¡Esperen! Puedo explicar.*ondea una bandera blanca* Sí, ya sé. Hace más de un mes que actualicé por última vez. Y esta vez, creo que mi excusa es bastante valida. Para dejarlo en palabras de Hiccup Horrendous Haddock III:

Los dioses me odian.

¿Alguna vez han conocido a esas personas que por momentos parecen recibir toda la mala suerte existente en el mundo? Bueno, parece que soy una de ellas. Porque justo el siguiente día a la publicación de mi otra historia, cuando finalmente logré terminar con el horrible bloqueo de escritor que tenía, todo vino en masa.

Primero, toda la familia nos contagiamos de covid (gracias vecinos), por lo que apenas y me dejaron tocar mi computadora. Luego tuve que ponerme al día con la escuela (odio ese lugar) y todas las tareas. Y para cerrar con broche de oro, le cayó agua a mi computadora al principio de la semana pasada, así que estoy esperando para saber si tiene salvación o debo empezar a buscar una nueva.

Ahora tengo que escribir desde mi teléfono. Y estoy actualizando desde mi tableta. Al menos tuve la pequeña misericordia de recordar subir este capítulo a FF y guardar el avance de los siguientes en la nube. Aunque esto, muy probablemente, me va a impedir que vuelva a un ritmo más o menos regular en las actualizaciones.

Así que, básicamente, sí, los dioses me odian.

Pero suficiente con las quejas. No vinieron a escuchar sobre mis desgracias.

Entonces, sin más que agregar, les presento el siguiente capítulo.


Capítulo 16 "Primero un Jefe, Luego un Padre"

–¿¡Qué?!

–¡No puedes estar hablando en serio, Stoick!

–¡Berk será humillado!

–¡¿Cómo podemos aceptar eso?!

Muchos gritos similares estallaron a la par en todos lados y resonaron por las enormes paredes del Gran Salón. Stoick los miró imperturbable desde su lugar en el centro de la gran mesa de roble que usaba el Consejo.

Su rostro nunca delató lo que pudiera estar pasando por su mente, pero esto era exactamente lo que sabía que ocurriría cuando decidió convocar a una reunión. Después de todo, como vikingos su primer instinto era conservar intacto su orgullo, lo que incluía el orgullo de la tribu. Desafortunadamente, también como vikingos tendían a actuar sin pensar, y en este caso, eso les podría costar no solo el orgullo de la tribu, sino también alguna represalia por parte de los jinetes de dragones.

Una parte de él seguía diciéndose que Hiccup nunca intentaría nada contra su propia tribu para calmar sus inquietudes. La otra parte, igual de obstinada, empezaba a dudar que todavía siquiera conociera realmente a su propio hijo para poder asegurar eso después de semejante traición y engaño.

El gran jefe levantó las manos para callar a la multitud de vikingos frente a él cuando las protestas empezaron a subir de tono.

–¡Silencio!– bramó e instantáneamente se instaló el silencio en la habitación. –Esto es definitivo y no está abierto a discusión.

–¡¿Y se supone que Berk debe quedarse de brazos cruzados mientras esos criminales amantes de dragones pasean tranquilamente por Berk?!– gritó Spitelout a su lado con indignación.

–Por si lo has olvidado, Spitelout, di mi palabra de jefe para este acuerdo. Romper con cualquiera de sus condiciones sería faltar a mi palabra– le espetó a su cuñado con el ceño fruncido. –Eso en definitiva pondría el orgullo de la tribu en una posición crítica y nos traería grandes problemas para nuestros tratados con otras tribus si empiezan a dudar de la validez de mi palabra.

–¡Stoick tiene razón!– intervino Gobber –No podemos arriesgarnos a perder más crédito antes de que se extienda lo qué pasó. Y en cualquier caso, si intentamos vengarnos de alguna forma, hay que recordar que son ellos los que tienen a los dragones escupe fuego de su lado.

