—Debo admitir que esta petición es… inesperada.
John frunció el ceño, no era difícil de deducir que no estaba pidiendo ese favor por él, sino por Sherlock.
—No son para mí. Bueno, iré yo también, pero lo hago por Sherlock.
—Eso lo tengo muy claro, doctor Watson.
John sonrió, él lo hacía cada vez que escuchaba que lo llamaban doctor, era agradable sentir ese respeto.
—Pero debo admitir que creí que el favor sería para algo más importante. —continuó Mycroft. —A mi hermano le convendría un regalo mucho más útil.
John suspiró.
—Mire, entiendo su punto de vista y lo respeto, pero esta vez me gustaría regalarle algo que él disfrute. Tubos de ensayo, insectos disecados, libros interesantes. Todo eso ya se lo he regalado. Quiero que esto sea diferente y la única manera de conseguirlo es con su ayuda. Yo no podría… —John sintió avergonzarse un poco, —yo no podría pagar algo como eso.
Mycroft guardó silencio por unos segundos, John no estaba seguro de que eso sería bueno o malo, después de todo, llamar pasada las once de la noche por un favor como ese, definitivamente no era bien visto por el gobierno británico.
—Muy bien. Veré lo que puedo hacer.
Una gran sonrisa apareció en el rostro de John.
—¿En serio? Muchas gracias.
—Pero me atrevo a preguntar si es que está completamente seguro de que podrá asistir.
—Sí. —contestó inmediatamente. —Quiero decir, ya lo tengo arreglado. Incluso he estado días seguidos sin salir del hospital para poder escaparme una noche.
—Los internos de medicina no tienen un horario sencillo y, conociendo a mi hermano, no querrá asistir si usted no puede hacerlo.
—Sí, lo sé, pero ya lo tengo resuelto, lo prometo. Mantengámoslo en secreto, él no lo sabrá, yo me encargaré de eso.
—Lo llamaré cuando tenga una respuesta.
—Preferiría un mensaje, una llamada es más complicada de disimular.
—¿John?
El rubio saltó del susto al escuchar la voz de Sherlock justo al otro lado de la sala. ¿En qué momento había subido que no lo había escuchado?
—Joder, Sherlock. —volteó algo nervioso. —No te escuché subir.
—¿Estás… ocupado? —preguntó el rizado.
—Sí, es, eh… un colega. Dame un minuto. —volvió a ponerse el teléfono en la oreja. —Eh, bueno, eso fue todo lo que presentó el paciente. Hablamos de los resultados mañana, ¿de acuerdo?
Mycroft levantó una ceja al escuchar la estúpida manera en la que John decidió disfrazar su "mentira". Suspiró con molestia.
—Buenas noches, doctor.
—Adiós. —John colgó y luego sonrió a Sherlock. —Tuvimos un día intenso. —rápidamente borró el registro de la llamada y finalmente colocó el teléfono en su bolsillo.
Sherlock sintió un pequeño pánico que disimuló con maestría. No, no quería dudar de la fidelidad de John Watson, mierda, claro que no.
—Me pediste que no olvidara la lista de compras. —alzó un poco la mano que sostenía la bolsa. —Los compré saliendo de Scotland Yard.
John sonrió divertido y se acercó a su pareja para besarlo. No lo había visto en varios días, tenerlo frente a él se sentía como lujo ahora.
—Con comprar te refieres a pedirle a Molly que lo haga por ti, ¿verdad? —tomó la bolsa. —Dios, ¿estás más atractivo que antes? Te extrañé demasiado. —lo besó nuevamente, luego caminó a la cocina. —Si estas compras son exactamente lo de la lista, entonces lo hizo Molly.
El rizado no se había movido, lo que había escuchado mientras subía las escaleras todavía daba vueltas en su cabeza. "Mantengámoslo en secreto, él no lo sabrá, yo me encargaré de eso."
—Hey, ¿estás en tierra? —preguntó John mientras sacaba las cosas de la bolsa.
Sherlock parpadeó varias veces sintiéndose estúpido por sus propios pensamientos.
—Lo siento.
—¿Por qué no me ayudas a guardar todo esto? Me gustaría cenar temprano para dormir unas cuantas horas.
—¿Te puedo preguntar algo? —preguntó Sherlock al ingresar a la cocina.
—Claro, pero hablando y guardando, ¿quieres?
—¿Con quién… hablabas?
—Con un colega, ya te lo dije.
—¿De qué hablaban?
—Un paciente terminal. —le entregó las botellas de leche en las manos. —Guárdalas.
—¿Lo operarás y no quieres decirle que eso lo matará de todas maneras? Comunicar eso no debe ser sencillo.
Tal vez era por miedo, pero Sherlock empezó a soltar una historia creíble que explique las palabras que había escuchado.
—¿Qué? —John miró extrañado a Sherlock. —Sabes perfectamente que los internos de medicina todavía no realizamos operaciones. Además, ¿por qué de pronto estás tan interesado en mis pacientes?
John comenzó a sospechar que Sherlock hubiese escuchado lo suficiente de la llamada como para entender que estaba planeando algo, cosa que no sería difícil, ya que el cumpleaños del rizado estaba muy cerca.
