CAPÍTULO 20

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Cuando volvieron al hotel, Michelle pudo verse mejor en el espejo del baño de su habitación. Era tan extraño tener los ojos oscuros, era tan extraño no tener sus orejas sobresalir de su cabello, tan extraño no sentir hasta el más nítido olor. Michelle no podía decir que se arrepentía de su elección, no lo hacía, pero sí echaría en falta mucho de sus sentidos. Se aseó y acostó. Era raro dormir sin alguien a su lado en la cama conjunta. Antes tenía a Damian, a veces hasta solo compartían una cama, y luego tuvo a Ruslán cuando su padre le separó del rubio. Ahora tenía esa habitación para él. Había podido dormir con su padre e Irina en la cama matrimonial de la habitación que tenían su padre y Bárbara, pero necesitaba pasar esa noche a solas. Habían sucedido tantas cosas que... necesitaba un respiro.

Removiéndose un poco más, Michelle trató de conciliar el sueño. Lo sucedido con Damian no dejaba de removerle la cabeza una y otra vez. Parte de él sentía que era su culpa, si no hubiera permitido una relación entre ambos, ninguno de los dos hubiera salido herido. No importaba que le doliesen las palabras que Damian le dijo, haber terminado con él le provocaba una incomodidad en su pecho.

Con las horas pasadas, con la ira y la decepción esfumándose de su corazón, empezó a comprender a Damian. Personas como él eran la razón por la que incluso eran tan recelosos en mostrar el genoma. Damian ni siquiera supo del mismo por temor a un rechazo. Haber encontrado a Minegishi o a Zachary, que aceptaron cómo era a pesar de su aspecto, era como encontrar la aguja en un pajar. Empezaba a entender que no podía culpar a Damian por nunca aceptar esa parte de él, ni podía obligarlo a ello.

Sin embargo, también debía pensar en que, más allá de cómo fue, las diferencias entre ambos abrirían una brecha imposible de ignorar. Damian merecía alguien con la que compartir más que un sentimiento, y ese no era Michelle. Con todos sus pensamientos, le costó minutos quedarse dormido.

Adentrada la noche, Michelle comenzó a tener pesadillas. Al principio, su sueño lo llevó a una clase de bar, no lo reconocía pero no era el bar de tío Jim. El bar de tío Jim no tenía una tarima como la que veía. El ambiente perdió luz, y la luz comenzó a extinguirse dejando a Michelle en un único halo en la cima de su cabeza, a su alrededor el aire helado iba subiendo por sus piernas poniéndole los pelos de punta. ¿Qué estaba pasando? Michelle había tenido sueños extraños antes, pero nada como esto.

Desde la oscuridad existente, unas manos hechas de humo le rodearon, rasgando su ropa, atormentándolo. A pesar de la lucha que ponía el castaño y sus pequeños gritos, las manos no se detuvieron hasta que lo dejaron desnudo, lo peor fue cuando unos ojos rojos como la sangre emergieron de la oscuridad y una sonrisa de colmillos filosos le helaron la sangre a Michelle. La figura de un hombre que no reconocía se materializó frente a él, diez veces su tamaño, el cabello pálido; era un gigante que capturó a Michelle con un simple movimiento. Sus grandes manos lo apresaban como un muñeco, a pesar de luchar no era capaz de escapar. A través del sueño, el corazón de Michelle latía fuertemente en su pecho cuando lo acercó a la altura de su rostro. Y entonces, sacó su lengua y lamió toda la extensión de su cuerpo, la saliva del demonio quemándole desde los genitales hasta el cuello, haciéndole gritar.

Michelle no dejaba de gritar; de terror, pánico, de dolor. Su corazón amenazaba con salirse de su pecho. Esto era un sueño, ¡un sueño! Pero no podía despertar, y tenía que ser real. Sentía la piel ardiente, pidiendo auxilio como si fuera ácido quemándole. Por más que se removía con tanta violencia, el agarre se mantenía y el ardor era tal que Michelle aterrado de comenzar a ver sus huesos aparecer.

