Capítulo 17
— ¿Es lo que realmente desea, milord?
Inuyasha había convocado de último momento al investigador privado. Contempló pensativo las ruinas del orfanato que se alcanzaban a percibir desde la ventana de su estudio. Tras el incendio tuvieron que trasladar a los niños a un lugar seguro, exceptuando a las gemelas desde luego.
Asintió sin sentir ninguna pena. Sentía como si jugara con el destino de una persona. Que, de hecho, el abuelo de sus sobrinas había iniciado. En su afán de desaparecerlas por poco Kagome perdía la vida y eso no iba dejar pasarlo fácilmente.
Era el maldito duque Lexington y aprovechándose de eso y de la fortuna que le heredó su padre haría todo lo necesario para hacérselo pagar caro.
—Quiero todo – sus ojos estaban cegados por ira – No solo quiero que ese hombre se arrastre por el fango. Sino también el esposo de su hija. Si es preciso su hija también.
—Afectaría a la madre de esas niñas.
Él lo miró y se encogió de hombros.
— ¿Cuál madre?
No conocía que tan profundo era el dolor de esa mujer como para haber accedido a aceptar que su padre se deshiciera de sus hijas. Si comparaba a su madre con esa mujer, ella en todo momento dio su vida para que a él nada le faltara. Sobre todo, no le había importado que su propia familia le diera la espalda.
—No se preocupe por los viáticos. Van de mi cuenta.
El detective se puso en pie, hizo una reverencia.
—Partiré cuanto antes a Italia milord. Cada petición se realizará conforme lo solicitó.
Acompañó al detective hasta la salida, pero se detuvo en el pasillo al ver a su mujer de pie, bueno más bien fuera de cama. Ya que se encontraba sentada en el sofá viendo a amas gemelas jugar. Miroku estaba con ellas, en todo momento no paraba de reír por ocurrencias de ambas niñas.
Cuando entró se hizo un silencio en la sala, Miroku se aclaró la garganta y guardó compostura. Su mirada se centrada en su hermana y su cuñado. Podía percibir cierta tensión en ese par. No quería salir de ahí y dejar a su hermana sola. Aun su semblate se notaba pálido, debía haberla mandado a su habitación.
— ¿Qué haces fuera de cama?
Bien, supo que esa era la señal de retirada. Miroku se levantó y se llevó a las niñas al jardín para dejar que ellos dos discutieran. De todas formas, ya sabía quién iba a ganar esa batalla.
Kagome no solo se sentía cansada, sino que aún estaba molesta con él. Por su forma de actuar. Aunque claro, si no le hubiera dicho todas esas cosas antes de partir, ella no le habría salvado la vida a las pequeñas.
—Estoy bien – una respuesta tajante.
Él alzó una ceja, avanzó lentamente hacia el sofá y tomó asiento junto a ella. Kagome al sentirlo cerca se apartó un poco. Si, tal cual lo presentía. Estaba molesta y debía ofrecerle una disculpa.
—No estas bien – trató de tomar una de sus delicadas manos, pero ella la apartó de inmediato – Por poco mueres en ese incendio.
—Si – asintió – Por poco y lo volvería hacer con tal de salvar a esas niñas. Además, afortunadamente Miroku estaba de paso.
— ¿Tienes una idea de lo que habría pasado si él no estuviera de paso?
Ella se encogió de hombros y para echarle sal a su propia herida, añadió.
—No sé, tal vez te habrías liberado de mí. Después de todo me casé contigo por tu título. ¿No fue eso lo que dijiste?
—Kagome…— ya se sentía aún más culpable.
Cerró los ojos al recordar esas hirientes palabras. Si para él fue difícil haber pronunciado cada una de esas malditas palabras, no quería imaginar como las recibió ella. Por lo que veía no iba a perdonarlo tan fácilmente.
—Ahora si me disculpas, me siento mal.
Se puso de pie, pero al hacerlo tan rápido sintió que el piso se movía en todas direcciones. Inuyasha se levantó rápido y la sostuvo de la cintura.
