— No puedo hacerlo. No sin ti.

— Ron...

Trató de hablar. Abrió la boca para explicarle a su mejor amigo todo lo que se le acumulaba dentro, pero no salió ni una palabra, solo un jadeo entrecortado porque le faltaba aire. Sintió como Harry se sentaba a su lado y le pasaba el brazo por el hombro, confortándole como había hecho tantas veces el último año.

— Sé que ha sido un año duro. —La voz de Harry era ronca por la emoción— Sé que te estás acostumbrando a muchas cosas nuevas. Pero Ron, puedes hacerlo. Precisamente porque has pasado por todo esto, más todo lo que hemos pasado en la escuela y en la guerra. Este es tu sueño. —Señaló los papeles sobre la mesa, la representación de lo que había desencadenado ese pequeño ataque de pánico— Pero hace mucho que no es el mío y no puedo hacerlo.

Ron se frotó los ojos, el agujero en su pecho amenazando todavía con devorarle, y apoyó la cabeza en el hombro de su amigo, su hermano.

— No sé que voy a hacer sin vosotros —susurró.

— Seguiremos estando aquí, a un viaje de flu o una desaparición. —Harry hizo una mueca al decir esto último, siempre renuente a la desaparición— Todo lo que necesites de nosotros, hermano.

Suspiró y se movió de nuevo hacia la mesa. Se sentó y contempló los papeles que tenía extendidos. Quizá todo ese pánico no venía solo de ser consciente de que se tenía que separar por primera vez de Hermione y Harry. O de enfrentarse al hecho de que en la Academia tendría de nuevo que compartir habitación. Puede que en parte tuviera que ver con el documento que descansaba encima de los demás, el que había llegado apenas unas horas atrás por lechuza a Grimmauld, tal y como él había solicitado. Porque ni tan siquiera había hablado con sus padres de lo que iba a hacer, no les había dicho que había rellenado la solicitud para cambiar su nombre legal.

Pasó las yemas de los dedos con cuidado por el pergamino que declaraba que su nombre, el que había elegido en compañía de sus hermanos muchos años atrás, era por fin legal. Ese documento le declaraba a ojos del mundo como Ronald B. Weasley, hombre de diecinueve años. Y le permitía, por primera vez, usar su nombre para rellenar un formulario oficial.

Deslizó los ojos azules por el resto de los papeles extendidos sobre la mesa. Por esos documentos se había decidido a dar ese último paso, a pesar de tener la sensación de que, en el fondo, de nuevo decepcionaba a sus padres al desestimar el nombre que le dieron al nacer: para poder rellenar el formulario de solicitud de acceso al cuerpo de aurores. Un sueño que había crecido por influencia de Harry y que se había quedado con él cuando su amigo había decidido que no quería más violencia en su futuro. Él quería ayudar, quería seguir la estela de la Orden del Fénix, de Tonks y Ojoloco. Quería...

Frunció los labios y tomó la pluma con gesto decidido. Tras él, Harry apoyó la mano en su hombro y apretó ligeramente, animándole. Despacio, comenzó por escribir su nombre completo. La pluma se detuvo en la R. En la escuela había resultado muy fácil firmar los exámenes con sus iniciales, los miembros del claustro, supieran o no el motivo, nunca pusieron pegas y eso evitaba que el hechizo antitrampas le delatara. Pero durante el último año, paradójicamente, en cada papel que había tenido que rellenar en San Mungo o en el Ministerio había tenido que usar su nombre de nacimiento.

Deadname, le había explicado Hermione que se llamaba. Y lo deseaba fervientemente, que muriera, dejarlo atrás, olvidar que sus padres en el fondo aún esperaban que fuera Rosamund. Apretó los dientes y continuó escribiendo, sin detenerse, hasta estampar su firma en el último documento. Pasó la varita por encima, bendita su amiga y su insistencia en enseñarles a usar hechizos secantes, y lo guardó todo en el sobre en el que había llegado.

— Vas a ser un gran auror, hermano, estoy más que seguro de eso —le dijo Harry, la voz delatando que estaba tan emocionado como él por ese paso.