—¡Déjame! ¡Déjame, aléjate! —exclamó asustado, encogiéndose en medio de sollozos y pequeños gritos de dolor.

Pero a pesar de sus palabras, sabía que sí podía. Logró cogerle, lo tenía en sus manos. Aunque Michelle no dejaba de luchar, no pudo hacer que le soltara y el dolor era tal que menguaba sus fuerzas.

—Serás mío —prometió la cavernosa voz del demonio antes de soltarlo y dejarlo caer al vacío.

—¡NO! —Una amarga sensación apareció en su estómago y subió a su pecho conforme caía. Sus manos trataron desesperadas de sostenerse a algo, hasta que sus ojos abrieron de golpe y toda la oscuridad, el vacío, desapareció. Estaba sudoroso, respirando errático, su cuerpo temblaba, parpadeando para espantar las lágrimas. No era sólo sudor lo que manchaba su rostro.

Con manos temblorosas, Michelle buscó el interruptor de la lámpara de mesa a su lado hasta que se iluminó parcialmente su habitación. Luego, se revisó todo su cuerpo, recordando claramente la sensación del ácido quemando su piel. No había nada, estaba todo normal excepto sus latidos y la ligera capa de sudor frío en su cuerpo.

Nunca antes Michelle había tenido un sueño como ese. Lo peor: no podía quitarse de la cabeza esos horribles ojos rojos, la voz y la sensación de sentirse observado. Michelle no se atrevió a apagar la luz nuevamente, y menos a volver a dormirse.

Cuando Klaus entró al cuarto esa mañana, Michelle tenía unas enormes ojeras, sus cansados ojos intentaban mantenerse abiertos a pura fuerza de voluntad después de pasar una noche en vela, el alemán se preocupó al ver el semblante de su hijo.

—¿Qué pasó? —preguntó mientras se sentaba en la cama con él—. ¿Fue una pesadilla?

—Mmh..., sí. —Michelle se frotó los ojos en un intento de mantenerse despierto—. ¿Ya nos vamos a desayunar?

—Podrías haber ido a mi cuarto, había suficiente espacio en la cama —amonestó suavemente el mayor—. Puedo traerte el desayuno para que intentes dormir un rato.

—Yo..., pues... —Michelle lucía avergonzado—. Me daba miedo salir de la cama. —El chico se encogió en su lugar—. Sentía que me estaba mirando...

—¿Quién te miraba? —Klaus sabía que Michelle estaba hablando de una pesadilla pero por si acaso, pasó la mirada por el cuarto, asegurándose de que nadie hubiera entrado.

—Era... un hombre. —Michelle bostezó sin poder evitarlo. Tenía aún algo de pánico, pero eso no menguaba el cansancio en su cuerpo—. Era un hombre de cabello blanco y tenía horribles ojos rojos. —El joven ocultó el rostro con sus manos—. Fue... horrible. Jamás había tenido un sueño así, papá. Era gigante y me tomó en sus manos y me sentía como un muñeco desnudo, recuerdo algo sobre como mi piel ardía como si estuviera quemándome... Luego me dejó caer al vacío y, y sé que dijo algo, algo sobre ser suyo, no recuerdo... Sentí en toda la noche como si esos ojos me estuvieran viendo. —Michelle dio un larguísimo suspiro que casi le dejó sin aire en los pulmones—. Tenía miedo de dormir. —Se deslizó hasta recostar la cabeza en el regazo del alemán.

—Puedes dormir ahora —ofreció el alemán, acariciando suavemente el cabello de Michelle. Se sentía extraño al no toparse con sus oreja en cada caricia—. Me quedaré a tu lado para que puedas descansar.

—Gracias, papá... —Michelle se acurrucó más cerca, sus ojos automáticamente se cerraron, incapaz de mantenerlos abiertos—. ¿Cuándo volveremos a Japón? —cuestionó en voz baja.

—Creo...esta noche debemos hacer las maletas —dijo con renuencia el mayor. Él no quería irse, no sabiendo que su tesoro estaba aquí en Canadá pero tenía responsabilidades en Japón que fueron dejadas de lado en beneficio de Michelle. Ahora que todo había acabado, no podía seguir ignorándolas.