–Pero tampoco podemos dejar que ellos se salgan con la suya así. ¡Se han estado burlando de nosotros bajo nuestras narices durante años con sus engaños!– protestó Burnthair. –¡Esos criminales deben ser castigados!

–Actuar contra ellos mientras estén aquí en Berk, protegidos bajo los términos del trato, sería una cobardía y un acto deshonroso– argumentó Phlegma[1]. –¡No podemos dañar más el orgullo de nuestra tribu!

Stoick suspiró internamente de alivio al ver que algunos miembros del Consejo habían entendido lo delicada que era la situación. Lo más probable era que si Astrid, su General de Defensa, estuviera en la reunión podría apaciguar a la tribu mucho más rápido. Podía ser joven para tener un lugar permanente en el Consejo, pero Berk la respetaba mucho como para no tomarla en cuenta. Desafortunadamente, ella había se había ofrecido hacer una patrulla nocturna esa noche, por lo que no podría tener su apoyo oficial hasta la mañana.

–Es correcto, Phlegma, no podemos dañarlos mientras estén protegidos por el trato,– dijo Hoark –pero será válido únicamente durante el tiempo que estén en Berk para la reunión en unos días. Después de eso se habrá terminado cualquier impedimento y podremos actuar.

–¡Escúchenme todos!– anunció Stoick. –Por el acuerdo, Berk se comprometió a que nadie dañe a sus enviados, o a cualquier dragón, mientras ellos estén en la isla– dijo esa última parte con evidente ira. –Pero tan pronto como pongan un pie fuera de aquí, esa neutralidad dejará de ser válida y Berk pondrá un precio por las cabezas de sus líderes–. La multitud asintió con evidente aprobación.

–Mientras tanto, queda prohibido cualquier acto de abierta hostilidad hacia los jinetes de dragones. Un incidente que siquiera insinúe algún incumplimiento de sus términos podría ser tomado como una declaración de guerra.

Stoick dio una mirada a toda la multitud: –Desde este momento, toda embarcación extranjera que llegue a los muelles será revisada y bajo ninguna circunstancia pueden enterarse de lo qué nos pasó con los jinetes. La noticia se esparciría como polvo por las demás tribus–. 'Y alertaría a la Legión si tienen algún espía entre ellos' agregó mentalmente.

–¿Estás seguro que esas son todas tus razones para actuar así, Stoick?– se escuchó una voz de entre la multitud. Los vikingos volvieron su atención al origen de la voz y los que habían estado más cerca se apartaron para que un anciano vikingo con un gran bastón y una barba desordenada se revelara.

–¿Qué dijiste, Mildew?–. Stoick se levantó del trono del jefe con una mirada tormentosa en su dirección. Mildew no se inmutó mientras avanzaba desafiante al frente seguido de su oveja mascota Fungus.

–Parece muy conveniente que no podamos vengar esta ofensa a Berk mientras tu ex-hijo traidor esté a nuestro alcance, ¿no?– comentó con malicia. –Evidentemente, todavía sientes algo de afecto por ese pequeño error que tenías como heredero, ya que estás siendo demasiado blando con el castigo que alguien como él se merece.

–¿Alguien como él?– repitió Stoick, apenas logrando reprimir con éxito la furia en su interior. Cientos de voces estallaron a su alrededor, algunas con sorpresa otras con acuerdo, pero la atención del Jefe de Berk se mantuvo en el viejo alborotador frente a él.

–¡Es un traidor y un criminal, Stoick!– declaró. –¡Se colocó del lado de esos diablos alados! ¡Debería haber sido condenado al Águila de Sangre por lo que hizo!

–Hiccup ha sido expulsado de la tribu y destituido de su puesto como heredero de Berk– muy pocos pudieron percatarse de la amargura bajo el tono firme del jefe. –Tan pronto como nos libremos de este asunto, será tratado como cualquier otro desterrado si intenta acercarse de nuevo. Considero eso suficiente castigo para él.

