Capítulo 12

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De vuelta en Canadá, Michelle e Irina se enderezaron, tratando de parecer normales después de haberle estado hablando a una flor para comunicarse con Italia. Todavía se sentían un poco alucinantes después de haberle estado hablando a una planta y que de hecho funcionara como medio de comunicación. ¿Cómo lo hacía? No tenían idea, al igual que no tenían idea de que se podía viajar entre las raíces de los árboles.

—¿De verdad crees que esos dos hayan hecho algo? Sabes que Ruslán no es ni la mitad de osado que es el abuelito Kenshi.

—Irina, sabes que los más callados son los peores —dijo a su hermana como si fuera un secreto—. Puede que no esté haciendo nada y nos estemos adelantando, pero... —Su expresión fue pensativa, analizando la conversación que habían tenido con el joven— su voz se escuchaba rara. Y no creo que sea cosa de la flor.

—Sonaba como si se estuvieran besando —dijo con una sonrisa traviesa—. Me pregunto quién habrá dado el primer paso. Gerardo se veía demasiado noble pero he escuchado que los italianos tienen fama de seductores... Casanova era un italiano —le dijo como confidencia a su hermano.

—Bueno, que bien dicen "caras vemos, corazones no sabemos" —bromeó, riéndose de ello—. ¿Pero no suena romántico? Ruslán jamás ha tenido nada con nadie y de pronto en este viaje conoce a alguien que hace palpitar su corazón —dijo con drama, algo aprendido de Kenshi con seguridad—. No debería decirlo, pero siento un poco de envidia. Además, debes admitir que harían bonita pareja.

—¿Envidia? ¿Por qué? —Irina arqueó su ceja de la misma manera que hacía Klaus cuando algo no le cuadraba—. Tú tienes a Damián.

—Sí..., es cierto... —Michelle ralentizó un poco el paso. Ruslán y Gerardo parecían más compenetrados. Michelle empezaba a notar que desde hace un tiempo no sucedía lo mismo con Damián. Pero eso estaba bien, ¿cierto? Era... darle un cambio de perspectiva a su vida. Solo..., solo necesitaba acostumbrarse—. No importa. Ahora tenemos un problema mayor, y es papá. —Cambió de tema. Irina no suele llevarse bien del todo con Damián, no deseaba darle razones para aumentar su antipatía—. ¿Qué hora será en Japón? Tenemos que hablar con los abuelos antes de que papá se dé cuenta de lo que hacemos. —Sonrió travieso—. Nos llamará chismosos.

—Mmmh... Tomando en cuenta que estamos al otro lado del mundo, si aquí es de mañana entonces debe ser de noche en Japón. ¿Cierto? —razonó la pelinegra mientras caminaban—. ¿Crees que sea conveniente llamar a los abuelos a esa hora? —Mientras andaban, un ligero olor a pan recién horneado llamó la atención de Michelle. Irina no lo tomó en cuenta pero ante el dulce aroma el castaño se detuvo para oler mejor—. Si esperamos a más tarde se hará de madrugada para ellos, y si esperamos a la noche yo no podré salir, hace demasiado frío y... —Detuvo su plática cuando se dio cuenta de que estaba hablando sola. Michelle se había quedado unos cuantos pasos atrás—. ¿Michelle?

—Oh..., esto huele demasiado bien..., y es... —Olfateó una vez más, e hizo un gesto hacia la chica—. Sigue tú. Te alcanzo en un momento. —Hipnotizado por el olor, Michelle lo siguió a lo largo de una calle. Debía de provenir de la otra cuadra, pero ese toque dulzón no lo engañaba. Hasta entonces, no había encontrado panes dulces en panaderías cercanas y no iba a dejar pasar la oportunidad. Y este estaba fresco, ¡un pan fresco y recién horneado! Michelle se tanteó los bolsillos. No llevaba mucho dinero pero esperaba fuera suficiente para un pan..., o dos..., o cuatro.

Por supuesto que al alejarse de Irina para ir a la panadería que le tenía el olfato hipnotizado no se esperó toparse con el rubio que lo confundió con una chica el otro día.

—Perdón, no lo... Ah, eres tú. Entonces no importa —dijo Michelle al reconocerlo, su disculpa interrumpida. Prefirió enfocarse en el delicioso olor de la panadería, haciendo a un lado al muchacho. Era mejor ignorarlo que prestar atención a esos ojos azules que provocaban extraños revoloteos en su estómago. Por suerte ya estaba cerca de la panadería, el olor era cada vez más concentrado.

—O-oye. ¡Espera! —El rubio, aunque estuvo hablando con Yu la noche anterior sobre buscar al castaño que le deslumbró, la verdad es que no pensó encontrarlo tan rápido. Emocionado, comenzó a seguirlo a pesar del feo desplante que le hizo—. Quería disculparme —habló apresuradamente poniéndose frente a él para cortarle el paso.

Michelle se detuvo. No debería ni por un momento brindarle atención desde lo ocurrido el otro día.

—¿Quieres disculparte? —dijo al tiempo que cruzaba los brazos.

—Sí. —Sonrió feliz de que al menos el adolescente se detuviera para escucharlo, ahora lo importante era mantener su atención—. No era mi intención ofenderte. Espero que puedas aceptar mi sincera disculpa.

Michelle hizo un puchero. De fastidio, de enojo, de reflexión, era difícil saberlo, sus labios y ceño estaban fruncidos, su mirada fija en Zachary, callado, quieto, aún con el olor del pan flotando en el aire. Ni siquiera debería estar considerando disculparlo.

No debería.

Michelle suspiró.

—De acuerdo... Disculpas aceptadas. —Levantó un puño—. Pero a la próxima insinuación de chica, perderás tus dientes. Ahora aparta. —Siguió el camino que el chico había interrumpido—. Necesito llegar antes de que se acaben.

Zachary no se rindió, continuó siguiendo a Michelle.

—¿Te gusta el pan dulce? Permíteme comprártelo, como parte de mi disculpa.

El castaño se detuvo, y le miró.

—No. Y escúchame bien, ya te disculpé. No necesitas hacerme ningún favor. Es más, si quieres hacerlo, no me sigas. Eso es hacer algo muy grande por mí. —Se ajustó la gorra y abrigo, sus ojos echando chispas hacia él una vez más antes de apresurarse y entrar en la panadería.

