Las risas. Eso sería lo que más recordaría Pansy de su primera noche de chicas, haber reído muchísimo. También tener que usar su varita para limpiar esmalte de uñas de sus dedos y su ropa, o atragantarse comiendo palomitas de maíz. Nunca había tenido una relación estrecha con sus compañeras de Slytherin, entre otras cosas porque siempre existía la paranoia de que descubrieran su secreto, así que no había tenido una experiencia como esa.
Ginny había hablado finalmente con Hermione, que había sugerido invitar también a sus cuñadas Fleur y Angelina. Pansy lo había agradecido especialmente, porque se sentía más relajada con gente que no la había conocido en el pasado. Después de un rato, entendió a qué se refería Ron cuando hablaba de lo acogedora que podía llegar a ser su familia, las cuatro mujeres era evidente que tenían una relación estrecha, pero aún así la incluyeron en las conversaciones con total naturalidad.
Tras la cuarta copa de vino, con el estómago lleno nada más de chucherías y helado, necesitó tumbarse un rato en el sofá, y le pareció completamente normal apoyar la cabeza en el regazo de Ginny. La conversación siguió fluyendo a su alrededor, adormeciéndola, mientras una de las manos de la pelirroja masajeaba su cuero cabelludo, acariciando el pelo con suavidad a ratos. Se sintió tan cómoda como para eliminar el hechizo que habitualmente usaba además de su ropa interior restrictiva.
Cuando abrió los ojos de nuevo, la televisión estaba apagada, Hermione dormía en un sillón y Fleur y Angelina envueltas en mantas sobre la mullida alfombra. Se frotó los ojos, sin recordar el maquillaje hasta que se vió los rastros oscuros en las manos.
— No sé que te hace más humana, si parecer un mapache, que me hayas babeado la pierna o que te la ponga dura que te acaricien la cabeza —murmuró Ginny divertida.
Espantada, se incorporó lo suficiente para ver la mancha en el pijama rojo oscuro de Ginny, lo otro no necesitaba mirarlo, la molestia de la erección restringida era lo que le había despertado.
— Oh, Merlín —se sentó con una mueca de dolor, encogida sobre sí misma—. Lo siento. Necesito... necesito ir al baño.
Se levantó y caminó con cuidado, sorteando a las dos mujeres dormidas, hacia el pequeño lavabo. Tenía la mano en el pomo de la puerta cuando Ginny habló tras ella.
— No quería molestarte, Pans.
— No lo has hecho, lo que me molesta es la ropa interior —respondió ronca, con un intento de humor.
— ¿Seguro? No quiero sobrepasar ninguno de tus límites —insistió, acercándose más.
Pansy se enderezó, a pesar de la molestia, y se giró hacia ella, sintiéndose un poco pequeña frente a su casi metro ochenta. Le miró con su mejor cara de esfinge, consiguiendo que las pestañas pelirrojas parpadearan, nerviosas.
— Contigo...no...quiero...tener...límites, Ginevra —le susurro, muy cerca, punteando cada palabra con el dedo en su estómago.
— Me gusta cuando me llamas Ginevra —le respondió con la sonrisa traviesa marca Weasley, tomándola de la nuca para besarla.
No pudo evitar gemir dentro del beso cuando Ginny la acorraló contra la puerta, pegando sus cuerpos, rozándole con la pierna la entrepierna. Se aferró a ella con fuerza, clavándole las uñas en la espalda a través del pijama. Morgana, como besaba esa mujer. Gimió un poco más fuerte, cortando el beso para morderse el labio cuando su pierna hizo una presión más prolongada, haciendo que se humedeciera.
Ginevra aprovechó para mordisquear su cuello, trazando de paso remolinos en la piel sensible con la lengua.
— Hueles tan bien —masculló, acariciándole con la nariz la oreja— Eres increíblemente sexy, Pans, ¿puedo tocarte?
No le contestó, tomó una de las manos posadas en su cintura y la introdujo ella misma en el pantalón de su pijama. Con cuidado, Ginny acarició la suave textura de la ropa interior, masajeando su dureza y sus testículos tensos. Se estremeció, porque no recordaba si alguien la había tratado alguna vez con tanto cuidado y a la vez tanto deseo, podía sentir los pezones de Ginevra duros contra los suyos y su respiración agitada en su oído.
— Yo nunca he tocado un pene, tendrás que decirme si voy bien —jadeó con voz afanosa, cubriendo el bulto con la mano abierta.
