Capítulo 26

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Por los siguientes días, Kenshi se vio un poco más calmado. A veces tenía alguno que otro momento de estrés, aunque nada comparado a aquel arranque de rabia que tuvo con Narcisse. También parecía que la tensión entre Klaus y él disminuyó un poco. Le causó fastidio cuando el alemán dijo que se iría por unos días a visitar al franco-canadiense, pero no dijo más. Mientras el joven no apareciera en Japón, Kenshi estaba conforme.

Michelle había recibido una llamada de Zachary comentándole éste que ya comenzó las vacaciones de pascuas. Esas últimas tres noches no tuvieron mayor incidente, podía dormir solo, profundamente, siempre y cuando tuviera sus sesiones de masturbación, que lo dejaban tan cansado, así como saciado, que el sueño llegaba pronto.

La dirección que Narcisse le dio a Klaus en Montreal le llevó a una gran casa de campo de estilo mallorquina, rodeada de elegantes jardines. Narcisse fue el primero en recibirlo. El joven estaba apenas vestido por un muy corto pantaloncillo que dejaba a la vista sus estilizadas piernas y una camisa blanca que claramente no era suya por lo grande que le quedaba.

—¡Bienvenido! —Narcisse saltó a él, las piernas rodeándole la cintura. Apenas se escuchaba ruido en la casa, lo que era indicación de la poca servidumbre que había.

Klaus tuvo que sostenerse del dintel de la puerta para mantenerse erguido con el peso extra de Narcisse, su otra mano pasó por la cintura del joven para mayor estabilidad.

—Traje una maleta pequeña, lo suficiente para el fin de semana, me temo. —Logró decir en cuanto Narcisse liberó sus labios del beso de bienvenida.

—Mmh. —Narcisse le brindó un mohín de molestia, pero se bajó y tomó su mano—. Ven, te enseñaré mi habitación. Adrián está allí, así que aprovecharé para que lo conozcas de una vez.

Narcisse lo condujo por el salón principal a las escaleras. Las paredes pintadas en tonos blancos daban una sensación cálida y cómoda, la decoración, sencilla y austera, destilaba quietud y combinaba con un mobiliario de fibra trenzada, madera y tapicerías de algodón blanco a juego. La casona poseía muchas habitaciones, tal vez unas diez, y se toparon con alguna que otra servidumbre sacudiendo el polvo y abriendo los ventanales de los pasillos.

La habitación de Narcisse era la cuarta puerta a su izquierda, un lugar amplio donde una cama con dosel de hierro descansando sobre una estructura y cabecero alto dominaba. La cama estaba deshecha, indicación de que no hacía mucho que Narcisse se levantaba.

—¿Adrián? ¿Estás en el baño? —llamó el joven—. Deja tu maleta donde quieras —indicó a Klaus, con una amplia y radiante sonrisa—. Adrián seguro ya se levantó. Le dije que ibas a venir en cualquier momento.

El alemán dejó distraídamente la maleta en el suelo al lado de la puerta, su atención centrada en la recámara del joven. Todo el lugar estaba impregnado agradablemente con su aroma, sentía que podía ronronear en cualquier momento, aunque había un aroma a canela en el ambiente, sutil, combinaba con el olor a durazno que caracterizaba a Narcisse por lo que no era desagradable pero le molestaba que ambos aromas se compenetraran tan bien.

Klaus se quedó tieso cuando vio a un hombre de unos treinta años salir de lo que sería el baño de Narcisse, con sólo una toalla diminuta en su cintura y otra sobre sus hombros.

—Acabo de terminar de ducharme —dijo el hombre a Narcisse, luego se fijó en Klaus—. Hola. Asumo que eres el nuevo prospecto del joven Yu. —Extendió su mano a modo de saludo pero Klaus estaba rígido, taladrándolo con la mirada.

Narcisse se acercó a Adrián, abrazándolo por la cintura.

—Adrián, conoce a mi Klaus. Klaus, él es mi Adrián. ¿Verdad que es lindo? —cuestionó el joven al nuevo hombre en la habitación. Seguidamente tomó la otra toalla para ayudar a sacarlo—. Siempre te he dicho que te seques bien en el baño —regañó, y no lo soltó hasta que estuvo satisfecho—. Adrián vino por mí al internado y llegamos ayer a Montreal. Aquí no hay muchos sirvientes, solo algunos para mantener la casa. —Narcisse se colocó entre ambos hombres—. Tranquilo. Silvain no vendrá aquí. Él odia este lugar. —Rodó los ojos, con algo de desagrado. Narcisse se giró a Adrián—. Vístete, y baja a comer. ¿Querrás comer con nosotros, Klaus?

No creo que sea buena idea, querido —dijo en francés al joven, retirando su mano al ver que Klaus no iba a responder al saludo ofrecido, acarició el cabello castaño rojizo de Narcisse en cambio—. Tu nuevo prospecto prácticamente me está taladrando con la mirada. —Adrián también notó que los puños de Klaus estaban temblando—. Iré a vestirme y repararé todo para el desayuno —anunció en inglés para ser entendido por el hombre extranjero. Salió de la habitación de Narcisse con sólo la toalla en la cadera. Klaus siguió sus movimientos hasta que la puerta se cerró tras él.

—¿Klaus? —Narcisse le llamó, luciendo una mirada de desconcierto hacia el alemán—. Adrián dijo que prácticamente le hacías una sepultura con la mirada. ¿No te agradó? Ni siquiera lo conoces bien...

