Capítulo 6:

Cabo Sunion

Aquella mañana, salió de casa antes de lo habitual. Condujo en el auto a través de toda la ciudad, y finalmente llegó a una zona llena de casa de playas, mansiones muy separadas unas de las otras. La tranquilidad de aquel vecindario no se podía encontrar en ninguna parte de Atenas. Los árboles acobijaban el camino y el mar estaba tan cerca que podía escuchar el romper de las olas.

Sus labios se curvaron ligeramente hacia arriba, con esa sonrisa suya tan llena de nostalgia. Y disfrutó del aire salado que le acariciaba el rostro.

Finalmente llegó al lugar que buscaba. Las dos puertas de metal se abrieron para él y avanzó por un jardín plagado de árboles. La mansión era grande, de varios pisos, de un estilo clásico y sus paredes destacaban entre el follaje por su color rojizo. Se detuvo frente a la entrada principal y uno de los sirvientes se apresuró a estacionar su auto, mientras uno más lo conducía hasta él señor Solo.

El gemelo saludó al pequeño heredero del comercio marino, Julián. Quien había llegado para recibirlo.

Apenas era un niño de catorce años larguirucho para su edad, de un cabello largo y celeste y unos ojos como el mar.

Kanon lo conoció en un pequeño altercado. Un par de delincuentes lo habían elegido como presa, sin saber que el niño era un pez demasiado gordo para ellos. Julián estaba solo, pero sabía que su guarda espaldas no podía estar muy lejos, así que en lugar de dejarse amedrentar, había plantado cara y les había hablado despectivamente. Kanon observó todo aquello desde lejos, entretenido, sin saber realmente que se trataba del heredero Solo. Sin embargo, cuando el asunto comenzó a tornarse realmente peligroso para él niño, sintió que era su obligación intervenir. Intentó solucionarlo con palabras, pero los ánimos ya estaban caldeados, así que cuando soltó el primer golpe, el otro ladronzuelo no tardó en salir corriendo.

Julián no tardó en demostrar su gratitud ofreciéndole trabajar para él, pero Kanon simplemente rio.

Trabajo para los Heinstein —le dijo—. No necesito andar de niñero.

Si aquel niño le había resultado arrogante en ese breve encuentro, Kanon lo confirmó cuando recibió una invitación para el catorceavo cumpleaños de Julián. Estaba acostumbrado a moverse en ese tipo de eventos gracias a Pandora, siempre siendo el acompañante, el afortunado elegido. Pero esa, la primera vez en ser invitado por ser él, movió algo en su interior que no sabía que existía. Se dio cuenta que de seguir con los Heinstein, se volvería la sombra de Pandora. Y no estaba dispuesto a eso.

No le comentó nada de eso a su ahora exnovia, únicamente Saga lo sabía, y ella tampoco le había dado mucha importancia ya que se había decidido que irían juntos al evento. Aquella noche conoció a Filipo Solo, el rey del comercio marino. Las palabras de agradecimiento por su hijo, fueron las justas y luego intercambiaron un par de ideas, Pandora había alagado su ingenio y lo dichosa de estar con él. Sin embargo, aquella no fue la última vez que se vieron, si bien eran encuentros esporádicos también eran de mucha utilidad para ambos. Saga no conocía los pormenores de aquellos asuntos, solo era testigo del gran empeño de su hermano por agradar a esa familia y como Kanon muy pocas veces pensaba en alguien que no fuera él mismo, estaba seguro que su actitud se debía a que algo grande estaba planeando.

Llegó hasta el despacho y tomó asiento frente a aquel poderoso señor. Tenía cerca de cincuenta años, su cabellera azul tenía algunas betas blancas y bajo sus risueños ojos avellana surcaban algunas arrugas. De mandíbula grande y espalda ancha, por si solo tenía un porte que inspiraba respeto.

Colocó una carpeta en el escritorio y Filipo sonrió.

—Ahí está toda la información que necesita, pero ya no podré seguir haciéndolo.

—Espero, entonces, que esto sea lo último que necesitemos para tenerlo bajo nuestro poder.

—Hay algo más —dijo el gemelo, inclinándose al frente y guardando silencio hasta que supo que había despertado la curiosidad en el mayor—. Han financiado las últimas guerras civiles, apoyaron a ambos bandos en la caída de la monarquía griega. Tengo las pruebas.

Filipo alzos su cejas con sorpresa. Su familia era de las más antiguas de toda Grecia y muchos de sus antepasados murieron en esas revueltas. Ahora el único heredero de todo era Julián, y temía mucho que el legado familiar se extinguiera en las próximas generaciones. Se levantó de su silla y caminó hasta las grandes ventanas.

—Creo que nuestro plan puede continuar a la siguiente fase. Lo que tenemos es suficiente para que esa familia no se entrometa. Ahora, lo que realmente me importa, Kanon, es que me apoyes a buscar los artículos. Atlantis, esa ha sido la gran búsqueda de mi familia y si nos ayudas a estar más cerca de ese sueño, Julián y yo, estaremos en duda contigo.

Se puso de pie y avanzó hasta quedar junto a él, tomando el sobre que le ofrecía. Su curiosidad lo empujaba a leer el contenido en aquel mismo lugar, pero se contuvo sin que un atisbo de lo que realmente sentía cruzara su rostro.

