CAPÍTULO 28

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Lo siguiente que vio Michelle fue una plaza amplia, muy diferente a la que vio en Canadá. Las personas incluso no tenían ese ajuar tan distinguido, o al menos las pocas que veía. Cuidó que nadie le hubiera visto salir del árbol, sin embargo una mujer lo miraba con amplios ojos castaños. ¿Acaso lo había visto? Con prontitud se marchó, antes de que empezara un escándalo. No quería problemas que llamaran la atención.

Michelle veía letreros con anuncios de las tiendas cercanas a la plaza y no entendía que decían. Algunos tenían números y por los símbolos comprendió que se trataban de descuentos. El clima era un poco húmedo, conforme salía el sol no tardaría en volverse seco. Varios habitantes estaban abriendo locales, armando puestos de ventas, y andando al trabajo. Se sentía extraño caminando por allí.

—Bien... —Rebuscó en su bolsillo el papel con la dirección completa, el que no le había entregado a Gerardo, y armándose de valor, se acercó a un hombre que estaba abriendo las puertas de su negocio—. Eh... hola. —Michelle le colocó el papel frente a su rostro—. Io... eh, buscar... Aquí. —Varias veces tocó con su dedo el papel.

El hombre le observó extraño, como si cavilara si Michelle era o no un peligro. Era un niño llamativo, sus facciones claramente extranjeras. Se preguntaba de dónde había salido y qué pretendía hacer por esos lugares.

El hombre negó, y le dio a entender a Michelle que no sabía a qué dirección se refería. Eso llevó a Michelle dar vueltas en zigzag por las calles de Monterrey, preguntando con torpes palabras, a veces inentendibles, la dirección. Las primeras siete personas con las que se topó, no tenían ni idea de a dónde iba. Otras cuatro, simplemente no quisieron prestarle atención. Cuando Michelle pensó que habían transcurrido una hora, casi dos, a lo mucho, con horror se dio cuenta de algo: no tenía idea de a dónde se metió. La plaza por la que había entrado ya no estaba a la vista. Ni siquiera Michelle prestó la suficiente atención para poder reconocer algo que le sirviera como un camino de migas. El pánico de considerarse perdido en ese país comenzó a gobernarlo.

Su mirada volvió al papel en su mano. Llegó a una zona donde no veía árboles de ningún tipo. Encontrar sí o sí la dirección era su única opción, por lo que reanudó con más ahínco, casi desespero. Pronto sus ruegos fueron escuchados, y un hombre le dio una serie de indicaciones por dónde ir. Michelle tuvo que prestar atención a las señas que hacía con las manos y forzar a su cerebro a captar o relacionar las palabras.

"Derecha, derecha, izquierda, recto".

La zona en la que entró ahora parecía haber perdido luz y color. Sin dudarlo, además, que poca o nadie era las personas que transitaban por ahí. Un ligero olor a rancio llegó a su nariz, dándole el pensamiento de que si aún tuviera sus sentidos de gato, tal vez fuera más fuerte. ¿Había seguido mal las indicaciones? Para ser tan temprano, el lugar se veía horrendo y sórdido, nada que ver con las calles limpias y llenas de color que estuvo recorriendo antes. Continuando con su acto de impulsividad, siguió andando directo a la boca del lobo.

Michelle era un niño bonito y extranjero, una presa fácil en ese lúgubre ambiente lleno de ratas y ladrones. Un grupo no tardó en darse cuenta de la presencia tan atractiva de castaño.

Carne fresca, muchachos —dijo un tipo con la camisa sucia y la barba mal cortada, su piel curtida por el sol se veía aún más sucia que su ropa.

Los demás a su alrededor tenían una pinta similar. Lamiéndose los labios, se acercaron a Michelle, acechándolo. Cuando el joven se dio cuenta del grupo le cerraron el paso.

¿Estás perdido, chamaco?

Michelle se detuvo, nervioso ante la presencia de los hombres. No entendió qué les dijo, pero dudaba que fuera algo agradable. En seguida se arrepintió de no haber ido allí con compañía. Estaba deseando la presencia de Zachary, de Ruslán, de Gerardo, de alguien más.

—Lo siento, no entiendo qué dicen. —Retrocedió, tratando de volver por sus pasos y perderlos de vista—. Io... io buscar... —Alzó el papel con la dirección que buscaba.

Uno de los tipos de inclinó, entrecerrando los ojos para poder leer el papel a pesar de su presbicia. Le dijo el resto a donde quería ir el joven, todos se rieron y su actitud cambio completamente de una amenazante a una predadora; los oscuros ojos paseaban la mirada por el delgado cuerpo con lujuriosas intenciones.

Claro, chamaco, nosotros te llevamos —dijo el tipo de barba mal cortada.

Michelle negó, retrocediendo un poco más, al ver que no le daban indicaciones.

Hablar... Eh, dónde... No pienso irme con ustedes. Señalen el camino —habló al tiempo que movía las manos exigiendo que le indicaran a dónde ir.

Tranquilo niño, nos divertiremos mucho a dónde quieres ir. —Sonrió otro de los tipos, alargando la mano para coger a Michelle. Una mano más grande y estilizada tomó su brazo antes de que lograra su propósito.

Disculpe, monsieur. ¿Necesitan algo de éste joven? —Un hombre de marcado acento francés, cabello oscuro recogido en una cola baja y una elegante barba de candado se interpuso entre los desaliñados hombres y Michelle.

¡Levoch! —Sonrió uno de los tipos. —Mi compadre, este adorable jovenzuelo está buscando Nueva Luna. Nosotros amablemente íbamos a conducirlo allá.

Si no tienen dinero para gastar, no se les permite la entrada, ya lo saben —les dijo Levoch fastidiado. Cada tanto tiempo tenía que lidiar con los mismos tipos desesperados por alcohol y compañía pero sin un peso encima.

Estoy seguro de que al jefe no le importará recomendarnos si le llevamos está adorable cosita para que agregué a su colección —dijo uno de los tipos que le faltaban un par de dientes frontales.

Michelle había retrocedido hasta interponer al recién llegado entre él y los demás hombres, pero escuchar ese nombre de esas asquerosas bocas atrajo la atención del castaño como nunca antes. Dudaba que 'Levoch' fuera un nombre común en esa zona.

—¿Levoch? —Miró una y otra vez al hombre, incrédulo aún—. ¿Realmente eres tú? —Su corazón por un momento de agitó, en ansiedad por haber podido llegar a su destino.

Por primera vez el bartender se giró para mirar al castaño que estaba salvando. Abrió los ojos y la boca en shock al reconocer los rasgos de Angie y Shin combinados en ese rostro joven.

Sacré dieu —maldijo en francés. No se suponía que Michelle estuviera aquí. Volvió su vista al desagradable grupo—. Messieurs, les agradezco su ayuda con el niño pero yo me haré cargo desde ahora. —Pasó su brazo por los hombros de Michelle y se alejó del grupo a paso rápido. Tomó el camino opuesto al que estaba usando Michelle hace un momento para sacarlo de esa horrible zona.

—¿Levoch? —Michelle no entendía qué pasaba o a dónde lo llevaba el hombre. Era él, la sorpresa y el reconocimiento que vio en su rostro se lo confirmó. Solo deseaba saber por qué parecía que volvían por sus pasos—. ¿A dónde vamos? —Le mostró la dirección que llevaba—. Estoy tratando de ir aquí. Es donde Angie trabaja, ¿cierto? ¿Me estás llevando allí?

