ADVERTENCIA: Los personajes pertenecen en su totalidad a J.K Rowling, al igual que la idea original no es de mi propiedad.
Párrafos de "Harry Potter y la piedra filosofal" incluidos en la historia. Agradezco, una vez más, su infinita paciencia y su amor a este fanfic. El contenido de sus Review leídos en su totalidad.
*REEDICIÓN*
29/12/22
01, septiembre. 1991
Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.
19:30 p.m.
El primer aire que Hermione inhaló aquella oscura noche solo alumbrada por unas pocas estrellas y aún más pocas farolas fue terriblemente frío. Los estudiantes de la escuela de magia en sus distintos años escolares caminaban uno al lado del otro, charlando en voz baja al dirigirse hacia un sendero sinuoso ignorando el nerviosismo en sus compañeros primerizos.
-¡Primer año! ¡Los de primer año por aquí! ¿Todo bien por ahí, Harry?
El gran rostro peludo, proporcional al tamaño del gigante provocó la apertura casi cómica de la mandíbula de la niña. Harry Potter, el-niño-que-vivió, sonrió con nerviosismo a la criatura mientras los alumnos de primer año se arremolinaban a su alrededor.
Un codo se incrustó en su costado durante el alboroto provocado, sus ojos rápidamente cayendo en el niño a su lado. Las pálidas mejillas del peli plateado enrojecieron violentamente mientras se alejaba al resguardo de sus dos amigos que sobrepasaban en altura al resto. El moreno detrás de ella soltó una risilla condescendiente mientras la niña se alejaba del quinteto.
El encuentro en el vagón aún presente en su memoria.
-Vengan, síganme... ¿Hay más de primer año? Miren bien dónde pisan. ¡Los de primer año!
Resbalando y a tientas, siguió junto a los demás al semigigante por lo que parecía un estrecho sendero apenas visible en medio de una hilera de árboles muy tupidos. Nadie hablaba mucho. Los leves lloriqueos de Neville Longbottom se escuchaban de vez en cuando; la búsqueda de su sapo había sido totalmente infructuosa.
-En un segundo tendrán la primera visión de Hogwarts -exclamó el semigigante por encima del hombro-, justo al doblar esta curva.
El grito de asombro de la niña se entremezcló con los de sus compañeros.
El sendero estrecho se abría súbitamente al borde de un gran lago negro. En la punta de una alta montaña, al otro lado, con sus ventanas brillando bajo el cielo estrellado, había un impresionante castillo con muchas torres y torrecillas.
-¡No más de cuatro por bote! -gritó el semigigante, señalando a una flota de botecitos alineados en el agua, al lado de la orilla.
Hermione se apresuró a sentarse en uno de los botecitos, temerosa de ser dejada atrás. Neville Longbottom la siguió de cerca junto a una chica pelirroja y el castaño del quinteto del vagón. Sus ojos asombrosamente azules la miraron expectante antes de desviar su mirada al barco contiguo, donde el resto de sus amigos procedían a sentarse.
-¿Todos arriba? -continuó el semigigante, que tenía un bote para él solo-. ¡Venga! ¡ADELANTE!
Y la pequeña flota de botes se movió al mismo tiempo, deslizándose por el lago, que era tan liso como el cristal. Todos estaban en silencio, contemplando el gran castillo que se elevaba sobre sus cabezas mientras se acercaban cada vez más al risco donde se erigía el castillo.
-¡Bajen las cabezas! -exclamó el semigigante, (quien aún no había tenido la sensatez de presentarse) mientras los primeros botes alcanzaban el peñasco. Todos agacharon la cabeza y los botecitos los llevaron a través de una cortina de hiedra, que escondía una ancha abertura en la parte delantera del peñasco. Fueron por un túnel oscuro que parecía conducirlos justo por debajo del castillo, hasta que llegaron a una especie de muelle subterráneo, donde treparon por entre las rocas y los guijarros.
-¡Eh, tú, el de allí! ¿Es éste tu sapo? -dijo el semigigante, mientras vigilaba los botes y la gente que bajaba de ellos. El sapo, a pesar de ser demasiado grande para sus compañeros anfibios, se veía aún demasiado pequeño en su gigantesca mano.
-¡Trevor! -gritó el niño Longbottom, muy contento, extendiendo las manos. Luego subieron por un pasadizo en la roca, detrás de la lámpara del semigigante, saliendo finalmente a un césped suave y húmedo, a la sombra del castillo.
Subieron por unos escalones de piedra y se reunieron ante la gran puerta de roble.
-¿Están todos aquí? Tú, ¿todavía tienes tu sapo? -Longbottom asintió efusivamente a la pregunta del semigigante antes de que una de sus gigantescas manos formara un grotesco puño y llamara tres veces a la puerta del castillo.
La puerta se abrió de inmediato. Una bruja alta, de cabello negro y túnica verde esmeralda, esperaba allí. Tenía un rostro muy severo. Era la profesora McGonagall.
Hermione Granger había conocido a Minerva McGonagall durante las vacaciones. La bruja se había aparecido un día frente a la casa de sus padres con una carta en la mano y una varita en la otra. La carta a la que se había aferrado con su vida durante la noche en que sus padres parecían por fin haber llegado a la ruptura final.
La mirada de desagrado total de su padre la perseguiría hasta el final de sus días.
-Los de primer año, profesora McGonagall -dijo el semigigante.
-Muchas gracias, Hagrid. Yo los llevaré desde aquí.
Abrió bien la puerta. El vestíbulo de entrada era tan grade que hubieran podido meter toda su casa en él. Las paredes de piedra estaban iluminadas con resplandecientes antorchas como las de Gringotts (el banco mágico), el techo era tan alto que no se veía y una magnífica escalera de mármol, frente a ellos, conducía a los pisos superiores.
Siguieron a la profesora McGonagall a través de un camino señalado en el suelo de piedra. Hermione podía oír el ruido de cientos de voces, que salían de un portal situado a la derecha (el Gran Comedor), pero la profesora McGonagall llevó a los de primer año a una pequeña habitación vacía, fuera del vestíbulo. Se reunieron allí, más cerca unos a otros de lo que estaban acostumbrados, mirando con nerviosismo a su alrededor.
-Bienvenidos a Hogwarts -dijo la profesora McGonagall-. El banquete de comienzo de año se celebrará dentro de poco, pero antes de que ocupen sus lugares en el Gran Comedor deberán ser seleccionados para sus casas. La Selección es una ceremonia muy importante porque, mientras estén aquí, sus casas serán como su familia en Hogwarts. Tendrán clases con el resto de la casa que les toque, dormirán en los dormitorios de sus casas y pasaran el tiempo libre en su sala común.
"Las cuatro casas se llaman Gryffindor, Hufflepuff, Ravenclaw y Slytherin. Cada casa tiene su propia y noble historia y cada una ha producido notables brujas y magos. Mientras estén en Hogwarts, sus triunfos conseguirán que las casas ganen puntos, mientras que cualquier infracción de las reglas hará que los pierdan. Al finalizar el año, la casa que obtenga más puntos será premiada con la copa de la casa, un gran honor. Espero que todos ustedes sean un orgullo para la casa que les toque."
"La Ceremonia de Selección tendrá lugar dentro de pocos minutos, frente al resto del colegio. Les sugiero que, mientras esperan, se arreglen lo mejor posible."
Los ojos de la profesora se detuvieron un momento en la capa de Longbottom, que estaba atada bajo su oreja izquierda, y la nariz manchada de Weasley. Con nerviosismo, Hermione se pasó las manos por su impoluta túnica.
-Volveré cuando lo tengamos todo listo para la ceremonia -dijo la profesora McGonagall-. Por favor, esperen tranquilos.
Algunos de sus nuevos compañeros empezaron a murmurar entre ellos mientras Hermione trataba de calmar el ataque de pánico que estaba a punto de consumirla. ¿Y si la profesora McGonagall se había equivocado? ¿Y si realmente no pertenecía aquí? ¿Y si el sombrero seleccionador al final determinaba que su magia no era suficiente?
Una infinidad de "y si…" fueron silenciados abruptamente cuando los niños a su alrededor gritaron asustados por los fantasmas que acababan de traspasar una de las paredes. El grito agudo del moreno del quinteto del vagón resonando por encima de los demás.
Un conjunto de al menos veinte fantasmas de color blanco perla y ligeramente transparentes, se deslizaban por la habitación, hablado unos con otros, casi sin mirar a los de primer año. Por lo visto, estaban discutiendo. El que parecía un monje gordo y pequeño, decía:
-Perdonar y olvidar. Yo digo que deberíamos darle una segunda oportunidad…
-Mi querido Fraile, ¿no le hemos dado a Peeves todas las oportunidades que merece? Nos ha dado mala fama a todos y, usted lo sabe, ni siquiera es un fantasma de verdad… ¿Y qué están haciendo todos ustedes aquí?
El fantasma, con gorguera y medias, se había dado cuenta de pronto de la presencia de los de primer año.
Nadie respondió.
-¡Alumnos nuevos! -dijo el Fraile Gordo, sonriendo a todos-. Están esperando la selección, ¿no?
Algunos asintieron.
-¡Espero verlos en Hufflepuff! -continuó el Fraile-. Mi antigua casa, ya saben.
-En marcha -dijo una voz aguda-. La Ceremonia de Selección va a comenzar.
La profesora McGonagall había vuelto. Uno a uno, los fantasmas flotaron a través de la pared opuesta.
-Ahora formen una hilera -dijo la profesora a los de primer año- y síganme.
Con un nudo en la garganta y un horrible retorcijón en el estómago, Hermione se colocó detrás del moreno quien estaba siendo el blanco de burlas de los dos niños demasiado grandes para tener solo once años. Salieron de la habitación, volvieron a cruzar el vestíbulo, pasaron por unas puertas dobles y entraron en el Gran Comedor.
Hermione nunca habría imaginado un lugar tan extraño y espléndido. Estaba iluminado por miles y miles de velas, que flotaban en el aire sobre cuatro grandes mesas, donde los demás estudiantes ya estaban sentados. En las mesas había platos, cubiertos y copas de oro. En una tarima, en la cabecera del comedor, había otra gran mesa, donde se sentaban los profesores. La profesora McGonagall condujo allí a los alumnos, con los profesores a sus espaldas. Los cientos de rostros que los miraban parecían pálidas linternas bajo la luz brillante de las velas. Situados entre los estudiantes, los fantasmas tenían un neblinoso brillo plateado. Para evitar todas las miradas, Hermione levantó la vista y vio un techo de terciopelo negro, salpicado de estrellas.
-El hechizo refleja el estado del clima fuera del castillo -dijo en voz alta, a nadie en particular. Harry Potter volteo a mirarla por encima del hombro, una mirada curiosa sobre Hermione.
-Historia de Hogwarts, por Bathilda Bagshot -dijo el castaño con quien había compartido barco, un asentimiento de cabeza aprobando la información no solicitada por Hermione. Los ojos de el-niño-que-vivió rápidamente se desviaron el castaño, antes de atrapar la sonrisa maliciosa en el pálido rostro del platinado parado detrás de ellos. La mirada de Harry Potter se consumió en algo parecido al disgusto antes de girarse a Ronald Weasley, que miraba aterrado a la profesora McGonagall que ponía en silencio un taburete de cuatro patas frente a los de primer año. Encima del taburete puso un sombrero puntiagudo de mago. El sombrero estaba remendado, raído y muy sucio.
Ese era el Sombrero Seleccionador.
Durante unos pocos segundos, se hizo un silencio completo. Entonces el sombrero se movió. Una rasgadura cerca del borde se abrió, ancha como una boca, y el sombrero comenzó a cantar:
Oh, podrás pensar que no soy bonito,
Pero no juzgues por lo que ves.
