DISCLAIMER: Los personajes pertenecen en su totalidad a J.K Rowling, al igual que la idea original no es de mi propiedad.
Párrafos de "Harry Potter y el prisionero de Azkaban" incluidos en la historia. Agradezco, una vez más, su infinita paciencia y su amor a este fanfic. Sus Review´s son leídos en su totalidad.
*REEDICIÓN*
18/01/23
10, agosto. 1993.
Callejón Diagon.
Este ultimísimo modelo de escoba de carreras dispone de un palo de fresno ultrafino y aerodinámico, tratado con una cera durísima, y está numerado a mano con su propia matrícula. Cada una de las ramitas de abedul de la cola ha sido especialmente seleccionada y afilada hasta conseguir la perfección aerodinámica. Todo ello otorga a la Saeta de Fuego un equilibrio insuperable y una precisión milimétrica. La Saeta de Fuego tiene una aceleración de 0 a 240 km/hora en diez segundos, e incorpora un sistema indestructible de frenado por encantamiento. Preguntar por el precio en el interior.
-¡La selección de Irlanda acaba de hacer un pedido de siete de estas maravillas! ¡Es la escoba favorita de los Mundiales! -gritaba el propietario a cualquiera entre la multitud que quisiera escucharlo.
-Si jugara en el equipo de Slytherin, definitivamente me compraría esa escoba -dijo Vincent con un silbido bajo e impresionado. Los ojos puestos en la escoba mágica con acabados de oro macizo.
-No me sorprendería que Blaise se la comprara -dijo Theodore con cierta envidia-. Seguramente no se perdería la oportunidad de humillar a Potter.
-Pensé que Potter estaba fuera de los límites -aportó Gregory, sus regordetes brazos sostenían un gato mitad Kneazle anaranjado. Su nariz se sumergía en su gran melena de león, ocultando los moretones que brillaban en su barbilla-. Ya saben, después de que salvó a Hermione el año pasado.
-Que haya salvado a Hermione no significa que seamos amigos -se burló Vincent, empezando a alejarse del escaparate junto con la susodicha-. Además, Draco fue quien apuñaló el diario. Él la salvó.
-Y fue su padre quién la puso en esa situación -les recordó Theodore, caminando a la par de Gregory y detrás de Vincent y Hermione.
-Bueno, basta ya -ordenó Hermione, alejando los pensamientos de un joven Lord Oscuro y su basilisco de siete metros-. No vale la pena desperdiciar nuestras vacaciones hablando de Potter.
Sus tres amigos aceptaron su pedido y siguieron su camino hacía el Caldero Chorreante. Ya habían comprado sus libros de tercer año, con Hermione superándolos en número aún cuando los otros Slytherin no entendían cómo cursaría ciertas clases que compartían el mismo horario para ser impartidas.
Las bolsas de papel con sus libros se habían quedado en la taberna junto a Nicholas Nott y Jane Jones mientras el cuarteto disfrutaba el resto de su día. Habían pasado primero a la Heladería de Florean Fortescue a inspeccionar sus distintos sabores hasta que el estómago de Gregory había empezado a doler, y después habían ido a la Tienda de Animales Mágicos dónde Hermione se había comprado a Crookshanks, un viejo gato mitad Kneazle de pelo canela y esponjoso.
Después se habían topado con el letrero de la nueva Saeta de Fuego, con la noche ya cayendo sobre ellos.
Entraron al Caldero Chorreante entre risas y suaves ronroneos por parte de Crookshanks, que estaba muy feliz con la atención proporcionada por su nueva dueña y sus tres amigos.
-Pensé que te comprarías una lechuza -dijo la mamá de Hermione mientras el grupo se sentaba junto a ellos en una mesa apartada hasta el fondo, a unos cuantos pasos de la salida hacía un callejón muggle.
-Draco ya tiene una -dijo Hermione, aún acariciando al gato en los brazos de Gregory-. Y nunca se ha negado a prestármela cuando la necesito.
-¿Tú no compraste nada, Theo? -preguntó Jane.
-Las opciones son lechuzas, gatos, ratas y sapos -respondió Theodore con un encogimiento de hombros que trataba de hacerlo parecer desinteresado-. No son mis animales favoritos.
-Theodore preferiría un dragón -aportó Nicholas, apartando la mirada de la edición de El Profeta que había comprado unos minutos atrás.
-¿Si el semigigante pudo tener uno yo por qué no? -se quejó el chico, frunciendo el ceño con enojo.
-Es ilegal -le recordó Hermione.
-El basilisco también, y tenían uno oculto bajo el castillo -bufó Theodore.
-Sí, pero nadie lo sabía -resopló Vincent, parpadeando hacía la copia de El Profeta del padre de Theodore. Una fotografía en movimiento le regresaba la mirada, con rostro tan blanco como fantasma y tan demacrado como una calavera-. ¿Aún no lo atrapan?
-¿Atrapar a quién? -preguntó Hermione a nadie en particular, y Nicholas le ofreció el periódico a la chica como respuesta.
BLACK SIGUE SUELTO.
El Ministerio de magia confirmó ayer que Sirius Black, tal vez el más malvado recluso que haya albergado la fortaleza de Azkaban, aún no ha sido capturado.
"Estamos haciendo todo lo que está en nuestras manos para volver a apresarlo, y rogamos a la comunidad mágica que mantenga la calma", ha declarado esta misma mañana el ministro de Magia Cornelius Fudge. Fudge ha sido criticado por miembros de la Federación Internacional de Brujos por haber informado del problema al primer ministro muggle. "No he tenido más remedio que hacerlo", ha replicado Fudge, visiblemente enojado. "Black está loco, y supone un serio peligro para cualquiera que tope con él, ya sea mago o muggle. He obtenido del primer ministro la promesa de que no revelará a nadie la verdadera identidad de Black. Y seamos realistas, ¿Quién lo creería si lo hiciera?"
Mientras que a los muggles se les ha dicho que Black va armado con un revólver (una especie de varita de metal que los muggles utilizan para matarse entre ellos), la comunidad mágica vive con miedo de que se repita la matanza que se produjo hace doce años, cuando Black mató a trece personas con un solo hechizo.
-¿Cómo es posible que haya escapado? -preguntó Theodore, recostándose sobre Hermione para leer la noticia-. Nunca nadie ha escapado antes de Azkaban. Es imposible.
-¿Mató a trece personas con un solo hechizo? -preguntó Hermione, sus ojos puestos en Nicholas al devolverle la copia de El Profeta.
-Sí -respondió Nicholas-. Delante de testigos y a plena luz del día. Causó mucha conmoción.
-¿Y quién es exactamente? -preguntó Jane, mirando entre su hija y Nicholas.
-Fue quien reveló la ubicación de los Potter a Quién-ustedes-saben -respondió Nicholas, su mirada ensombrecida y lejana. Jane aplastó sus labios hasta volverlos una línea fina y tomando una mano del mago para acariciarla, le regaló palabras de consuelo-. Es un mortífago.
Hermione desvió la vista de la pareja. Sabía que su madre ya había tenido la charla el año pasado después de que casi perdiera su vida a manos de un recuerdo de Lord Oscuro guardado en un diario de cincuenta años de antigüedad. Era consciente de que Nicholas Nott había sido partidario de él y lo había apoyado hasta que Ágata Nott, la madre de Theodore había muerto.
Probablemente su madre sabía más de la época más poderosa de Lord Oscuro que ella. Tener a un ex mortífago como pareja funcionaba más que aprenderlo de un libro.
-Padre dice que Black no era realmente un mortífago, y tampoco fue quién delató a los Potter -dijo Vincent para sorpresa del grupo-. Dice que solo tuvo la mala suerte de ser considerado mortífago después de haber matado a Peter Pettigrew y reírse todo el camino cómo loco hacía Azkaban.
-¿Quién es Peter Pettigrew? -preguntó Hermione.
-Esta no es una conversación que tendré con cuatro niños de solo trece años -cortó Nicholas con voz autoritaria antes de que Vincent pudiera responder-. ¿Ha quedado claro?
Los cuatro estudiantes de Slytherin se miraron entre ellos antes de asentir a Nicholas, quién le dirigió una mirada a Jane con la promesa de continuar la charla solo con ella más tarde. Jane rápidamente desvió la atención a otro lado, y la astilla incómoda que siempre acompañaba a Hermione cuando no tenía la respuesta a una pregunta en específico empezó a enterrarse en su costado.
