ADVERTENCIA: Los personajes pertenecen en su totalidad a J.K Rowling, al igual que la idea original no es de mi propiedad.

Párrafos de "Harry Potter y la cámara secreta" incluidos en la historia. Agradezco, una vez más, su infinita paciencia y su amor a este fanfic. Sus Review son leídos en su totalidad.


*REEDICIÓN*

12/01/23

27, noviembre. 1992.

Enfermería de Hogwarts.

22:46 p.m.

Horas después, Blaise despertó sobresaltado en una total oscuridad, liberando un breve sollozo de dolor: sentía como si tuviera los pulmones llenos de grandes astillas y un terrible dolor de cabeza como nunca lo había sentido. Las lágrimas se deslizaron por sus mejillas al instante, humedeciéndole el pegajoso cuello. Había estado sudando mientras dormía, ya fuera por aquel extraño sueño o por el dolor… no estaba seguro.

Se preguntó momentáneamente donde estaba, pero la oscuridad era tal que no podía ni distinguir más allá de… ¿aquello era una cortina? ¿Cómo es que había terminado allí?

Entonces lo recordó: el partido de quidditch, Potter, la bludger loca… el dolor. ¡Mierda! ¡Potter había atrapado la snitch! ¡No había sido un sueño!

Las lágrimas de dolor se mezclaron con las de frustración. Su primer partido y había fallado… Marcus iba a matarlo…

-… Harry Potter ha vuelto al colegio -un susurro triste se arrastró por la enfermería.

Blaise detuvo sus pensamientos… ¿Potter estaba ahí? ¿Con quién estaba hablando? ¿Y por qué razón no le habían suministrado un brebaje para dormir toda la noche más efectivo? Su madre tendría una seria charla con Dumbledore, se aseguraría de ello.

Intentó moverse para tratar de ver quién más estaba en la enfermería, pero el dolor era tan horrible que no pudo moverse ni un centímetro más sin gritar y alarmar a quien fuera que estuviera ahí afuera. Trató de ver más allá de la oscuridad y de la cortina blanca, pero no podía ver nada.

-… Dobby avisó y avisó a Harry Potter. ¡Ah, señor!, ¿por qué no hizo caso a Dobby? ¿Por qué no volvió a casa Harry Potter cuando perdió el tren?

¿Dobby? ¿Dónde había escuchado ese nombre y esa fea voz antes? La bruma en su cerebro no lo dejaba pensar correctamente y tratar de recordar era un doloroso fastidio.

-¿Qué hace aquí? -esa era la voz de Potter-. ¿Y cómo sabe que perdí el tren? -un tenso silencio prosiguió a la pregunta- ¡Fue usted! -chistó-. ¡Usted impidió que la barrera nos dejara pasar!

Blaise no pudo reprimir una mueca debido al dolor de cabeza que Potter le estaba causando con sus gritos. ¿Qué no sabía mantener una conversación en voz baja? ¿Y con quién -por un demonio- estaba hablando?

-Sí, señor -prestó atención a la voz tratando de tatuarla en su cerebro, algo le decía que estaba escuchando una conversación muy importante para el futuro -. Dobby se ocultó y vigiló a Harry Potter y cerró la entrada, y Dobby tuvo que quemarse después las manos con la plancha -Blaise abrió los ojos con sorpresa, ligeramente alarmado por aquella barbarie-. Pero a Dobby no le importó, señor, porque pensaba que Harry Potter estaba a salvo, ¡pero no se le ocurrió que Harry Potter pudiera llegar al colegio por otro medio!

Estaba empezando a hartarse de aquella platica en tercera persona, como si aquella criatura se viera… algo hizo "clic" en su cerebro. ¡La voz chillona pertenecía a un elfo doméstico! ¡un elfo doméstico que estaba seguro él conocía!

-¡Dobby se llevó semejante disgusto cuando se enteró de que Harry Potter estaba en Hogwarts, que se le quemó la cena de su señor! Dobby nunca había recibido tales azotes, señor…

-Casi consigues que nos expulsen a Ron y a mí -dijo Potter con dureza-. Lo mejor es que se vaya antes de que mis huesos vuelvan a crecer, Dobby, o podría estrangularlo.

… espera… ¿Qué sus huesos volvieran a crecer? ¿De qué se había perdido mientras dormía?

-Dobby está acostumbrado a las amenazas, señor. Dobby las recibe en casa cinco veces al día -hizo un horripilante sonido con la nariz. Blaise frunció el ceño con asco.

¡Vaya con el elfo! ¿No sería un elfo de los Crabbe? Había pasado un fin de semana con la familia de Vincent esas vacaciones y no pudo evitar mirar como la madre de su amigo les gritaba a sus elfos. Aunque no recordaba a ningún elfo llamado Dobby.

-¿Por qué lleva puesto eso, Dobby? -preguntó Potter con curiosidad.

-¿Esto, señor? -Blaise frunció el ceño preguntándose qué llevaba puesto el elfo-. Es un símbolo de la esclavitud del elfo doméstico, señor. A Dobby sólo podrían liberarlo sus dueños si un día le dan alguna prenda. La familia tiene mucho cuidado de no pasarle a Dobby ni siquiera un calcetín, porque entonces podría dejar la casa para siempre -su sangre se congeló. Blaise estaba acostumbrado a tratar a Mirthy, su elfina doméstica, con mucho respeto. Ella lo había criado, pero sabía que no muchas familias de sangre pura imitaban sus acciones- ¡Harry Potter debe volver a casa! Dobby creía que su bludger bastaría para hacerlo…

¿Qué?

-¿Su bludger? -espetó Potter furioso- ¿Qué quiere decir con "su bludger"? ¿Usted es el culpable de que esa bola intentara matarme?

-¡No, matarle no, señor, nunca! -dijo Dobby, asustado-. ¡Dobby quiere salvarle la vida a Harry Potter! ¡Mejor ser enviado de vuelta a casa, gravemente herido, que permanecer aquí, señor! ¡Dobby sólo quería ocasionar a Harry Potter el daño suficiente para que lo enviaran a casa!

-Ah, ¿eso es todo? -Potter sonaba irritado-. Me imagino que no querrá decirme por qué quería enviarme de vuelta a casa hecho pedazos.

-¡Ah, si Harry Potter supiera…! –gimió Dobby-. ¡Si supiera lo que significa para nosotros, los parias, los esclavizados, la escoria del mundo mágico…! Dobby recuerda cómo era todo cuando El-que-no-debe-ser-nombrado estaba en la cima del poder, señor. ¡A nosotros los elfos domésticos se nos trataba como a alimañas, señor! Desde luego, así es como aún tratan a Dobby, señor -… no era algo normal escuchar a un elfo doméstico acusar a sus amos…-. Pero, señor, en lo principal la vida ha mejorado para los de mi especie desde que usted derrotó al Que-no-debe-ser-nombrado. Harry Potter sobrevivió, y cayó el poder del Señor Tenebroso, surgiendo un nuevo amanecer, señor, y Harry Potter brilló como un faro de esperanza para los que creíamos que nunca terminarían los días oscuros, señor… Y ahora, en Hogwarts, van a ocurrir cosas terribles, tal vez están ocurriendo ya, y Dobby no puede consentir que Harry Potter permanezca aquí ahora que la historia va a repetirse, ahora que la Cámara de los Secretos ha vuelto a abrirse…

El terror corrió entre la sangre pura de sus venas. ¿A qué se refería el elfo con "ha vuelto a abrirse"? Su padre le había contado la leyenda de Slytherin cuando era muy pequeño, era un gran historiador de mitos y leyendas tanto mágicas como muggles, pero nunca había mencionado nada sobre que se hubiera abierto antes…

Un golpe secó sonó del otro lado de la cortina.

-Dobby malo, Dobby muy malo… -el elfo estaba castigándose.

-¿Así que es cierto que hay una Cámara de los Secretos? -murmuró Potter-. Y… ¿dice que se había abierto en anteriores ocasiones? ¡Hable, Dobby! -el sonido de golpes se detuvo; tal vez Potter estaba intentando evitar que siguiera castigándose-. Además, yo no soy de familia muggle. ¿Por qué va a suponer la cámara un peligro para mí?

-Ah, señor, no me haga más preguntas, no pregunte más al pobre Dobby -tartamudeó el elfo-. Se están planeando acontecimientos terribles en este lugar, pero Harry Potter no debe encontrarse aquí cuando se lleven a cabo. Váyase a casa, Harry Potter. Váyase, porque no debe verse involucrado, es demasiado peligroso…

-¿Quién es, Dobby? –preguntó Potter-. ¿Quién la ha abierto? ¿Quién la abrió por última vez?

-¡Dobby no puede hablar, señor, no puede, Dobby no debe hablar! -chilló el elfo-. ¡Váyase a casa, Harry Potter, váyase a casa!

-¡No me voy a ir a ningún lado! -dijo Potter con dureza-. ¡Tengo amigos de familia muggle en Gryffindor, y sus vidas están en peligro si es verdad que la cámara ha sido abierta!

¡Oh, mierda! ¡Mierda! ¡MIERDA! ¡HERMIONE! ¿¡Cómo demonios no lo había pensado antes!?

-¡Harry Potter arriesga su propia vida por sus amigos! -gimió Dobby-. ¡Es tan noble, tan valiente…! Pero tiene que salvarse, tiene que hacerlo, Harry Potter no puede…

Blaise empezó a patalear en su cama tratando de apartar las cobijas. Si el maldito de Potter no podía sacarle más a ese estúpido elfo, él lo haría. Aunque sintiera que se estaba muriendo con cada movimiento que daba, ¡aunque tuviera que torturar al elfo!

-¡Dobby debe irse! -musitó el elfo, aterrorizado.

¡No…!

Se oyó un fuerte ruido, el elfo había desaparecido.

Blaise se quedó momentáneamente quieto, analizando como confrontaría a Potter cuando el sonido de unos pasos acercándose lo alertó. Volvió a tumbarse sobre la cama, arrastrando las cobijas hasta que estaban puestas sobre su cuerpo y cerró los ojos. Su corazón latía en sus oídos.

Si Madame Pomfrey lo encontraba despierto, iba a darle una pócima para el sueño y lo que necesitaba ahora era confrontar al estúpido de Potter sobre aquel elfo, Dobby, y la Cámara de los Secretos.

Tendría que hablar con Draco sobre aquella conversación… y con Theo… y Marcus… con el profesor Snape, tal vez…

-Traiga a la señora Pomfrey -susurró la voz de Dumbledore. Los pasos se encaminaron dentro de la enfermería, no se atrevió a abrir los ojos para comprobar quién era. Oyó voces apremiantes, y segundos después, más pasos.

-¿Qué ha ocurrido? -preguntó Madame Pomfrey, en un susurro muy bajo.

-Otra agresión -explicó Dumbledore-. Minerva lo ha encontrado en las escaleras.

-Tenía a su lado un racimo de uvas -dijo McGonagall, a quién suponía pertenecían aquellos pasos-. Suponemos que intentaba llegar hasta aquí para visitar a Potter.

Blaise rezó porque Potter no hiciera sonido alguno. No quería ser descubierto espiando aquella conversación que parecía ser más privada que la de Potter y el elfo.

-¿Petrificado? -susurró Madame Pomfrey.

A Blaise le dio un vuelco el corazón… ¿petrificado? ¿alguien más que la señora Norris había sido petrificado? Alguien que iba a visitar a Potter… ¿Longbottom o Weasley? No, imposible. Ambos eran sangre pura y el heredero de Slytherin no lastimaría a los de sangre pura.

-Sí -respondió McGonagall-. Pero me estremezco de pensar… Si Albus no hubiera bajado por chocolate caliente, quién sabe lo que podía haber pasado…

Se quedó callada, haciendo que los pensamientos de Blaise sonaran con mayor volumen en su cabeza.

¡Hermione! Tenía que asegurarse que Hermione estuviera en las mazmorras… un estudiante había sido petrificado y si la leyenda de la cámara era cierta… todos los nacidos de muggles estaban en problemas, aún si vestían los colores de Slytherin.

-¿Cree que pudo sacar una foto a su atacante? -preguntó McGonagall con expectación.

… ¿foto? ¿El estudiante llevaba una cámara? ¿Qué estudiante llevaba una cámara consigo? Sólo podía recordar al niño rubio que seguía a Potter a todos lados para… ¡bingo! ¡aquel debía ser! Ahora solo necesitaba recordar el nombre del niño, y si era algún nacido de muggles…

-¡Por favor! -exclamó Madame Pomfrey.

Un olor agrio del plástico quemado llegó a sus fosas nasales… ¿a cuántas camas estaba? ¿Tres? ¿Cuatro?

-Derretido -dijo asombrada Madame Pomfrey-. Todo derretido…

-¿Qué significa esto, Albus? -preguntó apremiante McGonagall.

-Significa -contestó Dumbledore- que es verdad que han abierto de nuevo la Cámara de los Secretos.

"De nuevo", la palabra clave era: "de nuevo"

-Pero Albus…, ¿quién…?

-La cuestión no es quién -dijo Dumbledore-; la cuestión es cómo.

Blaise tragó… Dumbledore tenía razón… no era quién, si no cómo… los últimos descendientes de Salazar Slytherin, los Gaunt, habían muerto en la miseria hacía más de cincuenta años, más o menos… ¿cómo alguien -sin una pizca de la sangre de Slytherin- podría haber abierto la cámara? ¿Y cuándo se abrió por primera vez?


28, noviembre. 1992.

La noticia de que habían atacado a Colin Creevey y de que éste yacía como muerto en la enfermería se extendió por todo el colegio durante la mañana del lunes. El ambiente se llenó de rumores y sospechas. Los de primer curso se desplazaban por el castillo en grupos muy compactos, como si temieran que los atacaran si iban solos.

Mientras tanto, a escondidas de los profesores, se desarrollaba en el colegio un mercado de talismanes, amuletos y otros chismes protectores. Neville Longbottom había comprado una gran cebolla verde, cuyo olor decían que alejaba el mal, un cristal púrpura acabado en punta y una cola podrida de tritón. Theodore Nott, de Slytherin, cansándose de las burlas de Vincent y Gregory le explicó amablemente a Longbottom que él no corría peligro, debido a su condición de sangre pura. Longbottom no le creyó hasta que los demás chicos de Gryffindor se lo confirmaron.

-Me sorprende que no seas tú quien se burle de Longbottom -admitió Hermione, sentándose en su silla habitual al fondo de la clase. Habían tardado en entender que mientras más lejos estuvieran de la vista de McGonagall, la clase iría mejor.

-A mí me viene y me va que Longbottom apenas tenga la magia suficiente -se burló Draco con desprecio. Tenía unas ojeras negras muy prominentes-. No me sorprende que su abuela haya creído que era un squib, les pasa a muchos hijos de familias de sangre pura.

-Has estado actuando extraño -murmuró Hermione, abriendo su libro de Transformaciones dónde se habían quedado la clase pasada.

-Y tú has estado evitándome -respondió Draco mirándola de reojo-. ¿Ya estás lista para hablar de ello?

-Cuando tú lo estes.

Ambos hicieron muecas reticentes y procedieron a mirar sus apuntes a favor de ignorar al otro.

-No me sorprende que sea amigo de Potter y Weasley -dijo Vincent sentado junto a Gregory en los asientos del frente. Frente a ellos, Theodore se había apoderado de ambos escritorios gracias a la ausencia de Blaise-. Oculto por la magia de ambos, nadie repararía en su falta de magia debido a la estupidez de Weasley.

Gregory se rio.

-Vincent -reprochó Hermione-. No es necesario ser grosero cuando nadie de ellos puede escucharte.

-Hermione tiene razón -aportó Draco, balanceando su pluma entre los pálidos dedos-. Mientras menos hablemos de Potter y sus amigos, mejor.

-¿Qué demonios te pasa? -preguntó Vincent, girándose con el ceño fruncido-. Siempre eres el primero en saltar para burlarte de Potter y a pesar de tener varias oportunidades, solo lo hiciste una vez.

-No voy a pasar mi vida siguiendo a Potter por los pasillos solo para burlarme -se defendió el rubio.

-Si tú lo dices -gruñó Vincent girándose hacia el frente.

-¿Estás bien? -preguntó Hermione en voz baja mientras la Transformista por fin entraba a la clase caminando hacia su escritorio.

Draco abrió los labios, pero la voz de McGonagall lo cortó de inmediato. Pensando mejor su respuesta, asintió y se dedico a escuchar la lección del día. Dejando a Hermione nerviosa con el asunto.

Durante la segunda semana de diciembre, el profesor Snape pasó, como de costumbre, a recoger los nombres de los que se quedarían en el colegio en Navidad. Hermione ya había tomado la decisión de permanecer en el colegio; le parecía una idea fantástica el viaje a una playa privada financiado por Nicholas Nott, pero estaba segura de que ambos adultos disfrutarían su tiempo a solas a pesar de que querían ver a sus hijos para esas navidades.

Theodore había hecho copia de su decisión, y había optado por quedarse junto a Hermione. Blaise ya les había hablado del nuevo esposo de su madre y sus pocas ganas de pasar las navidades en una montaña helada en Alaska. Vincent compartió el entusiasmo del trío, al igual que Gregory.

La sorpresa fue la afirmación de Draco de compartir esas vacaciones con ellos en vez de regresar a Malfoy Manor, a donde había enviado una cantidad extremadamente exagerada de cartas. Lamentablemente, fueron los únicos Slytherin en tomar esa decisión.

Tanto Marcus como Emma habían prohibido la permanencia de los alumnos mayores de cuarto año debido a las sospechas que se habían albergado en las otras casas debido a los ataques del heredero de Slytherin. Ningún niño de primer año quiso quedarse a su suerte, ni sus compañeras de dormitorio ni los alumnos de tercer grado.

Estarían solos para recibir la alegría de la navidad. Una alegría que se vio manchada cuando Blaise por fin salió de la enfermería y con pasos furiosos había arremetido contra Draco a penas lo vio.