–¿Todavía favoreces al chico?– gritó Mildew. –Después de todo lo que ha hecho, ¿cómo puedes siquiera pensar en protegerlo?– el viejo vikingo detuvo sus reclamos y una mirada de comprensión pasó por su rostro. –¡Ah, claro! Porque tu esposa era como él. Una traidora amante de dragones– bufó. –¡Y mira cómo terminó eso para ambos! Su locura le costó la vida a ella y su hijo fue expulsado de su isla.

–¡SUFICIENTE!– bramó Stoick golpeando sus puños contra la mesa. Inmediatamente, todos los susurros en la habitación cedieron. Mildew tenía el rostro pálido, y empezó a cuestionar si tal vez había ido demasiado lejos al fin, pero fue llamado por el jefe con voz airada. –¡No tienes derecho de faltar a la memoria de mi esposa, Mildew! Como parte de la tribu y un anciano tienes derecho a ser escuchado, pero esta vez has pasado los límites. Parece que olvidaste lo qué pasó la última vez que alguien más intentó cuestionar mi posición. ¿Acaso deseas desafiar mi autoridad como Jefe de Berk? ¡¿Es eso?!

Reconociendo que Stoick podría aplastarlo en menos de treinta segundos, Mildew retrocedió con miedo y de mala gana. El gran jefe miró a los vikingos a su alrededor y gritó: –¿Alguien más desea desafiarme?–. Cuando nadie respondió, asintió satisfecho con la cabeza antes de dirigirse otra vez a Mildew.

–Escúchame bien, Mildew, porque esta será tu única advertencia– gruñó. –Está ha sido la primera y última vez que cuestiones las razones para actuar de tu jefe. Porque la próxima vez que lo intentes, serás desterrado permanentemente de Berk. ¡Esta reunión se terminó!

Stoick saludó con la cabeza a su gente cuando salieron por las pesadas puertas del Gran Salón. En poco tiempo, el enorme espacio quedó vacío y Stoick se permitió desplomarse de nuevo en su silla con cansancio. En el momento en que apoyó la frente contra su mano, una voz junto a él lo hizo sobresaltarse.

–Bueno, eso eh… pudo salir mejor.

Stoick dirigió su vista hacia su lado izquierdo para ver a su mejor amigo cojear en su dirección. –Mildew ha estado causando más problemas de lo habitual– suspiró. –Tal vez construir su casa al otro lado de la montaña fue una medida demasiado pobre.

–Oh, definitivamente lo fue– concordó alegremente. –Debiste haberlo enviado al extremo más alejado y solitario de la isla, por decir lo menos– comentó antes de tomar un trago del contenido de su copa. –Y así a las únicas criaturas que podría molestar sería a los trolls que sean lo suficientemente tontos como para intentar robar sus calcetines izquierdos. Pero no te preocupes. Para arreglar ese error, siempre sobrarán oportunidades en el futuro.

–Yo no estaría tan seguro– suspiró. –Puede que sea un viejo y malhumorado anciano decrépito, puede que sea un ermitaño y un loco, pero también es bastante astuto al intentar manipular a la aldea para conseguir lo que quiere. No va a arriesgarse. Pasará algún tiempo o algo más grave antes de que cometa algo digno del exilio. Para un vikingo como él, es bastante precavido.

–Por mucho que odie reconocerlo, Mildew tiene un punto, esta vez– comentó Gobber.

–¿Qué?– Stoick se volvió a él con el ceño fruncido.

–Aún sientes algo por el chico– declaró.

–Ahora es un traidor, Gobber. Tenemos leyes claras.

–Pero las leyes nunca han definido los sentimientos, Stoick. Tú aún lo sigues viendo como tu hijo– esa no era una pregunta. El viejo herrero se sentó junto a su amigo antes de suspirar: –Sé cómo se siente. Puede que me decepcione lo que hizo. Pero Hiccup siempre va a ser el hijo que Irena y yo nunca tuvimos.