No fue hasta que estuvo lo suficientemente lejos de la mansión, que Saga se permitió soltar un suspiro aliviado. Para él y su hermano siempre había sido fácil engañar a las personas que no los conocían; a pesar de las sutiles diferencias físicas que tenia, Saga tenía el cabello un poco más oscuro y largo, y Kanon era por centímetros un poco más alto. La real diferencia se situaba en el carácter de uno y del otro, y a medida que crecían aquella diferencia se hacía más notoria. Para Kanon era realmente fácil imitar el taciturno carácter de Saga, pero él no estaba acostumbrado a ello y nunca había tenido la necesidad de hacerlo y siempre había creído que fingir ser su hermano solo le crearía problemas de forma más rápida. Así que de aquella reunión solo podía esperar que el señor Solo no diera importancia a ninguna incoherencia en el comportamiento.

Se detuvo en el lugar acordado con su hermano y sabiendo que este no llegaría pronto –y también carcomido de curiosidad – abrió el sobre. Era su derecho, después de todo, por haber ayudado a su hermano. No todos tenían la oportunidad de estar en dos lugares al mismo tiempo.

—Kanon—

Salió media hora después de su hermano. Tomó la motocicleta y disfrutó del paseo matutino sabiendo que los próximos minutos serian todo menos agradable. Robert Heinstein lo convocó a un nuevo desayuno con él, y por supuesto esperaba una respuesta de su parte.

Kanon escogió el restaurante favorito de aquel hombre y lo miró atravesar la plaza junto con Aiacos, uno de sus hombres de confianza. Lo despidió en la entrada del restaurante, pero Kanon sabía que estaría rondando cerca. Habían pocos clientes, y se permitió extender la charla, disfrutando de como la impaciencia de Robert crecía. Si no fuera por la información que Saga le proporcionara, no sabría él la causa de toda aquella inquietud. Pero conociéndolo, estaba en sus manos.

—Espero que recapacitaras —dijo finalmente Robert, inclinándose en su silla —. Sé que serás una adición sumamente importante a mi familia.

Kanon sonrió levemente y se permitió observarlo por unos segundos. En ningún momento dejo de ser el carismático hombre que él conocía, ni el amoroso padre, pero con los secretos sucios que ahora conocía lo podía ver como un gran actor y manipulador. Estúpido de él por no haberse dado cuenta antes y verse arrastrado hasta ese punto.

—Mi decisión no ha cambiado en lo absoluto —contestó —. No veo ningún futuro favorable para mí, ni para su hija.

—¿Eres consciente de lo mucho que te afectara esta decisión, a ti y a tu hermano? —preguntó frunciendo el entrecejo.

—Lo suficientemente consciente como para presentar con ella mi dimisión de su empresa.

—Niño tonto —murmuró Robert —. Te dejas llevar por un sentimentalismo, estoy realmente decepcionado.

—Estoy seguro que Radamantys estará gustoso de cambiar todos esos papeles que puso a mi nombre.

Los segundos que tardó Robert en entender aquella frase y como su rostro paso de la molestia al entendimiento y luego al más puro terror, Kanon realmente los disfrutó.

—Créame, no es un sentimentalismo lo que me lleva a esto.

Robert soltó una gran carcajada y le dio un par de aplausos a un consternado Kanon. Su faceta del padre adorado se quebraba por completo.

—¡Bravo, Kanon! Lo sabes todo, ¿no?

—Lo suficiente —dijo encogiéndose de hombros con evidente orgullo.

—Sabía que esto sucedería en algún momento. Esperaba que te tardaras más. Aunque, claro, eres tan… entrometido —Robert se acercó un poco más —Es una lástima que seas un bocazas, ahora que lo sabes no puedes irte ¿Lo entiendes, chico?

De espaldas a Robert, Kanon miró como Saga entraba al lugar. Frunció su entrecejo y se inclinó hacia el señor.

—Lo que yo entiendo es que me dejara fuera de esto, a mí y a mi hermano, el gobierno estará muy interesado en saber quién proveyó las armas de la resistencia, quien patrocina las guerrillas de este continente. No tengo la intención de hacer ningún mal a su familia —agregó después de una pequeña pausa—, solo quiero estar fuera, sin represalias y no diré ninguna palabra.

—La guerra es el mejor negocio en el que puedes invertir y no pienses que me creo esta repentina moral que te acaba de surgir. No lo haces por la guerra.

—Si la razón es moral o no, no tiene ninguna importancia —dijo Saga tomando asiento —. La DEA esta tras sus pasos y lo sabe, su único apuro para acelerar todo esto es poner a sus hijos y a usted mismo a salvo, dejando que toda la responsabilidad recaiga sobre Kanon. ¿No es por eso su prisa para entregarle una compañía?

Robert miró de uno a otro hermano, con aquellas expresiones graves no era posible identificarlos.

—No somos tontos…

—De hecho, Kanon —interrumpió Robert —, son unos completos idiotas. La información es la mejor arma y ustedes acaban de desperdiciar su única ventaja sobre mí. —Se levantó, dando por terminada aquella reunión y acomodó de mejor forma su chaqueta, los gemelos lo imitaron a la vez y Robert los miró por unos segundos a los ojos —. Sera un desperdicio de talentos, pero debo deshacerme de ustedes.

Se marchó del lugar y los gemelos no tardaron en tomar su propio camino atravesando la plaza atestada de personas.

—No tenías que intervenir —dijo Kanon molesto, andando hacia su motocicleta, pero Saga lo detuvo —. Se supone que me esperarías en el auto.

—Claramente tenía todo bajo control, ¿no?

—Sí.

—Te dije que no mencionaras nada de lo que sabes a menos que fuera extremadamente necesario.

—Y lo fue —renegó, desviando la mirada de su hermano. Nunca admitiría que lo que realmente deseaba era ver aquella expresión desencajada. Aquel hombre lo había usado a su antojo por meses y pensaba que podía cambiar el juego.

—Ahora el lio es peor —reprochó Saga, reanudando la marcha frente a su hermano.

—No te preocupes por eso, me buscará a mí y no podrá encontrarme.

