Pokémon Reset Bloodlines – Gaiden de Oak y Hastings

Escrito por Viroro-kun, traducido por Fox McCloude.

Disclaimer: Pokémon y todos sus personajes son propiedad de Satoshi Tajiri y Nintendo. La historia de Reset Bloodlines pertenece a Crossoverpairinglover, y este oneshot en particular le pertenece a Viroro-kun. Todos los derechos reservados.


Summary: El Profesor Oak y el Profesor Hastings, las mentes científicas más brillantes de las Naciones de Entrenadores y Guardianes, y amigos a pesar de las interminables hostilidades entre sus hogares. ¿Cómo floreció esta amistad? ¿Y cómo fue que entre los dos lograron mejorar al mundo y pacificar a los Pokémon salvajes? Se recomienda la lectura previa del Gaiden de Agatha y Sam para mejor contexto.


Hace varias décadas…

- ¿Cuánto tardaste en convertirte en el mejor entrenador de la historia?

La pregunta había sido casi repentina, saliendo de la boca del joven Sam mientras contemplaba la luz de la luna en el cielo sobre Pueblo Paleta. Su abuelo, un hombre de constitución fuerte con pelo castaño y barba poblada, se rio junto con su Charizard por su pregunta, antes de desordenarle el pelo a su nieto de manera juguetona.

- ¿Otra vez estás con eso? Todos me llaman el mejor Maestro Pokémon que haya existido y cosas así, pero eso no es más que una gran exageración. Yo solo hice lo que se esperaba de mí. – Subrayó sus palabras con otra risa, y su Charizard asintió con él.

- ¡Pero el pueblo lleva tu nombre! ¡Y están todos los Pokémon que has criado! ¡Y siempre vences a todos con quienes peleas! ¡Y también…!

El joven continuó listando todos los orgullosos logros del hombre mayor, haciendo gestos salvajes y alabándolo a más no poder. El hombre dejó que continuara hasta que se detuvo, respirando a bocanadas pero todavía emocionado. Pallet simplemente se encogió de hombros, y fijó la mirada en las casas al pie de la colina, con orgullo en sus ojos.

- Estoy seguro que no fui yo el que les pidió hacer eso. Yo también fui parte del Pueblo en Blanco. Su expresión se tornó seria antes de volver a encarar a su nieto. – Solo quería ser lo bastante fuerte para proteger a otros. No emprendí mi viaje para ser el mejor ni nada de eso. Todas las aventuras y la diversión fueron un buen añadido, pero mi deseo principal siempre fue ayudar a otros. Las sonrisas en los rostros de la gente eran la única recompensa que quería.

Los ojos del chico se iluminaron, con los puños todavía apretados mientras seguía viendo fijamente a su abuelo. Le hizo muchas preguntas a través de los años sobre sus aventuras y de sus pensamientos respecto a todo, pero escucharlo hablar de lo que lo llevó a ser tan grande siempre le llenaba de orgullo y admiración. Pallet Oak había pasado de ser un niño pobre y sin nombre de un pueblo quieto en medio de la nada a ser uno de los mejores Campeones que el mundo jamás había visto, sin importar lo que dijera. Y para el joven Sammy, eso lo convertía en la persona más asombrosa que hubiera visto.

- ¡Eres increíble, abuelo! – le dijo con una sonrisa enseñando todos los dientes, dando un puñetazo hacia el cielo estrellado con entusiasmo. – ¡Espero llegar a ser igual que tú en el futuro!

- ¡Y claro que lo harás, sin duda! Eres un Oak, después de todo, y siempre triunfamos en lo que sea que nos proponemos. – Su abuelo le sonrió, mientras se erguía con orgullo y señalaba hacia el cielo también. – ¡Fórjate tu camino hacia el futuro, y asegúrate que sea uno bueno!

Su propio Charizard subrayó sus palabras con un poderoso rugido y un ardiente Lanzallamas, mientras el joven Oak le sonreía a las estrellas. Cuando creciera, se convertiría en el mejor entrenador de todos los tiempos. Sería incluso más fuerte que su abuelo, se haría fuerte de la misma forma que él, y nadie podría vencerlo a él ni a su equipo. Y algún día, todos conocerían las hazañas de Sammy Oak.

- ¿Samuel? ¿Sigues con nosotros?

Los ojos de Sam se abrieron de golpe, y la visión se le prendió por un segundo antes de que la inmensidad del océano se la llenara, sin más ruido que el del bote cortando a través de las olas y unos cuantos Wingulls que volaban encima de ellos. El joven adulto se frotó los ojos para quitarse el cansancio y se puso de pie estirando los brazos y piernas. Se volvió hacia un lado, encontrándose con el rostro familiar de pelo negro y bigotudo de uno de sus amigos más antiguos, que lo veía con preocupación.

- Perdón, Adalbert. – Sam dejó salir una ligera carcajada. – Creo que solo estaba divagando por ahí.

Adalbert Hastings lo fulminó con la mirada, a lo cual Sam simplemente le sonrió tímidamente. No era momento de descansar de ese modo, pero después de varias horas de navegar no podía evitar sentirse cansado. En días como ese realmente deseaba tener la mitad de la energía de su amigo.

- Por favor dime que no te está dando insolación. Eres una de nuestras últimas esperanzas, Sammy.

El familiar tono burlón y la ligera risa fueron suficientes para que Sam rodara los ojos y gruñera, y esta vez fue él quien le echó una mirada molesta a la mujer rubia que estaba en la cubierta, mientras el Gengar que estaba con ella se reía a expensa suya. Sam cruzó los brazos, nada divertido.

- Mi piel es bastante resistente, Agatha. Eso ya lo sabes.

Agatha soltó una risita irónica y le dio una mirada poco impresionada, pero Sam sabía que solo era un acto. Conocía a Agatha Grimm desde hacía más de una década, y había respeto mutuo entre los dos que los hacía apreciarlo. Y con todo lo que habían pasado, no había razón para no hacerlo.

- Es bueno saberlo. – Adalbert se les acercó, con los brazos cruzados y mirando hacia el horizonte, y hacia el pequeño parche de tierra que comenzaba a volverse be visible en él. – La Isla Suprema está mayormente sin explorar debido a los Pokémon extremadamente fuertes que rondan por todo el lugar, y no podemos permitirnos tener dudas ni cometer errores.

Sam, Agatha y Gengar hicieron lo propio mientras observaban la isla que tenían enfrente, su destino final. Todos adoptaron miradas solemnes, considerando las palabras de Adalbert y lo que les esperaba delante.

- Ya lo sé, Adalbert. – suspiró Samuel, negando con la cabeza. – Pero allí también es donde encontraremos el último ingrediente para nuestra fórmula. En el peor de los casos, tendremos que hacer una prueba improvisada del Proyecto Coexistencia.

En circunstancias normales, Adalbert probablemente lo habría regañado por semejante broma, y Agatha habría hecho un comentario sarcástico sobre el nombre del proyecto, pero todos permanecieron en silencio y contemplativos, siendo Adalbert el único que se rio nerviosamente. Y en ese momento, el hombre que manejaba el timón, que se veía como una versión mayor y vestida más casualmente de Adalbert, se volteó a verlos con el cejo fruncido y preocupado.

- Todos ustedes están locos, ¿lo saben? – Su mirada se dirigió hacia la Isla Remota que había adelante. – Meterse en ese territorio es algo que a ningún Entrenador ni Guardián con la cabeza bien atornillada se le ocurriría hacer.

- Somos científicos, hermano. Nos ganamos la vida tomando acciones que la gente considera "locas" a diario. – replicó Adalbert con una sonrisa. El científico y su hermano intercambiaron miradas solo por un momento, lo suficiente para que el capitán de la nave sacudiera la cabeza y rodara los ojos.

- Por cosas como esta es que prefiero pasármela en la vieja y segura Oblivia, ya saben.

- No te preocupes, Booker, puedes quedarte atrás. – dijo Adalbert. – Tú eras el único a quien podría confiarle este secreto y que pudiera manejar un barco.

Booker asintió, volviendo a los controles sin decir ni una palabra. Sam no estaba seguro de la relación exacta de los hermanos Hastings en ese momento, pero por lo menos, Booker parecía dispuesto a ayudarlos, y siempre le estaría agradecido por ello.

- El marinero tiene algo de razón en lo que dice. Este lugar está muy lejos de todo, hasta para gente como nosotros. – intervino Agatha, frunciéndoles el cejo a los dos científicos. Samuel simplemente la atravesó con la mirada antes de responderle.

- Tú y tu hermano saben mejor que nadie cuán necesario es esto, Agatha."

No lo dijo con intenciones hirientes, pero todavía hizo que Agatha y su Gengar se quedaran callados y desviaran la mirada. Samuel suspiró, y sus ojos volvieron a desviarse hacia el mar. Aunque hubieran pasado diez años, la experiencia en los Bosques Drowning era difícil de olvidar, y más el cómo su hermano Tony terminó víctima de los Pokémon Fantasmas que residían allí y se convirtió en uno de ellos. Se había convertido en un Gengar bastante poderoso y más que un poco amigable, pero eso no era como para olvidar la pérdida de su humanidad como si no hubiese sido nada.

Si hubo algo positivo de aquellos eventos, fue que les ayudó a Sam y Agatha a dejar atrás su rivalidad infantil y convertirse en buenos amigos, que no tenían miedo de bromear a expensas del otro pero que siempre estaban allí para ayudarse, por lo cual Agatha había aceptado ayudarlos voluntariamente con su expedición, a pesar de que empezaba a resonar la guerra, y que tenía sus compromisos como discípula del Gimnasio Viridian y posiblemente sucesora del título de líder. Tendrían que pelear para lograr su meta, y ella era la mejor entrenadora en quien confiar. Claro, él tampoco era malo, pero ya le había dado la espalda al entrenamiento como prioridad principal, y Hastings al ser un ciudadano de las Naciones de Guardianes no tenía Pokémon consigo. La ciencia era su principal meta, y había sido el impulso principal de Oak hacer del mundo un lugar mejor desde aquella fatídica vez en los Bosques Drowning, al ver de primera mano los peligros que los Pokémon podían representar.

Era muy extraño darse cuenta de lo mucho que su vida había cambiado, y cuánto se había desviado de su meta original, tantos años después. Era fácil decir que fue gracias a esa horrible experiencia que tuvo junto a Agatha, pero probablemente había empezado a cambiar su mentalidad cuando conoció a Adalbert en Alola, de lo cual parecía haber pasado toda una vida...

Samuel se encontraba dando pasos a tientas detrás del otro chico, uno que parecía una versión rubia y más bronceada de sí mismo, que lo guiaba más hacia el interior del oscuro bosque. Más allá de sus pasos, las risas emocionadas de su compañero y los ocasionales llamados de los Pokémon en la distancia, todo a su alrededor estaba en un casi total e incómodo silencio.

- ¿Estás seguro de esto, Samson? – le preguntó, desviando la mirada de izquierda a derecha a medida que se adentraban más y más.

- ¡No seas un miedoso, Samuel! – Samson se volteó a verlo con una radiante y reconfortante sonrisa. – Conozco Melemele como la palma de mi mano, después de todo. ¿No quieres ver el sitio secreto de entrenamiento de Tapu Koko?

- Bueno, claro que…

- ¡Entonces vamos! ¡Será in-Cradily-ble!

Samuel trató de no dar un respingo al ver Samson acompañar el atroz juego de palabras con una imitación de Cradily. Por suerte para él, su exuberante primo alolano no tardó en guiarlo hasta un claro más grande y mejor iluminado, donde el sol brillaba encima de ellos. Samson parecía incluso más animado de lo usual mientras corría hacia el centro y miraba alrededor, mientras Samuel mantenía una mirada inquisitiva en sus alrededores.

- Entonces... Tapu Koko viene aquí a entrenar, ¿eso dijiste? – preguntó Samuel.

- ¡Sí! ¡Yo lo vi, fue genial! – Samson saltó sobre sus pies, haciendo gestos salvajes y dando golpes al aire para subrayar sus palabras. – ¡Todo fue como un swoosh! ¡Y pow! ¡Y boom! ¡Y no dejó de pie ni una hojita de Leafeon!

Ignorando esa otra mala broma e imitación, Samuel dirigió la mirada hacia la hierba y los árboles que le rodeaban, apenas dándose cuenta de las marcas de cortes y quemaduras que había por todos lados, como si hubiera pasado una tormenta eléctrica en miniatura a liberar su furia por todo el claro. Por lo que sabía de las tradiciones y relatos de Alola, eso definitivamente sonaba como algo que causaría Tapu Koko.

Una pequeña sonrisa se formó en el rostro de Samuel. Las deidades guardianas de Alola se encontraban entre los Pokémon más poderosos conocidos por el hombre, y Tapu Koko en particular siempre estaba con ganas de buscarle pelea a oponentes dignos. No pudo evitar tener fantasías de enfrentarse al legendario con su Pokémon inicial cuando tuviera suficiente edad, hacer su mejor esfuerzo para derrotar al Pokémon en un duelo glorioso como lo habría hecho su abuelo.

En ese momento, sin embargo, el sonido de unas ramas rotas captó la atención de los primos Oak, congelándolos donde estaban. Los sonidos no se detuvieron, sino que se fueron acercando y haciéndose más fuertes a cada segundo.

- ¿Qué fue eso? – Samuel retrocedió y tragó saliva. Samson, por otro lado, apretó los puños y sonrió emocionado.

- ¡Ese debe ser Tapu Koko! ¡Es una oportunidad de Chansey para conocerlo!

- Eso no suena como…

- ¡Hola, Tapu Koko! ¡No seas un Shaymin! ¡Solo vinimos a ver lo genial que eres! – gritó Samson, ahuecando las manos en su boca. A Samuel le dio un tic en el ojo solo por eso.

Y entonces el origen del sonido se vino acercando más, y más, hasta que derrumbó un árbol arrancándolo de raíces del suelo. Y después, un enorme Pokémon con forma de oso rosa y negro se hizo visible. La usual mirada neutral de la especie se vio reemplazada por una furiosa ante los que se metieron en su territorio. Eso bastó para que ambos primos Oak perdieran todo el color de sus caras, y lentamente fueron retrocediendo mientras el Bewear se aproximaba.

- Eso no me parece que sea Tapu Koko... – Samuel volvió a tragar en seco. Samson mantuvo una sonrisa tímida, con sudor bajándole por la cara.

- B-bueno, solo hay una cosa que podemos hacer ahora.

Los primos se miraron entre sí y asintieron al unísono. Y sin más, se dieron la vuelta y echaron a correr de vuelta por donde vinieron.

- ¡HUYAMOS! – gritaron juntos.

Los muchachos echaron a correr por el sendero del bosque, con Bewear pisándoles los talones y destruyendo todos los árboles en su camino. Samuel no pensó en lo estúpido que fue por haber venido aquí sin decirle a nadie ni tampoco cómo Samson de verdad creía que Tapu Koko habría aparecido así sin avisar, pues sus ojos estaban fijos en el escenario borroso a su alrededor, con el corazón golpeándole contra su caja torácica y con las piernas corriendo más rápido que nunca. Se acercaba poco a poco a la salida…

Y entonces, el pie de Samson tropezó con una roca, y el primo de Samuel se fue de narices hacia la tierra.

- ¡Uff! – se quejó de dolor, sujetándose la pierna.

- ¡Samson!

Samuel se detuvo y regresó por Samson, viendo la herida que se hizo en la rodilla y la expresión de dolor en su rostro. Trató de ayudarlo a levantarse, solo para darse cuenta que el Bewear ya los estaba alcanzando, estando a pocos metros de distancia, y venía demasiado rápido para poder huir o sacar a Samson de ahí.

El chico kantoniano adoptó una expresión sombría, pero luego su mirada se endureció, encarando valientemente al Pokémon que se acercaba. Pallet Oak jamás habría retrocedido de cara al peligro, y él no podía ser hacerlo tampoco. Así, estiró los brazos hacia los lados, mirando desafiante al Bewear.

- ¡Vamos, ven por mí! ¡Acabaré contigo con mis propias manos!

El Bewear no pareció asustarse; más bien, pareció enfurecerse todavía más que antes, dirigiéndose hacia Samuel. El chico trató de poner una cara valiente, pero sus intentos se desmoronaron más y más mientras el furioso Bewear se acercaba más, preparando un manotón, hasta que el chico no pudo más que cerrar los ojos y prepararse para lo inevitable, sintiendo que el miedo se apoderaba de él.

Pero el golpe nunca llegó.

- ¡Alto!

La nueva voz hizo que Samuel abriera sus ojos con cautela, lo suficiente para ver que el Bewear se congelaba dónde estaba, y algo que parecía un trompo comenzó a dar vueltas a su alrededor. El Pokémon se le quedó viendo como por tres segundos antes de pisarlo; sin embargo, inmediatamente retrocedió, haciendo una mueca como si de pronto le diera una migraña. El Pokémon gruñó y se fue por donde vino, al parecer abandonando cualquier intención hostil. Todo el rato, Samuel y Samson que ya se estaba levantando, parpadearon confusos. Y entonces, la voz volvió a sonar.

- Hm, por lo visto el Capturador Giratorio todavía necesita trabajo, eso parece...

Los primos Oak se voltearon hacia un lado, y vieron a otro muchacho que venía acercándose rápidamente entre los árboles para recoger los pedazos del trompo. Se veía cercano a la edad de ellos, con pelo negro despeinado y una expresión fruncida en el rostro. Su ropa se veía al estilo típico de Alola, pero era muy diferente a cualquiera que Samuel hubiera visto en sus vacaciones. El chico ladeó la cabeza con curiosidad.

- ¿Se encuentran bien los dos? – preguntó el chico mirándolos, fijándose por un momento más en Samson y sus heridas. Al ponerse de pie, Samson se tocó la rodilla y asintió.

- Uhm, sí, gracias.

- ¿Quién eres tú? – preguntó Samuel, mientras el chico metía los restos del trompo en una pequeña bolsa. El recién llegado se volvió hacia ellos, igual de inquisitivo.