Mucha gente entraba y salía, Michelle no era el único en el mundo que disfrutaba de un buen pan fresco y caliente. Tenía su dinero en la mano, listo para que lo tomaran y le dieran sus holganzas de pan, solo que no contó con la respuesta que le dio la dependienta.

—Lo lamento, niño. Se nos ha acabado. El caballero que acaba de salir se llevó los últimos. Vuelve mañana. —Y en seguida se dirigió con otro cliente.

Michelle retrocedió, dando espacio hasta que finalmente acabó por salir de la panadería. Buscó con la mirada al hombre que la mujer indicó, una tentativa imagen de ir a por él...

No. Michelle no era ese tipo de persona, no era un bandido. Guardó su dinero y se dispuso a volver por sus pasos hasta que nuevamente se topó con el rubio.

—Todo es culpa tuya. —Le miró con cara de pocos amigos—. Se han acabado.

Mirando hacia la tienda, Zach se dio cuenta de que en realidad todavía quedaban los panes que Michelle tanto buscaba. Seguramente la mujer en su mal entendimiento del inglés no comprendió la orden del castaño. Apretando los labios para no sonreír, decidió volverlo a su favor.

—En vista de que es mi culpa, me ofrezco a conseguirte los panes que quieres pero tienes que confiar en mí. —Ofreció su mano con un gesto galante.

Michelle observó su mano hacia él, sin querer tomarla. ¿De qué forma podría Zach conseguir sus tan ansiados panes dulces, si ya no había? Tal vez podría burlarse de eso. Queriendo hacerse el héroe, acabaría siendo el hazmerreír por obtener lo imposible.

—Bien. —Finalmente colocó su mano en la de Zach, ignorando lo bien que calzaban, lo cálida que se sentía o cómo le causaba un sutil estremecimiento—. ¿Cómo lograrás eso?

—Tú sólo confía en mí —dijo, guiñándole un ojo. Tomados de la mano, el rubio lo guió por un callejón que conectaba con la parte de atrás de la panadería, tocando a la puerta uno de los panaderos les abrió.

El panadero les miró y Zach le explicó en francés que quería ganarse a Michelle; el hombre, pensando que el rubio estaba intentando ligar con una chica, le dijo que le esperara un momento. Michelle, que no había entendido nada de lo que dijeron, se sorprendió cuando realmente el panadero salió con una bolsa de papel marrón con varios panes dulces, Zach le pagó y además le dio una propina por ayudarlo a mantener el teatro.

—Como te los prometí —dijo a Michelle son una gran sonrisa.

La mirada de Michelle se desplazó de Zachary a los panes y viceversa. Tomó la bolsa, sintiendo el calor traspasar el papel y la abrió. Panes. Dulces panes recién salidos del horno, el olor impactando duro en sus fosas nasales causando que de inmediato su boca se hiciera agua.

—Gra... gracias. —Michelle se mordió la lengua, bajando la cabeza—. ¿Cómo...?

—Fue mi culpa que no lograras alcanzar tu bocadillo. Era lo justo que te compensara.

—Pues..., gracias. En verdad. —Michelle, por fin, le brindó una sonrisa pequeña mientras salían del callejón. Vio a unos metros un parque y se dirigió allí. Toda la mente de Michelle estaba dividida en los dulces panes que tenía entre sus brazos y el rubio que caminaba a su lado. Se sentó en un banco desocupado, subiendo una pierna y extrajo uno de los dulces. Estaba suave, crujiente en las esquinas y con una ligera capa melosa por encima. Lo partió a la mitad, le cedió una a Zachary, quedándose con la otra.

—Por los panecillos —declaró, antes de hincarle el diente a la masa. Sus ojos se abrieron con sorpresa, gimiendo de gusto. ¡Era una delicia! Se deshacía en su boca, con un picor exquisito que contrastaba—. Oh, dios, ¡es mejor de lo que imaginé! Tiene un... un... —Michelle alzó la vista al cielo, como si ahí pudiera ver la lista de ingredientes que lo conformaban— toque de pimienta o algo así, es tan maravilloso. Solo necesita algo de leche condensada, y será toda una perfección —declaró, devorando el pedazo en su mano.

Zach tuvo que acordarse de cerrar la boca al quedarse embobado viendo esa expresión de pleno disfrute del menor. Era simplemente orgásmica, su imaginación se estaba dejando llevar demasiado fácilmente, ¡incluso los sonidos que hacía! Ese niño era pura pornografía.

—M-me alegra que te gusten tanto. —Logró decir, forzándose a concentrarse en otra cosa que no fuera la imagen mental que se le estaba formando, con Michelle bajo su cuerpo gimiendo de éxtasis y sus labios llenos de azúcar.

Michelle siguió comiendo un segundo pan, y fue por un tercero, haciendo los mismos sonidos de gusto a con el anterior. Cuando se sintió lleno al acabar el último, se chupó la melaza de sus dedos, relajándose contra el banco.

—Ah... Gracias. Jamás había estado tan satisfecho. Son casi tan buenos como los que hace Bard. —Se lamió los labios—. Los echaba tanto de menos, la última vez que los comí fue el invierno pasado. —Aplastó la bolsa vacía—. En casa la nana no los prepara tan bien.

—Se nota que te gustan mucho. No había visto nunca a nadie hacer ese tipo de expresión por un pan dulce.

—Lo son. En la casa de campo del abuelo, siempre le pedía a Bard que los preparara. —Michelle cerró los ojos, recostando la cabeza en el respaldo del banco—. Me gusta comerlos antes de dormir, con un buen vaso de leche tibia, a veces me gusta echarle un poco de mantequilla... —Se encogió de hombros, separando los párpados de nuevo—. Desde que llegué aquí he entrado a algunas panaderías pero no he tenido éxito..., hasta ahora, gracias a ti. —Aún con la cabeza recostada, Michelle la inclinó hacia el rubio—. Gracias... Zachary, ¿no? Así te llamó ese amigo tuyo de la otra noche.

—Zachary Wilson a tu servicio —dijo en un tono bastante formal y una sonrisa galante, ofreció su mano para estrecharla.

—Michelle Wolfhart, un placer. —El joven hacía un esfuerzo por no mostrar la amplia sonrisa que estaba tentado a dar—. O en parte. Tuviste suerte de que no apuntara al ojo la primera vez... —Alejó su mano—. Aunque no eres el primer idiota que golpeo por esa razón.