Saga apretó los puños al escucharlo. Se sentía molestó con su hermano, sino se habría atrevido en hurgar en aquellos papeles, estaría en la completa ignorancia de los planes del menor. Nunca antes se habían guardado grandes secretos y ahora… Kanon lo había dejado aún lado.

—Porque te marcharas a Italia con tu nuevo socio, ¿no? —escupió sin ni siquiera mirar al menor.

Kanon se quedó quieto cuando escuchó a su hermano, era de esperarse que Saga revisara la información de los Solos, pero nunca esperó ese reclamo tan frio de parte de él.

—Te lo iba a decir —murmuró a regañadientes.

—¿Cuando?

Sin embargo, un estruendoso ruido los sacó de la discusión. La llamarada de aire caliente les abofeteó el rostro y de repente se encontraron empujados por la marea de personas que huía del lugar. Dos explosiones más hicieron entrar al centro de Atenas en un pandemónium. Los bomberos y policías no tardaron en llegar y para cuando lograron controlar la multitud, los gemelos descubrieron que la motocicleta del menor había estallado.

Se miraron a los ojos, seguros de compartir sus pensamientos. Aquello solo había sido una amenaza.

—Aioros—

Aioros soltó un gran bostezo cuando las puertas del hospital se cerraron a su espalda. Había sido un turno bastante movido y lo único que deseaba en ese momento era un buen baño y su cómoda y mullida cama para el resto de su tarde.

Caminó lentamente hacia la parada de buses y se sentó, tirando su cabeza hacia atrás. No podía sacarse de la cabeza a Zeros y todo lo acontecido en el Partenón. Al menos, mientras atendía emergencias su mente se divagaba en algo más, pero en cualquier instante libre volvía a repasar los eventos del fin de semana pasado. Tenía esa sensación de que algo importante se le escapada. Escuchó el bus acercarse. Se inclinó, apoyando sus codos en las rodillas y miró hacia el lado contrario. A unas cuantas calles podía identificar el techo del edificio de la biblioteca nacional. Soltó un bufido y se pasó la mano por el cabello desordenado. Miró a la dirección opuesta, donde él bus de su ruta se acercaba y luego volvió su vista a la biblioteca, nuevamente.

Necesitaba respuestas. Tenía que hacerlo.

Se levantó y caminó decidido. Todo aquello le provocaba una mezcla de sentimientos incompresibles. Por un lado, su curiosidad y la necesidad de recordar eso que sentía olvidado, no le permitían dejar el asunto en el pasado; también tenía un irracional miedo por lo que pudiera descubrir, y finalmente, y más fuerte que todo lo demás, era la fascinación que el centauro dorado había despertado. Solo de pensar en él, sentía la punta de sus dedos cosquillar y como si un calor confrontable los cubriera.

Ese centauro dorado era lo más bello que había visto en su vida. Su brillo solar, sus majestuosas alas, la forma orgullosa en la que erguía la flecha dorada… ninguna escultura la igualaba. Y es que no solo era por la belleza; irradiaba poder, respeto y divinidad.

Entró a la biblioteca sintiéndose un poco cohibido. Como si las demás personas pudieran saber lo que buscaba y lo juzgaban por lo irracional. Caminó lentamente por los pasillos y dejó atrás el área de medicina a la que tanto había acudido los últimos años. Finalmente, se vio frente a la inmensa área de mitología. Se rasco su cabeza, sin saber exactamente dónde empezar, y comenzó a pasearse leyendo los títulos.

Había pasado más de una hora y cambió los libros escogidos por lo menos tres veces. Soltó un largo bostezo, estirándose sobre la silla. Cerró los ojos por un momento, estaba tan cansado; y luego continúo ojeando un libro pequeño, negro y desgastado.

Era muy viejo, de hojas amarillentas. Aioros apenas y leía los títulos. No sabía cuántas veces había leído la creación del Partenón, la lucha entre Poseidón y Atenas por el patronato de la ciudad, las festividades e incluso el significado filosófico de los dioses. Sintió que su mente comenzaba a dormitar cuando sus ojos cayeron sobre una fotografía que abarcaba toda la página del libro.

"Luego de ganar el patronato de la ciudad contra Poseidón, Atena sobresalió, entre todos los dioses, como civilizadora y protectora de los mortales. Gracias a eso, y su absoluta fidelidad a Zeus, la diosa se convirtió en una ferviente defensora de los humanos, librando incluso batallas contra otros dioses como Hades, Poseidón y Ares.

Poseidón, fue el primero en liderar un grupo humano para contrarrestar estas disputas. Formado por atlantes devotos y escogidos por sus habilidades. Poseidón bendijo sus estrellas de nacimiento y les otorgó una fuerza semejante a la de los Héroes. Brindándoles armaduras completas, recubiertas por la divinidad del dios.

Aquello no solo significó una victoria abrumadora sobre Pallas, sino el comienzo de una compleja estructura militar que adoptaría cada deidad. Los guerreros del emperador de los mares, fueron conocidos como Marinos; la orden de Atena, como santos; y los guerreros de Hades, como Espectros…"

Aioros parpadeo un par de veces y volvió a leer lo que decía la fotografía. Al pie de página, explicaba que aquel texto estaba escrito en Jónico. Un dialecto del que Aioros estaba seguro, no conocía nada, y aun así podía leerlo como si fuera griego moderno. Sonrió, sin importarle demasiado aquel detalle, y se encaminó a la lista de préstamos para poder estudiar mejor el libro.

"Santo de Atena" pensaba, mientras la fila avanzaba lentamente y sentía como algo en su pecho se estrujaba. De repente, un frio atroz lo invadió y como si fueran recuerdos, una serie de imágenes llegaron a su mente.

