Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.
Capítulo 21
Despidámonos
Había grandes nubarrones cubriendo el cielo de Seattle, era una forma de anunciar el chubasco que estaba por caer, sin embargo sabía que no llovería. Tan solo eran nubes oscuras, espesas y pesadas instaladas en el cielo que de pronto se empezaron a despejar del mismo modo que se formaron.
― Mira, mami.
Mi bebé había aprendido a pedalear su pequeña bicicleta, sin necesidad de llevarlo.
― ¡Lo has hecho bien! ―Le aplaudí.
― Tú me enseñate.
Él siguió pedaleando en círculos, disfrutando su pequeño logro como un niño feliz. De pronto se detuvo de golpe, frenando frente a un par de zapatos negros.
Mi bebé levantó su mirada.
― ¡Papii! ―Exclamó feliz; su sonrisa era amplia y sus ojitos brillaron al ver a Edward.
Mi pollito amaba a su padre y, Edward lo amaba a él con la misma intensidad, sabía que yo era incapaz de interrumpir ese amor.
Edward lo cargó con él y besó ruidosamente sus mejillas mientras nuestro hijo reía y se aferraba a su cuello.
― ¡Al fin sabes usar la bicicleta solo! ―Comentó Edward con mucho entusiasmo.
―Mami me enseño.
Fue de la única forma que Edward se acordó que estaba ahí y volteó a verme, su sonrisa fue corta, pero honesta.
Volvió a poner a Eric sobre el asfalto y lo dejó subir de nuevo a su bicicleta. Parecía regocijarse y llenarse de orgullo al ver a su hijo montar bici.
Caminó silenciosamente hacia mí.
― Lamento llegar tarde.
Solo negué con la cabeza. No había nada qué decir.
― ¿Cómo te has sentido?
― Bien. Los vómitos aún persisten y el sueño es difícil.
Hizo una mueca.
― ¿Qué pasó? ―Indagó―. ¿Por qué estás fuera de la naviera? Porque no creo que hayas cometido errores, sé cuán entregada eres en tu trabajo.
Apresé mi labio inferior entre mis dientes.
No sabía si era buena idea decir la verdad. Es decir, no quería ocultar nada, solo que eso no importaba ahora.
― ¿Me puedes dar tiempo para procesar? ―pedí―. La naviera ocupa desde hace mucho el último lugar en mis pensamientos.
Edward hizo un movimiento con la cabeza, asintiendo.
― ¿Por qué la reunión? ―Preguntó, luego de unos minutos de silencio entre nosotros.
Mis ojos fueron hacia mi bebé. Él seguía pedaleando sin descanso delante de nosotros.
― ¿Cómo estuvo tu primera sesión de terapia? ―Quise saber.
Me sonrió mientras llevaba sus manos a los bolsillos de su pantalón.
― Fue liberador.
― Me alegro por ti.
― Gracias. ¿Y bueno...? ―sus ojos también estaban en nuestro hijo y su sonrisa seguía en sus labios―. ¿Por qué preferiste vernos aquí?
― A pollito le gusta el parque. Además quería que lo vieras en bicicleta.
― No puedo creer que haya aprendido. Sabes que nunca logré que perdiera el miedo de pedalear solo ―me confió―. Sentémonos.
Nos acomodamos en la banca con una distancia de por medio. Miré el espacio en medio de los dos y supe que así había empezado todo.
Era tiempo de seguir, de soltar y agradecer.
― Hablé con Charlie.
― Lamento eso ―dijo―. ¿Cómo te fue?
― Bien. Quiere que nos vayamos una temporada con él.
Edward inmediatamente giró su cabeza, sus ojos estaban fijos en los míos.
― ¿Te vas? ―inquirió―. ¿Te llevas a mi hijo?
Había llorado lo suficiente. Me había culpado de todo y me arrepentiría toda la vida por lo que perdí. Sin embargo, la vida no se trataba de restregar nuestros errores sino de aprender de ellos.
¿Una dura lección?, sí. ¿Un dolor lacerante?, también. Pero había que sacar fuerza para continuar y yo debía hacerlo, así como Edward estaba en su derecho de seguir para encontrar su propia paz.
Éramos padres. Siempre estaríamos para Eric y el nuevo bebé, en cambio había que ser prudentes. O mejor dicho conscientes que ellos aún nos necesitaban y tendríamos que ser armoniosos entre nosotros.
