Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.
Final
¿De qué color es la felicidad?
El sonido de un nuevo correo electrónico se escuchó en mi celular ―miré de reojo― el aparato estaba dentro del bolso rojo que traíamos.
Lo ignoré. Me había costado muy caro priorizar el trabajo, así que las cosas habían cambiado. Varias sesiones de terapia me ayudaron a seguir en el camino correcto.
El tiempo con mi familia no se podía negociar. Era una regla antepuesta por mí.
De nuevo esos sonidos de notificaciones de mi correo electrónico siguieron llegando. Terminé de apagar el celular cuando descubrí que eran correos provenientes de la oficina. Parecía que nada sabían hacer sin mí.
Recordé las palabras de papá: «no permitas que nadie robe tu paz, tu felicidad».
― No lo haré papá ―articulé en voz alta.
Una hora antes había hecho tiempo para enviar mensajes a papá y Ángela. Con papá estaba poniéndome de acuerdo sobre los apartamentos que pensábamos adquirir para arrendar. Era una gran inversión que Edward y yo estábamos dispuestos a hacer para el futuro de nuestra familia.
Mientras con mi mejor amiga estuve hablando y compartiendo con ella el lapso de nervios que sufría debido a que llevaba semanas de retraso, me tocaba estar al tanto de lo que acontecía en su vida y ser su apoyo incondicional, así como ella lo seguía siendo para mí.
Estaba terca por no realizarse una prueba de embarazo. Así que solo debíamos esperar pacientemente a que el tiempo nos dijera si o no.
También debía decir que entre tantos correos, encontré algunos de meses atrás que no habían sido leídos. Eran de James. En ellos se disculpaba conmigo diciéndome que no tenía nada qué ver con lo que Eleazar me había hecho, que él incluso ya no pertenecía a la naviera. No quise responder ningún correo electrónico, sinceramente no me interesaba saber nada de él.
Así como tampoco me interesó recibir a Jessica cuando una tarde llegó a casa. No había nada qué hablar con ella, ni siquiera una amistad.
Suspiré relajada.
Sentada en la arena blanca disfrutaba de la forma en que la brisa despeinaba mi largo cabello. Tenía una sonrisa en mis labios al ver a Edward sosteniendo en sus brazos a Leo y permitiendo que sus diminutos pies sean lamidos en la orilla del mar.
Inhalé suavemente, llenándome de ese olor salino que nos brindaban las aguas turquesas.
Llevábamos diez días en la paradisíaca playa Dorada de República Dominicana, habíamos hecho de todo estos días, aunque con un bebé tan pequeño también era lógico descansar por largos ratos al día, simplemente tumbarte en cualquier lugar y tenerlo en brazos. Pero estaba la contraparte de su hermano mayor, Eric. Mi pollito también quería disfrutar del lugar y explorar a su modo. Nos turnábamos entre Edward y yo para que él lo lograra.
Pollito corrió hacia mí. Traía puesta en su cabeza un pequeño gorro para protegerse del poco sol que quedaba, me sonrió alegremente, sus mejillas tenían esas manchas color rojo intenso.
― Mira mami…
Eric mostró los caracoles de mar que traía en sus manos.
― Se escucha el mar ―me dijo al mismo tiempo que acercaba una caracola a mi oreja―. ¿Lo escuchas?
― Lo hago ―confirmé antes de atraparlo en mis brazos. Él rio mientras se retorcía por los besos que repartía en su cara―. ¿Sabes que te amo?
Pollito asintió al tiempo que el gorro que usaba cayó de su cabeza en la arena blanca.
Acarició mi rostro con sus manos mientras me observaba.
― Mami, ¿de qué color es la felicidad?
Su curiosa pregunta me dejó pensativa. Últimamente sus preguntas eran más profundas, lo que significaba que estaba creciendo demasiado pronto.
― Bueno… es un estado de ánimo mi amor.
Mi hijo frunció las cejas. Sabía que necesitaba una respuesta concreta.
Suspiré hondamente y lo senté en mi regazo.
― La felicidad tiene el color que tu elijas, pollito ―le expliqué―, puede tener mil colores a la vez.
― Es azul como el cielo ―señaló hacia arriba― o como el agua del océano ―su índice se movió hacia el mar donde las olas rompían―. También es blanco como la arena o café como tus ojos, mami. Me hace feliz ver tus ojitos.
Mi pecho podía explotar de felicidad al escucharlo. Era un niño increíble y muy amoroso.
― Eres el niño más adorable ―lo apreté fuertemente a mi pecho repartiendo besos en su cabeza―. Eso es la felicidad, tiene mil colores y formas.
― También es verde como los ojos de Leo y papá ―añadió.
― Por supuesto que lo es.
― ¡Papi! ―salió de mis brazos y corrió hacia donde Edward estaba―. ¡Ya sé el color de la felicidad!
Reí. Mi niño se sentó en la arena junto a su padre y hermano.
Apoyé la espalda en la tumbona y crucé los brazos en mi regazo. El suspiro que brotó de mi pecho fue hondo y pausado.
No podía dejar de verlos… Entonces la enorme piedra que adornaba mi dedo anular llamó mi atención: era un anillo de compromiso.
Cerré los ojos.
