Capítulo 16

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Klaus, como pocas veces, despertó aturdido y bastante tarde. Su trabajo como parte de la milicia del Señor Feudal de Hiroshima no le permitía flojear, e incluso en ese viaje no se había quitado la costumbre. Descubrir que estaba en un cuarto que no reconocía con la luz entrando a raudales por la ventana lo dejaba totalmente desconcertado, sin mencionar su desnudez y el ligero dolor de cabeza en el fondo de su mente. Eso sólo podía significar una cosa: esto era culpa del dragón.

Su mortificación empeoró al darse cuenta de los olores que le rodeaban: sexo y durazno, una combinación embriagadora en su opinión pero al mismo tiempo muy mortificación sobre todo porque recordaba perfectamente haberse acostado a dormir mientras Bárbara leía a su lado en la cama. Pensando que era mejor volver al hotel para darse una ducha, comenzó a juntar su ropa. Se sorprendió al encontrar una nota en sus pantalones... de parte de Yuki, no, de Yu, invitándolo a unirse a él nuevamente está noche en el mismo hotel. Feyn obviamente estaba feliz con la idea, para Klaus era un poco más complicado.

Caminando casi en automático, devolvió sus pasos al hotel en el que se hospedaba con su familia. Grande fue su sorpresa al descubrir a Michelle que venía en dirección opuesta a la suya.

—¿Qué haces deambulando tan temprano por ahí? —cuestionó el alemán cuando ambos llegaron a la entrada del hotel.

—Yo, am... —Michelle echó una mirada sobre su hombro, era notable la tristeza en sus ojos si bien hacía un esfuerzo por ocultarlo—, salí a pasear con un... un amigo. Me invitó a desayunar los panecillos que Bard prepara para mí. —Regresó su atención a su padre—. ¿Qué haces tú afuera también?

—¿Un amigo? —Arqueó una ceja bastante intrigado. No es que Michelle fuera exactamente un antisocial, es sólo que era un poco arisco con las personas nuevas, igual que un gato—. No tenía idea de que habías hecho un amigo en los pocos días que hemos estado aquí.

—Ya no importa. —Michelle continuó su camino para entrar al hotel. No le preocupaba explicarle a su padre, ya no debería ver otra vez a Zachary. Ahora más que nunca deseaba que Angie regresara.

Pasando un brazo sobre sus hombros, Klaus condujo al menor hasta el lobby donde había una chimenea grande y unos sillones cómodos.

—Me parece que sí importa. ¿Quieres hablar de eso?

Michelle recostó la cabeza en el hombro de su padre, con la vista en un punto de la pared en frente. Su nariz picaba, pero Michelle no estaba dispuesto a llorar. No tenía razones lógicas para llorar.

—Papá..., cuando besas a Bárbara..., ¿sientes lo mismo a cuando besabas al papi de Irina?

El alemán soltó un apesadumbrado suspiro. Por mucho que se había esforzado, tratando de superar la pérdida, convenciéndose a sí mismo que podía seguir adelante... su esfuerzo, por supuesto, fue en vano.

—No —dijo al fin—. Es completamente diferente.

—Es... como una chispa que falta, ¿verdad? —murmuró, sin ánimo alguno—. Es algo así a como me siento. Y no sé por qué. Yo... yo quiero a Damian, lo quiero mucho. Ha estado conmigo luego de lo ocurrido con Minegishi, me ha hecho feliz y no me he sentido solo pero... —Al cerrar sus ojos, lo acontecido en aquel apartamento con Zachary invadió su mente y estrujó algo en su pecho—, cuando estoy con Zach todo se siente tan vivo. —Se inclinó, apoyando los codos en sus rodillas y usó las manos para cubrir su rostro—. Me siento confundido y me da miedo. No quiero herir a ninguno.

—No es un secreto para nadie que Damián no es de mi total agrado desde que insistió en que quería tener una relación contigo, aunque, siendo sinceros, creo que me sentiré de esa manera con cualquiera que intente acercarse demasiado a ti. —Pasó su mano por la espalda de Michelle, dándole largas caricias, intentando consolarlo como cuando era un niño—. Michelle..., no es bueno intentar engañarse uno mismo. Te lo digo por experiencia, hijo. Intenté convencerme a mí mismo de que podía seguir adelante, tener una relación, pero la realidad es que nunca podré olvidar a mi tesoro. Incluso dieciséis años después, llega un completo extraño con el mismo olor de Yuki y yo pierdo la cabeza por completo.

—Pero, papá... —Michelle lo miró, sus ojos atormentados—, tú eres un caso especial. Tú escogiste a una sola persona, para toda tu vida. En cambio, yo... Papá, no quiero escoger y después arrepentirme. Damian ha estado conmigo por más de dos años, y estoy bien con él. Y si... ¿todo esto con Zach es solo porque es diferente y, no sé, todo cambia? —Bajó la cabeza—. No importa lo increíble que sea todo con él cerca y que él acepte como sea. —Una mano viajó a su gorro, sintiendo una oreja debajo—. Con Damian también me divertí anoche y—

Cualquier palabra de consuelo que Klaus pudiera tener para su hijo murió en el instante en que entendió las implicaciones en las palabras de Michelle. Con los dientes apretados y los ojos entrecerrados, clavó su furiosa mirada en el menor.

—¿Ustedes hicieron qué?

—Salimos a cenar anoche juntos. —Michelle le miró confundido, inocente, por ningún momento pensando en lo que hubiera entendido Klaus—. ¿Recuerdas? Tuvimos una cita... —Poco a poco pareció entender lo que pasaba por la mente de Klaus, y tuvo un pequeño sonrojo en sus mejillas—. No hicimos nada, papá, fue un desastre. ¡Un completo desastre! —Quiso cubrirse el rostro con la gorra—. Tuvimos una linda cita y toda la noche se arruinó por mi culpa. Y no con eso, yo... engañé a Damian hoy, besé a Zach... ¡Soy el peor novio del mundo!

La aclaración de su hijo le bajó un poco el enojo pero eso no quería decir que fuera a olvidar el detalle de que Damián había intentado hacer algo con su cría. Respirando hondo, prefirió concentrarse en el problema de Michelle. Volviendo a pasar su brazo por sus hombros, lo atrajo en un o flojo.

—No te estoy incentivando a que hagas "cosas" con cualquiera de los dos. La simple idea me enfurece, pero en este caso creo que deberías evaluar tus sentimientos cuidadosamente.

Michelle abrazó a Klaus, todo lo fuerte que era capaz, y cuando intentó respirar su olor, captó uno que no era el suyo. Ahora que lo tenía cerca, Michelle captaba el durazno rodeándolo. ¿Yu no olía a durazno?

—Papá..., ¿acaso tú...?

—Oh, están aquí abajo. —La voz de Bárbara les interrumpió, y cuando Michelle se giró, vio que bajaba con Irina y –el cielo le ampare– Damian—. ¿Están listos para el desayuno?

Avergonzado por el comportamiento que seguro habría tenido anoche el dragón con la mujer rubia, Klaus bajó la mirada. Él tenía que lidiar con sus propios problemas amorosos.

—Yo, eh..., necesito un baño.

Bárbara sonrió comprensiva, y tampoco lo miró demasiado.

—Por supuesto. Irina, cariño, ¿qué te parece si damos una vuelta mientras esperamos a tu padre? —sugirió a la joven, colocando una mano en su hombro.

Irina no estaba de acuerdo. Quería ir con su papá, se notaba en su semblante que estaba mortificado pero cuando fue a expresar su opinión en voz alta, el alemán ya se había escapado de su rango de visión, apenas fue capaz de verlo subiendo las escaleras del hotel a toda prisa. Claramente huyendo de la situación. Frunció el ceño, miró a Bárbara detenidamente; sabía que ella no le iba a dar ninguna explicación pero esperaba con la presión de su mirada descubrir qué estaba pasando.

