírate ahora. —Narcisse sonrió con orgullo hacia Zachary—. ¡Quieres romper un noviazgo! Realmente has caído fuerte por ese niño, chèrie. No te reconozco. —Volvió a recostarse cómodamente en su pecho, usándolo de almohada—. ¿Tanto quieres follarlo?

—Yo no quiero follarlo. Es demasiado lindo para eso —murmuró con el rostro desviado—. Lo quiero para mí.

—Ah, entonces es como el jardín de niños. Quieres robarle el juguete al caliente europeo. —Se burló Yu con una sonrisa divertida. Y lo era. Jamás había visto a su amigo tan enfocado en una persona. Ese chico, Michelle recordaba, tenía un rostro lindo, lo admitía, entendía por ese lado que Zachary estuviera interesado, no obstante Michelle en las dos ocasiones que le vio estaba muy oculto por ese abrigo y gorra, Yu lo encontraba un poco aburrido. No era algo que le diría a Zach—. Pues entonces yo quiero para mí a su padre. —Apretó más el cuerpo del rubio, imaginando que era el alto y estilizado europeo de encantadores ojos verde pardos—. No puedo esperar para tenerlo en la cama conmigo.

—Es diferente —murmuró el rubio americano, ignorando el deseo de Yu por el padre de Michelle—. No es que quiera quitarle el juguete a otra persona, en verdad me gusta. Hay algo que me llama la atención en ese chico, ¿sabes? —Su vista, que ahora estaba acostumbrada a la casi oscuridad de la habitación, pudo apreciar el rostro perfilado de Yu—. No creo que esto sea un antojo pasajero...

—No entiendo eso. —Yu cerró los ojos, se escuchaba somnoliento, pero mantenía su atención en Zachary todavía—. Solo viste al chico una vez, te golpeó, es lindo y todo pero has visto a otros chicos igual de lindos antes... —La comisura de su labio se alzó pero fue una sonrisa floja—. No me saldrás con eso de amor a primera vista ¿o sí? Te dije que no leyeras a Romeo y Julieta.

Zach tuvo que cubrirse la boca para amortiguar la risa que se le escapó.

—Si ésta es una historia de amor, te aseguro que no será como la de Romeo y Julieta... Sé que hay más en ese niño de lo que aparentar a primera vista. —Volvió a bostezar—. Oye, no te duermas. Tienes que ir a lavarte toda la porquería que tienes dentro. —Le dio un leve empujón para que se levantara y fuera al baño.

—No, estoy cómodo aquí... —Pero Zachary fue insistente hasta que Narcisse gruñó en molestia y tuvo que obedecer. Para ese momento, mantener sus ojos abiertos era una dura tarea. Apenas miró cuando buscó un cambio de ropa y se dirigió a darse una ducha.

Narcisse tardó mucho más a lo acostumbrado, pudo haberse quedado dormido de pie bajo la regadera, pero volvió arrastrando los pies y, nuevamente, cayó en la cama con Zachary, envolviéndose en torno a él. La frescura en su cuerpo estaba resultando un somnífero bastante potente.

—¿Satisfecho, Romeo? —bostezó ampliamente—. Tal vez mañana encontremos a tu Julieta, no tengo la menor intención de asistir a las clases...

—Tienes que admitir que se siente mucho mejor dormir después de una ducha que todo lleno de semen. —Le dio un corto beso en los labios antes de acomodarse para dormir—. Bonne nuit, mon ami.

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Para la tarde en Italia, luego del almuerzo, Ruslán se había buscado un sitio en el jardín donde sentarse y... pensar. Después de aquel encuentro en la mañana, se había retraído un poco en sí mismo, mantenía cierta distancia con Gerardo. Charlaba con él, le hizo un par de bromas durante la comida, pero en conjunto sentía una ligera tensión. Ahora solo estaba allí, con una mandarina que no había pelado y simplemente sostenía en su mano como si tuviera las respuestas del universo.

Estaba seguro de que si su papá le viera en ese momento, se sentiría decepcionado. La primera persona que le gustaba en verdad y estaba resultando un fracaso en conseguirlo. Menos era capaz de coquetearle. Si no podía lidiar con sus sentimientos, ¿cómo pretendía lidiar con un condado en donde vivían cientos de personas como era Hiroshima?