—No necesito conocerlo, ya tú lo conoces demasiado bien por ambos. —A juzgar por ambos olores combinados perfectamente en la recámara y la cama desecha, la evidencia de lo que sucedió durante la noche era innegable—. Acordamos que no te acostarías con nadie más.

—Fue solo un momento de debilidad. —Narcisse no parecía avergonzado o culpable por lo que hizo. Puede que un poco por la forma en que Klaus le miraba, pero igual se veía despreocupado—. Tenía meses desde la última vez que vi a Adrián, le extrañé mucho. ¿Vas a enfadarte por eso? Fue solo una vez. Lo prometo...

Klaus apretó los puños, sintiendo ira y celos de que ese hombre tocara a su tesoro. Se sentía enfermo de sólo pensar en lo que pudieron estar haciendo esos dos, pero esos hermosos ojos lo miraban tiernamente... Todo era culpa de ese hombre no de su amado.

—Sólo... no lo hagas de nuevo —pidió, aferrando el cuerpo del joven. Tuvo que hacer un esfuerzo para no gruñir cuando sintió el olor a canela de la camisa que estaba usando.

—Trataré. Ahora, ¿querrás darte un baño conmigo antes de bajar a desayunar? —invitó el joven, moviendo sus cejas en un gesto sugerente—. Adrián preparará mi típico desayuno francés favorito, y quiero que lo pruebes. Luego podremos dar un largo paseo por la casona, ¡y una vuelta por el pueblo! Montreal es sumamente fascinant.

—Yo te lavaré. —Sin ningún remordimiento, Klaus rasgó la camisa blanca que cubría el cuerpo de Yu. Lo besó con ardor y se lo llevó al baño, iba a asegurarse de cubrir con su propio olor toda la recámara del joven para erradicar ese nauseabundo olor a canela que comenzaba a odiar.

Cuando la pareja por fin salió, la habitación fue ventilada, así como la cama ordenada, con seguridad por alguien de la servidumbre en la casa. El equipaje de Klaus había sido colocado en el sillón al pie de la cama. Se tardaron unos minutos más en vestirse, Yu había querido hurgar en qué ropa llevó el alemán. Luego bajaron, Narcisse lo guió a la cocina. Esta era en U, equipada con muebles y encimeras de madera y piedra pulida, el suelo de garbancillo. El comedor estaba a un lado cruzando una puerta de cristal, compuesto por una mesa de comedor clásica de roble encerado y sillas a juego blancas.

—¡Ya estamos aquí! —anunció Narcisse. Estando allí, se veía mucho más animado, como un niño pequeño. Excepto que sus vestimentas —pantaloncillos cortos y camisa manga larga—Se ajustaban a su cuerpo como un guante delineando toda su figura, algo que Narcisse parecía consciente a través de sus movimientos calculados y seductivos. Se acercó a Adrián, besó su mejilla, y fijó la atención en la comida—. Klaus y yo nos dimos un baño. Mmh, huele delicioso.

A Adrián no le pasó desapercibida la forma en que lo vio Klaus en el momento en que Narcisse se acercó a besarlo, aun así ignoró ese detalle y se enfocó en su trabajo: servir al jovenzuelo.

—El desayuno está preparado en el comedor —dijo a ambos hombres llevándolos a la mesa—. Justo como te gusta, croque-monsieur, café con espuma de leche. —En ambos platos estaba un elaborado sándwich con pan de molde, jamón cocido y queso emmental gratinado, asado al horno—. También hay jugo por si tu invitado prefiere algo más frío.

—¡Sí! Klaus, siéntate y prueba esto. Va a encantarte demasiado. —Narcisse no perdió tiempo en sentarse en la silla, y colocarse la servilleta en su regazo para mirar a Klaus—. Adrián, tú también. Quiero que Klaus te conozca más.

EL hombre de cabello rubio y ojos claros se sentó a la mesa justo como le pidió Narcisse que lo hiciera. Alguien trajo un café para él mientras acompañaba a los otros dos en su desayuno. Klaus en seguida frunció el ceño pero trato de no hacerle mucho caso a Adrián, en cambio miró curioso como Narcisse se comía su sándwich con cuchillo y tenedor, él no tenía la costumbre de usar cubiertos para comer un emparedado. Imitando al joven cortó el croque-monsieur y lo degustó.

—Mmm. Esto sabe muy bien.

—Por supuesto —murmuró Narcisse apenas pudo—. Lo hizo Adrián, y es bueno en todo lo que hace —declaró con gran orgullo, tomando su taza de café—. Adrián debería estar con Silvain en Quebec, pero le dije que lo quería conmigo aquí en Montreal. No quería que fuéramos allí. —Narcisse arrugó la nariz en un gesto de desagrado—. Estoy harto de ese lugar, y Silvain lo habría arruinado todo. Él querría jugar contigo —dijo a Klaus.

El alemán arqueó una ceja bastante confundido.

—¿Jugar conmigo? ¿A qué te refieres?

—El señor Boucher tiene algunas inclinaciones inusuales —comenzó a explicar Adrián pero Klaus lo ignoró.

Narcisse suspiró, bebió un sorbo de café que le dejó con un bigote de espuma sobre su labio.

—Silvain siempre ha querido jugar con cada persona que llevo a la casa. A Zach tampoco lo he querido llevar —Se encogió de hombros—. Silvain le gusta acechar a mis invitados, tiene una forma extraña de jugar, y los acaba follando. Duro. Él nunca es amable al follar. —Picó otro poco del sándwich, hablando tan tranquilo como si tratara del clima—. Él siempre quiere arruinar a mis chicos, no importa si salgo con ellos o no.

