Arual: Bueno... no voy a hacer ningún comentario al respecto por la tardanza... (¿8 meses?) Pero entiendan, queríamos encaminar la historia. Además, nuestros trabajos, (vicio...) y que vivimos en diferentes partes del mundo, nos mantienen a Ushio y a mí algo atadas.

Ushio: También me disculpo por la tardanza y agradezco su paciencia. Serán recompensados en el siguiente capítulo por fin con las respuestas en respecto a Kazuha... Y esperamos que sean suficientes para que bajen las antorchas.

Disclaimer: Nada es nuestro, salvo algunos personajes y la historia, el resto es de San Gosho Aoyama.


Capítulo 15

Era primera hora de la mañana cuando las puertas automáticas se abrieron en el aeropuerto de Tokyo, dejando paso al exterior a una mujer cubierta con una pamela de gran ala, gafas de sol grandes y gabardina oscura. Pareciera que no quería que la reconociesen ojos curiosos.

Arrastraba consigo una pequeña maleta con ruedas hacia la parada de taxis, lo necesario para poder subsistir. Los taxistas, normalmente activos para captar clientes, se encontraban resguardados del frío de la mañana dentro de sus vehículos, escuchando la radio o leyendo. Quedaban un par de minutos para que los clientes comenzasen a llegar.

Entró en el habitáculo del primer coche, haciendo que el conductor se despejara, algo sorprendido por la rapidez de la mujer en llegar hacia ellos, y encendiese el motor. - ¿A dónde? – Preguntó con la misma monotonía de tantos años de profesión.

La mujer, en sus cuarentas, se quitó la pamela y las gafas, dejando ver su cabello moreno corto y ojos azules. – A casa. – Dijo poniendo los objetos junto a ella en el asiento, sobre su inseparable maleta.

El conductor miró por el retrovisor para mirarla y suspiró, ya estaba acostumbrado a peticiones extrañas. – Necesitaré alguna guía.

- No se preocupe. – Dijo mirando por la ventanilla sin rastro de emoción. – Yo le indico. – Terminó diciendo mientras se adentraban en la autopista en dirección a la ciudad.

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En un pulcro cuarto blanco, el detective del este comenzaba a despertar. En un principio, no sabía dónde se encontraba, pero pudo apreciar el olor a desinfectante típico. Estaba en un hospital, pero… ¿cómo había llegado allí? No recordaba nada y se sentía cansado y mareado. Gruñó, molesto al no recordar lo que le había pasado.

Intentó incorporarse, pero la cabeza le comenzó a dar vueltas como si estuviese en un aparato antigravedad de los astronautas. Tuvo que acostarse de nuevo. - ¡Déjenme! ¡Necesito hablar con él! – Escuchó gritos fuera de la habitación. Esa voz le sonaba.

- No puede, él aún está…

La persona que intentaba parar al hombre alterado no pudo terminar, al segundo la puerta se abrió de golpe y un enfurecido Mouri en bata de hospital entró como un vendaval. Sus ojos se posaron en el chico despierto de la cama. - ¡Kudo! ¿Dónde está? – Dijo con lágrimas en los ojos amenazando con salir. - ¿Dónde está mi Ran? – Volvió a preguntar. - ¿Dónde está mi pequeña? – Siguió con un desgarro en la garganta.

Como si un rayo le hubiera golpeado, todos los sucesos que había vivido en los últimos días le vinieron a la memoria. Y lo que le hizo perder el aire y el color que intentaba volver después de despertar, Ran en manos de unos chiflados que querían matarla para conseguir la vida eterna.

Agarró las sábanas con fuerza ante lo inútil que se sentía. Se dejaron engañar por alguien quien creía su amiga.

Kogoro le agarró de la camisa, haciendo que su estómago vacío amenazase con vomitar por el mareo. Pero no le importó. Vio las ganas de desahogo del detective, y no le iba a detener. Se lo merecía con creces.

- ¡Mouri! ¡Déjelo! – El inspector entró a la habitación para separar al hombre devastado del chico.

- ¡Todo esto es culpa suya! – Intentó quitarse de encima a Megure, pero el detective Chiba y Takagi también le agarraron para separarlo. - ¿Por qué no la protegiste? – Escupió.

