Volvió a casa como una autómata. Dejó las cosas en la habitación, con la mente llena de niebla, se metió en la ducha, se lavó el pelo y se puso una mascarilla. Fue al salir, envuelta en su albornoz, mientras se daba crema en la cara frente al espejo, cuando de repente fue consciente, como si le cayera una losa encima.
— Qué cagada, Pansy —se dijo a sí misma, mirándose al espejo.
— Pensaba que estabas en casa de Granger —le saludó la voz de Blaise desde el marco de la puerta.
— Cambio de planes —masculló, apartándose del lavabo—. ¿Ron está en casa?
Blaise levantó una ceja, sorprendido por la pregunta.
— No. ¿Estás bien?
— Necesito desayunar.
— Vale —le contestó despacio—. Se lo diré a Flix.
Asintió y pasó por su lado para ir a vestirse sin mirarle.
— ¿Qué ha pasado? Parece que te ha pasado un hipogrifo por encima —insistió su mejor amigo, preocupado.
Se acercó a la cómoda, abrió el cajón y extendió la mano para tomar un coulotte limpio. Al tomarlo, los ojos se le fueron sin querer a lo que había guardado en el fondo del cajón: una pieza de lencería diseñada por ella misma en un momento en el que había pensado que necesitaba algo que le hiciera sentir sexy. La sacó, la extendió sobre la cómoda y acarició la seda roja y el encaje.
— Anoche me enrollé con Ginevra —dijo por fin con voz plana.
— ¿Y no salió bien? —preguntó, acercándose pero sin tocarla.
— Salió muy bien. Ella fue amable y considerada y todo lo que se podía pedir en esa situación. Hemos dormido juntas, me ha abrazado toda la noche.
— ¿El despertar entonces?
— Tampoco. Ginevra es fantástica, Blaise —respondió, cerrando los ojos.
— Y te gusta.
— Muchísimo.
— Mi vida, no entiendo nada —le dijo por fin, abrazándola desde atrás.
— Ella no es monógama. Tiene una relación de hace tiempo y cuando no están juntas cada una tiene su vida. Ella quiere estar conmigo, Blaise. Y yo... me he asustado.
— Y te has ido —aventuró, abrazándola más fuerte.
— Es que no... no sé si puedo amar así.
— Yo lo entiendo, porque te conozco y sé de dónde vienes, cariño, pero Ginevra no. No te estoy diciendo que te metas de cabeza en algo que no te gusta, jamás haría algo así. Pero no pareces feliz de haber rechazado su propuesta.
— Me siento como si la estuviera juzgando, ¿sabes? Ella ha sido completamente sincera todo el tiempo y yo me estoy comportando como una prejuiciosa. Y me he marchado sin despedirme después de que las chicas anoche fueran encantadoras. No tengo excusa.
Blaise suspiró y estiró la mano para ponerla sobre la que aún estaba posada sobre la braguita roja.
— Vamos a desayunar y hablamos. De Ginevra, de las chicas... y de esto —tocó con los dedos la suave prenda—. ¿Prefieres café o directamente chocolate con bizcochos?
Tomó aire antes de llamar a la puerta del despacho.
— Adelante.
Abrió la puerta y se asomó. La habitación era pequeña y organizada, sobre un escritorio había pilas de carpetas organizadas por colores y en el alféizar de la ventana varías macetas con flores. En otro escritorio más grande trabajaba la jefa del Departamento de regulación de criaturas mágicas.
— ¿Pansy? —saludó, poniéndose de pie— qué sorpresa.
— Siento presentarme sin avisar, he venido a hacer unos trámites y he pensado que quizá quisieras almorzar —le respondió, tendiéndole la mano.
Hermione sonrió, pero no tomó su mano. En lugar de eso se acercó y le dio un pequeño abrazo.
— Almorzar es perfecto. Conozco un sitio cerca que hace una pasta increíble. ¿Los hidratos están bien? —preguntó mientras recogía su bolso, fijándose en la estrecha cintura de Pansy.
Sonrió de vuelta y caminó hacia la puerta, sosteniéndola para ella.
— Los hidratos siempre están bien —caminó hacia la puerta y la sujetó para ella.
— Quería disculparme —le dijo en cuanto estuvieron sentadas a la mesa con una copa de tinto.
