CAPÍTULO 23

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Pasaron unos dos días desde que Klaus y su familia se marchara de Canadá, y Narcisse no había dado muestra alguna de querer buscarlo. Zachary le había comentado cómo podría hacerlo, asimismo de la nota con los números de la casa Ottori, pero sin lugar a dudas, Narcisse simplemente actuaba con la misma regularidad de siempre. Su rutina no se vio afectada en lo más absoluto.

Solo su mente era un nuevo caos.

Desde la última noche con Klaus, no dejaba de pensar en la conversación que tuvieron. Nunca tuvo una conversación tan larga con un amante, menos que le dijera tantas cosas como Klaus respecto a lo que era amar. Él sabía lo que era amar desde muy pequeño, su padre le empezó a dar amor desde que tenía cuatro años, y a los siete le insistió para que compartiera y aceptara el amor de varios de sus amigos. Adrián había aceptado su amor, como los demás amantes que tuvo. ¿Por qué Klaus no podía aceptarlo? ¿Por qué insistía en algo diferente? Algo que él mismo le parecía tan aburrido.

¿Cómo se podía sentir placentero solo simples abrazos y besos? Lo veía en otras parejas, no era tonto, entendía qué era lo que Klaus en verdad deseaba, pero Narcisse no podía ver cómo eso podría satisfacerlo a sí mismo. Como por ejemplo, al segundo día, donde se escapó durante el almuerzo y, al vagar por las calles, vio a una pareja caminando de la mano. Los siguió desde lejos, alcanzándolos en la plaza donde ambos se sentaron a los pies de un árbol y empezaron a hacerse arrumacos. Eran mimos inocentes; pequeñas sonrisas, pequeños besos tiernos, pequeñas caricias inyectadas de dulzura. La joven mujer sonreía tímida, apoyando su cabeza en el hombro del sujeto a su lado.

¿Era eso lo que Klaus quería? ¿Por qué? Le parecía tan tonto. ¿Eso resultaba excitante? Narcisse no podía notar una erección en el hombre desde su posición, y estaban socialmente cerca. Con obviedad eso no estaba dándole ánimos a ninguno. Perfectamente podía imaginar a Zachary en la postura del sujeto, pero no a sí mismo.

Narcisse dejó de observar a la pareja, y volvió al internado. En esa semana tendrían sus vacaciones de pascuas, vendría Adrián y tal vez podría practicar un poco para complacer a Klaus. Nunca antes se dio tantas molestias con un amante. A veces se frustraba por no poder comprender qué era lo que le hacía desear mantener a Klaus con él a pesar de tantos problemas que le causaba, en otras circunstancias ya se hubiera deshecho del hombre, pero no. Podría cansarse de las peticiones de Klaus, no del mismo sujeto en sí.

Regresó a tiempo al internado, apenas contaba con minutos de almuerzo, así que se sirvió algo rápido y se ubicó con Zachary, su bandeja sonando más ruidoso a lo que pretendía.

—¿Algo nuevo que comentar? —preguntó, engullendo lo más rápido que podía el estofado del día. Su cuerpo lo resentiría después, su estómago no estaba acostumbrado a comer tan deprisa, pero ese día no deseaba asaltar la cocina o chupar pollas para que alguien lo hiciera por él. Por primera vez, solo quería pasar el día entero en su habitación sin hacer nada.

—No realmente. ¿Dónde estabas? —cuestionó el rubio—. Creí que no te vería durante toda la hora del almuerzo.

—Estaba... caminando por ahí. —Narcisse contestó con la boca llena, masticó unas pocas veces y tragó el bocado—. Yo... —Se detuvo un momento, con la mano sosteniendo su vaso con agua. Había declinado el jugo que sirvieron ese día—. Klaus quería una relación vainilla. Seguí a una pareja hoy que se estaban dando unos aburridos arrumacos. —Miro a Zachary, atento a él—. ¿Qué tiene de gratificante unos abrazos y besos? Ese hombre ni siquiera lo tenía parado.

—Ay, Yu... —suspiró Zach, mirando a su amigo. Hizo su plato a un lado para mirar a Narcisse directamente sin ningún tipo de distracción—. Es obvio que el señor Klaus es un tipo con otro tipo de necesidades emocionales. A veces la gratificación de un orgasmo inmediato no lo es todo en una relación.

—¿Por qué no? —cuestionó, confundido. Para él eso bastaba, no necesitaba más. Nunca lo hizo—. ¿Contigo pasa igual? ¿Qué sientes exactamente tú cuando haces eso con Michelle?

—Con Michelle es diferente. No se trata sólo de placer físico, es algo más. Cuando hablo con él por teléfono aunque sea por veinte minutos siento que el resto del día estoy feliz. Cuando nos besamos es algo totalmente diferente; me llena de placer ver como su cuerpo se derrite entre mis brazos y su cara adquiere un adorable tono rojo... —Se mordió el labio inferior, recordando dichas escenas—. Todos esos pequeños detalles me complacen más que un orgasmo con cualquier otra persona, porque dura mucho más que unos pocos segundos.

Narcisse analizó sus palabras por un momento. No terminaba de entenderlo por completo, pero con las palabras de Zachary podía hacerse una idea más clara.

Un sentimiento así era lo que sentía con Adrián. No se besaban ni se abrazaban como lo hacía la pareja que vio, o como Zachary explicaba, pero le gustaba cuando Adrian le hablaba, le gustaba oír su voz cuando no podía dormir, y sentir sus caricias, sobre todo en su cabello. Narcisse no podía verse abrazando o besando por hacer a alguien, pero le gustaban las caricias. A veces incluso se acurrucaba con Zachary en su cama para buscarlas, normalmente eso sucedía cuando se sentía muy cansado.

—Creo que entiendo... un poco.

—Yu. Sinceramente creo que no deberías seguir involucrándote con este hombre. —Estiró su mano, posando sus dedos sobre el dorso de la mano de Narcisse—. Ambos quieren cosas muy diferentes y se ve que el señor Klaus es un tipo posesivo...

—No —declaró, continuando su almuerzo. No le quedaba tiempo, pero a él nunca le molestaba llegar tarde unos minutos. Aun así, apenas acabó su estofado, y se fue por el postre—. Klaus me gusta. No sé qué tiene exactamente, pero no es como los demás amantes que tuve. Voy a... tratar de hacer algo. Pero lo quiero conmigo. No logro aburrirme de él, solo me tiene un poco fastidiado que quiera una relación vainilla.

—En serio creo que es muy, muy mala idea. —Zachary volvió a atraer su plato para terminarse lo que quedaba—. Vas a terminar rompiéndole el corazón al hombre, y yo voy a tener que lidiar con eso.

—No lo haré. No planeo hacer eso, en verdad tendré cuidado. —Trató de sonreírle, acabando con su postre y bebiendo el agua de un tiro. Todavía tenía comida en su bandeja, pero no iba a comer más—. ¿Por qué te preocupa? No estoy involucrándote en esto. Nunca te involucré en los demás tipos con los que estuve, ¿o sí?

—No necesito que me involucres, yo solito me involucré cuando me metí con Michelle. —Se levantó de la mesa para llevar su bandeja en el área de limpieza—. Cuídate —le aconsejó, revolvió el cabello del franco-canadiense a modo de broma.