—Partiremos en la mañana.

—Mmh... —Michelle asintió y no dijo más nada, el sueño finalmente venciéndole.

Michelle no despertó durante casi toda la mañana y parte del mediodía. En seguida fueron a almorzar y aun con ello el castaño se sentía un poco cansado, tenía unas ligeras ojeras bajo sus ojos. Visitaron unos pocos lugares y entraron a algunas tiendas el resto de la tarde.

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En Japón, Kenshi y Vladimir seguían a su hijo y Gerardo por el bosque, lejos de la vista de los lugareños. El ruso seguía mostrándose incrédulo respecto a la supuesta magia del italiano, Gerardo no se sentía ofendido por eso. Mientras caminaban, Kenshi y él hablaban sobre plantas. Vladimir se unió a la conversación al notar el vasto conocimiento que tenía el mago sobre plantas medicinales.

Ruslán caminaba junto a Gerardo, en silencio, apenas aportando algún comentario. Quería que sus padres interactuasen más con el italiano, si bien no lo mostraba, estaba feliz de ver que al menos mantenían una charla amena y que su padre participaba en ella.

Apenas alcanzaron el árbol por el cual viajaron a Canadá, se detuvieron.

—¿Es aquí? —curioseó Kenshi, desplazando la mirada de su hijo a Gerardo.

—No tiene que ser específicamente "aquí". Tan sólo tiene que ser un árbol que sea lo suficiente grande y grueso para hacer el traslado. También debe ser compatible con su receptor —explicó el mago.

—¿Receptor? Hablas como si los árboles fueran teléfonos. —Se burló Vladimir. Gerardo hizo un gesto ambiguo.

—El concepto es bastante parecido.

—No te burles niño —advirtió Vladimir, entrecerrando los ojos.

—No es mi intención —aseguró Gerardo.

—Vladimir, cállate y observa —regañó Kenshi, exasperado. Ruslán se mantenía más tranquilo, después de todo, sabía que su padre se sorprendería en cuanto las raíces se abrieran—. Enséñanos, Gerardo, a ver qué tan sorprendente es... ¿Qué sucede cuando no es compatible?

—El viaje no es posible —dijo simplemente—. Es como si intentaras llegar al desierto de Sahara a través de un cactus.

—Completamente lógico —gruñó Vlad por lo bajo, quien logró apartarse antes de que Kenshi le asestara un golpe en el brazo.

Gerardo entonces tocó el tronco del árbol. Ahí donde tocaba su mano se iluminó en un resplandeciente verde y el árbol comenzó a moverse, girando sobre sí mismo para abrir su corteza formando una cápsula. El interior del árbol parecía brillar con luz propia en el mismo tono verde.

Kenshi dijo unas palabras malsonantes en japonés que Ruslán estaba feliz de que Gerardo no entendiera. Inmediatamente retrocedió un paso por la sorpresa, y luego avanzó hasta colocarse junto a Gerardo.

—Oh buda... es real. ¿Es real? —Estiró un brazo, y al no sentir la corteza sino vacío, sacudió el hombro de Gerardo—. ¡Es malditamente real! —Se giró a Vladimir—. ¡Vlad! ¿Ves esto? ¿Ahora qué dice tu ciencia? —Se burló—. ¡Voy primero!

—¿Qué? —Ruslán parpadeó—. Papá, ¿qué estás...?

Antes de que pudieran hacer algo, Kenshi se internó dentro, desapareciendo completamente.

—¡Kenshi! —Alarmado, Vladimir se abalanzó sobre la corteza abierta sin entrar por completo. Temeroso y enojado, se volteó para taladrar a Gerardo con la mirada—. ¿A dónde fue? ¿Dónde conecta este árbol?

El mago dio un paso atrás ante la aterradora mirada que le estaba dirigiendo Vladimir.

—Canadá... Conecta con Canadá.

—Si algo le pasa por tu culpa, lo pagarás —advirtió Vladimir antes de adentrarse también en el árbol, desapareciendo de la vista de la pareja.

