Capítulo 15
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En la habitación de lado, Klaus y Bárbara estaban acostados desde hace un largo rato, el alemán estaba emocionalmente cansado como no se sentía en años y por eso se acostaron temprano, casi al instante de que su cabeza tocó la almohada se quedó profundamente dormido, pero ahora casi dos horas después volvía a despertarse.
Bárbara se removió en su lugar, sin poder conciliar el sueño. Había leído por un rato, pero no se concentró, así que optó por imitar a Klaus e intentar dormir, todo sin éxito. Sin embargo, cuando estuvo a punto de quedar en la inconsciencia del sueño, sintió a Klaus levantarse de la cama. Creyó que tal vez iría al baño, pero cuando le escuchó vestirse, se incorporó.
—Klaus... —Se frotó los ojos—, cariño, ¿qué haces...? —Sus palabras murieron al notar los ojos amarillos resplandeciendo en la oscuridad—. Tú no eres...
La mirada del dragón, mucho más intensa y peligrosa, se centró en la mujer por un momento antes de seguir vistiéndose. Claramente pretendía salir a la calle puesto que se estaba poniendo las ropas más abrigadas que tenía el alemán.
—Brillante deducción, mujer.
Bárbara carraspeó, incomoda. Se puso en pie, tratando de acercarse al dragón.
—Es muy tarde para estar afuera y hace frío. —Su voz era suave, esperando no exaltarlo—. Vuelve a la cama. —Fue a colocar una mano en el brazo de Feyn para detenerlo.
Feyn se hizo hacia atrás impidiendo el contacto, sus ojos se entrecerraron amenazadoramente.
—No pienso volver a la cama.
La mujer alzó ambas manos a la altura de su pecho, en una actitud defensiva.
—Pero... ¿A-a dónde vas? Deben ser la... una, dos de la mañana.
—Mi tesoro me está esperando. —Terminó por enrollarse una bufanda en el cuello dispuesto a salir.
—¡Espera! -Bárbara le detuvo, tomando ambas manos. Sabía que estaba siendo imprudente, más si se trataba del dragón. Era la primera vez que estaba compartiendo palabras con él... solo que nunca esperó que fuera en esas circunstancias.- Nosotros... estamos comprometidos.
—Klaus puede engañarse él mismo todo lo que quiera, pero no voy a caer en semejante ridiculez. —Escuchar a Klaus... No, a Feyn hablando de manera tan cruda de lo poco que le importaba el compromiso que había entre ellos era un golpe duro—. Yo nunca estuve de acuerdo.
Las manos de Bárbara soltaron la de Klaus como si no tuviera fuerzas, algo en su corazón rompiéndose como un cristal. Fue valiente en contener las lágrimas en sus ojos y fuerte en asentir, en un esfuerzo en mostrar una sonrisa que no sentía.
—Claro... Los dos son uno mismo. —Aún con eso, Bárbara se movió más cerca y aseguró la bufanda entorno a su cuello, el abrigo en su cuerpo—. Ten... cuidado con tu temperatura y vuelve para el desayuno. —Bárbara intentaba que su voz no se rompiera—. Los chicos se preocuparán si no estás. —Finalmente, habiendo asegurado que estuviera abrigado, Bárbara se alejó, dando su espalda a él, al tiempo que se llevaba una mano al rostro—. Pasa una buena noche.
Feyn arqueó una ceja bastante intrigado. Pensaba que iba a tener que ser más agresivo para hacer entender a la mujer, no tenía ganas de soportar un melodrama a la una de la mañana cuando su tesoro lo estaba esperando; pero Bárbara estaba siendo bastante civilizada al respecto. Sabía que le había partido el corazón con sus palabras y aun así ella trataba de mantenerse entera. Comenzaba a entender lo que vio Klaus en ella.
—Tenías razón cuando dijiste que yo nunca podría olvidar lo que siendo por mi tesoro —dijo con voz más suave, poniendo una mano enguantada sobre los finos hombros.
—Es... un amor contra el que no puedo luchar. —Ella no pudo girarse a enfrentarlo, su valor estaba a poco de flaquear—. Por favor..., ve. Ve ya con él. —Cruzó sus brazos, y en el momento en que parecía que no iba a decir más, la voz de Bárbara volvió a inundar la habitación—. Y..., Feyn... —Era la primera vez, en toda la noche, que pronunciaba el nombre del dragón—, mi único deseo siempre ha sido que sean felices.
Para sorpresa de la rubia, el dragón le hizo girarse. Enmarcando su rostro, besó los carnosos labios de Bárbara. Fue un beso totalmente diferente, no era como esos dulces besos llenos de cariño que Klaus le daba, éste de alguna manera se sentía diferente... Se sentía como una despedida.
—Ahora entiendo porque Klaus te escogió.
Una solitaria lágrima escapó del férreo control que tenía Bárbara sobre sí misma. Era imposible para ella seguir soportándolo más, no después de sus palabras. Tuvo que apoyarse momentáneamente en él, parte de ella tentada a suplicarle que permaneciera a su lado. Pero sabía que no era posible, hacerlo era como querer detener una lluvia con las manos.
—He sido afortunada en poder tener bellos momentos a su lado —susurró, dándole una sonrisa agradecida mientras tomaba las manos del dragón con las suyas—. Se hace tarde... Si está ahí, no le hagas esperar.
—Gracias... Por entender. —Feyn salió con una sonrisa del cuarto, mucho más aliviado porque Bárbara lo entendiera. Estaba consciente de que no era justo para ella, y Klaus seguramente se enojaría con él, pero ahora eso no importaba, lo único que tenía en mente era llegar a su tesoro.
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Yu estaba recostado de la pared en un bar cercano a unas pocas cuadras. Bebía de vez en cuando una jarra de cerveza que el dueño le pasaba a cambio de unos cuantos favores pequeños, observando la calle. Mantuvo sus manos quietas desde que llegó, y eso era decir mucho. Pero estaba enojándose, no le gustaba que le dejaran plantado y claramente ese chico lindo, Klaus, le había dejado plantado. Bajó su cuarta jarra, medio vacía, importándole poco que se derramara el contenido que aún tenía en ella.
—¿Todavía seguirás aquí, Yu? —James, uno de los cantineros, salió con una quinta ronda para el joven.
—No necesito otra. —Le tendió la jarra, y unos cuantos billetes—. Me largo. Vuelvo otra noche.
—¿No querrías pasar a visitar a unos cuantos muchachos? —invitó James, con un alzamiento de ceja que indicaba a qué se refería.
Pero, por primera vez, Yu negó.
