La ventaja de ser pareja de una jugadora de Quidditch era tener siempre entradas para verla jugar. Y a Pansy le encantaba ver a Ginevra sobre una escoba, agitaba su libido a niveles que tras el partido la pelirroja apreciaba realmente.

Era una tarde de primavera, el estadio vibraba, las Harpies se jugaban el campeonato. Incluso ella estaba en tensión, el estómago dando volteretas cada vez que Ginevra tomaba la quaffle.

— Hola, Pansy.

Se giró sorprendida a la derecha, ni siquiera se había dado cuenta de que alguien había ocupado el asiento, pendiente del penalti que Ginny acababa de tirar.

— Lovegood —saludó seca con un movimiento de cabeza—. No sabía que ibas a venir.

— Ni yo, ha sido algo de última hora. ¿Cómo va ella?

— Peleando duro, como siempre.

Y lo dijo con la mandíbula tensa, porque en los más de seis meses que llevaba con Ginevra era la primera vez que Luna aparecía. A Pansy le costaba todavía entender la relación entre esas dos, aún estaba asumiendo como funcionaban las relaciones no monógamas.

— No necesitas ser hostil conmigo — le contestó la rubia con suavidad —. No soy el enemigo. En realidad las dos queremos lo mismo.

— En este momento lo dudo —contestó entre dientes, la mirada fija en Ginevra.

— Seguro que sí —insistió con voz dulce —, las dos queremos que sea feliz.

Se quedó callada, porque la dulzura tranquila de la muchacha le desconcertaba y porque no tenía argumento contra sus palabras. Pero al terminar el partido se marchó a casa, sin esperar a Ginny.

Estaba sentada en el sofá, con una copa de vino y unos papeles de trabajo, cuando Ginny salió de la chimenea. No le saludó, no dijo nada, se limitó a levantar sus piernas, sentarse en el sofá y colocar los pies enfundados en gruesos calcetines en su regazo. Pansy aguantó un largo minuto mirando todavía los papeles antes de ceder a la mirada inquisitiva de la pelirroja.

— No te esperaba —saludó, quitándose las gafas.

— Habíamos quedado.

— He pensado que preferirías quedar con Luna —respondió, con un tono bastante pasivo agresivo.

Ginny suspiró y le tendió la mano. Pansy la miró largamente, sin cogerla.

— Yo no hago cosas así, Pansy. No voy a salir corriendo con ella cada vez que aparezca, muchísimo menos si ya he hecho planes contigo.

Los ojos intensamente verdes se cerraron un momento mientras se frotaba la frente, frustrada.

— Háblame, Pans —suplicó, tomando su mano igualmente y apretándola.

— Me pareció lógico pensar que te irías con ella, hace meses que no os véis.

— Cariño… tienes que tener un poco más de fe en mí, y en lo nuestro. He sido sincera contigo desde el principio, si quiero cancelar un plan te lo diré.

— Aún me cuesta creer que esto es real, Ginevra, siempre espero que ella vuelva y te des cuenta de que la prefieres —confesó por fin, mirando hacia otro lado y con la barbilla un poco temblona—. O que vas a conocer a otra.

La pelirroja se levantó y se puso de rodillas junto al sofá. Le puso con suavidad la mano en la mandíbula para que le mirara a los ojos.

— Te amo, Pansy. Entiendo la inseguridad, sé que todo esto es difícil al principio, pero el único motivo por el que me alejaría de ti sería que no pudiéramos aprender juntas a gestionarlo. Ten fe en nosotras.

Pansy le echó los brazos al cuello y apoyó la frente en su hombro.

— Lo siento.

— No pasa nada, amor. Solo habla conmigo en lugar de huir, lo hará todo más fácil.

La morena se separó, frotándose los ojos.

— ¿Cuánto tiempo se va a quedar?

— No lo sé, suelen ser estancias cortas. Y no me he quedado a charlar con ella

Pansy respiró hondo y le tendió la mano. Ginny sonrió y volvió a sentarse en el sofá junto a ella.

— Creo que tengo que trabajar todo esto con mi terapeuta.

— También puedes hablarlo conmigo.

Volvió a respirar hondo.

— Ve con ella, estoy bien.

— Mañana. Ahora voy a llevarte a cenar y a bailar, porque era nuestro plan y me lo debes. Ve a cambiarte, hoy tengo el día de "deseo que todo el mundo me envidie cuando entro en un bar porque mi novia es impresionante".