Archivó la conversación en su cerebro, y se prometió preguntarle a Vincent después.
01, septiembre. 1993
Expreso a Hogwarts.
12:42 p.m.
-¿Por qué el profesor Snape te regalaría un giratiempos? -preguntó Blaise, sus ojos enfocados en el artefacto mágico que Draco tenía entre sus pálidos dedos-. Los giratiempos son monitoreados por el Ministerio de Magia.
-Hermione es la bruja más inteligente de nuestra generación -respondió Draco antes de que Hermione pudiera hacerlo, sus dedos fríos le entregaron el giratiempos a Theodore para que pudiera admirarlo-. Ella no usaría su magia imprudentemente.
-¿Me estás llamando imprudente? -preguntó Blaise frunciendo el ceño.
-Si el saco te queda -se burló Gregory, acicalando a Crookshanks sobre su regazo. Los moretones habían desaparecido de su cuerpo durante su tiempo en casa de Hermione; dónde había pasado sus últimas semanas de vacaciones gracias a la petición que Nicholas le había hecho a la madre de Gregory.
-Es precioso -admitió Vincent, a quién Theodore le había pasado el giratiempos para que lo inspeccionara-. ¿Cómo planeas usarlo?
-Para las clases, ¿para qué más Hermione lo usaría? -se burló Theodore, escapando rápidamente del espacio donde Hermione había lanzado su golpe-. Ahora entiendo cómo podrás cruzar las clases que se imparten a la misma hora.
-Marcus estará impresionado -dijo Draco, arrebatando el giratiempos de manos de Vincent antes de que Blaise pudiera tomarlo-. Me envió una carta durante las vacaciones, estaba muy preocupado por la cantidad de estrés que podías pasar gracias a todas las asignaturas extras que tomaste.
-Gracias -dijo Hermione, recibiendo el giratiempos y poniéndoselo alrededor del cuello-. Me aseguraré de informarle una vez estemos dentro de la sala común.
El ruido emocionado proveniente de los compartimentos contiguos anunciaba la llegada de la bruja regordeta que llevaba el carrito de dulces. Blaise se atravesó en el camino de Draco cuando el rubio abrió la puerta, regalándole una risa burlesca antes de salir al pasillo.
Draco rodó los ojos y tomando la mano de Hermione, la llevó hacia el carrito de dulces. Gastaron varios galeones en la compra de ranas de chocolates, varitas de regaliz, pasteles de caldero, meigas fritas, plumas de azúcar y grageas de Bertie Bott de todos los sabores.
Se llenaron los estómagos de dulces mientras la lluvia caía a medida que el tren avanzaba hacia el norte; las ventanillas se tornaron de un gris brillante que se oscurecía poco a poco, hasta que encendieron las luces que había a lo largo del pasillo y en el techo de los compartimentos. El tren traqueteaba, la lluvia golpeaba contra las ventanas y el viento rugía.
-¿Oyeron lo de Sirius Black? -preguntó Blaise, masticando una varita de regaliz y mirando con maldad pura a Draco, que rápidamente le lanzó una rana de chocolate al rostro-. ¡Oye!
-¿Por qué fue eso? -preguntó Hermione, viendo a la rana dar su único salto y caer al suelo. Crookshanks se lanzó del regazo de Gregory detrás de dulce y lo atrapó entre sus garras afiladas.
-Sirius Black es primo de Draco -se burló el Slytherin.
-Tío lejano -corrigió, desviando su mirada hacía Hermione con un toque de arrepentimiento-. Es primo de mi madre.
-Familia -aportó el moreno.
-¡Jódete! -espetó el rubio frunciendo el ceño con enojo.
-Ya les había dicho que Black no es un mortífago -bufó Vincent, recibiendo miradas alucinadas como respuesta-. Es lo que quería explicarles el otro día, pero Nicholas me impidió hacerlo.
-Papá me hizo prometer que no hablaríamos de ello -se quejó Theodore, viéndose incomodo-. No le gusta que pregunte sobre su época como mortífago.
-No estás preguntando -intervino Hermione, lista para escuchar la historia-. Dijiste que tu padre no creía que Black fuera mortífago -le dijo a Vincent.
-Mato a trece personas -dijo Blaise frunciendo el ceño.
-Matar personas no te hace mortífago -se burló Draco, echando el brazo encima de los hombros de Hermione y jalándola contra su costado-. El profesor Snape es un mortífago y estoy seguro nunca ha matado a nadie.
-¿¡El profesor Snape es un mortífago!? -jadeo Hermione escandalizada.
-Lord Oscuro no confiaba en el profesor Snape -dijo Vincent, sacudiendo su pluma de azúcar hacía la pareja-. Dudo que le haya dado misiones importantes como a tu padre o al mío.
-¿Cómo sabes eso? -preguntó Theodore, tronándose los dedos con nerviosismo. Había prometido no preguntar…
-A padre le gustaba contarme cuentos para dormir cuando era niño -respondió el regordete muchacho.
-¿Sus fechorías como mortífagos? -Draco enarcó una ceja-. Ni siquiera Lucius me habla sobre su época como mortífago.
-Dudo que a tu madre le guste escuchar que tu padre te cuente esa clase de historias -dijo Hermione, haciéndose una imagen mental de la madre de Draco. El chico le había contado mucho sobre ella.
-Pensé que no le hablabas a tu padre -intervino Gregory, mirando confundido al rubio.
-No lo hago -asintió el rubio con seriedad-. Y él tampoco me habla, creo que ya ni confía en mí.
-Peter Pettigrew, el mago a quién mato Black, era el espía de Lord Oscuro dentro de la Orden del Fénix -dijo Vincent antes de que sus amigos pudieran desviarse del tema.
-¿Su espía? -preguntó Blaise.
-Fue quien delató la ubicación de los Potter -dijo Vincent-. Lo llevó al lugar dónde Lord Oscuro perdió sus poderes. Padre está furioso por la traición, como al igual que muchos mortífagos.
-Razón por la que Black pudo matarlo -aportó Hermione-. Quería vengarse.
-Podría ser -dijo Vincent, encogiéndose de hombros-. Pero Sirius Black era el mejor amigo de James Potter, quién lo acogió después de huir de los Black, ¿por qué razón lo entregaría?
-¿Era su mejor amigo? -silbó Gregory, impresionado-. ¿Por qué no lo defendió si es así?
-Dudo que James Potter siquiera sepa en qué día vive -se burló Draco con malicia-. Potter sigue viviendo con sus tíos, hasta donde yo sé. Durante las vacaciones infló a su tía como globo aerostático, pero Fudge se negó a imponerle los cargos por ejercer magia contra muggles.
-¿Por qué? -preguntó Hermione, mirando las pestañas casi translucidas de Draco.
-El Ministerio está preocupado por la fuga de Black -respondió el rubio-. Creen que va detrás de Potter tratando de terminar el trabajo.
-Pero dijeron que Pettigrew…
-Solo los mortífagos están al tanto de la traición de Pettigrew -interrumpió Vincent-. ¿Tú crees que mencionarían la participación de Pettigrew en sus filas? ¿O que Black podría ser inocente?
-El profesor Snape…
-Te dije que Lord Oscuro no confiaba en el profesor Snape -dijo Vincent, interrumpiendo a Hermione una vez más-. Dumbledore lo protegió mientras muchos mortífagos eran apresados. Tampoco es, que digamos, bienvenido en el lado oscuro.
-El tren se está deteniendo -avisó Theodore, cortando la charla de golpe.
-No podemos estar llegando -dijo Gregory, mirando ceñudo los rostros de sus amigos.
El tren empezó a ir cada vez más despacio. A medida que el ruido de los pistones se amortiguaba, el viento y la lluvia sonaban con más fuerza contra los cristales.
Draco, que era el que estaba más cerca de la puerta, se apartó de Hermione y se levantó para mirar por el pasillo. Por todo el vagón se asomaban cabezas curiosas. El tren se paró con una sacudida, y distintos golpes testimoniaron que algunos baúles se habían caído de los portaequipajes. A continuación, sin previo aviso, se apagaron todas las luces y quedaron sumidos en una oscuridad total.
-¿Qué demonios? -preguntó Theo a la oscuridad, un escalofrío sacudiéndole el cuerpo. La conversación le había dejado un mal sabor de boca.