—No tengo ganas. —El ladrillo de sus ojos casi parecía rojo en la oscuridad, brillante por la luz que se filtraba del bar. Yu no dijo más antes de marcharse.
Camino al internado, pensamientos de lo sucedido esa noche pasaban por su cabeza. No había follado. Normalmente aun cuando esperaba a alguien, no aguantaba a follar con otro pero, este tipo, había querido en verdad que solo fuera Klaus. Un cosquilleo de ansiedad, enojo y decepción le recorrió. No había llegado, le había dejado plantado. ¿Acaso no era suficiente? ¿Acaso había preferido pasar la noche con su prometida? Yu había visto su cara, Yu había visto su expresión luego de llegar al orgasmo, su oxigenada prometida no habría sido capaz de causar tal expresión de placer en él como Yu podría. Era... era...
Humillante.
Entonces fue empujado bruscamente hacia un callejón, tan envuelto en sus pensamientos que no notó a alguien siguiéndolo de cerca. Un brazo se colocó bajo su garganta y sintió algo afilado en su costado.
—Dame todo tu dinero, niño. —La voz era aguda, masculina sin duda pero suave. Ese chico debió ser objeto de burla cuando era más joven.
—No tengo dinero... —Yu sonrió al cabo de un momento— pero podría darte algo más. —Estaban tan pegados que Yu solo necesitó impulsar su pelvis un poco para que se frotaran.
La nariz del bandido se arrugó, evidenciando parte de su desagrado.
—Eres un puto. Un maldito puto maricón. —Presionó más la daga—. Quieto.
—Lo soy... —No le importaba, había escuchado peores palabras en su vida— y soy bastante bueno en lo que hago. —Bateó sus pestañas con un puchero de tristeza—. ¿Para qué matarme cuando puedo darte el placer más inimaginable que hayas experimentado?
Yu lo veía, podría ver la lucha entre el desagrado del sujeto en ser tocado por otro hombre a la morbosa curiosidad y anhelo por un poco de placer. El brazo que lo sujetaba se quitó, y el puñal ahora se colocó en su garganta en tanto fue agachado sin cuidado alguno hasta que su rostro estuvo frente a la entrepierna del hombre.
—Un mal movimiento, y te corto la yugular —siseó, jadeante el hombre—. Demuéstrame que puedes hacer, puto. Hazlo.
Sin dejar de sonreír, Yu quitó el botón y bajó la bragueta, sacando el pene flácido de su interior y comenzar a atenderlo con su boca. El agarre del hombre al puñal tembló levemente, su otra mano apretada entorno a los cabellos de Yu.
—Oh, sí... —jadeó, luchando con su deseo de cerrar los ojos. Tenía que admitirlo, el muchacho era increíble con su boca; lamía, chupaba y sobaba, jugaba con él y torturaba, volviendo más intenso, llegaba hasta sus bolas que metió en su boca. Era bueno, muy bueno—. Sí, puto..., sí...
—Yu —dijo el joven por un momento—. Solo di Yu...
—Yu... Yu..., sí. Duro, chupa más duro, Yu... —El puñal fue cambiado de mano, pero todavía presionado contra su cuello.
Una vez que Bárbara lo dejó ir, el dragón corrió fuera del hotel. Necesitaba ver a su tesoro, quería encontrarlo y besarlo, llenarse de su esencia, ronronear contra su pecho, pero no tenía idea de cómo encontrarlo y el olor a durazno era tan tenue. El frío tampoco ayudaba, con sólo salir del calor del hotel sintió la punta de sus dedos y su nariz ponerse frías.
Envolviéndose mejor en su bufanda, caminó por los lugares que le parecieron conocidos. Creyó reconocer vagamente un bar que no quedaba muy lejos del hotel. Descubriendo su nariz, logró captar un sutil aroma a durazno. Se aferró a ese pequeño rastro para seguir a su tesoro, estaba entrando en pánico pensando que el joven pudo haberse ido pero no podía ser, el olor se hacía más fuerte conforme avanzaba.
Sus oídos captaron un peculiar sonido. Al principio no le hizo mucho caso pero cuando captó que el rastro guiaba al callejón, apresuró el paso. Lo que vio lo desestabilizó por completo: un tipo metiendo su asquerosa polla en la boca de Yu, una de sus manos aferrando su cabello y con la otra amenazando con un cuchillo. El dragón vio rojo; con los puños apretados y mostrando los dientes en una mueca feroz, el vándalo ni siquiera lo vio venir cuando Feyn le plató un puñetazo en el rostro.
Los ojos de Yu se abrieron cuando escuchó el golpe y de pronto su boca ya no tuvo nada que chupar. La atención del joven de inmediato se fue a Klaus en cuanto lo vio, y se levantó hacia él, feliz de verlo ahí. ¡No le había plantado!
—¡Sí viniste!
—Malditos... —El vándalo se llevó una mano a su rostro, un fuerte dolor en su mandíbula, su labio partido. Trató de levantarse, su ceño fruncido al ver que el chico conocía al sujeto. De inmediato se vio engañado. Trastabilló al ponerse en pie, y con el puñal aún aferrado en su mano, se lanzó hacia ellos con la intención de clavar el arma en el alemán.
Por supuesto, ese hombre no era rival para el entrenado cuerpo de Klaus. Con un fluido movimiento, golpeó el brazo del hombre despojándolo de su arma mientras con su otra mano daba un golpe directo al tabique del hombre, haciendo un horrible crujido. Desarmado y con la nariz sangrando, pero el dragón no estaba satisfecho con eso, quería dejar en claro que nadie tocaba a su tesoro. Con una patada en el pecho lanzó al hombre directo al suelo, no conforme con eso avanzó hasta pisar el pene todavía expuesto del hombre.
—Vuelves a tocar a mi tesoro y te mueres —amenazó el dragón con una seseante voz.
El hombre lloraba de dolor en el suelo, asintiendo. Todo su ser se estremecía de dolor y miedo, en especial al notar los anormales ojos amarillos del alemán. Ese tipo no era humano y eso lo aterraba más.
—Por favor... por favor...
Un peso se estrelló contra Klaus, Yu abrazando su costado con una gran sonrisa, parecía importarle poco el sufrimiento del hombre bajo el pie de Klaus.
—¿Por qué tardaste tanto?
—Lárgate. —Soltó con un gruñido. Ni siquiera se molestó en ver como el hombre se arrastraba patéticamente para alejarse de ellos. Su atención se centró únicamente en su tesoro. Apretó a Yu contra su costado, una de sus manos se coló en su nuca, la punta de sus dedos estaba tan helada que al sentir el calorcito de la piel del castaño, ronroneó—. No sabía dónde buscarte.
