Una de las mejores cosas del octavo año eran las fiestas. McGonagall miraba hacia el otro lado cuando se reunían los alumnos mayores, los que más habían sufrido la guerra, en la recuperada Sala de los Menesteres. Nadie sabía de quién había sido la idea original, pero se había convertido en algo de cada viernes.

Había días en los que simplemente escuchaban música y jugaban a las cartas o a juegos de mesa en grupitos. Había días que el cuerpo pedía desahogo y la música era más alta y bailaban. Y puede ser que en ocasiones circulara de más el whisky de fuego.

Era una de esas noches, una especialmente difícil porque se acercaba el primer aniversario de la batalla. La música estaba muy alta y la gente bailaba. Había parejas apoyadas en las paredes, besándose, porque había una necesidad en el aire conforme se acercaba la infausta fecha de celebrar la vida.

Ellas se besaban con ganas. Todo el curso cruzando miradas, sonrisas e insinuaciones, alimentando el fuego hasta llegar a ese momento. Saliva cálida, lenguas enredadas y pequeños sonidos de disfrute. Las manos pecosas ciñendo la cintura estrecha mientras los labios escandalosamente rojos de Pansy se paseaban por su cuello, dejando un rastro de piel de gallina.

Las manos inquietas tocaban, apretaban y acariciaban cada vez con más decisión. La lengua húmeda de Ginevra acariciaba la blanca garganta de camino a ese punto tras el lóbulo de la pequeña oreja. Y una mano comenzó a acariciar un muslo en ascenso bajo la corta falda, hasta el borde de la ropa interior.

Entonces algo cambió, Parkinson se apartó y la miró con ojos llenos de pánico que Ginny no entendió hasta que sus dedos rozaron algo que no esperaba, algo que podía percibir que estaba oculto tras un glamour que el alcohol y la excitación habían debilitado, algo duro y caliente apretado contra una ropa interior pensada para ocultarlo.

Fue un gesto brusco, Parkinson apartándole con un empujón y saliendo rápidamente de la sala mientras Ginny se miraba estúpidamente la mano y trataba de entender qué narices acababa de pasar.


Cuatro años después

— ¿Disculpa? —preguntó, sorprendida.

— Nos han invitado a una cena en casa de Zabini —repitió, nervioso, mordiéndose el labio.

Ginny miró a su hermano con una ceja levantada y la escoba aún sujeta en la mano. Ron había salido a su encuentro tal cual había llegado a casa de sus padres del entrenamiento, con gesto un poco ansioso.

— ¿A cuento de qué? —preguntó sorprendida.

— No sé. —Su hermano se encogió de hombros— Supongo que ahora que trabajamos juntos y nos llevamos bien podría decirse que somos amigos —reflexionó despacio, como si no se lo hubiera planteado hasta ese momento, a pesar de que llevaba cuatro años trabajando codo con codo con Zabini.

— Pero has dicho que nos invita. Nos, eso es más personas a parte de ti —le explicó mientras se sentaba a quitarse las botas embarradas, su madre le mataría si manchaba el suelo del salón—. ¿Qué tiene esto de diferente a las veces que vas a su casa a jugar a la consola?.

— Bueno. Ha dicho "Díselo a tu pandilla de leones". Y que habrá cena y copas.

— Suena a invitación formal —gruñó mientras peleaba con el cierre de la bota izquierda.

— Son unas cervezas y unos canapés, Gin, no un té con el ministro —contestó molesto, concentrado en rascar el borde de la raída alfombra con la punta de su bota—. ¿Vendrás?

Su hermana se puso de pie, en calcetines a rayas de vivos colores que contrastaban con el uniforme lleno de cuero y el radical corte de pelo que aún espantaba a su madre. Se acercó a él, hasta quedar muy cerca y mirar al fondo de los ojos azules de su hermano. Si alguien leía bien a Ron Weasley era Ginevra.

— ¿Cuándo vas a reconocer que te gusta? —le murmuró con una sonrisa traviesa.

