Los chicos de barrio no me pertenecen, son propiedad de Cartoon Netwok y Tom Warburton.
No es un adiós
-Expediente clasificado-
-¿Quieres decir con que no los traerás de regreso?
-No dije eso. Pero…pero es un precio demasiado alto.
-¿Ahora le pones precio a tus agentes cien? –Cree se llevó las manos al rostro completamente frustrada. Llevaban horas discutiendo, y tiempo era lo que menos tenían para desperdiciar- oye sé que tienes una obsesión con los códigos, los mocos y toda la cosa. Pero esto llegó muy lejos, yo solo quiero a mis muchachos.
Su voz sonó como una súplica. Nadie respondió.
-Los quiero de regreso ¡Ahora!
De las cuatro personas dentro de aquella oficina la única que parecía realmente viva era Cree, líder del sector V, los demás presentes murmuraban apenas. Desviaban la mirada y sus palabras sonaban frías y crudas como las de un robot.
-Cien tiene razón –dijo al fin Mauricio- el módulo de códigos es muy importante, de llegar a caer en manos de los adolescentes les estaríamos entregando a toda la organización.
-Pero no podemos abandonarlos. Podrían torturarlos, pegarles chicle en el cabello o hacerles calzón chino. Al menos hay que intentarlo –insistió once- debe haber alguna manera.
-¡Una misión de rescate! –soltó de repente su compañero- tenemos que intentarlo. Cuatro de tus mejores soldados equipados con tecnología de punta. Nos infiltramos, tomamos a los gemelos y regresamos antes de que puedas decir hamburguesas de Hamburgo. ¿Qué dices cien?
Sentado en su enorme silla giratoria el líder supremo se llevó las rodillas al pecho y cerró los ojos. Debía analizar la situación seriamente, los gemelos 8a y 8b secuestrados por los adolescentes que a cambio de su seguridad pedían el módulo de códigos. El modulo sagrado súper archí importante que él había jurado defender. No podía hacerlo, demasiado riesgo. La idea del rescate sonaba mejor, pero…¿Y si no lo lograban? Ya no serían dos niños corriendo peligro, serían seis, diez, veinte a quienes no podría darles la espalda.
-No puedo dejarlos allí y dejar que les extraigan nuestra información –murmuró sin abrir los ojos. Frente a él, Cree y Mauricio por un segundo se permitieron un brillo de esperanza.
-Pero tampoco puedo arriesgarme a perder más soldados –continuó- esto solo tiene una manera de resolverse. El sector V tiene dos puestos disponibles ahora.
-¿¡Queee?!.
Ni si quiera les dio tiempo para discutir o quejarse, con solo apretar un botón la puerta de la oficina se abrió y cuatro soldados entraron.
-Once, nueve, pueden retirarse –ordenó- Serán escoltados y estarán bajo vigilancia máxima, tienen prohibido salir de la base lunar hasta nuevo aviso. Si hablan de esto o intentan algo, será expulsión directa.
Mauricio quedó boquiabierto, como una estatua de piedra sin poder digerir la información por completo. Sintió como si alguien le arrancara una bandita sin preguntarle. Mucho dolor del que no podía defenderse. ¿Qué haría su sector sin sus soldados idénticos ahora? ¿Cómo se lo dirían a Abby?
Cinco. Al menos ella está a salvo –pensó. Y quiso decirlo en voz alta para que once se sintiera mejor al respecto. No pudo hacerlo.
Ella ya estaba corriendo en dirección al líder supremo con la intención de hacerlo cambiar de opinión con sus puños. Los soldados de servicio lograron contenerla justo a tiempo y tuvo que ser llevada fuera a la fuerza.
-¡Esto está mal y lo sabes! ¿Oíste cien? Espero que no lo olvides, ¡Porque yo no pienso hacerlo jamás! –alcanzó a gritar la líder del sector antes de desaparecer por los pasillos junto a su triste y silencioso compañero.
Las puertas se cerraron y cien se puso de pie, la decisión ya estaba tomada. Se dirigió a un estante lleno de cajas de colores, cojió la que estaba más arriba usando como escalera las demás. Introdujo el código secreto para abrir y luego llamó a la única habitante que quedaba dentro de esa habitación.
