Naruto no es mio sino de Masashi Kishimoto.
Pareja principal: Gaara/Hinata
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Los colores terrosos del atardecer estaban próximos en aparecer en el cielo, ya se atisbaba un suave tono dorado en el que antes fue un inmenso azul. Las voces del pueblo se escuchaban animadas por la pronta festividad que se daría lugar esa noche en la plaza de la aldea, la temporada de cosechas ese año en el campo había sido buena y pensaban celebrarlo toda la noche bebiendo y bailando alrededor del fuego.
Él junto a otros jóvenes del lugar y los algunos hombres fueron los encargados de abastecerse de suficiente leña para la ocasión mientras, los más infantes y las mujeres, decoraban la plaza con flores y arreglos hechos a mano para dar gracias a Freyr* por un grandioso año de bonanza con los que no pasarían carencia durante bastantes meses hasta que llegara el momento de hacer la nueva siembra.
Colgándose la cesta a la espalda y el cinturón de cuero donde portaba su hacha, se dispuso a salir para realizar su cometido ahora que el sol seguía iluminando el cielo. Hubiera ido en la mañana, pero tenía que cuidar del ganado de la familia y no tuvo la oportunidad de recoger madera. No es que tuviera especiales ganas de formar parte de tal celebración de todas maneras, lo suyo era más estar solo cuidando de los animales que poseía la familia y ayudar a su padre con el campo, porque eso de bailar y socializar con los habitantes no se le daba demasiado bien y llegaba incomodarlo.
Sus planes para esa noche hubieran sido quedarse en casa descansando un poco tras el día de trabajo y, por supuesto, dar un paseo nocturno en busca de flores de manzanilla y hojas de menta para las infusiones de su madre por las afueras del bosque. Si iba a acudir esa noche a la velada del pueblo era porque, nunca en su vida, había sido capaz de decirle que no a su madre, menos cuando ésta se lo pedía con un rostro bañado en suplica y preocupación.
Lo quería, lo sabía, era su hijo pequeño y solo deseaba lo mejor para él.
Ya tienes edad de casarte, hijo mio, ve al festejo y conoce alguna buena chica. Eres un muchacho tan bueno que me genera tristeza el que estés solo, harías a una mujer muy feliz – Esas eran las palabras de su madre al verlo cerca de los veinte y sin mostrar signos de querer relacionarse con nadie, temía que la soledad se adueñara de su alma y viviera una vida solitaria y gris.
No era capaz de explicarles que era feliz viviendo así, que las jóvenes del pueblo, por muy hermosas que fueran, no negaba que lo eran, no conseguían captar su atención lo suficiente como para abrirse a si mismo y formar algún tipo de vinculo. No era algo que pareciera ir con su personalidad, por eso se le estaba comenzando a conocer como el solitario del pueblo y no como el tercer hijo de la familia Sabaku.
Su hermana hacía poco más de un año que había contraído matrimonio con el boticario de la aldea y esperaba un hijo, su otro hermano por otro lado, no tenía problemas de ningún tipo para relacionarse con mujeres pues, cada día se lo veía coquetear con una chica diferente del pueblo cuando iba a la plaza a vender sus mercancías. El único de los tres hermanos que mostraba cierto reacio en cuanto a relacionarse se refiere fue él, incluso desde niño tuvo sus problemas porque siempre había tenido una salud muy delicada y no se e permitía salir de casa en caso de que su enfermedad empeorara.
Por supuesto, como pensaran de él o que dijeran a sus espaldas e, inclusive, quien se atreviera a decírselo en la cara, era algo que le había dado igual. No vivía de los pensamientos del pueblo entorno a su personalidad reservada y retraída, vivía de su trabajo y esfuerzo en el campo, todo lo demás no le importaba.
-Gaara -Viró la cabeza hacia su padre sentado a la mesa afilando su hoz favorita de las que poseía- ¿Llevas todo lo necesario?
-Si, padre.
-Mi niño, vas demasiado desprotegido -Su madre ató al cinturón una pequeña bolsa de tela junto al hacha, acariciando su mejilla al terminar dicha acción con cariño -Te he dicho muchas veces que lleves algo de sal contigo, nunca se sabe si la necesitarás.
Una carcajada los hizo a todos mirar el otro lado de la mesa, lugar donde estaba sentado su hermano mayor tallando algún tipo de animal en un trozo de madera. Despreocupado y relajado como siempre que entre sus manos estaba su pasatiempo predilecto.
