Los personajes de Love Live Sunshine no son de mi propiedad.
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La gran puerta de madera estaba cerrada y así siguió por varios minutos en los que tuvo la necesidad de mirar de reojo a su acompañante. ¿Por qué estaba a su lado? Ella sólo le dijo que subiría por una amiga y decidió seguirla, sin preguntarle siquiera si podía. Empero, ella tampoco hizo comentario alguno.
Ambas con los brazos cruzados y recargadas ridículamente en la misma posición sobre la pared que daba de frente a la entrada de la dirección de la Escuela de Teatro, vieron una de las pesadas puertas moverse. La oficina se abrió, salieron dos chicas, una con el ceño fruncido y la otra con una mirada triste; empero, ninguna de ellas era la razón por la que había subido.
Volvió de nuevo la vista a su acompañante, cambió de posición y llevó ambas manos a las bolsas de su cazadora mientras tarareaba una melodía que, por más que intentó, no logró reconocer su origen. Respiraba pausadamente, lo notaba en el subir y bajar de su busto. Ambos pares de ojos se encontraron, aunque la chica no tuvo la necesidad de voltear o moverse.
Sabía que le diría algo por haberla observado de aquella forma. Sin embargo, fue salvada por la puerta. De ella se asomó una cabellera castaña, la propietaria venía con cara de susto y caminaba con lentitud. Se paró cerca de las dos personas que estaban afuera de la oficina, reconoció los zapatos de la peliazul, inhaló con pesadumbre.
Yoshiko reaccionó, se acercó a su amiga, la tomó por los hombros y fue cuando la castaña la miró a los ojos. En su interior se activó una alarma, la expresión en el rostro de la otra era confusa.
– ¡Oh, Zuramaru! –la abrazó porque eso le exigió su cuerpo y la razón–. Seguramente tu talento está destinado para otras mentes, no te desanimes. No será tu único intento, el futuro te depara éxitos.
La castaña pareció espabilarse ante aquellas palabras, se soltó de los brazos de la peliazul con lentitud. Estaba tan ensimismada que no vio cuando la oficina se abrió. Hanamaru retrocedió y chocó con algo. Pensó que sería la puerta de madera, pero se trataba de la representante de la Facultad de Literatura, Umi Sonoda. La mayor la tomó por los hombros y cuando Hanamaru ladeó el rostro para verla, le sonrió.
– Kunikida-san, la vuelvo a felicitar por haber ganado, le recuerdo que la esperamos la siguiente semana para planificar lo que resta de la obra –le sonrió con soltura.
Acto reflejo, la castaña asintió sin decir palabra alguna y se sonrojó. Se alejó de Umi, pasó de Yoshiko y siguió su camino por el pasillo en total silencio, sin siquiera esperar a su amiga.
De las puertas salió Maki Nishikino y Kotori Minami, la peligris hablaba amenamente con la otra y la pelirroja mostraba desinterés ante lo que le decían.
Yoshiko fue testigo de todo aquel extraño movimiento, regresó la vista a la gran puerta de madera. Umi se había acercado a ella y la miraba, no dulcemente como lo había hecho con su amiga, sino con severidad.
– Tsushima-san –una leve reverencia.
– Sonoda-se-senpai –una pronunciada reverencia que le sirvió para taparse la boca y ocultar el sonrojo, reacción a sus propias palabras.
– ¿Quién diría que seguirías siendo la misma rompecorazones de la preparatoria? –escuchó que alguien comentaba y después reía.
– ¡E-Eli!
– Vamos, Umi.
Al alzar el rostro, se dio cuenta que Umi se había alejado y que quien la acompañaba era Eli Ayase, esta última únicamente ladeó el rostro y la saludó con un movimiento de su mano.
– Yoshiko –una mano se posó en su hombro y el susto la hizo saltar ligeramente–, esa tal Zuramaru, ¿es la amiga por la que subimos?
– Ah… –por un momento había olvidado que Leah la había acompañado– Sí.
– Tu amiga es candente –agregó con total seguridad y la miró como si Yoshiko supiera a que se refería.
– Espera –le quitó la mano de su hombro– ¿te gustan las mujeres?