Mientras tanto, Damián era completamente ajeno a lo que pasaba entre los adultos. Tenía su atención fija en Michelle. Se sintió bastante desconcertado esta mañana al despertar cuando descubrió que su novio se había escapado, y no podía utilizar otra palabra puesto que tuvo que ser extremadamente silencioso para no despertarlo mientras se vestía y salía de la habitación que compartían, sin mencionar la temprana hora a la que se fue. Era más probable que cayera un meteorito que Michelle levantándose temprano por voluntad propia.

—¿Dónde estabas? —cuestionó al castaño cuando se acercó a él.

La mujer pasó un brazo por los hombros de Irina, instándola a caminar.

—Vamos. Eres una joven fuerte e inteligente. Confío en que podrás comprender la situación...

Michelle miró de reojo a ambas mujeres, como pidiendo en silencio que no le dejaran solo con Damian allí, pero ninguna les observó. De pronto Michelle se sentía minúsculo, más aún cuando no se le ocurría una excusa convincente para Damian. Que simplemente despertó y salió a dar una vuelta no era para nada creíble siendo él.

—Yo, pues, fui a... a comprar unos panecillos. No quería que me pasara lo mismo del otro día. —Se rascó una mejilla—. Estaban tan buenos que me los comí todos. Lamento no haberte traído algunos.

Damián, completamente ignorante de la culpa que sentía Michelle, tan sólo rodó los ojos.

—Me sorprende que no estés gordo por la cantidad de dulces que comes. —Apretó una de sus mejillas—. ¿Qué voy a hacer contigo?

Michelle sonrió tímido.

—Siempre estoy activo. —Abrazó a Damian, besando su cuello—. Yo... Damian, quiero que volvamos a intentar lo de anoche... —murmuró cerca de su oído—, pero... a mi manera, ¿sí? De una manera que yo me sienta cómodo. —Se alejó para verlo—. Déjame prepararlo todo.

Damián sintió su ánimo elevarse ante eso, le devolvió el abrazo a Michelle. Caminaron con entusiasmo siguiendo el camino de las mujeres poco después Klaus se les unió en el restaurante.

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Al momento de salir de la oficina, Kenshi no se dirigió expresamente al patio para hablar con los guardias, u a la zona donde se reunía la servidumbre para discutir lo ocurrido con la pérdida de cosas. En cambio, fue directamente a su habitación y se paró en frente del armario, abrió una de sus puertas y miró su reflejo. Miró a Suoh. Seguía siendo raro verse a sí mismo pero sin ser él, ver al dragón allí y no su propio yo.

No importaba cuantos años pasaran.

—¿Qué? —exigió, bajando la voz para no ser oído—. Llevarte cosas, causarme amnesia, ya ahora soy yo quien tiene que acercarse a Vladimir porque tú, lagartija, ni lo haces —enumeró, entrecerrando los ojos luego—. ¿A dónde llevaste las cosas? —Suoh no contestaba, solo lo observaba en silencio. Testarudo—. ¿Es un amante, es eso? —Recibió un gruñido de él, de sí mismo. No, de Suoh—. ¡Entonces!

Lo vas a arruinar todo. —Fue la única respuesta que pudo obtener.

—¿Qué demonios voy a arruinar si no sé qué es lo que estás haciendo? —Sacudió sus cabellos, comenzando a caminar de un sitio a otro.

Tenía que pensar. Suoh debía haber llevado esas cosas a un lugar cercano, no creía que fuera tan lejos. Si recorría los alrededores, podría hallar el sitio donde lo ocultaba y devolverlo. Eso calmaría a sus trabajadores. O tal vez comprar algo nuevo, decir que no habían robado nada sino que había vendido algo por... alguna razón y...

Oh, santo cielo. Dejándose caer en el futón, trató de pensar en alguna salida. No podía estar lidiando con esta molestia a pocos, poquísimos, días del florecimiento de los cerezos.

Vladimir pasó un rato hablando con los guardias y algunos sirvientes. Tardó más de lo esperado porque le costaba darse entender con algunas palabras que todavía no dominaba. A pesar de vivir en Japón por más de una década, hablaba en su mayoría en inglés o ruso con su familia, incluso los gemelos se comunicaban en inglés con él para su comodidad, su manejo del japonés era básico. Klaus hablaba más japonés que él dado que se codeaba con los guardias y constantemente tenía que darles órdenes al ser el jefe de seguridad.

Por fin, con las órdenes dadas a guardias y trabajadores, pudo ir a su cuarto. En el camino le pareció extraño que Kenshi no hubiera hablado con ellos desde un principio, su esposo se estaba comportando muy extraño, como si el robo a la casa feudal no fuera la gran cosa... Tal vez no pero era preocupante saber que había un hueco en la seguridad para que un ladrón saliera y entrara llevándose cosas sin que nadie lo notara. Lo próximo sería una infiltración de enemigos queriendo cercenar el cuello de Kenshi si no tenían cuidado.

Al entrar a la habitación de encontró con el objeto de sus pensamientos dando vueltas por la recamara, con el espejo del armario a la vista.

—¿Kenshi? ¿Estás bien?

El japonés dio un traspié por la sorpresa, girándose al notar la llegada del ruso. Tardó un minuto en responder.

—Sí, claro. Solo pensaba... —Hizo un gesto despectivo para restar importancia— en... en... el asunto este del ladrón. —Dio un vistazo al espejo antes de dejarse caer en el futón.

Vladimir asintió conforme. Terminó de entrar a la habitación, cerrando la puerta tras él con un deslizamiento de la madera.

—Hablé con los guardias y los sirvientes. Hubiera sido más sencillo que tú hablaras con ellos, a mí casi no me entendían. —Hizo un gesto con la mano como tema aparte—. Harán patrullas más seguido e interrogaran a todos los que trabajan en la cocina y el mantenimiento de la casa.

Kenshi no dijo nada de inmediato. Tal vez podría hablar con los gemelos, Kuma y Kaoru podrían echarle una mano para calmar a todos. Hizo una mueca. Suoh estaba resultando un problema y no entendía qué estaba haciendo. No quería decirle nada a Vladimir, tenía que solucionar qué se traía entre manos la lagartija por sí mismo.

—Luego hablaré con ellos para... para... hacer un inventario —pensó rápidamente—. No se han llevado cosas de valor —notó. Suoh solo se había llevado comida, mantas y cosas sin importancia—. Vladimir, si de la nada te diera por llevarte comida y mantas, ¿para qué lo harías?

El ruso arqueó ambas cejas por la pregunta tan inusual.

—Emm... No lo sé... Suena como si quisiera construir un refugio. —Se encogió de hombros—. Comida y mantas es lo primero que guardas cuando quieres hacer un refugio en caso de un ataque.

—¿Un refugio? —Kenshi permaneció en silencio, pensativo. De ser así, ¿para qué Suoh querría un refugio? No estaban en guerra..., bueno, esperaba que ya no ocurriera ninguna. Su gente todavía seguía recelosa de extranjeros, a pesar de los años, producto de la guerra con los americanos—. Ya veo... —declaró finalmente.

—Hay algo que no me estás diciendo —señaló el ruso—. Sabes quién está haciendo esto. —Estaba bastante seguro de que Kenshi sabía—. ¿Por qué no quieres decirlo?

—¿Qué? ¡No! —Negó con fervor, ceñudo—. No, no, no. En lo absoluto. Solo estaba preguntándome qué... qué podría hacer ese ladronzuelo con esas cosas. —Se sentó en el futón. Apoyó el brazo en la rodilla, mirando a Vladimir. Suoh no estaba feliz con decirle nada, pero se le ocurría que probablemente él pudiera saber qué ocurría con Suoh... Si tan solo eso no le hiciera sentir idiota por tener que preguntarle a alguien más, siendo él quien compartía particularmente las 24 horas con la lagartija... — Oye, Vlad... —Abrió la boca para continuar, simplemente las palabras no salían de su boca—, ¿te han llamado los demás por ese aparato que instalamos? —terminó diciendo.

