ADVERTENCIA: Los personajes pertenecen en su totalidad a J.K Rowling, al igual que la idea original no es de mi propiedad.

Párrafos de "Harry Potter y la piedra filosofal" incluidos en la historia. Agradezco, una vez más, su infinita paciencia y su amor a este fanfic. Sus Review son leídos en su totalidad.


*REEDICIÓN*

30/12/22

02, enero. 1992.

Expreso de Hogwarts.

16:03 p.m.

Hermione guardó rápidamente la carta en el bolsillo derecho de su pantalón cuando Draco Malfoy cruzó la entrada del vagón, respaldado -como siempre- por Gregory Goyle y Vincent Crabbe. El trío portaba gruesos suéteres de lana y largas capas de viaje.

El frío azotaba con violencia, sin distinguir entre clases sociales o pureza de sangre.

-Moriré congelado -se lamentó Draco, su cabello fijamente en su sitio, ni una sola hebra fuera de lugar. Se sentó junto a Hermione, temblando sin parar-. Te otorgo mi colección de primeras ediciones de Quidditch a través de los tiempos -dijo, sacándole una sonrisa a la castaña.

-Tomaré tu palabra -le advirtió mientras Vincent y Gregory la saludaban, sus narices más rojas que nunca.

-Sangre caliente mis calcetines -espetó Theodore uniéndose a ellos, acompañado por Blaise. El castaño estaba igualmente infundado en gruesos suéteres mientras Blaise solo contaba con un suéter negro de cuello alto y una capa de viaje ligera-. Has de conocer un hechizo de temperatura, suéltalo ya, Zabini.

-Nada más que buenos genes, mio carissimo fratello -se pavoneo el moreno, haciéndose espacio entre Gregory y Vincent-. La envidia no te sienta bien.

Theodore le disparó una mirada enojada, pero no mencionó más mientras se sentaba junto a Hermione.

-¿Qué tal tus vacaciones? -preguntó Draco, ignorando la entrada de sus dos amigos a favor de mirar a Hermione-. ¿El mundo muggle es divertido?

-El mundo muggle es normal, Draco -se burló Hermione, sintiendo como la carta en su bolsa quemaba ante la mención de sus vacaciones de invierno-. Estuvo... bien, estuvimos prácticamente encerradas... salimos solo lo necesario, ¿y tú?

-Padre me regaló una Nimbus 2000 -respondió, encogiéndose de hombros-. Practiqué un poco, pero tampoco salimos a ningún lado. ¿Recibiste mi regalo?

-¡Sí! ¡Muchas gracias! Me fue de mucha utilidad.

-¿Qué regalo? -preguntó Gregory.

-Nada de tu incumbencia, metiche.

-¡Draco!

-¿Qué?

-No hay por qué ser groseros -se quejó Hermione, mirando el puchero de Gregory-. Draco me regaló una versión extendida de Guía de transformación para principiantes, me está ayudando a mejorar mi manejo en las clases.

-Ustedes y sus tontas notas -se quejó Blaise-. Yo, en cambio, disfruté un partido en primera fila de los Murciélagos de Ballycastle -presumió.

-¿Cómo...?

-Ignóralo, Vincent, y tal vez por fin deje de molestarnos con su tonta voz -dijo Theo, mirando con enojo al moreno. El Slytherin sonrió aún más.

-Ya te responderé, mi queridísimo Vincent -dijo-. Madre está al principio de su matrimonio con Yves Bourdieu, el hombre tiene varias inversiones en el equipo.

-Hubiera sido más divertido presenciar un partido de los Falmouth Falcons -se lamentó Gregory, acomodando bien el cuello de su suéter, un siseo de dolor se escapó de sus labios.

-Tus Falmouth Falcons llevan cinco años perdiendo contra los Puddlemere United -se burló Vincent, chocando su palma contra la de Blaise. Ambos tenían una fascinación con aquel equipo de quidditch.

-Y los Puddlemere United llevan dos años perdiendo contra los Tutshill Tornados -les recordó Theo, provocando que las risas se transformaran en gruñidos.

-Y las Avispas de Wimbourne llevan tres años consecutivos ganando la copa -intervino Draco, sacándole otra sonrisa a Hermione-. No se olviden de eso.

-Lo que digas, Malfoy -espetó Blaise-. Cuando los Puddlemere United ganen la copa, te tragarás tus palabras.

-¡Oye! -se quejó Hermione, las Avispas de Wimbourne también eran su equipo favorito.

-Perdóname, la mia regina -se disculpó el moreno sin sentirlo-. Malfoy me saca de mis casillas.

-Entonces aprende a controlarte -dijo Draco, sonriendo con malicia-. No debería ser tan fácil sacarte de tus casillas, imagínate lo que harían los Gryffindor con esta información.

-Jódete.

-¡Blaise, que hay una dama! -jadeo Gregory, sus mejillas sonrojadas.

Hermione rio cuando los cinco chicos empezaron a tomar distintos tonos de rojo.

-Está bien, no me ofendo tan fácilmente -dijo, mirando con un brillo malicioso a Blaise.

-¡Jódete!

-¡BLAISE!


Cuando las lluvias reemplazaron la nieve, y el frio se transformó en una ligera llovizna siempre pegada a sus capas, Hermione había empezado a considerar seriamente presentar una queja sobre el profesor Quirrell.

¿Cómo era posible que nadie viera su mirada siempre fija en Harry Potter?

-Ese no es nuestro problema, Hermione -se quejó por centésima vez Draco la mañana del partido de Gryffindor contra Hufflepuff. Slytherin ya había ganado su lugar contra Ravenclaw, ahora la pregunta sería quién ganaría el puesto restante para competir por la copa de quidditch.

-Intentó tirarlo de su escoba, debería ser el problema de alguien -dijo, como siempre, enojada por la falta importancia que le estaban dando a todo el asunto.

-¿Y eso porqué debería ser problema tuyo? -siseo Draco, mirándola con sospecha- ¿Acaso te gusta Potter?

-¿¡Cómo puedes...!?

-Ya, ya, está bien, está bien. Perdón -se lamentó Draco, tratando de esquivar los golpes dirigidos hacia su persona. Las mejillas de Hermione estaban rojas por el esfuerzo de perseguirlo todo el camino a la tribuna de Gryffindor, donde Blaise había creído elocuente contemplar el partido.

La noche anterior se habían enterado de que el profesor Snape sería el árbitro del juego, y todos estaban seguros de que Gryffindor saldría perdiendo.

-La cara de Snape está más fea de lo normal -dijo Weasley justo cuando los dos Slytherin llegaron a sus lugares, sentándose detrás de él y Longbottom-. Mira, ya salen. ¡Eh!

Ambos Gryffindor voltearon a verlos. Draco había golpeado la cabeza pelirroja con cierta fuerza.

-Oh, perdón, Weasley, no te había visto.

Draco sonrió burlonamente, si había algo que lo molestaba en potencia, era que alguien hablara mal de su padrino.

-Me pregunto cuánto tiempo durará Potter en su escoba esta vez. ¿Alguien quiere apostar? ¿Qué me dices, Weasley?

Weasley no respondió: el profesor Snape acababa de pitar un penalti a favor de Hufflepuff porque George Weasley le había tirado una bludger. Fue justo en ese momento cuando Blaise, Theodore, Gregory y Vincent por fin hicieron su aparición.

-¿Saben por qué creo que eligen a la gente para la casa de Gryffindor? -preguntó Draco en voz alta unos minutos después, mientras el profesor Snape daba otro penalti a Hufflepuff, sin aparentemente ningún motivo. El cuarteto recién llegado se miró confundido, antes de reparar en los dos Gryffindor frente a ellos-. Es gente a quien le tienen lástima. Por ejemplo, está Potter, que no tiene madre, luego los Weasley, que no tienen dinero... Y tú, Longbottom, que no tienes cerebro...