A diferencia de Narcisse que parecía no ser afectado por el tema, Klaus se puso pálido con la imple idea de ser follado brutalmente, cualquier interacción íntima forzada le daba nauseas.

Adrián notó la repentina turbación que causó en Klaus las palabras de Narcisse.

—Mon chéri, ese no es un tema para el desayuno —regañó suavemente el mayordomo.

—¿Mmh? —Narcisse observó de Adrián a Klaus, con la boca llena, y tardó apenas unos segundos en caer en cuenta—. Lo siento, cariño —dijo a Klaus. Se tomó un momento para masticar, y enseguida habló—. Adrián, ¿qué tal si le dices algo a Klaus de mí? Mostró interés hace unos días... —Supuso que ese sería un buen tema para compensar al adulto.

Dada la reacción del alemán respecto al comportamiento de su jefe, dudaba que pudiera contar muchas historias sobre la infancia de Narcisse.

—Amm... Recuerdo esa vez que monsieur Henry te trajo de regalo un cachorro Golden, Narcisse tenía alrededor de cinco años. Estaba encantado con le petite chien. Jugaba con él la mayoría de las tardes, le enseñó unos pocos trucos como buscar la pelota y rodar.

Klaus agradeció la pequeña distracción de la historia, aún si era Adrián quien la estaba contando.

—¿Qué nombre le pusiste al perro? —preguntó a Narcisse, sus nauseas disminuyeron lo suficiente para continuar comiendo su extravagante sándwich.

—Oh, ce chien... —Suspiró Narcisse, nostálgico por un momento—. Mmh, no lo recuerdo. Creo que le llamé Soleil, porque era dorado como el sol... He tenido muchos animales en mis manos. Perros, gatos, conejos, aves, tortugas, incluso hámsters y llegué a tener una rata. —Narcisse se vio pensativo por unos minutos, recordando todas las mascotas... o a cuantas podía—. Pero los perros me duraron más años. Los gatos se escapaban y no volvían, mi padre se cocinó a mis conejos, una vez mi padre invitó a sus amigos con sus hijos y ellos me soltaron las aves en una travesura, nunca encontré a mis torturas de nuevo, y no sé qué les sucedió a mis hámster. —Narcisse aún se cuestionaba qué había ocurrido con el señor Gras y el señor Bruyant, los dos únicos hámster que había tenido—. Y creo que la rata que tuve se la comió mi gato antes de escapar. —Narcisse miró a Adrián con una sonrisa amplia—. Pero Soleil fue mi favorito. Me gustaban más los perros. Silvain pagó para que Soleil fuera conmigo mis dos primeros años al internado, luego tuvo que quedarse en casa. Murió muy viejito.

Adrián continuó con las historias de Narcisse por un rato más a petición del joven, al menos hasta que terminaron de comer, entonces dejó a la pareja a solas para atender los preparativos del almuerzo.

—Me encanta saber todas esas pequeñas cosas de ti. Es adorable imaginarte jugando con un Golden cachorro —dijo Klaus, estaba bastante aliviado de que finalmente el mayordomo se hubiera ido.

—Y ¿sabes qué es curioso? —Narcisse se limpió los labios con la servilleta, se puso en pie y caminó un par de pasos hasta sentarse en el regazo de Klaus—. Siempre me ha gustado estar rodeado de rubios, o es lo que suelo atraer. Por ejemplo, Zachary y Adrián. —Enmarcó con sus manos el rostro de Klaus, sacando un mechón de cabello oscuro y acariciándolo en sus dedos—. Tú eres el primer moreno que me trae loco. —Inclinó el rostro para besar sus labios.

—Esforcémonos en que sea el único —respondió Klaus antes de sellar sus labios. Normalmente arrastraría a su pareja a un lugar más privado pero en este caso, Feyn estaba ansioso por dejar su marca sobre Narcisse, reclamar su territorio y dejarlo claro a cualquiera que quisiera acercarse, como pocas veces Klaus estuvo completamente de acuerdo con el dragón.

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Dado que Klaus estaba fuera por el fin de semana, Michelle no perdió tiempo en infiltrarse en su habitación en busca de las cartas que había compartido con Angie. Michelle conocía perfectamente la habitación de su padre, especialmente durante los últimos días donde tuvo que dormir allí. Sin embargo nada de eso quitó la sensación de estar haciendo algo mal, supuso que era porque estaba haciendo algo sin el permiso de su padre y, además, lo hacía para desobedecerlo.

Le tomó un tiempo encontrar una de las cartas, ocultas en el armario de su padre. Los ojos de Michelle se abrieron al máximo al leer la dirección de envío. Nunca pensó que el lugar fuera México, de entre todos.

Anotando la dirección, guardó todo y lo dejó justo como lo encontró. Se aseguró una vez de que el lugar se veía imperturbable antes de salir y buscar un mapa. Michelle demoró un poco en hallar el país, pero el mapa resultó tan genérico que no le ayudó. Michelle no conocía nada de México; ni su horario, ni su idioma, ni mucho menos si podría viajar desde allí por las raíces. Con frustración Michelle se dio cuenta de que ir allí no era algo que podría hacer ese fin de semana en que su padre no estaría.