Vladimir suspiró.

—No. No han aparecido. Pero llamó Finnian, como todos los días —negó mientras sus labios se extendían con una sonrisa—. Está encantado con el teléfono.

Kenshi rodó los ojos.

—Es el único entusiasmado, ya imagino la factura de pago. —Le dio una pequeña sonrisa en diversión. Con Finnian llamando todo el tiempo, y a larga distancia, se compadecía de su esposo—. Solo que preferiría que llamasen los demás. Ya ha pasado una semana y en una semana pueden pasar muchas cosas —dijo con un poco de amargura, solo que no podía evitarlo. Aun con los años, tenía muy presentes los eventos que ocurrieron en América.

—Estoy de acuerdo. Me preocupa aún más que Angie esté involucrada. —Se pasó la punta de los dedos por la barbilla—. Siempre que ella está involucrada hay una tragedia. —El ruso pensó que eso era algo horrible de decir pero era cierto.

—Sí... —El ceño fruncido de Kenshi se mantuvo, sus pensamientos ahora desviados a Angie. El que más le preocupaba era Michelle. No lo demostraba, pero el niño había sufrido mucho de no tener a su madre o padre, cierto era que Klaus y todos lo amaron mucho, pero las diferencias entre Michelle y ellos parecían ser un recordatorio de que no compartían la misma sangre, no importaba qué dijeran u hicieran—. Ella va a causar una tragedia, tarde o temprano.

—Por mucho que me disguste la idea, tengo que estar de acuerdo contigo. —No faltaba mucho para la puesta del sol, y en esa época con los cerezos a punto de florecer todavía hacía un poco de frío por lo que pensó en ponerse un suéter tejido que le regaló su madre hace años—. Tan sólo podemos esperar que todo salga bien —comentó mientras rebuscaba en el armario pero no lograba encontrar el suéter—. ¿Has visto mi suéter tejido? El de color azul...

Eso atrajo de inmediato la atención de Kenshi. ¿No estaba ahí? Poniéndose en pie, rebuscó en el cajón del armario que ocupaba esas prendas, sin hallar nada. Sabía que no fue lavado, Vladimir no se lo había colocado antes. Se alejó del armario, pensativo, y notó que desde su posición podía ver su reflejo. Y Suoh...

Gruñó.

—Creo que... no está aquí.

—¿Se lo llevaron a lavar? —preguntó mientras seguía buscando en los cajones.

—No. Eh..., no lo creo. —Kenshi no apartó mirada del espejo hasta un minuto después—. Me refería a... a que debe estar con las... otras cosas. Cosas desaparecidas. —Se cruzó los brazos—. Lo siento. Pero los vamos a recuperar. No va a desaparecer por siempre.

Dejando de buscar en los cajones, miró a Kenshi con los ojos entrecerrados.

—De acuerdo... —Chasqueando la lengua, se dio la vuelta para seguir buscando algo que le abrigara.

—Bien... Mmh..., necesito hablar con... —empezó a caminar a la puerta—. Vuelvo en un momento —avisó antes de salir de la habitación. Tenía que encontrar a Kuma y Kaoru, enseguida.

Vlad arqueó una ceja. El comportamiento de Kenshi era más y más extraño cada vez. Vagamente escuchó la voz de Vahlok sugiriendo que podría tratarse de un amante. Ambos sopesaron la idea pero la desecharon enseguida.

Hallar a los gemelos fue un poco complicado con sus pensamientos dirigiéndose a otro lado, en especial reclamando a un dragón que se negaba a prestarle atención. Lo peor era que temía que apenas bajara la guardia, Suoh aprovechara para llevarse más cosas. Sus guardias no iban a poder detener un supuesto ladrón cuando era él mismo.

Los halló en sus habitaciones, dispuestos a dormir o no, justo en ese momento no le preocupaba.

—Tenemos un problema. —Entró sin tocar, se fijó si no había nadie cerca y cerró luego de entrar—. También se ha llevado cosas de Vladimir.

—¿Te refieres al ladrón misterioso? —Los gemelos se enderezaron en los futones, Kaoru estaba sin sus lentes por lo que parecían dos gotas de agua.

—Vladimir tuvo una charla con el personal. Fue muy cómico verlo intentar comunicarse con su precario japonés. —Obviamente ese era Kuma, nunca llamaba a nadie con el honorífico correspondiente a diferencia de su gemelo.

Kenshi prestó atención alrededor, casi en un gesto paranoico, y se acercó a ambos, acuclillado entre ellos.

—No hay un maldito ladrón misterioso. —Bajó la voz—. Su... Su... —Lo intentó una tercera vez—. Suoh se ha estado llevando todo.

Sorprendidos, los gemelos se miraron entre ellos y luego a Kenshi como si esperan que le creciera la cabeza del dragón sobre el hombro en cualquier momento.

—¿Por qué? —dijeron al mismo tiempo.

—¡No lo sé! ¿Creen que si lo supiera, no estaría aquí o le dejaría? —Se dejó caer, frustrado—. Ni siquiera sé en qué lugar tiene las cosas. No puedo recordar qué hace. Es como si realmente fuera otra persona pero... soy yo... ¿entienden? —Con sus manos se alborotó los oscuros cabellos, despeinándose totalmente—. No quiere decirme nada.

—Creo que en este punto deberías hablar con Volsk—san —sugirió Kaoru.

—Cierto. Él es el experto en lagartos. ¿No? —Kuma volvió a recostarse en el futón, con sus brazos bajo su cabeza.

—No me deja decirle. —Le miró ceñudo—. No quiere que él sepa. Además... es raro que tenga que recurrir a él por algo que está haciendo mi propia lagartija. Se supone que está en mi mente. —Con sus manos hizo un gesto para restar importancia a ese asunto—. No vine para eso, sino para que traten de calmar a los demás. Están tomando medidas por un supuesto ladrón que no pueden detener si soy yo mismo... o Suoh... como sea.

—De acuerdo. Trataremos de calmar a los demás pero...

—¿Qué quieres que hagamos si desaparecen más cosas?

Ese era el asunto. Si Suoh seguía llevándose más cosas, no iba a poder calmar a los sirvientes, ni seguir ocultándolo a Vladimir. Si no sabía qué hacía el dragón con eso, no iba a saber si iba a llevarse más.

—No lo sé. Por ahora solo... tranquilicen a todos. Trataré de hacer algo con la lagartija. Pero no me den más dolor de cabeza del que ya me está dando por culpa de él.

—Calmaremos a los demás —aseguró Kuma, Kaoru asintió a las palabras de su hermano.

—¿De verdad no se te ocurre por qué lo está haciendo? —insistió Kaoru.

—No le dije directamente, pero... según las cosas que se ha llevado, Vladimir cree que es un refugio, uno en caso de ataque. —Si bien tendría sentido, Kenshi no estaba seguro de esa idea—. De ser así, es muy raro que Suoh quiera hacerlo ahora... No estamos en guerra o algo parecido.

—Pero... —Kaoru se mordió los labios. No sabía si lo que se le ocurrió tenía sentido—. Estamos por empezar la primavera.

—¿Y eso qué? —cuestionó Kuma.

—Quizás Volsk—san tenga razón.

Kenshi se levantó.

—Tenga razón o no, es ridículo. No necesitamos un refugio. ¡Se está llevando todo! —exclamó—. Tengo que detenerlo, quiera o no. Me tiene harto —masculló mientras salía de la habitación.