— ¿Segura que estas bien?
Vio sus lindos ojos dorados, aquella boca carnosa y se sonrojó. Tuvo que apartarlo rápidamente de ella y se aliso el vestido.
—Si, solo fue un pequeño mareo. Es todo.
—Debemos hablar.
Estaba tan cerca de ella que con solo estirar una mano la podía volver a tener entre sus brazos.
—Pero yo no quiero – respondió severa – Aun estoy muy molesta contigo y la verdad no sé cuándo esté preparada para hacerlo.
Su razón le decía que esperara todo el tiempo posible. Darle su espacio a meditarlo, era lo justo y se lo debía.
Aunque su impulso no, ese le dictaba que la tomara en brazos y obligarla a que lo escuchara de otra forma, pero sin duda en lugar de hacerlo más terminaría enfadada con él.
Inuyasha se apartó para que ella pudiera pasar delante. Kagome se detuvo antes de salir de la sala de estar y reunirse con Miroku y las gemelas. Pero debía admitir que ante todo el enfado que sentía tenía curiosidad por saber lo que él averiguó en todo esto. Así que, tragándose su orgullo, se detuvo frente a él.
— ¿Qué averiguaste sobre las niñas?
Antes de que él respondiera, escucharon las risas de aquellas pequeñas provenientes del jardín. Ambos se detuvieron frente a la ventana y observaron la imagen. Miroku jugaba con ellas como si fueran sus sobrinas.
—Son hijas de Sesshomaru con una dama de buena cuna. Cuyo nombre no te revelaré por privacidad de la propia mujer.
—Lady Rin Clearwater.
Inuyasha frunció el cejo y volteó a verla.
— ¿Cómo…?
—Si me hubieras preguntado en lugar de salir como loco el día anterior, te habría dicho lo que mi visita me reveló.
—Entonces ¿Tú ya lo sabías?
Ella asintió y juntos contemplaron a las pequeñas. Para Inuyasha, la única forma de protegerlas era adoptándolas. Así, su abuelo persistiría en hacerles daño. Pero él se lo haría pagar.
— ¿Las vas a adoptar? – interrumpió ella, mirándolo fijamente.
—No sé …
—Porque son parte de tu sangre – prosiguió sin prestarle atención — Y si no lo haces te juro que yo misma me encargo de hacerlo.
— ¿Quieres hacerlo? – la miró fijamente, serio – ¿Hacerte cargo de dos niñas que ni siquiera son tuyas?
¿Qué no le había quedado claro a ese hombre?
—Mi madre te aceptó a ti. Aún y cuando pensó la primera vez que eras el hijo de mi padre. Claro, él se lo tuvo que aclarar en ese momento.
Se acercó a ella hasta acorralarla entre la ventana y él. Kagome se sonrojó al sentir su calor por encima de su ropa.
— ¿Y si fueran mis hijas bastardas?
—Aun así, las aceptaría.
Estaba a un paso de besarla, pero hizo una mueca cuando escuchó la interrupción de Miroku. ¿Cuándo se iba a ir?
—Kagome – entró apresurado en la sala – Tienes que esconderme.
Lo vio muy agitado, seguido de las pequeñas gemelas. Era una fortuna que esos vestidos blancos que consiguió con la cocinera le quedaran a la perfección. Más tarde se encargaría de renovar su guardarropa. Después de todo, formarían parte de la familia.
—Es madre – se ocultó detrás de un sofá – No le digas donde estoy.
Ella misma tembló cuando escuchó un par de zapatos avanzar apresuradamente, pero no era no solo la marquesa viuda entraba a la habitación, sino que lo hacía acompañada de la duquesa viuda.
— ¿Dónde está? – preguntó Megan, sin reparar en las gemelas.
Las niñas se quedaron estáticas en medio de la habitación, mirando a un lado a otro.
—Se escondió detrás del sofá – señaló Towa.
La marquesa pasó junto a la niña, alzó una ceja y luego miró a Inuyasha.
—Gracias.