Michelle comenzó a caminar por uno de los pasillos externos que le dirigiría al estanque de los Koi. ¿Y si iba a pedirle ayuda a Gerardo? Tendría que pensar en una excusa que no levantar sospechas, aunque a veces el mago no tenía aspecto de ser tan intuitivo según Michelle, pero no lo iba a subestimar. O puede que le pidiera ayuda a Zachary. Su pareja mostró su apoyo incondicional, y Michelle, si bien no quería involucrarlo mucho, tampoco querría dejarlo por fuera. Zachary era lo único bueno que le pasaba en mucho tiempo desde Minegishi. Él ni siquiera había podido decirle lo que su padre le confesó...

—Un problema a la vez —Se suplicó, cansado.

Sus pasos se detuvieron abruptamente al encontrar una figura en el suelo del pasillo, como si estuviera dormida contra la base de madera de la pared. Michelle tardó un instante en darse cuenta de que era Kenshi. Presuroso se acercó, preocupado.

—¿Tío Keso? ¡Tío Keso! —Le removió, y echó un vistazo por los pasillos—. ¡Ayuda! ¡Abuelo! ¡Tío Kuma, tío Kaoru! —Con más ahínco, Michelle siguió sacudiendo a Kenshi para despertarlo.

Costó un minuto lograr que reaccionara.

—¿Qué...? ¿Qué pasó?

—Tío Keso, ¿estás bien? —Michelle notó que sus mejillas casi no tenían color, y lucía cansado—. ¿Qué ocurrió? —Otra vez echó un vistazo al pasillo, maldiciendo que nadie llegase aún.

—Yo... No sé. De pronto me sentí cansado, me mareé y... —Kenshi miró tras su hombro—. Sé que me apoyé en la madera hasta deslizarme... No recuerdo más. —Kenshi se llevó una mano a la frente. Se sentía aturdido, con un palpitar en su cabeza y tan exhausto, como si hubiera corrido por horas sin descansar una vez. No creía que tuviera fuerzas para levantarse aún. ¿Qué le ocurría?

—Espera aquí. Iré por el abuelo.

—No es como si pudiera ir a otro lado... —murmuró Kenshi con voz cansina, aunque Michelle no le escuchó. Ya se había levantado para ir en busca del ruso.

Michelle tomó un atajo que le llevaría a la segunda entrada al laboratorio, la que no daba acceso al despacho de Kenshi. Entró en tromba, saltando los escalones de dos en dos, jadeante.

—¿Abuelo? —Sintió alivio momentáneo al verlo cerca de la incubadora del huevo—. Abuelo, de prisa. —Michelle se acercó y tomó su brazo para arrastrarlo a la puerta—. Encontré a tío Keso desmayado en uno de los pasillos, se ve muy pálido y no puede levantarse.

Soltando todo lo que tenía en la mano, el ruso tomó el maletín que mantenía cerca de la puerta para cualquier emergencia y siguió a Michelle presuroso, preocupado por su tesoro. Sintió un sudor frío al verlo en el suelo, débil, pálido y con la frente perlada de sudor.

—¿Qué te pasó? —demandó saber el ruso. Mientras escuchaba la explicación del japonés, sacó un estetoscopio para escuchar su respiración y latidos, también le tomó el pulso y la temperatura—. Tienes quebranto. 37° de temperatura, y un poco de arritmia, por eso la debilidad y el mareo. —Dejando su equipo a Michelle, se preparó para levantar a Kenshi—. Necesito una muestra de tu sangre.

Michelle tomó el maletín del ruso. Kenshi no dijo nada más, solo asintió y pasó un débil brazo por los hombros de Vladimir para estabilizarse un poco. El que no comenzara a quejarse les expresó a ambos lo debilitado que estaba. Kenshi había puesto trabas esos dos días desde lo acontecido a la hora del almuerzo para no ir al laboratorio del ruso a hacer los exámenes que le pidió.

Michelle siguió a la pareja, y cuando llegaron al laboratorio, se apresuró a ayudar a su abuelo en lo que necesitara. La idea de ir con Gerardo o buscar a Zachary quedó relegada a un segundo plano en ese momento. Cuando acostaron a Kenshi en la camilla, el japonés tan solo se dedicó a cerrar los ojos como si tuviera sueño.

—Tío Keso, ¿estás despierto? No te duermas aún...

—Sí... —Kenshi tomó un profundo respiro—. Sigo despierto.

—Michelle, humedece un algodón con alcohol y limpia su brazo, luego busca la vena —dijo mientras se acercaba a su mesa para preparar la aguja y el frasco donde iba a ser extraída la sangre. Vladimir hubiera querido hacer un perfil lipídico pero para eso Kenshi tendría que estar en ayunas. Tendría que conformarse con una hematología completa en vista de las circunstancias.

—Sí, abuelo —dijo Michelle, moviéndose para hacer lo indicado. Comenzó a sentir la emoción de poder involucrarse en el proceso, como si fuera un real enfermero.

Kenshi abrió los ojos levemente en cuanto percibió a Michelle manipular su brazo, la presión de la cinta y luego la sensación del algodón húmedo, el tanteo en su brazo en busca de la vena. Con él siempre era fácil hallarla.

—Soy muy fácil para ti...

—Sí. —Michelle se sonrojó un poco—. Con Ruslán es más complicado. Aquí está, abuelo —avisó al ruso.

—Dice que dejan su brazo como un colador. —Kenshi dijo, con una risa ligera.