—Oh, cierto, olvidé darte una dirección. —Yu vibró por los dedos fríos pero cuando sus ojos se fijaron en los de Klaus, frunció el ceño—. Tus ojos... Están extraños, ¿qué te pasó? Recuerdo que eran verdes.
—Antes era Klaus. —Ahora que tenía a Yu a su alcance, podía embriagarse de su olor todo lo que quisiera. Se pegó al muchacho, su nariz fría recorriendo la línea del cuello.
—Oh..., así que antes eras Klaus. —Yu ladeó la cabeza, permitiéndole más acceso a su cuello, Klaus se veía muy atraído a esa zona de él por alguna extraña razón. Aprovecho de mirar al vándalo de hace un momento pero no le vio. Su daga seguía allí tirada. Sonrió—. ¿Quién eres ahora, entonces?
—Soy Feyn —dijo con voz profundamente complacida. Sin poder contenerse un minuto más, se apoderó de los labios del menor en un beso ansioso, rudo, necesitado.
Yu tardó unos segundos en corresponder el beso, la revelación del nombre trastocándolo un poco. ¿Por qué ese nombre le era familiar? Era un nombre demasiado extraño, ni siquiera sonaba europeo.
Dejando eso para pensarlo después, se enfocó en devorar su boca, jadeante, hambriento, sus manos alborotando los mechones de cabello de Klaus.
—Conozco un... un lugar cerca que renta cuartos. Vamos. Te necesito ahora y sin toda esta ropa. —Jaló el abrigo que llevaba—. Klaus, Feyn o quien seas.
Yu le dio un último beso a Klaus, tomó su mano y lo llevó de regreso al bar en el que había estado hace minutos y que el mismo dragón pasó. Volvió a acercarse a James quien le cedió uno cuarto en un edificio trasero, una posada pequeña interconectada con el bar. En lo que restaba de la noche, Yu no tenía grandes planes de soltar a Klaus, o Feyn o como se llamara el alemán.
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Michelle no supo qué fue lo que le despertó, pero por la posición del sol, sabía que debían faltar poco para las ocho y cuarto. Era demasiado temprano para lo que él solía despertarse, pero lo suficientemente tarde para la cita que tenía con Zachary. Con horror, trató de levantarse de la cama, vestirse y salir de la habitación sin despertar a Damian, apresurándose al frente del hotel. No veía a Zachary por ningún lado. ¿Siquiera había venido? ¿Se habría ido? Michelle miró por la calle, y divisó una cabellera rubia a lo lejos.
Apresurándose, corrió por la vereda, notando ese particular olor que el rubio portaba, lo detuvo por el hombro cuando le alcanzó.
—¡Perdón! —Michelle jadeó, apoyando sus manos en las rodillas. Él no era tan afín al deporte como Ruslán—. Zach, lo siento, me quedé dormido... Olvidé decirte que no soy muy mañanero... —No iba a destacar que la cita de Damian también había hecho mella en su cansancio junto a los actos sexuales de anoche. Se aseguró la gorra, empezaba a sentir una ventisca por una de sus orejas y temía ser descubierto en plena calle—. ¿Llevabas mucho esperando?
—Un rato. En realidad pensé que te habías arrepentido. —Tomó una de las manos de Michelle, halándolo para dejar un beso en su mejilla—. Acabas de alegrar mi día.
—No... Por supuesto que no, sí quería. Quiero. —Se corrigió, las mejillas rojas y calientes ahí donde sintieron el beso de Zach—. Pero, creo que ya no podremos desayunar los panecillos.
—¡Claro! Me aseguré de que nos guardaran unos cuantos bien calientes. —Sin dejar de sostener su mano, guió al castaño por las calles hasta la panadería donde se encontraron el día anterior.
Michelle soltaba uno que otro bostezo por el camino, y en una ocasión volteó a ver sobre su hombro, como si temiera que Damian fuera tras ellos. Luego del desastroso momento, no hablaron mucho y estuvo incómodo por un rato hasta que se quedó dormido. No se había atrevido a dudar en reunirse con Zachary esa mañana pues, para su sorpresa, no quería enfrentarse a Damian.
El olor de los panecillos atrajo su mente otra vez al presente, su estómago gruñó clamando por ellos. Apenas tuvo la bolsa, esperó a Zachary para ir juntos a la plaza cercana del otro día. Como la otra vez, le dio un panecillo y él tomó otro.
—Aún no puedo creer que esté comiéndolos de nuevo aquí. Y como desayuno. —Michelle le dio un mordisco—. Mmh..., son toda una gloria.
—También te traje una sorpresa. —Con una sonrisa traviesa, sacó una pequeña lata de su bolsillo, mostrándose al castaño—. Recuerdo que mencionaste que te gustaba comer estos panes con leche condensada.
El grito que dio Michelle atrajo la atención de algunas personas pero no le importó. Tomó la lata, como si quisiera verificar que en verdad era leche a pesar de que podía sentir su meloso olor y luego abrazó a Zachary.
—¡Eres increíble! Esto era justo lo que faltaba. —Para sorpresa del rubio, Michelle besó su mejilla aún con la emoción bordeando en él—. Es el ingrediente final para un desayuno digno —declaró, abriendo la lata y derramó una generosa cantidad por todo alrededor del panecillo. Con la lata puesta a un lado, tomó un pedazo untado de la leche y se lo llevó a la boca. Prácticamente contuvo un grito, gimiendo mientras disfrutaba a ojos cerrados el sabor del pan y la dulzura de la leche—. ¡Es demasiado perfecto, Zach! Toma un poco. —Cogió otro pedazo, tendiéndoselo.
El rubio hizo una mueca. No es que le desagradaron los dulces, es que la combinación de pan dulce con leche condensada era simplemente demasiado, además, se sentía completamente satisfecho con sólo ver a Michelle disfrutar tanto de algo tan simple, sobre todo porque había sido él el causante de dicha reacción.
—Estoy bien, lo traje especialmente para ti. Disfrútalo. —Cruzó una piernas sobre la otra, comiendo distraídamente uno de los panecillos mientras veía a Michelle y sus orgásmicas expresiones de éxtasis.
Michelle se encogió de hombros y siguió disfrutando de su dulce desayuno. Acabó con un panecillo, dos, cuatro, con los demás hasta agotar lo último de la taza. Chupó sus dedos al acabar, recostándose del banco, satisfecho. Se echó la gorra hacia atrás un poco, disfrutando un poco de los rayos del sol en tanto su estómago hacía su proceso digestivo.