Narcisse lo observó irse, regresando su atención a la mesa. También debería ponerse en movimiento, llevar la bandeja y emprender camino a su aula de clases, pero no lo hizo aún. Esperó a que sonara las suaves campanadas que iniciaban las clases para levantarse y marcharse. Tenía dos días sin ver a Klaus. Se cuestionó qué estaría haciendo.

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A la mañana siguiente, el primero en despertar fue Vladimir. Aunque no fue a su usual hora temprana, para cuando abrió los ojos ya eran casi las diez de la mañana. Estaba confundido y adolorido, no tenía idea de donde estaba. Además estaba desnudo, con Kenshi (¿O quizás era Suoh?) durmiendo plácidamente a su lado en igual de condición.

Miró a su alrededor, sorprendiéndose al ver todas las mantas desaparecidas y... la manta de la mamá de Kenshi, manchada con semen.

дерьмо... [Mierda]

Kenshi no despertó sino unos minutos después, llevándose ambas manos a la cabeza, y sus ojos que frotó para desaparecer el sueño. Al enfocar la mirada en su entorno, se extrañó. Esa no era su casa y...

—¿Pero qué...? —Una punzada en su culo le detuvo en cuanto hizo el intento de incorporarse.

Todas las cosas perdidas estaban allí. Sacos semi-vacíos de comida, ollas, algunos platos usados, vasos, las mantas... ¡las ropas! Pero lo que más llamó su atención fue la cobija que les estaba cubriendo. La manta de su madre..., y manchada...

—Jodida lagartija... —gruñó. Ojalá lo tuviera enfrente para aplastarle la cola. Se dio cuenta que Vladimir estaba despierto a su lado—. ¿Qué demonios pasó? ¿Dónde estamos?

—Al parecer tenía razón. Suoh estaba haciendo un refugió. —Vladimir continuó mirando alrededor bastante interesado. Las mantas tenían una forma circular, la comida estaba al alcance, e incluso había una estufa lo suficiente cerca para mantenerlos calientes a pesar de estar desnudos—. Tu dragón construyó un nido para aparearnos.

Kenshi parpadeó varias veces, dando una nueva mirada alrededor, el estado desnudo de ambos, y a Vladimir. Sintió sus mejillas enrojecer un poco.

—Un nido... para... ¿qué? —Suoh nunca antes había hecho eso. ¿Por qué justamente ahora, y por qué de esa manera?—. Si quería sexo, no tendría que hacer todo esto. Es... es... extraño.

—La primavera es época de apareamiento. —Vladimir se encogió de hombros—. No sé si lo has notado pero, en años anteriores los dragones quieren salir más seguido cuando florecen los cerezos. Pero es la primera vez que Suoh toma la iniciativa.

—Bien... —murmuró Kenshi pasado un rato. No recordaba nada. El dragón ni siquiera daba comentario alguno, no importaba qué regaño le hiciera sobre cómo dejó la manta de su madre o cuánto trabajo les daría llevar todo eso a casa.

Casa.

—¿Cuánto tiempo pasó? Más bien, ¿dónde demonios estamos? —Intentó apoyarse en Vladimir para levantarse, si tan solo no le incomodara tanto su culo. Gruñó.

Al ver la incomodidad de su esposo, Vladimir hizo que se recostara.

—Abre las piernas —pidió al mismo tiempo que con sus manos separaba los muslos de Kenshi—. Está irritado, parece que fueron rudos la última noche. Te cargaré de regreso a casa.

—Ug, bien —suspiró frustrado.

Con mucho cuidado, se vistió para irse, con algunas prendas pidiéndole ayuda a Vladimir. Tomó la manta de su madre y luego dejó que Volsk le cargara de regreso. Salieron del bosque volando, dándose cuenta que no estaba muy lejos de la casa feudal quizás a unos veinte o treinta minutos al sureste a pie.

—Nos perdimos el inicio de primavera —susurró Kenshi.

—Suoh y Vahlok parece que lo disfrutaron en grande —comentó Vlad con una media sonrisa. A juzgar por el estado en que quedó el nido, se lo pasaron en grande esos pocos días.

—Sí... —Kenshi alargó la vocal, su ceño fruncido indicado lo molesto que aún estaba—. Son una combinación muy peligrosa. Juntos arruinaron la manta de mi madre. —Le echó un vistazo de reojo—. No se lo voy a perdonar a ninguno de los dos.

—Estás siendo dramático, eso sale con agua tibia y limón. —Apenas llevaban unos minutos de vuelo cuando divisaron los terrenos de la casa feudal.

—Por supuesto, como no es importante para ti. —Cruzó más los brazos entorno a la manta, apretándolo contra su pecho. Al sentir que iba a replicar, levantó la mano—. Ya, cállate y vuela.

Finalmente llegaron a la casa. Poco antes de ir a la habitación, se toparon con una sirvienta. Kenshi le dio la manta con la orden de lavarla y pidió que Kuma y Kaoru fueran a la habitación en diez minutos. En la habitación, Vladimir se encargó de atender a Kenshi. Limpió su piel con paños húmedos para refrescarlo y disipar el persistente —adictivo— olor a sexo de su cuerpo, también limpió el área anal donde todavía quedaba un poco de semen, y además puso una crema que se ayudaría a bajar la hinchazón. Todo eso antes de que los gemelos llegaran.

—Volvieron —dijo Kaoru con una sonrisa. En verdad se alegraba de ver a la pareja.

—Pensábamos que no ibas a volver en otra semana. —Fue el saludo de Kuma.

—¿Volver? —Kenshi los miró como si tuvieran otra cabeza—. ¿Cuántos... días estuvimos fuera?

—Cuatro días —respondieron al mismo tiempo, luego Kaoru completó—. En total.

—Asumimos que se escabulleron en la madrugada. —Kuma extendió a Kenshi el papel garabateado que dejó Suoh para ellos—. Tuvo la consideración de avisar que estarían fuera por ese tiempo. Nos hubiéramos vuelto locos buscándolos sin esa nota.

—Cubrimos todos tus pendientes —avisó Kaoru, solícito—. Hay unos pocos papeles que debes firmar pero nos hicimos cargo de la mayoría de tus asignaciones.

—¡Cuatro días! —Kenshi se sorprendió, tomando la nota. Había asumido que estuvieron un día, dos a lo mucho fuera, ¡pero cuatro! Se dejó caer en la cama, frotándose la cara.— Santo cielo... —Leyó el papel un momento, antes de aplastarla y hacerla una bola después—. Estúpida lagartija.

«El tesoro y yo fuimos a pasar la temporada de apareamiento juntos. Regresamos en cinco días.

Suoh».

—Suoh se tomó la molestia de invadir una cabaña al este de los terrenos feudales, ahí fue donde metió todas las cobijas y las prendas de ropa. —Vladimir le informó a los gemelos—. Tenemos que ir por todas las cosas... y lavarlas, a consciencia.

—Traten de averiguar también si esa cabaña pertenece a alguien —pidió también Kenshi a los gemelos—. Nunca supe que estaba una tan cerca de casa. ¿Los chicos han llamado en el tiempo que estuvimos fuera?

—Han vuelto todos —confirmó Kaoru.

—Klaus ha retomado sus funciones, entrenando a los nuevos soldados.

—Ruslán también ha ayudado a cubrir tus tareas. Será un gran sucesor —añadió Kaoru.