—Vamos a dormir... Mañana hablaremos con los demás. —Kuma se acomodó para dormir. Era escandalosamente temprano pero ellos tenían que levantarse al alba para comenzar sus quehaceres a diferencia de Kenshi que se quedaba durmiendo hasta tarde.

Kenshi tomó el camino de regreso a su habitación, pensando en qué llevaría a Suoh a querer hacer un refugio. ¿Sería por algún informe, tal vez se sentiría paranoico? No, nada de lo que pensara tiene sentido.

—Ponlo aquí. —Escuchó la voz de una joven—. Es una de las mantas más valiosas que tenemos. Vino de China, los niños la usaron en inviernos pasados. —Oh, era la voz de Mitsuki. Recordaba esa manta, Michelle peleaba con Irina y Ruslán por querer acapararla. Era de una tela muy fina y caliente, solo la usaron en pocos momentos por la exquisita fibra en la que estaba hecha—. Tenemos que resguardarla de ese bandido.

Kenshi suspiró y continuó. Luego se detuvo. Esa era el cuarto de sus padres, luego de la muerte de Ottori nunca más fue usado excepto para almacenaje. Tenía sentido que la nana resguardara la manta allí por ser un sitio al que pocos van, pero...

—Si estás supuestamente resguardando todo... —Se frotó los ojos. Desde que inició este asunto, tampoco había podido dormir bien—. La manta de mamá... —Alargó la caminata por los pasillos de la casa, pensando. Suoh con probabilidad iría tras la manta, parecía llevarse todo lo que era más abrigado. Y lo hacía mientras todos dormían. Si tan solo alguien le vigilara mientras dormía... Tomando una decisión, regresó a la habitación. No tenía idea de qué hora era, solo imaginó muy tarde—. Vladimir...—llamó, ceñudo.

El ruso levantó la vista del libro que estaba leyendo. Evidentemente ya estaba acomodado para dormir, tan sólo esperaba a Kenshi.

—¿Qué pasa?

Kenshi mantuvo la vista en él, claramente queriendo decir algo sin que ninguna palabra pudiera salir de sus labios. Sus mejillas se coloreaban cada vez más, haciendo un gran esfuerzo hasta bufar aire.

—¡No puedo con esto! —exclamó—. O le digo, o iré con Jim, que nos encierre cada noche hasta la mañana siguiente y sabes que lo haré. Tú decides. No, ahora... —miró nuevamente al ruso—. La lagartija planea algo. ¡Va a llevarse la manta de mi madre a quién sabe dónde! —declaró como un niño malcriado.

Suspirando, el europeo dejó el libro en la cama. Eso era lo que estaba escondiendo Kenshi.

—Ven acá —dijo suavemente, extendiendo sus manos al japonés mientras sacaba sus piernas de la cama. Cuando Kenshi llegó a su lado, mostrando una expresión enfurruñada, lo abrazó—. Suoh. ¿Qué pasa? ¿Por qué estás haciendo travesuras? Normalmente no eres así. —Dejó un beso en el esternón—. Estás alterando a Kenshi.

Hubo un silencio largo, Kenshi aún se mantenía ceñudo. Entonces bufó.

—Sí estás haciendo algo. Escuchamos a nana guardar la manta de mi madre por el supuesto ladrón, él esperará a que todos duerman para llevárselo a su supuesto refugio. —Entrecerró los ojos—. La manta de mi madre no va a salir de esta casa. Y tú vas a hacerte cargo de eso. —Señaló al ruso.

—No te alteres —aconsejó a Kenshi. Pasando sus manos por sus muslos, incitó al japonés a subirse a su regazo, sus piernas en torno a la cadera del ruso—. Suoh —intentó de nuevo, quería hablar directamente con el dragón—. Estoy seguro de que puedes prescindir de la manta. ¿Por qué haces esto?

No hubo respuesta por parte del dragón en ningún momento. Kenshi se cruzó de brazos.

—No va a responderte. Estás a cargo de cuidar de la manta.

Torciendo la boca, Vladimir terminó por asentir.

—Cámbiate, es hora de dormir —le dijo a Kenshi esta vez. Le dio un beso en el cuello antes de soltarlo.

Kenshi obedeció, colocándose un pijama más abrigado y un suéter por encima. Miró nervioso a la puerta, preocupado por la manta pero volvió a la cama un minuto después.

—Ten un ojo abierto —sugirió, buscando una postura más cómoda.

—Creo que esto podría ayudar. —Apenas Kenshi se acomodó en la cama, Vladimir lo halo a su lado, cerrando sus brazos en torno a su cintura—. Así me daré cuenta si intentas salir de la cama.

Riéndose, Kenshi hizo lo mismo con Volsk, apretando más ambos cuerpos hasta que no hubo separación alguna.

—Perfecto. Podré dormir mejor de esta manera. —Repartió besos en su cuello, mandíbula y labios—. Y si llegara a hacerlo, sígueme la cola —añadió, ocultando el rostro en el hueco entre su cuello y hombro—. No me pierdas de vista.

La pareja no tardó en quedarse dormida, hablaron en susurros durante un rato y compartieron más besos hasta que el sueño los venció... Durante la madrugada, sintió a Kenshi removerse entre sus brazos, muy sutilmente. Apenas sintió que estaba intentando zafarse de sus brazos, apretó el agarre sobre su cintura.

—¿A dónde crees que vas?

Hubo un pequeño carraspeo, y una ligera imitación en la forma de hablar de Kenshi.

Solo... debo ir al baño. —Trataba de mantener la cabeza baja.

Se escuchó un gruñido soñoliento, y luego la voz más profunda del dragón azul.

Suoh..., sé que eres tú.

Lentamente, la cabeza del japonés se fue moviendo, Suoh levantando la mirada hasta que sus ojos se toparon con los amarillos del dragón.

En verdad tengo ganas.

Entrecerrando los ojos presionó el vientre del menor.

Puedes aguantar hasta la mañana.

N—no puedo. En verdad tengo que ir —susurró—. Será rápido, por favor... —suplicó.

¿Por qué no quieres hablar con Vladimir? —cuestionó en cambio—. Los has estado evitando. Me estás evitando a mí —reclamó con fuerza.

¡No! —Suoh le aferró, asustado—. No, no, no es nada de eso. Es que... no es tiempo. —Se mordió el labio—. No puedo... Lo van a arruinar. —Bajó la mirada, sus ojos comenzando a aguarse.

¿Cuándo será tiempo? —Fue todo lo que preguntó.

Pronto... —Fue lo único que pudo decir Suoh. El pensamiento de buscar la manta quedó atrás y en cambio se apretó al cuerpo del dragón, hundiendo el rostro en el hueco entre sus hombros y cuello—. Pronto, pronto sabrás.

Vahlok se estiró en la cama y luego se levantó.

Ven, vamos a buscar más cosas cálidas para que te lleves.

Suoh volvió a empujar a Vahlok de regresó a la cama, y negó.

No puedes verlo aún. No está listo. —Lo rodeó con sus brazos y piernas, ahora siendo él quien lo mantenía apresado contra la cama—. Nadie puede saber, ni Kenshi. Lo arruinaría. Pronto lo verán, lo prometo.

El dragón azul se revolvió en la cama, tratando de zafarse, estaban haciendo un desastre en la cama.

¡No lo veré! Tan sólo voy a ayudarte a conseguir cosas cálidas.

¡No, quédate aquí! —Suoh lo apretó un poco más—. Solo quiero esa manta, la puedo buscar después. —El dragón se detuvo, y levantó la mirada—. ¿Estás molesto porque me he llevado tus prendas cálidas de la casa?

No. Me molesta que escondas secretos —reclamó enfurruñado, se quedó quieto disfrutando de aroma de su tesoro impregnando la habitación—. Además, estás alterando a los otros dos idiotas.