Se estaba imaginando que saldría de su boca cuando los ojos castaños de Kankuro lo miraron con sorna. Puso los ojos en blanco antes incluso de que dijera nada, ignorándolo.
-Os preocupáis demasiado, dudo que una huldra intente seducir a alguien tan feo -Todos, salvo el menor que ya estaba acostumbrado a sus bromas y prefería pasar del tema, lo miraron con el ceño levemente fruncido – Incluso ellas tienen su dignidad y estándares.
Abrió la puerta para marcharse antes de que se hiciera más tarde y la visión se complicara para ver el camino por donde pisaba, permitiendo a su madre besar su frente, deseándole el mejor de los cuidados como hacía con todos cada vez que salían de casa, no sin antes mirar a su hermano que seguía riéndose de su propio chiste.
Algún día con tanta broma terminaría recibiendo una paliza de alguno del pueblo porque algunos comentarios no eran lo que se dice, inocentes. Nadie se salvaba de sus mofas si eras un varón, porque a las chicas no les decía nunca nada. Por ahora solo su hermana le golpeaba la cabeza cuando se ponía en lo que ella consideraba "modo idiota insoportable".
-Terminaste hablando de ti mismo. Tú eres el feo de la familia.
Salió de la casa escuchando el grito indignado de su hermano y las risas de sus padres por su contra ataque verbal inesperado. En definitiva, era muy feliz viviendo así, no le hacía falta una mujer en su vida ahora mismo como aseguraba su madre.
Vio regresando del bosque a muchos conocidos cargados de ramas y troncos para la hoguera gigante que pensaban hacer, saludándole al pasar junto a él y recibiendo de su parte un escueto movimiento de cabeza. Parecía ser el último en salir a recolectar palos para la ocasión, y aunque no deseaba formar parte de aquello, tampoco quería que los que si lo deseaban se quedaran sin festejo. No es que la leña que él pudiera traer supusiera mucha diferencia, pero si les ayudaba a mantener el fuego una hora bienvenido sea.
Fue relajante sentir el olor de las plantas y escuchar el sonido de las hojas mecerse con el suave viento o siendo pisadas. Por eso aceptó el encargo de recolector cuando se les pidieron a los jóvenes de su edad reunirse en la plaza el día de ayer, le gustaba pasear por largos periodos de tiempo por la flora del lugar, por lo que ser elegido para traer leña le daba un verdadero motivo para internarse en el bosque.
La gente del pueblo era muy temerosa y procuraban no adentrarse más de lo requerido en la espesura, y de ser algo por lo que no quedaba más remedio que internarse, iban protegidos con sal y cosas de acero por lo que se les pudiera acercar. Nunca había visto nada fuera de lo común como algunos aseguraban haber podido ver, entre ellos su hermano que declaró ver hace unos años, entre la espesura, la silueta de una mujer que desaparecía en la niebla como si fuera parte de ella. Y dado que no fue la única persona que algo había visto, y algunos hombres que habían desaparecido, se le tenía bastante respeto al bosque.
Él era uno de ellos, pero su respeto era más bien al hecho de que sin las materias que la flora del bosque les otorgaba no podrían sobrevivir. Como la madera que tenía que recolectar y de la cual sabía donde se encontraba la mejor para la ocasión, no por nada las salidas clandestinas por la noche le permitieron conocer ciertos lugares beneficiosos para ayudar a la familia.
Se desvió un poco del camino principal para internarse en un estrecho sendero, lleno de pequeñas rocas y arbustos de geranios bordeando la senda. Se debía de aprovechar del agradable aroma que aún se podía apreciar el olor de as flores, porque en un par de meses llegaría el frío y todo seria cubierto por una gruesa capa de nieve que no perdonaba a nada ni nadie.
Detuvo los pasos al ver que el camino que había tomado estaba cortado por una especie de desprendimiento de grandes piedras. Estaba seguro de que fue a causa de ese fuerte temblor que hubo hace seis días atrás. Puso la mano sobre una de la rocas y soltó un silencioso suspiro decepcionado, al final tendría que ir donde habían ido todos los demás aunque no fuera la mejor leña de aquel sitio.
