Capítulo 33

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ATENCIÓN: AVISO DE CONTENIDO SENSIBLE. SI NO DESEA LEERLO, SE ADVERTIRÁ CON *21* ENTRE EL TEXTO.


Narcisse y Zachary se fueron aquella tarde. Calcularon que pasaron todo un día fuera del internado. Estarían en problemas, pero había valido la pena. Por su parte, Michelle seguía superando el hecho de que cumplió su cometido. District estaba destruido, Angie estaba libre y en cuidado de Enoch. Los siguientes días no recibió aún noticias de Levoch hasta cinco días después. Le alegraba saber que las cosas estaban resultando bien. El hombre aún tenía que lidiar con los cambios en la administración para deshacerse de todo lo que District representaba en ese lugar. Jim se mostró dispuesto a ayudarle un poco si lo deseaba.

Por otro lado, su relación con Klaus todavía continuaba un poco tensa. Compartían algún que otro comentario durante las comidas, y Michelle ya no intentaba escaparse como antes. Acordó con Zachary que era preferible por un tiempo verse ahí en Japón.

Mientras regresaban en una de las visitas usuales a Jim, Michelle junto a Irina y Ruslán tomaron un desvío de su camino.

—Ahora que ya no estarás tratando de salvar a Angie, ¿qué harás? —inició Ruslán, dirigiéndose a Michelle.

—¿Hacer? ¿De qué hablas?

—¿No harás ninguna otra travesura que represente un riesgo para ti?

Michelle devolvió la mirada al frente.

—No. Al menos, eso espero.

—¿Y qué hay de Klaus? Todo ha terminado, pero aun así siguen sin hablarse.

—Es... complicado. —Michelle suspiró, y se rascó una mejilla—. Ni siquiera sé qué hacer con él o qué esperar. No puedo estar con Zachary estando él cerca porque debo vigilar que no quiera matarlo por un equivocado rencor y venganza, y ni siquiera me escuchó o creyó cuando le dije que había forma de liberar a Angie. No sé si sienta que pueda confiar en él...

—Nunca dijo que no te creía —interrumpió Irina, molesta de que hablaran de Klaus como si fuera algún desconocido—. Estabas tan ciego intentando matarte y arrastrando a Zachary contigo que no te diste cuenta de que papá intentaba protegerte de tu propia locura. ¿Me vas a decir que eres una santa paloma y nada de lo que hiciste estuvo remotamente mal? —Mientras hablaba, miró a su hermano con los ojos brillantes, pero no iba a llorar, no por ese idiota—. El día que fuiste a Hungría y no le dijiste a nadie, ¿sabes lo que hizo papá?

—N-No... —El grupo se detuvo, siendo Michelle el primero. Se sentía un poco cohibido por la actitud de Irina, y más por sus palabras. Si hubiera tenido sus orejas aún, estarían planas contra su cabeza.

Ruslán se acercó a la chica, pasando un brazo por sus hombros en un gesto mudo de apoyo.

—Tranquila.

—No me digas que esté tranquila. —A pesar de lo enojado de su voz, no se apartó del semiabrazo de su tío, su atención volvió a Michelle—. Apenas descubrimos que no estabas, papá Klaus y papá Feyn se alteraron mucho. Te buscaron en todas partes, fueron al pueblo para preguntar si alguien te había visto, ambos estaban mortificados de preocupación y después llegó Angie. Se puso pálido pensando que pudo pasarte algo y-y tú hablas de él como si te estuviera molestando a propósito. —Tuvo que sorberse la nariz, su plan de no llorar no estaba funcionando—. Sí, está siendo extremo con lo de Zachary pero no le has dado ni una razón para que él confíe en ti como lo hacía antes. Te escapas, insultas, desobedeces... Desde el viaje a Canadá casi no te reconozco.

Michelle no sabía ni qué decir o pensar. Dando una mirada a Ruslán, notó que él también parecía pensar lo mismo. Michelle estaba consciente de que había estado desobedeciendo y escapándose de casa varias veces pero tenía razones, de otra forma no le dejarían hacer lo que necesitaba. Tío Jim dijo una vez que sacó la impaciencia de Shin.

—Sabemos que quisiste hacer esto por Angie, y ese demonio también estaba metiéndose contigo, pero había muchas otras maneras de lograrlo —intervino Ruslán, su mirada en Michelle—. Sin embargo, quisiste hacerlo a tu manera...

—Yo... lo siento. —El castaño bajó la mirada, incapaz de seguir sosteniéndosela al par frente a él—. Solo quería que Angie fuera libre. No quería preocupar a nadie.

Ruslán negó.

—No es a nosotros exactamente con quien te debes disculpar, sabes.

—Es tu papá también, somos sus crías. Puede que ahora seas humano pero sabes lo que significa eso.

Michelle asintió y Ruslán decidió retomar el camino sin quitar su brazo de los hombros de Irina. El grupo permaneció en silencio por un tiempo, ni Michelle se atrevía a decir palabra alguna por un momento.

—¿En verdad creen que él...? —comenzó, dudoso—. Es que yo le dije...

—Puede que Klaus no te dio la vida, pero te cuidó y crió como su hijo. —Ruslán le observó de reojo—. Solo debes ser sincero en lo que le digas. Él te quiere.

—Deberías aprovechar de hablar con papá ahora que el parásito se fue de vuelta a Canadá con tu rubio —murmuró Irina.

Michelle no hizo comentario alguno, todos sabían que lo estaba considerando. Pensando qué decirle al alemán cuando lo tuviera en frente.

Regresaron a la casa pronto. Michelle buscó a Klaus, preguntando por él a los trabajadores hasta que le informaron que estaba en el dojo. Supuso que debía ser el primer lugar al que iría, Kenshi se había quejado durante la cena que el hombre tenía desatendidas sus labores. Caminando hacia allí, los nervios de Michelle comenzaron a gobernarle, dificultando sus pasos. Aún no sabía qué decirle. ¿Y si todo salía mal? Michelle tuvo que respirar hondo varias veces para calmarse.

Una vez en el dojo, pudo visualizar a su padre entrenando a los demás soldados de la guardia. No pudo acercarse más. Permaneció observándolo en silencio, sin saber qué hacer a continuación exactamente.

Estando en el dojo, el alemán se recogía el cabello en una cola alta, se quitaba la camisa y los zapatos para trabajar. Estando en constante movimiento, su cuerpo producía suficiente calor para estar en esas condiciones pero apenas terminaba se cubría con una chaqueta mullida y tomaba un té caliente para mantener su temperatura.

Con los años, Klaus desarrolló su propio método de enseñanza: él creía que para mantener a los soldados preparados y alerta, debían entrenar con el dragón. El pelinegro usaba métodos sucios para derribar a sus oponentes, también se aprovechaba de su fuerza y su velocidad, obligando a los soldados a esforzarse. Klaus era un instructor estricto y no consentía a los nuevos; si se caían muy rápido, los animaba a levantarse de la misma forma para que lo volvieran a intentar.

En ese momento estaba repasando tácticas de defensa cuando notó por el rabillo del ojo a su hijo. Uno de los hombres quiso aprovecharse de la distracción para atacarlo pero usando su cola hizo lo tropezar.

—Buen intento. —Sonrió el alemán, ayudando al hombre levantarse—. La próxima vez intenta atacar por la espalda.

—Eso es deshonesto —replicó el hombre.

—No estamos en un duelo. Si nos atacan, debemos estar preparados para todo. Los estoy preparando para las tretas del enemigo. —Le recordó Klaus con dureza. Los japoneses tenían demasiado arraigado eso de una pelea justa, en la guerra y el amor todo se valía—. Continúen.

Se alejó del grupo guardando las alas y la cola. Uno de los novatos se acercó con su chaqueta más abrigada, Klaus se la puso mientras caminaba. En tanto se acercaba a Michelle, lo miró de arriba a abajo verificando que no estuviera herido o tuviera algún dolor.

—¿Estás bien? —Fue lo primero que preguntó el alemán.

—Em, n-no, no. Estoy bien. —Michelle bajó la cabeza, su atención en la punta de sus pies. Se mordió el labio, luego se fijó de reojo en su alrededor y los soldados entrenando. No le gustaba ese lugar para hablar—. Tú, eh, ¿estás muy ocupado aquí?

