Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.
Capítulo 10
James
Meses atrás…
Después de la cena no encontraba el momento ideal para sacar el tema.
Sonreí tontamente mientras Edward sacaba los trastes del lavavajillas y los estaba acomodando en una pila sobre el mesón.
Mordí mi labio inferior y lo seguí mirando. Había terminado de barrer cada esquina de nuestra cocina.
― Alice está loca ―mencionó concentrado en secar cada plato con un trapo limpio― No quiero vestirme de vaquero para la fiesta de Jasper. No entiendo esas modas de las fiestas temáticas ―rio.
La bendita fiesta. Jasper estaba celebrando sus treinta años y Alice no dejó pasar la oportunidad de celebrarlo en grande. Fiesta en un rancho muy acorde con la temática de vaqueros y los invitados tendríamos que vestir muy adecuados al tema: sombreros, botas, mezclilla y camisas de cuadros.
― Eleazar está pensando en abrir otra nueva sucursal de la naviera ―empecé a explicar. No pasaron ni dos segundos y había obtenido su atención, sus ojos verdes estaban en mí, suspiré hondamente―. Tendré que viajar a California.
Listo. Al fin le había dicho lo que llevaba guardando por una semana.
― ¿Cuándo? ―su voz fue apagada.
― Mañana.
― ¿Y me dices ahora? ―preguntó mientras reía.
― No sabía cómo decirte. Pero no te preocupes que llegaré a la fiesta de Jasper, compraré la ropa e iremos juntos.
Apoyó las palmas sobre la encimera y mantuvo la cabeza inclinada. Estaba enojado o menor dicho, furioso.
Con algunos pasos me acerqué dubitativa y toqué su brazo izquierdo. Deslicé la punta de mis dedos por toda la extremidad.
― Por favor, entiéndeme ―añadí―. Es parte de mi trabajo, lo que me gusta hacer desde que decidí que quería estudiar. Apoyame.
― ¿Y quién me apoya a mí, Bells? Tengo que salir corriendo de la oficina para buscar a Eric porque tú no llegas temprano. Últimamente voy solo al supermercado porque no tienes tiempo para ir conmigo. ¡Hago todos los malditos deberes de casa! porque estás tan agotada que no puedes siquiera mantenerte de pie. ¿Sabes por qué? Porque no duermes, ¿acaso crees que no me doy cuenta que te levantas por la madrugada y te pones en la maldita laptop? Estoy cansado de esto.
― A veces pienso que todo tu coraje es porque gano más que tú ―refuté―. Sabes bien qué con mi sueldo podemos mantenernos bien, no necesitas trabajar, al menos por un tiempo ―encogí mis hombros.
Edward me enfrentó.
― No sé si lo haces para molestarme o ni siquiera eres consciente de lo que dices. Estás obsesionada con ser la mejor en esa maldita oficina y te juro que maldigo la hora en que entraste a trabajar ahí.
― ¿Por qué no me apoyas, Edward? ¿Por qué nada de lo hago te hace feliz?
― Porque no eres equitativa, ¡no existe un maldito equilibrio para ti! Solo eres tú y tú y siempre tú.
― Antes no te quejabas.
― Antes no trabajabas cómo lo haces ahora. Ahí radica la diferencia y no creas que te envidio, aunque tampoco admiro que estés dejando a Eric de lado por un maldito lugar de trabajo donde seguramente te echarán apenas digas no. Últimadamente, Bells, haz lo que te dé la gana, a mí me está dejando de importar.
Salió de la cocina.
Esa fue nuestra nueva discusión seguida de otras y otras.
Fue peor cuando el vuelo se canceló y no pude asistir a la fiesta de Jasper.
Observé la torrencial lluvia por el cristal del aeropuerto. El mal clima había impedido que saliéramos.
―Deberías dejar de culparte ―dijo James ofreciéndome un clinex.
Limpié rápidamente mis lágrimas y guardé el celular en mi bolso. No quería seguir viendo cómo Edward bailaba de lo más feliz con esa desconocida.
