Pronto llegó la Navidad y el colegio se fue vaciando, aunque no tanto como otros años. A la gente le daba miedo dejar atrás la seguridad del colegio en los tiempos en los que vivían. Los mortífagos no se realizaron ni ningún ataque importante, pero todos los días El Profeta publicó una lista con todos los muggles desaparecidos o asesinados. También eran normales las destrucciones de edificios, puentes, accidentes de tráfico que, a primera vista, parecían sucesos naturales, pero bien sabía el Ministerio, aunque se esmerara en ocultarlo, que esto no era así.

Entre esos estudiantes que se quedaron en Hogwarts, se encontraron con Ginny, Harry, Ron, Hermione y Draco. Los 4 primeros habían decidido no visitar La madriguera por los peligros que esto supondría. El trío dorado quería aprovechar al máximo sus últimas Navidades en el castillo. Además, como bien había insistido Lupin en remarcar en la última reunión de la Orden, no era prudente que Harry abandonara el colegio.

A Hermione no le sorprendió que el rubio no se fuera. No era momento para los Malfoy de tener a Draco rondando por los pasillos de la casa, pues era bien sabido que Malfoy Hall era el lugar principal de las reuniones de los mortífagos, y la castaña creía normal que Narcissa Malfoy intentara mantener a su hijo lejos de todo peligro. No sabía explicarlo, pero algo en su interior se alegraba, aunque fiera levemente, de que el chico no se fuera.

La víspera de Navidad llegó y Hermione, Harry y los dos Weasley se pasaron toda la tarde haciendo batallas de bolas de nieve, como todos los años.

- ¡Cuidado Harry!

El ojiverde se volvió ante la advertencia de la menor del grupo, un tiempo para ver como una bola enorme le golpeó en plena cara. Cayó de espaldas sobre la mullida capa de nieve y se levantó colocándose las gafas mientras Hermione y Ron reían a carcajadas.

Ginny se acercó lentamente hasta él y, sin apartar la mirada de sus ojos, le limpió los copos blancos del pelo mientras el chico notaba que, a pesar del frío, se sonrojaba violentamente. La pelirroja bajó la cabeza y se dio la vuelta turbada, pero Hermione fue la única que detectó la situación y sonrió para sus adentros. Acabarían juntos, no tenía ninguna duda.

Sobre las 6 las chicas deciden marcharse a vestirse para la cena especial, dejando a Harry y Ron conjurando un muñeco de nieve.

Cuando Hermione llegó a su habitación se dio cuenta de que tenía tiempo de sobra, así que se dio cuenta de un baño de esos que tanto la relajaban en el enorme baño de su torre.

Cogió su bikini, su toalla y algo de ropa y se dirigió a la puerta bajo las escaleras.

- Portum –dijo, tras lo que la puerta se abrió dando paso a una enorme habitación, en cuyo centro se encontró una enorme piscina de aguas cálidas. Hacia ella caían cientos de grifos, cada uno con diferentes temperaturas y cantidades de agua. A los lados de la inmensa bañera había varios lavabos y alguna ducha. La pared del frente era de cristal, y dado la altura a la que se encontraron, esa sala gozaba de unas vistas increíbles de los patios nevados. Para Hermione, la sala era impresionante y un lugar perfecto para relajarse con el ajetreo que llevaba durante el curso. Amaba sumergirse en la bañera y, durante horas, mirar a través de la ventana las escenas que se desarrollaban en el patio. Así había descubierto, por ejemplo, que Hagrid salía de su cabaña cada tarde, hacia las 7, y se encaminaba hacia el Bosque Prohibido, para reaparecer media hora después; que Neville y Luna daban largos paseos en silencio; que Hannah Abbot practicaba hechizos en uno de los rincones más apartados. Era su ventana secreta, y aunque no se perciba cotilla, la Gryffindor amaba observar la vida en Hogwarts.

Hermione se puso el bikini, observando como Harry y Ron terminaban un muñeco enano y con una mueca burlona y regresaban hacia el castillo. Eligió las ventas de baño que más le gustaron y se introdujeron en la piscina.

Era increible la sensacion de estar bajo el agua. Aislada de todo. Solo ella. Lo amaba. Como siempre, se sumergía hasta que sus pulmones reclamaban oxígeno y emergía a la superficie. Algún día probaría alguno de esos conjuros para respirar bajo el agua que usaron los participantes del "Torneo de los Tres Magos" 3 años antes en su segunda prueba.