—Eso... no salió como esperábamos —comentó el italiano, bastante sorprendido por lo rápido que pasó todo.

Ruslán gruñó.

—¡Por qué tiene que ser tan impulsivo! —Claramente hablaba de Kenshi. Se acercó a Gerardo, asegurándose que estuviera bien—. Vamos, tenemos que ver que estén a salvo. —Tomando la mano del mago, se adentró en las raíces. A veces su papá lo tomaba con la guardia baja, debía de haber previsto algo como eso.

Cuando llegaron al otro lado, Ruslán suspiró de alivio al verlos a los dos allí. Quiso reírse al ver a su papá tirado en el suelo, con la ropa llena de briznas de hierba. No le quedaba duda que había estado rodando en el suelo debido a la sensación de los gusanos.

—¡Es alucinante! ¡Estamos en Canadá! —Kenshi se irguió, apoyándose en sus brazos—. ¿Llega a todos lados? ¡Vlad! —Kenshi giró la cabeza hacia el ruso—. ¿Verdad que fue increíble? ¡Mira! —Con sus brazos, trató de abarcar su entorno—. ¡Estamos en Canadá en solo cinco segundos!

Vladimir, a diferencia de Kenshi, no se tiró al suelo, pero sentía un horrible cosquilleo en la piel que le daba comezón. Hacía cómicos movimientos para alcanzarse el centro de la espalda.

—Deja de admirar el paisaje y ayúdame, ésta comezón me está volviendo loco.

—Por lo menos tus padres están bien —susurró Gerardo al joven Ottori.

Kenshi se levantó y ayudó a Volsk a rascarse.

—¿Llega a todos lados? ¿Alguna vez alguien les vio salir de los árboles? —preguntó a Gerardo sin dejar de rascar a Vladimir—. ¿Y tienes que está tu para que se abra de esa forma?

Ruslán sonrió un poco.

—Tenle paciencia. Pregunta mucho cuando está emocionado.

—La conexión de las raíces es infinita, pero hay lugares que son difíciles de llegar, sobre todo si es un lugar desforestado —respondió Gerardo. Vladimir se le erizó el vello del cuerpo al sentir las uñas de Kenshi en su espalda. Al estar en un sitio público no podía ronronear a gusto, logró recomponerse en poco tiempo—. Cualquiera puede viajar por las raíces. No es necesaria mi presencia, aunque muy pocos conocen el secreto.

—Vlad, ya nos ahorramos los viajes por barco. —Dejó de rascar la espalda del ruso y se colocó al lado del mago, abrazándolo por los hombros—. Mi nuevo nuero tiene un transporte mucho mejor. —Sonrió contento a Ruslán—. Hijo, mejor novio no pudiste encontrar. Bien hecho.

Las mejillas del menor se colorearon de rosado.

—No me gusta por eso... —murmuró.

—No creo que sea un medio seguro de transporte —argumentó el ruso, mirando a su alrededor—. ¿De verdad estamos en Canadá?

—Estamos en Canadá, en el lado francés —especificó el mago.

—¿Eso quiere decir que estamos en el lugar donde se hospedan Klaus y los niños?

—No. —Ruslán negó—. Buscamos hospedaje en otro lado, en la zona donde al menos se habla inglés.

—Deberíamos ir de sorpresa. —Kenshi sonrió con malicia. Se dio cuenta que el sol estaba poniéndose—. Curioso. En Japón apenas es de mañana.

—Hay doce horas de diferencia entre Japón y Canadá —respondió Vladimir—. En realidad, más que visita sorpresa, deberían venir con nosotros, ya han estado fuera mucho tiempo.

—Vamos, entonces... —Ruslán se alzó de hombros, guiando el camino junto a Gerardo al hotel.

Salieron de la arboleda en la que se encontraban para caminar entre los demás transeúntes de la ciudad. Cada tanto algunos volteaban a mirarlos, en especial por la llamativa ropa que llevaba Kenshi, pero éste se veía bastante ensimismado observando su alrededor y señalando cada tienda por el que se topaban.