-¡Ay! -gritó Hermione de repente, asustando al castaño-. ¡Me has pisado, Greg!
-Lo siento -se lamentó el chico.
Draco volvió a tientas a su asiento.
-¿Habremos tenido una avería? -preguntó Blaise.
-Imposible -murmuró Vincent.
Se oyó el sonido que produce la mano frotando un cristal mojado, y Hermione vio la silueta negra y borrosa de Vincent, que limpiaba el cristal y miraba fuera.
-Algo pasa ahí fuera -dijo el Slytherin-. Creo que está subiendo gente…
La puerta del compartimento se abrió de repente y alguien cayó sobre las piernas de Blaise, haciéndole daño.
-¡Perdona! ¿Tienes idea alguna de lo que pasa? ¡Ay! Lo siento…
-Mini Weasley -dijo Blaise, tanteando en la oscuridad, y tirando hacia arriba de la capa de Ginny.
-¿Blaise? ¿Eres tú? ¿Qué sucede?
-¿Te parece que tenemos idea de lo que ocurre, mini Weasley? -escupió Draco con burla.
Se oyó un bufido y un chillido de dolor. Ginny había ido a sentarse dónde Crookshanks había hecho su cama después de comerse la rana de chocolate.
-¡Cuidado, comadreja! -reprendió Blaise entre risas- Crookshanks está sentado ahí.
-Un aviso no habría venido de más -lloriqueo Ginny.
-¿Qué haces aquí? -preguntó Gregory con curiosidad.
-Ron me corrió -respondió la niña.
-Tu hermano es un idiota, ¡vaya sorpresa! -se burló Draco.
Se oyó un chisporroteo y una luz parpadeante iluminó el compartimento. Marcus estaba parado justo en la entrada, escudriñando a los adolescentes.
-¡Marcus! -cantó Hermione cuando el prefecto entró-. ¿Qué ocurre?
-No tengo idea -negó Marcus, sus orbes negros puestos en Ginny-. ¿Qué hace ella aquí? -Ginny se encogió en su asiento-. Nadie fuera de Slytherin puede estar en nuestros compartimentos.
-¡Por favor, Marcus! -Blaise puso los ojos en blanco-. ¡Es la heredera de Slytherin!
-¡BLAISE!
La puerta se abrió lentamente detrás de Marcus. De pie en el umbral, iluminado por las llamas que tenía Marcus en la mano, había una figura cubierta con capa y que llegaba hasta el techo. Tenía la cara completamente oculta por una capucha. Hermione miró hacia abajo y lo que vio le hizo contraer el estómago. De la capa surgía una mano gris, viscosa y con pústulas. Como algo que estuviera muerto y se hubiera corrompido bajo el agua…
Solo estuvo a la vista una fracción de segundo. Como si el ser que se ocultaba bajo la capa hubiera notado la mirada de Hermione, la mano se metió entre los pliegues de tela negra. Un frío intenso se extendió por encima de todos.
-Ninguno de nosotros esconde a Sirius Black bajo la capa. Vete. -ordenó Marcus, sacando su varita mágica y apuntando al dementor-. ¡Fuera! -Éste dio media vuelta y se fue…
-Eh… Weasley -llamó Blaise.
Ginny había empezado a llorar repentinamente, y el moreno no tuvo en sí para ignorarla. La atrajo a sus brazos y empezó a consolarla en voz baja.
-Iré a comprobar al resto de nuestra casa -murmuró Marcus, manteniendo su mirada en Draco e ignorando a Blaise y Ginny-. Cierren con seguro y no salgan hasta que estemos a las puertas de Hogsmeade -ordenó, saliendo y cerrando la puerta detrás de sí.
No hablaron durante el resto del viaje. Hermione se había acurrucado contra Draco, en la esquina opuesta donde estaban Blaise y Ginny. Theodore se había movido para sentarse entre Vincent y Gregory, los tres mirando en silencio a la pelirroja que gimoteaba.
-¿Qué nunca tendremos un año tranquilo en Hogwarts? -se quejó Blaise con cierto enojo, el llanto de Ginny le partía el alma.
Hogwarts.
Gran Comedor.
20:30 p.m.
-¡Bienvenidos! -dijo el profesor Dumbledore, con la luz de la vela reflejándose en su barba-. ¡Bienvenidos a un nuevo curso en Hogwarts! Tengo algunas cosas que decirles a todos, y como una es muy seria, la explicaré antes de que nuestro excelente banquete los deje aturdidos. -Dumbledore se aclaró la garganta y continuó-: Como todos saben después del registro que ha tenido lugar en el expreso de Hogwarts, tenemos actualmente en nuestro colegio a algunos dementores de Azkaban, que están aquí por asuntos relacionados con el Ministerio de Magia. Están apostados en las entradas a los terrenos del colegio, y tengo que dejar muy claro que mientras estén aquí nadie saldrá del colegio sin permiso. A los dementores no se les puede engañar con trucos o disfraces, ni siquiera con capas invisibles -añadió como quien no quiere la cosa-. No está en la naturaleza de un dementor comprender ruegos o excusas. Por lo tanto, les advierto a todos y cada uno de ustedes que no deben darles ningún motivo para que les hagan daño. Confío en que los prefectos y los nuevos delegados se aseguraren de que ningún alumno intenta burlarse de los dementores.
Marcus Flint y Emma Vanity, sentados al centro de la mesa como siempre, miraban con seriedad al director. Dumbledore hizo otra pausa. Recorrió la sala con una mirada muy seria y nadie movió un dedo ni dijo nada.
-Por hablar de algo más alegre -continuó-, este año estoy encantado de dar la bienvenida a nuestro colegio a dos nuevos profesores. En primer lugar, el profesor Lupin, que amablemente ha accedido a enseñar Defensa Contra las Artes Oscuras.
Hubo algún aplauso aislado y carente de entusiasmo. El profesor Lupin parecía un adán en medio de los demás profesores, que iban vestidos con sus mejores túnicas.
-¿Qué ocurre con el profesor Snape? -preguntó Hermione al oído de Draco, que solo se encogió de hombros.
El profesor Snape miraba al profesor Lupin desde el otro lado de la mesa de los profesores. Estaba crispando su rostro delgado y cretino. Era más que enfado: era odio.
-En cuanto al otro último nombramiento -prosiguió Dumbledore cuando se apagó el tibio aplauso para el profesor Lupin-, siento decirles que el profesor Kettleburn, nuestro profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas se retiró al final del pasado curso para aprovechar en la intimidad los miembros que le quedaban. Sin embargo, estoy encantado de anunciar que su lugar lo ocupará nada menos que Rubeus Hagrid, que ha accedido a compaginar estas clases con sus obligaciones como guardabosques.
Draco y Hermione se miraron atónitos, sin unirse al caluroso aplauso que provenía de la mesa de Gryffindor. Hagrid, el semigigante, estaba rojo como un tomate y se miraba las enormes manos, con la amplia sonrisa oculta por la barba negra.
-Bien, creo que ya he dicho todo lo importante -dijo Dumbledore-. ¡Que comience el banquete!
Las fuentes doradas y las copas que tenían delante se llenaron de pronto de comida y bebida.
-¿Por qué alguien pondría a ese bruto como profesor? -se quejó Pansy Parkinson con los labios fruncidos.
-Al menos tú no tendrás clase con ese bruto -se lamentó Blaise, restregándose el rostro con las manos.
-¿Estás bien? -preguntó Draco en voz baja, apretándose contra Hermione. Su brazo se deslizó alrededor su cintura y la otra mano agarró ambas manos de Hermione y le regaló un apretón-. Sé que quieres mucho al profesor Snape. Siento no haberte contado antes su pasado como mortífago -le susurró. Su aliento mentolado se mezcló con el de ella.
-Estoy bien -dijo Hermione en voz baja, recargando su cabeza sobre el hombro de Draco-. Suena como algo imposible que haya sido un mortífago. No puedo imaginármelo.
-Entonces no lo hagas -dijo, soltando sus manos para picotearle la nariz con un largo dedo y sacarle una sonrisa reticente-. Sé que te aprecia, no te habría entregado un giratiempos si no tuviera una opinión elevada sobre ti.
-¿Qué tanto cuchichean? -espetó Blaise, enarcando una ceja y con la copa de oro a medio camino de sus labios. Los dos Slytherin se giraron a la par; los dedos de Draco apartándose del rostro de la castaña.