Kenshi asintió con orgullo. Ruslán en esos años se ha estado esforzando mucho para ser su suplente. Desde que nació, se esperaba que él fuera su heredero, apenas tuvo la edad Kenshi comenzó a prepararlo para el puesto, no obstante siempre dejó abierta las opciones para que Ruslán tomara la decisión de aceptar el puesto o no. Como visionario, Kenshi no quería mantener involucrada a su familia con el condado. Siempre supo que la generación de líderes del condado en su familia iba a detenerse en su propia línea de sucesión, sea con él o sea en manos de Ruslán.

—Vayan a desalojar la cabaña, mañana me encargo de los pendientes. Ugh, y necesito un baño profundo. En un rato. Quiero comer algo.

—Traigan bastante comida —pidió Vladimir, se sentía famélico.

—¿Qué diremos si alguien pregunta por qué las cosas desaparecidas están en una cabaña? —preguntó Kuma.

Kenshi suspiró. Esa era la parte que no le gustaba.

—Hablaré con ellos. Les diré que fue Suoh... —El dragón se presentaba a la servidumbre de vez en cuando, la mayoría de las veces pidiendo dulces, pero nunca les daba más de un corto comentario—. Que humillación...

Vladimir se mordió los labios para no hacer un comentario sobre eso. A él particularmente le parecía adorable que Suoh pidiera dulces con esos lindos ojos negros como si fuera un niño pequeño, lamentablemente no podía decir eso en voz alta. Kenshi de seguro lo golpearía.

—Bien... —carraspeó para pasar del tema—. Nosotros vamos a tomar un baño, después comeremos.

Esa fue la señal para que los gemelos salieran de la habitación. Kaoru se desvió un momento para dejar el baño listo a la pareja.

—No quiero ni levantarme de aquí. —Kenshi se estiró completamente, acostándose de lado para no incomodar su trasero—. ¿Me cargarías y darías un baño tú? —Le sonrió coqueto a Vladimir.

—Mocoso mimado —murmuró el ruso, inclinándose para darle un beso. El momento fue interrumpido por el carraspeo de Kaoru.

— El baño está listo...

—Gracias —murmuró Vlad, taladrando al japonés con la mirada. Con una reverencia, Kaoru salió de la habitación. Solos de nuevo, Vladimir volvió a besar a su esposo antes de cargarlo y llevarlo al baño.

Kenshi fue llevado al baño y disfrutó de unos largos minutos de mimos por parte de su esposo, tardaron más de la cuenta en el baño pero cuando salieron tenían todo un banquete esperando por ellos.

Para la tarde, ya más repuesto y con mejores ánimos, Kenshi tuvo una reunión con todos sus empleados, en especial con las jóvenes encargadas de la casa y la nana, explicándoles la situación que vivió con Suoh, algo que escapó de su control y cómo encontró todas las cosas desaparecidas. En su nombre –pues el dragón nunca se presentó ante ellos, cosa que imaginó en un inicio al ser tan terriblemente tímido, en especial con un público mayor–, presentó disculpas por todos los problemas causados, prometiendo que iba a mejorar ese aspecto de él. Los siguientes días hubo la tarea de buscar todo de la cabaña y lavarlo. Jim se presentó con una sonrisa, pero en ningún momento confesó a la pareja que Suoh le pidió ayuda con la travesura. Después de todo, le había prometido al dragón no decir palabra alguna al respecto.

Pasaron otros dos días, Kenshi estaba todavía molesto con los dragones, y aunque ya había organizado a algunos empleados para que sacaran todo de aquella cabaña donde Suoh los llevó, tuvo que hacerle frente a todos los demás. Fue un momento un poco humillante que solo aumentó su enojo, pero claro, la lagartija actuaba ignorante del problema y muy contento, además. Desde que nació Ruslán nunca se sintió tan feliz.

Durante ese tiempo, mientras Kuma y Kaoru ayudaban a Klaus a encargarse cómo podían del trabajo de Kenshi hasta su regreso, Michelle junto a su hermana y Ruslán trataron de retomar sus estudios.

Una noche, en la usual visita que daba a los jóvenes antes de irse a dormir, Kenshi entró en la habitación de Michelle cuando éste leía un libro a espaldas de la puerta.

—Ambos sabemos que cuando estás en esa postura, algo mal estás leyendo.

La voz del japonés espantó un poco a Michelle. A veces pasaba. Todavía seguía acostumbrándose a sus sentidos humanos, cuando antes podría escuchar los pasos desde antes que entraran a su habitación. Con un suspiro se volteó, revelando el tomo que leía tan secretamente.

—¿Estás leyendo a Saikaku? —Kenshi pareció confundido. No le parecía un pecado—. Realmente esperaba que estuvieras leyendo algo más denigrante.

—Me gustan sus relatos. —Michelle se sentó, marcando la página donde quedó—. Me hubiera gustado que Japón siguiera como el Japón que él describe. Que siguiera con hombres pudiendo amar libremente a otros, sin la presión de moralistas cristianos.

Kenshi se arrodilló frente a él.

—Sus relatos también hablan de amor, no solo de la moral y la sociedad japonesa. —Sonrió con una particular nostalgia y cariño al libro. Le llenó de esperanza y liberó sus dudas respecto a los sentimientos que sentía por Haruto cuando era niño. Decidió alejarse de esos recuerdos, y enfocarse en Michelle—. Hoy no has recibido llamada de Zachary, ¿o sí?

—Hoy no. Supongo que ha estado ocupado en el internado. —Michelle hojeó una vez el libro, observó una de las ilustraciones de los samuráis que lo ilustraban, y le dejó de lado. —Saikaku escribió relatos donde retrata un amor devoto, apasionado y, sobre todo, honorable, entre samuráis. No puedo evitar pensar en el papá de Irina. No estoy dudando de Zachary, pero me gustaría por fin tener un amor así. Cada vez que hablo con él por el teléfono, aunque hablamos de cosas para conocernos más, siento que ya lo conozco de hace tiempo.

—Michelle, el amor que habla Saikaku nació de años y años de compañía, de compartir debilidades y fortalezas dentro y fuera del campo de batalla, entre esos samuráis —reprendió Kenshi, un poco ceñudo—. No puedes compararlo con apenas unos meses que compartieron Klaus y Yuki, y mucho menos con unas semanas que tienes con Zachary. Denota tiempo. —Sacudió los cabellos del joven, antes de levantarse nuevamente—. Míranos a tu abuelo y a mí. Llevamos casi diecisiete años juntos, y seguimos trabajando en las debilidades. Eres muy joven aún. —Se encaminó a la puerta, pero no la deslizó, deteniéndose allí—. Es normal que quieras que tu romance con Zachary sea de esa forma, sea como la que relata Saikaku en su libro, pero… no lo fuerces por ese camino. Será como tiene que ser. Tal vez sea como el de Klaus y Yuki, tal vez como el de tu abuelo y yo… que espero que no o rodaran testículos por el campo.

—¿Qué tal como el de mis padres? —cuestionó Michelle.

Kenshi estaba enterado de que Michelle ya supiera quienes eran sus verdaderos padres. No le gustaba. Quería más que él estuviera completamente ignorante de algo que le relacionara a Angie, pero no era algo que pudiera evitar.