— ¿Por qué? —le preguntó extrañada Hermione, tomando un palito de pan de la cesta.
— Me marché de tu casa sin despedirme, fue terriblemente grosero y desconsiderado.
Recibió una mirada sagaz y un encogimiento de hombros.
— Ginny te cubrió, dijo que habías tenido una urgencia. Pero había una abolladura en mi fregadero y la cafetera estaba rota. Discutisteis —afirmó con seguridad.
— Lo del fregadero... no sé nada de eso. No discutimos exactamente.
Hermione tomó un sorbo de vino y siguió mirándole con esos ojos agudos pero amables a la vez.
— Es mi mejor amiga, Pansy. Pero sea lo que sea que pasó entre vosotras no me ha contado nada. Lo único que sé es que le gustas. Mucho, a juzgar por la frustración que abolló el acero de mi fregadero.
— Sigo sin entender lo del fregadero —contestó, con una ceja levantada y tomando también un palito.
— Es jugadora de quidditch, cuando se frustra tira cosas. Y tiene una fuerza importante, por eso mi cafetera está inservible. Bueno, se disculpó al día siguiente regalándome una nueva y arreglando la abolladura, pero no quiso contarme qué le había hecho perder la calma. Y es difícil que Ginny la pierda fuera de la cancha.
Pansy fue a contestar, pero el camarero apareció con los platos. Con cuidado, tomó la servilleta y se la colocó en el regazo, con los ojos fijos en el plato de fetuccini al pesto.
— No tienes que contármelo si no quieres, ella no lo ha hecho.
— Me ofreció tener una relación. Y me habló de Luna —murmuró mientras enrollaba con cuidado la pasta con el tenedor.
El suspiro de Hermione le hizo levantar los ojos.
— No me siento orgullosa de mi reacción, Hermione. Ella realmente me gusta, mucho.
— Entiendo.
— ¿Lo haces? porque me estas mirando como si me juzgaras, y bueno, no sería extraño, yo me juzgo. No reaccioné bien.
— No eres la primera persona que no reacciona bien. A mi me costó entenderlo —confesó con tono empático—. Pero ella no tiene relaciones normalmente, salvando a Luna.
— Me dijo que no tenía tiempo.
— Y seguramente sea eso en parte, ella sí cree en las relaciones, pero también cree en que tiene que comprometer un tiempo que no tiene, por eso se limita a cosas esporádicas.
— Pero tú no te lo crees del todo.
— Creo que es más seguro para ella. Ginny parece fuerte, pero tiene sus flaquezas, Pansy. Ella y Ron están muy obsesionados con no decepcionar a la gente, especialmente a sus padres.
— Me dijo que quería tener una relación conmigo. Usó esas palabras.
— Eso me dice que eres diferente para ella.
— Joder —apuñalo el plato de pasta con el tenedor.
— ¿Puedo ayudarte?
— ¿Por qué lo harías? —preguntó sorprendida.
— Es mi amiga, quiero verla feliz. Y me caes bien, aunque te cueste creerlo.
— ¿Tanto se nota?
— Bueno, soy observadora. Nott y tú os parecéis, los dos tenéis siempre ese gesto reservado que grita "estoy esperando a que te vengues de todo lo que hice".
— Sí que eres observadora.
Hermione comió un poco más y bebió un sorbo de vino.
— No somos así —comentó por fin, mirándola, seria.
— ¿Así como?
— No vivimos en el pasado. La guerra quedó atrás. Somos personas diferentes, por suerte crecimos.
Pansy sonrió y estiró la mano sobre la mesa para dar un pequeño apretón a la de Hermione.
— Ginevra no es la única persona excepcional de vuestro grupo —le respondió, dulce.
— Gracias. Y ahora dime, ¿cómo puedo ayudarte?
Abrió la puerta de su habitación con un pase de varita. Benditos hoteles mágicos, eran mucho más cómodos que los muggles. En cuanto entró escuchó el sonido de la bañera llenándose y el olor de las sales relajantes que le gustaba usar después de un partido.
Iba directa a darse un baño cuando escuchó una voz ronca desde el dormitorio.
— Hola, Ginevra.
Allí estaba, sentada sobre la cama, con un vestido verde oscuro y otro par de maravillosos zapatos de tacón, con los labios tentadores pintados de rojo.