—¿Estás loco? No voy a llevarte allí, es más no deberías estar aquí. —Se detuvo en mitad de un boulevard que se veía mucho más sano que en la calle en la que Michelle se estaba adentrando.

—¿Qué? ¡No! No vine hasta aquí para nada... —Michelle miró una vez más al hombre, suspiró frustrado al tiempo que se pasaba las manos por el cabello. Esta era la primera vez que lo veía, y lo que menos deseaba es que tuvieran una discusión—. Sé que Angie es mi madre, y hay muchas preguntas que tengo en mi cabeza sobre ella ahora... Quería venir, hablar contigo en persona y tal vez... verla. Quiero ver el lugar en donde vive. —Hizo énfasis al señalar el papel en su mano.

—Oh, cherri. —Levoch abrazó a Michelle, sus brazos rodearon con fuerza al castaño—. Se que tienes dudas y miedos pero no puedo dejarte ir a ese horrible lugar. —Se alejó un poco, enmarcando el rostro del menor—. Te invito el desayuno. ¿Oui? Podremos hablar y conocernos. Quiero saber todo de ti.

Michelle no estaba completamente dispuesto a marcharse de allí. ¿Por qué no podían ir al hogar de su madre y charlar allí? Sin embargo no quiso parecer grosero, y asintió renuente.

—De acuerdo. —No se movió de inmediato, observándolo. Sin darse cuenta, comenzó a sonreír—. Creo que eres justo como te imaginé.

—¿En serio? ¿Cómo? —preguntó con una sonrisa. Se sentía bastante aliviado de que Michelle no insistiera con el tema, era mortificante para él que Michelle estuviera aquí. No quería que el castaño se acercara por nada del mundo al bar. Si se repetía la misma historia que con Shin, ni Angie ni él podrían soportarlo.

—Pues..., es difícil de explicar. —En cuanto el hombre inició la caminata, Michelle anduvo a su lado—. Pero cuando escuché tu voz, y supe que trabajabas en un bar, te imaginé justo así. Además, aunque no se parecen, sigo pensando que podrías ser casi un papá de Angie... —El chico aún sonreía—. Mi abuelo... Me agrada la idea de un cuarto abuelo muy genial.

—No tienes idea de lo feliz que estoy de escuchar eso. —Pasó su brazo por los delgados hombros delgados del castaño—. No conocí mucho a monsieur Shin pero te miro y eres una combinación perfecta de tus padres.

—Ojalá te hubiera visto cuando era mitad gato, me hubiera gustado saber tu olor... —Michelle, aunque miraba al frente, no prestaba atención a las tiendas o al entorno—. ¿Crees que mi hermana se parecía más a mi madre? ¿Sabes dónde fue enterrada?

—Angie dice que hielo a rosas. —La sonrisa del hombre se congeló en su rostro, se puso rígido y pálido al lado de Michelle—. ¿Cómo supiste eso? Angie no te lo dijo, estoy seguro de eso.

—No lo hizo ella. —Michelle negó, y esta vez no quiso mirar a Levoch. Las tiendas le eran más interesantes, o eso quiso fingir—. Ese... —Michelle bajó tanto la voz que Levoch tenía que prestar atención para oírlo— ese demonio me lo dijo. Tuve una hermana melliza pero nació muerta...

Esta vez el bartender tenía una expresión de pánico y temor.

—¿El demonio...? ¿Has estado en contacto con monsieur District?

Michelle tuvo que detener sus pasos esta vez. Algunas veces sentía el temor de su presencia, el recuerdo de las pesadillas atormentándolo. La noche anterior fue tan fuerte que le costó mantener su erección a sabiendas de que si fallaba y no lograba levantar su "barrera", el demonio aparecería en sus sueños.

—Él... —Michelle frunció un poco el ceño hacia Levoch—. Se ha aparecido en mis sueños. Él me ha... hecho algunas cosas. —Instintivamente Michelle cruzó los brazos en un gesto protector hacia sí mismo—. En uno de esos, esto, encuentros, me contó de mi hermana... Pero, no es completamente real, ¿no es así? Me refiero a que es incorpóreo. —Trató de mantener un mínimo de esperanza—. Solo aparece en sueños... y ya el amigo de mamá, Gerardo, me dijo cómo puedo evitar que Él entre en mis sueños. Estas últimas noches no ha podido hacerme más nada.

—Oh, mon die. —Levoch se cubrió los labios afligido—. Es real, demasiado real. —Negó con la cabeza—. ¿Cómo pudo enterarse? Hemos sido cuidadosos para que no supiera de tu existencia, para que estuvieras a salvo de su influencia —dijo como si pensará en voz alta, sus ojos se aguaron. La situación lo sobrepasaba—. Necesito un café. —No se sentía incapaz de hablar sin tomar algo fuerte primero, hubiera preferido algo con licor pero era demasiado temprano para que cualquier establecimiento en ese boulevard sirviera licor. Podría irse a la calle de Nueva Luna pero no quería a Michelle no remotamente cerca de ese horrible lugar.

Caminaron en silencio hasta encontrar una cafetería donde Levoch pidió una café oscuro mientras que para Michelle pidió unos huevos rancheros, típicos de México. Hubo un silencio incómodo por un momento mientras esperaban la orden.

—Lo que te dijo monsieur District es verdad. Tenías una hermana, mellizos.

—Me hubiera gustado escuchar un "tengo" en vez de "tenía". —Michelle suspiró, dudó antes de tomar el cubierto y comenzar a comer—. Lo que dijiste... de que él era real... ¿Quieres decir que él puede aparecer en cualquier momento? —Picoteó un poco los huevos—. No sólo en sueños...

—Cherri, él tiene mucho poder. Es tan peligroso justamente porque puede desplazarse en la oscuridad. Si él supiera tu ubicación actual, podría materializarse frente a ti dónde sea, sin embargo, sin el conocimiento de tu paradero, estás a salvo.

Michelle se removió en su asiento.

—Pero, ¿no lo sabe ya? Por eso puede entrar en mis sueños ¿no? —Michelle se llevó un par de bocados a la boca.

—No ha tenido contacto directo contigo. Como incubo, puede influir en tus sueños y atormentarte pero no puede tocarte sin saber tu paradero exacto. Una vez que entres en contacto con él, podrá rastrearte, donde sea que estés.

Michelle se estremeció. No sabía si era intención de Levoch o no, pero incluso estar comiendo en ese restaurante con el hombre, sin importar si estaban rodeados de gente o no, le hacía sentir nervioso. Paranoico. ¿Y si estar allí causaría que el demonio se diera cuenta de su presencia? Aquella vocecita que tanto ignoró le volvió a regañar por su imprudencia. Michelle lo acalló. Ya era tarde, de todas maneras.

Pero lo que no pudo ignorar era que Levoch no le había contado cómo su madre llegó a manos de District.

—Abuelo, ¿cuál fue el pacto que mamá tuvo con Él? ¿Cómo es que ella... está con él?

—No puedo decirte lo que desconozco, mon amour. —Levoch hizo un gesto a la camarera de piel morena y mejillas redondas para que le rellenara su taza de café—. Cuando yo llegué al bar ahogado en deudas, mon petite Angie ya llevaba varios años trabajando ahí.