Escuchó una rama romperse a unos pocos arboles a su derecha, viró el rostro llevando con cautela la mano al mango del hacha por si tenía que defenderse de algún animal salvaje. Todavía recordaba aquella vez que se vio en la necesidad de tener que matar a un ciervo porque lo tomó como enemigo, no tuvo más remedio que acabar con su vida porque no dejaba de intentar embestirle con su cornamenta. Solo uno de los dos podía salir vivo de ahí, y aunque le produjo mucha pena que sus manos terminaran con un animal, tuvieron carne de venado seca durante meses en casa.
La figura menuda de una mujer apareció en su visión vestida con un largo vestido de hombros descubiertos blanco y violeta, mirándolo con violáceos ojos tímidos que pronto esquivaron los suyos al bajar la cabeza, cayendo de su largo cabello medianoche la tiara de flores de colores que llevaba puesta.
Soltando la mano del arma con ahora la guardia baja al ver que solo era una chica; la más hermosa que había podido ver en su vida debía añadir, se agachó tomando las flores con cuidado de no romper el delicado accesorio para el pelo para retornarlo.
-Gracias, siento haberlo asustado.
La voz era un suave y calmante, apenas un susurro, como el apacible sonar del agua correr en los pequeños arroyos. Asintió con la cabeza mirando como el sol cada vez se ponía más y dejaba paso a una fina neblina, todavía seguía sin madera que llevar al pueblo.
-Tened cuidado, casi os ataco, mi señora.
-No fue esa mi intención.
La joven sonrió con expresión dulce y afable, colocándose el cabello caído sobre sus hombros tras las orejas y se acercándose a él con pasos tranquilos. Era un muchacho muy apuesto, se le veía delgado, pero eso no quitaba que tuviera un porte gallardo y un habla tan educada. Miró con curiosidad la cesta vacía colgada a su espalda y el hacha en su cinturón.
-¿Estáis buscando madera de abedul? Por encontrarte en esta zona del bosque.
Parecía ser otra gran conocedora del terreno, fue una sorpresa porque las mujeres del pueblo no solían prestar atención a esas cosas.
-Sí, pero el temblor de días atrás bloqueó el camino -Dio media vuelta tras mirar el montón de piedras tapiando el camino de tierra con seriedad, avanzando un par de pasos -Buscaré cualquiera entonces. Usted debería marcharse a casa, oscurecerá pronto.
Un suave tirón en el codo de su camisa lo detuvo de su cometido de marcharse y recoger cualquier madera que encontrara cerca, al mirar a su lado la vio a ella sosteniendo con su pequeña mano la blanca tela. La observó paciente, aguardando que dijera lo que tuviera que decirle, tal vez querría ir con él y que la acompañara después al pueblo buscando protección, era algo plausible a esas horas del día.
-Ven conmigo -Eso fue algo que no se esperaba - Conozco otro lugar con abedules cerca de aquí.
-Es muy tarde y no quiero molestar en sus quehaceres.
Otra sonrisa tierna y dulce de su parte hacía su persona, le originó un extraño cosquilleo en la cara que le hacía sentirse extraño. Era realmente una doncella muy hermosa.
-No ofrecería ayuda si me supusiera una molestia, y llegarás a casa antes de que el último rayo de luz desaparezca en la noche -Los dedos que sujetaban con cuidado la tela se deslizaron en un casi imperceptible roce hasta su mano, sosteniéndola -Sígueme.
El calor y cosquilleo de su rostro se desplegó hasta su vientre y manos cuando tiró con sutileza de su brazo para dirigir el camino. Era inaudito, sentía su palma, la que la joven mantenía entre la suya, arder en contra de la frescura que portaba ella, una calidez que estaba haciendo su caracterizada calma y reserva menguar, alterando su flujo de pensamiento, pero sin llegar a ser del todo incomodo como atrás veces se hubo sentido en situaciones similares.
Otras chicas del pueblo se le habían acercado y coqueteado alguna vez intentando llamar su atención, porque según su hermana tras dejar esa infancia tan enfermiza que pasó en cama, terminó creciendo bastante fuerte y con renovada salud para sorpresa de todos. Eso y que a pesar de ser un niño de precaria salud, siempre fue de los más lindos y adorables del pueblo, era obvio que crecería siendo guapo aseguraba su madre sumándose en aquella conversación de mucho tiempo atrás.