—Me lo puedo imaginar. —Fingió una mueca de dolor tocándose el pómulo que golpeó Michelle, ahora tan sólo quedaba una leve mancha—. Pero no puedes culparme. Eres muy hermoso.

Las mejillas del castaño se colorearon, pero lo asumió a que se trataba del sol de la mañana.

—Ser 'hermoso' según tú, y asumir que era una chica son dos cosas distintas. Si eres tan descuidado, no conseguirás pareja.

Michelle se fijó en lo que llevaba. Un uniforme, en colores azules, con chaqueta y corbata. No estaba seguro, pero seguramente era parte del vestuario reglamentario de alguna institución u academia. No había otros vestidos así, por lo que no le costó sumar dos más dos.

—¿Por qué te has escapado de tu colegio? Tío Keso dice que la educación es importante, u acabaremos como unos asnos ignorantes.

—¿La verdad? Tenía la esperanza de volver a verte —dijo sin ninguna vergüenza—. No he dejado de pensar en ti desde que te vi ese día. Yu tampoco ha dejado de por eso mismo.

—¿Verme? —Eso atrajo la atención completa de Michelle, sus cejas alzadas por la sorpresa—. ¿Por qué? Si es por la disculpa, no era completamente necesario.

—No es sólo por eso. —Con un movimiento lento, se deslizó en el banco de madera, acercándose a Michelle—. Algo tienes, Michelle. Algo que te hace irresistible.

—Oye, alto ahí. —La expresión de Michelle era alarmada, un poco avergonzado incluso, mientras colocaba una mano en el pecho de Zachary, deteniendo su avance—. Es muy... halagador, pero yo tengo a Damián. —Miró a su alrededor al recordarlo, como si de pronto temiera ser visto con él. Se alejó un poco—. Creo que tendrás que buscar en otro lado, amigo.

—En realidad... —Zach tomó la mano que estaba contra su pecho envolviéndola con una de sus manos para impedir su huida. Se acercó todavía más, invadiendo su espacio personal hasta que sus narices estaban a punto de tocarse—. Mi búsqueda ha terminado ahora que te encontré.

Los latidos de Michelle eran tan fuertes que temía que su corazón saliera de su pecho. Nunca le había sucedido algo así, y tragó en seco, el dulce del pan se volvía un empalagoso. Retrocedió más, pero esta vez ya no había más banco y Michelle acabó cayendo, en el proceso llevándose a Zachary consigo hasta que el rubio acabó sobre él. Nunca antes Michelle deseó que la tierra se lo tragara entero. No porque se hubiera caído, sino por el cuerpo sobre él, lo bien que se sentía y lo increíble que olía. Era un olor poco común en una persona, un tipo de madera, picante, exótico, recordaba que le llamaban sándalo. Jamás lo había olfateado en alguien de forma natural, pero encontró que le gustaba, tanto que amenazaba con volverlo vicioso a él.

Una alerta roja sonó en la mente de Michelle a esos pensamientos y de inmediato alejó a Zachary.

—Quítate de encima. —Comprobó que sus orejas siguieran cubiertas y fulminó a Wilson con la mirada—. ¿Ves lo que hiciste? Nos tiraste a los dos. ¿No tienes respeto por el espacio personal?

—Sólo cuando alguien no quiere ser respetado —dijo con toda la desfachatez del mundo—. Ven, déjame ayudarte. —Antes de que Michelle protestara, le tomó de ambos brazos y le ayudó a enderezarse, sus cuerpos seguían bastante juntos.

—¿Acaso insinúas que yo no? —Las mejillas de Michelle se colorearon profundamente de indignación, enojado, lanzando dagas por sus ojos hacia Zachary—. Escúchame bien, amigo. —Su dedo picoteó su pecho, enfatizando cada una de sus palabras—. No sé quién te crees que eres, así que aléjate de mí. No tendré compasión la próxima vez. Si crees que voy a caer en los juegos de un Casanova como tú, estás totalmente equivocado. —Tomó su mano, aplastando duramente la bolsa de papel en ella—. Gracias por tus panes, ¡y adiós! —declaró, pasando junto a él para volver a la posada. Ya se había demorado mucho, su padre le mataría y seguramente Damián estaría preocupado. Solo a él se le ocurría distraerse con un playboy rubio como el que dejaba atrás.

Mordiéndose el labio inferior, Zachary se quedó plantado al lado de la banca, mirando a Michelle mientras se alejaba. Sin darse cuenta seguía sosteniendo la bolsa de papel.

Michelle era tan lindo, tan lleno de vida, le intrigaba mucho más que antes, sobre todo después de ver sus ojos peculiarmente amarillos. Nunca había visto unos ojos así, tan hipnotizantes como los de un gato...

—Maravilloso. —Ahora más que nunca estaba decidido a ganarse el afecto del castaño.

Michelle caminó, rumiando por lo bajo en contra del rubio y todos los de su raza. Luego se arrepintió, al recordar que Damián también era rubio. Él no tenía la culpa de que Zachary fuera idiota. Pero ¿cómo se atrevía? Después de que lo había perdonado, de que incluso compartió su pan –sí, que Zachary había pagado pero era suyo de todas formas–, de que había sido amable con él...

—¿Por qué tenía que ser tan...? Y... ¿dónde se supone que estoy?

Michelle miró alrededor. No reconocía nada allí. Caminó y caminó, pero no había nada que él pudiera creer que iba en buena dirección. Empezaba a preocuparse. No podía creer que se había perdido allí y solo tenía dos días en Canadá.

El tan mentado rubio siguió a Michelle a la distancia esperando poder saber en dónde quedaba el hotel donde se estaba hospedando con su familia. Apenas unos minutos después se dio cuenta de que el castaño se alejaba cada vez más de la zona turística.

Negó con la cabeza, divertido cuando vio como el joven miraba en alrededor sin poder ubicarse.

Se acercó a él esperando que no lo rechazara.

—Me parece que estás perdido —dijo en un tono casual, recostándose de una pared en una posición que esperaba fuera atractiva para Michelle.

Pero cuando Michelle giró a verlo, sus ojos estaban acuosos, como si contuviera las lágrimas con mucho esfuerzo y aunque Zachary no lo viera, sus orejas estaban totalmente planas bajo su gorro.