Con un suspiro, Michelle acabó sus huevos. En otras circunstancias pediría un segundo plato pero estaba tan abrumado que no podría acabarlo por completo.

—En verdad quisiera ayudarla. ¿No hay nada que se pueda hacer? —suplicó, observando desesperanzado a Levoch. Aceptaría, haría cualquier cosa que el hombre le dijera y permitiera poder liberar a Angie—. ¿No se puede romper el pacto que la une a él?

—Yo también, ma belle enfant, pero me da miedo lo que le pueda pasar a ella si rompe ese pacto. —Se mordió el labio pensativo—. Lo único que sé es que ese pacto fue hace siete siglos. Cómo Angie no se ha vuelto loca o caído en la demencia, es un misterio para mí. —Negó con la cabeza.

Los ojos de Michelle permanecieron fijos en un punto de la mesa, luego se vieron brillantes, y tuvo que pasar el dorso de su mano por su nariz y la otra por las comisuras de sus ojos, respirando hondo. Siete siglos esclavizada por esa horrible criatura. Había subestimado el exorbitante tiempo que Angie estuvo en tierra. Siempre creyó que Angie era muchísimo mayor que su padre, hasta su abuelo Vladimir, pero su madre tenía incluso tantos siglos como el propio Gerardo.

Siete siglos.

Perdón, mamá, he llegado un poco tarde, se lamentó. Te liberaré. Lo prometo, te lo prometo.

—¿Qué...? Tú... Dijiste que querías saber todo de mí. —Michelle trató de sonreír un poco. Quiso desviar el tema un poco—. ¿Por dónde quieres que comience?

Levoch de entusiasmo ante ese tópico.

—¿A qué edad caminaste? ¿Cuál es tu comida favorita? ¿Cómo fue tu infancia? ¿Has tenido novia...?

Michelle estuvo respondiendo preguntas durante mucho rato pero Levoch se sentía feliz de por fin ver el maravilloso joven en el que se convirtió Michelle. Tantos años se había preguntado cómo era su vida o si era feliz, en vista de las graciosas anécdotas que tenía con Klaus y el resto de su familia estaba seguro de que el castaño tuvo la mejor infancia, una que sin duda Angie y él no hubiera podido ofrecer.

Eran casi las diez de la mañana cuando Levoch comenzó a bostezar con bastante frecuencia.

Je suis désolé, mon amour [Lo siento mucho, mi amor]. Tengo unas pocas horas para dormir antes de que abramos el bar nuevamente.

Michelle dio un sonido lastimero. ¿Tan pronto pasó la hora? Él no quería marcharse, le había gustado mucho estar con Levoch. Pero sabía que en casa ya estarían preocupados por él.

—Lo sé. Yo también debería irme... —Las comisuras de los labios de Michelle se torcieron. Él aún no tenía claro dónde quedaba el dichoso bar—. Quiero volver a verte. Indícame cómo llegar al bar... Puedo venir en el día, si es necesario. No importa. Solo dime dónde...

—Eso no va a pasar y lo sabes. Vuelve por dónde viniste. —Se levantó un momento para pagar la cuenta de lo consumido y volvió con Michelle para salir a la calle—. En esa dirección puedes llegar a la plaza real. Seguramente podrás ubicarte mejor a partir de ahí. —Miró a Michelle, enmarcando su rostro con sus manos dejó un beso en cada mejilla—. Soy tan dichoso de haberte visto pero debes volver, cheri.

Con un gruñido, Michelle asintió. Sus brazos rodearon a Levoch una vez más.

—Cuídate mucho, abuelo. —Cada vez que lo llamaba así, sentía un cosquilleo agradable. Klaus, su hermana Irina, todos los demás eran la familia que su padre Shin le había dejado. Y este hombre del que no deseaba alejarse era lo que tenía de su madre. Lo soltó con renuencia—. Pídele a mamá el número de la casa Ottori. Estoy seguro de que ella puede averiguarlo. Promete que llamarás, ¿sí?

—Lo haré, gatito. —Le dio un último beso en la frente—. No te metas en problemas —aconsejó, antes de girarse para comenzar a caminar de regreso al área menos favorecida de Monterrey

Michelle fingió marcharse por el camino que Levoch le indicó, pero en seguida buscó donde ocultarse. Contó hasta veinte, y comenzó a seguir al hombre desde lejos.

No debería desobedecerlo. Michelle estaba consciente de que los demás podrían preocuparse, no lo sabía. Estaba el caso de que hasta Gerardo revelara dónde se encontraba realmente y se metiera en problemas mucho peores que un demonio, pero si se marchaba sin saber dónde encontrar el bar, el verdadero fin de esa aventura no cumpliría. Solo necesitaba ver el bar, no deseaba entrar por mucha curiosidad que le daba ver su interior.

El castaño tuvo mucha suerte de que ningún pandillero lo interceptara o que el grupo que lo acosó antes volviera a arrinconarlo, quizás por la hora y el brillante sol que calentaba las calles en ese momento Michelle pudo seguir su persecución a una distancia segura.

Levoch caminaba seguro y aprisa por calles cada vez más deprimentes y sucias. La mayoría de edificio y locales estaban vandalizados, la basura se amontonaba en las esquinas y había uno que otro perro callejero tan flaco que podía contar las costillas de su costado. El joven esta vez sí que prestaba atención a sus alrededores, memorizando cómo podía cualquier cosa, hasta las manchas en las paredes, no sólo para usarlas de referencia cuando quisiera volver, sino también al marcharse de regreso a la plaza. Si no fuera por Levoch, más allá de ser atacado por esas sabandijas, a Michelle le preocupaba perderse entre esos callejones.

Por momentos se las tuvo que arreglar para esconderse cuando a Levoch le daba por mirar a sus espaldas, contaba un par de segundos, y luego se dedicaba a seguirlo nuevamente. ¿Qué tan lejos estaba el dichoso bar? El hombre no paraba de caminar y caminar.

Por fin Levoch pareció detenerse en un gran edificio de tres pisos. No se veía mejor que los alrededores pero se notaba la frecuencia con que la gente entraba y salía del lugar, el edificio no tenía ventanas rotas y la entrada estaba despejada, sin basura contaminándola. No se podía decir lo mismo del tipo de clientela; incluso a esa temprana hora salían hombres borrachos y, desde la distancia, Michelle podía distinguir a una que otra mujer con escasa ropa exhibiendo sus atributos.

En todos los minutos que Michelle pasó allí, espiando, su expresión iba desde la incredulidad, el horror y la vergüenza. ¿Ése era el dichoso bar? Tío Jim varias veces trataba con hombres ebrios, algunos obstinados que no querían marcharse, pero podía contar con una mano los sobrios que salían por la puerta, contrario al otro bando. ¿Y las mujeres? ¿Esas eran las... cortesanas que trabajaban en el bar? ¿Así estaba vestida su madre mientras trabajan? O quizás debía decir ¿así de desvestida estaba su madre mientras trabajaba? El corazón se le agrietó tanto a Michelle de solo imaginarla que sus ojos picaban. Algunas veces cuando los clientes entraban y salían, le permitían ver resquicios del interior. Cuánto deseaba Michelle entrar y verlo, sacar a Angie y Levoch de allí, llevárselos lejos. Podría protegerlos. Podría encontrar algo para mantenerlos alejados del demonio...