Sherlock levantó las cejas y disimuló con una expresión indiferente.
—Solo hago conversación. No nos hemos visto en varios días, ni siquiera sabemos si estaremos juntos para las fiestas de fin de año.
John no pudo evitar sentirse desanimado al escuchar ese detalle. Lo había olvidado, todo el tiempo que pasaba en el hospital a veces lo desconectaba del resto del mundo y a veces no se ponía en el lugar de su pareja. Eso le hizo comprender la actitud de Sherlock.
—Lo sé, amor. Tengo esto por un tiempo más todavía. —Lo miró con tristeza por unos segundos. —Pero luego, cuando tenga mi consultorio, serás mi paciente favorito. —sonrió con ternura.
Sherlock asintió con una sonrisa. John no se sintió tan satisfecho con esa respuesta, pero no podía prometer más por el momento. Ellos continuaron guardando el resto de cosas en total silencio.
No se volvió a tocar el tema por el resto de la noche, sin embargo, Sherlock se encontraba muy pensativo. Ese silencio era particularmente notable en él, pues siempre solía ser meloso cuando se encontraban luego de no verse durante tiempos prolongados, especialmente en la cama, donde su comportamiento se volvía particularmente travieso.
—Sherlock, ¿todo está bien?
La voz de John sonó en medio del silencio de la habitación.
—¿Qué? Sí, ¿por qué? —respondió Sherlock.
—Estás muy callado.
—Creí que preferías que me callara cuando quieres dormir.
John frunció el ceño y guardó silencio por unos segundos. Ese tono de voz en su pareja había sonado demasiado frío.
—¿Estás enojado?
Sherlock se sintió avergonzado al darse cuenta de que estaba demostrándose molesto ante algo que él mismo trataba de convencerse que era una mala interpretación de su parte.
—No. Lo siento, John. Es solo… creo que el último caso sigue dándome vueltas en la cabeza, es todo.
John se acomodó hasta apoyarse en su brazo derecho, podía ver el rostro de Sherlock en la penumbra.
—¿Seguro que es eso? —acarició los rizos de Sherlock. —Normalmente estarías tocándome para que hagamos el amor.
El rizado apretó los labios ligeramente, tenía que sacarse esa absurda idea de la cabeza. Lo que había escuchado debía tener alguna explicación y, por algún motivo, no era el momento adecuado para saberlo, eso era todo.
Suspiró, no podía pensar mal de John, él jamás lo dañaría, ¿verdad?
—Sí, es algo frustrante para mí no poder saberlo todo, lo sabes. —se levantó lo suficiente para acercarse al rostro de su pareja. —¿Quieres entrar hasta el fondo de mi garganta o prefieres que te monte? —susurró.
John sonrió divertido. Escuchar eso era tener de regreso al Sherlock de siempre.
—No tengo mucho tiempo. —se dejó caer en la cama mientras veía a Sherlock acomodándose entre sus piernas.
—Hasta el fondo de mi garganta entonces. —respondió el rizado.
Sherlock concentró su energía en darle placer a John, ya era todo un experto en saber exactamente cómo tocar la longitud del miembro, cuánta presión hacer y qué ritmo llevar para que su pareja disfrute cada segundo. John rápidamente empezó a gemir, su miembro sintiéndose más firme rápidamente. Por esos minutos, la voz de John se convirtió en el mundo de Sherlock y todo lo que daba vueltas en su mente, se vio momentáneamente relegado.
Cuando ya se cumplían casi trece minutos desde que había empezado, (Sherlock los contaba de manera inconsciente) sintió los dedos de John tomar sus rizos y empujar su cabeza para entrar aún más profundo, con ello supo que el rubio estaba cerca. Ciertamente, eso lo alivió un poco, al menos podía estar seguro de que John no había tenido un encuentro sexual desde que ambos lo habían hecho por última vez.
John gruñó haciendo su cabeza hacia atrás, derramarse en la garganta de Sherlock era como tocar el cielo con sus manos, y podía confiar en que el rizado sabría manejar la situación, porque él no tenía la intención salir de esa garganta hasta que la última gota haya sido expulsada.
Finalmente, el miembro de John salió y Sherlock no pudo evitar toser ruidosamente.
—Oh, maldición, ¿estás bien? —John se sentó mirándolo preocupado.
Al rizado le tomó unos largos segundos controlar su toz y su respiración rápida. Sonrió con diversión cuando el rubio secó sus lágrimas con una mirada culposa.
—Estoy bien. Es la falta de práctica. —respondió.
—Creo que me emocioné un poco.
—No te tocaste en todos estos días, ¿verdad? Se sintió espeso.
—¡Sherlock! —reprendió divertido.
—No es que desconfíe de ti, de esa manera puedo saber si has estado guardando todo eso para mí.
John observó los rasgos de su novio en medio de la penumbra, Dios, aun así lucía hermoso.
—Es tierno, pero un poco asqueroso. —levantó una ceja.
Sherlock se encogió en hombros.
—A mí me gusta. —respondió.
—De acuerdo, es mi turno. —John dio palmaditas para que Sherlock se echara.
—No, prefiero que lo hagamos en la mañana, antes de que te vayas.
—¿Estás seguro? ¿No tienes una erección ahora?