-¡Tú! ¡Pequeño idiota! -siseo el moreno con furia dispuesto a lanzarse contra el rubio, pero siendo detenido por Vincent sin dificultad alguna. El cuerpo del Slytherin más pequeño en tamaño se retorcía como una sanguijuela en el férreo agarre que mantenía el de mayor tamaño.

-¿Qué demonios te sucede? -espetó Draco frunciendo el ceño. A pesar de que había sido Blaise quien estuvo varios días en la enfermería, era el heredero de los Malfoy quien parecía estar saliendo de una enfermedad. Había perdido peso, sus ojos eran adornados por ojeras y su cabello siempre estirado hacia atrás con gel, caía en hebras secas y despeinadas.

-¡Tu elfo doméstico casi me mata! -escupió con desprecio sin cesar en sus intentos de liberarse del abrazo de Vincent-. ¡Nos conocemos desde las cunas! ¿Creías que no me daría cuenta de que fue Dobby el que hechizo la bludger? -lo apuntó con el dedo.

Draco palideció rápidamente y Theo no perdió tiempo en colocarse entre los tres amigos, impidiendo que se lanzaran más insultos. No había nadie más en el pasillo, aún estaban esperando a los leones para entrar a la clase de Pociones, pero si el profesor Snape llegara a aparecer estarían en serios problemas.

-¿Qué está sucediendo? -cuestionó Pansy, mirando entre Blaise y Draco.

-¡Su elfo ha estado conspirando contra Potter! -siseo Blaise, el sentido común volviendo a él cuando se empezaron a escuchar los ecos lejanos de pies caminando en su dirección-. ¿Lo niegas? -preguntó, siendo soltado por Vincent para poder arreglar su túnica y que no pareciera haber salido de alguna pelea.

-Lo niego -espetó Draco con los hombros tensos-. No sé de qué demonios me hablas.

-No mientas -advirtió Blaise, pero su conversación no pudo ser terminada. Los Gryffindor llegaron en ese momento, y del otro lado del pasillo apareció el profesor Snape para abrirles la puerta e indicarles que entraran.

Tomaron sus asientos habituales, aún cuando se miraban con sospecha entre ellos. Su jefe de casa les dio indicaciones para elaborar la poción de aquel día y los dejó a su suerte mientras entraba a su armario de ingredientes y pócimas para supervisar las muestras de la poción multijugos que había preparado esa mañana junto a sus alumnos de séptimo año.

-¿Quién es Dobby? -preguntó Hermione en voz baja cortando en rodajas unos de los ingredientes principales de la poción inflamatoria que estaban aprendiendo.

-Mi elfo doméstico -respondió Draco sin ánimo.

-Eso mismo dijo Blaise…

-Te juro que no sé de qué habla -espetó Draco frunciendo el ceño-. Dobby es un elfo extraño inclusive para los de su especie.

-¿Por qué querría lastimar a Potter?

-Te juro que no lo sé, Hermione -siseo casi con desesperación-. Te lo dije, Dobby es…

La poción de Gregory estalló, rociando a toda la clase e interrumpiendo la conversación entre ambos Slytherin. Los alumnos chillaron cuando los alcanzó la pócima infladora. A Millicent la salpicó en toda la cara, y la nariz se le empezó a hinchar como un balón; Gregory andaba a ciegas tapándose los ojos con las manos, que se le pusieron del tamaño de platos soperos, mientras el profesor Snape trataba de restablecer la calma y de entender qué había sucedido.

-¡Silencio! ¡SILENCIO! -gritaba el profesor Snape-. Los que hayan sido salpicados por la poción, que vengan aquí para ser curados. Y cuando averigüe quién ha hecho esto…

Millicent se apresuró hacia la mesa del profesor, con la cabeza caída a causa del peso de la nariz, que había llegado a alcanzar el tamaño de un pequeño melón. Pansy se tapaba celosamente el oído derecho con su largo cabello negro mientras Blaise despotricaba contra Gregory, que lo había empujado contra la mesa debido a su ceguera. Hermione creyó ver a Longbottom escabullirse al armario de ingredientes y pócimas mientras toda el aula se sumía en inquietud y desesperación, pero las manos de Draco se enroscaron en sus brazos y la obligó a verlo. Haciéndola olvidar la vista de Longbottom gracias a lo que salió de su boca.

-Somos amigos, ¿cierto? ¿Confías en mí? -inquirió Draco, sus ojos desquiciados.

-Yo… -tartamudeo.

-¿Confías en mí? -insistió.

-Sí, ¡sí! -jadeo Hermione, aliviada cuando el férreo agarre de Draco menguó.

-¿Lo prometes? -preguntó como si estuviera herido.

-Lo prometo -asintió Hermione, esforzándose por qué Draco creyera en sus palabras.

-Jamás dejaría que alguien te hiciera daño -murmuró, su frente pegada a la de Hermione.

-Lo sé…

Cuando todo el mundo se hubo tomado un trago del antídoto y las diversas hinchazones cedieron, el profesor Snape fue hasta el caldero de Gregory y extrajo los restos negros y retorcidos de la bengala. Se produjo un silencio repentino.

-Si averiguo quién ha arrojado esto -susurró el profesor Snape-, me aseguraré de que lo expulsen.

Hermione siguió la línea de interés en los ojos del profesor Snape, enfocados en Harry Potter. Longbottom, como siempre, estaba sentando detrás de Potter y Weasley haciéndola dudar si realmente lo había visto entrar al armario.


Su promesa hecha a Draco la siguió como un fantasma cada día. Desde que se despertaba hasta que volvía a dormirse. Un retorcijón en el estómago cada vez que veía las miradas desconfiadas de los Slytherin mayores puestas en la espalda de su mejor amigo.

Quien parecía consumirse cada vez más ante una miseria inexistente. Las cartas, que antes mandaba y resguardaba celosamente todos los días, se habían detenido abruptamente. Ni siquiera se había dignado a responder las cartas que sus padres le envían cada mañana.

-¿Por qué parece que todo mundo mira a Draco con desconfianza? -preguntó Gregory mientras entraban al Gran Comedor esa noche.

Las grandes mesas de comedor habían desaparecido, y adosada a lo largo de una de las paredes había una tarima dorada, iluminada por miles de velas que flotaban en el aire. El techo volvía a ser negro, y la mayor parte de los alumnos parecían haberse reunido debajo de él, portando sus varitas mágicas y aparentemente entusiasmados.

-Inclusive Marcus lo ve con sospecha -susurró señalando hacia donde su prefecto estaba rodeado por sus amigos y su otra prefecta, Emma. Parecía estar hablando con ella, pero sus ojos rápidamente se habían posado sobre ellos cuando entraron a la estancia.

-Porque todos creen que Draco es el heredero de Slytherin -respondió Theodore a la pregunta de su amigo. Su voz baja para que Draco y Hermione no lo escucharan desde donde estaban parados.

Su mejor y única amiga había estado frecuentemente dentro del espacio personal del rubio, sus manos entrelazadas y sus frentes juntas. El heredero de los Malfoy parecía haber recuperado un poco de brillo, pero aún se veía enfermizo.

Ambos Slytherin no se habían separado del otro más que para dormir.

-¿Draco es el heredero de Slytherin? -chilló Vincent con un susurro, disparando miradas a sus dos amigos-. Pero él quiere mucho a Hermione.

-Su elfo doméstico está detrás de Potter, ¿no se los dije? -gruñó Blaise, una mirada desconfiada sobre el duo-. Oculta algo.

-Él no le haría daño a Hermione -negó Gregory.

-No, pero no tiene el mismo aprecio al resto de los nacidos de muggles. Recuerda eso, Greg -advirtió el moreno.

Gilderoy Lockhart se encaminaba a la tarima, resplandeciendo en su túnica color ciruela oscuro, y lo acompañaba nada menos que el profesor Snape, con su usual túnica negra.

-Pesé que sería el profesor Flitwick quien impartiría la clase -dijo Hermione, confundida ante las dos figuras de ambos maestros.

Lockhart rogó silencio con un gesto del brazo y dijo:

-¡Vengan aquí, acérquense! ¿Me ve todo el mundo? ¿Me oyen todos? ¡Estupendo! El profesor Dumbledore me ha concedido el permiso para abrir este modesto club de duelo, con la intención de prepararlos a todos ustedes si algún día necesitan defenderse tal como me ha pasado a mí en incontables ocasiones (para más detalles, consulten mis obras).

-"Permítanme que les presente a mi ayudante, el profesor Snape -dijo Lockhart, con una amplia sonrisa-. Él dice que sabe un poquito sobre el arte de batirse en duelo, y ha accedido desinteresadamente a ayudarme en una pequeña demostración antes de empezar. Pero no quiero que se preocupen los más jóvenes: no se quedarán sin profesor de Pociones después de esta demostración, ¡no teman!"

Draco resopló con diversión.

-Es un idiota.

-Creo que pude darme cuenta después de su primera clase con preguntas especificas sobre su comida favorita -aceptó Hermione, sacándole una sonrisa casi infantil a su mejor amigo.

En el labio superior del profesor Snape se apreciaba una especie de mueca de desprecio. Lockhart y el profesor Snape se encararon y se hicieron una reverencia. O, por lo menos, la hizo Lockhart, con mucha floritura de la mano, mientras el profesor Snape movía la cabeza de mal humor. Luego alzaron sus varitas mágicas frente a ellos, como si fueran estadas.

-Como ven, sostenemos nuestras varitas en la posición de combate convencional -explicó Lockhart a la silenciosa multitud-. Cuando cuente hasta tres, haremos nuestro primer embrujo. Pero claro está que ninguno de los dos tiene intención de matar.

-Yo no estaría tan seguro -se burló Blaise codeando a Theodore en las costillas.

El Slytherin, muy a su pesar, sonrió con diversión.

-Una…, dos… y tres.

Ambos alzaron las varitas y las dirigieron a los hombros del contrincante. El profesor Snape gritó:

-¡Expelliarmus!

Resplandeció un destello de luz roja, y Lockhart despegó en el aire, voló hacia atrás, salió de la tarima, pegó contra el muro y cayó resbalando por él hasta quedar tendido en el suelo.

Todos los Slytherin presentes vitorearon. Algunos más fuerte que otros.

-¡Auch! -se carcajeo Vincent.

Lockhart se puso de pie con esfuerzo. Se le había caído el sombrero y su pelo ondulado se le había puesto de punta.

-¡Bueno, ya lo han visto! -dijo, tambaleándose al volver a la tarima-. Eso ha sido un encantamiento de desarme; como pueden ver, he perdido mi varita… ¡Ah, gracias, señorita Brown! Sí, profesor Snape, ha sido una excelente idea enseñarlo a los alumnos, pero si no le importa que se lo diga, era muy evidente que iba a atacar de esa manera. Si hubiera querido impedírselo, me habría resultado muy fácil. Pero pensé que sería instructivo dejarles que vieran…

El profesor Snape parecía dispuesto a matarlo, y quizá Lockhart lo notara, porque dijo:

-¡Basta de demostración! Vamos a colocarlos por parejas. Profesor Snape, si es tan amable de ayudarme…

Se metieron entre la multitud a formar parejas. Lockhart puso a Vincent con Justin Finch-Fletchley, pero el profesor Snape llegó primero ellos.

-Señorita Granger, te emparejaras con Weasley.

Hermione se giró en redondo, chocando con los ojos del pelirrojo que sonreía como si hubiera ganado algún premio.

-Voy a borrarle esa sonrisa del rostro… -dijo Gregory, pero la mano de Hermione en su pecho se lo impidió.

-Potter… -dijo el profesor Snape justo en el momento en que Potter se acercaba automáticamente a Longbottom-. Me parece que no -sonrió con frialdad-. Señor Malfoy aquí. Veamos qué puedes hacer con el famoso Potter. Señor Zabini, junto a Longbottom. Señor Nott junto al señor Goyle.

-¡Pónganse frente a sus contrincantes -dijo Lockhart, de nuevo sobre la tarima- y hagan una inclinación!

Hermione y Weasley apenas y bajaron la cabeza, mirándose fijamente.

-¡Varitas listas! -gritó Lockhart-. Cuando cuente hasta tres, ejecuten sus hechizos para desarmar al oponente. Sólo para desarmarlo; no queremos que haya ningún accidente. Una, dos y… tres.

Hermione apuntó la varita hacia los hombros de Weasley y gritó:

-¡Expelliarmus!

Antes de que Ronald Weasley pudiera reaccionar, salió volando por los aires de la misma manera que Lockhart, cayendo encima de Longbottom que ya se encontraba en el suelo debido al hechizo de desarme por parte de Blaise.

-¡He dicho sólo desarme! -gritó Lockhart, llamando la atención de todos.

-Demonios -masculló Hermione, viendo a Draco riéndose y de rodillas en el suelo gracias al encantamiento Rictumsempra. Potter bajó su varita, pero Draco tomando aire apuntó la varita a las rodillas de Potter, y dijo con voz ahogada:

-¡Tarantallegra!

Un segundo después, a Potter las piernas se le empezaron a mover a saltos, fuera de control, como si bailaran un baile velocísimo.

-¡Alto!, ¡alto! -gritó Lockhart, pero el profesor Snape se hizo cargo de la situación.

-¡Finite incantatem! -gritó. Los pies de Potter dejaron de bailar y Draco dejó de reír.

Apartando sus ojos de ambos chicos, Hermione se dio cuenta de la situación a su alrededor. Una niebla de humo verdoso se cernía sobre la sala. Tanto Gregory como Finch-Fletchley, estaban tendidos en el suelo; Marcus sostenía a Emma, que miraba con furia a Percy Weasley; Longbottom y Weasley estaban ayudándose a levantar mutuamente.

-Muchachos, muchachos -decía Lockhart, pasando entre los estudiantes, examinando las consecuencias de los duelos-. Levántate, Macmillan…, con cuidado, señorita Fawcett…, pellízcalo con fuerza, Boot, y dejará de sangrar enseguida.

-"Creo que será mejor que les enseñe a interceptar los hechizos indeseados -dijo Lockhart, que se había quedado quieto, con aire azorado, en medio del comedor. Miró al profesor Snape y al ver que le brillaban los ojos, apartó la vista de inmediato-. Necesito un par de voluntarios… señor Longbottom y señorita Granger, ¿qué tal ustedes?"

-Mala idea, profesor Lockhart -dijo el profesor Snape-. Longbottom provoca catástrofes con los hechizos más simples, tendríamos que enviar a la señorita Granger a la enfermería en una caja de cerillas y ninguno de los presentes quiere eso. -La cara sonrosada de Longbottom se puso de un rosa aún más intenso mientras los Slytherin presentes asentían con seriedad-. ¿Qué tal Zabini y Potter? -dijo el profesor Snape con una sonrisa malvada.

-¡Excelente idea! -dijo Lockhart, haciéndoles un gesto para que se acercaran al centro del Salón, al mismo tiempo que la multitud se apartaba para dejarles sitio-. Veamos, Harry -dijo Lockhart-, cuando Blaise te apunte con la varita, tienes que hacer esto.

Levantó la varita, intentó un complicado movimiento, y se le cayó al suelo. El profesor Snape sonrió y Lockhart se apresuró a recogerla, diciendo:

-¡Vaya, mi varita está un poco nerviosa!

Los alumnos miraron incrédulos a Lockhart.

-Ridículo -murmuró Hermione negando con la cabeza, regresando a un lado de Draco y tomándolo de la mano.

El profesor Snape se acercó a Blaise, se inclinó y le susurró algo al oído. Blaise también sonrió. Potter miró asustado a Lockhart y le dijo:

-Profesor, ¿me podía explicar de nuevo cómo se hace eso de interceptar?

-¿Asustado, Potter? -preguntó Blaise con maldad.

-Eso quisieras tú -le dijo Potter torciendo la boca.

Lockhart dio una palmada amistosa a Potter en el hombro.

-¡Simplemente, hazlo como yo, Harry!

-¿El qué?, ¿dejar caer la varita?

Pero Lockhart no lo escuchaba.

-Tres, dos, uno, ¡ya! -gritó.

Blaise levantó rápidamente la varita y bramó:

-¡Serpensortia!

Hubo un estallido en el extremo de su varita. Hermione vio, aterrorizada, que de ella una larga serpiente negra, caía al suelo entre ambos chicos, lista para atacar. Se echó hacia atrás, algunos gritaron y el lugar se despejó en un segundo.

-No te muevas, Potter -dijo el profesor Snape sin hacer nada, disfrutando claramente la visión de Potter, que se había quedado inmóvil, mirando a la furiosa serpiente-. Me encargaré de ella…

-¡Permítanme! -gritó Lockhart. Blandió su varita apuntando a la serpiente y se oyó un disparo: la serpiente, en vez de desvanecerse, se elevó en el aire unos tres metros y volvió a caer al suelo con un chasquido. Furiosa, silbando de enojo, se deslizó derecha hacia Hermione y se irguió de nuevo, enseñando los colmillos venenosos. La castaña abrió los labios para gritar.

-¡Hermione! -escuchó la voz de Marcus golpeando contra las paredes, y la mano de Draco entrelaza con la suya la apuró unos pasos atrás. El Slytherin se plantó valientemente frente a ella, y ni dos segundos después Vincent y Gregory se pararon frente a Draco.

Un siseo amenazante se escuchó por toda la sala, la serpiente agachó la cabeza, tan inofensiva como una manguera negra, y volvió los ojos a Potter. El Gryffindor sonreía triunfante, mirando directamente a Hermione, pero de la boca de la chica no salió nada.

-¿A qué crees que jugamos? -gritó Justin Finch-Fletchley, siendo el primero en reaccionar y mirando a Potter con miedo y enojo, salió del Gran Comedor

El profesor Snape se acercó, blandió la varita y la serpiente desapareció en una pequeña nube de humo negro. Veía a Potter de una manera rara; era una mirada astuta y calculadora.

-Retrocedan -ordenó Marcus cuando llegó a ellos, tomando los hombros de Hermione y la arrastró hacia él. La desconfianza con la que solía mirar a Draco ahora se enfocaba en Harry Potter.