Con un profundo dolor, comenzó a retroceder por el camino que tomó. Hizo una última nota mental de la fachada del bar, y se apresuró a volver sobre sus pasos.

Michelle logró dar apenas unos cuantos pasos cuando una enorme mano cayó sobre su hombro. Con un brusco movimiento el castaño fue girado, de esa manera pudo ver quien lo retenía: un hombre mexicano de gran estatura (más que el promedio) y músculos, con un mostacho sobre los carnosos labios y ojos de un castaño oscuro.

El jefe quiere verte. —El hombretón agarró con fuerza el brazo de Michelle para comenzar a arrastrarlo al interior del bar.

—¡No! ¡Suéltame! —El joven dio un jalón para soltarse, pero enseguida fue sujetado y colocado sobre los hombros del sujeto. El terror que sintió era indescriptible, y peor aun cuando percibió que lo estaban llevando al bar—. ¡Bájame! "¡Abajo!" —Michelle se retorció en el agarre, pataleando con todas las fuerzas que podía en su pecho esperando atinarle a algún punto débil de su estómago, sus puños pegándole al hombre en la cabeza, hombros y espalda—. ¡Abuelo, ayuda!

Un montón de curiosos se apiñaron en la barra para ver al niño que cargaba Miguel, las cortesanas murmuraban entre ellas extendiendo el rumor de que habría un nuevo chico entre ellas. Una de las chicas nuevas se acercó a decirle a Levoch. El hombre se puso pálido y corrió fuera de la zona de descanso, logró escuchar los gritos de Michelle desde el piso inferior.

—¡Sacre Dieu! —Subiendo de dos en dos las escaleras, fue al segundo piso para buscar a Angie.

Ya en el tercer piso, Miguel tocó la última puerta de todo el pasillo. Esperó a que le dieran permiso de entrada antes de abrir la puerta. Michelle fue arrojado al suelo a los pies de su peor pesadilla: District, el hombre de cabello blanco y ojos rojos como la sangre con su escalofriante sonrisa.

Gracias, Miguel. —Con eso, el hombre salió de la oficina, encerrando a Michelle con el demonio—. Así que... el hijo pródigo ha regresado. En verdad no te creí tan estúpido para venir aquí, me alegra haberme equivocado.

Michelle jadeó, arrastrándose lo más lejos que podía del demonio, sus ojos comenzaban a llenarse de lágrimas de terror y enojo. Esto no debía estar pasando, había sido cuidadoso, lo había sido.

—¡A-a-aléjate de mí! —Con desesperación Michelle se puso en pie y corrió a la puerta, tratando de abrirla sin éxito—. ¡Abuelo! —Sus manos golpeaban ferozmente la madera—. Abran la maldita puerta... —Michelle pegó su espalda de la madera, atento a los movimientos del demonio.

District ladeó la cabeza, observando a Michelle con desagrado.

—Supongo que eso responde mi pregunta: eres un patético niño asustadizo. —Se levantó del sofá en el que estaba sentado con un movimiento fluido, acercándose lentamente al castaño—. Unos pocos sueños y mírate, estás aterrorizado. —Tomó su mentón con sus dedos obligándolo a alzar la mirada para encontrarse con sus ojos—. Eres patético.

Michelle le dio un manotazo con furia.

—¡Vete a la mierda! —espetó, su voz saliendo un poco temblorosa—. ¿Cómo pretendes que no esté asustado con tu cara fea? —Michelle intentó deslizarse a otro lado, buscando hacer toda la distancia posible entre ambos. ¿Por qué su abuelo no venía? ¿Por qué alguien no venía? Michelle trataba de buscar con la mirada cualquier cosa que pudiera usar de escudo... o de arma. Tal vez aquel florero en la mesa. Solo necesitaba alcanzarlo.

El demonio sonrió encantado con la resistencia que estaba poniendo Michelle. Con un golpe seco contra la puerta con sus manos, le cortó el paso al joven, acortó la distancia con su cuerpo invadiendo el espacio personal.

—Parece que si tienes agallas después de todo. —Se inclinó sobre Michelle, con su lengua delineó su mejilla dejando un rastro de saliva ardiente.

Un estremecimiento recorrió a Michelle. No era un cobarde, podía enfrentarlo si no lo miraba: eran sus ojos, rojos como la sangre, lo que le hacían sentir tan nervioso y aterrado. Por eso simplemente cerró sus ojos y, con toda la fuerza que tenía, estampó un puñetazo en la cara del otro.

—¡Te dije que te alejaras de mí! —gritó, al tiempo que con su brazo se limpiaba la piel—. ¡Vete al infierno y deja a mi madre en paz! —Y con dicho brazo, tomó impulso para asestarle un nuevo golpe.

Con una risotada, el peliblanco esquivó fácilmente el golpe dirigido a su cara, tomó a Michelle de las muñecas arrojándolo con fuerza contra el sofá. Para evitar su escape, se encimó sobre él sosteniendo sus brazos con una mano y su rostro con la otra.

—¿Qué me darás a cambio de dejar en paz a tu madre? No me conformaría con menos que tu virginidad. —No esperó la contestación de Michelle, apretando su mandíbula lo obligó a abrir la boca, colando su lengua profundo en su interior.

Michelle de inmediato mordió duramente su lengua. Por un momento, su mente le instó a despertar del sueño, deseó que su papá llegara y lo obligara a despertar. Tardó un segundo más en captar que no estaba soñando. Estaba despierto por completo y su padre no lo sacudiría para despertarlo.

Apenas sintió al demonio alejarse, escupió la sangre que extrajo de la mordida.

—E-eres... eres traicionero. Engañaste a mamá, no confiaría en ti.

—No necesito tu confianza, sólo tu cuerpo. —Con los labios rojos por la sangre, se inclinó para volver a besarlo. Se acomodó en medio de sus piernas, frotando su pelvis con la del menor que sorprendentemente, a pesar de la angustiante situación, reaccionaba positivamente.

El sonido de una bala volando la cerradura de la puerta llenó el aire. De pronto, la puerta fue abierta con tanta fuerza que golpeó la pared. Una furiosa Angie entró a la oficina.

—¡Tú, maldito pervertido! Apártate de él. —Jaló el cuello de la camisa del demonio, separándolo de Michelle lo suficiente para que el castaño pudiera escurrirse de su agarre.

—Ma... mamá... —Michelle no esperó una nueva indicación, y de inmediato se posicionó detrás de Angie, colocándola entre ambos. No sabía qué lo aterraba más: si la presencia del demonio o la de Angie—. Yo... yo no quería que él... Lo siento mucho. —Trató de disculparse, si bien sabía que no era una buena ocasión.

—Cállate. —Prácticamente le gruñó la morena. ¿Acaso el idiota inconsciente creía que todo iba a arreglarse con un "Lo siento"? Ella tendría que lidiar con esto, ¡no él! Por eso es que no lo quería aquí, pero no, al igual que Shin, él no escuchaba. No, claro que no, sólo se enfocaban en lo que creían que era correcto y al cuerno todo lo demás. A District le encantaba decir que el camino al infierno está pagado de buenas intenciones, y ella tenía un largo camino recorrido.