Una daga, un bebe y una máscara de metal que caía al suelo.

Aioros se sujetó la cabeza, que comenzaba a doler como un infierno. Pálido y tembloroso se dirigió a su casa.

—Thetis—

─Creo que te estas obsesionando —dijo Aioria, mientras arrebataba el balón de las manos de Milo, robándole una maldición.

Aioria río, anotó un tanto más frente a su amigo y le lanzó el balón al pecho.

—Sinceramente —dijo Milo, rebotando el balón en el mismo lugar —no entiendo como tú no…

Pero Aioria le quito la pelota y anotó un punto más, clavándola en el tablero.

—Y está comenzando a ser aburrido ganarte —continuo, como si Milo no hubiera dicho nada.

Milo lo fulminó con la mirada y se acercó unos pasos más a él.

—No te quejas siempre por que no tomó nada en serio. Bien, ahora lo hago.

—Cosas reales, Milo. No imaginaciones.

—¡Esto es imaginación! —exclamó el menor, levantándose la camisa y mostrando la contusión que el ataque de Zeros le había provocado— ¡Quiero saber que paso!, ¿Quién es él? ¿Por qué fue por nosotros?

—Lugar y momento equivocado —respondió Aioria molesto, lanzándole el balón al pecho de su amigo.

Sin embargo, antes de que lo tocara, este quedo suspendido en el aire entre los dos chicos. Milo alzó sus cejas hasta tocar su cabello. Al contrario, Aioria frunció su entrecejo y sus ojos verdes recorrieron el lugar.

—Que demon… —murmuró Milo.

Una luz dorada comenzó a brillar entre ellos y en menos de un segundo apareció un chico de larga melena lila.

—¿Quién rayos eres? —bramó Aioria, colocándose a la defensiva.

—Mi nombre es Mu.

La voz del chico resonó dentro de sus cabezas, sin que el moviera los labios, como si fuera un pensamiento.

—No les haré daño —dijo, ante la hostil mirada del castaño.

Alzó una mano y el balón descendió lentamente hasta tocar el suelo.

—Eres como él, ¡como Zeros de rana! —sentenció Milo.

—No, más bien soy como tu… como ustedes.

—Yo nunca he podido hacer algo así —dijo Milo, señalando con su mano a Mu.

—Es telequinesis —explicó —nuestras habilidades pueden ser distintas, pero tenemos algo que nos une: el cosmos. Por eso fueron atacados, no fue al azar.

—¿Y por qué deberíamos creerte? ¿Cómo sabemos que no es un engaño?

—No tienes que hacerlo, Aioria. Pero, la guerra santa se aproxima y si no despiertan su cosmos, ustedes, y el mundo entero, estarán en grave peligro.

—Solo intentas engañarnos. Lo que dices es ridículo.

Aioria se dio la vuelta, molesto, y caminó hacia su casa.

—Yo si quiero que me expliques —dijo Milo, mirando con reprobación como se alejaba su amigo.

—Ve a Rodorio, sobre los acantilados de cabo Sunion, se encuentra un antiguo templo de Poseidón. Esos son los límites de los dominios de Atena. Llega ahí con tus primos, Aioria y Aioros; les explicaremos todo. Ese es el único lugar seguro para ustedes.

Milo miró una vez más la espalda de su amigo que se alejaba con pasos decididos y luego se volvió a Mu.

—Lo haré. Los llevare a todos.

Sonrió y tan pronto como apareció, Mu desapareció del lugar, mientras Milo corría detrás del castaño.

—¿Qué ha sido todo esto? —preguntó Thetis en un hilo de voz, saliendo de su escondite — ¡Desapareció! ¿Lo viste? ¿Por qué no pareces tan asombrada?

—Thetis, cálmate —dijo Marin, inspeccionando con su mirada alrededor.

—¡Desapareció! ¡Hizo flotar un balón! ¿Cuántas veces has visto eso antes?

—No es para tanto…

—¡¿Qué?! ¿Es que acaso tú también lo haces? Tu silencio es incómodamente sospechoso —agregó, luego de unos segundos en los que su amiga no respondía.

—No —respondió la japonesa, sentándose finalmente junto a su amiga —, pero hay algo que debo de decirte.

Thetis alzó sus cejas, su corazón revoloteaba en su pecho. Esperó unos segundos antes de que Marin empezara a hablar, pero la pelirroja no levantó su mirada del piso.

—No me mude a Grecia por casualidad. Mi hermano menor desapareció cuando yo era muy pequeña y vine hasta aquí para buscarlo.

—Tu hermano… ¿el que habías dicho que murió?

Marin asintió y levantó lentamente su cabeza.

—Él no murió junto con mis padres. Mucho después de eso fue elegido por Artemisa y llevado al Olimpo.

—¿Artemisa, Olimpo? Son nombres claves, porque no entiendo a qué te refieres.

—Me refiero a Artemisa, la diosa de la luna —dijo Marin desesperada.

—Cálmate, okey. Los dioses no existen —dijo Thetis muy lentamente, mientras se ponía de pie—. Creo que estas en estado de shock por lo que acabamos de ver y no quieres asimilar. Deberías de ir al hospital… uno psiquiátrico, preferiblemente.

Marin tomó una piedra del parque y caminó decidida hasta su amiga. Thetis, retrocedió asustada pero, Marin la retuvo del brazo. Abrió su otra mano, mostrándole la piedra sobre su palma. Una luz plateada la recubrió y de repente, la piedra se hizo polvo.

—Siempre he podido hacer esto, y Touma también.

—Suéltame —pidió Tethis en un hilo de voz.

—No temas, puedo sentir una energía dentro de ti. Al igual que Aioria y Milo.

—Yo no hago nada de esas cosas raras, soy perfectamente normal.

