Y seguimos con un nuevo capítulo.


12.La ermitaña

No sé cuánto tiempo pasó desde que me quedé inconsciente, lo que sí sé es que el descarrilamiento del tren me había dejado molida, aunque todos mis sentidos me decían que corriera al recordar las palabras de aquella pony que me había rescatado, ¿acaso se habían dado cuenta de mi investigación? ¿Twilight y Trixie me habían traicionado? No, era demasiado pronto para que algo así ocurriera.

Así pues, al sentir que mis patas traseras se movieron y que tenía vendajes por todo el cuerpo, supe que no estaba muerta, y mucho menos era prisionera. Aunque sentir un animal caminando en mi torso era una sensación extraña, y mi sorpresa de ver a un conejo encima de mí fue poca cuando vi a mi salvadora.

Apenas era una mancha amarilla y rosada, pero de una voz tranquilizadora que me llenaba de calma, y entonces me puso una almohada debajo de mi pata.


—Despertaste —dijo con algo de alivio—. Qué bien, estaba empezando a preocuparme, ¿cómo te sientes?

—He estado mejor… ¿dónde estoy?

—En el bosque Everfree —respondió—. Muy, muy dentro del bosque Everfree, pero no te asustes, no estamos en peligro.

Y entonces Laysip reaccionó, provocándose un tremendo dolor en las costillas que la hizo gritar, alterando a su anfitriona y su conejo mascota.

—¡Tranquila! ¿Qué sucede?

—¡Mis cosas! ¡No deben tener mis cosas! ¡Dime que no tienen mis cosas!

—¡Tus cosas están allá, están bien! Ningún pony ha tocado nada.

Alcanzó a ver su alforja en medio de su visión borrosa, y el dolor amainó en todo su abdomen. Fue entonces que se fijó mejor en la pegaso que la había salvado, y a pesar de su cabello largo y sucio pudo ver su aspecto tan joven. La idea de que muchas vidas jóvenes estaban siendo arruinadas por alguna fuerza que no comprendía le volvió a cruzar por la cabeza.

—¿Fue hace mucho?

La yegua ladeó la cabeza sin entender lo que Laysip decía.

—Lo de tu ojo, perdona la pregunta.

—Oh, cuando era una potranca, en el incidente de la explosión multicolor —dijo ella—. Ya no es que me haga falta, tengo a Ángel, y otros amigos, no necesito más.

Se quedaron en silencio por algunos minutos en lo que le daba un pedazo de zanahoria al pequeño conejo.

—Esos papeles deben ser muy importantes, ¿no? —dijo la pegaso—. Tu reacción dijo mucho, tendré un solo ojo, pero sé cuándo algo es delicado. No te preocupes, no los leí, sé respetar la privacidad de otros ponys.

—¿Y cómo te llamas?

—Fluttershy, mucho gusto.

—Laysip Page —dijo luego de tratar de levantarse, sin éxito—. Perdona mi descortesía pero, ¿qué pasó con el tren?

Fluttershy le sirvió un poco de agua en un vaso que no se veía muy limpio, pero que no dudó en tomar, tenía la boca reseca.

—Ángel y yo pasábamos por ahí cuando escuchamos las explosiones. Nos asomamos a ver y vimos cómo los vagones se incendiaban y el tren se movía como serpiente. Hubo muchas explosiones y vimos que saliste volando.

De nuevo volvió a recordar la sangre saliendo de sus heridas, el vidrio roto volando por todas partes, el estruendo de las explosiones y su estómago dando tumbos dentro de su abdomen.

—No íbamos a recogerte —aclaró Fluttershy—, pero luego vimos cómo se acercaban varios guardias de la Reina. Sé que cuando están implicados no es con buenas intenciones, no íbamos a dejar que te dañaran.

¿Entonces me descubrieron?, pensó Laysip luego de escuchar el breve relato de su rescatadora. Pero no dejaba de pensar que aquello no tenía sentido. No a menos que alguien la hubiera delatado, y de ser así, ¿quién fue?

—Sí, creo que nadie confía en la Guardia Real.

—No sé si otros lo hagan, yo no al menos, no luego de ver lo que les hicieron a esos chicos hace 3 años.

—¿Cuáles chicos?

—Oh, bueno, está bastante lejos, en las pasturas que bordean el bosque. Había un grupo de niños y su maestra que paseaban, quizá estaban de excursión, no lo sé, pero no debían estar ahí.

Se miraron por largos segundos mientras el conejo hundía la cara en los vegetales cortados que su ama le había preparado. Para entonces, Laysip había recobrado la suficiente fuerza para sentarse en la cama.

—No entiendo por qué te importa —dijo Fluttershy.

—Supongo que tengo cara de saber escuchar, eh.