Me comeré a mí mismo si puedes encontrar
Un sombrero más inteligente que yo.
Puedes tener bombines negros,
Sombreros altos y elegantes.
Pero yo soy el Sombrero Seleccionador de Hogwarts
Y puedo superar a todos.
No hay nada escondido en tu cabeza
Que el Sombrero Seleccionador no pueda ver.
Así que pruébame y te diré
Dónde debes estar.
Puedes pertenecer a Gryffindor,
Donde habitan los valientes.
Su osadía, temple y caballerosidad
Ponen aparte a los de Gryffindor.
Puedes pertenecer a Hufflepuff
Donde son justos y leales.
Esos perseverantes Hufflepuff
De verdad no temen al trabajo pesado.
O tal vez a la antigua sabiduría de Ravenclaw,
Si tienes una mente dispuesta,
Porque los de inteligencia y erudición
Siempre encontrarán allí a sus semejantes.
O tal vez en Slytherin
Harás tus verdaderos amigos.
Esa gente astuta utiliza cualquier medio
Para lograr sus fines.
¡Así que pruébame! ¡No tengas miedo!
¡Y no recibirás una bofetada!
Estás en buenas manos (aunque yo no las tenga).
Porque soy el Sombrero Seleccionador.
Todo el comedor estalló en aplausos cuando el sombrero terminó su canción. Éste se inclinó hacia las cuatro mesas y luego se quedó rígido otra vez.
La profesora McGonagall se adelantó con un gran rollo de pergamino.
-Cuando yo los llame deberán ponerse el sombrero y sentarse en el taburete para que los seleccionen -dijo-. ¡Abbott, Hannah!
Una niña de rostro rosado y trenzas rubias salió de la fila, se puso el sombrero, que la tapó hasta los ojos, y se sentó. Un momento de pausa.
-¡HUFFLEPUFF!
La mesa de la derecha aplaudió mientras Hannah iba a sentarse con los de Hufflepuff. Hermione vio al fantasma del Fraile Gordo saludando con alegría a la niña.
-¡Bones, Susan!
-¡HUFFLEPUFF! -gritó otra vez el sombrero, y Susan se apresuró a sentarse al lado de Hannah.
-¡Boot, Terry!
-¡RAVENCLAW!
La segunda mesa a la izquierda aplaudió esta vez. Varios Ravenclaw se levantaron para estrechar la mano de Terry, mientras se reunía con ellos.
Brocklehurst, Mandy también fue a Ravenclaw, pero Brown, Lavender resultó ser la primera nueva Gryffindor, en la mesa más alejada de la izquierda, que estalló en gritos. Hermione pudo ver a un par de gemelos pelirrojos, silbando.
Bulstrode, Millicent y Crabbe, Vincent fueron a Slytherin.
-¡Finch-Fletchley, Justin!
-¡HUFFLEPUFF!
Hermione notó que, algunas veces, el sombrero gritaba el nombre de la casa de inmediato, pero otras tardaba un poco en decidirse.
-Finnigan, Seamus. -El muchacho de cabello arenoso estuvo casi un minuto entero, antes de que el sombrero lo declarara un Gryffindor.
-Granger, Hermione.
El aire pareció quedarse atrapado en sus pulmones, las manos temblando horriblemente mientras un sudor helado caía por su sien. Estaba congelada en su lugar antes de que alguien, presumiblemente el moreno, la empujara suevamente para ayudarla a dar el primer paso.
Con paso tembloroso llegó al taburete, se sentó y se colocó el sombrero sobre la cabeza.
El mundo a su alrededor desapareció.
-Mmm -dijo una vocecita en su oreja- Difícil. Muy difícil. Llena de valor, lo veo. Una mente asombrosa e inteligente. Hay talento, oh vaya, sí, y una buena disposición para probarte a ti misma, esto es muy interesante… ¿dónde te podré?
El corazón de Hermione latía con demasiada fuerza, su cuerpo moviéndose con terribles espasmos.
Esto era real, estaba aquí. Nada de esto era una broma de mal gusto, de verdad, de verdad sería seleccionada en una Casa, pasaría los próximos siete años de su vida perfeccionando su magia, aprendiendo los secretos alrededor del mundo mágico, conociendo su historia y por fin, por fin, estaría rodeada de personas que pensaran igual a ella... tendría verdaderos amigos por una vez en su vida…
-¡SLYTHERIN!
… ¿espera qué?
El horror se deslizó por su cuerpo mientras alguien, muy probablemente la profesora McGonagall, le retiraba el sombrero seleccionador de la cabeza revelando una vez más el Gran Comedor y sus decenas de alumnos sentados ahí. Ni un solo aplauso retumbó a su alrededor.
La mesa de Slytherin, terriblemente silenciosa, procedió a ser el centro de atención. Las espaldas rectas, las miradas atónitas y los labios con muecas horrorizadas estaban fijos en Hermione Granger, quien ya se había levantado y caminaba con pasos temblorosos a la enorme mesa, sus ojos pegados al suelo de piedra.
Se sentó en una esquina apartada de la mesa, las lágrimas nublando su vista mientras escuchaba vagamente el siguiente nombre en la lista, los susurros haciendo eco a su alrededor. Sorbió sin elegancia alguna y se aferró a mesa de madera, sus nudillos terriblemente blancos.
¿Qué acababa de pasar? No había manera, no era una oportunidad en un millón, ni en un billón o trillón. Era imposible. Nunca ningún nacido de muggles había sido seleccionado en Slytherin. Inclusive los mestizos eran una cosa extraña en la Casa de las serpientes, una Casa que se diferenciaba del resto por su sangre pura y limpia, sin rastro ordinario en sus antepasados manchando su historia, probablemente algún squib bien oculto, pero nunca un muggle.
No había manera…
-Oye calma, a pesar de que lo parezca, no mordemos –se rio el quinceañero que rápidamente se había sentado a su lado. Un pañuelo de tela blanco limpió las lágrimas que habían sido derramadas por parte de la niña, antes de que Hermione levantara la cabeza para mirarlo. El adolescente sonrió, revelando unos dientes tan chuecos como su nariz, las tupidas cejas negras eran inclusive más llamativas que sus ojos negros como el carbón.
-Soy una nacida de muggles -sollozó Hermione con miedo, provocando una mueca incomoda en el chico.
-Bueno, linda, no todos somos perfectos -trató de bromear, pero Hermione no rio ante su intento de humor. El chico soltó un suspiro derrotado-. El sombrero nunca, jamás, se ha equivocado, linda. Si te puso aquí, con nosotros, es porqué perteneces aquí, con nosotros. Eres una Slytherin.
-Soy una…
-Te entendí perfectamente la primera vez -atajó el chico-. Marcus Flint, capitán del equipo de quidditch y prefecto de Slytherin -se presentó como pensamiento tardío.
-Hermione Granger -sorbió la castaña, aunque todos habían escuchado perfectamente bien su nombre antes de que el sombrero seleccionador la colocara ahí.
-Bienvenida, Hermione -sonrió, revelando una vez más la hilera de dientes chuecos-. Los Slytherin nos protegemos entre nosotros, es algo que harías bien en recordar. Todos harían bien en recordar -lanzó sobre sus hombros, y los rostros girados hacia ellos rápidamente desviaron la mirada a cualquier otra parte.
Una pequeña sombra cayó sobre sobre la pareja, atrayendo la atención de ambos sobre el niño terriblemente pálido parado frente a la mesa. Sus ojos grises sobre Hermione.
El recuerdo en el vagón del tren volvió a golpearla y la tensión en los hombros de Marcus Flint parecía ser un indicador para que nada de esto saliera bien.
Todas las familias de sangre pura se conocían entre sí, algunas enlazadas por matrimonios arreglados, otras por viejas amistades. No había nadie dentro de Slytherin que no se hubiera conocido con el resto antes de pertenecer a la Casa de las serpientes. Era obvio que Marcus Flint conocía al pálido niño.
-Malfoy… Draco Malfoy -se presentó el niño, tendiéndole la mano a Hermione, expectante. Flint, a su lado, soltó un suspiro casi inaudible antes de dejar el pañuelo frente a Hermione sobre la mesa y cruzarse de hombros, la mirada fija en Draco Malfoy.
Titubeante, Hermione estrechó la mano.
-Hermione Granger -graznó, y Malfoy procedió a sentarse frente a ella. Un latido después, Vincent Crabbe y el otro niño de igual tamaño aparecieron mágicamente al lado del platinado, olvidando sus lugares anteriores y mirando a Hermione con curiosidad infantil.
Flint pareció sopesar la situación antes de asentir y retirarse a su anterior lugar. Una preciosa pelinegra se inclinó sobre la mesa y le murmuró algo al chico, antes de que otro adolescente de cabello rubio arenoso echara un brazo sobre su hombro para susurrarle algo al oído.
-Ellos son Vincent Crabbe y Gregory Goyle, nos conocemos desde las cunas -afirmó Malfoy, sin mirar a ningún otro lado que no fuera Hermione. El ruido a su alrededor aún parecía apagado mientras el castaño de espectaculares ojos azules se alejaba del sombrero seleccionador y caminaba hacia la mesa de Slytherin, sentándose al lado derecho de Hermione.
-Theodore Nott -se presentó, empujando ligeramente el plato de oro y mirando a Hermione de reojo-. Tu dato sobre el techo del Gran Comedor fue bastante acertado, ¿ya has leído los primeros capítulos de Historia de Hogwarts?
-Todo el libro, de hecho -corrigió Hermione, la pequeña llama de orgullo ardiendo cuando Nott giró el rostro con fuerza hacia ella y sonrió deslumbrantemente.
-¿Qué te pareció el capítulo sobre…?
-¡TENEMOS A POTTER! ¡TENEMOS A POTTER!
El grito desde la mesa de Gryffindor interrumpió la charla y los estruendosos aplausos que siguieron parecieron haber borrado el silencio que la selección de la propia Hermione provocó. Draco Malfoy, frente a ella, gruño con disgusto.
-Idiota -espetó en voz baja, frunciendo el ceño con enojo mientras miraba fijamente a la mesa.
-Parece que Potter prefiere la dudosa compañía de la familia Weasley a tomar un lugar entre nosotros -aclaró Nott, mirando brevemente a los pelirrojos antes de desviar la mirada de nuevo a Hermione-. Con el tiempo, aprenderá que los lazos con familias importantes pueden abrirle las puertas en muchos lados -sus ojos brillaron brevemente sobre Hermione antes de sonreír tímidamente.
-Su nombre ya es suficiente para abrirle muchas puertas -aclaró Hermione, mirando de reojo a la mesa de Gryffindor-. Es el-niño-que-vivió, una leyenda respirando.
-No está al nivel de esa leyenda -murmuró Malfoy, posando sus orbes grises en los marrones de la niña-. La nacida de muggles Lily Evans es la que debería llevarse el mérito, no él ni el borracho de su padre.
-Draco… -jadeó Nott, mirando alarmado a su alrededor.
-La suerte no lo será todo siempre -masculló el platinado justo cuando el moreno, el último de la selección, procedía a rodar la mesa y sentarse en el asiento vacío junto a Hermione.
-Blaise Zabini -se presentó el moreno, sus orbes verdes maliciosos sobre ella-. Usted es increíblemente hermosa, miss Granger.
La sangre se acumuló en las mejillas de Hermione, quien rápidamente desvió la mirada a dónde el mago de larga barba blanca y lentes media luna se levantaba al centro de la mesa del profesorado. Escuchó a Malfoy y Nott reprender al moreno, pero no desvió su atención del director de Hogwarts.