Longbottom se puso rojo y se volvió en su asiento para encarar a Draco. Justo lo que el rubio quería.

-Yo valgo por doce como tú, Malfoy -tartamudeó.

Draco, Blaise, Vincent y Gregory estallaron en carcajadas, pero Weasley, sin quitar los ojos del partido, intervino.

-Así se habla Neville.

-Longbottom, si tu cerebro fuera oro serías más pobre que Weasley, y con eso te digo todo.

-Te prevengo, Malfoy... Una palabra más...

Potter había salido en un espectacular vuelo, que arrancó gritos de asombros y vivas entre los espectadores. La mayoría en la tribuna se levantó y aplaudió.

-No me están dejando ver -se quejó Hermione mientras se levantaba, esquivando cabezas para ver qué ocurría en el partido. Ella y Theodore eran los únicos que estaban ignorando la confrontación.

-Tienen suerte, Weasley, es evidente que Potter ha visto alguna moneda en el campo -dijo Draco.

Weasley estalló. Antes de que cualquier Slytherin presente supiera lo que estaba pasando, Weasley estaba encima de Draco, tirándolo al suelo. Longbottom vaciló, pero luego se encaramó al respaldo de su silla para ayudar. Blaise no tardó en unírseles.

-¡Draco! -Hermione se giró cuando el revuelo se hizo evidente. Draco y Weasley rodaban bajo el asiento. Blaise soltaba golpes a lo tonto contra Longbottom y Vincent y Gregory parecían no tener idea de a quién ayudar. Cuando los dos Slytherin se disponían a dividirse y lanzarse sobre los cuatro chicos en el suelo, Theo los tomó por las gorras de las túnicas.

-Ni lo intenten -siseo en advertencia.

-Basta, ya fue suficiente -espetaba Hermione tratando de apartar a Draco de encima de Weasley.

Las tribunas empezaron a temblar por los estridentes gritos, trayendo la atención de Hermione de vuelta al partido. Potter tenía la snitch dorada entre los dedos.

El partido acababa de terminar.

Una patada errada por parte de Weasley impactó contra su rodilla, haciéndola caer sobre Theo y eso fue suficiente incentivo para que Vincent y Gregory se lanzaran a la pelea mientras Theo detenía su caída.

Ni una sola vez les habían quitado puntos, pero estaba creyendo firmemente que se los arrebatarían cuando vio que el profesor Snape se acercaba a la tribuna, con sus ojos fijos en la pelea. Rezó internamente que el enojo del profesor fuera dirigido a los Gryffindor, en vez de a ellos.


-Apúrate, que lo perdemos -ordenó Hermione, jalando a Draco por la manga de la túnica y arrastrándolo por los terrenos de Hogwarts en dirección al bosque prohibido.

-¿Perdemos a quién? -siseo Draco mirando con profundo horror la dirección de sus pasos.

-Acabo de ver al profesor Quirrell escabullirse mientras todos festejaban la victoria de Gryffindor -dijo la niña, cuidando que nadie los siguiera.

-¿Estás loca, Hermione? -gruñó el niño, temblando de pies a cabeza una vez que entraron al bosque.

-El profesor Quirrell intentó matar a Potter, ¿entiendes la gravedad del asunto?

-Lo hago -susurró en respuesta- ¿Qué te hace pensar que no va a matarnos a nosotros si se da cuenta que estamos espiándolo?

El profesor Snape los había dejado salir victoriosamente de la batalla campal que se armó en las gradas de Gryffindor, solo con la única objeción de que los moretones y rasguños tendrían que curarse a la manera muggle, así que el rubio lucía un ojo morado como trofeo. Habían estado a la mitad de la cena cuando Hermione lo había engatusado para que la acompañara a la biblioteca, y esto definitivamente no era la biblioteca.

Hermione empezó a detener su andar, mirando bajo una nueva luz a Draco.

-No pensé en ello -murmuró avergonzada.

-¡Por supuesto que no! -le grito entre susurros, los rostros demasiado cerca-. ¿Por qué demonios te estas comportando como una tonta Gryffindor con tendencias suicidas?

-Yo no... -las palabras se quedaron atascadas en sus labios cuando Draco le tapó la boca con una mano. Empujándola ligeramente, la guio detrás de un árbol justo a tiempo para ver al profesor Snape pasar frente a ellos, envuelto bajo una capa oscura.

-¿Pero qué...? -murmuró el rubio cuando su padrino se perdió de vista. Ignorando sus anteriores palabras, tomó a Hermione de la mano y la obligó a seguir, en silencio, a su jefe de casa.

No se alejaron mucho de la entrada del bosque, pero si lo suficiente para pasar desapercibidos, cuando por fin lograron escuchar las voces. El profesor Quirrell tartamudeaba como nunca.

-... n-no sé p-porque querías ver-verme j-justo a-aquí, de entre t-todos los l-lugares, Severus...

-Oh, pensé que íbamos a mantener esto en privado -dijo el profesor Snape con voz gélida-. Después de todo, los alumnos no deben saber nada sobre la Piedra Filosofal.

Agazapados detrás de un árbol, Hermione quedó atrapada entre los brazos de Draco, ambos con dificultad para escuchar las palabras. Quirrell tartamudeaba algo y el profesor Snape lo interrumpió.

-¿Ya has averiguado cómo burlar a esa bestia de Hagrid?

-P-p-pero Severus, y-yo...

-Tú no querrás que yo sea tu amigo, Quirrell -dijo el profesor Snape, el sonido de las hojas secas rompiéndose bajo el pie del mago llegó hasta los oídos del duo.

-Y-yo no s-sé qué...

-Tú sabes perfectamente bien lo que quiero decir.

Una lechuza dejó escapar un grito, y la pareja había estado a punto de imitarla, pero evitaron hacerlo poniendo las manos sobre la boca ajena para ocultar el grito que se escaparía. Se miraron fijamente, el corazón palpitándoles en los oídos.

-.. tu pequeña parte del abracadabra. Estoy esperando.

-P-pero y-yo no...

-Muy bien -lo interrumpió el profesor Snape-. Vamos a tener que charlar muy pronto, cuando hayas tenido tiempo de pensar y decidir dónde están tus lealtades.

Se echó la capa sobre la cabeza y se alejó del claro. Aventurándose, pudieron ver al profesor Quirrell inmóvil, como si estuviera petrificado.


El antiguo estudio de la alquimia está relacionado con el descubrimiento de la Piedra Filosofal, una sustancia legendaria que tiene poderes asombrosos. La piedra puede transformar cualquier metal en oro puro. También produce el Elixir de la Vida, que hace inmortal al que lo bebe.

Se ha hablado mucho de la Piedra Filosofal a través de los siglos, pero la única Piedra que existe actualmente pertenece al señor Nicolás Flamel, el notable alquimista y amante de la ópera. El señor Flamel, que cumplió seiscientos setenta y cinco años el año pasado, lleva una vida tranquila en Devon con su esposa Perenela (de seiscientos cincuenta y ocho años).

-¿Por qué Quirrell querría robar la Piedra Filosofal? No me parece de los magos que quieran alargar su inútil e insatisfactoria vida -murmuró Draco en voz muy baja, con el rostro demasiado cerca del de Hermione. Sus piernas se tocaban de lo juntos que estaban, y el ruido alrededor de el Gran Comedor era más un murmullo ajeno que importante-. O, en todo caso, conseguir oro infinito.

Les había tomado tres días recabar toda información posible sobre la Piedra Filosofal que estaban casi seguros se escondía en el pasillo prohibido del tercer piso. ¿Qué hacía ahí? Era una pregunta sin respuesta hasta el momento.