-Nada -respondió Hermione y se incorporó, alejándose del cálido refugio que era Draco.
-¿Por qué siempre que volteo ustedes están coqueteando? -la sonrisa de Theo igualaba a la de Blaise.
-Nosotros no coqueteamos -siseo Draco en tono ronco, sus mejillas tan rojas como el vino.
-Si tú lo dices… -Blaise tenía una sonrisa de tiburón.
Draco los fulminó con la mirada y mascullando cosas en voz baja, se llevó un muffin a la boca.
-Te apuesto que, para cuarto año, ya son novios -dijo Blaise en voz baja, mirando a sus amigos que ya no cuchicheaban entre ellos, pero estaban hombro con hombro y compartían la comida en sus platos.
-Quinto -aportó Theo.
Blaise evaluó sus opciones y asintió con seriedad, cerrando el pacto con un apretón de manos.
02, septiembre. 1993.
Torre de Adivinación.
10:57 a.m.
-¿Dónde está la profesora? -preguntó Hermione, sacándole un susto a Blaise.
El joven Slytherin soltó un grito agudo y el libro que tenía en las manos salió volando y rebotó en la cabeza de Millicent parada frente a ellos. Se llevó la mano al pecho y le regaló una mirada alucinada a la chica que acababa de asomar su descuidada cabellera entre Vincent y Gregory.
-¿¡De dónde demonios saliste!? -jadeo sin aire.
-¡Oye, idiota! -gruñó Millicent, girándose y lanzándole el libro al rostro a Blaise. El chico lo detuvo gracias a sus excelentes reflejos.
-Que… curioso lugar -murmuró Hermione guardando su giratiempos dentro del suéter gris en vez de responder a la pregunta. Sus ojos recorrían el aula de aspecto extraño.
No se parecía nada a un salón; era algo medio camino entre un ático y un viejo salón de té. Al menos veinte mesas circulares, redondas y pequeñas, se apretujaban dentro del aula, todas rodeadas de sillones tapizados con tela de colores y cojines pequeños y redondos. Todo estaba iluminado con una luz tenue y roja. Había cortinas en todas las ventanas y las numerosas lámparas estaban tapadas con pañoletas rojas. Hacía un calor agobiante, y el fuego que ardía en la chimenea, bajo una repisa abarrotada de cosas, calentaba una tetera gran de cobre y emanaba una especie de perfume denso. Las estanterías de las paredes circulares estaban llenas de plumas polvorientas, cabos de cela, muchas barajas viejas, infinitas bolas de cristal y una gran cantidad de tazas de té.
-Llegas relativamente temprano -respondió Theodore, su mirada vagando en el resto de los alumnos que iban entrando. Todos con miradas curiosas.
-¿En qué momento…?
-Bienvenidos -dijo una voz entre las sombras con voz suave, interrumpiendo a Blaise-. Es un placer verlos por fin en el mundo físico.
La inmediata impresión de Hermione fue que se trataba de un insecto grande y brillante. La profesora Trelawney se acercó a la chimenea y vieron que era sumamente delgada. Sus grandes garras aumentaban varias veces el tamaño de sus ojos y llevaba puesto un chal de gasa con lentejuela. De su cuello largo y delgado colgaban innumerables collares de cuentas y tenía las manos llenas de anillos y los brazos de pulseras.
-Siéntense, niños míos, siéntense -dijo, y todos se encamararon torpemente a los sillones o se hundieron en los cojines. Hermione se sentó en la misma mesa que Theodore y Draco, mientras Vincent y Gregory se sentaban junto a Blaise-. Bienvenidos a la clase de Adivinación -dijo la profesora Trelawney, que se había sentado en un sillón de orejas, delante del fuego-. Soy la profesora Trelawney. Seguramente es la primera vez que me ven. Noto que descender muy a menudo al bullicio del colegio principal nubla el ojo interior.
Nadie dijo nada ante esta extraordinaria declaración. Con movimientos delicados, la profesora Trelawney se puso bien el chal y continuó hablando:
-Así que han decidido estudiar Adivinación, la más difícil de todas las artes mágica. Debo advertirles desde el principio que, si no poseen la Vista, no podré enseñarles prácticamente nada. Los libros tampoco les ayudarán mucho en este terreno… Hay numerosos magos y brujas que, aun teniendo gran habilidad en lo que se refiera a transformaciones, hechizos y desapariciones súbitas, son incapaces de penetrar en los velos misteriosos del futuro -continuó la profesora Trelawney, recorriendo las caras nerviosas con sus ojos enormes y brillantes-. Es un don reservado para unos pocos. Dime, muchacho -dijo de repente a Blaise, que dejó de mirar a Hermione para mirarla a ella-, ¿se encuentra bien tu padre?
-Mi padre murió hace muchos años, profesora -respondió Blaise con una mueca furiosa.
-Oh, que curioso -dijo la profesora Trelawney-. ¿Tu madre se volvió a casar?
-Sí -dijo, entrecerrando los ojos con desconfianza-. Hace un mes.
-El más corto de nueve, querido -dijo la profesora Trelawney. El fuego de la chimenea se reflejaba en sus largos pendientes de color esmeralda. La tensión que salía de Blaise era palpable. La profesora Trelawney prosiguió plácidamente-. Durante este curso estudiaremos los métodos básicos de adivinación. Dedicaremos el primer trimestre a la lectura de las hojas de té. El segundo nos ocuparemos en quiromancia. A propósito, querida mía -le soltó de pronto a Parvati Patil-, ten cuidado con cierto pelirrojo.
Patil miró con un sobresalto a Weasley, que estaba inmediatamente detrás de ella, y alejó de él su sillón.
-Durante el último trimestre -continuó la profesora Trelawney-, pasaremos a la bola de cristal si la interpretación de las llamas nos deja tiempo. Por desgracia, un desagradable brote de gripe interrumpirá las clases de febrero. Yo misma perderé la voz. Y en torno a Semana Santa, uno de ustedes nos abandonará para siempre. -Un silencio muy tenso siguió a este comentario, pero la profesora Trelawney no pareció notarlo-. Querida -añadió dirigiéndose a Lavender Brown, que era quien estaba más cerca de ella y que se hundió contra el respaldo de sillón-, ¿me podrías pasar la tetera grande de plata?
Brown dio un suspiro de alivio, se levantó, tomó una enorme tetera de la estantería y la puso sobre la mesa, ante la profesora Trelawney.
-Gracias, querida. A propósito, eso que temes sucederá el viernes 16 de octubre. -Brown tembló-. Ahora quiero que se pongan por parejas. Tomen una taza de la estantería, vengan a mí y se las llenaré. Luego siéntense y beban hasta que sólo queden los cunchos. Remuevan entonces los cunchos agitando la taza tres veces con la mano izquierda y pongan luego la taza boca abajo en el plato. Esperen a que haya caído la última gota de té y pasen la taza a su compañero, para que la lea. Interpreten los dibujos por los cunchos utilizando las página de Disipar las nieblas del futuro. Yo pasaré a ayudarles y a darles instrucciones. ¡Ah!, querido… -asió a Longbottom por el brazo cuando el muchacho iba a levantarse- cuando rompas la primera taza, ¿serás tan amable de tomar una de las azules? Las de color rosa me gustan mucho.
Como es natural, en cuanto Longbottom hubo alcanzado la balda de tazas, se oyó el tintineo de la porcelana rota. La profesora Trelawney se dirigió a él rápidamente con una escoba y un recogedor y le dijo:
-Una de las azules, querido, si eres tan amable. Gracias…
Cuando Hermione y Draco llenaron las tazas de té, volvieron a su mesa y se tomaron rápidamente la ardiente infusión. Removieron los cunchos como les había indicado la profesora Trelawney, y después secaron las tazas y las intercambiaron.
-Bien -dijo Hermione, después de abrir los libros por las páginas 5 y 6-. ¿Qué ves en la mía?
-Una masa marrón y empapada -respondió Draco. El humo fuertemente perfumado de la habitación adormecía y atontaba.
-¡Draco, esto es serio! -riñó Hermione.
-¡Ensanchen la mente, queridos, y que sus ojos vean más allá de lo terrenal! -exclamó la profesora Trelawney sumida en la penumbra.
Draco rodó los ojos, pero se esforzó en distinguir algo.