Fluttershy le preparó un pequeño sándwich, y en ese momento Laysip aprovechó para echar un vistazo a su hogar. Se trataba de una vivienda algo oscura, se sentía el olor a tierra húmeda y las mismas paredes parecían haber sido moldeadas con tabiques de barro que se usaban hace 20 o 30 años. En las mismas había dibujos de un extraño ser que asemejaba una serpiente con patas de caimán y cabra, con una extraña cornamenta que era una mezcla de cabra y venado. Se le distinguían también un par de alas que no supo definir. Se quedó tan inmersa en ese dibujo que no notó cuando Fluttershy le puso el plato en la cama y se sentó junto a ella.

—A veces lo veo en sueños —dijo ella—, pero no sé qué es. Lo dibujé de cómo lo recuerdo, y recuerdo una extraña risa, y su voz, como de un ser antiguo. A veces bailamos, a veces vemos el atardecer, a veces nos besamos. Sé que suena tonto, pero es una sensación muy auténtica.

—No, no, he tenido sensaciones así.

Las dos se sonrieron mientras comían en silencio.

—Soy una periodista, por eso pregunté. Y en particular lo hice porque trabajo en una investigación relacionada a la Corona. Las injusticias que cometen.

—Injusticia… —susurró Fluttershy.

Su mirada se enfocó en el piso, poco a poco tornándose angustiada, y aunque Laysip siguió comiendo, no pasó por alto aquel gesto por parte de su anfitriona. En medio de una mirada cansada como la de Rarity y de decepción como la de Rainbow, había miedo. Un miedo profundo e inmenso. Un trauma.

—Sí, eso fue lo que le hicieron a la maestra. Una injusticia.

Llevaba buen rato cavilando en lo que decía Fluttershy, hasta que recordó una de las tantas noticias que había cubierto Soarin, cuando ella apenas comenzaba en el mundo del periodismo.

—Cuando empecé a trabajar en el periódico, uno de mis colegas cubrió la noticia de un grupo de niños que desapareció junto con su maestra. Se llamaba Cheerilee, si no recuerdo mal. Una yegua de pelaje púrpura y cutie mark con forma de tres flores.

Fluttershy volteó a mirarla una vez más, y con la expresión de su gesto supo que estaba en lo correcto.

—¿Eso dijeron? ¿Están "desaparecidos"? —preguntó haciendo énfasis en esa palabra, con un deje de indignación.

—Fue lo más cerca que mi compañero pudo llegar, ¿sabes algo?

Fluttershy negaba, con un gesto de amargo temor y enojo, una lágrima resbaló por su mejilla y al ver su estado alterado, su conejo fue rápido a sentarse en su cabeza y abrazarla con cariño. La yegua estaba empezando a hiperventilar. Este tipo de cosas no eran fáciles de abrazar, Laysip lo sabía ahora más que nunca, pero al parecer ella se lo había guardado mucho tiempo.

—Lo que les hicieron fue horrible, y sí están desaparecidos, pero porque la Guardia así lo quiso. Esos nefastos ponys los masacraron sin piedad.

—¿Masacrar?

—¡Sí, demonios!

Fluttershy pareció calmarse un poco al abrazar a su mascota, pero no por ello dejaba de llorar. Laysip se sentó a medias, y luego de tomar un sorbo más de su agua, le pidió a ella que le pasara su cuaderno y una pluma.

—¿Para qué?

—Soy periodista, y si sabes qué le pasó a la maestra Cheerilee, lo daré a saber. No debes preocuparte de que sepan quién eres, nunca lo sabrán.

Las dos se quedaron mirando un poco desconfiadas de la otra, pero era cierto lo que dijo Laysip, tenía cara de saber escuchar, y entonces Fluttershy se rompió. Todo empezó a salir.

Fluttershy estaba acostumbrada a vagar por el bosque Everfree en busca de alimento para sus mascotas que, a pesar de no ser tantas ni muy variadas, se mostraban agradecidas por el gesto. Esta vez había sido época de lluvia y las setas crecían a lo largo y ancho del bosque, y de una revista que halló en la basura alguna vez, sabía que eran muy codiciadas por los ponys ricos de Canterlot, y ella estaba dispuesta a hacerse con ese botín y quizá conseguir algo de dinero.

Fue entonces que, mientras caminaba junto a Ángel en una pequeña colina que bordeaba el bosque, escuchó la canción entonada por muchos chiquillos que iban acompañados de una yegua con melena rosada y de pelaje púrpura con una cutie mark de tres flores sonrientes. Rápidamente se ocultó detrás de los arbustos, sabiendo que se irían en cualquier momento, ya que no era la primera vez que veía un grupo así, pero no quería asustarlos como ya había pasado antes.

Siendo así, optó por quedarse sentada un rato y mordisquear las galletas que compró en su última visita a Ponyville, se quedaron en silencio, acostados en la tierra húmeda mientras escuchaba reír y jugar a los estudiantes hasta que todo se quedó en calma; decidió levantarse, pero se dio cuenta de que no se habían marchado, sino que una patrulla de la Guardia Real había llegado al sitio. Se quedó a mirar sólo por curiosidad, preguntándose por qué estaban cateando a la maestra, si de lejos se veía que no llevaba nada más que sus útiles en la alforja, y ni siquiera eso los hizo detenerse de inspeccionar la mochila de los alumnos.