-Podría ser una fachada -susurró Hermione en respuesta-. Hacerse pasar por un pobre profesor tartamudo, temeroso de hasta su propia sombra. ¡El profesor Snape habrá visto por encima de su actuación! ¡Por eso ha de estarlo vigilando! -jadeo extasiada, su nariz rozando la de Draco. La voz a penas por encima de un susurro.

-Que tontería -se quejó el platinado-. ¿Por qué no le ha dicho al viejo loco de Dumbledore? Estoy seguro de que se tomaría muy en serio su intento de asesinato...

-¿Qué intento de asesinato? -una larga pierna empezó a hacerse camino en medio de la pareja, obligándolos a separarse hasta el punto de que el cuerpo completo de Marcus Flint pudo sentirse entre ambos. Disparándole una mirada de advertencia a Draco, quien rápidamente se sonrojó, se giró para entregarle una carta sellada a Hermione-. Te llegó esta mañana durante el desayuno, pero viendo que ninguno de los dos asistió... ¿dónde estaban?

-Biblioteca -respondieron ambos a la par, mientras Hermione tomaba la carta y rápidamente la guardaba en la bolsa de su túnica-. Hemos estado estudiando de antemano para los exámenes -explicó la castaña como pensamiento tardío.

-Ah -Marcus se cruzó de brazos-. Me alegra saber que se toman en serio los exámenes, no quiero tener que darles clases de respaldo para el año siguiente si sacan un Aceptable, ¿me han entendido los dos?

-Sí, Marcus -respondieron, una vez más, a la par. Marcus asintió satisfecho antes de levantarse de la mesa y dedicarle una mirada mortal a Draco.

-Quince centímetros de separación -ordenó, alejándose al lugar donde había estado sentado antes.

-¿De qué clase de bestia habló el profesor Snape? -preguntó Hermione, volviendo a recorrer la distancia separada para pegarse a Draco. Los labios del rubio se abrieron para responder a su pregunta, pero la voz de Theo se interpuso:

-¿Ya dejaron de ignorarnos? Tenemos muchos deberes que hacer y no se les ha visto ni la sombra a ninguno de los dos -espetó el castaño, dejando caer una torre de libros sobre la mesa. Vincent y Gregory traían la misma cantidad de libros en sus regordetes brazos mientras que Blaise lo seguía de cerca con una canasta llena de panes dulces y botellas con jugo-. ¿Dónde han estado? -preguntó, sentándose frente a ellos.

-En la biblioteca -dijo una vez más Hermione.

-Mentira -acusó Blaise, dejando la canasta y sacando un pastel de calabaza-. Theodore nos ha estado arrastrando los últimos dos días ahí y nunca los hemos visto.

-Sentados cerca de la sección prohibida -aportó Draco, cerrando el grueso tomo viejo frente a él-. La gente no suele acercarse, así que es más tranquilo sin que nadie nos interrumpa.

-¿A quién te refieres con "nadie"? -preguntó Blaise con un puchero.

-A ti, obviamente -respondió Draco, arrastrando la voz y colocando los ojos en blanco. Levantándose sin prisa alguna, ayudó a Hermione a pararse sobre sus dos pies antes de despedirse de su cuarteto de amigos mientras recogía el gran libro-. Debemos ir a recoger unos libros que Pucey prometió prestarnos, dijo que serían de mucha utilidad.

-Espero que compartas tu sabiduría infinita, no eres el único que debe sacar Extraordinario en clases -le advirtió Theo mientras la pareja se alejaba. Una vez más, demasiado cerca para el gusto de Marcus Flint quien no dejaba de verlos.

-Estoy seguro de que el semigigante será capaz de resolver nuestras dudas respecto a la bestia -opinó Draco, saliendo del Gran Comedor junto a su amiga.

-¿Y cómo vamos a lograr eso? -frunció el ceño Hermione-. ¿Has visto como nos mira?

-¿Cómo?

-Cómo si fuéramos mierda en sus zapatos -dijo, ignorando el escalofrío de Draco ante la palabra "mierda"-. Es amigo de Potter, ¿acaso no recuerdas que solo habló con él mientras nos guiaba al castillo? Es obvio que no nos responderá nada.

-Tienes razón -susurró Draco después de unos minutos de silencio, ya se encontraban bajando los escalones que los llevarían a las mazmorras de Slytherin-. Tengo una idea.

-¿Y esa sería?


La semana siguiente pareció alargarse como nunca. La noche del miércoles encontró a Draco y Hermione sentados solos en la sala común, mucho después de que todos se fueran a acostar. El reloj de la pared acababa de dar doce campanadas anunciándoles el inicio de su cacería.

Habían estado espiando a Harry Potter y Ronald Weasley desde su descubrimiento de la Piedra Filosofal, esperando el momento en que ambos leones decidieran visitar la cabaña de Hagrid. Lo que los había llevado a ese punto.

¿A qué se debía tanto secretismo? Se preguntaba Hermione, muy curiosa del par de Gryffindor para atreverse a romper el toque de queda para visitar al semigigante.

-¿Sabrán algo de la Piedra Filosofal oculta en el pasillo prohibido del tercer piso? -preguntó Hermione mientras salían de la sala común, ambos envueltos en oscuras capas de viaje.

-No me sorprendería -admitió Draco-. Recuerda que a pesar de que Blaise los citó ahí, el profesor Snape no los encontró por ningún lado. ¿Qué posibilidad hay de que se hayan encontrado con la bestia?

-Pensándolo bien, bastante, de hecho -sopesó Hermione, tomando la mano de su amigo cuando este la ofreció mientras se escabullían entre las sombras de los pasillos.

No tardaron mucho en llegar a las afueras del castillo, ni siquiera en toparse contra la piedra fría de la cabaña. Solo con una vista estrecha, sus mejillas se frotaron mientras ambos niños intentaban ver lo que ocurría dentro.

Era una sola estancia. Del techo colgaban jamones y faisanes, una cazuela de cobre hervía en el fuego y en un rincón había una cama enorme con una franela hecha de remiendos. Sobre la mesa del centro había un huevo negro de dragón con grietas en el cascaron.

-Madre santa -jadeo Hermione en voz baja, el asombro destilando por sus palabras.

-Yo no me apunte para esto -gimió Draco, disparando miradas entre el semigigante, Potter y Weasley.

De pronto se oyó un ruido y el huevo se abrió. La cría de dragón aleteó en la mesa. No era exactamente bonito. Hermione pensó que parecía un paraguas negro arrugado. Sus alas puntiagudas eran enormes, comparadas con su cuerpo flacucho. Tenía un hocico largo con anchas fosas nasales, las puntas de los cuernos ya le salían y tenía los ojos anaranjados y saltones.

Estornudó. Volaron unas chispas.

-¿No es precioso? -murmuró el semigigante. Alargó una mano para acariciar la cabeza del dragón. Éste le dio un mordisco en los dedos, enseñando unos colmillos puntiagudos-. ¡Bendito sea! Miren, conoce a su mamá.

-Hagrid -dijo Weasley-. ¿Cuánto tardan en crecer los ridgebacks noruegos?

El semigigante iba a contestarle, cuando sus ojos se enfocaron en los rostros intrusos de Draco y Hermione, palideciendo al instante.

-¡Demonios! -soltó Hermione en un gritito, pero Draco no le dio tiempo a pensar una excusa. La tomó de la muñeca y salió disparado del lugar. Tropezaron todo su camino de regreso al castillo, temerosos de que el semigigante los persiguiera, pero no escucharon pasos algunos detrás de ellos.