Marin la soltó, ofendida. Y Tethis no dudo en alejarse de ella.

—¡Iré a Rodorio mañana! —gritó, sin saber si la rubia la escucharía o no.

—Saga—

—¡Nos hemos encontrado un chico de lo más extraño! —dijo Milo entrando como un torbellino en la casa. Kanon y Saga intercambiaron una mirada grave. La efusividad de los chicos desapareció enseguida y caminaron despacio hacia los mayores.

—¿Qué sucede? —preguntó Aioria.

La puerta de la casa volvió a abrirse y todos voltearon a ver a Aioros.

—No creo que me estén esperando —dijo, mientras entraba a la habitación dubitativo— ¿Por qué esas caras?

Milo se encogió de hombros, y Kanon tomó asiento.

—Tenemos un gran problema. Es mejor que los chicos regresan a la isla durante el resto del verano.

—¿Qué?

—¿Cuándo?

Exclamaron Aioria y Milo.

—Mañana mismo. Será mejor que se preparen.

—No podemos irnos —renegó Milo—. Acabo de venir.

—¿Qué hicieron? —preguntó Aioros. Su gesto apacible había desaparecido por completo y miraba a los gemelos con los labios apretados.

Saga miró a Kanon, y este tan solo deslizó su mirada fastidiada.

Aioros no sabía que decir. Pocas veces, o más bien nunca, había visto tal gesto en ambos gemelos. Lo único que podía hacer era actuar y esperar para aclarar las cosas.

—¿Qué tan grave es? —preguntó a Kanon, pero fue Saga quien contestó.

—Le hicieron explotar su moto en una clara advertencia.

Milo, Aioria y Aioros alzaron sus cejas sorprendidos. El mayor se sentó en el sofá, pasando una mano por su cabello, nervioso.

—Conseguiré protección — argumentó el menor de los gemelos.

—¿Con quién tienes problemas? ¿Con la mafia?

—Con los Heinstein, que es casi lo mismo —volvió a responder Saga la pregunta de Aioros. Kanon rodó sus ojos.

—Tengo la promesa de Filipo, nos ayudara.

—La promesa de alguien que quiere encontrar una ciudad mitológica que nunca ha existido, perdóname por no confiar mucho en su palabra. —terció Saga.

—La promesa de alguien que tiene los recursos para ocultarnos.

—¿Y a mamá y a papá? ¿Nuestros tíos y primos? También los ocultara, o solo pensaste en nosotros. — Saga soltó una risa sarcástica y se dejó caer junto a Aioros—. Seguramente solo pensaste en ti, como siempre lo haces.

—Lo voy a arreglar, Saga, pero tu inútil rabieta no me deja pensar.

—Chicos, tranquilícense…

—¡Cállate, Aioros!

—¡Cállate, curandero!

El castaño arrugó su ceño molesto, pero antes de replicar, Milo se adelantó.

—Yo sé de alguien que nos puede ayudar.

—Milo, no —se quejó Aioria. —No es el momento.

—¿Por qué no? Nos enseñaría a defendernos de cualquier cosa y dijo que ese era el único lugar seguro para nosotros.

—¿De qué hablan? —exigió saber Saga.

—Conocimos a alguien —dijo rápidamente Milo, caminando hacia su primo mayor. Sabía que, si convencía a Saga, todo lo difícil estaba hecho. — tiene poderes, como el tipo que nos atacó en el Partenón, y dijo que nosotros también. Si queríamos saber quiénes éramos realmente, que fuéramos a un pueblo cerca del cabo Sunion, llamado Rodorio.

—Un tipo con poderes —murmuró Saga, tapándose su rostro con una mano.

—Aioria es testigo. Apareció de la nada y hacia flotar objetos.

—Consumieron de la fuerte hoy —dijo Kanon con humor, pero la mirada asesina de Saga lo cayó rápidamente.

—Creo que debemos de ir —para sorpresa de todos, Aioros mostró su apoyo. — Hoy en la biblioteca encontré este libro, habla sobre los ejércitos de los dioses. Los de Atena eran llamados Santos, justo como nos dijo Zeros y…

—¿Ejercito de los dioses? —terció Saga, crispado se rostro del enojo —. ¿Se están escuchando acaso? Tipos con poderes, la búsqueda de Atlantis, los Santos de Atena… Estamos ante un problema real, porque el idiota de mi hermano se le ocurrió amenazar a uno de los hombres más peligrosos del mundo y su solución es abocarse a los dioses. Déjenme decirles que por muy griegos que seamos, ni el mismo Zeus nos va a ayudar.

—Coincido con Saga.

—Tu cállate, Kanon. Mañana, ustedes dos —señaló a los menores —regresan a Oia, y nosotros iremos a ver a Filipo Solo. Con suerte, estaremos vivos para la tarde.

...

Milo cerró su maleta, produciendo más ruido de lo normal. Miró a su lado, Aioria permaneció acostado en la cama, dándole la espalda a él y fingiendo estar dormido. Arrugó su entrecejo y cruzó sus brazos sobre el pecho, indignado.

─ Gracias por tu apoyo ─renegó. Aioria gruñó. ─Él puede ayudarnos.

─No creo que él nos ayude en nada. Solo nos va a dar más problemas.

─¿Por qué rehuyes tanto de esto?

─No rehuyó de nada. Saga tiene razón. ─Aioria giró sobre sí, mirando hacia el techo. ─ Nada de eso es real.

─¡Tú lo viste! No entiendo cómo puedes decir eso.

─No quiero ser parte de eso, Milo. ¡Entiéndelo!

Se levantó y se encerró en el baño. Miró su reflejo y recordó las voces de sus pesadillas.