-Hay una especie de rosa… creo… creo que podría ser una rosa… -dijo, completamente inseguro. Sus ojos se desviaban de la taza al libro-. Eso significa amor… pero tu rosa parece casi marchita… eso… eso significa… significa que amarás hasta sangrar… -hizo una mueca, sus ojos volviéndose fríos-. ¿te gusta alguien?
-¿Qué? ¡No! -negó la castaña, disparándole una mirada enojada-. Eso es una tontería -resopló, su mirada parpadeando hacia la taza. Era difícil darle forma, parecía casi una espada-. Aquí dice… -hizo una mueca mientras consultaba Disipar las nieblas del futuro-… Lo único parecido es la daga de la traición; apuñalarás a alguien por la espalda y serás felizmente libre por ello.
-Que estupidez -replicó Draco frunciendo el ceño.
A unas mesas de ellos, Harry Potter soltó una carcajada estrepitosa provocando que la profesora Trelawney se alejara de la mesa de Pansy y se acercara a él.
-Déjame ver eso, querido -le dijo a Weasley en tono recriminatorio, y le quito la taza de Potter. Todos se quedaron en silencio, expectantes.
La profesora Trelawney miraba la fijamente la taza de té, girándola en sentido contrario a las agujas del reloj.
-El halcón… querido, tienes un enemigo mortal.
-Eso lo sabe todo el mundo -dijo Hermione sin medir su tono. La profesora Trelawney la miró fijamente-. Todo el mundo sabe lo de Potter y Quien-usted-sabe.
Draco la miró con una mezcla de asombro y admiración. Nunca la había oído hablar así a un profesor. Blaise soltó una risita que se escuchó en todo el salón, y el resoplido de Theodore no se hizo de esperar.
La profesora Trelawney prefirió no contestar. Volvió a bajar sus grandes ojos hacia la taza de Potter y continuó girándola.
-La porra… un ataque. Vaya, vaya… no es una taza muy alegre…
-Creí que era un sombrero hongo -reconoció Weasley con vergüenza.
-La calavera… peligro en tu camino…
Toda la clase escuchaba con atención, sin moverse. La profesora Trelawney dio una última vuelta a la taza, se quedó boquiabierta y gritó.
Oyeron romperse otra taza; Gregory la había dejado caer por el susto. La profesora Trelawney se dejó caer en un sillón vacío, con la mano en el corazón y los ojos cerrados.
-Mi querido chico… mi pobre niño… no… es mejor no decir… no… no me preguntes…
-¿Qué es, profesora? -dijo inmediatamente Dean Thomas. Todos los Gryffindor que tomaban la clase se habían puesto de pie y rodearon la mesa de Weasley, acercándose mucho al sillón de la profesora Trelawney para poder ver la taza de Potter.
-Querido mío -abrió completamente sus grandes ojos-, tienes el Grim.
-¿El qué? -preguntó Potter.
-¡Ni de coña! -gritó Blaise horrorizado, dándole golpes con la mano abierta a Theodore en el pecho. El castaño gruñó por el dolor, pero miró a Potter con una mezcla de miedo y respeto.
El resto de la clase estaba confundida, nadie realmente consciente de lo que había causado tal reacción en los dos Slytherin.
-¡El Grim, querido, el Grim! -exclamó la profesora Trelawney, que parecía extrañada de que sus estudiantes no comprendieran-. ¡El perro gigante y espectral que ronda por los cementerios! Mi querido chico, se trata de un augurio, el peor de los augurios… el augurio de la muerte.
Casi todos soltaron jadeos y gritos horrorizados. Hermione optó por levantarse de su asiento y caminar hacia la profesora Trelawney, con Draco pisándole los talones. Miró la taza de té con el ceño fruncido.
-No creo que se parezca a un Grim -dijo Hermione rotundamente; las sobras del té casi podían pasar por un círculo con muchas púas.
La profesora Trelawney examinó a Hermione con creciente desagrado.
-Perdona que te lo diga, querida, pero percibo muy poca aura a tu alrededor. Muy poca receptividad a las resonancias del futuro.
Draco estaba echando una mirada a la taza, con su barbilla sobre el hombro derecho de Hermione para intentar ver mejor.
-Parece un Grim si miras así -dijo con los ojos casi cerrados-, pero así parece un burro -añadió inclinándose a la izquierda.
-¡Cuando hayan terminado de decidir si voy a morir o no…! -dijo Potter, pero nadie se dignó a mirarlo.
-Creo que hemos concluido por hoy -dijo la profesora Trelawney con su voz más leve-. Sí… por favor, recojan sus cosas.
Silenciosamente, los alumnos entregaron las tazas de té a la profesora Trelawney, recogieron los libros y cerraron las mochilas.
-Hasta que nos veamos de nuevo -dijo débilmente la profesora Trelawney-, que la buena suerte los acompañe. Ah, querido… -señaló a Blaise-, llegarás tarde a la próxima clase, así que tendrás que trabajar un poco más para recuperar el tiempo perdido.
Los Slytherin bajaron entre murmullos la escalera de mano del aula y luego de caracol, y luego se dirigieron a la clase de Historia de la Magia del profesor Binns.
-Que mala suerte la de Potter -se lamentó Daphne, sentándose junto a Pansy. El aula se lleno con los sonidos de pergaminos, plumas y libros siendo sacados de las mochilas.
-No está bien desearle la muerte a un alumno -negó Hermione, sus rizos alborotándose con el movimiento-. Aunque tampoco es como que haya sido la gran profecía. Potter siempre termina envuelto en situaciones de muerte, todos sabemos eso.
-¿Y qué hay de Longbottom? -preguntó Flora-. Rompió la taza.
-Es Longbottom-squib, dolcezza -se burló Blaise rodando los ojos.
-También dijo que llegarías tarde a la clase siguiente, y nunca un Slytherin ha llegado tarde a una clase -aportó Pansy, echando su larga cabellera oscura detrás de su hombro.
-Sí, y preguntó por mi padre cuando lleva siete años muerto.
-Adivinación es algo muy impreciso -dijo Draco, arrastrando las palabras con aburrimiento-. Tiendes a hacer muchas conjeturas.
-Ya me lamenté haberme inscrito -se quejó Theodore, pasándose los dedos por el cabello-. Estoy casi seguro de que Marcus sabía y quiso hacernos la broma -acusó.
-No fue tan malo -intentó Flora una vez más-. Mi taza decía que obtendría una suma grande de dinero en los próximos años.
-Y la de Nott decía que se cuidara de los hombres lobo -resopló Blaise, cruzándose de brazos-. Algo me dice que Adivinación terminará sacándome de quicio.
Prados de Hogwarts.
13:54 p.m.
-Otra clase que lamento -se quejó Blaise conforme bajaban por el sendero hacia la cabaña del guardabosques-. Empezaré a envidiar a Pansy, Daphne, Flora y Millicent.
-Adivinación y Cuidado de Criaturas Mágicas, ¿cuál sigue? -se burló Draco, su brazo echado por encima de los hombros de Hermione.
Hagrid ya lo estaba esperando en la puerta de su cabaña. Parecía impaciente por empezar, cubierto con su abrigo de piel de topo, y con Fang, el perro jabalinero, a sus pies.
-¡Vamos, dense prisa! -gritó a medida que se aproximaban sus alumnos-. ¡Hoy tengo algo especial para ustedes! ¡Una gran lección! ¿Ya está todo el mundo? ¡Bien, síganme!
Durante un desagradable instante, Hermione temió que Hagrid los condujera al bosque. Sin embargo, Hagrid anduvo por el límite de los árboles y cinco minutos después se hallaron ante un prado donde no había nada.
-¡Acérquense todos a la cerca! -gritó-. Asegúrense de que tienen buena visión. Lo primero que tienen que hacer es abrir sus libros.
-¿De qué modo? -dijo Draco arrastrando la voz con frialdad.
-¿Qué? -dijo Hagrid.
-¿De qué modo abrimos los libros? -repitió Draco. Sacó su ejemplar de El monstruoso libro de los monstruos, que había atado con una cuerda. Otros lo imitaron.
-¿Nadie ha sido capaz de abrir el libro? -preguntó Hagrid, decepcionado.
La clase entera negó con la cabeza mientras Hermione lo miraba con incredulidad.