—Shin estaba obsesionado con tu madre. No sé si ella le amó o no. Él sabía el peligro que era seguir involucrándose en la vida de ella. —Su expresión fue neutra—. No creo que sea un ejemplo adecuado sobre el amor o cómo debería ser una relación amorosa.

Michelle no dijo nada enseguida. Ni siquiera estaba impresionado con esa revelación. Angie no era conocida por ser muy expresiva, recordaba cómo su cuerpo se tensaba en las pocas veces que él la abrazó, y no creía que fuera por saber que él era su hijo. Klaus siempre había sido un padre amoroso, a Michelle le gustaba recibir sus abrazos, le gustaba expresar cariño. Era muy liberador. Se cuestionaba cómo sería si hubiese crecido junto a ella.

—Tío Keso… ¿sabes dónde vive ella? Angie, quiero decir.

Hubo un largo lapso de tiempo en donde Kenshi permaneció sin decir nada, ni se movió. Michelle estuvo a punto de creer que, como Klaus, Kenshi tampoco le revelaría información alguna referente a Angie. No sabía de dónde nació, pero él parecía tenerle mucha animosidad a la mujer. ¿Por el abandono a Michelle, quizá? ¿O por algo referente a su padre?

—Cuando estuvimos en San Diego, recuerdo una conversación de tu tío Jim y tu padre sobre un lugar en México. El "Monte del Rey" o algo así. No sé dónde queda exactamente, o si es así como se llama —Se encogió de hombros—. Lo mejor que puedes hacer es olvidarla, Michelle. Supe que ella devolvía las fotografías que Klaus enviaba de ti, te dejó con él, pasaron quince años, y solo vino para hacerte escoger un lado de ti obligadamente. ¿Está aquí contigo ahora? –abrió los brazos, abarcando la estancia completa—. No lo hace. Ella no es tu madre, solo te concibió. Son dos cosas diferentes. —Deslizó la puerta, y añadió—. No te quedes leyendo hasta tarde. Mañana, Irina, Ruslán y tú tendrán entrenamiento con tu padre y conmigo.

—Sí, tío Keso —murmuró el joven, bajando la mirada al tomo en su regazo.

Kenshi lo observó unos segundos más. Pensaba que pudo haber sido un poco duro, pero Michelle necesitaba saberlo, y Klaus era muy sensiblero y leal como para decírselo al niño. Cerró la puerta al salir de la habitación.

Una parte de Michelle se sintió afectado por las palabras de Kenshi. En parte sentía que tenía razón, en parte le sorprendía saberse tan rechazado, pero en parte comprendía por qué y no podía culpar enteramente a Angie. Kenshi no la había visto golpeada esa mañana en el hotel. Kenshi no podía comprender que algo malo le hacían a Angie ser como era, que necesitaba ayuda. Se levantó de la cama, buscó pluma fuente y un cuaderno de notas, y escribió los lugares que Kenshi mencionó. Más libre de sus estudios que antes, podría aprovechar un momento en que su padre estuviera ocupado entrenando para hurgar en su habitación en busca de esas cartas de Angie. Allí confirmaría la dirección, la obtendría completa, y podría empezar a entretejer un plan de acción.

Al volver a la cama, apagó la lámpara de aceite, y cerró los ojos. Consideró mejor organizar un encuentro con Zachary y planear juntos. Zach le había mostrado su apoyo, quería involucrarlo en lo que hiciera. Puede que le diera nuevas o mejores ideas. Michelle se preguntaba qué tipo de persona era el jefe de Angie. ¿Era un proxeneta? ¿Un asesino? ¿Un vendedor de drogas? ¿Un jefe de la mafia? Michelle había perdido el número de Levoch, le hubiera gustado haberlo anotado en un lugar seguro para poder preguntarle más al respecto.

Cuando el sueño por fin alcanzó a Michelle, soñó. Era el campo de hierbas, ahora colorido por la primavera, donde tío Keso iba a buscar sus hierbas para hacer ungüentos y medicinas. Michelle adoraba jugar allí, correr de un lado a otro, tumbarse y recibir el dulce, a veces amargo o picante, y natural olor de las plantas y las flores. Zachary estaba allí con él, tumbado a su lado, Michelle no dudó ni una pizca en colocarse sobre él para comenzar a besarlo. Había extrañado mucho a Zachary. Extrañaba sus besos, sus caricias, el toque de sus manos en su piel, su olor y sabor. Todo él. Al Michelle alzar la cabeza para apreciar el atractivo rostro del rubio coronado con las hierbas y flores, le sonrió. Su corazón vibraba pletórico. Era imposible que hubiera algo más fuerte que el sentimiento de felicidad que inundaba su pecho en ese momento. Iba a bajar sus labios, otra vez, por un beso, cuando algo cayó y lo vio por el rabillo del ojo. ¿Un copo de nieve? ¿En primavera? Michelle se levantó más erguido. Nieve comenzaba a caer a raudales sobre ello, pero no sentía frío. Encogiéndose de hombros, decidió no buscarle lógica a su sueño, y en cambio abrió la boca para recibir el hielo en su lengua. Siempre lo hacía. Pero al recibir el primer copo en su lengua y saborearlo, lo escupió.

No era nieve. Eran cenizas. Caían copos de cenizas sobre el campo. Sobre Zachary y sobre él.

—Zachary, ¿qué está pasando? —No pudo evitar preguntar, aunque fuera parte de su sueño y, por lo tanto, no lo supiera.

—No importa —respondió el Zachary de su sueño, sosteniendo a Michelle por la cintura. Una sus manos se enredó en su cabello, obligándolo a bajar la cabeza para buscar un nuevo beso. Sus manos ávidas recorrieron toda la espalda del castaño, acercándose peligrosamente al borde de sus nalgas.

—Pero... las cenizas... —Trató de responder Michelle en medio del beso. Parte de su atención estaba dividida en seguir viendo cómo caían los copos de cenizas, hasta que sentir los besos de Zachary en su cuello atrajeron su atención. Decidió restarle importancia por ahora—. Bribón. —Sonrió con algo de diversión, reanudando los besos—. ¿Quieres que repitamos lo ocurrido en la posada aquella noche? —Acomodándose sobre él, las manos de Michelle procedieron a desabotonar la camisa que el rubio llevaba.

Mientras ellos se besaban y acariciaban, no notaron el momento en el que Kenshi desapareció de su campo de visión. Estaban muy entretenidos el uno con el otro, Zachary sonrió disfrutando de Michelle, desnudándolo mientras sus manos vagaban por sus muslos y su cintura.

—Ir un poco más allá no estaría mal —señaló el rubio. Aferrándose a Michelle para dar un giro a sus posiciones, Zachary quedó arriba entre las piernas del castaño, ambos gimieron complacidos cuando sus caderas chocaron haciendo presión entre sus genitales.

—Sí... —jadeó Michelle, tembloroso bajo él, estirándose lo suficiente para alcanzar su clavícula, sus manos jugueteando con los pezones de Zachary que iba descubriendo conforme la ropa desaparecía de ellos.

Había tenido sueños así, primero con Minegishi, luego el protagonista se volvía Damian, y ahora, en los últimos días, Zachary gobernaba todo su mundo. Su cuerpo se sentía caliente y deseoso de las atenciones de Zachary. Cuando siguió la línea de su hombro donde iba repartiendo besos y suaves mordidas, abrió levemente sus ojos y vio una figura menuda a lo lejos. Parpadeó una vez, aclarando la vista, notando que en realidad se trataba de Angie.