–Yo… confieso que… no puedo dejar atrás todo tan fácilmente– admitió un poco incómodo. Los vikingos no hablaban de sentimientos. Jamás. –Especialmente por los últimos tres años.

–Lo sé. Y también sé que está siendo doloroso para ti. Después de todo, aunque seas el jefe, sigues siendo su padre. Debió ser difícil desterrarlo.

–El deber de un jefe está primero con los suyos, Gobber. Se es un jefe primero y un padre después– dijo con firmeza.

–Lo estás haciendo otra vez– suspiró el herrero. –Pensé que a estas alturas ya te habrías dado cuenta de lo estúpido que es hacerlo.

–¿Hacer qué?– lo desafió a hablar. Gobber ni se inmutó y decidió ignorar a su amigo.

–Estás usando tu trabajo como escape para tu dolor–. Stoick, que había intentado refutar su declaración, se quedó en silencio cuando lo escuchó.

–¡Oh! ¿Crees que no me di cuenta?– resopló. –¡Por favor, Stoick! Te conozco desde los ocho años. A veces, hasta mejor que tú. Se hizo evidente cuando empezaste a evitar a Hiccup porque se parecía cada vez más a Valka y empezaste a temer perderlo a él también.

–Mira, se que pensaste que estabas haciendo lo mejor para él al mantenerte alejado; que así podría aprender a arreglar las cosas por su cuenta y a ser responsable de él mismo. Pero en realidad, prácticamente lo expulsaste casi por completo de tu vida– explicó. –Nunca funcionó como pensabas. Y la manera en la que lo trataron los chicos de su edad durante esos años tampoco ayudó. Empezó a creer que no valía lo suficiente para ser tu heredero, que solo te avergonzabas de él y tu ausencia lo alentó. Ayudaste mucho evitándolo en cada oportunidad que tenías– bufó. –Nunca los vi intercambiar más de diez o quince palabras por día cuando mucho.

–¡Eso no es cierto!– protestó. –Estás exagerando. Logré acercarme más a Hiccup durante los últimos tres años. Es diferente ahora– Stoick se detuvo, recordando lo que había pasado más temprano en la arena. –O lo fue.

–¿Y antes del entrenamiento de dragones? Hasta ese momento nunca le pusiste realmente atención– espetó Gobber. –A menos, claro, que cuentes todas las veces en las que lo reprendiste públicamente por todos los accidentes que cometió intentando obtener al menos una pizca de tu inalcanzable aprobación– resopló.

–¿Estás ininuando que todo lo qué pasó fue mi culpa?– le preguntó con indignación. –¿Estás diciendo que fue por mí que Hiccup nos traicionó?

–Estoy diciendo que te equivocaste al tratarlo con indiferencia. Estoy diciendo que fuiste tú quien le dio la espalda primero, y durante mucho tiempo. Lo ignoraste cuando él más te necesitó– acusó. –Eso lo lastimó mucho, Stoick. ¿Sabes qué me dijo una vez? "Si no viviéramos en la misma casa, no sabría que él es en realidad mi padre".

El gran jefe se paralizó. ¿Eso había pensado su propio hijo? ¿Podía haber sido tan duro con Hiccup para llevarlo a creer eso? ¿Qué no se preocupaba por él? –Yo solo… solo estaba tratando de hacerlo fuerte. Pensé… que hacía lo correcto– murmuró.

–¿Y alguna vez se lo dijiste? ¿Le dijiste que estabas haciendo eso por él?

Stoick no necesitaba intentar recordar, ya sabía la respuesta. Se había lanzado directo a realizar lo que creía correcto sin detenerse a pensar en cómo le afectaría a Hiccup. Ahora que veía todo desde otra perspectiva, el jefe de Berk empezó a darse cuenta de cuánto había lastimado a su propio hijo. De repente, muchas cosas tenían sentido. Los sarcasmos de Hiccup solo eran los únicos métodos de defensa que tenía para él, esa vieja obsesión por matar su propio dragón había sido para tratar de encajar, su emoción por mostrarle sus inventos era la forma de llamar su atención, la expresión derrotada rayando en desesperación que a veces le había visto tratar de esconder cuando le daba la espalda; pequeños detalles a los que nunca había prestado mucha atención, pero cuánto escondían detrás.