Ron sonrió y puso su gran mano sobre la que aún se posaba en su hombro.

— De momento hay que sobrevivir al entrenamiento.

La primera en la frente, pensaría una semana después al ver la lista de habitaciones. Gracias al orden alfabético, la manera de los responsables de la Academia de ahorrarse el esfuerzo de pensar, iba a compartir habitación con una serpiente. Y no cualquiera, no, ese al que recordaba haber sacado de una habitación en llamas sin recibir siquiera una mirada de agradecimiento: Blaise Zabini.

Entró en la habitación y lo primero que se encontró fue un baúl cuidadosamente colocado a los pies de una de las camas y a su dueño tirado sobre las sábanas de cualquier manera, dormido, completamente vestido, incluidos sus elegantes zapatos. Quiso enfadarse por algo, lo que fuera: porque Zabini había elegido cama, porque roncaba, simplemente por su presencia allí, pero no. El hombre parecía realmente agotado, a juzgar por lo profundamente que dormía y las ojeras que mostraba, así que se acercó, le descalzó, le echó por encima la colcha de su cama y corrió las cortinas antes de salir del dormitorio. Total, tenían mucho tiempo para pelear.

Volvió tras la cena, porque ya no pudo retrasar más el irse él mismo a la cama. Antes de entrar en la habitación, respiró hondo y miró el paquete que llevaba en la mano, sintiéndose por un momento estúpido y pequeño. Seguro que Zabini no necesitaba que le llevara la cena. Seguro que no lo apreciaba y encima se burlaba de él. Recordó las palabras de Hermione la última vez que se habían reunido "Puedes hacerlo, dejar que la gente conozca al Ron que quieres ser, al amigo amable, que se preocupa, al buen compañero, al trabajador. Yo sé que eso es lo que hay debajo de todo lo que tu inseguridad tapa y estoy segura de que si yo lo sé, otros podrán apreciarlo también". Sonrió, porque su amiga tenía a pesar de todo fé en la gente, y en él, y giró el picaporte.

La cama estaba vacía y perfectamente estirada. En la otra, la que había asumido que iba a ser la suya, la colcha estaba de vuelta, también perfectamente colocada. La ventana estaba ligeramente abierta y desde el baño se escuchaba el sonido de agua cayendo.

Abrió su baúl y sacó con cuidado los libros de texto. Los acarició con reverencia, eran los primeros libros nuevos que tenía. Había permitido a Harry regalárselos, igual que le había permitido costear su terapia, después de que sus dos amigos le hicieran una encerrona para recordarle que todo lo que habían pasado juntos ascendía su relación a la de hermanos y eso implicaba que estaban obligados a compartir con la familia, para bien o para mal. Además, le había recordado Harry, ese dinero salía de su porcentaje como socio de George, un dinero que él no quería y el gemelo había insistido en entregarle cada mes. Todo quedaba definitivamente en familia.

Eligió el escritorio que quedaba en el mismo lado que su cama y alineó con cuidado los libros y el resto del material que necesitaba para las clases teóricas. Se le hacía duro pensar en que no iba a tener a Harry, y especialmente a Hermione, para ayudarle a estudiar.

— Hola, Weasley —le saludó una voz más profunda de lo que recordaba a sus espaldas.

Se giró despacio. En la puerta del baño estaba su compañero de habitación, vestido con un pijama oscuro y los pies descalzos. La habitación se llenó enseguida del olor a limón de su gel de baño, que seguro sería carísimo, cuando Zabini avanzó con seguridad hasta él con la mano extendida.

— Zabini —respondió, un poco sorprendido, estrechándola.

— ¿Qué es eso que huele tan bien? —preguntó con una sonrisa que le sacaba un hoyuelo en cada mejilla, volviéndose hacia la pequeña mesa que había en el centro de la habitación.

Ron estuvo a punto de contestar que era su gel, pero se mordió el labio cuando lo vio abrir con entusiasmo la bolsa que había traído con comida.