—Siempre serán mis favoritos de toda la vida —suspiró gustoso. Le brindó a Zach una gran sonrisa—. Gracias. No sabes cuánto extrañaba tener un desayuno así.
Sin la lata y los panes de por medio, Zach se permitió deslizarse por el banco hasta estar a un lado de Michelle, casi muslo con muslo.
—Ha sido un verdadero placer.
—Todavía me siento un poco mal por lo de más temprano. —Michelle dirigió su vista al frente, observando a las personas caminar por la plaza—. Madrugar no es mi fuerte, es algo que comparto con tío Keso. Cuando tenemos que viajar muy temprano, todos en casa se preparan mentalmente para tener que despertarnos.
—¿Tío Keso? —Zach arqueó una ceja ante eso. ¿Realmente había alguien en el mundo que se llamaba "Keso"? Si en serio era así, había gente bastante extraña al otro lado del mundo, pero el inusual nombre no fue lo que atrajo su atención. Sonriendo travieso, pasó su brazo tras Michelle, dejándolo descansar sobre el respaldo de la banca. Su mano se posó en su hombro en un gesto bastante íntimo—. Sé la manera perfecta en que puedes compensarme. Después de todo, casi me dejas plantado —dijo una expresión herida tratando de conmover a Michelle.
—Su nombre es Kenshi, pero de niño no sabía pronunciarlo así que quedó Keso. —Se encogió de hombros, su atención puesta ahora en Zach ante sus últimas palabras—. ¿De qué forma puedo compensarte? No quisiste aceptar un poco de los panecillos.
—Estoy interesado en algo mucho más dulce que los panecillos. —Suavemente tocó el labio inferior de Michelle, acariciando, tentando—. ¿Puedes imaginas qué es?
El joven no tardó en saber la respuesta, no cuando notó la desviación de la mirada de Zachary a sus labios. Retrocedió por instinto.
—Zach..., no puedo. Estoy con Damian y yo... soy fiel a él. —Apartó la cabeza, bajándola un poco—. Lo siento. Eso está fuera de discusión y lo sabes.
—Pero Michelle, esto no es una traición —dijo con una voz melosa, intentando convencerlo. Sabía que no iba a ser fácil pero esa mañana estaba determinado a por lo menos robarle un beso al castaño—. Es una multa y debes pagarla. —Tuvo que contenerse de reír ante la expresión incrédula del menor—. Aquí en Canadá, una disculpa apropiada se da con un beso.
Michelle le observó incrédulamente.
—De acuerdo. —Y antes de que Zachary hiciera alguna acción, Michelle tomó su rostro y besó una de sus mejillas—. Ahí está, multa pagada. —Cruzó sus brazos después, mirando al lado opuesto donde estaba el rubio.
Esta vez Zachary no se molestó en esconder su risa.
—¿A eso llamas un beso? —Llevó su mano al gorro de Michelle, moviéndolo sobre su cabeza para desacomodarlo—. En verdad eres un niño.
Michelle jadeó espantado, sus mejillas perdiendo color por el pavor cuando sintió la gorra moverse y una suave ventisca colándose a sus orejas.
—¡No! —Se zafó, apretándose la gorra, cubriendo las orejas en tanto se levantaba y alejaba de Zach. No le miraba, ajustando la prenda, casi hasta el punto de cubrir toda su cabeza. Su corazón palpitaba fuerte—. No... hagas eso —murmuró, su respiración irregular—. Yo... Debo irme. —Se giró, sin bajar una mano del gorro.
El rubio americano dejó de sonreír. No esperaba esa reacción de Michelle, sentía que habían estado teniendo un buen progreso y ahora el castaño estaba intentando huir, era frustrante porque con cada encuentro era dar un paso hacia adelante y dos hacia atrás.
—Espera... ¿Qué pasa? —Zach también levantándose para cortarle el paso a Michelle, no quería que se fuera todavía—. Nos estamos llevando muy bien. Podemos olvidar lo del beso ¿Si? Tan sólo no te vayas.
—Es... —Michelle lo miró. ¿Cómo explicarle a Zachary que el beso era lo de menos? Su temor era que viera lo que él realmente era. Zachary era muy amable con él, a pesar de sus indecentes intentos de tratar algo más, y Michelle estaba feliz de considerarlo su primer amigo en Canadá, y quién sabe si en verdad pudiera convertirse en su puente para llegar a Estados Unidos y lograr su sueño de ser enfermero...
—No se trata de eso. Tu... Tu gesto estaba por sacarme el gorro y no quiero que nadie en este lugar me vea sin él.
Ahora Zachary sí se sentía en verdad confundido.
—¿Por qué? Sé que al ser extranjero tendrás tus costumbres raras pero te aseguro que en Canadá no serás juzgado.
Michelle negó, abrazándose a sí mismo.
—No, Zachary. Esto es diferente —dio un largo suspiro, y pasó por su lado para reanudar el camino de regreso al hotel—. Debo regresar.
—¡Espera! —Tomó uno de los brazos de Michelle—. Tengo una idea: vayamos a un lugar privado y hablemos del asunto. ¿Sí?
Michelle estaba tan tentado a negarse, a regresar al hotel, Damian debía de haberse despertado, no sabía cuánto tiempo pasó desde que se reunió con Zachary.
—Es... —Su cabeza se empezó a mover, negándose a su petición, dividido—. Solo por un momento.
Su sonrisa, a diferencia de la de hace un momento, fue más amable, considerada. Volviendo a guiar a Michelle por las calles, llegaron a un lugar poco transitado, Zachary tuvo que tocar en la parte de atrás de un establecimiento.
Michelle pudo verlo hablando en rápido francés con otro hombre. Por un breve momento miraron al castaño, después de un par de gestos exasperados el conocido de Zach pareció ceder y le dejó una llave. Agradeciéndole, el rubio llevó a Michelle a una escalera en el mismo edificio, en el piso de arriba había un apartamento, seguramente pertenecía al hombre que acababa de ver. Una vez adentro, Zach se quitó el bléiser del uniforme—. Aquí podremos relajarnos.
El castaño paseó por el hogar, sin quitarse ni el gorro o el abrigo, su curiosidad parcialmente nublando los nervios que le acometían.
—¿De quién es esto? ¿Es del sujeto de hace un momento?
—Sí. Francois, es un tipo huraño pero me presta el apartamento cuando se lo pido —dijo bastante divertido. Había terminado de aflojarse la corbata cuando vio a Michelle, su buen humor decayó un poco al verlo tan rígido y todavía embutido en el abrigo—. ¿Nunca te quitas el abrigo? Aquí estamos sólo nosotros dos, puedes relajarte.