- Adalbert Hastings. ¿Y ustedes son...?

- Samuel Oak, y él es mi primo Samson.

- Gusto en conocerlos. – Adalbert les sonrió a ambos. – Me disculpo por meterme, pero parecía que realmente necesitaban ayuda.

- ¿Qué fue eso? ¿Eres inventor o algo así? – preguntó Samuel, mirando su bolsa. Adalbert se aferró a ella en respuesta.

- Algo por el estilo. Es algo para un proyecto escolar.

- No creo haberte visto por aquí antes. – dijo Samson frotándose el mentón, y mirando al pelinegro con los ojos entrecerrados.

- No soy de Alola, mi familia está aquí de vacaciones ahora y yo vine con ellos. – Adalbert le echó una mirada rápida al sol que tenía frente a ellos, y luego hacia el camino. – Hablando de eso, debería volver con ellos. Asegúrense de no enfurecer a otro Bewear, ¿de acuerdo?

Adalbert se dio la vuelta y se fue corriendo tan rápido como vino, dejando a Samuel y a Samson a solas y confundidos con lo que acababa de pasar. Tras un rato, los dos finalmente decidieron volver con sus familias, recibiendo un buen regaño por irse a un lugar tan peligroso sin decirle a nadie y les advirtieron que nunca más volvieran a hacerlo a menos que tuvieran un Pokémon con ellos o algo así.

Pero incluso después de ese hecho, Samuel no podía dejar de pensar en ese chico Hastings. Él se acobardó cuando tenía que haber sido valiente, pero ese otro chico actuó en el momento correcto, salvándolos a él y a su primo con lo que fuera que hubiese hecho ese trompo volador con el Bewear. Había muchas preguntas que le quedaban tras ese breve encuentro, y necesitaba respuestas.

Y así, Samuel tomó la determinación de volver a ver a ese chico.

Después de la pequeña escapada que hicieron él y Samson, los padres de Samuel se aseguraron de que no pudiera moverse libremente en los días siguientes, vigilando que pasara su tiempo ya fuese en su casa de Hau'oli o dentro de su campo de visión. Como resultado, el pequeño Samuel terminó aburrido a más no poder entre juegos de mesa con sus padres o con Samson, y escuchar discusiones interminables por televisión de otros adultos sobre como aumentaban las tensiones con las naciones de Guardianes, la guerra que estaba ocurriendo con ellos y otras cosas aburridas. Al chico no le importaba mucho escuchar de eso todos los días, pero si la guerra pudiera ponerle fin a esas charlas, ya debería haber terminado en vez de que la gente estuviera con eso de "Guardianes esto, Guardianes aquello".

Sin mucho tiempo para jugar, Samuel continuó pensando en aquel chico Adalbert al que conoció. Quería por lo menos darle las gracias, y tal vez hablar con él, luego de aquel breve encuentro, y ese deseo pareció acrecentarse con todo el aburrimiento. Así, mientras sus padres estaban descansando, Samuel decidió escaparse de su casa y volver a donde conoció a Adalbert, esperando poder encontrarlo otra vez.

Mientras ponía un pie sobre el camino de tierra, cuidando de no salirse de la línea demasiado ni de hacer mucho ruido en caso de que ese Bewear siguiera por allí cerca, Samuel trató de mantener los oídos abiertos ante cualquier sonido extraño, y los ojos mirando de izquierda a derecha.

Y entonces, captó un sonido chirriante, suave pero continuo, con un golpe quieto al final. Samuel se acercó de puntillas, cuidando de permanecer escondido entre los arbustos y árboles pequeños, y finalmente lo vio: Adalbert, con el cejo fruncido y mirando su pequeño trompo giratorio luego de presionar un botón encima de él, dando unos pasos para alejarse del objeto mientras empezaba a girar, apretando los puños.

- Vamos, vamos… – murmuró el pelinegro con expresión sombría.

El trompo volvió a girar un poco más, una y otra vez… y de repente se detuvo, rodando en el suelo hasta detenerse. Adalbert movió la cabeza negativamente, enfurruñado, y volvió a recoger su dispositivo.

- No sirve, el Capturador Giratorio nunca funcionará de este modo. ¿Qué estaré haciendo mal? – murmuró para sí mismo mientras miraba con frustración.

Samuel continuó observándolo, tratando de entender lo que el chico estaba haciendo. En su curiosidad, movió algunas ramas de los árboles demasiado fuerte, y accidentalmente las rompió. Se quedó congelado, y Adalbert se puso de pie, ocultando el dispositivo rápidamente a su espalda.

- ¿Quién está ahí? – preguntó, con el gesto fruncido en el rostro.

Samuel tragó saliva, y entonces respiró profundo. Salió de entre los arbustos para dejarse ver, rascándose la nuca con nerviosismo mientras lo hacía. El otro chico entrecerró los ojos con expresión interrogante.

- Oh, eres tú… Samuel, ¿correcto?

- Sí. – Samuel siguió rascándose el cuello, moviendo los pies por la arena, y sin atreverse a mirar de frente a Adalbert. – Perdón por haberte asustado, yo solo… quería verte de nuevo, y también darte las gracias por lo del otro día.

- Bueno, no fue nada. – dijo el otro chico encogiéndose de hombros.

El silencio volvió a reinar entre los dos, y Adalbert continuó mirando a Samuel de manera escéptica, bastante reservado. Samuel sonrió algo intranquilo, pues no le gustaba la incomodidad en absoluto. Tragando en seco, miró el dispositivo claramente reparado en las manos de Adalbert.

- Así que… ¿sigues trabajando con tu trompo?

- No es un "trompo", se llama "Capturador Giratorio". – Adalbert adoptó un gesto fruncido, escondiendo el dispositivo detrás de la espalda. Se volvió hacia él, abriéndolo y empezando a juguetear con sus componentes. – Todavía está en estado de prueba, pero si funciona bien, podrá ayudar a la gente a pacificar a los Pokémon con facilidad.

- ¿Una Pokébola no serviría del mismo modo? – preguntó Samuel, haciendo que Adalbert adoptase una cara de horror por un segundo, y luego negó con la cabeza.

- Puede parecer similar, pero funcionaría de manera diferente. Se trata más de compartir tus sentimientos con los Pokémon salvajes, asegurándose de que no se vuelvan agresivos. Eso ayudaría a hacer del mundo un lugar menos peligroso, más o menos.

Samuel hizo una pausa, volviendo a fijar la mirada en la creación de Adalbert, repitiendo la declaración de Adalbert en su cerebro. Durante toda su joven vida, había tenido que oír de todos y ver por sí mismo lo peligrosos que podían ser los Pokémon: incluso algo tan pequeño como un Rattata, o tan abrazable como ese Bewear, podría e incluso atacaría a cualquier humano que se metiera en su territorio si no sabía lo que hacía. Nadie podía permitirse tomarse las cosas con calma en el mundo como estaba ahora. Siempre había visto a los Pokémon como criaturas dignas de respeto y hasta algo de temor, pero pacificarlos… ¿eso era posible?

- ¿Se puede hacer eso de verdad? – le preguntó, dando un paso al frente. Adalbert suspiró, y miró con algo de rabia su trompo.

- Bueno, yo podría, si esta cosa funcionara… es que no pudo mantenerla mucho tiempo en movimiento.

Samuel permaneció pensativo, observando el objeto. Entrecerró los ojos y luego cruzó los brazos.

- Uhm... ¿puedo verlo?

Adalbert se quedó mirando a Sam de nuevo, todavía apretando con la mano su creación. Después de un rato, se lo entregó, permitiéndole a Sam analizarlo en detalle. Ciertamente se veía desgastado, y había sido reparado lo mejor posible luego de haber terminado aplastado varias veces, con grietas y piezas reconstruidas por cada lado. De verdad tenía el aspecto de un proyecto en el cual el chico ponía toda su pasión, un sueño que quería ver hecho realidad un día. Era casi como aferrarse con las manos a sus sueños, de cierto modo, y Samuel podía ver que Adalbert ponía sus deseos en cada pieza del Capturador Giratorio.

- Hmm... – Samuel continuó dándole vueltas al trompo, abriéndolo y cerrándolo. Y entonces sonrió, tocando la punta de hierro en el lado inferior. – Oh, ya entiendo. Esta parte de aquí es muy larga y está desgastada. No puede sostener apropiadamente el peso.

- ¿En serio? – El chico agarró de nuevo su Capturador, volviendo a observarlo, en particular la susodicha pieza de metal que estaba salida y desgastada en la parte inferior. Se frotó el mentón, pensando profundamente. – Bueno, podría recortarla unos pocos milímetros. Vamos a probar…

Agarrando una pequeña caja de herramientas, Adalbert rápidamente retiró la pieza defectuosa y la reemplazó con una ligeramente más corta, y luego colocó el aparato en el suelo para activarlo de nuevo, tomando su distancia mientras empezaba a rotar. Los dos chicos mantuvieron la mirada pegada en el dispositivo mientras giraba, rápido, más rápido, y luego más despacio. Y luego se detuvo, perfectamente derecho, todavía girando como debería hacerlo.

- ¡Funcionó! ¡Sí! – exclamó Adalbert, levantando ambos puños hacia el cielo. Samuel simplemente le sonrió, observando el dispositivo de Adalbert con algo de orgullo propio. Adalbert se volteó entonces a verlo, con la expresión suavizada.

- Gracias por la ayuda. Estaba seguro de que era un problema de los mecanismos internos y no revisé la base. ¿Eres inventor también?

- No realmente. – Sam sonrió tímidamente. – Mi papá es mecánico, así que aprendí una o dos cosas de él.

- Bueno, me ayudaste a resolver un gran problema aquí. Lo aprecio mucho. – le sonrió también, a lo cual Sam solo pudo devolvérsela, volviendo la mirada al dispositivo que todavía seguía girando.

- Entonces, ¿esta cosa realmente puede pacificar a los Pokémon como dijiste?

- En teoría, será capaz de hacerlo. Al menos una parte de ellos. – Adalbert recogió el trompo, deteniendo su movimiento y sosteniéndolo con una sonrisa de orgullo. – El Capturador Giratorio libera ondas calmantes que pueden transferir los sentimientos del usuario hacia el Pokémon, induciéndolos a ser más dóciles y cooperativos. Por ahora, lo único que he logrado es provocarles migrañas, pero es un inicio.

- ¡Eso es genial! Pero, ¿por qué estás haciendo algo como esto? Quiero decir, pareces muy joven.

- Como dije, es parte de un proyecto que estoy haciendo para la escuela en la que estudio. Por ahora no es nada grande, pero podría llevar a cosas buenas en el futuro. Un chico llamado Gordor me está dando una mano, pero yo soy quien está haciendo la mayor parte del trabajo.

El chico kantoniano se mantuvo en silencio mientras Adalbert continuaba hablando, observando y manipulando el trompo un poco más. Todavía no sabía nada de él, pero podía ver lo dedicado que estaba a su pequeño proyecto, trabajando en él y tratando de mejorarlo. Podía identificarse con esa pasión, por diferente que fuera de la suya.

- Todo esto suena muy interesante. – dijo Samuel, ampliando su sonrisa todavía más.

- ¿En serio? – Adalbert arqueó una ceja ante el comentario. – Mi familia usualmente me ignora cuando hablo de ello. No son personas muy científicas.

- Bueno, querer encontrar una forma de volver a los Pokémon menos hostiles es un buen sueño. – Samuel volvió a dirigir la mirada de regreso al dispositivo, con los ojos brillándole de curiosidad. – Me encantaría saber más.

El otro chico parpadeó al oír sus palabras, y su expresión de tristeza se iluminó con una pequeña sonrisa.

- Me alegra saberlo. – El joven científico dejó de lado el Capturador y miró a Samuel lleno de confianza. – Dime, pareces ser bueno en notar detalles. Si te interesa saber más, ¿qué tal si me ayudas a completarlo?

- ¿Puedo? – El joven Oak ensanchó los ojos.

- ¡Absolutamente! Me vendría bien un asistente. A veces tiendo a apurar demasiado algunas cosas. – Adalbert se rio nervioso al decir eso, y le ofreció una mano a Samuel. – Y bien, ¿qué me dices, te interesaría?

La sonrisa de Samuel volvió a iluminarle la cara, y no pasó mucho antes de que le diera un vigoroso apretón a Adalbert.

- ¡Claro!

Ambos chicos sonrieron, y con ello, acababa de nacer una gran amistad.

Samuel y Adalbert pasaron el resto de la tarde y parte de las horas tempranas de la noche trabajando en el Capturador Giratorio. El chico kantoniano sugería algunas mejoras que el joven científico ni siquiera había pensado, las cuales gustosamente incorporó, afinando los componentes lo mejor posible. Era una dura labor, y muchas de las mejoras tuvieron que ser descartadas poco después, pero ambos chicos se estaban divirtiendo mucho discutiendo y mejorando el pequeño trompo giratorio, lo que les hacía poner todavía más empeño en él.

Y así, con la luna brillando sobre ellos, Adalbert finalmente sostuvo el Capturador Giratorio completado en alto, con una sonrisa de oreja a oreja en su rostro.

- ¡Y, listo! ¡El Capturador Giratorio versión 1.5 está terminado! – dijo alzando su puño libre.

. ¡Grandioso! ¡Ahora, todo lo que hay que hacer es probarlo! – Samuel también sonrió, hasta que comenzó a mirar a su alrededor. – Aunque, primero necesitamos encontrar un buen Pokémon para eso…

- No hay de qué preocuparse. – Adalbert dejó salir una carcajada divertida, mientras cogía una bolsa que estaba debajo de un árbol, sacando un puñado bayas Oran y Sitrus que sostuvo con la mano. Luego las aplastó, dejando que el jugo chorreara por sus manos, para luego ahuecarlas sobre su boca y gritar a todo pulmón. – ¡Heeeey, Pokémon salvajes! ¡Vengan, los estamos esperando!

- Espera. – Samuel se quedó congelado al oír eso. – ¿Qué estás…?

- No hay tiempo para esperar a que venga un Pokémon, así que hay que llamarlos. ¡Vengan aquí, todos ustedes!

Samuel quería tratar de disuadirlo de ese plan, pero el chico continuó sacudiendo su mano chorreada de jugo de bayas en el aire, y rápidamente todos los arbustos enfrente de los chicos empezaron a sacudirse. Varios Rattatas Alolanos e incluso un Raticate asomaron las cabezas y olfatearon en el aire, hasta que finalmente se lanzaron contra Adalbert con los colmillos brillando y sonrisas macabras y hambrientas en sus rostros. El joven inventor dio una sonrisa audaz, mientras Samuel perdía todo el color de su cara.

- ¡Cuidado! – gritó el chico kantoniano, sintiendo que el miedo le hacía echar raíces mientras la manada de Pokémon salvajes se le echaban encima al joven Hastings.

- ¡Comencemos el experimento! – Adalbert extendió su bastón, y luego activó el dispositivo. – ¡Capturador Giratorio, vamos!

El pequeño trompo giró más rápido que nunca hacia los Pokémon que venían a toda velocidad, y el joven científico comenzó a marcar el camino rápida y firmemente mientras el Capturador encerraba en un círculo a los Pokémon uno por uno, trazando varios aros antes de moverse al siguiente. Un olor de maquinaria quemada llenó el aire mientras el dispositivo giraba más y más rápido, pero el trompo nunca se paró a pesar de ello, y Adalbert tampoco desaceleró el paso con sus movimientos precisos y clínicos. Lentamente, cada Pokémon se fue deteniendo, y su deseo hambriento de lanzárseles encima se redujo hasta que finalmente se detuvieron a pocos pasos. Poco a poco, todos los temibles y peligrosos Pokémon roedores simplemente se quedaron enfrente de Adalbert, con confusión dibujada en sus rostros, todo bajo la mirada impresionada de Sam. El chico kantoniano tragó en seco, esperando que los Pokémon Normales/Oscuros empezaran un ataque que nunca llegó.

- ¿Y… funcionó?

- Solo hay una forma de averiguarlo. – sonrió Adalbert, sosteniendo su mano impregnada de jugo de bayas frente a los rostros de los roedores. Los muchos Pokémon se quedaron viéndola, volviendo a recuperar sus expresiones hambrientas, y actuando en el impulso. Sam habría acudido a su rescate, de no ser porque se dio cuenta de lo que pasaba: todos los Rattatas y el Raticate simplemente se pusieron a lamer el jugo de las manos de Adalbert, mientras el chico seguía sonriendo divertido y les acariciaba las cabezas, mientras los roedores se regodeaban de gusto.

Samuel se había quedado sin palabras, pues toda la escena se sentía surreal. Incluso con una Pokébola, la mayoría de los entrenadores usualmente necesitaban algo de tiempo para ganarse la confianza de un Pokémon, y aun así Adalbert se las arregló para calmar a una horda de Pokémon salvajes y hambrientos y hacerse su amigo en cuestión de segundos. Fue una visión extraña, aunque reconfortante, y que demostraba que el mundo podía llegar a ser mejor gracias al pequeño dispositivo de Adalbert. Sin embargo, el chico kantoniano todavía negó con la cabeza y miró enfurruñado a su amigo.

- No deberías ser tan descuidado, Adalbert. Podrías haber resultado herido, o algo peor.

- Pero funcionó, ¿o no? – Ya con la mano limpia, Adalbert se despidió de los Pokémon mientras volvían a perderse entre la espesura. Luego encaró de nuevo a Samuel, sin perder su sonrisa de confianza mientras levantaba el dedo. – El progreso no espera a nadie, y no voy a bajar el ritmo con mi trabajo.

Sam habría querido sermonearlo más, pero se le hizo difícil, especialmente viendo la sonrisa por todo el rostro de Adalbert. No podía culparlo cuando se veía tan emocionado por sus sueños, así que simplemente le echó una mirada de reproche y esperó que fuera suficiente. El chico simplemente se encogió de hombros, y fue a recoger el Capturador Giratorio, que echaba algo de humo y había quedado ligeramente ennegrecido.

