CURITAS para un corazón roto.

CAPÍTULO 17.

En lugar de seguir hablando, alzó una mano y rozó el rostro de Candy con un dedo, siguiendo sus contornos con suma suavidad, de manera que casi parecía una pluma acariciando su piel. Al sentir aquel roce, ella cerró los ojos y, a pesar de la incertidumbre que sentía, a pesar de que sabía que después solo había dolor, aún así permitió que aquel cosquilleo viajara por todo su cuerpo. Con aquel gesto, le pareció que todo a su alrededor empezaba a difuminarse; de repente todo estaba bien. La cena que habían compartido, el paseo en la ciudad, la forma en la que él la miraba… No podía imaginar nada mejor que lo que estaba viviendo en esos precisos instantes. La luz de la luna proyectaba un paisaje casi irreal. Ambos se abandonaron a todo lo que habían estado construyendo desde el momento en que se encontraron. Candy se acurrucó sobre él y sintió la calidez de su cuerpo; Terry abrió sus brazos para rodearlo lentamente. La atrajo hacia sí y la besó en los labios con suavidad. Se apartó un poco para mirarla y volvió a besarla. Ella le devolvió el beso, mientras sentía cómo la mano de Terry le recorría la espalda hasta llegar a sus cabellos, en los que hundió sus dedos.

— Quiero que esta noche sea inolvidable.

—Estás tratando de emborracharme —dijo Candy cuando Terry le pasó una copa de champaña. Él vistió su rostro con una sonrisa perezosa, sus ojos brillaban con su típico encanto.

—No te quiero borracha, te quiero feliz. Candy echó la cabeza hacia atrás, se rio, y todo lo que pudo hacer Terry no dejó de mirarla fijamente.

—Soy feliz—le contestó ella.

Terry vio a Candy tan nerviosa y reticente a confiar en él, que decidió no presionarla y le sugirió que se cambiara con algo más informal, para llevarla a un lugar que poca gente conocía. No estaba seguro de si ella se abriría a él, pero aprovecharía para distraerla y a lo mejor un poco de licor y baile bajarían sus defensas. No era que le hubiera funcionado en el pasado, pero no perdía la esperanza. Le dijo que se encontrarían en el pasillo en veinte minutos y cada uno fue a su respectivo piso. Terry se dio una ducha veloz y solo necesito un par de minutos para cambiarse, Salio al pasillo antes que ella Hizo una llamada para confirmar la reservación del lugar a donde irían. Había escogido una indumentaria de color oscuro. Estaba de espaldas cuando sintió una presencia detrás de él.

—Vaya, vaya, sí que abundan los chicos guapos, ¿esperas a alguien ? Terry sonrió y al darse la vuelta, su corazón danzó de emoción: su chica vestía una minifalda negra, botas a la rodilla y una camiseta de encaje negro pegada al pecho, que dejaba traslucir un sujetador del mismo color. Llevaba una chaqueta de cuero igual que la de él. Se veía hermosa y sexi; si con el vestido brillaba, con esa indumentaria de chica mala prendía fuego como pólvora al caminar.

—A ti, hermosa. —Le hizo una reverencia —Conque así es como te vistes de niña mala.

—¿Y qué tiene de malo? —inquirió ella alegremente, encogiéndose de hombros.

—Es lo que estoy tratando de averiguar. —Entrecerró los ojos—. Sé que hay algo. —Déjate llevar por la corriente— sonrió con presunción, como si escondiera un gran secreto.

— Salgamos a destruir la ciudad —dijo ella dejándose llevar

—Eso es, sabía que entenderías.

Minutos despues.

— Ya estamos llegando. Dijo Terry mirándola.

—¿A dónde? —preguntó ella y él levantando una ceja.

—A la corriente, chica guapa. —Terry estacionó el auto y tomó de la mano a Candy—. Vamos, te encantará el lugar.

La fila de gente se extendía por varias cuadras. Pero ellos se dirigieron frente de una puerta pequeña, que era la entrada a la zona vip de un exclusivo club de música electrónica, famoso entre los adeptos a ese género, que venían de todas partes del mundo, muchas veces para ser rechazados por su indumentaria o por alguna otra conducta que los de seguridad evaluaban desde el momento de colocarse en la fila.

—Deberíamos hacer fila como todos los demás. Es lo más sectario y clasista que he experimentado en mi vida. —Se quejó ella en cuanto entraron al lugar.

—No creo que cause daño permanente, podrías acostumbrarte —retrucó él.

—No lo creo. Todos tenemos los mismos derechos.