Ignorando sus palabras, pero habiéndolas escuchado, Michelle siguió recorriendo el lugar desde la pequeña sala, viendo la cocina sin entrar en su interior y luego echando un ojo a la calle por una ventana cercana. Se quedó allí, quieto, el corazón le palpitaba muy fuerte y las manos estaban húmedas de un sudor frío. Estaba igual de nervioso a la noche anterior, y peor todavía.
—El abrigo y el gorro es lo que uso para ocultarme. No quiero quitarlos.
—¿Por qué? —Volvió a preguntar—. ¿Acaso esconde una calva prematura? —intentó que su pregunta aliviara la tensión que sentía Michelle.
Los labios de Michelle temblaron, una risa nerviosa que logró contener.
—Eso es un alivio en comparación... —Michelle se encogió en su sitio—. Yo... Tú... vas a odiarme en cuanto me veas.
—Oh, por dios, ahora sí estoy en verdad intrigado. —Se acercó a Michelle, revoloteando a su alrededor intentando descubrir su secreto—. Vamos, ahora tienes que mostrarme lo que estás escondiendo.
Las manos de Michelle temblaban cuando dejó de jugar con ellas. Temblaban cuando se alzaron a su gorro. Michelle jamás lo miró, en ningún instante, al apartar su gorro de la cabeza. De entre sus cabellos las orejas gatunas se sacudieron ante la fresca brisa, por un segundo, antes de encogerse expresando el miedo de Michelle. Dejando caer la gorra, Michelle cogió aire y se despojó del abrigo, a su espalda, la peluda cola apenas moviéndose.
—No soy... un simple extranjero común y corriente —susurró, temeroso.
Al principio Zachary no reaccionó, bastante impactado por lo que estaba viendo. Su boca quedó abierta en una perfecta O mientras sus ojos azules recorrían ávidamente toda la figura de Michelle, incluso se sobresaltó un poco cuando las vio moverse. Por supuesto, como era usual en él, la sorpresa dio paso a la curiosidad.
—Esto... ¿Es en serio? —preguntó acercándose a Michelle, rodeándolo para tener una mejor vista de él.
—Sí... —Michelle asintió, por fin levantó la vista a Zach—. Nací así... —Su rostro expresaba preocupación, miedo, tristeza, temiéndose lo peor—. No quiero que me odies por lucir así. Varios en casa no se me... acercaban por... tener esto hasta que tuvieron que acostumbrarse. —Por un momento, la voz de Michelle estuvo a punto de romperse. No quería revivir esa vez hace tiempo en que Damian supo cómo se veía, no quería ver la misma expresión de sorpresa y claro desagrado en Zachary también—. Por favor...
—¿Odiarte? —La expresión de Zachary decía muchas cosas: duda, sorpresa, curiosidad y enojo, pero no por lo que Michelle estaba pensando; el rubio estaba enojado por las reveladoras palabras del castaño—. ¿Por qué iba a odiarte? ¡Esto es genial! —dijo con bastante entusiasmo. Sin ningún tipo de miedo o repugnancia, Zachary tomó entre sus manos las orejas de Michelle, su sonrisa se amplió al sentirlas temblar contra su mano, como un gato de verdad.
Las palabras de Zachary, su expresión, su simple toque en sus orejas, todo eso causó que unas salvajes lágrimas inundaran su rostro y sus brazos rodearan su cuerpo, apoyándose en el hombro del rubio. Había... tal alivio recorriéndolo. Era como un peso desapareciendo a su espalda.
—¿En... en verdad? ¿En verdad crees eso?
—Por supuesto —Zachary rodeó a Michelle con sus brazos, apretándolo en un fuerte abrazo, una de sus manos continuaba acariciando una de las peludas orejitas—. ¿Qué clase de imbécil te rechazaría? Te ves adorable.
Michelle no dijo nada, solo dejándose abrazar, captando entonces que en esa posición el olor de Zachary era más intenso. Su cola ondeaba en un feliz y suave vaivén, la caricia en su oreja le causaba placer, todo eso, aunando su calidez y el agradable olor del americano, provocó que Michelle empezara a ronronear sin darse cuenta de ello, tan cómodo en sus brazos para notarlo.
Una temblorosa risa escapó de Zach, todavía se sentía bastante impresionado.
—También ronroneas. Eres un gato de cabo a rabo. —Hablando de rabo, el suave vaivén de la cola captó el interés del americano. Fue incapaz de contenerse; mordiéndose el labio, estiró una mano hasta que agarró la base de la cola, el movimiento atrevido por supuesto erizó a Michelle.
Un siseo escapó de su boca y puso los pelos de punta al castaño, cortando el ronronear y causando que el menor le empujara lejos hasta que soltó su cola.
—¡No hagas eso! —Michelle se tomó su propia cola en un gesto automático, fulminando al rubio con sus ojos—. No soy un gato completo..., soy un híbrido. —Apartó la vista—. Me dijeron que al serlo, corro el riesgo de que al morir mi alma quede atrapada en un limbo. Por eso vine a Canadá. Un sujeto me ayudará a evitarlo pero para eso debo renunciar a una parte de mí. Si elegir ser un gato completo... o ser humano, un chico normal. —Michelle observó su cola—. Quiero... quiero ser un chico normal. —Su voz disminuyó—. Mírame..., no puedo salir así a la calle. Por eso uso gorra y abrigo, pero no quiero vivir mi vida así.
—Lo siento, tenía que asegurarme. —Por el tono divertido y la sonrisa socarrona, estaba claro que Zach no sentía para nada haber agarrado la cola de Michelle. Su regocijo disminuyó ante las decaídas palabras del castaño—. ¿Me estás diciendo que estás tomando la decisión de ser humano por lo que puedan pensar los demás? Michelle, eso es ridículo.
—¡No es ridículo, es la verdad! Tú eres uno más en la minoría que se atreve a aceptarme, pero los demás no. —Michelle se inclinó para recuperar su gorro y abrigo, colocándoselos—. No quiero ser diferente, no quiero ser rechazado... Es horrible.
Arrebatándole el sobrero, lo tiró a un lado. Con sus manos agarró las de Michelle para que dejara de ponerse el abrigo.
—Michelle, escúchame. Puede que yo sea una minoría pero las personas que te quieren, esas personas que te quieren por lo que eres, son las que importan, no la opinión de unos idiotas con el cerebro del tamaño de un maní. —Subió sus manos por los brazos del menor con una lenta caricia hasta enmarcar el rostro de Michelle, al ser más alto tuvo que guiar el rostro del menor hacia arriba para poder verlo a los ojos, esos hermosos gatunos—. Si esta decisión es tan importante como dices, entonces debes hacerla pensando en ti mismo, no en los demás.