—¿Angie? —Se extrañó, sus movimientos congelándose por un momento. ¿Qué hacía ella en su sueño?—. Zachary, espera —pidió, haciendo el gesto de apartarlo para ir hacia ella. Estaba demás pedirlo pues, era su sueño, y podía hacer su voluntad en él.

Sólo que Zachary no hizo lo que él quería. En realidad el rubio mantuvo a Michelle contra el suelo, sus manos apresaron los brazos de Michelle sobre su cabeza y el resto de su cuerpo inmovilizado con su propio peso. A lo lejos, Angie observaba la escena; estaba vestida bastante simple, un vestido veraniego claro que resaltaba su piel morena, su cola y orejas estaban libres y su oscuro pelo ondulado se dejaba llevar libremente por la brisa. Tenía una expresión vacía en el rostro, como si no tuviera voluntad, como una muñeca de porcelana.

—Zachary, detente. —Michelle comenzó a debatirse, tratando de pensar y controlar su sueño para que la ilusión del rubio le obedeciera, pero el agarre era irrompible—. ¡Zach, suéltame! Angie está ahí. —Odiaba hacerlo, pero no pensó más al momento de levantar la pierna e incrustar la rodilla en la entrepierna del rubio.

Si esa fuera la realidad, en ese momento Zachary estaría llorando y retorciéndose de dolor en el suelo. Dado que era un sueño y Michelle ya no tenía el control, el rubio no se movió, en cambio devolvió el golpe. Su mano cruzó la cara de Michelle con una bofetada. Una horrenda risa inundando sus oídos.

El cielo poco a poco se estaba tornando oscuro, horribles nubes negras cubrían el cielo claro mientras la ceniza cada vez cubría más y más el pasto verde.

Con una mano, Zachary apresó los brazos de Michelle. Los movimientos rudos arrancaron la ropa del castaño, dejándolo vulnerable. Se irguió sobre el menor con una sonrisa torcida, sus ojos azules tornándose de un desagradable rojo. Una lagrima escapó de los castaños. No entendía por qué el dolor se sentía real. Pero nada comparado al terror que le inundaba al ver cómo los ojos de Zachary que tanto le gustaban cambiaban de color. Nunca antes había tenido una pesadilla en la que su novio fuera el protagonista y no le gustaba.

—Despierta, despierta —se exigió, apretando fuerte los ojos. Tenía que despertar ya. Se sacudía para zafarse del agarre, su cuerpo tembloroso—. Vamos, despierta. —Miró hacia Angie, suplicante—. ¡Angie! ¡Por favor! ¡Ayúdame! —exclamó, aterrado.

Los gritos parecieron captar la atención de la morena, como si despertara de un letargo. Se acercó hasta donde estaba Michelle, su expresión completamente neutra, sin vida mientras Zachary mordía los pezones de Michelle con saña.

Angie llegó a la altura de Michelle, sus pies descalzos junto a su cabeza.

—Te dije que me olvidaras.

Michelle se quejó de dolor, no podía entender cómo se sentía tan real la ardiente y punzante sensación del mordisco en una zona tan sensible.

—¿Po-por qué? No entiendo qué está... pasando. —Una vez más bajo la atención a Zachary, o al individuo que tenía su rostro. Este no era el Zachary que él conocía—. ¡Ayúdame! Por favor, por favor..., no puedo... —Odiaba no tener control en su sueño, ni poder despertar—. ¡Papá! —¿Por qué Klaus no venía a despertarlo?

—Sostenle la cabeza —ordenó Zachary, sorprendentemente Angie le obedeció. Aunque se notaba que lo hacía contra su voluntad, dado su lento movimiento, la morena acunó la cabeza del castaño sobre su regazo mientras con sus manos lo obligaba a permanecer quieto.

Sin que Michelle pudiera evitarlo, el monstruo en el que se convirtió Zachary violó su boca. Agresivamente mordía sus labios hasta hacerlos sangrar, su lengua imposiblemente larga llegaba hasta su garganta impidiéndole respirar y, al tocar la campañilla, le daba arcadas.

—Delicioso, justo como tú. —Sonrió el rubio al separar del beso. Aún sosteniendo a Michelle, su mano agarró con firmeza la delgada barbilla de la mujer, también obligándola a aceptar el beso. Ella no se quejó cuando sus labios fueron violados y mordidos, la única señal que tuvo Michelle de que esto era en contra de su voluntad eran las lágrimas que se deslizaban por las mejillas de la morena, cayendo sobre rostro.

Michelle observaba todo con horror. Jamás tuvo un sueño de esta magnitud, menos desde que Angie apareciera en su vida. Entonces recordó la pesadilla que tuvo hace días, los ojos rojos brillando de la misma forma en la que brillaban los de Zachary, y empezó a llorar con más ahínco, a querer zafarse con más fervor. El sujeto que vio en sus sueños otra vez volvía.

—¿Qui-quién eres? ¿Qué quieres? —Michelle nunca le había visto, no comprendía cómo es que gobernaba sus sueños. Él recordaría si hubiera conocido a alguien con ojos tan rojos como la sangre—. ¿Por qué haces esto? ¿A mí, a ella? —Michelle regresó la atención a Angie. Odiaba verla de esa manera.

—Ella me pertenece. —Sonrió su atormentador con el rostro de su amado Zach—. Tú te le unirás pronto...

Para ese momento, el rubio no tenía ningún tipo de ropa que le estorbara en su camino para abrirse paso en el cuerpo de Michelle. Rozando la punta de su pene con la pequeña entrada del castaño, Zachary presionó con fuerza; era como ser ensartado en un fierro ardiente, el ente de ojos rojos ni siquiera esperó para comenzar a moverse con brutalidad en su interior, usando como lubricante la sangre del castaño.

Con su cuerpo siendo sacudido por los violentos embistes, Michelle todavía podía sentir las lágrimas de la morena mojando su rostro, ella repetía una y otra vez su nombre, primero suavemente, después su voz fue adquiriendo una nota de pánico hasta que los gritos rivalizaban con los suyos.

Michelle creía que su garganta ardía como su cuerpo, que se partía en dos a causa de un desgarrador dolor. Sus ojos se cerraron con tanta fuerza que dolieron, y cuando los abrió, las lágrimas corrían a raudales por su rostro, su cuerpo no se estremecía por las embestidas del Zachary falso sino por las sacudidas en sus hombros y estaba en su habitación, una figura sobre él que solo le hizo gritar y alejarse apresuradamente de él.

—¡Déjame, suéltame, no! ¡No, basta! —chilló, en medio del llanto, hasta que fue capaz de darse cuenta de quien estaba con él—. ¿Pa-papá?

—Mich, oh, Mich. Despertaste —suspiró el mayor, aliviado. Abrazó a su hijo con fuerza—. Me tenías tan preocupado. Comenzaste a gritar, llorabas y no te despertabas. —Con la manga de su camisa para dormir limpió las lágrimas del rostro enrojecido de su hijo.

Irina estaba a un lado de su cama, luciendo igualmente preocupada, sin saber qué hacer.

Michelle comenzó a llorar con fuerza en el instante que Ruslán entró con sus padres. Desde la vez que se cayó de una rama y se torció un brazo a sus nueve años, jamás había llorado de esa manera, con tal desgarre como si estuviera sufriendo. Todo su cuerpo temblaba, se aferraba con tal desespero a Klaus, que aunque lo intentarán no podrían separarlo.

