Marzo 2004

Estaba en su despacho, corrigiendo exámenes, cuando le llegó un aviso para que fuera al despacho de la directora. Con un suspiro, dejó la pluma con cuidado sobre la mesa, adiós a sus planes de llegar pronto a casa. Se levantó, se abrochó la túnica y salió al pasillo caminando con brío.

Cuando entró en el despacho de McGonagall lo último que esperaba era un niño con intenso pelo azul abrazándose a su pierna.

— ¡Ted! ¿Qué ocurre?

— No pasa nada malo, Potter —le tranquilizó Malfoy, tranquilamente sentado frente a la directora—. Pero ha llegado una carta y Edward no podía esperar a enseñártela.

Se agachó para coger a su ahijado en brazos y entonces vio que apretaba un pergamino enrollado en la mano.

— ¿Me lo das, cariño?

El niño estiró una manita temblorosa al tiempo que escondía la cara en su cuello. Se sentó con cuidado y lo colocó atravesado sobre él para poder abrir el pergamino. Sin decir nada, Draco lo tomó y lo mantuvo abierto para que lo pudiera leer.

— Es la sentencia de la custodia —les dijo con voz temblorosa—. Voy a ser tu padre, Ted.

— ¿Puedo llamarte papá entonces? —contestó, mirándole con ojos brillantes igualitos a los suyos, imitando también su cabello.

— Por supuesto, hijo —le respondió, abrazándolo fuerte.

Minerva los mandó a casa unos minutos después, con una de sus raras sonrisas. Harry cargó a Ted todo el tiempo, el niño fuertemente agarrado a su cuello. Al llegar a casa dejó en manos de Draco la cena, era imposible que Ted se separara de él. Realizó los rituales habituales de baño, recoger la habitación y poner la mesa, con el niño sonriendo y aferrado a su pantalón o su camisa todo el tiempo.

Se sentaron a cenar y en ese momento, mientras Teddy se concentraba en el pescado en su plato y hablaba de postre especial de celebración, Harry se dio cuenta de que Draco no había abierto la boca desde que habían salido de Hogwarts. Lo miró preocupado, después de los meses de convivencia era raro verle tan silencioso y con ese aire ausente.

Tras conseguir acostar a Ted, Harry volvió a la cocina y se encontró a Malfoy acabando de recoger en el fregadero

— ¿Te arrepientes? — le preguntó a bocajarro.

Draco se giró hacia él, secándose las manos con el paño de cocina.

— ¿De qué?

— De haberme cedido la custodia. Pareces molesto.

El rubio movió la cabeza y se dejó caer en una de las sillas, desenrollándose las mangas de la camisa.

— No, Harry —respondió, cansado.

— ¿Qué pasa entonces?

— No pasa nada. Me alegro por vosotros.

— Vale, ahora dímelo mirándome a la cara —le exigió—. ¿Qué ocurre?

Soltó un largo suspiro y le miró por fin.

— Tengo que volver a Francia. Mi madre ha empeorado mucho. He estado apurando, intentando evitar marcharme mientras tuvieras que trabajar para no dejaros en la estacada, pero no puedo demorarlo más.

Harry se sentó frente a él, compungido.

— Lo siento muchísimo, Draco. De verdad.

— Yo... no sé cuánto tiempo estaré fuera, pero volveré. Empecé hace un par de semanas a buscar un apartamento.

— Oh...

— Necesito que me ayudes a explicárselo a Edward —suplicó, con las manos cerradas en puños sobre la mesa—, no quiero que esto le trastorne, pero necesito estar en Toulouse antes de acabar la semana.

— Eso es realmente... pronto.

Draco asintió y volvió a ponerse en pie para poner la tetera en el fuego.

Era un domingo por la mañana, una semana después de la partida de Draco. Harry despertó como siempre al amanecer, pero cerró los ojos y se giró del otro lado. Había sido una semana difícil. Harry ya sabía que su hija se sentía más segura lidiando con la tristeza cuando era una niña. Lys le había dicho que era habitual que las personas género fluido se sintieran más cómodas lidiando con determinadas emociones en un género concreto, así que la última semana Cassie había caminado silenciosa y triste por la casa, muy pegada a él cuando estaban juntos. Pansy se había ofrecido a cuidarla mientras él estaba trabajando, aprovechando que ella ya estaba instalada en su nueva oficina y que siempre había algún otro de sus amigos por allí, la niña nunca estaba sola. Pero añoraba a Draco. Y él también.

Sintió los pasitos entrando en su habitación y como Cassie se metía bajo las mantas a su espalda.

— Es muy temprano, cariño, ¿no quieres dormir más? luego iremos a casa de Blaise y Ron —le preguntó, girándose hacia ella.

Los ojos un poco dorados le miraron y la vio arrebujarse más entre las mantas mientras ponía esa cara que ponía siempre cuando quería preguntarle algo.

— ¿Qué ocurre, Cass?

— ¿Estás triste porque Draco se ha ido? Yo estoy triste.

Estiró la mano para quitarle el pelo de la cara y le acarició la mejilla de paso, consolándola.

