¡Hola de nuevo!

Me alegra que les haya gustado el último capítulo, yo disfruté mucho escribiéndolo. Como la autora no puedo ser imparcial, pero también creo que ha sido uno de los mejores hasta ahora, principalmente porque era una de las pocas escenas que ya tenía casi completas en mi cabeza antes de que terminara de escribir el primer capítulo. Esperé muuuuuucho para publicarlo.

Volviendo a la actualización, tengo una sorpresa para el final. Nuestro personaje misterioso que está con los Protectores del Santuario por fín será revelado. Aunque es muy probable que algunos ya lo hayan descubierto.

En fin, aquí les presento el capítulo 12.


Capítulo 12 "No un Vikingo"

Las palabras resonaron por toda la estructura durante lo que parecieron horas. Aún después de que su eco desapareciera, ni una sola alma alrededor de la arena se atrevió a articular alguna palabra. Todos, jinetes, dragones y vikingos, se mantenían paralizados esperando a que alguien más rompiera el silencio, la tensión palpable en el aire, que casi se podía cortar con una daga. En la arena, Astrid miraba al Maestro Dragón, no, a Hiccup en estado de shock. Aún cuando tenía frente a ella la respuesta a todas sus preguntas, no podía pensar en cualquier cosa, demasiado absorta en tratar de darle sentido a lo que acababa de ver.

Hiccup se mantenía firmemente plantado en su lugar, enfrentando la mirada de su padre. Ya no le quedaba ira en el interior para alimentar su fuego. Ya no sentía frustración, miedo, dolor o angustia. No tenía nada adentro, solo una oleada de fuerza como nunca sintió antes. Ya no tenía que esconderse tras su máscara y mentirle a todos. 'Está hecho. El secreto está fuera. Lo que pase ahora no importa, esta guerra llegará a su fin'.

Desde su lugar podía ver a Gobber boquiabierto y desconcertado. Él, al igual que todos en la aldea, nunca lo había visto venir. A su lado, Stoick tenía la mirada en blanco, pero aún sin ver la mano que apretaba con fuerza el mango de su martillo, el castaño casi podía sentir el torrente de rabia y decepción que provenía de su padre. Y podía percibir la mirada de traición que intentaba esconder.

Debería estar sintiendo ansiedad por su falta de respuesta; sabía que su padre podía encerrarlo para siempre en la prisión (o incluso ejecutarlo) por traición, espionaje y miles de cosas más. Su única esperanza era que su padre, por honor, mantuviera su palabra, después de todo, el honor era un elemento muy importante para un vikingo. Pero de alguna manera, no pensó en nada de eso; había dejado a un lado todas sus preocupaciones, convirtiéndolas en una férrea determinación. Había terminado de ocultarse. Era hora de enfrentar sus miedos y de terminar la guerra entre dragones y vikingos.

–Ahora que todo está aclarado, volveremos aquí en tres días con el Consejo de Guerra para la reunión, Jefe Stoick–. Bien, eso fue un poco frío. Pero si quería que esto saliera bien debía ser cauteloso y mantener sus emociones bajo control. Y probablemente su padre no estaba muy complacido con lo que acababa de revelar.

Un destello de dolor se apoderó de las facciones del gran hombre por un segundo, pero se fue tan rápido como había llegado. Volvió a ser solo ira y decepción. Abrió la boca para hablar, su voz potente retumbó por toda la arena.

–Todo este tiempo, ¿fue un engaño? ¡¿Una mentira?! ¡RESPONDE!

–No voy a negar que les oculté secretos a todos. Sé lo que parece, pero no me arrepiento de nada, porque no he hecho nada más que tratar de terminar con la guerra que hemos luchado inútilmente por trescientos años. No hice esto por venganza.

–¡Traicionaste a tu tribu! ¡Deshonraste a la familia! ¡¿Cómo te atreves a darle la espalda a un respetado linaje que ha traído a los mejores asesinos de dragones del Archipiélago?!–. ¡Oh, sorpresa! ¡Su padre no lo estaba escuchando! ¡Otra vez!

–Tal vez. Pero todo lo que he hecho, todo esto– Hiccup hizo un gesto hacia los jinetes en la entrada–, ha sido para detener esta guerra. Para terminar con las muertes innecesarias, los años de miedo y odio. Para que podamos construir un mejor futuro para nosotros.

–¡Te aliaste con nuestros enemigos! ¡Esos diablos roban nuestra comida y destruyen nuestras casas!– bramó enojado el gran jefe.