-¿Por qué Potter…? ¿Por qué él…? -preguntó Hermione sin poder darle estructura a sus preguntas. Emma, que también había llegado hasta ellos junto otros Slytherin de sexto año, miraba horrorizada como Weasley y Longbottom arrastraron a Potter fuera del Gran Comedor.

-¡Potter habla pársel! -gritó Vincent con horror plasmado en sus palabras.

-No los quiero cerca de Potter, ¿me han entendido? -apuró Marcus, jalando a Hermione fuera del Gran Comedor mientras el resto de los Slytherin los seguían-. ¿ME HAN ENTENDIDO?

Las serpientes de segundo año soltaron varios "¡sí!" atropellados, siguiendo a su mayor hacia las oscuridades de las mazmorras.


A la mañana siguiente, la nevada que había empezado a caer por la noche se había transformado en una tormenta de nieve tan recia que se suspendió la última clase de Herbología del trimestre. La profesora Sprout quiso tapar las mandrágoras con pañuelos y calcetines, una operación delicada que no habría confiado a nadie más, puesto que el crecimiento de las mandrágoras se había convertido en algo tan importante para revivir a la Señora Norris y a Collin Creevey.

Así que sin poder hacer otra cosa más que quedarse en la biblioteca, (hacía mucho frío como para estar en las mazmorras o en las afueras) estaban investigando sobre las implicaciones de la lengua pársel.

-La lengua pársel, también conocida simplemente como pársel, es la lengua de las serpientes y de aquellos que pueden hablar con ellas. Un individuo que puede hablar pársel es conocido como un hablante de pársel. Ésta es una habilidad muy poco común, y suele ser hereditaria. La gran mayoría de los hablantes de pársel son descendencia de Salazar Slytherin…

-A excepción de Herpo el loco -señaló Blaise interrumpiendo la lectura de Hermione.

Los seis Slytherin estaban sentados en la mesa más lejana de los grandes ventanales. Había un grueso libro de páginas amarillentes al centro de la mesa.

-¿Quién es Herpo el loco? -preguntó Hermione, mordiéndose la uña con nerviosismo. La situación de día anterior la había sobrepasado.

-Un antiguo mago oscuro -respondió Draco sentado a un lado de ella y con aire nervioso-. Creador del basilisco.

Hermione enarcó las cejas.

-Sí, el hombre estaba zafado. De ahí su apodo -contribuyo Blaise, desparramado sobre su silla de madera-. ¿A qué loco se le ocurre incubar un huevo de gallina mediante un sapo?

-¿Qué? -Hermione parpadeo varias veces, completamente confundida- ¿De qué demonios hablan?

-Herpo el loco -dijo Theodore con un asentimiento de cabeza-. Un mago oscuro de descendencia griega. Creo varias maldiciones y entre sus mayores logros está el crear un basilisco y domesticarlo…

-¿Qué es un basilisco? -preguntó Gregory, también confundido ante esa información.

-Es como una serpiente gigante -respondió Theo-. El rey de las serpientes, para aclarar. Se obtiene de la cría ilegal de un huevo de gallina incubado por un sapo.

-¿Cría ilegal?

-Nadie puede domesticar a un basilisco -aportó Blaise-. El Ministerio de Magia lo clasificó con cinco "X", terriblemente peligroso…

-Creo que nos estamos desviando del tema principal -negó Hermione, cerrando el libro y mirando a sus amigos-. Harry Potter habla pársel -les recordó-, ayer lo demostró. Y exceptuando a… Herpo el loco, solo los herederos de Salazar Slytherin son capaces de hablarlo.

-San Potter no puede ser el heredero -negó Blaise, sus ojos fijos en Draco-. Se los dije, Dobby…

-… Blaise tiene razón -negó Draco. Miró a su alrededor en busca de algún curioso y bajo la voz-… padre…

-¡AGRESIÓN! ¡AGRESIÓN! ¡OTRA AGRESIÓN ¡NINGÚN MORTAL NI FANTASMA ESTÁ A SALVO! ¡SÁLVESE QUIEN PUEDA! ¡AGREESIÓÓÓÓN!

Los seis Slytherin se dedicaron una mirada aterrada, y al igual que los pocos alumnos que se encontraban en la biblioteca, salieron corriendo hacia el pasillo. Todas las puertas del corredor se abrían con fuerza, y al final de éste, Peeves volaba por lo alto, gritando a Potter. Sobre el suelo, rígido y frío, con una mirada de horror en el rostro, y los ojos en blanco vueltos hacia el techo, yacía Justin Finch-Fletchley. Y eso no era todo. A su lado había otra figura… se trataba de Nick Casi Decapitado (el fantasma de Gryffindor), que no era ya transparente ni de color blanco perlado, sino negro y neblinoso, y flotaba inmóvil, en posición horizontal, a un palmo del suelo. La cabeza estaba medio colgando, y en la cara tenía una expresión de horror idéntica a la de Finch-Fletchley.

-¿Decían? -tragó Theodore, horrorizado ante la escena.

Los alumnos empezaron a acorralar a Potter contra la pared hasta que los profesores pidieron calma. McGonagall llegó corriendo, seguida por sus alumnos, uno de los cuales aún tenía el pelo a rayas blancas y negras. La profesora utilizó la varita mágica para convocar una sonora explosión que restaurase el silencio y ordenó a todos que volvieran a sus aulas. Cuando el lugar se hubo despejado un poco, llegó corriendo Ernie Macmillan, de Hufflepuff.

-¡Te han cogido con las manos en la masa! -gritó Macmillan, con la cara completamente blanca, señalando con el dedo a Potter.

-¡Ya basta, Macmillan! -dijo con severidad la profesora McGonagall.

Peeves se mecía por encima del grupo con una malvada sonrisa, escrutando la escena; le encantaba el alboroto. Mientras los profesores se inclinaban sobre Finch-Fletchley y Nick Casi Decapitado, examinándolos, Peeves rompió a cantar:

-¡Oh, Potter, eres un tonto, estás podrido, acabas con los estudiantes, y te parece divertido!

-¡Ya basta, Peeves! -gritó McGonagall, y Peeves escapó por el corredor, sacándole la lengua a Potter.

-Vámonos -ordenó Hermione, tomando la manga de Draco y jalándolo-. Vámonos antes de que Marcus se dé cuenta que lo hemos desobedecido.

Los seis Slytherin se apartaron del corredor antes de que McGonagall pudiera quitarles puntos por estar de entrometidos.


Por fin concluyó el trimestre, y sobre el colegio cayó un silencio tan vasto como la nieve en los campos. Más que lúgubre, a Hermione le pareció tranquilizador, y se alegró de que ella, Draco, Theo, Blaise, Vincent y Gregory pudieran gobernar las mazmorras de Slytherin, lo que quería decir que podían hablar sin oídos ajenos para espiarlos.

Draco los había llevado frente a la chimenea, todos cubiertos por las mismas frazadas grises para calentarse frente al fuego. Habían arrastrado mediante la magia una de las mesitas de cristal al centro con una bandeja llena con seis tazas de chocolate caliente y malvaviscos sobre ella.

-Estoy harto de todo esto -admitió, sin haber bebido de su taza. Las sombras proyectadas sobre su rostro gracias al fuego de la chimenea lo hacía ver más demacrado-. Yo fui quién envió a Dobby con Potter.

-¡Lo sabía! ¡Tú…!

-Cierra la boca, Zabini, y déjalo hablar -ordenó Theodore, lanzándole uno de sus malvaviscos a la boca abierta del moreno. El Slytherin se atragantó, tosiendo escandalosamente para poder escupir el dulce.

-¡Casi me matas, idiota! -lloriqueó con las lágrimas bajándole por las mejillas.

-Se lo insinué -continuo Draco ignorando la interrupción-. No es inteligente como para darse cuenta, pero fue con Potter y trató de obligarlo a no volver a Hogwarts.

-¿Por qué? -preguntó Vincent, removiéndose incomodo donde estaba sentado-. ¿Por qué no querías que Potter volviera?

-Pensé que, si Potter no volvía, entonces padre no continuaría con su plan y….

-¿Qué tu padre qué?

-Blaise, cierra la boca ya -espetó Hermione, su mano aferrada a la de Draco ofreciéndole su apoyo. La mano del rubio la apretaba con tanta fuerza que temía se la rompiera, pero ver la angustia en el rostro de su amigo la obligó a no soltarlo.

-Lo sabíamos -susurró-. Sabíamos que no se quedarían quietos ante la selección de Hermione -les recordó-. Sé que no fui al único que interrogaron durante las vacaciones, y aunque eres el único que no es hijo de mortífagos estoy seguro de que tu madre no está contenta -dijo, sus ojos fundidos en plata fijos en Blaise.

El moreno hizo una mueca y Hermione se tensó bajo la frazada.

-¿Ustedes….? ¡Mi madre!

-Padre… padre ya no es así -carraspeó Theodore tembloroso-. Cuando… cuando madre murió… él… él ya no es así, Hermione. Créeme, por favor….

-Yo…

-Él es feliz… tu madre lo hace feliz -la cortó Theo con desesperación-. Madre pareció haberse llevado toda su felicidad, pero Jane…

-Padre no está contento -murmuró Draco, interrumpiendo a Theodore-. Durante las vacaciones el ministerio estuvo haciendo redadas para recolectar objetos oscuros y eso enojó aún más a padre -tragó-. No sé cómo, ni cuando… pero estoy seguro de que fue él quien encontró la manera de abrir la cámara de los secretos.

-No sabía que los Malfoy tenían alguna herencia de Salazar Slytherin -dijo Gregory, temblando.

-No lo tenemos -negó Draco-. Lo juro, no la hay.

-¿Entonces cómo….?

-¡No lo sé, Blaise! -gritó Draco enojado-. No sé cómo, pero padre de alguna manera logró comunicarse con el heredero de Slytherin.

-Los Gaunt están muertos -negó Hermione para sorpresa de sus amigos-. Emma me lo contó, dijo que ellos…

-Sí, si lo están -dijo Blaise-. Murieron como vivieron, en la mierda.

-Adelaide Murton creía, antes de que Potter hablara pársel y el chisme corriera como pólvora, que Draco era el heredero -admitió Hermione-. Dijo que probablemente el término "heredero de Slytherin" solo se refiriera a alguien con la misma pureza en la sangre que Salazar Slytherin.

-Yo no…

-Potter es mestizo -negó Blaise, antes de que Draco pudiera defenderse-. No hay manera de que él…

-¡Habla pársel, Blaise! -espetó Vincent-. Tal vez Draco se equivocó, tal vez Dobby también lo hizo. Tal vez su padre -señaló a Draco-, no quería matar a Potter si no usarlo. Solo los herederos de Slytherin son capaces de hablar la lengua de las serpientes, y sabemos que muchos mortífagos creían que Potty Popoti era el siguiente Lord Tenebroso. Venció al Innombrable siendo un bebé.

-¡Está en Gryffindor! -defendió Blaise.

-Esa no es una excusa -siseo Vincent-. ¡Sirius Black también era de Gryffindor y fue uno de los espías de Lord Oscuro! Mi padre dijo que Black fue quien delató a los Potter.

-¡Acabas de decirlo! -gruñó Blaise exasperado-. ¿¡Por qué Potter estaría del lado de los que provocaron la muerte de su madre!?

-¡Solo quieres no estar equivocado! -acusó Vincent-. ¡Habla pársel! -repitió-. Ha estado a solo pasos de cada escena del crimen. No hay manera de que sea inocente.

-Dumbledore dijo que era la segunda vez que se abría la cámara de los secretos -riñó Blaise-. Y no recuerdo que el año pasado haya habido petrificados en los pasillos.

-¿Por qué no nos dijiste que…?

-Fue hace cincuenta años -dijo Draco, interrumpiendo a Theodore una vez más-. En una de mis cartas le pregunté a padre, haciéndome el ignorante. Dijo que la cámara fue abierta hace cincuenta años.

-Tiempo suficiente para que en aquella época haya sido alguno de los Gaunt -acepto Theodore.

-Los Gaunt nunca vinieron a Hogwarts -le recordó Blaise.

-Me está dando dolor de cabeza -se quejó Hermione, su mejilla sobre el hombro de Draco-. No me importa quién la abrió hace cincuenta años, si no quien lo hizo ahora. El heredero de Slytherin solo ataca a nacidos de muggle, y cada vez está más cerca.

-¿De qué hablas? -dijo Gregory.

-¿No es obvio? -negó Hermione-. Fue una advertencia durante el banquete, ¿pero las otras dos veces? -cuestionó-. Pude haber sido yo quien se dirigía esa noche para visitar a Blaise, y pude haber sido yo quien saliera solo unos minutos antes al pasillo continuo de la biblioteca. Llámame paranoica, pero ambas veces estuvo muy cerca de donde nos encontrábamos.

Los Slytherin se miraron entre ellos, el entendimiento brillando en sus ojos.

-Sabíamos que los puristas de la sangre intentarían borrarme de Slytherin -se burló con desprecio-. Pero no creí que podrían hacerlo mientras estuviera dentro de Hogwarts.

-Nada va a pasarte -negó Draco con furia-. No lo permitiré, padre puede irse a la mierda.

-Draco…

-¡No! -escupió el rubio-. Toda mi vida me han enseñado que los nacidos de muggles y los muggles son inferiores a nosotros, ¡pero mírate, Hermione! -la señaló-. Eres la bruja más inteligente de nuestra generación, tu magia es tan poderosa como la mía.

-Malfoy tiene razón -dijo Blaise, quitándose la frazada de sobre los hombros y lanzándose sobre Hermione para abrazarla-. Eres nuestra mejor amiga, no dejaremos que nadie te lastime.

-Sobre mi cadáver -asintió Vincent, uniéndose al abrazo junto con Gregory.

Los cinco pares de ojos de distinto color se enfocaron en Theo, quien aún seguía sentado al otro lado del enorme abrazo.

-Ya qué -negó, levantándose para unirse al abrazo-. Alguien tiene que asegurarse que no cometan parricidio.


Amaneció el día de Navidad, frío y blanco. Hermione despertó temprano a los cinco chicos. Iba vestida y llevaba los regalos de todos flotando alrededor de ella.

-¡Despierten! -dijo en voz alta, saltando sobre la cama de Draco. El rubio había sido el primero en retirarse la noche anterior, lo suficientemente cansado por las semanas anteriores para derrumbarse sin más sobre el colchón.

Cuando sus ojos somnolientos se enfocaron en Hermione, sonrió con una paz que no había tenido en mucho tiempo.

-Feliz Navidad -murmuró con voz repleta de sueño, echándole los brazos a Hermione para abrazarla. La niña se acurrucó junto a él.

-¡Yo también espero mi abrazo, il mio amore! -pidió Blaise bostezando, sus sabanas deslizándose por su oscuro pecho. Siempre dormía desnudo, pero las cobijas desparramadas sobre su mitad inferior impidieron que Hermione pudiera darse cuenta.

-Feliz navidad para ti también -se rio la castaña, sacudiendo su varita para enviar dos paquetes envueltos a las manos expectantes del moreno-. Una es de mi madre, la otra es mía.

-¿Tu madre no podría adoptarme? -preguntó el moreno, abriendo el primer regalo para revelar una bufanda tejida a mano de color negro y una "B" bordada con hilos de plata en uno de los extremos. El otro, eran un par de guantes de piel sintética.

-Después de que me adopte a mi -pidió Vincent, despierto y abriendo su propio par de regalos. Una bufanda igual a la de Blaise, solo que la suya tenía una "V" bordada. El regalo de Hermione eran chocolates de procedencia muggle.

-¿Podemos ser hermanos? -pidió Gregory, su propia bufanda negra ya envuelta en su cuello-. ¿No solo Theodore?

-¡OYE! -espetó el castaño con las mejillas rojas por la vergüenza.

-Ay, seremos una gran familia feliz -aplaudió Blaise-. ¡Pido ser el hermano mayor! -sus ojos brillaban astutos-. También pido cargar primero al bebé que tendrán la madre Hermione y el padre de Theodore.

-¡BLAISE!


Nadie podía dejar de asistir a la comida de Navidad en Hogwarts. El Gran Comedor relucía por todas partes. No sólo había una docena de árboles de Navidad cubiertos de escarcha, y gruesas serpentinas de acebo y muérdago que se entrecruzaban en el techo, sino que de lo alto caía nieve mágica, cálida y seca.

Solo había dos mesas en el Salón, incluyendo la del profesorado. Debido al ataque de Justin Finch-Fletchley y Nick Casi Decapitado, la mayoría del alumnado había salido corriendo para vacaciones, lejos de todo el caos que Harry Potter estaba causando.

-¿Has visto el ridículo suéter que trae Potter? -preguntó Draco, llevándose un pastelillo eclair de chocolate a la boca.

-Por no mencionar a Longbottom-squib, ¿soy yo o el amarillo lo hace ver más gordo? – Blaise tomó un delicado sorbo de ponche, tratando de esquivar las cabezas de Vincent y Gregory para poder ver mejor a los Gryffindor-. Y toda la prole de los Weasley también… joder… ¡que feos suéteres!

-Blaise… -regañó Hermione, mirando con reproche al moreno-. ¿Qué no ves que son suéteres tejidos a mano? Deja de insultar el gran trabajo que de seguro la madre de los Weasley puso en ellos.

-¿Y tú como sabes eso? -inquirió el moreno.

-Porque es imposible que vendan en alguna tienda suéteres tan horribles como aquellos -respondió con simpleza Hermione provocando una horda de carcajadas en los Slytherin y en un par de Ravenclaw que parecían haberlos escuchado.

Ronald Weasley, en cambio, los miraba con dagas en los ojos.

Hermione estaba bastante contenta. No era de las que se involucraban en las burlas, pero le gustaba mucho ver la tensión abandonar los hombros de Draco. Las miradas desconfiadas en el rostro de Blaise ahora solo eran dirigidas a Potter.

-Buena esa… -dijo Gregory, remojando el último pedazo de su bollo en su taza con ponche.

-¿Qué mierda crees haces, Greg? -Blaise miraba a su amigo como si hubiera lanzado la maldición asesina sobre su cena.

-¿Eh?

-Sí, ¿qué demonios crees que haces? -volvió a preguntar.

-Lo que ves.