-Fanny.
Se escuchó un tropezón y una caída, en unos segundos tuvo a la pequeña en frente.
Durante toda la discusión se había mantenido silenciosa e inmóvil, como queriendo ser invisible. Pero ahora que ya no estaban ni once ni nueve allí, solo ellos dos, se veía tan asustada y arrepentida que le hubiera roto el corazón a cualquiera que tuviese uno. El corazón de cien le pertenecía a los chicos del barrio, el solo sintió algo de pena.
-Los gemelos estaban bajo tu cargo –comenzó diciendo el niño- tenían varicela y tu debías cuidar de ellos hasta que curaran. Se suponía que debías impedir que salieran de allí.
-No pude controlarlos, ellos me jugaron una broma, me encerraron en un armario y escaparon. Lo lamento. Yo…es que ellos…-balbuceó ella intentando explicarse y pedir disculpas. Más cuando vio el contenido de la caja se quedó muda y presa del pánico.
-Los gemelos 8a y 8b escaparon del centro médico estando bajo tú cargo. Lo hicieron para poder jugar videojuegos en su casa del árbol mientras sus compañeros lejos de allí cumplían misiones. Estuvieron en el lugar equivocado en el momento equivocado. Fueron capturados –cien sacó de la caja un arma de gran tamaño. La pelirroja retrocedió asustada-. Los encontraré y desde la distancia les dispararé. Sin memorias ya no le serán útiles al enemigo, serán niños comunes, los liberarán y podrán regresar a salvo a casa. Serán felices otra vez.
Es lo mejor para todos ¿Lo entiendes verdad?
Fanny sintió el arma sobre su cráneo en el breve momento en que, dejándose llevar por la sorpresa de las palabras, bajó la guardia. Debido a la confusión previa, ni siquiera pudo recordarse tener miedo.
-Alguien tiene que hacerlo, alguien tiene que correr el riesgo y ser el villano del cuento. Como líder es parte de mi trabajo mantener a salvo los códigos y secretos, evitar el cáos.
Porque así deben ser las cosas. Cada acción individual buena o mala en esta historia condujo a que ahora sean arrancadas las paginas que te correspondían. No pudiste mantenerte en pie, tus acciones para evitarlo aportaron cero y nada, fuiste débil, no prevalecerás. Y...
-Yo lo entiendo –murmuró la niña.
Cien deslizó el dedo sobre el gatillo, continuo apuntándole con el artefacto decomisador a la espera de una suplica, un reclamo, un sutil movimiento que delatara un intento de huida.
-Entiendo -repitió la pequeña pelirroja levantando lentamente su pálido rostro. Enfrentándolo, apretando los puños, temblando de pies a cabeza, cediendo su lugar a las circunstancias. Dejando en claro que no habría resistencia, juicios o llantos.
El líder se alejó con una especie de remordimiento quemandole el pecho. Dudó. Pero finalmente bajó el arma, se cargó encima una mochila, caminó hacia una escotilla donde lo esperaba una nave y desde allí le habló:
-Entonces Fanny, vendrás conmigo.
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Capítulo 5: El peso de la paz.
Patton Drilovsky atravesó la puerta cargando dos enormes bolsas llenas de compras del mercado y gritando en su lengua polaca:
-¡Estoy en casa!
Pero antes de que pudiera sacarse sus botas y dejarlas junto a la puerta, Paddy y Shauni bajaron por las escaleras veloces como gacelas y se abalanzaron sobre los bocadillos como leones hambrientos. El adolecente levantó por sobre su cabeza la bolsa que, entre otras cosas, contenía las sodas y el café. Dejando solo la caja de coloridos cereales como centro de la disputa a muerte entre aquellos dos. Eran las diez de la mañana no deberían comer dulces, pero los padres Fulbright estaban fuera y Patton como su niñero temporal había accedido a tal capricho a cambio que lo dejaran ver su programa preferido esa noche.