– Claro, ¿tienes algún problema con ello? Porque de ser así, me importa muy poco –se cruzó de brazos y alzó una ceja.
– No, no… –agitó su mano como si con eso alejara la simple posibilidad–, es sólo que… no importa.
– Entonces –se acercó a ella y la miró a los ojos– ¿tengo oportunidad?
– ¡Claro que no! –dio media vuelta y fue en busca de su castaña amiga.
– ¿Es hetero? –la otra la siguió.
La peliazul recapituló en su mente, con Hanamaru no hablaba de ese tipo de cosas, es más, ni siquiera ella había experimentado sentimiento alguno por otra persona.
– Yo… no lo sé…
– ¿Te gusta?
– ¡No! –negó con fuerza y sintió escalofrío.
– Con eso me basta –le dio unas palmaditas en la espalda a la otra.
Yoshiko le sonrió de manera extraña, un tanto incomoda, y Leah empezó a reírse ante sus reacciones. Siguieron caminando hasta que dieron con la silueta de la castaña, la pelimorada aceleró el paso y dio con ella antes que la peliazul.
Hanamaru soltó un pequeño grito y salió corriendo en su dirección. Se escondió tras Yoshiko y en un susurro, le informó lo que sucedía.
– Ella me está diciendo Zuramaru, dile que se detenga, zura –hizo un mohín.
– Si no te gusta tu nombre, ¿cómo prefieres te diga?
Yoshiko observó a la castaña, después a Leah y terminó mirando al cielo. Era un día soleado, escaso de nubes y sus clases habían acabado horas antes. Pudo haberse ido a casa y hacer de comer o salir a un centro de videojuegos. Sin embargo, se encontraba todavía en la escuela, intentando alejar a su compañera de su amiga.
En cuestión de minutos se había enterado de que la historia de Hanamaru había resultado ganadora y que a su compañera Leah le iban las chicas. Asimismo, se había comportado de forma extraña frente a la prima de Riko…
Sin duda, sus días empezaban a tornarse raros. No era que le disgustara, pero era demasiado que dirigir para una persona como ella.
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Tras la campanada se dispuso a guardar la libreta y la pluma que había ocupado en aquella materia. Había terminado sus actividades escolares por ese día, aún tenía un poco de tiempo libre antes de ir a su trabajo. Se colgó al hombro el maletín y salió del salón sonriendo únicamente a quienes en su clase la miraban y le correspondían el gesto. No despedidas, acercamientos, ni ningún otro movimiento innecesario. Salió del edificio de su escuela y se dirigió a otro, el cual ya le era conocido.
Iba caminando despacio, pues a conciencia buscaba una cabellera naranja, algo que le recordara a las mandarinas y su acidulado sabor. Miraba de izquierda a derecha, a veces se asomaba discretamente en los salones abiertos, pero no dio con lo que deseaba encontrar. Subiendo las escaleras, adentrándose a otro pasillo, a lo lejos creyó verla en compañía de una pelirroja, pero mientras más se acercaba, más estaba segura de que se equivocaba.
– Vamos, Maki-chan –escuchó una voz que no le fue familiar–, dame una pequeña pista, cuando menos.
– No, Kousaka, déjame en paz –esa voz sí la conocía, era de Maki Nishikino.
Ya más de cerca pudo describir la escena, la pelirroja estaba pegando algo en el pizarrón de corcho que servía de punto de encuentro para las novedades respecto a las actividades académicas y extracurriculares. Mientras la otra chica estaba muy cerca de ella, tomándola por el brazo, dificultando su labor.
Estirado el panfleto y colocado con tachuelas, pudo leer que se trataba de la obra de teatro, ya tenían la historia y estaban las fechas para las próximas audiciones.
– Yo sé que me amas, Maki-chan –volvió al ataque–, esto puede quedar entre nosotras.
La otra se sonrojó, en su interior sabía que era más por verla llegar que por lo que le acababan de decir. Y de nuevo, Riko la saludó con una límpida sonrisa dibujada en su rostro.
– Kousaka, contrólate porque nos están viendo –escuchó el susurro incómodo de la pelirroja.
– ¿Eh?