Pero la castaña había olvidado cerrar la puerta detrás suya, así que 10 minutos después y mientras la chica se encontraba bajo el agua, Draco entró en el baño, dándose cuenta de que no estaba solo. Sabía que no estaba bien que se quedara allí, pero algo le impidió irse. Ese algo era ella, por supuesto. Sintió asco hacia sí mismo cuando se dio cuenta de que se estaba excitando ante la imagen del cuerpo de la chica. Aquellas curvas no podrían apreciarse bien con el uniforme, y era a la par sorpresa y admiración lo que lo retenía esclavo de su imagen.

Finalmente, tras unos minutos que de extendierin como horas y enfadado por su debilidad, dio la vuelta para salir del baño en silencio, pero tropezó, haciendo el suficiente ruido para que la chica percibiera su presencia.

Hermione se giró y lo encontró de espaldas a la piscina. Supo que había estado espiándole y esto la enfadó y avergonzó al mismo tiempo.

- ¿Se puede saber qué haces aquí, Malfoy? - preguntó duramente, tapándose con toda la espuma que fue capaz de reunir.

- No me eches la culpa, Granger. Si ha olvidado cerrar la puerta…

- Eso no te da derecho a espiarme –interrumpió ella.

- ¿Espiarte? Yo no soy como tus amiguitos. No te creas que disfruto mirándote, si acaso me repugnas.

- Malfoy no me mientas. Eres malísimo mintiendo.

El rubio apretó los puños.

- Bueno, me da igual. Este baño es tan tuyo como mío y puedo estar aquí si me da la gana. - Draco acababa de tomar una decisión, que se reflejó en una sonrisa burlona - De hecho, creo que tomaré un baño.

- Pues mala suerte, porque es mi turno y no tengo pensado salir.

- No es mi problema – dijo mientras se descubría de sus ropas.

- ¡Lárgate! - la chica se apartó hacia el otro lado de la piscina, admirando para sus adentros el delgado otrso del rubio, cubierto por una fina capa de músculo y de bordes angulosos. El chico se dio cuenta de que lo observaba y sonrió, haciendo que de ruborizara.

- ¿Eres pudorosa, quizás? Sí, tú tampoco sabes mentir. Podemos hacerlo a tu manera si prefieres, pero no quita que me vaya a bañar – dijo mientras saltaba al agua.

Permanecieron cada uno en una punta, pero no pudieron obviar la tensión que flotaba en el aire caliente y húmedo.

Draco la miró con asco. Asco, porque notaba las sensaciones que aquella chica producía en él. Y eso no estaba bien. No podía ser que ella no se dignara ni a mirarle mientras que él no podía apartar la vista de la chica. Y eso le enfadó y encendió al mismo tiempo.

- No sé en qué estaba pensando. Es asqueroso que me esté bañando en el mismo agua que tú.

- Pues lárgate y déjame tranquila, que es a lo que he venido.

- No pienso irme.

- Me neither.

No se dieron cuenta de que habían ido acercándose poco a poco. Era como si acabaran dos imanes, destinados a acabar unidos por mucho que lo evitaran.

La chica le lanzó espuma a los ojos, y se giró para apartarse oyendo como Draco avanzaba con rapidez hacia ella y la agarraba por los hombros.

Hermione notó la cercanía del chico y, al volverse para defenderse, se topó con el pecho del chico delante de ella. Sólo unos pocos centímetros los separaban. La Gryffindor notó como se ponía nerviosa y el rubor acudía a sus mejillas. Tenía que salir de ahí antes de que fuera demasiado tarde, se dijo segundos antes de fijar sus ojos en los del rubio. Aquel color gris hielo la tranquilizó y la paralizó. Había un destello felino tras ellos y Hermione supo que estaba perdida. Cuando el chico se arrojó sobre ella, simplemente le siguió el juego. El Slytherin besaba con fuerza y firmeza, quizás demasiado para ser delicado, pero aun así, la castaña notaba miles de mariposas revolotear en su estómago. Sus bocas se abrieron dando pista libre a sus lenguas, que jugaron en la boca del otro, mientras, sus manos se exploraban ávidas.