Pero en lugar de pedir una explicación fue directo atrás del sofá y ahí, agachado lo vio.
— ¡Levántate! – ordenó.
—Madre…
— ¿A caso no te prohibí rotundamente que vinieras a molestar a los recién casados? – chasqueó los dedos y este de inmediato se puso de pie.
La duquesa viuda le llamó la atención ambas niñas, miró a Inuyasha y luego a Towa. A pesar del parecido entre ellos, había algo que le decía que ellas no eran hijas del duque.
Kagome se dio cuenta de la situación. Era momento de hablar con ella y con las niñas, revelarle a cada una quienes eran realmente.
—Mamá ¿Podrías llevarte a Miroku a la otra salita? En seguida los alcanzó.
Megan asintió y le lanzó una mirada de furia a su hijo.
—Vamos, tú y yo tenemos mucho de qué hablar.
Juntos salieron a la sala de estar para entrar a otra. Miroku tomó asiento mientras se cruzaba de brazos y escuchaba el sermón de su madre. Bueno, ella tenía razón, la había desobedecido solo para ver como seguía su hermana.
Pero había algo que a la marquesa le llamó mucho la atención y era la presencia de esas dos pequeñas.
¿En realidad Inuyasha si tenía hijos bastardos?
—Sea lo que sea ya suéltalo – pidió Miroku, sabía perfectamente lo que estaba pensando.
—Esas niñas que estaban en la otra salita ¿Son hijas de…
—De Sesshomaru – interrumpió su hijo.
Y así, se dispuso a escuchar el relato de su hijo. A medida que avanzaba iba abriendo la boca. Incrédula ante lo que escuchaba.
—No puedo creerlo.
Su hijo asintió.
—Cada palabra que te he dicho es verdad.
— ¿Y ellas saben?
Volvió a negar, hizo un gesto al sentir una punzada en el lugar donde Inuyasha le había pegado. Megan se dio cuenta de eso también, conocía a su hijo, probablemente terminó a golpes con el duque, después de todo ya le habría colmado la paciencia.
— ¿Qué te pasó en la cara?
—Me caí – mintió.
—No soy estúpida hijo. El duque también tiene un corte en la cara. Seguramente terminó por explotar e hizo su paciencia a un lado.
Miroku asintió y se llevó la mano al rostro.
—Y el muy maldito golpea muy bien.
XXX
Kagome cerró la puerta para que la información que surgiera dentro de la sala no pasara a más voces. La duquesa se relajó apoyándose en el maldito bastón que le dijo el médico que lo usara. Su mirada azul volvió a concentrarse en ese par de niñas.
—I…
Ella levantó la mano para hacer callar a Inuyasha. Avanzó lento y en silencio hacia esas pequeñas. Tomó el pequeño mentón de Towa y la hizo levantar la cabeza con cuidado, para que sus miradas se encontraran. Soltó el maldito bastón y lo mismo hizo con Setsuna.
Kagome se detuvo a lado de Inuyasha, contemplando la reacción de la duquesa.
Los labios de la mujer temblaron y una lagrima se liberó en su rostro de porcelana. Sentía una calidez dentro de esas pequeñas. Una conexión inexplicable, como si ambas formaran parte de ella sin saber su origen.
¿Podrían?
No, era imposible. Sesshomaru siempre fue reservado.
—Tienes los ojos de Sesshomaru – miró a Towa y después a la otra niña – Y tú su mentón.
Levantó la vista y miró a Inuyasha.
— ¿Qué significa esto, Inuyasha?
—Irasue…
Pero volvió a callarlo. Solo había una forma de comprobarlo, su hijo tenía una marca de nacimiento. No debía emocionarse sin antes estar segura. Así que con el permiso de las niñas descubrió el hombro izquierdo de ambas y ahí estaba la marca de una luna.
El aire comenzó a faltarle, sentía que se iba a desmayar. Inuyasha se apresuró a sostenerla y le indicó a Kagome que saliera de ahí y se llevara a las niñas mientras él hablaba con la duquesa viuda.
— ¿Mejor?