Cuando llegaron al hotel, fueron primero a la habitación de Klaus, donde encontraron a los tres allí reunidos.

—¡Abuelos! —Michelle fue el primero en acercarse a ambos.

—Dios, eres la copia de tu padre. —Kenshi lo recibió en sus brazos, sacudiendo sus cabellos.

—Lo siento. Papá se lanzó a través de las raíces —dijo Ruslán mientras cerraba la puerta al ser el último.

Irina, en cambio, se lanzó a los brazos de Vladimir, apenas Michelle se apartó asalto también a Kenshi, llenándolo de besos.

—No esperábamos para nada que vinieran a Canadá.

—Es que se estaban tardando demasiado —replicó el ruso, saludando a Klaus.

—Pensábamos volver mañana en la mañana, incluso tenemos las maletas preparadas.

—Si las tienen preparadas, ¿por qué no parten está noche? —cuestionó el ruso, quién alzó una ceja al ver que tanto Klaus como Michelle apartaban el rostro, avergonzados.

—Yo... todavía no quiero irme. Quiero despedirme de Zach.

Aún con el brazo alrededor de Irina, Kenshi sonrió.

—¿El nuevo novio, eh? Espero que sea tan guapo como Damian... E imagino que tú también quieres despedirte del nuevo enclenque —dijo hacia Klaus—. Me han dicho que tiene pinta me caerá mucho mejor que el anterior.

—No hables así de Yuki —advirtió Klaus con el ceño fruncido. Nunca le gustaba cuando Kenshi hablaba de ese modo sobre su tesoro.

—Calma —intervino Vladimir—. La verdad es que es una buena oportunidad para conocer a los jóvenes.

—También es una buena oportunidad para ir de compras. —Asintió Kenshi.

—Klaus, Irina y tú acabaran con todo el dinero de la familia. —Ruslán dijo, cruzando sus brazos.

—No es cierto. Son compras como recuerdo. —Se defendió el mayor—. No todos los días estás de visita en Canadá.

—¿No tenías trabajo que hacer en casa?

—Ssh. —Le chistó Kenshi a su hijo.

—Hablando de trabajo... —Michelle miró a sus abuelos—. ¿Es cierto que encontraron un huevo de reptil? ¿Saben que es?

Los ojos de Kenshi se abrieron con sorpresa.

—¡El huevo! —Miró espantado a Vladimir—. ¿Está bien dejarle solo?

Vladimir rodó los ojos.

—Está todo el día solo. Tan solo hay que revisarlo un par de veces al día. Preocúpate cuando el reptil eclosione —advirtió Vladimir.

—Abuelito, ven acá, te compré algo que querías desde hace tiempo. —Arrastrando a Kenshi hasta la cama, Irina deshizo parcialmente la maletahasta dar con el regalo que le tenía—. ¡Tarán!

—¡Oh por dios! —Con una emoción apenas contenida, Kenshi sacó un abrigo de la caja, de los gruesos y peludos que le gustaban—. ¡Es justo el que quería! Y mira... —Lo acarició con su rostro, rebuscando en la etiqueta—. ¡Es de calidad! —Se lo colocó, dirigiéndose rápido al espejo que estaba en la habitación—. Es demasiado perfecto. —Modeló un par de poses más, y regresó con Irina, abrazándola aún con el abrigo puesto—. ¡Me fascina, gracias!

—No puedo creer que de verdad se lo hayan comprado —dijo Ruslán a la joven.

—Tenía qué. —Michelle estaba sonriendo. Kenshi parecía un niño con juguete nuevo—. No podíamos llegar a casa sin un regalo, iba a arrancarnos la cabeza.

—Lo amo. Es tan caliente y agradable que no quiero quitármelo. —Soltó a Irina, y comenzó a modelar frente a Volsk—. ¿Qué opinas, dragón? ¿No te parece hermoso y elegante? Justo lo que alguien de alcurnia debe tener.

—Totalmente de acuerdo. Me pregunto cómo te verías con sólo el abrigo puesto —pronunció Vladimir en voz alta, dándole una apreciativa mirada a todo su cuerpo.