-¿Y por qué?

-Porque sí, ¿qué mierda te importa? Es mi comida -escupió el castaño.

-Eso es una total falta de respeto a nosotros y a las reglas básicas de etiqueta sobre…

-Jode tus reglas de etiqueta, Blaise -espetó Gregory, fulminándolo con la mirada y llevándose su remojado bollo a la boca. Movió la mandíbula exageradamente y sorbio un gran trago de ponche para complementar su cena sin apartar los ojos de la mirada indignada del moreno.

Hermione le disparó una mirada divertida a Draco, quien bebía silenciosamente de su taza de café con una sonrisa secreta. Theodore parecía tratar de no llamar la atención mientras leía una carta de su padre y Vincent se removía incómodo en su asiento, lanzando miradas frenéticas a su alrededor como si buscara algún solo indicio para arreglarlo en caso de que estuviera mal.

Fueron de los últimos en retirarse de la cena, justo después de que Hermione le regalara una bufanda tejida a mano al profesor Snape ante la atenta mirada divertida de Dumbledore y la severa de McGonagall. Saliendo del Gran Comedor, Blaise, Vincent y Gregory se quedaron atrás, recordando que se habían propuesto tomar unas copas de oro prestadas para probar el whiskey de fuego que el padre de Vincent le había enviado.

Cuando llegaron a las mazmorras, Theo se retiró en seguida. La comida le había caído mal y lo único que quería hacer era dormir hasta la tarde siguiente. Hermione, al igual que Draco, decidió quedarse en espera de los otros tres chicos. Nunca había probado alcohol, y ahora que no estaba Marcus para prohibírselo, no estaba de más intentarlo.

-¿Cómo te sientes? -preguntó Hermione acurrucándose junto a Draco en el sofá, tapándolos con una frazada gruesa de color negro.

-Más tranquilo -admitió, besando los rizos de Hermione-. Sentía como si estuviera partiéndome en dos… queriendo complacer a padre y mantenerte como amiga.

-No quiero que creas que debes escoger un bando -negó Hermione-. Ninguno de ustedes.

-Lo sé -sonrió Draco, acariciando con sus dedos la mejilla de Hermione-. Es eso lo que lo hace más fácil… Padre exige, tu das…

-Yo…

Unos murmullos resonaron contra las paredes del pasillo antes de que la voz pastosa del profesor Snape se hiciera más clara.

-… así que, si vuelves a hacer algo tan imprudente como aquello, o si solo lo piensas… me asegurare de estar sobre ti el resto del año, Blaise… -el profesor Snape, con sus túnicas negras y su nueva bufanda tejida a mano envuelta alrededor de su cuello, miraba con desaprobación a Blaise.

-Uh… no he hecho nada malo. Solo estábamos llevando unas copas -espetó Blaise, mirando con enojo al profesor Snape.

Hermione y Draco se miraron incomodos. Blaise no conocía límites, pero siempre había respetado al profesor Snape.

-Seguro que sí -el profesor Snape miraba con condescendencia a Blaise antes de girarse y mirar a los dos chicos abrazados en el sofá- Estás a cargo -le dijo a Draco-. No quiero tener que volver aquí en menos de una hora porque estos tres inundaron las mazmorras.

-Entendido, profesor Snape -asintió Draco mirando con desaprobación a Blaise. El moreno evitó su mirada.

-Bien -dijo, dándose la vuelta y dirigiéndose hacia la salida.

-¡Feliz Navidad, profesor Snape! -gritó Hermione antes de que su jefe de casa pudiera salir de la Sala.

-Feliz Navidad, Hermione -respondió, pero debido a que estaba de espaldas ninguno pudo ver la sonrisa que se deslizaba en sus labios. La puerta se cerró detrás de él.

-¿Es que eres idiota? -espetó Draco, fulminando a Blaise con la mirada-. ¿En qué pensabas al responderle así al profesor Snape?

-No le conteste de mala manera -dijo Blaise de vuelta, mirando con el mismo enojo que antes a Draco.

-Basta, chicos -pidió Hermione viendo como Draco se disponía a hechizar al moreno-. Es Navidad y no quiero tener que maldecirlos a ambos para que se estén quietos -los dos se miraron testarudos, pero ambos aceptaron-. Venga, siéntense que hace frio y no quiero que se enfermen.

-Pero antes ve por el whiskey de fuego que guardaste en tu baúl -ordenó Draco a Vincent-. Theodore ya estará dormido, así que no lo molestes.

El Slytherin asintió, tropezando con sus propios pies para correr hacia el pasillo de los dormitorios de los hombres.

Blaise dejó las copas de oro sobre la mesa de cristal en medio de ellos antes de sentarse junto a Gregory, sin pronunciar palabras mientras Hermione movía una cobija hacia ellos con su varita. Los arropó debidamente antes de que Vincent volviera con la botella.

-¿No vas a servirnos? -preguntó Draco antes de que Vincent pudiera sentarse. El regordete niño miró hacia Blaise antes de abrir la botella con manos temblorosas y servir el líquido en las copas, salpicando gotas alrededor de ellas.

Hermione esperó que Blaise soltará una de sus típicas reglas de etiquita, pero el moreno se quedo callado. Inclusive cuando Vincent le entregó una de las copas y derramó un poco de alcohol en su pantalón.

-¿Todo bien? -le preguntó al moreno, frunciendo el ceño con confusión.

-Sí, he… todo bien -respondió, dándole un sorbo a su copa y haciendo cara de asco.

-¿No te gustó? -preguntó Draco, enarcando las cejas-. Pensé que habías dicho que el padre de Vincent le envió una de las mejores cosechas.

-Sí, sí… he… solo que no recordaba el sabor tan… tan fuerte -murmuró, dejando la copa en el centro de la mesita. Gregory bebió al mismo tiempo que Draco y Vincent, sorprendiendo un poco más a Hermione.

-¿Estás bien? -preguntó ahora al castaño-. Pensé que había dicho que tú no querías beber.

-¿Sí? ¡Ah, sí! -gritó nervioso-. Se me olvidó -dejó la copa en la mesita.

Esos tres se estaban comportando muy extraño, decidió mientras bebía de su propia copa. Blaise había tenido razón, era de gusto fuerte, pero no sabia feo en lo absoluto.

-Me alegro de que todo se haya resuelto entre nosotros -aportó Hermione, sin querer perder ese lapsus de tranquilidad-. No me gustaba que ustedes dos estuvieran peleados -admitió, mirando a Blaise y Draco.

-Sí, bueno, díselo a él -siseo Draco-. Me culpaba de ser el heredero de Slytherin, pero bien que defendía a Potter.

-Draco, por favor…

-Solo decía… -murmuró en voz baja el rubio, dándole otro sorbo a su copa.

-¿Estás diciendo que tú no eres el heredero de Slytherin? -preguntó Blaise, frunciendo el ceño.

-Blaise, hablamos de eso ayer -le regañó Hermione-. Draco tiene razón, sé que crees que Potter no puede ser… pero todas las pistas apuntan a él.

-Creí que todas las pistas apuntaban a Malfoy -dijo Vincent, frunciendo el ceño.

-Oh, cambias de bandos, ya veo -siseo el rubio-. Ayer estabas clarísimo que fue Potter quien abrió la cámara de los secretos y ahora me culpas a mí. Ya veo donde radica tu lealtad.

-Draco, no seas dramático -espetó Hermione, poniendo los ojos en blanco-. Y ustedes -señaló al trío-. No nos abrazamos todos ayer y nos prometimos amor eterno para que volvieran a desconfiar de Draco veinticuatro horas después.

-Pero…

-No -negó Hermione, mirando con reprimenda a Gregory-. Potter habla pársel y por mucho que Blaise lo haya defendido ayer, todos sabemos que solo el heredero de Slytherin puede hablar el idioma de las serpientes.

-En su defensa -habló Blaise-. P-Potter se veía sorprendido de saber pársel.

Draco rodó los ojos.

-No me sorprende -se burló con desprecio-. Antes del curso pasado, ni siquiera sabía que era mago. Al borracho de su padre se le olvidó que tenía un hijo y mira donde termino; rodeado de la prole con más hijos que dinero que conforman a la familia Weasley. El estúpido de Ronald y Longbottom que es un casi squib como sus escuderos.

-¡Mi padre no es un borracho!

-¡Respeta a mi familia, Malfoy!

-¡No soy un squib!

El trío se levantó como si estuviera accionado por un resorte, mirando con distintos grados de odio y rencor a Draco. Hermione boqueo confusa mientras la poción multijugos revertía su efecto y los rostros amistosos de sus amigos se transformaban para revelar al trío dorado.

-¿Qué…?

La puerta de la sala común volvió a abrirse, esta vez revelando los rostros confusos de Blaise, Vincent y Gregory. Cuando el trío se dio cuenta de quienes estaban parados frente a Hermione y Draco, se detuvieron en seco.

-¿Cómo…?

-¡Deténganlos! -aulló Hermione, sacando su varita mágica.

-¡Expelliarmus! -gritaron Potter y Longbottom al mismo tiempo. Los pesados cuerpos de Gregory y Vincent salieron volando en distintas direcciones; Blaise sacó su varita, pero no pudo ni pronunciar el hechizo gracias a que Ronald Weasley lo atropello en su camino de salida.

Su cabeza se estrelló contra el suelo, nublándole la visión.

-¡Expelliarmus!

-¡Tarantallegra!

Los hechizos revotaron contra la pared y los tres Gryffindor salieron corriendo por la puerta abierta. Draco corrió detrás de ellos, pero no se dignó a seguirlos fuera de la sala común.

-Blaise… Blaise… ¿cuántos dedos ves? -preguntó Hermione corriendo hacia Blaise y arrodillándose a un lado de su cuerpo tendido sobre el piso.

-Veo dos tú -se lamentó el moreno.

-¿Qué demonios sucede? -Theodore salió corriendo desde el pasillo de los dormitorios. Estaba ya en pijama y su varita mágica estaba apuntando hacia la sala en busca de los infractores.

Vincent y Gregory estaban levantándose de donde fueron lanzados, gruñendo por el dolor. Draco cerró la puerta y corrió hacia la mesita de noche, levantando la botella de whiskey de fuego junto a las copas y lanzándolas al fuego de la chimenea.

-¿Qué…?

-¡El trío de idiotas estuvo aquí! -lo cortó Draco, retrocediendo cuando las llamas refulgieron. El cristal se hizo añicos.

-¿Quién…?

-Potter y sus amigos -dijo Hermione ayudando a Blaise a incorporarse.

-Hay que ir con el profesor Snape -gruñó Vincent. El mundo aun daba vueltas.

-¿Estás loco? -jadeo Draco-. Vieron lo que teníamos… el alcohol está prohibido.

-Draco…

-No -negó Draco ante la petición de Gregory-. Nos quedaremos aquí y fingiremos que nada de esto ocurrió. ¿Está claro?

Sus cinco amigos, todos con distintos grados de confusión plasmada en sus rostros, asintieron a la petición.

-Bien. Muy bien….


El sol había vuelto a brillar débilmente sobre Hogwarts. Dentro del castillo, la gente parecía más optimista. No había vuelto a haber ataques después del cometido contra Justin y Nick Casi Decapitado, y a Madame Pomfrey le encantó anunciar que las mandrágoras se estaban volviendo taciturnas y reservadas, lo que quería decir que rápidamente dejarían atrás la infancia. Una tarde Hermione oyó que Madame Pomfrey le decía a Filch amablemente.

-Cuando se les haya ido el acné, estarán listas para volver a ser trasplantadas. Y entonces, las cortaremos y las coceremos inmediatamente. Dentro de poco tendrá a la Señora Norris otra vez con usted.

Hermione pensaba que tal vez el heredero de Slytherin se había acobardado. Cada vez debía de resultar más arriesgado abrir la Cámara de los Secretos, con el colegio tan alerta y todo el mundo tan receloso. Tal vez el monstruo, fuera lo que fuera, se disponía a hibernar otros cincuenta años.

Ernie Macmillan, de Hufflepuff, no era tan optimista. Seguía convencido de que Potter era el culpable y que se había delatado en el club de duelo a pesar de que su intrusión a la sala común de Slytherin en busca del heredero había declarado lo contrario. Aunque claro, nadie más que ellos seis lo sabían, ni siquiera pudieron decírselo a Marcus temerosos de que los culpara por bajar la guardia. Peeves no era precisamente una ayuda, pues iba por los abarrotados corredores saltando y cantando: "¡Oh, Potter, eres un tonto, estás podrido…!", pero ahora además de interpretando un baile al ritmo de la canción.

Gilderoy Lockhart estaba convencido de que era él quien había puesto freno a los ataques. Hermione le oyó exponerlo así ante la profesora McGonagall mientras los de Slytherin marchaban en hilera hacia la clase de Transformaciones.

-No creo que volvamos a tener problemas, Minerva -dijo, guiñando un ojo y dándose golpecitos en la nariz con el dedo, con aire de experto-. Creo que esta vez la cámara ha quedado bien cerrada. Los culpables se han dado cuenta de que en cualquier momento yo podía pillarlos y han sido lo bastante sensatos para detenerse ahora, antes de que cayera sobre ellos… Lo que ahora necesita el colegio es una inyección de moral, ¡para barrer los recuerdos del trimestre anterior! No te digo nada más, pero creo que sé qué es exactamente lo que…

De nuevo se tocó la nariz en prueba de su buen olfato y se alejó con paso decidido.

La idea que tenía Lockhart de una inyección de moral se hizo patente durante el desayuno del día 14 de febrero. Hermione, Blaise y Draco no habían dormido mucho a causa del entrenamiento de quidditch que Marcus había insistido que tomaran la noche anterior y llegaron al Gran Comedor corriendo, algo retrasados. Hermione pensó, por un momento, que se había equivocado de puerta.

Las paredes estaban cubiertas de flores grandes de un rosa chillón. Y, aún peor, del techo de color azul pálido caían confetis en forma de corazones. Se fueron a la mesa de Slytherin, en la que estaban Theo, con aire asqueado, y Gregory y Vincent, ligeramente enfurruñados.

-¿Qué ocurre? -les preguntó Draco, sentándose y quitándose de encima el confeti.

Theo, que parecía estar demasiado enojado para hablar, señaló la mesa de los profesores. Lockhart, que llevaba una túnica de un vivo color rosa que combinaba con la decoración, reclamaba silencio con las manos. Los profesores que tenía a ambos lados lo miraban estupefactos. Desde su asiento, Hermione pudo ver al profesor Snape con un tic en la mejilla. McGonagall tenía el mismo aspecto que si se hubiera bebido un gran vaso de crecehuesos.

-¡Feliz día de San Valentín! -gritó Lockhart-. ¡Y quiero también dar las gracias a las cuarenta y seis personas que me han enviado tarjetas! Sí, me he tomado la libertad de preparar esta pequeña sorpresa para todos ustedes… ¡y no acaba aquí la cosa!

Lockhart dio una palmada, y por la puerta del vestíbulo entraron una docena de enanos de aspecto hosco. Pero no enanos, así, tal cual; Lockhart les había puesto alas doradas y además llevaban arpas.

-¡Mis amorosos cupidos portadores de tarjetas! -sonrió Lockhart-. ¡Durante el día de hoy recorrerán el colegio ofreciéndoles felicitaciones de San Valentín! ¡Y la diversión no acaba aquí! Estoy seguro de que mis colegas querrán compartir el espíritu de este día. ¿Por qué no piden al profesor Snape que les enseñe a preparar un filtro amoroso? ¡Aunque el profesor Flitwick, el muy pícaro, sabe más sobre encantamientos que ningún otro mago que haya conocido!

El profesor Flitwick se tapó la cara con las manos. El profesor Snape parecía dispuesto a envenenar a la primera persona que se atreviera a pedirle un filtro amoroso.

-Por favor, Hermione, dime que no has sido una de las cuarenta y seis. -le dijo Theodore, cuando abandonaban el Gran Comedor para acudir a la primera clase.

-¿De verdad? -se burló Hermione-. Lockhart es un idiota.

-Si que lo es -se burló Draco, entrelazando su mano con la de Hermione.

-Aunque estoy segura de que Pansy, Daphne y Flora están entre las cuarenta y seis…

-¿Qué pasa ahí? -preguntó Blaise, su atención puesta completamente en Potter y sus cosas esparcidas por todo el suelo. Varios alumnos miraban hacia el mismo lugar.

-¿Por qué toda esta conmoción? -preguntó Percy Weasley, que se acercaba.

Potter, a la desesperada, intentó escapar corriendo, pero un enano se le echó a las rodillas y lo derribó.

-Bien -dijo, sentándose sobre los tobillos de Potter-, ésta es tu canción de San Valentín:

Tiene los ojos verdes como un sapo en escabeche

Y el pelo negro como una pizarra cuando anochece.

Quisiera que fuera mío, porque es glorioso,

El héroe que venció al Señor Tenebroso.

Los Slytherin se partieron de la risa junto a la demás masa del alumnado mientras Potter intentaba levantarse. Percy Weasley hacía lo que podía para dispersar al montón de niños, algunos de los cuales estaban llorando de risa.

-¡Fuera de aquí, fuera! La campana ha sonado hace cinco minutos, a clase todos ahora mismo -decía, empujando a algunos de los más pequeños-. Ustedes también.

Draco, ignorando a Percy Weasley, se agachó y recogió un diario negro, y con una mirada burlona se lo enseñó a Theodore y Blaise.

-¡Devuélveme eso! -le dijo Potter en voz baja.

-¿Qué habrá escrito aquí Potter? -dijo Draco, antes de darse cuenta de la fecha que estaba inscrita en la cubierta, lo que indicó que tenía cincuenta años de antigüedad. Lo abrió intrigado. En la primera página podía leerse, con tinta emborronada, "T.S. Ryddle."

-Devuélvelo, Malfoy -dijo Percy con severidad.

-Cuando le haya echado un vistazo -dijo Draco, ojeando el diario. Estaba en blanco.

-Como prefecto del colegio…

Pero Potter estaba fuera de sus casillas. Sacó su varita mágica y gritó:

-¡Expelliarmus!

