Pansy entró corriendo en la sala de espera de urgencias de San Mungo. O todo lo que unos tacones y una educación sangrepura permitían correr. Se dirigió sin dudar al alto pelirrojo que se sentaba encorvado en un extremo.
— ¿Cómo está? —preguntó, ligeramente sin aliento.
— Aún no han salido a decir nada —le contestó, quitando su capa de la silla de al lado y haciéndole una seña para que se sentara.
— ¿Qué ha pasado?
Ron se encogió aún más ante el tono beligerante de Pansy, cerrando los ojos,
— Una redada en un laboratorio de pociones. En realidad... —se le quebró un poco la voz—, en realidad el hechizo iba para mí, él se interpuso.
— No deberíais trabajar juntos —murmuró entre dientes, enfadada, con los brazos cruzados sobre el pecho.
— ¿Y eso a qué viene? —interrogó molesto, abriendo los ojos y girándose hacia ella, más recto, alerta.
— Por Merlín, qué ceguera. Está enamorado de ti, Weasley.
Tal cual salieron las palabras de su boca, se arrepintió. Blaise jamás le perdonaría. Se mordió el labio, nerviosa, mirando de reojo a Ron, que se había quedado pálido y boqueaba.
— Eso no... te equivocas, él y yo... solo amigos.
No pudo evitarlo, parecía perdido y necesitado de confort, así que le tomó con cuidado la mano.
— Ronald, conozco a mi amigo, crecimos juntos, hemos pasado por mucho. Y no creo haberle visto así nunca, tú eres especial para él —le dijo con suavidad, acariciando la mano pecosa con el pulgar—. Nada te obliga a corresponderle, pero no deberíais luchar juntos, no es seguro.
— Es todo tan complicado —murmuró el auror, mirando hacia la puerta por la que se habían llevado a su compañero.
— Créeme que te entiendo —comentó ella entre dientes.
En ese momento la puerta se abrió y una sanadora avanzó decidida hacia ellos. Ron se puso de pie, llevándola con él, su mano aún firmemente sujeta, y avanzó tres largos pasos al encuentro de la mujer, temblando de ansiedad.
— ¿Familiares de Blaise Zabini? —preguntó con un tono plano y profesional.
— Soy Pansy Parkinson, su contacto de emergencia. ¿Cómo está? —preguntó, tratando de mantener el tipo por los dos, porque era evidente que Ron estaba en ese momento a punto de que le fallaran las rodillas por el aspecto serio de la sanadora.
— Estable. Lo vamos a tener en observación 24 horas para descartar complicaciones. Es una suerte que sea fuerte y sano, esa maldición habría matado a cualquiera con un físico menos cuidado.
Lo sintió, sintió el temblor que recorrió el largo cuerpo del auror y le apretó la mano, sorprendida de su propia empatía.
— ¿Podemos verlo?
— Cuando salga de observación mañana. Váyanse a casa, tenemos sus datos de contacto, le mantendremos informada.
Y se dio la vuelta, caminando de nuevo hacia las puertas de la zona restringida.
— ¿Tienes que volver al cuartel? —le preguntó mientras Ron reculaba para ir a por su capa.
— No.
— ¿Quieres venir a casa conmigo? Podemos esperar juntos noticias.
Él la miró, sorprendido, buscando en su cara un resto de la antigua Pansy, pero no encontró más que empatía y preocupación.
— Tengo que ir a casa un momento a avisar a mis padres y coger un cambio de ropa.
Pansy asintió y se separó para caminar hacia las chimeneas y los puntos de aparición.
— Parkinson —le llamó a su espalda.
Se giró a mirarle con una ceja arqueada.
— Gracias.
Ella sonrió, le saludó con una inclinación de cabeza y siguió su camino.
Ron Weasley salió de la chimenea del espacioso piso de Zabini un par de horas después, con una vieja mochila apretada contra el pecho y el pelo todavía húmedo de la ducha. El amable elfo que cuidaba la casa salió rápidamente a su encuentro.