—Más o menos, pero estaré bien. Mañana tengo que ir al laboratorio, prefiero irme con un revolcón mañanero.
Ambos rieron divertidos, se besaron por unos segundos más y finalmente se acomodaron abrazados como siempre lo hacían. El silencio entonces se prolongó y Sherlock pudo identificar que John caía en un sueño pesado a medida que su respiración se volvía más pausada.
Si pudiera, Sherlock también cerraría los ojos y se dejaría llevar por el cansancio, pero su mente no lo dejó. ¿Por qué las respuestas de John no parecían coincidir con lo que había escuchado? "Preferiría un mensaje, una llamada es más complicada de disimular." ¿Qué quería esconder? ¿Por qué le ocultaría algo cuando se habían prometido no más secretos entre ellos?
La Navidad fue muy aburrida para Sherlock, la Sra. Hudson y sus padres estuvieron con él y apenas pudo ver a John durante esa mañana. El fin de año también fue igual, con la diferencia de que solo pudo hablar con el rubio por videollamada. Sherlock se sentía incómodo, pero a diferencia de los años anteriores, esto se sentía diferente y la razón era demasiado sospechosa. El rizado tenía la cabeza a punto de estallar cada vez que se ponía a pensar en por qué John, como nunca, mantenía su teléfono resguardado en su pantalón durante las muy pocas veces que estaba en el departamento. O por qué cada vez que recibía un mensaje, él procuraba atenderlo a distancia, como cuidando de que no se viera lo que escribía.
Dios, de verdad había intentado alejar esas conclusiones que le decían que John, probablemente, lo estaría engañando. Pero, mierda, John jamás se había comportado de esa manera y a eso se sumaba el hecho de permanecer tantos días ausente en el departamento. Sherlock entendía que era necesario para John tener que pasar por esa etapa en el hospital y lo mejor que podía hacer como su novio, era apoyarlo, sin embargo, Sherlock notaba claramente que algo había cambiado y eso lo tenía muy perturbado.
Un nuevo año había iniciado y, si no fuera porque el rubio ahora era parte de su vida, haberlo empezado en soledad no se sentiría tan miserable. No tenía idea de cuándo lo volvería a ver, físicamente hablando. No habían hablado mucho y, si quería ser sincero, había perdido un par de llamadas a propósito, porque no quería recibir la misma respuesta: "lo siento, amor, no creo poder ir hoy al departamento. Veré qué puedo hacer". Y sin embargo, luego podía ver los contactos de John en las redes sociales (colegas internos como él) compartiendo fotos de ellos con amigos y familiares.
Vamos, Sherlock jamás era de los que exigía a su pareja que lo presuman en sus redes sociales, pero era claro que John se quedaba mucho más tiempo en el hospital que los demás… o no lo hacía, pero no era el departamento su destino final.
Sherlock lanzó su teléfono al piso, el cual rebotó en la alfombra a los pies del sofá de John. Estaba sin un caso, no había revisado el blog de John y tampoco tenía cabeza para otra cosa que no sea pensar en lo que ocultaba su novio.
El sonido de su celular le llamó la atención. Era un mensaje. Dudó por un momento en revisarlo, pero decidió levantarse de todas maneras. Tomó el teléfono y sus ojos se abrieron grandes al ver el mensaje de John: "¿Estarás en el departamento toda la noche?" El corazón de Sherlock se aceleró.
Sí. ¿Vendrás más tarde?
SH
¿No tienes planes?
No. ¿Vendrás?
SH
Lo siento, Sherlock. Debo quedarme, pero quería estar seguro. Podré tomarme un descanso en una hora para poder llamarte.
La emoción de Sherlock entonces fue convirtiéndose en enojo. Estuvo a punto de escribir una respuesta, pero se detuvo. Lo que estaba escribiendo era lago grosero.
Un nuevo mensaje llegó.
Una hora, ¿de acuerdo? Por favor, no salgas, espera mi llamada.
No, Sherlock no quería otra maldita llamada, quería que le fuera sincero y le dijera que no iba al departamento porque había encontrado a otra persona. Que le confesara de una vez que esa relación ya no era suficiente para él.
Dejó el teléfono en la mesa de noche, casi tirándolo. Tomó su chaqueta de cuero, se puso sus botas y tomó las llaves. Se largaría a algún lado esa noche, a cualquier maldito lado donde pueda olvidarse de todo ese asunto. Hace mucho tiempo que no había estado en un concierto y, mierda, ahora mismo no le vendría nada mal ese ambiente.
Otro mensaje llegó a su teléfono cuando él ya bajaba las escaleras, Sherlock no lo escuchó.
No creas que he olvidado que serás el chico cumpleañero dentro de una hora.
Cuando el rizado abrió la puerta de la calle, la Sra. Hudson lo llamó.
—¿A dónde vas, querido?
—No me espere, Sra. Hudson. —respondió.
—¿Qué? —ella sonó alarmada. —¿A dónde vas a esta hora, Sherlock?
Prefirió no contestar, le molestaba que ella le tratase como su fuera su hijo. Bueno, no le gustaba cuando estaba de mal humor, como en ese momento.