No hay nada que atraiga más a una mujer que un hombre con buena salud y fuerza, y si encima es guapo mucho mejor. Tú lo tienes todo, las traerás locas- Esa fueron las palabras de su hermana Temari aquel día.
Era algo que tampoco le importaba, más parecía ser que a las muchachas del pueblo si que les interesaba bastante. Habían tomado su mano con tontas excusas sin sentido, se hubieron sostenido de su brazo por iguales motivos, y jamás sintió esos nervios que lo recorrían ahora con esta muchacha de la cual desconocía su nombre.
Se le hacía familiar no obstante, contemplarla conseguía que se le aceleraba el corazón y que las pocas palabras que fuera a decir se trabaran en su lengua. Le recordaba al primer y único amor que tuvo cuando era un niño de apenas seis años. Sin embargo, debería ser imposible, la muchacha de aquella noche tenía apariencia de tener alrededor de veinte años, de ser la misma persona, ahora seria una mujer que rondaría los treinta y tantos.
Tendría que estar confundido, eran quince años los pasados después de todo desde aquel día. Los recuerdos no eran demasiado claros. Aunque el parecido era casi surrealista, tanto que las emociones en su interior se agitaban emocionados como las hojas ante la fresca brisa de la tarde. Necesitaba calmarse a pesar de que por fuera se mostraba calmo.
-Ya casi estamos, queda poco para llegar -El largo cabello que le llegaba al final de la espalda se meció con gracia cuando ella le miró a los ojos tras girar hacía él. Un cabello tan brillante y sedoso que invitaba a pasar las manos entre las hebras -La mejor leña que puedas encontrar.
Se inclinó un poco hacía su persona, como una pequeña reverencia al estar ambos caminando entre piedras, ramas y arboles.
-¿Podría saber el nombre de la mujer que me está brindando su ayuda?
Pareció sorprendida al principio, tal vez un poco ¿dolida? Le pareció atisbar unos escuetos segundos, más poco duró para ser sustituida por otra de sus afables expresiones. Irradiaba dulzura con cada poro de su piel lechosa.
-Puedes llamarme Hinata -Nunca dejó de caminar ni de mirarle a la cara, cosa que le incomodaba en las mejillas. Sobretodo al verla sonreír más ampliamente - ¿Cómo debo llamar al hombre a quien estoy ayudando?
¿Sería consciente de la gracia que poseía? Si fuera Kankuro quien estuviera en su lugar, estaba seguro de que ya habría echo el idiota; como cada vez que se le presentaba una chica lo suficiente linda para desarmarlo de su potente labia zalamera. Ni su hermano sería capaz de pensar bien.
-Gaara.
-Bien, Gaara -Pareció saborearlo cuando lo pronunció, nunca el ser llamado por su nombre sonó tan bien -Hemos llegado.
En efecto, los abedules se agrupaban también en aquella zona espesa, y el camino era sencillo de memorizar y no muy lejano del pueblo a pesar de que era algo escondido. Sería provechoso para el futuro, cuando tuviera que recolectar leña para el hogar ya sabía otro buen lugar para talar. Y a quien pretendía engañar, era un buen lugar donde poder estar a solas lejos de la gente al ver una especie de pequeño refugio, de aspecto un poco abandonado que no se solucionara con tablas nuevas, construido en madera cerca de un caudal de agua.
Podría huir del mundo por un par de horas allí alguna vez.
Aquel lugar era perfecto para vivir, miró a su compañera unos segundos, encontrándola sentada sobre una roca moviendo los pies, tarareando una canción y mirándole a él también. ¿Podría ser que ella vivía ahí? Aunque la pequeña cabaña parecía vieja, era habitable a simple vista, y dado lo bien que conocía los caminos no era descabellado pensar que ella habitaba ahí.
Su curiosidad afloraba, pero no quería ser grosero preguntando algo tan personal. Haciendo acopio de su entereza, se guardó para si cualquier tipo de pregunta que quisiera hacer. Su madre lo educó para ser todo un caballero y no pensaba hacer de su esfuerzo en vano.
-Si no comienzas con la tala se te hará de noche -Le recordó la mansa voz femenina -Y la niebla se espesará más, sería peligroso para ti.
-Cierto, gracias.
