Octubre 2004
Harry y Neville solían reunirse los viernes después de comer. Los dos tenían libre la primera hora de la tarde y aprovechaban para ponerse al día, las semanas en Hogwarts eran estresantes y Harry se marchaba en cuanto acababa su última clase, no dormía en la escuela ya como Neville.
— ¿Cómo le está yendo a Ted en el colegio? —preguntó Neville, haciendo como siempre una mueca por el sabor del café que Harry preparaba después de comer.
— Bueno, tiene sus días. Pero es una suerte que se trate de una primaria mágica, no tenemos que controlar los cambios de aspecto.
Neville dejó la taza con cuidado en el platito y cruzó una pierna sobre otra con elegancia innata sangrepura y le miró con fijeza.
— ¿Tiene problemas con otros niños? Pareces preocupado.
— Es inevitable, incluso en el mundo mágico no suele verse alguien como él. Pero hemos trabajado con Lys por esto.
— ¿Qué es lo que te preocupa entonces?
Su amigo suspiró y miró la foto que tenía sobre el escritorio.
— Draco. Ayer discutimos. Hay una niña en la escuela que se niega a sentarse cerca de Ted. La maestra habló con sus padres y resulta que la madre es hija de muggles y está convencida de que es peligroso porque lo suyo es una enfermedad mental.
— Y Draco quiere maldecirla.
Harry no pudo evitar una sonrisa. Draco parecía una persona fría y tranquila, pero todos sabían ya que era terriblemente protector.
— Más o menos. Traté de explicarle que para los muggles aún es más desconocido que para los magos, y que la televisión y el cine han hecho creer a la gente que cambiar de nombre o de aspecto es síntoma de una enfermedad mental.
— Eso es... una mierda —masculló Neville.
— Pero es así. Esas personas no son conscientes de sus múltiples personalidades. Ted simplemente distingue cuando se siente niña o cuando se siente niño. El caso es que la maestra hace lo que puede, pero Draco ayer al ir a recogerlo se encaró con la madre en cuestión. Y bueno, que sea Draco Malfoy no ayuda.
— Mierda.
— Sí, mierda. —Confirmó Harry, reforzándolo con un asentimiento de cabeza— La maestra me ha pedido que recoja otra persona unos días a Ted mientras la cosa se calma. Y Draco está en modo protector y quiere sacar al niño del colegio. Todo lo que suena a enfermedad mental es un tema sensible para él, y lo entiendo, pero no atiende a razones.
— Y tú crees que Teddy necesita ir a la escuela —aventuró su amigo.
— Lo creo yo, lo cree Lys y lo creía Andrómeda. Sabíamos que habría problemas. Pero por desgracia Ted tiene que aprender a lidiar con todo esto y es más fácil ahora que está con nosotros que cuando llegue a Hogwarts.
— Pero aquí te tendrá a ti. Y a mí.
Harry negó con la cabeza y dio un sorbo de su café.
— La adolescencia lo hace todo más complicado. Seguramente alguno de esos niños que van con él ahora sean sus compañeros aquí. Necesita relacionarse con otros niños, un grupo de iguales. Recuerda cómo fue para ti crecer rodeado de adultos.
El rubio meditó un largo minuto.
— Tienes razón. ¿Qué vas a hacer?
— Hermione irá a buscar a Ted hoy y se quedará con él. Y yo trataré de hablar con Draco.
— Buena suerte —le dijo su amigo con una sonrisa, levantando la taza como si brindara.
— ¿Y tú? —Cambió Harry de tema— ¿Cómo van las cosas con Luna?
Neville se sonrojó, pero sonrió.
— Estará en el país un par de semanas alrededor de Halloween.
— ¿Y llevas bien, ya sabes, que vaya a quedar también con Gin? —preguntó con prudencia.
— No te negaré que fue extraño al principio, pero... he pensado en pedirle una cita a Hannah —confesó.
Las oscuras y pobladas cejas se alzaron hasta rozar el tupido flequillo.
— Vaya, eso no me lo esperaba.
— Nos escribimos bastante —le explicó Neville—. Y bueno, ella me animó a salir con Luna. Me gusta, Harry, siempre me han gustado las dos y me sentía mal por eso.
— Nunca acabas de conocer del todo a tus amigos. Me alegro, Nev —le sonrió, palmeándole el hombro con cariño.
