ADVERTENCIA: Los personajes pertenecen en su totalidad a J.K Rowling, al igual que la idea original no es de mi propiedad.

Párrafos de "Harry Potter y la cámara secreta" incluidos en la historia. Agradezco, una vez más, su infinita paciencia y su amor a este fanfic. Sus Review son leídos en su totalidad.


*REEDICIÓN*

04/01/23

09, agosto. 1992

Calle Rawstorne, #256.

Londres muggle, Reino unido.

14:47 p.m.

Los ojos marrones estaban fijos en los papeles al centro de la mesa, ignorando la manera en cómo su madre se tronaba los dedos con nerviosismo. No podía entenderlo, Jane Granger era una mujer hermosa: de estatura promedio, cintura delgada y pechos generosos; su largo cabello castaño, solo de un tono más oscuro del de Hermione, caía recto hasta su cadera.

Sus ojos, a diferencia de los de su hija, eran azules. Tan azules que le recordaban a los de Theodore Nott... o los de Theodore Nott le recordaban a los de ella.

Hermione había sacado sus pecas y la forma de su nariz, pero toda ella era su padre. Su padre que había enviado los papeles de divorcio esa mañana. Su padre, quien había regresado cada una de sus cartas sin abrirlas, todas guardadas en el fondo del baúl. Todas intactas.

Contemplando la belleza de Jane Granger, pronto Jane Jones, estaba completamente segura de que los papeles de divorcio se debían más a ella que a su madre.

La mirada de desprecio enviada a la niña la última noche que había visto a su padre tuvo que haberle dado una pista sobre la decisión de su padre de alejarse de ella. Su hija. Su error.

-Hermione... -la angelical voz de su madre intentó llamar la atención de su hija, pero la lechuza que entró volando por la ventana abierta sacándole un grito de espanto a su madre fue lo que sacó a Hermione del abismo en el que estaba cayendo.

La lechuza aterrizó con elegancia en el respaldo de una de las sillas vacías. La criatura, negra como la noche y grandes ojos blancos sin pupilas graznó con fuerza, sacudiéndose el plumaje.

Una carta estaba atrapada en su pico.

-¿Qué...?

-Es la lechuza de Draco -dijo Hermione, saltando de la silla y acercándose al ave. Inferno giró la cabeza hacia la castaña, pero la niña nunca podría saber si podía verla o no.

Querida Granger:

Te envío esta carta para preguntar, principalmente, cómo te encuentras de salud.

Espero que bien.

El quince de este mes estaré recorriendo el callejón Diagon en busca de los materiales requeridos para nuestro segundo año en Hogwarts. Quería preguntarte si harías el favor de acompañarme. Podemos encontrarnos en Flourish & Blotts.

Hazme saber tu respuesta con prontitud.

Tuyo, Draco Malfoy.

La niña parpadeo repetidamente, como si esperara que las palabras se desvanecieran ante sus ojos.

-¿Qué te dice tu amigo, mi niña? -preguntó su madre, devolviendo los papeles de divorcio dentro del sobre manila mientras miraba a su hija. Hermione había sido muy explicita al mencionar a cada uno de sus amigos en sus cartas semanales a su madre.

-Quiere saber si puedo acompañarlo a comprar nuestros materiales del año entrante -respondió temblorosa.

Jane Granger, pronto Jones, sonrió.

-Adelante, acepta su invitación -alentó-. Estaré encantada de llevarte.

Hermione le devolvió la sonrisa a su madre, olvidando completamente sus anteriores pensamientos mientras echaba a correr en dirección de su cuarto. Debía responder una carta.


12, agosto. 1992.

Calle Rawstorne, #256.

Londres muggle, Reino unido.

13:07 horas

Amata Hermione Granger:

No puedo creer que una vez más hayas decidido abandonarme a favor de compartir tu precioso tiempo con el cretino-con-la-faccia-de-cretino llamado Draco Lucius Malfoy.

Soy mejor compañía que él, ya deberías saberlo.

Tatúate mis palabras, primor.

Te estaré esperando en Flourish & Blotts media hora antes de tu encuentro secreto con el bambino Malfoy.

Sempre vostro, Blaise Zabini.

Hermione estaba empezando a creer que a Blaise definitivamente le faltaba un tornillo. No había otra explicación ante su comportamiento infantil. ¿Cómo habían durado siendo amigos durante tantos años? Todos ellos con actitudes distintas.

La sorprendía, siempre la sorprendería.


Mismo día. Horas más tarde.

Estimada Hermione Granger:

Debes disculparme una vez más. Draco me mencionó en una de sus cartas el encuentro que tendrán en tres días pidiéndome que me uniera. Lamentablemente, cometí el error de mencionárselo a Blaise.

No dudo que su escandalosa carta ya llegó a tus manos, así que no tengo otra opción más que disculparme profusamente. Me aseguraré de tenerlo con correa corta para que no pueda molestarte durante nuestra reunión.

Mis palabras no alcanzaran a demostrar cuanto lo lamento.

Atentamente, Theodore Nott.

-¿Estás segura de que el niño Nott es amigo tuyo? -preguntó su madre. Había estado ayudándole a doblar su ropa cuando la carta de Theo llegó a ella. Su madre se veía cómicamente confundida.

-Theo es... Theo.

Su madre aceptó la respuesta otorgada como si de verdad entendiera la profundidad de las palabras.


13, agosto. 1992.

Mansión Malfoy-. Wiltshire, Inglaterra.

17:52 p.m.

-¿Qué tal las compras, Dobby? -la voz silbante provocó un horrible chillido por parte de la criatura mágica. El elfo doméstico de la familia Malfoy tenía unas grandes orejas, parecidas a las de un murciélago, y unos ojos verdes y saltones del tamaño de pelotas de tenis.

Era una cosa horrible.

-Jo-joven Malfoy -gimió el elfo, sus grandes ojos puestos en el preadolescente que, ocultó por las sombras, lo había tomado por sorpresa-. Todo bien... ¡las compras! ¡Todo bien con las compras! -Lloriqueo.

Draco Malfoy sonrió con malicia, un poco más de practica y podía caer en lo siniestra, y acercándose a las bolsas de papel que el elfo había dejado sobre la isla de mármol, tomó una manzana verde y la inspeccionó en busca de imperfectos.

-Espero que no te hayas desviado del camino -masculló, dándole una mordida a la fruta con los ojos puestos en la horrible criatura.

-N-no... claro que n-no, j-joven Malfoy -sollozó el elfo.

Con una sonrisa, aún más escalofriante que la anterior -aunque trataba de ser algo más rebosante de inocencia- el niño se giró sobre sus talones. Sin darle una segunda mirada al elfo.

Draco Malfoy era consciente de los planes de su padre, aunque aún no podía ver la magnitud completa de la situación. No solo el elfo doméstico de la familia de los Malfoy había estado espiando a la cabecilla, Draco también había hecho su parte. Sabía que muchos seguidores del lado oscuro aún estaban muy ansiosos con el lado que Harry Potter parecía haber tomado. Ya no era el tan esperado reemplazo de un Lord Oscuro.

Ahora era una amenaza, y las redadas continuas del ministerio de magia había puesto a más de uno con los nervios a flote.

Sinceramente, nunca podría importarle lo suficiente que el pobre y preciado Harry Potter muriera bajo el ataque de algún loco maniaco purista de la sangre, pero su padre había puesto no solo como objetivo a el-niño-que-vivió, si no que había un plan más profundo que una muerte rápida. Algo que involucraba a Hogwarts y por consiguiente la seguridad de Hermione Granger, su mejor amiga.

Había esperado que al insinuarle al estúpido elfo que debía advertirle a Potter sobre el peligro que se avecinaba, prohibiéndole explícitamente ir a Hogwarts, podía detener la trampa de su padre.

Solo esperaba que el elfo haya hecho su parte y no haya sido tan estúpido como para nombrar a su familia.

Aunque sinceramente lo dudaba.


15, agosto. 1992.

Callejón Diagón.

14:00 p.m.

-Es un placer conocerla, señorita Granger. Mi hijo no para de hablar de ti, has dejado un gran impresión -el padre de Theodore no era nada como Hermione se lo había imaginado. Era alto, más alto que el profesor Snape, y de hombros anchos y cadera estrecha. Su largo cabello castaño estaba sostenido en una coleta alta, permitiendo que su rostro se viera al completo.

El mismo color de ojos que su hijo, mandíbula cuadrada y nariz torcida, como si se la hubiera roto muchas veces en su juventud.

-Un placer, señor Nott -murmuró tímidamente la niña mientras estrechaba su pequeña mano con la grande del mago. Theodore, parado del lado derecho de su padre, mantenía una gran sonrisa en su rostro.

-Nicholas, si no es mucha molestia -pidió el mago, sonriendo a la niña y dejando ir su mano para ofrecerle un saludo a la mujer de gran parecido con la compañera de su hijo-. Y usted debe ser la señora Granger.

-Jones -corrigió en seguida, aceptando en seguida el saludo-. Jane Jones. Es un placer.

Ocultando rápidamente su grata sorpresa, no pudo evitar sonreír encantadoramente a la mujer.

-El placer es mío, Jane Jones.

-¿Por qué tu padre está coqueteando con la madre de Hermione? -preguntó Blaise en un susurro, apareciendo mágicamente a un lado de Theodore.

-Mi padre no está...

-Si que lo está -interrumpió Blaise-. Mira su cara de sciocco in amore.

-¡Cierra la boca, Zabini! -gruñó su amigo, su rostro pasando a un rojo oscuro. No se sabe si de ira o de vergüenza.

-A todo esto, ¿por qué tanta gente? -preguntó Blaise en voz alta, dándose a conocer al resto del cuarteto mientras su mirada verduzca trataba de inspeccionar la fuente del alboroto.

-¡Allá! -señaló Hermione, escurriéndose entre los dos adultos para pararse en medio de sus amigos. Por lo visto, el motivo de tal aglomeración lo proclamaba una gran pancarta colgada de las ventanas del primer piso de Flourish & Blott:

GILDEROY LOCKHART

firmará hoy ejemplares de su autobiografía

EL ENCANTADOR

de 12:30 a 16:30 horas.

-¡Podremos conocerlo en persona! -chilló Hermione-. ¡Es el que ha escrito casi todos los libros de la lista!