Albus Dumbledore miró con expresión radiante a los alumnos, con los brazos muy abiertos, como si nada pudiera gustarle más que verlos allí.
-¡Bienvenidos! -dijo-. ¡Bienvenidos a un año nuevo en Hogwarts! Antes de comenzar nuestro banquete, quiero decirles unas pocas palabras. Y aquí están ¡Papanatas! ¡Llorones! ¡Baratijas! ¡Pellizco!... ¡Muchas gracias!
-¿Qué dementores fue eso? -escupió Malfoy justo cuando la comida apareció mágicamente en la gran mesa, provocando un grito ahogado en Hermione.
-El tipo está loco -aportó Vincent Crabbe, hablando por primera vez mientras miraba con avaricia la comida en los platones de oro. La comida era lo más extravagante que Hermione nunca había visto en su vida; pizza de mar que contenía caviar y trozos de langosta fresca, sushi envuelto en una lámina de oro. Una especie de sopa francesa que contenía trocitos de pan, caldo de res y cebolla caramelizada. Había estado a punto de probar un plato al cual Nott llamó: Le Foie Gras antes de que Malfoy murmurara algo sobre hígado de ganso. Por no mencionar la extensa variedad de postres que parecían brillar con la misma intensidad que los cubiertos.
-Interesante, muy interesante -murmuró una voz seca proveniente del fantasma de rostro demacrado y ojos fríos quien estaba cubierto de sangre de pies a la cabeza. Acababa de acercarse a ellos.
Goyle se estremeció donde estaba sentado, pocos centímetros lo separaban del Barón Sanguinario, el fantasma de Slytherin, quien parecía haber encontrado algo de interés en el grupo.
-¿Por qué estas cubierto de sangre? -preguntó Zabini, la copa rellena con jugo de frutos rojos a escasos milímetros de sus labios-. ¿Es tuya o de alguien más?
-¡Blaise! -chistó Nott, su rostro casi tan pálido como el de Malfoy mientras trataba de ignorar magistralmente al fantasma sentado frente a él-. Esa es una pregunta terriblemente grosera -acusó.
-Pero míralo -Zabini lo señaló con su copa-. La sangre está ahí.
-Santo Dios -jadeo Hermione en voz baja, mirando el tiramisú a medio comer sobre su plato de oro.
-¡Déjalos en paz, Barón! Acaban de entrar -llamó Marcus desde algún lado de la mesa, provocando que el fantasma chasqueara la lengua con desdén antes de alejarse.
-Voy a vomitar -murmuró Goyle con horror, sus ojos terriblemente abiertos sobre la comida en su plato. Comida que no duró más de cinco segundos en desaparecer, dando por terminado el banquete.
El profesor Dumbledore se puso nuevamente de pie. Todo el salón permaneció en silencio.
—Ejem... sólo unas pocas palabras más, ahora que todos hemos comido y bebido. Tengo unos pocos anuncios que hacerles para el comienzo del año: Los de primer año deben tener en cuenta que los bosques del área del castillo están prohibidos para todos los alumnos. Y unos pocos de nuestros antiguos alumnos también deberán recordarlo.
Los ojos relucientes de Dumbledore apuntaron en dirección a los gemelos pelirrojos sentados frente a Harry Potter.
-El señor Filch, el celador, me ha pedido que les recuerde que no deben hacer magia en los recreos ni en los pasillos. Las pruebas de quidditch tendrán lugar en la segunda semana del curso. Los que estén interesados en jugar para los equipos de sus casas, deben ponerse en contacto con la señora Hooch. Y, por último, quiero deciles que este año el pasillo del tercer piso, del lado derecho, está fuera de los límites permitidos para todos los que no deseen una muerte muy dolorosa.
-¿Es broma, no? -jadeo Goyle, mirando el semblante asombrado de Malfoy.
-De verdad es un chiflado -masculló el platinado mientras el murmullo a su alrededor volvía a elevarse. Los alumnos habían procedido a ponerse de pie; Marcus Flint empezó a llamar a los de primer año mientras el resto de la Casa de las serpientes empezaba a retirarse a su sala común.
Un total de cinco niños, y cinco niñas, incluyendo a Hermione, siguieron al prefecto de Slytherin junto a Emma Vanity, la otra prefecta. El trayecto fue silencioso y expectante, los niños mirando a su alrededor tratando de adquirir toda la información disponible.
Crabbe murmuraba en voz baja tratando de recordar el trayecto para el día siguiente. Muchos giros y muchas vueltas más tarde procedieron a bajar unas escaleras estrechas antes de llegar a un pasillo ligeramente alumbrado por antorchas de fuego azul.
-No me sorprendería que apareciera un dementor a la vuelta de la esquina -espetó Malfoy, tratando de reprimir los escalofríos provocados por el frío helado de las catacumbas del castillo.
-Que vista tan más deprimente -apoyo una rubia preciosa que caminaba delante de Hermione.
Marcus Flint se detuvo al final del pasillo, justo frente a una pintura que simulaba la puerta de entrada. Una mujer de cabello tan negro como la noche y ojos igual de sombríos los miraba con total frialdad, pintada sobre un relieve de colinas verdes.
-Catacumbas.
La puerta se abrió, mostrando un largo pasillo estrecho. Al llegar al final del pasillo se mostraba la sala común de Slytherin. Las paredes eran igual al resto del castillo, aunque había un gran ventanal al fondo que mostraba las profundidades del lago negro. Los sofás eran negros y elegantes, había tres mesas en cada esquina, con sillas negras y plateadas. Por último, una chimenea y encima de ella se alzaba el estandarte de la casa de Slytherin con un pasillo a cada lado.
El resto de los alumnos de Slytherin, desde el segundo año hasta el último, se encontraba en la inmensa sala, como una corte esperando un juicio.
Hermione quiso hacerse chiquita mientras las miradas caían sobre ella sin contemplación. Nadie dijo nada hasta que Emma Vanity pronunció la bienvenida en voz alta, felicitando a los de primer año por ser seleccionados en Slytherin. Marcus Flint escrudiñaba cada rostro en la multitud en busca de algún rastro de desprecio visible, algo que no encontró con facilidad debido a la educación de sus compañeros.
Cuando la voz de Emma terminó de pronunciar las distintas reglas de su Casa, Marcus intervino sabiendo que la atención no tardaría en disiparse.
-Cualquier ofensa, insulto o desprecio transmitido a nuestra nueva compañera la tomaré como propia -dijo, en voz lo suficientemente fuerte como para hacerse oír sin gritar-. No estamos aquí para cambiar sus ideales ni ponerlos a prueba. Sus pensamientos y costumbres es algo que me va y me viene; Hermione Granger es una Slytherin. Y entre nosotros, las serpientes, no nos escupimos veneno... sin importar que nuestra sangre no esté hecha de la misma manera -proclamó, varita en mano-. Niños, síganme. Las niñas, con Emma por favor.
Hermione, mortalmente silenciosa, tropezó detrás de Emma Vanity, siguiendo a la prefecta al pasillo que se encontraba a la derecha de la chimenea. Había mejor iluminación que el pasillo que atravesaron para entrar a la Sala Común, pero aún así era demasiado tenebroso.
La prefecta les indicó la primera puerta a su derecha, abriéndola para mostrarles su interior. La habitación tenía forma de hexágono, con una cama de gran tamaño en cada una de sus paredes exceptuando la del fondo donde una puerta de color negro se alzaba, un baño muy probablemente. Había baúles a los pies de cada una de las camas.
-Estoy segura de que han tenido un día agotador, les recomiendo descansen. Mañana será otro día inolvidable -indicó Vanity, guiñando un ojo antes de desaparecer y cerrar la puesta detrás suyo.
Hermione rápidamente se dirigió a su baúl, inspeccionando de cerca la fina tela que conformaba el dosel de su cama. Era un verde exquisito.
-Pansy Parkinson -llamó una voz detrás suyo, perteneciente a la preciosa niña de porcelana que tenía su cama dispuesta al lado derecho de Hermione.
-Hermione Granger.
-Lo sabemos -dijo otra de las niñas, una rubia ahora-. No todos los años ingresas como una nacida de muggles a la Casa mas selectiva de Hogwarts y caes bajo la tutela de Marcus Flint. Su familia es reconocida.
-Como casi todas dentro de Slytherin -dijo Parkinson, sentándose sobre la cama-. Y eres tú, Granger, quien tiene el privilegio de contar con un padrino ni dos horas después de tu entrada triunfal y deprimente a nuestra Casa.
-¡Parkinson! -jadeo la pequeña niña de tez morena, aquella que dormiría en su lado izquierdo durante un año.
-¿Qué? -Parkinson se encogió de hombros-. Es mi forma de darle la bienvenida.
-Una bienvenida grosera -dijo Hermione, cruzándose de brazos-. Para ser alguien con refinada educación, te falta tacto, Parkinson.
La muñeca de porcelana sonrió.
-Me gustas, Granger -pronunció la niña con un dejo de arrogancia-. Seamos amigas.
La sorpresa delineó los rasgos de la castaña, antes de dispararle una mirada desconfiada a la otra niña y asentir.
-Seamos amigas, Parkinson.
Esa, definitivamente, fue una forma muy extraña de hacer amigos.
02, septiembre. 1991.
Aula de Pociones.
9:00 a.m.
-¿Qué significa tener un "padrino" dentro de Slytherin? -preguntó Hermione sin siquiera molestarse en saludar al rubio que acababa de sentarse a su lado. Draco Malfoy pareció ligeramente ofendido por su falta de educación antes de responder a su pregunta.
-Es un honor -respondió-. Significa que tienes alguien quien responde en tu nombre por cualquier situación -desviando la vista al frente del aula, carraspeó-. El profesor Severus Snape es mi padrino.
-¿Nuestro Jefe de Casa? -Hermione arrugó la nariz-. Que suerte tienes.
-Marcus Flint te defendió frente a todo Slytherin -argumentó Blaise Zabini sentado detrás suyo-. La suertuda aquí es otra.
-No creo que se le considere suertuda, Blaise -dijo Nott, sentado al lado del moreno-. Su situación nunca ha sido vista dentro de este colegio. Flint habrá atajado las maldiciones antes de que lleguen, pero Granger aún debe cuidarse -pronunció en advertencia.
-No te asustes, Granger -murmuró Malfoy en voz baja, sin perderse el escalofrío que sufrió la castaña-. Nadie es tan estúpido como para provocar la furia de la familia Flint.
-Solo fue Marcus quien...
-Flint habló en nombre de su familia al defenderte -cortó Malfoy, sacando un libro de su mochila y colocándolo en la mesita de madera.
-¿Dormiste bien? -preguntó Nott, atrayendo la atención de Hermione hacía él-. Espero que no hayas tenido mucho frío, las catacumbas pueden ser heladas en esta época. Créeme.
-Dormí bien -respondió Hermione con voz insegura, la conversación reciente la había puesto con los nervios de punta. Nott asintió en acuerdo, sonriéndole tímidamente antes de que el profesor Severus Snape interrumpiera dentro del aula y azotara la puerta detrás de él.
El salón, que se había llenado durante su conversación con los chicos, se sumió en un silencio sepulcral mientras el profesor Snape pasaba lista. Un hombre alto, de cabello negro y grasiento con una nariz algo grande y torcida. Su larga capa lo hacía parecer un malvado murciélago.
Hermione no desvió la atención de su maestro ni por un segundo, murmurando un bajo y tembloroso "aquí" cuando el profesor Snape murmuró su apellido de una larga lista. Pareció dispararle una corta mirada antes de continuar tomando lista, escuchando breves y bajos "presente" o "aquí" cada que el profesor de Pociones nombraba un nombre, justo antes de detenerse ante el nombre que atraía curiosidad por doquier.
