CAPÍTULO 25

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Michelle no llevaba ni cinco minutos desde que volvió a recostarse en el futón. Tenía apenas media hora desde que se levantó y aseó, para volver a tumbarse, boca abajo esta vez. Su cabello estaba húmedo, la piel roja como si la hubiera tallado rudamente. Cuando despertó, tuvo que correr a bañarse apenas recordó partes de su última pesadilla. No pudo hacerlo anoche. Ahora simplemente no tenía energías para nada, ni siquiera ánimos para salir a buscar comida. Quería llorar, pero no había lágrimas en sus ojos, como si hubiera sido drenado por completo de ellas.

Tampoco notó los pasos que venían del pasillo, o cuando se deslizó la puerta de su cuarto, hasta que la voz de Ruslán le sacó de su ensimismamiento.

—¿Michelle? Alguien vino a visitarte... —murmuró suave, atrayendo su atención.

Apoyándose en sus brazos, Michelle se impulsó hasta quedar de rodillas. Cuando su cuerpo giró, y vio a Zachary, su rostro se iluminó parcialmente.

—Zach...

—Hola, gatito —saludó el rubio con una enorme sonrisa. Se acercó a Michelle, arrodillándose a su lado dándole un efusivo beso como saludo—. Te extrañé estos días.

Pero Michelle no dejó que se separase, en cambio rodeó su cuello con los brazos, casi haciendo que se tumbara con él. Si hubiera visto a Zachary luego de su segunda pesadilla, definitivamente habría temblado de pavor, pero justo ahora lo necesitaba tanto.

—Lo siento... —murmuró contra su hombro, sin atreverse a alejarse—. He estado un poco indispuesto. —Michelle respiró hondo su olor—. Gracias por los panecillos del otro día.

—Lamento no haberte traído esta vez, Narcisse me acompañó y estaba tan apurado por venir que no me dejó pasar por la panadería. —Acarició el suave cabello castaño entre sus dedos—. ¿Qué pasó? Tus abuelos me han dicho que no has dormido bien.

Michelle titubeó.

—Solo... he tenido malos sueños, eso es todo. —Vio de reojo como Ruslán le observaba ceñudo. Él tampoco parecía de acuerdo, pero a su vez se veía comprensivo con Michelle.

—En un rato tenía pensado visitar a Gerardo —intervino, atrayendo la atención otra vez de Michelle—. Tiene un amigo que podrá ayudarte a dormir mejor.

—Mich, eso es fantástico. Podrás tener una buena noche de sueño. —Sonrió Zachary al castaño, dejando que uno de sus brazos rodeara los hombros de su novio—. No tenía idea de que había un guardián de los sueños.

—Yo tampoco podía creerlo —comentó Irina cuando llegó a la habitación con una bandeja de bebidas—. El tío Jim nos trajo esto.

—¿En verdad crees que eso funcione? —Michelle no se veía seguro, observando a Ruslán—. Estos sueños... No creo que pueda—

—Estás siendo asediado por alguien, no por algo. Gerardo no lo confirmó, pero tampoco lo negó de forma tajante —interrumpió Ruslán, cruzando sus brazos—. Ametts, el amigo de Gerardo, seguro encontrará una respuesta.

Michelle bajó la cabeza. ¿Podría en serio? Hasta ahora nada había funcionado, ni las medicinas del abuelo Vladimir.

—Vale la pena intentarlo, además, piénsalo, podremos ir a Italia —susurró Zachary tentador—. Beber vino tinto, comer pizza. ¿Podemos, cierto? —preguntó esperando la confirmación de Ruslán.

Michelle trató de sonreírle, tomando un sorbo de su bebida, pero Ruslán asintió.

—Estoy seguro de que a Gerardo le agradará la compañía. Además, tiene buenos vinos en su despensa.

—Tío Keso no le gustará oír que has estado bebiendo. —Hizo notar Michelle.

—Siempre me deja beber una copa, y no me he excedido de ella —declaró ufano—. Si estás listo, podríamos ir ahora. Si no cálculo mal, Gerardo estaría despertando o haciendo su desayuno.

Michelle miró por la ventana. Sospechó que dentro de poco servirían el almuerzo, y el estómago de Michelle se cerró ante la perspectiva. Apenas podía digerir el té que tío Jim mandó.

—Creo que una visita pequeña sería agradable.

—¡Excelente! Tenemos planes para la tarde pero no irás en esas fachas —acusó Irina a su hermano. A pesar de haberse quitado el pijama, su aspecto no era el mejor—. Ustedes dos, fuera, ayudaré a este gato flojo a vestirse.

—También somos hombres —protestó Zach, sintiendo a Irina halarle del brazo para sacarlo del cuarto.

—Afuera, pervertido —dijo sacando al rubio y su tío Ruslán. Deslizó la puerta del cuarto tras ellos.

Ruslán se atrevió a abrir la puerta una vez más.

—Calma. —Aclaró a Irina—. Solo es para decir que les esperaremos en el salón. —Entonces cerró la puerta, e instó a Zachary a caminar por el pasillo—. Vamos, es mejor dejarlo así. Cuando a Irina se le mete algo a la cabeza, es difícil sacárselo. Es tan testaruda como Klaus.

—Ciertamente, lo es. Y es igual de intimidante —Se masajeó el brazo por el que Irina lo agarró—. Nunca había conocido a una chica tan fuerte, y no se parece en nada a las chicas japonesas que he visto por aquí. Todas son tan recatadas y medidas.

—Eso es cosa de Klaus y mi papá. —Ruslán se encogió de hombros—. Los tres tuvimos una educación diferente al de los demás niños. Aunque tuvimos maestros que venían a casa, lo demás lo aprendíamos de mis padres y Klaus, de los tíos Kuma, Kaoru y Jim... No aprendimos exactamente a ser tímidos y obedientes..., bueno, obedientes tal vez sí. —Tuvo que admitir, recordando algunos castigos de pequeños—. Sobre todo Michelle. Ni Irina ni yo hacíamos tantas travesuras como él.

Zachary se rió imaginando como debió ser Michelle de pequeño. Le pidió al Ruslán que le contara alguna de sus aventuras mientras esperaban a los hermanos, logro contarle dos anécdotas antes de que Irina y Michelle aparecieran. Ambos se habían cambiado de ropa, algo más adecuado para el agradable clima de La Toscana.

El grupo avisó a uno de los sirvientes que iban saliendo y se adentraron en el bosque para buscar un árbol que los llevara a Italia. Ruslán ya estaba tan acostumbrado a ir y venir, así que el árbol que escogieron los dejó salir en el jardín del mago italiano, y a juzgar por el delicioso aroma que provenía desde la casa, Gerardo estaba haciendo el desayuno.

Ruslán los guió al interior de la casa. Michelle e Irina habían estado por poco rato, y Zachary nunca visitó la casa. Pronto alcanzaron la cocina. Ruslán pudo oír un ligero gruñido de parte del estómago de Michelle. No era el sonido habitual del gran apetito que el chico gozaba, pero esperaba que al menos hiciera a Michelle engullir un buen plato de lo que sea Gerardo preparaba.

—Buenos días —Se hizo oír, acercándose al mago por un beso. Había lamentado marcharse a mitad de la noche. Con suerte, esa noche sería diferente—. He traído un poco de compañía, si te parece —Se giró hacia los demás.

Michelle le brindó una suave sonrisa mientras entraba.

—Buenos días, Gerardo. Huele muy bien aquí.

Buongiorno, adorabile —saludó a Ruslán con una sonrisa, luego a sus acompañantes—. Es bueno verlos de nuevo a todos, llegaron a buena hora. —Gerardo se puso el paño que estaba usando para limpiarse las manos encima del hombro—. Una adorable viejita pasó, y a cambio de unos tomates me dio estos suaves panes... Se llaman croissants. Estoy haciendo mermelada y tengo quesos.

—Mmh, perfecto. Michelle no tiene mucho de haber despertado, así que no ha desayunado nada. Yo tengo muchas ganas de probar esos croissants. —Ruslán le dio un vistazo apreciativo a los crujientes panes.

Michelle compartió una mirada con Irina.

—Creo que ya sabemos cómo lo ha conquistado Gerardo —Se burló el castaño—. Tío Jim dice que la mejor forma de conquistar a un hombre es por el estómago.