En momentos así, deseaba tener a tío Jim cerca. Tío Jim siempre tenía una frase para todo.

Notó a una mariposa pequeña revolotear frente a él y luego posarse en una margarita a su lado. Ruslán la observó en silencio con un rostro pétreo.

—Ojalá todo fuera tan fácil como lo tienes tú... —susurró, antes de volver a amasar la mandarina en su mano—. ¿Cómo le dices a alguien que esa persona te gusta? —Observó al insecto posarse un poco más en la flor antes de irse a otra más lejos. Suspiró, y se dejó caer completamente en la hierba. Jamás se había sentido tan inseguro en algo.

Gerardo caminaba por el jardín. Ese día llevaba los pies descalzos para sentir plenamente el pasto bajo sus pies, en sus manos tenía dos copas y una botella de vino rosa sin abrir. Estaba buscando a Ruslán cuando lo vio acostado en el pasto, en el poco tramo que le tomó llegar hasta él lo escuchó suspirar al menos dos veces.

—Si sigues suspirando de esa manera tendré que plantar más árboles para compensar el oxígeno que están desperdiciando —dijo a modo de broma mientras se acomodaba al lado del joven japonés.

Ruslán se incorporó, quedando sentado a su lado mientras alisaba los mechones de su cabello y sacaba alguna brizna de hierba de ellos.

—Lo siento... Solo... —Ruslán bajó la mirada a la fruta en su mano. ¿Qué podía decir? Se humedeció los labios y trató de nuevo— pensaba en cómo les estaba yendo a los demás.

—Por favor —dijo con un tono de burla mientras descorchaba el vino—. Sé exactamente lo que estabas pensando. No tienes que mentirme.

Ruslán se tensó, su piel perdiendo color mientras volteaba a ver a Gerardo, aterrado. ¿Sabía lo que estaba pensando? ¿Sabía de sus sentimientos? ¿Tan transparente había sido que no pudo ocultarlo?

—Yo... puedo explicarlo. —Sus manos comenzaron a hacer rodar muy rápido la mandarina en ellas—. Verás, es que... eres muy atractivo y amable, y tu olor es tan adictivo que yo—

Por la pasmada expresión del italiano, Ruslán se dio cuenta de que había metido la pata.

—¿Yo te gusto?

La palidez de Ruslán ahora se volvió un tono rojo, ni siquiera se dio cuenta de que había hundido los dedos en la fruta de tanto que la apretó hasta que sintió el jugo de su contenido deslizarse por sus dedos y caer en el regazo.

Nunca antes Ruslán había deseado desaparecer, ni siquiera durante las charlas de sexo que le hacía sufrir su papá.

—Ah..., pues... —Su corazón palpitaba tan fuerte que temía Gerardo pudiese oírlo— no es importante. —Apartó su rostro, dejando la fruta a un lado y limpiándose en sus pantalones—. Solo es un flechazo ridículo. Pasará.

—Por tu reacción no me parece que sea ridículo. —Las mejillas del italiano se colorearon igualmente pero no se veía ni la mitad de mortificado que Ruslán—. Sabes... —Comenzó mientras servía las dos copas de vino, la de Ruslán llena hasta la mitad—, cuando dije que sabía lo que te pasaba pensaba que estabas recordando a alguna novia en Japón. No pensé que un viejo como yo te interesara.

Ruslán frunció el ceño. No sabía qué le había irritado: si la mención de una posible novia, o el hecho de que Gerardo se considerase a sí mismo viejo. Sí, tenía más siglos de edad de lo que creyó posible en alguien como él, pero a su forma de verlo, a sus ojos, Gerardo era solo un joven... un joven que despertaba cosas desconocidas en él hasta entonces.

Vio la copa por el rabillo del ojo, por un segundo dudó en tomarla, pero lo hizo. Se sentía un poco incómodo en hablar del tema con él en ese momento.

—Solo tengo a mis padres y mi tío esperando en casa. No hay más nadie ni hubo más nadie antes...

—Tranquilo, eres joven. Seguro encontrarás a alguien realmente especial. —Viendo lo dudoso que estaba el joven de su bebida, chocó sus copas en suave brindis, instándolo a probar—. Salute.

—Sa... salud —dijo, bebiendo un lento sorbo. Tuvo una pequeña mueca de extrañez, pero no hizo comentario alguno al respecto. En cambio bajó la copa y mantuvo la vista en su contenido, un poco absorto—. ¿Cómo crees eso? Tú no lo has hecho, y tienes muchos... más años que yo.