Sherlock escuchó que la anciana lo llamó nuevamente, pero él ya cerraba la puerta sin que le importara nada más.
Eran cerca de las nueve de la mañana cuando Sherlock abrió los ojos. Tenía las piernas ligeramente entumecidas y la cabeza le daba vueltas. Mierda, esas habían sido muchas cervezas. Se levantó con algo de dificultad y buscó su teléfono en su bolsillo. Un pequeño pánico le hizo abrir los ojos grandes cuando no lo encontró, pero luego recordó que lo había dejado en el departamento.
No podía tomar un taxi por aplicación, pero al menos tenía dinero en sus bolsillos, así que no tuvo más remedio que caminar hasta que un taxi se acercara. El segundo lo aceptó, pagó una parte por adelantado (el taxista dudaba en llevarlo al verlo en ese estado) y finalmente se encontraba camino a Baker Street.
Llegó a las diez con treinta y cinco minutos. Sintió el ligero olor del desayuno al abrir la puerta, algo que le hizo hacer un gesto de asco. Subió las escaleras despacio, tropezó con alguno de ellos en el camino y finalmente entró directo a dejarse caer en el sofá de tres cuerpos. Después de todo, ese sofá estaba más cerca que su cama.
Suspiró con alivio por unos largos segundos, disfrutando de lo delicioso que se sentía tener el cuerpo finalmente relajado. Fue entonces que escuchó pasos acercarse desde la cocina, abrió los ojos algo alertado, se supone que estaba solo en el departamento. Su sorpresa le hizo levantar la cabeza al ver a John pararse en medio de la sala.
—¿John?
—¿Dónde demonios estabas? Van a ser las once de la mañana.
—¿A qué hora llegaste tú? —respondió el rizado levantándose con pereza para poder sentarse.
—Anoche te dije que te quedaras en el departamento.
La mirada de John no lucía contenta, Sherlock pudo entender que su pareja estaba muy enojada. Bueno, Sherlock también lo estaba y poco le valía que John le esté reclamando en ese momento.
—Bueno, preferí salir a tener que hacer otra maldita videollamada contigo.
—¿Qué?
—Es lo único que quieres hacer ahora, ¿verdad? ¿Para qué venir si es suficiente con una puta videollamada?
—¿Cuánto bebiste? —preguntó particularmente serio John.
Sherlock se levantó mirando a John de manera desafiante. Su cabeza palpitó un poco cuando lo hizo.
—Bebí toda la maldita noche, ¿algún problema con eso?
John apretó los labios, su mirada igual de desafiante.
—¿Tienes idea de qué día es hoy?
—No me interesa. —contestó inmediatamente Sherlock. —¿Por qué no eres sincero conmigo?
El rubio frunció el ceño al escuchar esa pregunta.
—¿Sincero en qué? ¿De qué estás hablando?
—¿Crees que no me he dado cuenta? Haz estado hablando con alguien en estas últimas semanas.
—¿De qué demonios estás hablando, Sherlock? —John lucía confundido.
—Soy el maldito Sherlock Holmes, no me puedes engañar así de fácil, John.
—Sherlock, no sé de dónde carajos estás sacand-…
—Te escuché. Hablabas con alguien. "Mantengámoslo en secreto, él no lo sabrá, yo me encargaré de eso." ¡¿De verdad creías que no me daría cuenta?!
John se quedó en silencio haciendo memoria. Sus ojos se abrieron al recordar aquella noche.
—Intenté por tres semanas entender tu comportamiento, pero no hiciste nada más que demostrarme que… —Sherlock se quedó en silencio, le dolía sus propias palabras.
El rubio tenía que admitir que la conversación con Mycroft aquella noche pudo haber sonado algo sospechosa; sin embargo, no entendía a qué comportamiento se refería Sherlock.
—¿De qué comportamiento hablas? Ni siquiera he estado aquí lo suficiente en estos días.
La mirada de Sherlock ahora lucía dolida, traicionada.
—No soy idiota, John.
—Maldita sea, ¡¿de qué demonios estás hablando?!
—Mantener tu teléfono en el bolsillo mientras estás aquí. Alejarte para responder mensajes. Buscar excusas para no venir a nuestro maldito departamento.
—A ver, a ver. ¿Insinúas que estoy teniendo un amorío con otra persona? —John sonrió entre divertido e indignado. —Esto es ridículo.
Sherlock hubiera respondido si no fuera porque su cuerpo no le avisó que lo poco que tenía en el estómago sería expulsado.
—Maldita sea, Sherlock. —John se acercó a su novio rápidamente.
John esperó a que Sherlock terminara para finalmente llevarlo al baño a darse un baño.
La siguiente hora no fue realmente agradable. Sherlock seguía molesto y, como consecuencia, John también. Así que el baño de Sherlock (ya que él no podía solo), consistió en discusiones cortar a gritos, unos "quédate quieto" de mala gana o "no me toques" acompañado de un manotazo.
Todo ese alborotó solo se terminó cuando John prácticamente lanzó a Sherlock a la cama para que descansara. Después de todo, no había nada más qué hacer, el rizado tenía una terrible resaca que lo mantendría fuera de juego durante todo el día.