Michelle quedó estático, su mente en blanco por sus palabras. No era algo que alguien se lo hubiera dicho, ni siquiera Ruslán o Irina. Asintió, en lentos movimientos.
—¿Por qué... te preocupas así por mí? —cuestionó en un murmullo—. No te afecta en nada.
Con sus pulgares, Zachary acarició las mejillas de Michelle, disfrutando de que se pusieran coloradas. Tan lindo, tan inocente.
—Todo lo contrario, mon amour. Creo que nunca me había sentido así por nadie.
Sus caricias provocaron una risita nerviosa en Michelle.
—Te ves bien hablando francés para ser americano, Casanova. —Rodó los ojos, las manos tomando las muñecas de Zachary.
—Me comparas con mi ídolo. Es todo un honor ser llamado Casanova —bromeó el rubio. Pensó que ese era el momento, podría inclinarse y besar a Michelle, seducirlo con su lengua hasta hacerlo derretirse en sus brazos. Lo deseaba pero Michelle se apartaría si hacía eso. Dejó un beso en su frente, en cambio—. Creo que ya debemos volver. No quisiera que tu familia se preocupe por ti.
Y tomado por un impulso tan característico en él, Michelle no se detuvo a pensarlo cuando colocó una mano en el cuello de Zachary, atrayendo su rostro hasta que los labios de ambos impactaron. A los segundos rodeó su cuello con los brazos, moviendo su boca solo un poco antes de alejarse.
—Gracias...
Para Zachary, ese pequeño beso fue como una llama encendiendo una mecha que demasiado rápido estaba creciendo hasta explotar en un montón de fuegos artificiales. Sin poder contenerse, dio un paso adelante, pegando su cuerpo al de Michelle, capturando sus labios en un apasionado beso.
Un gemido bajo de Michelle fue ahogado por el beso, incapaz de detenerlo, regresándolo con tal gusto que le sorprendió. ¿Qué hacía? No debería estar besando a Zachary, Damian le esperaba en el hotel, era su novio. Pero ahí estaba, deseando más, una agitación de emoción recorriendo todo su ser, como una corriente eléctrica que nunca antes sintió llenándolo de vida. Pronto dejó de importarle todo lo demás salvo la persona a la que besaba como si su existencia dependiera de eso.
Solo cuando requirió de aire, cuando su pecho estaba por explotar, fue que se alejó, y apenas unos centímetros, sus frentes seguían unidas y las puntas de sus narices rozaban. Michelle se lamió los labios, sintiéndolos hinchados.
—¿Ahora sí fue... un beso adecuado para la multa, joven caballero?
—Definitivamente —dijo con sus labios rozando la boca de Michelle, apenas tentándolos—. Su deuda ha sido pagada satisfactoriamente. —Una sonrisa ladina curvo sus labios—. Claro que... todavía no hemos discutido los intereses de la deuda.
—¿Intereses? —Michelle fue el primero en caer, volviéndolo a besar, derritiéndose en sus brazos, sus dedos acariciaron el cabello de su nuca, nunca desde Minegishi se había sentido tan embobado con un beso—. Me parece que estás aprovechándote de esto.
—Puras calumnias —murmuró sin vergüenza. Sinceramente podía pasar horas besando a Michelle. Eran tan adorable, tan adictivo, ansiosos besos mezclados con deseo y timidez. Mientras lo besaba, Zach se preguntó cómo se sentiría Michelle si acariciaba sus orejas en medio de un profundo beso. ¿Ronronearía? ¿Quizás intentaría apartarlo como cuando tocó la base de su cola? Sólo había una manera de averiguarlo.
Michelle reía poco antes de que los labios de Zachary volvieran a cubrir los suyos. No parecía que se cansaría alguna vez de sus besos, de acariciarlo desde sus hombros a su espalda, su torso, palpando a través de la camisa su musculatura. Todo pensamiento dejó de ser cuando sintió nuevamente una caricia en sus orejas. Oh, sí..., era todo un punto débil en él. Empezó a ronronear, un estremecimiento desde la base de su garganta. Todo su cuerpo se apegó a Zachary como si quisiera fundirse en él, inconscientemente buscando más de esas caricias. Damian nunca le tocaba las orejas o siquiera la cola desde que se conocieron.
Damian.
Los ojos de Michelle se abrieron, su ronroneo se detuvo y de pronto se alejó, cubriéndose los labios hinchados. ¡Qué estaba haciendo! ¿Cómo pudo haber estado besuqueándose con alguien que no era su novio?
—No, ya basta. Yo... tengo pareja y no eres tú... —chilló, toda la culpa y el horror reflejándose en sus ojos. De inmediato buscó su abrigo y gorro, apenas colocándoselos encima—. Debo irme, ahora. —Sus pasos rápidos le permitieron zafarse de Zachary y alcanzar la puerta, saliendo de la estancia. No podía estar ahí más tiempo, y menos cuando a cada momento sus labios hormigueaban por más besos y su cuerpo ya estaba echando en falta las caricias de Zachary. Todo eso estaba terriblemente mal.
—Te quiero —dijo Zachary, logrando que Michelle se detuviera con la mano en el pomo de la puerta—. Desde el primer momento en que te vi. No es un secreto que trato de ocultar. —Dio pasos lentos en dirección a Michelle. No puedes negar la química que hay entre nosotros. La forma en que nuestros cuerpos se estremecen con apenas un beso. —Posó sus manos en los hombros de Michelle—. Si tan sólo nos dieras una oportunidad.
Hubo un tenso silencio en el que Michelle no habló de inmediato, pero su mano seguía en el pomo.
—Lo siento, Zachary. —Finalmente habló—. Pero no es posible. —Sin querer mirarlo por última vez, Michelle abrió la puerta y salió, dejándolo atrás. No se olvidaba nada, pero tenía la sensación de que algo se le quedaba con Zachary. No regresó a averiguarlo.
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No lo soportaba, lo tenía harto.
Primero, tenía lagunas mentales. Había momento en lo que recordaba estar en el lago relajándose un rato después de visitar el pueblo y después despertaba en su habitación. También algunos de sus trabajadores le preguntaban si había encontrado las herramientas que pedía, algo que él no recordaba haber hecho. Segundo, empezaban a faltar cosas en su habitación, en especial mantas traídas desde Rusia y adecuadas para el invierno. Sabía que nadie las había robado, "él" las sacó de la habitación. ¿Pero a donde las llevó? Lo mismo pasaba con algunos futones y prendas de ropa. En dos ocasiones tuvo que mentir a Vladimir sobre prendas de ropa que buscaba y no estaban, pues no sólo eran propias sino que las del ruso eran extraídas. Tercero, y quizás lo absolutamente más extraño de todo el caso: Suoh ya no se manifestaba. Desde hace varios días ha estado en un absoluto silencio, como nunca antes sintió en los últimos 16 años. Solo aparecía expresamente cada vez que Vladimir o Vahlok se dirigían a él, pero incluso ignoraba a Kenshi. Y éste no lo entendía. ¿Qué mosco le picó ahora?
