Unos días después de Navidad, Draco llegó como cada mañana a las siete a casa de los Tonks. Le sorprendió encontrarse a Harry todavía en pijama, saliendo de su habitación. Por detrás de él vio a su sobrina arropada en la cama de su padrino. Reconoció el largo y color del cabello gracias a la foto que había en el salón de su quinto cumpleaños, en brazos de su abuela: Andrómeda.
— Tienes un aspecto terrible. ¿Mala noche?
— Cassie ha pasado una mala noche. Creo que no voy a ir a trabajar.
Lo siguió hasta la cocina. Se sentó en una de las sillas y lo observó mientras hacía café.
—No puedes hacer eso, Potter.
— Es mi niña, no puedo dejarla así, tú no lo entiendes —le respondió con brusquedad, cerrando la puerta de la nevera con un poco más de fuerza de lo necesario.
Draco se puso de pie y le sujetó por el brazo cuando pasaba de camino al armario a por las tazas.
— Potter... entiendo tu angustia, pero no puedes no ir a trabajar cada vez que Cassie esté triste. Ya sé que es un momento difícil y ella te necesita, pero tienes que trabajar, tus alumnos también te necesitan.
Potter negó con la cabeza, frustrado, con la mandíbula apretada.
— Yo estoy aquí. Puedo llevarla conmigo a ver a Pansy, eso la distraerá.
Harry le miró. Draco soltó lentamente el brazo que sujetaba, impresionado por la intensidad de la mirada verde.
— Si se tratara de un resfriado o un dolor de barriga, confiarías en mí —insistió con suavidad—. Déjame que me ocupe de esto. Necesita saber que no depende solo de ti, Harry.
El moreno suspiró y caminó hasta la cafetera. Malfoy tenía razón, en los últimos meses se había concentrado tanto en ser un buen tutor que había llegado a rozar la obsesión, orbitaba alrededor de la niña como una mamá gallina. La navidad había alterado a su ahijada y era de esperar que en algún momento hubiera una noche de llantos y pesadillas como la pasada.
— Voy a vestirme y a despedirme de ella, desayunaré en Hogwarts. Intentaré venir antes esta tarde —masculló por fin, pasando a su lado con una taza en la mano.
— Harry... —Draco cortó su recorrido para que le mirara.
— Ya te he dado la razón, Draco. Tengo que ir a vestirme.
Draco apretó los labios y se apartó de su camino. Esperó en la cocina hasta que escuchó a Harry salir del dormitorio y entrar en el baño. Se asomó al dormitorio, la niña era una bolita abrazada a un desgastado peluche de un lobo. Por un momento se preguntó cómo le explicarían algún día que su padre no se parecía para nada a ese animalito de pelo suave.
— ¿Irás entonces a casa de Zabini? —le dijo Harry al salir vestido y peinado del baño.
— La llevaré a ver el local que ha alquilado Pansy para montar su taller.
— ¿En Diagon? —preguntó, ansioso, no le gustaba mucho pasear a la niña por el barrio mágico.
— Sí. Tranquilo, llevaremos guardaespaldas, Blaise está fuera de servicio hasta el examen, estará encantado de distraerse un rato.
Harry asintió. Apuró la taza de café y la dejó en sus manos antes de ir hasta la chimenea y marcharse por flu.
Caminó a la cocina, despacio, y fregó la taza con cuidado. Se sirvió un café para él y se sentó a la mesa, dispuesto a trabajar un rato y dejar a la niña dormir. Invocó con su varita los papeles que había dejado en el salón la noche anterior y trató de concentrarse en los números, con un oído puesto en cualquier sonido que viniera de la habitación.
— ¿Harry? —escuchó al cabo de un rato.
Se levantó y casi corrió hasta la niña. Se descalzó y se tumbó junto a ella, acariciándole la cara.
— Estoy aquí, cariño.
— Buenos días, tío, ¿y Harry?
— Buenos días, dormilona. Se ha ido hace un rato a trabajar.
La niña se arrebujó en las mantas y le miró en silencio. Los ojos castaños le trajeron recuerdos, si el cabello fuera más oscuro habría pensado que tenía ante él a una mini Bellatrix. Pero si prestabas más atención, los ojitos de Cassie eran casi dorados, una mezcla entre los de su padre y su abuela.
— Cuéntame algo bonito de la abuela, Cass —le dijo con suavidad, apartándole el largo pelo de la cara.
Cassiopea pareció pensar un momento, los deditos jugando con una de las patas del peluche.