Ruslán se colocó al lado de Irina, preocupado de igual manera que ella por el castaño, en tanto Kenshi compartía una angustiada mirada con Vladimir. Michelle jamás fue de tener pesadillas, y las pocas que llegó a tener, nunca provocaban tal llanto en él.

—Buscaré un poco de té y un calmante —murmuró antes de salir del cuarto.

Vladimir asintió. Del armario del castaño sacó una manta mullida para ponerla sobre sus hombros, frotándolos en círculos reconfortantes. Todos se acomodaron en la habitación del castaño, acompañándolo hasta que el llanto disminuyó poco a poco.

—¿Estás calmado? —preguntó Klaus al sentir que el menor se separó de su pecho.

—Nos asustaste a todos —dijo Irina, envuelta en una manta que trajo de su cuarto. Ruslán estaba recostado de su costado mientras Vladimir y Kenshi estaban al otro lado del cuarto, uno junto al otro.

Michelle usó la punta de la cobija para limpiarse un poco de las lágrimas, hasta que Ruslán le cedió un pañuelo. En seguida Kenshi sirvió una taza de té para él junto a un calmante. Michelle no quiso aceptar la taza en un primer lugar.

—Te ayudará. No es necesario que lo bebas todo si no quieres, pero trata unos sorbos al menos —insistió el japonés, suave y firme a la vez.

Sin separarse completamente de Klaus, Michelle aceptó la taza. No bebió enseguida, mantuvo la cabeza gacha, la mirada carente de brillo fija en el líquido. Tomó un sorbo pequeño, sin emitir ruido o palabra alguna.

—Mich..., habla con nosotros —pidió Klaus, acariciando el cabello castaño—. Fue una pesadilla bastante fea. ¿Quieres hablar de eso, hijo?

Michelle esnifó y bebió otro sorbo de té. Negó. No quería recordarlo. Si bien fue un sueño, una ilusión, lo sintió tan real que podía aún percibir su toque en su piel, el ardiente dolor en su interior abrazando la entrada de su ano. Le estremecía de forma notable. Así como era notable el agrio olor del miedo que empezó a expirar Michelle sin ser consciente de ello.

—Mich... —llamó Ruslán al chico, suavemente. —Somos tu familia. Estás a salvo aquí.

—No... —La voz de Michelle fue tan deprimente, su labio tembloroso—. Él volverá a entrar a mis sueños... Allí no pueden hacer nada.

—¿Él? —Kenshi frunció el ceño, consternado—. ¿Quién es él?

—No lo sé. —Nuevas lágrimas volvieron a derramarse de sus ojos—. No lo sé. Pero ya estuvo dos veces allí.

—¿Estás soñando con alguien en específico? —preguntó Irina—. ¿Cómo luce?

—La primera vez... Su p-piel era blanca, muy pá-pálida, como su cabello. —Las manos de Michelle empezaban a temblar, perceptiblemente, que casi derramaba el contenido de su taza—. Y sus ojos... sus ojos eran tan rojos como la sangre. —Cerró los ojos con fuerza, pero rápido los abrió. Al cerrarlos era como si pudiera ver esos orbes otra vez—. Hoy usó el rostro de Zach. Tomó la cara de Zach y... y él me... —Ruslán se apresuró a tomar la taza de Michelle poco antes de que sus manos la soltaran y volvieron a aferrarse a Klaus.

—Shh. Calma, estamos aquí, estás a salvo. —Intentaba consolar el alemán, continuó con las caricias suaves en su espalda y cabello, también comenzó a ronronear. Eso siempre calmaba a sus crías cuando eran niños.

—No conocemos a nadie con esa descripción —murmuró Irina resaltando lo obvio.

—Es sólo una pesadilla, nada más —desestimó Vladimir—. Una vez que se calme podrá volver a dormir.

Kenshi miró ceñudo a Vladimir por su tal falta de empatía.

—Esto no es una pesadilla común, Vlad —masculló en un susurro—. No lo dejaría trastornado de esta manera...

—Y Angie, papá, ella no me ayudaba —lloriqueó Michelle, las lágrimas empapando nuevamente sus mejillas—. Angie estaba allí y no me ayudaba, lo ayudaba a él. —Michelle lo abrazó con fuerza—. No quiero dormir. Él vendrá otra vez, vendrá a atacarme otra vez. Dijo que iba a venir por mí, que iba a ser suyo, no quiero. Tengo miedo.

Klaus alzó la mirada, preocupado. Vio a todos en la habitación. Vladimir compartía su preocupación mientras Kenshi tenía el ceño fruncido, Irina y Ruslán tan solo se veían angustiados por lo trastornado que se veía Michelle.

—¿Quieres dormir conmigo esta noche? —ofreció Klaus—. Seguro que estando acompañado logras un par de horas de sueño.

Michelle estuvo dispuesto a negarse, pero luego de sorberse la nariz, terminó aceptando. No quería separarse de Klaus, de su padre, esa noche.

Con un carraspeo, Kenshi dio una palmada para atraer la atención de los jóvenes.

—Irina, Ruslán, vayan a sus habitaciones a dormir. Klaus se hará cargo de Michelle por hoy.

A los chicos no les quedó de otra que obedecer. Después de decir buenas noches, todos se retiraron del cuarto del castaño, solo Klaus y Michelle quedaron ahí. Los dos se recostaron apretadamente bajo el futón, Klaus continuó ronroneando, ni se durmió hasta que su hijo lo hizo una hora después.

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Michelle se despertó varias veces a lo largo de la noche, hasta caer rendido por completo apenas aclaraba el cielo. No despertó otra vez hasta las once de la mañana, y aun así Michelle tenía ojeras, estaba abatido y no tenía ánimos ni siquiera para hablar. Apenas los adultos conseguían hacer que comiera.

Kenshi despachó a los niños luego de la comida, pidiéndole a los gemelos que cuidasen de Michelle y a Ruslán e Irina que ese día solo tomarán un repaso. Entonces se giró a Klaus y Vladimir.

—Tenemos que hacer algo. Michelle dijo "la primera vez". —Fulminó a Klaus con la mirada—. ¿Cuándo fue eso? ¿Cuándo tuvo la primera pesadilla?

Klaus pensó detenidamente en eso. Recordaba que Michelle mencionó algo sobre una pesadilla cuando estaban en...

—Canadá, fue después de la transformación. En realidad no me dijo nada sino hasta la mañana siguiente cuando lo vi cansado y ojeroso.

—Claro. ¿Por qué no me sorprende? Michelle antes no sufría de estas pesadillas, lo llevas a un viaje solo porque esa mujer te lo pidió, ¡y vuelve así! —Señaló la puerta por donde había salido el chico—. ¿Luego te quejas conmigo de que no la quiera cerca de mi familia? No es una coincidencia, y más que Michelle la haya mencionado anoche.

—Kenshi, estás exagerando. Fue una pesadilla, nada más. Un producto de su inconsciente. —Negó Vladimir—. Que haya soñado con Angie y ojos rojos no quiere decir nada, sólo que los acontecimientos en Canadá le impresionaron.

