Capítulo 14
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Damián se había marchado de la habitación después de unos minutos de largos besos que empezaban a hacer mella en el cuerpo de Michelle. Aunque gracias a tío Keso ni Ruslán, Irina o él eran ignorantes del sexo, había cumplido a su padre en no haber intimado ni con Minegishi y menos Damián. Pero en cada clandestina charla con Kenshi su curiosidad aumentaba, y su cuerpo comenzaba a presentar señales de querer algo más que solo toqueteos inocentes y besos. Michelle nunca se lo llegó a plantear a Damian, era un chico muy correcto, sin embargo, ¿debería hacerlo?
Después de un baño, bajó para esperar a Damian en el salón de la planta baja. Además, allí no estaba tan concentrado el eucalipto que era su olor. Nunca se lo dijo, le daba pena, pero el olor de Damian tendía a saturarlo tanto que necesitaba un respiro de aire puro. Mientras cerraba los ojos, su mente, sin desearlo, evocó el olor de Zachary... Era tan diferente, tan inusual. Habían pasado un par de horas, pero Michelle añoraba olerlo de nuevo. Irónicamente, pensó que su propio olor a vainilla calzaba perfecto con el de Zach...
—Oye, niña.
Michelle abrió los ojos, enojado, girándose hacia la persona que lo llamó. Era el encargado del hotel.
—¿Eres tú quien viene acompañada de un tipo llamado Klaus, no? Tiene una llamada.
—Es mi papá. Y no soy una niña. —Michelle se puso en pie—. ¿Quién es? —No puede ser de Japón, es de noche allí. Y Gerardo no tiene teléfono.
—Tienes cara de niña. —Se encogió de hombros, pero prosiguió, ignorando la fea mirada que le dio Michelle—. Es un hombre. Dice que va de parte de una tal Angie.
Al reconocer el nombre de la mujer, Michelle se acercó.
—Yo contestaré.
El sujeto lo llevó hasta la recepción, en donde le pasó el auricular del aparato. Él se lo llevó al oído.
—¿Hola? Habla Michelle, el hijo de Klaus. No puede contestar ahora, pero yo le paso el mensaje. —En realidad, la curiosidad era mayor a sus ganas de subir las escaleras para buscar a su padre—. ¿Qué sucedió con Angie? Llega mañana, ¿no?
—¡Mon Dieu! —exclamó una voz masculina al otro lado de la línea—. Michelle... ¿Eres Michelle? —El hombre se escuchaba bastante conmocionado por saber que estaba hablando con el castaño.
—Em, sí. —Michelle frunció el ceño. ¿Este sujeto le conocía?— ¿Quién es usted? ¿Me conoce?
La respuesta tardó en llegar, como si se estuviera debatiendo sobre qué debía decir.
—SÍ. Te vi cuando eras muy pequeño, apenas un bebé. Dudo que siquiera sepas de mi. —Había un suave tono de pesar en su voz.
—Soy Levoch, trabajo junto a ma petite Angie en el bar.
—¿En... serio? —Michelle ladeó la cabeza. Su acento era francés, uno un poco más marcado al que se escuchaba ahí en Canadá—. ¿Cómo podría conocerme? Yo nací en Japón. ¿Estuvo usted ahí? —Una idea repentina pasó por su cabeza—. ¿Conoció a mi mamá? —interrogó, entusiasmado con la perspectiva de saber un poco más de ella. La información que Klaus le había dado era tan poca, que apenas era una figura sin rostro en su mente. Tío Jim le había dado una fotografía vieja de Shin, pero nunca tuvo una de ella.
—Oui —afirmó. Era algo que Levoch no podía negar ni aunque quisiera—. Las circunstancias la sobrepasaron. Mi niña, pobrecita, sufrió tanto cuando tuvo que dejarte. —Un suspiro quebrado se le escapó al francés—. Me hubiera gustado tanto verte crecer.
Un ligero apretón sintió Michelle en su pecho. Este hombre...
—¿Tuvo que... dejarme? Pero, mi papá..., eh, Klaus dijo que ella murió. ¿Cómo era mamá? ¿Tiene una fotografía de ella? ¿Qué relación tenían? —Michelle sabía que estaba preguntando muchas cosas, pedía demasiada información para dar por teléfono, pero no podía evitarlo. Necesitaba saber más de su madre, necesitaba algo tangible, algo que por fin le ayudara a definirla en su mente—. ¿Usted también es como yo? —Tuvo que bajar la voz debido al encargado del hotel—. Con cola y orejas. ¿Hay más aparte de mamá, Angie y yo?
Levoch sabía que le estaba causando una gran conmoción a Michelle. Lleno de tristeza, tuvo que recordarse que no podía revelar nada, también pensaba que mentirle a Michelle no era lo correcto, no era justo para él.
—No conozco a nadie más con esas características. Lo siento tanto, mon chère, tan sólo estoy angustiándote. Llamé para dejar un recado de Angie
—No, no, no, yo... —Michelle tuvo que calmarse. Cruzó el brazo sobre el mesón y descansó allí su frente, tratando de respirar profundo—. Perdone... Es que, no sé nada de mamá. Me han hablado tanto de mi papá pero mamá sigue siendo casi una desconocida y de pronto aparece usted y... —suspiró sonoramente. Por instinto, se aseguró de que sus orejas estuvieran cubiertas—. ¿Qué recado dejó Angie? —Se angustió—. Va a venir mañana, ¿cierto?
—No, mon enfant. Angie se ha retrasado en su tarea, todavía no puede ir a Canadá. Surgieron imprevistos y todavía no puede volver. —Esta vez, Michelle pudo captar el ligero tono angustiado en la ronca voz del hombre del francés. Claramente estaba preocupado por Angie y lo que sea que tuviera que hacer.