— La abuela me dejaba dormir con ella cuando estaba triste. Comíamos chocolate en la cama, porque decía que era el remedio de mi papá para la tristeza. Y me contaba historias de cuando era pequeña, con sus hermanas y sus primos.
— Tenía que ser fantástica. ¿Y te abrazaba como tú abrazas a Wolf? Yo doy abrazos muy buenos.
Abrió los brazos y la niña se refugió en ellos.
— Harry dice que las personas que mueren van a un sitio donde vuelven a estar juntas. ¿Crees que la abuela habrá encontrado a sus primos? ¿Y al abuelo? ¿Y a mamá? Seguro que es un sitio muy grande.
— Estoy seguro de que en ese sitio es fácil encontrar a las personas que amamos. Cuéntame más cosas de ella —le pidió, un poco emocionado..
— Le gustaba cantar. Ponía discos que eran del abuelo y cantábamos y bailábamos. La echo de menos, tío.
La pequeña se acurrucó más contra él y lloró en silencio. Draco ya había aprendido que Cassie era tranquila y silenciosa, Teddy era más alborotador y tenía más genio.
Se limitó a abrazarla y frotar su espalda en suaves círculos, dejándola llorar. Dejó vagar la mirada por el dormitorio. Era tan austero como el dueño, apenas una cama y una mesilla. Un armario pequeño y una cómoda sencilla sobre la que había apoyado un gran corcho lleno de fotos. La mayoría eran del bebé e imaginó que Harry lo había traído de su dormitorio de profesor en Hogwarts .
— ¿Quieres desayunar? He pensado que quizá podamos invitar a Blaise a un desayuno genial, necesita fuerzas para estudiar para su examen. ¿Qué opinas? —le preguntó mientras le acariciaba el cabello.
— ¿Me harás una trenza? me gusta el pelo largo.
— Claro. Últimamente me salen mejor. ¿Te acuerdas de la primera vez que lo intenté?
— Harry dijo que no estaban miméticas.
— Simétricas, cariño —corrigió, divertido, cogiéndola en brazos junto al peluche para ir a su habitación— Tu padrino es muy gracioso, él ni siquiera sabe peinarse.
La niña contestó con una risita, la cara pegada a su cuello y los bracitos alrededor de él. Se sintió inmensamente afortunado por esa confianza.
Esta vez se aseguró de avisar antes de viajar por flu a casa de Blaise. Al salir de la chimenea se encontró a Ron hablando con su amigo muy cerca, vestido de uniforme. Y varias cajas pulcramente amontonadas.
— Hola, princesa —saludó Blaise, agachándose y abriendo los brazos.
Cassie caminó despacio y se dejó abrazar, pero eso no impidió que Blaise mirara a Draco con cara de "¿qué le has hecho?". El rubio contestó vocalizando "mala noche".
— El tío Ron se ha quedado un poco más para darte los buenos días —le susurró Blaise a la niña, aunque los adultos lo escucharon con claridad.
Ron se acercó y le tendió los brazos también, a los que Cass saltó sin dudar. Blaise y Draco se apartaron un poco y los miraron cuchichear por lo bajo.
— ¿Pesadillas?
— Potter dice que apenas han dormido, entre llantos y pesadillas. Ya esperábamos que en algún momento ocurriera.
— ¿Y te ha dejado al cargo? —preguntó sorprendido mientras Cassie le daba un gran beso en la mejilla a Ron y era dejada en el suelo de nuevo.
— He tenido que convencerlo para que fuera a trabajar.
— Ya me parecía a mí... ¿entonces me vais a invitar a un súper desayuno? —dijo en voz alta, estirando el brazo para hacerle cosquillas a la niña en el cuello.
— ¿Y la tía Pansy?
— Se ha ido temprano. Ella y la tía Ginny iban a ver un piso, porque se mudan juntas. Por eso tantas cajas.
— Si no te gusta estar aquí solo, puedes venir a nuestra casa —le dijo la niña en tono confidente.
Blaise se inclinó, imitando su tono.
— Estoy convenciendo al tío Ron para que venga a vivir conmigo, pero no te preocupes que si me siento solo iré a jugar contigo —le respondió, guiñándole un ojo.
Ron soltó una risita y murmuró entre dientes "serpiente chantajista", pero se acercó con una sonrisa a besar a Blaise.
— Siento perderme el desayuno, pero me debéis una merienda —les advirtió con fingida seriedad, señalando a tío y sobrina con el dedo.
Ambos hombres caminaron con calma por el Londres muggle, cada uno sujetando a la niña de una mano, después de un copioso desayuno.