- Parece que el Capturador Giratorio todavía necesita algo de trabajo para no recalentarse, pero definitivamente es un buen inicio. – Se volvió hacia Samuel, acercándose para ponerle la mano sobre el hombro. – Muchas gracias por tu ayuda, Samuel. Has sido un gran asistente.

Al oír eso, la preocupación desapareció del rostro de Sam, y le sonrió a su nuevo amigo.

- No fue nada, de hecho fue divertido trabajar en ello. Aunque tal vez deberías pensar en un mejor nombre para él. Lo de "Capturador Giratorio" suena un poco ridículo.

- ¿Tú crees? Quería algo que fuese corto y descriptivo, algo que fuera directo al punto, más o menos.

- Bueno, usas ese bastón para controlarlo. ¿Por qué no algo como "Styler de Captura"?

- Hmmm, lo pensaré. – El chico se quedó viendo el Capturador Giratorio por un rato, y luego encaró al kantoniano una vez más. – Por cierto, ¿crees que puedas venir mañana? Me encantaría trabajar contigo otra vez.

- No lo sé. – Samuel sonrió tímidamente, rascándose la nuca. – Mis padres seguro estarán furiosos de que me escapé y volverán a castigarme, y nos iremos de Melemele muy pronto.

Adalbert frunció el cejo un poco, antes de suspirar y negar con la cabeza. Volvió a encarar a su amigo, cuya expresión seguía viéndose algo triste.

- Qué lástima. – Adalbert se las arregló para sonreírle, mirando a los ojos a su nuevo amigo. – Bueno, si llego a estar en Alola en algún futuro, siempre puedes estar seguro de que me encontrarás aquí. Siempre que estés en el área, siéntete libre de pasar por aquí. ¿Qué dices?

- Suena grandioso. – Samuel volvió a sonreír. – Espero con ansias el día que nos volvamos a ver.

- También yo.

Y con eso, ambos muchachos se despidieron, regresando a sus hogares respectivos por esa noche.

Aquel día fue el inicio de una larga y divertida serie de colaboraciones: cuando cualquiera de los dos estuviese en Alola, ambos se aseguraban de hacer al menos un viaje a su pequeño lugar secreto en Isla Melemele, esperando encontrar al otro. Después de un tiempo, ambos, Samuel y Adalbert descubrieron como hacer coincidir sus visitas, y con ello encontraron más formas de pasar tiempo juntos al correr de los años. Seguían siendo horas muy pasajeras y breves, donde pasaban más tiempo trabajando en los inventos de Adalbert que hablando entre ellos, de donde venían o qué estaban haciendo más allá de cosas menores, pero eso no se interpuso en su amistad. Todo lo contrario: a Samuel le encantaba compartir el sueño de Adalbert y ayudarlo a hacerlo realidad, quizás más incluso que pelear.

Y con eso, los años transcurrieron, y la amistad de Samuel y Adalbert se tornó en una relación de colaboración y mucha confianza el uno en el otro.

Mientras Samuel Oak caminaba por el ya familiar y bien andado sendero, no pudo evitar sonreír y mirar su Pokébola, con su confiable Charmander descansando adentro. Tomar ese viaje a Alola justo después que empezara su viaje Pokémon fue un poco duro para su billetera, pero realmente quería compartir un momento tan importante en su vida con uno de sus mejores amigos tan pronto como le fuera posible. Afortunadamente. Después de unos cinco años o un poco más de conocerse, ya tenía una buena idea de que Adalbert ya estaría allí, y a lo mucho tal vez podría capturar algunos Pokémon alolanos por el camino para compensar el viaje.

Afortunadamente, el plan de emergencia resultó ser innecesario al llegar a un claro muy familiar en el bosque, donde vio a su amigo probando en solitario su Styler de Captura, igual que en todas las ocasiones pasadas. Samuel sonrió y agarró con fuerza su Pokébola, y luego la metió en su mochila antes de correr hacia el claro, saludando.

- ¡Adalbert! – gritó. Su amigo rápidamente detuvo el dispositivo y se dio la vuelta, sonriendo y levantando también su mano.

- ¡Oh, Samuel! ¡Te tomaste tu tiempo! – La sonrisa de Adalbert aumentó, mientras volvía a fijar la mirada en el Styler. – Pensaba que ya no vendrías. Estaba a punto de empacar y marcharme.

- La paciencia nunca ha sido tu fuerte, como siempre. – Samuel negó con la cabeza y cruzó los brazos. – ¿Qué tal va la versión actual del Styler de Captura?

- Bastante bien, ahora puedo capturar a varios Pokémon a la vez y mantener la transferencia de sentimientos por un largo tiempo, y sin sobrecalentarse. Todavía es frágil y se rompe fácilmente, pero ese es un problema menor en este momento. – Adalbert agarró el dispositivo, levantándolo para verlo más de cerca. – La Unión ha expresado interés en producirlo en masa y darme un trabajo como técnico por mis esfuerzos, así que las cosas están resultando muy bien.

Samuel sonrió al oír eso, dejando que su amigo continuara chequeando el dispositivo en silencio. No era la primera vez que mencionaba a "la Unión" o "la escuela" en términos vagos, y aunque él nunca lo obligó a decirle lo que hacían exactamente, entendía lo suficiente el contexto para darse cuenta que era algo muy importante para él. Aunque no lo entendiera del todo, le alegraba saber que Adalbert estaba más cerca de lograr su propio sueño, de un modo u otro. Adalbert, por su parte, le dio a Samuel una sonrisa genuina.

- No lo habría logrado sin tu ayuda. Muchas gracias.

- La mayoría de las ideas fueron tuyas. Yo solo ayudé un poco. – dijo Samuel encogiéndose de hombros.

- No te infravalores. – le sonrió el otro muchacho, cruzando los brazos. – Y pensándolo bien, ¿qué tal te ha ido con tus propias cosas? ¿Lograste algo interesante por tu lado?

- Sí. – Esta vez fue el turno de sonreír. – Hay algo.

Rápidamente, Samuel abrió su bolsa de nuevo y sacó su recién obtenida Pokébola, levantándola hacia el cielo con una sonrisa todavía más grande.

- ¡Ta-da! ¡Aquí está, mi compañero Pokémon! – le dijo. Luego se volvió a Adalbert, cuyos ojos se habían ensanchado y ahora señalaba con el dedo el dispositivo de Samuel.

- ¿Qué? – le preguntó, con la boca abierta. Samuel abrió la esfera sosteniéndola en alto.

- ¡Charmander, sal ahora!

La esfera se abrió, y su pequeño Charmander se materializó en el aire, saltando directo hacia los brazos de Samuel. El joven entrenador abrazó a su Pokémon con fuerza, y rápidamente se volvió hacia Adalbert, mientras su Pokémon de Fuego saludaba a su amigo.

- Es un poco inquieto, pero realmente quería que lo vieras. – Sam le frotó la cabeza a su Pokémon, con los ojos todavía fijos en su amigo. – Algún día seré un entrenador tan grande como mi abuelo, y… me preguntaba si tal vez podríamos viajar juntos, si querías.

Por su parte, Adalbert continuaba mirando a Sam, a su Charmander y especialmente la Pokébola, con un gesto extraño y fruncido dibujado en su cara. Uno que era difícil de determinar si era sorpresa o envidia.

- Entonces, eres una nación de Entrenadores. – murmuró el joven Hastings, casi con desprecio.

- Sí, es solo que la familia de mi primo vive aquí en Alola. – Samuel se rascó la nuca, sintiendo que le bajaba un escalofrío por la espina. – Hablando de eso, no creo haberte preguntado de dónde vienes. ¿Eres de Hoenn? ¿O tal vez de Unova?

La mirada de Adalbert se endureció ante ese comentario.

- Vengo de la Aldea Cocona, en Oblivia. Y no creo que podamos viajar juntos.

La respuesta del chico dejó confundido a Samuel, tratando de descifrar dónde había una región llamada Oblivia. Y entonces se quedó congelado al recordarlo: junto con Fiore y Almia, era una de las "Naciones de Guardianes" que dominaban las noticias cada año, todos los días. Las regiones llenas de gente que amenazaban su estilo de vida, que los querían muertos a todos, y con quienes estaba prohibido hacer amistades. Y el amigo al que había conocido por años era uno de ellos.

Samuel y Adalbert no pudieron más que mirarse uno al otro, con chispas eléctricas volando entre ellas, el Entrenador aferrándose fuertemente a su Charmander y el Guardián apretando su Styler. Nadie se atrevió a decir una palabra, solo se miraron en busca de comprender, y ninguno de los dos tomó acción.

Y entonces, los dos empezaron a reírse al mismo tiempo, una risa que se tornó en carcajadas estridentes que rápidamente estalló entre los dos. Samuel tuvo que limpiarse lágrimas de los ojos, bajo la mirada confusa de Charmander.

- No puedo creerlo. Nos conocemos desde hace años, ¡y todo este tiempo asumí que tú también eras un entrenador!

- ¡Y yo creía que tú eras solo un alolano de otra isla que no pasaba mucho tiempo al aire libre! – dijo Adalbert, agarrándose el pecho mientras seguía riéndose.

Los dos chicos continuaron riéndose de esa loca situación, hasta que la risa y la diversión lentamente desaparecieron, regresando con ella la calma y lo extraño. Ambos, Sam y Adalbert evitaron las miradas del otro, tragando saliva casi en sincronía, y un pesado silencio cayó entre los dos. Samuel fue el primero en hablar, negando con la cabeza.

- Entonces… creo que eso significa que nuestra amistad terminó.

- ¿Por qué tendría que ser así? – Adalbert arqueó una ceja.

- Bueno… – Sam suspiró, frunciendo el cejo con pesadez. – Estamos en bandos opuestos, ¿no?

- También somos niños, y no estamos involucrados en ningún esfuerzo de la guerra. – El gesto fruncido e inseguro de Adalbert dio paso a una de sus sonrisas características. – Quizás no pueda poner un pie en una nación de Entrenadores, pero eso nunca ha sido un problema aquí en Alola.

Samuel se tomó el tiempo de dejarse asimilar eso, y una breve sonrisa propia iluminó su rostro. No quitó totalmente la tensión que los rodeaba, pero al menos le alivió saber que su amigo no lo odiaba con solo verlo. El joven científico sonrió más, y este se acercó más al kantoniano.

- Eso, y que siempre tuve muchas preguntas que quise hacerle a un entrenador si llegaba a verlo. –La sonrisa de Adalbert se volvió un poco más seria, con la mirada fija en la Pokébola de Sam. – Como por ejemplo, ¿por qué mantienen a los Pokémon en Pokébolas? Es decir, ¿no basta con hacerse amigo de ellos? ¿Por qué mantenerlos atados a ustedes?

Samuel levantó a su Charmander y lo abrazó con fuerza, sonriéndole al Pokémon de Fuego.

- Aprendemos uno del otro, y crecemos juntos, tan simple como eso. La mayoría de sus entrenadores suelen conectarse con sus Pokémon antes o después de una captura, y si no lo hacen las cosas usualmente terminan mal para ellos. La Pokébola es… una promesa, podríamos decirlo, de permanecer juntos. ¿Cómo es que ustedes los Guardianes solo se hacen amigos de los Pokémon? ¿Qué pasaría si se les pierden entre los salvajes, o se separan de ellos sin ninguna manera de reunirse con ellos?

- Despedirse y conocer nuevas personas es un hecho de la vida, y eso también aplica con los Pokémon. – Adalbert se encogió de hombros. – Si realmente amas a los Pokémon, hay que tratarlos como iguales, algo que una Pokébola no parece implicar.

- Las Pokébolas también pueden ser destruidas desde afuera, y tienen una función de liberación. Si realmente no nos importara cómo se sienten los Pokémon, los mantendríamos en jaulas o encadenados con grilletes, algo de lo que estoy seguro que sucede en las naciones de Guardianes.

- Es un buen punto, pero todavía siento que la Pokébola implica cierto grado de subordinación, como si la amistad no fuese algo puro. Implica subyugar a un Pokémon a los caprichos del entrenador, y si el entrenador no es buena persona, el Pokémon está en riesgo.

- Eso no lo cuestiono, pero eso ya es un resultado de la naturaleza humana, no un fallo de la Pokébola en sí misma.

Ese fue el inicio de una discusión bastante larga, cubriendo cada ángulo que a los dos muchachos se les pudo ocurrir sobre la división Entrenador-Guardián. A pesar de eso, las preguntas y el debate continuaron de manera tranquila, como si se formara un acuerdo silencioso entre los dos: Samuel y Adalbert realmente querían entender el otro lado, sin odiarlo, así que continuaron discutiéndolo, con ambos manteniendo sus convicciones firmes mientras daban argumentos y contraargumentos.

Los chicos continuaron, aprendiendo y comprendiendo, hasta que la discusión empezó a caer en círculos, y se les agotaron los argumentos a ambos.

- Bueno, parece que nunca estaremos de acuerdo. – dijo eventualmente Adalbert, suspirando y levantando ambos brazos con una sonrisa feliz. Samuel estuvo de acuerdo, dejando en el suelo a Charmander y permitiéndole jugar un poco más antes de volver a mirar a su amigo.

- Puedo ver tus puntos, pero sigo pensando que es más un error en la naturaleza humana que en la Pokébola.

- Y yo veo los tuyos, pero yo siento que sin la Pokébola habría menos tentación para que la gente pudiera abusar, y no cambiaré mi opinión.

- Tampoco yo. Mi Charmander se quedará en su Pokébola. – dijo Sam. Adalbert sonrió, volviendo a fijar la mirada en Charmander mientras corría de un lado al otro.

- Pero eres un buen chico, confío en que él estará bien contigo.

Los dos muchachos se permitieron reírse juntos, dejando que se les fuera toda la preocupación y la tensión antes de encararse uno al otro. Luego, Adalbert dirigió la mirada hacia el cielo.

- Me agradó esto. Escuchar diferentes perspectivas realmente puede expandir tus horizontes.

- Pienso igual. Yo creía que los Guardianes eran solo personas aburridas en las noticias que siempre estaban planeando cosas malas. – Samuel se rascó la nuca.

- También dicen cosas muy similares de los Entrenadores en la Unión de Guardianes. Y hasta llegué a creérmelas.

De nuevo volvió a caer el silencio entre ambos, todavía con algunos rastros de la preocupación que tenían antes. Y entonces, Adalbert suspiró y negó con la cabeza.

- Si ya no quieres ayudarme más con el Styler de Captura, lo entenderé.

- Para nada, me encanta trabajar contigo. – le sonrió Samuel. Adalbert lo miró fijamente con el cejo fruncido.

- Estoy bastante seguro de que crear cosas para uso de Guardianes es algún tipo de traición.

- No pienso hacer eso. Solo voy a darle una mano a un buen amigo. – replicó Samuel. El joven Hastings no pudo evitar sonreír ante eso.

- Eres increíble, Samuel.

- Estoy seguro que tú harías lo mismo por mí. – dijo el joven Oak, y Adalbert asintió.

- Siempre – Adalbert volvió a mirar el Styler de Captura en su mano, dejándolo en el suelo, y dándole a Sam una mirada muy conocida. – Vamos a trabajar entonces.

- ¡Claro! – Samuel hizo un falso saludo militar y se unió a su amigo en su último experimento.

Y con eso, ambos muchachos volvieron a trabajar, sintiendo que su amistad se hacía más fuerte con su división.

- ¡Hey, Samuel! No esperaba verte por aquí. ¿Ya estás de vacaciones con tu viaje? – preguntó Adalbert, saludando a su amigo mientras se le unía en el claro, con el Styler de Captura girando como era usual.

El joven Oak suspiró, desviando la mirada de su amigo, incluso cuando levantaba la mano para saludarlo. Su mente todavía estaba ocupada de pensamientos con lo que había pasado una semana antes, e incluso aunque hubiera querido volver a ver a su amigo, era difícil concentrarse.

- Podría decirse. – dijo Sam, sentándose bajo un árbol. Adalbert frunció el cejo, recuperando su trompo giratorio para caminar hacia el chico kantoniano.

- No te ves bien hoy. ¿Te pasó algo?

Samuel volvió a mirar a Adalbert, solo para volver a desviar la mirada casi de inmediato. Por instinto apretó los puños tratando de encontrar una forma de soltar sus pensamientos, y su cara se notaba enfurruñada de pesadez.

- Es complicado. Mi rival Agatha y yo terminamos en un lugar llamado los Bosques Drowning, y... – Sam hizo una pausa, frotándose la frente mientras se inclinaba sobre el tronco del árbol un poco más. Su expresión se tornó sombría mientras negaba con la cabeza. – Lo siento.

- Hey, tómalo con calma. – Su amigo obliviano se arrodilló para ponerse a su nivel. – ¿Qué fue? ¿Los atacó un Pokémon salvaje o algo?

- Fueron Pokémon salvajes. – Samuel dio una seca cabezada. – Atraparon al hermano de ella. Él está bien, pero ahora es… diferente.

Desvió la mirada de su amigo, pasando de la hierba a los árboles, y luego al cielo sobre ellos, sintiendo como los recuerdos de aquella noche flasheaban en sucesión rápida. Adalbert, por su parte, bajó su cabeza sin decir palabra.

- Siento mucho escuchar de eso. – le dijo.

Sam simplemente dio una cabezada; él no podía saber lo que realmente había pasado, pero el chico kantoniano apreciaba su preocupación. La mirada de Samuel se fijó de nuevo en su mano izquierda, abriéndola y cerrándola de manera rítmica mientras la contemplaba.

- Nunca en mi vida me sentí tan impotente. – Apretó ambos puños, hundiendo los dedos en sus palmas. – Todavía quiero ser más fuerte, pero hacer eso ahora… parece tan inútil.

Finalmente aflojó el puño, tratando de no ahogarse en su mar de pensamientos, con la mente llena de conceptos pero vacía de decisión. Se ajustó su asiento, y entonces vio a Adalbert sentándose a su lado, con los brazos cruzados.