La multitud estaba formada principalmente por brujas de la edad de su madre. En la puerta había un mago con aspecto abrumado, que decía:

-Por favor, señoras, tengan calma..., no empujen..., cuidado con los libros.

Olvidándose momentáneamente de su madre y amigos a favor de conocer al autor de sus libros de aquel año, salió prácticamente volando. Escabulléndose entre la multitud e ignorando los llamados de su madre, logró entrar a la librería sin mucho esfuerzo.

En el interior de la librería, una larga cola serpenteaba hasta el fondo, donde Gilderoy Lockhart retenía a Harry Potter a su lado.

-Señoras y caballeros -dijo en voz alta, pidiendo silencio con un gesto de mano. Sostenía a Potter por los hombros-. ¡Éste es un gran momento! ¡El momento ideal para que les anuncie algo que he mantenido hasta el momento en secreto! Cuando el joven Harry entró hoy a Flourish & Blotts, solo pensaba comprar mi autobiografía que estaré muy contento de regalarle. -La multitud aplaudió de nuevo-. Él no sabía -continuó Lockhart, zarandeando a Potter de tal forma que las gafas le resbalaron hasta la punta de la nariz- que en breve iba a recibir de mí mucho más que mi libro El Encantador. Harry y sus compañeros de colegio contarán con mi presencia. ¡Sí, señoras y caballeros, tengo el gran placer y orgullo de anunciarles que desde este mes de septiembre seré el profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras en el Colegio Hogwarts de Magia!

La boca de Hermione se abrió cómicamente, sorprendida por la enorme cantidad de suerte que parecía flotar alrededor de Harry Potter. La multitud aplaudió y vitoreó al mago, y Potter fue obsequiado con las obras completas de Gilderoy Lockhart. Tambaleándose un poco bajo el paso, lo vio perderse al fondo de la tienda cuando una cabeza platinada empezó a caminar hacia él.

Entre empujones y disculpas, logró llegar hasta donde Draco estaba siendo gritoneado por una pequeña niña pelirroja. La pequeña, con enorme valentía, se había plantado frente a Potter para defenderlo.

-¡Déjalo en paz, él no se lo ha buscado! -replicó la niña.

-¡Vaya, Potter, tienes novia! -dijo Draco arrastrando las palabras sin verse impresionado. La niña se puso roja mientras Ronald Weasley y Neville Longbottom se acercaban, con sendos montones de libros de Gilderoy Lockhart.

-¡Ah, eres tú! -dijo Weasley, mirando a Draco como se mira un chicle que se le ha pegado a uno en la suela del zapato-. ¿A que te sorprende ver aquí a Harry, eh?

-No me sorprende tanto como verte a ti en una tienda, Weasley -replicó Draco-. Supongo que tus padres pasarán hambre durante un mes para pagarte esos libros.

Weasley se puso tan rojo como su hermana. Dejó los libros en el caldero y fue hacia Draco, pero Potter y Longbottom lo agarraron de la chaqueta justo a tiempo para que Hermione hiciera su entrada.

Parándose frente a Draco y dándole la espalda a la multitud, no se perdió el brillo de alegría que iluminó el rostro de su mejor amigo.

-¿Qué crees que haces? -se quejó, cruzándose de brazos-. No puedes meterte con Potter enfrente de toda esta gente.

-¿Tu novia te regaña, Malfoy? -la voz de Potter voló por encima del hombro de Hermione, provocando que el pálido rostro de su amigo tomara un rojo similar al de los niños Weasley.

-Déjalo, no vale la pena -pidió, tomando la mano de Draco entre las suyas para acallar su réplica antes de que viniera.

-¡Ron! -llamó un hombre pelirrojo a inicios de una calvicie, medio encorvado hacia al frente. Se abrió camino con los gemelos Weasley detrás de él-. ¿Qué haces? Vamos afuera, que aquí no se puede estar.

-Vaya, vaya... ¡si es el mismísimo Arthur Weasley!

Era el padre de Draco. El señor Malfoy había cogido a su hijo por el hombro y miraba con una expresión de desprecio similar a la de su hijo. Aunque esta era más letal.

-Lucius -dijo el padre de los Weasley, saludándolo fríamente.

Hermione se apresuró a soltar a Draco, apartándose un par de pasos agradecida por que el señor Malfoy no había reparado en su presencia.

-Mucho trabajo en el Ministerio, me han dicho -comentó el señor Malfoy-. Todas esas redadas... Supongo que al menos te pagarán las horas extras, ¿no? -Se acercó al caldero de la pelirroja y sacó entre los libros nuevos de Lockhart (que Hermione estaba segura eran los que le obsequió a Potter) un ejemplar muy viejo y estropeado de la Guía de transformaciones para principiantes-. Es evidente que no -rectificó-. Querido amigo, ¿de qué sirve deshonrar el nombre de mago si ni siquiera te pagan bien por ello?

El señor Weasley se puso tan rojo como sus dos hijos más jóvenes.

-Tenemos una idea diferente de lo qué es deshonrar el nombre de un mago, Malfoy -contestó.

-Es evidente -dijo el señor Malfoy, mirando de reojo a Potter-, por las compañías que frecuentas, Weasley... Creía que ya no podías caer más bajo.

Entonces el caldero de la niña pelirroja saltó por los aires con un estruendo metálico; el señor Weasley se había lanzado sobre el señor Malfoy, y éste fue a dar de espaldas contra un estante. Docenas de pesados libros de conjuros les cayeron sobre la cabeza. Los gemelos Weasley gritaban: "¡Dale, papá!" y la señora Weasley (si es que el cabello pelirrojo realmente era una declaración) exclamaba: "¡No, Arthur, no!". La multitud retrocedió en desbandada, derribando a su vez otros estantes.

-¡Hermione! -una mano ligeramente bronceada la tomó por el codo, jalándola lejos del estruendo mientras Draco se paraba frente a ella, dándole un bloqueo para los libros que salieron volando.

Theodore la empujo detrás de él, y a su vez Blaise la tomó y la empujo aún más atrás. Las tres cabezas: rubia, morena y castaña fungieron como barrera para que no saliera lastimada.

-¡Caballeros, por favor, por favor! -gritó un empleado.

Y luego, más alto que las otras voces, se oyó:

-¡Basta ya, caballeros, basta ya!

Hagrid vadeaba el río de libros para acercarse a ellos. En un instante, separó al señor Weasley y al señor Malfoy. El primero tenía un labio partido, y el segundo, una Enciclopedia de setas no comestibles le había dado en un ojo. El señor Malfoy todavía sujetaba en la mano el viejo libro sobre transformación. Se lo entregó a la niña, con la maldad brillándole en los ojos.

-Toma, niña, ten tu libro, que tu padre no tiene nada mejor que darte.

Librándose de Hagrid, que lo agarraba del brazo, hizo una seña a Draco. El rubio le disparo una mirada llena de disculpas a Hermione, quien la acepto con una sonrisa alentadora antes de que los dos integrantes de la familia Malfoy salieran de la librería.

-Venga, vamos -imploró Theo, alejándola de la multitud de pelirrojos con Blaise pisándole los talones. El trío se escabullo entre los magos hasta que pudieron llegar a donde el padre de Theodore estaba pagando tres copias de cada libro de la lista. La madre de Hermione le estaba agradeciendo profusamente, a pesar de explicar que ella muy bien podía pagarlo.

-Ves, te dije -explicó Blaise, siendo el último en salir de la librería. Los padres de sus amigos iban unos pasos delante de ellos, buscando su próxima parada-. Sciocco en amore.

-¡Blaise! -Jadeo Hermione.

-¡Cierra el pico, Zabini!

-¿Quién está enamorado, dices tú? -preguntó Vincent, apareciendo junto a Gregory en el estrecho callejón. Eran aún más altos que el año pasado, y el moretón en la barbilla de Gregory no era algo que pudieran ignorar, pero nadie mencionó palabra alguna.

-¿Dónde está Draco? -preguntó Gregory, mirando a su alrededor en busca de una cabeza rubia.

-Oh, de lo que se han perdido, cari amici -dijo Blaise con malicia, parándose en medio de los dos niños y echando sus brazos por encima de sus anchos hombros-. De lo que se han perdido...


01, septiembre. 1992.

Expreso a Hogwarts.

13:56 p.m.

-Te ofrezco mis más sinceras disculpas, Hermione -dijo Theodore, con orejas rojas y mirada avergonzada-. Ha pasado mucho tiempo sin la compañía de una pareja, y me temo que lo ha vuelto imprudente.

-Está bien, Theo -dijo Hermione con una sonrisa tranquilizadora entrando al compartimento. El vagón ya contenía al resto de sus amigos-. Mi madre es una mujer... libre, y estoy segura de que tu padre no tiene intenciones maliciosas.

-Él no es así -siguió intentando, sentándose a un lado de Blaise e ignorando su sonrisa llena de malicia-. Me encargaré de enviarle una carta para reprender su escandaloso comportamiento.

-No muchas mujeres en nuestro mundo se mantienen solas después de la muerte de su marido -intervino Draco, levantándose de su asiento y manteniéndose parado hasta que Hermione pudiera sentarse-. No quiero ser grosero, pero ya que no hablas nunca de tu padre... ¿hace mucho que murió?

Hermione no pudo evitar hacer una mueca ante las ideas erróneas de su mejor amigo.

-No, mi padre sigue vivo -dijo con una voz demasiado baja, inspeccionando su falda como si buscara alguna arruga-. Mis padres se divorciaron.

Un tenso silencio inundó el vagón.

-Una disculpa -dijo Draco, ligeramente avergonzado-. Yo no pensé...

-Está bien -interrumpió Hermione, sacudiendo su mano para tranquilizarlo-. Mis padres ya estaban teniendo problemas antes de que mi carta llegara. Cuando McGonagall se anunció en mi casa para mostrarme que mis "habilidades" eran más bien estallidos de magia... bueno, mi padre lo perdió. No he vuelto a verlo desde entonces. Le envió las escrituras de divorcio a mi mamá estas vacaciones.

-¡Vaya! -exclamó Blaise, las cejas hasta el nacimiento de pelo-. Las familias mágicas no hacen eso, la mayoría prefiera un amante e hijos bastardos legitimados en vez de ponerse en el escrutinio público.

-¿Qué? -espetó Vicente, confundido-. ¿De quién demonios hablas?