Sabían que debían separarse. Tenían que separarse. Pero no podrías. La fuerza magnética que los unía se había hecho más fuerte que nunca y parecía decidida a hacerlos uno.

Draco recorrió la curva de su cintura hasta depositar su mano en la parte baja de su espalda, mientras que ella admiraba el duro tacto de sus abdominales e intentaba memorizar todos y cada uno de los músculos que se tensaban en su espalda tras el toque de sus mojadas manos. Finalmente, entrelazó sus dedos en su suave pelo platino, y se inclinó hacia atrás para apoyarse en el borde de la piscina y permitir que el chico se pegue a ella tanto como les debe humanamente posible.

El Slytherin bajó por su mandíbula hasta detenerse en su cuello, donde depositó suaves besos que la hicieron suspirar y acto seguido subió hasta morderle el lóbulo izquierdo.

La chica ahogó un grito mientras volvía a entrelazar sus bocas, esta vez más firmemente. Un beso lleno de promesas que ambos sabían que no podrían cumplir.

¿Cuánto llevaban así? Segundos, minutos,… el tiempo era algo inconcebible e incalculable en esos momentos, mientras las templadas gotas de agua caían sobre la frente de horas desde su mojado pelo y una capa de agua difuminaba ligeramente sus cuerpos entrelazados, las piernas de ella rodeando su espalda. Ese momento que tanto habían deseado de manera inconsciente, por fin se realizó. Pero como todo, la magia apareció poco.

El chico se separó y la miró. Su corazón, como el de ella, latía rápidamente y sus mejillas estaban ligeramente sonrojadas. Había besado a muchas chicas antes pero nunca había sentido algo así, ese deseo de seguir haciéndolo hasta el día del Juicio.

Supo en ese momento que habían perdido ese temerario juego que sin saberlo, obtuvo tiempo atrás en esa ronda nocturna. Notó su pelea interna entre el odio y el impulso de seguir besándola.

Como siempre, el odio ganó en Draco Malfoy.

Sin dar más explicaciones, la apartó con brusquedad, salió del agua y se fue del baño. Pero antes de salir, se volvió. Intentó contenerse, pero estaba fuera de sí y apenas fue capaz de aguantar las ganas de abalanzarse hacia su varita y acabar con la chica.

- Esto no ha pasado, ¿queda claro, Granger? Si se lo cuentas a alguien… – no fue capaz de articular palabra y abandonó el baño hecho un torbellino de sentimientos. El primero de ellos repulsión. Hacia sí mismo, hacia la chica, hacia su debilidad, ante el recuerdo de los labios de la Gryffindor contra los suyos, que le hacía estremecerse al recordarlo. Se odiaba y la odiaba, a ella y todo lo que representaba. Pero no volvería a ocurrir, de eso estaba seguro. A partir de ahora tendría mano dura con esa estúpida.

Aún en la bañera, Hermione, sin moverse, siguió cavilando un rato sobre todo aquello. Había besado a Malfoy. A Malfoy. Su enemigo número uno autoproclamado desde el primer día en Hogwarts. El chico que le había hecho la vida imposible durante tanto tiempo, y que de hecho seguía haciéndolo a diario. Pero lo más raro era que él no se había apartado. Más bien había hecho lo contrario. Recordó aquellos besos, la forma en que las manos del chico la recorrían y acariciaban, su lengua apremiante rozando la suya. Apenas se dio cuenta de que una sensación de cosquilleo la recorría al rememorar aquello, y cuando lo hizo se sumergió bajo el agua para dejar la mente en blanco. Ni aún así lo consiguió. Tenía el tacto del rubio grabado en cada poro de su piel, su fragancia todavía flotando en el ambiente. Sabía qie se habían arriesgado, habían ido demasiado lejos y habían perdido. Ahora solo le quedaba cruzar los dedos, porque temía que Draco sería ahora mucho más peligroso que nunca.


- ¿Dónde te habías metido? Ya creíamos que Malfoy te había lanzado un maleficio o algo así – dijo Harry al tiempo que Hermione se sentaba a su lado en la larga mesa.

- Me he quedado dormida y se me ha hecho un poco tarde – se disculpó la chica, apretando con firmeza la bufanda que le tapaba la marca del cuello, apenas oculta por el maquillaje.

