Noviembre 2003

Draco salió de la chimenea del salón de su amigo Blaise con el ceño fruncido. Odiaba el flu, odiaba la ceniza y el agobio, pero era el sistema más rápido desde la estación de trasladores.

No conocía el piso, Blaise lo había comprado cuando terminó la Academia con la herencia de su padre. No parecía que ese amplio y desnudo salón se usara mucho, así que salió al pasillo. La casa parecía silenciosa y por un momento se preguntó dónde estaría el elfo que sabía que tenía, era extraño que la criatura no saliera a su encuentro. Abrió un par de puertas y descubrió que eran dormitorios. A la tercera se encontró con un salón más pequeño, con un aspecto más familiar y acogedor. Apenas había dado dos pasos dentro cuando captó un movimiento en el sofá.

Descubrió perplejo a dos personas dándose el lote, sin camiseta, los pantalones desabrochados pero milagrosamente todavía en su sitio.

— Suerte que no soy el elfo, lo traumatizáis seguro.

El brinco que pegó Weasley fue tan grande que casi se cae del sofá. Se escucharon dos reproches casi a la par.

— ¡Malfoy!

— ¡Draco!

No pudo evitar reírse, el pelirrojo estaba tan sonrojado que parecía que iba a entrar en ebullición. Pero luego se sintió mal cuando lo vio taparse el pecho con un brazo. Se giró y salió de la habitación. Desde el pasillo escuchó murmullos y roce de ropa. Enseguida Blaise salió al pasillo también, cerrando la puerta tras él.

— ¿Era necesaria la aparición dramática? —preguntó, abrazándole sonriente.

— No sería yo sin un poco de drama. ¿Weasley está bien? —respondió, abrazándole de vuelta.

— Avergonzado nada más. No te esperaba hasta mañana.

Lo tomó del brazo y lo llevó hasta la cocina. Ron estaba allí, vestido y más calmado, poniendo la tetera en el fuego.

— Mis disculpas, Weasley —le dijo, tendiéndole la mano con gesto sincero.

— No te preocupes. —Ron apretó su mano con energía— Estoy preparando té. Flix dejó bizcochos, ¿está bien?

— ¿Tu elfo tiene días libres, Blaise? —comentó Draco después de asentir con la cabeza, dejándose caer en una de las sillas.

— Consecuencias de hacer amistad con Granger —contestó Blaise con una sonrisa, colocándose junto a Ron para ayudarle a sacar las tazas y platillos—. He conseguido que descanse una tarde a la semana, sospecho que va de visita a Hogwarts y trabaja allí a escondidas.

Draco observó en silencio a su amigo y su pareja dando vueltas por la cocina. En sus cartas, tanto Blaise como Pansy habían hablado largamente de sus nuevas relaciones. Había envidiado en algunos momentos la ilusión, especialmente en Pansy, porque había vivido con ella muchos malos intentos fallidos. No esperaba que verlo con Weasley fuera tan... hogareño. Fluían juntos, se movían por la cocina coordinados, estaba claro que el pelirrojo era un habitual de la casa. Y se cruzaban sonrisas y pequeños gestos cariñosos.

— Siento lo de tu tía —le dijo Weasley mientras se sentaba a la mesa y cogía un bizcocho.

— Apenas la conocía. Pero gracias, mi madre sí lo está llevando mal, he venido antes para ayudar con el funeral. El abogado dice que Potter se está ocupando de todo.

Ron asintió, endureciendo el gesto.

— Andrómeda y Harry estaban muy unidos.

— Por Edward.

— Sí.

Los miró a los dos, percibiendo la tensión.

— Veo que lo sabéis.

— Harry está preocupado —confesó Blaise con cuidado, dando un sorbo a su té—. El abogado le dijo que depende de ti que le den la custodia. Quiere a ese niño como a un hijo.

— Hablaré con él. Mi madre quiere volver a Inglaterra y si fuera por ella, pediría la custodia.