Oyó a Ruslán gruñir, un poco azorado.

—Mira quien lo dice, el chico al que le han llevado panecillos dulces con leche condensada. Eso no es un antojo.

—Ya, pero sabemos que a mí me gusta comer. Es irrelevante.

—¿Alguno de ustedes sabe preparar café? —preguntó Gerardo mientras removía la olla que tenía al fuego con la mermelada. Zachary se ofreció a preparar el café y entre Ruslán, Irina y Michelle pusieron la mesa. Gerardo puso varios frascos con diferentes mermeladas, una selección de quesos y los croissants, también agregaron café y jugo de naranja. Mientras comían, Gerardo les dijo—. Logré comunicarme con Ametts. Dijo que podría venir esta noche.

—¿No puede venir durante el día? —Zach en verdad quería estar junto a Michelle pero no podía alejarse un día entero del internado.

—La naturaleza de su magia le obliga a moverse durante las noches.

Michelle hizo cuentas a las horas, y asintió. Tenía el sueño descontrolado a causa de las pesadillas. Consideró más apropiado quedarse allí con Gerardo ese día.

—¿Puedo quedarme contigo este día? —preguntó al mago, y se giró hacia Ruslán e Irina—. Con lo que dormí, igual estaría despierto hasta la madrugada en Japón, hora en donde aquí apenas estaría anocheciendo. Prefiero quedarme aquí de una vez...

—Pero..., ¿y si sufres de otra pesadilla? —Ruslán cuestionó, preocupado—. Klaus no estará aquí.

—Pues, espero que ese tal Ametts use algo de magia para ayudarme en su lugar. —Michelle untó, sin mucho ánimo, la mermelada en su croissants. Quiso decir algo más, pero en cambio se calló, y dio un suave mordisco al pan.

Gerardo cambio de tema y comieron tranquilamente. Casi al final de la comida, Zachary le preguntó a Gerardo qué tipo de vino iría bien con el queso azul que estaba en la mesa, el italiano encantado le habló de los vinos, el sabor, incluso presumió un poco sobre la cosecha de uvas que tenía en el patio trasero.

En vista de que el italiano no tenía intenciones de sacar ningún vino de la reserva, Zachary tomó la mano de Michelle. Con una suave disculpa lo guió afuera de la casa, caminaron un rato tomados de la mano hasta llegar a la sombra de un frondoso árbol frutal. Ahí el rubio acorraló a Michelle contra la corteza y lo besó. El beso tomó por sorpresa a Michelle, pero pronto respondió con emoción, sus brazos rodeando el cuello de Zachary, los dedos hundiéndose en el cabello de su nuca. Un suspiro se entremezcló en su beso, sin embargo cuando sintió las manos del rubio en su cuerpo, Michelle se tensó, alejándose.

—Espera... —murmuró, deteniéndolo—. Es... —Michelle tomó las manos de Zachary por su muñeca. ¿Cómo explicar? Hasta decir la más mínima palabra quedaba trancada en su garganta. Se vio avergonzado cuando bajó la cabeza, esquivando su mirada.

—Mich... ¿Qué pasa? —Preocupado, Zachary miró a su novio, incluso se puso pálido cuando intentó meter sus manos dentro de su camisa.

—Es que... —¿Qué decirle a Zach? Michelle tanteó cualquier intento de respuesta, pero ninguna le parecía adecuada. Todo era más fácil cuando no había tenido esas pesadillas—. Es por... —Michelle se movió, de manera que ya no estaba apresado entre el cuerpo de Zachary y el tronco, y se sentó en la hierba a los pies del árbol—. Son los sueños. —Michelle encogió las piernas, abrazándolas contra su pecho.

Zach se sentó frente al castaño en posición de indio.

—¿Qué ves en tus pesadillas? Tu abuelo fue extremadamente vago sobre eso.

Michelle suspiró. Si aun tuviera sus orejas, estaría seguro de que en ese momento se verían aplanadas contra su cabeza, pero creía que su sola postura evidenciaba lo cohibido que se sentía ante el tema.

—Es... a un hombre —murmuró, apretando el agarre entorno a sus piernas—. Él... él me... —Michelle mordió su labio inferior, y ocultó el rostro entre sus rodillas. No podía. Ni siquiera a Zachary podía.

Dada la postura de Michelle y su obvio rechazo al contacto, Zachary pudo intuir en qué consistían las pesadillas, al menos en parte.

—Es sólo un mal sueño, nadie te está tocando en realidad. —Trató de consolar el americano.

—Son reales, Zach... —rebatió Michelle, rígido sin alzar la cabeza—. Lo de anoche fue la prueba. Él... Él es completamente real. —Cuando se dignó a mirarlo, sus ojos brillaban pero se veía reacio a dejar que las lágrimas se deslizaran de ellos—. Y no solo me tortura a mí, creo que también a Angie.

—¿Él? ¿Quién es él? —Se deslizó sobre la hierba para quedar al lado de Michelle en vez de en frente. Pasó su brazo por sus hombros para abrazarlo.

—No quiero decir su nombre. —Todo el cuerpo de Michelle tembló ante la perspectiva de nombrarlo y que el hombre apareciera frente a él como un fantasma. Incluso el pensarlo le provocaba fuertes escalofríos—. Él dijo... dijo que Angie era su juguete personal... —Michelle frunció el ceño, preocupado— y que pronto yo lo sería también. Dijo que tuve una hermana, una melliza, y que murió durante el nacimiento.

Las cejas rubias del americano se alzaron en sorpresa ante las palabras de su novio.

—¿De verdad le crees? ¿Cómo sabes que lo que te dice no es mentira? Un invento para angustiarte.

—No lo sé..., pero lo creo. Es como algo diciéndome que sí había, o hubo, alguien conmigo mientras estaba en el vientre de mi madre... ¿Es posible algo así? —Michelle alzó la cabeza—. Tener vagos recuerdos, o sensaciones, de tu estadía allí... Pero ese no es el punto. —Michelle descansó la cabeza en la corteza del árbol—. Él sigue allí, acechando en mis sueños, haciéndome... cosas... Siento que me voy a volver loco algún día.

—Estoy seguro de que podremos hacer algo para detenerlo... —También recostó la cabeza en el árbol, miró de reojo a Michelle—. Sabes. Ruslán me dijo que su novio tiene una oficina llena de pergaminos y libros viejos. Podría haber algo allí que te ayude.

Michelle lo pensó por un momento. Recordaba que Gerardo había mencionado unos libros antes, cuando apenas estaba enterándose de que debía decidir si permanecer humano o animal, y recordaba que había uno más, pero con tantas cosas pasando, ya no podía rememorar cual. Sin embargo...

—Tal vez sería mejor pedirle a Gerardo que nos muestre..., ¿no crees?

—Claro. —Se inclinó dejando un beso en la sien de su novio antes de levantarse.

Tomando su mano, le ayudó a levantarse. Caminaron de esa manera hasta el interior de la casa donde Ruslán e Irina hablaban con el mago sobre lo que se podía hacer en La Toscana.

Cuando la pareja se acercó, mostraron su interés por lo que podrían encontrar en la biblioteca del guardián. Gerardo no supo por qué querían ver su vieja colección de libros y pergaminos pero los condujo con mucho gusto al interior de su estudio.

Ruslán había entrado allí solo unas pocas veces, pero los demás no. Michelle se impresionó por la estancia. Era un estudio, de buen tamaño y con un enorme ventanal con vista el jardín. Vio varias estanterías de madera de piso a techo, todas llenas de antiguo libros forrados de piel y hojas amarillentas, también había pergaminos y papiros, incluso más viejos que los libros. Michelle se cuestionó cuántos años tenían allí. Ya casi no se veían pergaminos o papiros como los que Gerardo tenía, las únicas que llegó a ver fue en los viejos templos de Japón, siendo resguardados muy celosamente por los monjes.

—Impresionante. —Michelle se adelantó a uno de los estantes, sacando un libro al azar. Frunció el ceño al ver que está escrito en latín. Michelle sabía algo, un par de palabras que aprendió del abuelo Vladimir, pero no podía leer textos enteros—. ¿Todos los libros de acá están en latín? —cuestionó al mago, antes de devolver el tomo a su lugar.