La pelinaranja volteó. No, no se trataba de la persona a la que estaba buscando. Sus grandes y vibrantes ojos azules eran la rotunda negativa. Sin embargo, no podía desmentir el sutil parecido. La llamada Kousaka mostró sus dientes en una curva de sus labios, eran blancos como no había visto antes algunos. Se llevó la mano a la barbilla y su expresión se tornó curiosa.
– Tu cara me es nueva –agregó, mientras giraba por completo su cuerpo y entrecerraba los ojos para empezar el escrutinio–. Sí, nunca te había visto por aquí, ¿eres de primero?
Vio con disimulada sorpresa como Maki se alejaba despacio y en silencio.
– No –contestó con delicada voz–, soy de tercero.
– Entonces no eres de la Escuela de Canto –su mano se convirtió en un puño y dio de lleno con la palma de la otra–. Seguramente eres de Piano, igual que Maki-chan…
Al girar su rostro para ver a la nombrada, se encontró con su ausencia. Confundida levantó una mano y se rascó la mejilla. Si hubiera optado por hacer lo propio en la nuca, hubiera sido el mismo gesto de Chika.
La otra regresó la vista a Riko, una sonrisa culpable nació. La detalló: su cabello era más claro y portaba un moño amarillo, sus ojos eran ligeramente más grande, parecía más alegre.
– Maki-chan me ama, aunque se hace la dura –rió suavemente.
Su estatura era relativamente la misma, empero, a quien tenía enfrente presumía rasgos más aniñados…
– Entonces, ¿eres de la Escuela de Piano?
Chika tiene más busto…
– Oye…
Una mano se movió frente a sus ojos y se descubrió mirado sin reparo el pecho de la pelinaranja. Fue el momento de su propia mano para viajar por su rostro y acomodarse el flequillo detrás de la oreja.
– ¡Por supuesto que eres de Piano! –empezó a reírse–, todos son como Maki-chan.
– ¿A qué te refieres?
– Irradian elegancia y conocimiento, son delicados y tranquilos –hizo una pausa en la que recapacitó lo que dijo–, excepto Maki-chan, ella es agresiva e insensible.
– Parecen llevarse bien –no pudo reprimir la risa.
– Algo así, nos conocemos desde la preparatoria –agregó–. Por cierto, Honoka Kousaka, soy de Canto y voy en séptimo –extendió la mano.
–Riko Sakurauchi, soy de Piano y voy en tercero –apretó la mano ajena y le sonrió con soltura–. Un placer, Kousaka-san.
– Sólo Honoka, por favor, Riko-chan.
Riko-chan. Asintió.
– ¿Vienes a ver lo de la obra? –continuó–. Por fin ha salido la historia, pero los de música son los últimos en entregar su propuesta.
– ¿También vas a participar? –preguntó mientras se acercaba al póster.
Honoka estaba en lo cierto, ellos eran los últimos en pasar.
– Claro –asintió, mirando detenidamente el anuncio–. Sé que no ganaré, Maki-chan es muy especial en ese sentido– y de nuevo, la mayor expresaba una verdad–. Pero quiero intentarlo.
Permanecieron en silencio mientras leían la información. Riko se encontró con un trabajo de redacción comprensible, coherente, limpio, seguramente obra de su prima. La impresión y los colores eran vistosos y las fechas estaban rigurosamente puestas. El registro para las audiciones de teatro, las mismas audiciones y la elección de los ganadores. Ese sería en siguiente paso, pensó que ahí estaría Yoshiko. Después seguían las propuestas para el diseño, vestuario y maquillaje. Una adaptación completa. Por último, la sonorización que decía: presentación en vivo con el ensayo. Todo en presencia de las representantes y del guionista.
– Maki-chan me ha dicho que más detalles se revelaran sobre la marcha –miró a un lado y al otro del pasillo, los alumnos empezaban a mostrarse curiosos de lo que ellas veían. La tomó por el hombro y le susurró cerca del oído–. Entre nos, ella me ha dicho que hubo una selección para el staff, la administración y comunicación del evento, pero que eso prácticamente ya está. Y hay alguien entre ellos que aportó mucho dinero, no para formar parte del equipo, sino para que no hubiera problemas de presupuesto.