Vio a Ron ponerse rígido y fruncir el ceño. Le detuvo con un gesto de la mano antes de que pudiera protestar.

— He dicho que si fuera por ella. Pero su salud mental no es buena, ni siquiera estoy convencido de que sea bueno que viva aquí. Y desde luego no está en condiciones de cuidar de un niño, apenas puede cuidar de sí misma.


Harry revisó por última vez su atuendo y el estado del pequeño salón, nervioso. Tras el funeral, en el que apenas había hablado con los otros familiares de Andy, había decidido instalarse provisionalmente en la casa de los Tonks, para no sacar a su ahijada de su zona de confort. Malfoy había tardado un par de días en contactar mientras él se consumía en nervios. Observó a la niña que pintaba, arrodillada ante la mesa de café, muy concentrada.

— Padrino, ¿te gusta Cassiopea?

Miró a la niña sin entender y bajó a sentarse junto a ella en la alfombra.

— ¿La constelación?

— El nombre, Harry. La abuela me contó que Cassiopea y Andrómeda están juntas en el cielo. Me gustaría llamarme Cassiopea. ¿Puedo cambiar mi nombre?

Respiró hondo, tratando de no mostrar todo lo que le revolvía la pregunta dentro, y abrazó con cuidado los delgados hombros con un brazo.

— Cassiopea suena fenomenal. ¿Puedo llamarte Cassie? ya sabes que se me dan mejor los nombres cortos.

La niña dejó la pintura con cuidado sobre la mesa y se inclinó contra su padrino.

— Cassie me gusta. ¿Crees que le gustaría a la abuela?

— Segurísimo que sí. Se lo diremos a todos el próximo día que vayamos a casa de los Weasley, si quieres.

Cassie no dijo nada, apoyada todavía contra el fuerte pecho de su padrino.

— ¿Crees que le voy a gustar al tío Draco?

Harry la apretó más contra él, con el corazón dolorido por el tono preocupado.

— Cariño, no puedo adivinar cómo va a ser conocer a tu tío. Pero sé que él es amigo de Blaise, y Blaise nos gusta, ¿no?

— Él hace que el tío Ron sonría mucho.

— También es amigo de Pansy. Y el otro día dijiste que Pansy era muy guay cuando te pintó las uñas con ese color nuevo. Estoy seguro de que si tiene amigos que nos caen bien, él nos caerá muy bien también. Solo hay que darle la oportunidad de conocernos y conocerle nosotros.

En ese momento sonó el timbre de la puerta. Soltó con cuidado a la niña y se levantó, sacudiéndose los pantalones, para ir a abrir. Al otro lado Malfoy esperaba con su característico gesto neutro y una carpeta bajo el brazo.

— Potter —saludó antes de entrar, tendiéndole la mano.

Harry la estrechó, nervioso, y le franqueó la entrada. En silencio, caminó hasta el salón, Cassie había retomado el dibujo. Notó que Draco se quedaba quieto en la puerta y se giró hacia él. Miraba a la niña con el ceño fruncido.

— Cassie —llamó, haciendo que la niña les mirara y dejara la pintura—. Ven a saludar a tu tío.

La pequeña de cinco años y medio se levantó, sacudió su falda con el mismo gesto que había hecho su padrino apenas un par de minutos antes, y tomó el dibujo que pintaba. Se acercó muy seria hasta los dos adultos y estiró una manita con las uñas pintadas de rosa hacia el hombre que le miraba desconcertado.

— Soy Cassiopea Lupin —le dijo, al ver que el adulto no reaccionaba.

— Y yo Draco Malfoy —contestó por fin Draco, tras una breve vacilación, estrechando con cuidado su mano—. Es un placer conocerte por fin, Cassiopea.

— Harry dice que me va a llamar Cassie porque se le dan mejor los nombres cortos, tú puedes llamarme así si quieres también. Te he hecho un dibujo, ¿te gusta?