Rió, más relajada gracias a la calidez innata que desprendía Ginevra. Se levantó, le besó y se marchó a cambiarse, contoneando las caderas, consciente de cuánto le gustaba el movimiento de su trasero a su novia.

Hay ocasiones en las que las piezas acaban encajando solas, cayendo en su lugar. Fue una tarde de invierno. Pansy trabajaba hasta tarde, estaba punto de cerrar una nueva colección y aprovechaba que Ginevra no estaba en casa esos días para hacer horas extra. Había sido natural, después de más de un año, irse a vivir juntas. Habían alquilado un apartamento cerca de casa de Blaise y llegado al acuerdo de que era su espacio y cuando Luna estuviera en el país sería Ginny la que se trasladaría a donde ella se estuviera quedando. Las cosas estaban más tranquilas, fluían despacio, aunque Pansy evitaba a toda costa coincidir con la rubia en ningún sitio.

Ya estaba recogiendo sus cosas, metiéndolas en su bolso, pensando en el largo baño caliente que se daría al llegar a casa, cuando llegó la lechuza. La reconoció inmediatamente, aunque la veía muy pocas veces: era la lechuza de su madre. Tomó la nota, sintiendo la ansiedad arremolinándose en el estómago ya antes de abrirla.

Lo único que pudo pensar mientras leía fue que no podía respirar. Cada vez más agobiada, el corazón palpitándole fuerte y con ganas de vomitar, se metió en la chimenea de su pequeño despacho y dio la dirección de la antigua casa de los Lovegood.

Se desmayó en cuanto salió del flu, dando un susto de muerte a la pareja que cenaba a unos metros. Cuando despertó estaba tumbada en un terrible sofá color turquesa, la mano fresca de Ginny le acariciaba las sienes.

— Cariño —la voz de Ginevra todavía mostraba el susto que se había llevado—. ¿Qué ha ocurrido?

Pansy la miró, y a continuación miró a Luna, parada a un par de metros con una taza en la mano y la misma cara de preocupación que su novia.

— Recibí una lechuza y… no recuerdo nada más —explicó con un hilo de voz, intentando incorporarse, con el pecho aún cerrado como un puño.

— Has tenido un ataque de ansiedad —dijo Luna con voz suave—. Tenías todavía la carta en la mano cuando te desmayaste.

Ginevra tomó la taza y se la acercó, soplándola por ella.

— ¿La habéis leído? —preguntó después de dar el primer sorbo a la tisana.

— No. ¿Quieres que la lea? —respondió Ginevra.

Asintió, aferrada a la taza. La siguió con la mirada mientras las manos pecosas desdoblaban la carta y se paseaba frente a ella leyendo.

— Oh, Pansy. —Se dejó caer finalmente de rodillas frente a ella, abrazándola con cuidado de no derramar la taza — Lo siento muchísimo.

Luna las miró a las dos, dándose cuenta de que en ese momento necesitaban estar a solas, así que se dio la vuelta y se refugió en la cocina.

— No lo pensé, Gin, simplemente no podía procesarlo sola y Blaise está fuera, yo… no quería molestaros —dijo Pansy, al darse cuenta del movimiento de la rubia, consciente de repente de que había invadido su intimidad, tratando de incorporarse para marcharse—. Me voy a casa.

— Pansy, por favor. —La retuvo contra el sofá, cruzándole un brazo en el pecho— Está bien, Luna no está molesta, solo nos está dando espacio. No debes estar sola en este momento.

Cerró los ojos con fuerza y se aferró más fuerte a la taza.

— No puedo hacerlo.

— ¿Ir al funeral?

— No he visto a mis padres desde que me metieron en aquel horrible sitio. Y ahora mi madre me exige que haga acto de presencia en el funeral de mi padre. Es demencial.

— Me he dado cuenta de que la carta está dirigida a tu deadname.

Dio un largo sorbo a la dulce tisana, sintiendo como se relajaba su pecho.

— No les debes nada, Pansy. Tu madre no tiene derecho a exigirte nada.

— Me digo a mi misma eso cada vez que ignoro sus cartas.

— Espera, ¿esto es habitual? ¿Por qué no me lo habías contado? —preguntó con el ceño fruncido.

— No creo que reñirle sea la solución, Gin —intervino Luna volviendo a entrar a la habitación con otro plato y cubiertos —. ¿Has cenado, Pansy? Molly nos ha mandado un montón de comida, creo que no tiene fe en nuestras cualidades como cocineras.