-Tienen que acariciarlo -dijo Hagrid, como si fuera lo más obvio del mundo-. Miren…
Tomó el ejemplar de Draco y desprendió el celo mágico que lo sujetaba. El libro intentó morderlo, pero Hagrid le pasó por el lomo su enorme dedo índice, y el libro se estremeció, se abrió y quedó tranquilo en su mano.
-¡Que tontos hemos sido todos! -dijo Draco despectivamente, recibiendo el libro de vuelta-. ¡Teníamos que acariciarlo! ¿Cómo no se nos ocurrió?
-Yo… yo pensé que les haría gracia -le dijo Hagrid, dubitativo.
-¡Ah, que gracia nos hace…! -dijo Draco, pasándole su tranquilo ejemplar a Hermione y tomando el de ella para poder abrirlo-. ¡Realmente ingenioso, hacernos comprar libros que quieren comernos las manos!
-Cierra la boca, Malfoy -le dijo Potter en voz baja detrás de ellos. Draco lo miró, abriendo el ejemplar de Hermione… no lo había visto llegar, pero era obvio que tomaría la clase de su… amigo.
A pesar de que habían combatido la muerte juntos el año pasado, nada había cambiado. Potter aún lo odiaba, y Draco lo seguía despreciando.
-Bien, pues -dijo Hagrid, que parecía haber perdido el hilo-. Así que… ya tienen los libros y… y… ahora les hacen falta las criaturas mágicas. Sí, así que iré por ellas. Esperen un momento…
Se alejó de ellos, penetró el bosque y se perdió de vista.
-Creí que podía tratarse de una broma -dijo Draco, girándose hacia Theodore-. Dumbledore de verdad tiene a ese tonto dando clases…
-¡Cierra la boca, Malfoy! -repitió Potter.
-Cuidado, Potter, hay un dementor detrás de ti -espetó Draco, sin girarse a mirarlo. Habían escuchado, por Adrian Pucey, que Potter se había desmayado en el tren al encontrarse de frente con el dementor.
Vincent, Blaise y Gregory se burlaron.
-¡Uuuuh! -gritó Lavender Brown, señalando hacia la otra parte del prado.
Trotando en dirección de ellos se acercaba una docena de criaturas, las más extrañas que Hermione había visto en su vida. Tenían el cuerpo, las patas traseras y la cola de caballo, pero las patas delanteras, las alas y la cabeza de águila gigante. El pico era del color del acero y los ojos de un naranja brillante. Las garras de las patas delanteras eran de quince centímetros cada una y parecían armas mortales. Cada bestia llevaba un collar de cuero grueso alrededor del cuello, atado a una larga cadena. Hagrid sostenía en sus grandes manos el extremo de todas las cadenas. Se acercaba corriendo por el prado, detrás de las criaturas.
-¡Vayan para allá! -les gritaba, sacudiendo las cadenas y forzando a las bestias a ir hacia la cerca, donde estaban los alumnos. Todos se echaron un poco hacia atrás cuando Hagrid llegó donde estaban ellos y ató a los animales a la cerca.
-¡Hipogrifos! -gritó Hagrid alegremente, haciendo a sus alumnos una señal con la mano-. ¿A que son hermosos?
Hermione pudo comprender que Hagrid los llamara hermosos. En cuanto uno se recuperaba del susto que producía ver algo que era mitad pájaro y mitad caballo, podía empezar a apreciar el brillo externo del animal, que cambiaba paulatinamente de la pluma al pelo. Todos tenían colores diferentes: gris fuerte, ruano rosáceo, castaño brillante y negro tinta.
-Vamos -dijo Hagrid frotándose las manos y sonriéndoles-, si quieren acercarse un poco…
Nadie parecía querer acercarse. Potter, Weasley y Longbottom, sin embargo, se aproximaron con cautela a la cerca.
-Lo primero que tienen que saber de los hipogrifos es que son orgullosos -dijo Hagrid-. Se molestan con mucha facilidad. Nunca ofendan a ninguno, porque podría ser lo último que hicieran…
-Clasificación tres X -murmuró Theodore, mirando emocionado a las criaturas-. Su crianza se deja solo a los expertos en Criaturas Mágicas….
-Que chiste -se burló Draco con desprecio-. Si terminamos muertos, me aseguraré de atormentarlo el resto de sus días.
-Si terminamos muertos -dijo Vincent-. Preferiría no regresar como fantasma y quedarme atrapado en Hogwarts como el Barón Sanguinario, o peor, como Myrtle la Llorona atada a un cubículo de baño.
-¡Ey! ¿Qué mierda?
Un chico de Ravenclaw le había pisado el pie a Blaise en un intento de alejarse de Hagrid, todos habían retrocedido un paso. El Slytherin lo empujó de vuelta, haciéndolo trastabillar.
-¿Nadie? -preguntó Hagrid con voz suplicante.
Hermione sacudió la cabeza, tratando de regresar su atención a la clase, pero estaba perdida en cuanto a la pregunta del semigigante.
-Yo -se ofreció Potter.
Se oyó un jadeo, y Brown y Patil susurraron:
-¡No, Harry, acuérdate de las hojas de té!
Potter no hizo caso y saltó la cerca.
-¡Buen chico, Harry! -gritó Hagrid-. Veamos cómo te llevas con Buckbeak.
Soltó la cadena, separó al hipogrifo gris de sus compañeros y le desprendió el collar de cuero. Hermione se aferró al brazo de Draco, conteniendo la respiración. El platinado entornaba los ojos con malicia.
-Tranquilo ahora, Harry -dijo Hagrid en voz baja-. Primero míralo a los ojos. Procura no parpadear. Los hipogrifos no confían en ti si parpadeas demasiado…
Buckbeak había vuelto la cabeza grande y afilada, y miraba a Potter fijamente con un ojo terrible de color naranja.
-Eso es -dijo Hagrid-. Eso es, Harry. Ahora inclina la cabeza… -Potter hizo lo dicho. El hipogrifo seguía mirándolo fijamente y con altivez. No se movió-. Ah -la voz de Hagrid sonaba preocupada-. Bien, vete hacia atrás, tranquilo, despacio…
Pero entonces, el hipogrifo dobló las arrugadas rodillas delanteras y se inclinó profundamente.
-¡Bien hecho, Harry! -dijo Hagrid, eufórico-. ¡Bien, puedes tocarlo! Dale unas palmadas en el pico, vamos.
Potter se acercó al hipogrifo lentamente y alargo el brazo. Le dio unas palmadas en el pico y el hipogrifo cerró los ojos para dar a entender que le gustaba.
La clase rompió en aplausos. Todos excepto los Slytherin, que en su mayoría parecían decepcionados mientras que Theo y Hermione soltaban el aire retenido.
-Bien, Harry -dijo Hagrid-. ¡Creo que el hipogrifo dejaría que lo montaras!
-¿Qué? -Hermione soltó un chillido bajo.
-Súbete ahí, detrás del nacimiento del ala -dijo Hagrid-. Y procura no arrancarle ninguna pluma, porque no le gustaría…
Potter puso el pie sobre el ala de Buckbeak y se subió en el lomo. Buckbeak se levantó. Potter parecía no saber de dónde agarrarse, delante de él todo estaba cubierto de plumas.
-¡Vamos! -gritó Hagrid, dándole una palmada al hipogrifo en los cuartos traseros.
A cada lado de Potter, sin previo aviso, se abrieron unas alas de más de tres metros de longitud. Apenas le dio tiempo a agarrarse del cuello del hipogrifo antes de remontar el vuelo.
-Joder con Potter… -la voz de Theo sonaba sin aliento, viendo al hipogrifo sobrevolar el prado-. Buckbeak pudo haberlo matado…
-Potter tiene demasiada suerte -resopló Blaise-. Ya se ha enfrentado tres veces a Lord Oscuro y sigue con vida. Yo, en cambio, ya perdí la esperanza de que nos honré con su muerte.
El hipogrifo descendió después de una vuelta.
-¡Muy bien, Harry! -gritó Hagrid, mientras todos lo vitoreaban a excepción de los Slytherin-. ¡Bueno!, ¿quién más quiere probar?
Envalentonados por el éxito de Potter, los demás saltaron al prado con cautela, pero los Slytherin decidieron quedarse atrás. Hagrid desató por uno los hipogrifos y, al cabo de un rato, los alumnos hacían timoratas reverencias por todo el prado. Al final; Hermione, Draco y Theo habían escogido a Buckbeak mientras Gregory, Vincent y Blaise practicaban con el castaño.