—Tengo que mantener vigilados a los soldados.

—Eh, sí, claro. —A Michelle no le parecía que fuera un buen lugar para charlar, pero si lo dejaba para después, dudaba que tuviera la fuerza para hacerlo de nuevo. Al menos por ese día—. Yo, yo di un paseo con Ruslán e Irina y, bien, estuvimos hablando un rato... —Sus manos se juntaron al frente, entrelazando sus propios dedos mientras decidía cómo continuar—. Lamento todo lo que ocurrió. Tío Jim dijo una vez que realmente era hijo de mi padre Shin pero... me hubiera gustado parecer más hijo tuyo. —Mordiéndose el interior del labio para controlar sus emociones, Michelle se atrevió a alzar la mirada—. Perdón por desobedecerte y faltarte el respeto.

Klaus desvío la mirada haciendo una mueca con los labios, sus manos descansando en su cadera sin saber que decir primero. Quería decirle tantas cosas a Michelle; regañarlo por su imprudencia y su estupidez; abrazarlo hasta quebrarle los huesos por preocuparlo tanto; recordarle que estaba castigado todavía; gritarle que se alejara del chico Zachary, que no confiaba en él para nada temiendo que traicionara la confianza de su cría. Había tantas cosas que quería decir pero en este punto no sabía si Michelle lo iba a escuchar...

Con un suspiro agotado, palmeó la cabeza de Michelle, sus dedos acariciando las suaves hebras marrones.

—Las cosas que hago, aunque te parezcan injustas, las hago para protegerte, porque te considero mi hijo, mi cría... Aunque no estemos relacionados por la sangre.

Michelle abrió la boca para intentar decir algo, pero nada le parecía suficiente para expresar lo que quería. Solo atajó a adelantar unos pasos, y rodear el cuerpo de Klaus con sus brazos.

—Me hubiera gustado que tú estuvieras ahí cuando ella... ¿Crees que la volveré a ver?

El alemán tardó un momento en reaccionar, rodeó a Michelle con sus brazos, inhalando su aroma.

—Quizás... Si vives lo suficiente.

—Si no llega a ser así, y tú llegas a verla primero, dile que... que hice lo que me pidió. —Michelle se alejó un poco, solo lo suficiente para poder ver el rostro de su papá—. Viví. Viviré feliz.

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Como Narcisse predijo, pasaron un par de semanas para que por fin fueran las vacaciones de verano. Zachary acababa ese año el internado, y el joven definitivamente ya no tenía razones para seguir yendo, soportando al resto del alumnado. Deseaba con urgencia salir de allí. Pero lo que más había deseado era no tener que presentar a Klaus a Silvain.

La casona en Québec estaba rodeada de abetos, por lo que Narcisse los usó para ir a por Klaus durante una mañana en la que Silvain había salido temprano de casa. No le había contado ni siquiera a Adrián el sistema de viaje que Klaus usaría. Aunque confiaba plenamente en él, había muchas cosas que no le contaría.

Klaus se estaba arreglando en su cuarto cuando Narcisse llegó. Irina le estaba ayudando con reluctancia a peinarse, una trenza alta que dejaba la mitad de su cabello en una cola de caballo.

—¡Hola! —saludó el alemán con una sonrisa. Irina por otro lado bufó al ver al joven. Terminó de anudar la trenza de su padre sin decir una palabra—. ¿Crees que me veo bien?

Narcisse dedicó unos segundos para observar a Klaus críticamente, y sonrió por igual, asintiendo.

—Bastante guapo. Creo que me he vuelto a sacar la lotería. —Por fin se acercó, besando sus labios en un pequeño beso—. ¿Estás listo para irnos?

—Claro. ¿Debería llevar un abrigo grueso? Es verano en el norte pero es Canadá. —Levantándose, se acomodó la levita frente al espejo.

—No deberías ir —murmuró Irina con los brazos cruzados sobre su pecho.

—No eres su jefe, cariño. —Narcisse dirigió su sonrisa a Irina por igual—. Puedo cuidar bien a tu papi. ¿No es así? —Abrazó a Klaus desde atrás, respirando su olor—. Hueles bastante bien. —Se asomó por un costado de él para ver el reflejo de ambos—. No hace falta que lleves abrigo. Yo mismo puedo encargarme de mantenerte caliente.

—Deberías llevarlo, el poco tiempo que estuvimos allá hacía bastante frío —dijo Irina con voz tensa. No le gustaba como Narcisse invadía el espacio de su padre. Desde pequeña atesoraba el olor a durazno porque le recordaba con cariño al hombre que le dio la vida, pero recientemente no podía soportarlo y ahora que su papá olía constantemente a durazno comenzaba a odiarlo.

—Estaré bien. Será sólo una tarde.

—Excelente. Entonces, hora de irnos

—Narcisse se alejó, y tomó la mano de Klaus entre las suyas—. Espero que tengas mucha hambre. Adrian preparará los mejores platillos propios de Quebec que me encantan. Estoy seguro que a ti también.

—Seguro que sí. —Acercándose a su hija, le dio un beso en la frente—. Pórtate bien. Ten un ojo sobre Michelle, y no dejes que Vladimir te acerque una aguja.

—Papá. No vayas —pidió la pelinegra—. Tengo un mal presentimiento.

—Serán sólo un par de horas. —Le aseguró el mayor—. Me mantendré comunicado.

Irina entrecerró los ojos, mirando a Narcisse, luego a su padre. Suspiró.

—Llámame cuando llegues.

—Eso haré. —Klaus besó nuevamente su frente, tomó la mano de su pareja para salir.

—Adiós, futura hijastra. —Narcisse se despidió. Estando fuera, solo se encogió de hombros a Klaus—. No me mires así. Solo bromeaba con ella.

Lo guió al árbol que usó para llegar, y en menos de quince minutos estuvieron en Quebec. Dado que tenían una media hora antes de que el almuerzo fuera servido, Narcisse aprovechó para presumir cada esquina de la increíble casona que él aspiraba a heredar. Con más de quince habitaciones, un enorme salón de baile y ni que hablar del comedor donde disfrutarían el almuerzo.

Llegados al salón principal, las paredes estaban decoradas con pinturas y fotografías de Narcisse siendo niño. El que más resaltaba era de Narcisse en un área acolchada, con aparentemente unos meses de nacido y boca abajo mientras se chupaba un dedo, desnudo y dormido. No había imágenes ni de Silvain, mucho menos de la madre de Narcisse.

—A Silvain le encanta ese cuadro —dijo mientras se detenía frente a la imagen—. Tiene una imagen más pequeña en su habitación.

—Eres encantador de bebé —halagó al joven. Hizo una mueca al mirar alrededor del pomposo salón. El lugar contrastaba enormemente con la casa de Japón; mientras que Kenshi tenía un fino gusto y mantenía su casa elegante, a diferencia de Silvain que prefería este estilo más recargado—. No me gustaría exponer un cuadro así en un salón para las visitas.

—Oh, no me molesta en realidad. Ya me he acostumbrado al estilo excéntrico de Silvain. —Siguieron caminando alrededor, viendo más y más cuadros de Narcisse de niño. Las edades comprendían entre los meses de edad hasta los doce años, y en cada imagen, el chico portaba pantaloncillos muy cortos—. Aunque debo decir que hay más cuadros a lo normal, claro está. Desde que entré al internado, imagino que Silvain ha de haberme extrañado mucho.

Klaus podía entender eso. Él también extrañaría un montón a sus crías si estuvieran en un internado, siendo sincero no los hubiera enviado a uno en primer lugar.

—¿Qué hay de tu madre? En todo este tiempo no he visto un cuadro o fotografía de ella.

—Pues...

—Ella estará por algún lugar de Europa, disfrutando de fiestas, trajes y hombres. Recibo las facturas cada mes. —Una voz fuerte vino desde la puerta.

Narcisse se tensó, y mientras ambos se giraban, los pasos de un hombre casi de la altura de Klaus se acercaban a ellos. No podía ser otro que Silvain. Portaba un traje carísimo en color azul marino, su rostro era cuadrado y el cabello tan negro como un cuervo. Ni los ojos pequeños y marrones, ni el frondoso bigote parecían indicar que hubiera parentesco entre él y Narcisse, lo que podía indicar que Narcisse se parecería más a su madre.