Kenshi en ningún momento le comentó algo a nadie, ni siquiera a Kuma y Kaoru. Estaba un poco inquieto. En verdad le preocupaba este hecho, el como no podía saber qué tramaba su otra consciencia, porque algo sí sabía y era eso: Suoh tramaba algo. ¿Laguna mentales continuas? ¿Cosas perdidas? ¿Poca interacción? ¡Suoh ni siquiera pedía estar con Vladimir! En todos esos años, aun teniendo a Ruslán de bebé, Suoh hacía eco de su deseo de que el ruso esté cerca. Ese invierno prácticamente, si no fuera porque Kenshi empezaba a sentirse asfixiado, el dragón se la pasaba sobre Vladimir todo el tiempo. Ahora el invierno acababa y ya en cinco días se daría inicio a la época de primavera.
Las flores de cerezo estaban abriendo lentamente, varios árboles ya estaban en su auge y sus niños no estaban allí. Sería la primera vez que no verían los árboles de cerezo florecer juntos. Pasaban el invierno en Rusia y siempre volvían antes del comienzo de primavera.
Dio un largo suspiro.
—Ottori-sama. —Una joven sirvienta hizo una inclinación en respetuoso saludo—. Jim-san acaba de llegar. —Se hizo a un lado para dejar pasar al africano.
—Qué cara larga traes. ¿Cómo estás?
—Diría bien. —Estiró la mano para beber otro sorbo de té—. Solo que ese 'bien' no es 'bien' sin los niños aquí.
—¿Todavía no tienen noticias de ellos?
—Nada. —Dejó la taza en la mesa. Habían llamado hace poco, pero para él no era suficiente—. Ni una maldita llamada por ese aparato. Claramente fue una pérdida de tiempo instalarlo.
—En algún momento volverán a llamar, no te preocupes. —Jim entró y dejó su cesta usual a su lado, de la cual procedió a sacar algunos dulces—. He hecho unos nuevos. —Le mostró unos dulces rosados, con una hoja adornándolos.
El olor de la flor de cerezo, muy ligero y más dulce, llegó a la nariz de Kenshi.
—¿Cerezos?
—Es un mochi hecho con flor de cerezo rojo, relleno con alubias rojas. —Sujetó el dulce por la hoja para pasárselo a Kenshi—. Lo llamo "sakuramochi". —Jim rió por el nombre.
—Cuánta originalidad —ironizó el japonés. Lo tomó, olisqueándolo un momento. Olía muy bien, era casi como tener la flor en sus manos. Y al probarla, suspiró. El toque era dulce, un poco ácido, y la textura muy esponjosa—. Está muy bueno.
—Gracias. Preparé muchos para todos. —Sacó varias panelas con los mochi rosados—. Esos son para el doctor y para ti. Iré a repartir esto a tus empleados.- se puso en pie—. Vuelvo en un rato.
Kenshi asintió, y esperó a que Jim saliera. Terminó el dulce que tenía en la mano antes de ir por otro.
—Siento como si comiera parte de mí con esto —murmuró y luego dio un primer mordisco—. ¿Qué te parece, lagartija?
Hubo un silencio sepulcral en la estancia y su mente. Kenshi empezó a masticar un poco más lento.
—¿Suoh? ¿Vas a seguir con la ley del hielo? ¿Qué demonios estás tramando tú? —Entrecerró los ojos ante el silencio, otra vez. A veces se asustaba por ello, tan acostumbrado a sus interacciones, por muy pequeñas que fueran pues aún con todos esos años, el dragón solo se permitía ser más extrovertido con Vladimir. Ni siquiera con las crías lo era—. ¡Maldita sea, ya no te aguanto! ¡Si vas a hacer algo estúpido, más te vale desistir de ello! ¡Suficiente tengo con los mocosos fuera del país para que vengas tú a hacer quien sabe qué! —Siguió despotricando en japonés, en ningún momento recibiendo respuesta. Era como si le gritara a una pared, y eso sólo le hacía enojar más. Odiaba ser ignorado cuando estaba regañando a alguien.
Los insultos en japonés atrajeron la atención de Vladimir que estaba trabajando en el laboratorio. El sonido de la voz amortiguada de Kenshi llegaba hasta allá abajo incluso con la puerta cerrada. Curioso, dejó su trabajo de lado y subió a la oficina de Kenshi para saber qué estaba pasando.
Estaba hablando solo, no había nadie más en la oficina excepto ellos dos.
—¿A quién insultas? —preguntó al japonés.
Kenshi se volteó con un repentino brinco, sorprendido de ser captado en esa situación. Calló.
—Eh... —Hubo silencio por un largo rato, frunciendo el ceño cada vez más pero entonces sacudió la cabeza y volvió a enfocarse en Vladimir—. El dragón que tú creaste en mi cabeza está jodiendo la paciencia.
Vladimir arqueó una ceja, apoyando un hombro del marco de la puerta y con los brazos cruzados sobre su pecho, interrogó a Kenshi.
—¿Sí? ¿Qué está haciendo Suoh que te tiene tan irritado?
El japonés abrió la boca, sin que ninguna palabra saliera de ella. La cerró y trató de nuevo, pasando lo mismo. Todavía con el ceño fruncido, gruñó y ocupó asiento frente a su escritorio.
—Bah, que se vaya al diablo —masculló por lo bajo—. Jim acaba de traer dulces. —Señaló la cesta que estaba en una esquina—. Hizo unos nuevos. Tiene sabor a cerezos.
Interesado, el ruso se acercó a la mesa, tomando uno de los dulces. Sonrió ante el rico sabor pero sobre todo...
—Siento como si estuviera comiendo una parte de ti. —Se inclinó para besar los labios de su esposo—. Pero nada se compara con el original.
—Mmh. Eso me alegra un poco —ronroneó complacido el japonés, manteniéndolo cerca un poco más para un nuevo beso. Unos golpes en la madera los interrumpió, la figura de Jim en la entrada del estudio.
—Lamento interrumpir. Buen día, doctor. ¿Ha probado los sakuramochi?