-Zayra Bellamy -dijo Blaise, más confundido que sus amigos-. Luthor Bellamy, su padre, por lo visto es infértil. La madre de Bellamy tuvo un amorío con un muggle, se quedó embarazada y Luthor le puso su apellido. Tengo entendido que la quiere como si fuera propia... ¿cómo no lo saben?

-¿Cómo demonios lo sabes tú? -jadeo Gregory, un nuevo moretón bajo su ojo izquierdo a punto de desvanecerse.

-A veces escucho las reuniones de madre con sus amigas -explicó Blaise, encogiéndose de hombros-. ¿Cómo creen que supe que James Potter es un borracho?

-¡Todos saben que James Potter es un borracho! -se burló Draco con maldad-. Después de que perdió a su esposa, dejó a su excusa de hijo a manos de la familia muggle de su difunta mujer y se resguardó bajo la bebida.

Gregory soltó un gemido casi doloroso, pero Hermione lo ignoró mientras se giraba en su asiento para mirar de frente a Draco.

-¿De qué hablas?

-Madre una vez mencionó que era realmente una tontería dejar a un niño mágico a manos de una familia muggle -dijo, un timbre incomodo en su voz-. Es como dije; el señor Potter dejó al pobre niño Potter en las manos de la familia muggle de su mujer y no volvió por él hasta que le llegó su carta de Hogwarts.

-Yo mismo lo vi -dijo Blaise, uniéndose al chisme-. Estaba completamente borracho mientras acompañaba a su hijo a comprar sus materiales. Deprimente. El semigigante de Hogwarts tuvo que intervenir para hacer de niñera de Harry Potter mientras su padre se acababa toda la cerveza del Caldero Chorreante... Tuvo que ser realmente decepcionante conocer a tu padre en esa situación.

-¿Hablas en serio? -preguntó Hermione, asombrada- ¿Abandonó a su hijo once años?

Draco se encogió de hombros.

-No todos merecen ser padres, ¿cierto? -preguntó, sus ojos fijos en los marrones de Hermione.

La niña no pudo hacer más que asentir su acuerdo.


Gran Comedor, Hogwarts.

20:35 p.m.

Hermione tardó diez minutos. No más, no menos. Diez minutos en los que se cuestionó por qué razón los Slytherin estaban tan silenciosos, tan tensos; como si esperaran que el mismísimo Lord Tenebroso apareciera al centro de la selección.

Diez minutos de eterna angustia.

Todos se preguntaban si habría otra nacida de muggles seleccionada a su casa.

No la hubo, a lo mucho, una mestiza llamada Osiris Beaufoy se incorporó a la guardia de las serpientes. Ni siquiera los intentos de Blaise para hacerla sonreír, o las sonrisas alentadoras por parte de Marcus Flint hicieron que la tensión saliera de su cuerpo.

Si el sombrero seleccionador no estaba abierto a colocar otra nacida de muggles en Slytherin, ¿por qué razón la había puesto ahí en primer lugar?

-Por cierto, ¿dónde está el profesor Snape? -preguntó Theodore después de unos momentos, sus manos envueltas alrededor de una taza de café.

-Se retiró hace como unos diez minutos -dijo Vincent, dándole un gran mordisco a su muffin de arándanos-. Justo después de que Dumbledore dijo sus "palabras" de bienvenida... El hombre está loco.

-Potter no está -anunció Draco, que hasta el momento había estado muy al tanto de la mesa de Gryffindor-. Tampoco lo está el pobretón de su amigo.

-¿Eh? -Blaise se giró, torciéndose todo para mirar la mesa de los leones-. Tienes razón. No está. ¿Habrá renunciado a Hogwarts?

-¿De verdad crees que Dumbledore dejaría ir a su niño de oro? -se burló Hermione, rodando los ojos-. De seguro se habrá metido en un problema justo antes de llegar.

-¡Oh, miren! ¡El profesor Snape volvió! -anunció Gregory, señalando con su cuchara llena de gelatina hacia la mesa del profesorado. Pero el profesor Snape no se quedó mucho tiempo, no más del necesario para murmurarle algo a la profesora McGonagall, después al director Dumbledore y salir los tres del Gran Comedor.

El chisme empezó a esparcirse como pólvora entre los estudiantes, todos curiosos del por qué los tres maestros se habían retirado a mitad del banquete.

-Diez galeones a que es por Potter -exclamó Blaise, extasiado.

Draco sonrió secretamente mientras daba un sorbo a su té, sus ojos fijos por donde los tres maestros se habían retirado.


02, septiembre. 1992.

Gran Comedor.

08:12 a.m.

-¡Demonios! -se lamentó Blaise cuando el trío dorado cruzó la entrada del Gran Comedor-. ¡No los expulsaron! -se lamentó, su cabeza golpeando la mesa de madera provocando que los platos, tazas y cubiertos tintinearan.

-¡Blaise! -regañó Hermione, levantando su taza de té para evitar que se derramara. Gregory los había bendecido esa mañana con una caja repleta de Vintage Narcissus, un exquisito té proveniente de las montañas de Wuyi, China. Ochocientos treinta y cuatro galeones de oro y siete sickle de plata por kilogramo; no iba a desperdiciar ni una sola gota.

-Blaise, compórtate -pidió Marcus, un poco alejado de ellos mientras desayunaba tranquilamente.

El moreno se sacudió, gimiendo descontrolado.

-Te lo advertí -le recordó Hermione, aún con la taza en alto-. No iban a expulsarlo.

-¡Pero rompió el estatuto de la restricción de la magia para menores de edad! ¡Los muggles lo vieron! ¡Merecen un castigo! -se lamentó sin levantar el rostro, la voz amortiguada.

-Es el niño dorado de Dumbledore -dijo Pansy, usando casi las mismas palabras que Hermione la noche anterior-. No van a hacerle nada.

-¡No es justo!

-La vida no es justa, compórtate -ordenó Draco, rodando los ojos mientras volvía a su desayuno. No tardó mucho tiempo para que un centenar de lechuzas penetraran con gran estrépito en la sala, volando sobre sus cabezas, dando vueltas por la estancia y dejando caer cartas y paquetes sobre la alborotada multitud. Un gran paquete finamente envuelto cayó en las manos de Daphne Greengrass a tres asientos de ellos, y un segundo después, una cosa café cayó sobre la taza de Hermione, salpicándolos a todos de té y plumas.

-¡NO! -lloriqueo Hermione, rápidamente sacando por las patas a la empapada lechuza y lanzándola por la mesa. Cayó justo frente a Blaise; era pequeña y de color café con las puntas de las plumas grises. Un sobre rojo y mojado en el pico.

-¡Un vociferador! -Vincent señaló con el dedo el sobre rojo.

-¿Qué es un vociferador? -preguntó Hermione, aunque no esperó respuesta mientras limpiaba con un pañuelo el desastre que provocó la lechuza.

-Será mejor que la abran -les advirtió Millicent.

-¿De quién es? -preguntó Marcus, habiendo escuchado el ajetreo. No era ninguna sorpresa que esos cinco de Slytherin eran los causantes de ello.

-¿A quién molestaron? -se burló Graham Montague.

-Blaise… -dijo Pansy con los ojos puestos sobre la carta, que había empezado a humear por las esquinas.

-Tápense los oídos -ordenó Blaise alargando una mano temblorosa, le quitó a la lechuza el sobre del pico con mucho cuidado y lo abrió. Vincent y Gregory se taparon los oídos con los dedos. Hermione no comprendió por qué lo habían hecho hasta una fracción de segundo después. Por un momento, creyó que el sobre había estallado; en el salón se oyó un bramido tan potente que desprendió polvo del techo.

-… ROBAR EL COCHE, NO ME HABRÍA EXTRAÑADO QUE TE EXPULSARAN; ESPERA A QUE TE COJA, SUPONGO QUE NO TE HAS PARADO A PENSAR LO QUE SUFRIMOS TU PADRE Y YO CUANDO VIMOS QUE EL COCHE NO ESTABA…

Unos gritos de mujer se escucharon en todo el comedor, cien veces más fuertes de lo normal, haciendo tintinear los platos y las cucharas en la mesa y reverberaban en los muros de piedra de manera ensordecedora. El vociferador se había dirigido directamente a Blaise, que tenía un rictus de terror total en el rostro.

Los alumnos no tardaron en girarse para buscar de dónde provenía el escándalo, y los Slytherin no tardaron mucho en darse cuenta cómo la familia Weasley perdía el color del rostro mientras escuchaban esa horrible voz.

-… ESTA NOCHE LA CARTA DE DUMBLEDORE, CREÍ QUE TU PADRE SE MORIRÍA DE LA VERGÜENZA, NO TE HE CRIADO PARA QUE TE COMPORTES ASÍ, HARRY Y TÚ PODRÍAN HABERSE MATADO…

Draco dejó escapar una risita mientras Theodore volvía finalmente su atención al pastel de chocolate que había estado comiendo. Hermione ya se había dado por vencida en limpiar el té, mirando con profundo odio el vociferador que había volcado su elixir de los dioses.

-… COMPLETAMENTE DISGUSTADO, EN EL TRABAJO DE TU PADRE ESTÁN HACIENDO INDAGACIONES, TODO POR CULPA TUYA, Y SI VUELVES A HACER OTRA, POR PEQUEÑA QUE SEA, TE SACAREMOS DEL COLEGIO.

Se hizo un silencio en el que resonaban aún las palabras de la carta. El sobre rojo, que había caído en la mesa, ardió y se convirtió en cenizas.

El carraspeo de Draco Malfoy se escuchó por toda la sala. Con un gesto despectivo en el rostro, barrió las cenizas de la carta con una servilleta de tela antes de doblarla en un triángulo perfecto, cruzarse de brazos sobre la mesa de madera y mirar fijamente a la mesa de Gryffindor. Justo donde estaban sentados Weasley, Potter y Longbottom. Weasley tenía el rostro tan rojo como el color de su corbata mientras Potter y Longbottom parecían no saber dónde meterse.

-Mmm, ¿Weasley? -dijo con un falso tono conciliador- No es por meterme en tus asuntos, pero me parece que la carta era para ti -el siseo de su voz se escuchó por toda la sala que estaba sumida en un silencio sepulcral, viendo entre los Gryffindor y los Slytherin-. Descuida, sé guardar un secreto -una sonrisa de maldad pura se deslizo por sus labios.