Dejando a un lado de aquella casilla la cesta que llevaba consigo, desató el hacha de su cinto para acercarse a un árbol con muy pocas hojas y de corteza con aspecto seco. Ya que tenía que talar algo , que fuera un árbol que ya estuviera muriendo, la madera ardería bien y no haría daño a nadie. Arremangándose dio el primer hachazo, seguido de otro, y otro, siendo consciente de que era observado con atención por ella.
No pasó mucho tiempo cuando el árbol cayó ante él, secándose el leve sudor de la frente que estaba generando el esfuerzo físico con el brazo. Cortando las ramas fue cuando la escuchó hablarle de nuevo.
-He visto a muchos hombres cortando leña hoy, ¿Es un día especial?
-Se podría decir, esta noche se celebra una especie de festividad en la plaza del pueblo. Para agradecer a Freyr por una cosecha tan buena este año.
-Hm, por eso todos se escuchaban tan animados -Miró las flores situadas a los pies de la roca en la que estaba sentada, escuchando el sondo del filo del hacha colisionar con la madera -Dijeron que invitaran a bailar a las muchachas que quieren pretender.
-Supongo que lo harán, es lo que suelen hacer los jóvenes en estas cosas.
Agrió un poco la faz, al pensar en la idea de que alguna chica tuviera la audacia de invitarlo a bailar, no quería por nada del mundo pasar por esa incomodidad otra vez. Ya pasó por ello antes y no fue para nada de su agrado, en lo absoluto.
Moviendo la cabeza a los lados, despejando tales pensamiento, ató las ramas sin hojas con una cuerda que tenía en el bolsillo y las dejó dentro de la cesta. Ahora tocaba trocear el tronco y partirlo, no podría llevárselo todo porque era un árbol grande, pero lo dejaría allí para la próxima vez y trocearía unos pocos más para ella si quería llevárselos.
-¿Y mi señor no tiene una mujer con la que bailar ni querer cortejar?
Por unos segundos detuvo sus movimientos y aguardó las palabras, pensándolas con cuidado aun a sabiendas de que quedaría como el antisocial y extraño de la aldea que todos lo creían.
-No, creo que no fui hecho para eso -Apiló los tozos para ponerlos en pie y cortarlos a la mitad. Por le rabillo del ojo vio que Hinata aguardaba que continuara su explicación -Mi interacción social con las mujeres siempre ha sido muy pobre.
Supuso que el rechazo de los otros niños. cuando su enfermedad le permitía un par de días de liberación de estar postrado en la cama, le hizo ser retraído. Terminaba siempre jugando con los juguetes que le tallaba u padre y los que le tejía su madre y por supuesto con el perro que ayudaba a su padre a pastorear al ganado, Shukaku.
Que el perro de la familia fuera, mayormente, violento con los extraños también ajenos a la familia ayudaba poco con el tema de hacer amistades. En fin las cosas sucedieron de esa forma y no se podían cambiar, cosa que no le disgustaba. Como dijo anteriores veces, estaba bien estando solo.
-Es difícil de creer siendo tan guapo.
Cortó en silencio alrededor de unos diez minutos, sin saber que decir, recibir halagos no era un punto fuerte en su personalidad, ¿Debería de corresponderle algo a cambio? No deseaba que tomara su repentino silencio como una ofensa, solo era que no sabía que decirle a cambio o como actuar. Como bien le acababa de decir, sus dotes de socialización eran tan miserables.
Algo a tener en cuenta es que con ella no había escapado, cuando en el pueblo alguna chica lo piropeaba o insinuaba algo poco decoroso se marchaba sin miramientos ni segundas palabras. Su modo de acción ante semejantes situaciones era la evasión, se zafaba con cuidado de no hacer daño y se alejaba con un escueto buenos días. Es por eso que aseguraba no estar hecho para ser social, la ansiedad que le generaba era demasiada.
Se armó de coraje, aunque sin mirarla por estar centrado en su trabajo.
-Gracias, aunque su belleza eclipsa por mucho la que yo pueda tener.
Dentro de si mismo estaba felicitándose y dándose una palmadita en la espalda, había tenido un comportamiento comunicativo normal acorde a su edad. Inaudito que pudiera estar manteniendo una conversación como esta, su madre estaría tan emocionaba que no cabría en si de jubilo. Era la primera vez que le otorgaba una galantería a una mujer y estaba inquieto porque no sabía si había hecho bien o no al alegar semejante cosa a una chica que acababa de conocer hace poco más de una hora.