—El típico caso de venas bailarinas —dijo el ruso, acercándose con una aguja esterilizada. Con la facilidad de la práctica, insertó la aguja en la vena y sacó la sangre necesaria. Mientras esperaba a que el tubo de vidrio se llenara, le dijo sus sospechas a Kenshi—. La fiebre y debilidad son tus síntomas recurrentes de la anemia, tus niveles de hierro deben estar realmente bajos para que te agobie esa debilidad con tanta fuerza. Desde ahora vas a comer más remolacha, sardinas..., fresas, cualquier cosa que suba tus niveles de hierro.

Kenshi se pasó la otra mano por la frente en tanto Michelle se encargaba de su brazo apenas el ruso acabó con él.

—No entiendo. Yo tengo mis niveles bien, algo más debería estar bajándolo...

—¿Puede que esté enfermo de otra cosa, abuelo?

—No lo creo —respondió Kenshi en su lugar. Se cubrió los ojos con el brazo—. La única vez que esto me pasó fue cuando... —Kenshi se calló bruscamente, y se levantó tan rápido que espantó a Michelle.

—¿Tío Keso? —Michelle parpadeó con sorpresa.

Kenshi comenzó a contar con los dedos, se vio pensativo por un tiempo, y entonces jaló a Michelle hasta que olfateó su cuello.

—¿Tío Keso, qué sucede? —Michelle miró hacia Vladimir, casi que pidiéndole ayuda.

Una vez que Vladimir dejó a salvo los frascos con la sangre sobre la isla para examinarlos más tarde, se acercó a Kenshi, confuso por su repentina turbación.

—¿Qué pasa? ¿Tienes nauseas? ¿Quieres vomitar?

—Vladimir... Hazme una prueba de embarazo —declaró el japonés, sin mirar a su esposo.

—¿Una...? —Michelle abrió mucho los ojos—. Tío Keso, ¿crees que tú...?

—La única vez que mis niveles bajaron tanto, fue cuando estaba esperando a Ruslán. —Finalmente, miró ceñudo a Volsk—. Vahlok y tú van a dormir fuera de mi cuarto si se trata de lo mismo. ¡Le dejé claro que no quería otra cría todavía!

Las emociones de Vladimir, como pocas veces, se mostraron perfectamente en su rostro: pasó de la sorpresa por la acusación, ilusión por una nueva cría hasta la indignación porque Kenshi le echara la culpa.

—¿Y se supone que yo tengo que pagar por eso? Fue Suoh quien nos emboscó.

—¡Por supuesto que es tu culpa! Tú debiste de detenerlo. Pero claro, dos dragones calenturientos, ¿qué se puede esperar?

—¿No te guste la idea de estar esperando un bebé, tío Keso? —A Michelle le entristecía la perspectiva. Después de todo, Ruslán fue el último bebé y Michelle también tenía ilusión de uno nuevo en la familia—. A Ruslán le haría feliz un hermanito o hermanita...

Kenshi se giró a Michelle, un poco en shock por sus palabras. Suspiró, frotándose el puente de la nariz.

—No lo quiero ahora. Quería esperar unos años más, donde no hubiera tanto trabajo. —Su ceño fruncido volvió—. Pero claramente no es la idea de Suoh y por obvias razones él no puede hacernos quedar en estado solos. —Allí, fulminó con la mirada a Vladimir—. No puedo creer que haya hecho esto.

—Pero..., tal vez sea otra cosa —intentó conciliar Michelle.

—No. Tengo todos los síntomas de entonces, tu olor natural está cambiando para mí —dijo al niño—. Además, eso explica los constantes cambios de humor y que mi anemia esté descontrolada. Si cálculo bien, debo estar por cumplir las dos semanas.

—Resolveremos eso con un sencillo examen. —Buscando un vaso de precipitado, se lo alcanzó a Kenshi—. Orina aquí, combinaremos eso con algunos químicos y eso nos dirá tu estado.

Kenshi se levantó y tomó el vaso, caminando al pequeño baño que había en el laboratorio. Michelle se dedicó a ordenar el lugar mientras Kenshi no estaba.

—El tío Keso no lo decía en serio cuando dijo que ibas a dormir en otro lugar, ¿o sí? —cuestionó a su abuelo, medio en broma medio en serio—. Deberías revisarlo más a fondo. ¿No tuvo una pelea con Narcisse el otro día? Y estuvo entrenando con los soldados. ¿No es peligroso eso para él?

—Si los exámenes son positivos y en verdad está embarazado, restringiré drásticamente sus actividades, le guste o no. —Con su dedo índice, golpeó sus finos labios repetidamente en un gesto pensativo—. Por otro lado..., si está tan molesto como dice, tendré que pedirle a los gemelos que me preparen una habitación aparte por unos pocos días en lo que se le pasa el enojo. —Lo peor de todo es que parecía que Vladimir no estaba bromeando cuando lo dijo.

—Bueno, no se ve como si le molestaría que le restringieras sus actividades... pero en lo otro...

Michelle no siguió hablando pues Kenshi pronto salió del baño. Lucía un poco más tranquilo.

—Quiero recostarme un rato. —Apenas le dio el envase con la orina a Vladimir, se recostó otra vez en la camilla.

—Será mejor que descanses un rato, tío. ¿No querrás ir a la habitación? —Michelle se colocó a su lado, pasando una mano por su frente, alisando los mechones de su flequillo—. Aún tienes un poco de quebranto...

—No creo poder caminar hasta la habitación —murmuró Kenshi en voz baja.