—La mayoría. Tengo unos pocos libros en hebreo, macedonio... Los más viejos ni siquiera tienen texto. —Gerardo no estaba interesado en ese tomo en particular, en cambio fue a la librería de atrás de su escritorio, donde estaban resguardados los tomos más viejos e importantes. Sacó algo que apenas podía llamársele libro: una recopilación de láminas de madera con inscripciones y dibujos. Lo desplegó con mucho cuidado sobre la mesa. En las ilustraciones estaban representados todos los guardianes con sus jerarquías, los cuatro grandes eran los primeros en el centro del círculo; Naturaleza representado como una mujer verde, Tiempo como un hombre blanco, Vida una mujer roja y Muerte como un hombre negro. Seguía la segunda línea de magos, los guardianes de las estaciones con un Guardián principal, desde ahí había varias sub-categorías que hacían que el círculo se ampliara y en el centro de eso una estrella dorada—. Este en particular es invaluable.

Los jóvenes se apilaron entorno a Gerardo, observando las láminas con asombro. Ni siquiera Ruslán lo había visto. Era impresionante, como ver la jerarquía de reyes en una nación. Ruslán frunció el ceño en concentración, reconociendo la figura de Gerardo como guardián de la naturaleza en las láminas, pero le extrañaba que fuera una mujer.

—Gerardo, si aquí están los cuatro magos principales, debe haber un error... —fFue Michelle quien habló, comprendiendo tan bien como él. Señaló una de las figuras—. Aquí dice que el guardián de la naturaleza es una chica. Es decir..., luces como un chico. —Miró al mago.

—Michelle, no seas idiota. —Ruslán rodó los ojos. Tal vez Michelle no comprendió tan bien como él—. Antes de Gerardo hubo una mujer.

—Exactamente. Cuando Madre Naturaleza decidió que había vivido suficiente, sus responsabilidades me fueron heredadas junto con todas sus posiciones preciadas. —El manuscrito de manera era uno de ellos, varios de los libros más antiguos fueron una herencia de la mujer pero más que eso, ella dejó como herencia a su sucesor su amado tesoro: semillas, de todo tipo.

—Fascinante —murmuró Irina mirando todo el dibujo, sus ojos fijándose en la estrella dorada del centro—. Entonces, esta estrella es...

Gerardo sonrió con cariño, acariciando la madera sobre la que estaba pintada la estrella.

—Esta es la magia pura y salvaje —confirmó el italiano—. Es Dios, es Vida.

Michelle siguió observando las láminas, fijándose en cómo la línea de cada mago principal se dividía en otros, como ramas de un gran árbol. Se apartó, luego de unos instantes. No se sentía particularmente interesado, contrario a Ruslán que estaba maravillado.

—Sabes, había algo que me pareció curioso aquella vez que mencionaste los tres libros —comenzó el japonés, y señaló las figuras de los magos principales—. Cuando describiste que custodiabas el libro de los animales, tenía sentido porque siempre han relacionado la fauna con la flora. Pero cuando dijiste que el de los humanos estaba con Aldebarán, y no con Vida... Era extraño. Es decir, el último libro, el que dijiste que guardaba información sobre la muerte y los demonios, tenía sentido si lo custodiaba Muerte, ¿pero por qué no hay cuatro libros, uno por cada Guardián principal?

Michelle, que se dirigía a otro de los estantes, se detuvo, y volteó a ver a los demás. Eso era, un libro sobre demonios. No estaba seguro si... si 'Él' era un demonio, pero para Michelle, cada noche en la que Él aparecía era como si viviera un infierno.

—Según tú. ¿Cuál podría ser el cuarto libro? —preguntó Gerardo, bastante entretenido—. Todo lo referente a la vida y su creación está englobado en el libro blanco. Cualquier tipo de animal que haya caminado sobre el planeta, esté extinto o aún no se desarrolle, le compete al libro rojo, y el libro negro... Bueno, digamos que Dante no estaba tan loco cuando describió los siete círculos del infierno.

—Mmh, pensaba algo referente al universo, que guarde relación con la magia de padre Tiempo —intentó pensar Ruslán.

Pero antes de que Gerardo pudiera decir algo, Michelle intervino.

—¿Los demonios existen? —Tomó a Gerardo del brazo, girándolo para que le mirase—. Ese libro negro que mencionan, ¿puede eliminar a los demonios?

—¿No estabas prestando atención a nada que Gerardo dijo aquella vez que habló de los libros? —Ruslán se cruzó de brazos, como si fuera él quien debería indignarse y no el mago.

—Es una verdad innegable —dijo con pesar Gerardo. Acercando sus manos, la lámina de madera desmontó la pieza central, bajo el círculo donde pintaban a todos los magos con colores fuertes y vivos había un segundo círculo, hecho en colores oscuros y lúgubres. La estrella en el centro era roja y parecía pulsar amenazante, como un corazón—. Lo que pocos saben es que el mundo se compone de contrarios, se necesitan ambos para mantener el equilibrio de la vida: Luz y oscuridad; Bien y mal; Vida y muerte; Amor y odio. Todo se compone de contrarios. Como poder ver la magia tiene su lado positivo y su lado negativo.

—Para las demás personas, magia sería Dios... y su lado negativo son los demonios... ¿Eso quiere decir que todo lo que dice la Biblia es cierto? —preguntó un asombrado Zachary.

—La Biblia católica es una versión bastante editada del libro blanco que guarda Aldebarán.

Michelle no quería creer lo que escuchaba. El abuelo Vladimir siempre dio argumentos válidos y lógicos que probaban la inexistencia de todo lo que decía la supuesta Biblia, incluido los demonios. Michelle no quería admitir que... Él era un demonio. ¿Cómo Angie había resultado involucrada con uno, mismo que atormentaba sus sueños?

—Esto es impresionante. —Ruslán susurró—. Durante años, mi padre siempre ha dicho que todo esto es mentira, creada por crédulos fantasiosos. Si supiera que ha estado equivocado..., al menos en parte.

—¿Dónde están ahora los magos Muerte y Vida? —inquirió Michelle, interrumpiendo al otro.

—No lo sé, quizás en alguna parte del bosque de Rumania. —Gerardo se encogió de hombros distraídamente mientras recogía la lámina de manera delicadamente—. Ellos son casi unos ermitaños, no les gusta mucho acercarse a las ciudades.

—¿Cómo hacen para vivir? —inquirió Irina—. Estar en medio de la nada debe ser extremadamente aburrido. ¿Cómo hacen para comprar ropa? ¿O si les provoca comer un dulce?

—Cada guardián es libre de vivir su vida como quiera.

—¿Rumanía? —Michelle frunció el ceño—. ¿Estás seguro de eso?

—¿Por qué sientes interés de repente en ellos? —A Ruslán le pareció extraño. Desde algún punto en la conversación, el interés del castaño se volcó en esos magos en específico.

—¿Cómo que por qué? Lo dijiste, lo dijeron, ellos tienen ese libro negro que habla de demonios. Tal vez allí aparezca algo que lo elimine a... a Él?

—¿Quién es él? —Ruslán pronto cayó en cuenta—. Oh, ¿hablas de tus sueños? —El chico se vio un poco desconcertado. Gerardo había dado a entender el día anterior que tal vez era un demonio quien molestaba a Michelle, pero pensar en buscar ese libro... Incluso para él lo consideraba muy arriesgado—. Michelle, Gerardo ya ha llamado al mago de los sueños. Con suerte sabrá alguna manera de bloquear a ese ser y ya no te molestará más.

—Él dijo que tiene a Angie —insistió Michelle—. Aún cuando no... no quiera tener nada que ver con él, no puedo desatenderme por completo de ella. Ella... es mi madre.

El italiano dio un largo suspiro. Michelle no iba a dejar el tema, era mejor decirle la verdad.

—Lamentablemente tu madre cayó presa en su trampa hace varios siglos. El demonio la sedujo con su sonrisa y su amabilidad. Cuando se dio cuenta del error que cometió ya era tarde. Angie es parte de la oscuridad, no hay nada que se pueda hacer.

Ruslán envió una mirada de lastima a Michelle. El joven se veía desolado, muy pocas veces lo veía así. Podía comprender a Michelle, si sus padres estuvieran en peligro, él querría hacer todo lo que estuviera en sus manos para salvarlos. Pero este no era el caso, Gerardo lo había dicho. Angie no tenía salvación.