—Hay niños presentes. —Les recordó Klaus, cubriendo las orejas de Michelle que era a quien tenía a su alcance—. Dejen sus percepciones para cuando estén solos.

—Aguafiestas. —Kenshi rodó los ojos sin dejar de sonreír, pasando a abrazar a Vladimir y darle un beso—. Entonces, nos quedamos un poco más para conocer al nuevo Yuki y el nuevo novio de Mich... —dijo, mirando de reojo a Michelle.

—Puede que vengan en unas horas... —Michelle dio un vistazo a la ventana—. Zachary no especificó cuándo...

—Mich... —Ruslán entrecerró los ojos hacia el joven. No lo había notado pero se fijó en unas ligeras manchas bajo los ojos del castaño—, ¿dormiste bien? Luces cansado.

—Ah, eh... N—no dormí bien. —Se pasó una nerviosa mano por su cabello—. Creo que debió ser por el cambio y todo lo demás.

—¿El cambio te hace tener insomnio? —preguntó preocupado Vladimir, acercándose a Michelle para revisarlo.

—No debería ser —dijo Gerardo bastante extrañado—. El cambio es doloroso sólo en el momento y después deja una leve debilidad pero en realidad deberías haber dormido como un tronco toda la noche.

—Pues, estaba durmiendo bien pero... tuve una pesadilla y luego no quise seguir durmiendo.

—Hace mucho que no tienes pesadillas —observó Kenshi, olvidando por un momento la emoción del abrigo—. Desde que tenías once.

—No fue como otras pesadillas. Pero ya estoy bien, dormí unas horas en la mañana y... solo tengo un poco de sueño nada más.

—Cuando volvamos a casa tomarás una de las infusiones de Kenshi. —Vladimir miró a su esposo, esperando confirmación.

—Un té de manzanilla mezclado con tilo —sugirió Gerardo—. Es ideal para producir un buen descanso.

—Gracias...

Luego de eso, optaron dar un paseo para distracción de los visitantes. Kenshi obviamente decidió usar el abrigo, atrayendo la mirada de otros canadienses. Cuando fue la hora de cenar en Canadá, pidieron una mesa para todos. Michelle estaba un tanto más animado con la presencia de sus abuelos ahí, e incluso su apetito, que había estado nulo durante el almuerzo, volvió más fuerte mientras escuchaba a ambos hombres hablar sobre el huevo encontrado y cómo lo habían estado manteniendo.

—Entonces, ¿aún no saben qué es? ¿Y lo vamos a conservar?

—Por supuesto —afirmó Kenshi, seguro de sí.

—Claro que no —contradijo Vladimir en seguida—. Acordamos liberarlo. —Le recordó a Kenshi—. No podemos quedarnos con un reptil. Es peligroso.

—¿Cuándo acordamos eso? —Kenshi le miró como si le hubiera crecido una segunda cabeza—. No podemos dejar a la cría a sus anchas. Debemos cuidarlo y cuando esté a una edad adecuada, soltarlo en su hábitat —dijo como si fuera lo obvio—. Tu padre es tan insensible —dijo a Ruslán.

—¿Cuánto tiempo falta para que eclosione, abuelo? —preguntó Michelle.

—Lo acordamos desde que lo trajiste escondido en tu kimono —suspiró el mayor.

—Una vez que eclosione podríamos llevarlo a su hábitat —opinó Irina—. Un reptil, sobre todo si es un cocodrilo, necesita la guía de su mamá por algunos años. ¿Cierto, abuelo?

—Así es —respondió orgulloso el ruso—. Un cocodrilo necesita aprender los instintos de supervivencia básicos de su madre. Que se quede en la casa feudal no es lo más idóneo.

—No sabemos dónde está su madre. —Siguió discutiendo Kenshi, no dispuesto a ceder.

Viendo que iban a iniciar otra discusión, Ruslán prefirió llevar la conversación por otro rumbo.

—¿Qué pasó con Angie? —preguntó más que nada a Klaus—. ¿Se fue después de que acompañáramos a Bárbara y Damian?