-Ah, sí. Harry Potter. Nuestra nueva... celebridad.
Malfoy resopló burlón a un lado suyo provocando que la mirada de el-niño-que-vivió cayera sobre ellos. Un odio infantil brilló en sus ojos mientras admiraba al rubio.
-Ustedes están aquí para aprender la sutil ciencia y el arte exacto de hacer pociones -comenzó el profesor Snape ignorando la pequeña confrontación. Hablaba casi en un susurro, pero se le entendía todo-. Aquí habrá muy poco de estúpidos movimientos de varita y muchos de ustedes dudarán que esto sea magia. No espero que lleguen a entender la belleza de un caldero hirviendo suavemente, con sus vapores relucientes, el delicado poder de los líquidos que se deslizan a través de las venas humanas, hechizando la mente, engañando los sentidos... Puedo enseñarles cómo embotellar la fama, preparar la gloria, hasta detener la muerte... si son algo más que alcornoques a los que habitualmente tengo que enseñar.
El asombro elevó las cejas de Hermione, anotando furiosamente sobre el pergamino. Estaba empezando a creer que Pociones era la clase perfecta para ella, un desafío para probar su inteligencia.
-Potter -dijo de pronto el profesor Snape- ¿Qué obtendré si añado polvo de raíces de asfódelo a una infusión de ajenjo?
Su mano no tuvo reparos para levantarse en el aire, tratando de atrapar la atención del profesor Snape sobre Harry Potter. Quería probarse frente a su jefe de casa y esta era la oportunidad perfecta.
-No lo sé, señor -contestó Potter.
Los labios del profesor Snape se curvaron en un gesto burlón.
-Bah, bah... es evidente que la fama no lo es todo.
Malfoy ahogó una risa, disparando miraditas entre Hermione Granger, Harry Potter y su padrino. El pie de Theodore Nott golpeó una de las patas de su silla en reprimenda; el castaño se había encariñado muy fácilmente con la nacida de muggles.
-Vamos a intentarlo de nuevo, Potter. ¿Dónde buscarías si te digo que me encuentres un bezoar?
Blaise bufó con burla viendo como Hermione prácticamente brincaba en su asiento para tratar de llamar la atención del murciélago que se hacía pasar por profesor. El golpe contra su nuca, proveniente de Theo, le sacó un grito. Más por sorpresa que por dolor.
-No lo sé, señor -respondió una vez más Harry Potter.
-Parece que no has abierto ni un libro antes de venir. ¿No es así, Potter?
Theo puso los ojos en blanco. Dudaba que alguien más, aparte de él y Hermione Granger, hayan leído un solo libro esas vacaciones.
-¿Cuál es la diferencia, Potter, entre acónito y luparia?
Hermione soltó un ruido exasperado mientras se paraba en sus dos pies, tratando de atraer la atención sobre ella. Era obvio que Harry Potter no conocía las respuestas, pero ella sí. Si el profesor le prestara un poco de atención, podría darse cuenta.
-No lo sé -dijo Harry Potter con calma- pero creo que Hermione Granger lo sabe. ¿Por qué no se lo pregunta a ella?
La mayoría de los alumnos de primer año se rieron abiertamente por la respuesta de Harry Potter, algunos más ruidosos que otros. Todos pendientes de como la nacida de muggles había estado brincando en su asiento para poder responder las preguntas.
-¡Cierren la boca, idiotas! -exclamó Zabini en un arrebato explosivo, rápidamente saltando sobre sus dos pies para defender a su compañera de Casa, quien empezaba a enrojecer de vergüenza-. ¡Discúlpate, Potter!
-Yo no hice nada -se defendió el Gryffindor-. Es obvio que ella quiere responder a las preguntas, ¿por qué no dejarla hacerlo?
-Cinco puntos menos a Gryffindor por su descaro, señor Potter -siseo el profesor Snape molesto-. Y para tu información Potter, asfódelo y ajenjo producen una poción para dormir tan poderosa que es conocida como Filtro de Muertos en Vida. Un bezoar es una piedra sacada del estómago de una cabra y sirve para salvarte de la mayor parte de los venenos. En lo que se refiera a acónito y luparia, es la misma planta. Bien, ¿por qué no están apuntando todo?
Los alumnos de primer año empezaron a anotar apresuradamente en sus pergaminos mientras Hermione y Blaise volvían a sentarse. La castaña de risos rebeldes trató de limpiarse las lágrimas de vergüenza e ira discretamente de su rostro.
Nada había cambiado, podía estar en una escuela llena de magia ahora, pero siempre sería la burla de sus compañeros de clase.
-No lo vale -murmuró Draco Malfoy a su lado, tendiéndole un pañuelo de seda a la castaña. Era el segundo que le daban en menos de veinticuatro horas, estaba empezando a sentirse avergonzada por sus arrebatos de lágrimas-. Eres una Slytherin, no dejes que el comentario de un estúpido Gryffindor te haga olvidar eso.
-Gracias -balbuceo Hermione en voz baja, aceptando el pañuelo. Malfoy sonrió tensamente antes de volver a su escritura, copiando lo que el profesor Snape empezaba a dictar al frente del salón.
Las cosas mejoraron para Hermione conforme iban pasando los minutos. El profesor Snape los puso en parejas, para que mezclaran una poción sencilla para curar forúnculos. Se paseó con su larga capa negra, observando cómo pesaban ortiga seca y aplastaban colmillos de serpiente, criticando a todo mundo salvo a los Slytherin. En el preciso momento en que les estaba diciendo a todos que miraran la perfección con que Hermione y Malfoy habían cocinado a fuego lento los pedazos de cuernos, multitud de ácido verde y un fuerte silbido llenaron la mazmorra. De alguna manera, Longbottom se las había ingeniado para convertir el caldero de Seamus Finnigan en un engrudo hirviente que se derramaba sobre el suelo, quemando y haciendo agujeros en los zapatos de los alumnos. En segundos, toda la clase estaba subida a sus taburetes, mientras que Longbottom, que se había empapado de poción al volcarse sobre é el caldero, gemía de dolor; por sus brazos y piernas aparecían pústulas rojas.
-¡Chico idiota! -dijo el profesor Snape con enfado, haciendo desaparecer la poción con un movimiento de su varita-. Supongo que añadiste las púas de erizo antes de sacar el caldero del fuego, ¿no?
Longbottom lloriqueaba, mientras las pústulas comenzaban a aparecer en su nariz.
-Llévelo a la enfermería -ordenó el profesor Snape a Finnigan. Luego se acercó a Potter y Weasley, que habían trabajado cerca de Longbottom.
-Tú, Harry Potter. ¿Por qué no le dijiste que no pusiera las púas? Pensaste que si se equivocaba quedarías bien, ¿no es cierto? Estos son otros cinco puntos menos que pierdes para Gryffindor.
Hermione pensó vagamente lo injusto que era eso, pero viendo la sonrisa maliciosa en los labios de Draco Malfoy creyó que no era buena idea mencionarlo en voz alta. Además, no es como que Potter sea santo de su devoción, la había humillado frente a toda la clase.
Una hora más tarde, y decenas de insultos dirigidos a Harry Potter de por medio, los estudiantes se disponían a salir del aula para dirigirse a su siguiente clase, cuando el profesor Snape la llamó en voz alta desde donde estaba sentado en su escritorio, clasificando las muestras de ese día.
-Te esperamos fuera -murmuró Malfoy en voz baja, dándole un pequeño empujón en la dirección de su jefe de casa.
Hermione arrastró ligeramente los pies con la mirada baja, plantándose valientemente frente al escritorio.
-Esperemos que Potter haya aprendido su lección y no vuelva a meterse con usted, señorita Granger -sus malvados ojos se enfocaron sobre la niña con un atisbo de algo parecido a la lastima cuando miro los ojos enrojecidos de Hermione quien valientemente había tratado de no llorar el resto de la clase. Y algo parecido a la comprensión brilló en los orbes marrones cuando Hermione reparó que los ataques sin descanso sobre Potter se debían en gran medida a ella.
Su jefe de casa la había defendido, muy a su manera.
Sonriendo tímidamente, asintió con la cabeza.
-Gracias, profesor Snape.
-Bienvenida a Slytherin, señorita Granger -felicitó el profesor Snape, despidiéndola con una mano para que se dirigiera a su siguiente clase.
La castaña salió casi bailando del aula de Pociones, una brillante sonrisa plasmada en sus labios mientras se reunía con sus compañeros de Casa.
-Potter probará el puño de Crabbe si vuelve a meterse contigo -ordenó Pansy Parkinson junto a Daphne Greengrass. La rubia asintió en aprobación mientras Crabbe fruncía el ceño.
-¿Por qué el mío? -se apuntó hacia el rostro con el dedo, confundido.
-Solo tú y Goyle podrían mandarlo al suelo de un golpe -dijo con obviedad.
-Nadie mandará al suelo a nadie -advirtió Nott con autoridad-. Podrían castigarnos y quitarnos puntos, lo mejor es ignorar.
-Nadie va a castigarnos si nadie nos ve -dijo Malfoy en voz baja al oído de Hermione, cuidando que Nott no lo escuchara mientras caminaban a su siguiente clase.
Un mal augurio se filtró en su pecho.
Hermione siempre había sido mala en muchas cosas, pero fracasar en una clase nunca se había sumado a la lista. Así que había sido extremadamente difícil quitarse la espina de miedo enterrada en un costado provocada por volar en una escoba mágica.
Francamente sonaba aterrador y riesgoso, pero Marcus Flint había estado instruyéndola él mismo desde que Hermione le había confesado su miedo la segunda noche en Hogwarts. Le había dado todas las herramientas posibles, inclusive su propia escoba mágica para tratar de levantarla durante sus permisos nocturnos en la recámara de los alumnos de quinto año de Slytherin.
-El problema, pequeña muggle, es tu montaña de estrés -opinó Graham Montague, cazador del equipo de quidditch-. Si sigues pensando en vez de sentir, nunca lo lograras.
-Tal vez si dejarás de llamarme pequeña muggle podría concentrarme en sentir en vez de pensar cómo hacer que te tragues tus palabras -escupió Hermione con ira, algo que nunca había sentido en su corta vida. Estaba harta de que le recordaran su estatus de sangre dentro de las paredes de la Sala común de Slytherin.
-¡Auch! -se burló Lucian Bole, bateador-. La serpiente muerde e inyecta su veneno.
-Cierren la boca los dos -dijo Marcus, fulminándolos con la mirada antes de mirar a Hermione con amabilidad- Ignóralos, solo están siendo idiotas.
-No me están ayudando -murmuró Hermione en un puchero, sacándole una sonrisa fraternal a Marcus.
-¿Quieres que los eche?
-Este también es nuestro dormitorio -se quejó Montague, sinceramente aterrado de que lo echaran. Había metido la pata, ni cuatro días después de su reingreso a Hogwarts, con Adelaide Murton. La chica estaba esperando una carta compromiso que él no estaba dispuesto a dar.
-Entonces cierra la boca y deja que la niña se concentre -dijo Miles Bletchley, guardián. Estaba recostado en su cama leyendo una revista de quidditch.
Hermione no había logrado mucho esa noche, la escoba levantándose escasos cinco centímetros del suelo, así que había llegado cabizbaja a su primera clase de vuelo.
-No temas, Granger -trató de apaciguar Nott, dándole palmaditas reconfortantes en el hombro-. No todos tenemos la dicha de montar una escoba desde los cinco años -disparó una mirada al rostro petulante de Malfoy, que se pavoneaba sobre su destreza en el vuelo-. Yo nunca he montado una.