La Sra. Hudson miró con lástima cuando John se dejó caer en su sofá, ella estaba parada en la puerta y le había ayudado a limpiar el desastre que Sherlock había dejado en le piso.
—Supongo que la sorpresa se echará a perder. —comentó ella.
John suspiró con molestia.
—Todo fue en vano. —el rubio mantuvo su mirada clavada frente a él, pensando en todo lo que había planeado para ese día.
—Él lucía molesto anoche, no pude detenerlo.
—Lo sé, creyó que lo estaba engañando.
—¿Por qué? —preguntó alarmada.
—No tengo ganas de hablar de eso ahora. —finalmente la miró. —Señora Hudson, de verdad lamento que…
—Oh, no te preocupes, querido. Tenías que encargarte de Sherlock primero y yo solo quería ayudar.
John sonrió, la anciana siempre era amable con ellos, pero antes de poder contestar, el timbre sonó interrumpiendo a ambos de manera sorpresiva.
—¿Será un cliente? —se preguntó ella.
—Sherlock no podrá recibir a nadie hoy. —se levantó de inmediato. —Yo me encargo, Sra. Hudson, no se preocupe.
John bajó junto con la anciana, ella se desvió hacia su departamento y John fue directo a la puerta. Un hombre alto y vestido de traje estaba frente a él, este levantó su mano para entregarle un sobre delgado y blanco. El teléfono de John inmediatamente empezó a sonar.
El auto negro estacionado y el hombre en la puerta le decían a John que era su cuñado, eso lo tenía claro, por eso no se sorprendió cuando vio que la llamada entrante era de un número privado. Las llamadas privadas que recibía siempre eran de Mycroft.
—De acuerdo, supongo que ya lo sabe, ¿no es así? —contestó John al mismo tiempo que tomaba el sobre.
—Mi hermano tuvo una noche de excesos, es claro que el resto del día no estará en buenas condiciones.
El hombre alto asintió con respeto y se retiró en silencio, así que John simplemente cerró la puerta para volver a su departamento.
—Tiene una terrible resaca, pero me preocupa lo que haya estado consumiendo anoche.
—La vigilancia que tuvo confirma que Sherlock solo consumió alcohol y cigarrillos.
John suspiró con molestia.
—Maldita sea, él nos escuchó hablando por teléfono y malinterpretó absolutamente todo. Piensa que le he estado engañando con alguien. Creo que ni siquiera recuerda que hoy es su cumpleaños, es más, no creo que lo haya recordado desde hacía meses, porque hubiera sido muy fácil para él concluir que le estaba ocultando algo por su cumpleaños. ¿Qué no se supone que es inteligente?
Mycroft sonrió divertido.
—Bueno, siempre creí que era un idiota.
—¿Sí? Pues, te doy la razón.
John finalmente ingresó a su departamento cerrando la puerta detrás de él, caminó hasta su sofá donde se dejó caer con pereza.
—La cita de hoy es a las cinco con treinta. El sobre tiene las entradas especiales.
—Pero Sherlock no podrá ir, ¿por qué me lo da si ya lo sabe?
—Estoy seguro de que las podrá utilizar para darle una lección a mi hermano.
John entendió rápidamente el punto de Mycroft.
—Oh, es verdad.
—Que tenga un día productivo, doctor. Estoy seguro de que podrá manejar esta situación.
—Supongo, gracias. Y también por las entradas.
La llamada finalmente terminó. El rubio entonces abrió el sobre y observó con lástima las entradas VIP. Sherlock realmente lo lamentará cuando los vea, porque sería demasiado tarde.
Sherlock se levantó por tercera vez en todo el día, igualmente solo para dirigirse al baño. John, quien estaba en la sala revisando su blog, escuchó los torpes pasos del rizado. Miró su reloj, eran las diez con doce minutos de la noche.
Dejó su computadora a un lado y se levantó para dirigirse a la cocina, debía llevarle una bebida a Sherlock. Al abrir la puerta del baño, lo primero que sus ojos vieron fueron los desordenados rizos azabaches. Dios, realmente había estado enojado con él casi todo el día, pero ahora mismo lo único que quería era dejar las cosas en claro y no discutir más. Después de todo, el cumpleaños de Sherlock se había ido como cualquier otro día y eso, para John, era algo bastante triste, especialmente después de haber estado recibiendo las felicitaciones en nombre de su novio durante toda la tarde.
—Toma esta bebida, debes hidratarte.
Sherlock no le contestó, así que simplemente se quedó esperando a que este terminara de orinar, se levara las manos y volteara a verlo; sin embargo, el rizado no hizo esto último, sino que volvió a la habitación. John suspiró, lidiar con un Sherlock así era como tratar con un niño.
—Sherlock. —llamó entrando también a la habitación. Sherlock se sentó en la cama. —Debes hidratarte. Toma.
El rizado se sentía mucho mejor que en la mañana, aunque debía admitir preferiría seguir durmiendo un poco más. No recibió la botella.
—John. —su voz sonó ronca. —Supongo que mañana volverás al hospital.
John se sentó al lado de su pareja y le entregó la botella en la mano.
—Sí.
—Debemos hablar ahora entonces.