Michelle se mordió el labio. Sentimientos encontrados en su interior le causaban distintas emociones; por un lado estaba frustrado de que el cambio se retrasara, por el otro sentía un desconcertante alivio pues significaba que se quedaría más en Canadá y por consiguiente, cerca de Zachary. Pero también estaba angustiado, preguntándose qué había pasado con Angie. No eran noticias que alegrarían al resto, y menos a su padre.
—¿Qué fue a hacer ella? —preguntó en su lugar—. Se fue de un momento a otro y no dijo nada. ¿De qué trata exactamente su trabajo?
—Es complicado de explicar, mon amour. —¿Debería decirle en qué estaba metida Angie? La morena seguro lo mataría, no podía mentirle a Michelle—. Fue llamada por el jefe, un cliente importante pidió un favor especial.
—¿Un favor especial? —Michelle ladeó la cabeza, más confundido que antes—. ¿Qué tipo de favor, Levoch? Angie dijo que trabajaba en un bar. ¿Qué favores puede hacer ella?
—¿No te lo ha dicho? Claro que no. ¿Cómo podría? —Michelle insistió por saber qué era lo que realmente estaba pasando, Levoch en voz baja y miserable le dijo—. Somos una casa de placer. Monsieur District llamó a Angie para que se encargara de este hombre, creo que también hay un objeto importante involucrado pero no me dijo los detalles.
Hubo un largo silencio en la línea que Levoch pudo haber creído se cortó. Cuando empezó a llamarlo, el chico habló, con voz un poco afectada.
—Estoy... aquí. —Michelle tuvo que respirar varias veces—. Eso... no es algo que esperaba escuchar. Yo... —Se pasó una mano por la frente, aplastando el gorro contra su cabeza—. Ella dijo que trabajaba en un bar pero, pero, nunca especificó que su trabajo era de... cortesana. —Michelle sintió un ligero calor en su cara—. Pensaba que ella, pues...
—Estoy seguro de que ella no quería que lo supieras, no es algo de lo que se sienta orgullosa. —Todo lo contrario en realidad—. Sé que la primera impresión que da no es la mejor pero, tan sólo lo hace para no permitirle a nadie acercarse... Te digo esto para que le tengas paciencia, eso es todo.
—Lo sé. Lo he notado en el poco tiempo que la conozco. Tuve que esforzarme para que se tomara aquella fotografías conmigo —comentó con un suave mohín, recordando la tira de imágenes que se tomaron juntos hace dos días—. Gracias por avisar... Llamará si sabe algo de ella, ¿verdad?
—Estoy seguro de que ya no tarda en volver... Me alegra tanto haber escuchado tu voz, mon efant, espero que algún día podamos vernos. Quisiera ver cuánto has crecido.
—Mmh, le pediré a Angie o a papá que me lleve. —Jugueteó con el cable del auricular, pensando cómo convencer a ambos adultos para eso—. Mientras, puede decirle a Angie que le muestre la foto que nos tomamos. Ella se llevó una de la tira.
—¿Se quedó con una foto donde salen juntos? —preguntó bastante sorprendido. Levoch había logrado ver las pocas fotos que Klaus le mandaba a Angie pero ninguna se quedó, todas fueron devueltas porque Angie no quería tener nada que le hiciera sentir culpable. Que ahora Michelle le dijera que se quedó con pequeña foto donde salían ambos era simplemente inesperado.
—Sí, lo hizo. Encontramos una de esas máquinas en las que te tomas fotos instantáneas y, bueno, digamos que la obligué a entrar conmigo —admitió con una sonrisa traviesa si bien Levoch no pudiera verla—. Salió una tira de cuatro fotos. Ella se quedó con una y me dejó las otras tres. —Apoyó el codo en el mesón, con el rostro en la mano.
—Me alegra tanto escuchar eso. —Estaba tan feliz. Por lo menos Michelle tendría un pequeño recuerdo de Angie para atesorar porque estaba seguro de que la morena volvería a alejarse de la vida del menor apenas éste viaje acabara—. Le pediré que me la muestre cuando vuelva al bar.
Michelle sonrió.
—Debo irme. El encargado ya me ha mirado dos veces. No sé si para espiar, decirme sutilmente que acabe la llamada o porque el idiota no termina de creer que sea un chico —bufó, frustrado, comenzando a erguirse en su lugar—. No importa la hora, llame cuando llegue ella, ¿sí?
—Sin duda tienes la belleza de tu madre, mon efant —rió el hombre con afecto al otro lado de la línea—. Apenas tenga noticias suyas llamaré. Adieu.
Por fin la llamada finalizó y Michelle pudo dejar libre el teléfono alejándose del encargado que seguía mirándolo.
Justo en el momento en que se dirigía a las escaleras para informarle a su padre sobre las desalentadoras noticias, vio a Bárbara y Damian entrar. Se detuvo, le sonrió a la mujer y se acercó a Damian, dejando un suave beso en sus labios.
—¿Estabas esperándonos, Mich? —Bárbara preguntó, separándose de su hijo y alisando su vestido.
—Eh, algo así. Pero recibimos una llamada. Del lugar donde trabaja Angie...
—Oh, ¿ya viene pronto? —cuestionó Bárbara, aliviada. Lo que más deseaba era marcharse de allí.
—No exactamente. —Torció el labio inferior. Esa no era una noticia que agradaría a Damian—. Angie tiene un retraso. —Vio al par tensarse, especialmente a Bárbara quien fijó sus azules ojos en él—. El trabajo que tuvo que ir a cumplir no ha podido terminarlo, y me dijeron que no saben cuándo podrá volver. Tendremos que esperar unos días más.
—Fantástico —murmuró Damián completamente contrariado—. Este lugar se está volviendo asfixiante y ahora resulta que tendremos que quedarnos por más tiempo.