Draco se agachó y tomó la gran hoja. En medio había un hombre alto y rubio, a su lado una mujer de melena morena corta y otro hombre de piel oscura. Supo que la niña había reproducido el momento en que le vio en el funeral de su abuela, porque los tres vestían túnicas oscuras y había césped bajo sus pies. Se agachó un poco más y esbozó una sonrisa.

— No sabía que eras una artista. ¿Son Blaise y Pansy?

La niña asintió, sonriendo por el halago, y Draco observó cómo se relajaban sus hombros.

— Son tus amigos.

— Lo son. ¿Sabes qué haría perfecto este dibujo? que salieras tú también. ¿Quieres pintarte aquí, al lado de Pansy? —señaló un hueco en la hoja con un largo dedo.

Cassie recuperó el dibujo y miró a su padrino.

— Ve a tu cuarto si quieres, nosotros te avisaremos para merendar.

Los dos adultos la observaron mientras recogía las pinturas que tenía sobre la mesa y salía de la habitación dando salititos, feliz.

— Gracias por eso, le encanta dibujar —dijo Harry, invitándole a sentarse en el sofá con un gesto.

— Creo que me falta algo de información, Potter.—Draco fue directo al grano, sentándose junto a él— ¿Es Edward?

— Hoy no. Pensaba que Blaise o Pansy te habrían hablado de esto.

Draco negó con la cabeza y dejó con cuidado la carpeta sobre la mesa baja. Harry suspiró.

— Tu sobrina es género fluido. Por lo visto es algo habitual en metamorfomagos, Tonks se llamó Eddy a temporadas hasta que fue a Hogwarts.

— ¿Y está bien? Quiero decir, su cabeza...

— Está perfectamente —se encrespó Harry—. No es diferente a Pansy o Ron, Malfoy.

— Pero ellos tienen claro lo que son —insistió el rubio, tenso.

— Cassie también. Y la metamorfomagia le ayuda a sentirse agusto indistintamente siendo chico o siendo chica. Su madre acabó por sentirse cómoda pidiendo que la llamaran por su apellido y considerándose agénero. ¿Es un problema para ti?

— ¿Qué? No, claro que no—respondió, levantando las manos con las palmas hacia afuera.

Harry le miró, con el ceño un poco fruncido y los labios apretados.

— Vamos, Potter, Pansy me mataría.—Trató de bromear para que el otro hombre se relajara— Háblame de Cassie.

— Con ella todo... fluye. —Sonrió con el pequeño juego de palabras— El nombre ha sido cosa de hoy, hasta ahora cuando es chica nos pedía que le llamáramos Dora, como su madre.

— Oh. Cassiopea es la madre de Andrómeda, están juntas en el cielo —explicó Draco recordando las clases de astronomía de su madre, que le tenía un fraternal cariño a esa constelación.

— Tu tía debió de contarle la historia. Le gustan las leyendas.—Señaló las fotos que adornaban una pared— Lo único inmutable aquí es el nombre que le dieron sus padres al nacer. No es sólo su género, ella cambia su imagen continuamente, buscando confort. Ahora estará mirándose en un espejo para pintar su aspecto de hoy para ti, pero puede que mañana sea diferente. Aún es pequeña, relaciona el largo del pelo o los genitales con el género, seguramente al crecer no funcione igual, según Andy.

— No sé nada de metamorfomagia, mi tía no le contó nada a mi madre en sus cartas, supongo que por temor a los prejuicios sangrepura que todavía arrastra.

— Yo he leído lo que he encontrado, no hay mucho, la mayoría de lo que sé es a través de Andy, que lo aprendió con Tonks. Recientemente nos reunimos con Lys, le terapeuta de Pansy y Ron.

— ¿No has dicho que estaba todo bien? —preguntó, inquieto Draco.