—Tú debes ser la nueva mascota de Yu.

—Silvain... —Se quejó Narcisse, cruzando sus brazos.

El hombre sonrió. Bien. Su sonrisa era idéntica a la de Narcisse, ladeada y que dejaba entrever un hoyuelo pequeño.

—Perdón. El nuevo... novio de Yu. —El hombre estiró una mano de gruesos dedos—. Silvain Boucher.

En la mente de Klaus, el dragón gruñó levemente. No le agradaba este hombre, el alemán se las arregló para tragarse el desagrado que ambos sentían para estrechar la mano de Silvain.

—Klaus Wolfhart, soy la pareja de su hijo —dijo con un tono formal dándole a entender al hombre que lo que había entre ellos no era algo trivial.

En vez de soltarle la mano, Silvain se la sostuvo, apretando un poco más. Sus ojos pequeños se mantuvieron en Klaus, inquietando a Narcisse que veía un tanto nervioso la escena.

—¿Es así, hijo? —Aunque Silvain ni soltaba la mano de Klaus ni apartaba la vista de él, su preguntaba estaba dirigida a Narcisse—. Es la primera vez que traes una... pareja formal a casa. ¿Me dejarás charlar con él? Un padre se preocupa, ya entiendes.

—No. Silvain. —Fue la rápida contestación de Narcisse, tomando la mano del hombre y obligando sus dedos a soltar a Klaus—. Klaus tiene sus obligaciones en Japón. Solo tiene tiempo a comer con nosotros. Puedes preguntarle todo lo que quieras mientras comemos. —Un tintineo llegó hasta el salón, aliviando internamente al chico—. Oh, escucha. Ya la comida está servida.

—Estos jóvenes... —Bajando la mano, Silvain seguía sonriendo, suave y calmado—. Seguro no lo entiendes ahora, pero cuando tienes hijos, cualquier nuevo prospecto te parecerá un problema.

—Concuerdo con usted. —Discretamente Klaus se limpió la mano tras la espalda, por alguna razón sentía desagradable tocarlo—. Soy muy celoso de mis hijos. No me gusta que se acerquen extraños.

Eso atrajo gustosamente la atención de Silvain.

—¿Tienes hijos?

—Silvain... —Narcisse dijo unas palabras más en francés, apresurándose en tomar el brazo de Klaus y guiarlo a la puerta en dirección al comedor. Se adelantaron unos pasos por delante del hombre, y Narcisse bajó un poco la voz—. No hables de los chicos y bebe del vino sólo si yo lo hago. —Avisó sin dar mucha información.

Llegados al comedor, asintió a Adrián quien ya los esperaba con la mesa servida. Silvain llegó un minutos después, pero ninguno de los dos se había sentado hasta que el hombre ocupó la cabecera de la mesa.

—¿No gustas sentarte a mi lado, Klaus? —Silvain señaló el lado izquierdo, vacío.

Narcisse, que no había soltado la mano del alemán, lo retuvo a su lado.

—Quiero que Klaus se sienta conmigo.

Silvain, que nunca dejaba de sonreír de esa manera tan tranquila y que solo le causaba más nervios a Narcisse, aceptó con un gesto.

—Muy bien, hijo. Sentémonos todos —invitó, ocupando asiento—. Adrián, puedes comenzar.

Cuando Klaus pasó al lado de Adrián para sentarse en la mesa, el dragón gruñó levemente, todavía sintiéndose amenazado y resentido por el fiasco del trío. El mayordomo tan sólo movió la cabeza como saludo pero no intentó acercarse.

Adrian asumió el papel de mayordomo para el que fue contratado, guiando a la servidumbre para servir el entremés y la botella de vino.

—El vino es dulce sin ser empalagoso. El señor Boucher insistió en mantener un sabor suave para no afectar el paladar —explicó mientras servía la copa de los dos hombres mayores. Cuando fue a rellenar la copa de Narcisse, el alemán se horrorizó.

—Yu no debería beber vino. Es menor de edad.

—Tonterías. Yu ha bebido vino desde que tenía, ¿qué? ¿Once años?

—Siete años. A los once me diste a probar el whisky —corrigió Narcisse a Silvain, estirando la copa hacia Adrian.

—Ah, sí. —Silvain dejó ir una pequeña risa—. Te fuiste en vómito esa vez.

—No tolero bien el whisky.

—Cierto, cierto. —De reojo notó la expresión de Klaus—. Vamos, Klaus, no pongas esa cara. Los chicos tienen que experimentar.

—Pueden experimentar pero también deben tener ciertos límites. Tienen toda una vida para hacer lo que quieran después, siendo adultos responsables.

Yu olfateó el vino, mirando a Silvain una vez y tomó un sorbo. El hombre, por otro lado, mantenía su atención en Klaus, sus ojos brillando sutilmente.

—Me agrada. Un hombre inteligente, aunque un poco sobreprotector, ¿no te parece, Adrián? —cuestionó al mayordomo, comiendo uno de los canapés—. Dime, Klaus. ¿En qué trabajas? Narcisse dijo que tu trabajo ocupaba mucho tu tiempo. ¿Eres alguna clase de empresario?

—Soy el jefe de seguridad del Señor Feudal de la prefectura de Hiroshima en Japón. —Mientras respondía, miró curioso uno de los canapés que tenía queso crema y caviar naranja. Tomó uno de esos, olfateándolo sutilmente antes de probarlo—. Yu, en cambio, no ha mencionado a qué se dedica usted.

—¿En serio? —Silvain lucía decepcionado hacia Narcisse—. Me rompes el corazón, hijo.

—Eres dueño de una línea de hotelería. ¿Qué hay de impresionante en eso? —Narcisse alzó una ceja, incrédulo ante el despliegue de dramatismo en su padre.

Con un profundo suspiro, Silvain continuó.

—Cuento con varios hoteles a lo largo de Canadá, Australia y Europa. Constantemente debo viajar, razón por la que Yu fue recluido en un internado. —Silvain tomó uno de los canapés, pero lo miró críticamente por un instante—. Que por cierto, hijo, he recibido diversas quejas del director. ¿Algo sobre constantes escapadas? —Para dicha pregunta, sus ojos se enfocaron en Narcisse.

—Las clases son aburridas. —Fue la llana respuesta del chico, para nada avergonzado—. Ya te he dicho que quiero salir antes de allí. Zachary ya acabó su año.

—Sé que ser jefe de seguridad no suena como algo importante pero es suficiente para vivir cómodamente y me da tiempo para estar con mis... con mi familia. —Se corrigió al último momento recordando la advertencia de Narcisse sobre no hablar de sus hijos frente a este hombre.

—Y habías dicho que eras jefe de seguridad en ¿Japón? —Silvain tomó otro canapé, analizando a Klaus—. ¿Cómo pudieron conocerse los dos con tanta distancia de por medio?

—Klaus hizo un pequeño viaje a Canadá —respondió Narcisse, apresurado—. Luego tuvo que volver por unos días. Vino expresamente para este día, por eso no podemos distraerle mucho. Tiene un viaje muy largo que tomar.

—¿Es así? Entonces, debo considerarme afortunado de tu tiempo. —Silvain disfrutó el canapé, y una vez sus manos libres, estiró una para tomar la mano de Narcisse—. Y sentirme agradecido de que un hombre hecho y derecho sienta tanto afecto por mi amado y preciado hijo. —Sus dedos se entrelazaron con los de Narcisse, y por la forma en que eran sostenidas, apretaba, mientras que las del chico quedaba laxa—. Te lo encargo mucho.

—No debe preocuparse, cuidaré de él. —Aseguró el alemán con fuerza.

Después de esa declaración, Adrián volvió con el primer plato, una sopa de guisantes que a Klaus le pareció interesante, era de color verde y espesa, muy diferente del miso que comían en Japón. Después, como plato fuerte sirvieron Tourtière —un pastel con masa de pan y carne de cerco—acompañado de Fiddleheads elaborado con hojas de helechos maduras, asadas y enrolladas.

Silvain hacía preguntas ocasionales sobre la vida de Klaus, algunas las respondía Narcisse modificando la información. Cuando era Silvain el interrogado, solía desviar exitosamente la atención a Narcisse o devuelta a Klaus. Pero a poco antes de acabar la comida, pidió que trajeran un vino "de su propia cosecha", y ordenó que fuera servido a Klaus directamente. Narcisse cubrió la copa en la que el alemán bebía.