—Eres un bambino adorable, con todo un mundo por delante. —Pasó su brazo por los hombros de Ruslán, esperando confortarlo—. No hace falta ser tan pesimista, tan sólo tienes ir tras eso qué más quieres y tener el valor de tomarlo. —Dio un sorbo a su copa. En verdad esperaba que su consejo ayudara al pequeño.

—Entonces... dices que debo ser valiente para tomar lo que quiero... —Ruslán no lo miraba aún, seguía observando el líquido rosado en su copa. Tampoco esperaba respuesta de Gerardo. Solo asintió una vez—. Sí, supongo que tienes razón... —Bebió un sorbo grande esta vez que casi acabó con su copa, haciendo una mueca pequeña por no estar muy acostumbrado al sabor e hizo la copa a un lado. Tragó, humedeció sus labios y de inmediato tomó el cuello de Gerardo, atrayendo sus rostros hasta que los labios de ambos impactaron en un húmedo beso.

—¡Hmm! —Por la sorpresa, Gerardo terminó soltando su copa, por suerte el césped mullido impidió que se rompiera pero todo el vino que quedaba se derramó en la tierra. Asombrado con la osadía de Ruslán, el guardián se dejó besar. Al principio estaba un poco tenso pero a los pocos segundos contestó el beso haciendo que el menor gimiera sorprendido, sobre todo cuando su sabor y el de Gerardo se combinaron con el del vino dentro de sus bocas.

Pronto la sorpresa dio paso al gusto. No solo Gerardo olía bien, sabía bien. Parte del subconsciente de Ruslán le exigía detenerse, ¡eso era una locura! Pero no podía, no quería. Importándole poco todo lo demás, Ruslán sutilmente impulsó a Gerardo recostarse en la hierba, posicionándose a horcajadas sobre él sin dejar de besarlo; era un sueño del que no deseaba despertar. Ruslán enmarcó su rostro con las manos para un mejor control, pidiendo más, exigiendo más de su boca, estaba hambriento de él.

« ¡Gerardo! No sé cómo hacer esto. Dijo que habláramos a la flor. ¿Debemos decir "hola"?»

Los dedos de Ruslán, sin poder contenerse, acariciaron las mejillas del mago, su cuello, hombros, bajando a su torso como si quisiera averiguar lo que ocultaban sus ropas. Detuvo el beso solo en busca de aire, su nariz buscando automáticamente ese punto de calor tras su oreja donde su olor era más fuerte, y de allí descendió, respirando en su cuello.

—En verdad hueles bien... —susurró, su voz un poco más ronca. Su movimiento fue instintivo cuando besó su piel. Una vez, dos, a la tercera sus dientes rozaron la tierna carne...

« ¡Hola! Gerardo, ¿estás ahí? ¡SOS, SOS, emergencia! ...Irina, creo que esto está descompuesto. Parecemos unos lunáticos idiotas».

Sentir los dientes de Ruslán en esa zona tan delicada lo hizo volver a la realidad.

Mamma mia —exclamó con las mejillas rojas y el corazón desbocado. Al ser más grande que Ruslán, lo giró sobre el pasto quedando el mago sobre el menor entre sus piernas, tuvo que cubrirle la boca con una mano para que no soltara una exclamación al haberle presionado cierta parte sensible que estaba bastante despierta—. ¡L-los escucho! —Logró responder una vez que se dio cuenta de que Michelle estaba intentando comunicarse con él—. Qué... ¿Qué pasa, chicos? —Intentó que su voz sonara normal aunque eso era malditamente difícil tomando en cuenta que Ruslán ahora estaba acariciando sus costados, provocándole un delicioso estremecimiento—. ¿Angie volvió?

—Oh, dios, esto no está defectuoso. —Se alegró Michelle, pero también se oía abrumado. Después de todo, no todos los días hablabas con alguien a través de una flor—. No se trata de Angie..., ojalá así fuera, pero queremos hablar con Ruslán.

El mencionado no se dio por aludido, demasiado distraído en colar sus manos dentro de las ropas de Gerardo para acariciar su torso y espalda. Tan suave y tersa, los músculos tonificados en lo justo. Ruslán tuvo que tragar duro.