La mesa de Slytherin estalló en carcajadas, seguidas poco después por las risas mal disimuladas de los Ravenclaw. Los Hufflepuff se retorcían en sus asientos, sin saber a dónde mirar, apenados por la escena montada mientras que, en Gryffindor, los leones veían con odio a Draco.

-Por un momento… -Adrian Pucey (de tercer año y cazador en el equipo de quidditch) parecía estar a punto de ahogarse con sus palabras. Su rostro estaba tan rojo como el de Weasley- … Por un momento pensé que la carta era para Blaise -soltó de carrerilla, volviendo a tomar una gran bocanada de aire mientras trataba de parar sus risas histéricas- ¡Joder! ¿Vieron su cara? ¡Era para una maldita foto!

-Que te jodan, Pucey -masculló Blaise, mirando con enojo al Slytherin antes de volver su atención al desayuno, pero sus ojos aterrizaron en la lechuza- Esci, cosa stai aspettando? ¡vuela de aquí, pajarraco!

El ave voló mientras el profesor Snape, con una sonrisa divertida y maliciosa en el rostro, recorría la mesa de Slytherin y entregaba los horarios.

¡Genial! ¡Les tocaría dos horas de Herbología con los malditos Gryffindor!


Invernaderos de Hogwarts.

08:55 a.m.

Siempre eran los primeros en llegar a cualquier lado; los salones de clases, el Gran Comedor, el expreso de Hogwarts… La puntualidad era una de las reglas más preciadas en la casa de Slytherin.

La puntualidad y la paciencia, a pesar de que las demás casas no se lo creerían ni de broma. Pero vamos, tenían que ser pacientes. Era un rasgo que aprendían cuando el resto de los alumnos y profesores llegaban tarde a las clases.

-¿Por qué tienes todo tu horario de Defensa Contra las Artes Oscuras enmarcado con corazoncitos? -preguntó Vincent, elevándose por sobre el hombro de Pansy.

La niña soltó un chillido y rápidamente ocultó su horario entre sus pergaminos; el resto de sus amigas no tardaron en imitarla.

-No seas metiche -espetó Daphne, tan roja como el cabello de la familia Weasley.

-No necesitan avergonzarse -opinó Hermione, su brazo entrelazado con el de Draco-. El profesor Lockhart es muy guapo.

-¿Qué el qué? -aulló Draco, su timbre de voz demasiado agudo para sus amigos. Hermione trató de enterrar su oído en su hombro, disparándole una mirada horrorizada a su amigo.

-¿Qué te pasa? -preguntó.

-¿Cómo puedes…? ¿Cómo tú…? -balbuceo completamente ofendido.

-¿No que los Malfoy no balbucean? -susurró Blaise a Theo, quien miraba ligeramente divertido el espectáculo montado por Draco.

El resto de los alumnos de Gryffindor empezaron a llegar a las afueras del Invernadero, demasiado ocupados entre ellos como para prestar atención a la discusión de los Slytherin.

-Tú no puedes decir eso de... de… ¡de un profesor! -espetó Draco, separando su brazo del de su amiga para mirarla de frente.

-Tú no me mandas -espetó la castaña, cruzándose de brazos.

-¡Es un idiota!

-¡Ni siquiera lo conoces!

-¿Nunca tuve una oportunidad, cierto? -preguntó Pansy a nadie en particular, asombrada de haber estado ciega.

-No, nunca -dijo Vincent, mirando como si fuera un partido de quidditch las acusaciones lanzadas de un lado a otro.

Weasley, Potter y Longbottom acababan de hacer acto de aparición cuando vieron a la profesora Sprout acercarse con paso decidido a través de la explanada, acompañada por Gilderoy Lockhart. La profesora Sprout llevaba un montón de vendas en los brazos.

-Ha de ser por el Sauce Boxeador -opinó Flora en voz baja, no queriendo llamar la atención de la pareja de Slytherin que se miraban con fuego en los ojos.

La profesora Sprout era una bruja pequeña y rechoncha que llevaba un sombrero remendado sobre la cabellera suelta. Generalmente, sus ropas, siempre estaban manchadas de tierra. Gilderoy Lockhart, sin embargo, iba inmaculado con su túnica amplia de color turquesa y su pelo dorado brillaba bajo un sombrero igualmente turquesa con ribetes de oro, perfectamente colocado.

-¡Hola, que hay! -saludó Lockhart, sonriendo al grupo de estudiantes-. Estaba explicando a la profesora Sprout la manera en que hay que curar a un sauce boxeador. ¡Pero no quiero que piensen que sé más que ella de botánica! Lo que pasa es que en mis viajes he encontrado varias de estas especies exóticas y…

-¡Hoy iremos al Invernadero 3, muchachos! -dijo la profesora Sprout, que parecía claramente disgustada, lo cual no concordaba en absoluto con el buen humor habitual.

Se oyeron murmullos de interés. Hasta entonces, sólo habían trabajado en el Invernadero 1. En el Invernadero 3 había plantas mucho más interesantes y peligrosas. La profesora Sprout cogió una llave grande que llevaba en el cinto y abrió con ella la puerta. A Hermione le llegó el olor de la tierra húmeda, y el abono mezclado con el perfume intenso de unas flores gigantes, del tamaño de paraguas, que colgaban del techo.

Se fueron acomodando alrededor de una mesa montada sobre caballetes. Sobre la mesa había unas veinte orejeras.

-¿Por qué no me sorprende que Potter tenga la atención del profesor Lockhart? -se lamentó Millicent, disparando una mirada envenenada hacia dónde el profesor y el niño dorado habían salido.

-Le regaló toda una serie de libros autografiados este verano -dijo Hermione.

-¡No puedes hablar en serio! -jadeo Daphne mirando horrorizada el mismo punto que Millicent.

-Y él se las regaló a Ginevra Weasley -se burló Draco, ya olvidando su enojo con Hermione.

-¡Ni de broma! -chilló Pansy escandalizada.

Harry Potter entró con paso rápido al invernadero, tenía una mueca de desagrado en los labios.

-Parece que a Potter no le cae bien nuestro nuevo maestro -se rio Blaise con malicia.

-Nosotros no le caemos bien a Potter -le recordó Theodore.

-Nosotros no queremos caerle bien a Potter -siseo Draco, mirándolos en advertencia.

-Hoy nos vamos a dedicar a replantar mandrágoras. Veamos, ¿quién me puede decir qué propiedades tiene una mandrágora? -preguntó la profesora Sprout.

Sin que nadie se sorprendiera, Hermione fue la primera en alzar la mano.

-La mandrágora, o mandrágula, es un reconstituyente muy eficaz -dijo Hermione, recordando exactamente las mismas palabras del libro-. Se utiliza para volver a su estado original a la gente que ha sido transformada o encantada.

-Excelente, diez puntos para Slytherin -dijo la profesora Sprout-. La mandrágora es un ingrediente esencial en muchos antídotos. Pero, sin embargo, también es peligrosa. ¿Quién me puede decir por qué?

La mano de Hermione golpeó a Draco en la oreja. El Slytherin rápidamente se llevó la mano al oído sensible mientras las risitas bajas de Gryffindor (y las de sus amigos) inundaban el Invernadero.

-El llanto de la mandrágora es fatal para quien la oye -dijo Hermione instantáneamente, viendo de reojo como Draco le soltaba un pisotón a Blaise. El moreno soltó un gritito.

-Exacto. Otros diez puntos a Slytherin -dijo la profesora Sprout mirando con reprimenda al rubio y al moreno-. Bueno, las mandrágoras que tenemos aquí son todavía muy jóvenes.

Mientras hablaba, señalaba una fila de bandejas hondas, y todos se echaron hacia delante para ver mejor. Un centenar de pequeñas plantas con sus hojas color verde violáceo crecían en fila.

-Pónganse unas orejeras cada uno -dijo la profesora Sprout.

Hubo un forcejeo porque todos querían coger las únicas que no eran ni de peluche ni de color rosa.

-¡Ajá! -Blaise miró con sorna a Potter, Weasley y Longbottom, (que se habían empujado entre ellos para tomar las orejeras). Las alzó por sobre su cabeza, pero Theo se las quito por detrás.

-Búscate otras, Zabini -dijo con una sonrisa burlona, girando las orejeras en el dedo índice.

Draco se las arrebató fácilmente.

-Gracias, Nott. Me has facilitado el asunto -dijo, arrastrando las palabras mientras miraba los ceños fruncidos de ambos Slytherin.

-Maldito seas, Malfoy -mascullaron Theo y Blaise al unísono mientras tomaban las únicas dos orejeras sobre la mesa, ambas de color rosa.

-Cuando les diga que se las pongan, asegúrense de que sus oídos queden completamente tapados -dijo la profesora Sprout-. Cuando se las puedan quitar, levantaré el pulgar. De acuerdo, pónganse las orejeras.

Hermione se las puso rápidamente. Insonorizaban completamente los oídos. La profesora Sprout se puso unas de color rosa, se remangó, cogió firmemente una de las plantas y tiró de ellas con fuerza.

En lugar de raíces, surgió de la tierra un niño recién nacido, pequeño, lleno de barro y extremadamente feo. Las hojas salían directamente de la cabeza. Tenía la piel de un color verde claro con manchas, y se veía que estaba llorando con toda la fuerza de sus pulmones.

La profesora Sprout cogió una maceta de debajo de la mesa, metió dentro la mandrágora y la cubrió con una tierra abonada, negra y húmeda, hasta que sólo quedaron visibles las hojas. La profesora Sprout se sacudió las manos, levantó el pulgar y se quitó ella también las orejas.

-Como nuestras mandrágoras son sólo plantones pequeños, sus llantos todavía no son mortales -dijo ella, con toda tranquilidad, como si lo que acababa de hacer no fuera más impresionante que regar una begonia-. Sin embargo, los dejarían inconscientes durante varias horas, y como estoy segura de que ninguno de ustedes quiere perderse su primer día de clase, asegúrense de ponerse bien las orejeras para hacer al trabajo. Ya les avisaré cuando sea la hora de recoger.

Mientras hablaba, dio un fuerte manotazo a una planta roja con espinas, haciéndole que retirara los largos tentáculos que se habían acercado a su hombro muy disimulada y lentamente.

Al final de la clase, Hermione, al igual que todos los demás, estaba empapada de sudor, le dolían varias partes del cuerpo y estaba llena de tierra. Tuvieron que volver al castillo para lavarse un poco.