— Draco volverá, cariño. Lo prometió, ¿recuerdas?

— Pero dijo que ya no vivirá con nosotros —respondió la niña con un puchero.

— Bueno, es lógico que tenga su casa. Él vino con nosotros para acompañarte mientras yo trabajaba. Y en septiembre irás a la escuela.

— ¿Quién te hará compañía a ti, papi?

Harry sonrió y volvió a acariciarle la cara.

— Tú me haces compañía.

— Pero yo soy una niña. Y los demás mayores tienen compañía. La tía Ginny tiene dos novias. ¿Tú no quieres una novia? ¿O un novio como el tío Ron?

— Bueno, cariño, se puede ser feliz sin pareja. A mí me hace feliz mi trabajo, me hace feliz ser tu padre, me hacen feliz mis amigos.

— ¿Y los besos y los abrazos?

Golpeó suavemente la naricita con el índice y sonrió.

— Tus abrazos son los mejores. ¿Me das uno ahora? Para coger energía y levantarme a hacer el desayuno.

Sin dudarlo, Cassie se deslizó bajos las mantas y la abrazó fuerte. Entonces escuchó con claridad como le sonaban las tripas.

— Mmm, quiero tortitas.

— Las tortitas requieren un buen abrazo.

Cassie apretó más el abrazo y Harry rió justo antes de salir de la cama y dirigirse a la cocina.


Toulusse, agosto 2004

Sintió la presencia de Pansy tras él antes de que dijera una palabra. Después de tantos años viviendo juntos, incluso durmiendo juntos cuando uno de los dos necesitaba ser abrazado, podía detectar el más leve rastro de su perfume.

— Hola, Pans.

Su amiga dio un beso en su mejilla y se sentó con cuidado en la silla de al lado.

— ¿Cómo está? —preguntó en un susurro.

— Igual.

La mano un poco más pequeña, con las uñas perfectamente arregladas, buscó la de Draco. Pansy esbozó una pequeña sonrisa al descubrir las uñas de su amigo pintadas de un suave lila.

— ¿Siguiendo los consejos de Ted?

— ¿Disculpa? —Draco reaccionó girándose por fin a mirarla.

— Ya sabes, pintarse las uñas hace que te sientas mejor.

Draco miró sus propias manos antes de contestar.

— Sí. Pero no funciona.

— Lo que te falta es compartirlo con él.

Su amigo se encogió de hombros y volvió a mirar la figura en la cama.

— Draco, cariño. Sal un rato conmigo a pasear. Me han dicho que llevas horas aquí sentado. Hoy hace muy buen día.

La conocía como para saber que,a pesar del tono amable, Pansy lo sacaría de aquella habitación dijera lo que dijera, así que se puso en pie, resignado. Se encorvó para besar la frente de su madre y salió silenciosamente tras ella de la habitación.

Nada más salir a la calle, Pansy enlazó sus brazos y caminó hacia el parque más cercano.

— Sigo odiando los hospitales. Me da la sensación de que no puedo respirar bien ahí dentro.

— Yo tampoco. Gracias por sacarme —contestó Draco, tomando su mano.

—Más de cuatro meses, Draco. Esto no es sano.

— No puedo dejarla.

— Ted y Harry se están preparando para comenzar la escuela —comentó Pansy después de caminar unos metros en silencio.

— ¿Siguen sin preguntar por mí?

Pansy suspiró y apretó más fuerte sus dedos.

— Les dijiste que volverías pronto. Y no has querido contarles lo que pasa. Pero Ted sí pregunta si vuelves ya. Es su padre el que anda que parece de luto.

— ¿Qué le pasa?

— Querido, tú le pasas. Por Circe, ¿qué os pasa a los hombres? Blaise y Ron igual, bailoteaban el uno alrededor del otro sin darse cuenta de lo que tenían delante.

— Pansy...

— No, Draco. Es Potter, suspiraste por él en el colegio hasta aburrirme. Vivís en la misma casa, criais juntos a un niño. Te anima a ser tu mismo y quitarte de encima las mierdas de tu padre. ¿Qué necesitas para lanzarte?

— Tengo una responsabilidad...

— No me cuentes historias. Cariño, lo diste todo por tu familia. Todo, por seguir a tu padre y luego por cuidar de tu madre. ¿Y que hay de ti? De tus sueños, de tu vida. ¿Vas a reducir tu vida a estar junto a la cama de tu madre? Y a llevar las cuentas del dinero de tu padre hasta que salga de la cárcel. ¿En serio aspiras a eso nada más?

Vio como a su amigo se le vidriaban los ojos.

— Draco, tienes una familia de verdad en Inglaterra. Te echamos de menos todos, no solo el niño. Vuelve con nosotros, ella realmente ya no está y que le dediques tus horas junto a la cama no va a cambiar la situación.

Draco no le contesto, solo miró al suelo mientras seguía caminando y lloraba en silencio. Pansy suspiró y le abrazó por la cintura, dejando que él se apoyara, como tantas veces habían hecho el uno por el otro en el pasado.