—Pero, ¿por qué mejor no nos adelantamos y te hacemos el cambio sin ella? —sugirió Bárbara. Cualquier cosa para que pudieran irse pronto—. Estoy segura de que no es necesario que-
—Aldebarán dijo que estuviéramos todos —interrumpió Michelle—. Me gustaría que estuviera aquí también. Hay algunas cosas que quiero preguntarle. —Se dirigió más que nada a Damian esta vez—. Pasará rápido, en serio. En cuanto menos lo esperes, ella llegará, tendré el cambio y nos iremos.
Bárbara ya no lo miraba. Michelle podría hablar y decir las cosas tan fácilmente, pero ella dudaba, mucho, que Klaus pudiera soportarlo.
—¿Tu padre lo sabe?
—Iba a subir a decirle cuando ustedes entraron.
Ella asintió, un poco rígida.
—Es hora del almuerzo. Esperen aquí. Subiré a buscarlo y a Irina, de paso les informaré.- —Subió las escaleras sin esperar respuesta de los jóvenes.
Michelle dudó por un momento. Sabía que las noticias no les agradarían, pero subestimaba cuánto lo hacían.
—Lamento que esto sea un problema —murmuró, tomando la mano de Damian.
Con este cambio de planes tan repentino, la decisión de Damián tan sólo se hizo más fuerte. Necesitaba mantener a Michelle a su lado, no le podía permitir separarse sabiendo que había otro tipo queriendo arrebatarlo de sus brazos.
—No importa. ¿Qué dices si tú y yo salimos está noche? Nosotros dos, completamente solos.
—¿Salir... esta noche? —Michelle repitió, como si hubiera propuesto alguna locura. Él pretendía acostarse temprano, debía si pensaba asistir a su encuentro con Zachary en la mañana.
Qué demonios. Damian era su novio. Ni siquiera tendría que estar pensando en asistir a ese desayuno.
Pero le prometí que iría... Michelle contuvo un suspiro frustrado, y en cambio le dio una gran sonrisa.
—Claro. ¡Sí! Me encantaría. —Rodeó el cuello de Damian con sus brazos, buscando sus labios en un beso largo—. Es una cita. Hace mucho que no tenemos una.
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Cuando Ruslán confesó sus sentimientos, no esperaba que algo cambiara. Y sin embargo, lo hizo. Ahora estaba más nervioso, más alerta. Gerardo actuaba normal, eso estaba bien, Ruslán se esforzaba por hacer lo mismo. No volvió a besar a Gerardo cuando entraron otra vez a la casa, en cambio, se mantuvo en la biblioteca hurgando en los libros que tenía el mago a pesar de no entender la mayoría mientras él hacía la cena. Durante la comida, habló de dichos tomos y era como si lo sucedido en el jardín nunca hubiera ocurrido.
El problema vino a la hora de dormir. Ruslán estaba inquieto en su cama, removiéndose de un lado a otro. Con las cobijas todas revueltas, Ruslán se levantó y salió de su cuarto. No era solo inquietud. Era también una total e irrefutable inseguridad. Odiaba ese sentimiento. No había mentido a Gerardo al estar seguro de sus sentimientos por él, pero tenía inseguridad de los sentimientos de Gerardo.
Es muy pronto, tonto, se regañaba una y otra vez, pero no podía evitarlo. Gerardo era la primera persona que le gustaba, que en verdad quería. Tenía tanto miedo de defraudarlo, de no ser suficiente, de que no le amara, de...
Se dio cuenta de que estaba frente al cuarto del mago. Habían pasado unas pocas horas desde que se despidieron, tendría que estar dormido. Pero la mano de Ruslán se movió para tomar el pomo, girarlo y abrir la puerta. Aunque todo estaba oscuro, podía ver la figura del hombre en la cama, todo el irresistible olor de Gerardo en el ambiente. Sin pensarlo mucho, Ruslán entró y cerró detrás de sí. Avanzó. Llegó hasta su lado, y cuidando no despertarlo, se sentó en la cama.
Esto es una locura. No debería estar ahí. Estaba invadiendo la privacidad de Gerardo. No era así como tendría que actuar. Ruslán tendría que levantarse y salir con el mismo silencio en que entró, regresar a su propio cuarto pero... no podía. Quería estar allí, junto a él, observándole dormir, su respiración acompasada, y no salir.
Gerardo al parecer tenía el sueño profundo pues no se despertó cuando Ruslán entro a su cuarto. Mucho menos cuando se sentó a su lado en la cama. Respiraba acompasadamente, su pecho subía y bajaba al ritmo de una suave respiración. La franela ligera que usaba para dormir era bastante grande, de cuello amplio, dejando a la vista la marcada clavícula y parte de sus pectorales, poniendo en evidencia una tetilla de un invitador color marrón.
Ruslán se mantenía quieto, su mirada azulada demorándose en cada parte de su cuerpo a la vista, el corazón le latía fuerte en su pecho. Culpando a la curiosidad científica heredada de su padre, Ruslán estiró la mano. Tembló al principio, titubeante de despertar al mago, pero en cuanto sus dedos acariciaron la mejilla de Gerardo y bajaron lentamente por su cuello, se volvió un tacto firme. Estaba atento a cualquier movimiento de Gerardo, pero hasta el momento, no sucedía nada. Tragando el nudo en su garganta, la mano siguió descendiendo hasta alcanzar el pecho del mayor. Se sentía tan suave como había imaginado, con los músculos saludablemente tonificados. Una voz en su cabeza le reclamó el estar invadiendo de esa forma, de nuevo, la privacidad de Gerardo, pero Ruslán siguió, sus dedos acariciando la descubierta tetilla, ansiando descubrir más. Su otra mano, inmóvil hasta el momento, inició un proceso para apartar con cuidado las cobijas que cubrían el cuerpo que yacía en la cama.