—Yo... no sé dónde estoy... —Se encogió en su sitio, abrazándose a sí mismo—. No reconozco este nada en este lugar.

Sintiendo su pecho inundado de ternura ante esa pose tan desvalida, Zach no pudo resistirse, dejó su pose de lado y fue a abrazar a Michelle, consolándolo. En ese momento se felicitó por seguirlo.

—Tranquilo, tan sólo dime el nombre de tu hotel. —Acariciaba el suave cabello castaño mientras le abrazaba—. Te llevaré con tu familia en un momento.

Michelle lo abrazó, fuerte, ligeramente temblando. Había sentido miedo a la perspectiva de perderse en verdad, de incluso pasar la noche allí. Solo oía a las personas hablar en francés, él no sabía nada al respecto.

—Gracias, Zach... —susurró, sus ojos cerrados. Una inesperada paz se instaló en su cuerpo al estar en sus brazos. Quiso atribuirlo a que, más allá de todo, Zachary era la única persona allí con la que podía comunicarse y que además conocía la zona. Se separó de él para mirarlo, un poco abatido—. No... no te alejes de mí... pero sólo hasta que me lleves al hotel. Piérdete después de eso —añadió con un puchero enojado, no deseando parecer que lo había disculpado de su anterior osadía, y en seguida dijo el nombre del edificio.

Contento, Zachary comenzó a guiar a Michelle por las calles para llevarlo a su hotel. Lo que no le dijo es que hizo el viaje más largo de lo que era necesario, mientras caminaban —con Michelle aún refugiado en sus brazos— el rubio le hizo plática, contándole anécdotas de las personas del lugar, logrando hacer reír más de una vez al castaño. Para cuando sólo faltaban dos cuadras para llegar al hotel, Michelle estaba mucho más relajado con Zachary, hablaban y bromeaban como si llevaran semanas conociéndose.

—Zach, ¿puedo preguntarte una cosa? —No esperó a que respondiera—. No eres de Canadá, ¿cierto? —Alzó la vista para poner su atención en el rubio—. Tienes un acento diferente al resto de los canadienses, incluido tu amigo.

—Eres muy perceptivo —le alabó—. Soy norteamericano —dijo con bastante orgullo en su tono—. El marido de mi madre la convenció de enviarme a este internado. No le gusta que esté en la casa.

—¿En serio? ¡Eres americano! —Los ojos de Michelle brillaron de emoción ante ese descubrimiento—. Mi sueño es ir allí y estudiar enfermería, también vivir un tiempo... espero. Eres el primer americano fuera de Bard que conozco, pero ya él tiene mucho tiempo fuera de USA. ¿Cómo es? ¿Por qué tu padre no te quiere en casa?

—No es mi padre, es un tipo que la engatusó para casarse con ella —dijo con un toque de amargura que intentó apartar rápidamente de su mente. No iba a amargarse por ese tipo cuando tenía a su lado la encantadora presencia de Michelle—. No te voy a mentir, América es hermosa. Un gran territorio lleno de libertad donde puedes ser quien quieras ser.

—Eso suena... maravilloso —suspiró Michelle, dichoso con solo imaginárselo—. Sé que es absurdo creer que se pueda cumplir, pero... —Michelle le sonrió, casi coqueto— anhelo el sueño americano. ¿Lo imaginas? Una bonita casa, mucho éxito, una linda pareja, tal vez un perro y... —Recordó entonces que ese sueño no era algo que compartía exactamente con Damián, y lució brevemente desilusionado—. No importa. Ya estamos llegando, ¿cierto? —Michelle avanzó, esta vez separándose de Zachary un poco—. Ya empiezo a reconocer estos lados. No había esperado que me hubiese alejado tanto de aquí...

—Es fácil perderse si no conoces la zona. —Tomó la mano de Michelle suavemente para que no se fuera todavía—. Podrías cumplirlo, tu sueño... Mi madre tiene algunos contactos en la universidad, seguro que podría ayudarte con la solicitud para una plaza en la carrera de enfermería.

—Eso... ¿en verdad puedes hacerlo? —Michelle le tomó la otra mano, ilusionado con la idea—. Sería una oportunidad única. Estaría eternamente agradecido contigo y con tu madre.

—¡Claro! —Su sonrisa se amplió ante el entusiasmo de Michelle—. No hay ningún problema, podrías alojarte en mi casa. —Se acercó para hablarle en tono confidencial—. Incluso podrías ayudarme a deshacerme de la sanguijuela que pretende que lo llame padrastro. —Movió sus cejas juguetonamente—. ¿Qué dices? Para mi suena como un plan sólido.

—Para mí sería un gran placer ayudarte con la plaga en tu casa. —Hizo una exagerada reverencia—. Tengo todo un arsenal adecuado para espantar sujetos indeseados, cortesía de mis tíos. —Le guiñó un ojo, travieso—. No te molestaría si Damián viene conmigo, ¿verdad? Solo hasta que encontremos un lugar para los dos.

A Zachary se le congeló la sonrisa en el rostro al escuchar el nombre del novio de Michelle. Todo había estado tan bien hasta que lo volvió a mencionar. ¿Por qué tenía que nombrarlo?

—Estoy seguro de que podremos arreglar algo.

Michelle sonrió, ajeno a los pensamientos del joven a su lado, y continuó la caminata. En unos cinco minutos estuvieron frente al hotel donde se hospedaba Michelle y su familia, regresando luego la atención a Zach.

—Gracias. En serio. Puede que a veces se te escape lo idiota pero... —Michelle se encogió de hombros— demostraste que puedo confiar en ti. No es algo que vaya a olvidar. —Sus brazos entonces rodearon el cuello de Zachary, acercando sus cuerpos en un abrazo. Michelle no pretendía que fuera largo, un simple gesto pequeño, pero era como si separarse fuera una tarea difícil. Tuvo el impulso de dejar un beso en su mejilla, antes de separarse por completo de él. Carraspeó, sus mejillas más sonrojadas que antes—. Ya... debo irme. Gracias otra vez.

El rubio se negaba a irse de esa manera, siendo apenas recordado como un amable extraño y que le ayudó cuando se perdió entre las calles de un pueblo extranjero. Necesitaba hacer algo, lo que fuera, para dejar una huella en Michelle y que cada vez que lo recordara le hirviera la sangre. En un gesto galante, Zach tomó la mano de Michelle, la alzó a la altura de sus labios dejando un beso en el dorso.