Buckbeak había inclinado la cabeza ante Draco, que le daba palmaditas en el pico.
-Venga, ya… esto es muy fácil -dijo con desconfianza-. No resultaste ser muy feroz, ¿verdad, cosita fea?
-¿Fea? -preguntó Potter, alejándose del lado de un abatido Hagrid desde dónde había estado supervisando a los Slytherin con ojo crítico y se acercó a ellos-. Creo que ambos tenemos un criterio distinto a lo que se considera "fea" -escupió y su mirada se desvió ligeramente a Hermione.
La Slytherin jadeo, su corazón estrujándose en su pecho al escuchar las risitas de Brown y Patil. Ella sabía perfectamente que no era una belleza glorificada; convivía diariamente con Pansy, Daphne, Flora y Millicent, consiente de los hermosos rostros de sus amigas. ¡Por Dios! No solo ella, todo Slytherin. Hermosas mujeres con rasgos refinados y gráciles.
Pero sus mejores amigos siempre la habían tratado como si fuera la flor más hermosa del prado; así que su apariencia nunca había sido un punto bajo en su autoestima. No hasta que Potter lo mencionó.
-¡Pequeña mierda! -escupió Draco con furia sin mediar su agarre sobre el hipogrifo para girarse hacía Potter.
-¡Draco, no! -gritó Theodore, apartándose rápidamente del animal y arrastrando a Hermione consigo.
Sucedió en un destello de garras de acero. Draco emitió un grito agudísimo y un instante después Hagrid se esforzaba por volver a ponerle el collar a Buckbeak, que quería alcanzar a un Draco que yacía encogido en la hierba y con sangre en la ropa.
-¡DRACO! -Hermione se lanzó de rodillas a un lado del rubio, apretando con fuerza la herida sangrienta en su hombro-. ¡Por Merlín! -jadeo, viendo como la sangre se escurría entre sus dedos y empapaba la camisa blanca y la tierra.
-¡Joder! ¡Joder! ¡Joder! -chillaba Draco, apretando con fuerza las mandíbulas. El dolor le recorría el hombro.
-Te dijeron que no arrancaras las plumas -reprendió Theo, que también se había lanzado al suelo y trataba de hacer más presión, sus manos encima de las de Hermione.
-Si, idiota -la voz de Draco sonaba adolorida-. Recuérdamelo ahorita que… ¡me estoy muriendo!
-No te estas muriendo -le dijo Hagrid, que se había puesto pálido.
-¡Deberían despedirlo! -gritó Blaise, apuntándolo con el dedo mientras Vincent y Gregory corrían hacia Draco y lo ayudaban a levantarse, tratando de llevar los brazos de Draco por encima de sus gruesos hombros para llevarlo cargando.
-¿¡Qué hacen par de idiotas!? -gritó Draco, más pálido de lo usual-. ¡Me desgarró el hombro, imbéciles!
-¡Deja de gritar! ¡Los estas alterando! -exclamó Hermione.
-¡Yo estoy alterado! -aulló Draco.
-¡Oh, estas muerto, Potter! -gritó Blaise, recordando por qué razón Draco fue golpeado.
-¡Cierra el pico, Blaise y abre la maldita cerca! ¡Hay que llevar a Draco a la enfermería! -gritó Theo.
Todos los Slytherin estaban gritando: Draco no paraba de gritar por su herida, Vincent y Gregory gritaban tratando de darle órdenes para llevarlo cargando, Hermione les gritaba por su rudeza y Blaise y Theo se gritaban mutuamente.
Entre gritos, los seis Slytherin se alejaron de la clase, uno malherido y los otros cinco alterados. El profesor Snape estaría tan furioso.
Enfermería de Hogwarts.
11:54 a.m.
-¿En qué estabas pensando? -reprendió el profesor Snape, disparando dagas con la mirada al cabestrillo que sostenía el brazo de su ahijado.
-¿Por qué esto es culpa mía? -gruñó Draco, aún furioso y adolorido con todo el asunto-. ¡Ese imbécil insultó a Hermione! ¡Debería haberlo matado!
-Por Dios, baja la voz, Malfoy -siseo Theodore, mirando sobre su hombro para buscar a Madame Pomfrey, pero ya se había retirado para informar a Dumbledore-. Si alguien te escucha amenazar abiertamente al niño dorado del director, podrían expulsarte.
-Que se atreva -amenazó Draco-. Arrastraré a Potter conmigo y a ese bruto de Hagrid.
-Yo tendré una severa charla con Dumbledore sobre la incompetencia de Hagrid, pero de ahora en adelante te mantendrás alejado de Potter -escupió el profesor Snape con desprecio-. Ese… niño… solo trae desgracias consigo.
-¿Estamos castigados? -preguntó Hermione, sentada en un banco al lado de la cama de Draco y tomando su mano buena con ambas manos.
-¿Por qué estaríamos castigados? -preguntó Blaise, cruzado de brazos.
-Le gritaste a un profesor.
Blaise resopló.
-El semigigante apenas puede considerarse profesor -se burló-. Ni si quiera ha de tener cédula, ¿sus clases siquiera tienen respaldo académico?
-Dumbledore le dio el puesto -reprendió Hermione.
-Sí, pero él…
-¡Basta! -ordenó el profesor Snape, acallando la discusión entre el duo-. Le escribiré a tu padre sobre esto, Draco.
-Como usted desee, pero no espere que responda a sus cartas -murmuró Draco, su mano caliente entre las de Hermione.
Los Slytherin guardaron un silencio sepulcral, todos estaban conscientes que Draco aún le guardaba rencor a su padre por la situación mortal en la que había puesto a Hermione.
-Muy bien -murmuró el profesor Snape, sin expresar sus pensamientos. Por la puerta abierta, Marcus Flint entró corriendo a la enfermería como si el mismísimo Lord Oscuro lo estuviera persiguiendo.
-¿¡Quién…!? ¡Me dieron…! ¡Tu brazo! -farfulló el prefecto de Slytherin, corriendo hacia la camilla donde descansaba Draco. Empezó a inspeccionarlo con la mirada mientras trataba de recuperar la respiración-. ¿Cómo es posible…? ¿Quién…?
-El guardabosques trajo hipogrifos para presentarnos en la primera clase -aportó Theodore, sentado junto a Vincent en la cama de al lado-. Madame Pomfrey dice que no es severo, pero necesitara cabestrillo durante al menos tres semanas.
-Cuando te enfrentaste al basilisco no necesitaste tres semanas de reposo -dijo Vincent, enmudeciendo magistralmente cuando Marcus se giró a mirarlo.
-Sí, pero fue Dumbledore el que lo arregló la última vez y… -la voz de Gregory se fue perdiendo hasta convertirse en un murmullo ininteligible.
-Díganme que esto no fue culpa de Potter, otra vez -siseo Marcus con voz estrangulada por el enojo. El profesor Snape aprovechó esa oportunidad para salir de la enfermería en silencio mientras sus alumnos se miraban entre ellos con miedo en los ojos.
-En nuestra defensa… -carraspeó Blaise, intentando apaciguar a su prefecto.
-Están castigados.
-¡Pero el profesor Snape dijo…!
-¡No! -negó Marcus, cortando la replica de Hermione. Los Slytherin de tercer año jadearon asombrados, Marcus nunca había regañado a Hermione-. ¡No quiero escuchar más sobre esto! ¡Están castigados! ¡No los quiero cerca de Potter y sus dos idiotas! ¿Me han entendido? -cuando ninguno le respondió, gritó-: ¿¡Me han entendido!?
Seis voces se mezclaron entre ellas en un acuerdo en común.
Hermione y sus amigos no volvieron ver a Draco regresar a las aulas de clase hasta el jueves por la mañana, cuando los de Gryffindor y los de Slytherin estaban a la mitad de su clase de Pociones, que duraba dos horas. Entro con aire arrogante en la mazmorra, con el brazo derecho en cabestrillo y cubierto de vendajes.
-¿Cómo estás? -preguntó Hermione genuinamente preocupada-. ¿Te sigue doliendo?
-Sí, bastante -dijo, he hizo un falso gesto de dolor.
Hermione se mordió el labio, le disparó una mirada enojada y se esforzó por ignorarlo el resto de la clase.