Las 4 mesas que solían ocupar la gran sala habían sido sustituidas por una, ocupada por los estudiantes que pasaban las Navidades en el castillo. Los profesores también se sentaban en esa mesa, aunque los únicos que habían permanecido en Hogwarts eran, como todos los años, McGonagall, Snape, Trelawney y, por supuesto, Dumbledore.

La comida era más abundante que habitualmente. Pasteles, ensaladas, marisco, pescado, carne, estofados, guisos, asados, surtidos de verdura, pudding, sopas, frutas exóticas, miles de tipos de postres diferentes… una larga lista de innumerables manjares se extendía a lo largo de la mesa, lista para ser engullida por los hambrientos comensales.

La cena sucedió en un ambiente tranquilo. Harry y Ron planeaban qué hacer en su próxima visita a Hogsmeade, para la que no quedaron mucho más de dos semanas. Ginny conversaba con Luna, que se había sentado con ellos, mientras que Neville había ido a reunirse con su abuela para pasar las Navidades. Por suerte, Lavender tampoco se había quedado en el colegio.

Hermione fingía prestar atención a la conversación de sus amigos, pero no paraba de pensar en su último baño. Había decidido evitar cruzarse con Draco en su torre y no volver a sacar nunca el tema. Por supuesto, aquello no volvería a ocurrir. De ninguna manera.

Apartó esos pensamientos de su cabeza cuando Ron le empezó a hablar de los regalos de Navidad. La chica quedó con ellos a las 10 de la mañana en la sala común de Gryffindor, para abrirlos juntos y pasar una buena mañana.

Varios asientos más allá, Malfoy, entre Nott y Pansy, tampoco pudieron sacarse de la cabeza a la chica. La odiaba realmente, la detestaba con cada poro de su piel. Era repugnante, aquel pelo revuelto, la risa molesta, las pecas de su nariz, la suavidad de su piel, la fragancia de... Dio un puñetazo contra la mesa haciendo que buena parte de los ocupantes se volviera para mirarlo, y sin ninguna volvió a explicar en su cena.

Pansy le rodeó con un brazo por la cintura y Draco, como siempre, no dijo nada. Aunque una voz en su cabeza siempre le decía que no estaba bien utilizar a la chica a su antojo, ella estaba tan perdidamente enamorada de él que no le molestaba. Y de vez en cuando, Pansy no le vino mal para olvidar sus penas durante un rato.

- ¿En qué piensas? – dijo Theo observando a Draco.

- En nada - replicó secamente.

- Vamos Malfoy, ¿no me lo vas a decir? -dijo sonriendo burlonamente-. ¿Mal de amores?

Pansy lo miró rápidamente.

- Cállate Nott.

- ¿Te pasa algo, Draco? – la rubia lo miró con ojos tiernos.

El chico suspiró y siguió cenando en silencio. Le pasaban muchas cosas, su cabeza era un bullicio de actividad incesante que hacia que le apeteciera meter la cabeza bajo las sabanas y no volver a levantarse.


La cena terminó alrededor de las 11, momento que Dumbledore aprovechó para decir unas breves palabras:

- La Navidad es una época para pasar en familia o con tus seres queridos, y sé que muchos de vosotros echaréis de menos a mucha gente. Así pues, brindemos, como hacen los muggles en estas fechas, por todos aquellos que no pueden estar presentes en estas fechas. Viven en nuestro recuerdo – dijo mirando directamente a los ojos de Harry – y eso nunca cambiará – dijo a la vez que levantaba su copa, gesto que todos imitaron –. Brindo por Hogwarts y la seguridad que nos ofrece.

- ¡Por Hogwarts! – respondió al unísono un coro de voces, al que Draco prefirió no unirse.

- No quiero extenderme más. Feliz Navidad a todos, creo que ya es hora de irnos a dormir.

Tras lo que la cena se dio por finalizada y cada uno volvio a sus respectivos dormitorios.

Hermione dejó a sus amigos en la torre de Gryffindor y se encaminó, con el corazón latiendo duro, hacia la torre de los "Premios Anuales", rogando porque el Slytherin no estaba allí. Pero ese, al parecer, no era su día de suerte, porque ambos se encontraron a la par en la puerta de entrada. Draco masculló ls contraseña y entró con rapidez tratando de cerrar la puerta a sus espaldas, aunque no lo suficientemente rápido para impedir que la chica entrara.

