Principio de diciembre

Era uno de esos raros momentos en los que estaban los tres juntos a solas. Desde que se había hecho cargo de Ted, apenas un mes atrás, su vida social se había restringido aún más de lo habitual. Aquella tarde era la primera en la que Ted había accedido a ir a casa de Bill desde que su abuela no estaba.

— ¿Cómo van las cosas con Malfoy? —preguntó Hermione, sentada en una butaca con los pies bajo el cuerpo y una taza de chocolate caliente entre las manos.

— Ha conectado muy bien con Ted —respondió Harry, recostándose contra el respaldo del sofá con otra taza entre las manos.

Ron y Hermione intercambiaron una mirada.

— ¿Solo con Ted? —interrogó Ron con una pequeña sonrisa tras el cuello de su botella de cerveza.

Su amigo lo miró, confuso, sin entender. Ambos vieron como le iba cambiando la cara conforme la comprensión llegaba.

— No, no. —Negó violentamente con la cabeza— Ya veo por dónde vais.

— Vamos, Harry. Es Malfoy —intervino Hermione. —Reconoce que te gustaba un poco en el colegio.

— Es guapo. Y parece amable. Blaise siempre habla bien de él —apostilló Ron.

— Y reservado y maniático del orden. La casa nunca había estado tan ordenada. Podemos llevarnos bien por el niño, pero sólo es eso, no os volváis locos.

— Bueno, permítenos que fantaseemos un poco, hermano. Tal y como vives, la única manera de que conozcas a alguien es que te aparezca en la puerta de casa.

— Me gusta mi vida, Mione. No necesito a otra persona en ella —contestó, poniéndose tenso.

— ¿De verdad no echas de menos la compañía? —insistió Hermione, inclinándose hacia delante.

— ¿Y tú? —contraatacó él.

Hermione apretó los labios y miró hacia otro lado.

— Chicos... —terció Ron.

— Perdóname, Hermione —Harry se estiró para ponerle la mano en la rodilla.

— Tienes razón, no soy el mejor ejemplo en este tema —cedió ella, aún mirando su taza de chocolate.

— ¿Y Nott?

Los dos amigos se giraron a mirar a Ron, Harry sorprendido, Hermione sonrojada.

— ¿Estás viéndole? ¿otra vez? —preguntó Harry, alterado.

— ¿Cómo que otra vez? ¿Qué no sé? —quiso saber Ron.

— Quedamos un par de veces, cuando salimos de la escuela —admitió la chica después de unos segundos siendo observada por los dos.

— ¿Y? ¿Por qué Harry parece preocupado? ¿te hizo algo?

— ¿Crees que si fuera así volvería a quedar con él? —saltó irritada.

— Entonces sí estás quedando con él.

— Mierda... —Hermione dio un largo sorbo hasta apurar su taza y la dejó con cuidado en la mesa— Tuvimos un par de citas cuando los dos empezamos a trabajar en el Ministerio. No fue bien.

— ¿Y qué ha cambiado ahora? —quiso saber Ron, preocupado todavía.

— Que me entiendo mejor a mí misma. Confiad en mi criterio, por favor. Seguro que ya le has preguntado a Blaise si Nott es de confianza.

Ron asintió, pillado.

— Lo que no entiendo es porqué nos lo ocultas —preguntó por fin Harry, con el ceño fruncido.

Hermione suspiró y sacó las piernas de debajo de su cuerpo para sentarse más recta y tenderles una mano a cada uno.

— Harry, os conozco. Os preocupáis, le dais vueltas a las cosas. Estoy bien. Y solo han sido un par de cafés. Prometo pedir ayuda si la necesito.

Harry la miró con el ceño fruncido, pero acabó por asentir y levantarse a darle un breve abrazo antes de ir a la cocina a por otra cerveza para Ron.


Unos días después

A Harry lo primero que le extrañó fue que Teddy no saliera a recibirle al llegar, tenía un oído finísimo que siempre le alertaba del sonido del flu. En la mesita del salón había dos frascos de esmalte pintauñas, pudo oler el fuerte olor químico, pero ni rastro de su ahijado o de Malfoy.

Encontró al rubio en la cocina, agarrado a una taza de té.

— Hola, ¿qué pasa? —preguntó al ver su cara un poco descompuesta.