–¡Lo dije antes, hay más en esta guerra de lo que pueden ver!– contestó con dureza. Hiccup estaba tratando de controlarse, perder de nuevo el control frente a toda la aldea no ayudaría a mantener las cosas pacíficas, pero las acusaciones de su padre no estaban ayudando.

–¡Ellos se llevaron a tu madre! ¡HAN MATADO A CIENTOS DE NOSOTROS!– gritó Stoick.

–¡¿Y los vikingos?! ¡NOSOTROS HEMOS MATADO A MILES DE ELLOS!– le respondió Hiccup.

–¡NO! ¡Tú eres un jinetes de dragones! ¡Haz echado tu suerte con ellos, traidor! No eres un vikingo. No eres mi hijo– sentenció.

Esas palabras golpearon a Hiccup como la embestida de un Gronckle, pero en lugar de dolor, no sintió más que una leve punzada. Estaba entumecido. Era casi como si se hubiera vuelto de hierro, frío y sin emociones. Miró por última vez a su padre, no, al Jefe Stoick, antes de darse la vuelta y salir de la arena, de regreso al Cuartel.


Astrid vio cómo Hiccup asentía rígidamente al Jef-, a Stoick, se colocaba el casco y se marchaba con sus jinetes de dragones de vuelta a su escondite. Tan pronto como se perdieron de vista entre las nubes, Stoick se levantó y también se fue de la arena. Nadie intentó detenerlo. El jefe casi parecía capaz de calcinar a cualquiera que fuera lo suficientemente imprudente como para intentar hablar con él. La multitud empezó a disolverse, cada uno murmurando a su compañero, tratando de darle algún sentido a lo que acababan de ver. Y aunque la mayoría tenían expresiones de incredulidad, conmoción o sorpresa, todavía se podían ver varios rostros furiosos entre ellos.

Aún aturdida, la rubia salió de la arena, y mientras caminaba por el puente de madera de regreso al pueblo, la realidad de lo que acababa de pasar por fin se registró en su mente. Hiccup era el Maestro Dragón. El heredero de Berk, el finalista en el entrenamiento, el hijo del mejor cazador de dragones de la isla, Stoick "the Vast", era un traidor. Un jinete de dragones. Una farsa. Una mentira. Un engaño. Y nunca se habían dado cuenta.

De repente muchas cosas tuvieron sentido. Sus misteriosos viajes, su habilidad con los dragones, su negativa a luchar durante las incursiones, su nerviosismo cuando se mencionaba a la Legión Dragón o su alter ego. Él era la figura misteriosa que liberó a los dragones y destruyó la arena de entrenamiento la noche anterior al examen final de su generación, la misma figura que siempre regresó a liberar sus capturas. Él era el líder de la armada de jinetes de dragones que tenía fama por todo el Archipiélago Bárbaro. Este, este era su gran secreto. Pero tan pronto como la doncella escudo dedujo todo eso, una nueva ola de dudas y preguntas la asaltaron al instante.

¿Qué le había pasado para que se convirtiera en esto? Hasta antes del entrenamiento de dragones, siempre había intentado salir a luchar como todos en la aldea y cazar su propio dragón. Obviamente, algo lo había cambiado para que estuviera del lado del enemigo, para que fuera un traidor. Pero, ahora que lo pensaba, al principio y durante algunos meses, él fue el único jinete de dragones conocido. ¿No había sido siempre su intención crear un ejército completo de ellos? ¿O tenía otro objetivo en mente? Si era así, ¿entonces cuál era? Y Dogsbreath. ¿No se suponía que ellos dos eran rivales? ¿Por qué estarían trabajando juntos de esta manera? Además estaba también Fishlegs. ¿Él era otro jinete de dragones? ¿O fue forzado a ser una especie de informante para la Legión? Definitivamente estaba escondiendo algo, eso era seguro. Pero, ¿qué tan involucrado estaba con todo?

La doncella escudo suspiró y se pasó una mano por el rostro con irritación. Por cada respuesta que obtenía, otras cinco la sustituían. A este paso, terminaría por volverse loca antes de desenredar este misterio. Pero, tal vez, tal vez, eso sería mucho mejor que intentar descubrir cómo se sentía con respecto a esta inesperada revelación.