Pronto puso manos a la obra. Guardó los suministros recién obtenidos en los lugares correspondientes. El azúcar y el café en la gaveta más alta, los vegetales en la nevera, un par de sodas escondidas entre las latas de atún. Y para balancear la ingesta de dulces con algo nutritivo, una roja manzana para el pequeño Shaunie y una naranja naranja para el molesto Paddy.
-Yo quería la manzana.
-Negativo Patrick. Tu hermano la necesita más que tú, para crecer sano y fuerte –respondió Patton empujándolo fuera de su camino- además la naranja no está nada mal ¿Sabes? Se supone contiene todo ese chisme de las vitaminas y proteínas.
-Te la cambio por una de tus bebidas entonces.
El polaco pareció pensarlo unos momentos.
-La soda esta prohibida para los menores de trece años. La ley es ley.
-No es justo. Debiste haber comprado también para nosotros –murmuró Paddy intentando abrir la gaveta donde las tenía escondidas. Pero apenas sus dedos habían rozado una de ellas, cuando recibió una patada por parte de su niñero que lo hizo caer de espaldas y rodar por el piso- ¡Debiste haber comprado dos manzanas entonces!
-Voy a serte sincero Patrick, me caes mal.
-¡Lo sabía! ¡Se lo diré a mamá!
-¿Quieres quedarte sin naranja? ¿Eso es lo que quieres? Porque estoy así de cerca de… ¡Shaunie deja eso!
El menor de los pelirrojos tenía en manos una de las preciadas botellas y estaba tratando de abrirla con los dientes.
-¡Si, suéltala! ¡Es mía! –chilló Paddy.
-¡Mi dinero, mis sodas! –aulló Patt quitándoselas, abriendola con el borde de la mesada y echándole un trago largo. Sus ojos se llenaron lágrimas debido a las burbujas y el gas carbónico contenido. Y luego expulsó todo en un eructo sonoro y triunfal.
-¡Súper! –exclamó el más pequeño mientras Patt tomaba grandes bocanas de aire y soltaba gas carbonatado de su nariz.
-Presumido -siseó el otro niño.
Sin duda alguna su preferido era Shaunie. Lo sería para cualquiera con dos dedos de frente, era un niño angelical. De esos que cada vez que pregunta sobre algo lo hace diciendo "Señor" o "señorita", con cara de no-rompo-ni-un-plato-¡Adóptame! .Que todavía cree que beber leche, reír y soltarla por la nariz era la habilidad más fantástica del mundo y que la luna es de queso.
Muy distinto era el pelirrojo mayor, que estaba en la edad rebelde. Cuyas travesuras estaban ligadas no solo a la curiosidad sino también al egoísmo típico. Odiaba la escuela, la tarea, (y por lo visto, las naranjas), siempre listo para desafiar cualquier orden que viniera de un adulto haciéndole frente de un modo u otro, tal vez menos altivo que sus otros hermanos. Y menos aún con ese extraño corte de cabello. Pero la misma testarudez de creer tener siempre la razón, la luna era la base secreta de una organización destinada para proteger a los niños y los piojos existen. ¡Que locura!
Para Patt era contradictorio sentir quererlo y odiarlo cuando el mocoso le apuntaba con un extraño juguete que, como había tenido la desgracia de comprobar en varias ocasiones atrás, provocaba que se le congelara el cerebro como cuando comes helado muy rápido.
Eran buenos niños. Cabello rizado y brillante como llamas de una cálida fogata, pecas hasta las orejas, un carácter fuerte y obstinado. Tercos, tercos como una mula. ¡Los tres!
Y ahora que lo pensaba…
-¿Donde esta Francine? –preguntó Patt volviendo a la realidad.
A su lado Paddy se ahogó con el cereal.
-Duerme –contestó tosiendo.
-No la vi en el desayuno y ya son como las once de la mañana.
-Pues duerme mucho.
-Ella lo hace todo más difícil, ¿verdad? –murmuró Patton casi con resignación e hizo bailar la botella vacía sobre la mesa.
Dejó que el silencio y la fingida calma se esparcieran entre ellos y los muebles de la casa. Contó cuantos pasos le tomaría salir de la cocina para llegar a la sala y luego a las escaleras. Uno, dos, cuatro pasos exactos. Vio a Shaunie llevarse el pulgar a la boca, gesto que solo hacia cuando tenía miedo, así que al instante supo que Paddy a solo cuarenta centímetros de él ya tenía en manos una de sus armas escondida en un ángulo en que solo el menor podía verlo.