— Creo que he metido la pata —contestó, mohíno.

— ¿Con Ted?

Draco asintió. Harry suspiró y se sirvió otra taza de té antes de sentarse frente a él.

— ¿Me cuentas qué ha pasado? —solicitó con calma.

— Me pidió que le pintara las uñas. Le dije que era cosa de niñas —murmuró, mirando la taza colorida.

— Oh. Sí que has metido un poco la pata —comentó Harry con tono neutro, echándose un poco hacia atrás en la silla.

— ¡Lo siento! —se disculpó Draco, pasándose las manos por el pelo, frustrado—. Estaba distraído con una carta que acababa de llegar de mi madre y no medí mis palabras. Me miró de una manera, Potter... como si hubiera degollado a un unicornio.

Potter suspiró y dio un largo sorbo a su té antes de hablar.

— Andrómeda siempre le decía que ser chico o chica se siente dentro, lo que ponemos sobre nuestro cuerpo son adornos sin género. Ted adora las uñas pintadas, por lo que he visto en el salón había sacado su esmalte favorito. Has degollado al rey de los unicornios, me temo.

El rostro del rubio se crispó al ver a Potter sonreír tras su taza.

— ¡No tiene gracia!

— Tiene cinco años, Malfoy. —Dejó la taza sobre la mesa, sonriendo todavía— Cuando te disculpes te ofrecerá que te las pintes tú también. En su cabeza es el método ideal de reconciliación. Y más te vale venir mañana todavía con la pintura puesta.

Realmente pensó que al otro hombre le haría gracia, él lo encontraba divertido, seguramente porque estaba acostumbrado a las pequeñas manías de su ahijado. Pero el gesto de Malfoy seguía siendo triste y preocupado.

— Draco —usó su nombre de pila para conseguir que le mirara—, se arreglará, no te preocupes.

— Cuando íbamos a la escuela, Pansy solía pasar un par de semanas de vacaciones de verano en mi casa —habló, aún mirando la taza—. No sé si lo sabes, ella en su casa no podía ser ella misma, así que nosotros intentábamos invitarla a las nuestras. Mi madre la adoraba, supongo que por eso transigía y guardaba los secretos correspondientes a los padres de Pansy y a mi padre. Hasta que él empezó a hablar de que hacíamos buena pareja y de planes de boda, entonces mi madre se horrorizó y la proscribió en nuestra casa.

— Vaya.

— Te cuento esto porque yo tenía doce años y mi amiga me parecía genial. Y entonces no entendía todo este rollo de que no basta con ser un hombre, hay que parecerlo, y me parecía divertido dejar que Pansy me pintara las uñas o probarme su ropa. A mi padre no le pareció divertido. Me llevé unos cuantos bastonazos en el trasero y un gran discurso sobre la importancia de las apariencias cuando eres un heredero sangrepura.

— Malfoy... no eres tu padre. —Le recordó con suavidad— Teddy te adora y entenderá que te has equivocado.

— Le he gritado. Y cuando ha dado un portazo en su cuarto te juro que he visto ahí en esa esquina a mi padre aplaudiendo mi actuación. Yo no soy así, Potter. Viví cuatro años con Pansy, he pasado mucho con ella.

— Pero era una adulta. Une niñe queer es algo muy diferente. En esto eres novato aún, te equivocarás más veces. Y no pasa nada, porque no lo haces para dañarle.

— ¿Ese es el discurso de Lys? —le preguntó, mirándole por fin.

— Me lo da cada vez que pienso que no voy a poder. No tuve una infancia normal y muchas veces ando a ciegas. Echo de menos muchísimo a Andrómeda. Ted es especial de muchas maneras. Si crees que no puedes, no estás obligado a nada, puedes seguir en contacto con él viéndolo los fines de semana o en festividades.

— ¿Qué? No no —protestó.

— Pues ve ahí y habla con él. Dar portazos está mal, y él lo sabe.

Se quedó en la cocina, preparando la cena, con el oído atento. Al cabo de un rato escuchó unos pasitos salir del dormitorio, ir al salón y detenerse en la puerta de la cocina.

— Padrino.

— Hola, pequeño. ¿Qué tal el día?

— Me enfadé con el tío Draco.

— ¿Y ya lo habéis arreglado?