Debería sentir ira, rabia porque él la había vencido en combate y por confraternizar con el enemigo. Debería estar satisfecha de que Stoick lo repudiara, o creer que necesitaba ser declarado enemigo de Berk, ser buscado y arrestado o… algo peor. Pero no sentía nada de eso, ni siquiera el más mínimo indicio. Se sentía más… herida, traicionada, resentida con el hecho de que Hiccup los había estado engañando a todos, a la aldea, a su padre, a ella, durante todos estos años. Incluso un poco culpable de haberlo ignorado durante años. Y la rubia no sabía porqué. Nunca habían sido cercanos, ni siquiera amigos. Al menos, no después del incidente de su tío Finn con el Flightmare y se probó que el pequeño castaño no era material vikingo. Hasta antes del entrenamiento Hiccup no lo fue… ¿o en realidad él nunca había sido material vikingo?

Desde hace tres años lo habían considerado de los mejores luchadores contra dragones de la isla, superado solo por su padre y unos pocos guerreros veteranos. Eso lo había convertido en un vikingo respetado y hasta admirado en Berk, cuando todos se olvidaron de sus fracasos y de cómo lo habían tratado, pero seguía siendo pequeño, delgado, torpe y con poca fuerza. Ahora descubrieron que, de hecho, él era un guerrero fuerte, ágil y hábil para luchar, pero también estaba del lado de los dragones. Por ironía de las Nornas[1], parecía que ese chico nunca estuvo destinado a ser un verdadero vikingo completo.

Entonces, si no era un vikingo, ¿quién era Hiccup? Nació entre vikingos; como el heredero a la jefatura, fue educado en todas sus leyes y costumbres; vivió en carne propia las consecuencias de las incursiones, como todos, cuando su madre fue raptada por un dragón. Pero él fue diferente a los demás, desafiando a todas sus tradiciones y costumbres conocidas, empezando por su nombre. Se llamaba Hiccup al enano de la camada, al miembro más débil del clan, pero ni siquiera esa tradición escapó de él. No. Pasó como un huracán, trayendo caos y desorden a su paso, sin seguir las reglas, siendo solo él mismo. Un misterio. Uno que ella todavía luchaba por entender.

Hiccup, Hiccup, Hiccup. ¿Por qué tenía que hacerle esto? Astrid Hofferson nunca pensó en chicos o intentó entenderlos. Astrid Hofferson era una doncella escudo nacida para la batalla. Una guerrera. ¿Qué derecho tenía él de apoderarse de su mente y hacerla sentir así? Sus ojos vibrantes y verdes se colaban en sus sueños durante la noche. Su sonrisa torcida le revolvía el estómago y le causaba vértigo. Su desordenada mata de cabello castaño le provocaba ganas de domarlo con sus manos. A veces, casi podía escuchar sus respuestas sarcásticas a algún comentario idiota de Snotlout. Y todo eso la enloquecía. ¡Ella era la intrépida Astrid Hofferson, no una estúpida adolescente enamorada, por el amor de Thor! ¡No! ¡Ella definitivamente no estaba enamorada! Y ciertamente, no de Hiccup.

Hiccup. Tímido pero valiente. Amable pero decidido. Misterioso, inteligente, dulce, creativo y sarcástico Hiccup. Tan humilde que a menudo se subestimaba. Un líder digno de lealtad y confianza. La única persona en todo el Archipiélago que podía poner todo su mundo de cabeza sin estar siquiera presente, y no podía golpearlo por eso en venganza.

Astrid gruñó de frustración y lanzó su hacha al objeto más cercano a ella, que resultó ser… ¿un árbol? La doncella escudo se olvidó momentáneamente de su conflicto interno al darse cuenta de que en su caminata había terminado en medio del bosque. Estaba tan ocupada con sus pensamientos que siguió caminando sin un rumbo fijo. Suspirando con irritación, se acercó al tronco de madera para recuperar su arma.

–¿Astrid?–. La doncella escudo se dio vuelta rápidamente para encontrar a Ruffnut mirándola con algo parecido a la preocupación. Le tomó a Astrid un par de segundos de desconcierto deducir lo que la gemela Thorston hacía allí antes de fruncir el ceño e intentar alejarse. Lo último que necesitaba era otra charla de chicas con Ruffnut que la obligara a explorar más sus sentimientos, sean cuales sean.

–¡Hey! ¡Astrid! ¡Espera!

Astrid la ignoró mientras seguía caminando. Hubo un sonido de pasos y un par de segundos después, Ruffnut apareció frente a ella, bloqueando su camino de regreso a la aldea.