El repentino jubilo obtenido se esfumó tan rápido como se apaga la pequeña llama de una vela ¿Y si se había ofendido con su patético intento de interacción social? Ella le ofreció ayuda desinteresada, estaba seguro que lo ultimo que deseaba era a un completo desconocido diciéndole lo que era ya sabría. Era obvio que era una doncella preciosa, ¿Debería disculparse por ser tan tonto?
Soltó un suspiro, entre cansado por la talla como consigo mismo, para terminar de colocar los últimos trozos de madera en su cesta. Era tan idiota como su hermano, había hecho el ridículo como le ocurría él tras ver una cara bonita. Fue un error intentar ser diferente a lo que era, por querer verse un hombre normal ante ella, ¿Que tenía esta mujer que le hacía actuar como en la vida tuvo intenciones de hacer?
Estaba tan perdido como uno al caminar en la noche en mitad de una niebla espesa si no se conoce el bosque. Actuaria con normalidad, como si nunca esa frase vergonzosa para él hubiera salido de su boca. Sería educado como se le crió desde que tenía memoria, agradecido como se debe para intentar arreglar su extraño comportamiento anterior.
Poniéndose por completo en pie tras estar agachado apilando la madera en la cesta, la vio todavía sentada en la misma roca. Esta vez guardaba silencio y se mantenía quieta, con sus ojos brillantes y grandes clavados en los suyos con intensidad.
-¿Cómo puedo agradeceros su auxilio?
La mirada inocente se convirtió en una depredadora, las iris claras como la luna que admiraba en las noches de Luna llena, se tiñeron de hambre. Sus sentidos se despertaron, alertas, cuando saltó de la roca, acercándose a él con pasos tranquilos, calculados. Era como un lobo a punto de darse un banquete con su presa.
Y él era la presa.
Peligro. Una voz en su cabeza le dijo que huyera lo más rápido posible de allí, que no mirara atrás ni una sola vez y no volviera a ese paraje jamás. En cambio, hizo todo lo contrario a esas señales que gritaban en su mente, los pies se mantuvieron inmóviles como duro mármol sobre el césped, no podía apartar los ojos de ella. Hipnotizado.
La voz le fue imposible de salir cuando la notó llevar las manos a los lazos traseros que mantenían el vestido atado. La boca se le entreabrió, mudo e impresionado, cuando la tela que la vestía caía a sus pies y continuaba acercándose a él con un caminar que se le hizo insinuante.
Era la primera vez que veía a una mujer despojada de sus ropas, el calor que sintió al principio, cuando lo tomó de la mano para guiarlo, pasó a ser un ardor abrasador que recorría su cuerpo como fuego. Su vista aguamarina no se despegaba de su cuerpo curvilíneo, en sus largar piernas torneadas, en el movimiento de sus caderas conforme se acercaba, cubierto en una piel tan clara como la nieve. Era tan pálida que parecía reflejar las primeras estrellas del anochecer en su dermis y cabello. Una visión divina.
-Mi señora...- Con la voz trémula, fue lo único que pudo pronunciar.
-Quien hubiera imaginado que ese niño tan enfermizo... -Tomó ambos lado del rostro masculino, acariciando la quijada con tanta suavidad que al pelirrojo le pareció imaginario -crecería siendo un hombre tan apuesto.
No podía ser posible. Esas palabras y la cola de vaca que se mecía calma tras ella,. El corazón le dio un vuelco cuando todo encajaba en su lugar.
-Imposible, eres…
Los ojos verdes agua apenas cabían en si de desconcierto cuando lo silenció al unir sus labios, y las manos que delineaban su rostro, se deslizaron alrededor de su cuello, enredándose entre los mechones rojizos. Su cuerpo, curvilíneo y cálido, se acopló al suyo como si estuviera hecho a medida, permitiéndole sentir cada fibra de carne y piel.
Con el pensamiento espeso a causa del beso y todas esas nuevas emociones, un jadeo quedo murió con su hálito al separarse la joven. Con ojos nublados, no pudo hacer más salvo reposar la frente contra la de ella, mirándola mientras Hinata bajaba sus tirantes y comenzaba a desabotonar su camisa con mortal sosiego.
Todo bajo una sonrisa tierna de rosáceos labios carnosos, que vislumbraba un apetito voraz conforme su torso se mostraba con cada pequeño botón que deshacía. Se sintió tanto tímido como emocionado, incapaz de sostenerle la mirada cuando beso esa zona de su torso donde el corazón parecía querer escapar.