—Mi preciosa gatita. —Sonrió el demonio. Se acomodó en el sofá agradablemente, mirando a Angie con una sonrisa ladeada—. Que bueno que llegaste, estábamos a punto de iniciar...

—No andaré con rodeos. Te lo diré claramente y no hay nada que puedas hacer para convencerme de lo contrario. —Odiaba que el demonio tomara sus palabras como una broma—. No vas a tocar a Michelle.

El demonio soltó una carcajada que estremeció a madre e hijo.

—¿Qué piensas hacer para impedirlo?

Claro. Para District no había diferencia entre uno y otro, tan sólo se beneficiaba de la energía sexual que pudiera sacar de un individuo y, siendo Michelle un virgen, tenía mucho más valor.

—Haré lo que sea —respondió Angie sabiendo que se estaba metiendo de cabeza en una trampa.

—¿Me estás dando carta blanca, mi niña? —La sonrisa del pelo blanco se amplió—. Por él.

—¡No! —Michelle empalideció, dando un paso hacia Angie con intenciones de alejarla del demonio—. Mam–Angie, no lo hagas. Ha sido mi culpa, solo quería verlos al abuelo y a ti...

—Te dije que te olvidaras de mí, te advertí que no te quería aquí. —Le dio un codazo para que se alejara de ella—. ¿Tenemos un trato o no? —increpó mirando al demonio, sabiendo que se estaría deleitando con la discordia que había entre ellos.

—¿Me das carta blanca para hacer lo que quiera contigo a cambio de no tocar a tu retoño? —dijo para confirmar.

—Eso dije. —Con los labios apretados en una línea tensa, asintió.

—Bien. —El demonio, contento, tronó los dedos, unas sombras atraparon las muñecas de Michelle tras su espalda obligándolo a arrodillarse en el suelo.

Michelle, visiblemente asustado, empezó a retorcerse las manos, buscando cualquier forma de soltarse. Algo lo sujetaba, no podía levantarse de aquel lugar y marcharse.

—¿Qu-qué está pasando? ¿Qué es esto? —Sus aterrados ojos se levantaron hacia Angie, confundido.

—No te muevas —murmuró Angie con los ojos amarillos fijos en la figura de District que caminaba hacia el escritorio de caoba—. No hagas ruido y no supliques, eso es lo peor que puedes hacer. —Vio que Michelle quiso protestar pero con una mirada lo silencio—. Tú nos metiste en esto. Lidia con las consecuencias de tus actos... No lo empeores. —Lo último lo pidió en un tono inestable. Sabía que lo que estaba a punto de pasar era malo.

Michelle tembló en su lugar, haciendo un esfuerzo en calmarse. Era difícil, con la presencia del demonio, él siento contenido por quién sabe qué y la notable amenaza hacia Angie, Michelle solo deseaba sacarlos a ambos de allí. Asentir y quedarse quieto supuso una tarea titánica, pero nunca pudo apartar la mirada de ella en ningún momento.

District, con toda calma, se acomodó en el escritorio, sus nalgas descansando en la madera pulida mientras sus piernas sostenían el resto de su peso.

—Ven acá, cielo. Quiero sentir esos apetecibles labios rojos. —Sonrió encantado cuando vio a Angie envararse ante la orden, sabía lo mucho que odiaba ese acto en particular.

Dándole una última mirada de advertencia a Michelle, la morena llegó hasta District. Se arrodilló ante él, ocultando el temblor de sus manos deshizo el botón y bajo la cremallera de su pantalón blando, dejando el pene del demonio a la vista. No le iba a dar la satisfacción de ver lo mucho que le ponía inquieta la situación, tan sólo lo iba a tratar como trataba a todos los clientes que pedían por ella en el bar. Sólo eso. Trabajar mecánicamente, sin pensar, sólo hacer. Con eso en mente, tomó el pene entre sus carnosos labios para comenzar a trabajarlo con la práctica que había desarrollado con los años.

La sangre inundó la boca de Michelle debido a lo mucho que se estaba mordiendo la lengua, usaba el dolor como distracción de los sonidos que percibía en la oficina. Pensaba que como humano estaba siendo privado del fino oído a cuando era un gato. Michelle había bajado la cabeza, incapaz de seguir viendo apenas Angie se arrodilló frente al demonio. Maldito, una y mil veces. La ira, el dolor y el miedo se arremolinaban en su interior, y solo el pensamiento de querer acabar con District así como las palabras de Angie le daba fuerzas para seguir manteniéndose imperturbable, pero no por mucho.

—Eso es, belleza, continúa así... Mueve más tu lengua. —Agarrando el cabello ondulado en un puño, guió la cabeza de Angie para abarcar más de su miembro en su boca, las embestidas eran fuertes y sin cuidado. En un embiste particularmente profundo tocó el fondo de su garganta provocando arcadas en la morena, sus ojos se aguaron ante la necesidad de respirar—. Michelle, abre los ojos. No deberías perderte este excitante espectáculo.

Con el ceño fruncido, Angie mordió el glande del demonio haciendo que soltará una exclamación. Con un golpe, la alejó de su pene.

—Con que esas tenemos ¿no? Te gusta jugar rudo. —Tomando su brazo, la arrastró hasta la mesa donde la dejó caer sin cuidado, un vaso de vidrio se clavó en su costado—. Jugaremos rudo. —Tomando las prendas que cubrían a Angie, halo la prenda hasta rasgarse. Sin más lubricación que el presemen que rezumaba de su pene, se clavó en el interior de la morena. El dolor fue tanto que Angie no fue capaz de gritar, sus pulmones quedándose sin aire ante el repentino falo caliente que le destrozaba por dentro.

Por un breve momento, al oír que el vaso se cayó y quebró, Michelle dio un respingo, alzando la vista, justo para ver al demonio entrar clavarse en el cuerpo de Angie, de su madre. Apartar la mirada fue difícil. Peor mantenerse quieto, con las manos amarradas y sin poder luchar para apartarlo y salvarla.

—Basta... —susurró Michelle. Apretó los dientes, por fin quitando la mirada, removiéndose hasta casi darles la espalda. Eso era su culpa. Lo que Angie sufría en ese instante era su culpa, y Michelle tendría problemas para perdonárselo a sí mismo alguna vez.

—No, no, no... No debes voltear, eso es trampa.

Como si una mano invisible le agarrara el rostro, Michelle volteó a ver. Angie intentaba respirar mientras la mano del demonio presionaba su garganta y las fuertes embestidas hacían un nauseabundo chasquido cuando la cadera de District golpeaba contra sus muslos abiertos, de entre los cuales Michelle podía distinguir sangre.

—Tu mami es deliciosa —se burló el demonio—. De todas mis chicas, Angie es quien más me satisface. ¿Sabes por qué? —No espero a que Michelle respondiera, agarró el cabello negro de la morena obligándola a girar el rostro a Michelle para que viera sus intensos ojos—. A pesar de su miedo, todavía es capaz de mirarme con odio. Oh, sí, como me pone esa mirada —gimió de gusto cuando sus bolas golpearon el trasero de la morena.