- Malfoy... - ni siquiera sabía que quería decirle, pero daba igual porque el rubio hizo como que no la había escuchado y avanzó decidido hacia su habitación, cerrando la puerta con un portazo a sus espaldas.

Hermione suspiró. Aquel curso no hacia mas que empeorar.


Draco abrió los ojos sobre las 6 y dio la espalda al ventanal del fondo de la habitación, que todavía dejaba entrar la tenue luz de la luna al interior. Había dormido media hora escasa. Se frotó los ojos y se puso en pie, pero tuvo que agarrarse a la mesilla de noche cuando la realidad del día anterior lo golpeó con fuerza. No lo había soñado. Hermione Granger lo había besado. Y lo que era peor, él la había besado a ella. Aguzó el oído y apretó la mano sobre la varita, teniendo que contener las ganas de correr a la habitación de al lado para atacarla. Finalmente se vistió con rapidez y salió de la torre, directo al campo de Quidditch. Eso le ayudaría a tener la mente ocupada.

Sobre las 9, Hermione se despertó, aunque la realidad es que apenas había pegado ojo en toda la noche. Hace tiempo que había oído al chico marcharse, y ella debía prepararse para ir a abrir los regalos con sus amigos. Se aseguró de que la pálida mancha que le había hecho el rubio en el cuello oculto y enfiló el pasillo que la llevaría directa a la torre de Gryffindor.

- "Me mi mos", dijo la chica a la Dama Gorda.

- ¡Vaya! Feliz Navidad, querida. Me alegro de verte por aquí. Últimamente este pasillo está aburrido sabes, desde que el fraile del retrato del tercer piso… ¿Estás bien? Parece cansada.

- Sí, sí. No es nada. Solo ando un poco… atareada.

- Cariño, vivo en este castillo desde hace mucho. ¿Problemas de hombres? – Lanzó una risita y se hizo a un lado para dejar entrar a Hermione, que no tuvo fuerzas para despedirse de la mujer del retrato.

- ¡Hermione! Sé que quedamos en esperarte pero… – dijo Harry, que lucía un suéter verde con una H negra bordada.

Hermione sonrió: ya contaba con eso. Como todos los años, sus amigos estaban impacientes por abrir todos los paquetes. Por suerte, la sala común era solo para ellos cuatro: el trío de oro y Ginny.

- No os preocupéis, no pasa - intentó sonreír y se sentó en ka alfombra junto a Ginny -. ¿Cuáles son mis regalos?

- Esos de allí – le dijo Ron, mientras engullía una rana de chocolate. También él llevaba un suéter, rojo con una R en el centro.

Hermione dio las gracias a Ron por el libro de Curiosidades del mundo mágico que le había regalado, a Harry por el juego de colonias ya Ginny por el deslumbrante vestido, que tenía pensado llevar a cabo para el baile que se hacía todos los años para los alumnos de séptimo, en junio. La señora Weasley también le había tejido un jersey, blanco con una estilosa H. El de Ginny era azul.

También encontré un surtido de bromas y chucherías de los gemelos Weasley y unas gafas extrañas, cortesía de Luna, que, según explicaban en el paquete, alejados a los nurggles.

Además, sus padres le habían regalado unos cuantos libros muggles y un par de blusas que estaba deseando probarse. Sonrió ante la memoria de su familia en torno a la mesa de Navidad, y tuvo que parpadear varias veces para bibliotecarse de las lágrimas que le anegaban los ojos. Demasiados sentimientos últimamente.

Hermione había regalado a sus amigos unos guantes y gorros especiales para volar, cosa que los 3 agradecieron. Pasaron una excelente mañana, entre envoltorios de ranas de chocolate y bromas, y sobre las 11:30, Harry y Ron estaban preparados para ir a probar sus nuevos artefactos de Quidditch, aunque Ginny prefería probarlos más adelante y quedarse con su amiga. Hermione lo agradeció, porque no se creía con las fuerzas para andar hasta tan lejos. Además, no sabía si Malfoy aún estaría allí y no le apetecía topárselo. No después de lo de anoche y menos con Harry y Ron.

Los muchachos se despidieron de ellas y se alejaron rumbo al campo de Quidditch mientras las chicas se dirigían a dar un tranquilo paseo por el patio.

Ginny comenzó la conversación, de una manera que sobresaltó a la castaña.

- ¿Quién es el afortunado?

