Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.

Capítulo 9

Un fin de semana

Meses atrás…

Me sentía agotada.

Había dormido escasas tres horas y no porque estuviera de fiesta o una noche apasionada con mi esposo, no. Era por la sencilla razón de que había decidido traer trabajo a casa.

Era la primera vez que la ansiedad me había superado haciéndome hacer lo que juré nunca haría: trabajar en casa.

Aún me preguntaba: ¿cómo me atreví? Edward y yo teníamos dos días que nos habíamos reconciliado después de mi espantoso fallo de cumpleaños. Tal vez el maratón de sexo dé reconciliación me animó a escalar otro nivel y fue que pude tener valor de trabajar desde casa.

O quizá lo que provocó mi absurdo comportamiento y obsesión por trabajar fue descubrir que James quería mi lugar.

Los ruidos me distrajeron.

Mi niño corría por toda la casa sin parar de gritar. Tenía su energía en el punto más alto y apenas eran las diez de la mañana.

Mi cabeza iba a estallar.

― Bebé ―lo llamé cuando puse los pancakes en la mesa―. Pollito, la comida está servida.

Lo vi ponerse de puntillas y fruncir las cejas en desagrado.

― ¿Y mi sayuno divertido?

Fruncí los labios. No entendía de lo que hablaba, muchas veces tenía que adivinar cada palabra que mi niño articulaba, según el pediatra era normal para su edad.

Rasqué mi cabeza.

― Eric, es hora de alimentarte, por favor hazlo porque tengo un día ocupado.

Sus ojos volvieron hacía el plato color azul. Ahí estaban sus pancakes bañados en sirope y partidos en pequeños trozos.

― Me dijiste que me harías un sayuno divertido, mami ―me explicó―, con los ojitos saltones y fruta en forma de abeja.

― Mi amor… ―llamé su atención poniéndome a su altura y deslicé mis dedos por su pelo― por favor, intenta comer lo que prepararé ¿si?

Mi niño miró con desilusión su plato.

Le haría un nuevo desayuno, no podía ver su decepción en esa carita tan linda. Era la idea, un plan perfecto cuando el sonido de un nuevo correo electrónico me hizo voltear a la computadora portátil. Revisé rápidamente y era James. Me pedía mi parte del trabajo y yo no la tenía lista.

Empecé a sacar las pequeñas figuras con las que prepararía un nuevo desayuno.

Lo ignoré, al menos eso quería. En cambio mi estúpida conciencia me decía que le respondiera y le dijera la verdad.

No entendía qué pasaba conmigo. Por qué esa maldita necesidad de ser mejor laboralmente, estaba aferrándome a sobresalir por encima de todos y era claro que James hacía lo mismo para desbancarme.

Me había dado cuenta que el muy imbécil quería mi lugar.

No era casualidad que apenas semanas y él conociera cada maldito código que a mí me costó aprenderme en más de un año.

[Estoy un poco atrasada, te envío las cláusulas más tarde]

No tardó mucho para que respondiera con estúpidos emojis de risa. Imbécil.

La ira me sobrepasó. Abrí de nuevo la página donde estaba trabajando y me olvidé de todo, mis sentidos estaban sobre las teclas y pantalla.

.

Moví ligeramente la cabeza, mi cuello estaba rígido y dolía.

― ¿Dónde está Eric?

La dura voz de Edward me sobresaltó. Bajé inmediatamente de la silla alta y miré hacia el comedor, mi niño no estaba y el plato de pancakes seguía intacto.

Sacudí la cabeza. Olvidé preparar su desayuno, el que mi hijo quería. ¿Cómo pudo pasarme?

― Le di el desayuno, quizá está viendo televisión ―respondí nerviosa.

― Se supone que estabas cuidando de él mientras hago mi parte en la lavandería, ¿no?

Asentí.

Lo escuché maldecir y corrí detrás de él. Pollito no estaba en la sala de estar, ni en su habitación, ni en el cuarto de lavandería ni en ningún rincón de la casa.

Mi corazón latió salvajemente en mi pecho cuando miré la puerta trasera abierta; mis pasos se hicieron cada vez más pesados y solo podía rogar que no estuviera en la piscina.

Edward y yo logramos correr, quizás ambos estábamos sumergidos en tantos miedos por igual. Y agradecí que el lugar estuviera vacío, pero ¿dónde estaba mi bebé? Mi pollito.

Edward me encaró.

― ¿Qué pasa contigo? ―gritó enojado― ¿Cómo no te diste cuenta que no estaba?

― Él… él estaba ahí, desayunando mientras yo… ―mi voz se apagó.

Edward dio media vuelta, caminó hacia el patio delantero. Mi corazón se detuvo por un nanosegundo al ver a mi bebé lleno de barro, jugando con un pequeño charco.

Nos sonrió y entre sus pequeños dientes blancos había barro negro.

Corrí y lo tomé en brazos, lo abracé muy fuerte a mi pecho sintiéndome aliviada. Mi pollito estaba bien y era lo único que importaba.

Ese día no hablamos más.

Edward se dedicó a ignorarme y yo me sentí fatal porque no logré hacer mi trabajo. Aún con la frustración de haber fallado en la oficina, el resto del fin de semana lo dediqué a mi bebé y traté de enmendar mi error el lunes por la noche.

― Mi amor ―me arrastré por la cama y subí a horcajadas sobre su cadera― escúchame ―pedí, sujetando sus mejillas― lamento lo qué pasó, te juro que no fue mi intención.

Resopló, sus ojos fijos en los míos. Aún sintiendo el coraje que sentía contra mí sujetó mis caderas con sus manos.

― ¿Qué nos está pasando, Bells? Ya no somos los mismos, nos dedicamos a discutir y no me gusta.

― Tampoco me gusta ―admití―. Tenme paciencia.

Movió la cabeza de un lado a otro.

― No quiero que traigas trabajo a casa, no es justo para nuestro hijo ni para nosotros.

― Quería adelantar un poco de trabajo, amor. Ese imbécil que estoy capacitando es obvio que va por mi lugar, no puedo permitirlo. No le daré oportunidad para que me quite lo que es mío.

Por supuesto que había adivinado las intenciones de James y por mi vida que no me quitaría mi lugar.

― Bells… ―su voz era firme mientras sus manos estaban en mi rostro, acunándolo― por favor, no perdamos lo que tenemos. Te amo con mi vida y solo necesito que sigas en lo que teníamos, éramos tan cómplices y ya ni eso tenemos.

― Te prometo que no perderemos nada. Yo te amo, Edward y nunca haría nada por lastimarte.

― Tu exceso de trabajo me enfada ―reconoció―. ¿Harías eso por mí?

― ¿Qué cosa?

― No trabajo en casa. No horas extras. Y olvídate de los correos electrónicos, últimamente te la pasas respondiendo cada uno sin importar la hora.

Llevé una mano a mi pecho en una especie de promesa.

― Te prometo que no volverá a ocurrir.


Admito que tengo miedo a su reacción en los siguientes capítulos, aún así me atrevo a decir: ¿quieren más capítulos? Ustedes deciden las actuaciones, lo dejaré en sus manos. Por ahora me gustaría saber sus opiniones.

Infinitamente agradecida con su interés. Recuerden unirse a mi grupo de Facebook para imágenes respecto a cada capítulo.

Gracias totales por leer 💔