—¿Por qué tengo la impresión de que no es así? —inquirió él—. Está bien pasarla bien, la vida no siempre es tan divertida. Ella obvió el comentario. Llegaron a la recepción donde un hombre de cabello azul con un corte punk, Por Dios, el rostro lo llevaba cunierto de tatuajes pidió el dinero de la entrada. Terry puso sobre la mesa un billete de cien dólares y el tipo les puso brazaletes fosforescentes. —El dueño es muy amigo mio, no sufras y disfruta, una o dos horas de fila pueden enfriar las ganas de fiesta de cualquiera.

—Terry. Yo...

—No, hermosa, no puedes juzgar a nadie por las apariencias, ¿o sí?—Ella se quedó mirándolo pensativa, él le acarició la mano—. Simplemente me valgo de mis privilegios. Después de dejar las chaquetas se hundieron en la marea de gente que entraba y salía de la pista de baile. Mientras ella se preguntaba cuales privilegios .

El ar era una larga hilera, pidieron dos tragos. —¡Vamos a bailar! —exclamó y le dio un profundo beso en la boca.

Bailaron hasta el cansancio, un ritmo se encadenaba a otro ritmo y así transcurrieron un par de horas. Él cerró los ojos unos instantes, y luces multicolores bailaron tras sus pupilas; al abrirlos, observó a Candy que tenía los brazos arriba y una hermosa sonrisa bajo sus ojos, la cadencia de sus caderas solo para él. La abrazó y le besó la piel sudada del cuello, deseoso de ella. La tomó de la mano y la llevó escaleras arriba. Atravesaron una pista de baile más pequeña, donde unos malabaristas representaban un espectáculo sobre cuerdas gruesas. Candy observó todo sin perder detalle. Cruzaron una barra donde vendían comida. Él aceleró el paso y ella se dejó llevar. En un tercer piso había una serie de cuartos oscuros, entraron a la habitación, era un lugar limpio y desocupado. Escuchaban el sonido de respiraciones aceleradas y gemidos. Terry la sentó a horcajadas sobre él.

—En la pista no estabas lo suficientemente cerca para tocarte —dijo. Se besaron hasta quedar sin aliento, se tocaron por encima de la ropa, mientras disfrutaban de la sensación del roce de sus cuerpos. Terry se desabotonó el pantalón con celeridad, pero antes le susurró al oído:

—Quiero hacerte el amor.

Asi lugar estuviera tan oscuro que no distinguía ni siquiera sus rostros, lo dejaría enseguida, pero en su fuero interior rogaba porque ella siguiera adelante, estaba muy excitado. Su sexo lo llamaba con desesperación, era una necesidad que estaba por encima de todo lo que había experimentado en su vida.

Una tenue melancolía la invadió. Estaba cansada de acumular sueños rotos, y perdidas dolorosas, cerraría los ojos, podría hacerlo, ser valiente y saltar al abismo, estaba cansada de estar en el maldito borde, merecía más y esa noche lo tomaría. Mañana ya vería, no podría achacarle la culpa al alcohol y tampoco quería, solo deseaba no pensar más allá de sus promesas, de su amor y del brillo de sus ojos. Candy estaba más allá de las palabras, del deseo, de sus más locas fantasías, Terry pintaba sus días de colores vibrantes. No quería separarse de él nunca. Terry siempre había sido muy sexual, pero ahora, cuando pensaba en sexo, era solo en términos de Candy. Nadie más lo excitaba, en absoluto. Ella sintió su aliento contra su oreja, lo que provocó un escalofrío en todo su cuerpo. Él no sabía que sus oídos eran zonas muy erógenas. Pero pronto lo descubrió, cuando sintio como tras el rose de sus labios el cuerpo de Candy respondia ante sus caricias. Candy perdió todo sentido de senzates y le respondió con un beso voraz. Terry lo único que le preguntó fue:

—¿Estás segura? —preguntó con dificultad.

—Sí.

Las manos de Terry se movieron de la espalda a las caderas y suspiró cuando alcanzó de nuevo su sexo húmedo. Ella ya estaba lista para recibirlo. La penetró y casi se muere de la impresión. Candy soltó un gritó, por el dolor y el placer que experimento, mientras una lágrima deslizaba por su mejilla. Había deseado entregarse a un hombre en su noche de bodas, pero lo que Terry despertaba en ella era irracional, pasional, era una energía potente. Se sentía libre, como si por fin pudiera ser ella, y no la mujer que guarda las apariencias por lo que dirán. Pronto el placer fue sustituyendo el dolor y un deseo carnal de sentir más la hizo claudicar, se volvió más exigente, quería más, todo lo que Terry pudiera darle, y no dudo en exigirlo.

Terry nunca se había permitido hacerlo sin condón, primera regla. Pero lo que Candy le estaba brindando era un regalo del cielo. Comprendió que ella era virgen, quería preguntar, ¿por que?. ¿ Porque yo?.