— Cassie hace su vida en un círculo pequeño. Ya es mayor para entender que no es habitual decidir por la mañana si eres un niño o una niña. Cuando tú tía supo que no viviría mucho más, decidió que necesitaríamos un apoyo para el día que vaya a la escuela. Tonks se educó en casa hasta ir a Hogwarts, pero Andrómeda quería que su nieta se relacionara con otros niños.

— El asesoramiento no es por su género, sino para ayudarle a sobrellevar la reacción de los demás —dedujo el rubio.

Harry asintió, serio, al tiempo que se levantaba.

— Voy a preparar la merienda, hoy ha comido poco. Estaba nerviosa por tu reacción. Pasa cada vez que entra alguien nuevo en su vida. ¿Me acompañas?

El rubio se puso de pie y le siguió hasta la pequeña cocina.

— Por eso le dijiste al abogado que querías quedarte aquí a vivir con ella.

— Trato de que los cambios sean suaves. Aún no sabemos cómo va a reaccionar a la muerte de su abuela —explicó mientras sacaba cosas del frigorífico.

— No quiero generar un problema, Potter. De hecho traigo los papeles de la renuncia. Pero dime, ¿cómo lo vas a gestionar con tu trabajo?

— Tengo que hablar aún con McGonagall. Mi plan era ir y venir a diario, los Weasley se han ofrecido a ayudar. Quizá, más adelante, mudarnos a Hogsmade.

Draco fue a decir algo, pero volvió a cerrar la boca cuando Cassie entró a la cocina, de nuevo con el dibujo en la mano. Lo puso sobre la mesa y se acercó a su padrino.

— ¿Podemos tomar uvas? —le preguntó, tirando de su pantalón.

— No sé si a nuestro invitado le gustan las uvas —le indicó con suavidad.

La niña se volvió hacia él para preguntar y entonces lo vio, había cambiado sus ojos a un gris parecido al suyo.

— ¿Te gustan las uvas, tío Draco?

— Bastante. ¿Son verdes o negras?

Cassie abrió el frigorífico y se puso de puntillas para mirar.

— Son verdes. Las preferidas de la abuela.

— En ese caso seguro que las verdes van fenomenal, —Miró de reojo a Potter, que preparaba sándwiches de fiambre de pavo y queso— pero podemos comerlas de postre, me apetece un montón uno de esos que está preparando tu padrino.

— Es queso cheddar, Cassie. Te encanta el cheddar.

— El queso naranja.

— Sí. Queso naranja y después uvas verdes.

— Y zumo de manzana.

Potter asintió, sin desviar su atención del cuchillo con el que cortaba los sandwiches en triángulos, así que Draco actuó. Abrió la nevera y señaló.

— ¿Es este zumo?

La niña rió y le pareció un sonido encantador.

— Noooo tío, eso es leche. Y viene de las vacas. El zumo viene de las manzanas...

Harry se relajó, desconectando un poco de la instructiva conversación entre tío y sobrina. Desde luego aquello no estaba saliendo para nada como esperaba, tenía razón Hermione cuando le decía que siempre se ponía en lo peor.

Puso el plato con los sándwiches sobre la mesa, junto a los vasos y las servilletas. Cogió con cuidado el dibujo, para dejarlo a salvo de manchas, y entonces lo vio: Cassie se había pintado al lado de Pansy, con una sonrisa y cogida de la mano de una quinta figura, que sin duda era él mismo.

— No, a Harry no le gusta el zumo de manzana.

La voz de su ahijada le sacó de la contemplación del dibujo.

— Le gusta la tarta de manzana, pero dice que el zumo sabe a pis.

— ¡Cassie! —le renegó, sonrojado— Lo dije una vez, y era porque se había calentado en la mochila. Fue un día que salimos de excursión —se excusó con Draco.

— Bueno, a mi tampoco me gusta mucho el zumo de manzana. Ni el de calabaza —hizo una exagerada mueca de asco—. Pero he visto en la nevera una jarra de té. ¿A Harry le gusta el té frío?