Patio de Hogwarts.

13:34 p.m.

-¿Qué hay esta tarde? -preguntó Blaise, jugando una partida de cartas explosivas junto a Gregory. Habían tenido su hora de descanso después de una ardua clase de Transformaciones, donde McGonagall no dejaba de mirarlos como si su sola presencia le amargara el día.

Bien, no es como que ella les cayera bien.

-Defensa Contra las Artes Oscuras -respondió Theodore de inmediato, comparando en voz baja la cantidad de botones que él, Hermione y Draco habían transformado durante la clase.

-Siento que está será una gran historia para contar durante la cena a Flint -dijo Draco, sus ojos grises fijos en el niño de cabello rubio y cámara en mano que estaba prácticamente brincando frente a Harry Potter.

-¿Qué demonios te pasa? -preguntó Hermione, sacando la nariz de su libro Viajes con los vampiros-. Has estado de mal humor todo el día, ¿qué te picó?

-¿Qué va a estarme picando? -espetó el rubio.

-Es un decir… ¿estás bien?

-Estoy bien -masculló, levantándose de su lado y llamando a Vincent y Gregory antes de partir hacia donde Harry Potter y sus dos amigos estaban sentados.

-¿Qué demonios le pasa? -volvió a inquirir Hermione, pero ninguno de sus dos amigos tenían la respuesta.

-¿Firmar fotos? ¿Te dedicas a firmar fotos, Potter?

En todo el patio resonó la voz potente y cáustica de Draco. Se había parado frente al trío dorado.

-¡Todo mundo a la cola! -gritó a la multitud-. ¡Harry Potter firma fotos!

-Al menos no se está desquitando con nosotros -dijo Theodore, sacando asentimientos por parte de sus dos amigos.

-No es verdad -dijo Potter de mal humor-. ¡Cállate, Malfoy!

-Lo que pasa es que le tienes envidia -dijo el niño rubio, cuyo cuerpo entero no era más grueso que el cuello de Vincent.

-¿Envidia? -dijo Draco, que ya no necesitaba seguir gritando, porque la mitad del patio lo escuchaba-. ¿De qué? ¿De tener una asquerosa cicatriz en la frente? No, gracias. ¿Desde cuándo uno es más importante por tener una cabeza rajada por una cicatriz?

Vincent y Gregory se estaban riendo, al igual que Blaise sentado delante de ellos en la hierba.

-Échate al retrete y tira de la cadena, Malfoy -dijo Weasley con cara de malas pulgas. Vincent dejó de reír y empezó a restregarse de manera amenazadora los nudillos, que eran del tamaño de canastas.

Una sonrisa reticente se deslizo sin permiso en los labios de Hermione. Vincent había perfeccionado aquello durante el verano, estaba segura.

-Weasley, ten cuidado -dijo Draco con aire despectivo-. No te metas en problemas o vendrá tu mamá y te sacará del colegio. -Luego imitó un tono de voz chillón y amenazante-. "Si vuelves a hacer otra…"

Varios alumnos de quinto curso de la casa de Slytherin, que había por allí cerca rieron la gracia a carcajadas.

-A Weasley le gustaría que le firmaras una foto, Potter -sonrió Draco-. Pronto valdrá más que la casa entera de su familia.

Weasley sacó su varita. Una varita que se aferraba a duras penas gracias a una cinta.

Theo, Hermione y Blaise se levantaron rápidamente de sus lugares, pero antes de que pudieran llegar Gilderoy Lockhart ya estaba sobre de ellos.

-¿Qué pasa aquí? ¿Qué es lo que pasa aquí? -su túnica turquesa se arremolinaba por detrás- ¿Quién firma fotos?

Draco frunció el ceño con disgusto y rápidamente se apartó de ahí, con Vincent y Gregory corriendo detrás suyo.

-Vámonos, antes de que en serio se ponga a firmar fotos -espetó Draco, tomando a Hermione por la muñeca y saliendo del patio. Con los flashes de la cámara destellando por segundos.


19, septiembre. 1992

Campo de Quidditch.

10:32 a.m.

-¿Este es mi regalo de cumpleaños? ¿Un asiento de primera fila para el entrenamiento de tus nuevos integrantes? -se exasperó Hermione, cruzando los brazos y frunciendo los labios en un puchero.

Marcus le sonrió, sacudiendo su enmarañado cabello.

-Uno de ellos -aclaró-. El otro es una fiesta privada en la sala común de Slytherin.

-Sí, gracias por ello, linda -dijo Graham, sustituyendo la mano de Marcus en su cabello para sacudirlo más.

-Tu regalo era una de estas escobas -le recordó Blaise, señalando su Nimbus 2001 mientras caminaban por la hierba. El equipo de Gryffindor sobrevolando a la altura-. Pero Adrian me la quitó y tuve que pedir más -escupió, mirando al niño solo un año mayor.

-Sí, gracias por ello -le sonrió Adrian, sus ojos fijos en la nueva escoba mágica.

Marcus había aceptado la integración de Draco y Blaise al equipo, quienes a su vez venían con nuevas Nimbus 2001 como patrocinio. Si había alguien a quien Hermione considerara sus amigos después de Draco y sus chicos, esos eran los jugadores de quidditch.

Marcus era básicamente un hermano mayor sobreprotector, y Graham Montague era el hermano mayor alborotador. Adrian Pucey era el amable, Miles Bletchley era el sensato y Lucian Bole era quien cumplían sus caprichos; razón por la que había aceptado la petición de Hermione para mover toda la estructura del equipo para que tanto Blaise como Draco pudieran jugar.

Marcus y Adrian seguirían siendo cazadores, pero Graham había dejado su puesto para Draco y ahora era golpeador junto a Lucian. Miles sigue siendo guardián, y el puesto dejado por Terence Higgs gracias a su salida de Hogwarts sería ocupado por Blaise. El nuevo buscador de Slytherin.

Puede que la falta de pureza en su sangre aún molestara a unos cuantos Slytherin, pero estos chicos la adoraban sin maldad.

-Silencio -ordenó Marcus, sus ojos fijos en el equipo de Gryffindor que empezaba a aterrizar-. Es el cumpleaños de nuestra niña, no se lo amarguemos provocando la ira del idiota de Wood.

Oliver Wood, capitán del equipo de los leones, bajo bruscamente de su escoba, tambaleándose un poco.

-¡Flint! -gritó en el momento en que el resto de su equipo piso el suelo, quedando cara a cara con ellos-, es nuestro turno de entrenamiento. Nos hemos levantado a propósito. ¡Así que lárguense!

Marcus era más corpulento que Wood, mirando con una expresión de astucia, replicó-:

-Hay bastante sitio para todos, Wood.

-¡Pero yo he reservado el campo! -dijo Wood, escupiendo con rabia-. ¡Lo he reservado!

-¡Ah! -dijo Marcus, con falsa sorpresa-. Pero nosotros traemos una hoja firmada por el profesor Snape. "Yo, el profesor Snape, concedo permiso al equipo de Slytherin para entrenar hoy en el campo de quidditch debido a su necesidad de dar entrenamiento a nuevos miembros."

-¿Tienen miembros nuevos? -sus ojos se posaron con preocupación en los tres Slytherin menores. Dos de ellos con las túnicas de quidditch de Slytherin, así que descartó rápidamente a Hermione-. ¿Qué posiciones?

-Buscador y cazador -empujó a Blaise hacia delante mientras ponía una mano en el hombro de Draco.

-¿Un buscador? -miró a Blaise- ¿Quién eres tú?

Hermione enarcó las cejas por su falta de cortesía al no presentarse primero, pero Blaise habló antes de que ella pudiera.

-Debes presentarte antes de exigir el nombre de otra persona. Es una regla de etiqueta. -dijo Blaise con petulancia- ¿Acaso no te enseñaron modales?

Fred y George Weasley avanzaron un paso, pero fueron detenidos rápidamente por Wood.

-Oliver Wood -sus dientes estaban fuertemente apretados.

Blaise sonrió ampliamente, girando ligeramente su escoba, atrayendo las miradas de los leones sobre ella.

-Blaise Zabini -cantó.

-¿Esas son Nimbus 2001? -preguntó Katie Bell.

-¡Oh! ¿Esto? -Marcus sonrió-. Un pequeño regalo.

Oliver Wood admiró las nuevas escobas con la mandíbula fuertemente apretada antes de reparar en Draco. Un brillo de reconocimiento pasó por su rostro.

-¿No eres tú el hijo de Lucius Malfoy? -y miró de nuevo a las escobas. Sumando dos más dos, equivocadamente.

-¿Algún problema? -preguntó Draco a la defensiva.

-¡Sí! -saltó Weasley, que en algún momento se había acercado a la confrontación junto a Longbottom-. Nadie en Gryffindor ha tenido que comprar su acceso -dijo con agudeza-. Todos entraron por su valía.

-Tal vez nadie ha tenido que comprar su acceso -Hermione rápidamente se había colocado a un lado de Draco, sintiendo la tensión salir por los poros del rubio-. Pero al menos a ningún Slytherin lo han premiado por romper las reglas. Ni son hipócritas al respecto.

-Es curioso cómo puedes llamarnos hipócritas -escupió Weasley, furioso-. Cuando son ellos quienes te mienten a la cara. Te lo dije una vez, todos sabemos cómo los Slytherin llaman a los nacidos de muggles…

Marcus tuvo que tomar a Draco con fuerza por los hombros, mientras Graham detenía a Blaise que había soltado su escoba y estaba dispuesto a lanzarse sobre Weasley.

-Pensé que los Gryffindor eran los valientes -espetó Hermione, sin saber exactamente cual de los Slytherin la retenía por el codo-. ¿O solo puedes llamarme sangre sucia cuando nadie te escucha?

Las palabras de Hermione fueron como granadas. Adrian rápidamente tuvo que girarse a detener a Marcus con su cuerpo para que no saltara sobre Weasley. Lucian gritó "¡Detente, Graham!", mientras soltaba el codo de Hermione y se lanzaba contra Graham y Blaise, quienes estaban listos para masacrar a alguien. Draco estaba siendo retenido por Miles, quien le estaba lanzando una mirada letal a Oliver Wood.

-Llévate a ese idiota, antes de que un imperdonable se me escape -amenazó.