― ¿Qué hacemos aquí?
Caminamos descalzos sintiendo la frescura de la arena bajo nuestros pies. La noche había caído y la brisa marina era refrescante.
― No te preocupes, Bells. No vamos a alejarnos.
Nos detuvimos apenas unos pasos lejos de la casa donde nos hospedamos. Edward entrelazó nuestros dedos y dejó un dulce beso en mi frente.
― Nunca te quitaste la argolla de matrimonio ―añadió―. ¿Por qué?
Miré nuestras manos unidas y aprecié la banda dorada alrededor de su dedo. Quise rebatir que él tampoco lo había hecho, sin embargo preferí morder mi labio.
― No tuve valor ―susurré.
― Me gustaría que vuelvas a llevar mi apellido. Casarnos nuevamente, solo una ceremonia para nosotros donde los únicos testigos sean nuestros hijos.
― Me gusta la idea.
― ¿Prefieres una gran fiesta con invitados?
― No. Es mejor algo íntimo.
Él exhaló antes de soltar mis manos y miró hacia todos lados donde obviamente no había nadie.
Cubrí mi boca al verlo ponerse en una rodilla; las mariposas en mi estómago aletearon emocionadas recorriendo mi torrente sanguíneo.
Era recordar aquella primera vez que me hizo la misma proposición.
― Cásate conmigo, Bells. Pero esta vez para siempre.
Asentí en el momento que deslizó suavemente el anillo por mi dedo anular.
― Quiero un para siempre ―musité entrecortadamente.
Un torrente de emociones seguía inundando mi sistema; no sabía si llorar, reír o gritar.
Me abracé a Edward y besé sus labios.
― Será nuestro regalo, Bells. Y el comienzo de una nueva oportunidad para nosotros.
Pestañeé al salir de mis recuerdos.
El anillo con piedra cuadrada seguía en mi dedo y brillaba hermosamente.
Me incorporé de la tumbona y caminé hacia mis chicos. Tomé a Leo en mis brazos y le besé la cabeza.
― Es hora de la siesta ―les recordé.
Eric salió corriendo delante de nosotros. En cada paso se detenía a dejar los caracoles que había juntado en el balde, él sabía que pertenecían al mar y amablemente los regresaba.
Edward corrió por el bolso rojo y parte de nuestras pertenencias, me dio alcance en segundos dejando uno de sus brazos a mis hombros y seguimos caminando en la orilla del mar.
El sol estaba por ocultarse y brillaban los últimos rayos en las aguas turquesas.
― La niñera quedó en llegar una hora antes de irnos ―mencionó Edward.
― Es mejor, así podemos conocerla y explicarle sobre nuestros niños. Aunque no creo que Leo despierte más de dos veces en la noche, últimamente duerme muy bien.
Edward encogió los hombros.
― Nos toca relajarnos, Bells. Iremos a bailar toda la noche.
Estreché los ojos, viéndolo.
― ¿Crees que aguantemos? Hemos dormido muy poco.
― Bueno… ―besó mi sien― estamos recuperando el tiempo perdido, nena.
― Solo espero que las pastillas anticonceptivas no fallen ―bromeé. Por supuesto que no había dejado de tomar ninguna.
Edward dejó de reír.
Me adelanté unos pasos y volteé a verlo con mi Leo en mis brazos. El semblante de Edward era gracioso y parecía estar viviendo una encrucijada.
Ahí estaba de nuevo ese chico preocupado por todo.
― Sabes que te amo ¿verdad? ―le dije.
Edward sacudió la cabeza saliendo de su estupor y corrió hacia nosotros.
― Los amo ―nos atrapó en sus brazos y pollito se nos unió― son mi vida entera.
Empezamos a reír.
¿Éramos felices? Mucho.
Haber tomado la decisión de divorciarnos y soltar fue sin duda doloroso.
En cambio pudimos encontrarnos y aceptar nuestros errores.
Dejar que la vida sea capaz de sorprendernos para bien o mal y tener la entereza de saber que estábamos dispuestos a recorrer el mismo camino sin importar los días sin sol.
Estábamos convencidos que más pruebas vendrían para nosotros más adelante, no sabíamos exactamente cuándo, pero sin duda estábamos preparados.
Fin.
De esta manera cerramos Días sin sol.
Agradezco que me hayan acompañado en este viaje diferente a lo que he escrito. A una aventura que muchas veces dolió y sacó lágrimas, créanme que me costó mucho escribir y varias veces quise rendirme, pero pude lograrlo gracias a ustedes.
Mi única intención era compartir unos personajes más reales. Las invité a un mundo diferente a lo que suelo escribir donde a pesar de amarse no era suficiente para nuestros protagonistas. Ellos necesitaban reorganizar su vida y continuar ya no pensando en ellos, pero siempre teniéndose presente, vivieron su propio duelo hasta que se sintieron mejor y supieron lo que querían para su futuro.
A cada una le agradezco el haberme dado una oportunidad, seguiré muy pronto con mis otras historias. Abrazos a la distancia.
*No olviden que estoy en mi grupo de Facebook por si gustan echar un vistazo a imágenes alusivas de cada capítulo de mis historias. Link en mi perfil.
Gracias totales por leer 💔