—Siempre podrás contar conmigo.

El castaño no pudo contener una pequeña risa, algo avergonzado y entretenido. Le resultaba tan hilarante que Zachary hiciera esos pequeños gestos hacia él. Gestos inusuales y que nadie más, ni siquiera Minegishi, hizo antes.

—¿En serio tienes que hacer eso? —Negó, y se giró para marcharse. Apenas dio unos pasos cuando se volteó de nuevo—. Espero verte aunque sea una vez más antes de que nos marchemos de regreso a casa. —Enarcó una ceja—. No olvidaré la invitación que has hecho y ese favor universitario.

—Tengo una idea. Te invito a desayunar, llamaré a mi madre ésta tarde y mientras comemos pan dulce te cuento lo que me dijo.

—¿A... desayunar? —Michelle no sonaba muy seguro de la idea. Siempre desayunaba con su familia. Invitar a Zachary en lugar de que él le invitara podría causar tensión con Damián. Qué demonios, la simple cercanía que tenía con Zachary, si Damian se enterase, podría causar tensión—. Pues, supongo que está bien. Solo desayunar —corroboró.

—¡Por supuesto! —aseguró con una gran sonrisa—. Vendré a recogerte temprano y podremos tener los primeros panes de la mañana. ¿Qué dices? —Además de eso, pensaba entrar a hurtadillas en la cocina del internado, con suerte habría una lata de leche condensada.

Michelle compartió su sonrisa, ajustándose la gorra sobre su cabeza solo por tener algo que hacer con las manos.

—De acuerdo. Mañana temprano. Solo porque prometes esos apetecibles panes. —Movió su mano en despedida, sus pasos llevándolo al interior de la posada.

Apenas estuvo dentro, Michelle suspiró. No podía creer lo... bien... que se sentía. Y tenía que regañarse por eso. El haber pasado ese rato con Zachary no debía sentirse tan dichoso. Se había tardado, perdido y probablemente su familia estaba preocupada. La posible regañina de su padre le hizo bajar las orejas y temer lo peor mientras se dirigía a las escaleras de no ser porque en el camino se topó con Irina.

—Lo siento, me perdí y... —Echó un vistazo hacia arriba—. ¿Papá está molesto? ¿Lograste hablar con los abuelos?

—Creo que eres el único gato que no tiene sentido de la orientación. —Se burló su hermana—. Bárbara está distrayendo a papá, sigue un poco distante. Damián es quien esta insoportable. —Rodó los ojos con irritación—. Es tu novio, no tu dueño. —Estaba en la naturaleza de Irina ser celosa de sus seres queridos, por eso le irritaba tanto el comportamiento de Damián con Michelle—. Como sea. Logré llamar a los abuelos, era bastante tarde en Japón pero no les importó que llamara a esa hora.

—Mmh... Ya subiré a calmarlo.- —Michelle se mordió el labio inferior. Le hacía sentir mal haberlo preocupado. Por el momento, se enfocó en su hermana—. ¿Qué dijeron los abuelos? ¿Creen que es grave lo de papá?

—El abuelo Vlad dice que es imposible que ese chico huela a durazno naturalmente. Los olores son únicos e irrepetibles. —Hizo un gesto dando a entender que eso ya lo sabían—. Pero el abuelo Kenshi dijo algo sobre reencarnación, ellos empezaron a discutir por quién tenía la razón pero lo único que dijeron sobre papá es que debíamos vigilarlo de cerca. Quién sabe lo que puede hacer papi Feyn por su cuenta.

—Bueno, Gerardo también mencionó la reencarnación, ¿recuerdas? Y claramente tío Keso no ha hablado con Gerardo para saber lo mismo. Es demasiado para ser una mera coincidencia. —Michelle puso los brazos en jarras, pensando—. Hasta el momento el dragón no se ha presentado. Eso es algo bueno, ¿no? Y mientras ese chico no se aparezca... Con suerte Angie regresa mañana, hacemos el cambio, nos vamos y listo. Papá se olvidará de ese muchacho.

—Eso espero. En verdad que no me gustó nada ese muchacho. —Hizo una mueca al pensar en Yu—. Ofreciéndose como un pedazo de carne a un hombre que ni siquiera conoce y que obviamente está comprometido.

—Se me ha olvidado preguntar a Zachary sobre él. El chico está mal de la cabeza o de la polla, y es tan contrastante de Zach..., en su mayoría. —Michelle avanzó a las escaleras—. No puedo creer que sean amigos.

—¿Estás hablado del rubio que te coqueteó? —La pelinegra arqueó una ceja, bastante confundida—. Parece que ya no le tienes ningún tipo de resentimiento. ¿Algo que quieras confesar, hermanito?

Dándose cuenta que pensó aquello en voz alta, Michelle se detuvo, echó un vistazo a las escaleras para asegurarse de que Damian no estaba cerca, y bajó la voz.

—Yo... me lo topé... He estado con él todo el rato y me ayudó a volver al hotel. Él... Bien, es un poco idiota en ocasiones pero... —Sin notarlo, una pequeña sonrisa apareció en su rostro— fue... lindo. Me consiguió los panes dulces que quería, fue muy divertido y además, es americano. Dijo que podría conseguirme un plazo para estudiar enfermería, ¿no es increíble? Su mamá tiene contactos que podrían lograrlo. —Se toqueteó una oreja a través del gorro. No podía mantener las manos quietas cuando estaba nervioso u con ansias—. También... me ha invitado a desayunar mañana.

—Vaya, vaya. —Irina agrandó los ojos. Estaba bastante sorprendida. El tipo, aunque atrevido, en realidad había captado la atención de Michelle, su mirada incluso resplandecía cuando hablaba del rubio a diferencia de Damián. Con el rubio alemán siempre tenía una mirada un poco apagada, como si estuviera dispuesto a conformarse pero con este desconocido, este Zachary, era un mundo diferente de posibilidades—. Es muy amable de su parte que te invite a desayunar.