—Ha sido suficiente vino, Silvain. Es más, Klaus está acostumbrado a beber té. —Narcisse se giró suave hacia Adrián—. Creo que a Klaus le gustará el té de frutos rojos que preparamos aquí.

—Hijo, sabes que odio ese té. Además, Klaus y yo merecemos una charla de hombre a hombre, y qué mejor acompañante que mi vino personal.

—Tu vino personal es muy fuerte. Klaus pronto tomará un viaje de regreso a Japón y necesita estar lúcido. —Entrecerró los ojos al hombre, pero éste se veía completamente inexorable.

Bajo la mesa, Klaus tomó la mano de Narcisse, entrelazó sus dedos y apretó suavemente dándole a entender que estaba bien, que no era necesario alterarse.

—El té de frutos rojos suena muy bien, quizás la próxima vez pueda traer conmigo una botella de sake. Estoy seguro de que encontrará interesante el sabor —dijo Klaus, esperando sonar educado y aplacar la tensa conversación de una vez por todas.

—Oh, vaya —escucharon a Adrián, quien estaba observando a través de la ventana—. Está comenzando a llover —comentó a nadie en particular.

Klaus se giró en la silla, mirando igualmente la ventana. Hasta hace un momento había estado soleado y de pronto una nubes negras cubrían todo el cielo.

—Pero... es verano. ¿Cómo es posible? —miró a Narcisse con angustia.

—El clima es así, muchacho. Pero tenemos sombrillas, así que—

—No tenemos sombrillas —corrigió Narcisse a Silvain, también preocupado como Klaus. La lluvia era un problema enorme. Esa aparentaba que sería larga, un gran torrencial que los mantendría dentro de casa por un buen rato, todos juntos. Sabía que esa cosa del dragón haría a Klaus sensible con la temperatura, y aunque no lo entendía mucho, sospechaba que mojarse con la lluvia para alcanzar los abetos no sería algo adecuado para Klaus.

—Bueno. No hay nada de malo en que te atrases en tu viaje, tu jefe podrá entender las circunstancias—. Silvain hizo un leve gesto a Adrian—. Prepara el té a nuestro invitado, Adrián. Yo tomaré el vino.

Adrián se retiró a la cocina para traer el té con el postre y el vino para Boucher padre. Mientras en el comedor, Klaus seguía mirando a la ventana, preocupado. Él no tenía planeado quedarse tanto tiempo pero con esa lluvia repentina sería imposible salir, la temperatura ya estaba bajando bastante. Si llegaba a mojarse, su cuerpo se enfriaría en segundos, caería en hipotermia... Lo peor es que ni siquiera tenía un abrigo adecuado, sólo la camisa de manga larga y la levita, no era suficiente para mantener el calor, el té tampoco sería suficiente, al menos no para mantener una temperatura estable de 36º C.

—Podremos esperar en mi habitación a que acabe la lluvia —comentó Narcisse a Klaus, atrayendo su atención—. No creo que dure mucho... Espero.

—Deberían esperar en el salón. Hijo, dado que Klaus es tu pareja oficial, no me gusta la idea de ambos en una habitación... solos —intervino Silvain, usando una servilleta para limpiarse los labios.

—No haremos nada que te pueda importar.

—Tu padre tiene razón. Se supone que vine aquí para conocerlo. Es una falta de respeto si nos encerramos en tu habitación. —Si una situación similar ocurriera con Irina o Michelle, ni de broma dejaría que alguno de los dos fuera a su habitación con la potencial pareja—. ¿Podemos encender la chimenea en el salón? —preguntó a Silvain—. El frío y yo no nos llevamos bien.

—Creo que podemos esperar y disfrutar del té y el postre allí. —Poniéndose en pie, Silvain les invitó a seguirlo.

Narcisse dudó por un segundo, pero se levantó y siguió al hombre junto a Klaus. Pronto estuvieron a mitad de pasillo cuando Silvain se detuvo.

—Hijo, ¿podrías ir a la cocina y decirle a Adrián que estaremos aquí? Que ordene a alguien traer mis puros de mi estudio. —Puso una mano en el hombro de Klaus—. Yo escoltaré a nuestro invitado al salón.

Narcisse tragó en seco, observando entre Silvain y Klaus. Por un tenso momento parecía dispuesto a negarse, pero asintió y se marchó, sus pies moviéndose un poco más rápido a lo usual.

—Ven conmigo, Klaus. —Silvain instó a Klaus seguir, abriendo la puerta para él e invitándolo a entrar—. Debes ser alguien bastante especial. Jamás había visto a mi hijo tan reacio a separarse de alguno de sus prospectos.

Klaus saltó un poco por sentir la mano de Silvain sobre su hombro, se sentía fuerte y pesada. También —ahora que estaba tan cerca de él— podía sentir un olor ácido que le hacía picar la nariz, le recordaba al arroz que preparaban en Japón pero estaba seguro de que ese no era su olor.

—Yu es alguien muy especial para mí. —Entraron al salón que antes le mostró Narcisse, la chimenea seguía apagada. Esperaba que alguien viniera a prenderla pronto.

Silvain lo invitó a sentarse mientras él se encargaba de encender la chimenea, colocando un poco más de leña para caldear pronto el salón. Entonces, ocupó un asiento cercano a Klaus.

—Eso es lo que dicen todos. Que es alguien especial. —Silvain giró el cuerpo para poder enfrentar a Klaus. Tan solo los separaba un brazo de distancia—. Y yo sé lo que eso significa. Ha habido intimidad entre ambos. ¡Totalmente verídico! Yu siempre ha sido un joven que nunca fue capaz de controlar los deseos de su cuerpo. Y tú, estimado Klaus... —Los ojos oscuros de Silvain se fijaron en él, casi como si lo atravesara—. no pareces el tipo de hombre capaz de frenar a un joven tan dispuesto a una follada. ¿O me equivoco?

El alemán entrecerró los ojos. Estaba molesto con las palabras de Silvain, quería defenderse diciendo que él no era alguna clase de asalta cunas; aunque pensándolo fríamente, eso es exactamente lo que era, la diferencia de edad entre ellos era demasiada para pasarla por alto, y si no se tratara del tesoro nunca habría mirado a Narcisse en primer lugar. No era ninguna clase de depravado sexual para atacar jovencitos. Sólo con Narcisse... con Yu, porque es su tesoro.

—No voy a negar la intimidad que ha habido entre nosotros pero no por eso lo considero alguien especial. Amo a Yu, no por sus habilidades en la cama, sino por el joven extraordinario e inteligente que es.

—¿En serio? ¿Y cómo por cuánto tiempo llevas conociendo a Yu? ¿Un par de días, semanas? ¿Tal vez meses? —Silvain se recostó cómodamente en su asiento—. Sabrás entonces las manías que tiene, sus particularidades. Yu no es el tipo de joven que puede aguantar un solo hombre... Puedes preguntarle a Adrian, a sus compañeros de internado, a mis colegas... —Enarcó una ceja—. Espero que no seas un hombre celoso. Y ya sé, ya sé. ¿Te prometió que cambiaría, que serías único para él, que solo serían los dos? Cuenta los días y veamos cuánto durará su promesa.

—Tres semanas —respondió tenso. No iba a dejarse intimidar por este hombre, conocía a su tesoro. Confiaba en él—. Nuestra relación va en serio. Desde que estamos juntos Yu no ha vuelto a involucrarse con otra persona. Si él me dice que no lo hará, entonces yo le creo. —Podía decir eso con confianza. Desde que pasó el incidente con Adrián, sabía que Yu estaba siendo fiel. No había otro olor sobre su cuerpo que no fuera el de durazno.

—Tres semanas. Eso es muy poco tiempo para ti, pero muchísimo para Yu. —Se escuchaban voces provenir desde el pasillo—. No falta mucho para que caiga ante sus más profundos deseos... Recuerda mis palabras.

Narcisse entró, acompañado de Adrian y un joven ayudante que traía los puros que Silvain pidió. Narcisse dirigió su mirada entre Klaus y su padre, quien se levantó y fue a ocupar uno de los sillones individuales en el salón.