–¡¿Qué quieres?!– preguntó con rudeza y le apuntó con su hacha. –No voy a caer en el truco de "charla de chicas" otra vez; no voy a hablar sobre sentimientos, no quiero hablar sobre sentimientos ¡y definitivamente no quiero hablar o escuchar sobre Hiccup otra vez!– gruñó, cortando a Ruffnut cuando abrió la boca para interrumpirla.

Ruffnut levantó las manos en señal de rendición. –No. No. Vengo en paz. Lo prometo. Sin trucos. Nada de sentimentalismo. Tampoco diré su nombre. Solo hay una cosita sobre la que quería preguntarte.

La doncella escudo apretó los dientes y suspiró en resignación: –Bien. Pero que sea rápido.

–Bueno, ahora que…, ya sabes quién, fue expulsado de la tribu, ¿vas a aprovechar eso para deshacer el compromiso?–. Ruffnut dijo esto de forma tan inesperada que desconcertó por un momento a Astrid.

–¿El compromiso?

compromiso, para ser específicos.

Astrid frunció el ceño mientras lo pensaba. Su compromiso. Lo había olvidado. Ahora que su prometido acababa de ser repudiado por su padre, ¿qué haría? El contrato de matrimonio mostraba específicamente a Hiccup Haddock como el novio. No al heredero de la tribu, simplemente al hijo del clan Haddock, así que eso no iba a comprometerla con Snotlout. Ella podía usar esto como la excusa perfecta para cancelarlo todo y nadie objetaría nada. El honor de su familia estaría a salvo. Volvería a ser una mujer libre, libre para decidir su futuro. Y eso debería hacerla feliz. Era todo lo que siempre había deseado. ¿Verdad?

Si le hubieran preguntado eso hace tres años, habría dicho que sí sin dudarlo. Pero ahora, no estaba tan segura. Había algo en esta posibilidad que la hacía sentir extraña. No podía ser tristeza, no. Tal vez solo era la sensación del cambio, después de todo, ya se había resignado a que ese sería su futuro. Ahora ya no sabía lo quería. Se enfocó de nuevo en la gemela Thorston, que esperaba pacientemente su respuesta.

–No lo sé– admitió.

–¿No lo sabes? Tienes la oportunidad de deshacer el arreglo por el que protestaste en mi cara durante una, una semana entera, ¿y en serio no sabes qué vas a hacer?– preguntó Ruffnut con un poco de incredulidad.

–Sí, no lo sé– remarcó. Este interrogatorio con Ruffnut estaba empezando a encender su temperamento.

–No lo creo– refutó con una expresión engreída y maliciosa. –A mí me parece que lo sabes, que en el fondo ya descubriste la respuesta, pero que le tienes miedo, y por eso no estás dispuesta a admitírselo a nadie, ni siquiera a ti misma.

Parecía que la gemela Thorston no tenía sentido de autoconservación hoy. Especialmente con esa mirada astuta y de saber algo jugoso que mostraba.

–¡Yo no le tengo miedo a nada!– protestó. –¡Solo no quiero pensar en mi compromiso ahora!

–¿Por qué no? Hace tres años estarías rompiendo el acuerdo frente a los ancianos del Consejo en este preciso momento. ¿Qué es diferente ahora? ¿Qué te impide hacerlo?

–No tengo por qué responderte– escupió.

–¿Por qué? Esto no te debería poner incómoda, ¿verdad? ¿Por qué te resistes a romper el compromiso, entonces? Sé lo sabes, Ast–. La molesta sonrisa e insistencia de Ruffnut terminó con lo poco que quedaba de su paciencia y ella finalmente explotó.

–¡¿De verdad quieres saber la verdad, Ruff?! ¡No quiero romper mi compromiso! ¡Es eso!– solo cuando Astrid vio a la otra rubia sonreír triunfalmente y soltar una estruendosa risa, se dio cuenta de lo que acababa de decir. ¿Acaso acaba de admitirle… a Ruffnut… que ella…? ¡Oh dulce Freya!

–¡Lo sabía!– proclamó chillando de una manera demasiado femenina y para nada vikinga. –¡Sabía que él te gustaba! ¡Te gusta Hiccup!

–¡Cállate!– le exigió. Astrid sintió como el calor subía lentamente por su rostro, coloreándole las mejillas de un llamativo tinte rojizo.