—Yo... acepté. Iré pero... me siento dividido. —Michelle se mordió el labio inferior, avanzando hasta recostarse en una pared cercana—. Una parte de mí me dice que no debería, tengo a Damian, se supone que soy su novio y debería mostrarle fidelidad pero... Con Zachary, no estoy seguro, es todo lo contrario. En las dos horas que pasé con él sentí cosquillas en mi estómago, hacía mucho que no me divertía con alguien y... nunca, nunca sentí que pasaba de una emoción a otra. —Tuvo que cubrirse el rostro de lo avergonzado que estaba por admitirlo—. En un momento me hace enojar y al siguiente no puedo evitar reír. —Miró a Irina a través de sus dedos—. Me siento pésimo por Damian. Como si estuviera traicionándolo.

—Suena como una de esas novelas rosas que lee Bárbara... Como si fuera amor a primera vista —sugirió la pelinegra en tono suave como si esperara el estallido de Michelle negando cualquier tipo de sentimiento empalagoso. Se sorprendió al ver que en realidad Michelle se sonrojaba ante la posibilidad—. En verdad te gusta.

Michelle se negaba a verla, pareciéndole muy interesante el diseño insulso de la cerámica del suelo. ¿Zachary le gustaba?

La simple idea provocaba sensaciones extrañas en todos los sectores de su cuerpo, pero especialmente en su pecho. ¿Cómo era posible? Apenas lo había visto dos veces, había pasado un mínimo de rato con él. Damian era su pareja, su confort, lo que conocía y donde sabía que podía ser querido. Sin mencionar lo más importante: Damian conocía su secreto. ¿Qué le aseguraba que Zachary no se sentiría horrorizado al ver sus orejas, su cola, lo que era?

No, no pienses en eso. Mañana Angie llegará, iremos con Aldebarán y asunto solucionado. Zachary no se volverá un problema mayor.

—Eso no importa ya —dijo por fin—. Estoy con Damian, le quiero. Que me guste o no Zachary no significa nada. Es un chico atractivo, estar con él no me hace ciego a los otros chicos. —Tomó una bocanada de aire, alejándose de la pared—. Y hablando de Damian, será mejor que vaya con él.

—Eres muchas cosas, Michelle, pero cobarde no es una de ellas. —Estaba siendo dura con su hermano, lo sabía, poniéndole sal a la herida pero no podía dejar pasar esto. Meses con Damián no se comparaban a dos horas con ese rubio americano—. No deberías temerle a lo nuevo sólo porque Damián se ha vuelto tu zona de confort. —Puso su mano delicadamente sobre el hombro de Michelle, tratando de confortarlo—. Ve con él mañana, diviértete. Yo te cubriré con papá.

Los brazos de Michelle la rodearon, respirando su dulce olor.

—Ojalá fuera tan fácil hacerlo como decirlo... —susurró—. Gracias... Te contaré los detalles mañana. —Se separó, y subió las escaleras junto con ella hasta alcanzar su piso. Allí, la dejó en su habitación antes de ir a la que compartía con Damian. Tomó el pomo y lo giró, entrando al tiempo que le daba una sonrisa de disculpa al rubio—. Hola... Lo siento, me perdí en el camino.

Apenas entró a la habitación, Michelle se vio envuelto en los brazos de su novio. En seguida fue bruscamente separado y examinado, buscando heridas. Al verlo ileso Damián se relajó, pero todavía tenía el ceño.

—No puedes ser así de descuidado Michelle, irte por ahí a quién sabe dónde. ¡Podrían haberte atacado para robarte!

Michelle quedó estático, la culpabilidad golpeándolo fuerte y tuvo que bajar la cabeza, apenado. La gran preocupación que mostraba Damian le causaba remordimiento por haber estado tan indiferente, por haberse divertido incluso mientras estaba con Zachary. Jamás se había sentido un pésimo novio hasta entonces.

—Perdóname. En verdad no quería hacerlo. Olfatee los panes dulces y seguí el olor sin darme cuenta a dónde iba. Cuando quise regresar no sabía a dónde ir hasta que Zachary me acompañó de vuelta.

Damián esperaba sinceramente que una vez que Michelle se deshiciera de su lado animal, esos desagradable hábitos de seguir se nariz se detuvieran. Estaba por expresar eso en voz alta cuanto tomó en cuenta un importantísimo detalle.

—¿Quién es Zachary?

—Esto... —Michelle se apartó, quitándose el gorro y abrigo. Aunque hacía buen clima afuera, en el interior del hotel estaba comenzando a sufrir calor. Su cola y orejas se movieron con más libertad ahora—, ¿recuerdas al chico del otro día? A quién le di un golpe. Se llama Zachary, me lo volví a topar hoy. —Dejó las cosas sobre su cama. En ningún momento había mirado hacia Damian—. Se disculpó por haberme llamado chica.

—Ajá..., y casualidades de la vida te lo encontraste y te trajo hasta acá cuál gato perdido. —Se sentó en la cama cruzando sus piernas y los brazos sobre su pecho—. ¿De verdad eres tan ingenuo?

Michelle se encogió de hombros.

—Fue amable conmigo. No pasó nada más.- —Prefirió resguardarse para sí mismo el momento en que tropezaron y Zach cayó sobre él o la invitación a desayunar mañana. Estaba captando mucha tensión en Damian, que no era para menos, y no quería añadir más. En cambio, trató de sonreírle, y con agilidad se sentó en sus piernas, abriendo sus brazos para que lo rodearan—. Pero eso no importa ahora, ya estoy aquí. —Repartió besos por su cuello, mandíbula hasta alcanzar los labios—. No quiero que sigas enojado conmigo —añadió con un pequeño puchero en su cara.

—Hmmm, de acuerdo, pero si vuelves a verlo, no te acerques. No me gusta cómo te mira. —Acarició las piernas y espalda de Michelle, disfrutando de la íntima posición.

—¿Te da celos Zachary? —Michelle sonrió, sus labios seguían colocando besos por todo el rostro de Damian—. No lo estés. Estoy aquí, contigo. Mmh, y es a ti a quién estoy besando—. Una horrible sensación de que estaba siendo hipócrita lo acometió. Abrazó a Damian, como si así pudiera alejar esos sentimientos—. Que vean todo lo que quieran, yo soy de una sola persona.

—Mirar no es el problema y lo sabes —gruñó ahogando un gemido. Su cuello era sensible.

Michelle se alejó lo suficiente para observarlo, su cola ondeaba tras su espalda, juguetón.