—Una receta interesante —alabó—. Convertiste a mi esposo en un dulce.
Kenshi ahogó una risa, en tanto el moreno sonrió.
—Es lo justo después de los dulces de chocolate. Todos sus empleados disfrutaron los sakuramochi. —Jim se mostró halagado—. Estoy contento de que haya resultado un éxito, y más con la temporada de los cerezos pronto a comenzar.
—Sí... —Kenshi buscó otro de los famosos dulces de cerezo—. Aún queda una semana para que florezcan todos—. Una semana de estrés, si Suoh seguía como estaba. Tenía que averiguar qué le estaba pasando por la jodida mente...
—Es la primera vez que pasamos la temporada sin los niños. —Se entristeció Jim.
El humor de los adultos también decayó. Habían estado llevando el asunto bastante bien, con llamadas regulares de parte de los niños y los reportes de Klaus pero había una semana que no sabían nada de ninguno y eso los ponía nerviosos.
—¿Crees que fue buena idea dejarlos ir?
—No —declaró Kenshi sin dudarlo.
Jim suspiró.
—Aunque confío en que estando juntos sabrán cuidarse, pienso que se trata de un viaje un poco arriesgado. —Estuvo callado un instante—. En especial por Michelle y el pasado que intenta ocultar Angie.
—El temperamento de Michelle es bastante explosivo cuando se trata de Angie. Él no es así normalmente. —Vlad negó con la cabeza—. Inconscientemente presiente que le está ocultando algo.
—Es parte de sus instintos —murmuró Jim, ocupando asiento frente al escritorio de Kenshi—. Solo me preocupa lo que el descubrimiento pueda afectar en él. Michelle a pesar de todo es un ser muy sensible.
—Tal vez hubiera sido buena idea decirle. Todo este secretismo... No es bueno para él. —Chasqueo la lengua.
Jim iba a expresar un pensamiento cuando volvieron a tocar la madera y entró la nana Mitsuki, quien dirigía la cocina en la casa. Hizo una reverencia a todos y se enfocó en Kenshi.
—Kenshi-sama, hay un problema en la cocina.
—¿Problema?
La mujer, ceñuda como nunca antes, dio un paso adelante.
—Hay ladrones, Kenshi-sama. Ha desaparecido cantidades de comida de los almacenes, también algunos cubiertos y vajilla.
—¿Ha pasado antes? —cuestionó Jim.
—Algunas jóvenes han comentado que han notado la falta de prendas de cama y almohadones. Eso desde hace un par de días.
Kenshi solo apoyó el codo en la rodilla, mordiendo el borde de la uña en su pulgar. Más cosas que faltaban. Y tenía el leve recuerdo de estar acarreando una carreta con bolsas de lana con comida y...
—Sugiero que se registren a todos —continuó la mujer, cruzada de brazos—. Y se interrogue.
—¿Cómo es que no hemos notado a alguien llevándose las cosas? ¿De qué sirve tener soldados patrullando los terrenos si no hacen apropiadamente su trabajo? —interrogó el ruso, molesto con el robo de cosas.
—Me encargaré de eso. —Kenshi prefirió ponerse en pie antes de que las cosas empeoraran. No iba a poder dar órdenes de registrar a nadie cuando el culpable estaba en su cabeza. Condenada lagartija—. Nana, descuida. Las cosas volverán. —Salió del lugar sin dar una segunda mirada a nadie.
Jim parpadeó sorprendido, al igual que la nana.
—¿Sabe algo que yo no? —cuestionó Mitsuki.
—Ha estado un poco raro. —Jim se dirigió a ella—. ¿Qué tanto se han llevado de las cocinas?
—La cantidad es solo un tercio pero es significativa, en especial legumbres y verduras. —Miró a Vladimir—. Nadie ha visto en qué momento entraron y se llevaron las cosas. Sospecho que es alguien mismo de la servidumbre.
Vlad estaba escuchando a medias a la mujer mayor, intrigado con la actitud esquiva de Kenshi ante un problema en la casa feudal. Normalmente estaría pidiendo la cabeza del ladrón, en cambio trató el asunto como si no fuera la gran cosa.
—Raro —murmuró.
—Es completamente raro. —Asintió Jim—. Nunca antes se había presentado un robo, excepto las veces que desaparecía comida y descubrimos que se trataba de Michelle. —Aclaró luego de cruzarse los brazos, pensativo—. Pero Mich no está aquí, y también hay robo de materiales. ¿Quién querría llevarse almohadones y prendas de cama?
—¿Aquí hay un mercado negro? Pudiera haber la posibilidad de que quieran vender las cosas del Señor Feudal. —Apenas lo dijo en voz alta, desechó la idea—. Kenshi debe saber algo.
—¿Kenshi-sama? —Mitsuki parpadeó.
Jim mantuvo la mirada en Vladimir hasta que se levantó para aproximarse a la mujer. Murmurando unas palabras, le pidió que se marchara mientras solucionaban el asunto.
—¿Qué le hace creer que está relacionado? —cuestionó en el momento en que se vieron solos. Tendría que ir luego a la cocina, estaba seguro de que Mitsuki no iba a quedarse tranquila sabiendo que había ladrones en la casa.
—No es que esté relacionado —aclaró—. Sólo pienso que él debe saber quién es el culpable, o no hubiera reaccionado tan calmadamente. Tú lo conoces. —Señaló al negro—. Él no tolera la insubordinación, y si el ladrón fuera un trabajador de la casa estaría pidiendo su cabeza. En cambio no dio ninguna orden, tan sólo..."las cosas volverán". —Trato de imitar la forma de hablar de Kenshi. No le salió muy bien—. Él sabe algo.
—Hmm. —Jim suspiró largamente—. ¿Y si intentara hablar con él, doctor? Mitsuki estará mirando con ojo de halcón a todo aquel que entre en la cocina y probablemente hasta querrá dormir allí. —Trató de sonreír como si algo le divirtiera—. Es muy recelosa con su zona de trabajo. Por otro lado... —Jim rascó su nuca, un poco desconcertado ahora mientras pensaba en la actitud del japonés—, no sé qué decir. Aun si Kenshi supiera algo, no dejaría que sus cosas fueran sacadas de la casa. Ya ha visto como se pone maniático con dejar las cosas donde deben ir. Sí es... es extraño que esta vez sea permisivo.
—Voy a averiguar qué pasa con él. Mientras tanto, dile a la señora Mitsuki que habrá más patrullas de soldados para vigilar el terreno e interrogantes a la servidumbre.
—Por supuesto. —Asintió Jim con un gesto de cabeza.
CONTINUARÁ...
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