Querido Ron:

¿Cómo estás? Gracias por tu carta. Estaré encantado de quedarme con el ridgeback noruego, pero no será difícil traerlo aquí. Creo que lo mejor será hacerlo con unos amigos que vienen a visitarme la semana que viene. El problema es que no deben verlos llevando un dragón ilegal. ¿Podrían llevar al ridgeback noruego a la torre más alta, la medianoche del sábado? Ellos se encontrarán contigo allí y se lo llevarán mientras dure la oscuridad.

Envíame la respuesta lo antes posible.

Besos,

Charlie.

-¿De dónde sacaste esto? -cuestionó la castaña, desviando su mirada de la carta hacía Draco.

-El pobretón de Weasley está en la enfermería con una mano inflamada, parece que podría morirse en los próximos días -dijo con una sonrisa maliciosa haciéndole brillar la cara-. Le dije a la señora Pomfrey que quería pedirle prestado un libro, y me creyó sin dudar.

-Esto no es nuestro problema, Draco -se quejó Hermione, entregándole la carta junto con el libro.

-¡Pero tú dijiste...!

-¡Quirrell, Draco! ¡No un dragón ilegal! -siseo, disparando miradas alrededor del Gran Comedor-. Y todavía no hemos descubierto nada. Quiero ir a ver lo que hay en el pasillo prohibido del tercer piso.

-¿Estás loca? -jadeo Draco, sentándose rápidamente junto a ella y susurrándole al oído-. No sabemos qué hay ahí y aquí -señaló el libro- tenemos la prueba para expulsar a Potter.

-Para expulsar a Weasley, no a Potter -corrigió-. Además, cualquiera podría decir que falsificamos la carta. No creo que nadie quiera expulsar a el-niño-que-vivió.

-El profesor Snape sí.

-El profesor Snape está más al pendiente de Quirrell, como deberíamos hacer nosotros -dijo Hermione con cierto malestar-. Hay algo oscuro en él, ¿acaso no lo sientes?

-Por Salazar, Hermione -se quejó Draco, derrotado-. ¿Qué demonios nos importa a nosotros que Quirrell quiera asesinar a Potter?

-¡Draco!

-¡Está bien, está bien! -lanzó las manos al aire-. Iremos al pasillo, pero dónde la bestia nos mate, te quedarás encadenada a mi fantasma el resto de nuestros días.


19, marzo. 1992.

Despacho de la profesora McGonagall.

01:30 a.m.

-¿Cree que puede mirarme a los ojos y mentirme de esa manera tan descarada? -La profesora McGonagall con una bata de tejido escocés y una redecilla en el pelo los miraba con evidente indignación.

-Es la verdad, debe entender que es un cambio muy drástico pasar del mundo muggle al mágico -soltó sin pausa alguna Draco, asintiendo con la cabeza como si quiera darles veracidad a sus palabras-. Solo trataba de hacer que Hermione se sintiera en casa.

Su búsqueda de la bestia había sido un éxito; encontrando el perro gigante de tres cabezas en el pasillo prohibido, ambos estudiantes de Slytherin se habían dado por bien servidos y se estaban dirigiendo a su sala común cuando la profesora McGonagall se topo con ellos.

Su excusa era barata, hasta Draco lo admitiría más tarde, pero no había manera en que pudieran admitir que habían roto las reglas solo porque Hermione tenía un mal augurio sobre Quirrell y la Piedra Filosofal, que obviamente, quería robar.

Nadie iba a creerle a un par de niños de once años, menos la jefa de casa de Gryffindor.

-Profesora, yo...

-Mantenga la boca cerrada, señorita Granger -espetó la profesora McGonagall, ignorando el grito indignado del rubio-. Ambos saben que está prohibido vagar en el medio de la noche por los pasillos del castillo... ¿Y luego mentirme? ¿Cómo se atreven? -los miró con furia-. ¡Están castigados! -gritó-. ¡Además de una baja de veinte puntos para Slytherin!

-Pero...

El sonido de un puño al golpear la puerta interrumpió a Hermione. La puerta se abrió para mostrar el rostro molesto de Marcus.

-Ay,... -se quejó Draco en un susurro.

-Hágame el favor de llevarse a sus compañeros a la sala común de Slytherin -ordenó McGonagall, disparando una mirada a Draco-. Si vuelvo a verlos vagando por los pasillos a esta hora de la madrugada, me aseguraré de que los expulsen.

-Sí, profesora -respondió Marcus con voz tensa, disparando miradas entre Hermione y Draco mientras los dos niños salían corriendo hacia el resguardo del chico mayor-. No volverá a ocurrir.

-Eso espero.

Marcus se encargó de cerrar la puerta detrás de él, y sin dirigirles palabra alguna, los guío por los pasillos apenas alumbrados por la luz de la luna. Hermione se encontraba temblando de pies a cabeza, sintiendo las olas de decepción salir de su padrino. Esto definitivamente no era lo que quería cuando se decidió a buscar una respuesta al misterio de Quirrell.

Tuvo que haberle hecho caso a Draco e ignorar el odio en la mirada del profesor. Su amigo tenía razón, ¿a ella qué le importaba si Quirrell quería muerto a Potter? No eran amigos, lo detestaba desde su primer día de clases.

No debería haber sido asunto suyo.

-¿En qué estaban pensando? -espetó el mayor una vez estuvieron dentro de la sala común de Slytherin. La pregunta sacó a Hermione de sus divagaciones mientras Draco se plantaba frente a ella, protegiéndola.

-Yo la obligué a...

-Ahórrame el teatrito, Malfoy -lo cortó el prefecto-. No creas que no me doy cuenta como te arrastras para cumplir sus caprichos.

-¡Marcus! -jadeo Hermione, mirando como el rostro de Draco explotaba en un violento color rojo-. ¡Quirrell intentó matar a Potter!

-¿Qué? -preguntó confundido Marcus, desviando su mirada de Draco a Hermione-. ¿De qué estas...?

-Lo vimos durante el partido de Slytherin contra Gryffindor -respondió antes de que Marcus se fuera por la tangente-. No insultes mi inteligencia al negar tu conocimiento -pisoteo el suelo-. Alguien tuvo que haberte mencionado lo que descubrimos ese día.

-Sé lo que Quirrell intentó hacer -bufó Marcus, rodando los ojos-. Pero no entiendo cómo habría de importarte a ti.

-Soy curiosa.

-No me digas.

-Alguien está ocultando la Piedra Filosofal en el pasillo prohibido del tercer piso -interrumpió Draco-. Hay un perro gigante de tres cabezas protegiendo el escondite y Hagrid, el guardabosques, es el dueño del monstruo... al igual que es el dueño de un dragón ilegal.

-¿Un qué...?

-Un ridgebacks noruego.

Marcus miró entre los dos niños como si no entendiera qué estaba pasando.

-¿Qué han estado haciendo en vez de estudiar para los exámenes?

-¡Hemos estado estudiando!

-¿En qué momento? ¿Antes de buscar al perro de tres cabezas? ¿O después de encontrar un dragón ilegal en la cabaña del semigigante?

-De hecho, sí, en ambas ocasiones -respondió Draco sin verse afectado por el regaño. Marcus entrecerró los ojos en dirección al rubio, las mejillas rojas por la ira.

-¡A su cuarto! ¡LOS DOS!


20, marzo. 1992.

Gran Comedor.

08:12 a.m.

-Me siento insultado, degradado e ignorado de una manera en que ni siquiera pueden entender -gruño Blaise con molestia, sin dignarse a ver a la pareja que acababa de sentarse con ellos. Su tenedor de oro apuñalaba con furia las tostadas francesas embarradas de mermelada de fresa-. Se supone que somos amigos.

-Somos amigos...

-No me hables, traidora.

-¡Blaise!

El moreno ni se inmutó ante el grito, metiéndose un gran bocado a la boca mientras miraba a cualquier parte que no fueran los ojos heridos de Hermione o la mirada furiosa de Draco.