El diario se le escapó de las manos y salió volando. Weasley, sonriendo, lo atrapó.

-¡Harry! -dijo Percy Weasley en voz alta-. No se puede hacer magia en los pasillos. ¡Tendré que informar de esto!

-Draco… -Hermione tendió la mano, tratando de apaciguar a Draco, pero el Slytherin estaba furioso, y cuando Ginny Weasley pasó por su lado para entrar en el aula, le gritó despechado:

-¡Me parece que a Potter no le gustó mucho tu felicitación de San Valentín!

La menor de los Weasley se tapó la cara con las manos y entró en la clase corriendo. Ron Weasley sacó también su varita mágica, pero Potter se la quitó de un tirón.

-Venga, vamos… -Hermione empezó a jalar a Draco por la manga de la túnica. Después de unos segundos de miradas furibundas entre ambos chicos, Draco se dejó llevar por Hermione mientras Vincent y Gregory seguían riéndose del poema.

-Vaya con la mini Weasley -se burló Blaise- Además de su horrible gusto en chicos, tiene un horrible gusto en poesía.

-¡Blaise! -chistó Hermione, avergonzada en nombre de la niña Weasley.

-¿Qué? -preguntó Blaise con falsa inocencia.

-No te hagas el chistosito con la niña Weasley, lo que menos necesitamos es meternos en problemas con el resto de los Weasley.

Blaise puso los ojos en blanco.

-Sí, mamá -se burló-. Nada de mirar a mini Weasley.


Durante las vacaciones de Semana Santa, los de segundo tuvieron algo nuevo en que pensar. Había llegado el momento de elegir optativas para el curso siguiente, decisión que todos se tomaron muy en serio.

-¿Qué tal Estudios Muggles? -preguntó Pansy, sentada junto a Hermione y saber más del mundo muggle.

-Yo también -saltó Flora, sonriéndole a Millicent quien asintió su acuerdo.

-Muy buena idea -dijo Theodore, escribiéndola como optativa junto al resto.

-Me voy por Runas Antiguas -murmuró Draco, escribiéndola en su pergamino junto a Hermione, Theodore y Pansy.

-Uh, yo creo que pasaré de ello y tomaré Cuidado de Criaturas Mágicas -dijo Blaise, anotándola. Theo lo imitó junto a sus otros cuatro amigos. Las niñas de Slytherin hicieron muecas.

-Yo paso, pero me uniré a Adivinación -dijo Daphne, siendo apoyada por Pansy.

-Me alegra que se lo tomen en serio -dijo Marcus, mirándolos desde su altura-. Nunca es demasiado pronto para pensar en el futuro, así que Adivinación es una opción inteligente. Pero traten de no llenarse de trabajo -dijo mirando a Hermione-. No quiero que el cansancio acabe con ustedes.

Al final del día, Hermione no terminó haciendo mucho caso. Había escogido todas.


22, abril. 1993.

Biblioteca de Hogwarts.

15:43 p.m.

El rostro que le devolvía la mirada era escalofriante. Su belleza era sobrenatural, desde los altos y refinados pómulos hasta la cruel mueca de labios rojos.

Sintió cómo un escalofrío le recorría la piel y la sensación de miedo constante que Quirrell le había dejado el año pasado se instaló sin permiso en algún minúsculo lugar de su cerebro.

-Mione, deberíamos irnos -pidió Blaise con sus manos recargadas en el ventanal. Daba pequeños saltos en busca de un atisbo del campo de quidditch, pero desde ahí no podía verse nada-. El partido ya habrá empezado.

-¿Por qué quieres ver el partido de Gryffindor? -preguntó Hermione, cerrando el anuario escolar de hace cincuenta años-. Potter atrapara la snitch, como siempre.

-¡No digas eso en voz alta! -se quejó el moreno, girándose sobre sus talones y corriendo a tomar a Hermione de los hombros empezó a arrastrarla fuera de la biblioteca-. Si los Gryffindor se llevan la copa, Marcus no me dejará jugar el año siguiente.

-No creo que Marcus te niegue la entrada al equipo -negó Hermione, dejándose arrastrar por el pasillo.

-Lo hará, créeme, Hermione -se lamentó el moreno-. Draco anotó cincuenta puntos mientras que yo ni siquiera pude rozar la snitch dorada con mis dedos.

-Ya habrá más oportunidades en el futuro -desestimó la castaña con un gesto desdeñoso.

Recorrieron en relativo silencio los pasillos abandonados del castillo. Tanto los estudiantes como los profesores estaban presenciando el partido de Gryffindor contra Ravenclaw y no muchos se aventuraron a quedarse dentro de la vieja construcción por miedo de encontrarse con el heredero de Slytherin y su mascota.

Pero Hermione no había podido quitarse la espina del costado. T. S. Ryddle.

Uno de los tantos estudiantes que cruzaron esos pasillos en todos estos años, pero aún así un enigma del pasado.

-¿Escuchas eso? -preguntó Blaise después de unos momentos, deteniendo su andar y alzando el oído al aire.

Hermione frunció el ceño, saliendo de sus pensamientos para tratar de escuchar algo, pero no había nada. Esperó y escuchó, y escuchó. Era un ruido parecido a un pesado mueble siendo arrastrado por el suelo a solo escasos metros de ellos, probablemente en el pasillo contiguo que llevaba a los baños de niñas.

Luego, un silbido bajo.

Un susurro amenazante que le puso los nervios de punta.

El mismo ruido escalofriante que Harry Potter había pronunciado durante la clase de duelo.

-¿Eso es Pársel? -preguntó Blaise aterrado. El sonido de su voz se escucho terriblemente alto, golpeando con las paredes para terminar en un eco.

El ruido se detuvo, el deslizar del objeto pesado… no… no objeto… el deslizar de la serpiente sobre el suelo desapareció. Su respiración se agitó violentamente mientras trataba de escuchar más allá de la sangre golpeando contra sus oídos.

Luego, todo sucedió relativamente rápido.

La serpiente se deslizó ferozmente en su dirección, los ecos del Pársel sonaron con ira en los pasillos. La mano de Blaise salió disparada para tomar el codo de su amiga mientras tropezaban en el pasillo para intentar escapar.

El ruido de sus zapatos golpeando el suelo pareció enojar a su perseguidor, los amenazantes susurros se elevaron como un trueno rompiendo la calma y Hermione supo, sin dudar, que no podían escapar.

Girando a su izquierda, se encontraron con un ventanal al final del pasillo y sin salida.

Estaban atrapados con el monstruo.


Aquel fue, seguramente, el peor día de la vida de Draco Malfoy. Él, Vincent, Gregory y Theodore se sentaron juntos en un rincón de la sala común de Slytherin, incapaces de pronunciar una palabra. Marcus no estaba con ellos. Había enviado una lechuza a las madres de Blaise y Hermione y luego se había encerrado en su dormitorio, dejando fuera al resto de sus amigos.

Ninguna tarde había sido tan larga como aquella, y nunca las mazmorras de Slytherin habían estado tan llena de gente y tan silenciosa a la vez. Cuando faltaba poco para las nueve de la noche, Vincent y Gregory se fueron a la cama, incapaces de permanecer sentados allí más tiempo.

Emma Vanity fue la última en despedirse de ellos, dejándolos solos en la sala común mientras el resto de los Slytherin se ocultaban en sus dormitorios, fingiéndose ignorantes de la tragedia.

-Este fue el plan siempre, estoy seguro de ello -dijo Theodore, hablando por primera vez desde que el profesor Snape los había encerrado a todos en la sala común y comunicado las malas noticias-. Blaise fue un daño colateral. El heredero de Slytherin jamás le haría daño a alguien de sangre pura… pero Hermione -Theo se frotó los ojos frenéticos-. Le prometimos que la protegeríamos… que nadie podía hacerle daño…

Draco veía el lago oscuro, tan negro como una noche sin estrellas. Sin vida, como él se sentía. Si pudiera hacer algo…, cualquier cosa…

-Draco -dio Theodore-, ¿crees que existe alguna posibilidad de que ella no esté…? Ya sabes a lo que me refiero -Draco no supo qué contestar- ¿Qué le diré a Jane? ¿Cómo puedo mirarla a los ojos y decirle que Hermione está muerta y no hay nada que podamos enterrar para recordarla?

-No digas eso…

-Draco…

-¡No lo digas! -gritó Draco, saltando sobre sus dos pies y con la vista nublada por las lágrimas-. Hermione no está muerta, ¿me oyes? No hay manera.

-Escuchaste al profesor Snape -sollozó Theodore, su tristeza y dolor transformándose en ira-. "Sus huesos reposarán en la cámara por siempre…" … Lucius, él… ¡LO SABIAS Y NO DIJISTE NADA!

-¡CÁLLATE!

La puerta de la sala común se abrió y para sorpresa del duo, no reveló el rostro del profesor Snape sino del trío dorado acompañados por la hermana menor de Weasley, Ginevra.

-¿Qué…? -jadeo Theodore.

-¿Qué haces aquí, Potter? -escupió Draco con desprecio-. Te concedí el olvido de tu transgresión por entrar a nuestra sala común bajo los rostros de Vincent, Gregory y…. Blaise, pero no ignoraré esto. El profesor Snape…

-Diles, Ginny… -rogó Weasley, ignorando el arrebato de Draco y empujando a su pequeña y enfermiza hermana en dirección del duo de Slytherin-. Ginny… ¡vamos!

-Es el diario… -dijo Ginny Weasley entre sollozos-. He estado escribiendo en él, y me ha estado contestando todo el curso..

-¿El diario? ¿Qué diario? -preguntó Theodore muy confundido, pero niña no se dignó a contestarle-. ¿¡Qué diario!? -gruñó, corriendo hacia la niña y sacudiéndola por los hombros.

Las manos de Potter y Longbottom lo separaron de la niña, dejándola ocultarse en los brazos de su hermano.

-De Ryddle… -sollozó la niña Weasley-. Lo encontré dentro de uno de los libros que me compró mamá. Pensé que alguien lo había dejado allí y se le había olvidado…

-¿Quién demonios es Ryddle? -espetó Theodore, tratando de zafarse de ambos Gryffindor mientras Draco palidecía magistralmente por la respuesta de la pelirroja. El recuerdo de su padre peleando con Arthur Weasley en la librería durante las vacaciones pasó frente a sus ojos.

-Vamos a fuera -instó con voz temblorosa, echando una mirada por sobre su hombro hacia los pasillos de los dormitorios-. Si Marcus los encuentra… -dijo, refiriéndose a los Gryffindor.

Los cinco niños junto a la niña salieron a la oscuridad del pasillo, cerrando la puerta de la sala común de Slytherin detrás de ellos.

-¿Quién es Ryddle? -volvió a preguntar Theodore, tratando de mantener una pizca de calma.

-Tom S. Ryddle… es el heredero de Slytherin -lloriqueo la niña-. Ryddle me obligó a hacerlo, se apoderó de mí…

-¿Te refieres a esa baratija vieja del día de los enamorados? -espetó Theodore, recordando el diario de color negro que Draco había recogido del suelo durante el ajetreo del enano.

-Después de que Harry encontró el diario la primera vez que intenté deshacerme de él, fui a recuperarlo durante el partido -tragó-. Pero él fue más fuerte… me obligó… yo no quería…

-¿Me estás diciendo que tú… -escupió Theodore sin disimular su desprecio-… abriste la cámara de los secretos y desataste el horror en Hogwarts mediante un estúpido diario? ¿Crees que vamos a creerte eso?

-Magia negra -murmuró Draco, ignorando la mirada aguda de Potter.

-¿Por qué vinieron con nosotros? ¿Por qué no fueron con su jefa de casa y le contaron todo? -siseo Theodore con furia.

-La profesora McGonagall junto a el director Dumbledore están ahora en Azkaban -dijo Longbottom hablando por primera vez-. El ministro de magia vino a arrestar a Hagrid, dicen que fue él quien abrió la cámara de los secretos por primera vez hace cincuenta años, pero no… fue Ryddle… y el profesor Snape nos cerró la puerta en la cara cuando intentamos contárselo.

-Iremos con Lockhart -habló Potter-. Ginny sabe dónde está la entrada de la cámara y nosotros escuchamos como él se ofreció a acabar con el basilisco antes de que la profesora McGonagall nos despachara…

-¿El monstruo de Slytherin es un basilisco? -jadeo Theodore sin ocultar su horror.

-… solo queríamos decírselos… -continuó Potter como si Theodore no hubiera hablado-. Zabini es amigo suyo y Granger… bueno…

-Iremos con ustedes -decretó Draco y, sin esperar a nadie, empezó su camino en dirección del despacho de Lockhart.

Se negaba a quedarse postrado en su cama mientras Hermione yacía a merced de un basilisco.

Oscurecía mientras se acercaban al despacho de Lockhart. Les dio la impresión de que dentro había gran actividad: podían oír roces, golpes y pasos apresurados.

Draco llamó. Dentro se hizo el repentino silencio. Luego la puerta se entreabrió y Lockhart asomó un ojo por la rendija.

-¡Ah…! Señor Malfoy, señor Nott… -dijo, abriendo la puerta un poco más y revelando a su vista al resto de los niños-… Señor Potter, señor Longbottom… señor y señorita Weasley… En este momento estoy muy ocupado. Si se dan prisa…

-Profesor, tenemos información para usted -dijo Potter adelantándose a Draco-. Creemos que le será útil.

-Ah…, bueno…, no es muy -Lockhart parecía encontrarse muy incómodo, a juzgar por el trozo de cara que veían.

-Seremos rápidos -dijo Draco, empujando con fuerza la puerta y obligando a Lockhart a dejarlos pasar.

El despacho estaba casi completamente vacío. En el suelo había dos grandes baúles abiertos. Uno contenía túnicas de color verde jade, lila y azul medianoche, dobladas con precipitación; el otro, libros mezclados desordenadamente.

Las fotografías que habían cubierto las paredes estaban ahora guardadas en cajas encima de la mesa.

-¿Se va a algún lado? -preguntó Theodore con sospecha.

-Esto…, bueno, sí… -admitió Lockhart, arrancando un afiche de sí mismo de tamaño natural y comenzando a enrollarlo-. Una llamada urgente…, insoslayable…, tengo que marchar…

-¿Y Hermione? -preguntó Draco con voz peligrosa, sorprendente para un niño de doce años-. San Potter y sus dos idiotas dijeron que lo escucharon asegurar que usted se ofreció a acabar con el basilisco.

-Bueno, en cuanto a eso… -dijo Lockhart, evitando mirarlo a los ojos mientras sacaba un cajón y empezaba a vaciar el contenido en una bolsa-. Me temo que no se podrá.

-¡Usted es el profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras! -dijo Potter-. ¡No puede irse ahora!

-Bueno, he de decir que… cuando acepté el empleo… -murmuró Lockhart, amontonando calcetines sobre las túnicas- no constaba nada en el contrato… Yo no esperaba…

-Así que va a salir corriendo -acusó Theodore sin poder creérselo-. ¿Después de todo lo que cuenta en sus libros?

-Los libros pueden ser mal interpretados -repuso Lockhart con sutileza.

-¡Usted los ha escrito! -gritó Weasley.

-Muchacho -dijo Lockhart irguiéndose y mirando a Weasley con el entrecejo fruncido-, usa el sentido común. No habría vendido mis libros ni la mitad de bien si la gente no se hubiera creído que yo hice todas esas cosas. A nadie le interesa la historia de un mago armenio feo y viejo, aunque librara de los hombres lobo a un pueblo. Habría quedado horrible en la portada. No tenía ningún gusto vistiendo. Y la bruja que echó a la banshee que presagiaba la muerte tenía pelos en la barbilla. Quiero decir…, vamos, que…

-Eres un impostor -escupió Draco. Sabía que era un imbécil, pero no sabía hasta qué punto.

-Malfoy, niño -dijo Lockhart, negando con la cabeza-, no es tan simple. Tuve que hacer un gran trabajo. Tuve que encontrar a esas personas, preguntarles cómo lo habían hecho exactamente y encantarlas con el embrujo desmemorizante para que no pudieran recordar nada. Si hay algo que me llena de orgullo son mis embrujos desmemorizantes. Ah…, me ha llevado mucho esfuerzo, Draco. No todo consiste en firmar libros y fotos publicitarias. Si quieres ser famoso, tienes que estar dispuesto a trabajar duro.

Cerró las tapas de los baúles y les echó la llave.

-Veamos -dijo-. Creo que eso es todo. Sí. Sólo queda un detalle.

Sacó su varita y se volvió hacia ellos.

-Lo lamento profundamente, muchachos, pero ahora les tengo que echar uno de mis embrujos desmemorizantes. No puedo permitir que revelen a todo el mundo mágico mis secretos. No volvería a vender ni un solo libro.

Draco sacó su varita justo a tiempo. Lockhart apenas había alzado la suya cuando Draco gritó:

-¡Expelliarmus!

-¡Accio varita!

Theodore, al igual que él, había apuntado con su varita al mago. Lockhart salió despedido hacia atrás y cayó sobre uno de los baúles mientras su varita mágica caía en la mano del heredero Nott.

-No debería haber permitido que el profesor Snape nos enseñara esto -dijo Draco furioso, apartando el baúl a un lado de una patada. Lockhart lo miraba, otra vez con aspecto desvalido. Lo apuntó con su varita.

-¿Qué quieren que haga yo? -dijo Lockhart con voz débil-. No sé dónde está la Cámara de los Secretos. No puedo hacer nada.

-Tiene suerte -dijo Potter con su varita en la mano, parándose junto a Draco-. Ginny sí que conoce la entrada. Vamos.

Hicieron salir a Lockhart de su despacho, descendieron por las escaleras cercanas y fueron por el largo corredor de los mensajes en la pared, hasta que Ginny Weasley se detuvo frente a la puerta de los baños de Myrtle la Llorona.

Hicieron pasar a Lockhart por delante. A Draco le hizo gracia que temblara.

El fantasma que rondaba los baños no estaba por ningún lado. La niña Weasley los llevó hacía el lavamanos.