Sus amielados ojos la miraron con sorpresa, la otra chica le sonreía, como orgullosa de saber todo aquello. Y de repente abrió los ojos, como si se acordara de algo.
– Tengo que irme –se llevó ambas manos a la cabeza–. Mucho éxito, Riko-chan –y se fue.
La vio andar por el pasillo hasta llegar a las escaleras y desaparecer. Mientras, unas cuantas personas se aglomeraron a su alrededor y la movieron de su privilegiado lugar frente al anuncio de las demás audiciones para la obra de teatro. Trastabilló en su camino lento hacia atrás y hubiera caído de espalda si unas manos no la hubieran agarrado con destreza por los hombros.
Recuperó el suelo con los pies y ladeó el rostro para ver a su salvador.
– Te encontré.
El olor de los cítricos inundó su nariz.
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– Que me perdonen todos los dioses venerados del templo familiar, zura, pero… ¡con un demonio!
Riko dirigió su vista hacia el pasillo por el que venía su compañera del trabajo. El simple hecho de que hablara en voz alta en la biblioteca ya era de extrañar, pero que maldijera, era otro asunto. Alzó una ceja, mientras giraba su cuerpo y volvía a acomodarse su maletín al hombro. Esperó hasta que la castaña estuviera lo suficientemente cerca de ella para que la escuchara.
– ¿Qué te sucedió para que hablaras así en tu templo, la biblioteca?
– Oye, ya terminó la jornada laboral –espetó acusatoriamente mientras volvía a ponerse el cárdigan amarillo para salir–. Aparte, tuve un día espantoso y todo es culpa de Yoshiko.
– ¿Por qué?
– Pues veras –otro suspiro en el que sintió la necesidad de tomarla por el hombro para recuperar fuerzas–, todo empezó cuando Yoshiko y yo hicimos una apuesta. Ella… –una pausa que utilizó para pensar–, ella iba a hacer algo que le cuesta mucho y si lo lograba, yo iba a participar en lo de la obra.
Apagaron las luces del establecimiento y Riko se dispuso a cerrar la puerta de la biblioteca. Pensó en lo que la castaña le había dicho, ¿qué clase de acción le costaría a Yoshiko llevar a cabo? Guardó silencio y esperó a que la otra continuara.
– Quedaban pocos días para que Yoshiko perdiera –su voz tomaba fuerza y se aceleraba–, ¡pero no! Tuviste que llegar tú y contarme que hablaste con ella y enton-.
– Espera –la interrumpió y vio como la castaña abría los ojos– ¿La apuesta tenía que ver conmigo?
– No –desvió la mirada mientras alargaba la o y aceleraba el paso, dejando atrás a la pelirroja–. ¡Está bien, sí! –cerró los ojos con fuerza en señal de derrota, giró su cuerpo y los abrió para encararla– Pero es que son tan torpes socialmente las dos, que no pensé lo lograría.
– ¿Qué tenía que hacer Yoshiko?
– Acercarse a ti, entablar conversación, o algo.
– ¿Entonces lo que me dijo era falso? –preguntó con un toque de desilusión que incluso a ella misma le sorprendió.
– No lo creo –agitó una de sus manos cerca de su rostro–. Yoshiko es muy mala mintiendo.
Riko entrecerró los ojos, miró a la castaña a conciencia, buscando una señal o algún indicio de malicia en sus acciones, pero únicamente se encontró con una extraña pureza que sólo ella podía irradiar. Respiró pesadamente y asintió en silencio. Continuó la marcha, su camino era corto a diferencia de Hanamaru.
– Y perdiste.
– ¿Qué? –la castaña pestañeó confundida.
– Lo de la obra –agregó, una vez que estuvo a su lado.
– Ah… –de nuevo desviaba la vista–, en realidad no.
– ¡Ganaste! –abrió los ojos con sorpresa– ¿Qué clase de trabajo hiciste para complacer a mi prima?
– No lo sé–se encogió de hombros–. Ya no tenía tiempo y adapté una historia que ya tenía hecha. El punto es que llamaron a varias personas a ir a la dirección de Teatro y ahí hubo una masacre.
– ¿Por?