Por toda respuesta, Pansy retorció el brazo y abrió la puerta del baño. En un gesto sorprendentemente ágil, tomó a Ginny del brazo, la arrastró con ella dentro y cerró la puerta sin hacer ni un ruido. Esta vez la acorraló ella contra la puerta y llevó sus manos finas hasta los botones de su pijama.
— ¿Puedo?
— Por favor —gimió Ginny, volviendo a sujetarla de la nuca para besarla con fuerza.
Con los ojos cerrados, disfrutando del beso, tanteó agradecida de que fuera un pijama de estilo masculino, con cuatro botones grandes nada más. Metió las manos entre la piel y la tela, acariciando despacio, sintiendo como se estremecía. Despacio, subió una de las manos hasta un pecho y pellizcó con suavidad el duro pezón, encantada de sentir el frío del metal de un piercing. Le sacó un gemido y una maldición entre dientes cuando tiró ligeramente del pequeño aro y luego acercó la lengua para calmar el escozor.
Sonrió, crecida por la sensación de poder.
— Tócame, Ginevra —exigió con su voz ronca y susurrante de la escuela.
No tuvo que decírselo dos veces, con un movimiento de hombros dejó caer la parte de arriba de su pijama y se lanzó a abrir el de Pansy para liberarla también, acariciando su espalda al quitar la prenda. Con los ojos enganchados en los fieros ojos verdes, tocó sus pechos, atenta a sus reacciones, aprendiendo como le gustaba ser tocada, haciéndola sentir cuidada de nuevo. Esta vez fue Pansy la que la sujetó de la nuca, con ambas manos, para besarla con fiereza, lengua y dientes, mientras Ginevra la sujetaba pegada a ella por las nalgas firmes, generando de nuevo roce, hasta hacerla gemir y estremecerse de una manera que le hizo pensar que había llegado al orgasmo.
Los ojos verdes eran prácticamente negros cuando se separó, haciendo palanca en su pecho. Sosteniéndole de nuevo la mirada, se deshizo de los pantalones y, con un poco de esfuerzo, de la ropa interior, mostrándose completamente desnuda, por primera vez en su vida sin ninguna ansiedad. Con una sonrisa torcida, Ginevra hizo la misma maniobra y a continuación la tomó de la cintura para volverla a pegar a ella. El contacto piel a piel les hizo sisear a las dos.
— Sexy —le murmuró al oído, mordisqueándole la oreja.
— Tócame, por favor, estoy...estoy muy cerca.
Ginny introdujo la mano entre las dos y tomó la húmeda polla con la mano, acariciando con cuidado arriba y abajo.
— Un poco más fuerte —suplicó entre dientes.
Aceleró, apretando también la sujeción, a la vez que, sin separar la mirada, dobló ligeramente las rodillas para tomar un pezón entre los labios. Lo sintió, sintió la dureza pulsar entre sus manos. Apretó los labios y estiró tentativamente, insegura, hasta que una mano nerviosa le tomó de la nuca y la apretó contra el pecho. Mordisqueó, lamió y estiró, acelerando el movimiento de la mano arriba y abajo, sintiendo como Pansy se ponía cada vez más rígida. Usó la mano libre para rodearle la cintura y sujetarla justo en el momento en el que se corría con un largo gemido y un par de maldiciones en francés.
Se enderezó y la abrazó contra ella, ignorando la sensación pringosa de la pierna que había recibido la descarga, con el corazón acelerado.
— ¿Estás bien? —preguntó al cabo de un par de minutos de silencio.
— Muy bien. —Levantó los ojos hacia ella, con una sonrisa suave— Gracias.
— No me las des, he disfrutado cada segundo.
La sonrisa cambió a provocadora cuando Pansy se separó lo suficiente como para introducir una mano entre ellas y acariciarle el vello pelirrojo del pubis.
— Te he puesto perdida, Ginevra, lo mínimo que deberías hacer es mancharme los dedos tú a mi.
Ginny rió, esa risa baja y ronca que a Pansy le parecía terriblemente sexy, y se agachó ligeramente para besarla con suavidad, mientras sentía los dedos finos explorando sus pliegues húmedos y su clítoris hinchado. No necesitó más de dos minutos para tenerla gimiendo con la frente apoyada en su hombro, con los tendones del cuello asomando y las manos aferradas a su cintura.
— Vamos, Ginevra, suéltalo, déjate llevar —le susurró, mordiéndole sobre la clavícula, succionando y acariciando el punto sensible con la lengua hasta que la pelirroja se dejó ir con un largo suspiro.