— Yo no... —Soltó aire— no me gusta Blaise.

— Uy, ya os llamáis por el nombre, qué íntimo —le picó, estirando la mano para enderezar la insignia de auror en la solapa de su túnica, pero enseguida se puso seria al ver la rigidez en los hombros de su hermano—. Ron, no habría nada de malo en que te gustara, ¿lo sabes, verdad?

Las pecas de las mejillas de Ron se iluminaron con un sonrojo y apartó la mirada.

— No soy tú, Ginny. No tengo ni tu fuerza ni tu decisión. Ya he decepcionado a papá y mamá demasiadas veces.

— No lo has hecho. Mírame, Ron —insistió, colocando la palma abierta sobre el pecho de su hermano y buscando sus ojos—. No lo has hecho, ellos no están decepcionados. Te quieren, hermano, todos te queremos.

Abrazó a su hermano. Le entendía, ella entendía de presión y de no cumplir con las expectativas de tus padres.

— ¿Debería ponerme un vestido? No sé si tengo alguno que pegue con este corte de pelo. ¿Qué opinas? —le dijo todavía abrazada a él.

Se sintió reconfortada cuando sintió la risa de Ron contra su pecho.


— ¿Qué has hecho qué? —preguntó Pansy con voz aguda por la sorpresa.

— Me has oído, querida. Y no se te ocurra hacer lo que estás pensando —le amenazó, viendo a través del espejo en el que se miraba como su amiga caminaba hacia la puerta.

— Blaise... no estoy preparada —le susurró desde la puerta.

Su amigo suspiró, se giró hacia ella y dio dos largas zancadas para sentarse en la cama, tirando de ella para que se sentara también.

— Vida, uno nunca está preparado para encontrarse con un ex —le dijo con suavidad .

— Ella no es mi ex... solo fue...

— Sí, sí —le contestó, moviendo las manos con esa pluma que rara vez dejaba ver—, fue un magreo, ella te metió mano y desde entonces llevas una eternidad evitándola. Pero reina, te aseguro que Ginevra Weasley debe ser la persona manos transfóbica del mundo.

— ¿Ahora sois amigos íntimos? —le preguntó con una ceja en alto, recuperando su habitual tono de voz ronco y suave— ¿O es que le has hecho un cuestionario antes de hacerme esta encerrona?

Blaise se puso de pie y le tendió la mano.

— Dejémoslo en que estoy muy seguro de lo que hablo. ¿Bajas conmigo? Estarán a punto de llegar y necesito conmigo a mi fabulosa coanfitriona.

Tomó la mano de su mejor amigo, en ese momento traidor asqueroso, y se dejó llevar a las escaleras. Bajó despacio, consciente de que le temblaban las piernas y esa era una combinación peligrosa cuando llevas tacones.

Entró al salón justo en el momento en el que el elfo anunciaba la llegada de los hermanos Weasley. Merlín bendito, iba a vomitar.

— Respira, Pans —le murmuró Blaise cuando ella se aferró a su brazo hasta hacerle daño.

— Te odio, Zabini —le respondió entre dientes justo cuando se abría la puerta.

No había visto a Ginevra Weasley en cuatro años más que en la prensa. En persona era aún más intimidante. Llevaba el pelo muy corto salvo en la parte de arriba, que le caía ondulada descuidadamente sobre la frente, lo que endurecía sus facciones y hacía más grandes sus ojos castaños.

Tenía el cuerpo de una deportista, Pansy no pudo evitar estremecerse de gusto observando sus hombros anchos y su cintura musculosa. Llevaba una falda corta vaquera que dejaba ver sus piernas torneadas, envueltas en medias de color granate y botas doc martens negras decoradas con pequeñas snitch.

— Llegáis los primeros —escuchó vagamente a Blaise junto a ella, incapaz de dejar de mirar a Ginevra.