-Por que prefieres meter la nariz en gruesos libros en vez de aprender a volar -se burló Blaise, parado justo al centro del grupo de Slytherin.
Eran los únicos en el campo de quidditch, pero no tardarían mucho en llegar los leones de Gryffindor, quienes caminaban detrás de Harry Potter como si fuera su mesías.
-¿Por qué no pudieron ponernos con Ravenclaw? -se quejó Malfoy, cruzando los brazos sobre su pecho mientras cambiaba su mirada petulante por una llena de odio infantil-. Ya tenemos suficiente con compartir clase de Pociones.
-Espíritu de compañerismo, le llaman -dijo Flora Carrow, la única mestiza dentro del grupo de primer año de Slytherin. Razón por la que parecía tenerle un cariño singular a Hermione, ya que la morena había vivido sus primeros años de vida dentro del mundo muggle-. El director Dumbledore siempre se ha caracterizado por querer unir las cuatro Casas de Hogwarts como una sola.
-Nunca seremos una sola -espetó Millicent Bulstrode, una niña que casi igualaba la altura de Crabbe y Goyle-. Los Gryffindor y los Slytherin nos odiamos por principios, siempre ha sido así. Los Ravenclaw son unos idiotas eruditos y los Hufflepuff son demasiado débiles de pensamiento.
-¡Millicent! -reprendió Flora, colocando sus manos sobre su delgada cintura y mirando a su amiga con reprimenda.
-¿Qué? -Millicent se encogió de hombros-. Es la verdad.
Justo cuando los Gryffindor llegaron al frente de ellos, mirándolos con desdén, la Señora Hooch, una bruja de pelo canoso y ojos amarillos como los de un halcón, se digno a aparecer para pararse al final de las dos filas de escobas. Separadas por una fila imaginaria.
-Bueno, ¿qué están esperando? -bramó-. Cada uno al lado de una escoba. Vamos, rápido.
Hermione miró fijamente su escoba. Era vieja, y algunas de las ramitas de paja sobresalían formando ángulos extraños. Nada parecida a la escoba de Marcus.
-Extiendan la mano derecha sobre la escoba -les indicó la señora Hooch- y digan arriba.
-¡ARRIBA! -gritaron todos.
Su escoba se elevó los mismos cinco centímetros de la noche anterior provocando un ruidito exasperado en sus labios. A sus lados, las escobas de Malfoy y Zabini estaban en sus manos, al igual que la de Potter. La de Nott se movió descontroladamente, golpeando en su camino la de Crabbe y Goyle que apenas empezaban a alzarse. Pansy Parkinson pisoteaba el suelo, justo en medio de un berrinche gracias a que su escoba no se había movido ni un centímetro. Daphne parecía que ni siquiera lo intentó mientras que Flora y Millicent seguían gritando "arriba" cada vez más fuerte.
-¡Cuidado! -gritó Malfoy tomando el codo de Hermione con fuerza, atrayéndola hacia su delgado cuerpo. Trastabillaron un par de pasos, las manos y brazos de la niña volaron en un intento de aferrarse al cuerpo del platinado. Una escoba mágica pasó volando detrás de Hermione, justo donde había estado parada antes y provocando que su falda bailara con la estala de aire que dejó detrás suyo.
-¡Eres un incompetente, Weasley! -escupió Zabini mirando con enojo a Ronald Weasley, dejando la escoba caer al suelo listo para lanzarse al pelirrojo a los golpes. El rostro del Gryffindor estaba tan rojo como su cabello-. ¡Pudiste haber lastimado a Granger!
-¡No es mi culpa que la escoba no funcione! -gritó molesto y abochornado el Gryffindor.
-Excelente excusa para ocultar tu ineptitud -bufó Zabini, siendo detenido del brazo por Nott. La enemistad entre las dos Casas llegando a sus picos más altos.
-Ahora cuando haga sonar mi silbato, dan una fuerte patada -dijo la señora Hooch, ignorante de lo que se encontraba sucediendo entre Zabini y Weasley, mientras Malfoy ayudaba a Hermione a mantener el equilibrio de vuelta sobre sus dos pies-. Mantengan las escobas firmes, elevándose un metro o dos y luego bajen inclinándose suavemente. Preparados… tres… dos…
Neville Longbottom, nervioso y temeroso, dio la patada antes de que sonara el silbato.
-¡Vuelve, muchacho! -gritó la señora Hooch, pero Longbottom subía en línea recta, como el corcho de una botella.. Cuatro metros… seis metros… Hermione alcanzaba a ver la cara pálida y asustada, mirando hacia el terreno que se alejaba, lo vio jadear, deslizarse hacia un lado de la escoba y… caer.
Un ruido horrible y Longbottom quedó tirado en la hierba. Su escoba seguía subiendo, cada vez más alto, hasta que comenzó a torcer hacia el bosque prohibido y desaparecer a la vista.
La señora Hooch se inclinó sobre Longbottom, con el rostro tan blanco como el chico.
-La muñeca fracturada -murmuró- Vamos, muchacho… Está bien… Arriba.
Se volvió hasta el resto de la clase.
-No deben moverse mientras llevo a este chico a la enfermería. Dejen las escoban donde están o estarán fuera de Hogwarts más rápido de lo que tardan en decir quidditch. Vamos, hijo.
Longbottom con la cara surcada de lágrimas y agarrándose la muñeca, cojeaba al lado de la señora Hooch, que lo sostenía.
Casi antes de que pudieran marcharse, Malfoy ya se estaba riendo a carcajadas.
-¿Han visto la cara de ese gran zoquete?
Crabbe, Goyle, Zabini e inclusive Bulstrode le hicieron coro.
-¡Cierra la boca, Malfoy! -dijo Parvati Patil en tono cortante.
-Oh, ¿estás enamorada de Longbottom? -preguntó Pansy. La segunda noche en Hogwarts la muñeca de porcelana le había admitido a Hermione que detestaba el tono chillón de la chica, mencionando que su madre había sido amiga de la madre de Patil en el pasado, por lo tanto, había tenido que convivir con las gemelas Patil. En su, no tan humilde opinión, prefería a Padma quien había sido seleccionada en Ravenclaw-. Nunca pensé que te podían gustar los gorditos llorones, Parvati.
Hermione sintió algo golpear su zapato mientras los demás discutían a su alrededor. Mirando hacia abajo se encontró con la Recordadora que le había llegado esa mañana a Longbottom por correo durante el desayuno.
Se agachó a levantarla, examinándola de cerca. Era una bola de cristal, del tamaño de una gran canica, que parecía llena de humo blanco.
-Vaya -exclamó Zabini junto a Hermione-. Es esa cosa estúpida que le mandó la abuela a Longbottom.
-Trae eso aquí, Granger -dijo Potter con calma. Todos dejaron de hablar para observarlos, pero Draco le quitó la Recordadora de las manos antes de que Hermione pudiera hacer algo estúpido, como dársela a Potter.
-Yo creo que no -siseo el platinado-. Creo que, en cambio, la dejaré en algún sitio para que Longbottom la busque… ¿Qué les parece… en la copa de un árbol?
-¡Tráela aquí! -rugió Potter, pero Malfoy había subido a su escoba y se alejaba. Desde las ramas más altas de un roble, llamó:
-¡Ven a buscarla, Potter!
El-niño-que-vivió cogió su escoba, montó en ella y pegó una fuerte patada, elevándose en el aire.
-¿Qué cree que está haciendo Malfoy? ¡Van a expulsarlo! -chilló Hermione, repentinamente nerviosa.
-No van a expulsarlo -dijo Nott, tratando de tranquilizarla-. Probablemente solo nos quitaran algunos puntos si lo atrapan.
-¡Eso es peor! -jadeó Hermione-. ¿Qué le pasa por la cabeza?
-Marcus Flint -respondió Zabini con un encogimiento de hombros, llamando la atención de Hermione para que dejara de ver a los dos niños volando lejos de ellos.
-¿Qué? -susurró Hermione, no creyente de que Marcus tuviera algo que ver.
-Es tu padrino, Hermione -dijo el moreno-. Recuerda, cualquier ofensa dirigida hacia ti, será tomada como propia -recitó, recordándoles a todos la promesa de aquella noche.
-Eso lo dijo para los Slytherin…
-Lo dijo para todos -interrumpió Pansy.
-Pero si lo atrapan, Malfoy también será afectado. No solo Potter -intentó Hermione, los nervios al máximo.
-Un pequeño precio a pagar -Nott se encogió de hombros- Marcus Flint es nuestro prefecto, todos quieren estar en su lado bueno.
Malfoy aterrizó justo en ese momento en medio de Crabbe y Goyle, dejando caer su escoba y pateándola lejos.
-¿Tan rápido? -cuestionó Daphne-. Pensé que lo harías caer de la escoba.
-¿Y ser expulsado por derribar a el-niño-que-vivió? -se burló Malfoy-. No, solo le di la vuelta. Me pareció ver a McGonagall cuando lo guie por el patio interno del castillo, con suerte no me vio.
-No entiendo -espetó Pansy, frunciendo el ceño mientras Harry Potter aterrizaba con la Recordadora en mano arrullado por los gritos de los Gryffindor, contentos con las habilidades de Potter y su escoba mágica-. ¿Qué tiene que ver…?
-¡HARRY POTTER!
Hermione pegó un brinco donde estaba parada, viendo como la profesora McGonagall corría hacía ellos.
-Oh, sí -se burló Zabini con malicia, frotando sus manos como villano de película.
-Nunca… en todos mis años en Hogwarts…
La profesora McGonagall estaba casi muda de la impresión, y sus gafas centelleaban de furia.
-¿Cómo te has atrevido…? Has podido romperte el cuello…
-No fue culpa de él, profesora…
-Silencio, Parvati.
-Pero Malfoy…
-Suficiente, Weasley. Harry Potter, ven conmigo.
Potter le dio una mirada sucia a Malfoy antes de marcharse detrás de la profesora.
Los Slytherin se quedaron en un silencio sepulcral, aunque las miradas de superioridad podían ser vistas a la distancia.
-¡Lo pagarás caro, Malfoy! -gritó Ronald Weasley, mirándolos con odio y con las manos fuertemente cerradas en puños.
-Grandes palabras para un pobretón como tú, Weasley -dijo Malfoy con una sonrisa maligna en el rostro, sus ojos brillaban por el desafío. Las risas de los Slytherin retumbaron en los oídos de Hermione al igual que los gritos indignados de los Gryffindor.
Por lo visto, acababan de declararle la guerra a los leones.
-Es una broma.
Era la hora de la cena. Hermione había terminado de contarles las noticias compartidas por Marcus Flint, mientras Draco Malfoy se hundía cada vez más en su asiento. A lo lejos, en la gran mesa de madera de las serpientes, el prefecto y capitán de Slytherin miraba con profundo odio al pálido niño.
-¿Buscador? -dijo Nott-. Será el buscador más joven en...
-Un siglo -terminó Crabbe, metiéndose un trozo de pastel a la boca.
-Marcus está furioso -dijo Hermione, encogiéndose de hombros ante la información que obviamente conocía.
-¿Cómo no? -se quejó Nott-. Cualquier otro sería expulsado, ¿y a él van a recompensarlo?
-No te preocupes, Granger -interrumpió Zabini, terminándose su café sin azúcar, antes de levantarse del banco y obligar a Crabbe y Goyle a hacer lo mismo-. Defenderé tu honor -dijo, mirando con burla a Malfoy.
El platinado le disparó una mirada de profundo enojo, casi comparable con la que estaba recibiendo de Marcus.