—Michelle, lo mejor que puedes hacer es enfocarte en salvarte a ti. Estoy seguro que es lo que Angie querría, te dejó con Klaus después de todo.

—No..., no podría. Lo has oído, dijo siglos. Ha estado siglos con ese monstruo...

—Querer hacer algo es ponerte en peligro. Suficiente es con que ese demonio esté en tus sueños. —Aunque Ruslán era el menor de los tres, sentía que debía ser el responsable. Michelle estaba siendo testarudo, e imprudente—. A Klaus no le va a gustar lo que quieres hacer. No va a dejarte ir tras esos magos en busca de un libro del que no sabes si siquiera puede tener algo que funcione.

—Lo siento —murmuró Gerardo en solidaridad con Michelle. Él se sentía igual de impotente que el castaño—. Les agradecería que no repitieran nada de lo que les he dicho. Los contratos con los demonios son muy delicados, mejor no tentar a la suerte.

—Contrato... —pensó Zach en voz alta—. ¿Hay algún modo de romperlo?

—Sinceramente, lo ignoro. —Dando por terminado el tema, Gerardo se encaminó a la puerta del estudio—. Pueden quedarse aquí si quieren. Yo tengo que ir al invernadero.

Michelle prefirió caminar alrededor de la casona, eso al menos le calmaría un poco. Se sentía tan frustrado, quizá hasta enojado, de no haber podido lograr algo. No le parecía que Gerardo estuviera seguro de si los gemelos estaban en Rumanía, y además, requería una dirección exacta. Permaneció con Zachary hasta que éste tuvo que irse. Ruslán se ofreció a acompañar a Irina a casa y así aprovechar de avisar que Michelle se quedaría con Gerardo por ese día. Ruslán volvería después con algún cambio de ropa para el muchacho.

Pronto Michelle se distrajo ayudando a Gerardo en el invernadero. Su molestia se vio desvanecerse mientras más distraído estuvo regando las plantas, o aprendiendo con el mal a cortar las malas hierbas. Ni siquiera dejó que el asunto de los libros o los demonios se deslizara en su mente.

El día se sintió transcurrir muy rápido entre explorar los alrededores de Bramasole, hasta disfrutar de una pequeña siesta. Puede que esto último fuera lo que más necesitó Michelle en mucho tiempo. Luego del almuerzo se dijo que descansaría un rato en el sillón, y pronto se vio dormido en él. Para cuando despertó ya era muy tarde, el sol se ocultaba cuando se fijó en la ventana.

—¿Gerardo? —Michelle bostezó, frotándose los ojos.

No escuchó respuesta en toda la casa, y fuera tampoco vio al mago. ¿Estaría en su habitación?

Aún medio dormido, Michelle se dirigió al pasillo que daba las habitaciones de la casa. Si hubiera estado más despierto, habría prestado atención a los pequeños sonidos que salían de uno de los cuartos.

—¿...se siente bien? —Esa voz sonaba como la de Ruslán. O eso creía, se escuchaba extraña. Michelle colocó una mano en el picaporte de la puerta, por un momento dudando en abrirla.

Un gemido tembloroso fue perfectamente audible aún sin los sentidos finos que antes tenía gracias a sus orejas de gato.

—Ruslán... Rus... No puedo. —Se escuchó la voz ahogada de Gerardo—. Si haces eso yo... Yo no—¡oh! —Desde el exterior, Michelle pudo escuchar perfectamente como algo se rompía contra el suelo al mismo tiempo que otro gemido profundo escapaba del control del italiano—. ¡Mamma mia!

—Ssht. Despertarás a Michelle... —La voz de Ruslán parecía contener una sonrisa—. Te ves tan...

Michelle sentía las orejas calientes. Tío Keso decía que su curiosidad un día le iba a meter en problemas, pero Michelle no pudo evitar querer abrir la puerta, apenas una rendija, que le permitió echar medio vistazo al interior. Pudo notar el torso desnudo de Gerardo, su rostro sonrojado y contorsionándose en una mueca de placer. No pudo ver a Ruslán, aunque pronto el joven –o más bien su cabeza y hombros, aparecieron en su visión, encimándose sobre el pecho del italiano. Cuando la boca de Ruslán atrapó uno de los erectos pezones de Gerardo, Michelle logró contener un jadeo. Antes de que pudiera cerrar la puerta, sus ojos castaños chocaron con los de Ruslán.

Michelle estaba más que rojo, mirando la puerta, los sonidos del interior de la habitación amortiguados. Rápidamente Michelle retrocedió y se alejó. No vio mucho, pero sí lo suficiente como para hacerse una idea de qué sucedía en el interior y no poder ver al rostro de Gerardo y Ruslán por un tiempo.

Michelle decidió que necesitaba un chapuzón de agua fría. Esperaba que al salir, los otros dos hubieran terminado. Quizá hubiera sido mejor seguir durmiendo hasta que Ametts apareciera. ¿En qué momento lo haría? Si el mago decidía aparecer en ese instante, Michelle no tendría cara para ir otra vez a la habitación de Gerardo y avisar.

La suerte no parecía estar de su lado ese día. Casi media hora después, la pareja no había bajado y ahora un extraño estaba rondando en el jardín trasero de Gerardo. El hombre parecía un fantasma por lo pálido que se veía, resaltando las enormes ojeras de panda que cargaba. Desde el interior de la sala Michelle podía ver su figura desgarbada y taciturna deambular por el jardín.

En una primera impresión, Michelle se había espantado al ver la figura del hombre. ¿Era ese el mago con quien Gerardo se contactó? Era demasiado extraño y daba miedo. Michelle tenía la completa intención de dejarlo ahí fuera, solo, hasta que Gerardo bajase. Pero estaba tardando tanto, y la temperatura bajaba. No veía correcto dejar al mago allí, ¿o sí?

Armándose de un valor que Michelle no sentía para nada, avanzó y salió al patio.

—Em..., ¿hola? —Las manos de Michelle se retorcían nerviosas—. ¿Tú eres el mago que Gerardo llamó? ¿Quién es guardián de los sueños?

Ametts enfocó sus oscuros ojos en el castaño. Entrecerró los ojos, escudriñándolo antes de soltar un enorme bostezo.

—Sí, me llamo Ametts. Últimamente has tenido sueños perturbadores, muy fuertes. Te escuché gritar. —Pasó junto a Michelle, y sin esperar invitación se adentró en la sala de Gerardo. Se dejó caer en uno de los sofás del italiano—. ¿Dónde está Padre Naturaleza?

—Padre... Eh, él... Está ocupado. —El sonrojo de Michelle se acentuó en su rostro. En cambio se sentó frente al mago. Era todo lo contrario a lo que imaginó que sería un mago de los sueños—. ¿Cómo es eso de que... m-me escuchaste gritar?

—Gritabas, en tus sueños. —Volvió a repetir, dejando caer la cabeza en el respaldo del sofá—. Puedo ver tus sueños, los de la mujer a un kilómetro al este y los de todos los demás.

Michelle no sabía que lo perturbaba más: que Ametts escuchase sus sueños, o el de todos. ¿Era así como funcionaba el poder del mago? ¿Cómo era que no se volvía loco? A cada minuto estaría escuchando los sueños de todos, Michelle se cuestionaba si él podía escuchar sus propios pensamientos alguna vez.

—Debe ser... agotador escuchar los sueños de todos a cada minuto —comentó. Titubeó un instante—. ¿Cómo...? ¿Cómo puedo evitar que él se infiltre en mis sueños? ¿Cómo puedo bloquearlo? Siento que me volveré loco a cualquier momento. Tengo miedo de dormir y que él aparezca. —Acabó susurrando. Durante el día se sentía más valiente, pero con la oscuridad rodeando la casa, ahora que la noche arribó, se sentía tan vulnerable. Michelle temía mirar hacia la ventana y ver los ojos rojos brillar fuera.

—Extraño cuando los griegos me nombraron Morfeo, era mucho más fácil en esa época... Menos gente. —Se quejó el pelinegro. Ambos escucharon pasos en la escalera y un momento después Gerardo y Ruslán entraron en la sala.

—¡Ametts! Llegaste —saludó el italiano con una sonrisa—. Michelle, nos hubieras avisado.