Un buen rato después, con la habitación llena de grupitos conversando con una copa en la mano, tuvo la necesidad de apartarse. Apretó ligeramente el brazo de Blaise, que le miró un momento; le hizo un gesto con la cabeza señalando la esquina del gran salón, en la que habían dejado varias sillas pegadas contra la pared. Él tendió una mano hacia ella, ofreciéndose a acompañarla, pero Pansy negó con la cabeza y le sonrió brevemente antes de alejarse en busca de un poco de agua y una silla cómoda.

Dio un largo sorbo y observó a las personas que charlaban distendidamente. Era increíble lo que Blaise había conseguido en los últimos años. O quizá no tanto, de los cuatro él siempre había sido el sociable, los otros tres los prejuiciosos sangre pura decididos a mantenerse aislados del resto. El octavo año había ayudado, porque Draco no estaba y todos sentían la necesidad de mezclarse, pero aún así. Cinco años después de la guerra en ese salón había gente de lo más variada y descubrió, sorprendida, que eso le hacía sentir bien.

— Ha pasado un tiempo. Pensaba que estabas fuera del país —le dijo una voz animada, al tiempo que una alta pelirroja se dejaba caer en la silla junto a ella.

— Lo estuve. Y ese es un saludo curioso, Weasley.

— Como esta reunión. — Ginny señaló con su vaso hacia el salón—¿Estás bien?

— No elegí los zapatos más cómodos para una velada de pie.

Sus piernas, cubiertas por medias oscuras, recibieron una mirada bastante halagadora antes de que Ginevra hablara despacio.

— Bueno, lo siento por tus pies, pero la verdad es que estas impresionante. Yo me mataría con esos tacones.

No pudo evitar reír por la mueca entre espanto y dolor de la muchacha al mirar sus Louboutin.

— Te ganas la vida sobre una escoba, creo que eso es definitivamente una altura más arriesgada.

Ginny sonrió, llevándose su vaso a los labios mientras observaba a Ron interactuando con su anfitrión. Después de unos minutos de silencio escuchó la voz agradablemente ronca de Pansy.

— A Blaise le gusta tu hermano.

Torció el gesto, sin poder evitarlo y miró a Zabini estrechando los ojos.

— Por tu gesto me imagino que no hay futuro ahí.

— Mi hermano... es complicado —murmuró mientras observaba a Ron, que se limitaba a beber de su cerveza a traguitos cortos mientras los demás hablaban.

— Entonces Ronald es hetero. Mi radar debe estar fallando.

La cabeza pelirroja negó.

— Simplemente Ron no está en ese punto.

— Lástima, Blaise es un buen tío.

— Lo sé, y Ron lo sabe, si no no serían amigos —confesó, un poco pesarosa.

Guardaron silencio de nuevo. Era cómodo, pero a Ginny se le hacía extraño, recordaba a Pansy como una persona dominante en las reuniones sociales, no como alguien que se sienta sola en una esquina. Entonces, un pensamiento fugaz pasó por su cabeza y no pudo evitar soltarlo.

— ¿Te escondes aquí de mí o de la gente en general?

Los ojos profundamente verdes le miraron de refilón. Acercó el vaso a los labios y bebió antes de contestar.

— No estoy ya acostumbrada a las multitudes

— Bueno, creo que he contado quince personas.

—Mucho ruido.

Ginny no le contestó, solo mantuvo los labios apretados.

— Igual un poco de ti también—reconoció finalmente con un suspiro.

Se giró hacia ella, seria por una vez.

— No se lo conté a nadie, Parkinson. Si eso era lo que te preocupaba, no soy de las que extienden chismes, y menos de algo tan íntimo.

Las largas pestañas negras parpadearon dos veces, sosteniéndole la mirada, analizando su rostro pecoso.

— ¿En ese momento? Lo único que me importaba era darte asco. De las habladurías me preocupé al día siguiente. Pero gracias por no hacerlo.

— ¿Asco? Eso es...