Esta vez fue ella la que la sujetó mientras le acariciaba el pelo. Enseguida le notó temblar de frío. La tomó de la barbilla y la besó con suavidad.
— Habrá que vestirse, estás tiritando. Déjame que te limpie la pierna.
Ginny se dejó hacer, mientras se abrochaba el pijama, observando cómo mojaba una toalla en agua tibia y le limpiaba con cuidado. Cuando lo dio por terminado, echó la toalla en el cesto y tomó su ropa del suelo. Se sentó para ponerse la ropa interior.
— ¿No será incómoda para dormir? —preguntó con suavidad Ginny mientras se subía los pantalones.
— No lo sé, no duermo nunca con ropa interior.
Lo entendió sin más explicaciones, no había dormido nunca acompañada de gente ante la que no hubiera salido como mujer trans. Se agachó y, en cuclillas, la miró.
— No lo necesitas, no necesitas pasar una noche incómoda. Ellas no van a juzgarte.
Miró la prenda en su mano. Ese era uno de sus escudos, algo que la protegía de la opinión de la gente. Con un suspiro, la apretó en su puño y luego la dejó sobre el lavabo.
— ¿Me alcanzas el pijama, por favor?
Con una sonrisa, tomó la parte de arriba del pijama y le ayudó a meter los brazos, acariciando de nuevo la piel desnuda a su paso. Abrochó con cuidado los botones, concentrada.
— ¿Puedo llamarte Ginevra entonces? —le preguntó, pasando los dedos con cuidado por la mandíbula salpicada de pecas.
— En ti me suena bien —respondió, concentrada en los botones de más abajo.
— ¿Ha sido muy extraño para ti?
El tono un poco tímido le hizo levantar la mirada. La expresión de Pansy era precavida.
— Ha sido diferente. Pero cada persona lo es, ¿no?
Pansy no respondió. El momento postsexo siempre era el más duro para ella, le entraban todos los miedos y ansiedades que normalmente mantenía a raya.
— Ey — Ginny le tomó por la barbilla— Háblame, Pansy. Has dicho que no querías límites conmigo.
— Normalmente este es el momento en el que la persona se viste y se va.
— Yo estoy aquí, no voy a ninguna parte. ¿ Vamos a dormir? —Se levantó y le tendió la mano— Podemos usar una de las camas de invitados.
— Creía que íbamos a dormir en el sofá —le respondió, tomando su mano.
— Si duermo en ese sofá, mañana voy a tener tantas contracturas que no podré entrenar. Además, en el sofá no podría abrazarte mientras duermes.
A eso no podía protestar nada, así que se dejó llevar y caminó muy pegada a la pelirroja hasta el cuarto contiguo. Ginny abrió sin dudar la cama y le hizo una seña con el brazo, invitándola a meterse entre las mantas. Su cuerpo agradeció la comodidad del colchón y se encogió en posición fetal para darse calor, tenía los pies helados.
— ¿Quieres dormir sola? puedo usar la otra cama.
— Entra aquí y caliéntame los pies, no puedes prometerle a una chica que la vas a abrazar mientras duerme y luego echarte atrás, Weasley.
Ginny sonrió con maldad y se metió en la cama, abrazándola pero metiéndole las manos bajo la parte de arriba del pijama.
— Aparta, maldita —protestó Pansy, haciendo amago de darle un codazo—, estás helada.
— Mete los pies entre los míos, anda, nos daremos calor mutuamente.
— ¿Sabes que podríamos hacer un hechizo, verdad?
— Prefiero abrazarte.
Se dejó rodear por los fuertes brazos, que le arrastraron contra el pecho de Ginevra, y enredó sus pies con los que le acariciaban los tobillos. Se relajó al punto de adormecerse y que una frase se escapara de su férreo filtro.
— Podría acostumbrarme a dormir así.
Despertó maravillosamente cálida, atrapada por los fuertes brazos de la cazadora. Trató de salir con cuidado de la trampa, pero fue atraída de nuevo contra el pecho de Ginevra.
— ¿A dónde crees que vas? —le habló con voz rasposa por el sueño.
— ¿A mi casa?
— Apenas son las siete. Las chicas aún duermen.
Guardó silencio un momento, esperando a la ansiedad que solía invadirla al día siguiente. No apareció.
— ¿Qué te asusta? te late el corazón muy fuerte —preguntó, posando los labios en la arteria que latía rápido en el pálido cuello.
— No lo sé.