—El problema es que estás celoso, y sé cómo solucionar eso —dijo antes de besarlo, cayendo ambos sobre la cama, con Michelle permaneciendo encima de él. Quería distraerlo, tenía que hacerlo, alejarle, alejarlos de cada pensamiento de Zach. Ojalá fuera tan fácil.

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Por fin un tiempo libre, lejos de todo y todos. Sí, todos. A veces, se decía, tenía saturación de compañía –y de olores, demonios que sí– y necesitaba pasar tiempo solo. Bueno. Quizás una hora. La verdad adoraba que todos voltearan a verlo, que todos le escucharan. Sí, una hora era perfecta. Y el momento perfecto era cuando se internaba en el bosque a buscar hierbas. ¡Y qué momento tan perfecto! Aprovechaba esa nueva habilidad para hallar con más facilidad lo que necesitaba. Con el tiempo se acostumbró a los olores de cada planta que usaba, algunos que ahora eran más repugnantes o quizás más fuertes que otros. Una pequeña desventaja.

La única molestia era Suoh… y Vladimir.

¿Por qué tenía que oler a madera? Debido a que se confundía con el entorno del bosque, cual camaleón, el jodido lagarto de Suoh le apuraba para volver a casa y estar junto al ruso. Si por el dragón fuera, estaría pegado al ruso como una lapa, Kenshi quería darse tortazos contra el suelo. Tampoco entendía por qué le tocó un dragón tan dependiente. Qué puta suerte.

Ya había recolectado lo que necesitaba, y solo alargaba la hora de volver para molestar a Suoh, cuando llegó a una zona del bosque, no muy lejos de casa y donde iniciaba la humedad del lago. Su rostro pasó a la sorpresa al ver un nido, abandonado de no ser por un único huevo. Por la forma, diría que sería de algún reptil. ¿Quizás un caimán? ¿Pero qué sucedió con los demás? Maldijo en voz baja. Ojalá que los pueblerinos no hayan estado robando, o peor, matando huevos de animales inocentes. ¿Y la madre? Kenshi dudó en dejarlo… La madre podría volver y preocuparse por sus crías, sin embargo, otro imbécil podría regresar y acabar con este, o… la cría podría morir por el frío. Mandando todo a la mierda, Kenshi lo cogió y resguardó entre sus vestiduras para mantenerlo en calor, apresurándose en volver a la casa. Ya lo decidió: cuidaría de la cría de caimán antes de regresarla a su hábitat.

Además, siempre quiso tener una cría de reptil.

La casa de alguna manera se sentía más sola ahora que los adolescentes no estaban, el lugar estaba repleto de guardias y servidumbre pero hacían falta las peleas entre Michelle e Irina, el bullicio que hacían los tres adolescentes a su paso, hacían falta sus olores.

Incluso notaba la falta de Kenshi aunque sólo hubiera salido por una hora. Con un suspiró, Vladimir volvió a bajar la mirada a los documentos que tenía en frente. Como odiaba la administración, pero no podía ignorar esa parte de su negocio. Durante los años la idea de hacer una farmacéutica en el pueblo dio sus frutos y ahora, más que hacer la fabricación de medicamentos, tenía que llevar una buena contabilidad de todo el dinero que entraba y salía, eso sin contar con el abastecimiento de la materia prima, pagos a proveedores, etc. Por lo menos todavía tenía el puesto de médico predilecto. Más que un trabajo, era una agradable distracción.

No pasaron ni 10 minutos cuando sintió el olor de Kenshi acercarse. Felizmente dejó todo de lado para recibirlo.

—Hola —dijo con una sonrisa al verle entrar.

Kenshi le abrazó sin apretujarse mucho y le dio un beso. Con voz ligeramente hastiada, dijo:

—Hola, cariño, te extrañé muchísimo en la insignificante hora que estuvimos separados. —Y sin dirigirse a él, añadió—. ¿Satisfecho? —Volvió la mirada al ruso—. No puedo ni ir al baño porque este lagarto quiere andar pegado a ti. ¡Dile que también necesitamos nuestro espacio!

Vladimir se mordió el labio, divertido. Le alegraba saber que Vahlok y él no eran la única pareja disfuncional. A diferencia de Kenshi, Suoh era tan dependiente que se sentía inseguro al alejarse mucho de su pareja.

—No es tan malo. —Le dio un beso en la mejilla, le haló la mano para que se sentara a su lado en la mesa baja—. ¿Cómo te fue en tu paseo?

—Espera. Cuidado. —Kenshi se sentó con delicadeza, y al ver la mirada extraña que le dio el mayor, de entre sus ropas sacó el pequeño huevo—. Encontré a este amiguito. Creo que es una cría de caimán. Solo estaba uno en el nido. Me parece que los pueblerinos tienen algo que ver.

Vladimir miró el huevo con asombro y luego a Kenshi. Frunció el ceño.

—¿Estás loco? No puedes traerlo aquí. ¡Devuélvelo a su sitio!

—No lo voy a llevar para que otro inconsciente se lo lleve y quién sabe que le haga al huevo. Aquí puedo cuidarlo y luego cuando nazca devolverlo a su lugar —replicó—. El huevo se queda y está fuera de discusión.

—Kenshi... —Vladimir intentó recaudar toda la paciencia que pudo para poder hablar—. No sabes cómo cuidar de un huevo, ni siquiera tienes lo necesario para incubarlo.

—Por supuesto que sí lo tengo —dijo con completa seguridad.

El ruso sonrió irónicamente.

—¿Sí? ¿Dónde? La última vez que vi, en tu taller no tenías nada ni remotamente parecido.

—Cierto, en mi taller no hay nada de eso. Pero, porque parece que lo estás olvidando, mi dinero colaboró para la adquisición de todo lo necesario para incubar un huevo y que en estos momentos se halla en tu laboratorio. —Le acarició el rostro, y luego dio unas suaves palmadas en su mejilla izquierda—. Así que, cariño, sí tengo lo necesario para incubarlo.

—Aun si tienes la incubadora, no sabes absolutamente nada de cómo incubar un huevo. Requiere de muchos cuidados y constante supervisión, es más... —Tomó el huevo con mucha delicadeza de las manos de Kenshi. Se suponía que no debía manipularse mucho, o podrían matar al embrión—. Ni siquiera sabes si el embrión sigue vivo.