La botella bailó otra vez, dejando húmedos dibujos circulares sobre el mantel.
Lo que hacía difícil este tipo de situaciones en realidad, era su fuerza bruta. Temía lastimar a los niños con solo un empujón, no media su fuerza pues no estaba acostumbrado a sí mismo. Mientras que allá en su patria lejana su madre halagaba su nuevo físico, más alto y con rasgos más afilados, aprender a manejarlo se le daba fatal.
La botella se le escapó de las manos (Ups!) y giró horizontal hasta el borde de la mesa hasta que las manos apresuradas de Paddy detuvieron su caída por poco. Más cuando el pelirrojo levantó la mirada no encontró a su niñero, este con cuatro grandes pasos había abandonado la cocina y ahora estaba en la sala.
-¡Hey! ¡Hey! ¿¡Tú a dónde vas!? -intentó detenerlo Patrick corriendo por detrás, haciendo disparos congelantes que no daban el blanco porque Patton avanzaba usando los muebles de la sala como escudos fijos a tierra.
Subir por las escaleras manteniendo la cabeza baja lo retrasó más de la cuenta pues cuando llegó al cuarto de la pecosa, Paddy casi le había dado alcance.
-¡Francine Fulbright abre la puerta en este instante! –gritó- Contaré a hasta tres. ¡Tres!
Retrocedió, tomó impulso y golpeó la puesta con el costado de su cuerpo dos veces antes de que esta cediera.
-¡No puedes entrar al cuarto de una chica! –gritó su perseguidor lanzándole la naranja por la cabeza- ¡Es contra las reglas!
Patt cerró los ojos con fuerza ante el comentario, a punto de lanzar un sinfín de disculpas por esa intromisión tan poco caballerosa y preparando para salir de allí como alma que lleva el diablo. Pero luego se sintió estúpido.
Para empezar los tres hermanos dormían en literas compartiendo el cuarto e incluso el baúl con la ropa de vestir, la niña no sería separada de ellos sino hasta que cumpliera trece. Así que ese no era solo "el cuarto de Fanny". Para seguir…
-Ella no está aquí –murmuró el adolecente al ver el cuarto vacío- volvió a escapar.
Y así comenzaba otra jornada invernal para Patton Drilovsky en la casa de los Fulbright, Irlanda.
….
Todo había comenzado una semana atrás cuando una bomba de puré de patatas arrasó con los ninjas intrusos y con gran parte de la decoración de su casa. Apenas si hubo tiempo de tomar su cepillo de tientes, un abrigo y ser arrastrado a Irlanda.
-¿¡El niño polaco de nuevo!? –había gritado el Sr Jefe, señalándolo con su cigarro en su llegada- ya hablamos de esto Francine, nada de esos tontos niños del barrio causando desastres en casa.
-Pero papi –chilló ella- prometo que se portará bien. Prometo cuidarlo, alimentarlo y me haré cargo de sus desastres. Por favor di que sí. Di que sí, que si, siiiiii.
-¡Arhg! ¡Está bien! Pero tiene prohibido subirse al sofá.
Así fue como él termino viviendo en la casa donde la familia de la niña pasaba sus vacaciones, una solución temporal y muy fácil de negociar por cierto. Los adultos fueron entusiastas con la idea y en extremo amables, puesto que al enterarse que parte del incidente y destrozos en la casa de los Drilovsky eran culpa de su hija. No quisieron quedar de brazos cruzados y lo aceptaron sin rechistar en su hogar.
Al principio fue extraño pues Patton no lograba entender tanta confianza de parte de aquellas personas que parecían conocerlo de antaño, dispuestas alojarlo junto con ellos hasta que estuvieran terminadas las refacciones de su propia casa. Se sentía fuera de lugar, confundido por tanta familiaridad y cariño que no tenía ningún sentido que le correspondiera. Por esa razón tal vez, los primeros días Francine se sentaba frente a él en la sala para mostrarle fotografías, juguetes y demás cosas que según ella misma decía le haría recordar.