Las dos la miraron, sorprendidas por su tranquilidad y naturalidad. Bueno, eso quizá más Pansy, Ginevra sabía cómo funcionaba la mente de Luna, ella era la que le había enseñado a moverse con comodidad en la no monogamia. Aún así, no era ajena a la actitud de Pansy hacia ella y era de agradecer que estuviera por encima de eso siempre.

— No sé si me entrará nada, pero huele muy bien —dijo por fin Pansy, desarmada por la calidez de los ojos azules de Luna.

— Hay una crema de verduras estupenda —le respondió con voz alegre mientras volvía a la cocina—. Molly cultiva unas chirivías fantásticas.

Se sentó a la mesa con ellas y tomó la cuchara con manos temblorosas. El olor de la crema de verduras era agradable, le recordó por un momento a la que la cocinera de los Malfoy hacía para ellos en Francia.

— Gin me ha dicho que estás a punto de lanzar tu colección de ropa interior.

Se aclaró la garganta y tomó un poco de agua antes de hablar.

— Sí. He conseguido que la distribuyan varias tiendas muggles. Estoy muy contenta.

Ginny no pudo evitar darle un pequeño apretón en el brazo y sonreirle orgullosa.

— Es fantástico

Pansy estudió un momento entre cucharada y cucharada la expresión de Luna. Parecía alegrarse sinceramente por ella. De hecho parecía una persona terriblemente risueña y muy cálida, que no sentía ninguna incomodidad con la situación.

— Deberías irte esta noche a casa con Pansy.

Esta reflexión, hecha con voz suave, sacó a Pansy de sus pensamientos.

— Estoy bien. Hace tres meses que no os véis —protestó.

— No pasa nada, querida —le tranquilizó Luna, acariciándole el brazo—. He mandado una nota a Neville, vendrá en un rato.

— Oh, ¿has conseguido que salga de la escuela? —preguntó Ginny con una sonrisa.

— Espera, ¿Longbottom y tú también…? —se sorprendió Pansy.

— Un poquito —le respondió ella con un gesto pícaro.

Miró de la una a la otra, asumiendo toda la situación. Realmente funcionaba para ellas.

— Gracias, Luna. Prometo no volver a irrumpir en una de vuestras citas.

— Pansy —los ojazos azules le miraron con intensidad—. Somos parte de un todo, te ayudaría en cualquier cosa que necesitaras.

Epílogo, pero no un final

Final de temporada. Las Harpies aún podían ganar la liga, la tensión en el estadio se podía masticar. En la grada, en la zona para los invitados del club, Pansy se sentaba en un duro asiento, acompañada de Luna y Neville a un lado, tomados de la mano, y Blaise y Ron al otro. Ya había visto al menos un periodista haciendo fotos a su mejor amigo, que se sentaba muy pegado a su novio, con el brazo del pelirrojo pasado por su hombro.

El partido estaba en un punto álgido, Ginevra Weasley volaba en zig zag por el cielo del estadio, a ratos como un borrón pelirrojo, evitando bludgers. El público coreaba su nombre cada vez que tocaba la quaffle, rendido a su talento y al nombramiento que había recibido en la jornada anterior como el mejor cazador de la liga. Pansy sonreía orgullosa, todos ellos lo hacían, el duro trabajo de los años anteriores daba su fruto por fin.

— Está haciéndolo increíblemente bien —murmuró a su lado Luna, tomando su mano.

Se sintió confortada, la rubia siempre conseguía hacerla sentir bien. Desde aquella aciaga noche en la que se había presentado en su casa sin avisar, la relación entre ellas había cambiado. No podía definir la relación que le unía a su metamor. Era una cercanía suave, lejos de cualquier inclinación romántica o sexual, pero simplemente fluía. Y en momentos como ese, llenos de tensión viendo a su pareja volar a toda velocidad a más de veinte metros del suelo, ese simple toque conseguía calmar toda su ansiedad.

El griterío del estadio le trajo de vuelta al partido. Buscó a Ginevra con la mirada y la vio, acercándose a ellas con una sonrisa en la cara: la buscadora de las Harpies acababa de atrapar la snitch.

Parpadeó sobresaltada cuando la pelirroja frenó bruscamente delante de donde ellas se sentaban, aún cogidas de la mano. La vio sonreír más ampliamente y flotar con cuidado hasta quedar delante de ellas. El corazón le latió muy fuerte cuando se inclinó hacia ella, sin dejar de mirarle a los ojos, para cogerla con cuidado de la nuca y besarla. A continuación, se inclinó hacia Luna y la besó también, enloqueciendo a los periodistas.