Potter y Longbottom tuvieron que sacar a arrastras a Weasley del campo, quien seguía moviendo los labios sin pronunciar palabra alguna. Wood pareció analizar si valía la pena seguir acaparando el campo, pero las miradas furiosas de los Slytherin lo hicieron reconsiderar. Ordenó al resto de su equipo que se retirara mientras los amigos de Hermione se giraban hacia ella.

-¿Qué?

-¿Cómo?

-¿Cuando?

-¿Por qué no nos lo dijiste?

-Este no es el momento, Marcus -ordenó Miles, tomando a Hermione por los hombros y frotando sus dedos para tratar de liberar la tensión del cuerpo de la niña-. Tú mismo lo dijiste, es el cumpleaños de Hermione, habrá tiempo para las explicaciones después.

Marcus parecía estar listo para refutar, pero la mirada herida de Hermione lo hizo callar. La atrajo a un apretado abrazo antes de dejarla ir y ordenarles a sus amigos que se elevaran en el campo.

No fue el único que liberó sus frustraciones durante la práctica.


31, octubre. 1992.

Gran Comedor-. Halloween.

20:12 p.m.

-Siempre supe que eras hermosa, Hermione, pero nunca podría haber adivinado cuánto -dijo Blaise impresionado por tercera vez en la noche.

Las mejillas de Hermione volvieron a enrojecer por los constantes cumplidos. Pansy le había regalado por su cumpleaños un set de pociones de belleza y cuidado para el cuidado de la piel y del cabello. Al principio no había estado muy emocionada, pero la heredera de los Parkinson la había obligado a levantarse cuarenta minutos más temprano para empezar a trazar una rutina.

Sinceramente, ella misma no había visto más mejora que el hecho de que su cabello ya no le estorbaba para mirar a sus lados, pero Blaise no se cansaba de lanzarle cumplidos. Además de las miradas mal disimuladas en algunos estudiantes de grado mayor, sobre todo del cuerpo varonil.

-Juro por la sangre de los veintiocho, que si no te callas haré que te arrepientas -espetó Draco, levantando la mirada de la carta que estaba escribiendo para dispararle miradas envenenadas al moreno.

-¿Qué? ¿Tú no la crees hermosa? -lo encaró Blaise.

-Hermione siempre es hermosa.

-Que suerte tienen algunas -se lamentó Flora, dándole un mordisco con desanimo a su tarta de calabaza mientras miraba a su alrededor. El Gran Comedor, como el año pasado, estaba decorado para la ocasión.

-Que suerte tiene Granger, querrás decir -se burló Daphne, pero al percatarse de la mirada celosa de su hermana menor, apretó fuertemente los labios.

Nadie más pareció darse cuenta.

-Disfruta del banquete, Malfoy. Tendrás tiempo después para enviarle cartas a mami -se burló Graham unos asientos más allá. Draco no se dignó a responder, pero le hizo un gesto grosero con el dedo.

-¡Respeto para las damas, Malfoy! -reprendió Marcus cuando unos cuantos gritos indignados se escucharon alrededor de la mesa.

-Que escandalosas -replicó Draco en voz baja, acercándose a Hermione hasta quedar pegado a ella-. No te vuelvas como ellas.

-No lo haré -prometió Hermione con una sonrisa, pero el rubio seguía sin desviar la mirada de su carta.

Draco últimamente había estado demasiado nervioso. No había momento en que la dejara sola, inclusive solía esperarla fuera de los baños para acompañarla a la siguiente clase.

No entendía exactamente qué le pasaba a su mejor amigo, pero estaría ahí para cuando por fin Draco decidiera salir de su cabeza y le contará qué demonios le estaba pasando.

-El primer partido será contra Gryffindor, ¿están preparados? -preguntó Pansy, escabulléndose entre Vincent y Gregory para llegar al lado de Hermione, Draco, Theodore y Blaise. El ruido a su alrededor era un simple indicador que el banquete ya había terminado, y los alumnos se disponían a partir hacia sus salas comunes y tomar su merecido descanso.

-¿Para vencer a los gatitos? -se burló Blaise, echando un brazo encima de los hombros de Theo para inclinarse hacia Pansy-. Por supuesto, bambola di porcellana.

Los estudiantes que estaban caminando delante de ellos se detuvieron abruptamente, el ruido cesó de manera inusualmente rápida para ser una multitud de adolescentes.

-¡Oh, mierda! -jadeo Vincent, quien con su altura podía ver fácilmente hacia delante, perdió todo color del rostro.

-¿Qué? ¿Qué es? -preguntó Hermione, la mano de Draco rápidamente abandonando la suya mientras el rubio se abría paso hacia delante en la multitud. A su vez, Miles Bletchley ya estaba retrocediendo y abriéndole el paso a Marcus.

El adolescente estaba más pálido que nunca, y evitó que Hermione siguiera a Draco al detenerla en un abrazo aprehensivo. Estaba temblando y murmuraba maldiciones por debajo antes de alzar la voz, teñida de miedo:

-¡Los de Slytherin! ¡A la sala común! ¡AHORA!

Pero, por primera vez, ningún estudiante con el estandarte de la casa de las serpientes cosida en la pechera de sus túnicas acató la orden. Todos estaban atónitos, mirando lo que tenían en frente mientras unos pocos trataban de tapar la vista para los estudiantes menores.

-¿Qué pasa aquí? ¿Qué pasa?

Atraído sin duda por el grito de Marcus, Argus Filch se abría paso a empujones. Hermione solo pudo tratar de adivinar lo que había visto antes de que la voz del conserje rompiera la calma.

-¡Mi gata! ¡Mi gata! ¿Qué le ha pasado a la señora Norris? -chilló con horror, antes de arremeter contra un estudiante inoportuno-. ¡Tú! ¡Tú has matado a mi gata! ¡Tú la has matado! ¡Y yo te mataré a ti! ¿Te…!

-¡Argus!

Había llegado Dumbledore, seguido de otros profesores. En unos segundos, el profesorado se había abierto camino hasta al frente de la multitud, pero Hermione ni siquiera pudo ver qué estaba pasando mientras Marcus cada vez la apretaba con mayor fuerza para ocultarle la vista, probablemente dejándole moretones para después gracias a su fuerza.

-Ven conmigo, Argus -escuchó decir Dumbledore al conserje- Ustedes también, Potter, Weasley y Longbottom.

-Mi despacho es el más próximo, director, nada más subir las escaleras. Puede disponer de él -aquella era la voz del profesor Lockhart.

-Gracias, Gilderoy -respondió Dumbledore.

La silenciosa multitud se apartó para dejarles pasó.

-Señor Flint, lleve a los Slytherin a la sala común -dijo el profesor Snape cuando llegó a donde Marcus estaba abrazando a Hermione-. Ningún estudiante menor de quince años puede salir sin supervisión de los años posteriores, ¿está claro?

-Sí, profesor -balbuce aterrado el Slytherin, mirando al profesor seguir al resto de los maestros antes de que otra mano, una más chica, empezara a sobar la espalda de Hermione. La niña seguía sin poder mirar nada más que la tela del chaleco de Marcus.

-Voy a vomitar -escuchó la voz asqueada de Gregory, y la mano en su espalda se crispó antes de que la voz de Draco se alzara un poco más de un susurro.

-Marcus… -dijo con la voz llena de miedo, y supo que era él quien estaba acariciándole la espalda.

-¡Los de Slytherin! ¡A la sala común! ¡YA! -fue la voz de Emma la que rompió el silencio. Los estudiantes de mayor grado empezaron a empujar a los más pequeños en dirección de la sala común antes de que las voces de los otros prefectos empezaran a ordenarle a sus compañeros que caminaran hacía sus respectivas salas comunes.

Hermione no pudo echarle un vistazo a lo que había asustado tanto a Marcus y los estudiantes de Hogwarts aquella noche. Pero no tuvo que esperar demasiado, ya que la amenaza escrita con sangre no había podido ser retirada ni con productos mágicos ni con hechizos desvanecedores. Aún se encontraba ahí para ella a la mañana siguiente.

LA CAMARA DE LOS SECRETOS HA SIDO ABIERTA. TEMAN, ENEMIGOS DEL HEREDERO.

Aquellas palabras la perseguirían hasta su tumba.


12, noviembre. 1992.

Dormitorios de Slytherin.

21:22 p.m.

La carta de su madre era como una brisa de aire fresco para Hermione. Solía escribirle un día a la semana, pero gracias a los recientes acontecimientos había estado escribiéndole todos los días.

Aún la sorprendía en sobremanera que su madre se haya vuelto muy amiga de Nicholas Nott, era realmente extraño leer el nombre del mago en todas las cartas de su madre. Se preguntó cuánto tiempo tardaría antes de que su madre admitiera alguna clase de amorío con el padre de Theodore.

Se merecía ser feliz.

-Estoy empezando a odiar las clases de Historia de la magia -se lamentó Pansy, sentada sobre su cama mientras trataba de darle sentido a las palabras escritas en el libro que tenía frente a ella-. ¿Por qué tenemos que tomarla?

-Quien no conoce su pasado, está destinado a repetirlo -cantó Emma Vanity, cepillando el cabello de Hermione con parsimonia.

Después del horrible acontecimiento ocurrido al terminar el banquete de Halloween, los Slytherin habían sido prácticamente prisioneros en su propia sala común. No salían más que para los desayunos y clases, y una vez terminado su horario del día debían marchar a la sala común.

Ni siquiera tenían permiso cenar en el Gran Comedor.

La reclusión voluntaria había favorecido enormemente a los vínculos dentro de Slytherin. Los mayores se encargaban de ayudar a los menores con sus deberes, como también les ayudaban a tranquilizar sus miedos con cuentos para dormir y chocolate caliente con bombones. Era algo realmente dulce, sobre todo porque muchos estudiantes llevaron a Hermione a un lado y ofrecieron disculpas.

Algo que ella aún no entendía por qué lo hacían.

-¿Es cierto que Marcus te está cortejando? -preguntó Flora, quien ya se había dado por vencida con el estudio diez minutos atrás y ahora enfocaba su atención en Emma. Millicent, acostada a un lado de Flora, leía sin mucho interés la última edición de Corazón de bruja.

Emma sonrió discretamente, terminando de entrelazar rizos castaños de Hermione en una trenza antes de responder la pregunta de la niña.

-Tal vez -admitió, su sonrisa ensanchándose cuando cuatro de cinco niñas gritaron emocionadas.