— He pensado que podías tener hambre, te has saltado la cena.

El muchacho le miró un momento, con un gesto que le pareció sorprendido, y luego se centró en vaciar el contenido de la bolsa de papel, colocándolo ordenadamente sobre la mesa.

— ¿Me acompañas? —le preguntó con calidez, sentándose e indicando con la mano la silla frente a él.

— Si no te importa, creo que iré a ducharme. Que aproveche —le deseó, huyendo rápidamente al aseo con su pijama y su neceser bajo el brazo.

Cerró tras él la puerta del baño, aún lleno de oloroso vapor. En automático, se quitó la camiseta y los vaqueros y lo dejó todo sobre el inodoro.

El espejo sobre el lavabo le devolvió una imagen de sí mismo que comenzaba a gustarle, los hombros más anchos, los brazos más fuertes gracias al a todo el ejercicio que había hecho en el último año, una sombra de barba y un rastro de cabello pelirrojo que nacía debajo de su ombligo. Su mirada se detuvo allí, siempre lo hacía, y volvió hacia arriba, a las dos discretas cicatrices en sus cada vez más desarrollados pectorales.

La voz de su compañero de cuarto al otro lado de la puerta le hizo dar un salto e, instintivamente, cubrirse el pecho con el brazo.

— Disculpa, Weasley, ha llegado una lechuza para ti, ¿te parece bien que coja el mensaje?

— Si, si, claro, por favor, gracias —balbuceó.

— De acuerdo, disfruta de la ducha.

Sintió los pasos alejarse de la puerta. Aún un poco sobresaltado, tomó una toalla limpia del estante y la dejó en el lavabo antes de meterse en la pequeña ducha.

No debería haberle sorprendido que sus padres se enteraran. O que reaccionaran mal. Lo único sorprendente era que hubieran tardado dos meses.

Hasta el viejo búho le miró mal cuando estiró la patita para que le quitara la carta. No quería abrirla, no podía ser bueno que su madre, a la que veía cada domingo, le hubiera escrito.

— Al menos no es un howler —masculló, para darse ánimos, mientras daba vueltas a la carta en la mano.

La abrió, con dedos un poco temblorosos. Aunque firmaban los dos, la letra era de su madre. Se forzó a leer, a pesar de los reproches y de los "no entiendo porque no nos cuentas las cosas". Hasta que llegó al punto en el que una frase en concreto hizo que se le atragantara la carta y tuviera que dejarla: "te amamos de cualquier manera, pero tienes que entender que nos da miedo que tomes decisiones que no tienen vuelta atrás".

Seguían esperando que fuera una fase, un capricho. Cerró los ojos y respiró hondo, tratando de calmarse. Así lo encontró su compañero de cuarto, encorvado, con las manos apretadas entre las rodillas y el rostro enrojecido.

— ¿Estás bien? —le escuchó preguntar, prudente, a un par de metros.

Asintió, incapaz de hablar porque tenía un nudo en la garganta, y le hizo un gesto en la mano indicándole que quería estar solo. Porque, irracionalmente, temía que saliera su antigua voz en el momento que abriera la boca.

— Weasley... entiendo que no seamos amigos, pero no puedo dejarte así, tienes pinta de estar a punto de explotar. ¿Un paseo, quizá? Queda una hora para la cena.

Así acabó caminando por el jardín que rodeaba el edificio que hacía el papel de residencia. Todavía en silencio, pero al menos sintiendo que podía respirar.

— ¿Tú has entendido lo que ha explicado hoy Brams?

No pudo evitar mirar de reojo a su compañero, que caminaba a su lado con las manos metidas en los bolsillos de la túnica. Y sentir agradecimiento.

— Sí —contestó después de aclararse la garganta.

— Todo esto de los hechizos de camuflaje me supera un poco.

— Tengo un poco de práctica, estuvimos meses huyendo, puedo ayudarte.

Zabini le devolvió una pequeña sonrisa, con hoyuelos incluidos, mientras Ron le explicaba el movimiento correcto de varita para un hechizo de ocultación.