- ¿Qué piensas que deberías hacer? – le preguntó el otro chico.

Aún en su confusión, Samuel endureció la mirada. Su mente se estaba ahogando en pensamientos y lo asfixiaba la culpa, pero incluso entonces, su nuevo propósito era muy claro.

- Quiero asegurarme que nadie termine igual que el hermano de Agatha. Nadie debería sufrir un destino terrible solo por los caprichos de un Pokémon. – La mirada de Sam era firme y estrecha mientras se colocaba la mano sobre el pecho. – Quiero… no, NECESITO cambiar al mundo, volver más pacíficos a los Pokémon.

- ¿Y crees que puedas hacerlo? – La mirada del obliviano se tornó más aguda ante eso. Hubo otra pausa, y el joven Oak se dio la vuelta. Se llevó las manos a la frente, masajeándola antes de exhalar, tratando y fallando en pensar en una respuesta.

- No tengo idea. Conozco algunas cosas, se me da algo bien la mecánica, pero tratar de cambiar el mundo suena muy grande para mí. Pero hice una promesa, así que…

- No lo sé.

Sam bajó la cabeza, cerrando los ojos. Ya no sabía qué decir ni qué pensar, pues el peso de sus futuros planes se sentía más grande que nunca. Pero Adalbert no perdió un instante en volver a sonreírle.

- Tienes talento, Samuel. Si realmente quieres cambiar al mundo, todo lo que necesitas hacer es intentarlo. Eso fue lo que hice yo.

- Pero tú eres un genio. Yo solo soy bueno para dibujar Pokémon y ocasionalmente para arreglar máquinas.

- Y si tú no fueras bueno con las máquinas, yo todavía seguiría aquí rascándome la cabeza y preguntándome por qué mi Capturador Giratorio no funcionaba como yo quería. – Adalbert negó con la cabeza, mirando hacia el cielo. – Sé lo que estás sintiendo, eso de "cambiar al mundo" es una proclamación muy grande y bien podrías fallar en ella. Yo también he estado allí.

- ¿En serio? – Sam arqueó una ceja en respuesta.

- ¿Qué, creíste que tengo confianza todo el tiempo? Hago el intento, pero también tengo mis dudas. – se rio Adalbert. – Si no fuera por ti hace todos estos años, bien habría podido darme por vencido con el Styler de Captura.

El muchacho de Pueblo Paleta volvió a quedarse en silencio, viendo a su amigo. Su colega obliviano sostuvo el Styler de Captura entre ambos, ese resultado de años de duro trabajo.

- Y mírame ahora: la Unión ha empezado a utilizar los Stylers de Captura, y gracias a ello las Naciones de Guardianes han empezado a volverse menos peligrosas. Esto no habría sucedido si tú no me hubieras ayudado aquel día.

Samuel observó el trompo giratorio, hasta que sus mejillas se tornaron rojas de vergüenza, y se rascó detrás de la nuca tímidamente.

- Aun así, tú pusiste más trabajo en el proyecto que yo.

- Pero eso no quita que tú también contribuiste. Eso es un comienzo, y demuestra que tienes talento. Sabes cómo funciona el Styler de Captura, así que estoy seguro que podrás crear algo igual de bueno. Quizás hasta mejor.

- Ah, ahora estás exagerando. – El chico kantoniano entrecerró los ojos ante eso.

- Hay que ser ambicioso para tener éxito. – Adalbert levantó un puño hacia adelante. – Y no temas pedir una mano cuando la necesites. Siempre podrás contar conmigo aquí.

- Gracias. – Samuel le sonrió a su amigo, sintiendo que la pesadez se le iba solo un poco.

- No fue nada. – Adalbert volvió a darle una de sus sonrisas características. – Veamos qué pude hacer un Entrenador mejor que un Guardián.

- Oye, ¿me estás ofreciendo ayuda, o que seamos rivales? – Samuel también sonrió de la misma forma.

- ¿Por qué no ambas cosas? Un poco de sana competencia puede ser de gran ayuda.

Samuel se rio ante ese comentario. Todavía estaban ahí todas sus preocupaciones, pero Adalbert sin duda sabía cómo hacer mejor las cosas. Le alegraba poder contar con un amigo como él, fuese Guardián o no.

- Está bien. – Samuel apretó los puños, mirando con determinación. – Hagamos nuestro mejor esfuerzo.

Su amigo Guardián asintió sin dejar de sonreír, y con ello, él y el joven Oak comenzaron a trabajar juntos de nuevo, listos para apoyarse uno al otro más que nunca.

Con el pasar de los años, Samuel Oak hizo todo lo que pudo para entender mejor a los Pokémon y encontrar una forma de hacer el mundo más pacífico por cualquier medio necesario. Siendo así, continuó en su camino como entrenador, peleando y ganando tanto como podía, tratando de entender a otros Pokémon por el camino, y a veces dibujándolos por la misma razón. Llegó a ser conocido como uno de los "Entrenadores Legendarios" entre el público por sus habilidades y victorias en las ligas, un título que apreciaba pero nunca sintió que se lo hubiera ganado: jamás se convertiría en la segunda venida de Pallet Oak, y eso estaba bien. Quizás su meta fuera similar, pero su camino era diferente.

Y fue por eso que eventualmente, se retiró de las batallas y se dedicó en pleno a la investigación, lentamente haciéndose un nombre en la comunidad científica como experto en interacciones entre humanos y Pokémon. Era un camino difícil por el cual viajar, pero uno que con gusto había aceptado junto a sus Pokémon y sus amigos, especialmente gracias a la visión de Adalbert sobre el estilo de vida de las naciones de Guardianes y las relaciones que allí se formaban. Mayormente se sentía feliz con sus decisiones, ayudando con esfuerzos de relocalización y publicando importantes artículos de investigación, incluso más cuando encontró el amor con una de sus asistentes, y se convirtió en padre de un sano bebé varón.

Así, en un intervalo de ocho años, muchas cosas cambiaron para Samuel, y el mundo cambiaba junto con él. Desafortunadamente, no todo fue para mejor.

- El último ataque de los Guardianes en la cima del Monte Luna cobra las vidas de cientos…

- El asalto liderado por Entrenadores al fuerte de Guardianes de Vientown ha sido un éxito…

- Las víctimas fatales son numerosas, mujeres y niños…

- La líder del Gimnasio Viridian pierde su vida en la batalla del Bosque Viridian. Se espera que su discípula Agatha Grimm se convierta en su sucesora…

- Varios barcos de Guardianes son hundidos en el asedio de Ciudad Cianwood…

Samuel apagó el televisor, sintiendo que la pantalla negra y vacía se convertía en un alivio por todas las atrocidades que veía en los canales. Costaba creer que se encontraran en medio de una guerra total después de solo unos meses de hostilidades, pero no estaba tan sorprendido. La animosidad entre Entrenadores y Guardianes habría explotado eventualmente, pero él no se esperaba que fueran a escalarse tan rápidamente.

Todo comenzó con un incidente aislado: un grupo de Gyarados atacó varias ciudades costeras, tanto en naciones de Entrenadores como de Guardianes, forzando a ambos lados a tomar acción hasta que finalmente acorralaron al grupo de Pokémon al mismo tiempo en aguas neutrales. Al no tener jurisdicción ni superiores a quienes llamar, ambos lados trataron de lidiar con el problema de la mejor forma que sabían: los Entrenadores querían capturar a los Pokémon y mantenerlos encerrados por siempre, mientras que los Guardianes querían llevárselos a alguna parte donde no pudieran lastimar a otros. Ambos lados creían que sus métodos eran inherentemente superiores, y denunciaban que las del bando opuesto eran brutales o poco efectivos. Ese simple incidente se convirtió en el inicio de décadas de odio y tensiones, y en algún momento, alguien lanzó el primer disparo y las hostilidades estallaron con él.

Era difícil determinar con exactitud quién había empezado y quién tenía más culpa, pero el resultado de los eventos fue claro: tanto los Guardianes como los Entrenadores culparon totalmente al otro bando, y antes que nadie se diera cuenta, comenzó la última Guerra Entrenadores-Guardianes en pleno.

Samuel siempre había sido una persona pacífica por naturaleza, y por suerte su estatus de investigador lo dejó exento de unirse a los esfuerzos de la guerra. Por mucho que le doliera dejar atrás su hogar y a sus amigos, sabiamente decidió mudarse a Alola hasta que pararan las hostilidades con su esposa e hijo. Samson se sintió más que feliz de darles un lugar para quedarse: Alola, habiéndose declarado neutral en las hostilidades, se había convertido en un refugio para los ciudadanos de ambos lados, con los Kahunas locales asegurándose que no hubiera conflictos entre los refugiados. Por fortuna, la mayoría de ellos no querían causar problemas, y la coexistencia intranquila continuó sin perturbaciones, pues todos simplemente querían que terminara la guerra.

Sin mucho más que hacer excepto continuar sus investigaciones y siguiendo los eventos de la guerra, Samuel se puso a pensar. Por mucho que los Entrenadores y Guardianes tuvieran ambos parte de la culpa por cómo estaban las cosas, la manzana de la discordia resultaron ser los Pokémon hostiles. Aquellos que había jurado pacificar.

No podía culparse por la guerra que había en curso, pero todavía se sentía responsable por lo que había pasado. Deseaba poder hacer algo para ponerle fin, ¿pero qué? No era como que pudiese aparecerse en medio del campo de batalla y detener las peleas con unas pocas palabras. Aún con años de investigaciones, no encontraba una forma tan sencilla de resolver los conflictos. El hombre suspiró, frotándose la frente mientras miraba el televisor apagado, sin que viniera ninguna solución a la mente.

Hasta que una serie de pitidos agudos llamaron su atención. Se metió la mano en el bolsillo y rápidamente se sacó un buscapersonas de color azul: un regalo de un viejo amigo, para asegurarse de poder contactarse y prepararse mejor para sus reuniones. Un mensaje aparecía en la pantalla: "¿Puedes venir al lugar de siempre?"

El investigador frunció el cejo, rápidamente tecleó un "Sí" y dejó el buscapersonas de lado. Salió de su casa despidiéndose rápidamente y se fue por el ya familiar bosque para dirigirse hacia el claro. Tal como se lo esperaba, un hombre de pelo negro de su misma edad, con un distinguido sobrero de copa lo esperaba allí, alguien a quien conocía muy bien.

- Gracias por venir, Samuel. – dijo Adalbert, algo más solemne de lo que lo recordaba. No se habían visto en los últimos meses, pero era fácil entender su semblante.

- Ha pasado un tiempo, Adalbert. – Samuel se acercó a su amigo, con la expresión todavía seria. – ¿Para qué me necesitas?

El investigador obliviano tardó unos segundos en hablarle, con las manos en su bata de laboratorio y la mirada distante.

- Creo que solo necesitaba hablar con alguien. Lo has visto, ¿verdad?

- ¿La forma en como nuestros compatriotas se están asesinando entre ellos? Sí, claro que sí.

Otra pausa, y la tensión entre ambos se incrementó. Y entonces, Hastings respiró profundamente, mirando fijamente a su amigo.

- Están utilizando el Styler de Captura. – le dijo. Oak se quedó congelado, sintiendo que el peso de la declaración lo acababa de devastar.

- Espera, ¿quieres decir que…?

Adalbert adoptó una mirada furiosa, casi asqueada, mientras le daba una patada al suelo.

- Pueden controlar a los Pokémon salvajes locales y ordenarles que ataquen a los oponentes. ¿Por qué crees que los Guardianes tienden a atacar a los Entrenadores en lugares llenos a reventar de Pokémon salvajes?

Oak se puso a pensar en las palabras de su amigo. Aunque siempre había la incursión ocasional a pueblos y ciudades de interés estratégico, la mayor parte de las fuerzas de los Guardianes tendían atacar en locaciones como bosques, montañas, y a menudo en el mar, siempre con algunos Pokémon que voltearan la situación cuando el armamento no era suficiente. La lógica tenía sentido y todo encajaba, y quizás por eso nunca había hecho la conexión. Volvió a encarar a su amigo de nuevo, mirándolo con algo de rabia.

- Es decir que tú…

- ¡No! ¿Por quién me tomas? ¡Soy el Jefe de Tecnología de la Unión de Guardianes, pero esta fue una decisión a la cual no podía oponerme de ninguna manera! – espetó Hastings, más furioso de lo que jamás había estado. Ambos investigadores hicieron una pausa, quedándose con la mirada perdida una vez más, hasta que Hastings se frotó la frente pensativo. – Yo creé el Styler de Captura para promover la paz, no para esto…

Oak no supo qué decir, y ya se había arrepentido de su insinuación abortada. Quizás no hubiera creado lo que terminó siendo un arma, pero podía entender muy bien la culpa que sentía su amigo.

- Podría tratar de abandonar la Unión de Guardianes, pero aunque no apoye la guerra, las Naciones de Guardianes necesitan de mi ayuda. Y si llego a marcharme, alguien más dispuesto a avivar la guerra podría proveer a los Guardianes de armamento además de los Stylers, y eso no lo puedo permitir. – Adalbert volvió a encarar a su amigo, con toda su energía usual inexistente. – No tengo idea de qué hacer ahora.

Encarado con la misma pregunta que tenía sobre sí mismo, Oak frunció el cejo mientras contemplaba la hierba. Ambos estaban entre la espada y la pared, y no había manera de parar la guerra en sus propios términos; eran profesores, no trabajadores milagrosos. No podían cambiar la naturaleza humana en un abrir y cerrar de ojos así nada más.

Y entonces, algo lo golpeó en su mente, y una idea comenzó a formarse finalmente. Claro, la culpa principal de la guerra seguía en el prejuicio y en la división ideológica entre Entrenadores y Guardianes, pero el origen seguía siendo la hostilidad de los Pokémon. Y si un incidente con Pokémon híper-agresivos fue la chispa que encendió la guerra, eso era algo en lo cual podían actuar. Quizás no ayudara en nada, quizás empeorara las cosas, pero no se podían quedar sentados sin hacer nada mientras sus hermanos y hermanas se mataban entre sí.

- Solo hay una solución. – Samuel miró a su amigo con una convicción renovada. – Necesitamos pacificar a los Pokémon de alguna manera.

Adalbert le devolvió la mirada incrédulo, y negó con la cabeza.

- Hemos estado trabajando en eso por años, Samuel.

- Pero nunca juntos, jamás intentamos poner el esfuerzo a partes iguales. – Samuel se las arregló para sonreír, pensando en sus futuros prospectos. – Modestia aparte, ambos estamos entre las mentes más aptas para el trabajo. Tú creaste un dispositivo capaz de calmar a los Pokémon, y yo soy un experto en las interacciones entre humanos y Pokémon. Si alguien puede lograrlo, somos nosotros. – El investigador kantoniano le extendió la mano a su colega, con más confianza que nunca. – ¿Quieres intentar lograr lo imposible conmigo?

Hastings se quedó observando la mano un poco más de lo necesario. Su expresión poco a poco cambió de preocupada, hasta tornarse llena de esperanza y determinación igual que la de su amigo.

- Con gusto. – dijo mientras estrechaba la mano de Oak. Y con ello, ambos comenzarían su investigación más importante.

Samuel y Adalbert tenían todo en su contra cuando comenzaron su proyecto: estaban solos, no tenían presupuesto, y tenían que asegurarse de que nadie descubriera sus reuniones secretas ni su plan. Esto resultaba particularmente difícil para Hastings, pues tenía que poner excusas para hacer viajes frecuentes a Alola y asegurarse de que sus guardaespaldas no se percataran de sus verdaderos intereses. Pero incluso Samuel también necesitaba cubrir apariencias enfrente de sus colegas científicos, y tenía que pensar en su familia. Como resultado, solo tenían momentos muy breves de trabajar juntos, haciendo que un esfuerzo que ya de por sí era complejo fuese todavía más difícil.

Pero ambos eran inteligentes, estaban acostumbrados a trabajar en secreto, y eran testarudos e ingeniosos cuando tenían que serlo. Y por la parte de Oak, su primo Samson estaba más que feliz de ofrecer cuidar de su hijo cuando necesitaba tiempo, al punto que comenzó a decir que le gustaría abrir una escuela en el futuro. Y así, incluso con todos los obstáculos, la investigación que llamaron por el nombre código "Proyecto Coexistencia" comenzó de lleno.

- La clave de esto será tu Styler de Captura. – dijo Samuel; él y Adalbert se encontraban frente a la mesa de su taller improvisado en medio del bosque, lejos de los ojos de cualquiera que pudiera espiar, mientras el investigador kantoniano tocaba con los dedos el trompo giratorio de Hastings. Adalbert se puso a jugar con su bigote, mirando el dispositivo.

- ¿Hablas de la transferencia de sentimientos para pacificar a los Pokémon? Es una buena idea, pero mi dispositivo fue hecho solo para afectar a unos pocos Pokémon a la vez, y en cercanía.

- Necesitamos algo que haga lo opuesto. Debe afectar a varios Pokémon a la vez, en un amplio radio de acción.

- Sin embargo, para hacer eso nos arriesgamos a sacrificar efectividad a cambio de área de efecto.

- Eso está bien, lo importante es que funcione. Podemos cambiar al mundo lentamente, mientras haya resultados tangibles. – dijo Samuel. Adalbert asintió, con los ojos fijos de vuelta en su creación, antes de ponerse un dedo en el mentón de manera pensativa.

- El problema sigue siendo en cómo lograr que funcione la transferencia de sentimientos.

Ambos investigadores se quedaron en silencio, examinando las posibilidades mientras miraban el trompo. Era su primer paso, y por mucho el más importante. Oak entrecerró los ojos, y se rascó la barbilla.

- ¿La transferencia tiene que ser inmediata? ¿No es posible absorber los sentimientos de entrenadores y Pokémon cercanos, y transmitirlos? ¿Quizás tal vez usarlos como fuente de energía?