Todo ese espectáculo fue demasiado para Michelle. Sentía la bilis subir por su garganta, la respiración casi tan errática como la de Angie. Apretando sus ojos para evitar las lágrimas de impotencia asomarse, logró sacudirse, un ligero alivio recorriéndolo al notar sus miembros libres. No esperó ni una advertencia, se levantó, cruzando el umbral de la puerta sin detener sus apresurados pasos.

El demonio vio con satisfacción como Michelle huía de su oficina dejando la puerta medio abierta. Con una amplia sonrisa, dirigió su entera atención a Angie.

—Creo que fue demasiado para el retoño, pero ahora que se fue, los adultos pueden divertirse. —El último pensamiento de Angie fue que esa iba a ser una muy larga sesión de tortura.

Michelle no se detuvo en su carrera desde que salió de la oficina del demonio, ni siquiera cuando Levoch le llamó. Apenas salió a la calle, buscó una esquina donde dejó salir parte del desayuno que había disfrutado hacia unas horas. Para su horror, era como si todavía pudiera oír los sonidos que District hacia al penetrar a Angie, sus asquerosos gemidos, todo. Apenas Michelle calmó su estómago, se apresuró a salir de aquel infernal callejón, lejos del bar y en la dirección que Levoch le indicó se fuera. Ignoró cada mirada que los pueblerinos le dirigían, hasta llegar a la plaza con los árboles que usó para estar ahí.

Michelle tropezó y cayó a la hierba apenas salió del otro lado del árbol, en Italia. Estaba sin fuerzas para moverse, para levantarse e ir con Gerardo. Pero lo hizo, y prácticamente arrastró los pies sin ánimo, como si hubiera sido drenado de toda energía.

Gerardo y Ruslán estaban ocupando uno de los sofás más grandes cuando entró Michelle por la puerta que conectaba con el jardín, la pareja se estaban dando arrumacos con Ruslán acomodado entre las piernas abiertas del italiano.

Fue Gerardo el primero en ver a Michelle en la entrada, con su semblante pálido y tembloroso.

—¡Michelle! —Empujó a Ruslán levemente para que se enderezara.

Ruslán se giró, recorriendo con la mirada a Michelle. Tenía un aspecto terrible, por no decir que olores extraños sobre él. Lo más curioso era que no podía percibir el olor de Zachary. Gerardo le había dicho que fue con él.

—¿Dónde estabas? ¡Michelle! —El joven se levantó apresurado para ir hacia Michelle apenas le vio caer de rodillas al suelo.

—Lo odio... —Llevándose las palmas a los ojos, Michelle se los apretó como si así pudiera contener las lágrimas de rabia que querían salir—. Lo odio tanto.

—¿A quién te refieres? —Ruslán dio una pequeña mirada al mago, confundido.

—A Él... Lo odio por lo que le hace a mamá... Ella no debía de... —Un sollozo cortó sus palabras.

—¿Qué...? —Ruslán tomó fuerte a Michelle por las muñecas, quitando sus manos para que le viera—. ¿Eres idiota, fuiste a ver a Angie? ¡Y solo! ¡Eso fue peligroso! —Dio una mirada reprobatoria a Gerardo—. ¿Cómo pudiste dejar que fuera allí?

—Michelle tiene libre albedrío. Él sabe que lo que estaba haciendo estaba mal, va en contra de todo lo que dijeron y aun así lo hizo. —Tomó la mano de Michelle—. Vamos al sillón. Necesitas recomponerte.

Ruslán y Michelle caminaron al sillón, donde el castaño se dejó caer. El primero se mantuvo callado, observando a Michelle mientras que éste trataba de calmarse. Se cuestionó por un momento si sería prudente ir por Klaus. A su hermano no le agradaría nada saber lo que Michelle estuvo haciendo a espaldas de los demás.

—No te hizo daño, ¿o sí? —Michelle tenía las ropas arrugadas y el cabello revuelto, Ruslán no podía oler o ver algo que le indicara estaba herido.

—Él... no. Es... Ella no le dejó.

Gerardo abrió grandes los ojos sabiendo lo que eso significaba.

—Ay, no... —Apartó la mirada angustiado, nunca se había topado con un demonio pero gracias a sus compañeros guardianes podía darse una idea de lo viciosos y viles que podían ser esos seres.

—Michelle... —Ruslán estaba sin palabras. Siempre estuvo consciente de lo imprudente que era Michelle, era algo que sin importar cuántas veces le advirtieran, nunca cambiaba. Pero esto era otro nivel y, si bien jamás tuvo gran contacto con Angie en el viaje a Canadá, a pesar de lo que dijera Kenshi, ni por asomo querría que la mujer tuviera que pagar las consecuencias de los actos de Michelle—. Estás consciente que esto se lo tengo que decir a Klaus, ¿no es cierto? Estás poniéndote en peligro, no solo a ti sino a Angie también. Estabas dejando de soñar con él, ¿cierto? ¿Por qué entonces ir a ponerte en bandeja de plata para ese monstruo?

—¿Pretendes que le deje estar en paz? ¡No viste lo que la obligó a hacer! Tenía que saber dónde estaba, merece ser destruido.

—¡Es una locura! Vas a acabar muerto.

Gerardo se arrodilló ante Michelle, tomando sus manos entre las suyas más grandes.

—De la misma manera en que District la obliga a hacer esas cosas por las que estás tan horrorizado, también puede obligarla a matar con una orden suya. Muchos hombres han muerto por sus manos con una orden del demonio. ¿Quieres ser el siguiente en la lista? ¿El sacrificio que hizo Angie para mantenerte a salvo sería completamente en vano? ¿Es lo que quieres?

—Yo... —Las palabras de Gerardo le hicieron sentir avergonzado a Michelle. Él no pretendía que nada malo sucediera de aquella visita, había subestimado al demonio y ahora Angie estaba pagando por ello. ¿Cómo podría verle al rostro después de eso?

Ruslán negó, viendo a Michelle quedarse callado.

—Vamos a Japón. Ya es tarde allí, de todas formas. —Ruslán se levantó—. Esto no puede volver a repetirse. Entiendes eso, ¿verdad?

Michelle no contestó a eso tampoco. Se limitó a ponerse en pie, decir una corta despedida a Gerardo, y salir de la casa. Ruslán se tomó unos segundos antes.

—Sé que Michelle es capaz de tomar sus propias decisiones, pero no con esto —dijo al mago—. Cuando notes que él quiera ir a estas visitas suicidas, da aviso. A Klaus le dará un infarto cuando sepa de esto.

—Lo siento, Rus, pero debes entender que como guardián no puedo interferir en las decisiones de los mortales. —Dio un beso a Ruslán en la frente como despedida, se quedó en el umbral de la puerta viendo al par usar uno de los árboles de su jardín para volver a Japón.

Apenas llegaron y Klaus los vio para recibirlos supo que algo andaba mal, abrazó a su hijo y miró a su hermano buscando una explicación.

—Pues resulta que él fue al lugar donde está Angie, solo. —Ruslán cruzó los brazos frente a su pecho—. Ese monstruo lo descubrió, por lo que parece, y sea lo que sea estuvo por pasar, Angie lo evitó.

Klaus abrió los ojos, alarmado. Separó a Michelle de su cuerpo lo suficiente para mirarlo.

—¿Estás loco? Te dije que te alejaras de ese lugar. —Rodeó a Michelle, mirándolo por todas partes buscando heridas.