—Gracias por encender la chimenea —dijo a Silvain, ocupando asiento junto a Klaus.

—No es nada. Debo admitir que hace un poco de frío. ¿No se ha parado la lluvia, Adrian? ¡Ah, gracias, muchacho! —inspiró todo lo largo del puro cuando el ayudante le abrió la caja, lanzando un suave jadeo—. Uno de los mejores puros, importados directamente desde Cuba. ¿Gustas uno, Klaus?

—No, gracias. —Su nariz se arrugó en desagradado.

—La lluvia está empeorando. La Señora Dubois dice que sus huesos están doliendo, por lo general eso significa que la lluvia durará un rato. —Adrian acercó un fuego para encender el puro de su jefe—. En un momento traeré los crepés con crema.

—Excelente, muchacho. —Silvain se dedicó unos minutos a fumarse el puro, dejando a Narcisse y Klaus bebiendo del té.

—¿Estás bien? No te hizo nada, ¿o sí? —preguntó en voz baja, sus ojos recorrían a Klaus de cabeza a pies. Se veía un poco tenso, pero tal veía que Silvain había mantenido sus manos quietas.

—Estoy bien... —murmuró, buscó la mano de Narcisse, entrelazando sus dedos—. Te amo —le dijo en el mismo tono, necesitaba decirlo. Quería que el joven lo supiera, que no dudara de sus sentimientos.

—Lo sé—. Narcisse dejó su taza a un lado, teniendo más libertad de poder alcanzar los labios de Klaus y besarlo, importándole poco sentir la punzante mirada de Silvain en su nuca.

Adrian no demoró en traer los crepés, y mientras Silvain disfrutaba de su puro y daba unos sorbos a su vino, Narcisse prefirió compartir unos crepés con Klaus. Silvain volvió a las charlas tranquilas, no tocó de nuevo el querer saber sobre la relación de Klaus con su hijo o insinuar los gustos particulares de Narcisse. Cuando acabó su puro, Silvain se puso en pie.

—Me retiraré por hoy, jóvenes. Una buena comida y un buen vino siempre me causa sopor, por lo que merezco un buen sueño reparador. —Silvain dejó su copa en la mesa junto las tazas, y se acercó a Narcisse, besando su frente—. Te veré más tarde, hijo. Klaus... —Estiró su mano al alemán, sonriente—, ha sido un placer enorme por fin conocerte. Estoy satisfecho en ver que un buen hombre cuida de mi amado Yu.

—Sí, igualmente. Yo debería irme... —comenzó a decir pero miró con preocupación la ventana. Seguía lloviendo con mucha fuerza, la chimenea estaba encendida y aun así todavía sentía frío.

—Quédate, muchacho. —Silvain palmeó su hombro un par de veces y se dirigió a la puerta—. Aún llueve fuera, y tomará un momento en que se calme ese torrencial. Espero, por otro lado, verte pronto por aquí.

Narcisse tomó la mano de Klaus, dejando un beso en su dorso.

—No demorará mucho en amainar. Esperemos unos minutos. —Miró hacia la puerta, pero ya Silvain se había marchado. Acarició entonces la mano de Klaus—. Estás frío. —Sin la presencia de Silvain, Narcisse se movió para colocarse en el regazo de Klaus. Sus manos, entonces, las colocó debajo de su camisa y en contacto con su piel—. Ven aquí. Úsame para calentarte un poco. —Abrazó a Klaus, descansando la cabeza en su hombro.

Estando solos, Klaus respiró aliviado. Dejó escapar un suave ronroneo, le gustaba sentir el calor de Yu contra su cuerpo, su dulce aroma envolviéndolo por completo con un agradable fuego en la chimenea. Si tan sólo estuvieran en un lugar donde el dragón se considerara en casa, todo sería perfecto.

—Necesito llamar a Japón, Irina y Michelle deben estar preocupados.

—Bien. —Yu besó su cuello, y se alejó para ponerse en pie—. Le diré a uno de los sirvientes que te lleve al estudio de Silvain. Hay un teléfono allí. Yo tengo que ir al baño unos minutos, pero volveré aquí —informó Yu, luego salió.

Llegó a los minutos una joven mujer que hizo una inclinación y murmuró unas palabras en francés. Por sus gestos, le pedía a Klaus que la siguiera. Ella lo guió en silencio por el largo pasillo que seguía al salón hasta unas puertas de roble enormes y dobles. El interior de lo que a claras era el estudio no tenía punto de comparación con el resto de las habitaciones, y era totalmente lo opuesto. La elegancia era extravagante, eso sí, pero en vez de estar decorados por cuadros de Narcisse, habían figuras humanas hechas de mármol decorando las repisas y los estantes, y tenían claras posturas sexuales o insinuaciones de tal estilo. El lugar olía a humo, madera y licor, y los muebles eran en madera negra y terciopelo.

La sirvienta indicó el aparato telefónico que descansaba en una esquina del escritorio al fondo del estudio, cercano a la chimenea apagada.

—Perfecto —murmuró Klaus de mal humor. Sin la presencia de Narcisse volvía a enfriarse, además el lugar le producía escalofríos. Kenshi también era un hombre bastante sexual y él no coleccionaba cuadros de desnudos o estatuas seductoras. El hombre le desagradaba cada vez más.

Hizo la llamada lo más rápido que pudo, Irina no estuvo nada contenta cuando le dijo que tendría que esperar para volver debido a una tormenta de verano, le aseguró que se mantendría caliente y que apenas terminara la lluvia, se iría de ese lugar. No era su intención quedarse ahí.

Una vez terminada la llamada, volvió al salón

Narcisse no estaba ahí por lo que decidió esperarlo sentado cerca del fuego, todavía podía sentir un poco de frío pero estaba en su mente puesto que ese punto al lado de la chimenea se sentía bastante caliente. Espero un largo rato por Narcisse pero el joven no volvía. Preocupado, pensó en ir a buscarlo, volvió al comedor pero ahí sólo estaban los sirvientes limpiando la mesa. Con un gruñido pensó en ir a los pisos superiores. Se encontró con Adrián a mitad de escalera.

*aviso: 21*

—¿Dónde está Yu?

—El señorito bajará en un momento, no es necesario que subas. —Alzó las manos para tomar el brazo de Klaus. El alemán le enseñó los dientes hostilmente, todavía recordaba muy bien el toque de esas manos callosas. No quería volver a sentirlo.

—Voy a buscar a Yu. —Quiso subir y Adrián se puso en su camino—. ¡Apártate! —le dijo frustrado.

—Espera a Yu en el salón, es lo mejor que puedes hacer. —La manera en que lo dijo alteró a Klaus. Adrián le estaba ocultando algo.

—¿Qué está pasando? ¿Dónde está Yu? —Al no recibir una respuesta inmediata, Klaus obligó al rubio a correrse a un lado para poder pasar. Adrián logró agarrarse de la baranda para no caer, en seguida siguió escaleras arriba al pelinegro.

—Vuelve al salón, por favor. —Le suplicó—. Yu te aprecia, eres el primer hombre que lo trata con amabilidad, con amor... —Con alivio vio a Klaus detenerse a mitad de pasillo—. No arruines eso. Tan sólo vuelve al salón, Yu bajará en un rato. La tormenta se disipará y podrás volver a Japón.

Un ruido al fondo del pasillo, como el inicio de un grito que fue interrumpido, logró llegar a oídos de Klaus. Ni los pedidos u advertencias de Adrian pudieron detenerlo de dirigirse a ese sonido, que se volvían más fuertes e insistentes, como el rechinido de una cama al moverse.

—...entonces date prisa.

—Justo como tu madre, siempre tan demandante.

—¡No! Nada de marcas, Silvain.

—¿Cómo me llamaste? Hijo, sabes que no me gusta que me llames así cuando te estoy dando todo mi cariño.

Hubo un jadeo que amenazaba con ser largo hasta que Yu se interrumpió.

—Papi, nada de marcas. Klaus no puede...

La puerta de la habitación se abrió, la pareja notándolo por el sonido de las bisagras. Narcisse empalideció de forma notable al ver la figura de Klaus bajo el umbral de la puerta, y su corazón se detuvo ante la imagen que estaría frente a sus ojos. Él, sin los pantalones y con su camisa abierta, sentado a horcajadas sobre Silvain que se había cambiado por un pantalón de pijama, y tenía ambas manos en la cintura del joven.