Neville miró el reloj. Su cita semanal estaba a punto de terminar.
— ¿Solo tienes una clase esta tarde, no? —preguntó, poniéndose de pie y tomando su túnica del respaldo de la butaca.
— De tercero, a las cinco —respondió Harry, poniéndose también de pie.
— Yo te la doy. Vete a casa, habla con Draco.
En cuanto entró en casa, agradeció el favor de Neville y anotó mentalmente que le debía un regalo a su amigo. Junto a la chimenea había un baúl.
— ¿Draco?
Corrió por la casa y finalmente lo encontró en el cuarto de Teddy, sentado en la silla del escritorio con Wolf entre las manos.
— Ey, estás aquí —saludó, sentándose en la cama frente a él, soltando el aire que había retenido al ver el baúl.
— La primera vez que le vi durmiendo abrazado al peluche, ¿sabes que pensé? —continuó Draco en voz baja, con la mirada en la foto de los padres de Ted sobre la mesilla.
— Dime.
— Me pregunté cómo le diríamos cuando fuera mayor que su padre no era precisamente un cachorrito de pelo suave.
— Yo lo he pensado también alguna vez —se sinceró el moreno—. Siempre temo que el sanador esté equivocado y en algún momento aparezca la licantropía.
Draco se giró a mirarle.
— No me lo habías dicho.
Harry suspiró y estiró una mano para ponerla en la rodilla del rubio.
— Es de esas cosas que siento que si no las pongo en palabras, no ocurrirá. Draco... ¿el baúl?
— Cuando te has ido esta mañana a trabajar, me he obsesionado con que no estoy a la altura y voy a complicarle la vida a Ted —confesó, volviendo a desviar la mirada—. Pero luego vine aquí... y ahora no puedo irme.
— Draco...
— A veces odio ser yo —murmuró con la voz un poco rota.
— Lo entiendo. Mírame, —Le tomó de la mandíbula con suavidad— soy un ermitaño, no eres el único al que le genera malestar tener que salir al mundo. Pero Ted nos necesita, necesita que los tres salgamos un poco de nuestra burbuja y enfrentemos este tipo de situaciones.
— Esa mujer... —movió la cabeza, con los dientes apretados— odio pensar que nuestro niño tenga que enfrentarse a mierda como esa toda su vida simplemente por ser él mismo.
— Lo sé. Y es una mierda tener que enseñarle con seis años que hay gente que le va a tratar así. Pero también va a descubrir por sí mismo que puede hacer amigos y que le querrán sin importar su género o su apariencia.
Draco le miró un largo minuto en silencio, los ojos grises bordeados de rojo, hasta poner una mano fina sobre la de Harry, que no pudo evitar sonreír al ver las uñas suavemente pintadas de azul.
— Lo siento, Harry. Siento haber perdido los nervios y siento haberme planteado marcharme. Yo...
— No te has ido —zanjó el moreno—. ¿Has comido?
Movió la cabeza negativamente.
— Ni siquiera sé qué hora es —confesó.
— Las cuatro.
— ¿Qué haces en casa? —preguntó extrañado.
— Neville se ofreció a dar mi clase de esta tarde. Quería hablar contigo, pero reconozco que esperaba más ira y más orgullo herido.
— El viejo Draco. —Sonrió, con un tinte de nostalgia— Creo que no había perdido tanto los nervios desde que fui a buscar a Pansy al manicomio en el que la habían metido sus padres.
Harry se puso de pie y lo tomó de la mano para ir a la cocina. Lo dejó sentado a la mesa y se acercó a la nevera.
— ¿Quieres pasta? Hay estofado de ayer, pero sé que no te entusiasman las verduras guisadas.
— Pasta está bien. Déjame que te ayude —se alineó a su lado y sacó la tabla de cortar y un cuchillo grande.
Comenzó a picar la cebolla que Harry puso junto a la tabla mientras el moreno llenaba una olla con agua caliente.
— Apenas hemos hablado de tu vida en Francia, me da la impresión de que esto te ha llevado un poco de vuelta al pasado —le planteó Harry con voz tranquila.
— No hay mucho que contar. Cuidé de mi madre —masculló, sin separar la vista del cuchillo.
— Pasaste cuatro años allí. Ni siquiera sé por qué te fuiste —insistió su compañero, abrazándolo por detrás.