-Ahí -señaló y los cinco niños tuvieron que amontonarse para ver la diminuta serpiente grabada en un lado de uno de los grifos de cobre-. Tienes que hablar pársel para abrirlo… así es como me obligó a hacerlo cada vez Ryddle.

-Regresa a la torre de Gryffindor, Ginny -pidió Weasley a su hermana-. Y no salgas -ordenó.

La niña miró los cinco rostros de los niños, después al rostro blanquecino de Lockhart para al final asentir temblorosamente. Tropezando, salió corriendo del baño.

-Di algo en lengua pársel -ordenó Draco a Potter, pero el niño dorado de Dumbledore no sabía por dónde empezar. Pasados unos minutos, que se sintieron eternos para el rubio, estaba dispuesto a lanzarle un Imperius a Potter y obligarlo a hablar pársel cuando el niño por fin abrió la boca.

Un extraño silbido salió de sus labios, y de repente el grifo brilló con una luz blanca y comenzó a girar. Al cabo de un segundo, el lavamanos empezó a moverse. El lavamanos, de hecho, se hundió, desapareció, dejando a la vista una tubería grande, lo bastante ancha para meter un hombre dentro.

-Bajaré por él -dijo Potter.

-Yo también -dijo Draco.

Extrañamente, el rubio no sentía miedo alguno. Se sentía entumecido, negándose a que la esperanza surgiera de algún lado de su cerebro. Si Hermione no estaba viva… él mismo mataría a Ryddle sea-quien-sea y le daría de comer al basilisco a Lockhart mientras escapaba con el cuerpo de Hermione.

-Los dos lo haremos -apoyó Theodore, asintiendo a su amigo.

-Y nosotros -dijo Weasley, refiriéndose a él y a Longbottom.

Hubo una pausa.

-Bien, creo que no les hago falta -dijo Lockhart, con una reminiscencia de su antigua sonrisa-. Así que me…

Puso la mano en el pomo de la puerta, pero cinco varitas mágicas apuntaron hacia su silueta.

-Usted bajará por delante -ordenó Potter.

Con la cara completamente blanca y desprovisto de varita, Lockhart se acercó a la abertura.

-Muchachos -dijo con voz débil-, muchachos, ¿de qué va a servir?

Draco le pegó en la espalda con su varita. Lockhart metió las piernas en la tubería.

-Necesitamos una carnada -dijo el Slytherin con maldad antes de darle un empujón. Se hundió tubería abajo.

Draco le asintió a Theodore antes de seguir a Lockhart. Se metió en la tubería y se dejó caer.

Era como tirarse por un tobogán interminable, vicioso y oscuro. Podía ver otras tuberías que surgían como ramas en todas las direcciones, pero ninguna tan larga como aquella por la que iban, que se curvaba y retorcía, descendiendo súbitamente. Calculaba que ya estaban por debajo incluso de las mazmorras del castillo. Detrás de él podía oír a Potter, que hacía un ruido sordo al doblar las curvas.

Y entonces, cuando se empezaba a preguntar qué sucedería cuando llegara al final, la tubería tomo una dirección horizontal, y él cayó del extremo del tubo al húmedo suelo de un oscuro túnel de piedra, lo bastante alto para poder estar de pie. Lockhart se estaba incorporando un poco más allá, cubierto de barro y blanco como un fantasma. Draco se hizo un lado y Potter salió también del tubo como una bala.

-Debemos encontrarnos a kilómetros de distancia del colegio -dijo Longbottom, y su voz resonaba en el negro túnel. Había sido el último en bajar.

-Y debajo del lago, quizá -dijo Weasley, afinando la vista para vislumbrar los muros negruzcos y llenos de barro.

Los seis intentaron ver en la oscuridad lo que había delante.

-¡Lumos! -ordenó Theodore a su varita, y la lucecita se encendió.

-Vamos -dijo Potter al resto, e imitando el hechizo de Theodore comenzó a andar. Sus pasos retumbaban en el húmedo suelo.

El túnel estaba tan oscuro que sólo podían ver a corta distancia. Sus sombras, proyectadas en las húmedas paredes por la luz de las varitas, parecían figuras monstruosas.

-Ginny dijo que no podemos verlo a los ojos -dijo Potter en voz baja, mientras caminaban con cautela-. Así que, al menor signo de movimiento, hay que cerrar los ojos inmediatamente.

Draco tenía en la punta de la lengua burlarse de Potter, cómo si él no fuera consciente de la mortalidad del basilisco, pero la voz de su consciencia -muy parecida a la de Hermione- lo detuvo.

El túnel estaba tranquilo como una tumba, y el primer sonido inesperado que oyeron fue cuando Weasley pisó el cráneo de una rata. Draco bajó la varita para vislumbrar el suelo y vio que estaba repleto de huesos de pequeños animales. Haciendo un esfuerzo para no imaginarse el aspecto que podría presentar Hermione si la encontraban, marchó detrás de Potter quién marcaba el camino. Doblaron una oscura curva.

-Harry, ahí hay algo… -dijo Longbottom con la voz ronca, tomando a Potter por el hombro.

Se quedaron quietos, mirando. Draco podía ver tan sólo la silueta de una cosa grande y encorvada que yacía de un lado a otro del túnel. No se movía.

-Quizás esté dormido -musitó Draco, volviéndose a mirar a Theodore. Su amigo mantenía la vista en el suelo, y Lockhart se tapaba los ojos con las manos al igual que Weasley. Draco volvió a mirar aquello; el corazón le empezó a palpitar con tanta rapidez que le dolía.

El miedo empezaba a fluir por sus venas.

Muy despacio, Potter avanzó con la varita en alto.

La luz iluminó la piel de una serpiente gigantesca, una piel de un verde intenso, ponzoñoso, que yacía atravesada en el suelo del túnel, retorcida y vacía. El animal que había dejado allí su muda debía de medir al menos siete metros.

-¡Caray! -exclamó Longbottom con voz débil.

Algo se movió detrás de ellos. Gilderoy Lockhart se había caído de rodillas.

-Levántese -le dijo Weasley con brusquedad, apuntando a Lockhart con su varita.

Lockhart se puso de pie, pero se abalanzó sobre Weasley y lo derribó al suelo de un golpe.

Draco, Theodore, Potter y Longbottom saltaron hacía delante, pero ya era demasiado tarde. Lockhart se incorporaba, jadeando, con la varita de Weasley en la mano y su sonrisa esplendorosa de nuevo en la cara.

-¡Aquí termina la aventura, muchachos! -dijo-. Tomaré un trozo de esta piel y volveré al colegio, diré que era demasiado tarde para salvar a la niña y que ustedes cinco perdieron el conocimiento al ver su cuerpo destrozado. ¡Despídanse de sus memorias!

Levantó en el aire la varita mágica de Weasley, y Draco no pudo evitar darse cuenta de que estaba torcida, apenas sujetándose por la mitad mediante cinta de pegar.

-¡No, espera…! -gritó Theodore, dándose cuenta al igual que Draco de la varita rota, pero Lockhart no se inmutó y gritó:

-¡Obliviate!

La varita estalló con la fuerza de una pequeña bomba.

Draco se cubrió la cabeza con las manos y echó a correr hacia la piel de serpiente junto a Potter, escapando de los grandes trozos de techo que se desplomaban contra el suelo. Enseguida vio que se habían quedado aislados y tenían ante sí una sólida pared formada por las piedras desprendidas.

-¡Ron! ¡Neville! -gritó Potter.

-¡Theo! -gritó Draco aterrado. No podía… no podía perder a un tercer amigo en la misma noche-, ¿estás bien? ¡Theodore!

-¡Estamos bien! -La voz de Theodore llegaba apagada, desde el otro lado de las piedras caídas-. Estamos bien. Pero este idiota no. La varita se volvió contra él.

Escucharon un ruido sordo y fuerte "¡ay!", como si alguien acabara de dar una patada a la espinilla de Lockhart.

-¿Y ahora qué? -dijo la voz de Weasley, el perpetrador del golpe-. No podemos pasar. Nos llevaría una eternidad…

Draco miró al techo del túnel. Nunca había intentado mover por medio de magia algo tan pesado como aquel montón de piedras, y no parecía aquél un buen momento para intentarlo. ¿Y si se derrumbaba todo el túnel?

Hubo otro ruido sordo y otro ¡ay! provenientes del otro lado de la pared. Estaban malgastando el tiempo. Hermione ya llevaba horas en la Cámara de los Secretos. Draco sabía que sólo podía hacerse una cosa, y mirando a Potter de reojo pudo ver que el niño dorado había llegado a la misma conclusión.

-Aguarden aquí -indicó Potter a sus amigos y a Theodore-. Aguarden con Lockhart. Malfoy y yo iremos. Si dentro de una hora no hemos vuelto…

Hubo una pausa muy elocuente.

-Intentaremos quitar algunas piedras -dijo Longbottom, que parecía hacer esfuerzo para que su voz sonara segura-. Para que puedan… para que puedan cruzar al volver. Y…

-¡Traigan de vuelta a Hermione! -ese era Theodore-. Si no vuelven aquí en sesenta minutos, los mataré a ambos con mis propias manos.

Draco y Potter se miraron entre ellos, asintiendo con la cabeza en un acuerdo en común. Partieron en silencio, cruzando la piel de la serpiente gigante.

En seguida dejaron de oír el jadeo de Theo, Longbottom y Weasley esforzándose para quitar las piedras. El túnel serpenteaba continuamente. Draco sentía la incomodidad de cada uno de sus músculos en tensión. Quería llegar al final del túnel y al mismo tiempo le aterrorizaba lo que pudiera encontrar en él. Y entonces, al fin, al doblar sigilosamente otra curva, vieron las figuras de dos serpientes entrelazadas, con grandes y brillantes esmeraldas en los ojos.

Potter se aceró a la pared, y Draco aprovechó para dar un paso atrás y medir sus opciones.

San Potter era lo único que lo separaba, una vez más, de un monstruo inimaginable. Solo que esta vez se sentía infinitamente más peligroso que en la noche que se encontraron lo que quedaba del alma de Lord Oscuro en el bosque prohibido.

Esta vez, no dudaría en dejar atrás al niño dorado de Dumbledore mientras él huía con Hermione.

El pársel se deslizó una vez más por los labios de Potter provocando que las serpientes se deslizaran al abrirse el muro. Las dos mitades de éste se deslizaron a los lados hasta quedar ocultas, y Draco, temblando de la cabeza a los pies, entró detrás de Potter.

Ante ellos se hallaba una sala muy grande, apenas iluminada. Altísimas columnas de piedra talladas con serpientes entrelazadas se elevaban para sostener un techo que se perdía en la oscuridad, proyectando largas sombras negras sobre la extraña penumbra verdosa que reinaba en la estancia.

Con el corazón latiéndole muy rápido, Draco escuchó aquel silencio de ultratumba. ¿Estaría el basilisco acechando en algún rincón oscuro, detrás de una columna? ¿Y dónde estaría Hermione?

Sacó su varita y se arrastró detrás de Potter, avanzando por entre las columnas decoradas con serpientes. Sus pasos resonaban en los muros sombríos. Iba con los ojos entornados, dispuesto a cerrarlos completamente al menor indicio de movimiento. Le parecía que las serpientes de piedra lo vigilaban desde las cuencas vacías de sus ojos. Más de una vez, el corazón le dio un vuelco al creer que alguna se movía.

Al llegar al último par de columnas, echando una mirada por encima del hombro de Potter, vio una estatua, tan alta como la mismísima cámara, que surgía imponente, adosada al muro del fondo.

Draco tuvo que echar la atrás la cabeza para poder ver el rostro gigantesco que la coronaba: era un rostro antiguo y simiesco, con una brava larga y fina que le llegaba casi hasta el final de la amplia túnica de mago, donde unos enormes pies de color gris se asentaban sobre el liso suelo. Y entre los pies, boca abajo, vio una pequeña figura con túnica negra y el cabello de un color castaño oscuro.

-¡Hermione! -susurró Draco, empujando a Potter de su camino y corriendo hacia ella e hincándose de rodillas-. ¡Mione! ¡No estés muerta! ¡Por favor, no estés muerta! -Dejó la varita a un lado, tomó a Hermione por los hombros y le dio la vuelta. Tenía la cara blanca y fría como el mármol, aunque los ojos estaban cerrados, así que no estaba petrificada. Pero entonces tenía que estar…-. Hermione, por favor, despierta -susurró Draco, sin esperanza, agitándola. La cabeza de Hermione se movió, inanimada, de un lado a otro.

-No despertará -dijo una voz suave.

Draco alzó la cabeza. Potter estaba plantado a su lado, no lo había escuchado llegar.

Frente a ellos, un muchacho alto, de pelo negro, estaba apoyado contra la columna más cercana, mirándolos. Tenía los contornos borrosos, como si Draco y Potter lo estuvieran mirando a través de un cristal empañado.

-Tom… ¿Tom Ryddle? -preguntó Potter.

Ryddle asintió con la cabeza, sin apartar los ojos del rostro de Potter.

-¿Qué quieres decir? ¿Por qué no despertará? -dijo Draco desesperado. Le importaba muy poco cómo podía estar vivo Ryddle después de cinco décadas sin haber envejecido ni un solo año-. ¿Ella no está… no está…?

-Todavía está viva -contestó Ryddle, apartando la mirada de Potter y posándola en Draco-, pero por muy poco tiempo.

-¿Eres un fantasma? -preguntó Potter dubitativo.

-Soy un recuerdo -respondió Ryddle tranquilamente- guardado en un diario durante cincuenta años.

Ryddle señaló hacia los gigantescos dedos de los pies de la estatua. Allí se encontraba, abierto, el pequeño diario negro que Lucius Malfoy había puesto en el caldero de la niña Weasley hacía casi un año.

Draco se giró en busca de su varita, si aquel era el heredero de Slytherin al que Ginny Weasley le tenía tanto miedo y que la había hechizado para sembrar el horror en Hogwarts, él no debería estar indefenso y….

-Potter -llamó, atrayendo la atención del azabache hacia él-. Mi varita, no está mi varita -dijo en un susurro aterrado, disparando sus ojos grises a Ryddle.

Una sonrisa curvó las comisuras de la boca de Ryddle. Miró a ambos niños, jugando indolente con la varita de Draco en la mano.

-Maldita sea -gimió el rubio, volviendo el rostro a Hermione. Le acarició las frías mejillas con sus nudillos, acunándola contra su pecho y meciéndose de un lado a otro.

-He estado esperando este momento durante mucho tiempo, Harry Potter -dijo Ryddle-. Quería verte. Y hablarte.

Potter tenía los puños apretados y se clavaba las uñas en las palmas.

-Le llevó mucho tiempo a esa tonta de Ginny Weasley dejar de confiar en mi diario -explicó Ryddle-. Pero al final sospechó e intentó deshacerse de él. Y entonces apareciste tú, Harry. Tú lo encontraste, y nada podría haberme hecho tan feliz. De todos los que podrían haberlo tomado, fuiste tú, la persona a la que yo tenía más ganas de conocer…

-¿Y por qué querías conocerme? -preguntó Potter con ira.

-Bueno, verás, Ginny me lo contó todo sobre ti, Harry -dijo Ryddle-. Toda tu fascinante historia. -Sus ojos vagaron por la cicatriz en forma de rayo que Potter tenía en la frente, y su expresión se volvió más ávida-. Quería averiguar más sobre ti, hablar contigo y conocerte si era posible, así que decidí mostrarte mi famosa captura de ese zopenco, Hagrid, para ganarme tu confianza.

-Hagrid es mi amigo -dijo Potter, con voz temblorosa-. Y tú lo acusaste, ¿no? Creí que habías cometido un error, pero cuando Ginny vino a mí y me contó todo pude confirmar mis sospechas…

Ryddle soltó una risa sonora.

-Pero ya era muy tarde, ¿no? -se burló Ryddle-. Para entonces, ya tenía en mi poder a la famosa sangre sucia que manchaba con su impureza la ancestral casa de Slytherin. El cebo perfecto para que el gran y valiente Harry Potter viniera ante mí.

-¡Eres un…!

-Ginny Weasley me dio suficiente vida escribiendo todo el año en mi diario para que yo pudiera salir al fin de las páginas -continuó Ryddle, ignorando a Draco-. Pero Hermione Granger será quién me libere. ¿Qué mejor manera de volver al mundo que tomando la vida de la sangre sucia de Slytherin y borrándola de la existencia?

Draco soltó un jadeo desesperado, volviendo su mirada a Hermione y sacudiéndola con fuerza. Necesitaba despertarla, ella necesitaba despertar. No podía perderla, no de esa manera…

-Tengo muchas preguntas que hacerte, Harry Potter -dijo Ryddle.

-¿Cómo cuál? -soltó Potter, pero Draco ya no tenía en sí continuar con esa charla. Necesitaba sacar a Hermione de ahí, no podía perderla.

-Bueno -dijo Ryddle, sonriendo-, ¿cómo es que un bebé sin talente mágico extraordinario derrota al mago más grande de todos los tiempos? ¿Cómo escapaste sin más daño que una cicatriz, mientras que Lord Voldemort perdió sus poderes?

Draco se estremeció ante el nombre del mago oscuro, girando su rostro hacia Ryddle. Había un extraño brillo rojo en su mirada.

-¿Por qué te preocupa cómo me liberé? -dijo Potter despacio-. Voldemort fue posterior a ti.

-Voldemort -dijo Ryddle imperturbable- es mi pasado, mi presente y mi futuro, Harry Potter…

Sacó del bolsillo la varita de Draco y escribió en el aire con ella tres resplandecientes palabras:

TOM SORVOLO RYDDLE

Luego volvió a agitar la varita, y las letras cambiaron de lugar:

SOY LORD VOLDEMORT

-Joder -se ahogó Draco con terror absoluto. Su cuerpo empezó a estremecerse violentamente. No otra vez.