-Yo no necesito... -ni siquiera pudo terminar su oración, los tres chicos ya estaban dirigiéndose a la mesa de Gryffindor-. Por un demonio.
-Allá van mis sueños -se lamentó el rubio, mirando con envidia como Zabini discutía con Potter.
-Deja el drama -dijo Theodore, rodando los ojos-. No es para tanto, Flint lo olvidará...
-Será una mancha eterna en mis historial -se quejó, ignorando a Theodore-. Mañana me acompañaran a la biblioteca, tendré que ganar muchos puntos para atajar el golpe.
-Estás exagerando -opinó Theodore, pero Hermione ya estaba asintiendo hacia el chico.
-Por supuesto -dijo-. Todos necesitamos ganar puntos, no podemos quedarnos atrás.
-¿Y que planeas lograr con esto? -preguntó Theo una vez que Zabini regresó a la mesa. Sonriente como siempre.
-Oh, nada -esquivó el moreno-. Solo necesito buscar al profesor Snape, ya que alguien buscará burlar la hora de queda para entrar al pasillo prohibido del tercer piso -sonrió con malicia.
Hermione puso los ojos en blanco, ya estaba empezando a darse cuenta de que Harry Potter tenía una suerte envidiable. Esperaba que Zabini no se arrepintiera después.
31, octubre. 1991
Víspera de Todos los Santos.
Casi dos meses en el castillo habían comprobado la afirmación sobre la gran suerte que rodeaba a Harry Potter. Al día siguiente que el-niño-que-vivió fue recompensado como buscador de Gryffindor, Blaise Zabini había pasado a ser la burla en clase de Pociones durante casi tres semanas. El profesor Snape no era alguien que olvidará y ya que había sido burlado en su búsqueda de Harry Potter la noche anterior gracias al chivatazo de Zabini, el desprecio de su jefe de casa cayó en el moreno sin tregua alguna.
Algo que había provocado su temor a asistir a las clases de Pociones.
-Algún día intentará envenenarme, toma mis palabras, Granger. Es un hombre malvado.
La acusación había sido oída tanto por Hermione y Malfoy, como por el profesor Snape, quien había estado pasando justo en ese momento al lado del trío de Slytherin de primer año. Eso le ganó una semana extra de burlas y desprecio.
Ahora, algunas semanas después, la castaña seguía siendo rodeada casi en su totalidad por los cinco chicos. No había momento en que la dejaran sola, siempre había alguien acompañándola, sobre todo cuando estaba en terreno verde y plateado. Podía ser que Marcus había acallado los susurros, pero todavía había Slytherin que miraban con profundo odio y desagrado a la nacida de muggles que había manchado la pureza de su Casa.
Hermione no se dejó engañar, era obvio que en su mayoría solo la rodeaban para tener el favor de la familia Flint. El prefecto de Slytherin rápidamente había olvidado su desprecio al heredero de los Malfoy gracias al compañerismo conque acompañaba a Hermione. Siempre sentándose a su lado, siempre respondiendo sus dudas, siempre respaldándola. No podía llamarlo "amigo", pero había días en que podía engañarse a sí misma para convencerse de que el favoritismo que Malfoy le otorgaba era porque la quería como amiga, no solo para que Marcus lo notara.
-Huele estupendo -aprobó Pansy Parkinson al despertar esa mañana de Halloween, el aroma de calabaza flotaba por todos lados.
Hermione había asentido en acuerdo, pero ni siquiera media hora después la envidia había rodeado a la niña cuando vio a sus cuatro compañeras de habitación sentadas junto a las alumnas de quinto año. Era algo ya sumamente normal, Pansy Parkinson se había jactado de querer ser amigas la primera noche, pero no había hecho mucho esfuerzo para acompañarla a clases.
Tal vez era por el hecho de que Draco Malfoy nunca la abandonaba, trayendo consigo a Crabbe y Goyle junto a Zabini y Nott, dejando muy poco espacio para la pelinegra. Pero Hermione no se hacía esperanzas, estaba bien con ello. Lo dejaría pasar, como siempre.
Al llegar a la clase de Encantamientos, el profesor Flitwick los había sorprendido cuando anunció que empezarían a hacer volar objetos, algo que todos se morían por hacer; desde que vieron volar al sapo de Longbottom hacia solo una semana. Hermione, como en la mayoría de las clases, hizo pareja junto a Draco Malfoy. Theodore Nott y Blaise Zabini se sentarían en las mesas de atrás y Vincent Crabbe y Gregory Goyle, una fila más atrás.
Nada cambiaba ese orden.
-Y ahora no se olviden de ese bonito movimiento de muñeca que hemos estado practicando -dijo con voz aguda el profesor; parado en sus libros, como de costumbre- Agitar y golpear; recuerden, agitar y golpear. Y pronunciar las palabras mágicas correctamente es muy importante también, no lo olviden nunca del mago Baruffio, que dijo "ese" en lugar de "efe" y se encontró tirado en el suelo con un búfalo en el pecho.
-Deberíamos primero practicar la pronunciación y luego lo intentamos con la varita -ordenó Hermione con cierta timidez, siempre temerosa de que Malfoy la mirara con disgusto- No ahorramos los malos conjuros.
El platinado pareció pensarlo solo pocos segundos, antes de asentir y seguir las ordenes de la niña. Mientras murmuraban el encantamiento y saboreaban sus palabras, Hermione no pudo evitar escuchar a Ronald Weasley en la mesa contigua.
-¡Wingardium Leviosa! -gritó, agitando sus largos brazos como un molino de viento. Potter, a un lado suyo, mascullaba palabras en voz baja.
-Lo estás diciendo mal -las palabras se deslizaron de sus labios como mantequilla derretida, sin siquiera darse cuenta de que estaba hablando hasta que terminó la oración. Malfoy y Potter se crisparon en sus asientos mientras Weasley la fulminaba con la mirada-. Es Win-gar-dium levi-o-sa, pronuncia gar más claro y largo.
-Dilo, tú, entonces, si eres tan inteligente -dijo Weasley con rabia.
La respiración de Hermione se atoró, pero con Malfoy y Potter tan cerca, ya no podía echarse atrás. Su compañero siempre saltaba ante el primer intercambio de palabras. Y no quería adquirir un castigo solo porque Malfoy no soportaba la mala actitud de Weasley.
Inhaló con fuerza mientras se arremangaba las mangas de su túnica, agitó la varita y dijo las palabras mágicas. La pluma se elevó del pupitre y llegó hasta más de un metro por encima de sus cabezas.
-¡Oh, bien hecho! -gritó el profesor Flitwick, aplaudiendo-. ¡Miren! ¡Hermione Granger lo ha conseguido!
-Chúpate esa, Weasley -siseo Malfoy con malicia, lo suficientemente alto solo para que Hermione, Weasley y Potter lo escucharan. Sus mejillas se enrojecieron mientras que Weasley miraba con odio a ambos chicos y Potter apretaba con fuerza los puños.
-¡Cinco puntos para Slytherin! -anunció el profesor Flitwick.
Al terminar la clase, Hermione se dirigió a paso rápido hacia la biblioteca, después de excusarse con Nott que parecía muy interesado en lo ocurrido en la clase de Encantamientos. Su mente bailaba con satisfacción al saberse primera en una clase, por encima de chicos que llevaban años aprendiendo y viviendo con la magia. Cuando ella solo había tenido unos meses para adaptarse.
Unos pasos al frente, pudo divisar a Ronald Weasley y Harry Potter cuchicheado. No había sido su intención espiarlos, pero solo había estado un par de pasos detrás de ellos y la voz de Weasley era estridente.
-No es raro que nadie la aguante -chilló- Es una pesadilla andante. Te aseguro que ni ha de tener verdaderos amigos en Slytherin por lo odiosa e insufrible que es.
-Pues pasa mucho tiempo con Malfoy y sus compinches -otorgó Potter.
-¡Pff! Malfoy no puede ver dos palmos más allá de sí mismo, y tener a la única nacida de muggles de Slytherin lamiéndole los zapatos ha de inflar mucho su ego -se mofó Weasley- Todos sabemos lo que los Slytherin piensa de los nacidos de muggles.
-¿Y eso sería? -preguntó Potter, curioso como siempre.
-Los llaman "sangre sucia".
Hermione inhaló profundamente, atrayendo la atención de los dos chicos. Wesley la miró por encima del hombro, palideciendo rápidamente cuando reparó en quién lo había escuchado, y antes de que el pelirrojo pudiera decir algo más, la castaña salió corriendo, golpeando con su hombro el de Potter.
-Creo que te escuchó -oyó decir a Potter.
-se lamentó el pelirrojo.
Las conjeturas del niño Weasley sobre Malfoy habían golpeado muy cerca de casa, sin saber que el ego inflado de Draco Malfoy no era por tener a la nacida de muggles lamiéndole los zapatos, si no por la mirada orgullosa de Marcus Flint cada mañana. Y luego, aquellas terribles palabras habían sido las que rompieron el muro invisible en el que trataba de ocultarse todos los días.
Sangre sucia, su eterna maldición. Weasley tenía razón, había sido al terminar su primera semana de clases cuando escuchó a uno de los alumnos de séptimo año de Slytherin escupir el insulto cuando pasó a su lado. Había sido lo suficientemente estúpida para mencionárselo a Marcus en busca de una aclaración provocando que justo esa noche el prefecto de Slytherin llamara a la Casa de las serpientes a una reunión en su totalidad, regañándolos y amenazándolos por haber usado la palabra "prohibida". Al día siguiente, el provocador había aparecido con un ojo morado y un labio partido, cojeando por los pasillos.
Ella nunca había dicho el nombre, pero no le sorprendía que Marcus lo hubiera adivinado.
Desde entonces, Draco Malfoy y su séquito de amigos no la habían dejado sola ni por un momento cerca de los demás alumnos de Slytherin. Theodore Nott, entre todos, mirando con desafío cada que un alumno de algún grado mayor los miraba.
La miraban.
La puerta de madera se estrelló con fuerza contra las otras, cerrándose con la misma brutalidad mientras Hermione se escondía en el cubículo. Por suerte, el baño había estado desierto cuando entró.
Sollozó, se lamentó y moqueó durante lo que parecieron horas; tratando de ignorar los ruidos de los zapatos al golpear el suelo y un: "¿Granger eres tú?" al cual no supo dar rostro. Dejó que todas las malas palabras de Weasley se asentaran con fuerza en su cerebro, sabiendo que tenía que aprender de aquella lección si quería sobrevivir a siete años en el nido de serpientes.
Después de lo que parecieron horas, cuando los sollozos se convirtieron en hipos y los hipos en suaves suspiros, decidió que era tiempo en dar la cara a su horrible realidad. Se levantó del váter y abrió la puerta del cubículo, pateó sus libros en el proceso y caminó hacia la hilera de lavamanos.
Tenía la garganta irritada, los ojos hinchados de tanto llorar y las mejillas marcadas por las lágrimas. Su cabello estaba más encrespado de lo usual por todas las veces que, inconscientemente, pasó las manos por los risos. Trató de limpiarse las lágrimas secas con las mangas de la túnica antes de abrir la llave y salpicar agua en el rostro.
Estaba helada.
Un horrible, pútrido y putrefacto olor invadió sus fosas nasales. Un estúpido pensamientos sobre cañerías sueltas nadó en su mente antes de que un gruñido, una especie de gorgoteo, que nunca había escuchado, atrajera su mirada.