-Greengrass vino a preguntarme si era cierto lo de la baja de puntos -dijo Theodore, con la taza de té a medio camino de sus labios-. Me sentí como un estúpido al darme cuenta de que no sabía lo que mis mejores amigos habían estado haciendo el último mes.

-Lo siento mucho, no queríamos meterlos en problemas -se lamentó Hermione, su labio inferior sobresaliendo en un tierno puchero.

-Está bien, Herms, estás perdonada -dijo Gregory, poniendo su regordeta mano encima de la pequeña de Hermione.

-¡Greg! ¡No podemos perdonarlos tan rápido! -se quejó Blaise indignado-. ¡Nos han estado mintiendo!

-Baja la voz, idiota -espetó Draco, la espalda tensa al sentir la mirada de los demás.

-No eres mi amo.

-¿Qué han estado haciendo, entonces? -preguntó Vincent, interrumpiendo el arrebato de Draco antes de que llegara.

-Siguiendo al profesor Quirrell.

-¿Cómo...? -preguntó Theo frunciendo el ceño.

-Después de que vimos cómo intentó matar a Potter, Hermione no pudo dejarlo por la paz y me arrastró en su búsqueda del gato y el ratón -siseo Draco, cruzándose de brazos.

-En el pasillo prohibido del tercer piso esconden la Piedra Filosofal -dijo Hermione, ignorando a Draco.

-¿Qué es la...?

-La Piedra Filosofal hace inmortal a su portador, como también le otorga el poder de transformar cualquier metal en oro -dijo Theo, con las cejas por lo alto.

-Está custodiada por un perro gigante de tres cabezas -asintió Hermione-. Creemos que Quirrell quiere robarla.

-¿Para qué?

-No lo sabemos -el rubio se encogió de hombros-. No hemos descubierto sus intenciones, pero el profesor Snape ha estado vigilándolo de cerca.

-¿Cómo saben...?

-Pensé que les había dicho que no quería que mencionaran palabra alguna a nadie -dijo Marcus, apareciendo frente a ellos y enfatizando la palabra "nadie"-. La profesora McGonagall me pidió les informará que su castigo tendrá lugar el domingo siguiente a las once de la noche, Filch los estará esperando en el vestíbulo de entrada.

-Estoy empezando a odiar a esa bruja.

-¡Draco!

-Está bien, Herms, aprenderás más delante que Malfoy tiene razón en esto -dijo Marcus con una mueca-. McGonagall no es santa de nuestra devoción -gruñó- No lleguen tarde a su castigo -y con eso, se retiró de su compañía.


Al final de la semana las cosas no habían terminado tan mal para los Slytherin. Marcus había hecho su parte sin que se lo pidieran y el profesor Snape había encontrado al dragón ilegal en la cabaña de Hagrid. Dentro, se había encontrado a Harry Potter y Neville Longbottom a punto de iniciar su contrabando.

La suerte una vez más le había sonreído a Potter.

El director Dumbledore se había negado a expulsar a los niños, y ni siquiera había dado un pensamiento sobre correr al semigigante. En cambio, facilitó el transporte del dragón (aunque al colegio se le dijo que la bestia escapó) y se les había quitado un total de ciento cincuenta puntos a Gryffindor por haber ocultado el dragón además de un castigo que compartirían con la pareja de Slytherin.

El resto de la casa de los leones había plantado la ley del hielo a Harry Potter, al igual que las casas de Ravenclaw y Hufflepuff. Todos habían estado emocionados porque Gryffindor había estado muy cerca en puntos para acabar con los seis años invictos que llevaba Slytherin con la copa de las Casas. Por lo visto, gracias al trio, un año más se sumaría a la lista.

-Lo único que lamento, es desperdiciar minutos de mi vida acompañado de ese idiota con más suerte que cerebro -se lamentó Draco una vez llegaron al vestíbulo de entrada.

Filch ya estaba allí, y también Potter y Longbottom.

El niño dorado de Dumbledore les dedico una mirada de profundo odio, casi comparable con la de Quirrell. Obviamente los acusaba por haber dado el chivatazo a Marcus, pero Hermione no desvió su mirada; no le debía nada a Potter.

Ni siquiera su silencio.

-Síganme -dijo Filch, encendiendo un farol y conduciéndolos hacia fuera- Seguro que pensarán dos veces antes de faltar a otra regla de la escuela, ¿verdad? -dijo, mirándolos con aire burlón-. Oh, sí... trabajo duro y dolor son los mejores maestros, si quieren mi opinión... es una lástima que hayan abandonado los viejos castigos... colgarlos de las muñecas, del techo, unos pocos días. Yo todavía tengo las cadenas en mi oficina, las mantengo engrasadas por si alguna vez se necesitan -Hermione miró horrorizada a Draco, mientras que el rubio veía con asco al conserje.

Marcharon cruzando el oscuro parque. Hermione comenzó a respirar con dificultad. Se preguntó cuál sería el castigo que les esperaba. Debía de ser algo verdaderamente horrible, o Filch no estaría tan contento.

La luna brillaba, pero las nubes la tapaban, dejándolos en la oscuridad. Delante, Hermione pudo ver las ventanas iluminadas de la cabaña del semigigante. Entonces oyeron un grito lejano.

-¿Eres tú, Filch? Date prisa, quiero empezar de una vez.

Hermione divisó al semigigante. ¿Después de mantener un huevo de dragón ilegal los dejarían a cargo de él? ¿Qué tenía el director Dumbledore en la cabeza?

-Supongo que crees que vas a divertirte con ese papanatas, ¿no? Bueno, piénsalo mejor, muchacho... es al bosque donde irán y mucho me habré equivocado si vuelen todos enteros.

El rostro de Potter, que antes parecía esperanzado, brilló en decepción. Longbottom dejó escapar un gemido y Draco se detuvo de golpe.

-¿El bosque? -repitió, la indiferencia que usualmente enmascaraba su rostro en frente de la multitud pareció romperse poco a poco-. Hay toda clase de cosas allí... dicen que hay hombres lobo.

Longbottom se aferró de la manga de la túnica de Potter y dejó escapar un gemido ahogado.

-Eso es problema de ustedes, ¿no? -dijo Filch, radiante-. Tendrían que haber pensado en los hombres lobo antes de meterse en líos.

El semigigante se acercó hacia ellos, con un perro viejo pegado a los talones. Llevaba una gran ballesta y un carcaj con flechas en la espalda.

-Menos mal -dijo-. Estoy esperando hace media hora. ¿Todo bien, Harry, Neville?

-Yo no sería tan amistoso con ellos, Hagrid -dijo con frialdad Filch-. Después de todo, están aquí por un castigo.

-Por eso llegaron tarde, ¿no? -dijo Hagrid, mirando con rostro ceñudo a Filch-. ¿Has estado dándoles sermones? Eso no es lo que tienes que hacer. A partir de ahora, me encargo yo.

-Volveré al amanecer -dijo Filch- para recoger lo que queda de ellos -añadió con malignidad. Se dio la vuelta y se encaminó hacia el castillo, agitando el farol en la oscuridad.

Draco se volvió hacia Hagrid.

-Nosotros no iremos a ese bosque -dijo, y Hermione pudo notar el miedo en su voz.

-Lo harás, si quieres quedarte en Hogwarts -dijo Hagrid con severidad-. Hicieron algo mal y ahora lo van a pagar.

¿¡Cómo se atreve!? Él había incubado un huevo ilegal de dragón.

-Pero eso es para los empleados, no para los alumnos. Yo pensé que nos harían escribir unas líneas, o algo así. Si mi padre supiera que hago esto, él... -siseo Draco.