Michelle apartó el rostro, sonrojado como un tomate.

—Yo–... Lo olvidé. —No podía ver a la pareja aún.

Ruslán dirigió una pequeña mirada al chico.

—Michelle, comprendo que ahora no tienes tus sentidos definidos, pero toca la puerta la próxima vez —Se sentó en uno de los sillones—. No me haré responsable de posibles traumas. —Y entonces, enfocó su atención en el mago—. Eres Ametts. Gerardo ha hablado de ti. Es un gusto conocerte. Me llamo Ruslán...

Michelle, entonces, frunció el ceño, un poco enojado. Él no tenía la culpa de lo que había visto. Pero definitivamente tendría cuidado en lo que se refería a Ruslán y Gerardo.

Gerardo, sin enterarse de nada, llegó con un café bien cargado para Ametts. El mago se tomó la mitad de un trago, haciendo un gesto de agradecimiento.

—Seguro que ya sabes que Michelle tiene pesadillas. ¿Tienes alguna solución para eso?

Hubo otro gran bostezo de parte de Ametts.

—Mmh. —Perezosamente, se estiró hasta que su pulgar tocó el centro de la frente de Michelle. Hubo un resplandor frente a sus ojos, si cerraba los ojos era como si millones de estrellas parpadearan—. Está intentando afectar tu lívido, por supuesto ese es su fuerte. Más que del temor, se alimenta de la energía sexual.

—Íncubos. —Fue la voz de Ruslán quien habló. Miró a Michelle—. Los íncubos son demonios sexuales masculinos, los súcubos son su contraparte femenina —comenzó a explicar—. Está la creencia que, estos demonios se posan sobre su víctima para tener relaciones sexuales con ella mientras duerme...

Ante eso, Michelle recordó la última noche, donde había despertado con su propio semen en su boca. El recuerdo casi le provocó arcadas.

—He tenido un... demonio violador nocturno. —Michelle vio desesperado al mago—. ¿Puede hacer algo para eliminarlo? ¿Para qué no aparezca más?

—Se sentirá mucho más atraído hacia ti por ser virgen. —Cómo podía saber eso era un misterio para Michelle—. Mi solución para ti es que ya no lo seas. Eso hará que sea más difícil llegar a ti, y mastúrbate. Mucho. Todas las noches si es posible. Estarás tan agotado que será difícil penetrar en tus sueños. —Se tomó el resto del café y pidió un poco más. Gerardo rellenó su taza—. Gracias.

Todo el rostro de Michelle se sonrojó, aún más cuando escuchó un tosido de Ruslán, como si hubiera estado conteniendo una risa. Ese día no podía resultar peor para el chico, quien trató de sobreponerse. De todas las soluciones que Ametts pudo darle, esta era la que menos esperó recibir.

—¿Estás seguro de que eso es lo que me servirá?

—Piénsalo detenidamente —comenzó Ruslán, más calmado—. Ametts tiene razón en algo. Los demonios sexuales sienten casi que una obsesión por las víctimas vírgenes. Deberías apresurarte a hacer tu tarea con Zach...

—Pero, llevo casi dieciséis años siéndolo. ¿Por qué aparece ahora? ¿Qué me asegura de que no seguirá detrás de mí? Él dijo que... me haría suyo como hizo con mamá. —Notó que Ruslán lo observaba fijamente—. ¿Qué...?

—Tú... llamaste «Mamá» a Angie.

Al caer en cuenta, Michelle apartó la mirada. Desde que lo supo no la había llamado así, pero la palabra había salido tan fluidamente de sus labios que ni lo notó.

—Tal vez solo estuve con ella unos días, pero... lo es. Y, bien..., no me parece tan malo que lo sea.

Ametts bostezó de nuevo, no se molestó en cubrir su boca.

—Lamento decepcionarte pero la magia de sueños no funciona con un conjuro recitado en persa antiguo ni nada por el estilo. Se trata de confort y descanso, una buena jodida ayuda a dormir, e incluso la masturbación te dopa un rato.

Gerardo apretó los labios sintiéndose muy sentimental de pronto. Angie seguramente se esforzó un montón para desligarse por completo del papel de lo que una verdadera madre pero aquí estaba Michelle, en unos pocos días ya sentía un vínculo con la morena.

—Muchas gracias por venir —dijo el italiano a su compañero. Ya era muy tarde y sabía que Ametts tenía que seguir su camino.

—Está bien, de todos modos lo hubiera hecho. Que un demonio interfiera en los sueños es algo que me compete. —Se bebió el café que quedaba en su taza y se levantó estirándose, su espalda crujió un poco—. La masturbación no hará que dejes de soñar con el demonio, tan sólo te proporcionará el alivio de descanso. Para evitarlo por completo es necesario que tengas sexo. Al menos de esa manera dejará de acosarte en sueños.

El Guardián de los sueños estuvo a punto de irse pero se detuvo un momento mirando a Ruslán, las enormes ojeras hacían que su mirada oscura se sintiera muy intensa, como si te atravesara.

—Por cierto, deberías hacer algo para disminuir la tensión sexual en tus sueños. Si sigues así, la frustración te volverá loco. Estoy seguro de que a Padre Naturaleza no le molestará echarte una mano... o las dos. —Sonrió de lado al ver la expresión afectada del italiano—. ¡Buenas noches! —Con eso, se fue de Bramasole, caminando a la luz de las estrellas por el camino de tierra con dirección a ningún lado.

Ruslán decidió no decir nada al respecto de lo último que dijo Ametts, en cambio se enfocó en lo primero.

—Bien, no hay nada que puedas hacer por hoy. Pero te sugiero no contárselo a Klaus. No creo que reaccione bien a los métodos que Ametts sugirió para que te deshagas de ese demonio...

Recordar las simples discusiones que Michelle tuvo con Klaus cuando insinuó sus intenciones de tener relaciones sexuales con Damián le hicieron darle la razón a Ruslán. Si le decía que tendría que hacerlo con Zachary, agregando además que el rubio en particular no le caía bien a su padre...

—Él no lo tomará bien. Zachary no le agrada.

—Aun así, sería prudente decirle algo. Después de todo, él sabe que estás aquí por la visita de Ametts. Querrá saber qué te dijo...

—Puedes decir que un incubo te está acechando y debes masturbarte, esa sería explicación suficiente —opinó Gerardo, se inclinó para recoger la taza que utilizó Ametts.

—Bien... —Oyó a Ruslán bostezar, y decir algo de que pasaría la noche con ellos, a lo que no pudo evitar añadir—. ¿Tienes pensado hacer lo que dijo Ametts? Creí que era lo que estaban haciendo mientras dormía. —Ante la mirada de Ruslán, Michelle deseó haberse mantenido callado.

—Yo no me meto con Zachary y contigo cuando hacen sus cosas —regañó Ruslán—. Así que no es tu problema. La próxima vez, toca la puerta antes de espiar.

—¡No estaba espiando! —Michelle sentía las orejas calientes—. Yo pensaba que Gerardo estaba solo en su cuarto.

—No se peleen —pidió Gerardo, tomando la mano de Ruslán, entrelazando sus dedos—. Eres bienvenido a quedarte a dormir, si quieres —invitó Gerardo al castaño—. Aunque soy partidario de que debes avisar a tu padre sobre lo que dijo Ametts. Seguramente estará esperando noticias tuyas.

Michelle asintió. Por la mañana volvería a Japón. Aunque nada quitó los nervios que sentía. Esa sería su primera noche fuera de Japón. Y, a menos que quisiera pasar la noche en vela para no perturbar a Gerardo y Ruslán, Michelle tendría que hacer lo que Ametts le sugirió. Por ahora, esperaba que funcionase. Solo no sabía cómo iba a concentrarse para alcanzar un orgasmo cuando el fin de todo eso era justamente evitar a un demonio que lo acechaba sexualmente por las noches.

La vida nunca le pareció tan irónica como ahora.

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Los gemelos le despacharon sin miramientos. ¿Cómo se atrevían? Sí, era cierto que últimamente su temperamento era más voluble a lo usual, pero ni siquiera Vladimir se había quejado. Era solo consecuencias de algunos malestares estomacales que estaba sintiendo los últimos días. Puede que algo le cayera mal. Kenshi ya se había disfrutado una de sus propias infusiones para sus malestares, y ahora se encaminó al dojo. Consideró que una buena y exhaustiva sesión de entrenamiento le quitarían el estrés que, según Kuma y Kaoru, lo volvían insoportable.