- Hm... – Adalbert continuó observando el trompo. Y entonces, una sonrisa de aprobación se formó en su rostro.

Y con esa vista silenciosa, los dos científicos dieron su primer paso para hacer del mundo un lugar mejor. Les llevó varios meses hacer un prototipo que funcionara, teniendo que pasar por varios errores, callejones sin salida, y tener que empezar de cero, todo mientras la guerra Entrenadores-Guardianes se volvía más y más horrible a su alrededor. Ambos hacían su mejor esfuerzo por abogar por la paz entre Entrenadores y Guardianes, sin buenos resultados por ningún lado.

Pero eso no desanimó a ninguno de ellos. Más bien, los hizo sentirse todavía más determinados, y gracias a esa determinación Samuel y Adalbert finalmente lograron crear una versión de su proyecto que funcionaba, lo bastante poderosa para pacificar a algunos de los Pokémon locales en pequeñas cantidades. No era algo que un Styler normal no pudiera hacer y no era permanente, pero al menos era un paso adelante.

Y tras eso, los dos estuvieron listos para dar el siguiente.

- Todavía le falta algo más. – Adalbert continuaba observando el núcleo actual de su dispositivo, similar al que le daba su energía a la tecnología de los Guardianes. – El Styler de Captura funciona implementando la rotación como una forma de concentrar el efecto, pero eso por sí solo no funcionará de este modo. Sin embargo, si requiere rotación constante alrededor de los Pokémon no tendría sentido que esto fuese un método fácilmente replicable.

Samuel se rascó la cabeza, mirando otro sector del núcleo. Aunque estaba derivado parcialmente del Styler de Captura, no era para que funcionara exactamente de la misma manera. Tal vez el mejor curso de acción era evitar emular su funcionamiento en su totalidad, y en vez de eso intentar algo diferente.

- ¿Quizás la transferencia de sentimientos pueda funcionar a la par con algo más?

- ¿Qué tienes en mente?

- Siento que si podemos fortalecer el efecto, podríamos evitar el problema que estamos enfrentando ahora mismo.

- Eso nos pone a riesgo de que sea demasiado poderoso. – dijo Adalbert con una mirada muy seria. – Podríamos estar rozando la línea de control mental aquí.

Samuel suspiró. Desde que el Styler de Captura se había vuelto conocido por los Entrenadores, más de una persona comenzó a asociar la práctica con lavarle el cerebro a los Pokémon para hacer lo que uno quería, y aunque él sabía que ese no era el caso, podía ver de dónde venía la acusación, y cómo se estaban arriesgando a ello. Rápidamente negó con la cabeza.

- No podemos llegar a ese nivel. Los Pokémon salvajes siguen siendo criaturas inteligentes en su mayor parte, y solo queremos que se vuelvan más pacíficos, no controlarlos ni que pierdan totalmente sus instintos de combatir. Sin mencionar que no queremos que esta idea se convierta en un arma.

- Concuerdo. Pero esto trae el riesgo de que nuestro proyecto no funcione tan bien como podría. –Adalbert cruzó los brazos con una expresión algo triste. Oak se rascó la cabeza, volviendo a fijar los ojos en su prototipo mientras volvía a repasar sus planes.

- La idea es que, bajando los niveles de agresividad, los Pokémon sean capaces de pasarles el comportamiento positivo a la próxima generación. Hay la posibilidad de que un Pokémon de voluntad muy fuerte o muy testarudo pueda resistir los efectos, pero en su mayor parte eso sería más la excepción que nos podemos permitir si funciona para todos los demás.

- También tenemos que asegurarnos de que el dispositivo sea pequeño, discreto, y lo más importante, duradero. – dijo Adalbert.

- Especialmente la última parte. – Samuel miró la pila de Stylers de Captura acumulados en el suelo, resultado de sus experimentos. – A juzgar por el Styler de Captura, un Pokémon de la primera generación volvería a su nivel de agresividad una vez que el dispositivo deje de funcionar.

- Anotado. Y bien, de vuelta con el tema anterior, ¿qué podría funcionar en combinación con los sentimientos?

Esa pregunta solo trajo más silencio. Necesitaba algo que no fuese en contra de los sentimientos, sino más bien que los complementara. Más allá de otros sentimientos, no se les ocurrían otras posibilidades en esa área. Hasta que de pronto, Samuel chasqueó los dedos.

- El suelo.

- ¿Qué? – Adalbert le dio una mirada confusa.

- Es algo de lo que me di cuenta mientras estudiaba a los Pokémon: muchos de ellos tienen una conexión familiar con el suelo sobre el que crecen, como si tuviera un efecto calmante. En particular lo usan los criadores Pokémon como una forma de lidiar con Pokémon difíciles, y es algo que podríamos emplear aquí. – dijo Samuel. Su tono sonaba tentativo, pero esperanzado; cuando lidiaban con tantas variables desconocidas, cada camino se sentía como un salto en la oscuridad.

- Entonces, sería una forma de radiación inofensiva basada en el suelo, ¿para fortalecer el efecto de los sentimientos? – Adalbert pensó brevemente en la sugerencia de su amigo, y luego asintió. – Suena arriesgado, pero valdría la pena intentarlo.

Con eso bastó para que Samuel volviera a sonreír.

- Vamos a intentarlo entonces.

Les llevó todavía más meses de experimentar y afinar detalles para asegurarse que la radiación y sentimientos funcionaran juntos de la manera correcta. Era extremadamente difícil hacer que dos fuentes de energía completamente diferentes funcionaran juntas, más cuando una era algo abstracta y otra bastante concreta, pero tras varios intentos los científicos lograron encontrar una forma de emitir una forma de radiación inofensiva de los suelos que podía esparcirse en la misma longitud de onda que la transferencia de sentimientos en la cual basaban su idea. Trabajaron incansablemente para asegurarse que los humanos no se vieran afectados, y que llegaran a la cantidad correcta de radiación para no causar efectos adversos, pero eventualmente lo lograron.

Eso solo les dejaba la segunda parte de este paso en particular: encontrar el mejor suelo o combinación de suelos que lograra los resultados deseados. Desafortunadamente, allí fue cuando el Proyecto Coexistencia chocó contra otra pared de ladrillos. Adalbert se rascó la cabeza, con un gesto muy fruncido en el rostro.

- No, no, esto no funcionará así. – dijo.

Samuel observó el prototipo a medio terminar que tenían enfrente, con varias muestras de diferentes suelos que habían reunido frente a ellos, algunos comprimidos juntos y otros en solitario. Se frotó el mentón pensativo, repasando sus descubrimientos hasta ahora.

- Un tipo de suelo emite radiación que es apta solo para ciertos grupos específicos de Pokémon. No puede seguir el rastro de los patrones migratorios, especies invasoras, o Pokémon entrenados de regiones lejanas. Hacer que cada dispositivo esté diseñado solo para unos pocos en específico haría que los costos de producción sean muy elevados, y tratar de mezclar solo tendría efectos de conflicto que dejarían de lado el punto. Por ende, necesitamos una especie de suelo universal.

- ¿Acaso existe tal cosa? – Adalbert le dio una mirada escéptica, y por buenas razones: con la gran variedad de Pokémon que vivían en su mundo, era virtualmente imposible encontrar una forma de pacificarlos a todos a la vez.

Samuel continuó pensando, repasando el fruto de su trabajo. Tenía que haber una respuesta a sus inquietudes, por extraña o difícil de lograr que pudiera ser. Ahora no era momento de ser quisquilloso con la investigación y cómo lograrla. Cualquier cosa funcionaría.

- Tal vez… – El investigador kantoniano entrecerró los ojos. – Solo tal vez…

- ¿Qué pasa? – Adalbert arqueó una ceja con curiosidad. Oak cruzó los brazos, todavía repasando toda la información en su cabeza.

- ¿Has escuchado sobre Mew?

- ¿El supuesto ancestro de todos los Pokémon?

- Así es. Verás, de acuerdo con algunos estudios, aunque Mew como especie ha sido avistado en todas partes en algún momento, desde bosques hasta debajo de camiones, la mayoría de expertos concuerdan que su lugar de nacimiento está en algún lugar del hemisferio sur, en lo profundo de las junglas de Guyana... o, alternativamente, una isla muy remota conocida como Isla Suprema.

- Ajá. – Adalbert asintió, y su mirada se tornó más seria. – ¿Y tu punto es…?

- Si es el lugar donde se originó Mew, entonces esa isla de alguna manera es el lugar donde se originaron todos los Pokémon. – Samuel tomó un profundo respiro, pensando en cómo poner en palabras su siguiente declaración. Y luego volvió a mirar de nuevo a Adalbert. – El suelo de Isla Suprema podría ser capaz de calmar no solo a Mew, sino a cada especie de Pokémon a la vez.

El silencio volvió a caer entre los dos científicos, mientras Adalbert se permitía asimilar la teoría de Samuel. Este tragó en seco, al darse cuenta de las implicaciones de lo que acababa de decir.

- Ese es un tiro bastante largo, y no es particularmente lógico de tu parte. – fue la dura respuesta de Adalbert.

- Los Pokémon desafían lo que consideramos lógico todos los días. Es por eso que son criaturas tan fascinantes. – Samuel trató de sonreír, solo para soltar un suspiro rápidamente y volver a mirar su prototipo. – Aun así, reconozco que solo es una teoría, pero no tenemos muchas opciones. Necesitamos encontrar una solución lo más pronto posible, y esta podría ser nuestra mejor oportunidad.

Casi esperaba que Adalbert tuviera una réplica para refutarle eso, señalarle lo mal ideado y lleno de fallos que estaba su tren de pensamiento. Posiblemente había subestimado la motivación y naturaleza apresurada de su amigo, pues este le sonrió rápidamente, mirando un mapa del mundo que estaba pegado a las paredes de la casa.

- ¿Es decir que iremos de viaje a Isla Suprema? Por lo que he escuchado, ese lugar no es particularmente acogedor. Tenemos que ir bien preparados. – dijo Adalbert. Samuel se sorprendió solo un poco, pero rápidamente hizo acopio de fuerzas para devolverle la sonrisa a su amigo lleno de confianza.

- Conozco a una amiga que definitivamente estará dispuesta a ayudarnos y mantendrá nuestro viaje y proyecto en secreto. Es una de las mejores entrenadoras que conozco.

- Y mi hermano mayor Booker es carpintero, y tiene cierta experticia para manejar un barco. Posiblemente pueda ayudarnos dándonos un aventón para allá.

Con los problemas principales resueltos, ambos investigadores volvieron a fijar las miradas, ya sin sonreír y reemplazando sus expresiones con expresiones serias y fruncidas. Había mucho en riesgo, para ellos mismos y para el mundo entero, y no podían permitirse cometer errores de ningún modo.

- Esto es lo que haremos entonces. Iremos a Isla Suprema, y obtendremos una muestra de su suelo. – dijo Samuel. Todavía sonaba como un plan irreal, pero al declarar sus intenciones, ya parecía más posible.

- Ese es el plan. – asintió Hastings estando de acuerdo. – Hagámoslo.

Y con eso, ambos hombres se movieron para preparar la futura expedición, más determinados que nunca de llevar su mayor investigación hasta su punto completo.

- Hey, Samuel, ¿sigues aquí? Ya estamos a punto de llegar.

Un ligero sacudón bastó para sacar a Samuel de sus recuerdos y de vuelta al presente, haciendo que volviera a poner atención y asintiéndole por instinto a Adalbert.

- Sí, perdón, es que me perdí pensando. – le dijo. Rápidamente miró hacia el frente, donde ya el borde de una gran, vibrante y verde isla que comenzaba a hacerse visible en la distancia. Con la actual velocidad a la que Booker estaba viajando, probablemente se podrían tomar unos cuantos minutos a lo mucho para llegar. Samuel frunció el cejo, volteando a ver a Agatha, Tony y luego a Adalbert. Todos permanecieron listos, preparándose mentalmente para lo que estaba por llegar.

- A costa de sonar repetitivo, tenemos que ir con cuidado. – Adalbert se echó una enorme mochila a los hombros, frunciendo el cejo mientras veía la isla. – El último paso de nuestra investigación nos espera allá.

Ya concentrado, Oak asintió y agarró su propia mochila, mientras Agatha preparaba sus Pokébolas. Ninguno de ellos dijo una sola palabra, pues ya no necesitaban ninguna.

El grupo se quedó en silencio hasta que Booker finalmente guio el barco hacia la orilla de la isla, echando el ancla y dejando que su hermano, los entrenadores y el Gengar saltaran hacia la arena. El Hastings mayor dejó de lado el timón y se volvió hacia el cuarteto.

- Los estaré esperando. Tengan cuidado allá afuera. – les dijo cruzando los brazos. Adalbert dudó un momento antes de asentir.

- Lo haremos. Mantente listo para partir en cualquier momento, Booker.

Booker asintió también, y regresó a hacer los preparativos necesarios para una partida rápida. Y con ello, Samuel y su grupo dieron sus primeros pasos hacia lo desconocido.

Desde que había sido descubierta, nadie había logrado explorar la Isla Suprema en su totalidad. Muchos habían muerto, y más todavía se habían marchado apenas llegaron, sin revelar lo que habían encontrado, pero una cosa era clara: la Isla Suprema era peligrosa, y posiblemente mortal. Siendo así, el grupo estaba más que preparado para pelear si era necesario.

A pesar del terror que había en el aire, Samuel no podía negar la belleza de la isla. La naturaleza era salvaje e indomable a su alrededor, había una brisa suave que movía los árboles y arbustos, todos repletos de bayas. Se sentía como entrar a un lugar olvidado por los tiempos, una imagen del mundo como solía ser mucho antes de que ellos nacieran. Sin embargo, el bosque también estaba en un silencio antinatural, casi como si no hubiera nadie excepto ellos. El cuarteto no bajaba la guardia, y Tony en particular ya llevaba una Bola Sombra lista para arrojarla.

- Entonces, ¿dijiste que la vida de todos los Pokémon empezó aquí? – preguntó Agatha, con una ceja arqueada ante la naturaleza que los rodeaba.

- Potencialmente. – asintió Samuel con la atención totalmente enfocada en el camino que tenían adelante. – Hay muchas teorías al respecto, pero lo que importa realmente es que hay muchas posibilidades de que sea el lugar de origen de Mew. Y si lo es, y Mew es realmente el ancestro de todos los Pokémon, esto podría ser exactamente lo que necesitamos.

- Lo único que necesitan es algo de tierra, ¿verdad? ¿No pueden simplemente agarrar un poco de esta y marcharnos? – Agatha le dio una ligera patada al suelo, arrancando algo de hierba y levantando un poco de tierra. Adalbert y Samuel examinaron el terreno, y rápidamente negaron con las cabezas.

- Con una mirada puedo ver que esto no es lo que estamos buscando. – Samuel se dio la vuelta hacia la arboleda que se hacía más densa en la distancia. – Necesitamos encontrar el punto exacto de esta isla que Mew llama su hogar. Ninguna otra cosa puede servir.

- Lo cual es más fácil de decir que hacer, cuando nadie ha podido hacer un mapa completo de esta jungla hasta ahora. – dijo Adalbert. Samuel no pudo ocultar una expresión sombría ante el recordatorio, mientras que Agatha rodó los ojos y gruñó.

- Por supuesto. Pedir un viaje fácil y rápido sería demasiado.

- No bajemos la guardia. – dijo Samuel sacudiéndose los pensamientos de la cabeza. – No sabemos lo que podríamos encontrar aquí.

Todos sus camaradas asintieron, y el grupo continuó hacia adelante. Los árboles se hacían más y más numerosos a su alrededor. En su marcha, seguían sin la compañía de ningún sonido excepto el de sus propios pensamientos. La quietud de sus alrededores apenas duró lo suficiente para que el temor se transformara en una calma casi agradable, al punto que casi sentían esperanza de que Isla Suprema no fuese tan peligrosa como creían.

Hasta que Tony se tensó de repente, mirando hacia los lados y aumentando su Bola Sombra de tamaño.

- ¿Qué ocurre, Tony? – preguntó Agatha, entrecerrando los ojos. Su hermano no respondió, simplemente se mantuvo en guardia. Y luego, se dio la vuelta y arrojó la Bola Sombra contra un árbol.

La madera salió astillada y disparada en pedazos, y el árbol se partió y se derrumbó en segundos, levantando una fuerte nube de polvo. No pasaba nada, y por un segundo, Samuel deseó que su viejo amigo solo estuviera algo paranoico.

Y entonces vino un sonido de cuchillas, y otro árbol se desplomó, partido limpiamente a la mitad. La atención del cuarteto se desvió hacia allí, y cuando el culpable salió, ninguno de ellos supo qué decir. Enfrente de ellos estaba un Pokémon marrón, con armadura y unos brazos con forma de guadañas filosas, y con una mirada viciosa fija en ellos. Era un Pokémon que ninguno de ellos había visto directamente, pero todos sabían lo que era. Un Pokémon que no debería seguir existiendo.

- ¿Eso es…? – dijo Agatha, dando un paso atrás mientras Tony tomaba una postura de batalla.

- Un Kabutops. Uno vivo. – Samuel se mordió el labio, mientras se formaban gotas de sudor en su rostro.

Como si ver un solo Pokémon que se creía extinto no fuera suficiente, detrás de la vegetación emergieron varias otras criaturas, entre ellos un Omastar, un Armaldo, un Tyrantrum, in Archeops, un Tirtouga, un Rampardos, y muchos otros Pokémon de todas las regiones conocidas. Y antes de darse cuenta, se encontraron todos en medio de varios Pokémon, todos ellos de los que no deberían existir, bloqueándoles el camino, y todos mirándolos como si fueran el más delicioso de los almuerzos.

A pesar del shock, los humanos actuaron rápidamente: Agatha sacó nueve Pokébolas de su bolsa mientras Tony miraba desafiante a sus oponentes, Samuel sostuvo una Pokébola vieja propia, y Adalbert preparó el Styler de Captura.