Sintió que la sangre se drenaba de su rostro. Era una visión horrible. Mas de tres metros y medio de alto y tenía la piel de un color gris piedra, un descomunal cuerpo deforme y una pequeña cabeza pelada. Tenía las piernas cortas, gruesas, como troncos de árbol, y pies achatados y deformes. El olor que despedía era increíble. Llevaba un gran bastón de madera, con la punta rosando el suelo, porque sus brazos eran muy largos.
¿Cómo, en el nombre del cielo, no lo había escuchado entrar?
Y luego hizo, posiblemente, la cosa más estúpida que podría haber hecho.
Gritó.
El grito salió de su boca abierta e irrumpió la calma en la que se encontraba junto al troll. La mirada de la bestia cayó sobre ella mientras Hermione, gritando, tropezaba con sus pies en un intento de alejarse de aquella cosa. Resbaló, su trasero golpeo el suelo y aun así no dejó de gritar.
Se agazapó contra la pared respirando frenéticamente. El monstruo avanzó hacia ella, arrastrando el bastón.
-¡Distráelo! -la voz de Theodore Nott llegó detrás de la bestia. El troll se detuvo a pocos pasos de ella. Se balanceó, parpadeando con aire estúpido, para ver quien había hecho ese ruido.
-¡Hermione!
Malfoy pasó como un borrón junto al troll, con tal velocidad que la bestia ni siquiera tuvo tiempo de ejercer algún tipo de bloqueo. Se lanzó hacia ella, colocando su mano contra los labios de la castaña. Se miraron fijamente mientras el baño quedaba sumergido en un abrupto silencio antes de que una tercera voz irrumpiera en escena.
-¡Eh! ¡Cara de mierda! -gritó Gregory Goyle con todas sus fuerzas. Brazos en alto, bailando como bufón para atraer la atención del monstruo.
-¡Maldita sea, Gregory! -ese era Blaise Zabini, apuntando con su varita al troll.
El troll los miraba tratando de entender que pasaba frente a él. Gregory Goyle y Vicent Crabbe chiflaban y agitaban sus brazos; Blaise Zabini y Theodore Nott apuntaban con sus varitas hacia la bestia. Draco Malfoy ayudaba a Hermione Granger a levantarse, tratando de apartarse lo más posible del troll.
-¡Draco! ¡Hermione! -aulló Zabini. Con piernas temblorosas y el alma saliéndose del cuerpo, Hermione miró hacia Zabini. El moreno la analizó con la mirada y sonrió con encanto al ver que no tenía rasguño alguno.
La bestia, harta de tanto jaleo, arremetió contra lo que tenía más cerca: el propio Blaise Zabini.
Hermione volvió a abrir la boca para gritar una advertencia, pero Zabini, viendo la intención de la bestia corrió hacia otro lado, golpeándose con Goyle y cayendo ambos al suelo.
-¿Estas…?
-¡Draco! ¡Cuidado!
Malfoy no pudo terminar su pregunta, ni siquiera pudo mirar en dirección de la voz de Nott. Solo pudo lanzarse sobre Hermione haciéndola terminar de nuevo en el suelo mientras el bastón del troll asestaba un golpe justo donde habían estado, golpeando los lavamanos. El cuerpo del rubio la protegió de los escombros que salieron volando por todos lados.
-¡Ahhhh! -con un grito de guerra, Crabbe saltó, colgándose de la espalda del troll. Nott, mirando la escena, gritó con la varita en mano y apuntó al troll.
-¡Wingardium leviosa!
El bastón salió volando de las manos del troll, se elevó muy arriba y luego dio vuelta y se dejó caer con fuerza sobre la cabeza de su dueño. El troll se balanceó y cayó boca abajo con un ruido que hizo temblar la habitación. Crabbe aún estaba en su espalda.
Quedaron en silencio, todos conmocionados con lo que acababa de ocurrir.
-¿Esta… muerto? -preguntó Goyle mientras se levantaba junto a Zabini.
-No creo, supongo que se habrá desmayado -aportó Crabbe, levantándose de sobre el troll y bajando de su espalda. Tropezó al tocar el suelo, cayéndose de bruces.
-Vamos -gruñó Malfoy contra el cuello de Hermione. El niño se sentó de rodillas entre sus piernas, su cabello platinado estaba sucio debido a la explosión del lavamanos- ¿Estas bien, Hermione?
Era la segunda vez que Malfoy la llamaba por su nombre, estaba empezando a gustarle.
Malfoy la ayudó a levantarse. Justo cuando estaba sobre sus dos piernas temblorosas los brazos de Zabini la atrajeron hacia el moreno, abrumándola en un desesperado abrazo. El chico estaba temblando, la única huella que demostraba lo afectado que estaba.
Las lágrimas (las cuales pensó ya no poseía más) se deslizaron de nuevo por sus mejillas. Sollozó contra el cuello del moreno, temblando de pies a cabeza.
-¿Cómo… -su voz sonaba ronca- … cómo supieron…?
-Daphne dijo que te había escuchado llorando en el baño del segundo piso -dijo Goyle, moviéndose de un pie al otro.
El brazo de Malfoy se deslizo por su cintura y la llevó contra él. Su pecho subía y bajaba con fuerza, enterrando el rostro contra sus risos castaños. Nott colocó una mano sobre su hombro, mirándola fijamente a los ojos en busca de algo. No tenía idea de que estaba sucediendo en ese momento, pero supo que algo acababa de cambiar entre ellos.
-¿Por qué llorabas, Hermione? -preguntó Crabbe, siendo el último en unirse al grupo. Su frente roja gracias al reciente golpe, pero ni siquiera Zabini tuvo fuerza para reírse-. ¿Alguien te ha lastimado?
-Ya no importa -lloriqueo Hermione, queriendo olvidar las crueles palabras.
-¡Claro que importa! -gritó Zabini-. ¡Estuvimos a punto de morir! ¿¡Quién fue!? ¡Le lanzaré un Avada, no lo dudes!
-Hermione… -una tercera vez su nombre se deslizó por los labios de Malfoy, empezando a cuestionarse si debiera llamarlos por su nombre. Nadie parecía darse cuenta de que su apellido ya había sido olvidado.
Un súbito portazo y fuertes pisadas detuvieron la discusión. Nadie se había dado cuenta del ruido que habían hecho, pero, por supuesto, abajo debían de haber oído los golpes. Un momento después la profesora McGonagall entraba apresuradamente en la habitación, seguida del profesor Snape, el profesor Quirrell y Marcus Flint, que cerraba la marcha. El profesor Quirrell dirigió una mirada al monstruo, se le escapó un gemido y se dejó caer en un inodoro, apretándose el pecho.
-Oh, mierda -masculló Marcus con aire de querer vomitar, mirando al troll en el suelo. Sin despegar la mirada de la bestia inconsciente, la bordeo hasta llegar a los seis estudiantes de primer año. Una vez, seguro que el troll no se movería, desvió su mirada hacia los Slytherin
-Podemos explicarlo -intentó defenderse Blaise, pero Marcus negó. Palpó el rostro del moreno, buscando algún rasguño y cuando no lo encontró prosiguió con Theodore, Gregory, Vincent, la misma Hermione y al final con Draco que estaba un poco reticente de dejarla ir. Pudo ver sus ojos rojos y un rastro de lágrimas en su rostro antes de que Marcus (siempre atento) las limpiara en su recorrido de buscar heridas.
-¿En qué estaban pensando, por todos los cielos? -preguntó la profesora McGonagall con furia helada. Marcus se estremeció ligeramente al igual que todos los alumnos presentes- Tienen suerte de que no los haya matado, ¿por qué no estaban en la biblioteca?
El profesor Snape dirigió a Malfoy una mirada aguda e inquisidora. El niño clavó la vista en el suelo.
-Me temo que es mi culpa, profesora McGonagall -sollozó Hermione, con una valentía envidiable-. Me estaban buscando a mí.
-¡Hermione Granger!
-Alguien mencionó que Hermione estaba en el baño, así que venimos a buscarla -saltó Blaise, colocándose frente a la castaña para que la mirada inquisitiva de la profesora McGonagall no pudiera verla.
-¿Y porqué no avisaron a su jefe de casa? ¿A su prefecto?
-No hubo tiempo -respondió Theo-. Usted misma lo dijo, pudo haber matado a alguien.
-Todavía creo…
-Está bien, Minerva, nadie salió lastimado -intervino el profesor Snape, hablando en nombre de sus alumnos-. Si no se han hecho daño, mejor vuelvan a la biblioteca. Los alumnos están terminando la fiesta ahí, debido a que el troll fue visto principalmente en las mazmorras -disparó una mirada envenenada al profesor Quirrell quien no dejaba de ver al troll.
-Pero, Severo...
-Son mis alumnos, Minerva -dijo el profesor, mirándola con malicia pura-. Si tú le has dado una Nimbus 2000 y un puesto en el equipo de quidditch de Gryffindor al señor Potter por romper las normas, yo fácilmente puedo ignorar la estúpida valentía que provocó la búsqueda de la señorita Granger sin ser anunciada a ningún adulto o encargado -miró una vez más a sus alumnos-. Les otorgaré cinco puntos a cada uno por vencer al troll, no muchos alumnos de primer año -siseo- podrían derrumbar a esta bestia. El profesor Dumbledore será informado de esto. Señor Flint, guíe a sus compañeros a la biblioteca.
-Si, profesor -murmuró Marcus, tomando a Hermione de la mano y a Draco por el hombro, guiándolos fuera del baño con los otros cuatro Slytherin detrás suyo. Era un alivio estar fuera del alcance del olor del trol.
El largo camino fue silencioso, nadie hablaba ni miraba al resto. Sus amigos fácilmente habían olvidado lo que la llevó ahí, y Hermione no les recordaría la conversación anterior.
Habían salido impunes, no necesitaba que los puntos ganados fueran perdidos solo por que creyeron oportuno defender su honor contra Weasley. Lo dejaría por la paz.
Solo por el momento.
Cuando empezó el mes de noviembre, el tiempo se volvió muy frío. Las montañas cercanas al colegio adquirieron un tono gris y el lago parecía de acero congelado. Cada mañana, el parque parecía cubierto de escarcha. Por las ventanas de arriba veían al guardián de las llaves descongelando las escobas en el campo de quidditch, enfundado en un enorme abrigo de piel de topo, guantes de pelo de conejo y enormes botas de piel de castor.
-Maltrato animal, eso es francamente maltrato animal -murmuraba Hermione cada vez que lo miraba-. Las pieles de animal deberían ser prohibidas.
-Por favor, Hermione -siempre atajaba Blaise-. ¿Cómo sería posible mantenerse caliente sin pieles?
-Piel sintética -afirmaba la castaña, disparándole una mirada traicionada a Blaise.
Estaba por empezar la temporada de quidditch. Aquel sábado, Harry Potter jugaría su primer partido. Gryffindor contra Slytherin. Si Slytherin ganaba, pasarían a ser segundos en el campeonato de las casas.
-Espero se caiga de su escoba -espetaba Draco todos los días, una mirada de pura envidia filtrándose en la dirección de el-niño-que-vivió.
-Tal vez nos honré a todos y lo haga -aceptó Hermione con una sonrisilla maliciosa una noche, Draco rápidamente imitándola.
-Si gana, estaré muy decepcionado -aportó Theo, cerrando el libro que había estado leyendo. El frío los había ahuyentado a la Sala Común de Slytherin, el trío cerca del fuego para calmar los escalofríos-. Espero le duela la caída.
Los tres niños rieron con verdadera alegría.
Tal vez aquello no era una platica inocente, pero ya no podía negarse la rivalidad entre el grupo de Harry Potter y ellos mismos.
09, noviembre. 1991.
Gran Comedor.
08:00 a.m.