Él no era insoportable. Solo le enfadaba la ineficiencia de alguno de sus trabajadores, las bromas de Kuma y Kaoru no ayudaban.

Pensó en entrenar con Klaus. El alemán era más resistente que los otros soldados, y además, con los años había aprendido nuevas técnicas que lo volvían, en parte, impredecible. Justo ahora Kenshi necesitaba algo de distracción, y un saco de escamas donde desquitarse era una muy buena distracción. El problema empezó cuando no encontró a Klaus allí. Y lo recordó: el imbécil de Narcisse había vuelto otra vez a Japón "de visita".

—Visita mis huevos —masculló por lo bajo, optando por escoger una nueva víctima con un gesto de frustración. Ritsu era uno de los mejores que Klaus había entrenado. Esperaba que diera la talla para lo que quería.

Pero un rato después, tenía al hombre jadeante sobre la arena del dojo, adolorido, mientras Kenshi aún seguía en pie. Al ser Kenshi más pequeño y delgado, era más ágil que el soldado de gran contextura. Muy pocos soldados eran como Ritsu, grandes y más altos que el promedio. Le había dado una buena pelea, pero no era lo que Kenshi necesitaba. Maldijo nuevamente a Narcisse. Klaus era alto, sí, sin embargo era rápido y ágil, astuto, parecía prever los movimientos de Kenshi antes de que los pusiera en práctica, y éste, debido a ello, siempre tenía que cambiar su táctica de ataque. Lo había dicho: el hecho de que Wen, en sus pocas visitas, entrenase con Klaus, lo volvió difícil de vencer para él. Kenshi nunca había logrado derrotar en batalla a Wen. Y el muy traidor nunca quiso entrenar a Kenshi, solo a Klaus.

—Vaya… Este lugar es enorme. —Esa voz causó que Kenshi se estremeciera. Era el sonido de una víbora, sedosa y venenosa.

Estuvo sentado en su descanso, de espaldas a la entrada, por lo que no necesitó girarse para ver al recién llegado. La brisa que se filtró dentro trajo hasta él el olor de los duraznos, así como también uno sutil a sexo y el de Klaus.

—¿Qué haces aquí? Si buscas un burdel, en el pueblo hay unos cuantos —espetó, antes de empinarse una vasija con agua que le cedieron.

Narcisse entró, indiferente a sus palabras, y más bien distraído con la estructura del edificio. Estaba dividido en sectores según el entrenamiento, la arena de batalla ocupando la mayor parte del lugar, y al fondo, podía ver una puerta que daba a un pasillo y a una zona externa. La puerta entreabierta dejaba ver un campo con arcos ubicados a varios metros de distancia. La zona de práctica de arquería, sabía. Todo el lugar le sonaba terriblemente familiar.

—¿Estás entrenando? —Pronto Narcisse llegó donde Kenshi. Éste lo miró, ceñudo. Narcisse solo llevaba un kimono simple, y andaba descalzo.

—No, estoy jugando a las luchas —declaró sarcástico, su mal humor volviendo. No le costaba adivinar que debajo del kimono Narcisse no tenía nada más.

—¿En serio? Es curioso. Yo pensaba que solo te la pasabas aplastando el culo en la silla frente a un escritorio —dijo Narcisse, inocente—. Después de todo, eso es lo que hacen los señores feudales, ¿no? Ellos no se caracterizan por unirse a las batallas. Solo dan órdenes, cobran impuestos, y disfrutan de ellos a costa de su gente.

Kenshi se levantó. Tal vez Narcisse hablase en inglés, pero varios de los hombres cerca de ellos entendían el idioma, y los observaban, sobre todo a Kenshi. ¿Qué era esto, una especie de karma? ¿El alma de Yuki había vuelto solo para vengarse de él? Kenshi apretó la mandíbula, los puños cerrados.

—Cierra la maldita boca de puto que tienes —siseó, con los dientes apretados—. No hay batalla a la cual unirse. El entrenamiento de los soldados es para darle seguridad al pueblo. El dinero de los impuestos ha contribuido a la importación de víveres, medicinas y al mejoramiento de la provincia. Eso sin mencionar que somos la primera ciudad en todo Japón en la exportación de medicinas. Aunque claro, ¿qué va a saber un niñato como tú? —Bufó, cruzando los brazos—. Por lo que puedo ver, lo único que sabes y sirves es para abrirte de piernas. Tan inocente que te creías siendo Yuki, ahora estas dejando salir tu verdadero yo.

—Completamente, y la verdad es que me encanta. —Narcisse no parecía afectado por las palabras de Kenshi, en cambio, sonreía abiertamente—. Pero, aclárame algo —Se llevó una mano al mentón, luciendo pensativo. Sus ojos brillaban con una diversión que solo hizo enervar más a Kenshi—. Si dices que el dinero de los impuestos va a los víveres y a la comunidad, y todo eso de exportar medicinas… ¿Cómo es que puedes mantener una casa tan grande? Y además, toda tu familia y tú visten prendas con una tela de gran calidad. Y comen como reyes. —Narcisse se veía confundido—. Honestamente, he visto algunas familias vestir harapos camino aquí, en el pueblo. ¿En serio todo ese dinero recaudado viene del pueblo para el pueblo? ¿Por qué mejor no dejar de cobrar impuestos? Oh, ya sé. —Narcisse sonrió, luciendo como un niño pequeño—. Porque hacerlo significa quedarte sin ingresos, ¿es eso? ¿O es por otra cosa?

—Suficiente. Que Klaus se busque otra vida tuya. —Kenshi se lanzó hacia Narcisse, pero éste le evadió por un pelo.

—Oh, ¿entonces sí di con la respuesta correcta? —Narcisse no dejaba de sonreír, evitando los puñetazos que el japonés intentaba darle.

—¡Quédate quieto para que pueda matarte! Te aseguro que no te dolerá.

—¿Por qué? ¿No te gusta que haya dicho eres un aprovechado? —En un momento, Narcisse recibió un puñetazo, y no pudo evitar una zancadilla de Kenshi que le lanzó al suelo. El japonés no perdió oportunidad en encimarse sobre el otro.

—Definitivamente prefiero al Yuki de antes. Era más comedido, y por sobre todo sabía mantener la maldita boca cerrada. —Kenshi cerró sus manos entorno al cuello de Narcisse. Uno de sus ojos se volvió amarillo—. No eres un tesoro digno de Klaus. Estoy seguro de que él no lamentará mucho tu muerte.

—¿Ves que no era tan difícil? —Narcisse no dejaba de sonreír—. Quisiste matarme antes, pero jamás te atreviste. En cambio ahora solo necesité provocarte para que colocases tus manos en mi cuello.

Las manos de Kenshi se congelaron sin soltar al chico.

—¿Qué…? Tú… ¿De qué estás hablando? —No podía. Yuki nunca supo de cada vez que Kenshi intentó deshacerse de él… ¿o sí?

—Por favor. —Narcisse rodó los ojos, fastidiado—. ¿Me crees idiota? Tienes ese aura opaca cuando me ves, claramente no me amaste mucho antes. Y mírate, estás tratando de matarme. Yo no morí por ti antes, pero puedo ver que muchas ganas no te faltaron. ¿Tan cobarde fuiste que no te atrevías? ¿O dejabas el trabajo sucio para alguien más?

Las manos de Kenshi volvieron a apretarse.

—Eso no importa ahora. Tienes razón. Hay veces que tienes que hacer tú mismo el trabajo para que se cumpla. Ahora dime rápido, ¿quieres madera de roble o de cedro para tu ataúd?

Por desgracia —dependiendo del punto de vista— el intento de homicidio del japonés fue frustrado cuando unos fuertes brazos rodearon su cintura, apartándolo del franco canadiense.

—¡Kenshi! ¿Te has vuelto loco? —Escuchó que le decía Vladimir mientras le retenía contra su cuerpo, al tiempo que Klaus atendía a Narcisse.

—¡Suéltame, Vladimir! —El japonés se debatía, pataleando para soltarse y agarrar de nuevo a Narcisse—. ¡Solo le estaba ayudando a su transición al infierno!