Ni un momento después, dos chicas de cuarto, tres de quinto y una de sexto asomaron su cabeza hacia la habitación. Curiosas por los gritos emocionados, algo que no se había escuchado en mucho tiempo dentro de la sala común de Slytherin.

-¿Qué ocurre aquí? -preguntó Gemma Farley, la niña de sexto año. Media un metro cincuenta y su rostro en forma de corazón estaba enmarcado por una perfecta melena rubia. Sus ojos tiraban casi al tono gris de Draco.

Era una de las pocas mestizas dentro de Slytherin.

-Marcus está cortejando a Emma -respondió Daphne, dando brinquitos en su cama por la emoción.

Las niñas en la puerta chillaron extasiadas.

-¡Cuenta…! -rogó Malva Relish, de cuarto año. Era otra niña de sangre pura, una de las muchas que habían ofrecido disculpas. Las demás niñas, todas ya dentro de la habitación de las de segundo año, empezaron a rogar por información y atrajeron la atención de muchas otras Slytherin.

Más cabezas flotantes se asomaron por el marco de la puerta, todas curiosas por el ruido.

-¡Me sentiría muy halagada que un sangre pura como Marcus Flint me cortejara! -las risas ensoñadoras sonaron por doquier gracias al comentario de Tracey Davis, la otra niña de cuarto año. Una mestiza, está vez.

Hermione se sorprendía a veces al darse cuenta de que las lecciones de Blaise sobre las familias de sangre pura de Slytherin hayan ocupado un lugar en su abarrotado cerebro.

-No, cariño -dijo Emma, atrayendo el cuerpo de Hermione hacía ella para darle un abrazo algo incomodo desde atrás y colocar su barbilla encima de la cabeza de risos castaños de la niña -. Escúchenme bien, niñas -ordenó entre risas-. Ustedes nunca deben sentirse halagas como si la atención dada por ellos fuera un regalo. Ellos deben sentirse halagados de que bellezas como ustedes parpadeen en su dirección.

Muchos rostros brillaron en distintos tonos de rojo.

-¿Aunque él sea tu prometido? -preguntó Helena Dolohov, de primer año. Sus extraños ojos dorados fijos donde Emma se recostaba en la cabecera de la cama con Hermione entre sus piernas.

Otra sangre pura, otra disculpa.

El silencio se hizo en el cuarto. No era ningún secreto que la mayoría de las estudiantes de la casa de las serpientes ya tenían acuerdos maritales desde antes de nacer.

-Entonces hazlo sudar -exclamó Adelaide Murton, la mejor amiga de Emma. Brillantes orbes azules y despampanante cabello rojizo- No por que tenga tu mano gracias a un estúpido estatuto marital significa que debas dejarle toda esa belleza en bandeja de plata.

-¡Así se dice, chica! -alabó Briseyda Gastrell, de séptimo año. Cabello castaño, ojos color verde y de nariz respingona. Otra sangre pura.

-¿Inclusive si ese mago es tan guapo como el profesor Lockhart? -preguntó Pansy con aire de ensueño. Varios suspiros atolondrados sonaron en el dormitorio.

-¡Oh por la estúpida y obsoleta sangre de los sagrados veintiocho! -Zayra Bellamy, una mestiza de quinto año. Sus ojos castaños miraban cada rostro en el abarrotado dormitorio-. ¡Tiene que ser una broma! Si el hombre es estúpido hasta los cojones.

-¡Zayra! -aulló en censura su amiga Maia Collingwood, también mestiza-. ¡No hables de esa forma sobre los cojones del profesor Lockhart!

Las risas estallaron por segunda vez, ahora más fuertes y estridentes. Todo el cuadro estudiantil femenino de Slytherin estaba dentro del cuarto y Hermione ni las había visto llegar. Demasiado ocupada en controlar su sonrojo.

Era la primera vez que Emma la trataba como a las demás.

-Escúchame bien, Dolohov… Es Dolohov, ¿cierto? -Adelaide miraba fijamente a la niña de primer año, cruzada de brazos. La pequeña asintió, sonrojada de que toda la atención estaba puesta en ella- Sé que es difícil tener que seguir cierto régimen para llegar pura y casta al matrimonio -su hermoso rostro se descompuso con una horrible mueca. Varios sonrojos y ruidos ahogados sonaron en el dormitorio, aquello no era una charla normal entre las Slytherin- Sobre todo cuando ellos no la siguen -había un matiz de dolor en su voz. Adelaide Murton, como muchas otras, ya estaba comprometida con nada menos que con Graham Montague, para decepción del bateador de Slytherin- Si yo tuviera más valor, me acostaría con medio cuadro estudiantil. Dos chicos por cada chica con la que él se acostó.

Hubo varios gritos indignados.

-¡Adelaide! -reprochó Emma, su voz retumbando desde su pecho hasta la espalda de Hermione.

-¿Qué? -Adelaide rio, apenada- ¡Vamos! No es como si no supiéramos que los chicos de nuestro curso ya han tenido dos o tres aventuras sexuales con alumnas de otras casas.

Se prolongó un tenso silencio.

-¿Y dentro de ese cuadro estudiantil imaginario habría algún Gryffindor? -preguntó Eleanor Branstone de quinto, fingiendo mirar sus uñas con interés. Era una de las Slytherin con sangre pura de las buenas, siempre fue muy amable con Hermione.

-Bueno… -Zayra rio ante los rostros de shock de varias alumnas- Si ese Gryffindor es Oliver Wood no me lo pensaría dos veces… -dejó la insinuación en el aire.

-¡Zayra! -volvió a reprender Maia, cada vez más avergonzada por el descaro de su amiga.

-¿¡Qué!? No es como si él fuera a coquetearme de un segundo a otro. Soy una Slytherin -se encogió de hombros- Él nunca daría el primer paso. ¡Se vale soñar!

-¡Por Morgana! -chistó Agnes Fleamont, rodando los ojos. Una mestiza de séptimo curso; piel oscura, cabello negro y ojos azules enmarcados por unas gafas- ¡Al demonio esa estupidez del hombre siendo el primero en dar el paso! ¡Estamos a finales del siglo XX! -se acomodó las gafas, y un sonrojo a penas visible brillaba en su hermosa piel de ébano- Además, acostarse con Wood tiene dos ventajas. Tienes sexo con el único chico guapo disponible y enojas a las Gryffindor.

-¡Dos pájaros de un tiro! -gritó Adda Pussett de tercer año, otra sangre pura.

Hermione estaba ligeramente abochornada con todo este asunto, y al ver el rostro de las demás alumnas de primer año, segundo y tercero supo que no era la única.

-Oliver Wood, ¿es en serio? -Emma miraba con repulsión a las chicas, realmente ofendida.

Zayra resopló.

-Claro, sólo porque tú hayas sacado a Marcus del mercado no significa que no haya otros chicos guapos -hizo una mueca- A demás, con todo esto de la cámara de los secretos, nadie recordara en el futuro una metida de pata con un Gryffindor.

Se hizo un gran silencio entre las Slytherin. Si aquel comentario estaba destinado a divertir, no sacó gracia alguna.

-… Es suficiente… -ordenó Emma, soltando un suspiro cansado. Empujó ligeramente a Hermione hacia al frente y la obligó a sentarse en la misma posición que ella. La espalda pegada a la cabecera y las piernas estiradas sobre la cama; su mano envolvió la de la más pequeña-. Estoy cansada de andar en puntillas con este tema, como si estuviera pisando una capa muy fina de hielo -sus oscuros ojos recorrieron la abarrotada habitación de las Slytherin de segundo años-. Así que siéntense y pónganse cómodas, que esto va para largo… Les contaré una historia, una leyenda en realidad…

Las Slytherin de los siete cursos empezaron a corretear. Hubo empujones, pies aplastados, gritos de "¡fuiste tú!", "¡no, fuiste tú!", "¡ese es mi pie!", pero después de diez larguísimos minutos las serpientes se habían acomodado entre sus amigas. Algunas sentadas en el suelo, otras (las de mayor edad) habían conjurado butacas mientras que las de primer año se habían sentado en las camas junto a sus compañeras del curso siguiente.

Emma carraspeó atrayendo la atención sobre ella, aunque no fuera necesario. En ese punto de la noche, todas miraban a Emma con interés.

-Como todas sabrán, o al menos la mayoría si prestaron atención a sus clases de Historia de la Magia -lanzó miradas de reproche a aquellas Slytherin quienes era obvio nunca pusieron atención a la materia-. Hogwarts se fundó hace aproximadamente mil años (nadie sabe con exactitud la fecha) por los cuatro brujos más importantes de la época. Godric Gryffindor, un mago mediocre y con ínfulas de héroe quien solo aceptaba en su prestigiosa casa -se burló- a los valientes de corazón.

-Mentes suicidas que prefieren morir antes que admitir su derrota -un brillo maligno pasó rápidamente por los ojos de Adelaide.

-Rowena Ravenclaw, mujer hermosa y de alta alcurnia -prosiguió Emma, con una sonrisa maliciosa-. Quienes la conocían coincidían en que la bruja era una perra de corazón frío. Los empollones, raritos y ratas de biblioteca conforman la casa de las águilas -tarareo- Si son águilas o cuervos… ah… su nombre está en duda, allá ustedes como quieran llamarlos.

Las Slytherin rieron con voces chillonas.

-Vamos con Helga Hufflepuff, quien solo aceptaba a la basura del resto de las casas. La vieja bruja carecía de amor propio y se decía que la tejona estaba profundamente enamorada del imbécil de Gryffindor -rio-. Aunque no la culparía, lo único bueno de Gryffindor era su apariencia. Chismes más, chismes menos.

Hermione estaba completamente segura de que aquel relato estaba mal contado. Había leído al menos cien veces "Historia de Hogwarts" y nada como aquello venía escrito. Momentáneamente, se preguntó si aquello que Emma contaba era alguna clase de broma entre los de sangre pura.

-Y al final, el único brujo del que vale la pena hablar -dijo con altivez-. Salazar Slytherin, el mayor sangre pura en la historia de la magia, o del que tenemos registro -aclaro-. Su casa está conformada por lo mejor de lo mejor, la creme bruleé de la sociedad mágica. Las astutas y ambiciosas serpientes -dijo, la mayoría de las Slytherin mostraron sonrisas petulantes-. Durante muchos años, Slytherin tuvo que tolerar al trío de idiotas con los que fundó Hogwarts; buscando jóvenes que dieran muestras de aptitud para la magia y poder educarlos en el castillo, pero hubo un pequeño, pequeñísimo desacuerdo entre los fundadores. Mas específicamente, entre Slytherin y el idiota de Gryffindor.