-¿Y qué tengo que recordar exactamente?
-Lo sabrás cuando lo recuerdes –respondía ella con fastidio.
Sea lo que fuere, él nunca lo supo. La vio tratar y tratar, la vio ser amable, paciente, la escuchó murmurar, para luego gritar, maldecir, golpear cosas y llenarse de suspiros sin entenderla ni un poquito. Ella desistió la vigilancia.
Al final fue obra del tiempo. Cualquier cosa era mejor que estar en casa de la tía Gertrudis, así que Patt terminó por ganarse el cariño de la señora Fulbright alagando sus deliciosos estofados, entendiéndose con el señor Jefe en cuestiones de deportes televisivos, jugando con el pequeño Shaunie quien sonreía maravillado con su nuevo hermano mayor. Y siempre que Paddy se mantuviera alejado de sus sodas o no estuviera apuntándole con alguna extraña arma de juguete, todo era fenomenal.
Dormía en el cuarto de huéspedes, compartía la mesa familiar en las comidas y pasaba tiempo con los niños. Ayudaba en todo lo que podía para retribuirles aquel favor a los Fulbright y se había acoplado tan bien a ese estilo de vida que rara vez recordaba las verdaderas razones por las que había llegado allí en primer lugar.
La única infeliz era Fanny, que para ese entonces había dejado de intentar cualquier cosa con él. Parecía un fantasma malhumorado que vagaba por la casa haciendo oídos sordos a cualquier cosa que comenzara con "Patt…". Una vez incluso, él fingió chocar con ella por accidente en los pasillos para tener una excusa de hablar. Balbuceó una disculpa y unas risitas modestas, pero ella le respondió con una mirada llena de tristeza e ira, tanto así que él no estuvo seguro si la pelirroja estaba a punto de echarse a llorar o intentar darle un puñetazo.
-¿Es normal que me odie tanto? -le preguntó a la mamá de Fanny.
-Si -contestó la señora.
-Así es –contestaron sus hermanos menores.
-¡Pues claro! –gritó el señor jefe desde la sala.
-¿Pero porque?
-Porque sí.
-Porque sí.
-¡Pues claro!
Dejó de freírse la cabeza intentando ser amable y le aplicó la misma ley de hielo. Aguantó dos días.
El tercero se encontró a si mismo golpeando la puerta de la niña para pedir disculpas e intentar razonar de alguna manera. Como nadie respondía, y nadie dejaba plantado a Drilovsky con un discurso de disculpa que le llevó horas, abrió la puerta para encontrase con un escenario impactante.
No había nadie allí adentro.
Ni atrás de la puerta, ni debajo de la cama. Francine no estaba.
En ese momento se le licuaron los huesos del miedo. Salió corriendo en dirección de la sala prácticamente cayendo por la escalera para alertar a los demás. Pero antes de atravesar el umbral de la cocina o que los adultos pudieran escucharlo, fue interceptado por Paddy y su estúpida arma de congelante de cerebro. En un pestañeo lo inmovilizó con una red y lo arrastró hasta el pequeño cuarto donde se guardaba los artículos de limpieza y la ropa sucia. Cerraron la puerta con llave y allí se quedó amordazado toda la noche sin pegar un ojo. Temiendo por cualquier cosa que le pudo haber llegado a pasar a la niña y tratando de explicarse los actos del hermano en su contra. El miedo, la oscuridad y la soledad torcieron sus pensamientos para convertirlos en enormes monstruos que amenazaban con la vida de aquella familia sin que él pudiera hacer algo al respecto.
A la mañana siguiente cuando cabeceaba somnoliento en la misma posición en que lo habían dejado, la puerta se abrió. Shauni lo liberó y le dijo que todo estaba bien. Lo condujo hasta la sala donde sus hermanos desayunaban.
Fanny estaba allí. Su cabello rojo era un desastre, sus botas, rostro, y en general toda ella, estaba cubierta de oscuro y pegajoso lodo. Patton dio un suspiro de alivio que rápidamente se convirtió en un bufido de enojo.
-¿Dónde estabas? –preguntó.