Inconscientemente, todo lo había causado él. Si tan solo Valka hubiera estado viva… –No. No lo hice– respondió. –Y ahora ya es muy tarde para arreglarlo.

–Tal vez. Lo más probable es que después de la reunión con la Legión, nunca jamás lo volverás a ver. Y cargarás con eso por el resto de tus días– concedió despreocupado el herrero mientras vaciaba su copa. –Pero nada es seguro. El futuro es un misterio, tiende a no seguir nuestras expectativas. Cuando menos te lo esperes, puede dar segundas oportunidades. El truco está en saber verlas y arriesgarse a tomarlas, Stoick.

–¿Te estás escuchando, Gobber? Hiccup nos traicionó al amistarse con los dragones, él sigue siendo un desterrado. Yo sigo siendo el Jefe de Berk, mi deber es poner el bien de la tribu por sobre todo. Nada va a cambiar– replicó amargamente.

–Por la barba de Odín, ¿qué se necesita para que ustedes los hombres Haddock dejen de ser tan tercos y escuchen por una vez?– musitó exasperado el herrero. –Ni siquiera hemos escuchado lo que el chico tiene que decir. Y no sé qué pienses tú, pero algo me dice que Hiccup tuvo sus razones para actuar así. Al menos pienso darle la oportunidad de defenderse.

–Hiccup no puede volver a la tribu. Tenemos leyes claras, Gobber. Tenemos costumbres que se pasaron de padres a hijos por generaciones. Como nosotros, han permanecido firmes; representan todo lo que somos. Hiccup le dio la espalda a los vikingos al ignorar todo eso; él ya eligió su lado, no va a retractarse, y yo tampoco pienso hacerlo– Stoick se levantó y empezó a caminar a la salida.

–Pues tal vez sea hora cambiar las leyes viejas y romper costumbres– la voz de su amigo lo hizo detenerse. –Tal vez sea hora de un cambio. No sé que se propone esa espina de pescado con todo esto, pero seguramente va a afectar a todos en el archipiélago. Pronto lo veremos. Solo sé que después de esto, Berk nunca más será el mismo.


Sí, sentí que no debía descuidar lo que pasaba en Berk. Además, quería ver a Mildew siendo puesto en su lugar por el jefe, y lo disfruté bastante. (Gracias a Lucasdiaz9000 por la idea, por cierto).

Intenaré actualizar la próxima semana, tal vez regrese a ver qué pasará con el misterioso viaje de la pandilla que planea nuestro jinete de dragones favorito.

Toothless: ¡Oh, por favor! Todo el mundo ya debe imaginar que va a venir en el próximo capítulo. Eres una pésima escritora, niña.

NightSkyLady: ¡Cállate, Toothless! ¡Tú ni siquiera sabes escribir!

Toothless: Pero podría hacerlo mucho mejor.

NightSkyLady: ¡Me cuesta mucho más creerlo, dragón engreído! ¡Y deberías estar en la cala, de todas formas! ¡Regresa ahí ahora!

Toothless: ¡Tendrás que obligarme, pequeña cría!*sale corriendo*

NightSkyLady: ¡¿Cría?! ¡Vuelve aquí, inútil lagarto sobre crecido!*lo persigue*

Notas:

[1]. A pesar de los privilegios que tenían por sobre otras mujeres libres de su época, no era muy frecuente que a las mujeres vikingas se les permitiera participar en actos de negociación o reuniones tribales, ni hablar de tener un puesto en el Consejo. PERO, como esto es fanfiction, decidí usar una licencia artística y colocar un personaje femenino en el Consejo para diversificar.

¡Hasta pronto!