—Klaus...

—Ah, mi futuro yerno. —Silvain pasó sus manos por los muslos desnudos de un terriblemente quieto Narcisse, quien no quitaba la mirada del recién llegado—. ¿Pudiste avisar a tu trabajo que la lluvia te atrasó tu viaje?

Ver a Boucher, padre e hijo, en esa indecorosa posición fue como un golpe directo en el estómago para el dragón. Su tesoro estaba siendo mancillado por ese horrible hombre, su padre, su propio padre. La ira cegó a Klaus en un segundo.

—¡Bastardo pervertido! —gritó el alemán al lanzarse contra Silvain para golpearlo. Narcisse cayó junto a su padre mientras Klaus aprisionaba al hombre contra la cama con su cuerpo para asestarle un nuevo puñetazo.

Adrián, sabiendo lo mucho que le iba a doler, trató de sujetar a Klaus para que no golpeara a su jefe.

—¡Suéltame! ¡Estaba tocando a Yu! —Se retorcía con fuerza contra Adrian, intentando alcanzar a Silvain.

—¡Klaus, basta! —gritó el joven, acercándose a Silvain. Estaba sangrando por un labio roto, y una contusión estaba formándosele en la mejilla—. ¿Estás bien?

—Sí, hijo, nada que no pueda lidiar.

Narcisse se giró a Klaus, sin saber cómo explicarse correctamente.

—Cálmate. Él no me estaba forzando, no tenías porqué golpearlo.

Adrian por fin logró someter a Klaus con una llave que aprisionaba sus brazos contra su pecho. Jadeando, sujetó a Klaus contra su cuerpo, impidiéndole moverse, mechones de cabello oscuro se soltaron de la trenza cuidadosamente hecha.

Al verse incapacitado de moverse, miró a Silvain con asco.

—¡Te estaba tocando! Es tu padre. —Para él esa era explicación suficiente. Un padre no debía tocar a sus hijos de esa manera, un padre debía ser amable, cariñoso y firme, todo lo que su propio padre nunca fue y lo que Vladimir falló en ser un principio.

—No tiene nada de malo. Ha sido así desde que tengo memoria. —La expresión de Narcisse era dolorosa por cómo estaba siendo tratado Klaus, pero entendía que fuera necesario. Sin embargo, no lucía culpable, ni mucho menos asqueado por el toque de Silvain—. No quería que vieras esto. Sabía que ibas a ponerte obstinado, que no ibas a entenderlo.

Silvain se puso en pie, no sin cierta dificultad.

—Te dije, muchacho, que su tiempo juntos es muy poco para que sepas de sus manías y particularidades.

—No empieces. —Narcisse miró a su padre, molesto—. Estás arruinando esto.

—Hijo, sólo míralo. —Silvain colocó una mano en la cabeza de Narcisse, obligándole a mirar a Klaus—. No entiende nada y merece que le digas la verdad. —Entonces, colocó ambas manos en los hombros del chico sin que éste se apartara del toque—. No recuerdo cuál de tantas prostitutas que tuve fue la madre de Narcisse, pero era terca, y quería quedarse al niño. Fue mi único hijo, y era hermoso de bebé. Tú mismo pudiste ver cuán perfecto era en sus cuadros. No iba a separarme de él. Así que me deshice de ella, pagué una buena fortuna para que se largara y aún sigo dándole dinero para que no venga a molestar, y crie a Yu por mí mismo. Era un niño curioso, nos vio a mí y a una de las sirvientas retozando en la cama, y quiso saber qué hacíamos. Yo se lo mostré. Y él lo gozó. Oh, hubieras visto su cara...

—Basta —cortó Narcisse, incómodo como pocas veces.

—Cada vez que volvía de mis viajes, le daba mi amor y cariño, y él lo aceptaba sin más. Lo que viste, era solo una demostración de afecto genuino. —Acarició con los nudillos de su mano la mejilla de Narcisse—. Mi hijo por fin tiene una pareja, la emoción fue tanta que tuve que demostrárselo de la manera en que ambos sabemos. Siento muchísimo que eso te cause conflicto.

—¡Un padre no debe tocar sexualmente a su hijo, debe protegerlo y cuidarlo! No entiendo esta forma de retorcido amor que le está enseñando a Narcisse. No es correcto y odio que otro hombre que no sea yo lo toque. —Klaus logró darle un codazo a Adrián en la costillas, logrando que el rubio lo soltara. Una vez libre, tomó la mano de Narcisse, acercándolo a su cuerpo para protegerlo de ese depravado que se hacía llamar su padre—. No permitiré que lo vuelvas a tocar, nos iremos en este momento.

Narcisse se soltó de Klaus, luciendo un poco acomplejado.

—No quiero irme. —Respiró hondo, y se estiró la camisa esperando cubrir un poco más la desnudez con la que seguía de cintura para abajo—. Tal vez no te parezca lo que hace, pero jamás me ha hecho daño. Es mi padre... —Miró a Silvain—. Puede ser un dolor en el culo la mayoría del tiempo, no solo literal, pero cuidó de mí, me dio todo lo que quise.

Como si hubiera sido abofeteado, el alemán miró a Narcisse sin entender.

—Yu... Esto no es sano. —Necesitaba que entendiera, que se alejara de ese hombre. Quería llevárselo a Japón y que nadie lo alcanzara, hacerle entender que lo que estaba haciendo estaba mal en tantos sentidos.

—Él no lo iba a hacer más. Estoy contigo, y él lo entiende. —Narcisse miró a Silvain, como si esperase su confirmación.

Con un gesto solemne, Silvain asintió, al tiempo que se arreglaba los pantalones del pijama.

—Mi hijo ya tiene pareja. Voy a tener que ser un poco más... limitativo con mis afectos.

Narcisse caminó hacia Silvain, y puso una mano en su brazo.

—¿Ves?

—¿Limitativo? —preguntó Klaus, entrecerrando los ojos.

—Yu dijo que eres un poco posesivo. Eso es un defecto horrible, debo decir, siempre le he enseñado a Yu el compartir. —Silvain caminó unos pasos a Klaus, estiró la mano y la colocó en su hombro, los dedos rozando el cuello del alemán en una sutil caricia—. Hijo, no hay nada de malo en compartir tu pareja, en participar incluso. —Sintió a Yu a su lado, por lo que lo abrazó por los hombros con su otro brazo—. Míranos por ejemplo. Yu y yo compartíamos mutuamente a muchas personas. Adrian podría decírtelo —Señaló al mayordomo—. Cuántos juegos no habíamos disfrutado los tres.

—Silvain, Klaus no puede. Lo intentamos con Adrián. —Yu suspiró, su rostro mostrando cierta preocupación—. Está bien, puedo aceptar eso. —Se encogió de hombros.

—Oh, mi niño, yo sé que no. Y tú lo sabes. Y él lo sabe, aunque no lo quiera admitir. —Apretó el abrazo de Narcisse entorno a sus hombros, y su mano que estaba cerca del cuello de Klaus rodeó su nuca—. Dímelo, Yu. Sé honesto, hijo. ¿En verdad crees que podrás mantenerte solo a él? ¿Que ni siquiera extrañarías el toque de Adrian o de mí? ¿Podrías?

Narcisse tardó mucho en responder, ni siquiera miraba a Klaus, o a Silvain, menos a Adrian, pensativo. Luego su expresión fue de inquietud, y nervios.

—No.

—¿Ves? —Silvain sonrió a Klaus, conciliador—. Puede que te tenga a ti para que le llenes de amor, para follar, pero acabará buscándonos a nosotros.

—No es verdad... —murmuró Klaus, no queriendo aceptar las palabras de Silvain. El podría decir lo que quisiera pero quería escuchar a Narcisse decirlo—. No es verdad —dijo con más fuerza. Golpeó el brazo del hombre para quitar la mano de su cuello—. Te estás dejando coaccionar por él. Tú me amas. ¡Prometiste que sólo seríamos los dos!