-Te dirá que es así como se hace en Hogwarts -gruñó Hagrid-. ¡Escribir unas líneas! ¿Y a quién serviría eso? Harán algo que sea útil, o si no se irán. Si crees que tu padre prefiere que te expulsen, entonces vuelve al castillo, toma tus cosas. ¡Vete!

-¡No tiene por qué ser tan condescendiente! -Hermione brincó en defensa de Draco, aun cuando su cuerpo temblaba del miedo. Draco, en cambio, desvió la mirada con fría ira.

-Bien, entonces -dijo el semigigante cuando el rubio no respondió-, escuchen con cuidado, porque lo que vamos a hacer esta noche es peligroso y no quiero que ninguno se arriesgue. Síganme por aquí, un momento.

Los condujo hasta el límite del bosque. Llevando su farol, señaló hacia un estrecho sendero de tierra, que desaparecía entre los espesos árboles negros. Una suave brisa les levantó el cabello, mientras miraban en dirección del bosque.

-Mire allí -dijo Hagrid-. ¿Ven eso que brilla en la tierra? ¿Eso plateado? Es sangre de unicornio. Hay por aquí un unicornio que ha sido malherido por alguien. Es la segunda vez esta semana. Encontré uno muerto el último miércoles. Vamos a tratar de encontrar al pobrecito herido. Tal vez tengamos que evitar que siga sufriendo.

-¿Y qué sucede si el que hirió al unicornio nos encuentra a nosotros primero? -preguntó Hermione aterrada.

-No hay ningún ser en el bosque que pueda herirlos si están conmigo o con Fang -dijo Hagrid-. Mientras sigan el sendero. Ahora vamos a dividirnos en dos equipos y seguiremos la huella en distintas direcciones. Hay sangre por todo el lugar, debieron herirlo ayer por la noche, por lo menos.

Dando tres pasos de costado, invadió el espacio personal del rubio y lo tomó de la mano. Susurrándole al oído.

-Escoge a Hagrid -murmuró en voz muy bajita. El Slytherin la miró de reojo, sus ojos brillando por el miedo.

-¿Por qué no al perro? Deberíamos escoger al perro -respondió en voz igual de baja.

Hermione negó con vehemencia.

-Si algo se aparece, podemos echar a correr mientras Hagrid se enfrenta a él -razonó.

Draco pareció sopesar su idea antes de asentir y mirar a Hagrid.

-Nosotros no iremos con ese tonto perro -espetó Draco, cruzándose de brazos y avanzando un paso.

-Fang no es…

-Está bien, Hagrid -Potter interrumpió, mirando con malicia a Draco- Es obvio que Malfoy está aterrorizado.

-Entonces ve tú con el perro si tan valiente te crees -dijo Draco, encogiéndose de hombros- Demuéstranos que no tienes miedo, Potter -retó.

-No estamos aquí para complacer sus duelos infantiles -interrumpió Hagrid antes de que Potter pudiera contestar-. Harry, la niña y yo iremos por un lado y Neville, Fang y tú irán por el otro -ordenó, mirando con enojo a Draco-. Si alguno encuentra al unicornio, deben enviar chispas verdes, ¿de acuerdo? Saquen sus varitas y practiquen ahora… está bien…. Y si alguno tiene problemas, las chispas serán rojas y nos reuniremos todos… así que tengan cuidado… en marcha.

El bosque estaba oscuro y silencioso. Después de andar un poco, vieron que el sendero se bifurcaba. Hermione, Potter y Hagrid fueron hacia la izquierda y Draco, Longbottom y Fang se dirigieron a la derecha.

Hermione no pudo sacarse la mirada herida de Draco de la cabeza al saber que serían separados.

Anduvieron en silencio, con la vista clavada en el suelo. De vez en cuando, un rayo de luna a través de las ramas iluminaba una mancha de sangre azul plateada entre las hojas caídas.

Hermione no se perdió la mirada preocupada del semigigante, como tampoco lo hizo Potter.

-¿Podría ser un hombre lobo el que mata a los unicornios? -preguntó Potter.

-No son bastantes rápidos -dijo Hagrid-. No es tan fácil cazar un unicornio, son criaturas poderosamente mágicas. Nunca había oído que hubieran hecho daño a ninguno.

Pasaron por un tocón con musgo. Hermione podría oír el agua que corría, debía de haber un arroyo cerca. Todavía había manchas de sangre de unicornio en el serpenteante suelo.

-¿Estás bien, niña? -susurró Hagrid, muy confuso sobre si debería preocuparse por una Slytherin-. No te preocupes, no puede estar muy lejos si está malherido, y entonces podremos… ¡PÓNGANSE DETRÁS DE ESE ÁRBOL!

Hagrid cogió a Hermione y a Potter y los arrastró fuera del sendero, detrás de un grueso roble. Sacó una flecha, la puso en su ballesta y la levantó, lista para disparar. Los tres escucharon. Alguien avanzaba sobre las hojas secas. Parecía como una capa que se arrastraba por el suelo. Hagrid miraba hacia el sendero oscuro, pero después de unos pocos segundos, el sonido se alejó.

-Lo sabía -murmuró-. Aquí hay alguien que no debería estar.

-¿Un hombre lobo? -sugirió Potter.

-Eso no era un hombre lobo, ni tampoco un unicornio -dijo Hagrid con gesto sombrío-. Bien, síganme, pero tengan cuidado.

Anduvieron más lentamente, atentos a cualquier ruido. De pronto, en un claro un poco más adelante, algo se movió visiblemente.

-¿Quién está ahí? -gritó Hagrid-. ¡Déjese ver… estoy armado!

Y apareció en el claro… ¿era un hombre o un caballo? De la cintura para arriba, un hombre, con pelo y barba rojizos, pero por debajo, el cuerpo de pelaje zaino de un caballo, con una cola larga y rojiza. Hermione se quedó boquiabierta.

-Oh, eres tú, Ronan -dijo aliviado Hagrid-. ¿Cómo estás?

Se acercó y estrechó la mano del centauro.

-Que tengas buenas noches, Hagrid- dijo Ronan. Tenía una voz profunda y acongojada-. ¿Ibas a dispararme?

-Nunca se es demasiado cuidadoso -dijo Hagrid, tocando su ballesta-. Hay alguien muy malvado, perdido en este bosque. Ah, éste es Harry Potter y ella es…

-Hermione Granger -aportó la niña con una vocecita muy chiquita.

-… ambos son alumnos del colegio. Y él es Ronan. Es un centauro.

-Me he dado cuenta -murmuró una vez más la castaña.

-Buenas noches -los saludó Ronan-. ¿Estudiantes, no? ¿Y aprenden mucho en el colegio?

-Eso intento -dijo con timidez la niña.

-Eso intentas. Bueno, algo es algo -Ronan suspiró. Torció la cabeza y miró hacia el cielo-. Esta noche, Marte está brillante.

-Ajá -dijo Hagrid, lanzándole una mirada-. Escucha, me alegro haberte encontrado, Ronan, porque hay un unicornio herido. ¿Has visto algo?

Ronan no respondió de inmediato. Se quedó con la mirada clavada en el cielo, sin pestañear, y suspiró otra vez.

-Siempre los inocentes son las primeras víctimas -dijo-. Ha sido así durante los siglos pasados y lo es ahora.

-Sí -dijo Hagrid-. Pero ¿has visto algo, Ronan? ¿Algo desacostumbrado?

-Marte brilla mucho esta noche -repitió Ronan, mientras Hagrid lo miraba con impaciencia-. Está inusualmente brillante.

-Sí, claro, pero yo me refería a algo inusual que esté un poco más cerca de nosotros -dijo Hagrid-. Entonces ¿no has visto nada extraño?