—En un momento te llevo —murmuró Vladimir, manipulando el vaso de precipitado. Dado que necesitaba un resultado rápido, agregó una cucharada de cloro al vaso y los agitó un poco. Al cabo de unos segundos la orina cambió de color—. Oficialmente... estás embarazado. Esta es una prueba de embarazo bastante rudimentario pero estoy seguro de que la muestra de sangre dirá lo mismo.

Kenshi solo pudo gruñir, otra vez cubriéndose los ojos con el brazo. Michelle se atrevió a sonreír.

—Felicidades, abuelos. A los demás les va a hacer feliz la noticia.

Kenshi no dijo nada. No porque no quería, al contrario, tenía mucho que decir. Pero el cansancio era tal que hasta para hablar le costaba. Eso no evitaba que por dentro sintiera un millar de emociones; estaba enojado todavía con los dragones, no era de esa forma en la que él quisiera tener una nueva cría. Estaba preocupado también, el trabajo con el condado estaba en un punto crítico y ahora tendría el estrés de cuidarse por el bebé. Y estaba... estaba feliz, mucho. Su enojo con los dragones, con Suoh sobre todo, no afectaba la felicidad de un nuevo hijo o hija, no lo sabía. Solo lamentaba el momento y lamentaba, a su vez, no haber estado consciente en su concepción.

—No se lo digas aún. —Tuvo que hablar—. Esperemos a que Klaus vuelva para que estén todos de una vez.

—De acuerdo. Y mientras tanto, yo seré tu enfermero. —Michelle tomó su mano—. No quiero volver a encontrarte durmiendo en los pasillos.

—Mich, ¿podrías dejarnos un momento a solas? Dile a la señora Katsumi que la cena debe ser rica en hierro: sopa de miso, sardinas, avena, lentejas, pistachos... Cosas como esas, es libre de elegir el menú. —Con sus instrucciones dadas, el ruso esperó a que el castaño saliera del laboratorio. A solas con su esposo, Vladimir se arrodilló al lado de la camilla, acarició la mano de Kenshi dejando un beso en su dorso—. Sé que no es el mejor momento para tener una cría, pero no puedo evitar sentirme ridículamente feliz por la noticia.

Kenshi tomó una profunda respiración, lo retuvo unos segundos y exhaló el aire lentamente, calmándose. Relajando toda tensión en su cuerpo. Sus ojos se enfocaron en Vladimir, tuvo que girar un poco su cabeza para ello.

—También estoy feliz. Sí quiero tener más crías, pero lo acabas de decir, justo ahora no es un buen momento... Me preocupa cómo iré a lidiar con un embarazo cuando el condado requiere toda mi atención ahora. —Kenshi se estremeció levemente, pensando en cada posibilidad y en las palabras de Narcisse que volvieron a su mente. No quiso admitirlo, pero temía que el chico tuviera algo de razón y lo odiaba por eso—. No quiero que Narcisse venga aquí, suficiente estrés tengo con dos asuntos a la vez.

—No te preocupes. —Acarició el lacio cabello negro con ternura, dejó que su frente descansara sobre el pecho de Kenshi—. Además, mi japonés ha mejorado lo suficiente para poderme comunicar con los trabajadores. Estoy seguro de que puedo apoyarte en todo lo que necesites. —Comenzó a ronronear sobre él, sintiéndose feliz y orgulloso con la idea de una nueva cría—. Sobre Narcisse... Me aseguraré de que no te moleste.

—Bien... —Kenshi comenzó a cerrar los ojos muy lento, adormilado por los sonidos de Vladimir y sus caricias—. ¿Querrías un niño, o quizás una niña? —Se acercó un poco más a la mano del ruso—. Dijiste que me llevarías a la habitación en cuanto acabaras...

—Cierto. —Dejando un beso en su frente, se levantó para organizar un poco el espacio de trabajo, asegurándose de que la muestra de sangre estuviera a buen resguardo antes de volver a acercarse a su esposo. Le indicó que abrazara su cuello mientras pasaba sus propios brazos bajo sus rodillas y su espalda. Una vez con Kenshi asegurado en sus brazos, salió del laboratorio con camino a su dormitorio—. Me gustaría una niña. Adoro a Irina pero me gustaría consentir a mi propia hija, mimarla hasta que me reclames por consentirla demasiado.

Kenshi sonrió, aún con los ojos cerrados y la cabeza en el hombro de su esposo, imaginando a una niña pequeña, tal vez como Ruslán, o con sus propios ojos oscuros, usando a Volsk como su muñeca humana como Irina usó a Klaus. Eso le causó una pequeña risa.

—Ya quiero verte con lacitos en el pelo y los labios y ojos maquillados. —bromeó, comenzando a ronronear sin darse cuenta. Suoh debía estar muy feliz y cómodo en esos momentos.

—Ya te veré a ti usando trenzas durante los entrenamientos y jugando a las muñecas en tu oficina —rió suavemente ante la agradable imagen en su cabeza—. Te sienta bien el embarazo.

—Debo tener unas pocas de semanas, ¿y dices que me sienta bien? —Kenshi abrió los ojos para verlo, sin levantar la cabeza de su hombro—. ¿En qué sentido? Ni se me nota la panza aún... Ugh. Tengo que ir de compras. Los yukata que usaba cuando Ruslán ya están pasado de modas.

—Durante el embarazo te pones todo mimoso, quieres ser consentido y te pegas más a mí, aunque creo que esa es influencia de Suoh en su mayoría... Me gusta —dijo con una sonrisa en el rostro—. Además, tienes un algo que te hace ver muy bien... El brillo del embarazo, según he oído decir a algunas mujeres.