Narcisse, al ver a Klaus, comenzó a llorar, gruesas lágrimas deslizándose por sus mejillas. Estiró los brazos a él.

—Y-yo solo..., yo solo trataba de ser amable. Le pedí que me mostrara el dojo pero ¡se puso como fiera y me atacó! —Narcisse señaló la herida en su labio producto del golpe de Kenshi—. Me duele, Klaus.

Kenshi, al escucharlo, se congeló por segunda vez, totalmente incrédulo en tanto veía a Narcisse.

¡Qué! —Con más ahínco trató de soltarse de Volsk—. ¡Mira, sabandija de mierda! ¡No te atrevas a decir mentiras! ¡Tú viniste aquí para que te matara! —Para entonces, los ojos del japonés eran amarillos, su voz combinándose con la del dragón. ¡El gusano les estaba mintiendo descaradamente a Klaus y a Vladimir! —¡Te voy a patear el culo de puto que traes que hasta tus ancestros lo van a sentir!

Vladimir afianzó el agarre en la cintura de su tesoro. Nunca lo había visto perder el control de esa manera, sobre todo Suoh que era tan tímido y pacífico.

—¡Calmados, los dos! —urgió a su esposo para que dejara de luchar contra él.

Klaus, mientras tanto, apretaba a Narcisse contra su pecho. Por un lado quería enfrentarse a Kenshi y pelear con él por tratar de asesinar a su tesoro pero por otro lado no podía hacer la vista gorda de las acciones del castaño. Estaba seguro de que hizo algo para provocar a Kenshi porque el japonés podía ser muchas cosas pero no era un asesino. Se sentía dividido y furioso al mismo tiempo.

A duras penas, Kenshi trató de calmarse, pero temblaba por el esfuerzo y no dejaba de fulminar a Narcisse.

—Sácalo de mi vista —gruñó a Klaus—. Si lo vuelvo a tener cerca, yo mismo le daré su santa sepultura.

Asintiendo, Klaus tomó a Narcisse, sacándolo del dojo. Lo mejor era alejarse y dejar que Vladimir lidiara con Kenshi.

—¿Estás loco? ¿Qué le hiciste a Kenshi? Casi te mata ahí atrás —interrogó el alemán.

—Te lo he dicho. —Las mejillas aún estaban húmedas, pero Narcisse no parecía seguir llorando—. Solo quise que me mostrase el dojo, pero él me atacó de pronto. Él me odia, Klaus.

—Deja de mentirme —gruñó el alemán—. Sí, Kenshi te odia pero tuviste que haberlo provocado para que te saltara encima. Él no ataca a las personas.

Haciendo un mohín con los labios, Narcisse se separó un paso, los brazos cruzados. Así no era como debería pasar.

—Bien..., tal vez algún comentario que dije le molestó, supongo. Pero fueron cosas inocentes. Él no debía enojarse tanto. Yo estaba siendo bueno. —Volvió a acercarse, pasando sus manos por la cintura del alemán, estirándose lo suficiente como para que sus labios besaran el mentón y los labios de Klaus—. Yo estaba siendo amable y él fue muy cruel conmigo.

—Lo que sea que hayas hecho, no lo repitas —pidió, sintiéndose bastante frustrado. Miró con el ceño fruncido el corte en el labio del menor—. Como dije, Kenshi puede ser un idiota arrogante pero no es violento... —Negó con la cabeza—. Quizás sea hora de que vuelvas al internado.

—¿Por qué? —Narcisse le dio una triste mirada a Klaus—. ¿En verdad quieres que me marche, así? —Se señaló a sí mismo—. Yo no tuve la culpa de lo que pasó. Además, quería estar más tiempo contigo. Estaré en Montreal durante las vacaciones de pascuas...

—No quiero que te marches pero Kenshi en verdad está molesto —murmuró pensando en voz alta—. Te prometí que te visitaría durante las vacaciones y eso haré. Pasaremos todo un fin de semana juntos. ¿Recuerdas? —inclinó su cabeza para juntar sus frentes.

—De acuerdo... —Suspiró el joven, viendo que no podría hacer más. Al menos Klaus iría a visitarlo, aunque a él no le molestaría volver a pisar tierra nipona. Particularmente le resultaba divertida—. Iré por mis cosas. —Él aún seguía usando la bata que tomó del cuarto de Klaus, y continuaba descalzo. Antes de girarse, sonrió inocente al alemán—. ¿Podré volver después aquí?

—Sólo si prometes comportarte.

El alemán acompañó a Yu de regreso a su habitación, lo que sería un cambio de rápido de ropa se convirtió en otra sesión de sexo en la que Narcisse engatusó al pelinegro. Al cabo de una hora Narcisse caminaba dentro de los árboles en el bosque adyacente al terrero de la casa Feudal de regreso a Canadá.

Michelle y Ruslán aparecieron más tarde ese día, justo cuando el almuerzo estaba sirviéndose. Resultaba notable que el castaño pasó una buena noche, contrario a las que había sufrido allí en Japón. Agradeció que Ruslán no hizo comentario alguno y dejara que su propia apariencia hablase por él.

No obstante, a ambos les tomó por sorpresa la tensión que se sentía en el comedor. Y parecía venir entre los padres de ambos. Kenshi estaba en un profundo silencio y no miraba a nadie más hasta que ellos entraron.

—Al fin llegan —masculló el japonés—. ¿Qué les dijo el mago? ¿Pudiste dormir esta noche? —cuestionó a Michelle.

—Eh..., hola a ti también, tío Keso. —Michelle no tenía hambre, pero ocupó su usual asiento en la mesa—. Dormí bien, sí...

—¿Qué te dijo el conocido de Gerardo? —presionó Klaus a su hijo después de saludar a su hermano.

Irina se acercó a su tío y discretamente le preguntó si hizo algo interesante con el italiano después de que ella se fuera. Ruslán negó, para nada dispuesto a contarle algo tan privado a su sobrina, mucho menos con sus padres cerca. Por el contrario, prefirió que ella le dijera qué había mal aquel día entre sus padres y Klaus. ¿Estaban molesto con alguno de ellos?

Michelle aceptó que le sirvieran un poco de té.

—Él dijo que... es un demonio sexual. Un íncubo, así que... Me dijo que la única opción para bloquearlo de mis sueños era, am... —Michelle había creído que tendría oportunidad de pasar ese día sin sonrojarse, pero las orejas volvía a sentirlas calientes—. Masturbarme.

Kenshi fijo la mirada en el chico.

—¿Un incubo? Aún eres virgen, ¿cierto? Leí que los íncubos se sienten atraídos por los vírgenes...

—Eh, sí. —Michelle no se atrevía a mirar en dirección a Klaus.

—Eso no tiene sentido —argumentó Vladimir con el ceño fruncido—. Un incubo ataca a mujeres, no hombres. El objetivo de un incubo es tener relaciones sexuales con una mujer para convertirse en el padre de un niño...

Siempre resultaba curioso como un hombre tan escéptico y negado en las creencias religiosas tenía información tan certera sobre el tema.

—Tomando en cuenta la identidad del incubo, no me sorprende que ataque a Michelle —murmuró Klaus con una mueca preocupada—. Supongo que la masturbación es la opción por el momento.

Escuchando a medias la conversación, Irina puso a Ruslán al tanto sobre los eventos de ayer. Con rabia contenida relató que los abuelos Kenshi y Suoh intentaron estrangular al idiota calenturiento, enfatizó su creencia de que todo era culpa del franco canadiense. Ruslán pareció sorprendido al escuchar lo que le contó Irina. Su papá nunca era agresivo, en especial Suoh. ¿Qué había hecho Narcisse para hacerlo enfadar tanto? Aunque también debía admitir que su papá había estado muy irascible los últimos días.

Michelle se encogió hombros, bebió un poco de té.

—Yo... No tuve molestias anoche. Pero Ametts dijo que eso solo era provisional...

—Claramente. —Kenshi sonrió irónico—. Si eres virgen, el demonio te molestará. Los íncubos disfrutan acosando los vírgenes... Creo que Zachary y tú deberían aprovechar unos pocos consejos míos.

—¡Tío Keso! —Michelle no quería ni mirar en dirección a Klaus.