— ¿Vamos a ver a Pansy? —preguntó Cassie.
— Sí.
— ¿Podemos comprarle flores? Ella tiene nombre de flor.
— Eres tremendamente lista, Cass. Claro que sí, flores es perfecto como regalo de inauguración —respondió Draco con una sonrisa.
Volvieron hacia Diagon charlando, sobre todo los adultos. Al entrar al Caldero, se hizo un silencio incómodo. Draco se limitó a apretar los labios y centrar su atención en su sobrina, así que no vio la mirada amenazante de Blaise a los parroquianos, mientras mostraba sin dudar la insignia de auror en su chaqueta. Al llegar a la puerta de la floristería, Draco se agachó para hablar a la niña.
— Las preferidas de la tía no son los pensamientos. Le gustan mucho los lirios morados. Recuérdaselo a Blaise si quiere comprar margaritas, tiene muy mala memoria.
— ¿No vas a entrar? —preguntó Blaise, aún con el ceño fruncido.
— Es mejor que os espere aquí fuera —contestó su amigo poniéndose de pie.
— Draco...
— Comprad las flores —insistió el rubio, poniendo unos galeones en manos de Cassie.
Un par de semanas más tarde
Harry llegó a casa después de un largo día, junta de evaluación incluida. Decir que estaba cansado era poco. El salón estaba tranquilo y recogido, ventajas de vivir con dos fanáticos del orden.
Se asomó al dormitorio infantil. Cassie dormía abrazada a su lobo de peluche, el cabello era esta vez una melena corta y oscura.
Supuso que Draco dormiría también, no esperaba encontrárselo en la cocina.
— Hola. Pensaba que dormirías también.
— Necesitaba un rato. Cassie se ha dormido hace nada.
— ¿Muy intensa la visita a Pansy?
— ¿Cómo...? Ah, el cabello.
Harry asintió mientras ponía la tetera en el fuego.
— Pansy le ha regalado a Cass un estuche de maquillaje. Al final había purpurina hasta en la alfombra. Cuando le ha preguntado a Ronald si podía pintarle los labios...
— Oh. ¿Mal?
— Por un momento he temido que sí. Ya no recordaba las reacciones de la disforia. Pero finalmente se ha agachado y le ha explicado a Cassie que a él el maquillaje le pone triste.
— ¿Y qué ha dicho Cassie?
— Le ha dado un beso y le ha dicho que "dile al tío Blaise que te abrace, seguro que se te pasa". Merlín, es jodidamente adorable.
El moreno sirvió dos tazas de té y sacó la leche de la nevera. Lo dejó todo junto al azucarero antes de girarse a por las cucharas, pero Draco ya estaba allí, sacándolas del cajón. Al verle de perfil, a esa corta distancia, se dio cuenta de que aún iba maquillado.
— Te sienta bien ese color —bromeó con tono suave.
Draco se ruborizó, pero no sacó su varita para quitárselo.
— Cuidar de mi sobrina está provocando un montón de viajes al pasado.
— ¿Malos o buenos?
— No sé. No era consciente de que tenía tan presente a mi padre en este tema. Aún cuando me prohibieron hacerlo, siempre me ha llamado la atención.
Harry le miró, por primera vez en ese rato con calma y de frente. Llevaba delineador en los ojos y un suave rubor en las mejillas. No estaba bonito, estaba guapo.
— Eres libre de hacerlo ahora. Y no necesariamente jugando con Cassie. Decía en serio que te sienta bien.
La cabeza rubia se movió, como si tratara de espantar una idea.
— Mi educación a partir de aquello que te conté fue muy rígida. Tenía tanto miedo de decepcionar a mi padre que ni siguiera cuando estaba lejos de él se me ocurría saltarme sus normas. Después de que me marcaran, algunas noches soñaba que llevaba la máscara de mortifago y mi padre me sorprendía llevando los labios pintados debajo. No iba bien.
— Oh, Draco...
No pudo evitar tratar de confortarlo poniendo la mano sobre la que descansaba cerrada en un puño sobre la mesa.
— Los muggles dicen que el hábito no hace al monje. Pero entiendo que es difícil distanciarse de la educación recibida. Cuando supe qué Andrómeda no viviría mucho, me entró el pánico. Amo a mi ahijada, pero todo lo que viví en mi infancia y adolescencia pensé que no me acreditaba como un buen candidato a padre.
— Pero lo eres. Todos podemos dar fe.
— Y tú puedes ser un hombre que se maquilla.
Draco no contestó, solo miró la mano que aún se posaba con cuidado sobre la suya.
