Una semana después, Ron salía de la chimenea de casa de Blaise casi a la hora de la cena. El elfo salió rápidamente a su encuentro y se ofreció a tomar su abrigo.

— El amo Blaise y el ama Pansy están en la cocina —gruñó, molesto por la invasión de su espacio.

— Gracias, Flix.

El elfo se marchó, supuso que para compensar con limpieza el que no le dejaran hacer la cena. Caminó por el pasillo, arrastrando ligeramente los pies, en dirección al olor a comida italiana. Abrió la puerta y no pudo evitar sonreír al ver la estampa. Blaise llevaba un delantal colorido sobre uno de esos pantalones vaqueros que le volvía loco, tan ceñido que se preguntaba muchas veces cómo se los quitaría, y un jersey oscuro de cuello vuelto. Pansy llevaba el mismo chandal gris que le había visto la otra vez y el pelo recogido en un moño alto. Bailaban con una copa de vino en la mano una vieja canción que sonaba en la radio.

— ¡Ey! ya estás aquí —le sonrió Blaise, bailando hacia él con otra copa de vino.

— Huele muy bien —le devolvió la sonrisa, tomando la copa y besándole en la mejilla.

Una mano morena tendida hacia él le invitó a unirse al baile. Negó con la cabeza, sonriendo todavía.

— Vamos, Ronnie. Mueve las caderas.

— Blaise , yo no...

Pansy se acercó y le tomó la otra mano, dejando la copa sobre la mesa. Les siguió, era imposible no contagiarse de su alegría. Así los encontró la otra invitada de la cena, un rato más tarde, bailoteando mientras entraban y salían del comedor poniendo la mesa entre risas.

— Parece que llego tarde a la fiesta —les dijo divertida, apoyada en el marco de la puerta de la cocina.

— Aún puedes unirte, Ginevra. A la cena le quedan unos minutos— le contestó Blaise con esa sonrisa que se gastaba, subiendo un poco la música.

Soltó una carcajada y bailoteó hasta la ensalada que Pansy aliñaba. Las dos pasaron juntas al comedor, moviendo las caderas al compás.

— Creo que no te había visto nunca con pantalones —comentó mientras dejaba la ensaladera sobre la mesa con cuidado.

— Blaise es un traidor y ha vuelto a invitarte sin avisarme.

— Bueno, no seré yo la que se queje de como te queda el chándal.

— Muy graciosa —le contestó empujándola hacia la puerta de la cocina con un golpe de cadera.

Antes de abrir, Ginny se dio cuenta de que había cambiado la música. Por si acaso, abrió solo una rendija. Blaise y Ron bailaban abrazados una canción lenta que recordaba haber visto bailar a sus padres alguna vez. Retrocedió, cerrando la puerta con cuidado y un nudo en la garganta.

— ¿Qué pasa? —preguntó Pansy desconcertada.

— Están bailando. Una lenta —le respondió, alejándose de la puerta.

— Oh.

Ginny la siguió con la mirada mientras revoloteaba alrededor de la mesa, enderezando cubiertos y copas, volviendo a doblar servilletas.

— No te he dado las gracias.

Se sobresaltó, no se había dado cuenta de que la pelirroja estaba tan cerca, a su espalda, lo suficientemente cerca como para que su aliento le pusiera el vello de la nuca de punta.

— ¿Por qué?

— Por ayudar a mi hermano. Este paso de ir a terapia... o lo que acabo de ver en la cocina, no habría pasado sin tu empujoncito.

— Quizá soy una serpiente egoísta buscando la felicidad de mi amigo nada más —respondió, encogiéndose de hombros.

— Na. —Lo descartó con un movimiento de mano— Y aún si así fuera, no tendría queja si eso hace a Ron feliz. Pídeme lo que quieras, te debo una.

Pansy no respondió, enderezó la copa que casi había dejado caer al sobresaltarse, consciente de repente de que le temblaba un poco la mano.

— Una noche de chicas —murmuró por fin.

— ¿Quieres una fiesta de pijamas? —le tomó el pelo.

Se giró hacia ella, con una sonrisa.

— Pensaba más bien en cena y baile, pero nunca he tenido una fiesta de pijamas de chicas.

— Crecimos en un internado.

— En Slytherin teníamos habitaciones individuales. Y de todas formas nunca me he sentido cómoda en pijama delante de otras personas.

Asintió, comprensiva.

— Una fiesta de pijamas entonces, para pintarnos las uñas unas a otras y ver películas moñas comiendo helado.

— ¿Vamos a ver películas muggle? —preguntó, quizá un poco ilusionada.

— Las más azucaradas que encuentre, Hermione controla de eso y en su casa tiene lo necesario.

— ¿Crees que ella...? ¿Se apuntaría?

Ginny la miró, un poco sorprendida por el tono de incertidumbre.

— ¿No hablaste con ella el día de la cena?

— Mmm, no. Me cuesta acercarme a gente a la que traté mal, supongo que espero que me escupan o algo así.

— Pansy... ¿dónde está la perra llena de confianza en sí misma que conocí en la escuela?

Ella sonrió triste.

— Quizá las hormonas me han hecho blanda —trató de bromear.