Sorprendentemente, las atrevidas caricias todavía no despertaban al italiano, apenas le hicieron removerse en la cama, su cabeza quedando de lado con su cuello expuesto mientras que sus piernas se estiraban dejando el centro de su cuerpo totalmente vulnerable.
Ruslán se inclinó, besando la piel de su cuello. Estaba tentando la posibilidad de que Gerardo despertara, pero justo en ese momento no le importaba. Quería descubrir todo lo que podía de él en ese momento. Con cuidado, se subió completamente a la cama, apartando las cobijas que cubrían su cuerpo. Gerardo era atractivo, más que cualquier otro joven que hubiera visto antes, y estaba dispuesto solo para él.
No, lo que haces está mal. Terriblemente mal.
Las manos de Ruslán de inmediato tocaron cada zona del cuerpo a su alcance, ansiando ver qué reacciones provocaba en un dormido Gerardo. Sus labios rozaron la piel de su garganta, la lengua lamiendo un camino desde allí, a su clavícula, al tiempo que sus dedos apretaban sus tetillas, y las jalaban suavemente.
Es un mago, no tienes respeto. Va a odiarte por esto.
Ante ese pensamiento, un ligero gruñido escapó de Ruslán y acabó mordiendo a un lado de su cuello.
El mordisco en su cuello pareció sacar por fin a Gerardo del mundo de los sueños. Asustado, lo primero que hizo fue lanzar un manotazo que cayó justo en la nariz de Ruslán, quitando al joven de encima de él.
—¿Qué... Qué pasa? —preguntó bastante desorientado, irguiéndose en la cama. Vio a Ruslán en su cama sosteniéndose la nariz—. ¿Rus? ¿Qué estás haciendo aquí? —Se pasó la mano por los ojos, intentando despertar por completo, tratando de darle sentido a lo que estaba pasando.
—¡Argh! Eso dolió.
Lo tienes merecido.
Ruslán gimió de dolor, a pesar de la palidez que tenía por haber sido descubierto.
—Yo... no podía dormir y... —El rojo invadió su rostro— quise venir aquí. Contigo.
—Entiendo... Cuando planeaste escabullirte en mi cuarto, ¿morderme el cuello como un vampiro formaba parte de tu plan inicial? —Distraídamente se pasó la mano por la zona mordida, sintiendo el relieve que dejaron los dientes de japonés en su piel. Al ver la mortifica expresión de Ruslán, no pudo más que sonreír—. Ven acá, déjame verte la nariz. Creo que te golpee muy fuerte. —Tomó el rostro de Ruslán suavemente entre sus manos, acercándolo para examinarle.
Pero en vez de dejar que Gerardo le examinara, Ruslán tomó a su vez el rostro del mago y unió sus labios en un beso. Necesitaba hacerlo. No había sido su intención herirlo, sus culposos pensamientos le distrajeron. Ahora solo quería disculparse por despertarlo, y solo se le ocurrió hacerlo a través de un beso, uno que profundizó pasando una mano tras la cabeza de Gerardo y la otra por su cintura.
Ambos cuerpos cayeron sobre la cama en un enredo de piernas y brazos. Tomado por sorpresa, Gerardo intentó hablar.
—Rus... —En el momento que abrió la boca, Ruslán coló su lengua en el interior de la boca del mago, ambos gimieron—. Rus...lán, espera. —Lograba decir entre los ansiosos besos. No pudo evitar el gemido que salió de sus labios cuando el cuerpo del joven se presionó contra su pene semi erecto.
En medio de la bruma de su deseo, Ruslán escuchó la voz de Gerardo, tenía que parar, Gerardo estaba intentando decirle algo pero Ruslán solo pudo seguir el beso, ansioso.
Con solo las finas ropas de sus pijamas de por medio, el japonés era plenamente consciente de la excitación creciendo entre ambos. El interés de Ruslán se desplazó a ese lugar, todo el pecho y torso de Gerardo siendo acariciado con codicia en su camino hacia la entrepierna. Cuando alcanzó la cintura y estuvo a punto de tocarlo más allá de lo inimaginable, el beso se cortó y medianamente se alejó.
—Lo siento. ¡Lo siento! —Ruslán descansó la frente en el hombro de Gerardo, sus manos quietas en las caderas del mago, sus pulgares apenas acariciando la piel del bajo vientre—. Es solo... no te mentí cuando dije que estaba seguro de mis sentimientos pero... eres mi primera persona. Tengo miedo de causar tu odio en mí, de defraudarte...
Gerardo se quedó acostado en la cama, mirando al joven con sus mejillas rojas y la respiración agitada, los labios hinchados por el intenso beso dejaban escapar una suave sonrisa. Su cabello oscuro contrastaba con las sábanas color crema en mechones desordenados, haciéndolo ver como una tentación sin mencionar la deliciosa curva que se marcaba con la ligera tela de su pantalón gracias a su pene erecto.
Con dedos temblorosos por la excitación, el mago acarició la mejilla de Ruslán.
—No creo que eso sea posible, eres tan lindo. Tus sentimientos son tan puros. Eres tan joven, tan hermoso, podrías tener a quién quisieras a tus pies.
Los ojos de Ruslán se abrieron, ilusionados, sorprendidos, observando a Gerardo como si ninguna otra cosa fuera digna de su atención. Sus manos se movieron, apartando la ropa, con una intensa suavidad, casi reverencia, tomando la erección del italiano en una de ellas.