- ¡Kogoro cálmate! – La abogada Kisaki entró en la habitación e intentó hacer recapacitar a su marido. – No es culpa de nadie, y menos de Shinichi. Los culpables son esos tipos que tienen a nuestra hija. ¡Así que deja de buscar culpables en los que te rodean y comienza a pensar en cómo recuperar a Ran!

- Kisaki-san… O-chan tiene razón. – Todos se giraron a ver al chico, que consiguió incorporarse y quedarse sentado al borde de la cama. – Yo soy el culpable de todo esto. Si desde el principio hubiera dicho lo que pasaba, nada de esto estaría pasando. Yo… - Se le quebró la voz. – Le he fallado a Ran.

- Shinichi… - Eri se compadeció del muchacho roto que estaba ante ella y se sentó junto a él, poniendo una mano en la espalda del chico para reconfortarlo. – No digas eso. No le has fallado a nadie. Aún no te has rendido, ¿no? – El chico negó. – Entonces aún hay esperanzas.

- Además, acabas de llegar al país. – Intentó también reconfortarlo Takagi. – Tú no sabías…

- En realidad… - Le cortó el detective. – Eso no es cierto. – Respiró hondo para tranquilizarse y observó a los que estaban en la habitación. Podía confiar en esas personas, pero había uno en específico que le matará en cuanto tenga ocasión. Además, se lo debían. – En realidad he estado aquí todo este tiempo.

Todos se quedaron mudos. - ¿Qué quieres decir, Kudo-kun? – Intentó sonsacarle Megure.

- O-chan… He estado junto a usted y Ran todo este tiempo.

El confuso detective durmiente se quedó a cuadros. - ¿Pero cómo…? – Entonces una pieza de su cabeza encajó a la perfección. – No puede ser… ¿Tú eras…?

- Conan Edogawa.

Ahora todo cobraba sentido en la mente de los oyentes. Ese niño que no era normal para su edad, en realidad era un chico de diecisiete años. El agarre de Takagi y Chiba hacia Kogoro desapareció ante tal descubrimiento, pero Kogoro no se movió. Únicamente miraba al chico que estaba ante él con otros ojos.

- Ran… - Eri sólo pudo pronunciar. - ¿Ran lo sabía?

Asintió. – Un par de días antes de volver a recuperar mi cuerpo.

- Bien… Ya hablaremos con más calma sobre esto más tarde. – Dijo con una aparente calma la abogada, pero mirando con cuidado a su marido. Éste miraba al detective adolescente como si le hubiera crecido otra cabeza. – Ahora lo más importante es encontrar a Ran y a la otra chica.

El FBI os trajo inconscientes desde la casa del profesor hace unas horas. – Dijo Megure intentando calmarse ante la bomba que le había soltado el chico. Ahora entendía muchas cosas.

- ¿Quiénes más? – Preguntó recordando las palabras de Toyama. - ¿Quién más trajo conmigo el FBI?

- A Ryan, Hattori, el profesor, Hakuba, Kuroba y a una chica algo ligera de ropa. – Habló por fin Kogoro. Su esposa tenía razón, debían dejar a un lado sus diferencias para volver a tener a su niña con él.

- Se han llevado a Akai y Miyano. – Dijo para sí mismo. – Ellos fueron los que les traicionaron. ¿Cómo está el resto? – Preguntó mirando a la abogada.

- El más grave es Kuroba, tiene un disparo en la rodilla. Seguramente fue el que más se resistió. – Respondió Chiba.

- ¿Pero por qué no os mataron? – Se preguntó Takagi. – Tuvieron oportunidad.

Él sabía el porqué. Hattori estaba allí. No abrieron fuego porque por muy fría que se hiciese pasar Toyama, aún sentía algo por el detective moreno.

- Por suerte, sólo tenemos que lamentar unas cuantas magulladuras y un disparo en una pierna. – Entró James Black por la puerta con Jodie pisándole los talones. – Como comprobarás, hemos tenido que contar con la fuerza policial.

- Only your friends, of course. – Aseguró la agente.

- Por supuesto. No podemos confiar en nadie más. Como entenderá, inspector, esa gente tiene ratas hasta en las más altas esferas.

El inspector frunció el ceño. – No me gusta esto, pero lo aceptaré por las chicas. Este caso será alto secreto y sólo lo conocerán mis agentes más confiables.