- ¿Cómo pueden seguir vivos? ¡Deberían haberse extinguido! – Agatha entrecerró los ojos, con los dedos listos para abrir las bisagras de sus Pokébolas.

- Pensemos en ello cuando ya no estemos rodeados, ¿de acuerdo? – Samuel tragó saliva, con los ojos fijos en los depredadores antiguos mientras daban un paso al frente.

- Intentaré contenerlos ahora. – Adalbert frunció el cejo, apuntando su dispositivo hacia adelante. – ¡Styler de Captura, vamos!

El investigador obliviano envió el trompo a girar por el suelo, y rápidamente lo dirigió describiendo círculos alrededor del Kabutops y sus aliados. Adalbert giró el bastón en el aire tan rápido como pudo, haciendo que el Styler se moviera más rápido con cada movimiento, cerrando uno, dos, tres aros alrededor de varios de los fósiles vivientes. Todo parecía ir bien, incluso perfectamente, hasta que el Kabutops sacó el Styler de curso con el plano de su brazo afilado. Antes que su amigo pudiera volver a ponerlo en movimiento, un pisotón de Tyrantrum lo partió en un millón de pedacitos.

A Adalbert se le salieron los ojos del shock, al igual que a los otros, y el Kabutops aprovechó el momento para saltar a la ofensiva, con su guadaña lista para atravesar al investigador. Pero entonces, Samuel frunció el cejo, y arrojó su propia Pokébola.

- ¡Charizard, Anillo de Fuego!

La vieja Pokébola se abrió hacia el cielo, dejando salir a su compañero más antiguo con un poderoso rugido. Esta voló directo hacia el suelo, dando un devastador puñetazo, enviando ondas de choque y llamas por debajo de la tierra, directo hacia Kabutops. El fósil trató de detenerse, pero las llamas lo envolvieron y lo mandaron convulsionando contra el suelo.

Charizard tomó un profundo respiro y lentamente recargó sus energías, pero un potente chorro de Hidrobomba lo derribó en el suelo. El Pokémon de Fuego intentó volver a ponerse de pie, solo para que varios de los fósiles le hicieran montón y lo forzaran a permanecer donde estaban, arañándolo, mordiéndolo y disparándole ataques mientras intentaba liberarse, sin éxito.

Samuel permaneció tieso, todavía demasiado conmocionado para ordenar nada, mientras su inicial continuaba siendo brutalizado. Había visto su buena porción de Pokémon poderosos y violentos en su tiempo como entrenador, pero la pura alegría y poder que estos Pokémon desplegaban tratando de despedazar a sus Pokémon era algo que jamás había visto antes. A pesar de todo, Samuel frunció el cejo y señaló a sus enemigos,

- ¡Charizard, usa…! – El investigador kantoniano tuvo que agacharse cuando un Híperrayo pasó volando hacia su cabeza, aniquilando varios árboles y rocas detrás de él. Luego tuvo que saltar para evitar la cuchillada de otro Kabutops, todo mientras Charizard trataba de quitar del medio a todos los Pokémon que lo tenían contra el suelo, pero sin éxito. Más y más Pokémon empezaban a amontonárseles, sin darles un segundo para pensar claramente y planear una contraofensiva. Samuel seguía intentándolo, pero uno de los Kabutops lo tiró en el suelo y lo mantuvo allí. La mirada del Pokémon antiguo se quedó grabada en él, y fue solo entonces que pudo verle los ojos a su asaltante.

Lo que vio en ellos fue una mirada penetrante, fría y macabra, no muy diferente a la de los habitantes de los Bosques Drowning. Pero Samuel podía notar una diferencia: aquellos Pokémon Fantasmas eran inteligentes y eran plenamente conscientes de lo que causaban, casi a niveles humanos. Estos fósiles vivientes no eran así. No había rastro de inteligencia en sus ojos: no era más que un instinto feroz y primitivo. Eran cazadores, y ellos sus presas.

Al darse cuenta de ello, Samuel solo pudo mirar en completo terror mientras el Kabutops levantaba su cuchilla en alto para el golpe final. Y entonces, la bajó.

- ¡Tony, Mirada Maligna!

La cuchilla del Kabutops se detuvo en el aire, al igual que el resto de su cuerpo, y sus ojos mostraban sorpresa y confusión. Samuel parpadeó, y entonces se dio cuenta de que todos los Pokémon salvajes que los habían atacado se encontraban en la misma condición. Fue en ese momento que notó que Tony les saltaba encima a una pila de Omastars, sonriendo con orgullo. Ambos, Samuel y Adalbert se sorprendieron del giro de eventos, incluso al liberarse del agarre de los Pokémon, y Samuel pudo ver que Charizard hacía lo propio, con el cuerpo lleno de rasguños, moratones y sangre por el asalto. Y entonces, Agatha salió al frente, mirando a los dos hombres de ciencia y a los feroces Pokémon.

- Esto no durará para siempre. Vayan a buscar su estúpida tierra, yo los contendré aquí. – Sostuvo en alto su Pokébola, como para puntualizar su declaración. Samuel frunció el cejo.

- Agatha, es peligroso…

- Soy la líder del Gimnasio de Ciudad Viridian. – Las otras nueve Pokébolas se abrieron a la vez, revelando a Arbok, Crobat, Mismagius, y varios otros de su equipo más fuerte. Luego les dio la espalda a los dos hombres, y Tony se le unió al lado. – Podemos hacerlo. ¡Váyanse!

Samuel habría querido disuadirla de esa idea, hasta que notó que los Pokémon salvajes empezaban de nuevo a moverse ligeramente, y Tony lideró la carga de los Pokémon de Agatha con una ráfaga de Bolas de Sombra mientras él y su hermana comenzaban a atacar antes que pudieran devolverles el favor. Al ver eso, Samuel solo pudo darles a los hermanos Grimm una cabezada silenciosa de ánimos y recuperar a su Charizard, antes de fijar la mirada con Adalbert y asentir junto con él. Con ello, él y su amigo obliviano salieron corriendo fuera del bosque mientras la batalla de Agatha comenzaba realmente, dirigiéndose hacia el corazón de Isla Suprema.

...

Samuel y Adalbert continuaron corriendo por el cada vez más denso bosque, haciendo su mejor esfuerzo para evitar caer en el escarpado descenso que tenían a su lado izquierdo, que resultaba muy difícil pues todo era muy borroso mientras corrían. El silencio había retornado, pero después de su anterior emboscada, ninguno de los dos estaba dispuesto a bajar la guardia de nuevo. Después de varios minutos, Adalbert dio la vuelta, sin detenerse y frunciendo el cejo al ver atrás.

- ¿Qué onda con esos Pokémon? No deberían existir hoy en día, y eran tan…

- Tengo una teoría. – Samuel entrecerró los ojos, pensando profundamente. – Mew es el ancestro de todos los Pokémon, ¿correcto? Quizás los otros Pokémon de este lugar desciendan directamente de él. Son como los primeros Pokémon que caminaron por la Tierra, con la mentalidad de cazadores agresivos de ese tiempo. Los Pokémon como solían ser originalmente, más o menos.

Adalbert no respondió a los susurros de su amigo, pero su expresión sombría y mirada de preocupación fue suficiente para responderle a Samuel. No era una teoría corroborada por mucha evidencia, pero con tanto que no se sabía sobre Mew, no podía descartar la posibilidad de que fuese real. E incluso si no fuese el caso, eso no cambiaría el hecho de que los Pokémon que los rodeaban eran los peores entre los peores, los Pokémon más agresivos que jamás conocerían. Muy lejos de aquel Bewear enojado que perseguía a dos niños estúpidos.

Samuel brevemente consideró dejar salir de nuevo a su Charizard, hasta que recordó todas las horribles heridas y cortadas que recibió de sus oponentes. Probablemente estaba muy lejos de estar en forma, y no podía arriesgar su vida contra otros Pokémon poderosos. De no haber apresurado su expedición a Isla Suprema para completar su investigación, posiblemente se habría permitido reentrenar a algunos de sus otros Pokémon y no quedarse casi sin opciones.

Los ojos del Kantoniano se quedaron fijos en su amigo, con los puños apretados y todavía con una expresión sombría. La tensión entre ambos era palpable y obvia, pero incluso con todas las preocupaciones en el mundo sabían que no podían permitirse perder el tiempo. No ahora.

Y cuando oyeron un ruido de hierba moviéndose, se detuvieron rápidamente sobre sus pasos. Unos cuantos Tyrantrums y muchos otros fósiles vivientes los rodearon, y ambos investigadores se quedaron lívidos. Samuel en particular se tensó bastante, con la mirada vacía mientras un Tyrantrum lentamente avanzaba hacia ellos. Apretó sus puños: si su abuelo estuviera ahí, habría encontrado una forma de someterlos a todos y continuar su camino sin detenerse. No lo habrían acorralado así, ni tampoco se habría sentido tan inútil e impotente.

El investigador kantoniano tragó saliva, volteando a ver a su amigo. Fue entonces que se dio cuenta de que la mirada de Adalbert estaba distante, como si su mente estuviera en otra parte, con todos los Pokémon super fuertes que los rodeaban. Pero antes de poder preguntarle qué pasaba, el obliviano suspiró, metiendo una mano entre su mochila.

- Creo que no hay otra salida. – Su mirada se desvió hacia Samuel, mientras le indicaba que siguiera adelante con la cabeza. – Sigue tú, Samuel. Yo me encargaré de ellos.

Samuel no lo entendió, hasta que vio que su amigo agarraba un puñado de bayas entre sus manos, entre ellas varias Oran y Sitrus, aplastándolas todas hasta que el jugo las cubrió por completo. Samuel se quedó congelado, mientras los recuerdos le inundaban la mente, mientras Adalbert veía desafiante a los Pokémon frente a él.

- ¡Si están tan hambrientos, vengan por mí! – les gritó, agitando sus brazos empapados de jugo de bayas para atraer su atención. Los Pokémon antiguos olfatearon el aire, y dirigieron su atención a Adalbert. Todos enseñaron los dientes y corrieron hacia él, listos para morderlo y despedazarlo mientras estaba totalmente quieto.

Samuel apretó los puños y actuó por instinto, tacleando a Adalbert y mandándolos a ambos a rodar por el despeñadero justo a tiempo. El mundo a su alrededor empezó a dar vueltas mientras rodaban colina abajo, y Samuel siguió empujando a Adalbert en el descenso. Pudo escuchar que los Pokémon salvajes empezaban a pelear entre ellos despedazándose unos a otros, y sus rugidos de agonía les mandaron escalofríos por toda la espina.

No supo por cuanto tiempo estuvieron rodando hasta que se dieron de espaldas contra una gran roca, parando su descenso. Samuel todavía podía oír a los Pokémon peleando y despedazándose entre ellos en la distancia, así que levantó un dedo para que su amigo guardara silencio, enterrando la mano en la tierra para enmascarar el olor de las bayas. Después de lo que pareció una eternidad, los gritos de los Pokémon se volvieron más distantes, desvaneciéndose lentamente. Si fue que se largaron o que se mataron entre ellos, esa era una pregunta que Samuel prefería no hacerse. El investigador suspiró de alivio, y le dio una mirada muy severa a su amigo.

- ¿En qué estabas pensando? – exclamó Oak firmemente, agarrando a Adalbert por las muñecas. Adalbert evitó su mirada, y frunció el cejo.

- Atraía su atención para que pudieras continuar, por supuesto.

- ¿Y por qué tuviste que usar ese truco de bayas de nuevo? Podías haberlas simplemente arrojado lejos, en vez de convertirte en el blanco.

- ¡Me lo merecía! – Adalbert volvió a atravesarlo con la mirada. – ¡Muchas personas han muerto por culpa de mi Styler de Captura, no hay forma de que pueda enmendar todo eso! ¡Las Naciones de Guardianes seguramente podrían encontrar a un mejor Jefe de Tecnología que refleje lo que ellos quieren, y tú no me necesitas para completar nuestra investigación! ¡Si mi vida vale de algo, esta sería una forma!

La mirada de Adalbert se tornó más dura mientras continuaba, respirando con pesadez al terminar. Samuel no supo qué decirle hasta que le vio los ojos: tenía la misma mirada perdida y solemne que le vio años antes, cuando se vieron al comienzo de la guerra, una mirada que solía ocultar debajo de mucha motivación y determinación. ¿Acaso las acciones de los Guardianes eran demasiado para él? ¿Planeaba dejarse matar durante la misión? Samuel no tenía idea, pero su respuesta fue inmediata, y miró severamente a su colega.

- ¿De qué diablos estás hablando? Vinimos aquí para ayudar al mundo entero, y eso incluye a las Naciones de Guardianes. ¡No pueden permitirse perder a una de sus mentes más brillantes! – Su expresión se tornó más dura, y miró cara a cara a Adalbert. – ¡Y yo tampoco quiero perder a un amigo!

- Sam… – Adalbert parpadeó confuso, mirando fijamente a los ojos de su amigo.

- Si realmente tienes la necesidad de enmendar lo que hiciste, aunque no hayas matado realmente a nadie por tu propia mano, tienes que vivir. Sé mejor. Ayuda a otros a que hagan lo mismo. Y poco a poco, haz del mundo un lugar mejor. Morir no hará nada excepto empeorar las cosas. –Samuel soltó los brazos de su amigo, y le ofreció su mano. – Eres mejor que eso, Adalbert. No vuelvas a tomar esas decisiones apresuradas nunca más.

Adalbert se quedó en silencio, con los ojos muy abiertos mientras contemplaba la mano de Samuel. Varias emociones en conflicto parecían revolverse en su interior, como si no supiera que decir. Sam mantuvo su mano estirada, esperando que la tomara, y finalmente, con una mirada de culpa en el rostro, Adalbert la aceptó.

- Gracias. No sé qué me pasó.

- La culpa puede afectar mucho a la gente, yo lo sé bien. – dijo Sam, ayudando a su amigo a ponerse de pie. Los dos intercambiaron una breve sonrisa, pero rápidamente entendieron que no era tiempo de lindezas. Después podrían arreglar cualquier problema que tuvieran con calma. Adalbert se ajustó su propia mochila, y volvió a fruncir el cejo una vez más.

- Podemos pensar en ello más tarde. Ahora, lo único que tenemos que hacer es averiguar dónde estamos y…

- ¡Meeeeeee! – Un grito chillón, casi juguetón, resonó por todo el bosque y captando la atención de los dos investigadores.

- ¿Qué fue eso? – preguntó Adalbert. Samuel frunció el cejo y señaló a un camino detrás de ellos.

- No lo sé, pero vino de por allá.

Su amigo obliviano se giró en la misma dirección, mirando hacia el pequeño camino que llevaba hacia el oscuro bosque. Él y Samuel intercambiaron una cabezada rápida, pues la única decisión que podían tomar era clara. Y así, sin decir más palabras, los investigadores comenzaron a adentrarse aún más, esperando que no hubiera más Pokémon antiguos que vinieran por ellos. Afortunadamente, no hubo más emboscadas por el camino, y tras una breve caminata entre los árboles se abrió un hermoso y pequeño claro, con varias espadañas que sobresalían de entre la hierba. Con el sol brillando en lo alto y enmarcando el pequeño jardín con su luz, el lugar daba un sentido de belleza casi etéreo, como si ningún humano jamás hubiera puesto un pie en ese lugar hasta entonces. Una especie de santuario prohibido, tal vez algo que esos antiguos Pokémon estaban tratando de proteger.

- Increíble... este lugar se siente completamente diferente del resto de la isla. – dijo Samuel, echando un ojo a los alrededores con gran curiosidad. Adalbert continuaba con el ceño fruncido, enfocando su atención en la hierba que tenían debajo.

- ¿Crees que esto sea…?

- Podría ser. Solo hay una forma de averiguarlo. – Samuel se arrodilló en el suelo, y poniendo una mano sobre la hierba, comenzó a jalarla.

Y se fue de espaldas cuando un disparo de energía psíquica concentrada casi lo golpea. Se quedó congelado, y el miedo le enchinó la piel mientras miraba hacia arriba, donde vio a Adalbert de la misma forma.

En cualquier otra ocasión, Oak y Hastings habrían sentido una enorme alegría y emoción de ver a la criatura rosa, casi felina que flotaba a pocos metros de ellos. Un Pokémon tan elusivo que muchos creían que no era más que un espejismo.

Pero con la mirada furiosa que prácticamente les estaba preguntando qué estaban haciendo ese par de intrusos en su hogar, ninguno de los investigadores se encontraba particularmente dispuesto a expresarle su emoción al Mew. Menos todavía cuando sus ojos brillaron de azul pálido, y una energía psíquica se envolvía alrededor del Pokémon Mítico. Adalbert tragó en seco, sintiendo que se le bajaba por la cara un sudor frío.

- Dudo que tenga alguna simpatía por nosotros aquí.

Samuel no replicó, pues su mirada se mantenía fija en el claramente hostil Mew. Ni siquiera podía reconocer cuáles ataques estaba por usar contra ellos, pero una cosa era clara: el Pokémon en verdad era tan poderoso como las leyendas decían que era, y se verían completamente superados aunque tuvieran Pokémon utilizables o un Styler de Captura. Y aunque pudieran enfrentarlo, nada garantizaba que Mew fuese a ceder tampoco. Si tan tolo él fuese Pallet Oak, nada de eso habría…

En ese punto, Samuel apretó los puños y se aclaró la mente. No podía seguir comparándose con su abuelo: por mucho que lo respetara, no era Pallet Oak el que se enfrentaba a Mew, era Samuel Oak, y necesitaba resolver la situación de la manera en que solo él podía hacerlo, sin recurrir a la fuerza. Tal vez fallara, o no llevase a nada, ¿pero acaso les quedaba algo que perder en ese punto? Con eso en mente, Samuel exhaló, tratando de calmarse mientras daba un paso al frente.

- Hey, sé que acabábamos de invadir tu hogar, pero… – Un rayo de energía psíquica casi atravesó a Samuel, forzando al kantoniano a levantar las manos. – ¡Por favor detente! ¡Solo quiero hablar!