—Para eso te tengo a ti. No voy a tener un esposo científico de adorno —dijo como si fuera lo obvio, rodando los ojos—. Además, tú rama es la biología también, ¿no? ¿Me dirás que no tienes el mínimo interés?

Fulminando a Kenshi con la mirada, tuvo que darle la razón. En Rusia no tenía mucha oportunidad de experimentar con huevos de reptiles, el ambiente no era nada favorecedor, sin mencionar que la existencia de reptiles era escasa.

—Bien. —Miró el huevo por un momento, analizándolo—. Debe tener al menos dos semanas. E cascarón dejó la coloración naranja que tiene al principio. Si vamos a hacer esto, hay que apresurarnos. Si pasa mucho tiempo sin calor, puede morir. —Levantándose del suelo, se apresuró para llegar al laboratorio con Kenshi tras él.

Bastante contento, cabe decir que fue Kenshi siguiendo a su esposo, sintiéndose triunfador. Suoh estaba solamente contento con ir tras Vladimir a donde fueran.

Siendo el último en entrar, cerró la puerta del laboratorio y se sentó en uno de las sillas que tenía el sótano mientras que esperaba a que Vladimir terminara de moverse de un lado a otro. Solo cuando lo hizo, se le acercó. Era mejor no estorbarle ahora que le había convencido de cuidar a la cría.

—¿Es de caimán o cocodrilo?

Aprovechando que tenía a Kenshi a su lado, le puso el huevo en las manos.

—No te muevas. —Con ambas manos libres, pudo preparar mejor la incubadora, un armatoste enorme con su propio regulador de temperatura y termostato, el fondo del recipiente era de plástico al igual que la tapa en forma cóncava sin ningún tipo de orificio.

Ya que el huevo llegó de improviso, no pudo hacer todos los preparativos que hubiera querido. Puso arena en el fondo de la incubadora, lo suficiente para cubrir tres cuartas partes del huevo y agregó agua con 30° de temperatura. La incubadora la configuró para que se mantuviera entre los 28° y 32° —. Eh... No sabría decirte. Probablemente sea de cocodrilo por el tamaño del ovoide pero es una suposición. Tendremos que esperar a que nazca. —Con todo listo, hizo un hueco en las arenas donde dejó el hueco y cerró la incubadora.

—¿Un cocodrilo? Vaya. —Kenshi parpadeó—. Espero que no lo sea, eso habría significado que hubo uno suelto por ahí. —Kenshi estaba preocupado del peligro que podría representar. No tanto para los pueblerinos, sino para el animal..., o lo que fue de él—. Tengo que hacer averiguaciones respecto a eso —dijo para sí mismo—. ¿Cuánto tiempo tardaría en nacer? ¿O habrá que esperar?

—Me conmueve la preocupación por tu gente —dijo sarcástico—. El tiempo de eclosión varía entre especies. Con los cuidados apropiados, podría nacer en dos meses, un año como mucho.

—En primera, ellos comenzaron atacando a animales inocentes, y en segunda, hasta ahora no hay noticias de ataques por cocodrilos —dijo Kenshi, señalando con los dedos—. Por otro lado... ¿De dos meses a un año? —Bufó—. Que esperanza. Y yo que estaba emocionado creyendo que no duraría tanto.

—Como te dije, el huevo solo debe tener unos cuantos días, de otro modo el embrión ya estaría muerto. Los huevos de reptiles son muy delicados, un cambio brusco de temperatura es suficiente para pasmarlo. Por otro lado, para que hayas encontrado el huevo solo y sin la madre, es porque le pasó algo. El cocodrilo es de los pocos reptiles que cuidan fieramente a las crías aún después de eclosionado el huevo. —En ese momento Kenshi recordó que se casó con un nerd de laboratorio.

—Bueno, no hay muchas diferencias con el humano común. —Kenshi fue a sentarse en una de las sillas de antes—. Protegemos a las crías.

—Buen punto —dijo, dándole un beso en los labios—. Ahora... Respecto al huevo. —Volvió a su tono serio—. Hay que tocarle lo menos posible. Lo abriremos una vez a la semana para que el huevo se oree y sólo lo sacaremos de la incubadora si es estrictamente necesario.

—Entendido, cariño. —Kenshi se levantó solo para darle otro beso—. ¿Esas son todas las indicaciones?

—Que no traigas más animales a la casa. Es más, apenas eclosione éste lo llevamos a otra parte.

—Lo primero es imposible. Y lo segundo es crueldad. No podemos dejarlo solo tan pequeño. —Kenshi se cruzó de brazos—. Estará un par de días después de que eclosione.

—Si se acostumbra a nosotros después será difícil que se adapte a un entorno salvaje —argumentó el ruso.

—Son solo unos días, por todos los cielos. —Kenshi rodó los ojos—. No podemos ni vamos a lanzar a la cría devuelta al bosque apenas nazca.

—Bien. —Terminó por ceder—. Pero tú te harás cargo de él. —Le advirtió, picando su pecho con el dedo.

—Cuando tú no lo estés haciendo. —Kenshi se levantó y tomó el rostro de Vladimir entre sus manos—. Después de todo, dijiste que no tengo conocimientos pero tú sí. —Poniéndose en puntitas, alcanzó sus labios por un beso—. ¿Verdad que sí? —Dio otro beso—. Eres el indicado para cuidarlo, mejor que yo. Suoh está de acuerdo.

—Es tu mascota. No la mía. —Posó sus manos en la cadera de Kenshi correspondiendo los besos.

—Tú eres el científico experto. Estoy seguro que te será más fácil cuidar de un huevito de reptil que luchar en una guerra contra la administración... ¿Será un trato? —Sonrió.

Tras pensarlo por un pequeño momento, asintió. De hecho, era un trato beneficioso en vista de que la incubación y cuidado del huevo sería mucho más interesante, además confiaba plenamente en las habilidades administrativas de Kenshi.

—Es un trato.

—¡Sí! —Kenshi levantó los brazos en señal de triunfo antes de dar un salto y lanzarse sobre Vladimir, las piernas enredándose en la cintura del ruso—. Ahora, vamos a cerrar el trato —dijo entre risas.

El mayor trastabilló por el peso extra, su cadera chocó contra uno de los mesones permitiendo estabilizarse.

—Buena idea. —Caminó con Kenshi hasta un mesón que tenía puros papeles. Con un brazo barrió la mesa para que el japonés se sentara.


CONTINUARÁ...

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