Otra vez, Ronan se tomó su tiempo para contestar. Hasta que, finalmente, dijo:

-El bosque esconde muchos secretos.

Un movimiento en los árboles detrás de Ronan hizo que Hagrid levantara de nuevo su ballesta, pero era sólo un segundo centauro, de cabello y cuerpo negro y con aspecto más salvaje que Ronan.

-Hola, Bane -saludó Hagrid-. ¿Qué tal?

-Buenas noches, Hagrid, espero estés bien.

-Sí, gracias. Mira, le estaba preguntando a Ronan su había visto algo extraño últimamente. Han herido a un unicornio. ¿Sabes algo de esto?

Bane se acercó a Ronan. Miró hacia el cielo.

-Esta noche Marte brilla mucho -dijo simplemente.

-Eso dicen -dijo Hagrid de malhumor-. Bueno, si alguno ve algo, me avisa, ¿de acuerdo? Bueno, nosotros nos vamos.

Hermione y Potter lo siguieron, saliendo del claro y mirando por encima del hombro a Ronan y Bane, hasta que los árboles los taparon.

-Nunca -dijo irritado Hagrid- traten de obtener una respuesta directa de un centauro. Son unos malditos astrólogos. No se interesan por nada más cercano que la luna.

-¿Y hay mucho de ellos aquí? -preguntó Hermione.

-Oh, unos pocos más… Se mantienen apartados la mayor parte del tiempo, pero siempre aparecen si quiero hablar con ellos. Los centauros tienen una mente profunda… saben cosas… pero no dicen mucho.

-¿Crees que era un centauro el que oímos antes? -dijo Potter.

-¿Te pareció que era ruido de cascos? No, en mi opinión, eso era lo que está matando a los unicornios… Nunca he oído algo así.

Pasaron a través de los árboles oscuros y tupidos. Hermione seguía mirado por encima del hombro, con nerviosismo. Tenía la desagradable sensación de que los vigilaban. Estaba muy contenta de que Hagrid y su ballesta fueran con ellos.

Un grito se le escaló de los labios cuando miró hacia el cielo.

-¡Mira! ¡Chispas rojas, Draco está en problemas!

-¡Ustedes esperen aquí! -gritó Hagrid, deteniendo a Hermione por la gorra de su chamarra, pues ya había empezado a correr-. ¡Quédense en el sendero, volveré a buscarlos!

Lo oyeron alejarse y se miraron uno al otro, muy asustados, hasta que ya no oyeron más que las hojas que se movían alrededor.

-¿Al menos ganaron puntos cuando delataron a Hagrid? -preguntó Potter después de unos minutos.

-¿Perdona?

-Que si al menos Snape les otorgó puntos cuando delataron a Hagrid y a Norberto.

-No sé quién demonios es Norberto.

-El dragón. Hagrid no estaba haciendo nada malo y…

-¡Claro que estaba haciendo algo mal! -se indignó Hermione-. Tuvieron que haberlo corrido, puso en riesgo la vida de los alumnos del castillo.

-¡Hagrid no…!

Un ruido de pisadas crujientes interrumpió su charla y anunció el regreso de Hagrid. Draco, Longbottom y Fang con él.

-¿Estas bien? -jadeo Hermione, corriendo la poca distancia y tocando el rostro de su amigo en busca de heridas.

-Longbottom es un idiota asustadizo -se jactó el rubio, el rostro rojo por esa clase de cercanía.

Por lo visto, Draco se había escondido detrás de Longbottom y, en broma, lo había cogido. Longbottom se aterró y envió las chispas.

-Vamos a necesitar mucha suerte para encontrar algo, después del alboroto que han hecho. Bueno, ahora voy a cambiar los grupos... Neville, tú te quedas conmigo y Hermione. Harry, tú te vas con Fang y este idiota.

Draco bufó sin gracia mientras el semigigante se inclinaba sobre Potter y le susurraba algo al oído.

-No alargues más esto -suplicó Hermione-. Quiero irme ya a la cama... hay algo muy malo en este bosque.

El Slytherin enarcó una pálida ceja, pero no tuvo tiempo de preguntar. Volvieron a separarse en grupos de tres, tomando distintos caminos. Anduvieron cerca de media hora, internándose cada vez más profundamente, hasta que el sendero se volvió casi imposible de seguir, porque los árboles eran muy gruesos. Llevaban ya varios minutos sin ver una sola gota de sangre y cada vez más la frustración de Hagrid iba en aumento.

-No podemos perderlo -decía en murmullos-. Esa cosa, sea lo que sea, debe ser atrapada.

-¿Por qué alguien querría lastimar a un unicornio? -preguntó Longbottom, temblando de miedo-. Mi abuela dice que matar algo tan puro te llevara a una vida maldita...

Las hojas al romperse gracias al peso extra hicieron que el trio se detuviera, con Hagrid levantando una vez más la ballesta antes de que un ladrido y la cara de Fang apareciera frente a ellos.

Ni Draco ni Potter lo acompañaban.

El gran perro les ladró y se volvió por donde había llegado, esperando que lo siguieran. Hermione pegó la carrera de su vida siguiendo al perro lo mejor que podía, con Hagrid resoplando detrás suyo y Longbottom llorando para que no lo dejaran atrás.

Más adelante, entre los árboles, alcanzó a ver su tercer centauro en esa noche, con Potter y Draco parados frente a él.

-¿Quieres decir -escuchó la voz ronca de Potter- que era Vol...?

-¡Draco! Draco, ¿estás bien?

El pálido niño se giró en una vuelta de 180 grados, corriendo para encontrarse a la mitad del camino con su amiga. Los brazos de Hermione se aferraron a su cuello mientras que los de Draco se envolvieron en su cintura.

El Slytherin temblaba más que nunca.

-El unicornio está muerto, Hagrid, está en ese claro de atrás -escuchó decir a Potter.

-¿Qué ha pasado? -jadeo Hermione, pero Draco no le dio una respuesta y tomándola de la mano la arrastro fuera del bosque prohibido-. Draco...

-Ya sé por qué Quirrell quiere la piedra -dijo con voz temblorosa.


En años venideros, Hermione nunca pudo recordar cómo se las había arreglado para hacer sus exámenes, cuando una parte de ella esperaba que Quirrell por fin llevara a cabo su maquiavélico plan y trajera de vuelta de entre los muertos a Aquel-que-no-debe-ser-nombrado. Aunque, como dijo Marcus aquella noche donde lloraron en su regazo, no estaba verdaderamente muerto.

Solo estaba esperando para regresar.

Draco les había contado lo sucedido en el bosque cuando llegaron a la sala común y vieron a su prefecto esperándolos en uno de los sillones. Había admitido que, en un principio, estuvo tentado a huir, pero su mano había actuado con mente propia e intento arrastrar el peso muerto que era Potter cuando su grito llamó la atención de esa... cosa antes de que Firenze, el centauro, los salvara.

Luego, las piezas encajaron en su cerebro cuando Draco contó la información obtenida del centauro. Si Quirrell de verdad quería la Piedra para entregársela a su amo, entonces definitivamente el profesor Snape lo impediría, aseguró Marcus.

Aún se sentía avergonzada cuando delató sus temores a su jefe de casa y este, asombrado por cómo habían llegado a aquella respuesta acertada, no dudo en hacer una réplica exacta de las palabras tranquilizadoras de Marcus.

-Quirrell no puede hacerles daño -dijo con su característica voz pastosa-. Como tampoco puede robar la Piedra, yo me aseguraré de eso -aseguró.


Pero el profesor Snape no había impedido que Quirrell robara la piedra, si no que había sido el mismísimo Harry Potter el-niño-que-vivió quien detuvo al mago... a Aquel-que-no-debe-ser-nombrado una vez más. Por lo visto, Quirrell ocultaba lo que quedaba del mago Oscuro dentro de su turbante morado.