Mew no dijo nada, aunque si fue porque era incapaz de hablar lenguaje humano o porque no quería rebajarse a hablarles, Samuel no tenía idea, pero mientras continuaba flotando sin intentar atacarlos de nuevo, Samuel decidió jugársela. Intentó pensar en algo que decir, solo para darse por vencido con un suspiro a la mitad, pero miró al Pokémon Mítico, y se puso firme.

- Lo entendemos, invadimos tu hogar de la nada, y probablemente creas que venimos a capturarte. Tiene sentido que estés tan alarmado. – Se puso la mano en el corazón, con la mirada seria. – Pero en serio no queremos hacerte daño. Solo necesitamos una muestra del suelo de aquí, para hacer del mundo un lugar más seguro para todos. Puedo entender que no te agraden los humanos, pero esto es muy importante para nosotros. No vamos a tratar de capturarte ni a hacerle daño a tu hogar de ninguna manera, y jamás regresaremos ni revelaremos tu ubicación a nadie a menos que sea absolutamente necesario. Así que por favor, solo déjanos llevarnos un trozo de suelo, aunque sea poco. Nos iremos en cuanto lo tengamos.

Samuel juntó las manos, mirando suplicante al poderoso Pokémon Psíquico. El Mew solo flotaba donde estaba, con la mirada todavía fija en Samuel y su colega. Pasaron varios segundos muy pesados, sin ningún sonido más que la hierba moviéndose al viento en todo el claro. Y entonces, los ojos de Mew volvieron a brillar. Ambos, Samuel y Adalbert sudaron frío, y se prepararon para el golpe.

Por lo cual se sorprendieron cuando el Pokémon Psíquico desvió su atención hacia la hierba, cortando un trozo triangular de la tierra y dejando caer un trozo bastante grande enfrente de los dos investigadores. Ambos hombres lo observaron sin decir palabra, aunque el significado del gesto fuese muy claro.

Samuel miró al Pokémon de nuevo esperando respuestas, pero Mew solamente le sonrió y le asintió afirmativamente, moviendo la cola y flotando hasta desaparecer de vista sin dar respuesta alguna. Eso estaba bien para él, y se quedó observando la dirección en la cual se fue.

- Gracias, Mew. – dijo dándole al Pokémon Mítico una sonrisa propia. Adalbert miró el bloque de tierra, y después a su amigo, para luego reírse felizmente.

- Bueno, sin duda eres un excelente orador, Sam.

- Mi discurso no fue tan bueno, solo dije lo que sentí que era necesario. – Samuel se frotó la noca, fijando la mirada de nuevo en el montón de tierra. – Aunque creo que dio frutos.

- Cierto. – El investigador obliviano asintió, mirando el camino por el que vinieron. – El único problema es cómo nos la vamos a llevar. Hay una posibilidad muy grande de que veamos más Pokémon híper agresivos por el camino de vuelta, y no creo que atiendan a razones.

- Es cierto. Por eso es que tenemos que trabajar. – sonrió Samuel, sintiendo que se desbordaba de ambición.

Adalbert entendió inmediatamente a lo que se refería, y sin decir más palabras, sacó de su mochila lo que necesitaba, y empezó a trabajar con su amigo. Tenían una labor importante que cumplir.

Agatha Grimm no era una extraña con las batallas difíciles, pero siendo incluso una entre las más prominentes de la generación de "Entrenadores Legendarios", era muy difícil manejar a tantos enemigos y Pokémon a la vez. Había tenido ya que retornar a varios miembros de su equipo por daños o por cansancio. A pesar de todo, la líder del Gimnasio Viridian continuaba manteniendo su línea de defensa, esquivando los ataques mientras Tony y su Arbok continuaban peleando junto a ella.

- ¡Arbok, Colmillo Venenoso! – gritó Agatha, girando rápidamente hacia su hermano. – ¡Tony, detrás de ti!

El sablazo de un Kabutops falló totalmente a Tony, y el Gengar se zambulló entre el suelo, haciéndose un charco de oscuridad y escurriéndose por debajo del fósil. El Grimm más joven se materializó detrás de él, soltando una ráfaga de Brillo Mágico en el Pokémon de Agua a quemarropa y enviándolo lejos, directo a una pila de varios fósiles derrotados.

Arbok lo estaba haciendo bien, saltando y enrollándose alrededor de un Cradily antes de hundirle sus colmillos púrpuras en la piel de roca del Pokémon tipo Hierba. El Pokémon prehistórico se sacudió violentamente, pero el Pokémon de Agatha no soltó su agarre. Y entonces, varios Armaldos y Archeops se reunieron alrededor del Cradily, embistiendo a Arbok con su cuerpo y manteniendo al Cradily aplastado contra su peso, al parecer sin que les importara el Pokémon de Hierba en tanto lograran destruir a la serpiente. Agatha retrocedió al ver gritar de dolor a su primer compañero bajo el peso de los Pokémon, lo suficiente para regresarlo a su Pokébola, y dejando a Tony como su único Pokémon activo.

La líder de gimnasio echó una mirada al campo de batalla: aunque ya habían podido derrotar a cerca de un centenar de fósiles, más y más de ellos seguían apareciendo, como si toda la población de la isla fuera convergiendo hacia ellos. Su mirada se desvió hacia Tony, y su pequeño hermano se puso junto a ella, jadeando y respirando a bocanadas mientras intentaba poner un rostro valiente, y luego miró hacia sus muchos sanos y viciosos oponentes que les cortaban cualquier ruta posible de escape. La mayor de los Grimm sacudió su cabeza, suspirando. No tenían casi posibilidades de lograrlo.

- Bueno, siempre supe que algún día Sammy terminaría matándome de alguna manera. –Agatha soltó una risa amarga, y su mirada se ensombreció apenas un poco mientras miraba a su hermano. – Lo siento, Tony.

Los dos hermanos se agarraron de las manos, intercambiando una mirada de determinación antes de enfocarse en los enemigos que tenían enfrente. Si ese era su final, por lo menos se asegurarían de que fuese uno bueno. Pero afortunadamente, eso no iba a suceder.

- ¡Charizard, Lanzallamas!

Un poderoso torrente de llamas atravesó el aire, con la fuerza y sorpresa suficiente para captar la atención de todos. Agatha y Tony también miraron hacia arriba, viendo a Samuel y Adalbert mirando a los combatientes desde un punto elevado que estaba cerca. Al lado de su rival se encontraba su viejo Charizard, demasiado golpeado, herido y cansado para representar alguna amenaza. Y aun así, Samuel sonreía mientras acariciaba la cabeza de su Pokémon.

- Gracias, viejo amigo. Descansa bien.

Su amigo y rival recuperó a su inicial, y Agatha entendió que solo lo hicieron para hacer que todos enfocaran su atención en ellos. El por qué haría algo tan suicida escapaba a su comprensión, y rápidamente entrecerró los ojos, confusa.

- ¿Qué es lo que estás…?

- ¡Adalbert, cubre mi rastro! – gritó Samuel, volteando a ver a su amigo.

- ¡De acuerdo!

Samuel saltó desde el punto elevado, justo en medio de todos los Pokémon que atacaban. Adalbert lo siguió directo en sus pasos, arrojándoles varias bayas a los Pokémon para mantenerlos distraídos lo suficiente para que su amigo siguiera adelante. Ninguno de los hermanos Grimm entendió exactamente lo que planeaban los científicos, pero entendía lo suficiente para saber que varios Pokémon a punto de lanzarse a matar a su amigo no serían buenos para sus planes. Ella intercambió una mirada con Tony y su hermano le dio un pulgar arriba, enfocando sus ojos para ejecutar otra Mirada Maligna, atrapando a los Pokémon que los rodeaban donde estaban igual que antes, lo suficiente para que Sam llegara a salvo junto a ella, con una sonrisa de alivio.

- Gracias, Agatha, lo necesitaba. – dijo Samuel con honestidad, tomando un profundo respiro y escaneando la multitud reunida de Pokémon a su alrededor. Adalbert hizo lo mismo, encarando de nuevo a su amigo, y asintiendo.

- Ya deberíamos estar listos.

- ¡De acuerdo! – exclamó Oak. Agatha arqueó de nuevo una ceja, mientras Tony ladeaba su cabeza con confusión.

- ¿En qué rayos están pensando ustedes dos? ¿Por qué volvieron con tanta prisa aquí?

- Es el único camino de vuelta, y no hay otra ruta alternativa. – Metiendo la mano en su mochila, su amigo cogió el dispositivo esférico en el que había trabajado durante tantos años. – Digamos que tendremos que hacer una pequeña prueba para ver si funciona.

- ¿Aquí? – Agatha frunció el cejo, más perdida todavía.

- Es eso, o que nos maten. – Samuel se encogió de hombros. – Y para asegurarme de que funcione, necesitaré estar en el centro de todo.

- ¿Qué dices?

Antes de que Agatha pudiera verle sentido a los estúpidos planes de Samuel, un grito penetrante resonó en el aire, y todos los Pokémon fósiles empezaron a moverse de nuevo, corriendo hacia Samuel y empezando a lanzar una ráfaga de ataques en su dirección. Los tres humanos se movieron para esquivar el asalto, mientras Tony hacía lo mejor que podía para mantener a los enemigos a raya. Sin embargo, era claro quién llevaba la ventaja.

- ¡Es ahora o nunca, Sam! – gritó Adalbert, evitando una Hidrobomba de un Omastar cercano. Y sin más preámbulo, Samuel agarró el prototipo y lo sostuvo frente a él con un gesto fruncido y lleno de determinación.

- ¡Adelante!

Samuel presionó un botón en el dispositivo, justo cuando todos los Pokémon se preparaban para converger a su alrededor. Una enorme cantidad de energía empezó a cargarse alrededor del prototipo, y al sentir el peligro todos los Pokémon se acercaron más y más. Adalbert se mantuvo cerca de su amigo, listo para defenderlo, mientras los hermanos Grimm hacían lo propio.

El instrumento del Proyecto Coexistencia comenzaba a brillar. Los Pokémon se acercaron más que nunca, listos para atacar.

Y entonces, una enorme ráfaga de energía salió del dispositivo. Era un flujo continuo e imparable de radiación y sentimientos, algo que los Pokémon trataban de combatir desesperadamente, mientras Sam continuaba sosteniéndolo en alto y triunfante, como si fuese él quien le daba poder.

Mientras el dispositivo se estabilizaba, su salida de energía decreció lenta e inexorablemente, hasta que se quedó en un ruido leve y casi inaudible sin efectos visibles. Hasta los Pokémon dejaron de combatirlo, simplemente se quedaron dónde estaban mirando con expresiones vacías, como si estuvieran confundidos sobre qué hacer. Hasta Tony se notaba algo nervioso, con una mano sobre la cabeza mientras gruñía. Nadie se atrevió a decir nada, y mantuvieron los ojos enfocados en las acciones de los Pokémon prehistóricos.

- ¿Dio resultado...? – preguntó Agatha, con los ojos fijos en la expresión confusa de su hermano. Ninguno de los investigadores replicó, todavía mirando fijamente a sus agresores. Poco a poco, los Pokémon parecieron recuperar el sentido, con los ojos fijos en sus futuras presas.

Y entonces, simplemente les dirigieron una mirada confusa, algunos hasta intrigados, otros simplemente perdiendo interés. Ninguno de ellos quería atacar. Estaban pacificados.

Los ojos de Agatha se fijaron en Tony, que tenía una expresión bastante relajada mientras levantaba los brazos y los estiraba, asintiéndole a su hermana para confirmar que se encontraba bien. Al no ver más amenaza, las mentes más brillantes en las naciones de Entrenadores y Guardianes sonrieron triunfantes.

- ¡Sí! – gritó Samuel, sosteniendo el prototipo funcional más alto que antes.

- ¡Realmente funcionó, Sam! ¡El Proyecto Coexistencia funciona! – exclamó Adalbert, y Samuel asintió, mirando junto con su amigo los frutos de sus años de trabajo.

- ¡Ahora definitivamente podremos cambiar al mundo!

Mientras los Pokémon salvajes los dejaban en paz y se retiraban de vuelta a los confines de Isla Suprema, los hermanos Grimm también sonrieron. Contra todo pronóstico, ese par de idiotas realmente habían encontrado una forma de hacer del mundo un lugar mejor.

Mientras el barco comenzaba su lento viaje de retorno de regreso a Alola, y el cielo empezaba a tornarse color carmesí, Samuel y Adalbert no pudieron evitar chequear y tomar notas de cada elemento de su ahora funcional prototipo, solo en caso de que algo saliera mal y tuvieran que reiniciar todo desde cero. Al final, lograron llevarse consigo una parte más que considerable del suelo de Isla Suprema, lo suficiente para que les durara hasta que encontraran una forma de replicar sus efectos y características.

Y así, los dos investigadores se quedaron frente a un escritorio en la cubierta del barco, escribiendo notas por todos lados, mientras Agatha y Tony observaban divertidos. Hasta Booker, que estaba tan ocupado manejando el barco, les dio una sonrisa de aprobación a su hermano y a Samuel.

- ¿Es decir que con esta cosa, pueden asegurarse que no habrá más problemas con Pokémon salvajes? – preguntó Agatha, observando el invento. Tony pareció sentir curiosidad para tocarlo con el dedo, pero se abstuvo casi de inmediato.

- Eso sería una exageración, pero definitivamente ayudará a hacer las vidas de todos más simples en el mundo, lento pero seguro. Habrá menos Pokémon sociópatas o asesinos. – La mirada de Samuel se tornó sombría por un segundo, pero rápidamente recuperó su sonrisa entusiasta mientras les asentía a los hermanos Grimm. – Gracias por la ayuda, a los dos.

- Solo vinimos a ayudarlos a espantar algunos Pokémon. – dijo Agatha negando con la cabeza. – Ustedes son los que deberían recibir los agradecimientos.

Tony estuvo de acuerdo, dándoles a ambos investigadores una gran sonrisa y un pulgar arriba. Aunque siguiera forzado a permanecer como un Gengar, saber que su amigo estaba feliz por los resultados les dio a Samuel algo de paz mental. Agatha cruzó los brazos, con su siempre presente sonrisa en el rostro.

- Ahora por fin podrán revelarle su proyecto al mundo, y todo serán rayos de sol y arcoíris, ¿no?

Al oír eso, Samuel y Adalbert dejaron de tomar notas con sus escritos, e intercambiaron miradas rápidas. Agatha levantó una ceja, y Oak exhaló antes de aclararse la garganta, pasando la mirada de su colega a su vieja rival con intranquilidad.

- Acerca de eso… – El investigador obliviano le asintió, y la expresión de Samuel se tornó seria. –Hastings y yo ya acordamos que su participación se mantendrá en secreto, y que los detalles específicos del Proyecto Coexistencia no serán divulgados.

Agatha, Tony y Booker se giraron hacia ellos, con los ojos ensanchados del shock. Ambos, Samuel y Adalbert negaron con la cabeza. La reacción ya se la esperaban, incluso después de las discusiones que los investigadores habían hecho respecto al tema.

- ¿Y por qué, exactamente? – preguntó Agatha, con un tono duro y una mirada demandante.

- Créeme, no fue una decisión fácil. – Samuel se quitó el sudor de la cara, mirando hacia el mar. – Nuestra meta era hacer del mundo un lugar mejor. Si revelamos lo que hicimos, con ambas facciones todavía en guerra, nos ejecutarán a ambos por traición y nunca implementarán lo que hicimos. Eso haría que todos estos años de trabajo hayan sido por nada.

- Yo podría fácilmente vender el Proyecto Coexistencia como una especie de "Styler pasivo", en lo que concierne a la Unión de Guardianes y cómo aplicar nuestra investigación allá. – dijo Adalbert, acariciándose el bigote. – Así que no tengo problemas con darle todo el crédito a Samuel para que pueda ayudar a las naciones de Entrenadores y neutrales.

Luego le dio a su amigo una palmadita en la espalda. Samuel apreciaba el gesto, a pesar de que no le hizo sentirse menos culpable por tomar todo el crédito. Era necesario, pero no tan ideal como podría haber sido. Aun así, asintió y le sonrió, poniéndose la mano en el corazón.

- Me aseguraré de mantenerme discreto con las partes importantes. Fuera de algunas teorías de conspiraciones, estoy seguro de que no ocurrirá nada malo una vez que los resultados se vean.

- Es decir que lo que hicieron fue totalmente inútil para detener el conflicto. – Agatha frunció el cejo, desviando la mirada de su amigo.

- En lo más mínimo. Adalbert y yo podemos seguir trabajando en implementar nuestros hallazgos por nuestra cuenta cuando sea necesario, podemos seguir trabajando juntos, y mejorar nuestras investigaciones en el proceso para evitar que nuestras regiones sigan experimentando accidentes que puedan inducir otras guerras. Es un intercambio por la posibilidad que no estamos seguros de que las cosas vayan bien en este momento. – Samuel puso los brazos en jarras, con la sonrisa más radiante que antes. – Podría no ser un efecto tan grande como podríamos pedirlo, pero ayudará a mejorar las cosas y asegurará que ocurran menos tragedias en este mundo. Las sonrisas en los rostros de todos son la única recompensa que necesito.

Agatha continuó mirando a su amigo, pero finalmente se rio, para sorpresa de todos. Le dio un golpecito juguetón restándole importancia.

- De verdad terminaste convirtiéndote en Pallet Oak, al final.

- Ya te lo dije, ¿no es así? – Samuel también se rio. – No soy Pallet Oak, Soy Samuel Oak. Y me aseguraré de mantener mi promesa.

Agatha, Tony, Adalbert e incluso Booker también le sonrieron, todos con aprobación por lo que habían hecho. Y con ese conocimiento y la felicidad con ellos, se giraron hacia el sol que empezaba a ponerse en el horizonte, bajando la cortina de la era de Pokémon híper agresivos y abriendo camino hacia un futuro mejor y más brillante.