— Hola, Pansy. ¿Qué haces aquí?
Pansy se puso de pie y caminó hacia ella con ese maravilloso contoneo.
— Disculparme.
— No tenías que venir hasta Bristol para eso. Y no te acerques más, apesto y estoy llena de barro.
— La verdad es que me da bastante igual —contestó, acercándose más, hasta que Ginny pudo apreciar sus pestañas maquilladas—. Felicidades por cierto, el partido ha sido... impresionante.
Lo dijo con un susurro acompañado de una caída de pestañas que le generó a Ginny un agradable hormigueo en los dedos, ansiosos por tocarla.
— Gracias —respondió, menos hosca.
— Tu bañera te espera —le recordó con suavidad, sin apartar los ojos de ella.
— ¿Tu disculpa incluye la opción de frotarme la espalda?
Sonrió, de lado, con un toque perverso, y le señaló con el brazo extendido y un gesto cortés el camino al aseo.
Apoyada en el marco de la puerta contempló a la pelirroja quitándose la ropa sin ningún pudor. La vez anterior no había tenido la oportunidad de verla realmente, de recrearse. Tenía un cuerpo increíble, músculos fuertes cubiertos de piel blanca adornada con grupos de pecas. Y, en ese momento, hematomas.
— ¿Siempre es así? —preguntó, más preocupada de lo que quería aparentar.
— ¿Los golpes? Casi siempre. Dicen que cuantos más de estos tienes, más te ha temido el contrincante durante el partido.
La vio meterse en el agua perfumada, con un gemidito de placer por el efecto del agua caliente en sus músculos cansados. Se contuvo, en realidad quería acercarse, quitarse la ropa y meterse con ella en la gran bañera. Pero primero necesitaba hablar.
— ¿Vas a quedarte ahí? —le provocó, abriendo un ojo para mirarla.
— Las explicaciones antes de nada.
Ginny suspiró y se incorporó un poco para mirarla.
— Te escucho.
— No reaccioné bien. Me pillaste desprevenida y con la guardia baja, me sentía frágil y expuesta y bueno, reaccioné como suelo hacer.
— Huyendo.
Asintió, con la mandíbula tensa, uniendo sus manos sobre su falda.
— Aún no me conoces bien, Ginevra. Tengo problemas, no soy una persona fácil.
— No me vas a asustar, Pansy, todos tenemos nuestras cosas. Mi propuesta sigue en pie. Estoy segura de que estaríamos muy bien juntas, pero eres tú la que tiene que meterse en algo que no es convencional.
— Creo que nadie diría que soy convencional.
La pelirroja volvió a suspirar y le llamó con un dedo.
— No puedo hablar contigo si estás tan lejos. Ven.
— Gin...
— Métete conmigo, el agua está estupenda. Prometo hacer un gran esfuerzo y mantener mis manos lejos de ti.
Le sostuvo la mirada, tratando de medir, de procesar. Le costaba asumir la naturalidad de Ginevra.
— Pans... me gustas, mucho, entera. Deja de dudar de mí. Y sobre todo deja de dudar de ti.
— No dudo de mí. Me gusta mi cuerpo, podría haberme operado y no lo hice.
— ¿Tan mal te ha tratado la gente?
Soltó aire, mirando un punto en la pared sobre la bañera.
— No quiero revolcarme en mi mierda. No contigo ahí, desnuda. Realmente lo que quiero es meterme ahí, frotarte la espalda y luego invitarte a cenar.
— Solo veo una falla en tu plan.
— ¿Sí?
— ¿Vas a follarme antes o después de cenar?
Los ojos verdes brillaron y sonrió de lado.
— Merlín bendito, Ginevra, tienes una boca muy sucia.
— Creo que aún puedo escandalizarte un poco más, métete en el agua y te lo contaré al oído.
Horas después, metidas en la cama, de nuevo envuelta en los musculosos y cálidos brazos, Pansy enredó sus piernas y se apoyó en su pecho.
— Lo haré.
— Si te refieres a una tercera ronda, creo que necesito dormir antes —bromeó Ginny, acariciando su hombro con los labios.
— Eres insaciable, mujer. Me refiero a nosotras. Una relación.
— Lo sé. Lo haremos funcionar, cariño.
— Confío en ti —le contestó, cerrando los ojos.