— El ama Pansy está en el salón pequeño, señor —le indicó, tomando su mochila.
Asintió, murmurando un escueto gracias que haría a Hermione fruncir el ceño. Caminó por el conocido pasillo hasta llegar a la puerta cerrada y tocó con los nudillos. La puerta se abrió y entró. Pansy estaba acurrucada en el sofá cercano a la chimenea, sorprendentemente vestida con un viejo chandal gris y unos calcetines gruesos, su pelo recogido de cualquier manera en una coleta. Llevaba una gafas de pasta oscura y tenía un libro en la mano que no parecía estar leyendo.
— Ey —le saludó con voz más ronca de lo habitual y los ojos inflamados—. ¿Quieres beber algo? iba a pedir un chocolate.
Sonrió ligeramente y se sentó en el sillón frente a ella.
— Estaría bien.
Había algo... quizá porque nunca la había visto así vestida, o con el pelo recogido...entonces ella se puso de pie para atizar el fuego y llamar al elfo y percibió algo, un movimiento, una insinuación en los pantalones.
— En casa no suelo llevar ropa interior —le dijo con voz ronca todavía y un tono levemente divertido, siguiendo la línea de su mirada hasta su entrepierna—. Desde luego, tu hermana y Blaise son los mejores guardando secretos.
— Tú... —tartamudeó— tú también eres...
— Dilo, Ronald, usar la palabra ayuda —le animó, sentándose de nuevo frente a él con una sonrisa empática.
Y entonces supo, tuvo la certeza de que Pansy se había despojado de todas sus capas protectoras para acercarse a él y las palabra brotó de sus labios en un susurro ronco.
— Trans.
Trató de hacerlo, trató de contener la mueca que siempre hacía cuando lo decía en voz alta, pero no pudo.
— Es difícil —comentó ella, tomando una de las tazas que había aparecido sobre la mesa y soplando un poco la superficie oscura.
— ¿Por qué dices lo de mi hermana? —preguntó curioso, un poco reconfortado después del primer sorbo de chocolate.
— Ginevra lo sabía, desde el colegio. Y deduzco que no te ha dicho nada. Y tampoco lo ha hecho Blaise.
— Blaise no lo sabe... lo mío.
Pansy levantó una ceja y dejó la taza sobre el platillo con cuidado, tomando un bizcocho.
— Créeme, Weasley, lo sabe, y está respetando tu silencio. ¿Sólo se lo has dicho a tu familia? ¿Granger y Potter?
Asintió despacio.
— Yo... tenía ocho años cuando le dije a mi madre que no quería ser una chica. Lo odiaba, me odiaba. Mis padres... me quieren, pero no lo entienden.
Paró a dar un sorbo, con la mirada fija en el fuego y esa postura encogida que le hacía parecer un animal herido.
— Harry y Hermione lo descubrieron cuando viajábamos juntos durante la guerra. Ellos me convencieron para no volver el octavo año a la escuela y comenzar la terapia con pociones antes de entrar a la Academia, el binder era una tortura y cada menstruación la disforia me volvía loco.
— Te entiendo —respondió ella, inclinándose hacia delante y hablando con más vehemencia—. Esa sensación de rechazo que te nace de las tripas y a ratos sientes que te vas a ahogar. Y la inadecuación.
— Es una puta mierda —confesó Ron, envalentonado por el apoyo—. La cirugía ayudó, y las pociones fueron duras, pero también. Es mi voz, ya no tengo que impostarla. Y no sangrar... uff. Pero...
— Pero sigues viéndote como un fraude y los demás no te entienden. Te dicen que estás bien, que te quieren cómo eres y aún así te sientes una decepción.
Ron le miró con el ceño fruncido.
— ¿Te lo ha contado mi hermana?