"Su hermano era un traidor"

"Sangre de traidor"

"Debe morir ... como Aioros"

...

Saga apagó su segundo cigarrillo, y miró hacia la luna que se alzaba frente a él. La luz de la ventana del segundo nivel, donde dormían Milo y Aioria, se había apagado. Realmente no pensaba en nada, tenía tantos problemas en su cabeza que simplemente no tenía energía para enfrentar ninguno de ellos. Eran momentos como esos los que lo hacían sentir tan pequeño e insignificantes, creía que algo grande podía hacer, lo sentía hormiguear en las puntas de los dedos; pero no tenía modo de describirlo. Deseaba, tener algún día, el poder para resolver los conflictos y no sentirse tan vulnerable.

La puerta de la cocina se abrió, y Aioros salió al jardín. Se sentó junto a él y miró con malos ojos el paquete de cigarrillos.

─Ni te atrevas a decir algo ─murmuró Saga.

─No lo pensaba hacer.

─¿Qué quieres entonces?

─¿Realmente es tan malo?

Saga soltó un largo suspiro y miró las luces del partenón a la distancia. Estaban jodidos, tenía ese nefasto presentimiento carcomiéndolo desde aquella mañana. Sentía que perdería a su hermano más temprano que tarde, ya sea por los Heinstein o por los Solos, y a pesar de todo su ingenio no había nada que pudiera hacer.

─¿Qué fue lo que encontraste en la biblioteca?

Aioros arrugó su entrecejo, pero conocía a Saga muy bien y no iba a obtener nada si insistía.

─Sé que piensas que soy un ingenuo ─comenzó y el peliazul simplemente sonrió ─, pero sé lo que vi en el Partenón… y lo que sentí. Esto va más allá de lo que conocemos, Saga. Debemos de ir ahí, lo sé.

─¿Y qué esperas encontrar ahí?

─Respuesta ─dijo decidido ─ tus sueños Saga… tal vez todo está relacionado.

─Mis sueños son de muertes y torturas, Aioros, no pienso buscarlos jamás.

Escucharon un ruido en la cocina y ambos voltearon a ver. El sitio estaba sin luces, y la oscuridad de la noche los acobijaba a ellos. De repente, escucharon una pequeña explosión. Saga y Aioros se levantaron en seguida y, a través de la ventana, observaron como el fuego crecía rápidamente. Atravesaron el jardín y entraron, justo en el momento en que escucharon cerrar la puerta principal.

Llamaradas se alzaban desde la estufa y un mueble de madera comenzaba a arder. Aioros y Saga, intentaron controlarlo con agua, pero escucharon otra detonación en la sala y para cuando Saga llegó, los muebles se comenzaban a consumir. Cogió el teléfono y llamó a emergencias, mientras Aioros buscaba el extinguidor en el auto. Cuando llegaron, el fuego de la cocina era incontrolable. Kanon entró junto a Aioros, agitado, con ropa deportiva y con bucéfalo ladrando descontrolado. Los gemelos intercambiaron una mirada y asintieron. El menor subió las escaleras de dos en dos y Saga caminó junto a Aioros.

Kanon tocó desesperado la puerta de la habitación de Aioria, quien salió medio dormido aún.

─¡Nos vamos ya! ─ordenó Kanon, pasando hacia su propia habitación.

Hubo un estallido más que hizo retumbar la casa y despabiló a Aioria, el chico se movió veloz, despertando a Milo y tomando su maleta. Kanon, había buscado los archivos de la familia Solo y los había metido en una mochila junto a la ropa para Saga y él. Corrió detrás de los chicos, asegurándose de que no quedara nadie dentro, y se reunió con Saga en el umbral. Juntos ayudaron con las maletas y cuando las colocaban en el auto escucharon un lastimero aullido dentro de la casa.

Los gemelos intercambiaron una rápida mirada y antes de que Kanon pudiere sujetarlo, Saga corrió hacia la casa. Bucéfalo se había quedado rezagado junto a las escaleras, el fuego crecía alrededor del animal y el humo comenzaba a impedir la visión en el primer rellano. Los cristales de las ventanas explotaron y Saga se cubrió el rostro con su brazo. Tomó al perro entre sus brazos, aunque era tan grande que le obstruía por completo la vista. La lámpara de la sala estalló y el perro se revolvió, tumbando a Saga contra la pared. Su mundo dio vueltas por unos segundos. Los ladridos del perro, el calor sofocante, el humo… comenzaba a marearse y su cabeza comenzaba a doler. Su vista se nubló un instante, y al abrir los ojos observó como una de las vigas ardía sobre su cabeza. La madera se resquebrajaba y aquel trozo ardiente caería sobre su perro.

No tuvo momento de decir nada. Su única intención era alcanzar al animal y protegerlo… y de alguna manera había logrado interponerse entre el fuego y Bucéfalo. Una energía abrasadora salió de su cuerpo como una onda expansiva, alejando el fuego de él. Era un calor extraño, potente pero cálido, como un rayo de sol matinal; y renovaba cada parte de su cuerpo con una energía inusitada.

Saga levantó a Bucéfalo y corrió a través del fuego sin que este lo tocara. Aioros y Kanon lo miraban estupefacto, pero no se atrevieron a decir nada. Entraron al auto y hasta ese momento Saga se atrevió a ver como ardía su hogar.

Cuando el auto desapareció en el horizonte, una figura se materializó frente a la casa. Mu de Aries había acudido al sentir la explosión de cosmos, era un cosmos dorado, estaba seguro. Sin embargo, ya no quedaba ningún rastro que seguir, esperaba que los chicos atendieran su consejo y se refugiaran en Rodorio.