—Tenía que ir. Quería hablar con Levoch, es como un papá para Angie y eso lo haría mi abuelo, además de que necesitaba ver cómo era el lugar donde ella está... —Michelle se abrazó a sí mismo, sin dirigir su mirada a Klaus en ningún momento—. Jamás quise que él me encontrara... Jamás quise ponerla a ella en riesgo o a mí, solo...

—Pero eso fue exactamente lo que hiciste. —Klaus estaba tan molesto y asustado. Michelle estuvo en peligro mortal y él no siquiera estuvo enterado de nada—. A pesar de todas las advertencias, fuiste solo y sin decirle a nadie. ¿Y si te hubiera matado? Nosotros no sabríamos dónde empezar a buscarte. Si no te hubiera atrapado, seguirías yendo —dijo seguro de que ese sería el curso de acción de Michelle—. Hasta que te atraparan y Angie no pudiera hacer nada. Tuviste demasiada suerte.

—¡Ya lo sé! ¿Crees que no sé lo que estuvo a punto de pasar? —explotó finalmente el chico, víctima del estrés, el enojo y el miedo de las últimas horas—. ¡Lo tuve en frente! Es real, no solo un sueño. Estuve en ese bar horrible, vi cosas que ni se me pasaron por la cabeza... ¡Lo vi abusar de ella, mi madre, frente a mí, sin yo poder hacer nada! —Las lágrimas escaparon de sus ojos, su voz rompiéndose por un fuerte sollozo—. No pienso quedarme tranquilo sabiendo que es algo que ella sufre todo el tiempo. Si hay una forma de poder destruirlo, lo tomaré.

—Mich, ese es el punto. —Puso sus manos en los hombros del menor, apretando su agarre—. Es esta obsesión que tienes, vas a lograr que te maten. Vas a terminar como Shin y no pienso permitir eso bajo ninguna circunstancia. Estás castigado.

—Tengo dieciséis años, no puedes castigarme —refutó, ceñudo, en tanto se limpiaba las mejillas húmedas con la manga de su camisa.

—En realidad, sí puede. —Ruslán dijo, dirigiéndose a su hermano esta vez—. Que mi papá no sepa de esto. Sabes que no aprecia nada de Angie, se pondrá como una furia si sabe que fue tan estúpido como para arriesgarse de esta manera...

—Es mejor que Kenshi no sepa nada. Le hará daño al bebé. —Klaus pasó su mano por los hombros de Michelle—. Vamos adentro, quiero que Vladimir te haga un chequeo completo.

Fueron directamente con Vladimir. Kenshi estaba con los gemelos e Irina revisando las viejas ropas de los niños, decidiendo qué llevarían a donación y qué usarían otra vez para el nuevo bebé, antes de que la cena fuera servida. Michelle tuvo que soportar un tercer regaño. Estaba harto de los regaños. ¡Él sabía que había cometido un error! Cuánto deseaba tener a Zachary con él en ese momento, ni siquiera estaba seguro de que podría dormir esa noche, y no por alguna pesadilla. No se creía capaz de poder cerrar los ojos.

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.

.

La hora de la cena fue larga y tediosa, la tensa atmósfera entre Michelle y Klaus era palpable. Cuando Kenshi le cuestionó el alemán sólo respondió que Michelle abusó del uso de las raíces y desobedeció a su padre. No dijeron nada más después de eso. Klaus todavía tenía que hacer unas rondas nocturnas por lo que pidiéndole un grueso abrigo, salió al sereno de la noche.

Fue toda una sorpresa cuando un par de guardias se presentaron ante Kenshi con Zachary agarrado de cada brazo.

Encontramos a este extranjero rondando el borde del terreno —dijo uno de los guardias en japonés.

—Hola, señor. —Saludó el rubio con una sonrisa culpable.

—Zachary... —Kenshi estaba un poco sorprendido por la visita del rubio, y más tomando en cuenta la hora y lo acontecido durante la cena. No sabía qué había pasado con exactitud entre Michelle y Klaus pero asumió que se trataba de Zachary—. ¿Qué haces aquí? Michelle está castigado, según Klaus, y supongo que se debió a ti.

Zachary trató de no verse absolutamente sorprendido por la noticia. Había llegado a Japón por recomendación de Gerardo, no le especificó nada pero le dijo que Michelle probablemente podría necesitarlo. Se escapó del internado con la esperanza de verlo.

—Yo, eh, sí, justamente. Estoy muy preocupado por él.

—De acuerdo. Vamos a suponer que el castigo de Michelle equivale a no salir de casa pero permite las visitas. —Kenshi se levantó, alisando las arrugas del yukata—. Sígueme... —indicó, comenzando a dirigirlo hacia los cuartos dónde estaba Michelle—. ¿Qué has sabido del idiota de tu amigo?

—Lo último que supe es que Yu iba a pasar un fin de semana con el papá de Michelle. —Se encogió de hombros—. Tomando en cuenta que Adrián iba a estar ahí, dudo que algo bueno haya salido de eso. No conozco mucho al señor Klaus pero está claro que es un tipo posesivo. Yu no sabe lidiar con eso.

—¿Adrián? ¿Quién es? —Eso atrajo la curiosidad del japonés—. Recuerdo que Klaus no llegó con buena cara ese día. Me imaginé que se debía a Narcisse por sí solo, pero si mencionaste que iba a haber un tercero... —Bufó, y hasta el propio Suoh se sintió irritado. Narcisse no era un tesoro digno para Klaus y no podía entender cómo es que él lo consideraba así—. Narcisse no tiene permitido el paso aquí.

—Se podría decir que Adrián es el mayordomo de Yu, también es su niñera, su mejor amigo... y su amante. Es como una constante en su vida, no importa con cuántas personas se acueste, Adrián siempre está ahí. —Sabía lo mal que sonaba eso pero era un hecho innegable.

Kenshi gruñó, cada vez más seguro de la opinión de Suoh; se cuestionaba cómo fue el encuentro de Klaus con el tan preciado Adrián y sí sucedió algo grave que causó el bajo ánimo del alemán al volver. Además, Klaus no había vuelto con Narcisse y Kenshi no supo si siquiera llegó a llamarle.

No habló más, envuelto en sus pensamientos hasta que ambos llegaron al cuarto de Michelle. Hubo luz en el interior, así que el chico seguía despierto. Kenshi tocó dos veces antes de deslizar la puerta y encontrar a Michelle junto a su viejo baúl de juguetes, armando un puzle de madera de piezas.

—¿No estás muy grandecito para los juguetes?

—Revisaba qué tenía allí para aprovechar de donar junto a las otras cosas que en contraste con Irina y me distraje con esto. Me gustan los puzles. —Sonrió, distraído con una pieza y fue entonces que levantó la vista—. ¡Zach! —Al ver la presencia del rubio, el puzle quedó relegado a un lado, levantándose para ir a su encuentro.

El rubio recibió a su novio con los brazos abiertos, lo apretó contra su pecho, aliviado de verlo entero. Por la forma en que lo contactó el italiano pensaba que como mínimo Michelle estaría herido de gravedad o catatónico.

—Tu abuelo me dijo que el señor Klaus te castigó.