–Te gusta, te gusta, te gusta– cantó con voz cantarina mientras bailaba a su alrededor. Luego cambió de tono. –Astrid está enamorada, Astrid está enam-uf– fue derribada al suelo por una Astrid con la cara roja y mortificada.

–¡Te dije, cállate!

Ruffnut la ignoró mientras se levantaba del suelo. Nada de lo que había hecho la doncella escudo le borró la enorme sonrisa de suficiencia en su rostro. Parecía que acababa de encontrar la mismísima Lævateinn[2].

–Te gusta, y no puedes negarlo. ¡Lo tienes escrito en toda tu cara!

–¡No es verdad!– protestó.

–¿Entonces por qué te sonrojas?–. Parecía que Ruffnut no lo dejaría, ya que estaba tan firme en eso. Astrid solo resopló en respuesta. Por alguna razón misteriosa no quería negar lo que había dicho antes. Decidió cambiar a un tema menos vergonzoso.

–¿Para eso viniste? ¿Para molestarme?– le reclamó.

–No. Aparte de eso, vine a averiguar qué vas a hacer ahora. Sé que tienes muchas cosas que aclarar con Hiccup y no lo vas a hacer frente al Consejo. La Astrid que conozco ya debe estar formando un plan para contestar sus dudas. Uno realmente muy bueno. Y quiero estar en primera fila para verlo.

La doncella escudo se relajó. Si. Ruffnut la conocía muy bien.

–No puedo quedarme aquí sentada en la aldea sin hacer nada, esperando a la reunión para escuchar sus explicaciones. Estoy decidida a descubrir la verdad detrás de esto.

–¿Cómo?– preguntó la gemela Thorston intrigada.

Astrid esbozó una pequeña y astuta sonrisa. –Voy a encontrar la respuesta a todas mis preguntas directamente de la fuente. Esta noche.


Algo estaba mal. Toothless lo sabía. Podía sentirlo en la forma tensa en la que su jinete se aferraba a la silla. Y lo había sentido durante todo el vuelo, desde que Hiccup habló con su padre, el alfa del nido humano, en esa extraña cueva de metal donde encerraban dragones. Algo de lo que se habían dicho lo estaba aplastando, lo había lastimado, aunque no sabía que tan profunda fue esa herida. Pero el Night Fury había visto el fuego en los ojos del alfa humano, podía sentir la rabia que emitía. Sabía que ese hombre debía ser el padre de su jinete y que no tenían la mejor de las relaciones, pero no entendía por qué lo trató con tanta frialdad y decepción. Con tanto odio.

Los dragones nunca trataron tan mal a su descendencia. Sí, las crías eran reprendidas firmemente cuando lo necesitaban, pero nunca las trataron como si fueran una molestia, como si no se preocuparan por ellas. Toothless sabía que el alfa humano nunca fue el mejor padre, Hiccup se lo había dicho cuando todavía intentaba devolverlo al cielo, pero también le había contado de cómo se preocupaba por él y de las escasas veces en las que su padre le había dado alguna que otra muestra de cariño. Aunque por más que lo intentara, el dragón no podía relacionar a ese padre severo pero preocupado con el frío y enfurecido humano que habían dejado allá atrás, en la arena.

Un ligero olor fue captado por él cuando se acercaron a su isla. Era demasiado tenue y parecía viejo. Ellos no podían haber llegado ya, aún si volaban a toda su capacidad. Este olor debía ser cargado por el viento, así que ya estaban cerca. Muy pronto deberían aparecer por el horizonte. 'Mejor así'. Si ellos ya estaban cerca, entonces el consuelo que no podía darle a su humano pronto estaría aquí. Solo esperaba que eso fuera suficiente para ayudar a Hiccup.


El viento pasó zumbando por sus oídos. Al frente, la isla que escondía su base emergía del mar. Pero esta vez, la imponente vista que siempre lo cautivaba pasó desapercibida para su mirada perdida. La voz de Stoick todavía golpeaba en su cabeza y no podía bloquearla, por más que lo intentara.

Todo este tiempo, ¿fue un engaño? ¿Una mentira?

Su rostro decepcionado seguía parpadeando frente a él mientras descendían sobre los edificios del Cuartel, con su escolta detrás. Sí, le había mentido y engañado durante tres largos años. Y al principio del entrenamiento de dragones lo había hecho para sobrevivir, para su propio beneficio egoísta. Hiccup dudaba que alguna vez fuera a perdonarse a sí mismo por eso totalmente.