Era ella, la chica que salvó cuando tan solo era un niño febril, la misma que le agradeció su ayuda con un beso, su primer beso. Un contacto que le cambió la vida porque desde entonces jamás volvió a enfermar. La mujer que fue su primer y único amor infantil, quien le salvó la vida. Era un milagro, un antiguo deseo que le pidió a Freya* que nunca pensó que se haría realidad, estaba sucediendo.
La euforia era tanta, el desasosiego tan elevado, que no pudo oponer resistencia cuando le eliminó la camisa y tiró de él hacía el refugio. Menos aún cuando la caricia de labios anterior fue retomada, con más vehemencia. Siseó entre el beso cuando la morena se tumbó sobre un montón de cálidas pieles, haciéndole también recostarse sobre su cuerpo. Siempre sin abandonar el tibio contacto de labios que se había vuelto una resbaladiza batalla.
Respirando con dificultad, se irguió cuando las uñas bajaron en un arrumaco desde su cuello, pasando por su pecho y llegando hasta más allá del ombligo. Contuvo el aliento con los ojos cerrados cuando deslizó el cinturón de su ojal y procedió a bajar la única prenda que le quedaba puesta. El último vestigio de lucidez antes de que la completa decadencia se hiciera paso en sus acciones.
Con las mejillas encendidas, parte por pudor, parte por inquietud, la volvió a recorrer con la mirada desde los ojos hasta el vientre. Nublando su juicio cuando abrió las piernas para él, invitándolo, incitándole, cosa que hizo con cierta modestia cuando su dura carne recién liberada rozó la ambrosía semi oculta en aquellos cortos rizos medianoche.
-Sois tan hermosa que no me siento merecedor de contemplar vuestra imagen.
Sin palabras que decirle a cambio, lo rozó con la punta de los dedos, tomándolo con delicadeza y guiándole con la misma fría tranquilidad. Lo dejó a las mismas puertas de su ser, no sería necesario nada más que un pequeño avance de su parte para comenzarlo todo.
-Hazlo, mi señor.
Las dudas y el deseo batallaban a la par, más Hinata ayudó al anhelo cuando rodeó las piernas a su alrededor, acercándolo donde debía entrar. Con la mente en blanco se dejó llevar e ingresó en el cielo.
Fue torpe, lo sabía, sus movimientos eran descompasados y algo temerosos en aquella primera vez. Pero los sentimientos tan profundos como los empujes que se negaba a detener, tanto calor lo recorría que pensaba que el cualquier instante empezaría a arder. A pesar de su descomedido desempeño, las ganas y el afán no lo detenían ni le faltaban, estaba cegado por ese rostro bello que lo miraba voraz. Ahogándose en sus ojos claros, asfixiante en el placer que le permitía saborear junto a ella.
Un prolongado gemido bajo su cuerpo le hizo temblar, tuvo que ocultar el rostro de ella porque si la contemplaba no sería capaz de continuar. Lo embelesaría, como estaban haciendo en esos precisos momentos sus jadeos en su oído, en la manera de decir su nombre, entrecortado y espeso.
Con un nuevo palpitar en su zona baja, conforme las arremetidas se sucedían imparables, aun con la cara escondida en su largo cabello esparcido alrededor de las pieles donde retozaban, su mano serpenteó. Tocando esos lugares que se mecían carnosos contra su cuerpo, deleitándose del sedoso tacto.
Ella gritó bajo, apretándole con fuerza. Él la siguió segundos después con un gruñido tácito, explotando dentro de sus entrañas y cayendo cansado sobre su esponjoso torso. Sin apenas respiración y cubierto de una fina capa de sudor.
Se hizo hombre esa tarde, a manos de una Huldra, la mujer más bonita que en su vida hubiera presenciado.
El movimiento de parte del cuerpo bajo el suyo captó sus adormecidos sentidos, elevándose al tener el aterciopelado tacto de sus manos en la faz. El hambre en su mirar se había mitigado, pero no desaparecido, seduciéndole otra vez como si estuviera sediento y ella fuera el agua para aplacar esa picazón.
Si lo hubiera hecho bien, su apetito carnal hubiera desaparecido por completo. No podía esperarse mucho de un virgen como lo era.