─Kanon─

Aquella noche se les hizo eterna. Aioros manejaba sin ningún rumbo por Atenas, hasta que Saga desesperado preguntó hacia donde iban. El castaño se encogió de hombros, alegando que él solo pretendía alejarse lo más que pudieran de la casa. Kanon había sugerido ir a la mansión Solo, sin embargo, Saga argumento que aquel era el sitio más obvio donde lo buscarían.

─Necesitamos ser impredecibles ─dijo Saga.

Se cruzaron miradas, sin saber cómo lograr esa extraña petición y luego, como quien no quiere la cosa, Milo se atrevió a dar una opinión.

─Podemos ir a Rodorio, no tenemos ninguna razón para estar ahí.

Aioria rodó los ojos y Saga bufó. Pero Aioros y Kanon lo apoyaron.

—¿Qué? —dijo ante la mirada de su hermano gemelo —Has dicho que seamos impredecibles.

—Y yo estoy manejando, así que iremos —agregó Aioros, robándole una carcajada a Kanon y Milo.

—Eres un tirano.

Comenzaba a amanecer cuando encontraron el primer pueblo cerca del cabo. Se detuvieron a comprar y pedir indicaciones. Nadie pudo decir nada sobre Rodorio, pero todos conocían las ruinas del templo y los chicos no tardaron en ponerse en marcha. Saga había tomado el control del auto, mientras Aioros dormía en el asiento trasero y Kanon, de copiloto, miraba distraídamente la línea del mar a su lado. Saga le tocó a un costado, llamando su atención.

—Ya lo sé —dijo Kanon, sin quitar su mirada del mar —detente cuando llegues al templo.

Saga apretó sus labios y un amargo presentimiento lo invadió. Aunque seguía molesto con su hermano, no pudo contenerse.

—¿Qué planeas ahora?

—Dijiste que este era mi problema, ¿lo recuerdas?

Saga gruño. Al final de la empinada llegarían al templo del emperador del mar y aquel auto estaba cada vez más cerca de ellos.

Saga se detuvo, la majestuosa vista de las ruinas cortaba el azul del cielo y el mar gruñía muchos metros abajo, entre los peñascos. Todos bajaron del carro y Milo, busco con su mirada a Mu, pero no había nadie más ahí. En el camino contrario al que ellos habían accedido, descendía hacia una playa deshabitada, con ruinas esparcidas y un camino que se internaba entre dos acantilados.

—Pensé que estaría aquí —dijo Milo, desilusionado.

—Es muy temprano aun, podemos esperar —contestó Aioros, sin apartar su mirada de los gemelos que se habían alejado hacia las ruinas.

Se acercó hacia ellos, pero antes de llegar, reconoció el carro negro de los Heinstein acercándose. Tragó saliva y se apresuró a ir con ellos. Saga y Kanon, observaban el automóvil.

—Esto fue un error, estamos acorralados —dijo Saga, apretando sus puños. — Un grupo de idiotas, eso es lo que somos. ¿Cómo se nos ocurre hacerle caso a un completo desconocido?

—Hay un camino entre los acantilados, podemos intentar llegar ahí.

—¿Y después que, Aioros? —increpó Kanon —. Seguiremos jugando al gato y ratón.

—¿Entonces di tu qué hacemos?

Saga apretó su mandíbula con fuerza y sus ojos taladraron a su hermano menor.

—Bajen hasta la playa con los chicos.

—¿Y tú? —preguntó Aioros. Escucharon el sonido del carro detenerse en el mismo risco, y los tres voltearon a ver. Radamanthys bajaba del automóvil, más serio que nunca —No te dejaremos solo.

—Saga tiene razón, este problema es mío. Además, no creo que ese imbécil haga algo, solo es mensajero.

—Yo me quedo contigo —dijo Saga, totalmente serio.

—No necesito de tu ayuda contra Radamanthys. —Sin embargo, Saga no se movió. Se miraron fijamente por un instante, sin ceder —. Me inquieta más el hecho de que te preocupes por mí, hermano.

—No seas idiota.

—Ve, Saga. Ambos sabemos que Aioros no podrá controlar a Milo y Aioria juntos.

—Los dejare ahí y vendré enseguida por ti. No hagas nada estúpido.

—Nunca lo hago —y el menor de los gemelos esbozó una de sus infames sonrisas cargadas de autosuficiencia.

Lo empujó, obligándolo a moverse. Aioros tomó el manejo del automóvil, mientras los chicos subían a Bucéfalo en la parte trasera.

—Eres más estúpido de lo que pensaba —dijo Radamanthys, acercándose lentamente a Kanon— Mira que descaro. Un Don Nadie amenazando a los Heinstein. Realmente tienes una buena opinión de ti mismo.

Y antes de que él peliazul replicará, lanzó un puñetazo que lo hizo retroceder. Kanon sintió la sangre invadir su boca y al ver de reojo a Radamanthys, notó el brillo metálico de la nudillera en su mano. Se abalanzó hacia el inglés con furia, pero Radamanthys logró encajarle un golpe en el abdomen que lo dejó sin aire.

—No sabía que tú eras su matón —dijo, con el poco aire de sus pulmones, levantándose del suelo.

—No tienes ni idea de con quién te metes. Apenas y rasgaste la superficie.

Le lanzó otro puñetazo, pero esta vez Kanon logró esquivarlo. Lo tomó de un brazo, ejecutándole una llave, pero el rubio con su brazo libre logró encajarle el codo en el pecho. Kanon retrocedió un par de pasos más.

—¡Vamos! Acaso ya perdiste la habilidad. Recuerdo que eras mejor.

Furioso, Kanon se lanzó sin pensar mucho. Lograba golpearlo, pero sus simples puños hacían menos daño que los de Radamanthys, completamente preparado para aquella pelea. Kanon descubrió con furia, que traía colocado un chaleco, así que se concentró en asestar todos sus golpes en el rostro.