-No es asunto tuyo –respondió sin dirigirle la mirada, masticando sus tostadas.
-Y tú –dijo dirigiéndose a Paddy- ¿Porque hiciste eso anoche?
-Tenía que detenerte, les hubieras dicho a mis padres que Fan había vuelto a escapar –respondió mirando para otro lado- si se enteraban las cosas se hubieran puesto feas. Fanny tenía una misión, eso pasa a menudo. Veras en la luna….
El adolecente guardó silencio. La mejor manera de interactuar con gente loca, era hacerlo de la manera más cuerda posible. Tarea que le hubiera sido sencilla para cualquier persona que no hubiera estado amordazada toda la noche sobre el frio piso, en la oscuridad, sin más compañía que los ruiditos que se escuchaban en los rincones y que rogaba que fueran ratas más o menos amigables.
-Fanny… ¿Qué le pasó a tu ropa? ¿Estas herida? –empezó diciendo Patt acercándose a ella con fingida naturalidad. Pero su ira saltó como un resorte haciendo estallar sus demás emociones- ¡Eran las diez de la noche! ¡¿Dónde carajos estabas Francine?!
Su alrededor se sacudió. Trastabilló unos pasos antes de caer sentado al piso.
Frente a él, la niña sacudía la mano derecha. Quejándose: "Ay, ay. Niño tonto".
Hizo falta un par de segundos para sentir el ardor en su mejilla izquierda, la misma razón por la que había caído al suelo. Si su cuerpo no hubiera estado tan entumecido hubiera tenido los reflejos suficientes para esquivar aquel puñetazo que sin duda dejaría marca.
-Escucha...Patton. Anoche tenía una misión con los Knd, tuve que salir sin permiso. Tu no les dirás nada de esto a mis padres, no te preocuparas y no harás preguntas al respecto. ¿Entendido?
Patt hizo el esfuerzo de abrir la boca y hablar.
-Estuviste buscando a ese imbécil por tu cuenta –murmuró- Si crees que voy al quedarme aquí sin hacer nada…
Pero ella lo empujó una vez más, impidiéndole ponerse de pie.
-¡Te vas a quedar aquí sin hacer nada Patt! –le gritó enfrentándolo- Harás lo que yo te diga, cuando lo diga y sin rechistar. Ama y siervo ¿Lo olvidas?
-¡Dijiste que necesitabas mi ayuda!
-¡Mentí! –respondió ella dándose la vuelta y saliendo de allí. Dejando un rastro de barro con sus botas.
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-Volvió a escapar –repitió pasándose los dedos por aquella marca violácea que casi no se notaba en su mejilla.
Patton se sentó en el piso limpiándose el jugo de la naranja de la cara, mirando la ventana abierta. Si sus suposiciones eran ciertas, la niña había estado fuera toda la noche aprovechando el descuido de sus padres. Un mar de preguntas, miedos y enojos justificados los envolvieron. El par de niños lo observaban desde el otro lado del cuarto. Uno de ellos detendría cualquiera de sus intentos de salir a buscarla y obtener respuestas. Shaunie, se convertía automáticamente en una carga.
Podía stolkearlo, atacarlo, secuestrarlo, obligarlo a trabajar para ella, robar sus camisas y desahogar en él toda su frustración e ira, pero bajo ninguna circunstancia podía fugarse de la casa después de las ocho de la noche. ¡Eso no!
-No les parece raro –dijo cerrando los ojos, relajando sus músculos y dando a entender que ya no intentaría nada- ¿Que yo pueda entenderles hablar Irlandés si nunca he vivido en este país? Y que ustedes puedan entenderme hablar polaco ¿Si hace poco que nos conocemos?
Paddy guardó el arma, pensativo. Shaunie se llevó el pulgar a la boca, un mal hábito que había que quitarle cuanto antes.
-No quiero asustarte Patt, pero tengo entendido que también hablas inglés y….
Pero este no le escuchó. Estaba concentrado contando cuanto le tomaría conseguir una nave, un arma y encontrar a ese estúpido sujeto sesenta. Uno, dos, cinco días exactamente.
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Connor Kurasay.