Suoh hizo un puchero, bajando la cabeza, sintiéndose avergonzado.

No estoy haciendo nada malo. Solo... algo. —Se encogió de hombros, y volvió a acomodarse en una postura cómoda, cerrando los ojos—. Sé que te va a gustar, lo prometo.

Mmh. —Vahlok volvió a acomodarse en la cama con Suoh, esta vez en posición de cucharita—. Trata de ser más listo. Si te vas a llevar cosas, trata de que no se den cuenta.

Es culpa de esa mujer, la nana —masculló Suoh, ceñudo—. Nadie sabía nada hasta que ella llegó con escándalo. Yo traeré las cosas, en verdad. —Suoh se llevó una de las manos del dragón a sus labios, dejando un beso en la palma—. ¿Me ayudarás con eso? No quiero que hagan más escándalo.

Te ayudaré. —Besó la frente de Suoh—. No se darán cuenta de lo que está pasando. Pero espera para buscar el edredón fino. Eso será lo último.

Haré todo bien, lo prometo —murmuró en voz baja, complaciente, mientras se acurrucaba contra él, durmiendo enseguida. Estaba contento de saber que su tesoro no iba a detenerlo y que lo ayudaría, además de que eso aumentaba su ansiedad por finalmente mostrarle lo que hacía.

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En Italia, Ruslán ayudaba a Gerardo a regar las plantas. Había disfrutado despertar aquella mañana en los brazos del mago, y besarlo por largas horas hasta que el hambre les hizo levantarse del lecho. Ruslán sentía que vivía en un sueño. A veces se descubría a sí mismo observando a Gerardo solo con el afán de verlo, y cuando el mago le notaba, solo... sonreía. Si sus padres le vieran ahora, definitivamente creerían que el mago le cambió el cerebro. Tal vez fuera así.

—Sabes..., creo que deberíamos ir a Canadá —habló, bajando la regadera para girarse al mago—. Ya han sido tres días, y no se han vuelto a comunicar Michelle y los demás. ¿No habrá llegado Angie? —Se acuclilló a su lado.

—Es posible que se haya retrasado, pero si ese fuera el caso habría mandado un mensaje. —Al italiano le dio una mala sensación. Él sabía a grandes rasgos en qué consistía el trabajo de Angie y sus largas ausencias tan sólo podían significar problemas.

Ruslán suspiró, alzando la vista al cielo.

—Tal vez deberíamos ir a ver cómo están. Quisiera ver cómo sigue Klaus y quizás llamar a mis padres. —Cuando regresó la atención a Gerardo, sonrió—. Tienes que conocerlos, sobre todo a mi papá. Creo que vas a caerle bien.

—¿Estás seguro de que esa es una buena idea? Lo de tus padres. —Tuvo que aclarar—. Soy unos cuantos siglos mayor que tú. ¿Crees que se tomen bien eso?

—Bueno..., ellos piensan que eres solo unos 9 años mayor. —Ruslán estiró la mano, acariciando una mejilla de Gerardo sin dejar de sonreír—. Recuerdo que en la última conversación mi padre dijo que si empezabas a seducirme, te golpeara y corriera muy lejos. —Sonrió ampliamente, casi al punto de reírse, cuando vio su expresión—. Pero ahora estoy confundido si era algo que debería ir dirigido hacia ti o hacia mí, en realidad.

—Pensaba que los japoneses eran más recatados, en cambio tú resultaste un pequeño atrevido. —Sonrió, apretándole la nariz a modo de broma.

Ruslán bufó, bastante divertido.

—No conoces todavía a papá y sus... explícitas charlas sobre sexo. Creo que él rompió el molde al nacer. Créeme. Cuando le hablé de ti, mientras mi padre sufría un colapso, papá creía que eres como un ángel caído del cielo pues estaba empezando a creer que me volvería monje. —Rodó los ojos al recordar esa charla. Con otra persona, le daría vergüenza admitirlo en voz alta, pero empezaba a confiar más en Gerardo. Se daba cuenta que era el único con quien era capaz de abrirse de esa forma—. Pienso... —Su mano se posó en la nuca del mago, sus dedos acariciaban su cabello— que tuvo razón y sí eres un ángel caído del cielo. Al menos para mí —añadió. Estaba sonrojado, pero no dudó en acercarlos para un suave beso.

—No soy un ángel, soy un guardián. —Tuvo que aclarar el mago en un momento que Ruslán le dejó respirar. Se besaron por un largo rato hasta que sus corazones latieron como uno solo.

—Entonces un ángel guardián —prosiguió Ruslán antes de apartarse, feliz de ver los labios hinchados de Gerardo por sus besos y mejillas sonrojadas—. ¿Qué te parece si regresamos a Canadá mañana a visitar a los otros? Les haré una llamada a mis padres y volvemos aquí. —Echó un vistazo a la casa—. Será solo por un mediodía, si no ha pasado nada de vital importancia.

—Rus... —El entusiasmo de Gerardo descendió. Tomando la mano del joven, lo guió hasta una sección de pasto despejada. Hizo que se sentaran uno frente al otro, estando de esa manera con sus manos entrelazadas, y con su pulgar acariciaba la mano del japonés—. Este ha sido un agradable paréntesis. Digas lo que digas, tienes una familia que te está esperando. Una vez que se realice el ritual, ¿qué harás? Todos ustedes deben volver... ¿Piensas cambiarme por tu familia? ¿Por tus padres?

—No. —El ceño de Ruslán se frunció por la consternación—. Las raíces... —Señaló los árboles que les rodeaban—. Vendré a visitarte todo el tiempo que pueda hasta que sea mayor de edad. Luego, yo... —La duda le hizo titubear un momento— quisiera vivir contigo.

—Sé que tu amor es sincero pero creo que no has pensado adecuadamente todo lo que implica. —Besó la punta de sus dedos—. Quizás cuando todo esto termine y vuelvas con tu familia, debas pensarlo adecuadamente.

Ruslán se veía un poco desilusionado, pero asintió, tratando de pensar las cosas un poco como decía Gerardo.

—Crees que sea apresurado, ¿verdad? —Por fin dijo, luego de un minuto en silencio—. De acuerdo..., lo tomaré con calma. Pero si piensas que cambiaría de opinión después, no lo creo.

—No dudo de tus sentimientos pero eres joven, muy joven. —Soltó una de sus manos para acariciar su mejilla.

—Pero no fui lo suficientemente joven para hacerte correr anoche —declaró, enarcando una ceja—. ¿Estás diciendo todo esto porque soy tan joven? ¿Cómo fue la primera vez que te enamoraste? —Tenía curiosidad de saber cómo había sido las primeras relaciones del mago. Cualquier cosa que le revelara más de su pasado. Aun cuando durara más de cien años, sentía que no tendría suficientemente tiempo para conocerlo por completo.

Las mejillas de Gerardo se coloraron de un intenso rojo. A pesar de la vergüenza, no se separó de Ruslán.

—No te diré que lo de anoche fue un error porque estaría siendo hipócrita, tan sólo pienso que debes pensar la situación. Dijiste que esto no es una calentura del momento pero si quieres tener una verdadera relación, entonces es justo que debamos saber exactamente lo que queremos.

Eso en realidad sonaba razonable, si quería tener una relación de adulto entonces debía pensar seriamente y no sólo dejarse llevar por el primer enamoramiento.