—Inmediatamente después. —Asintió Klaus—. Pero sólo habló un poco con Michelle. No se despidió de nadie.

—Que descortés —opinó Irina—. Fue ella quien nos arrastró hasta aquí y ni siquiera fue capaz de decir adiós.

—Dijo que tenía cosas que hacer —defendió Michelle. Angie no había dicho mucho, solo que la olvidara, no debería estar saliendo en su defensa pero no podía evitarlo.

—Bueno, tomando en cuenta que no es la primera vez que lo hace —desdeñó Kenshi, tomando un sorbo de vino.

—¿La volveremos a ver? —cuestionó Ruslán a los adultos.

—Con suerte, espero que no. —Fue la respuesta de Kenshi.

Eso causó que Michelle bajara la mirada. Había querido verla una vez más, tenía aún preguntas que hacerle y que no tenían respuestas, sin mencionar que deseó poder conocer formalmente a Levoch. El hombre sonó tan emocionado, tan encantado, cuando hablaron por teléfono.

Klaus y Gerardo se miraron un momento en silencio. Aunque quisieran defender a Angie, no era posible, la realidad era otra y no podían estar en desacuerdo con Kenshi.

Cambiaron de tema y continuaron con su comida. Estaban saliendo del restaurante cuando Klaus sintió que algo se colgaba de su cuello, empujándolo hasta que su espalda chocó contra la pared del establecimiento. Sus labios fueron asaltados y el olor del durazno lo envolvió por completo.

—Que encuentro tan inesperado —murmuró Kenshi, sorprendido por el asalto.

Yu devoró los labios de Klaus hasta dejarlos hinchados, solo entonces se alejó para sonreírle.

—Hola, chico lindo. ¿Me extrañaste? —susurró sobre su boca—. Porque yo te extrañé mucho. —Una de sus manos estaba viajando a la entrepierna del alemán—. A ti y a tú...

Un carraspeo le interrumpió, y solo entonces Narcisse prestó atención a los demás.

—¿Sí?

Kenshi le dio un vistazo a Vladimir.

—Definitivamente me va a agradar más este Yuki. —Su tono destilaba completa diversión, observando la escena.

Vladimir en cambio tenía una expresión dolorosa en el rostro. La verdad es que él estaría sumamente preocupado si Kenshi se comportara de la misma forma que el tesoro de Klaus, una cosa era ser travieso y otra totalmente diferente era ser un lujurioso exhibicionista. Irina prácticamente echaba chispas por los ojos de lo enojada que estaba.

—Qué desagradable —murmuró con los brazos cruzados y las finas cejas fruncidas.

—Al fin los encontramos —dijo Zachary cuando por fin logró llegar al grupo, Narcisse había salido corriendo dejándolo atrás cuando vio a Klaus a la distancia—. Fuimos al hotel pero en la recepción nos dijeron que salieron a cenar.

—Estábamos en camino al hotel..—En Michelle se presentó una sonrisa automática en su rostro, abrazando a Zachary al tiempo que le besaba. Enseguida se alejó, dejando que sus abuelos le vieran—. Mira, mis abuelos han venido de visita. —Señaló a la pareja—. Son Vladimir y Kenshi, o tío Keso. Él es Zachary—

—El sustituto de Damian. —Asintió Kenshi.

Michelle frunció el ceño, sonrojado.

—No lo es.

—No, claro que no. —Había un ligero tono de ironía en su voz—. Al menos se ve que sabes escogerlos bien. Es muy guapo.

—Oh, no digas eso. —Yu sonrió ampliamente—. Ya su ego no pasa por la puerta de tan alto que lo tiene.

—Calla. Sólo estás celoso de que tío Keso tenga tan buen gusto. —Se burló el rubio, sonriendo, y extendió la mano a la pareja mayor—. Un placer conocerlo.

—Así que... Zachary. ¿Acaso no tienes apellido? —cuestionó Vladimir viendo de reojo como Narcisse volvía su atención a Klaus

—Eso no importa ahora —desdeñó Kenshi, estrechando la mano del rubio, apretando un poco más—. Y más te vale que sea Kenshi, la próxima vez. Solo porque nunca logré que Michelle deje de decirme Keso significa que te lo permita a ti.