—Es importante. Algo pasó con papá ayer y es imprescindible que él lo sepa.

Esta vez, la voz de Irina se escuchó.

—¡Ruslán! Sé que estás ahí. Por un momento quita tus manos del italiano y escúchanos, esto es importante.

Haciendo un esfuerzo, Gerardo se quitó las manos de Ruslán, obligándolo a concentrarse.

—Contesta —dijo exhalando un jadeo cuando el japonés subió lo suficiente sus manos para tocar uno de sus pezones.

Ruslán no lo hizo enseguida, su respiración siendo un poco irregular mientras su mirada dejaba de verse empañada por el deseo. Mientras se daba cuenta dónde estaba y qué sucedía.

Se incorporó, esta vez sin mirar a Gerardo en ningún momento, entrecerrando los ojos hacia... ¿a quién tenía que contestar?

—¿Qué... sucede? —Agradeció que su voz sonase... un poco normal.

—¿Estaban haciendo cosas pervertidas? ¡Apenas tienen un día! —La voz de Michelle se escuchó irritantemente divertida para Ruslán—. Que picarón eres..., y yo que- ¡Auch! —No hizo falta ver a dónde fue la queja. La completa atención de Ruslán estaban en la flor y en cómo demonios podía oírlos como si fuera un interfono. ¡Era una jodida planta!— Necesitamos que vengas. Oh bueno, no que vengas pero sí tienes que saber que algo ocurrió anoche con papá.

Ruslán parpadeó una sola vez.

—¿Con Klaus? ¿Qué cosa?

—Pues..., un chico se nos apareció de pronto, prácticamente se le encimó y casi lo besó. Papá quedó totalmente embobado y en shock por mucho rato.

Ruslán frunció el ceño.

—Eso no es tan serio... Bien, entiendo que está preocupados por Bárbara pero–

—No se trata de ello, según papá ese chico olía a duraznos. Du-raz-nos —repitió sílaba a sílaba—. ¿Captas ahora?

—¿Qué tiene eso de especial? —preguntó Gerardo cuando por fin logró liberarse de las escurridizas manos de Ruslán—. Podría haber comido duraznos antes de acercarse a tu padre. Quizás una colonia, aunque sería bastante extraño que un hombre usara ese olor.

Ruslán finalmente miró a Gerardo. Lo hizo en silencio por unos segundos.

—No es así como funciona... —susurró. Regresó la atención a Michelle e Irina—. ¿Él se presentó?

Michelle tardó en responder.

—No exactamente. Pero papá estuvo discutiendo con él casi durante toda la cena después de que nos alejáramos de ese chico. Mucho más a lo usual... —Michelle suspiró—. Hoy está como siempre, pero a veces lo notamos distraído. Creo que piensa que el chico podría aparecer, y pues, nosotros también. Lo reconocí, acompañaba al idiota que me llamó chica el otro día.

Ruslán cogió aire. Que Feyn estuviera medianamente activo de nuevo a causa de la presencia de ese chico no era algo bueno.

—¿Hablaron con mis padres?

—Quisimos hablar primero contigo.

—Papá ha estado tan bien los últimos meses, incluso con Bárbara. —Irina tenía que admitirlo, la rubia había sido una buena influencia para Klaus. No sólo eso, se estaba convirtiendo en el apoyo que el hombre realmente necesitaba—. No quisiera que volviera a tener una recaída por esto —murmuró Irina bastante preocupada—. Con suerte la amiga de papá volverá pronto y podremos irnos de aquí.

—¿Nos necesitan allá? —propuso Gerardo a pesar de la expresión decepcionada de Ruslán.

—No, no es necesario. Solo queríamos que Ruslán estuviera al tanto, y ya deberíamos irnos. Creo que he visto a unas personas observándonos... Te informaremos por si ocurre algo más antes de que vuelvan —avisó Michelle antes de que Irina y él se despidieran.

Cuando no hubo más que silencio de parte de la flor, Ruslán se irguió. Había un silencio más tenso entre ambos ahora. Vio que su copa estaba caída a un lado de él, y la recogió, poniéndose en pie.

—Llevaré esto adentro. —Tragó en seco—. ¿Quieres que lleve la tuya?

Gerardo negó con la cabeza suavemente, tomó la copa olvidada y se sirvió un poco más de vino. Sus mejillas todavía se veían un poco rosas y su cuerpo no dejaba de estremecerse a pesar de que ya no era tocado por las avariciosas manos de Ruslán.