El rubio sobó su rostro con pesar, lo que venía sería vergonzoso para Sherlock y algo incómodo para él. Un simple mal entendido que echó a perder un plan preparado con semanas de anticipación.
—Escucha, sé que lo que escuchaste sonó extraño. —empezó John. —Pero créeme, no es lo que estuviste pensando todo este tiempo.
Sherlock bebió de la botella antes de contestar.
—Mi conclusión fue clara, no habí-…
—Tu conclusión está mal, Sherlock. —interrumpió John. —Además, si esto te tenía tan preocupado, ¿por qué demonios no me lo dijiste?
—¿Qué se supone que te dijera? ¿Si me estabas engañando con algún imbécil o alguna maldita enfermera?
—Pues, sí. Si hubieras sido sincero conmigo desde el principio, hoy habría sido un día muy diferente.
—Tú no fuiste tan sincero conmigo, John.
El rubio rodó los ojos. Entregarle las entradas sería mucho más rápido y se ahorraría media hora de discusión. Así que lo hizo. Sacó el sobre del bolsillo de su chaqueta y se lo entregó.
—¿Qué es esto? —preguntó Sherlock tomando el sobre.
—Solo ábrelo.
Había cierta expectativa sobre cómo Sherlock reaccionaría al ver las entradas, John realmente deseaba que el rizado entendería todo de inmediato.
Sherlock dejó la botella a lado de sus pies en el piso y abrió el sobre.
—¿Qué? —susurró Sherlock.
Si todavía quedaba algún pequeño rastro de enojo en el rubio, esta se esfumó por completo al ver el rostro sorprendido de su novio.
—¿Qué es…?
—Feliz cumpleaños, Sherlock.
Sherlock miró de inmediato a su pareja y frunció el ceño, ¿por qué John lo felicitaba si todavía…?
—Oh…
John levantó una ceja, al parecer, el muy genio de Sherlock Holmes no recordaba su fecha de cumpleaños.
—Ahora lo entiendes, ¿verdad? —preguntó John.
—Esto… ¿cómo los conseguiste?
—Eso no se pregunta, es un regalo.
Sherlock volvió a ver las entradas en sus manos. Pero un detalle le llamó la atención.
—¿Aquí dice hoy a las cinco y media?
El silencio fue la respuesta obvia. Sherlock se dio cuenta que una oportunidad malditamente única se había escapado de sus manos, incluso sin saber que lo había tenido.
—Mierda… —susurró el rizado.
—Quería darte la sorpresa anoche. No te llamaría, te mentí. Yo llegaría aquí en una hora para ser el primero en felicitarte. Te daría la noticia y entonces, bueno…
Decir que se sintió como un completo imbécil sería muy poco, Sherlock realmente la había jodido a lo grande y sabía que se arrepentiría toda su vida. Agachó su cabeza y cerró fuertes los ojos.
—Maldita sea, mierda. —dijo. —No recordaba la fecha de mi cumpleaños.
—No me digas, lo eliminaste de palacio mental.
Volvió su mirada a John.
—John, lo siento tanto.
—Oye, yo no soy el que se perdió tremendo regalo.
El rizado dejó las entradas a un lado y acercó su cuerpo a John.
—Necesitabas el permiso para el día de hoy, por eso te quedabas en el hospital por tanto tiempo. —recibió un asentimiento de cabeza como respuesta. —Los mensajes y llamadas que ocultabas eran las de Mycroft.
John frunció el ceño.
—John, estas entradas se agotaron el mismo día de la pre-venta y recuerdo que eso fue hace aproximadamente cuatro meses.
—De acuerdo, sí. —contestó un poco incómodo. —Pero si lo puedes entender todo ahora, ¿por qué demonios no lo hiciste esa noche que me escuchaste hablar con tu hermano?
Sherlock evitó mirarlo a los ojos por sentirse avergonzado.
—Parece que, sin el dato de que mi cumpleaños era el día de hoy, mis conclusiones tomaron un camino distinto.
—¿Qué te llevo a eliminar eso en primer lugar? —preguntó John, pero levantó la mano inmediatamente para callar a Sherlock. —No, no me lo digas, no tengo ánimos de escuchar explicaciones estúpidas.
Sherlock sonrió divertido, luego sus ojos subieron para observar el rostro de John. Él lucía tan cansado, sus ojeras lucían más oscuras que la última vez que lo había visto personalmente.
—No te merezco, John.
—Hey, no vengas a ponerte triste y decir que eres demasiado para mí y que no me mereces. Si quieres disculparte de verdad, con decir que fuiste un idiota es suficiente.
Sherlock apretó los labios.
—Pero…
—Eh. —lo interrumpió. —Vamos, te escucho.
John miró serio a Sherlock para presionarlo un poco. Sherlock suspiró con pesar.
—Lo siento, fui un idiota. Un idiota muy grande.
—¿De verdad creíste que te estaba engañando? ¿Realmente crees que te haría algo como eso?
La mirada del rizado ahora lucía preocupada, lo último que quería era que John pensara que no confiaba en él.
—No, no. Claro que no. Yo intenté pensar en conclusiones diferentes que no tengan que ver con un engaño, pero… lo que escuché, lo que hacías, tu comportamiento. John, de verdad lo siento, fui un completo idiota. Por favor, perdóname, no volverá a pasar, lo prometo.