—¿Cómo puedes decirlo así? —El enojo e indignación de Kenshi se transfirió a Vladimir esta vez—. Michelle nunca antes tuvo estas pesadillas, ni en los días posteriores. No deberíamos ignorarlos como tú planeas hacer.

—No voy a ignorarlo, sólo digo que estás involucrando unos factores externos que no tienen nada que ver...

Mientras ellos dos discutían, Klaus estaba callado sopesando lo que había pasado anoche; lo aterrado que estuvo Michelle, como tembló entre sus brazos. Estaba de acuerdo con Kenshi en que no era una simple pesadilla pero también se estaba preguntando qué podía influenciar de esa manera los sueños de Michelle, y que Angie estuviera involucrada en su sueño, sobre todo de la manera en que el castaño lo describió... Sólo podía pensar en una cosa.

—Kenshi —interrumpió el alemán la discusión de la pareja—. ¿Tienes algo con lo que podamos proteger los sueños de Michelle? Un atrapasueños, o algo parecido.

Kenshi lo pensó por un momento, negando al cabo de segundos.

—No. Pero le haré una visita a los monjes del templo cercano. —Ignoró el bufido de Vladimir—. Ellos tal vez tengan algo que nos pueda ser útil. Por ahora será mejor que Michelle duerma contigo, o querrá pasar la noche en vela hoy. —Fulminó una vez más a Vladimir antes de ponerse en pie—. Estaré fuera por dos horas. ¿Por qué no distraen a Michelle con alguna actividad? Eso quizás le levante el ánimo.

Cuando Kenshi se fue de la habitación, Vladimir esperó unos segundos hasta saber que no estaban al alcance del oído del japonés para decirle a Klaus.

—¿De verdad crees que un atrapasueños hará alguna diferencia? Klaus, fue sólo un mal sueño, un producto de su subconsciente.

Klaus negó con la cabeza.

—No estoy de acuerdo. Angie trajo a Michelle para protegerlo, no fue sólo un capricho el dejarlo a mi cuidado. Ella en verdad quería mantenerlo lejos. ¿Recuerdas lo que nos dijo ese hombre que atendía la barra cuando fuimos con Shin a buscarla?

—Vagamente.

—Nos advirtió que debíamos alejarnos. Nos dio a entender que alguien realmente malo tenía bajo su poder a Angie. Sabemos que ella no puede hacer nada contra eso, no tiene más remedio que obedecer. Por eso Michelle estaba tan angustiado de que no hiciera nada en su sueño.

Vladimir tenía los labios apretados. Todavía pensaba que sólo fue una pesadilla, dudaba que un atrapasueños y talismanes sirvieran de algo pero la amenaza era real. Con una orden, Angie podía volver y repetir lo que pasó con Shin.

—Ayudaré a Kenshi a buscar hojas para una infusión de té. Quizás eso lo ayude a dormir.

Kenshi tardó más en volver a la mansión, y no lo hizo con un atrapasueños sino con un collar de cuentas sagradas. Los monjes le habían mencionado que la aparición de ojos rojos era símbolo demoniaco y el collar, según ellos, protegería a Michelle de intrusiones nocturnas. Le dieron varios consejos pero, por ese lapso, Kenshi decidió que intentarán con el collar.

Para casi la tarde, recibieron visita desde Canadá. Kenshi entrecerró los ojos cuando Narcisse y Zachary llegaron al lugar, era la primera vez para el franco-canadiense, se veía un poco nervioso, observando todo a su alrededor, pero nada evitó que sonriese coqueto hacia Vladimir. Kenshi frunció el ceño, con Suoh gruñendo muy en su interior y dejando claro su territorio al rodear la cintura del ruso con sus brazos. Aún cuando ya estaban en proceso de superar el escape de hace una semana, Suoh todavía continuaba queriendo estar sobre Vladimir más allá de lo normal. Todo aquello no le importó mucho a Narcisse, quien luego giró toda su atención a Klaus.

—¿Qué están haciendo aquí? —cuestionó el japonés, el dragón aún tenso en él. Le tomaría tiempo acostumbrarse a las actitudes de Yu para con Vladimir. Esperaba.

—Visitando —respondió Yu entre ruidosos besos, sus labios haciendo un recorrido desde su boca, mandíbula y cuello—. Nos tenían abandonados, y Zachary pensaba escaparse para ver a Michelle. ¿Por qué no aprovechar?

Kenshi miró al rubio. Michelle no estaba con ellos en ese instante. Jim se lo había llevado al bar hace una hora, el niño todavía seguía con una expresión de desánimo en su cara. No sabía qué tan bien podría caerle la presencia de Zachary, tomando en cuenta el papel que su cara ocupó en su reciente pesadilla.

—No sé si sea un buen momento...

—Intenté llamar a Michelle esta mañana pero no me lo comunicaban. Primero me respondió alguien en japonés y no le entendí nada pero la segunda y tercera vez que llamé me daban evasivas —explicó el rubio, esperaba que al ir personalmente pudiera ver a Michelle.

En vista de que la boca de Klaus estaba siendo devoraba hasta dejarlo sin aire, fue Vladimir el que respondió al americano.

—Michelle tuvo una noche dura. Es mejor que vuelvan en otro momento.

Por primera vez en ese día, Kenshi asintió de acuerdo a las palabras de Vladimir.

—Es lo mejor. Dale un par de días.

Narcisse, por fin, dejó los labios de Klaus en paz, y se lamió los propios antes de hablar.

—¿Tuvo una noche dura? —Con un mohín de molestia, miró en dirección a Zachary—. ¿No te habrán reemplazado, cariño?

—Cierra la maldita boca —gruñó Kenshi al castaño. Definitivamente, no habría vida alguna en la que Yuki le agradara—. Michelle tuvo un incidente anoche con una pesadilla. No está en condiciones de ver a nadie ahora. Así que tú, particularmente, saca tu trasero de mi casa y regrésate por donde viniste.

—No quiero —respondió, altanero, sentándose más cómodo en el regazo de Klaus, de forma intencionada frotando su culo contra la entrepierna del mayor—. Ya lo dije. Estamos de visita. ¿Es así como tratas a tus visitas? Que mal anfitrión eres.

Klaus jadeó, rojo como un tomate por las acciones descaradas de Narcisse. Su mente se dividía en lo delicioso que se sentía tener a su tesoro sentado impúdicamente sobre sus partes nobles, excitándolo, y lo mortificante que era ese mismo comportamiento.

—La visita terminó —dijo Vladimir, su ceja saltando con un tick nervioso ante la desfachatez del franco-canadiense—. Pueden irse ahora.

—He venido a visitar a Klaus, no a ustedes. Llevo casi cinco días sin verlo, y por si no lo notan, él parece extrañarme mucho justo ahora. —Dio un leve gesto a la erección que tenía—. Solo le haré caso a Klaus. Me iré si él lo quiere.

—Gusano —masculló Kenshi entre dientes. No debería darle importancia a Narcisse, nunca antes se lo dio a Yuki, pero el enclenque nuca se hubiera atrevido a insultarlo de tal manera. Suoh por primera vez se sentía tentado a destrozar el cuello de alguien.

Al ver que, otra vez, Narcisse estaba con intenciones de besar a Klaus sin importarle la audiencia, Kenshi se levantó, se acercó al par, y tomando de la oreja a Yu, lo jaló fuera del regazo de Klaus.