- ¿Cómo? - por suerte el frío invernal impidió que se ruborizara.

- Vamos, Hermione. No te has quitado la bufanda en toda la mañana aunque en la torre hacía mucho calor. Podrías estar mal pero no lo pareces. Así pues, ¿quién es el afortunado?

-Ginny, no...

- Eres mi mejor amiga, me lo puedes contar.

Finalmente la morena suspiró.

- No es nada, Ginny, de verdad que no. Fue una cosa tonta.

- ¿Entonces tengo razón? - la pelirroja soltó una carcajada -. No me lo puedo creer. Lo sabía. Espera, no digas nada, estoy pensando en opciones. Tiene que ser alguien que se haya quedado en el castillo. No de Gryffindor porque vendrías más por la torre. ¿Es un Hufflepuff? No, un Ravenclaw. Lo conociste en la biblioteca, ¿verdad?– terminó la joven Weasley orgullosa de su razonamiento.

- Sssh, baja la voz. Ginny… Escúchame. No se lo puedes contar a nadie. ¿A nadie, entiendes?– dijo Hermione.

- ¿Pero quién es?

Hermione suspiró cansada.

- Lo siento, pero no te lo puedo decir. De veras que no.

Ginny arqueó una ceja.

- ¿Tiene novia?

-¡Ginny! Yo nunca me liaría con alguien con pareja.

- Entonces no entiendo por qué... - le pelirroja guardó silencio -. ¿Es una chica?

hermione río.

-Cada vez te alejas más. Mira Ginny, si algún día me veo con las ganas te lo contaré. Pero ha sido una tontería, cosa del momento. De todas maneras no volverá a ocurrir, así que no tiene importancia. Tú encárgate de Harry, y ya estás.

Ginny bufo.

- Harry no necesita a nadie. Es tan... independiente. Odio esa faceta suya.

- Sabes que está loco por ti, ¿verdad? Sólo tienes que dar el paso.

Ginny lo pensó unos instantes.

- ¿Sabes qué? Lo haré.

Las chicas siguieron hablando sobre Harry, Quidditch, las clases… y al cabo de una hora se separaron ante la puerta de la torre de Gryffindor.

Hermione tomó aire y anduvo hasta su residencia. Una vez allí, entró en la Sala Común de su torre, pero de pronto oyó un ruido.

- ¿Malfoy?

A modo de respuesta, un llanto apagado le llegó desde la habitación de la izquierda. Varita en mano y con los nervios a flor de piel, comenzó a subir las escaleras hacia la habitación del rubio en silencio. Al llegar arriba, de nuevo escuchó gemidos. Esta vez menos amortiguados. Tocó a la puerta, sintiendo que el peligro incrementaba a cada segundo:

- ¿Malfoy? - en la habitación se hizo el silencio -. ¿Quién anda ahí?

- ¡Lárgate! - la voz sonaba rota, pero dejaba denotar furia. Sintió que estaba manipulando una bomba, y cuando estaba a punto de irse oyó unos golpes fuera de la torre y descendió para abrir la puerta principal. Theodore Nott irrumpió en la estancia sin apenas mirarls, con la corbata desanudada y el pelo revuelto y ascendió hacia la habitación del rubio, sin molestarse por saludar a Hermione.

La Gryffindor intentó escuchar lo que pasaba en el interior, pero estaba claro que un hechizo Muffliato se lo impedía, así que acabó desistiendo y descendió hacia los sillomes oara hacer sus deberes.

Media hora más tarde, Nott apareció en la puerta y la cerró a sus espaldas. Hermione se levantó y rápidamente le bloqueó la salida.

- ¿Se puede saber qué pasa?

- No es de tu incumbencia Granger – Nott estaba frío y cortante – Déjame marcharme. Por cierto - señaló señalando el cuello de la chica -, bonita marca.

Pocos segundos después la puerta del rubio se abrió y el chico salió de su habitación, cerrando la puerta a su espalda. Evitó mirar a la chica – aun así, está pudo remarcar su rostro lacrado por lágrimas ya secas – y abandonó la torre.

La castaña sabía que algo iba muy mal y sabía que ese algo involucraba a los mortífagos. No debía, sabía que no tenía derecho, pero tras cerciorarse de que estaba sola, ascendió por las escaleras de la izquierda y abrió la puerta del Slytherin con cautela, como si esperara que algo volara por los aires.