— No, Ronald. Yo me siento igual. La cirugía ayudó y las pociones son una bendición, pero lo de aquí dentro —Se señaló la sien— lo trabajo con mi terapeuta. Hemos pasado muchas cosas, todos deberíamos ir a terapia con un psicomago.
— Tú... parecías tan segura de ti misma siempre —murmuró, levantando las piernas y abrazándose las rodillas.
— Puedes decirlo, era una perra. —Sonrió como la vieja Pansy— Un escudo, igual que tú eres un gruñón. Yo tuve la suerte de contar con Blaise desde siempre, me ayudó a ocultárselo a mis padres mucho tiempo, igual que Draco y Theo.
— ¿Te refieres a cuando no estabas en el colegio? —preguntó sin acabar de entender.
— Por suerte, apenas veo a mis padres, ellos viven en Italia, son vecinos de la madre de Blaise, así que era difícil que les llegara el chisme. Pero sí, en su casa no he podido ser nunca yo.
— Eso es una mierda —respondió Ron, pensando en el apoyo que había recibido de su familia cuando iba a casa por vacaciones por parte de sus hermanos.
Asintió, con una sonrisa tensa.
— Se siente bien. Hablar con alguien que realmente lo entiende —dijo Ron al cabo de un par de minutos en voz baja, volviendo a tomar la taza.
— La verdad es que sí. ¿Me permites un consejo? Algo que he aprendido en terapia.
— Claro —respondió, su aparente tranquilidad desmentida por la fuerza con la que sujetaba la taza.
— Ser trans es parte de ti, pero no lo es todo, tu vida no puede girar alrededor de eso, eres más que tu género.
Vio a Ron darle un par de vueltas en su cabeza a sus palabras antes de esbozar una sonrisa triste.
— Es una teoría bonita.
— Es a lo que deberíamos aspirar. No voy a terapia por ser trans, sino porque viví una guerra y después mis padres me metieron en una clínica para curarme.
— ¿Para curarte los traumas de la guerra?
Ella negó con vigor, liberando algunos mechones oscuros de su flojo recogido.
— Para recuperar a su heredero.
— Joder. No sé ni qué decir —comentó Ron con el estómago revuelto, pensando de nuevo en su familia.
— No hace falta que digas nada. El abogado de Draco me sacó de allí a los tres meses y me quedé en Francia con él, decidida a estar bien. La terapia mental me ayudó a coger fuerza para lo físico. ¿Lo entiendes ahora?
— ¿Me dices todo esto por Blaise?
— No, Ronald, te lo digo porque creo que te estás castigando por algo que no se elige.
El pelirrojo se sujetó la cabeza entre las manos.
— Mis padres querían una niña —confesó por fin—. Tuvieron dos, y ninguna de las dos es lo que esperaban.
— Tu no eres una niña, Ron, no lo has sido nunca. Y no tienes que poner tu vida al servicio de los deseos de tus padres, no funciona así.
Apretó los ojos, frustrado. Tenía un nudo en la garganta, necesitaba desahogo, pero uno de los efectos de la terapia con pociones era que costaba muchísimo llorar.
— Puedo presentarte a mi terapeuta. Elle es fantastique y no binarie.
Asintió con la cabeza, sin poder hablar. Pansy se levantó, caminó hasta él y se sentó en el brazo del sillón, abrazándole con cuidado por los hombros. Ron se dejó abrazar, apoyando la cabeza en su pecho, agradablemente sorprendido de encontrar consuelo en el lugar más inesperado.
Tras una tensa noche de insomnio, recibieron con alivio la lechuza avisando de que Blaise estaba fuera de peligro y podía recibir visitas. Cuando entraron en la habitación, Pansy fue muy consciente del brillo en los ojos de su mejor amigo. En cuanto pudo, se disculpó con la excusa de ir a hablar con la sanadora y salió, cerrando la puerta con cuidado.