—¿Es verdad? —preguntó, su voz ronca, acariciando el miembro en su mano de arriba abajo, el pulgar jugueteando con la uretra, humedeciéndose de preseminal—. ¿Crees eso? —Se inclinó, la punta de su nariz acariciando su mandíbula, en la que repartió varios besos—. ¿Crees que puedas amarme? —Ante la pregunta, su agarre de apretó, más firme, más intenso, más rápido.
—¡Ah! —Clavó sus uñas en los brazos de Volsk, el placer recorriendo cada fibra de su cuerpo—. Oh, Deus... Rus, por favor. —Su cuerpo se arqueó cuando los dedos del menor jugaron con su prepucio, provocándolo, torturándolo deliciosamente. Los ojos ámbar se veían vidriosos por el placer.
—¿Mmh? —Ruslán separó su rostro para mirar a Gerardo. Era tan hermoso, con esa expresión de placer tan sexi que enviaba llamaradas de calor por todo su cuerpo, asentándose en un solo punto.
En un movimiento rápido, Ruslán sacó su propia erección pulsante, y emitió un bajo gemido cuando la tomó junto a la de Gerardo, masturbándolos a ambos. Eso fue suficiente para hacerle olvidar de lo demás que no fuera el cuerpo bajo él. Sus labios hicieron su propio tour desde la clavícula del mago, ayudándose con una mano libre a mantener apartada la camisa para poder acceder a las tetillas de Gerardo que lamió, que mordió, que pellizcó, sin dejar de bombear sus penes con vigor. Estaba loco por arrancar cada mínimo sonido de su boca, por descubrir qué lugares eran sensibles a su toque.
—¡Mamma mia! —suspiró Gerardo. En este punto, estando en la cima del placer a punto de explotar como un volcán, ya no era capaz de hablar correctamente, mucho menos podía recordar que debía hablar inglés para ser entendido por Ruslán—. Non fermarti, per favore, per favore... —Por suerte, la barrera del idioma no era un impedimento para entender que era lo que pedía el italiano, su expresión desesperada lo decía todo; necesitaba correrse, explotar en las manos de Ruslán o se volvería loco de placer.
—Hazlo —jadeó Ruslán, los movimientos de su mano erráticos entorno a los penes de ambos—. Córrete, Gerardo..., quiero verte. —Mordió alrededor de un pezón, su propia respiración irregular en tanto sentía la culminación golpearlo fuerte pronto. A pesar de eso, nunca dejó de mirar a Gerardo, bebiéndose de la imagen que era verlo llegar al orgasmo con un par de jaladas más.
En el momento en que su mundo explotó en mil colores, el italiano gimió con fuerza, sus ojos brillantes, saciados por el placer recibido. Gimió quedo al sentir la semilla de ambos sobre su vientre.
Con un gesto lánguido enmarcó el rostro de Ruslán con sus manos, atrajo su rostro dándole un perezoso beso, apenas capaz de mantener los ojos abiertos.
Ruslán lo besó como si no hubiera un mañana, repartiendo besos por todo su rostro después. Se levantó, no sin cierta dificultad, yendo al lavabo por un pañuelo húmedo para limpiarlos a ambos, acomodó las ropas de Gerardo y la suyas, se recostó a su lado otra vez y lo rodeó por completo con sus brazos, manteniendo al italiano apretado a su costado.
—¿Estás bien? —susurró. Debido a que era más bajo, pudo recostar la cabeza en el hombro de Gerardo. Los cubrió a ambos con las cobijas, ahora arrugadas, cuando sintió algo de brisa.
—Bene, molto bene —murmuró el mago, más dormido que despierto. Se acomodó para abrazar a Ruslán contra su cuerpo, una de sus piernas las pasó por encima de Ruslán y de ese modo dio un suspiro satisfecho quedando dormido.
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En Canadá, Bárbara se tomó la molestia de comunicar a Klaus e Irina el retraso de Angie. Para la rubia no pasó desapercibido el brillo de esperanza que, si bien había preocupación por la morena, cruzó los ojos de Klaus por la perspectiva de que verían más a aquel chico. Influencia del dragón, no le quedó razón a Bárbara. Cada vez más crecía una sensación agria en su pecho, y por primera vez, los jóvenes notaron la tensión en la pareja y las dificultades de la mujer por tratar de llevar una charla amena con Klaus. Aunque se apreciaba la intención de Klaus por llevar con normalidad la relación, no pasaba desapercibido que ahora se trataba de Bárbara el problema. Ella daba su esfuerzo, pero estaba ahí el reflejo del dolor en sus ojos. Aún con eso, Bárbara mantenía una máscara de tranquilidad frente a los jóvenes, de comprensión y cariño como siempre lo tuvo.
Se alegró genuinamente al saber que Michelle y Damian no cenarían con ellos durante la noche porque se marcharían a una cita. Damian recibía un subsidio mensual de los honorarios de los servicios que prestó su padre a la milicia, era una suma moderada hasta que cumpliera los veinte años pero que tranquilizaba a Bárbara. Michelle era un chico sencillo que se alegraba con la cosa más simple del mundo, pero ella deseaba que su hijo llevará las cosas en su relación por un buen camino, que buscara impresionar a Michelle esa noche y la manutención de Frederick a su hijo podría concederle de llevarlo a los mejores sitios que hubiera ahí en Ontario. Bárbara rezó, en silencio y desde el vestíbulo donde despidió a los jóvenes esa noche, pidiendo a su amado esposo que guiará bien a su hijo.