No más guerra.
― No lo haré ―respondí, sincerándome―. No niego que fue una opción atrayente para mí, sin embargo, después de meditarlo supe que sería injusto alejarte de Eric. Nuestro hijo es el menos culpable en nuestros altercados y me gustaría que siguiéramos cuidando de él entre los dos.
Edward soltó una exhalación de alivio mientras mi labio inferior temblaba y mis ojos se llenaban de lágrimas. El nudo en la garganta dolía mucho.
― Fue muy bonito lo que me diste ―musité― me quedaré con los mejores recuerdos, lo juro. Porque te aseguro que son mucho más que tristezas ―restregué mi dorso en la mejilla y limpié mis lagrimas―. He comprendido qué hay que seguir, Edward, nuestros caminos se han dividido y no podemos hacer más.
― También fui feliz ―su voz se apagó y se aclaró la garganta―. No sé qué nos pasó…
― No tiene caso atormentarnos. Tratemos de olvidar, Edward y empecemos de cero.
― Perdóname, Bells ―sus lágrimas caían al igual que las mías― te juro que nunca quise lastimarte, me conoces y sabes…
Levanté un dedo con intención de tocar sus labios, pero no me atreví.
― Sé que no estabas en tus cinco sentidos, me di cuenta. No era tu mirada, no eran tus acciones… simplemente no eras tú.
― Fue un acto asqueroso, repugnante… que nunca debió suceder. Estoy tan avergonzado, Bells. Tan herido porque no te merecías esa canallada de mi parte, por favor, te ruego que me perdones ―tenía mi mano entre las suyas y sus ojos miraban los míos de forma suplicante.
― Oye… ―me puse de cuclillas y acuné su rostro― te perdono. No te atormentes más, no tiene caso. No cuando estabas bajo sustancias ajenas a tu cuerpo.
― ¿Cómo lo sabes?
― Porque te conozco ―susurré, limpiando sus lágrimas mientras él limpiaba las mías―. Sé que si no hubieses estado intoxicado jamás hubiera pasado lo qué pasó.
― Lo mejor sería perdonarnos nosotros mismos ―añadí.
― Lo siento mucho ―dijo.
― También siento mucho no haber sido una mejor madre, una mejor compañera.
Él negó. Había acunado mis mejillas de la forma más suave posible.
― Nos faltó comunicación, Bells. Nos llenamos de soberbia e hicimos de nuestro matrimonio un desastre. Dejamos de pensar en lo que un día nos hizo feliz a los dos por buscar nuestra propia felicidad individual y lo jodimos. Arruinamos lo que teníamos y nuestra complicidad se fue al infierno. Tú por tu exceso de trabajo y yo por pasar mis días bebiendo y lamentándome.
― Un día nos volvimos dos extraños ―repetí las palabras que él había dicho antes.
― Sí, eso somos ahora.
Simulé una sonrisa.
― Deberíamos empezar a cambiar y empezar a ser amigos ¿no crees? ―encogí mis hombros― aunque, tal vez sea difícil.
Él también sonrió de forma débil.
― Será difícil ―estuvo de acuerdo.
Suspiramos. Sin quitar los ojos de nosotros mismos nos pusimos de pie, y sin proponerlo nuestra vista fue hacia el pequeño niño que seguía pedaleando en su bicicleta.
― Despidámonos ―propuse.
Edward no me miró, seguía manteniendo su vista en nuestro hijo.
Pasaron un par de minutos. Suspiró muy hondo y sonrió, al fin mirándome.
― Ahora somos los padres de Eric y del nuevo bebé, será jodidamente raro ―concluyó.
No había más por decir.
Tal vez una amistad aún era prematura o quizá inexistente entre nosotros. Sin embargo, seguía existiendo cariño mutuo, podía sentirlo.
Era un adiós sin rencores, sin culpas, pero un verdadero adiós.
Y aquí es donde ellos entienden que lo primordial es su hijo, ellos han decidido decirse adiós sin rencores. Por supuesto que aun quedaron cositas entre ellos por aclarar, sin embargo han elegido mantener todo a raya y dar un paso a la vez. Gracias por seguir, espero se animen a continuar conmigo en la segunda etapa de la historia.
Infinitamente agradecida por su apoyo, espero no tardar mucho en volver con otro capítulo. Abrazos a cada una.
Gracias totales por leer💔