— ¿Todo bien con Pansy? —preguntó Blaise en un murmullo, preocupado de la reacción extraña de su amiga.
— Sí.
Ron simplemente se dejó caer en una silla junto a la cama y lo miró. Dioses, era el hombre más guapo del mundo. Por mucho que quisiera convencerse a sí mismo de que no le atraía, lo hacía, como polilla a la llama.
— Me quedé a dormir en tu casa anoche. Hablamos mucho.
— ¿En serio? —preguntó sorprendido, abriendo bastante los ojos.
— Me contó todos tus secretos inconfesables —bromeó Ron .
Blaise le miró un momento, con fingido temor.
— Supongo que pedirás otro compañero, uno menos problemático.
A Ron se le cambió la cara y Blaise supo que ya no estaban de guasa. Trató de incorporarse, pero un intenso dolor en el pecho se lo impidió, haciéndolo gemir levemente.
— ¿Qué cojones haces, idiota? —le renegó Ron, inclinándose hacia él.
— ¿Vas a pedir otro compañero?
Enrojeció. Odiaba ser pelirrojo y sonrojarse como una niña a cada paso. Se mordió una uña con nerviosismo y miró por la ventana.
— ¿Ron?
— Yo... creo que debería.
— ¿Por qué? —preguntó desorientado.
— Estuviste a punto de morir.
— Creo que no te sigo.
— Vi morir a mi hermano. Allí mismo, a unos metros de mí, y no pude hacer nada. Vi a mi mejor amigo caminar decidido hacia su muerte. Asistí a suficientes funerales para varias vidas y cada vez pensé en que si hubiésemos hecho las cosas mejor, se podrían haber evitado esas muertes. Ayer te vi caer y no me gusta la impotencia que siento, Blaise.
Las cejas morenas se fruncieron y vio un relámpago de molestia en sus ojos. Frustrado, se acarició la nuca mirando al suelo.
— Hermione siempre dice que tengo la habilidad social de una cucharilla de té. No quiero cambiar de compañero. Te debo la vida, ¿sabes?
— ¿Entonces?
Tomó aire y lo soltó despacio por la nariz. Se levantó de la silla y se sentó en el borde de la cama, más cerca, lo suficiente para tomar una de las manos morenas y acariciarla despacio con dedos temblorosos.
— Ron —atinó a decir Blaise en un murmullo estrangulado, mirándolo con los ojos muy abiertos.
— Tengo mucho que arreglar conmigo mismo.
— Me encantaría acompañarte en lo que necesites.
Sonrió, una sonrisa tímida pero que a Blaise le pareció preciosa. Y le dejó un beso con cuidado en el dorso de la mano que sujetaba.
— Es peligroso salir juntos a luchar si... sentimos cosas.
— ¿Tú sientes cosas por mí? —preguntó con una sonrisa torcida.
El sonrojo volvió.
— No quería. Yo... siento que les debo a mis padres el ser normal en algo.
Blaise apretó su mano un poco y le contestó con voz ronca.
— ¿Normal? estoy seguro de que lo que tus padres quieren es que seas feliz.
Ron asintió, despacio, como si estuviera asimilando la información.
— Hablar con Pansy me ayudó. Ella te quiere mucho, me dijo que no lo habría logrado sin ti.
— Y yo a ella, como a una hermana. Haría lo que fuera por ella. Y por ti, Ron —le dijo, apretando los dientes para intentar incorporarse otra vez.
Lo consiguió y le abrazó, fuerte desde atrás, apoyando la barbilla en su hombro.
— Tengo sentimientos grandes por ti, y no voy a negar que lo que pasó ayer tuvo que ver con eso. Podemos hablar con el jefe de escuadrón cuando me reincorpore si quieres —le susurró—. Me encantaría que fuésemos normales juntos, esperaré a que arregles lo que necesites arreglar.
Su compañero colocó las manos cubriendo las suyas, dejándose sostener y sosteniendo a la vez.