—No voy a permitir ese comportamiento en el salón de mi madre. Eres una jodida cría descarriada, y si crees que en mi casa podrás hacer lo que se te venga en gana, estás muy equivocado. —Lo soltó, su oreja roja por el fuerte agarre.

Zachary se acercó en defensa de su amigo.

—E-espere, señor Keso. Perdone a Yu, es un idiota calenturiento pero en realidad no es malo.

—Reacciona —regañó Vladimir a Klaus. Le dio un golpe en el hombro para llamar su atención.

El alemán, ahora que no tenía el aroma de Narcisse hipnotizando sus sentidos, su sangre volvió a fluir de manera normal por su cuerpo permitiendo que un par de neuronas volvieran a funcionar correctamente.

—Eh, si, sí.

La atención de Kenshi fue hacia Zachary, quien también recibió su jalón de oreja.

—¡Mi nombre es Kenshi! Solo porque permito a Michelle llamarme "Keso" no significa que te deje a ti hacerlo. Y controla a tu amiguito, o lo sacaré a patadas de aquí y no lo dejaré entrar ni aunque se ponga de rodillas.

Un bufido de parte de Narcisse le crispó un poco.

—Prefiero ponerme de rodillas frente a un puto vagabundo, que a ti.

Kenshi trató de respirar hondo, de refrenar los impulsos de Suoh. Por lo general siempre era un dragón tranquilo, demasiado sumiso para su gusto, pero con el inicio de la primavera estaba muy sensible, más activo para lo que acostumbraba.

—Si sigues abriendo esa boca sucia que tienes, te voy a atar a una silla y meteré jabón en ella —Se giró nuevamente a Zachary—. La próxima vez que vengas, hazlo solo, o no te permitiré pasar de la entrada. Deberías aprender a escoger mejor a tus amigos.

—Lo mantendré vigilado —prometió Klaus, tomando el brazo de Narcisse, sacándolo de la estancia. Era mejor que hablaran. Zachary se quedó en el salón con Kenshi y Vladimir.

—Lo siento mucho. Michelle me dijo su nombre en algún momento pero no lo recordaba —murmuró con la cabeza baja, bastante apenado—. Sobre Yu... No es su culpa ser así. Fue como lo criaron.

—Pues con mucho gusto yo lo puedo guiar por el sendero del bien —gruñó Kenshi, más aliviado ahora sin la presencia de Narcisse en la estancia—. Yo me encargaba de poner en orden a los niños... Bueno, Michelle era una excepción. —Tuvo que admitir luego de un momento.

Al rubio se le iluminaron los ojos en cuanto volvió a escuchar el nombre de Michelle.

—Debió ser un niño muy travieso. —Se mordió el labio inferior, no muy seguro de como expresar lo que quería decir—. La pesadilla. ¿Fue tan mala que ni siquiera me dejan verlo?

Kenshi lo consideró por unos instantes. Trató de ponerse en los pies de Zachary, de ver los pros y contras en decirle o no la verdad, tomando la decisión de que no veía nada malo en hacerlo. Se encogió de hombros hacia Vladimir, asintiendo.

—La pesadilla tomó tu rostro. Eso es lo que ocurre. Así que no sabemos qué impacto podría tener en Michelle justo ahora verte. —Observó de cabeza a pies a Zachary, lo analizó unos segundos—. Por eso decimos que le des unos días. Podrías llamarlo, no creo que haya problema en eso. Pero ahora Michelle está... —Kenshi trató de explicar el estado del niño, sin éxito—. No es él. Punto. Jim se lo llevó para tratar de animarlo porque no hemos tenido éxito aquí.

—Pero... —Zachary desordenó su cabello rubio en un gesto de frustración—. De acuerdo, vendré luego... ¿Pueden decirle que estuve aquí? También que le traje esto. —Dejó una bolsa de papel frente a Kenshi junto a una lata de leche condensada—. No son los primeros de la mañana pero seguro se anima con esto.

El japonés tomó la bolsa, observando lo que había dentro. Panecillos. Los reconoció de los usuales que Bard preparaba para el niño cuando estaban en Rusia.

—Bien. Creo que sí ayudará un poco. —Los dejó a un lado, volviendo la atención a Zach—. Llámalo mañana. Me encargaré que conteste. Con suerte estará más disponible para hablar que hoy. Solo... asegúrate de no presionarlo. Queremos que supere esto.

—Si, señor —suspiró el rubio, sintiéndose impotente y desilusionado porque no podía ayudar a Michelle de ninguna manera—. Yo, eh..., le dije a Yu que era mejor si se alejaba del papá de Michelle. En todo el tiempo que lo he conocido nunca tuvo un flechazo, él no sabría lo que es el amor ni aunque le muerda el trasero pero es porque no conoce lo que es el verdadero amor.

—¿Tú sí? —interrumpió Vladimir.

—¿Perdón...?

—Te pregunto si tú sabes lo que es el verdadero amor. —Vio a Zachary titubear por un momento, sus ojos azules vagando por la habitación hasta que su mirada se topó con la bolsa de pan que trajo para Michelle.

—No, pero creo tener una idea bastante clara.

—Nos alegra oír eso. —Kenshi ladeó la cabeza, recordando la conversación que tuvo con Michelle la noche anterior—. El amor no es perfecto, no creas en lo que escriben en los libros. Lo idealizan mucho, y no todas las parejas son así. Por ejemplo nosotros. —Hizo un gesto hacia Vladimir y él con su mano, observándolo de reojo—. Apenas lo soporto, y él no parece tenerme mucha paciencia, discutimos por cualquier tontería, si bien la mayor parte del tiempo es por su culpa, y ha venido desorganizando mi vida desde que apareció en ella. ¿Y crees que no he deseado tenerlo lejos? Miles de veces, pero entonces sé que hacerlo significa enfrentar una vida aburrida, sin que algo valga la pena, y simplemente ya no quiero hacerlo —respondió el japonés, inalterable y con tanta calma como si hablase del clima—. Lo necesito en mi vida como las plantas necesitan el sol. —Miró a Vladimir, ceñudo—. Eso salió muy poético, es culpa de Suoh. Ignora eso, no soy tan cursi. —Volvió la atención a Zachary—. Como te decía, ustedes—

Sin que el japonés lo esperara, tuvo que tragarse sus palabras cuando Vladimir se apoderó de sus labios, un entusiasta beso que trataba de transmitir todo lo que las palabras de Kenshi le hacían sentir. Quería decirle tantas cosas pero no tenía suficientes palabras para describir todo lo que su corazón quería expresar. Con este beso al menos podían demostrar una pequeña parte.

—Creo que ya expusimos nuestro punto —susurró Kenshi, sus mejillas ardiendo a causa del sonrojo. Sus labios buscaron un último beso antes de establecer un poco de distancia—. ¿Comprendiste ahora? Sé justo lo que Michelle necesita, y no tendremos que enterrarte después —dijo a Zachary.

—Lo cual no es una garantía —advirtió Vladimir, más concentrado en besar el cuello de Kenshi—. Ahora, si nos disculpas, tenemos un asunto urgente del cual encargarnos. —Tomó la mano del japonés instándole a ponerse en pie—. Espero que sepas cómo llegar a la salida por tu cuenta —dijo a modo de despedida mientras arrastraba ansioso a Kenshi fuera de la habitación.


CONTINUARÁ...

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