Preguntó el duque preocupado, sin quitarle la vista a la mujer que tenía frente a él. La duquesa había aceptado a regañadientes aquel té para volverla a reanimar.
Ella negó.
—No – respondió – Y no sé cómo explicarte la extraña conexión que siento con esas niñas. Es raro – volteó a verlo — ¿No lo crees?
Ahora a él le tocaba negar. No, no era extraño. Lo que había sentido ella era el lazo familiar que la única a las gemelas. No pensaba confesárselo hasta que las niñas estuvieran registradas. Quería su opinión, pero si se oponía aun así las registraría a su nombre.
Inuyasha la tomó de las manos y la miró.
—No es raro, se le llama lazo familiar.
La duquesa alzó una ceja y lo miró confundida. No comprendía absolutamente nada y la verdad agradecería mucho que él comenzara a explicarlo. Estaba haciéndose ideas vagas de que esas niñas podrían ser hijas de Sesshomaru. La marca que ellas llevaban lo decía, pero no, ya estaba cansada. Su mismo doctor se lo dijo, debía cuidar sus emociones y principalmente su salud. Podría incluso creerle a una mujer que llamara a la puerta para decirle que tenía un hijo de Sesshomaru y lo creería.
—Inuyasha, soy vieja. Así que te agradecería que fueras más directo y no andes cono rodeos. ¿Quién es el padre de esas niñas?
Bueno, él había querido que el golpe fuera suabe por lo mismo. Ella ya no estaba para ese tipo de emociones. Si, era una mujer fuerte pero cuando lo quería la situación, no en un momento así.
—De Sesshomaru.
Ante aquella revelación, Irasue cerró los ojos y agachó la cabeza apoyándola entre sus manos y el bastón. El duque temió por ella, por si esa revelación hubiera sido un impacto fuerte para la mujer.
— ¿Estás bien?
— ¿Cómo? – preguntó, conservando la misma postura. — ¿Cómo lo sabes?
Inuyasha fue cuidadoso en sus palabras no podía decirle todo lo que sabía del mismo modo que se lo dijo a Miroku e incluso a Kagome. No, era de la mujer que había vivido con él ocho años, la madre de su medio hermano.
Irasue iba a escuchando con atención cada parte de la historia. Abrió los ojos solo para sacar un pañuelo de su bolsita de mano. Toda esa información le costaba analizarla. Si, había deseado tanto que su hijo dejara al menos un bastardo para así tener un pedacito de él, pero nunca se le pasó por la cabeza que no solo era uno, sino dos pedacitos.
Negó para así misma la parte del duelo. Si tan solo ese estúpido hubiera hablado con ella, juntos habrían encontrado una solución. Se llenó de ira con la parte del abuelo de las niñas, si tuviera a ese maldito le haría pedir perdón de rodillas a sus nietas.
— ¿Qué piensas, Irasue? – preguntó Inuyasha cunado concluyó su relato.
Ella se limitó a limpiarse las mejillas con su pañuelo.
—Que mi hijo es un estúpido.
Nunca había visto a una mujer fuerte derrumbarse ante sus ojos. Gruesas lagrimas surcaban sus mejillas, mientras luchaba por controlar su respiración. Él pasó un brazo por sus hombros y la abrazó. Dejando que se desahogara en brazos.
—Si tan solo ese estúpido me hubiera tenido confianza, la historia habría sido otra. Él estaría vivo, casado, con sus hijas. Sería incluso…
Se vio obligada a cerrar la boca, levantó la vista y vio a Inuyasha, que le sonrió tristemente.
—Dilo, sería duque.
Ella asintió, con un profundo dolor, porque también apreciaba a Inuyasha como hijo propio.
—Si, pero tú seguirías siendo bastardo y nunca hubieras recuperado a Kagome – pasó una mano por la mejilla – A veces la vida tiene una forma tan extraña de entrelazar el destino de las personas.
Sus manos se unieron y a pesar de todo el dolor que sentía, sonrió.
—El destino de Sesshomaru era terminar en un duelo, el tuyo…— suspiró – Era ser duque.