Encontró una sala de iguales dimensiones que la suya, sólo que la colcha de la cama era oscura y los objetos de la habitación le eran desconocidos. Sorteo un pequeño baúl a los pies de la cama y se colocó en el centro de la estancia, desde donde le llegó un olor a menta.

Los únicos efectos personales a la vista que pudieron encontrar eran libros que llenaban la estantería de madera oscura que tapaba parte de la pared izquierda. Se acercó hasta ellos y sintió que un escalofrío la recuperación cuando leyó sus títulos. Ella los conocía bien: eran los mismos que estaban presentes en la sección prohibida de la biblioteca. Grandes clásicos de la magia negra, apilados a lo largo de la estantería que podrían haberle servido como advertencia para largarse. Si bien era cierto que ella había leído unos cuantos, le inquietaba encontrarlos en la habitación del Slytherin.

Observó más atentamente la sala y se centró en descubrir algo. De pronto, remarcó que el escritorio – igual que el que ella tenía en su habitación – tenía un par de objetos.

Se acercó hasta él y descubrió consternada una foto de Narcissa Malfoy, cuyo cristal estaba roto. Y allí, bajo la imagen, un papel arrugado, que Hermione desdobló, sin saber la importancia de lo que leería a continuación.

Hijo:

Sé que esto no es lo que tú querías y sé que es muy pronto, pero tu padre corre mucho peligro, ahora que están planeando la fuga de Azkaban. debemos permanecer en este lado. Tendría que haber hablando contigo, haberte avisado, ya que ambos sabíamos que este momento iba a llegar. Ha sido demasiado ingenioso.

Por nuestra culpa ha acabado así. Sabes que tu padre no es lo que era antes, Draco. Azkaban le ha cambiado, pero por favor, no le juzga por ello. No hables con nadie. Puede que Theodore Nott y vosotros vayáis a pasar más tiempo juntos del que pensáis, así que espero que eso os dé un apoyo.

No sé cuánto tardará en aparecer la marca, puede que no mucho. Ocúltala. Si alguien en Hogwarts la ve, eres hombre muerto.

Pronto abandonarás el colegio, así que no hagas tonterías. No serviría para nada.

Destruye esta carta en cuanto la lea.

Te quiero.

N. Malfoy

No dejaba lugar a dudas de que era Narcissa Malfoy la escritora de la carta. Por la letra temblorosa y los borrones en algunas partes provocadas por las lágrimas, Hermione pudo imaginarsela llorando asustadamente mientras la escribía.

La chica creyó comprender cada palabra de la carta y eso la aterraba. ¿Fuga en Azkaban? Sí, esa parte quedará clara. Pero, ¿a quién podría avisar y con qué contexto?

Pero lo que más le asustó fue la parte de la marca. Fue como un jarrón de agua fría cayendo sobre sus espaldas. Siempre había hablado de Malfoy como de un mortífago pero, realmente, nunca había creído una ciencia cierta que lo fuera. Sin embargo aquello despejaba cualquier duda de que pudiera quedarle. Hablaría con la Orden, no quedará otra opción.

La carta se escurrió entre sus manos cuando sintió una varita clavándose entre sus costillas.

- Granger - el sonido fue tan feroz como un rugido y Hermione fue consciente de que estaba temblando de miedo -. Dame una buena razón - arrastraba tanto las palabras por el odio que apenas se le entendía - para que no te mate ahora mismo.


¡Y fin del capítulo! 😊

¡Por fin algo de Dramione! Sé que muchos de vosotros ya no resistís más la separación de los chicos y... bueno, yo tampoco XD

¿Tendrá acaso la magia de la Navidad algo que ver en todo esto? Yo creo que, personalmente, Draco se ha dejado llevar porque estaba de buen humor. Y no la ha besado una vez sino dos... ¡a ella, Hermione Granger! Parecer ser que le da igual ensuciar el apellido Malfoy, ¿o no?

El siguiente capítulo verá las conclusiones que sacan de todo esto y sabremos si, al fin, deciden dejarse guiar por su corazón o por su cerebro.

Recordad mandarme vuestra opinión, yo os responderé en seguida y no olvidéis darle al Go. Gracias por leerme y espero que os esté gustando la historia :)

¡Hasta el capítulo que viene!

- Dafnea