—Oh... —Un ligero sonrojo coloreó las mejillas de Kenshi, un poco avergonzado. No se había dado cuenta de que tenía esas actitudes, o puede que sí pero había decidido ignorarlo. Ocultó el rostro en el hombro de Vladimir esta vez—. Es cosa del dragón.

—Por supuesto —concedió el ruso.

Siguió caminando hasta que llegaron a la habitación. Vladimir se encargó de todo para que se sintiera confortable, le quitó la ropa y con un paño húmedo limpió su cuerpo del sudor frío, después lo abrigó con uno de los mullidos yukatas y lo arropó en la cama. Para cuando terminó, el japonés estaba más que dormido, se recostó a su lado un rato nada más por el placer de pasar más tiempo con su embarazada pareja.

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Ruslán no fue ese día a visitar a Gerardo. Paseaba por el pueblo con Irina. Pasó tiempo desde que llegaron de Canadá que no compartía con ella, aunque era algo que tenía que corresponderle a Michelle. No estaba seguro a donde se metió el chico cuando trataron de buscarlo para invitarlo a pasear con ellos. Decidió llevarse a Irina fuera de la casa luego de que Klaus se marchó para pasar el fin de semana con Narcisse. Sabía que a ella no le agradó mucho la noticia.

—Pronto es tu cumpleaños. ¿Qué quieres de regalo?

—Quiero que mi padre deje de acostarse con un chico de mi edad que además es más fácil que la tabla del uno —gruñó con los brazos cruzados y el ceño fruncido, un suspiro tembloroso escapó de su control—. Pero dudo que eso me lo puedan envolver en un moño... —Apretó los labios sin mirar nada específicamente mientras caminaban—. ¿Acaso papá no se da cuenta de que ese... ese... idiota no le corresponde? Le van a romper el corazón. —En este punto, su nariz se sentía un poco aguada y sus ojos se veían brillantes por el esfuerzo de contener las lágrimas.

Ruslán pasó un brazo por los hombros de la chica.

—Klaus es un adulto. No podemos inmiscuirnos en sus decisiones aunque no nos gusten... Eso sin mencionar que no es solo él, sino también Feyn... —Dio un ligero saludo de cabeza a unos pueblerinos que lo saludaron—. Zachary dijo que Narcisse no es una mala persona... Aunque me pregunto qué Narcisse conoce él, si tomamos en cuenta la discusión con mi papá.

—Ambos son idiotas, unos idiotas calenturientos, eso es lo que son —dijo en un estallido de rabia. Se sentía enojada con sus dos papás por ser tan ciegos—. Ese bicho estuvo aquí una tarde y casi hace que el abuelito Kenshi y el abuelito Suoh se conviertan en unos asesinos.

Ruslán dio un vistazo nervioso a su alrededor.

—Sht. No lo digas tan fuerte... —calló. No creía que a su papá le gustaría se divulgara lo ocurrido en casa. Hasta el momento, era algo que no se había comentado fuera del dojo—. Es cierto que mi papá no es tan agresivo, pero, debes admitir que estos días también a estado un poco más voluble a lo normal, incluso Suoh. Tal vez solo el que haya intentado hacer algo contra Narcisse fue un efecto colateral de sus repentinos cambios de humor... —Ruslán suspiró.

—¡La culpa la tiene ese bicho y lo sabes! Hizo algo para alterar el dragón, es culpable, estoy segura de eso.

—Irina. No seas una chiquilla —regañó Ruslán. Hubo una época en la que se sentía raro siendo el que más regañaba a Irina y Michelle siendo él el menor de los tres, pero tuvo que acostumbrarse a eso—. Es decir, sí, Narcisse no es una buena opción, pero... debe madurar. Feyn no dejaría que él siguiera haciendo de las suyas, sabes lo celoso que es. Piensa que tal vez sea como Bárbara. Antes ella no te agradaba, pero después tú—

—No me agradaba —dijo testaruda, interrumpiendo a Ruslán—. Tan sólo se volvió... tolerable. No puedo decir lo mismo de Damián.

—¿Y qué hay de Kanya? —Ruslán se preguntaba qué le ocurrió al hombre. Llevaban más de dos meses sin saber de él, y su correspondencia con Klaus era mensual desde hace un par de años—. También te agradaba, aunque no hubiera nada serio entre Klaus y él, incluso jugabas con las muñecas que él enviaba para ti.

—Ruslán, por favor —bufó la joven—. El tintero no está interesado en mi papá de esa manera, y si así hubiera sido, se habría quedado.

—Y en dado caso de que lo estuviera, igual a ti no te agradaría. —Ruslán suspiró—. Tomando en cuenta de que no puedo lograr nada contigo, optemos por otro tema. Michelle, por ejemplo. No lo he visto en todo el día... —Ruslán dio un vistazo sobre su hombro, como si esperase ver al castaño tras ellos tratando de alcanzarles el paso. No estaba—. ¿Habrá ido a ver a su enamorado?

—Michelle es otro tema preocupante. No puedo decir mucho sobre esa mujer..., Angie, pero parece que causó un gran impacto en Michelle, desde que llegó. —Apretó los labios.

—Sin mencionar sus pesadillas. —Ruslán pensó en voz alta—. Es un alivio que hasta el momento no han vuelto, pero tengo esa sensación de que no será algo permanente. —Ruslán la miró de reojo—. La verdad es que ella es un completo misterio. Ni a mi papá le agrada...