-¿Ves? -susurró-. Es un nombre que yo ya usaba en Hogwarts, aunque sólo entre mis amigos más íntimos, claro. ¿Crees que iba a usar siempre mi sucio nombre muggle? ¿Yo, que soy descendiente del mismísimo Salazar Slytherin, por parte de madre? ¿Conservar yo el nombre de un vulgar muggle que me abandonó antes de que yo naciera, sólo porque se enteró de que su mujer era bruja? No, Harry. Me di un nuevo nombre que sabía un día temerían pronunciar todos los magos, ¡cuando yo llegara a ser el hechicero más grande del mundo!

El cerebro de Draco pareció fracturarse en ese momento. Además de un agotamiento extremo, la ruptura de su cerebro podía explicar por qué razón en vez de huir, estaba pensando en la desdicha de Salazar Slytherin. El mayor mago con sangre pura de la historia se ha de estar revolcando en su tumba.

Una nacida de muggles se vestía con los colores de su casa y su último descendiente era un mestizo. Un mestizo con un padre muggle.

-No lo eres -dijo Potter. Su voz aparentemente calmada estaba llena de odio.

-¿No soy qué? -preguntó Ryddle bruscamente.

-No eres el hechicero más grande del mundo -dijo Potter, con la respiración agitada-. Lamento decepcionarte, pero el mejor mago del mundo es Albus Dumbledore. Todos lo dicen. Ni siquiera cuando eras fuerte te atreviste a apoderarte de Hogwarts. Dumbledore te descubrió cuando estabas en el colegio y todavía le tienes miedo, te escondas donde te escondas.

De la cara de Ryddle había desaparecido la sonrisa, y había ocupado su lugar una mirada de desprecio absoluto. Con un movimiento de mano donde sostenía la varita de Draco, la varita mágica de Potter salió volando, dejando ahora a ambos estudiantes desprotegidos.

-Dumbledore no está para protegerte ahora, Harry Potter.

Recuperando la conciencia de su cuerpo gracias a la mirada calculadora de Lord Tenebroso adolescente; en completo silencio empezó a arrastrar el cuerpo de Hermione poco a poco en la dirección que habían tomado para entrar.

El sonido de música lejana atrajo la atención de Ryddle, que se volvió para comprobar que en la cámara no había nadie más. Pero aquella música sonaba cada vez más y más fuerte. Era inquietante, estremecedora, sobrenatural. A Draco se le puso los pelos de punta y le pareció que el corazón iba a salírsele del pecho olvidándose una vez más de continuar su huida. Luego, cuando la música alcanzó tal fuerza que Draco la sentía vibrar en su interior, surgieron llamas de la columna más cercana a él, Hermione y Potter.

Apareció de repente un pájaro carmesí del tamaño de un cisne, que entonaba hacia el techo abovedado su rara música. Tenía una cola dorada y brillante, tan larga como un pavo real, y brillante garras doradas, con las que sujetaba un fardo de harapos.

El pájaro se encaminó derecho a Potter, dejó caer el fardo a sus pies y se le posó en el hombro. Cuando plagó las alas grandes, Draco vio que tenía un pico dorado afilado y los ojos redondos y brillantes.

El pájaro dejó de cantar y acercó su cuerpo cálido a la mejilla de Potter, sin dejar de mirar fijamente a Ryddle.

-Es un fénix -dijo Draco como pensamiento tardío.

-¿Fawkes? -musitó Potter mirando al ave.

-Y eso -dijo Ryddle, mirando el fardo que Fawkes había dejado caer-, eso no es más que el viejo Sombrero Seleccionador del colegio.

Así era. Remendado, deshilachado y sucio, el sombrero yacía a los pies de Potter.

Ryddle volvió a reír. Rió tan fuerte que su risa se multiplicó en la oscura cámara, como si estuviera riendo diez Ryddles al mismo tiempo.

-¡Eso es lo que Dumbledore envía a su defensor: un pájaro cantor y un sombrero viejo! ¿Te sientes más seguro, Harry Potter? ¿Te sientes a salvo?

Potter no respondió y Draco, viendo la derrota en la situación, volvió a arrastrarse silenciosamente junto al cuerpo inconsciente de Hermione hacia la salida de la escalofriante sala.

-A lo que íbamos, Harry -dijo Ryddle, sonriendo todavía con ganas-. En dos ocasiones, en tu pasado, en mi futuro, nos hemos encontrado. Han sido dos ocasiones en que no he logrado matarte. ¿Cómo sobreviviste? Cuéntamelo todo. Cuanto más hables -añadió con voz suave-, más tardarás en morir.

Draco se estremeció ante la advertencia y Potter, siempre tan rebelde como solo el niño dorado de Dumbledore podía ser, se quedó callado. El Slytherin rogó internamente que la obsesión de Lord Oscuro con Potter fuera tan fuerte como todos decían e ignorara a los dos Slytherin arrastrándose por el suelo.

-Nadie sabe por qué perdiste tus poderes al atacarme -dijo Potter bruscamente-. Yo tampoco. Pero sé por qué no pudiste matarme: porque mi madre murió para salvarme. Mi vulgar madre de origen muggle -añadió, temblando de rabia-; ella evitó que me mataras. Y yo te he visto de verdad, te vi el año pasado. Eres una ruina. Apenas estás vivo. A esto te ha llevado todo tu poder. Te ocultas. ¡Eres horrible, inmundo!

Definitivamente, Potter quería morir y en su valiente ataque suicida, arrastraría a Draco y a Hermione con él.

Ryddle tenía el rostro contorsionado. Forzó una horrible sonrisa.

-O sea que tu madre murió para salvarte. Sí, ése es un potente contrahechizo. Tenía curiosidad, ¿sabes? Porque existe una extraña afinidad entre nosotros, Harry Potter. Incluso tú lo habrás notado. Los dos somos de sangre mestiza, los dos huérfanos, los dos criados por muggles. Tal vez somos los dos únicos hablantes de pársel que ha habido en Hogwarts después de Slytherin. Incluso nos parecemos físicamente… Pero, después de todo, sólo fue suerte lo que te salvó de mí. Eso es lo que quería saber.

Potter permaneció quieto, tenso, aguardando que Ryddle levantara la varita de Draco. Pero, Ryddle se limitaba a exagerar más su sonrisa contrahecha.

-Ahora, Harry, voy a darte una pequeña lección. Enfrentemos los poderes de Lord Voldemort, heredero de Salazar Slytherin, contra el famoso Harry Potter, que tiene de su parte las mejores armas de Dumbledore. Acompañado por una rata escurridiza amante de lo impuro.

Ryddle le dirigió una mirada socarrona a Draco, quién se paralizó en su huida, ocultando el cuerpo de Hermione con el suyo. Potter miró con desconfianza al Slytherin, pero no parecía impresionado de que Draco intentara huir mientras Lord Oscuro amenazaba su vida. Ryddle dio unos pasos en dirección opuesta a dónde los dos niños se lanzaban miradas acusadoras y se detuvo entre altas columnas. Dirigió su mirada al rostro de Slytherin, que se elevaba sobre él en la oscuridad. Ryddle abrió la boca y silbó… justo como Potter lo había hecho durante las clases de duelo.

El gigantesco rostro de piedra de la estatua de Slytherin se movió y Draco vio, horrorizado, que abría la boca, más y más grande hasta convertirla en un gran agujero.

Algo se movía dentro de la boca de la estatua. Algo que salía de su interior.

Potter retrocedió hasta dar de espaldas contra la pared de la cámara y cerró fuertemente los ojos. Draco, paralizado, volvió los ojos al rostro inconsciente de Hermione. El graznido del fénix al alzar el vuelo provocó que el miedo del Slytherin se agrandara, pero vamos ¿de qué servía un ave curativa contra el rey de las serpientes?

Una gran mole golpeó contra el suelo de piedra de la cámara, y Draco notó que toda la estancia temblaba. Sabía lo que estaba ocurriendo, podía sentirlo, podía ver sin levantar la vista del rostro de Hermione los ojos de la gran serpiente desenroscándose de la boca de Slytherin. Entonces oyó una voz silbante. Una orden.

-¡Malfoy, muévete! -gritó Potter, siendo el único hablante de pársel entre ellos dos.

El basilisco se movía, podía oír su pesado cuerpo deslizándose lentamente por el polvoriento suelo. Draco cerró los ojos, pero se negó a soltar a Hermione así que se arrastró lo más que pudo en el suelo, llevándose consigo el cuerpo inconsciente de su mejor amiga. Si este era el fin y él moría, se aseguraría de que fuera ella lo último que viera y sintiera.

Ryddle se reía.

Escuchó a Potter tropezar cerca de él y al basilisco cada vez más cerca de ellos tres.

De repente oyó un ruido fuerte, como un estallido, y luego algo pesado lo golpeó con tanta fuerza que lo tiró contra el muro dónde Potter estaba aparado, alejándolo de Hermione en el proceso. Su hombro se llevó la peor parte. Con un horrible chasquido sintió como el hueso se separaba.

El dolor lo mareo, pero pudo escuchar silbidos enloquecidos y algo que azotaba las columnas.

No pudo evitarlo. Abrió los ojos lo suficiente para vislumbrar qué sucedía.

La serpiente, de un verde brillante y gruesa como el tronco de un roble, se había alzado en el aire y su gran cabeza roma zigzagueaba como borracha entre las columnas. Temblando y adolorido, Draco se preparó a cerrar los ojos en cuanto el monstruo hiciera ademán de volverse, y entonces vio qué era lo que había enloquecido a la serpiente.

Fawkes planeaba alrededor de su cabeza, y el basilisco le lanzaba furiosos mordiscos con sus colmillos largos y afilados como sables.

Entonces Fawkes descendió. Su largo pico de oro se hundió en la carne del monstruo y un chorro de sangre negra salpicó el suelo. La cola de la serpiente golpeaba muy cerca de Draco y Potter, y antes de que pudiera cerrar los párpados, el basilisco se volvió. Draco miró de frente a su cabeza y se dio cuenta de que el fénix lo había picado en los ojos, aquellos grandes y prominentes ojos amarillos. La sangre resbalaba y la serpiente escupía agonizando.

Oyó gritar a Ryddle en aquella aterradora lengua pársel, furioso por el cambio de escenario.

La serpiente ciega se balanceaba desorientada, herida de muerte. Fawkes describía círculos alrededor de su cabeza, silbando su inquietante canción, picando aquí y allá en el morro lleno de escamas del basilisco, mientras brotaba la sangre de sus ojos heridos.

-¡Ayuda, ayuda! -pedía Potter enloquecido-. ¡Que alguien nos ayude!

En cambio, el sistema de supervivencia de Draco, lo había dejado mudo.

La cola de la serpiente volvió a golpear contra el suelo. Los dos niños se agacharon y un objeto blando golpeó el rostro de Potter.

El basilisco había lanzado en su furia el Sombrero Seleccionador sobre Potter, y éste lo tomó. Vio cómo se lo colocó en la cabeza y se quedaba tan quieto como una estatua.

La cola del basilisco volvió a sacudirse hacía ellos, y en un actuar sin pensamiento, Draco se lanzó sobre Potter y lo tumbó al suelo antes de que la extremidad de la serpiente los golpeara.

Cayó una vez más sobre su hombro malo, soltando un grito desgarrador y le arrancó el sombrero de la cabeza a Potter.

-¿¡Qué mierda crees que haces!? -gritó enloquecido.

La mirada de Potter estaba desenfocada, la sangre le escurría desde la cabeza, pasando por el ojo y bajando hasta la garganta. Uno de sus lentes estaba estrellado; pero en vez de responderle a Draco, le arrebató el Sombrero Seleccionador de la mano al rubio y de dentro del objeto, sacó una espada plateada y brillante, con la empuñadura llena de fulgurantes rubíes del tamaño de huevos.

-¡La espada de Godric Gryffindor! -jadeo Draco, dándole voz el eco de Blaise en su cabeza.

Ryddle siseaba furioso en pársel.

Potter empuñó la espada, dispuesto a defenderse y Draco no vio vergüenza en esconderse detrás de él. El basilisco bajó la cabeza, retorció el cuerpo, golpeando contra las columnas, y se volvió para enfrentarse a Potter. Sobre el hombro del niño dorado, pudo distinguir las cuencas de los ojos llenas de sangre, y la boca que se abría. Una boca lo bastante grande para tragarlos enteros, bordeada de colmillos tan largos como la espada de Gryffindor, delgados, brillantes, venenosos…

La bestia arremetió a ciegas. Lanzándose a lados distintos para esquivarla, Potter dio contra la pared de la cámara y Draco cayó cerca de Hermione. El monstruo arremetió de nuevo, y su lengua bífida azotó un costado de Potter. El Gryffindor levantó la espada con ambas manos.

El basilisco atacó de nuevo, pero esta ve fue directo a Potter, que hincó la espada con todas sus fuerza, hundiéndola hasta la empuñadura en el velo del paladar de la serpiente.

-¡Potter! -aulló Draco con horror, viendo como la sangre de la serpiente lo empapaba completo, pero también cómo un colmillo largo y venenoso se le hundía más y más en el brazo.

El monstruo volvió la cabeza hacía Draco, dejando como recuerdo su diente en el brazo de Potter, y con un estremecimiento se desplomó en el suelo.

El Slytherin se arrodilló justo a tiempo para ver como Potter se desplomaba, arrancándose el colmillo del brazo y lanzarlo hacia los pies del rubio. Pero ya era demasiado tarde, el veneno probablemente ya había penetrado.

El fénix voló por encima de la cabeza de Draco antes de aterrizar al lado de Potter.

-Fawkes -dijo Potter con dificultad-. Eres estupendo, Fawkes… -el pájaro posó su hermosa cabeza en el brazo del Gryffindor, donde la serpiente lo había herido.

Oyó unos pasos que resonaban en la cámara, Ryddle se acercó a ellos.

-Estás muerto, Harry Potter -dijo Ryddle-. Muerto. Hasta el pájaro de Dumbledore lo sabe. ¿Ves lo que hace, Potter? Está llorando.

Draco parpadeó, viendo cómo el fénix soltaba lágrimas gruesas como perlas sobre la herida de Potter. Sonriendo, Draco volvió a mirar a Ryddle después de transformar su sonrisa en una mueca de desdén.

-Lágrimas de fénix -siseo con burla, acunando su brazo herido contra su cuerpo-. Contienen poderes curativos… pensé que eras más inteligente… Ryddle…

El rostro de Ryddle se transformó con ira silenciosa antes de sonreír y alzar su varita hacia el pájaro.

-Márchate, pájaro -ordenó-. Sepárate de él. ¡He dicho que te vayas!

Sonó como un disparo y Fawkes emprendió el vuelo en un remolino rojo y oro.

La herida de Potter había desaparecido.

-Da igual… esto acaba aquí… -dijo Ryddle-. Éste es el fin del famoso Harry Potter. Derrotado al fin por el Señor Tenebroso al que él tan imprudentemente se enfrentó. Volverás con tu querida madre sangre sucia, Harry… Ella compró con su vida doce años de tiempo para ti… pero al final te ha vencido lord Voldemort. Sabías que sucedería.

Entonces, con un batir de alas, Fawkes pasó de nuevo por encima de sus cabezas y dejó caer algo en el regazo de Draco: el diario.

Lo miraron los tres durante una fracción de segundo, Ryddle con la varita levantada y puesta en dirección del rostro de Potter; Potter tirado en el suelo. Luego, sin pensar, ni meditar, como si todo aquel tiempo hubiera esperado para hacerlo, Draco cogió el colmillo de basilisco del suelo donde Potter lo había lanzado y lo clavó en el cuaderno.

Se oyó un grito largo, horrible, desgarrado. La tinta salió a chorros del diario, vertiéndose sobre las manos de Draco e inundando el suelo. Ryddle se retorcía, gritando, y entonces…

Desapareció. Se oyó caer la varita de Draco y luego se hizo el silencio, sólo roto por el goteo de la tinta que aún manaba del diario. El veneno de basilisco había abierto un agujero incandescente en el cuaderno.

Potter se levantó tambaleándose. Recogió la varita de Draco, la suya propia, el sombrero y, de un tirón, extrajo la brillante espada del paladar del basilisco.

Les llegó un débil gemido. Hermione se movía. Mientras Draco corría hacia ella, tropezando el corto camino con piernas débiles, la niña se sentó, y sus ojos desconcertados pasaron del inmenso cuerpo del basilisco a Potter, con la túnica empapada de sangre, y luego a Draco quien acunaba su brazo para evitar más dolor.

-¿Qué…? -graznó, desorientada-. ¿Dónde…? ¿Dónde está Blaise?

Draco soltó un sollozo tembloroso y se dejó caer de rodillas frente a su mejor amiga, atrayéndola a su cuerpo con el brazo bueno. Las lágrimas no tardaron en llegar, mojando los rizos castaños de la Slytherin.

El llanto silencioso de Draco quedó opacado cuando Hermione empezó a salir del shock y lloró a todo pulmón, echando los brazos alrededor de la cintura del rubio. Su cuerpo temblaba por los horribles espasmos del llanto.

-Pensé… pensé que íbamos a morir -se lamentó-. ¿Qué pasó?

-Estoy seguro de que habrá tiempo para contestar a tu pregunta, Granger -dijo Potter detrás de ellos-. Mientras, salgamos de aquí…

Limpiándose las lágrimas del rostro sucio, Draco ayudó a Hermione a incorporarse. Vio a Potter levantar el diario y luego le tendió su varita mágica. El rubio rápidamente se aferró a ella, sintiéndose un poco más protegido.

Fawkes los estaba esperando, revoloteando en la entrada de la cámara. Draco tomó a Hermione de la mano y el trío se apuró a dejar atrás el cuerpo retorcido e inanimado del basilisco, y a través de la penumbra resonante regresaron al túnel. Draco oyó cerrar las puertas tras ellos con un suave silbido.

Tras unos minutos de andar por el oscuro túnel, a los oídos de Draco llegó un distante ruido de piedras.

-¡Ron! ¡Neville! -gritó Potter, apresurándose-. ¡Granger está bien! ¡La trajimos de vuelta!

Draco oyó que Theodore daba un grito ahogado de alegría, y al doblar la última curva vieron su cara angustiada por el agujero que habían logrado abrir en el montón de piedras.

-¡Mione! -Theo sacó un brazo por el agujero para ayudarla a pasar-. ¡Estás viva! ¡No lo puedo creer!