John entonces sonrió, acarició el rostro de Sherlock con ternura.
—Eso se sintió mucho más sincero. Claro que te perdono, idiota.
—Lo anterior también fue sincero.
—Sí, pero en la segunda se sintió más sufrimiento.
Sherlock sonrió ante la risa divertida de John, esa risa que iluminaba su alma con la calidez que solo el amor podría crear.
—Te amo tanto, John.
—Yo también, amor. Te amo demasiado.
John le dio un pequeño beso a su pareja y luego suspiró. Lo miró con una expresión de lástima.
—Bueno, no hay nada que hacer. Lamento que hayas perdido esta oportunidad. —acarició los labios de Sherlock con su pulgar. —¿Vamos a cenar? Tengo que estar temprano en el hosp-…
—Espera.
Sherlock tomó al rubio apenas este se quiso levantar y lo besó inmediatamente. Después de estar alejados por tanto tiempo, el rizado realmente no quería perder el tiempo en algo tan estúpido como comer.
—No te he tocado en tres semanas, ¿de verdad crees que tengo cabeza para comer? —dijo sobre los labios de John.
—Sherlock…
—Quiero tenerte. Déjame tenerte, por favor.
John lo alejó de inmediato.
—¿Crees que te voy a premiar luego de tu comportamiento?
—Técnicamente, todavía es mi cumpleaños. Todavía puedo pedir lo que quiera.
Y entonces, ahí estaban, los ojos de cachorrito de Sherlock.
—Eres un maldito bastardo, Sherlock Holmes.
Desear el cuerpo de John era muy sencillo para él, no necesitaba demasiado tiempo para sentir sus pantalones apretados y su corazón latiendo con rapidez, con solo sentir la suavidad de sus besos su cerebro encendía su cuerpo.
Los próximos quince minutos fueron utilizados exclusivamente para desnudarse, besarse y rozar sus cuerpos con impaciencia. Había algo muy excitante en demorar lo más que podían la unión de sus cuerpos, solían hacerlo casi siempre y Sherlock era un experto en saberlo llevar. Él amaba escuchar la respiración impaciente de John, sus manos apretando su espalda, escucharlo susurrar su nombre, rogándole por más.
—Soy el único que puede tocarte. —susurró el rizado.
Sherlock se sostuvo con sus brazos y observó a John debajo suyo, agitado, ya empezando a sudar.
—Mierda, sí. —contestó John al mismo tiempo que empujaba sus caderas contra su pareja.
El rizado respondió con un movimiento de caderas mientras todavía se sostenía sobre sus brazos. Cerró los ojos sintiendo su excitación subir de nivel rápidamente. Las manos de John ahora tomaban ambos miembros para estimularlos juntos.
Hubo un momento en el que la mente de John se desconectó del momento y se preguntó sobre la naturaleza de su relación. No era que tuviera dudas, amaba a Sherlock, solo que le desconcertaba la manera en la que podían discutir o pelearse, para luego estar haciendo el amor al poco tiempo. ¿Se supone que así funcionaba todo? Vamos, él no era un experto, había tenido novias, pero jamás había estado en una relación así de seria y si quería que perdure, quería estar seguro de que estuvieran por buen camino.
Sin embargo, aquellos pensamientos se esfumaron a poco, entre jadeos y caricias, y para cuando el rizado lo volteó por cuarta vez, su mente solo se ocupaba en disfrutar. Cuando Sherlock de verdad quería ser el dominante, John era constantemente guiado para colocarse en diferentes posiciones. El rubio, por supuesto, lo disfrutaba, aunque sea incómodo en ocasiones, pero era algo que él también hacía cuando estaba en ese rol, por lo que parecía justo.
Así que, estando ahora sobre sus rodillas y pecho, con ambas manos agarrando fuertemente las sábanas, John se dejó llevar por la constante estimulación en su próstata para intentar llegar al mismo tiempo que Sherlock.
—¡Ah! John, estoy… estoy muy cerca.
John respondió solo con sus gemidos, aumentando el volumen de su voz. Eso llevó a la cima a Sherlock, quien con unas embestidas más cerró los ojos con fuerza y se inclinó sobre la espalda de John. Sintió su cuerpo deliciosamente tenso, temblando un poco, mientras se derramaba dentro de su pareja varias veces y gimió de placer sin importarle cuán fuerte se pudiera escuchar.
Sus rizos húmedos estaban sobre su rostro, dos gotas de sudor de su frente cayeron en la espalda de John. No había durado demasiado, pero su orgasmo había sido glorioso y largo.
—Ah… Sherlock...
El rubio levantó su rostro lo más que pudo para ver a Sherlock todavía disfrutando de los últimos momentos de su orgasmo. Dios, como amaba verlo así. Sonrió y dejó caer su cabeza para no lastimar su cuello, luego abrió sus piernas un poco más para dejar caer sus caderas y el cuerpo de Sherlock sobre él. El rizado no se opuso y tampoco se dispuso a salir de su cuerpo, no todavía.
—Sherlock. —llamó con ternura. —Ahora es mi turno, amor.
—No, no, maldita sea, no… —susurró Sherlock.