—Yo... En verdad quisiera intentarlo, pero es que a veces... —Narcisse miró de reojo a Silvain y Adrian—. No me malinterpretes. —Suspiró, se sacudió los mechones de cabello que caían por su frente, e interiormente odió estar en esa situación—. Me fascina estar contigo, eres sexy, lindo, me atraes, eres diferente. Pero a veces estás tan ocupado o enfocado en otras cosas que yo... Si por lo menos me dejaras follar solo con Adrian en algunas ocasiones, sería más fácil para mí. No me... No quiero decir aburrir, no es exactamente lo que estoy buscando, solo es algo parecido. —Bajó la cabeza. Lucía un poco apenado. Un poco—. Pude detener a Silvain, en serio, solo que no... Oh, por todos los... Es solo como necesitar un trago de vez en cuando. Sí entiendes lo que trato de decir, ¿no? —Esbozó una sonrisa pequeña, y se adelantó hasta estar frente a Klaus, tomándole ambas manos—. Esto no cambia lo que siento por ti, y no ocurrirá siempre como antes. No tiene por qué afectarnos.

Negando con la cabeza, Klaus apartó las manos. Su tesoro no podía estarle haciendo esto, no lo entendía. ¿Por qué elegiría acostarse con otras personas? Imposible. Impensable para él pero parecía que para Yu era el pan de cada día, no sólo eso, actuaba como un adicto en abstinencia.

—Klaus, no seas así... —Narcisse insistió, avanzando un paso más.

—Muchacho, no te encierres en esa burbuja. —Silvain intervino, deteniendo a Narcisse y en cambio él acercándose a Klaus—. Abre tu mente. Siempre es más difícil cuando se ha vivido creyendo que debemos corresponder solo a una pareja. —Silvain tomó el rostro de Klaus entre sus manos, sus ojos brillando con un paternal cariño y comprensión—. Déjame mostrarte lo equivocado que estás, y el mundo de posibilidades que se te abriría si cedes un poco.

—Silvain, ¿qué estás...?

Las palabras de Narcisse fueron interrumpidas cuando el hombre hizo presión y atrajo el rostro de Klaus, atajando sus labios en un beso húmedo. Silvain era casi de la misma altura de Klaus, por lo que no tenía que inclinarlo como hacía Narcisse. Este, por otro lado, abrió los ojos con sorpresa, y echó una mirada a Adrian, nervioso.

El rubio miró igualmente a Narcisse, esperando lo peor. Había estado esperando lo peor desde que Klaus entró a la habitación y vio a los Boucher teniendo sexo, sabía que de una u otra manera nada de eso acabaría bien, lo supo desde el momento en que Narcisse trajo a ese hombre a la casa de campo. Eran demasiado diferentes, y ahora sin duda tendría que luchar de nuevo contra el violento hombre para impedir que matara a su jefe de una golpiza por atreverse a besarlo.

Grande fue su sorpresa cuando el alemán correspondió al beso... Quizás corresponder era una palabra muy fuerte, al menos no estaba reaccionando violentamente, permitía que Silvain usara su boca como mejor le pareciera, y estaba anormalmente tenso, como si se forzara a sí mismo a quedarse quieto.

Una vez que Silvain se apartó,.Klaus miró a Narcisse con una expresión contrariada.

—¿De verdad esto es lo que quieres?

Narcisse respiró hondo, en parte aliviado de que Klaus no reaccionase tan terrible como la vez en Montreal con Adrian, sin embargo no consideraba que la situación hubiera mejorado. No le gustaba mucho la expresión de Klaus en ese momento.

—Pues..., sí. Un poco.

Apretando los labios y las manos en puño, Klaus asintió. Respiró hondo, como si se preparara para hacer algo desagradable, repitió las acciones de Silvain tomando su rostro entre sus manos y presionando contra los del hombre.

Para ese momento, Narcisse no tuvo más reacción que quedar estático. Conociendo a Klaus como lo hacía, había esperado... que gritara, se enojara, hasta se sintiera ofendido, pero para nada quisiera colaborar. Estaba haciendo lo mismo que hizo cuando intentó incluirlo ese día en Montreal. Klaus estaba tratando de aceptarlo, de involucrarse... ¿por él?

Silvain, por otro lado, correspondió mucho más rápido de lo esperado, aferrando fuerte la cintura del alemán, sus manos presurosas zafando la camisa del interior del pantalón para poder acceder a la piel del torso. Narcisse por primera vez no sabía qué hacer cuando vio a su padre casi que arrastrándolo a la cama, apresando fuerte el cuerpo de Klaus mientras devoraba sus labios con tal ímpetu. Titubeó, dio un paso hacia ellos, y volvió a quedarse quieto. Silvain no iba a ser considerado con Klaus, no iba a ser como Adrian, ni como él.

—Si-Silvain.

Al sentir las manos del hombre mayor cerca de sus nalgas, Klaus se crispó.

—¡Quieto! —gruñó en advertencia. Podría obligarse a participar en algunas cosas pero definitivamente no iba a dejar al hombre acercarse a esa área.

Silvain se detuvo, por un instante tomado con la guardia baja.

—Ah... Eres de aquellos que no les gustan que le den a tomar por culo. Interesante. —Miró a su hijo—. Yu, hijo, ven aquí, no te quedes ahí como bobo. Adrian, ven tú también y cierra la maldita puerta. Estás invitado a esta fiesta. —Silvain tomó a Yu por el brazo, lo hizo subir a la cama y colocarse a la altura de la cabeza de Klaus—. Esto es lo que haremos.

Guió a Yu para que desvistiera a Klaus mientras él se marchaba de la habitación un momento, indicó lo mismo a Adrian sobre sí mismo. Narcisse sonrió conciliador a Klaus, inclinándose lo suficiente para alcanzar sus labios, limpiando el rastro como pudo que Silvain había dejado. El hombre no tardó mucho en volver, y Narcisse se estremeció al ver que traía un maletín.

—Silvain..., ¿es necesario eso?

—Te gustan mis juegos, hijo —Se podía percibir la sonrisa en su voz—. Estoy seguro que a Klaus también. —Se acercó a ellos, acariciando una fusta en sus manos con el que alzó la cara de Narcisse—. Confía en mí. —Entonces miró a Klaus—. Todos. —Señaló la cabecera de la cama, al tiempo que alzaba unas cintas y se las entregaba a Narcisse—. Seré amable, tienes mi promesa, hijo.

Con un respiro profundo, Narcisse tomó la cinta y se acercó a Klaus.

—A Silvain le gusta jugar. No te preocupes. Se siente bien en muchas ocasiones —comenzó a rodear una de las muñecas de Klaus con la cinta—. Ven, debo atarte aquí y...

—Haz lo que tengas que hacer —respondió Klaus sin mirar a Narcisse, su mirada ceñuda fija en la fusta que sostenía Silvain.

Adrián a un lado se quitó la ropa tal cual pidió su jefe, también ayudó al hombre con su maletín y su ropa, terminando de desvestirlo. De reojo podía ver a Narcisse sujetando al alemán a la cama, podía escuchar al joven murmurando, seguramente intentando tranquilizarlo o quizás diciéndole que en realidad no sería tan malo. Todo el cuerpo de Klaus estaba tenso, como si esperara un ataque, se mantenía quieto por pura fuerza de voluntad, porque se notaba que quería complacer a Narcisse a pesar de que odiara cada segundo que pasaba dentro de esa habitación. Adrian se preguntó: ¿cuán profundo era el amor de este hombre por el joven Boucher? ¿Ese amor incondicional lograría sobrevivir la tarde? Lo dudaba mucho.

—Yu, ven acá, hijo. —Cuando Narcisse estuvo a su lado, el hombre lo tomó de la camisa y lo rompió sin contemplación, dejando a Narcisse completamente desnudo. Entonces, colocó un collar de cuero alrededor de su cuello y un antifaz negro—. Esto es lo que vamos a hacer. —Le cedió la fusta a Narcisse, que dudó un segundo en tomarla. Si miraban hacia abajo, Klaus y Adrian podrían notar la profunda erección que el hombre cargaba, notándose a través de los pantalones de su pijama—. Dado que Klaus es tu pareja, tú harás los honores con él. Yo te guiaré. Harás todo lo que yo diga. ¿Entendido?

—Eh... Sí. —Narcisse se humedeció los labios.

—Bien. Ve a la cama. Adrian, ven aquí, cielo. Tengo un trabajo para ti.