Una gran carcajada les hizo girarse. Ron reía, con una nueva cerveza en la mano y las mejillas sonrojadas al lado de Zabini y Nott, que parecían estar en medio de una de sus discusiones tontas.

— Para no gustarle Blaise, a tu hermano le brillan los ojos cuando le mira —comentó con picardía, agradecida por la interrupción.

— Yo no he dicho que no le guste —respondió, con las cejas pelirrojas fruncidas—, más bien creo que no quiere que le guste. Es complicado.

Pansy sonrió de medio lado, en la mejor imitación de la Pansy de la escuela que había visto Ginny hasta ese momento.

— ¿Necesita un empujoncito? —ronroneó, moviendo un poco las cejas de un modo que a Ginny le pareció entre divertido y sexy

— No sé si eso sería bastante, hay muchas cosas ahí. En el fondo os parecéis.

— ¿Disculpa? —preguntó, sin entender.

— Tenéis muchas cosas en común y no me refiero a Zabini y a mí — le insistió, mirándola fijamente.

— ¿Qué? Oh —exclamó, llevándose la mano a la boca abierta de sorpresa al caer las piezas por fin en su sitio.

— Sí, oh. Mira, creo que te buscan —señaló con la cabeza hacia Nott, que se acercaba hacia ellas con dos copas en la mano.


— ¿Qué ocurre con Weasley? —preguntó Pansy a su mejor amigo al día siguiente mientras desayunaban.

— ¿Con cuál de ellos? —le lanzó de vuelta, con una sonrisa ladina.

— Con ese alto y serio al que le pones ojitos —se burló batiendo las pestañas exageradamente.

Para su sorpresa, Blaise respondió con un suspiro.

— Ron es... difícil.

— Algo así me dijo su hermana ayer. ¿Por qué no nos has contado en estos cuatro años que te gustaba tu compañero? Sabes que no es seguro trabajar juntos así —se puso seria por fin, mostrando su lado protector Slytherin.

Blaise se concentró en la tostada que untaba unos segundos antes de responder, serio también por una vez.

— Es mi compañero, Pans. Lleva cuidando de mí desde el primer día en la Academia. Es gruñón, puede ser distante y está lleno de traumas y de secretos. Pero también es detallista, observador y el mejor auror de nuestra promoción.

Asintió, entendiendo perfectamente a su amigo, pero aún así necesitaba comprender.

— Blaise, cariño, estás muy colgado por él. ¿Por qué no te lanzas?

— En primer lugar, porque somos amigos. A pesar de todo, trabajamos muy bien juntos y pasamos muchos ratos buenos aquí, jugando a la consola.

— He visto la cosa esa en el salón pequeño, ¿qué narices es?

— Es un juego muggle. Se lo regaló Potter por su cumpleaños hace dos años.

— ¿Y por qué lo tienes tú?

— Porque Ron vive con sus padres, pero en realidad no le gusta pasar allí su tiempo libre. Es divertido, Granger lo instaló todo y consiguió que no se volviera loco por la magia de Flix.

— ¿Y en segundo lugar? Si la amistad es el primer motivo, ¿cuál es el segundo?

— Le incómoda el contacto físico. Incluso cuando toca hacer aparición conjunta, es él quien me sujeta a mí siempre.

Pansy suspiró y dejó la taza de café sobre el platillo con cuidado. Se inclinó hacia Blaise y le tomó la mano.

— No te lo ha contado...

Blaise le detuvo con un gesto, no quería escuchar.

— No está obligado a hacerlo. —Se inclinó hacia ella, serio— Tú también has elegido no contarlo, y está bien. Y antes de que lo digas, no, no me hace sentir que no confía en mí, porque pone su vida en mis manos en cada misión. No se trata de un problema de confianza, sino de necesidad. Si no necesita hablar conmigo de sus intimidades, lo asumo y ya está.

— Realmente te gusta—contestó Pansy al cabo de dos minutos callada mirando su taza de café.

— Mucho. Y no voy a hacer nada que suponga perderlo.