Pero el cuerpo no queria palabras, y cuando ella exigio su atención no pudo pensar más que en darselo. La fricción no tenía punto de comparación, dejo que se acostumbrará a su intrusión. Cuando sintió que ella comenzaba a moverse pidiendo más, él empezó moviéndose poco a poco, pero cuando ella insistenre respondio con su sexo exigente, Terry empezo a empujar con rudeza. Estaba a punto, no quería acabar aún, pero ella lo apremiaba, lo avivaba, lo quemaba, y cuando sintió sus contracciones y escuchó los gemidos en su oído, llegó a un turbulento orgasmo. Le parecía increíble estar disfrutando de un momento así y se dijo que quería regocijarse todos los días de su vida en ese tipo de pasión que lo empujaba más allá de sí mismo. Quiso decirle que la amaba, que la adoraba, y lo haría, pero a pesar de los instantes de unión compartida, sabía que no era el momento ni el lugar para decirlo, en medio de aquel lugar. No habia podido controlarse, y ahora quería darle más de él, hacerla sentir lo que él sentía, quería llevarla a su piso y volverla a probar toda, con más caricias y sin prisas. Intento darle un beso, y ver sus ojos, saber que ella estaba con él. Pero Candy se apartó de su lado sin mirarlo. Aunque no podía ver su rostro por la oscuridad, supo que ella estaba llorando, ¿Qué diablos?

— Candy. ¿Qué ocurre?

Candy no quería que sus acciones contaminaran la vida de Terry, era egoísta, debería estar pensando en el daño que le ocasionaría a él, a ella, por no cumplir la promesa que hizo en la tumba de su esposo, Tenía que alejar a Terry de su lado, solo así podría cumplir lo prometido a Anthony

—Quiero que tengas la opción de correr, después no digas que no te lo advertí —gritó al tiempo que ponía las manos en su pecho. Terry la tomó por el cuello para hacerle levantar más la cabeza, iba a besarla y ella no podía permitirlo, ¿qué locura los había atacado? Se resistió con verdadero terror y soltándose, echó a andar . Él la detuvo y la volteó con firmeza.

—No huyas, maldita sea —dijo en su oído, negándose a dejarla ir—. ¡Ya basta! Me importa una mierda tu pasado, tenía curiosidad por saber de ti, ya que no me dejabas conocerte, siempre pones un jodido muro, quería ver a la mujer que tengo ahora frente a mí, sin máscaras, soy un maldito retorcido, pero lo necesitaba, y muero por volver a sentir a la amante que tuve hace un momento entre mis brazos. Te sentí tanto, Candy, a pesar de la oscuridad y de que no era el lugar, te sentí como nunca he sentido una mujer en mi vida, y me importa una mierda quién eres. Bajó el tono de voz. Te amo.

—¡Por Dios! ¿Cómo puedes decirme que me amas? —exclamó incrédula. Lo miró angustiada, como si se hubiera vuelto loco—. No sabes nada. No tienes ni idea de a qué te estaría exponiendo si me permitiera tener algo contigo.

—¡Suficiente! —La zarandeó un poco—. Ya supe todo lo que necesitaba, no más. Me quedo con esto, es lo que me importa.

—No podria exponerte, si algo te pasara , yo... Terry, mi camino es peligroso. Sólo yo puedo caminar su tierras pantanosas. .

— Hermosa, sé que eres muy capaz de seguir caminando sola, pero quiero acompañarte.

Después de calentar, Candy inició su recorrido de dos kilómetros.

El otoño, con sus aromas y el color ocres era dueño de la vegetación, ya los árboles empezaban a teñirse de colores. A medida que avanzaba, la brisa golpeaba su rostro. No lo reconocía, pero estaba ilusionada , sonrió para sus adentros recordando todas las palabras que Terry le murmuraba en los momentos de pasión. Podría volverse adicta al tono de su voz ronco y necesitado cada vez que le decía cuánto la deseaba. Se detuvo en la panadería. Era un negocio con una puerta que llevaba una campanilla para avisar al propietario de la llegada de algún cliente. Tan pronto entró, la campana de la puerta se escuchó de nuevo, pero ella estaba distraída. Tomó una canasta ysus pinzas, y cuando estaba echando en ella los panes que llevaría, una voz la dejó sembrada en su lugar.

—Cada día más bella, te sienta el clima de Inglaterra. El corazón le dio un vuelco y, por un momento, sintió que se asfixiaba.

—No hagas gestos, a mí también me alegra mucho verte —señaló el hombre con sarcasmo—. Tienes a gente detrás de ti, llevo días observándote y no entiendo cómo no te has dado cuenta.

Continuará...