-Asumiré el destino que desees darme por mi menesteroso desempeño - Podría morir fácilmente por sus manos ahora mismo, pero no le importaría, sería una muerte dulce que su rostro bello fuera la ultima imagen -Siento no cumplir las expectativas que esperabas.
Hinata llevó las manos alrededor de su cuello, contuvo el aliento despidiéndose mentalmente de su familia, sin arrepentimientos. Más el cálido aliento en su oreja le produjo escalofríos placenteros.
-Bien hecho, mi señor Gaara- La observó a los ojos, fundiéndose el perla con su mar -Bien hecho.
Lo besó, apasionada pero gentil, rodando sobre el mullido catre e invirtiendo posiciones. Con su despampanante desnudez sobre él, como una de esas perfectas estatuas esculpidas en blanco mármol. La sonrisa gentil del primer encuentro aparecía, alertando su subconsciente.
Una sonrisa que auguraba una despedida indeseada. Ahora que la encontró, no quería dejarla marchar a pesar del peligro que presentaba. Se medio incorporó colocando los largos mechones que entorpecían la visión de sus facciones. Anhelante.
-Se os hará tarde si no partís al hogar con vuestra leña -Le dijo arrullandole el pecho de manera coqueta y cariñosa con las mejillas aún ruborizadas por el acto que hicieron antes.
Tentadora sin duda, solo le hacía el hecho de tener que irse más complicado de lo que ya le era.
No quería marcharse, sin embargo, de no hacerlo, la pondría a ella en un riesgo innecesario. Su familia se preocuparía e irían a buscarlo con la ayuda del pueblo, y si la veían a ella conocía demasiado bien como sería el final. La perseguirían como si fuera un animal salvaje y peligroso para darle caza. Existían historias así desde hace siglos, ya le ocurrió a ella una vez esa noche que la ayudó.
Resignado se puso en pie, comenzando a colocarse las ropas que le fueron despojadas, todo bajo la atenta mirada femenina, sentada a sus pies mientras se acicalaba el largo cabello con los dedos.
-¿Os podré – Se subió y ató los pantalones con actitud humilde, siendo consciente de que su cuerpo comenzaba a desearla otra vez, ¿cómo no si seguía mostrándose desnuda para su inesperado goce personal? -ver de nuevo?
-Sabéis donde encontrarme -Se puso en pie quedando frente a él para sostener ambos lados de su rostro y acercarse hasta que sus narices se tocaron – Y como me llamo – Un beso final – Pasalo bien en la velada de esta noche.
Se marchó de ese refugio con un caminar lento, alargando el momento de su partida mientras recuperaba la camisa del césped para terminar de vestirse. Se colocó a la espalda la cesta con los trozos de madera, mirando una vez más esa construcción de madera que fue testigo de ese salvaje encuentro.
Asintió en mortal silencio cuando ella le hizo un gesto de despedida con la mano, apontocada inocente en el marco de la puerta. Apretando las asas de la cesta, blanqueando los nudillos por la presión ejercida, emprendía el camino de regreso al hogar con las primeras estrellas brillando en el cielo crepuscular.
Volvería, no cabía duda en su cabeza de ello, regresaría a ella como el ave migratoria que regresaba a casa tras el implacable invierno. Hinata era diferente, no solo por el hecho de no ser humana, cosa a la que no le daba importancia, sino por ser la primera mujer que en realidad consiguió captar su atención.
Fue la primera con la que tuvo una verdadera conversación, la primera vez que le latía el corazón descocado, su primer beso tanto casto como abrasador, la mujer que le hizo convertirse en un hombre al adueñarse de su cuerpo. Puede que estuviera hechizado, era una más que factible posibilidad, pero no le importaba.
Viendo el camino terroso al filo del bosque, viendo la aldea a menos de un kilómetro de distancia, supo con certeza una cosa. Vislumbraba la gran hoguera donde todos comerían y bailarían en honor de los dioses por su buena suerte. Sus ojos se quedaron viendo la oscuridad que comenzaba a cernirse en la espesura del bosque.
-Ahora tengo a una mujer a la que invitaría a bailar... -Sonrió agridulce – Y no puedo hacerlo.
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Freyr: Dios nórdico de la cosecha, el sol y la lluvia.
Freya: Diosa nórdica del amor, la belleza, la magía y la muerte.