John frunció el ceño, el tono de voz del rizado no estaba ni cerca de sonar satisfecho.
—¿Sherlock?
—Mierda, mierda.
Sherlock finalmente salió de John y se recostó a su lado, llevó sus manos hacia su rostro en un claro gesto de… ¿tristeza, desconcierto, desesperación? John no entendía que demonios ocurría.
—¿Qué pasa? —preguntó alarmado. —¿Te duele algo? —John se acomodó para poder apoyarse sobre su brazo y ver mejor a Sherlock.
—No puedo creerlo. —Sherlock finalmente mostró su rostro, sus ojos se quedaron clavados en el techo. —No puede ser.
—¿Qué demonios pasa, Sherlock? —insistió incómodo de no obtener una respuesta inmediata.
Sherlock dirigió su mirada a John.
—Hubiera podido conocer a Ozzy Osbourne. Al maldito hijo de puta de Ozzy Osbourne.
John parpadeó un par de veces hasta que finalmente pudo entender. Ahora identificaba que la cara de Sherlock mostraba un gesto de desilusión y arrepentimiento.
—Pude haberlo hecho, pero estuve demasiado ebrio para eso. —cerró los ojos con fuerza. —¡Oh, maldita sea!
John apretó los labios y luego se dejó caer al colchón. Bueno, no tenía comentarios al respecto, él todavía aguardaba por su orgasmo mientras todavía mantenía una erección. Aunque había una pregunta que necesitaba hacer.
—¿Eso es lo primero que piensas después de tener un orgasmo luego de tres semanas?
Sherlock rio divertido por un momento.
—Acabo de caer en cuenta lo estúpido que realmente fui.
—Oh, por eso te diste cuenta. De acuerdo. —dijo John no estando del todo de acuerdo.
Sherlock volteó su rostro para mirarlo.
—Pero no me puedo quejar. —sonrió. —Tú siempre eres increíble.
John sonrió también, una sonrisa forzada realmente.
—Bueno, cuando estés listo, puedo tomar mi turno.
El rizado frunció el ceño por unos segundos.
—Oh, mierda. —finalmente lo entendió. —Lo siento, John. Creí que ya habías…
—No, realmente no.
—Está bien, de acuerdo, yo me encargo. —se levantó rápidamente y se acomodó entre las piernas de John, el miembro de su pareja ahora estaba frente a su rostro. —Aún estás sensible, no será difícil volver a ponerte en sintonía.
John sonrió.
—Más te vale que sea bueno, me deb-… ¡Ah!
Un pequeño espasmo se apoderó del cuerpo de John y Sherlock sonrió por eso. Sus dedos eran expertos cuando se trataba de la anatomía de John Watson, encontrar su próstata lo consideraba un arte tan hermoso como hacer melodías con su guitarra o su violín.
—¿Me quieres otra vez? —sonrió Sherlock.
—Por más que ame cómo mueves tus dedos, de verdad me gustaría venirme mientras me montas. ¿Lo harías?
—Como usted quiera, doctor.
Después de todo lo que había ocurrido en esas semanas, ese encuentro se asemejaba más a uno de reconciliación, algo así como castigar y recompensar al mismo tiempo. John siempre quiso preguntarle a Sherlock si sentía lo mismo, pero esta pregunta la recordaba generalmente en pleno acto y se le olvidaba luego de culminar.
Es que ver a Sherlock moviéndose sobre él, gimiendo su nombre mientras su erección golpeaba su estómago al ritmo de sus movimientos, era un espectáculo que siempre llevaba su excitación al límite, le hacía perder la cabeza por unos segundos y su mundo se centraba en observar cómo los músculos de Sherlock se esforzaban en mantener el ritmo, en lo hermoso que se veía la piel de su novio con esa delgada capa de sudor y sus gemidos, Dios, sus gemidos eran increíbles.
Finalmente pudo sentir su orgasmo golpearlo con fuerza y abrumándolo con embriagante placer. Sherlock no paró de moverse, solo bajaba la velocidad de sus movimientos poco a poco mientras veía el cuerpo temblar ligeramente el cuerpo de John debido a su climax. Solo hasta que lo vio totalmente satisfecho, fue cuando se detuvo.
John abrió los ojos y vio esa tierna sonrisa en el rostro de su novio. Una sonrisa que le decía lo mucho que amaba verlo así por él.
—Te amo, Sherlock.
—También te amo, John. Te amo mucho más.
El rizado se inclinó hasta besar a su pareja, despacio, suave y procurando que todavía sus cuerpos se mantuvieran unidos.
—¿No sientes que el sexo de reconciliación es algo así como un castigo y recompensa a la vez?
El rubio abrió los ojos grandes y empezó a reír.
—¿Sabes? Siempre he querido preguntarte eso.
La pareja rio por unos segundos mientras se miraban con ojos llenos de amor. No había momento más perfecto que ese, solo eran ellos dos en la soledad de su habitación y la certeza de que, por más discusiones que tuvieran, sus encuentros siempre serían igual de especiales y maravillosos como ese.
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Se supone que esta pequeña historia se contaría por partes dentro del fic, pero al final al descarté. Aquí la pude desarrollar un poco más.
Gracias por leer.