— Me fui porque tenía que sacar a mi madre de Inglaterra —explicó por fin, después de un par de minutos en silencio—. Después de que mi padre entrara en Azkaban y tú aseguraras nuestra libertad, ella perdió la cabeza. Y francamente, no había futuro para mí aquí.
— Eso no...
— Aún es así, y lo sabes —insistió, tajante.
— Pero volviste, dos veces —le recordó, apretando los brazos alrededor de su cintura.
— Bueno, la primera vez lo hice por mi madre. Y la segunda... bueno, esa la recuerdas seguro...
Recibió un beso en la mejilla y Harry le soltó para echar la pasta en la olla.
— Pansy me dijo algo, cuando vino a buscarme esta última vez —comentó un minuto después, tendiéndole la tabla con la cebolla picada.
— Sea lo que sea, aún tengo que darle las gracias.
Draco sonrió y golpeó suavemente su cadera con la de Harry.
— Me recordó que renuncié a estudiar o a un trabajo de verdad por ocuparme del dinero de mi padre. He estado pensando en eso.
— ¿Quieres compartirlo? —preguntó Harry mientras removía carne picada y la cebolla en la sartén.
— Me gustaría hacer algo. Teddy se irá a Hogwarts en cinco años y mi padre saldrá de Azkaban aún antes, seguramente. Pero presentar los EXTASIS ahora... me hace sentir muy ridículo.
— ¿Has pensado qué quieres hacer?
— En Francia estudié un año de psicomagia.
— Wow. —Se sorprendió— ¿Y no puedes continuarla aquí?
— No sin pasar los EXTASIS primero.
— Ron y yo los presentamos en convocatoria especial, él para entrar en la Academia y yo porque me lo exigían para enseñar. Puedo ayudarte con eso —se ofreció—, a estudiar y con los papeles.
— Tú ya tienes muchas cosas —trató de rechazar Draco.
— Y vosotros dos estáis a la cabeza de las que son prioridades.
Draco se giró a mirarle. Llevaban juntos apenas un par de meses y a ratos se sentía inseguro. Él estaba acostumbrado a saber que sus amigos le querían, aunque Nott fuera un sieso, pero ellos eran distantes con los ajenos a su círculo. Harry era amable con todo el mundo, estaba en su naturaleza a pesar de la mierda que había recibido de la gente a su alrededor, él incluido.
Era afectuoso, pero no hablaba de sentimientos más que con su hijo. Y Draco se estaba acostumbrando a interpretar sus gestos y comentarios como muestras de amor.
— Harry, yo... gracias.
Harry apagó el fuego y se giró a mirarle.
— ¿Qué ocurre? —preguntó frunciendo el ceño— Tienes cara de tener algo en la punta de la lengua y no atreverte a decirlo.
— ¿Eso te funciona con tus alumnos?
— Suéltalo, Draco.
— ¿Por qué estamos juntos?
El ceño moreno bajó más.
— No entiendo la pregunta. Tú dijiste que querías quedarte.
— Y tú me pediste que me quedara.
Los brillantes ojos verdes le miraron fijamente y parpadearon dos veces antes de que apareciera una pequeña sonrisa.
— Normalmente cuando dos personas eligen vivir juntas y duermen juntas, suele ser porque hay sentimientos. ¿Eso es lo que te preocupa?
— No estoy dudando de ti. Solo que a veces...
— La inseguridad golpea. En el fondo somos muy parecidos, Draco. Mostramos más de lo que decimos.
Draco dio un paso y le acarició la cara.
— Espero mostrártelo día a día, Harry. Pero por si acaso, decirlo en voz alta es como invocarlo: te amo.
Harry se puso de puntillas y le besó.
— A veces creo que soy excesivo en los gestos, estoy acostumbrado a cuidar, así que me retraigo para no agobiarte. —Le dio un segundo beso— Yo también te amo, mucho. Y te lo diré a diario si es lo que te hace feliz.
El delgado rostro del rubio se iluminó con una amplia sonrisa. Lo tomó por la cintura y le devolvió el beso con una pasión que le sorprendió.
— Tienes que comer, Draco —murmuró Harry sobre sus labios, cuando lo acorraló contra la nevera sin dejar de besarle.
— Y lo voy a hacer. La pasta será estupenda para recuperar energía en un rato —le respondió, atacando su cuello.
El moreno solo rió, feliz, y se dejó querer.