La pelirroja le miró un momento, con calidez. En realidad quería abrazarla, pero tenía la sensación de que en ese momento Pansy se sentía frágil y un abrazo no sería bien recibido. Puso una sonrisa y sacó su tono más alegre, la tomó del brazo y, de camino a la cocina, empezó a hablar de películas, chucherías y llamar a Hermione y alguna amiga más, porque cuantas más, mayor diversión.


La cena resultó amena. Ginny contó anécdotas de Quidditch, algunas bastante subidas de tono, como esa en la que habían pillado al guardián y uno de los cazadores duchándose juntos y del sobresalto el cazador había resbalado, arrastrando con él al guardián y perdiendo el conocimiento por el golpe en la cabeza mientras el pobre guardián trataba de desinsertarse del gran pene inconsciente para salir corriendo. Rieron muchísimo, por las coloridas descripciones, comentaron las opciones de nuevos compañeros que tenían Ron y Blaise y hablaron de los planes de Pansy para establecerse por su cuenta en la ciudad.

Mientras recogían la mesa, Blaise aprovechó un momento en el que Ron y él estaban a solas de nuevo en la cocina para acercarse y abrazarle con cuidado por la espalda.

— ¿Quieres quedarte un rato más? Pansy madruga y tu hermana ha quedado con no sé quién. Aún no me has contado cómo ha ido tu cita con tu terapeuta.

Ron se apoyó en su pecho, cada vez más cómodo con sus gestos cariñosos. Desde su visita al hospital, se habían visto a diario y Blaise había comenzado a ser más táctil, con toques pequeños al principio, siempre cuidadosos y llenos de cariño. Había momentos en los que Ron veía tanto amor en los ojos oscuros, que simplemente quería abrazarle y quedarse ahí, dejándose querer.

— Me gustaría —le respondió, girándose para mirarle—. ¿Quizá otro baile?

Blaise sonrió, esa sonrisa deslumbrante que conquistaba a todo el que lo conocía. Se inclinó hacia él y rozó sus narices.

— Los que quieras.

Lo sintió, sintió muy dentro el calor del gesto y la necesidad de corresponder, algo que no había pasado nunca. Toda una vida luchando consigo mismo sin dejar espacio a sentir que merecía recibir gestos como esos, pensando que estaba un poco muerto por dentro y no sentiría jamás atracción por otra persona. Se acercó, tanto que Blaise abrió los ojos sorprendido, y le besó. Inseguro, torpe, apenas un roce de labios. Y se escondió, con los ojos cerrados, el corazón golpeando y la frente apoyada en el hombro fuerte de su amigo.

Se quedaron un largo minuto así, abrazados. Ron no vio como Blaise les hacía un gesto a las dos chicas, indecisas en la puerta, con las manos llenas de platos, para que se marcharan. Lo siguiente de lo que fue consciente Ron fue de Blaise moviéndose, despacio, y música suave.

— Baila conmigo, Ronnie —escuchó el susurro dulce en su oído.

Sonrió, aún contra su hombro, y se dejó llevar.

— ¿Cómo fue entonces con tu terapeuta? —preguntó Blaise al cabo de dos minutos.

— Mmm, difícil —respondió bajito, frotando la frente contra su hombro—. Elle hizo preguntas y yo a veces no sabía contestar.

— ¿Qué tipo de preguntas?

— Sentimientos, sensaciones... elle dijo que mi interior es como una madeja de lana enredada, que iremos poco a poco enrollándola de nuevo juntes.

— ¿Te gustó elle?

Ron se separó para mirarle con una pequeña sonrisa.

— Me hizo sentir cómodo hablando, y eso no es fácil para mí, no hasta ahora..

— ¿Quieres seguir con elle entonces?

— Si, creo que sí. Me dijo lo mismo que Pansy, pero también me dijo que entiende que hay muchas cosas añadidas a ser trans, va ayudarme a saber de dónde viene cada conflicto.

Blaise sonrió de vuelta y le abrazó un poco más fuerte por la cintura.

— Eso suena bien.

— También dijo que no será fácil.

— No estás solo, ¿lo sabes, verdad?

La nariz pecosa acarició tímidamente su pómulo antes de volver a apoyar la frente en su hombro.

— Elle dijo... que tener una red de apoyo me hace afortunado.

Bailaron un par de canciones en silencio, apenas balanceándose uno contra el otro.

— Le hablé de ti —confesó por fin con un murmullo tímido.

— ¿Sí?

Asintió contra su hombro.

— ¿Cómo crees que me ve la gente?

La pregunta le pilló por sorpresa. No estaba acostumbrado a que Ron le mostrara su inseguridad.

— Sólido —respondió por fin, con su tono más cálido—. Creo que la gente piensa que eres de confianza en tu trabajo, pero serio y distante en lo personal.

— ¿Y tú? ¿cómo me ves?

— En lo profesional creo que eres el mejor compañero que tendré.

Ron se separó y le miró con esos ojos azules tan brillantes.

— ¿Y en lo personal?

Las manos morenas se separaron de su cintura, se detuvo y le tomó por el rostro.

— Aprendo cosas de ti a diario y me sigues gustando ¿eso querías oír?

— No quiero que pienses que soy frágil y necesito ser cuidado —contestó con un puchero que a Blaise le pareció terriblemente tierno.

— Ron, puedes sentirte frágil y necesitar ser cuidado, eso no te hace menos hombre. Ni te resta valor a mis ojos. Entiendo que quieras sentirte fuerte, y para eso está la terapia. Yo... yo te amo así.