La abrazó con fuerza, temblando junto a su amiga.

-¿De dónde ha salido ese pájaro? -preguntó Longbottom mientras Potter y Draco cruzaban el agujero.

-Es de Dumbledore -dijo Potter.

-¿Y cómo has conseguido esa espada? -dijo Weasley, mirando con la boca abierta el arma que brillaba en la mano de Potter.

-Te lo explicaré cuando salgamos -dijo Potter, mirando a Draco de soslayo-. Granger y Malfoy necesitan ir a la enfermería.

-¡Blaise! -gritó Hermione, volviendo a recordar al moreno-. ¡El basilisco lo petrificó! -le informó al grupo, aunque ya todos lo sabían-. Es la niña Weasley, ella es la que abrió la cámara de los secretos…

-Llegas tarde para la información, Hermione -se burló Draco, pero aún así volvió a tomar a Hermione de la mano para tranquilizarla-. ¿Dónde está Lockhart? -preguntó al trío que se había quedado del otro lado del peligro.

-Volvió atrás -dijo Longbottom, sonriendo y señalando con la cabeza el principio del túnel-. No está bien. Ya verán.

Guiados por Fawkes, cuyas alas rojas emitían en la oscuridad reflejos dorados, desanduvieron el camino hasta la tubería. Gilderoy Lockhart estaba allí sentado, tarareando plácidamente.

-Ha perdido la memoria -dijo Theodore, aferrado a la otra mano de Hermione-. El embrujo desmemorizante le salió por la culata. Le dio a él. No tiene ni idea de quién es, ni dónde está, ni de quiénes somos. Le dijimos que se quedara aquí y nos esperara. Es un peligro para sí mismo.

Lockhart los miró a todos afablemente.

-Hola -dijo-. Qué sitio tan curioso, ¿verdad? ¿Viven aquí?

-No -respondió Weasley, mirando a Potter y arqueando las cejas.

Draco se inclinó y miró la larga y oscura tubería.

-¿Han pensado cómo vamos a salir? -preguntó al trío.

Los tres negaron con la cabeza, pero Fawkes ya había pasado delante de Draco y se hallaba revoloteando delante de él. Los ojos redondos del ave brillaban en la oscuridad mientras agitaba sus alas doradas.

-Parece como si quisiera que te agarraras de él -dijo Longbottom, perplejo-. Pero pesas demasiado para que un pájaro te suba.

-Fawkes -aclaró Potter- no es un pájaro normal. -miró a los otros-. Vamos a darnos la mano. Neville toma la de Ron. Ron toma la mano del profesor Lockhart…

-Se refiere a usted -aclaró Weasley a Lockhart.

-… y usted tome la mano de Nott -Potter señaló al castaño-. Nott la de Granger y Granger la de Malfoy. Él irá al final ya que no puede usar su otro brazo.

-¿Qué te pasó? -indagó Theodore apenas dándose cuenta del brazo dislocado de Draco.

-Después -gruñó el rubio. Quería largarse lo más pronto posible.

Potter se metió la espada y el Sombrero Seleccionador en el cinto. Longbottom se agarró a los bajos de la túnica de Potter, y Potter, a las plumas de la cola de Fawkes.

Una extraordinaria luminosidad pareció extenderse por todo el cuerpo del ave, y en un segundo se encontraron subiendo por la tubería a toda velocidad. Draco podía oír a Lockhart que decía:

-¡Asombroso, asombroso! ¡Parece cosa de magia!

El aire azotaba el pelo de Draco, y cuando empezaba a disfrutar el paseo, el viaje por la tubería terminó. Los siete fueron soltados al suelo mojado del cuarto de baño de Myrtle la Llorona, y mientras Lockhart se arreglaba el sombrero, el lavamanos que ocultaba la tubería volvió a su lugar cerrando la abertura.

-Que desastre -aportó Longbottom.

-¿A dónde vamos? -preguntó Weasley con impaciencia. Potter señaló hacia delante.

Fawkes iluminaba el camino por el corredor, con su destello de oro. Lo siguieron a grandes zancadas, y en un instante se hallaron ante el despacho del profesor Snape.

-Maldita sea -se lamentó Longbottom mientras Potter llamaba a la puerta y en seguida esta se abría.

Hubo un momento de silencio cuando Potter, Longbottom, Weasley, Draco, Theodore, Hermione y Lockhart aparecieron en la puerta, llenos de barro, suciedad y, en el caso de Potter, sangre. Luego alguien gritó:

-¡Hermione!

Era la señora Jones, que estaba llorando delante de la chimenea. Se puso en pie de un salto y se abalanzó sobre su hija.

Draco se tragó el dolor de su hombro dislocado cuando la señora Jones de repente había traído a Theodore y a él en un abrazo. Theodore soltó un ruido ahogado, pero se aferró al abrazo de Jane con fuerza, llorando en silencio.

-¡Mi niña! ¡Mis niños! -sollozó Jane-. ¡La salvaron! ¡La salvaron! ¿Cómo lo han hecho?

-Creo que a todos nos encantaría enterarnos -dijo con un hilo de voz el profesor Snape. Detrás de él, Dumbledore se paraba frente a la repisa de la chimenea.

La señora Jones soltó a los tres Slytherin justo a tiempo para ver como Potter se acercaba a la mesa y depositaba encima el Sombrero Seleccionador, la espada de Godric Gryffindor y lo que quedaba del diario de Ryddle.

Potter empezó a contarlo todo. Habló durante casi un cuarto de hora, mientras los demás lo escuchaban absortos y en silencio. Contó lo de una voz que no salía de ningún sitió; como Ginny Weasley fue puesta bajo un poderoso hechizo y había sido ella quien soltó el horror en Hogwarts, como también el hecho de que fue ella quien acudió a él y le contó toda la verdad para que pudieran rescatar a Hermione.

-¿Cómo consiguieron salir con vida, Potter? -siseo el profesor Snape, cada vez más furioso por la historia relatada.

Potter, con voz ronca de tanto hablar, les relató la oportuna llegada de Fawkes y del Sombrero Seleccionador, que le proporcionó la espada.

-Lo que más me intriga -dijo Dumbledore amablemente-, es cómo se las arregló lord Voldemort para embrujar a Ginny, cuando mis fuentes me indican que actualmente se halla oculto en los bosques de Albania.

-Fue el diario -dijo Potter-. Ryddle lo escribió cuando tenía dieciséis años.

Dumbledore tomó el diario que sostenía Potter y examinó cuidadosamente sus páginas quemadas y mojadas.

-Soberbio -dijo con suavidad-. Por supuesto que él ha sido probablemente el alumno más inteligente que ha tenido nunca Hogwarts. -Se volvió hacia la señora Jones, que lo miraba perplejo-. Muy pocos saben que lord Voldemort se llamo Tom Ryddle. Yo mismo le di clase, hace cincuenta años, en Hogwarts. Desapareció tras abandonar el colegio… Recorrió el mundo…, profundizó en las Artes Oscuras, tuvo trato con los peores de entre los nuestros, acometió peligros, transformaciones mágicas, hasta tal punto que cuando resurgió como lord Voldemort resultaba irreconocible. Prácticamente nadie relacionó a lord Voldemort con el muchacho inteligente y encantador que fue legado.

-Pero… -dijo la señora Jones-… ¿Quién es lord Voldemort exactamente?

El trío de Slytherin se retorció en sus lugares.

-Por favor, Jane, no repitas ese nombre -se lamentó Theodore, blanco como la nieve.

-¿Weasley será expulsada? -preguntó Draco, ignorando el grito indignado del hermano de la niña-. Ella abrió la cámara, dejó a todo el colegio a merced de un basilisco y por su culpa Hermione casi muere.

-Pero no está muerta -defendió Weasley.

-Dije, casi, imbécil -siseo Draco furioso.

-Señor Malfoy -reprendió el profesor Snape, pero no había calor en el regaño.

-Me parece que la señorita Weasley ya sufrió bastante a manos de lord Voldemort. No habrá castigo -dijo Dumbledore.

-¡Pero…! -gruñó Theodore tan furioso como Draco. Hermione, que se aferraba a la cintura de su madre con ambos brazos, vio como Jane tomaba el hombro de Theodore y le daba un apretón.

-Lord Voldemort ha engañado a magos más viejos y sabios -Fue a abrir la puerta-. La señora Pomfrey estará todavía despierta. Debe de estar dando jugo de mandrágora a las víctimas del basilisco. Seguramente despertarán de un momento a otro.

-Al menos -bufó Theo en voz baja, dejándose tranquilizar por Jane.

-¿Sabes, Severus? -dijo pensativamente Dumbledore-, creo que esto se merece un banquete. ¿Te puedo pedir que vayas a avisar a los de la cocina?

-Bien -dijo el profesor Snape con los dientes fuertemente apretados-. Señora Jones, la llevaré de paso a usted y a la señorita Granger a la enfermería… Señor Malfoy…

-Un momento, Severus -dijo Dumbledore-. Me gustaría hablar con el señor Malfoy y el señor Nott antes de que se vayan.

-Draco tiene un hueso dislocado -señaló el profesor Snape, sus ojos refulgiendo con ira.

-Yo me encargo -dijo Dumbledore sacando su varita mágica. El profesor Snape apretó los labios hasta volverlos una línea fina y blanca, pero no dijo nada mientras se retiraba junto a la señora Jones y Hermione.

La mejor amiga de Draco le sonrió enfundándoles ánimos antes de retirarse.

Después de que Dumbledore reparara el hueso dislocado del rubio, se giró hacia el trío dorado.

-Creo recordar que les dije que tendría que expulsarlos si volvían a quebrantar alguna norma del colegio -les dijo, mirando a Potter y Weasley.

Theodore sonrió encantado, al menos uno de los Weasley pagaría por los días de extremo miedo que habían pasado él y sus amigos.

-Lo cual demuestra que todos tenemos que tragarnos nuestras palabras alguna vez -prosiguió Dumbledore sonriendo, y Draco no tuvo fuerza ni siquiera para poner los ojos en blanco. Demasiado obvio-. Recibirán los cinco el Premio por Servicios Especiales al Colegio y… veamos…, sí, creo que doscientos puntos para Gryffindor y Slytherin por cada uno.

Draco enderezó todo el cuerpo, sorprendido por el regalo. Theodore se tragó sus palabras de furia, tan sorprendido como su amigo.

-Pero hay alguien que parece no dice nada sobre su participación en la peligrosa aventura -añadió Dumbledore-. ¿Por qué esa modestia, Lockhart?

Cuando Dumbledore se dirigió a él, Lockhart miró con indiferencia para ver a quién le hablaba.

-Profesor Dumbledore -dijo Longbottom en seguida-, hubo un accidente en la cámara de los secretos. El profesor Lockhart…

-¿Soy profesor? -preguntó sorprendió-. ¡Dios mío! Supongo que seré un inútil, ¿no?

-… intentó hacer un embrujo desmemorizante y el tiro le salió por la culata -explicó Longbottom a Dumbledore tranquilamente.

-Hay que ver -dijo Dumbledore, moviendo la cabeza de forma que le temblaba el largo bigote plateado-, ¡herido con su propia espada, Gilderoy!

-¿Espada? -dijo Lockhart con voz tenue-. No, no tengo espada. Pero este chico sí tiene una. -Señaló a Potter-. Él se la podría prestar.

Theodore soltó un resoplido burlón.

-¿Les importaría llevar al profesor Lockhart a la enfermería? -dijo Dumbledore a cuatro de los cinco chicos-. Quisiera tener unas palabras con Harry.

Theodore y Draco no dudaron en salir, arrastrando a Lockhart consigo, pero cuando dos tercios del trío de oro salieron detrás del olvidadizo hombre, ambos niños echaron a correr y dejaron al trío a su suerte.

-¡Oigan! -gruñó Weasley, pero se perdieron el resto del reproche cuando dieron vuelta a la esquina. Con jadeos y resoplidos cansados, lograron llegar a la enfermería justo a tiempo para ver a Blaise levantarse de su cama dónde horas antes lo habían visto petrificado.

-¡Es un basilisco! -lo escucharon decir a la madre de Hermione, que aún se aferraba a su hija-. ¡El monstruo de Slytherin es un basilisco! ¿Cómo no nos dimos cuenta? -se quejó, ahora mirando a sus dos amigos que acababan de entrar a la enfermería.

Ignorando al resto de los estudiantes desorientados, saliendo igualmente de su estado inconsciente, ambos Slytherin se lanzaron al niño de tez oscura. Rebotaron sobre la cama con las risas de Jane y Hermione como canción de fondo.

-No volvamos a hacer esto nunca más -rogó Theodore, aferrándose con fuerza a Blaise-. Dejémosle los puntos extras, los premios y las situaciones de muerte a Potter y sus dos idiotas compinches.

-Secundo la moción -jadeo Draco, temblando aterradoramente como si estuviera a nada de la hipotermia.


Hermione había estado presente en varios banquetes de Hogwarts, pero ninguno como aquel. Todos iban en pijama, y la celebración duró toda la noche. Hermione no sabía si lo mejor había sido cuando Emma corrió hacía ella gritando: ¡Estas viva! ¡Oh, gracias a todos los dioses!; o cuando Marcus se aferró a ella con la misma fuerza con la que su madre lo hizo, llorando y disculpándose por todo lo transcurrido en el día; o cuando cada Slytherin dentro del Gran Comedor la abrazó hasta dejarla sin aliento; o cuando McGonagall se levantó para anunciar que el colegio, como obsequio a los alumnos, había decidido prescindir de los exámenes y luego Dumbledore anunció que, por desgracia, el profesor Lockhart no podría volver al curso siguiente, debido a que tenía que ingresar a un sanatorio para recuperar la memoria. Algunos de los profesores se unieron al grito de júbilo con el que los alumnos recibieron estas noticias.

-¡Que pena! -dijo Theodore, tomando una rosquilla rellena de mermelada-. Estaba empezando a caerme bien.

Lo único decepcionante de la noche, fue cuando los seiscientos puntos ganados por el trío dorado superaron los cuatrocientos de Draco y Theodore, ganándose por segundo año consecutivo la Copa de las Casas. Pero bueno, no todo se podía en esta vida.


El resto del último trimestre transcurrió bajo un sol radiante y abrasador. Hogwarts había vuelto a la normalidad, con sólo unas pequeñas diferencias: las clases de Defensa Contra las Artes Oscuras se habían suspendido y Lucius Malfoy había sido expulsado del consejo escolar. Draco había agradecido a todas las deidades que su padre nunca se enteró que había sido él quien había destruido el diario, y la liberación de Dobby ni siquiera había pasado factura para el rubio.

Muy pronto llegó el momento de volver a casa en el expreso de Hogwarts. Hermione, Draco, Theodore, Blaise, Vincent y Gregory tuvieron, como siempre, un compartimento para ellos solos. Aprovecharon al máximo las últimas horas en que les estaba permitido hacer magia antes de que comenzaran las vacaciones.

Estaban llegando a King´s Cross cuando Ginny Weasley abrió la puerta y asomó su pecoso rostro. Había recuperado algo de peso, y ya no se veía demacrada como aquel día en que Theodore y Draco habían ido a rescatar a Hermione.

-¡Pero vaya! -exclamó Blaise con sus ojos brillando con maldad pura-. Si es la heredera de Slytherin… Salazar ha de estar revolcándose en su tumba, ¿qué pensará sobre el hecho de que fue una Weasley la que liberó a su mascota y sembró el terror entre los sangre sucia?

-¡Blaise! -jadeo Hermione escandalizada mientras Ginny Weasley perdía el color del rostro y Theodore le soltaba un golpe con la mano abierta en la nuca.

-¡Ah! ¿¡Por qué fue eso!? -lloró Blaise, sus ojos ahora manchados por las lágrimas.

-Yo… yo eh… yo… -tartamudeo la niña, sus ojos igualmente nublados por las lágrimas-. Yo quería… yo quería disculparme… yo… yo… yo no pensé… yo no creí…

-Está bien -cortó Hermione muy incomoda por el desastre que era la niña-. Aceptamos tus disculpas…

-… Yo no he dicho que… -Un segundo golpe cayó sobre la nuca del moreno, callándolo enseguida.

-… Gracias… -Murmuró la pelirroja, sorbiendo los mocos avergonzada-. Son los únicos que las han aceptado… Yo ni siquiera sabía qué me estaba pasando… Ryddle…

-Sí, sí, lo que sea -masculló Draco con desprecio, sus orejas rojas con culpa. No se le olvidaba quién había puesto el diario en las manos de la pelirroja, quién realmente había puesto en peligro a Hermione.

Ginny Weasley lloró desconsoladamente, y Gregory, para sorpresa de todos se levantó y le dio suaves palmaditas en la cabeza.

-Ya… ya… -dijo suavemente-. Ya pasó… Ya verás cómo todo vuelve a la normalidad, mini Weasley.

-Gracias… -sollozó la pelirroja-. Es solo que yo siempre quise entrar a Hogwarts y tener amigos y ahora nadie quiere hablarme… Soy como la peste…

-Todos los Weasley son…

-Por una vez en tu vida, mantén la boca cerrada -espetó Theodore, tapándole la boca a Blaise con la mano y mirando a la pelirroja con cierta sospecha.

-Supongo… -balbuceo Hermione, sabiendo que había cierta culpa por parte de ellos. Puede que haya sido Lucius Malfoy quién puso la trampa, pero ellos no fueron lo suficientemente listos para darse cuenta-… supongo que podemos encontrar amigos entre nosotros… -ofreció la rama de olivo.

Ginny detuvo abruptamente sus sollozos, mirando sorprendida a la castaña.

-Sí, supongo que puedes serlo -ofreció Draco también, disparando una mirada de advertencia a Blaise y Theodore.

-¡Que asco! -aulló Theodore, limpiándose la mano en el pantalón. Blaise lo había lamido.

-Sí, excelente idea -sonrió Blaise con malicia, ignorando la mirada de Draco-. Nadie se meterá con nosotros si tenemos a la heredera de Slytherin de nuestro lado.

-¡BLAISE!