—Abuelito... —Se quejó Michelle, logrando que soltara a Zachary.

Ruslán intervino esta vez.

—Creo que es tiempo de que volvamos al hotel. Padre, papá, ¿van a quedarse esta noche?

—No —respondió Kenshi, girándose para ver a Ruslán—. Debemos volver a Japón. Tengo trabajo esperándome. —Kenshi dirigió una breve mirada a Klaus y Narcisse—. Irina, estás invitada a venir con nosotros de una vez.

La joven nipona se mordió el labio, contrariada. Quería volver a Japón para alejarse todo lo posible de Narcisse, pero al mismo tiempo quería quedarse con su papá sabiendo que el pelinegro probablemente querría pasar la noche con el seductor castaño.

Vladimir pasó su brazo por los delgados hombros de Irina, reconfortándola.

—Regresa con nosotros, yo hablaré con Klaus. —Irina asintió—. Michelle, tú también es hora de que vuelvas. Los tres tienen bastante estudio acumulado.

Michelle miró en dirección a Zachary, la misma contrariada expresión de Irina en su rostro. Él no quería irse todavía.

—Vladimir. —Kenshi le dio un ligero codazo al ruso en su costado—. Deja que Mich ponga en práctica mis consejos antes de irse.

Eso alarmó un poco al castaño.

—¡Abuelito! —Se sonrojó.

—Ruslán y Gerardo pueden buscarlos mañana. —Kenshi se encogió de hombros—. No será un problema para mi nuevo nuero, ¿verdad? —preguntó a Gerardo.

Narcisse, finalmente, se fijó en los demás.

—¿Cómo piensan irse tan pronto a Japón? Uh... —Apenas sus ojos cayeron en el ruso, Narcisse sonrió—. ¿He dicho que también me gustan los tipos de ojos azules? —murmuró, avanzando hacia Vladimir.

Avance que fue cortado cuando Kenshi se colocó en medio, un gruñido saliendo desde el fondo de su garganta.

—Que ni se te ocurra.

Narcisse alzó ambas manos.

—¿No quieres compartir un poco? Podemos hacer un cuarteto...

—¡Klaus! —masculló el japonés.

El alemán tomó el brazo de Narcisse, alejándolo de Kenshi.

—Tú y yo tenemos que hablar, en privado. —Pasó al lado de sus hijos, dándoles un beso a cada uno en la frente—. Quédense con sus abuelos, y tú aléjate de mi hijo —advirtió a Zachary antes de irse arrastrando a Narcisse con él.

Vladimir pasó sus brazos por los hombros de Kenshi desde atrás, envolviéndolo en un abrazo. Inclinó la cabeza para dejar un beso en su mejilla.

—Mi héroe —murmuró divertido.

—Retiro lo que dije: Yuki no me agrada en ninguna vida. —Kenshi se giró lo suficiente para abrazar a su esposo.

El grupo caminó de regreso al hotel para buscar las cosas de los jóvenes. Michelle y Zachary iban de últimos, el castaño no quería irse esa noche. Aunque él ya tenía lista sus cosas, había pensado en pasar la noche con Zach antes de marcharse al día siguiente. Tomando una decisión, llamó la atención de Ruslán y habló en susurros.

—Llévate mis cosas.

—¿Qué? —Ruslán frunció el ceño—. Michelle, tenemos que irnos.

—Aún no quiero hacerlo, y papá no va a irse tampoco.

Ruslán miró a sus padres, hablaban con Irina de las tiendas y los lugares que habían visitado, antes de dirigirse otra vez a Michelle.

—Si me metes en problemas...

—No lo haré. Te debo una. —Volvió con Zachary, tomando su brazo—. Vámonos antes de que lo noten.

—Hecho. Hasta luego, cuñadito. —Se despidió Zach con una enorme sonrisa. Tomando la mano de Michelle, lo haló para llevárselo por una calle lateral, lejos de la vista pública.


CONTINUARÁ...

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