-Que sorpresa – dijo Pansy, poniendo los ojos en blanco.

-Por lo visto, y con justa razón, Slytherin pensaba que la enseñanza de la magia debería reservarse para las familias de magos. Él no creía que los alumnos de familia muggle eran dignos de confianza -un tenso silencio se estableció después de las palabras de Emma. Hermione sintió al menos dos docenas de ojos en ella-. No se confundan, niñas -continuó Emma-. En ese entonces los magos eran perseguidos por muggles para ser quemados en hogueras, era normal que no confiara en los hijos de estos.

Ese punto era entendible, pero escocía que mil años después muchos en Slytherin aún creyeran eso.

-Y un día, después de mucho soportar la desfachatez de Gryffindor, Slytherin decidió marcharse -Emma suspiró con desgana-. Aunque las malas lenguas dicen que hubo una pelea entre ellos, por favor -chasqueo la lengua-. Todas sabemos que Salazar Slytherin jamás se rebajaría a un nivel tan vulgar como el de Gryffindor.

-¿Y la cámara de los secretos? -preguntó Zayra, de brazos cruzados.

-A eso voy, no te desesperes -Emma rodó los ojos-. La leyenda dice que Slytherin había construido en el castillo una cámara oculta, de la que no sabían nada los otros fundadores. Selló la Cámara de los Secretos para que nadie la pudiera abrir hasta que llegara al colegio su auténtico heredero. Solo el heredero podría abrir la cámara, desencadenar el horror que contiene y usarlo para librar al colegio de todos los que no tienen derecho a aprender magia.

Los de sangre sucia. El apodo pareció flotar alrededor de Hermione, y las disculpas otorgadas por los Slytherin de sangre pura empezaban a tener sentido.

-Y esa es la leyenda. Slytherin podrá haber sido el mago más poderoso de todos los tiempos, pero estaba un poquito obsesionado con eso de la pureza de la sangre -Emma hizo un gesto desdeñoso con la mano libre, quitándole hierro al asunto-. Y si tal cámara existe, es imposible que alguien pueda abrirla.

-¿Por qué es imposible? -preguntó Hermione, su voz temblaba. Emma le sonrió, dándole un apretón con la mano que se había negado a soltarla.

-Porque los últimos herederos de Salazar Slytherin, la familia Gaunt, murieron en la miseria. Viviendo en su propia mierda -dijo, frunciendo la nariz como si estuviera oliendo algo asqueroso-. Practicando la endogamia hasta el punto de no tener un solo pensamiento cuerdo en sus cabezas vacías. No hay tal heredero de Slytherin, porque ya no hay ni un solo descendiente de Salazar vivo.

-¿Y qué tal si fuera un heredero indirecto? -Adelaide miraba fijamente a Emma desde una de las sillas conjuradas-. ¿Qué tal si el término "heredero de Slytherin" se refiere a alguien con su mismo grado de pureza?

-¿Cómo quién? -Emma enarcó una ceja, no le gustaba para nada la insinuación de Adelaide.

-Todos conocemos la respuesta a esa pregunta -los ojos de Adelaide brillaron en desafío.

-Esas son acusaciones muy graves, Murton -espetó Emma, frunciendo el ceño-. Él es solo un niño.

-El-que-no-debe-ser-nombrado también lo fue -le recordó Adelaide a Emma-. Detrás de un títere hay un titiritero moviendo las cuerdas. Un titiritero que hace doce años era la mano derecha del mago tenebroso más poderoso de todos los tiempos.

Hermione era consciente que algunos estudiantes de Slytherin eran hijos de mortífagos, el apodo usado por los seguidores de Aquel-que-no-debe-ser-nombrado. No conocía con exactitud los nombres, ni tampoco sabía de quién estaba hablando Adelaide, pero un retorcijón de estómago le provocó una severa aprehensión. Todo ante la espera de que la Slytherin de sexto año mencionara el nombre de quién fue uno de los lugartenientes más importantes de Lord Oscuro.

-¡Es suficiente! -Emma se levantó como accionada por un resorte. Sus fríos ojos estaban sobre su mejor amiga mientras que el resto de las Slytherin esperaban a ver qué diría su prefecta-. A sus dormitorios, que mañana tenemos clases temprano -ordenó, negándose a darle la satisfacción a Adelaide de continuar con esa serie de acusaciones.

Poco a poco las Slytherin fueron levantándose, saliendo del dormitorio y cuchicheando en voz baja. Algunas miradas de lástima cayeron sobre Hermione haciéndola sentir como si se estuviera perdiendo de algo importante. Emma ni siquiera miró a la niña una vez más, simplemente salió del dormitorio después de desearles buenas noches.

"Él es solo un niño…" las palabras resonaban en la cabeza de Hermione mientras se cubría hasta el cuello con las sábanas, casi veinte minutos después del relato de Emma. "Es solo un niño…" sacudió la cabeza; mañana antes del almuerzo iría a la biblioteca de Hogwarts y buscaría un libro sobre los sagrados veintiocho y sus líneas de sangre. Tal vez, con un poco de suerte, encontraría copias de El Profeta publicadas durante los años de profundo horror que sembró Aquel-que-no-debe-ser-nombrado.


27, noviembre. 1992.

Campo de quidditch.

-¡Sí! -el grito de Hermione fue opacado por el retumbar de los bramidos del resto de las serpientes. Draco había anotado su cuarto gol; regalándole unos fabulosos diez puntos a Slytherin-. ¡Cuidado! -aulló Hermione cuando, unos segundos después, uno de los gemelos Weasley golpeaba con fuerza la bludger en dirección a Draco.

El rubio no había tenido tiempo si quiera para virar su nueva escoba antes de que la bludger girara bruscamente, como si fuera un bumerán, y se encaminara como una bala hacia la cabeza de Potter por tercera vez desde que empezó el partido.

Potter aumentó la velocidad y salió zumbando hacia el otro extremo del campo. El otro gemelo pelirrojo ya lo estaba esperando, y golpeando la bludger, la volvió a mandar lejos de la cabeza de Potter.

La bludger no se alejó mucho antes de regresar rápidamente a por Potter.

-Qué suerte para iniciar la copa de quidditch -masculló Vincent, riéndose con malicia- Primero Quirrell y ahora la bludger maldita.

La lluvia caía sin discriminar. Las gruesas gotas golpeaban contra los estudiantes y los jugadores de quidditch, pero nadie parecía querer moverse de donde se encontraban. Draco estaba haciendo un excelente trabajo siendo el cazador estrella con ayuda de Marcus y Adrian mientras que Blaise sobrevolaba el campo, de un lado a otro, con su veloz escoba.

Slytherin había anotado ya setenta puntos y el marcador de Gryffindor aún marcaba un doble cero.

-¿Potter tendrá algún hechizo para que sus lentes no se empañen? -preguntó Gregory, viendo como Blaise zumbaba por todos lados en el campo-. Y llegando a eso, ¿cómo es que alcanza a percibir la snitch dorada a lo lejos?

-¡Ese es el tipo de preguntas que me esperaría de Blaise, no de ti Greg! -Theo tenía puesto el gorro de su túnica, con su gruesa bufanda de Slytherin tapándole la mitad del rostro. La lluvia caía a cantaros, nublándose la vista a muchos.

Blaise Zabini, como si lo hubieran convocado, detuvo su búsqueda frente a la tribuna de Slytherin. Se talló los ojos tratando de alejar las gotas de lluvia de su rostro, cuando la bludger que momento antes había sido desviada por uno de los gemelos Weasley del camino de Potter, empezó a dirigirse hacia el moreno.

-¡BLAISE!

La tribuna entera de Slytherin se estremeció por la fuerza conjunta del grito y los hombros tensos del moreno les dio indicación de que veía venir la bludger, pero el buscador se debatía entre si debía moverse para evitar el golpe o quedarse quieto y evitar que golpeara algún espectador de la casa de las serpientes.

La bludger tomó la decisión por él, dando otro giro y regresando a Potter una vez más.

-¡Creo que la bludger está hechizada! –gritó Vincent, aliviado de que nadie de Slytherin haya salido lastimado.

-¡Imposible! -aulló Theo-. Los Gryffindor fueron los últimos en entrenar antes del partido.

La señora Hooch hizo sonar el silbado cuando uno de los gemelos hizo señas a Wood y los obligó a aterrizar. Los vieron discutir entre ellos antes de volver a alzarse y hacerle frente a la torrencial lluvia y a la bludger loca.

-¡Están locos! ¡Yo hubiera dimitido! -admitió Gregory, dándose cuenta de que los gemelos Weasley dejaban a su suerte a Potter y se disponían a rodear el campo en busca de la otra bludger para lanzarla al equipo de Slytherin.

-¡Eso es lo que te hace Slytherin y a ellos Gryffindor! -gritó Hermione, con un malestar en la boca del estómago.

Fueron otros diez terribles minutos antes de que vieran a Blaise sobrevolando frente a Potter y el brillo de la snitch encima de la cabeza del moreno llamara la atención de la tribuna de Slytherin al completo.

-¡BLAISE!

Gritaron en conjunto por segunda vez durante el partido.

Potter captó el destello en seguida. Alzó el brazo y atrapó la snitch antes de que la bludger hechizada lo golpeara con fuerza en el codo. Varios sonidos de dolor vibraron en la tribuna en simpatía con el Gryffindor muy a su pesar. Blaise pareció debatirse el tiempo suficiente sobre si debía ayudar a Potter o no cuando la bludger loca tomó la decisión por él una vez más.

La pelota embrujada golpeó con una fuerza horrible el costado de Blaise en su camino para lastimar a Harry Potter. Lo sacó volando de su escoba por la fuerza del golpe, lanzándolo sobre el despistado y adolorido buscador de Gryffindor y tirándolo de la escoba.

Pareció pasar una eternidad mientras todos miraban horrorizados como los dos cuerpos se precipitan hacía el campo con sus compañeros de juego intentando detenerlos, pero nadie llegó a tiempo. Los dos chocaron con el pasto, la lluvia tapando el sonido del golpe.

Ninguno se movió.

-¡BLAISE!