—Lo estoy tratando. —Ruslán dirigió su atención a las manos de Gerardo entre las suyas, acariciando sus dedos, entrelazándolos. Su mano era un poco más pequeña, Michelle decía que sus dedos iban a ser muy parecidos a los de su padre, y era más pálido a Gerardo. Tenían un contraste atrayente para él—. Anoche abusé de tu confianza al entrar sin permiso a tu cuarto, no es algo que hago ni quiero hacer, y en verdad... me disculpo por eso. —Le miró de reojo, pero antes de que Gerardo pudiera hablar al respecto, Ruslán continuó—. En mi familia, para mis padres y para Klaus, hay una forma en la que nos referimos a la pareja, esa que es especial y que resulta ser la primera persona que amamos, y es 'Tesoro'. Mis padres son su tesoro el uno para el otro, y la primera pareja de Klaus, con quien concibió a Irina, lo es hasta que murió. Nosotros los más jóvenes se nos ha dicho que no tenemos que guiarnos por eso, podríamos experimentar pero... —Por fin, Ruslán alzó la vista para fijarla en Gerardo—, no quiero ir de persona en persona, como si fuera ensayo y error. Quiero alguien con quien pueda tener tal confianza para hablar libremente de cualquier cosa, que pueda admirar por sus logros más allá de cualquier defecto que tenga, que sea cariñoso y capaz de llegar a amar a mi familia a pesar de sus excentricidades. Que sé que puedo amar siempre y ese sentimiento sea recíproco. Y todas esas cosas las estoy viendo en ti.

—Oh, Rus... —No hubo más palabras entre ellos, no era necesario. Casi al borde de las lágrimas por la emoción que le embargaba, Gerardo tomó el rostro del joven entre sus manos y lo acercó para un entusiasta beso lleno desbordante de emociones. Cuando el beso terminó, Gerardo unió sus frentes, le costaba encontrar las palabras adecuadas—. He visto pocas almas como la tuya, tan hermosa, tan llena de amor. Me siento afortunado.

Ruslán carraspeó, su corazón pletórico de felicidad y nervios en su interior, mientras volvía a tomar las manos de Gerardo entre las suyas.

—Yo soy el afortunado aquí. Lo sería si, Gerardo, me hicieras el honor de ser mi novio. De ser mi tesoro —añadió, dejando un beso en los dorsos de ambas manos sin dejar de mirarlo a los ojos.

Mordiéndose el labio inferior, el italiano dio un tímido asentimiento. Las lágrimas por fin terminaron por desbordarse de sus ojos, demasiado abrumado por las emociones que no sentía desde hace varios años, al menos, no con esa intensidad.

El menor respiró, cuestionándose en qué momento estuvo conteniendo el aliento, y sonrió como nunca antes, llevando las manos de Gerardo a sus hombros en tanto él tomaba el rostro del mago con las suyas, los pulgares apartando las lágrimas, y besó sus labios. Lo besó con ternura, con todo el amor que estaba sintiendo. No recordaba una vez en la que hubiera sido tan feliz como en ese momento.

—Prometo... —murmuró sobre sus labios, sin soltarlo— dar todo de mí para que seas feliz. Siempre.

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Levoch esta tan preocupado que comenzaba a sentirse enfermo, no se suponía que Angie tardaría tanto, era una misión sencilla, seducir a un hombre rico y distraerlo lo suficiente para llevarse un objeto valioso, no muy diferente a cientos de misiones que le habían encargado antes pero ya habían pasado seis días desde que se fue y estaba a cumplirse el séptimo día, una semana entera cuando en realidad debió volver en las primeras cuarenta y ocho horas.

Al francés no le quedó más remedio que seguir con su rutina y siempre rezar porque todo saliera bien. Pensó en la pequeña distracción que tuvo cuando habló con Michelle por teléfono, fue tan maravilloso escuchar su voz, había fantaseado tanto con hablar con él, añoraba ver en el adolescente que se había convertido.

Estaba pensando en que debería volver a llamarlo para poder seguir hablando cuando una de las complacedoras se le acercó, le cuchicheó al oído que Angie estaba de vuelta, a Levoch le tomó apenas unos segundos soltar todo lo que estaba haciendo en la barra para ir con la pelinegra. La encontró recostada en el área de descanso del personal del bar, tenía la ropa sucia y desarreglada, varios moretones a lo largo del cuerpo, debieron ser hechos con bastante fuerza para que resaltaran en su piel canela, la morena respiraba con dificultad.

—¡Mon amour! —dijo alterado Levoch. No era la primera vez que Angie volvía en ese estado pero a Levoch siempre se le hundía el corazón cuando la veía así. El francés hizo todo lo que estaba a su alcance para ayudarla. Cargándola, la llevó a su habitación donde se encargó de curarla lo mejor que pudo y asearla. Tenía una costilla rota, por eso le costaba respirar. No parecía haber más daño interno que la costilla y Levoch se alegró por eso.

Estaba poniéndole un paño húmedo en la frente cuando notó los ojos amarillos observándolo.

—¿Cómo te sientes, chère?

—Pregunta estúpida. ¿Cuánto tiempo llevo inconsciente? —Frunció el ceño ante lo ahogada que sonaba su voz.

—Apenas dos horas. Deberías descansar un poco más. —Con lo testaruda que era la morena, dudaba que se quedara quieta el tiempo suficiente.

—No. Quiero hacerle mi reporte al demonio para poder largarme de aquí. —Hizo el intento de levantarse pero la punzada de dolor en el tórax le hizo detenerse.

Mon amour, apenas puedes respirar adecuadamente, menos levantarte. Descansa un poco más.

—Levoch, me voy a levantar de esta cama con o sin tu ayuda. —Amenazó la morena. Al francés no le quedó de otra que ayudarla

Tuvo que ayudarle a maquillarse para que no se le notaran los moretones en el rostro y también a vestirse, al menos a verse presentable porque no soportaba tener puesto un corsé. Mientras se encargaba de la ropa sucia, el barman encontró algo entre los bolsillos del arruinado vestido. Al ver que era la fotografía que Michelle mencionó durante la llamada, sonrió. Michelle era la viva imagen de Angie: su belleza exótica, su nariz, la forma de los ojos, las mejillas.

—Es idéntico a ti —mencionó, admirando la fotografía. Angie se la arrebató de las manos, y guardó la fotografía descuidadamente en su bolsillo.

—Sí, es un milagro que todavía no lo haya notado. —Notó la forma en que la miraba Levoch, ese brillo anhelante en sus ojos—. No pienso decirle nada, no insistas.

—Pero, mon amour, es tu niño. Tu bebé...

—¡He dicho que no! —Le estaba costando respirar, cada inhalación era como una puñalada en el costado—. Las cosas están bien como están. Michelle es feliz, es querido, es educado y cada pequeño momento que he pasado con él desde que fui a Japón me lo confirma. Está mejor lejos de aquí, lejos de la influencia del demonio.

Levoch estaba consciente del peligro que representaba District para Michelle. Si Michelle hubiera crecido junto a ellos, seguramente lo hubiera obligado a tener sexo, a trabajar como un complacedor, quizás hasta lo hubiera obligado a intimar con el mismo demonio por el puro placer de atormentarle y, en consecuencia, atormentar también a Angie quien, estaba bastante seguro, hubiera hecho lo imposible para protegerlo.

—Tienes razón, es sólo que... Lo extraño tanto. Tan sólo pude sostenerlo por poco tiempo y ahora es todo un jovencito. Antes de que me dé cuenta será un adulto.

Angie ya no respondió. Le pidió ayuda al barman para poder caminar.

Ofreciéndole su brazo, Levoch le ayudó a llegar a la oficina del demonio, en el último piso. Estando frente a la puerta, le pidió que la dejara sola. Renuente, el francés aceptó, dejó un beso en su frente antes de alejarse. Sin tocar la puerta, ella entró, tratando de mantener su pose erguida y se adentró en la guarida de la serpiente.

—Preciosa, volviste. Me estaba preguntando por qué tardabas tanto. —El hombre de escalofriantes ojos rojos y cabello antinaturalmente blanco la miró—. Parece que tuviste dificultades —comentó con una sonrisa al notar su forzada respiración.