Tiempo presente…

- Acabo de entregar el paquete a la Fundación Oak por la Paz, ya todo debería estar bien. Por ahora, tengo otros compromisos qué cumplir.

Samuel asintió, hablando con su joven amigo Tracey al otro lado de la pantalla, ajustándose sobre su asiento en el medio de su laboratorio de Pueblo Paleta.

- Me parece bien. Espero que disfrutes de tu tiempo en Ciudad New Tork. Y gracias de nuevo por tu ayuda.

Tracey sonrió y se despidió del Profesor, antes de apagar su videoteléfono y dejando a Oak de frente con la pantalla negra. Con lo ocupado que estaba, le agradaba saber que podía contar con personas como Tracey para que lo ayudaran. Una pena que no pudiera ser su asistente a tiempo completo.

Aun así le alegró que la rama en las Islas Decolore de la Fundación Oak por la Paz podría continuar su trabajo en el Proyecto Coexistencia sin problemas: le llevó más tiempo de lo que habría querido prepararlo todo, elegir a cada miembro que se uniría al esfuerzo para pacificar a los Pokémon salvajes, y en general asegurarse que la la organización fuese tan eficiente como fuera posible sin conocer cada detalle de lo que tenían que hacer, pero una vez que todo estaba organizado, las cosas salieron bastante bien, y solo ocasionalmente necesitaron de su ayuda y consejo. Después de lo frenéticos que fueron los primeros años, le alegró poder finalmente descansar con esa área particular de su trabajo.

El viejo profesor sacudió su cabeza y se preparó para volver a trabajo, pero entonces su videoteléfono recibió otra llamada entrante. El hombre arqueó una ceja, hasta que reconoció el tono que había registrado para ese particular canal de comunicaciones. Se permitió sonreír de manera cansada.

Apresurado como siempre, fue lo que pensó Samuel mientras presionaba los botones requeridos. Por suerte, ya se había asegurado que su propio estudio estuviera a salvo de cualquier cámara espía o dispositivos similares, y la mayoría de sus asistentes ya estaban fuera por ese día.

Y por supuesto, al otro lado de la llamada se encontraba un distinguido profesor con una mota de pelo blanco y un impresionante bigote del mismo color, que todavía mantenía el mismo entusiasmo de su juventud mientras reconocía a su igual. Samuel se ajustó sobre su asiento, asintiendo a modo de saludo.

- Ha pasado mucho tiempo, Adalbert. ¿Cómo va tu progreso? La rama de las Islas Decolore acaba de recibir las partes que necesitan, seguro volveremos al progreso normal muy pronto.

- Me alegra saberlo. Aquí las cosas también van muy bien, la Unión de Guardianes acaba de hacer una relocalización masiva de especies en peligros, y me tomé algo de tiempo para ver si necesitan tiempo para ser pacificados. – La sonrisa de Hastings se tornó más amplia y orgullosa. – Pero parece que no habrá necesidad de eso.

- Qué bien. – Samuel suspiró de alivio. – Entre más tiempo pasa, menos tenemos que operar en la población de Pokémon salvajes.

- Es bueno saber cuánto ha cambiado el mundo gracias a nosotros, ¿no lo crees?

El Profesor Oak hizo una pausa, con su mente vagando de vuelta a casi cuatro décadas antes. Una vez que regresaron de su viaje a Isla Suprema, comenzó a hacer preparaciones para implementar sus hallazgos, tratando de convencer a la comunidad científica y a los jefes de gobierno de la validez de su investigación. Recibió muchas críticas y fue acusado de falsa pseudociencia, pero había acumulado suficientes credenciales para probar el Proyecto Coexistencia a escala pequeña. Una vez que los resultados salieron a la luz, la mayoría de sus detractores cambiaron de opinión rápidamente. Los gobiernos empezaron a implementar su investigación por todas partes, manteniendo la información de lo que se hacía como información clasificada más allá de darle a Oak el crédito, algo que le alegraba ya que eso mantenía los elementos derivados de la tecnología de los Guardianes en el proyecto como un secreto. Los esfuerzos hacia la paz también habían ayudado a aliviar las tensiones de la Guerra Entrenadores-Guardianes al acercarse a su final, llevando a un armisticio y al fin de las hostilidades entre la O.T.E.A y la Unión de Guardianes. Las cosas estaban muy lejos de "mejorar", pero era un buen primer paso.

De momento, el éxito del Proyecto Coexistencia continuaba creciendo, permitiéndole a Oak alcanzar un nivel antes impensable de fama y prestigio, lo suficiente como para establecer la Fundación Oak por la Paz para asegurarse que nadie, ni siquiera él mismo, se beneficiara monetariamente de ella o la empleara para cualquier propósito que no fuese pacífico. Todos sus pares científicos le acusaron de ser un idiota que no entendía lo que estaba haciendo, pero entre lo que pasó con Adalbert y el Styler de Captura, y que algunos hombres de la milicia le estaban preguntando si podía crear algo que pudiera incrementar los niveles de agresividad para usar contra los Guardianes, supo que había tomado la decisión correcta.

Y con eso, incluso con los ocasionales grupos pequeños de Pokémon salvajes que eran demasiado fuertes o tercos para rechazar el ser pacificados, los cuales irónicamente incluían a una bandada de Spearows justo al lado de Pueblo Paleta, el mundo lentamente cambiaba más y más: con cada generación de Pokémon pasándole a la nueva su disposición pacífica, los entrenadores por fin podían emprender sus viajes sin temer por sus vidas a cada giro, el límite de Pokémon que uno podía llevar consigo en cualquier momento fue reducido a seis, y la relación simbiótica de la gente y los Pokémon creció a niveles insospechados, abriendo la puerta a más interacciones y desarrollos de lo que Oak se imaginó que serían posibles.

Entre las pocas cosas que no habían cambiado estaba la relación entre los Entrenadores y Guardianes, todavía trabados en guerra fría que amenazaba con explotar en cualquier momento. Con menos Pokémon salvajes que provocaran incidentes, la posibilidad de que estallaran las hostilidades de nuevo había bajado drásticamente, pero seguía siendo tangible casi a diario. Y dándose cuenta de ello, Samuel negó con la cabeza.

- Me alegro de lo que hemos hecho, pero sigo pensando que pudimos haberlo hecho mejor.

Adalbert no le respondió de inmediato. Samuel se imaginó que probablemente ya se había hartado de su constante insatisfacción con todo el asunto. Sin embargo, se ajustó el abrigo y miró fijamente a su amigo.

- Uno siempre puede mejorar, seguro, y estoy de acuerdo en que desearía que nuestras regiones dejaran este odio estúpido y anticuado que se tienen unas a otras. – Su gesto fruncido se tornó más duro, hasta que se transformó en una de sus sonrisas características. – Pero aun así, creo que hemos mucho por el mundo. Gracias a nosotros, ser un entrenador ya no es un camino tan mortal como solía serlo, hemos alcanzado un cierto grado de paz, y lo más importante, hemos garantizado la seguridad de muchas personas por las generaciones venideras. El progreso no puede ocurrir todo a la vez, pero yo diría que fuimos los catalizadores de algo grande.

Samuel negó con la cabeza. En las décadas desde aquella fatídica investigación, habían discutido los pros y contras de su enfoque más de una vez, y ahora la discusión parecía más como correr en círculos a pesar de estar de acuerdo en la mayoría de las cosas. No podía decir que no hicieron nada para mejorar al mundo, pero hubo muchas veces en las que se preguntaba si deberían haber revelado que el Proyecto Coexistencia fue el resultado de Entrenadores y Guardianes trabajando juntos. Pero rápidamente se sacudió esos pensamientos. Perderse en lo que podría haber sido solo le traía lamentos y arrepentimientos, y no podía permitirse sentir eso.

- Supongo que tienes razón. – Con otro suspiro, Samuel volvió a mirar fijamente a los ojos de su amigo. – ¿Crees que llegaremos a ver que Entrenadores y Guardianes lleguen a una verdadera paz durante lo que nos quede de vida?

- ¿Quién sabe? Ya estamos haciéndonos viejos. Quizás juguemos un papel en lograr dicha paz, quizás sea un esfuerzo de la próxima generación, o de la que sigue después. El futuro es muy difícil de juzgar. – Adalbert se encogió de hombros, pero su expresión permaneció serena. – Hemos vivido tiempos interesantes, con la Explosión de Nacidos Bloodliners y muchos cambios que han sucedido a nuestro alrededor. Presiento que algo sucederá, tarde o temprano.

- Cierto. – Oak volvió a suspirar, sacando una sonrisa propia. – Solo nos queda esperar para verlo.

- Sí. No podemos evitar que el futuro venga, y espero con ansias ver hacia dónde nos llevará.

Samuel pensó en ello, y sus ojos se dirigieron hacia afuera del laboratorio, donde muchos Pokémon pertenecientes a diferentes entrenadores pasaban su tiempo juntos, la mayor parte del tiempo en armonía. Un lugar como ese jamás habría podido existir cuando él y Adalbert eran jóvenes.

Terminó riéndose de sus propias preocupaciones. Recordar todo lo que habían logrado le ayudaba a darse cuenta que Adalbert tenía razón, pues por todo el bien que podrían haber hecho, todavía podían hacer mucho más en lo que les quedaba de vida. Tal vez estaba bien: ellos habían hecho su parte y era tiempo de que la nueva generación ayudara a mejorar las cosas, confiarles el futuro como su abuelo lo hizo con él.

El presente era más brillante que el pasado, y él solo podía esperar que él y Adalbert pudiera vivir para ver un futuro todavía más brillante por delante.

FIN.


Notas del traductor:

Uff, por fin que lo acabo, todo el día para terminar de traducirlo, pero bien que valió la pena. De paso, este fue publicado en dos partes, pero viendo que las dos fueron posteadas el mismo día, supuse que daba igual si lo subía como oneshot.

Bien, con este celebramos el segundo Reset-Aniversario de Viroro-Kun, y se esclarece otro de los misterios más importantes de esta saga: específicamente lo que hizo Oak para hacer del mundo un lugar mejor y más pacífico, y cómo estuvo involucrado el Profesor Hastings en ello. De anécdota, esto no estaba planeado originalmente, al menos no de parte de Crossoverpairinglover, pero entre tormentas de ideas, pudimos llegar a un acuerdo para responderla. Creo que fue bastante interesante, especialmente como una forma de explorar la amistad entre los dos científicos a pesar de vivir en naciones que están en conflicto entre ellas. Aquí viene el ejemplo más grande de cómo podrían resultar las cosas si los Entrenadores y Guardianes fueran capaces de enterrar sus diferencias. Esperemos que pronto puedan revelar lo que hicieron y que todos puedan seguir su ejemplo.

Terminando por hoy, les anuncio que ya tengo preparado mi siguiente oneshot, pero esperaré un par de días más para subirlo para no opacar este en su aniversario. Gracias por los reviews a UltronFatalis, BRANDON369, darkdan-sama y Jigsawpunisher. Por ahora, y para terminar en una nota humorística, aquí un par de omakes, el primero de canonicidad ambigua, y el segundo obviamente nula, pero para que se rían un poco. Nos vemos en unos días.


OMAKE #1 por Viroro-Kun

Samuel suspiró, sentado sobre la hierba verde afuera de Pueblo New Bark, y su inicial Charmeleon se unía a él en su insatisfacción. Esperaba que esa pequeña desviación a Johto pudiera haber sido una forma de relajarse, y lo primero que pasó fue que se encontró con su rival Agatha y su hermano pequeño que iban por el mismo camino en las Cataratas Tohjo. Una cosa llevó a la otra, y ella lo indujo a probar que era más fuerte que ella. Le dio una paliza completa, y se fue mientras se reía de él y de Charmeleon. Aunque en su defensa, estaban bastante bien preparados para una pelea y sabían lo que Agatha podría haber usado contra él, pero aun así logró sorprenderlo usando sus propias tácticas contra él.

- Quizás deberíamos buscar algunos Pokémon nuevos para nuestro equipo. – musitó Samuel. Charmeleon asintió ante su sugerencia. Pero antes de poder elegir qué Pokémon buscar, una voz desconocida llamó al chico.

- ¡Saludos, amigo mío! Qué preciosa mañana, ¿no te parece?

Samuel se dio la vuelta y sus ojos se ensancharon al ver quién estaba detrás de él: un hombre en sus veintitantos, con varias capas de ropa elegante y extremadamente impecable, completa con un sombrero de copa y monóculo. Se encontraba sirviéndose algo de té directo de una tetera en una taza mientras caminaba hacia el chico, como si fuese lo más normal del mundo. El entrenador y su inicial rápidamente intercambiaron una mirada rápida antes de volver a encarar al hombre.

- Uhm... ¿supongo?

El sujeto extraño de fino traje simplemente se rio, tomando un sorbo de su té y dejándolo de vuelta, sin dejar de servirse más.

- En verdad, ¡este es el encuentro más maravilloso y sobresaliente de todos! – Enfatizó sus palabras sacudiendo la taza de arriba abajo, sin importarle la bebida derramada, hasta que señaló con su dedo a Sam. – ¡Pues tú, mi querido amigo, acabas de ser bendecido con el privilegio de conocerme a mí, el Sujeto!

- ¿El Sujeto? – Samuel parpadeó confuso.

- Una excelente pregunta, ciertamente. Una que merece una respuesta apropiada. – El Sujeto levantó su taza en alto, vertiendo más té en ella mientras hablaba y terminando con una buena ducha como resultado. – ¡Soy el hombre más espléndida y elegantemente vestido en todas las regiones conocidas, el prestigioso heredero de la antigua tradición de los Sujetos, guardián del arte perdido de la captura de Pokémon! ¡Solo unos pocos pueden dominarlo, y menos todavía pueden instruir a otros en él! – Luego apuntó con la tetera a Samuel, con la expresión muy seria. – ¡Tú, muchacho! ¿Acaso ansías la gloria? ¿Deseas atrapar el sol y usarlo para que te ilumine un camino hacia la victoria y la fama eterna? ¿Arrojar tu leyenda hacia el cielo, más alto que nunca, en el cosmos donde solo las verdaderas estrellas graban sus historias para el recuerdo de toda la eternidad?

- Yo... supongo que sí. – Samuel se rascó el cuello, levantando una ceja. – Entonces, ¿le enseñas a la gente cómo atrapar Pokémon, más o menos?

- Eso es una sobre simplificación excesiva, querido muchacho. Soy un maestro de la vida, la moda la captura, y de la filosofía, pues capturar a un Pokémon es como acariciar a un amante, un acto por el cual la pasión y la finesa son tan importantes como el acto en sí mismo. – El hombre sacudió su cabeza mientras tomaba otro sorbo de su té, dándole al chico una mirada inquisitiva. – Pero me temo que tienes mucho que necesitas arreglarte. Tu guardarropa, para empezar. ¿En serio esperas que los Pokémon se sientan atraídos a alguien con un gusto tan pobre en la ropa?

Samuel frunció el cejo, mirándose su ropa.

- ¿Y eso qué tiene que ver con atrapar Pokémon?

- Para el ojo no entrenado, puede que no tenga nada que ver, pero es una parte crucial del proceso. – El hombre se dio la vuelta, derramando té a diestra y siniestra. – ¡Ahora ven, pues te instruiré en el arte! ¡Sigue mis pasos a tu glorioso destino! ¡Seré tu guía, y para cuando termine nuestro entrenamiento, tú serás el Rey de todos los Sujetos!

Y con eso, el hombre se dio la vuelta y se alejó todavía tomándose su té como si no pasara nada, aun decantándose en la gloria que esperaba a Samuel en su futuro después se seguirlo. Luego de eso, Samuel y Charmeleon solo necesitaron echar una mirada para decidir irse por el otro lado y no mirar atrás hasta que llegaran a Pueblo Cherrygrove.


OMAKE #2 por Ander Arias:

- Podría ser. Solo hay una forma de averiguarlo. – Samuel se arrodilló en el suelo, y poniendo una mano sobre la hierba comenzó a jalarla.

Luego se fue de espaldas cuando un disparo de energía psíquica concentrada casi lo golpea. Se quedó congelado, el miedo le enchinó la piel y miró hacia arriba, viendo que a Adalbert le pasaba lo mismo junto a él.

- ¡¿Qué mierdas están haciendo en mi casa, par de bastardos?! – gritó una voz furiosa y chillona dentro de sus cabezas. Mientras el investigador obliviano ayudaba a su compañero kantoniano a levantarse, los dos notaron a un pequeño Pokemon rosa flotando enfrente de ellos. El Pokémon Mítico conocido como Mew.

- Es un Mew... – dijo Hastings asombrado. – ¿Y puede hablar?

- Creo que está utilizando telepatía para comunicarse con nosotros. Está visiblemente enojado, aunque no me esperaba que tuviese un vocabulario tan colorido. De acuerdo, déjame manejar esto. – replicó Oak, volviéndose hacia el Pokémon rosa y empezando a hablar, tratando de sonar lo más amigable y poco amenazante posible. – Hey, sé que acabamos de irrumpir en tu hogar, pero…

- Por todos los infiernos que lo hicieron. – los interrumpió Mew, sacando lo que parecía ser un par de Uzis. – ¡Saluden a mis amiguitos!

Ambos investigadores notaron que no lucían como armas de fuego ordinarias. Tenían ojos en los lados, y una ornata pieza de tela pegada de las recámaras.

- ¡Asombroso! ¡Es un Doublade en forma unovana! ¡Creí que estaban extintos! – exclamó el profesor castaño, ignorando el peligro mientras se acercaba a examinar al Pokémon con armas de fuego. Hastings rápidamente agarró a Oak por el cuello de la camisa y de un jalón salió corriendo con él.

- ¡COMAN PLOMO, HIJOS DE PUTA! – escucharon gritar la voz furiosa de Mew dentro de sus cabezas, antes que el aire se llenara con los ruidos de ráfagas de disparos, mientras los dos investigadores salían corriendo por sus vidas.