- Se lo agradezco.

- Pero como comprenderá, necesitamos más fuerzas policiales para un caso de esta envergadura. Nosotros somos cinco, y ustedes dos.

- ¡Tres! – Ryan entró por la puerta junto con Sato. – No se olviden de mí.

- ¿Ryan? – Se sorprendió la abogada.

- Lo siento tía, era Top Secret. No lo sabe ni mamá. – Se disculpó.

- How are you? – Preguntó la rubia preocupada por el chico.

- I´m good. But I wish go to where this people are and shoot them with no mercy. – Respondió con furia.

- Por lo que veo tenemos muchas conversaciones pendientes. – Comentó Kogoro. – El inspector tiene razón. Necesitamos a más personas para encontrarlas.

- Pero decir lo que está pasando no es una opción. – Alegó el detective americano.

- Pero sí podemos decir la verdad a medias. – Comentó Shinichi haciendo que todos le mirasen. – Puede anunciar el secuestro de Ran y Nakamori y dar la orden de buscarlas, pero sólo nosotros sabremos quiénes se las llevaron. Así no levantarán sospechas de que lo saben. Además, no toda la policía tiene que ser corrupta. Quien vea algún comportamiento extraño informará.

- Y yo al ser el hijo del inspector jefe puedo entrar sin problemas y observar a los agentes. Y si alguno tiene algún comportamiento extraño. – Saguru entró a la habitación junto con Shiratori y Akako, aunque por la cara de la chica no le apetecía nada estar en ese lugar.

- ¿Me explicas por qué tengo que estar aquí?

- Porque eres la que más sabe de leyendas y brujería. – Dijo entrando por detrás Hattori. – Y necesitamos que nos digas todo lo que sabes.

- ¿Y por qué tendría que ayudaros?

- Porque así ayudas a Kuroba. – Saguru le dio donde más dolía, no pudo negarse.

- ¿Qué tal está? – Preguntó Shinichi por el joven faltante. - ¿Y el profesor?

- Agasa aún se está recuperando. Por su edad el gas le atacó más fuerte que al resto. Los médicos dicen que le tendrán en observación al menos una semana. – Respondió el moreno.

- Kuroba está siendo retenido en la cama por el inspector Nakamori. Si no se está quieto antes de que le terminen de estabilizar la pierna puede necesitar cirugía. – Terminó Hakuba de explicar. – Algo que le cuesta entender.

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- Como no te estés quieto, te esposo en la cama. – Le amenazó Ginzo.

- Por favor inspector, tengo que ir. – Suplicó el mago.

- ¿Y qué va a hacer un adolescente en tu condición?

- ¡Lo que sea! No puedo estar de brazos cruzados mientras los demás hacen todo lo que pueden para recuperarlas.

- ¿Te crees que no lo sé? ¡Soy su padre! – Gritó, haciendo que Kaito se detuviese. – También quiero ir a por esos desgraciados que tienen a mi niña y darles una lección. Pero tal como estamos, sólo estorbaremos.

Kaito endureció las facciones. Él tenía razón pero debía hacer algo. – No puedo perderla. – Dijo al rato de estar en silencio.

El inspector suspiró y se sentó en una silla que estaba al lado de la cama. – Ni yo. Pero tampoco puedo perderte a ti, hijo. – Ante esas palabras, el chico cerró los ojos. – Ahora deja a los profesionales hacer su trabajo. – Comentó mientras el médico acompañado de una enfermera entraban al cuarto.

- Señor Nakamori, debería de estar en reposo. – Le reprendió el doctor.

- Con el yerno que me ha tocado lo veo complicado. – Suspiró el policía.

- Y no es para menos, es el único con una herida de bala. Tuviste mucha suerte que no fuese en una zona vital.

- ¿Entonces puedo salir de aquí?

- No tan deprisa. – Le enfermera le dio unas radiografías y las mostró a los pacientes. – La bala no te ha destrozado la rótula de milagro, pero tienes rasgados varios ligamentos. Si haces esfuerzo, se romperán y habrá que operar. Y es muy arriesgado.

- ¿Cómo de arriesgado? – Preguntó preocupado el inspector.

- En el mejor de los casos, podría quedarse cojo para toda la vida y tener dolores crónicos.