¡Traicionaste a tu tribu! ¡Deshonraste a la familia!

Sí, había traicionado no solo a su tribu, sino también a todos los ideales vikingos y lo que representaban. 'Aunque nunca los haya cumplido realmente'. Y al menos no había sido ejecutado por eso al final. Pero, ¿deshonrar a la familia? 'Eso lo he estado haciendo desde que aprendí a hablar' pensó. Silenciosamente desmontó a su Night Fury y avanzó hacia su cabaña. Todos los jinetes a su alrededor se apartaron de su camino, lanzándole miradas ansiosas, pero él ni siquiera levantó la vista del suelo.

¡Haz hechado tu suerte con ellos, traidor!

Sí, se había puesto del lado de los dragones porque, a pesar de que él había nacido como un vikingo, fueron ellos los que lo aceptaron como era y nunca lo juzgaron por eso. En ellos encontró lo que su propia gente no le dio. Hiccup entró distraídamente por la puerta, con Toothless pisándole los talones. Se sentó en su escritorio, con la mirada perdida, su mano sobre el colgante de Night Fury en su cuello y su cabeza dando vueltas.

No eres un vikingo.

Lo sabía. Sabía que en realidad no lo era y nunca lo había sido. Sabía qué iba a pasar. Que debía pasar. Pero aún no podía creérselo. No podía dejar de ver la mirada de traición en su padre cuando lo dijo. Una mirada que estaba mezclada con dolor, ira, resentimiento, decepción y vergüenza.

No eres mi hijo.

Ya no tenía a su padre. Lo había perdido, tal vez para siempre. Sin posibilidades de que volviera a estar presente en su vida. Todo porque había destruido trescientos años de historia y tradición en un parpadeo. Se quedó observando el vacío, sin estar consciente de cuánto tiempo estuvo ahí, simplemente pensando, hasta que por fin, algo logró llamar su atención.

En la esquina de su visión, notó a Toothless mirar hacia la puerta cuando se abrió con un golpe y también se giró a ver. Enmarcada contra la luz que entraba, estaba la figura de una mujer alta, de cabello castaño y con rostro muy angustiado. Su corazón se apretó. Ella estaba aquí. Ella ya lo sabía. Ella había venido por él.

–Mamá– fue lo único que pudo pronunciar antes de lanzarse sobre sus brazos.

–Aquí estoy,– le susurró, y el suave sonido de su voz lo conmovió –aquí estoy, mi pequeño sol. Estoy contigo ahora. Nunca más te dejaré.

Sintió a Valka abrazarlo con fuerza mientras se arrodillaban en el suelo de la cabaña y lo apretaba contra ella. Después de todo lo que había pasado, nunca la había necesitado junto a él tanto como ahora. Ahí en brazos de su madre y junto a su mejor amigo, el torrente de emociones que había estado conteniendo desde que dejó Berk por fin se soltó, derramándose como una cascada, pronto empezó a sollozar y luego a llorar abiertamente. Mientras buscaba el cálido consuelo de su madre, Hiccup finalmente se rompió.


¡VALKA ESTÁ VIVA!

¿Y? ¿Qué tal su entrada? ¿Demasiado dramática? Mh. Tal vez, pero bueno, ¿qué puedo decir? Es de familia. Además, así es más divertido de escribir.

Notas:

[1]. Las Nornas son dísir (plural de "dís", espíritu femenino) de la mitología nórdica. Tres de ellas son las principales, conocidas con los nombres de Urðr (o Urd, "lo que ha ocurrido", el pasado), Verðandi (o Verdandi, "lo que ocurre ahora", el presente) y Skuld ("lo que debería suceder, o es necesario que ocurra", el futuro). A diferencia de las moiras o parcas de la mitología greco-romana, ellas controlaban el destino pero no están relacionadas directamente con el presente y pasado como indican sus nombres.

[2]. En la mitología nórdica, Lævateinn es una poderosa arma que se menciona brevemente en la Edda poética Fjölsvinnsmál. Es una espada mítica que pasó de las manos de Loki a las de Surtr y de este pasó a Frey. En general se le atribuye el elemento del fuego (Loki y Surt están asociados a ese elemento), el caos y la dualidad de ser una vara-espada o lanza-espada. Y ya que estaba relacionada con Loki sería algo que los gemelos Thorston estarían más que encantados de poseer.

Bien, eso es todo.

¡Hasta pronto!