Y por otro lado, tal vez lo hizo. Michelle aceptó ser llevado a un restaurante donde probó los platillos más exquisitos que había imaginado. Pero cuando la pareja salió, antes de que Damian dijera nada, Michelle tan solo le pidió que pasearán hasta encontrar algo interesante. Y sí que lo encontraron. No podía creer la vida nocturna que se perdía ahí en Canadá. Había clubes nocturnos, bares de jazz, e incluso, atraídos por la muchedumbre, encontraron una sala de cine que oficiaba varios estrenos populares. Michelle estaba totalmente brillando de emoción y solo podía tomar la mano de Damian para llevarlo a todo sitio que resplandecía y lo atraía como una polilla. La primera parada fue en un cine donde disfrutaron de una aterradora película de hombres lobo. Los efectos espantaban tanto a Michelle que en cierto momento, y aprovechando de que estaban en las últimas filas, se subió al regazo de Damian pues no aguantaba la separación de las sillas entre ambos, espantado, ocultando el rostro en el cuello del rubio en las partes que hacían temblar a los espectadores del horror.
Damián, a pesar de lo mucho que quería a Michelle, no era muy demostrativo en público, siempre miraba a los lados antes de inclinarse a darle un beso y éste por lo general era corto. Por eso, que Michelle se le encimara de esa manera en el cine le ponía incómodo, aunque nadie pudiera verlos en la oscuridad de la sala estaba nervioso por ser descubierto, pero le permitió a Michelle comportarse de esa manera en vista de que tenía la intención de intimar con el joven esa noche.
Acabando la película, Michelle permaneció unos minutos aferrado a Damian, procesando lo que había visto en la pantalla con incredulidad. La producción resultó increíble y atemorizante. Tardó en darse cuenta de que en toda la hora que duró estuvo encima de Damian. El joven no pudo apreciarlo hasta que las luces fueron encendidas, pero Michelle enrojeció debido a la pena cuando se puso en pie para que ambos salieran de la sala.
No dejó que la vergüenza menguara su curiosidad, así que en el momento que estuvieron en la calle de nuevo, Michelle llevó a Damian a uno de esos clubes de baile en la que se colearon en el interior. Al siguiente instante que colocaron una movida canción charleston, Michelle soltó un grito pequeño y se llevó a Damian a la pista de baile donde estaban otras parejas moviéndose al ritmo de la pegajosa música. No importaba que hubieran pasado 10 años, Michelle amaba esos bailes con locura.
AL principio, el rubio alemán estaba bastante tenso, él no era de bailar nada tan animado como el charleston. Fue instruido por Bárbara para los bailes de salón, se sentía un poco fuera de lugar a diferencia de Michelle. Por insistencia del castaño, intentó dejarse llevar por la música, poco a poco fue agarrando el ritmo, dejándose guiar por Michelle.
Damián sabía que parecía un perfecto idiota intentando bailar pero valía la pena por ver a Michelle divertirse y sonreír.
Al acabar la pista, Michelle se giró hacia la banda que oficiaba la música, aplaudiendo junto a la algarabía de personas a su alrededor. Le pidió a Damian que se mantuviera en el sitio por un momento antes de desaparecer en medio del público. A los cinco minutos Michelle volvió con unas copas de champán que claramente le quitó a algún mesonero que repartía en una bandeja, siendo ellos menores de edad coleados en el establecimiento, no le iban a dejar beber. Pero con un gesto despreocupado, Michelle le dio su copa al rubio.
—No se dieron cuenta. Vamos, un brindis. —Hizo un dramático carraspeo, como si estuviera imitando a un adulto—. Brindo por esta noche y este día en nuestras vidas. Porque sea así de súper maravilloso siempre.
—Brindo por nosotros —cedió por fin Damián. Con una suave sonrisa, chocó suavemente su copa con la de Michelle, ambos bebieron de sus copas. Discretamente el rubio le dio un beso cerca de la comisura de los labios a su pareja.
Disfrutaron del resto de la copa y bailaron un poco más antes de decidir que era tiempo de volver al hotel. Era bastante tarde por lo que no se encontraron con sus familiares, apenas con un recepcionista que tenía el turno de la noche. Entraron furtivamente al cuarto, estando en la privacidad de su habitación, Damián se permitió ser más demostrativo, besando a Michelle con más firmeza que en el bar, ardientes besos mientras lo guiaba al borde de la cama.
Los besos hacían gemir a Michelle, diferentes a otros menos apasionados. Apenas el chico notó que era recostado en la cama, sus manos acariciando el cuerpo de Damian por sobre su ropa. De pronto empezó a sentir calor, y tuvo la necesidad de quitarse el abrigo, por lo que rodó sobre Damian, quedando sobre él.
—¿Qué pasa? —murmuró entre besos, dejando el abrigo y la gorra a un lado sin fijarse donde caía, besando su rostro—. Antes eras más tranquilo. —Los ojos de Michelle brillaron en la oscuridad, el deseo y un ligero desconcierto en su expresión.
—Hoy tengo la intención de ser todo lo contrario —respondió con una seductora voz ronca, sus manos recorriendo su torso por encima de la ropa, la cadera y las piernas.
Un estremecimiento recorrió a Michelle al captar el mensaje oculto en sus palabras, en sus caricias, en sus besos. Tomó las manos de Damian, entrelazando los dedos.
—¿Estás... seguro? Es que, yo... —Michelle dio un vistazo por encima de su hombro—. Si vamos a hacerlo, nosotros... Damian, nuestros padres están en la habitación junto a la nuestra. Podrían oírnos. —Se irguió, quedando a horcajadas sobre el rubio—. Me siento un poco nervioso. —Sin mirarlo a los ojos, con el rostro ardiente, Michelle se llevó una mano de Damian a los labios—. Nunca hice esto. —Ni siquiera con Minegishi, aunque había sido muy joven cuando estuvo con él. La idea del sexo no había pasado nunca por su cabeza.
—No te preocupes, somos una pareja. Ya es tiempo de que nuestra relación suba al siguiente nivel. —Besó su cuello provocando agradables estremecimientos—.- ¿Qué dices? —continuó, provocando al castaño con besos suaves y caricias atrevidas, sus manos apretando el turgente trasero—. Seré cuidadoso, no te haré daño —prometió, dejando besos en la clavícula y el pecho aún cubierto por la camisa.