—Creo que deberíamos hablar de esto. Ignorarlo tan sólo lo empeorará.

—No es necesario hablarlo. —Ruslán miró hacia la casa, apretando fuerte la copa que temía aplastarla—. Fue un impulso ciego, me dejé llevar. No es algo que pasará otra vez. —Respiró una bocanada de aire—. Lo siento.

—Ruslán, no estoy molesto —le aseguró. Suspiró al darse cuenta de la postura del japonés, completamente angustiado por lo que acababa de pasar, temblaba esperando ser insultado—. Mírame, por favor —pidió con un tono suave, tratando de no asustarlo.

Ruslán no lo hizo enseguida, pero en cuanto sus ojos se conectaron, le costaba un mundo apartarlos de nuevo.

—Deberías estarlo... Hice algo completamente irrespetuoso.

—Estás siendo demasiado duro contigo mismo. —Se levantó del suelo, cuidando que no se le derramara el vino de la copa—. Me siento halagado de ser objeto de tu deseo pero creo que es mejor que te fijes en alguien más. —Puso su mano en uno de los hombros de Ruslán—. Yo no soy una buena elección.

—¿Por qué no? —insistió Ruslán, siguiéndolo con la mirada—. Eres atractivo, cariñoso, culto y dedicado. Me trae sin cuidado la edad que tengas.

—Tu vida es efímera comparada con la mía. Te mereces a alguien que pueda estar a tu lado por muchos años. —Acarició con ternura la redondeada mejilla, a pesar de tener quince años el japonés todavía se veía muy niño—. Quizás ahora mismo no te importe pero ¿qué pasará cuando el tiempo pase? Serás un hombre muy guapo sin duda pero yo... seguiré siendo el mismo.

—Para mí el tiempo pasa muy lento —negó Ruslán. Entendía lo que quería decir Gerardo, pero aplicaría para él mismo si intentase buscar una pareja... normal—. Yo... soy como tú. O al menos en parte. —Sus padres le matarían en cuanto se enterasen, pero se lo debía a Gerardo. Le había confiado su secreto, sentía que Gerardo merecía saber el suyo—. Mi padre tuvo que hacer algo en su genética y la de mi papá para que yo pudiera nacer, y yo lo heredé. Mi padre no está seguro, pero estima que debido a eso, podríamos llegar a alcanzar los 300 años de edad, tal vez más, no lo sabemos. Sé que sigue siendo nada comparado a los años que has vivido, pero... para mí es significativo.

—Rus... —Gerardo estaba negando con su cabeza una vez más cuando sintió de nuevo los labios de Ruslán, este beso era diferente. No tenía la pasión ni la desesperación del primero, este beso era lento, era una súplica para que no lo rechazara—. Eres tan joven. —Logró decir cuando su boca fue liberada, sus rostros estaban muy juntos, respiraban el aliento del otro mientras ojos ámbar y azules se contemplaban de cerca.

—Lo soy, pero también soy consciente de mis decisiones. Tú eres una de ellas —murmuró contra sus labios, uniéndolos de nuevo. Suspiro de alivio al no ser enteramente alejado, sin embargo su corazón continuaba palpitando fuerte contra su pecho mientras acercaba sus cuerpos. Lo besó como deseó hubiera sido el anterior; calmado, tierno, con la simple intención de disfrutarlo, de que ambos lo disfrutarán, de su ruego se aceptado. Tenía que intentarlo, solo una vez más. Si él no lo aceptaba... La mente de Ruslán tuvo problemas de procesar una perspectiva así.

Esta vez Gerardo se dejó llevar por completo, correspondiendo el tierno beso. Con la mano que no estaba sosteniendo la copa acarició el lacio cabello negro de Ruslán. Cuando tuvieron que separarse para respirar apropiadamente, Gerardo le sonrió.

—Sólo si en verdad estás seguro.

Ruslán no cabía de gozo en sí mismo. Sus labios temblaron, inseguro de si contener una amplia sonrisa o simplemente un gemido de alivio. Prefirió solo abrazar fuerte al mago, toda la tensión en su cuerpo relajándose como si un peso se le quitara de encima.

—Nunca había estado tan seguro de nada hasta ahora.


CONTINUARÁ...

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