Alice se había encargado de subir cada maldita historia a su Instagram. Ella sabía malditamente que yo las vería y no le importó. Al contrario, se encargó de publicar fotos e historias de la fiesta, de su hermano bailando y muy amigable con una tipa que no tenía idea de dónde salió.
Por supuesto que fui directamente a la etiqueta, pero la estupida tenía su Instagram privado. Lo único que sabía, era su nombre: Tanya Denali.
― Isabella… ―habló James trayendo mi mente al presente― ¿qué te sucede?
― Tengo muchos problemas con mi esposo.
― Oh… no estoy casado ―dijo con una media sonrisa― si en algo puedo ayudarte, confía en mí.
Miré sus ojos azul brillante. Eran de un color extraño y bonito a la vez, pocas veces había visto personas con esa tonalidad de ojos.
― Quiero hacerlo sentir orgulloso de mí ―le revelé―. Lo qué pasa es que en mi esposo nada parece funcionar.
Él movió la cabeza en un ligero asentimiento.
― Nunca hagas nada por nadie, porque al final te dirá que no te lo pidió y tendrá razón.
Medité sus palabras y traté de sonreír. Edward y yo no parecíamos querer lo mismo.
― ¿Cenamos? ―propuso, con su mano tendida hacia mí― No me gustaría comer solo.
― No, gracias.
James se acercó. Parte de su torso cerca de mi cuerpo, me alejé.
― Isabella, solo es una cena y una copa de vino. No te estoy proponiendo nada más.
― Puede malinterpretarse.
― Sé que estás mal y quiero escucharte. Que te desahogues en mi hombro, además el vuelo está programado dentro de cinco horas.
Mordisquee mi labio inferior.
― ¿Dónde está Eleazar? ―pregunté al no verlo entre la multitud.
― Al parecer se fue con su socia.
― Él está casado.
― ¿Y eso importa? ―Cuestionó―. Anda, acompáñame.
Su mano fue a mi cintura. La cual moví rápidamente manteniendo una distancia prudente mientras caminábamos.
Ocupamos una de las mesas del centro del pequeño lugar y después de dos copas de vino nuestra conversación seguía fluyendo extraordinariamente.
Descubrí que teníamos mucho en común y éramos autocríticos de nuestros propios empleos.
― Edward no lo sabe ―hablé, después de un sorbo de vino―. pero si todo sigue yendo excelente en tres años habré dado más de la mitad del pago inicial de la casa.
― Wow, te felicito. Eso es genial. ¿Y por qué razón no le has contado a tu esposo?
― Dice que exagero en mis horas de trabajo.
― Creo que comprendo ―expresó― si fueras mi mujer también te prohibiría trabajar tanto. Moriría de celos si estuvieras cerca de otros hombres.
Supuse que bromeaba porque me dio una amplia sonrisa al tiempo que sacudía la cabeza de lado a lado.
― Eres muy inteligente ―continuó― realmente cualquier hombre estaría orgulloso de la extraordinaria mujer que eres. Sobre todo de la forma que te esfuerzas por tu patrimonio.
Me quedé pensativa deseando que Edward pensara igual que él.
Que un día fuera capaz de comprender y reconocer todo lo que era capaz de hacer por nuestra estabilidad económica.
Le sonreí sintiéndome mareada. Debíamos volver la sala de aeropuerto.
No me atrevía a decir que desde esa noche James se volvió mi amigo, sino que era un buen oyente que era lo único que necesitaba.
Hola, les entrego el capítulo que ustedes pidieron. Me toca decir que sigan haciendo su magia que yo sigo escribiendo mientras ustedes quieran más capítulos, les cuento que quizás nos quedan solo dos capítulos más para volver al presente.
Infinitamente agradecida con todo su apoyo, son las mejores, besos.
Recuerden unirse a mi grupo de Facebook, ahí las chicas debaten sus puntos sobre la historia.
Gracias totales por leer 💔