Michelle mordió su labio inferior, dudoso. Klaus le había dicho que no tuviera sexo hasta que tuviera la edad adecuada, él se lo había prometido. Pero la curiosidad y lo que las caricias causaban a su cuerpo era algo que estaba mortalmente convenciendo a Michelle.
—Quiero que... vayamos despacio, ¿sí? —Se acomodó mejor sobre Damian, se quitó la camisa y colocó las manos de Damian sobre su piel—. ¿Por qué decidiste hacerlo diferente hoy? —cuestionó de pronto, con recelo—. ¿He olvidado alguna fecha importante? —Normalmente Michelle era el primero en darle un lindo regalo hecho por él mismo cuando tenían sus aniversarios, pero no era aún la fecha. ¿O estaba equivocado?
—Podemos hacer de este una fecha especial, nuestra primera vez. —Damián se sentó en la cama con Michelle en su regazo para tener al alcance el pecho del joven. No es que fuera su primer encuentro sexual, habían tenido una novia en Alemania hace años. Fuera de la vista de los adultos, se habían dado la libertad para experimentar ciertas cosas pero ésta iba a ser su primera vez con un hombre, por lo que cuando comenzó a acariciar los pezones de Michelle, lo hizo con delicadeza, como lo haría con una mujer—. Tan sólo pensé que ya que estamos atascados aquí por quién sabe cuánto tiempo más, deberíamos tener un buen recuerdo de este viaje.
Un dulce cosquilleo donde Damian tocaba hizo a Michelle cerrar los ojos. Jamás había pensado que un lugar como sus tetillas fuera tan sensible de esa manera.
—Sí. Tienes razón. —Besó sus labios una vez más—. También quiero que... sea inolvidable para los dos.
Las manos de Michelle se movían con inocente torpeza por el cuerpo de Damian, introduciéndose bajo la camisa, tocando la piel. No era la primera vez que lo hacía, compartió ciertos momentos de intimidad con él pero esto era diferente.
—-¿Qué puedo hacer? —murmuró en un susurro—. No es justo, me siento en desventaja. —Su cola se movió inquieta por encima de las piernas de Damian—. Eso que haces... se siente bien... —imitó los movimientos de Damian, alcanzando los pezones del joven y ejerciendo la misma presión como él—. ¿Lo... sientes tú?
—Sí... —suspiró de gusto con las atenciones de Michelle. Discretamente apartó sus piernas del alcance de su cola. Ansiaba deshacerse de esa estorbosa cola de una vez por todas pero lamentablemente tendrían que esperar. Por el momento se concentró en evitarla mientras llevaba una de las manos de su novio hasta su creciente erección—. Tan sólo haz lo que te hace sentir bien cuando te tocas.
Michelle cerró sus labios, esperando que de esa forma evitaría un jadeo escapar de su boca. El toque de otra mano que no fuera la suya en ese lugar tan privado envió corrientes por todo su cuerpo. Michelle ronroneó de placer.
—Nunca lo hice —susurró sin abrir los ojos todavía, sin darse cuenta de cómo buscaba más del toque de Damian—. Tenía curiosidad pero nunca me atrevía a... a hacerlo. —Hubo un pequeño ceño en su rostro. La ropa estaba resultando tan estorbosa—. ¿Es eso raro? —Sus manos, que se habían quedado quietas por ese instante, reanudaron sus movimientos, pero esta vez para apartar la camisa de Damián.
—Un poco. Cualquier hombre de tu edad ya se habría tocado cientos de veces. —Notando la necesidad de su novio, Damián desabrochó los pantalones claros que estaba usando, deslizó la prenda junto con la ropa interior hasta medio muslo dejando la turgente erección a la vista. Su lengua recorrió desde los claros pezones hasta un poco más abajo, su lengua casi llegando al ombligo.
Los dedos de Michelle, que se habían anclado a los hombros de Damian, se apretaron, casi clavando las cortas uñas en su carne.
—Eso... se sintió tan bien —suspiró, un apenas audible ronroneo en su garganta.
Estaba descubriendo sensaciones en su cuerpo que le dejaban un dulce cosquilleo, y las palabras de Damian hacían eco en su mente. Sabía que era un poco raro, incluso con las charlas prohibidas de tío Keso que causaba que Ruslán y él se sonrojaran hasta las orejas no había hecho que él quisiera explorar su propio cuerpo. Pero ahora con cada toque de Damián, cada caricia, cada punto que tocaba, algo en Michelle se encendía.
Empujó a Damian en la cama, recostado encima de él de nuevo, mientras pateaba lejos sus ropas ancladas en sus piernas hasta acabar enteramente desnudo sobre el cuerpo de su novio. Chocó sus labios, en un beso ansioso, sus ávidas manos encontrando la cremallera que bajó, deshaciendo el botón, con la intención de dejar a Damián en las mismas condiciones en las que él estaba.
Los besos se estaban volviendo más y más ardientes, la excitación crecía entre ellos, estando completamente desnudos se tocaron explorando el cuerpo de su pareja.
Damián giró sobre la cama dejando a Michelle ahora bajo su cuerpo. Con la libertad que le daba esa nueva posición, fue capaz de explorar el cuerpo del castaño con sus labios, dando especial atención a sus miembros erectos que se frotaban con cada movimiento de caderas.
—Tan bueno —murmuró Damián, sintiendo esa deliciosa presión que causaba la fricción de ambos miembros juntos.
Michelle no quería quedarse quieto, sus manos recorriendo todo lo que podía, atreviéndose a alcanzar los glúteos de Damian, sintiendo sus redondeadas formas, apretando sus cuerpos más que provocaba un roce más intenso en sus penes. Sin duda nada de lo que hubiera dicho tío Keso se parecía a lo que estaba sintiendo.