La mañana amaneció brillante y fría. El Gran Comedor estaba inundado por el delicioso aroma de las salchichas fritas y las alegres charlas de todos, que esperaban un buen partido de quidditch.
-Me temo que, si derrumbamos a Potter de su escoba, terminaremos expulsados del colegio -se lamentó Graham ante el pedido de Hermione-. Estoy empezando a creer que Dumbledore tiene algo que ver en los intentos de evitar que lo expulsen.
-¿Puedes jurarlo? -se burló Peregrine Derrick, bateador de Slytherin. Era su último año en el colegio-. No te preocupes, linda. Yo mismo me aseguraré de darle unos buenos golpes -le guiño el ojo con picardía.
La sonrisa acompañó a Hermione todo el partido, aún cuando tenía doble suéter, doble túnica y doble par de guantes como de gorros. Blaise estaba agitando banderillas de los colores de Slytherin mientras el juego comenzaba.
-¿Escuché que le pediste a Derrick que derrumbara a Potter? -preguntó Pansy llegando junto a Hermione y apartando a Theodore con un codazo.
-¡Oye!
-También estamos apostando -aportó Draco, la bufanda color plata fuertemente enrollada en su cuello y mejillas haciendo que la voz saliera amortiguada.
Los ojos de Pansy brillaron cuando Draco se giró a mirarla.
-Oh, bueno, quiero apostar.
-Pero tú dijiste...
-¡Cállate, Flora! Estamos a la mitad de algo.
-¡No me llamas!
-Que odiosas -espetó Draco al oído de Hermione, rápidamente olvidándose unos de los otros cuando la señora Hooch dio un largo pitido con su silbato de plata para dar comienzo al partido.
Quince escobas se elevaron, alto, muy alto en el aire.
-Y la quaffle es atrapada de inmediato por Angelina Johnson de Gryffindor... Que excelente cazadora es esta joven, y a propósito, también es muy bonita...
-¡JORDAN!
-Lo siento, profesora.
Lee Jordan, de Gryffindor, era el comentarista del partido, vigilado muy de cerca por la profesora McGonagall.
-Y realmente golpea muy bien, un buen pase a Alicia Spinnet, el gran descubrimiento de Oliver Wood, ya que el año pasado estaba en reserva... Otra vez Johnson y... No, Slytherin ha cogido la quaffle, el capitán de Slytherin, Marcus Flint se apodera de la quaffle y allá va... Flint vuela como un águila, está a punto de...
Los Slytherin aplaudían y gritaban a la contienda que se realizaba en el campo. Los gritos de emoción bullían en el aire.
-... no, lo detiene una excelente jugada del guardián Wood de Gryffindor y Gryffindor tiene la quaffle... Aquí está la cazadora Katie Bell de Gryffindor, buen vuelo rodeando a Flint, vuelve a elevarse por el terreno de juego y... ¡Ayyy!, eso ha tenido que dolerle, un golpe de bludger en la nuca... La quaffle en poder de Slytherin... Adrian Pucey cogiendo velocidad hacia los postes de gol, pero lo bloquea otra bludger, enviada por Fred o George Weasley, no sé cuál de los dos... bonita jugada del golpeador de Gryffindor, y Johnson otra vez en posesión de la quaffle, el campo libre y allá va, realmente vuelta, evita una bludger, los postes de gol están ahí... vamos, ahora Angelina... el guardián Bletchley se lanza... no llega... ¡GOL DE GRYFFINDOR!
Los quejidos y silbidos de Slytherin llenaron el aire frio, junto a los gritos de los de Gryffindor.
-Por un demonio -se lamentó Vincent, golpeando con un grueso puño la barrera que los separaba del campo.
-Slytherin toma posesión -decía Lee Jordan-. El cazador Pucey esquiva dos bludgers, a los dos Weasley y al cazador Bell, y acelera... esperen un momento... ¿No es la snitch?
Harry Potter y Terence Higgs, ambos buscadores, salieron volando hacia el destello dorado. Ambos tan rápidos como relámpagos, nariz con nariz... Todos los cazadores parecían haber olvidado lo que debían hacer y estaban suspendidos en el aire para mirar.
Potter era más veloz que Higgs. La pequeña pelota, agitando sus alas, volaba delante suyo. Aumentó su velocidad y...
¡PUM! Un rugido de furia resonó desde los Gryffindor de las tribunas... Marcus había cerrado el paso de Potter, para desviarle la dirección de la escoba, y éste se aferraba para no caer.
-¡Falta! -gritaron los Gryffindor.
-¡Por poco! -gritaron los Slytherin.
-Mis diez minutos se están yendo -se quejó Theodore, quien había apostado esa cantidad de tiempo antes de que Potter cayera al pasto.
La señora Hooch le gritó enfadada a Flint, y luego ordenó tiro libre para Gryffindor, en el poste de gol. Pero con toda la confusión, la snitch dorada, como era de esperar, había vuelto a desaparecer.
A Lee Jordan le costaba ser imparcial.
-Entonces... después de esta obvia y desagradable trampa...
-¡Jordan! -lo regañó la profesora McGonagall.
-Quiero decir, después de esta evidente y asquerosa falta...
-¡Jordan, no digas que no te aviso...!
-Muy bien, muy bien. Flint casi mata al buscador de Gryffindor, cosa que le podría suceder a cualquiera, estoy seguro, así que penalti para Gryffindor; la toma Spinnet, que tira, no sucede nada, y continua el juego. Gryffindor todavía en posesión de la pelota.
-A esa altura no puede morir, ¿verdad? -la voz de Hermione se tambaleó al final, no previendo que una caída de escoba terminara en muerte.
-¿No es lo que querías, nacida de muggles? -comentó alguien detrás suyo, la tensión rodeando repentinamente la tarima de Slytherin-. Tú misma les pediste que lo derribaran.
-Deja de llamarme nacida de muggles -espetó Hermione, girándose en redondo. Un Slytherin de sexto año la miraba con el ceño fruncido.
-Es lo que eres -siseo el chico, los chicos a su alrededor mirándolo con ojos alucinados.
-Y tú eres un imbécil y no te lo ando restregando en el rostro -sentía la furia subir por la garganta- Por no mencionar que también eres feo.
La tribuna de Slytherin se quedó en un silencio sepulcral antes de que las risas estallaran alrededor de Hermione.
-¡Trágate esa, Laughalot! -gritó alguien al fondo de la tribuna- La nacida de muggles -se burló- te puso en tu lugar.
Las mejillas de Laughalot enrojecieron, pero la sonrisa que brillaba en su rostro demostraba que todo quedaría en solo una broma. Por lo visto, un poco de veneno calmaba a las serpientes en su instinto de atacar.
Lee seguía comentando el partido.
-Slytherin en posesión… Flint con la quaffle… pasa a Spinnet, pasa a Bell… una bludger le da con fuerza en la cara, espero que le rompa la nariz (es broma, profesora) Slytherin anota un tanto, oh, no…
Los Slytherin vitorearon con fuerza.
-Y ahí si debemos quedarnos callados, ¿no? -gruño Blaise-. El león se burla de nosotros, pero el silencio es lo que debemos dar a cambio.
-Son solo palabras, Blaise -dijo Theo, poniendo los ojos en blanco.
-Palabras que, si hubieran salido de nuestra boca, nos hubieran quitado puntos.
De pronto, la gente comenzó a señalar hacia Potter por encima de las gradas. Su escoba había comenzado a dar vueltas y él apenas podía sujetarse. Entonces la multitud jadeó. La escoba de Potter dio un salto feroz y Potter quedó colgando, sujeto con una mano.
-¿Qué demonios? -jadeo Gregory, mirando alucinado el espectáculo.
-¿Alguien lo habrá maldecido? -preguntó Blaise, sacando mágicamente unos binoculares para rastrear el campo. Theo se los arrebato al instante, buscando él mismo al perturbador.
-No es muy fácil maldecir una escoba -dijo Winky Crockett, de séptimo-. Solo la magia oscura sería capaz de provocar eso.
-¡Allá! -gritó Theo, señalando a la tribuna del profesorado. Vincent se los arrebató del rostro y miró.
-Imposible, el profesor Snape no puede odiar tanto a Potter.
Theo le soltó tal golpetazo que le incrustó los binoculares al rostro.
-Quirrell, baboso -siseo Theo- ¿Cómo se te ocurre incriminar al profesor Snape?
-¡Ah! ¡Sí! -Vincent asintió, con los binoculares bien puestos- Ya lo vi.
Se fueron pasando los binoculares entre todos, inclusive un Slytherin de sexto le había otorgado los suyos a Hermione para que pudiera ver. El profesor Quirrell tenía los ojos clavados en Potter y murmuraba algo sin detenerse, el profesor Snape parecía estar imitándolo.
-¿Creen que esté tratando de romper el hechizo? -preguntó Hermione.
-Deja esa, ¿por qué Quirrell querría a Potter muerto? -Gregory jadeo-. ¿También aposto?
-¡Por la tanga de Salazar, Gregory! -espetó Blaise, mirando alucinado al castaño-. ¡Es obvio que lo hizo si lo quiere en el suelo! Aunque me sorprende que el profesorado haya aportado.
-Por una mierda, Blaise -Theo miró al chico como si hubiera perdido un tornillo-. ¿Cómo puedes estar hablando en serio?
En el cielo, la escoba de Potter vibraba tanto que era casi imposible que pudiera seguir colgando durante mucho tiempo. Todos miraban aterrorizados, mientras los Weasley volaban hacia él, tratando de poner a salvo a Potter en una de las escobas. Pero aquello fue peor; cada vez que se le acercaban, la escoba saltaba más alto. Se dejaron caer y comenzaron a volar en círculos, con el evidente propósito de atraparlo si caía.
Un revuelo estridente sonó en la tribuna del profesorado. El profesor Snape se levantó de su asiento, girando sobre sí mismo mientras una llamarada de fuego azul bailaba en su túnica. Los profesores trataban de ayudarlo y algunos otros, atrapados en el revuelo, fueron golpeados por los movimientos del profesor. El profesor Quirrell entre ellos.
Marcus Flint, acompañado de Adrian Pucey, volaron a velocidad asombrosa hacia el profesor de pociones. El capitán de Slytherin sacó su varita del interior de su bota y apuntó a la llamarada de fuego azul.
En algún momento, entre ambos acontecimientos, Potter había vuelto a montar su escoba. El Gryffindor iba a toda velocidad hacia el terreno de juego, cayendo de su escoba al metro de altura. Vieron que se llevaba la mano a la boca, como si fuera a vomitar. Tosió y algo dorado cayó en su mano.
-¡Tengo la snitch! -gritó, agitándola sobre su cabeza; el partido terminó en una confusión total.
El estallido de aplausos provenientes de la tribuna de Gryffindor casi hizo imposible que pudieran hablarse uno al otro.
-¡Gané! -gritó Draco con un toque de decepción-. Potter cayó de su escoba después de media hora.
-Solo por un metro, eso ni siquiera es considerado riesgoso -se lamentó Blaise.
-Pero cayó.
-¿Ustedes se escuchan? -jadeo Theo, perdiendo los estribos-. ¡Casi matan a Potter!
-¿Y? -Draco se encogió de hombros con desdén-. Por mí, podría morirse, no es como que vaya a llorarle.
-¡Eres increíble! -escupió Theo.
Hermione ignoró la conversación a su alrededor a favor de mirar fijamente donde el profesor Quirrell se estaba levantando, nadie consiente más que ella de cómo miraba con un odio profundo a Harry Potter. Un odio tan visceral que provocó un retorcijón de estómago a la castaña.
Algo muy oscuro estaba por pasar en Hogwarts.