Pero sabía que había algo más, sus ojos brillaban y entreabría la boca o la cerraba cada vez que quería decir algo.
—Sé que me quieres decir algo más. Si ya me has dicho que soy abuela de dos niñas bastardas, no me puedo esperar más.
—Bueno, en realidad hay dos cosas.
Primero le suavizaría el golpe, con anunciarle que las adoptaría luego anunciaría que estaban en peligro por parte de su abuelo paterno.
— ¿Cuál es la primera?
—Quiero darles el apellido que les corresponde.
Irasue volteó a verlo y alzó una ceja.
— ¿Estarías dispuesto a darle el apellido a unas niñas que no son tuyas?
Inuyasha se encogió de hombros. Sabía que Irasue había abogado por él para que propio padre lo reconociera. Era una forma de agradecerle todo lo que hizo por él.
— ¿Si me opongo?
No contaba con esa respuesta y en cierta forma odiaría tener que llevarle la contraria en esta situación.
—Lamento decirte que no podré acceder a eso. Esas niñas llevan sangre Taisho y no estoy dispuesto a que pasen por todo lo que yo viví siendo bastardo.
Ella se llenó de orgullo al escuchar eso. Tal vez si su hijo y él se hubieran conocido en el pasado, probablemente serían los mejores hermanos. Seguramente Sesshomaru habría obligado a su padre a reconocerlo.
— ¿Estarías dispuesto a adoptar a dos niñas que no son tuyas?
Él asintió.
— ¿Y Kagome? ¿Ella que piensa de todo esto?
Era la primera en que así fuera. Ya se lo expresó hace unos instantes, si no estaba dispuesto, sabía que buscaría la forma para lograr que esas pequeñas fueran reconocidas. Sabía que no podía pedirle nada más y que eso era difícil. De un día para otro tendría la obligación de velar por unas niñas, las cuales no eran sus hijas.
—Sería difícil ¿Te has preguntado cuando tengan sus propios hijos? ¿Les darán el mismo afecto que a sus hijos naturales?
Quería estar segura de Inuyasha, que realmente deseara esto porque a él le naciera, no por obligación.
—Ella es la principal interesada en que ellas lleven el apellido.
Soltó un arie como si lo hubiera estado controlando todo ese tiempo desde que Inuyasha le había confesado todo. Una nueva vida le sonreía, solo esperaba durar muchos años más para disfrutar de sus nietas. Verlas crecer, convertirse en señoritas.
—Gracias – dijo al fin – Sé que cuidaras bien de mis nietas. Ahora, cual es la segunda parte de esta historia.
Esa es la que menos quería tocar, era describirle como un hombre vil y miserable se había encargado de desaparecer a dos niñas, quemando un orfanato que por poco desencadenaba un desastre.
—Si ese hombre insiste en desaparecerlas, no podré protegerlas del todo.
Ella negó, levantándose y caminando de un lado a otro.
—Con el apellido Taisho le será difícil intentar hacerles daño. – lo miró fijamente — ¿Lo conoces?
—No físicamente – respondió – Pero ya me he encargado de hacérselo pagar.
—No físicamente – respondió – Pero ya me he encargado de hacérselo pagar.
De pronto se detuvo y miró atentamente a Inuyasha.
— ¿Crees que me pueda llevar a las niñas a casa? – volvió a ocupar su lugar a lado de él – No podremos recuperar el tiempo perdido es un hecho. Solo nos queda aprovechar el que nos queda, para conocernos bien.
— ¿Segura?
—Por supuesto mis nietas. Estarán muy bien protegidas en casa– se inclinó un poco y le susurró – Además, creo que tú y Kagome deberían solucionar sus problemas.
Desde luego que le había contado la forma en que tuvo que apartarla de su camino para ir en busca de Kagura sin arriesgarla a ella. Si la duquesa se llevaba a las niñas, Megan a Miroku, la casa volvería a estar sola y así intentaría todos los medios en buscar el perdón de Kagome.
La idea no le parecía descabellada después de todo.