— ¿Quizá aún esperas que salga corriendo? Porque soy yo la que te está reteniendo en la cama y tú la que iba a huir.
— Esto es... inusual.
Ginevra rió en su oído y la ayudó a girarse hacia ella.
— Nena, es odioso que te despiertes así de hermosa, ¿sabes? —le dijo, acariciándole la cara, los ojos brillando.
— Ginevra...
El dedo de Ginny sobre sus labios la hizo callar. Entonces lo sintió, otra mano traviesa colándose en sus pantalones. La miró con algo cercano al pánico y la mano se detuvo.
— Disculpa —se echó hacia atrás y sacó la mano.
— No... no pasa nada, solo me ha pillado por sorpresa.
— ¿Crees que lo de anoche fue un calentón sin más? es eso, verdad, estás esperando realmente que sea así, que esto —le posó la mano con delicadeza en la entrepierna— me desmotive. Pansy, me gustas. Mucho, desde hace mucho tiempo. Y ahora que por fin estamos aquí, así, no voy a dejarte escapar.
Pansy parpadeó un par de veces y luego se inclinó hacia ella, besándola con intensidad. Pasó la mano por la nuca rapada, sintiendo el agradable cosquilleo, y mordisqueó el labio inferior de la pelirroja, que se dejaba hacer encantada. Unos minutos después la soltó y se dejó caer de espaldas sobre la cama, con la respiración jadeante y los pómulos sonrojados. Ginny le tomó la mano y se pegó a su flanco.
— Antes de que ocurra nada más entre nosotras, necesito ser sincera contigo.
— Eso nunca suena bien —murmuró, girándose un poco hacia ella para encontrarse los ojos azules mirándola muy serios.
— Ya has visto que soy una persona que va de frente, Pansy. Y creo que querrás saber esto antes de tomar una decisión respecto a mí.
— Ginevra...
— Tú solo escucha, vale.
Asintió, con los labios apretados.
— ¿Recuerdas a Luna? Ella y yo estamos juntas, pero no es algo exclusivo —se justificó rápidamente al sentir a Pansy alejarse de ella.
— No te entiendo —respondió, su rostro cerrándose rápidamente.
— Ella viaja mucho, yo también. Nos queremos, nos escribimos e intentamos vernos cada poco tiempo. Y tenemos otras relaciones. No somos monógamas.
— ¿Y os funciona? Yo me moriría de celos.
— Creo que Luna es incapaz de tener celos. Yo... alguna vez la inseguridad ataca, no te lo voy a negar. Pero ella merece la pena.
— Entonces cuando ella no está tú actúas como si nada. Y sales con otra gente.
— No suelo tener relaciones serias, más bien encuentros de una noche, no tengo mucho tiempo libre.
— Vale, lo capto.
— ¿Qué? no, no, he dicho que suele ser así, no que esté cerrada a tener una relación.
— He tenido encuentros de una noche. ¿Sabes por qué? porque una vez que se dan cuenta de que tengo pene y no pienso librarme de él deja de funcionar. Para una noche soy exótica, para más una complicación.
— Pansy...
— No quiero más decepciones, más irme a mi casa con el orgullo pisoteado. No busco algo de una noche, merezco más.
— Y yo te lo estoy ofreciendo. Te lo he dicho hace un rato, quiero una relación contigo.
— Yo... lo siento.
— ¿Por saber lo que quieres? no tienes que disculparte por eso.
— Tú también me gustas —le ronroneó, acariciandole la cara con las puntas de los dedos—. Mucho. Pero no sé si puedo tener una relación contigo en estos términos, Ginevra.
Los ojos azules le analizaron un momento, tensos. Entonces asintió con la cabeza y se separó de ella.
— Lo entiendo —sacó los pies por un lateral de la cama y se bajó, saliendo de la habitación sin hacer ruido.
Masculló un "merde" antes de apartar las mantas y salir corriendo detrás de ella. La encontró en la pequeña cocina, preparando café.
— Ginevra... yo...
— No pasa nada, Pansy. De verdad que lo entiendo.
Pero su voz transmitía derrota. Y tristeza. Se acercó a ella y la abrazó, pasando los delgados brazos alrededor de su cintura y apoyando la frente en su hombro.
— Tengo miedo —le confesó en un segundo.
Ginevra no se movió, no respondió, se quedó congelada como una estatua, así que la soltó despacio y salió de la cocina. No vio como la pelirroja se aferraba al borde del fregadero y estrellaba la cafetera contra el acero, con un grito de frustración.