—Sí. —Michelle observó por un momento a Kenshi marcharse, pero él no se separó de Zach hasta que se sintió satisfecho del abrazo—. Ven. —Le tomó la mano y lo llevó al lugar donde estuvo sentado, junto al futón—. Papá me... castigó porque fui a ver a Angie. —Torció la boca en una mueca—. Bien, en realidad fui a ver a Levoch e intenté ver el bar, pero... —Allí, tuvo que apartar la mirada de Zachary—. Él... el demonio me atrapó. —Su voz bajó un par de tonos—. Angie tuvo que intervenir para que no me hiciera daño.

—Oh, Mich. —El rubio, consternado, lo volvió a envolver en sus brazos—. ¿Por qué no me dijiste nada? Te hubiera acompañado si lo hubiera sabido. ¿Estás seguro de que estás bien? ¿No te hizo nada? Estuve consultando algunos textos en la biblioteca del internado, los íncubos pueden ser realmente maliciosos

—Yo... —Un profundo suspiro salió de Michelle. Ya estaba más calmado, sobre todo por el té que pidió en la cocina, así que se alivió de no volver a tener un ataque de pánico al recordar el suceso—. Estoy bien, en lo que cabe. No me hizo daño alguno, en serio y... sí quería, quise, deseé, que estuvieras allí conmigo pero fue un impulso. Ni siquiera yo... —Se pasó ambas manos por los cabellos. Sin toda la adrenalina y las demás emociones, había pensado bien en todo e indudablemente habría hecho diferente algunas cosas, pero ya estaba hecho todo, y no podía retroceder el tiempo—. Supuse que estabas en América con tu madre pasando las pascuas y no tenía cómo contactarte. Lo subestimé. Pensé que no notaría mi presencia allí... Levoch dijo que él se desplaza en la oscuridad. —Michelle dio una mirada nerviosa hacia una esquina de la habitación que no estaba siendo iluminada por la luz—. Si él sabe mi ubicación, podrá materializarse. Por eso solo podía aparecer en mis sueños pero ahora... Yo solo espero que aún no lo sepa.

Pensándolo un poco, Zach miró toda la habitación. Había unos pocos rincones oscuros pero nada excesivo.

—Podrías intentar dormir con la luz encendida. También recuerdo que mencionaste que cuando dormías con tu padre no tenías pesadillas.

—No puedo pedirle a él que me acompañe siempre. Tengo dieciséis años. —Le miró un poco ceñudo, algo avergonzado por semejante propuesta—. Estaré bien con la luz encendida... —Michelle hizo un gesto aparte para restar importancia al asunto—. Hay algo de lo que quiero hablarte. Se trata de mi papá... y el tuyo.

—¿Qué pasa? —Ahora Zach estaba bastante intrigado. Qué tenían que ver sus padres. Posiblemente se conocían, Angie lo mencionó vagamente pero no es algo en lo que el rubio indagó en particular, estaba más interesado en averiguar todo lo posible sobre los íncubos para ayudar a Michelle.

—Mi papá me contó cómo fue que se conocieron y no... no fue algo agradable. —Michelle se acercó más a Zachary, casi apoyando sus piernas en el regazo del rubio—. Papá me dijo que comenzó cuando él apenas llegó a Japón, quien en ese momento estaba en guerra con América. —Michelle dio un resumen de lo que Klaus le contó, ocultando todo lo relacionado al genoma que podía. En ciertas partes del relato desviaba la mirada, más que nada para prestar atención a que nadie los estuviera escuchando, por suerte solo se sentía el silencio o eso esperaba él. Michelle lamentaba no tener su fino oído a cuando era medio gato—. Entonces, cuando intentaron escapar, tu padre retuvo a Klaus y... mi papá tuvo que matarlo. Papá en verdad lucía muy afectado mientras me contaba esto. Lo que tu padre intentó hacerle fue demasiado para él. —Tomó la mano de Zachary entre las suyas—. Angie tiene razón, no puede saber que tu apellido es Wilson en realidad.

—... Sabía que había algo que no me gustaba de ti. —Se escuchó una voz seseante desde la ventana abierta de Michelle. Zachary soltó un grito nada masculino cuando vio dos puntos amarillos resaltando en la oscuridad reinante fuera del cuarto. La intimidante figura del dragón entró por la ventana, Feyn estaba en toda su aterradora gloria cerniéndose sobre un aterrado Zachary—. Eres descendiente de ese bastardo Wilson.

—Yo, yo, eh, sÍ, digo. ¡No! No... Soy...soy un pariente lejano —tartamudeó incoherentemente, arrastrándose lento lejos del dragón hasta que su espalda chocó contra la puerta de papel. Con un poco más de presión seguro que se rompería.

—Oh, no, no. ¡Pa-papá! —Michelle se apresuró a colocarse entre Zachary y Klaus, preocupado a extremos insospechados por la seguridad de su novio. Cuando Angie advirtió que Klaus —o el dragón— no tomaría bien este descubrimiento, ni por asomo se le ocurriría que Feyn se presentaría frente a Zachary. El rubio ni siquiera sabía del genoma y ahora tendría que explicarle cómo es que los ojos de su padre se veían aterradoramente amarillos—. Papá, Zachary no es como ese hombre. No es nuestro enemigo, en verdad, por favor.

No sólo sus ojos, todo Klaus daba miedo: desde las alas negras como las de un murciélago hasta las garras que veía sobresalir de sus dedos y estaba seguro de que el alemán quería clavarle en el pecho. Lidiar con tu suegro nunca era bonito, pero era la primera vez que Zachary realmente temía por su vida en un encuentro con su suegro.

Feyn entrecerró los ojos. Enrollando su cola en la cintura de Michelle, lo hizo a un lado y continuó su avance a Zachary. El rubio, temeroso como estaba, empujó su espalda rompiendo el papel de arroz de la puerta. No dudó en salir corriendo y para el dragón fue como una señal para empezar la cacería.

—¡No! ¡Papá! —Michelle salió corriendo detrás de ellos, tratando de atajar la cola del dragón para detenerlo. Su corazón palpitaba aterrado, preocupado por Zachary. ¿Por qué no podía tener un respiro? ¿Por qué todas estas cosas le pasaban a él justamente? Indicarle a Zachary por dónde ir era lo único que podía hacer. ¿Dónde estaban sus abuelos? ¡Él no podía detener a Klaus solo! Finalmente logró coger la cola del dragón en una esquina, haciendo fuerza para pararlo—. ¡Déjalo en paz! ¡Zachary no es como su padre!

Rugiendo por el jalón de cola, Feyn se volteó a mirar a su rebelde cría. Enojado, tomó al muchacho entre sus brazos y se dirigió a su propia habitación donde abrió el closet y metió al castaño en el interior. Cayó suavemente entre los futones y los suéteres de Klaus.

Estás castigado —le dijo el dragón. Cerró las puertas con un palo a través de las manillas y dejó a Michelle ahí. Tenía un americano despreciable que cazar.

—¡Papá, no! ¡Abre la maldita puerta! —Michelle comenzó a patalear sin éxito alguno, golpeando la madera, las lágrimas humedeciendo las mejillas—. ¡Jamás te perdonaré si le haces algo! ¡Nunca!

No pudo escuchar al dragón, por lo que supo que ya no estaba en la habitación. Michelle se llevó las manos al rostro, temblando de miedo. Solo esperaba que Zachary pudiera escapar, que su padre no llegase a hacerle algo.


CONTINUARÁ...

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