—Es demasiado bueno..., Damian... —Michelle jadeó, un ronroneo saliendo de su garganta cuando sus labios se deslizaron de su mejilla a su cuello, sus uñas rasguñando la piel con suavidad desde las nalgas a su espalda, lamiendo la piel de su cuello—. Siento un... un cosquilleo... como si algo quisiera explotar, no sé...
—Oh, Michelle —suspiró el rubio, moviendo sus caderas. Tomando las torneadas piernas entre sus brazos, le hizo que las apoyara en sus hombros de modo que su erección rosara directamente con el pequeño ano del castaño—. ¿Puedo, Michelle? —murmuró como si fuera una súplica, movió su pelvis una vez más, la punta de su pene deslizándose suavemente sobre la entrada virgen, tentándolo con el toque de su húmedo glande.
Michelle tembló, pero esta vez no era de placer o emoción, sino de una tensa ansiedad. Su corazón palpitaba fuerte, la presión que sentía le ponía la piel de gallina y antes de que Michelle pudiera pensarlo, ya se había deslizado lejos, encogiéndose contra la cabecera de la cama.
—Y-yo, no, no puedo, espera... —Logró bajar una pierna de los hombros de Damian, y luego la otra, y las abrazó contra su pecho—. No... No puedo estar listo aún para eso. —Su rostro estaba caliente, incapaz de mirar a Damian a los ojos, las orejas planas contra su cabeza que casi desaparecían entre sus cabellos—. Lo siento..., en verdad. Yo, yo necesito unos días.
—Es...está bien. —La voz de Damián salió un poco entre cortada. Que tu pareja se alejara de ti asustada no era exactamente un buen estímulo. Tratando de serenarse, el rubio se enderezó, poniéndose en una posición que a Michelle no le resultara intimidante—. Si no te sientes seguro, podemos hacer algo menos abrumador.
La mirada de Michelle volvió a encontrarse con Damian.
—Sí..., yo... quiero seguir pero no tan... Ya sabes. —Michelle trató de acercarse otra vez a Damian, abrazando su cuello—. No quiero defraudarte, solo estoy... nervioso.
—No es necesario. —Besó suavemente los labios de su novio, sintiéndolo temblar levemente—. Estamos juntos en esto.
—Yo... te recompensaré, lo prometo. —Michelle lo volvió a besar, profundo ahora, sus manos dando caricias a su cuerpo. Se atrevió a besar su cuello, dando una pequeña mordida en su piel. Recordaba que tío Keso decía que causaba un sentimiento placentero hacerlo. Al mismo tiempo, su inexperta mano tomó la erección de Damian, masturbándolo con movimientos torpes.
Damián ya no respondió nada, tan sólo se concentró en el placer que Michelle le estaba proporcionando. Volviendo a recostar a Michelle bajo su cuerpo, presionó sus penes juntos para empezar un frotage. Fue en ese momento que Damián notó que la excitación de Michelle había bajado, su pene apenas medio duro en comparación al suyo que estaba a punto de explotar.
Michelle forzó su mente a recordar cada charla que le había dado Kenshi, y lamentó no haber prestado más atención al respecto. Se sentía más inseguro de sus acciones luego de haber rechazado a Damián, la culpa y vergüenza menguando parte de su excitación. Todos sus movimientos se detuvieron cuando Damian se corrió sobre él, observó fascinado como su semen caía sobre su estómago. Michelle no estaba ni cerca del clímax, pero le brindó una sonrisa pequeña en tanto besaba sus labios.
—¿Te sientes bien?
—Maravilloso —resopló, esforzándose por mantenerse sobre sus codos para no aplastar a Michelle con su peso. Respiraba agitado y su frente sudorosa descansaba sobre uno de los hombros del menor—. Pero tú no... —Miró entre sus vientres el pene marchito del castaño, cualquier rastro de excitación había desaparecido.
—Está bien, Dam. —Michelle negó, parcialmente despreocupado—. Hoy solo me importas tú.-—Guió su rostro para que le mirase—. ¿Sí? Prometo que la vez que lo hagamos en verdad, sea especial. Muy especial. —La nariz de Michelle frotó la del rubio, el sonido del ronroneo escuchándose de su garganta.
Damián no se sentía del todo contento. Había pensado que esa sería una noche perfecta, una agradable cena en un lugar bonito, algún entretenimiento para Michelle y después, en la intimidad del cuarto, podrían al fin dar ese ansiado paso en su relación que siempre se habían visto imposibilitados de dar. Por lo general no tenían la suficiente privacidad y el señor Wolfhart no ayudaba nada con su obsesiva actitud de mamá gallina, pero estando aquí, en tierra extranjera, con el hombre demasiado distraído para mantener una apropiada vigilancia sobre Michelle, creyó que podrían avanzar. Lamentablemente no contó con las inseguridades del joven aunque a estas alturas no debería haber ninguna.
—Prometido —dijo, dejando un suave beso en sus labios. Se levantó de la cama, haciendo una mueca de asco al ver el semen embarrado en su estómago—. Voy a darme una ducha. Deberías hacer lo mismo.
—Sí... —Michelle tampoco sentía algo de felicidad. Esa debería haber sido su tan ansiado primer encuentro sexual con su pareja y por su culpa resultó un desastre.
Se levantó de la cama, apresurándose a colocarse al lado de Damian.
—Quisiera que nos demos un baño juntos. Aprovechamos el agua. ¿Por favor?
—Claro, vamos. —Tomando la mano del castaño, la pareja se dirigió al baño, donde se dieron una agradable ducha caliente antes de dormir.
CONTINUARÁ...
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