—El hombre no fue tan fácil de engañar —murmuró sin mucho ánimo.

De su bolsillo sacó un paquete pequeño envuelto en varias capas de tela. Normalmente lo hubiera dejado sobre la mesa de centro pero para eso tendría que agacharse, el objeto era demasiado delicado para sólo dejarlo caer. Frustrada, tuvo que acercarse al demonio para entregárselo. El demonio, en vez de tomar el objeto, agarró la muñeca de Angie, tirando de ella para que cayera sobre su regazo. El repentino movimiento le hizo soltar un grito ahogado, el dolor hacía que puntos negros bailaran frente a sus ojos. No era capaz de respirar correctamente.

El demonio no se alteró ante la reacción de la morena. Aprovechando que estaba privada del dolor, la acomodó sobre su regazo, sus piernas a horcajadas.

—Deberías tener más cuidado —regañó, bastante entretenido con la vista de Angie completamente pasmada por el dolor—. Eres demasiado imprudente. Si sigues así podrías matarte... —Una de sus manos recorrió el contorno de su cintura, la yema de sus dedos encontraron el borde de la costilla rota—. Pero eso es lo que quieres. ¿No es así? —Hundió el dedo, tocando el hueso roto. Angie derramó varias lágrimas debido al dolor, su visión cada vez se hacía más limitada. Estaba a punto de perder la consciencia—. Harías lo que fuera por morir, pero sabes que no te dejaré. Nunca podrás apartarte de mi lado. Eres mía, ni siquiera la muerte será capaz de alejarte de mí. —Sus palabras eran una sentencia pero que la muerte.

Sus dedos se enterraron en la tierna carne de su abdomen, siendo capaces de traspasar piel y músculo hasta llegar al hueso roto. En este punto, Angie tan sólo podía aferrarse a los hombros del demonio, clavando sus uñas en la carne, sus ojos desbordados de lágrimas, su boca completamente abierta en un grito que su garganta no era capaz de producir mientras el hueso era recolocado en su sitio. Hizo un feo sonido de crujido pero el hueso volvió a su lugar. District envolvió sus dedos alrededor de la costilla y presionó justo en la unión, el calor que produjo su mano soldó la costilla a la fuerza. Al terminar, sacó con brusquedad la mano, varias gotas de sangre salpicaron, sus dedos completamente manchados de rojo al igual que la ropa de Angie, quien cayó a un lado del sofá apenas capaz de hablar. Temblaba de dolor, su piel estaba pálida y fría.

—La próxima vez espero un mejor desempeño de tu parte. —Con la mano aún manchada de sangre, tomó el paquetito que Angie le entregó y lo desenvolvió con veneración. Un hermoso diamante azul marino, con un peso estimado en 45.52 quilates. Una hermosa piedra de incalculable valor. Por supuesto, para un demonio como él carecía de total importancia, sus intenciones eran maldecirla y después venderla al mejor postor en el mercado negro. Las desgracias que acarrearía la pequeña piedra serían magníficas.

Un gemido le recordó que Angie seguía ahí pero ahora estaba inconsciente, seguramente no soportó el dolor y se desmayó. Rió internamente ante eso. Le había curado el hueso pero eso no quería decir que el dolor desaparecería como por arte de magia, todo lo contrario, pensar en eso le hizo sonreír con deleite. Cargó a Angie en sus brazos como si fuera tan ligera como una pluma, hizo el camino a la habitación asignada a la morena donde la recostó en la cama.

De uno de los bolsillos cayó una fotografía. Curioso, el demonio la recogió, sus ojos se ampliaron sorprendidos al reconocer al mocoso que engendró Angie hace poco más de una década. Su fina ceja se arqueó, curioso ante el descubrimiento. Había pensado que ese mocoso estaba muerto, o al menos que no tenía nada que ver con Angie puesto que a los pocos días de nacido la mujer lo botó en algún lugar pero se había equivocado. A ella le seguía importando el mocoso. ¿Por qué otro motivo guardaría esta fotografía?

District se relamió los labios. El castaño era igual de hermoso que su madre, esos gatunos ojos tan llenos de vida e ilusión sólo lo hacían más tentador. Guardó la fotografía en su propio bolsillo, dejando descansar a la morena.

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Después de que Michelle saliera prácticamente huyendo del apartamento de Francois, a Zachary no le quedó más remedio que devolverse al internado. Se sentía derrotado, como si hubiera tocado el cielo con las manos y al momento siguiente se estrellara contra el duro suelo, sin fuerzas para levantarse.

Volvió al internado casi en automático, tomando un camino poco conocido para poder escalar un árbol lejos de la vista de los demás y así cruzar el muro que rodeaba los terrenos del internado.

Con lo derrotado que se sentía, hubiera preferido quedarse en su cama el resto del día para poder sentirse miserable a gusto, sin embargo no contaba con que uno de los prefectos le cortara el camino y lo mandara a clases. Sintiéndose apático, asistió a las dos interminables horas de latín. Por suerte sólo tenía esa clase antes del almuerzo, después se escurriría a su cuarto y se quedaría ahí el resto del día.

Yu fue un caso diferente. No se molestó en lucir culpable cuando entró por la puerta principal del internado aquella mañana y fue llevado, como muchas otras veces ya, ante las puertas del director, el padre Pierre. El hombre fácilmente se vio fastidiado de que fuera Narcisse quien fue llevado por una nueva amonestación a su oficina. Las palabras no entraban en su cabeza llena de pecado, no echaba al crío si no fuera por las cantidades exorbitantes que su padre pagaba al instituto por mantener a su vástago allí.

Narcisse no necesito que le arrastraran a sus clases, solo pasó por su habitación por un baño pues seguía oliendo a sexo de su noche con Klaus. Su atención a la clase fue intermedia. Sabía que su profesor hablaba algo sobre las placas tectónicas de la tierra pero no entendía nada y en cambio estaba muy entretenido dibujando un rústico e indecente ser que pretendía ser Klaus cogiéndolo a él en la cama e iba a añadir un tercero cuando un carraspeo le sacó de su concentración.

—Espero, monsieur Boucher, que sea capaz de aplicar sus... artísticos talentos... —Hizo un gesto de incómodo desagrado a su pornográfico dibujo y otro al pizarrón— y sea capaz de recrear para nosotros las placas tectónicas de Canadá.

En vez de avergonzarse, Yu sonrió y le dio su dibujo a medio acabar.

—Para usted. Y por supuesto que puedo —dijo, levantándose poco después.

El hombre no dio una segunda mirada a la hoja antes de dejarla caer en la basura, tratando de mantener la compostura frente a los otros veintiséis alumnos que le miraban y cuchicheaban.

Durante la hora del almuerzo, Yu hacía la fila junto al resto, escogiendo lo que llenaría sus platos en el momento en que escuchó que le hablaban.

—Oye, Yu..., ¿tienes algo que hacer esta noche? —Al voltear, vio a Hudson, un joven de un curso menor que él pero muy aventado. Hudson tenía suerte de que Yu recordara su nombre porque era bueno en follar—. Estamos en finales y, pues, necesito un poco de relax..., ya sabes, el estrés de las pruebas y eso...

—Lo siento. —Yu se volvió, vertió un poco de puré en su bandeja, y siguió al siguiente estand—. Tengo la agenda llena hoy. ¿Qué te parece... la próxima semana?

—¡Próxima semana! —cuestionó incrédulo—. Vamos, Yu... —Bajó la voz—, ni que ese tipo tenga la polla mejor que yo.

—Pues..., sí, pero no te sientas mal. —Sosteniendo su bandeja con una mano, Yu acarició las mejillas redondas del joven—. Estoy seguro de que hay otros chicos en el internado que querrán follar. Suerte. —Sin prestarle más atención, tomó su cartón de jugo y se marchó a las mesas, buscando a Zachary con la mirada.