Narcisse tomó una bocanada de aire, y por lo que le parecieron horas, hizo todas y cada una de las indicaciones de Silvain.

Inició con caricias, las cuales esperaba que relajasen a Klaus. Los sentía tan tenso como la cuerda de un arco. Silvain le ordenó besar, lamer y chupar cada parte de su cuerpo, algo que podía hacer sin problemas. Y justo cuando pensaba que el hombre se había olvidado de ellos, le cedió un par de pinzas que le indicó colocara en los pezones de Klaus. Tuvo que hacer uso de la fusta en varias veces, estimulando cada zona erógena del cuerpo de Klaus que él conocía de memoria. Lo obligaba a autocomplacerce al penetrarse con alguno de los odiosos juguetes que tenía. a Narcisse le gustaban los juguetes, pero nunca los de Silvain. Eran perturbadores, tenían formas extrañas, y le tomaba un tiempo lograr placer con ellos dentro de su cuerpo. Cuando se dio cuenta de que no estaba golpeando a Klaus con la intensidad que deseaba, él mismo se acercó y osó golpear una de las nalgas del alemán, demostrándole cómo quería que lo hiciera.

Durante todo el encuentro, Klaus nunca se relajó, resistía cada una de las cosas que Silvain le pedía hacer a Narcisse, ni siquiera sus besos lograban relajarlo. El poco placer que llegó a sentir en seguida era eclipsado por dolor. Cuando Silvain o Adrian intentaban acercarse a su trasero o al pliegue entre sus bolas, los pateaba lejos, incapaz de resistir el contacto en esa zona. En todo ese tiempo el olor avinagrado de Silvain se intensificó haciéndole sentir nauseas, sin mencionar la combinación del durazno y la canela que le hacían doler la cabeza.

De ese modo pasaron la tarde con la tormenta de fondo. Para cuando Silvain estuvo por fin satisfecho, todos tenían varias marcas de fusta en la espalda y nalgas, palmazos, mordidas y moretones que rápidamente estaban cambiando de color en la piel clara.

Klaus estaba mortalmente callado mientras se vestía, moviéndose mecánicamente sin mirar a nadie. Silvain dormitaba en la desarreglada cama, a sus casi cincuenta años una sesión de sexo como esa era bastante agotadora. Adrián, con sólo los pantalones puestos, estaba recogiendo la habitación mientras que Narcisse miraba a Klaus desde la cama, el alemán por supuesto lo ignoró.

—Klaus... —Narcisse se bajó de la cama, un poco nervioso. Algunas zonas de su cuerpo dolían o ardían, pero no le prestaba mucha atención—. Todavía hay una llovizna. —Se acercó al alemán, estirando la mano para tocar su hombro—. Podemos esperar en el salón a que se calme y... podrás irte.

El pelinegro se apartó antes de que Narcisse pudiera tocarlo. —Me iré ahora. Me aseguraré de tomar un baño caliente.

Notando su reacción, Narcisse suspiró. Esperó a que Klaus se arreglara y saliera, siguiéndolo. Cuando estaban en el pasillo, ya lejos de los oídos de Silvain, volvió a hablar.

—¿Te has molestado conmigo por esto? Pudiste no haber participado.

Klaus se detuvo en medio del pasillo. Tenía los puños cerrados, se sentía triste y frustrado.

—¿Así es como pretendes que sea esto? —preguntó en cambio—. Tendrás sexo con otras personas aunque yo no esté de acuerdo con eso. Dices amarme pero a la menor oportunidad me engañas y según tú mis únicas opciones son participar o alejarme.

—Yo... Klaus, no es un engaño. No te estoy siendo infiel. Mis sentimientos no tienen nada que ver si tengo sexo con otras personas o no. —Narcisse avanzó, alzando sus manos para enmarcar el rostro del hombre—. Yo te quiero a ti. Y solo tendría sexo con Adrian, si acaso, pero no será siempre. Estaría contigo todo el tiempo. ¿Por qué complicas tanto esto?

Aferró las muñecas de Narcisse entre sus manos. No soportaba sentir su toque, no después de lo que pasó, incluso la dulce fragancia del durazno que tanto le gustaba no podía soportarlo en ese momento

—¿Realmente disfrutaste lo que pasó ahí dentro? ¿Te excitó golpearme con la fusta hasta hacerme sangrar? ¿Disfrutaste viendo a tu padre tomar el control de tus acciones? —Negó con la cabeza, sentía los ojos ahumados, la situación era tan estresante que su cabeza estaba a punto de estallar—. No puedo entenderlo. Si para ti es demasiado complicado estar con un sólo hombre, ¿qué sentido tiene esta relación?

Narcisse no sabía qué decir exactamente. Parte de él no podía ignorar las palabras de Klaus, él jamás disfrutaba de los juegos de Silvain pero tampoco tenía la suficiente fuerza para negarse. Se preocupó del hecho de que podía haber afectado a Klaus más de lo que él esperaba.

—Podemos lidiar con esto. Justo ahora estás estresado y cansado. Podemos discutir esto con más calma después. Verás que no todo es tan malo como parece, solo que Silvain es un poco bruto.

Soltando la manos de Narcisse, Klaus se alejó de él.

—No hay nada que discutir, no tengo la intención de repetir la experiencia. Ni con Silvain ni con Adrián.

—No tienes que. Si es lo que quieres, deja que yo solo lidie con ellos. Tú no tienes que hacer nada. —Narcisse trató de darle una pequeña sonrisa de ánimo—. Es más, solamente nos veríamos en Japón, no tendrías que ver a Adrian ni mucho menos a Silvain de nuevo.

—Tampoco quiero verte a ti... —Le dolía decirlo, se estaba ahogando con cada palabra. Ya no podía soportarlo—. No puedo —murmuró Klaus con la cabeza gacha—. Cuando te vi por primera vez me sentí tan eufórico y confundido, mi tesoro volvió a mí... pero entonces me di cuenta de que eres otra persona completamente diferente. No creí que eso importara, eres mi tesoro, no necesito nada más... Al menos eso fue lo que creí. —Tragó saliva con esfuerzo. Su garganta se cerraba en un nudo, sentía que no estaba llegando suficiente aire a sus pulmones—. No puedo lidiar con esto. No soporto que otras personas te toquen, quiero golpearlos a todos y que nadie se te acerquen pero ¿qué hago si eres tú quien quiere ser tocado por otros? —Mientras hablaba, no se dio cuenta en qué momento comenzó a derramar lágrimas, ya no podía detenerlas—. No puedo evitar pensar que hubiera sido mejor seguir pensando que estabas muerto. Al menos de esa manera seguiría teniendo un hermoso recuerdo de ti para amar por siempre.

Narcisse no supo qué decir o hacer. En cambio, retrocedió un paso y miró a Klaus como si no lo reconociera.

—Hace tiempo te dije que no quería que me compararas con tu ex. Soy una persona diferente, esperaba que pudieras aceptar cada lado y no esperases algo igual a lo que tenías con él.

—Acepto que eres una persona diferente, eso no cambia mis sentimientos por ti. Lo que no acepto es tu forma de vida. —No quería seguir ahí, no podía soportarlo más—. Lo siento.

Se alejó de Narcisse sin decir nada más. No supo si el joven lo llamó o siguió, Klaus continuó su camino y comenzó a correr, supo que estaba en el exterior cuando su ropa se mojó y el cabello se le pegó a la cara húmedo.

De alguna manera logró llegar al árbol correcto, ni siquiera le dio importancia a las sensaciones de orugas en la piel, era una nimiedad comparada a lo que sentía por dentro. Caminó mecánicamente por el bosque hasta los terrenos del Señor Feudal, mojado, mareado... Sin poderlo soportar más se arrodilló en el pasto y vómito todo su corazón destrozado.

—¿Papá? —Michelle, sentado en uno de los bordes de la casa, se acercó presuroso al hombre—. Estás... mojado y tienes... —Al posar una mano en su frente, sintió un poco de calentura, por lo que hizo que rodeara sus hombros con un brazo y le usase de apoyo—. Vamos con el abuelo, rápido. Hay que quitarte la ropa húmeda. No debiste venir si estaba lloviendo. ¿Qué ha pasado? —interrogó, muerto de preocupación.

—No... agujas. —Logró murmurar antes de desvanecerse.


CONTINUARÁ...

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