—Ellos no van a hacer eso —enfatizó el alemán, mirando a Kenshi con los ojos entrecerrados.

—¿Entonces pretendes que el muchacho se mate a pajas para evitar el demonio? —Kenshi tomó el bol con arroz y los palillos—. Mierda, Klaus, los chicos merecen experimentar el sexo. ¿Piensas mantenerlo puritano hasta los sesenta años? —Rodó los ojos, comiendo un bocado.

Michelle alzó las manos.

—Tranquilos, calma —pidió, viendo que su padre comenzaba a enojarse. Colocó la mano en el alemán—. Papá, tranquilo. Él no me molestó anoche, y estoy bien así. Hacía mucho que... —Michelle suspiró largamente— no dormía tan bien y profundo como anoche.

—No es un maldito monje. —Klaus rodó los ojos—. Sólo no quiero que tenga sexo con ese chico, no me agrada. Hasta mejor opción sería Minegishi. —Bufó el alemán.

—Ugh, papá, Minegishi está casado. —Le recordó Irina.

—Para lo que nos importa no importa si es casada, viudo o soltero.

—¡A mí sí me importa! —clamó Michelle, horrorizado con lo que insinuaba su padre.

Kenshi le lanzó una servilleta a Klaus al rostro.

—Eres tan sensible como una piedra. No es tu culo el que está involucrado. Deja al niño decidir con quién follar.

—Bueno, ya basta. —Michelle dejó su vaso de té con fuerza en la mesa, casi derramando su contenido. Miraba de su padre a Kenshi, las mejillas rojas, no sabía si de vergüenza o rabia. Puede que ambas.

—¿No pueden hablar de otra cosa?

Hubo un momento de tenso silencio en el que nadie parecía saber qué decir, fue casi cómico el tema que utilizó Vladimir para romper el hielo.

—El huevo que encontró Kenshi puede que nazca dentro de unos pocos días. El espacio dentro del cascarón está completamente ocupado.

—¿En verdad? —Michelle agradeció un tema más agradable de llevar—. ¿Lo mantendrán aquí?

—Por supuesto —afirmó Kenshi. Delante de él había sido colocado su sashimi favorito, pero hasta el momento él no se había dignado a tocarlo. Extrañamente el olor no le resultaba apetecible, más bien todo lo contrario, y lo estaba desconcertando—. Si lo soltamos tan pronto nazca, le costará sobrevivir. —Kenshi tomó el tazón de sopa—. Estará con nosotros el tiempo suficiente.

—¿Saben qué es? —curioseó Ruslán. Hasta el momento no había escuchado qué tipo de reptil contenía el huevo.

Vladimir se abstuvo de recordarle a Kenshi que no se iban a quedar con el animalejo.

—Si lo dejan en un ambiente de cautiverio por demasiado tiempo le costaría adaptarse a la vida salvaje. —El japonés ya estaba bastante irritado con lo que pasó ayer y no tenía ganar de entrar en otro debate.

—A juzgar por el tamaño del huevo y lo que puedo ver a contraluz, puedo deducir que se trata de un huevo de cocodrilo.

—¡Cocodrilo! —Ruslán giró su atención a Kenshi—. ¿En verdad planeas mantener un cocodrilo en la casa?

Kenshi lo pensó por un momento.

—Es una cría. No puede hacer nada malo...

Los jóvenes se vieron entre sí, pero Ruslán decidió no objetar. Michelle volvió a intervenir.

—Papá, ¿de casualidad no tendrías... el número del lugar donde trabaja Angie? —preguntó al alemán.

Kenshi bajó los cubiertos, molesto, dirigiéndose al castaño.

—Estás lidiando con un demonio que rodea a esa gente, ¿y quieres ponerte en contacto con ellos?

—¡No! Es que... me gustaría hablar con Levoch. Es conocido de Angie. Llamó una vez cuando estábamos en el hotel, pero perdí su número y... Me agradó conversar con él. Quisiera volver a hacerlo.

Klaus, al igual que Kenshi, se tensó ante la petición de su hijo mayor.

—Michelle —comenzó el alemán con un tono que obviamente estaba tratando de contener su creciente enojo y frustración—. Aún si tuviera el número de ese lugar, ni loco te lo daría. Lo que menos quiero es que te comuniques con ese lugar de mala muerte.

—Pero—

—Michelle. —Kenshi se armó de paciencia, en especial al presentir el comienzo de una jaqueca. Apenas llegaba a la mitad de su comida y no quería parar—. Mejor dime, dado que sus estudios ya están por acabar, ¿qué harán luego? Les queda un año más.

—Quiero estudiar leyes. —Ruslán comentó, primero—. Quiero poder ayudarte con la parte legal del condado, papá. Me gustaría ir a Rusia para eso.

—Mmh... Habrá que desempolvar la casa de Moscú, cariño —dijo al ruso—. Los niños van a necesitarla... —Kenshi trató de llevarse a la boca uno de los sashimi con cierta dificultad. ¿Por qué de pronto se sentía tan reacio a comerlo?

—Yo no quiero ir a Rusia. —Michelle no miró a nadie mientras lo decía—. Quiero estudiar enfermería en América. Incluso discutí con Zachary, y él puede ayudarme a conseguir una plaza con los contactos de su madre.

Irina apretó los labios y negó con la cabeza. A veces se sorprendía de lo obtuso que era su hermano en ocasiones, estaba al tanto de la irracional antipatía que su padre le expresaba a Zachary y aun así insistía con el tema.

—No necesitas nada de ese muchacho. Vladimir es perfectamente capaz de ayudarte con tus estudios de enfermería si eso es lo que quieres. —Miró al ruso con los ojos entrecerrados—. ¿No es así?

—Eh... Sí, estoy seguro de que conozco algún colega que esté ejerciendo en América.

Michelle quiso decir que no era necesario, pero el ruido de Kenshi dejando los palillos y levantándose de la mesa le distrajo. El japonés se tapaba la boca al tiempo que salía del comedor a la carrera.

—¿Papá? —Ruslán se veía preocupado. Kenshi había lucido verde por un momento.

—Creo que algo le cayó mal —opinó Michelle, mirando el plato que había estado comiendo tío Keso—. Sashimi de salmón... Ese es su favorito. —Eso le pareció extraño a Michelle. Kenshi adoraba el sashimi de salmón, y casi nunca podía faltar en la mesa.

—Sigan comiendo —dijo Vladimir mientras seguía a Kenshi. El ruso encontró a su esposo vomitando en la parte de afuera de la casa, al parecer no fue capaz de llegar a uno de los baños. Poniéndose a su lado, le recogió el cabello y le frotó la espalda esperando a que terminara.

Kenshi tardó unos minutos en calmarse. No siguió escupiendo lo poco que había digerido, pero las náuseas le mantenían el estómago revuelto. Se alejó, apoyándose en Vladimir en tanto trataba de respirar profundo.

—No sé... qué pasó —comentó, pasándose el dorso de la mano por los labios, confundido—. De pronto el sashimi me alteró el estómago.

—Quizás unas galletas saladas y un vaso de agua sea lo mejor para ti en este momento. —Acomodó a Kenshi contra su cuerpo, permitiéndole que recostara la cabeza sobre su hombro—. También quiero hacerte un examen de sangre y orina.

—No será ahora. —Kenshi hizo una mueca al oír respecto a hacerse exámenes—. Tal vez fue solo algo que cayó mal con todo este estrés. Puede pasar. —Abrió los ojos, fijándolo en el cielo. Agradeció profundamente la brisa que azotó el lugar y le refrescó el rostro—. Estaré ocupado con algunas cosas, así que esos exámenes tendrán que esperar unos días.

—Estos días han sido estresantes. ¿No es así? Desde ese viaje a Cánida parece que todo se ha desbalanceado. —Cargó a Kenshi, instando a que el japonés rodeara su cuello con sus brazos para un mejor soporte—. Una siesta te hará bien, órdenes del Doctor.

—Como ordene el doctor. —Kenshi prefirió no discutir. No tenía ganas de volver al comedor y enfrentar la comida de nuevo, ni quería pensar en eso. Por el contrario, prefirió aceptar que le llevasen las galletas y el agua, que ayudó a asentar su estómago, disfrutando de un breve descanso en la cama.


CONTINUARÁ...

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