- ¿Y en el peor? – Preguntó el chico, atento a sus palabras.

- Perderías toda la sensibilidad y movilidad, sería un miembro inútil y en ese caso habría que amputar.

- Kaito…

- ¿Qué probabilidades hay de que pierda la pierna si empeora la situación? – Preguntó impasible.

Un… 70%.

- Bueno… Tengo un 30% de probabilidad de no perderla. Haga lo que tenga que hacer para que pueda firmar el alta voluntaria.

- ¡Kaito! – Se quejó Nakamori. – Aunque no la pierdas, sufrirás toda la vida de dolor.

- Lo siento inspector. – Le miró sin alterarse. – Pero si para recuperar a Aoko tengo que perder la pierna, o sufrir de dolor de por vida, que así sea. Será nada en comparación de perderla.

- Le recomiendo encarecidamente que no salga de aquí hasta dentro de un par de días. – Dijo mirando la ficha.

- Y es menor de edad. No puede firmar el alta. Sólo uno de sus padres puede.

- Mi madre está fuera del país. Vivo sólo desde hace tiempo.

- Entonces tendrás que quedarte aquí hasta que localicemos a tu madre.

El chico bufó molesto. – Un agente de policía puede firmar mi alta si se hace responsable, ¿no? – Dijo mirando a su suegro con intensidad.

- Eso… Es correcto.

Nakamori le aguantó la mirada, pero fracasó. – Si no firmo te escaparás, ¿no es verdad?

Kaito sonrió. – Me conoce bastante bien.

- Más te vale defenderme de la furia de Aoko si pierdes la pierna. – Miró al desconcertado médico. - ¿Dónde tengo que firmar?

- Lo traeré enseguida. – Susurró. – Enfermera, encárguese de que las vendas estén bien sujetas. – Dijo saliendo hacia administración.

La mujer se acercó al chico para revisar lo que habían hecho. – No he podido evitar fijarme. Quieres mucho a esa chica, ¿no?

El chico asintió. En un principio se hubiera ruborizado por esas cosas, pero debía de concentrarse en recuperarla. – Esa voz… - El chico miró al detective, que miraba a la enfermera como si estuviese viendo a un fantasma. – No puede ser… ¿Minako?

La mujer miró al que fue su marido a los ojos por primera vez. Había intentado que no se fijasen en ella dándoles la espalda mientras el médico estaba delante. – Hola, Ginzo.

- No puede ser, ¡estás muerta!

- Y es una suerte que tú no lo estés después de encontrarte con Gin. Los dos tenéis mucha suerte. – Miró al chico.

- ¿Usted es… La madre de Aoko? – Preguntó entre sorprendido y extrañado. Nunca la había conocido. Supuestamente había muerto antes de que conociese a los Nakamori. - ¿Y cómo que conoce a Gin?

- Y tú el chico que ha elegido mi hija. No es nada tonta, ha sabido elegir.

- ¡Responde Minako! ¿Dónde has estado todos estos años? ¿Y cómo que conoces al hombre que me disparó?

- No hay tiempo para que realices un interrogatorio. Ya habrá tiempo para ponernos al día. Ahora, tengo una propuesta para ti, Kaito. – El aludido la miró con intensidad. – Con estos vendajes no podrás hacer mucho. Existe una rodillera experimental. Te apretará y ajustará la pierna, pero es muy doloroso.

- ¿Podré moverme con normalidad?

- Como si la pierna estuviese sana. Pero la arriesgarás más. La probabilidad de perderla aumentará.

Ginzo estaba justo al lado del mago. Aún no se explicaba que su difunta esposa estuviese ante ellos, pero la decisión que debían tomar era importante.

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En un lugar oscuro, donde sólo alumbraba una bombilla en el centro de la habitación, las chicas despertaban de la droga. - ¿Aoko?

- Ran… - Se escuchó el eco de sus voces. - ¿Dónde estamos? – Se llevó una mano a la cabeza. - ¿Qué ha pasado?

Le costó recordar lo que les había pasado. – Creo que… Hemos sido secuestradas.

Aoko se arrastró junto a su amiga y se quedaron sentadas contra la pared. – Vendrán a buscarnos, ¿verdad?

- No debemos perder la esperanza.

CONTINUARÁ