—No veo como ella puede ser culpable de que Michelle tenga pesadillas como dice el abuelo Kenshi. Eso no tiene sentido —Se encogió de hombros—. También escuchaste a Michelle, la solución para dejar de tener pesadillas es teniendo sexo. Papá se volverá loco cuando eso pase —murmuró bastante divertida con la idea.

—No estoy diciendo que Angie tuviera la culpa, lo sabes, al parecer es cosa de demonios, algo que me sigue pareciendo un poco... Sigo incrédulo ante esa idea. —Acabó por decir Ruslán. Los guió a ambos por un camino bordeado por árboles de cerezos que aún estaban repleto de flores, los pétalos que caían formaban una alfombra rosada en el camino—. Cualquiera pensaría que a estas alturas Michelle ya habría tenido sexo. Si no con Damián, puede que Zachary. Ambos me parecían muy... —Ruslán pensó la palabra un momento— predispuestos.

—Papá lo ha estado presionando mucho para que no lo hiciera y me parece que la misma incomodidad de Michelle con sus orejas y cola intervenía. —Entre los arbustos a lo largo del camino de tierra, Irina encontró una planta que su abuelo usaba para fabricar su crema favorita, pensó que podría llevarle unas cuantas hojas y flores para destilar.

—Ciertamente, me decepcionó saber lo de Damián. —Ruslán se detuvo al ver lo que iba a hacer. El pensamiento de lo que pensaría Gerardo ante la idea de arrancar hojas o plantas le inquietó—. No creo que esté bien tomarla así. Es decir, Gerardo podría... —Ruslán calló, dudoso de pronto. ¿Estaría sonando como un idiota?

—A mí no —dijo indolente la japonesa—. Michelle está mejor sin ese patán. —Irina, al escuchar las palabras de su tío, arqueó una ceja divertida—. No creo que tu novio se moleste porque tomemos unas pocas flores, en todo caso son con propósitos medicinales. —Miró a Ruslán con una sonrisa burlona curveando sus labios—. Estás perdidamente enamorado, ¿no es así? Querido tío.

Ruslán apartó la mirada, logrando mantener control sobre su sonrojo. Él quería mucho a Gerardo, pero no estaba seguro de si lo que sentía por él era amor o no. Le importaba mucho lo que el mago pensara.

Decidió irse por un terreno más seguro esta vez.

—Eso deja a Zachary. Él tampoco parece una santa paloma, y más si tomamos en cuenta la compañía con la que se la pasa...

—Aunque no lo creas, me cae mucho mejor Zachary. —Terminó de recoger las hojas y flores de la planta, resguardadas entre los pliegues de su kimono—. Es gracioso, inteligente, amistoso, es educado cuando se le requiere y tiene unas historias picantes que me matan de risa. Lo que más me gusta es que parece encajar con Michelle a la perfección.

—Ciertamente. Ni siquiera con Minegishi veía a Michelle tan feliz. —Ruslán reemprendió el paseo cuando Irina acabó—. Solo me preocupa Klaus. Se ve que tiene más, em, digamos que desagrado hacia Zachary de lo que debería por ser novio de su hijo. Como si fuera algo más personal, ¿no lo has notado?

La joven asintió pensativa.

—Nunca lo he visto así de enojado o antipático, ni siquiera la vez que ese chico intentó ligar conmigo en las vacaciones de navidad en Moscú.

—Es como si hubiera algo en Zachary que hiciera molestar a Klaus, pero... no puedo entender qué. Porque incluso mis padres actúan normal con el chico... —Ruslán lo pensó por un rato—. ¿Será que Zachary le recuerda a alguien de su pasado?

—No hay nadie rubio de ojos azules entre las fotos familiares —comentó Irina, tratando de recordar—. Incluso Georg, técnicamente mi abuelo, no se parece en nada a Zachary.

—Me refería a algo más en general, no a un grupo en específico. Por acá. —Ruslán los llevó por un atajo que los dirigiría al sendero en dirección a casa—. Zachary es americano, además. ¿Recuerdas esa historia en la que estuvimos en guerra con América? Pensaba que, probablemente Zachary tuviera relación con alguien de allí.

—Eso sería demasiada coincidencia y según el abuelo Vlad "Las coincidencias no existen" —dijo tratando de imitar su gruesa voz y su acento.

—Es verdad, pero solo estoy dando ideas. —Asintió Ruslán, de acuerdo a sus palabras. Era algo que su padre decía mucho—. ¿Qué tal si pruebas preguntarle a Klaus? No creo que se atreva a negarte algo, o al menos no a ti.

—Lo intentaré... —Apretó los labios en molestia—. Aunque últimamente no hemos hablado. Desde ese viaje a Canadá no hemos pasado tanto tiempo juntos. —Había cierto tono de celos en su voz, se sentía ignorada por su padre estas últimas semanas.

—En parte puedo entenderlo porque han pasado muchas cosas muy rápido pero... eres su consentida. —Rodeó los hombros de la chica con su brazo, apretándola a su costado. Agradecía que por ahora tuvieran la misma altura—. La verdad me sorprende que te tenga abandonada. Siempre fue un papá gallina. No te preocupes. Pide de cumpleaños pasar un día contigo. No puede negártelo.

Eso hizo sonreír a Irina, inclinó la cabeza hasta recostarla en el hombro de Ruslán, ronroneó satisfecha.

—Eso haré.


CONTINUARÁ...

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