El niño asintió, su pelo en ese momento de un tono rubio pálido le dijo a Harry que era verdad.

— Vamos a pintarnos las uñas. ¿Quieres? —le preguntó, mostrándole el botecito de color rosa con purpurina.

— Tengo que hacer la cena. ¿Draco se las va a pintar también?

— Dice que solo está vez, porque nos queremos otra vez.

Harry se agachó delante de su ahijado y le peinó con los dedos, acariciándole la nuca como sabía que le gustaba.

— Cariño, pelearse no es dejar de quererse. Draco te va a querer aunque te enfades o hagas algo que no debas. Y yo también. Y todos, siempre. ¿Sabes por qué?

— Familia.

— Eso es, somos tu familia y te amamos. Y ahora ve, seguro que Draco está impaciente por conocer el color rosa con purpurina.

Harry pasó dos días observando a Malfoy. Y sus manos.

— ¿Sabes que es esmalte mágico y se quita con un hechizo? —le preguntó por fin mientras acababa la cena.

Draco se miró las manos con una vaga sonrisa y luego se acercó al mostrador. Se apoyó y miró a Potter cocinar.

— Ahora no está mi padre para desaprobarlo. Ted tiene razón, el color es genial.

Vio una ceja morena levantarse, al igual que la comisura de sus delgados labios.

— ¿Cómo está tu madre? El otro día su carta te alteró.

— Sigue insistiendo en volver a la Mansión.

— Y tú no quieres que venga a Inglaterra.

El rubio se puso junto a él y estiró la mano. Sin dudarlo, Harry le pasó el cuchillo y la tabla. Draco tomó una zanahoria y comenzó a cortar, había visto a su anfitrión hacerlo suficientes veces como para saber cómo le gustaban a su sobrino.

— ¿Siempre cocinas sin magia?

— Me relaja. Hasta ahora solo lo hacía en vacaciones —Harry respondió al cambio de tema sin inmutarse, acostumbrado a los giros de Malfoy.

— ¿Qué fue del elfo de los Black? —preguntó con la mirada fija en la tabla.

— Aún se ocupa de la casa. La propiedad ahora es de Ted, junto con el resto de la herencia.

— Pero no vives ahí.

— No puedo. Viví allí con Ron mientras seguía su terapia con pociones. Pero no me veo viviendo solo, en vacaciones solía quedarme aquí. Fue Andrómeda la que me enseñó a disfrutar de la cocina —explicó mientras pelaba patatas.

— Tengo un poco de envidia de que tuvieras la oportunidad de conocerla bien. Creo que es la única hermana que se salvó de la locura.

— Andy me hablaba mucho de los Black, la mayoría de la familia tenía problemas mentales. Le asustaba que Ted también. ¿Eso es lo que pasa con tu madre?

Draco empuñó un poquito más fuerte el cuchillo y Harry vio como tragaba fuerte.

— El sanador cree que es por el encierro, el tiempo que nuestra casa fue el cuartel de los mortífagos ella no podía salir de casa sin Bellatrix —explicó en voz baja—. Al menos al principio, cuando todo se volvió loco ni tan siquiera eso. Yo creo que todo lo que pasó ese año solo exacerbó un problema que ya venía de antes.

— Vaya, lo siento. —Harry se movió para sacar los guisantes de la nevera— Mi padrino también tuvo problemas por los años de encierro. Es una de las razones por las que no puedo vivir en esa casa.

— Bueno, esta es tu casa ahora.

Permanecieron un rato en silencio, cada uno con sus tareas.

— No te he preguntado dónde estás viviendo —dijo Harry por fin—. Imagino que en la mansión no.

— Pensaba quedarme con Blaise, pero ya tiene bastante con Pansy. Muchas mañanas son cuatro a desayunar, su elfo es muy feliz.

Potter rió mientras tomaba una sartén y ponía un poco de aceite.

— Un hotel —confesó por fin Draco—. Volver a vivir allí no es una opción, como tú con la casa Black.

Se estremeció solo de pensarlo.

— Aquí hay sitio. Es tonto que gastes dinero, total estas aquí casi de continuo.

Los ojos grises siguieron sus movimientos, pensativos, durante un rato. Por fin, llevó la tabla y el cuchillo al fregadero y los lavó.

— Lo pensaré —respondió, girándose hacia el armario para sacar platos y vasos.