Sin embargo, las cosas empezaron a ponerse espeluznantes cuando uno de los de los soldados le pasó la nariz por la cola a la maestra, quien de inmediato se volteó para darle una bofetada; esa defensa no hizo sino enojar al enorme guardia, quien de un golpe mucho más fuerte la derribó en el suelo. Los demás guardias rieron, y mientras uno de ellos les ordenó a los niños que miraran a otro lado, otro inmovilizó a la maestra dándole un golpe con su escudo en el lomo. Había sonado como un martillo rompiendo una puerta, y luego del alarido de la maestra, el guardia que inició todo se removió parte de su armadura, mostrando su pene erecto, y en un rápido movimiento penetró a la indefensa maestra.

Los gritos de dolor y horror se perdieron en medio de la llanura, siendo oídos únicamente por Fluttershy, que miraba todo con un terror que la congeló en el sitio. La maestra pedía ayuda, pero no podía moverse, y cuando aquel pony dejó de violarla, uno más empezó. Por otro lado, uno de ellos había hecho voltear a una pequeña potra de pelaje gris para que mirara, y no supo cuánto tiempo pasó hasta que la hicieron correr el mismo destino, mientras el resto del grupo lloraba a moco tendido.

Fue esto lo que provocó el momento donde todo se vino abajo. Uno de ellos, pequeño y regordete, empezó a correr para huir.

—¡Snips, alto, no sigas! —le gritó su maestra.

Sin embargo, poco le costó a un guardia alcanzarlo con sus alas y caerle encima; quizá se trataba de una maniobra que realizaban con adultos, porque el pequeño no la soportó. El guardia lo levantó de una pata, y todo su cuello dio una vuelta como si fuera un búho; le había roto el cuello, matándolo al instante. Esto asustó a todo el grupo, quienes empezaron a correr lejos de los guardias, y mientras ellos deliberaban qué hacer, finalmente decidieron cazarlos. De forma literal, los cazaron, y su sangre quedó regada por todo el pasto bajo la mirada atónita de su maestra.

La pobre yegua, ya congelada del terror al ver la masacre, quiso mover el cuerpo de su alumna, sólo para encontrarse con que la pequeña fue apuñalada frente a ella, antes de que otro le alzara el cuello por la melena y le rebanara la garganta de un tajo. En un instante todo se había convertido en una carnicería, en un terrible crimen que, sin que ellos lo supieran, había sido presenciado por una yegua solitaria que vagaba en busca de comida y algo para vender. Ella se quedó a presenciarlo todo, incluso cuando los soldados metieron los restos de todos en diversos sacos de lona que uno de ellos trajo en una carreta desde el pueblo; luego se los llevaron, dejando nada más que las manchas de sangre que fueron lavadas por la lluvia, para mala suerte de las autoridades que llegaron días después para investigar la desaparición.


El crimen seguía sin resolver, y las dos yeguas lloraban abrazándose como si fueran amigas de toda la vida, reviviendo aquel siniestro suceso que guardaba el bosque Everfree. Una vez más, ni las peligrosas mantícoras rivalizaban con la crueldad de los ponys. Esas bestias mataban para comer, los ponys sólo por placer. Un siniestro placer obtenido a base de destruir la mente de dos yeguas antes de asesinarlas.

—¡Ellos no desaparecieron! ¡La Guardia Real lo hizo! ¡Son monstruos, son demonios!

—¡Lo sé, lo sé! —gimoteaba Laysip—. Pero lo van a pagar, te lo prometo. Se los prometo a todos los que han herido. Ellos pagarán.


Estuvimos llorando un buen rato antes de quedarnos dormidas, cuando despertamos fue porque la dolencia en mis costillas regresó y ella me dio más medicamento. Seguimos charlando de todo durante la madrugada, ya que ninguna tenía sueño, y debo decir que es una de las yeguas más agradables que me he encontrado, sin mencionar que es muy bella.

Luego del incidente de la explosión multicolor, perdió su ojo al darse un buen golpe con un árbol que detuvo su caída. La ayudaron a volver a su hogar, pero sólo regresó para enterarse de que sus padres y su hermano fueron víctimas mortales de la onda expansiva, quedándose ella sola. Y entonces decidió vivir en el bosque, rodeada de los animales que la ayudaron a regresar.

Había sido una vida tranquila hasta ese suceso, donde los Guardias cometieron aquella atrocidad. Y aunque trata de llevarlo bien, puedo distinguir esa mirada en ella. La misma depresiva mirada de Rainbow Dash, la furiosa de Applejack, la intriga de Pinkie Pie, la decepción de Rarity, el asco de Twilight. Pero ellas no son las únicas, creo que compartimos todos algo en común en este mundo, todos los que notamos que algo está mal.

Pero se lo prometí a todos, y no los defraudaré. Ellos caerán.