Todo el año, sin que nadie lo previera, el mago tenebroso más grande de todos los tiempos había estado conviviendo con el niño que intentó matar once años atrás.

-Es sorprendente, en el peor de los sentidos -dijo Blaise arrugando la nariz con desdén. Nadie estaba contento de saber que les vieron la cara-. Y eso que Hogwarts es el lugar más seguro del mundo mágico -se burló.

-Debemos tener más cuidado los años venideros -opinó Theo para confusión de sus amigos-. Lord Tenebroso estuvo dentro de estos pasillos... él vio que Hermione...

-Hermione no era una preocupación, en realidad.

-Draco...

-Theodore tiene razón -dijo Hermione, guardando la carta sin abrir que le había llegado esa mañana una vez más en la túnica-. A él no le habrá gustado saber que hay una nacida de muggles en Slytherin. Ningún mago de sangre pura puede haberle gustado esto. No nos engañemos.

Draco hizo una mueca, disparando una mirada a la entrada del Gran Comedor cuando Harry Potter cruzó el arco de piedra. Los alumnos de Gryffindor se levantaron de sus asientos para recibirlo y lo recibían como si fuera su campeón.

-Al menos ganamos la copa de las casas -dijo Gregory.

El Gran Comedor estaba decorado con los colores de Slytherin, verde y plata, para celebrar el triunfo de su casa al ganar la copa durante siete años seguidos. Un gran estandarte, que cubría la pared detrás de la mesa de los profesores, mostraba la serpiente de Slytherin.

-Nadie va a lastimarte, Hermione -dijo Vincent, atrayendo los ojos de Hermione sobre él-. No lo permitiré.

Hermione sonrió con tristeza.

-No pueden ir en contra de sus padres, hasta yo sé eso, Vince.

Por suerte, Dumbledore llegó en ese momento, salvando a sus amigos de responder a la verdad lanzada.

-¡Otro año se va! -dijo alegremente el director Dumbledore- Y voy a fastidiarles con la charla de un viejo, antes de que puedan empezar con los deliciosos manjares. ¡Qué año hemos tenido! Esperemos que sus cabezas estén un poquito más llenas que cuando llegaron... Ahora tienen todo el verano para dejarlas bonitas y vacías antes de que comience el próximo año... Bien, tengo entendido que hay que entregar la Copa de las Casas y los puntos ganados; en tercer lugar, Hufflepuff, con trescientos cincuenta y dos; Ravenclaw tiene cuatrocientos veintiséis, y Slytherin, cuatrocientos setenta y dos.

Una tormenta de vivas y aplausos estalló en la mesa de Slytherin.

-Sí, sí, bien hecho Slytherin -dijo Dumbledore- Sin embargo, los acontecimientos recientes deben ser tenidos en cuenta.

-Espera... ¿qué? -jadeo Theo en voz baja, su mirada buscando a la de Marcus quien, con una sonrisa torcida, miraba a su vez al profesor Snape en busca de respuestas.

-Esto no me gusta -el murmullo se escuchó más fuerte que nunca, pero aún así Hermione no pudo darle rostro a la voz.

-Así que -dijo Dumbledore- tengo algunos puntos de última hora para agregar. Déjenme ver. Sí... primero, para el señor Ronald Weasley... -el susodicho, en la mesa de los leones, se puso tan colorado que parecía un rábano con insolación- ... por ser el mejor jugador de ajedrez que Hogwarts haya visto en muchos años, premio a la casa de Gryffindor con cincuenta puntos.

Las hurras de Gryffindor llegaron hasta el techo encantado, y las estrellas parecían estremecerse. Percy Weasley gritaba incongruencias sobre su hermano, mostrándose orgulloso.

-¿Es... es legal lo que está haciendo? -preguntó Hermione con voz pequeña, temiendo que si alzaba el tono Dumbledore les quitaría la copa de las manos.

-Completamente -siseo Draco, arrastrando las palabras con ira. ¡Eso no era justo! ¡Se habían esforzado tanto! ¿¡Y para qué!? ¿Para que Dumbledore se pasara las reglas por el y le otorgara puntos a Potter por romper, una vez más, las reglas?

-Segundo... al señor Neville Longbottom... por el uso de la valentía al enfrentarse con el fuego, premio a la casa de Gryffindor con cincuenta puntos.

Neville Longbottom abrió la boca, tan sorprendido como su propia casa.

-¡! -aulló Blaise, quitándose el sombrero y lanzándolo con fuerza contra los cubiertos de oro que tintinearon contra los platos.

-Tercera... al señor Harry Potter... -continuó el director Dumbledore. La sala estaba mortalmente silenciosa-... por todo su temple y sobresaliente valor, premio a la casa Gryffindor con sesenta puntos.

El estrépito fue total.

-Eso suma... -trató de contar Vincent, pero su mente estaba mortalmente en blanco.

-Empate -dijo Marcus, su voz escuchándose por toda la mesa-. Estamos en un empate.

La mesa de Gryffindor gritaba y aplaudía, festejando a Neville Longbottom, Ronald Weasley y Harry Potter.

-No, no, no, no -murmuraba Theo sumamente estresado- Esto está mal. Totalmente mal.

-¿Por qué? Estamos en empate -Gregory se veía superado por el asunto- Sólo ellos tres estuvieron en el incidente… no hay forma de que les den la copa, así como así… ¿cierto? -miró a Hermione, pero ella no podía apartar su mirada del director Dumbledore. Así que miró a Draco, pero el Slytherin tenía las manos cruzadas detrás de su nuca y miraba fijamente la mesa de madera. Theo tenía la boca abierta de la impresión y Blaise mascullaba por debajo las mil maneras en que podía envenenar al director Dumbledore sin que nadie se diera cuenta.

Dumbledore levantó el brazo.

-Ay, no... -se lamentó Emma Vanity, sus nudillos blancos envueltos alrededor del plato de oro.

-Hay muchos tipos de valentía -dijo sonriendo el director Dumbledore-. Hay que tener un gran coraje para oponerse a nuestros enemigos, pero hace falta el mismo valor para hacerlo con los amigos. Por lo tanto, premio con diez puntos a Seamus Finnigan.

Los gritos de Gryffindor sonaron como una gran explosión.

-Lo que significa -gritó el director sobre la salva de aplausos, porque Ravenclaw y Hufflepuff estaban celebrando la derrota de Slytherin-, que hay que hacer un cambio de decoración.

Dio una palmada. En un instante, los adornos verdes, se volvieron escarlata; los de plata, dorados, y la gran serpiente se desvaneció para dar paso al león de Gryffindor. El profesor Snape estrechaba la mano de McGonagall, con una horrible sonrisa forzada en su rostro.

Hermione escuchó vagamente llorar a varias niñas de su casa, al igual que maldiciones pronunciadas de las bocas de los mayores. Estaba entumecida.

Todo esto. Todo el esfuerzo... al final fue en vano.


Confío plenamente en que sabrá darle un buen uso.

Profesor S. Snape

De una larga cadena de oro, un pequeño reloj de arena brillaba con luz propia.

Su propio giratiempo.

Era más de lo que alguna vez imaginó tener.

Junto al sobre con sus notas perfectas, había encontrado la pequeña caja negra junto con la nota oculta. Había sido la mejor del año, con Draco pisándole los talones y Theodore detrás suyo.

-¡Vamos, Hermione! ¡Se nos hace tarde para tomar el tren! -gritó la voz de Draco, haciéndose eco por todo el pasillo.

La niña sonrió con verdadera alegría, guardando rápidamente la caja dentro de su baúl antes de salir corriendo para encontrarse con el heredero de los Malfoy.