– Porque estaban las cuatro jueces y la primera que habló fue la rubia, en pocas palabras dijo que reunió a todos los que habían participado en el guión para la obra. Luego fue el turno de Umi-san –se estiró y cambió la expresión de su rostro, Riko supuso que imitaba la postura de su prima–: De todos ustedes, sólo 3 trabajos fueron los que sobresalieron. No hubo restricciones en los temas, pero algunos entregaron obras ya hechas y sólo le cambiaron una que otra cosa. ¿Parafrasear? sólo los más hábiles.
– ¿Eso dijo?
– Algo así –rió con nerviosismo mientras continuaba caminando–. Luego fue despidiendo uno a uno, diciendo las carencias que tenían sus trabajos e incluso regaño a unos por faltas de ortografía –miró a la nada, como recordando una terrible escena–. Hasta que quedamos 3. Primero nos alabó, por nuestra valentía al haber hecho historias originales y después… ¡así es! Destruyo los trabajos. Que el tuyo no tiene una base argumental, que el de la otra no tiene personajes definidos.
– ¡Qué creída!
– No la puedes culpar –en eso Hanamaru tenía razón– Cuando quedé yo, me felicitó y me dijo que mi obra sólo necesitaba unos ajustes para ser viable. Obviamente, los cambios iban a ser con mi supervisión y aceptación. Le dije que no podía porque trabajaba y me dijo: arréglalo como puedas. ¡Nunca creí que tu prima fuera así de severa!
– No la conoces –negó con la cabeza y se rió sutilmente–. Entonces fue por lo que hablaste con el jefe.
– Sí. Tenía la esperanza de que fuera mi salvación, pero parece encantado con el hecho de que tenga una empleada con dotes literarios –suspiró pesadamente.
– Tiene una biblioteca, ¿qué esperaras?
– Me dijo que no tenía problema si me ausentaba algunas veces o si no cumplía con mi horario, que después nos arreglaríamos para la reposición de horas.
– Es muy accesible. Tiene puros estudiantes trabajando para él –volvió a reírse.
– ¡Es un fastidio, Riko-chan!
Ambas habían llegado a la parada del autobús, ahí Hanamaru tomaría uno que la llevaría a unas calles de su casa. Y tras ella partir, Riko seguiría caminando para llegar al departamento.
La castaña se sentó en los asientos, uno alejado de la única persona que estaba ahí aparte de ellas. Hizo un movimiento con su mano, invitando a la pelirroja a sentarse a su lado.
– Luego viene lo peor –continuó su relato–. Al parecer Yoshiko tiene una nueva amiga.
Riko alzó una ceja. ¿Acaso Hanamaru estaba celosa?
– Y creo que le gustan las mujeres.
Aquellas palabras fueron un mero susurró que caló hondo en la mente de la mayor, una luz amarilla parpadeaba en su interior. Permaneció inalterable y pronunció con dulzura fingida lo siguiente:
– ¿Y eso te genera conflicto?
– No –miró a la nada–, pero es problemático cuando una chica te pretende.
¿Acaso ella pensaría lo mismo?
– Supongo.
– Sí –un extraño silencio, Hanamaru asomó su cabeza hacia la carretera y vio a lo lejos su autobús–. Entonces, ¿qué fue lo que te platicó Yoshiko?
– Que fue victima de bullying –sus ojos se abrieron de la sorpresa cuando vio la extraña expresión de la castaña–. No me malinterpretes, no la forcé, hicimos un intercambio de información.
– Es sólo que ella no habla de eso –se levantó y su compañera la imitó.
El autobús se detuvo frente a ellas, Hanamaru abrazó a Riko y antes de subir agregó:
– Ni siquiera lo hablamos entre nosotras. Tendré una larga charla con ella.
La pelirroja la vio subirse al transporte, la otra persona que estaba esperando el autobús también había subido. Había poca gente, pero la suficiente para que Riko se fuera tranquila. Desde la ventana Hanamaru le hizo señas para decirle que le avisaría cuando llegara. A ella le correspondía hacer lo mismo. Sin embargo, esta vez parecía haberle dicho algo más, algo que no terminó de comprender, pero supuso tenía que ver con su amiga peliazul.
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