— Le encanta —respondió Cassie, subiéndose a su silla con cuidado.

Draco la observó mientras organizaba la servilleta, el plato y el vaso, con los labios un poco apretados.

— Cassie, nena, ¿te has lavado las manos? —preguntó Harry mientras servía la bebida en los vasos.

— Sí. Hay que lavarse las manos antes de comer. Tío Draco, ¿te has lavado las manos?

La niña le miraba con tal seriedad que no fue capaz de mentir. Se acercó al fregadero, se remangó con cuidado las mangas de la túnica y se lavó las manos durante dos largos minutos. Al girarse en busca de algo con lo que secarse, se encontró con Potter, que le tendía un trapo de cocina limpio.

— Gracias.

— La limpieza es importante —le contestó su anfitrión, sin sonreír.

Merendaron casi en silencio, Cassie concentrada en su medio sándwich, Draco en observarla a ella y Harry en observarlos a los dos. Cuando acabó el sándwich, reclamó el postre y su padrino colocó ante ella un cuenco con brillantes y pequeñas uvas.

— Son pequeñitas. ¿Puedo diez?

— Claro. ¿Las pones en tu plato?

La niña asintió y Draco la observó contar bajito y alinear en su plato las diez uvas antes de empezar a comerlas. Después la vio bajarse de la silla y tomar su plato y su vaso con cuidado para llevarlos al fregadero.

— ¿Quieres ver mi álbum, tío Draco? Tengo fotos de papá, mamá y la abuela, aún no los conoces.

— Claro, Cassie. ¿Lo vemos en tu cuarto? Así me lo enseñas cuando acabe de merendar.

Cassie miró a su padrino, que asintió, y se marchó a su cuarto, diciéndoles que les esperaba allí.

— ¿Es siempre así de organizada?

— Tiene pequeñas manías. Reacciona a las cosas nuevas siendo un poco más estricta con las normas. O buscando aprobación todo el rato. Por eso me mudé aquí cuando Andy empeoró en julio, los cambios graduales funcionan mejor con ella.

Los ojos grises le miraron fijamente un largo minuto mientras Harry comía las últimas uvas del cuenco.

— La quieres —afirmó por fin.

— Como si fuera mía —respondió Harry sin dudar, mirándole directamente a los ojos.

— No voy a oponerme a la adopción. Pero...

Vio a Harry desinflarse al escuchar la palabra "pero", como si esperase algo malo.

— Me gustaría ayudarte.

Potter volvió a fruncir el ceño y pudo ver como apretaba los puños sobre la mesa.

— ¿En qué sentido?

— Trabajo desde casa. Podría cuidar de ella durante el día.

Las cejas morenas cambiaron de bajas a muy altas, la cara de Harry era de completa confusión.

— ¿Por qué harías algo así?

Draco se echó hacia atrás y se pasó la mano con el pelo, un poco desconcertado también, pero consigo mismo.

— ¿Me creerías si te digo que no lo sé? —le dijo finalmente, con gesto sincero— Venía con la idea de desvincularme del hijo de mi prima, Ronald, Blaise y Pansy te han vendido como lo mejor para él y de verdad que estaba dispuesto a firmar y desaparecer.

— ¿Y ya no?

— No. Y sigo pensando que eres el mejor padre que puede tener, Potter, no hay más que veros juntos, pero...

Harry sonrió, desconcertándole, poniendo los codos sobre la mesa y enmarcando la cara con las manos.

— Has caído. Ella tiene eso, te conquista. Andrómeda decía que a su nieta le iría bien porque es imposible no amarla en cuanto la conoces.

Draco movió la cabeza, sorprendido, pero sonrió también, derrotado por la evidencia.

— Me gustaría ayudar. Probemos al menos, parece que le gusto.

— Si no le gustaras te haría el vacío, a Percy se lo hace continuamente —le respondió con humor—. Su habitación está al final del pasillo, ve si quieres, yo recogeré aquí.