Apenas divisó su atractiva cabeza rubia, avanzó hacia él y se sentó a su lado.

—Hola, Zachy. ¿Cómo te fue en tu cita con tu niño? —preguntó mientras tomaba sus cubiertos. Al alzar la mirada, se consternó. Los ojos del rubio parecían cuencas vacías—. Uy, qué mala cara. ¿Te dejó plantado acaso?

—Llegó un poco tarde. Pero parece que no es alguien madrugador —contestó sin mucho ánimo, revolviendo su puré de papa con la ración de chicharos verdes—. Fuimos a desayunar como le prometí y después lo llevé a casa de Francois.

Yu parpadeó. El nivel de apatía que tenía Zachary no era normal comparado a la emoción de esta mañana.

—Ok, lo llevaste con Franc, ¿qué pasó? ¿Tan mal folla el chico? ¿No se te paró? ¿Te rechazó el niño? ¿Qué? Zach, tienes un rostro como si estuvieras en un funeral —declaró mientras abría su cartón de jugo.

—¿Podrías dejar de pensar en sexo por un maldito segundo? —increpó el rubio, bastante irritado. Normalmente no le molestaba la desfachatez de Narcisse respecto a ese tema pero tratándose de Michelle y las sucias implicaciones que hacía su mejor amigo... No podía tolerarlo—. El problema es que Michelle es súper maravilloso y yo soy un reverendo imbécil, eso es lo que pasa. —Terminó por apartar su plato de comida para poder esconder la cara entre sus brazos cruzados—. Me reveló un secreto importante, trascendental. Ahora me encanta más que antes e incluso me besó. ¡Él se lanzó a mis brazos y me besó! Fue como si una corriente eléctrica nos recorriera de pies a cabeza...

Narcisse lo escuchaba mientras bebía su jugo, lo dejó a un lado y comenzó por el puré.

—Mmh. De acuerdo, de acuerdo, estás enamorado, algo demasiado pronto para lo que yo esperaba. —Estiró la otra mano, sacudiéndole los cabellos rubios—. ¿Qué secreto descubriste que te hizo loco por él? ¿Tiene que ver con el hecho de que estés como alma en pena ahora?

—No, estoy deprimido porque a pesar de la química que tuvimos, Michelle huyó. Se fue corriendo a los brazos de ese alemán idiota. —Suspiró. Miró a Narcisse de reojo, sabía que podía confiar plenamente en él—. Michelle es un medio gato.

Yu tomó una porción del estofado de verduras, con toda la paciencia que tenía.

—Klaus es un medio dragón, o así me dijo anoche. Bueno, Feyn... —corrigió, tomando un bocado de puré—. Dice que su nombre es Feyn, tenía los ojos amarillos como un reptil y una voz tan profunda y sexi... —Yu gimió con la cuchara en su boca. Se lamió los labios y miró a Zach—. Un medio gato, bueno, eso explica lo huraño que es a veces como en esa ocasión que te golpeó. —Suspiró, y apartó un poco la bandeja—. Zach, un gatito siempre regresará con su dueño. Pero si ese dueño no le da lo que necesita, buscará en otro lado. Demuéstrale que eres mejor y veras que vendrá a ti.

El rubio supuso que si Michelle podía ser un medio gato, su padre bien podía ser un lagarto con piel humana. No iba a juzgarlos por eso, en realidad, creía que eso los hacía a sus ojos realmente especiales—. Sí. Tienes razón. No puedo quedarme de brazos cruzados ahora. ¡Sería un terrible error!

—¿Ves? Ya me entiendes. —Le hizo erguirse como pudo y colocó la bandeja de comida frente a él—. El Zachary que conozco no es un idiota cobarde que se rinde a la primera. El niño solo tendrá miedo, nadie en su sano juicio sería capaz de rechazar a tremendo bombón como tú.

—¡Por eso te amo, mon ami! —Levantándose de la mesa, abrazó a Narcisse entusiasta. Le dejó un corto beso en los labios.

—¡Hey! Ustedes dos. —Uno de los estudiantes más grandes se acercó a ellos con el ceño fruncido—. Está prohibida esa clase de comportamiento. Sepárense ahora o les daré una detención.

Narcisse se separó, enarcando una ceja al ver quién le hablaba.

—No me dijiste eso hace unas noches cuando me pedías que te la chupara, Joseph. ¿O ya se te ha olvidado? —Contuvo una sonrisa al oír los abucheos de los jóvenes que estaban cerca escuchando.

El estudiante mayor se puso intensamente rojo, avergonzado tanto por las palabras de Narcisse como por los otros estudiantes que lo juzgaban.

—Compórtense —gruñó antes de salir de la cafetería con la cola entre las piernas.

Zachary, encantado con la situación, rió con fuerza, mucho más animado de lo que había estado toda la mañana. Volvió a tomar asiento en la mesa para comer con ganas su porción de almuerzo.

—Mencionaste a Klaus. ¿Fue con él que te escapaste anoche?

—No Klaus, Feyn —corrigió, recuperando su bandeja para acabar la comida—. Y sí. Apareció cuando estaba dando una mamada a un maleante que quiso robarme, detalles. —Hizo un gesto aparte para restar importancia al asunto—. Me lo llevé al bar de James, le pedí una de sus habitaciones... Dios, que noche... —gimió, cerrando los ojos—. Estaba a punto de no venir esta mañana. Pero pienso encontrarme otra vez con él esta noche. —Le guiñó un ojo—. Le dejé una nota para ello.

—Que inusual —dijo, se metió una porción de chícharos en la boca antes de seguir hablando—. Por lo general no sueles repetir con el mismo tipo, no importa lo bueno que sea.

—Se tardó un buen en llegar, apenas pudimos aprovechar la noche. —Narcisse hizo un puchero en molestia. Odiaba que llegaran tarde, por más que Feyn le explicó las razones—. Además, lo amerita. Tuve sexo con Feyn, no con Klaus. —Su sonrisa indicaba lo divertido que estaba por lo dicho—. Es como tener dos en uno.

—Deberías preocuparte aunque sea un buen polvo. Un tipo con dos personalidades. ¿Quién te asegura que no está loco?

—No lo creo. Y si lo está, no importa. —Acabó el estofado y su puré, tomando el cartón de jugo—. Está tan encandilado por mí que no me hará daño. Ojalá hubieras visto como atacó a aquel bandido, casi se hacía en sí mismo. —Sus ojos brillaron de excitación—. Fue increíble.

Zach negó con la cabeza. Cuando Narcisse pensaba con la polla en vez de la cabeza, no había manera de convencerlo de lo contrario.

— De acuerdo. ¿Qué piensas hacer con él? Aparte de joder con él hasta la locura.

—Pues... —Yu bebió de su cartón, y bebió, y bebió hasta que empezó a hacer ruidos desagradables por seguir chupando—, justo eso. Chuparlo todo hasta que lo acaba y me aburra. —Sonrió, dejando el envase vacío junto a la bandeja en el mismo estado—. ¿Y tú?

—Voy a conquistar a Michelle. No sólo porque quiera tener sexo con él. En verdad me gusta y no creo pueda aburrirme, es diferente. Con uno sólo de sus besos es suficiente para hacerme feliz por el resto del día.

Narcisse tomó su vasito de flan de naranja y la alzó hacia Zachary como si fuera una copa de whisky.

—Por la felicidad de una buena follada —brindó.

A veces se preguntaba si Narcisse podría pensar en otra cosa que no fuera sexo, aunque teniendo en cuenta toda su vida y la horrible crianza que tuvo...

Con un suspiro, Zach alzó su propio postre.

—Por el amor —brindó en cambio.


CONTINUARÁ...

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