Saga avanzaba con lentitud por el camino, sin apartar su mirada de la pelea que sucedía sobre ellos. Su mandíbula estaba apretada hasta que comenzaron a dolerle los dientes y sus puños parecían querer reaccionar ante cada golpe que recibía su gemelo. Se detuvo, apretando los puños. Sabía que, si se entrometía, Kanon se molestaría. ¡A la mierda! No le importaba que se enojaran, sabía que no podía dejar a su hermano solo esa vez.

Se dio la vuelta decidido y antes de dar un paso, dos sombras más salieron del automóvil.

Saga sintió como todo su interior se estrujaba.

—No—dijo en un suspiro apenas audible, captando la atención de Aioros.

—Yo te acompaño. Ustedes dos, busquen a su amigo.

Pero las palabras de Aioros quedaron apagadas por el inconfundible sonido de una pistola.

—Váyanse de aquí —dijo Radamanthys al ver acercarse a sus dos compañeros.

—Te estas tardando demasiado —dijo uno de ellos, de un largo cabello negro y ojos del mismo color. Kanon los conocía a ambos, trabajaban directamente con el señor Heinstein, aunque hasta ese momento entendían realmente lo que hacían.

Aiacos se llamaba quien había hablado, y junto a él su compañero Minos, tenía un cabello platinado y unos inconfundibles ojos dorados.

—Esto es muy simple, Kanon. Debemos deshacernos de ti— dijo Minos.

—Ya les dije que yo me encargo —renegó Radamanthys.

—Tranquilos, creo que puedo resistir a los tres. No deben pelearse.

Minos sonrió con cinismo y antes de que Kanon se diera cuenta, disparó un arma.

No pudo evitar soltar un alarido de dolor y sus piernas cedieron ante el peso. De su muslo derecho, la sangre manaba a borbotes.

—Ahora dinos que hiciste con la evidencia — preguntó Aiacos, acercándose hasta él.

Kanon levantó su rostro, y aun con el dolor que atenazaba cada uno de sus sentidos, logró sonreír con cinismo.

—Ya no la tengo —murmuró.

Aiacos chasqueó con la lengua y con un gesto le indicó a Radamanthys que lo ayudara. Entre ambos lo colaron de pie, y lo arrastraron hasta el borde del acantilado. El mar rugía a su espada, pero a su derecha, en la playa, pudo ver a su hermano corriendo. Idiotas –pensó – márchense.

—Y si el siguiente es para tu hermano, tal vez te vuelves nuevamente hablador.

Y de inmediato, lanzó otro disparo a su costado

—¡No!

El mundo de Saga se detuvo en cuanto escuchó el primer disparó. Y escuchó el grito de su hermano tan nítido como si estuviera junto a su oído. Lo vio caer de rodillas y los segundos se hicieron eternos mientras esperaba lo peor.

Los chicos se habían escondido detrás de las piedras, pero él era incapaz de pensar en nada.

Cuando vio como uno de los hombres se acercaba a su hermano. Entendió que él seguía con vida y sin pensarlo más, se lanzó hacia el camino de piedra por el que había llegado. Aioros fue detrás de él. Saga no pudo ver el momento en que él arma se alzó hacia él, pero Aioros sí. Saltó, tirándolo en la arena. El disparo rebotó en la pared del acantilado.

Las olas los golpearon y Aioros se apresuró en reincorporarse.

Idiotas —pensó Kanon —mil veces idiotas.

—Ellos no saben nada —dijo.

Minos alzó una ceja divertido.

—¿Tengo entendido que tu gemelo te ha ayudado en todo esto? No hay familia que te proteja, te equivocaste de la forma más absurda. Te doy una última oportunidad. Dime lo que quiero saber.

Kanon no apartó su mirada desafiante de Minos. Sus ojos transmitían una rabia contenida que nunca antes había sentido. No podía hacer nada, lo sabía, pero tal vez era su orgullo lo que le impedía ceder.

—De todas maneras, me matarás.

Minos sonrió de forma tan satisfecha, como un gato al encontrar un indefenso ratón. Con la culata de la pistola, golpeó el rostro del chico, rompiéndole el labio en el proceso. Kanon escupió la sangre en el suelo.

—La oportunidad no era para ti —dijo Minos, pasándole el arma a Radamanthys —La oportunidad era para tu familia. Ahora te mataré y luego a tu hermano. Después seguirá ese adorado primo tuyo, y tus padres, tus tíos y todos los bastardos que compartan tu apellido.

Levantó el rostro de Kanon, para poder verlo a los ojos y le gustó que en ningún momento aquella ira contenida los había abandonado.

—Tendré el gusto de darle mi más sentido pésame a la señorita Pandora.

Minos lo sujetó de la camisa, empujándolo con todas sus fuerzas hacia atrás. Kanon quiso agarrarlo, llevárselo consigo, pero su mano no logró alcanzarlo. Sintió el vacío a su espalda como interminable, el aire azotándolo sin piedad y lo último que miró fue los rostros de aquellos tres hombres.

Siempre pensó que los últimos segundos de vida se alargaban más que nunca, que tendría tiempo de evaluar su vida, dedicarles un último pensamiento a las personas que quería. Recordar los buenos tiempos que había disfrutado junto a su hermano y lo estúpido que habían sido cada una de sus peleas. De pensar en su madre y todos los dolores de cabeza que le causo, y preguntarse si su padre finalmente se sentía orgulloso de él… Pero no tuvo tiempo de nada de eso, en menos de un pestañeo su cuerpo chocó contra el mar, y él se hundió en el abismo.

—¡KANON!


Próximo capítulo: El santuario de Atena