-Siéntate -le dijo el profesor Snape amablemente.
Aquel día elaboraban una nueva pócima: una solución para encoger. Draco, sonriendo secretamente a Blaise, colocó su caldero al lado del de Potter y Weasley, para preparar los ingredientes en la misma mesa.
-Profesor -dijo Draco-, necesitaré ayuda para cortar las raíces de margarita, porque con el brazo así no puedo.
-Weasley, córtaselas tú -ordenó el profesor Snape sin levantar la vista.
Weasley se puso rojo como un tomate.
-No le pasa nada a tu brazo -le dijo a Draco entre dientes.
Draco le dirigió una sonrisita desde el otro lado de la mesa.
-Ya has oído al profesor Snape, Weasley. Córtame las raíces.
Weasley cogió el cuchillo, acercó las raíces de Draco y empezó a cortarlas mal, dejándolas todas de distintos tamaños.
-Nunca aprenden… -murmuró Theo a Hermione, que cortaba sus raíces en silencio.
-Profesor -dijo Draco, arrastrando las sílabas-, Weasley está estropeando mis raíces, señor.
El profesor Snape fue hacia la mesa, aproximó la nariz ganchuda a las raíces y le dirigió a Weasley una sonrisa desagradable, por debajo de su largo pelo negro.
-Dele a Malfoy sus raíces y quédese usted con las de él, Weasley.
-Pero señor…
Weasley había pasado el último cuarto de hora cortando raíces en trozos exactamente iguales.
-Ahora mismo -ordenó el profesor Snape, con su voz más peligrosa.
Weasley cedió a Draco sus propias raíces y volvió a empuñar el cuchillo.
-Profesor, necesitaré que me pelen el higo seco -dijo Draco, con voz impregnada de una risa maliciosa.
-Potter, pela el higo seco de Malfoy -dijo el profesor Snape, echándole a Potter una mirada de odio que reservaba sólo para él.
Potter tomó el higo seco de Draco mientras Weasley trataba de arreglar las raíces que ahora tenía que utilizar él. Potter peló el higo seco tan rápido como pudo, y se lo lanzó a Draco sin dirigirle una palabra. La sonrisa de Draco era más amplia que nunca.
-¿Han visto últimamente a su amigo Hagrid? -les preguntó en voz baja.
-A ti no te importa -dijo Weasley entrecortadamente, sin levantar la vista.
-Me temo que no durará mucho como profesor -comentó Draco, haciendo como que le daba pena-. A mi padre no le ha hecho gracia mi herida…
Y sí, a Lucius Malfoy no le había hecho nada de gracia saber que su único heredero había sido lastimado, una vez más, dentro de los terrenos de Hogwarts. No se había presentado al colegio, aún furioso por la amistad que su hijo insistía en entablar con Hermione, la nacida de muggles en Slytherin. Se había conformado con enviar una carta con sus quejas a manos de la mismísima Narcisa Malfoy, antes Black, quién si que había querido ver a su hijo.
-Continúa hablando, Malfoy, y te haré una herida de verdad -gruñó Weasley.
-… Se ha quejado al Consejo Escolar y al ministerio de Magia. Mi padre tiene mucha influencia, no sé si lo saben. Y una herida duradera como ésta… -Exhaló un suspiro prolongado pero fingido-. ¿Quién sabe si mi brazo volverá algún día a estar como antes?
-¿Así que por eso haces teatro? -dijo Potter, cortándole sin querer la cabeza a un ciempiés muerto, ya que la mano le temblaba de furia-. ¿Para ver si consigues que echen a Hagrid?
-Bueno -dijo Draco, bajando la voz hasta convertirla en un suspiro-, en parte sí, Potter. Pero hay otras ventajas. Weasley, córtame el ciempiés.
Unos calderos más allá, Longbottom afrontaba varios problemas. Solía perder el control en las clases de Pociones. Era la asignatura que peor se le daba y el miedo que le tenía al profesor Snape empeoraba las cosas. Su poción, que tenía que ser de un verde amarillo brillante, se había convertido en…
-¡Naranja, Longbottom! -exclamó el profesor Snape, levantando un poco el cucharón y vertiéndolo en el caldero, para que lo viera todo el mundo-. ¡Naranja! Dime, muchacho, ¿hay algo que pueda penetrar esa gruesa calavera que tienes ahí? ¿No me has oído decir muy claro que se necesitaba sólo un brazo de rata? ¿No he dejado muy claro que no había que echar más que unas gotas de jugo de sanguijuela? ¿Qué tengo que hacer para que comprendas, Longbottom?
Longbottom estaba colorado y temblaba. Parecía que se iba a echar a llorar.
-Señorita Granger, haga el favor a Longbottom de instruirlo en los siguientes pasos -dijo el profesor Snape fríamente-. Longbottom, al final de esta clase le daremos unas gotas de esta poción a tu sapo y veremos lo que ocurre. Quizá eso te anime a hacer las cosas correctamente.
El profesor Snape se alejó, dejando a Longbottom sin respiración, a causa del miedo.
-¿Celos, Malfoy? -se burló Weasley en voz baja, sin perderse la mirada furiosa que Draco le dirigía a Longbottom quién estaba siendo ayudado por Hermione.
-He oído que a las chicas les gustan los hombres que saben mostrar sus sentimientos -apoyó Potter, sonriendo enormemente mientras las mejillas pálidas de Draco tomaban un color rojizo.
-Difícilmente Longbottom-squib podría pasar como un hombre -siseo Draco, sus ojos fijos en la interacción del amigo idiota de Potter y Hermione. La castaña daba instrucciones en voz baja, y había una gran distancia entre un asiento y otro, pero el retorcijón de estomago le molestaba más que la herida en el hombro.
-¡Eh, Harry! -dijo Seamus Finnigan, inclinándose para tomarle prestada a Potter la balanza de cobre-. ¿Has oído? El Profeta de esta mañana asegura que han visto a Sirius Black.
-¿Dónde? -preguntaron Potter y Weasley con rapidez, olvidándose de la desdicha de Draco.
-No muy lejos de aquí -dijo Finnigan, que parecía emocionado-. Lo ha visto un muggle. Por supuesto, ella no entendía realmente. Los muggles piensan que es sólo un criminal común y corriente, ¿verdad? El caso es que telefoneó a la línea directa. Pero cuando llegaron los del Ministerio de Mafia, ya se había ido.
-No muy lejos de aquí… -repitió Weasley, mirando a Potter de forma elocuente. Draco sonrió con maldad, sin desviar la mirada cuando Potter se dio cuenta que había escuchado la conversación.
-¿Qué, Malfoy? ¿Necesitas que te pele algo más?
Draco resopló con desdén.
-¿Pensando en atrapar a Black tú solo, Potter?
-Exactamente -dijo Potter.
Los labios de Draco se transformaron en una mueca mezquina.
-Desde luego, yo ya habría hecho algo. No estaría en el cole como un chico bueno. Saldría a buscarlo.
-¿De qué hablas, Malfoy? -dijo Weasley con brusquedad.
-¿No sabes, Potter…? -musitó Draco, sus ojos brillando brevemente con confusión.
-¿Qué he de saber?
Draco soltó una risa despectiva, apenas audible.
-Por supuesto que no lo sabes… -dijo en voz muy baja, probablemente sin que los otros dos pudieran escucharlo-. Si estuviera en tu posición, Slytherin no lo quisiera, lo cazaría yo mismo -lo provocó-. Buscaría venganza.
-¿De qué hablas? -preguntó Potter de mal humor.
En aquel momento, el profesor Snape dijo en voz alta.
-Deberían haber terminado de añadir los ingredientes. Esta poción tiene que cocerse antes de que pueda ser ingerida. No se acerquen mientras esté hirviendo. Y luego probaremos la de Longbottom.
Gregory, Vincent y Blaise se rieron abiertamente al ver a Longbottom azorado y agitando su poción sin parar. Draco no esperó a que Potter continuara su charla, se levantó y tomo asiento en el lugar vacío entre Longbottom y Hermione.
-Tengo una lista de lo que podemos hacer en nuestra primera visita a Hogsmeade -le dijo en voz baja, su mano buena tomando la de Hermione y acariciándole el dorso con el pulgar.
-¡Yo también! -soltó Hermione emocionada, olvidándose de su enojo-. Hice un itinerario y todo.
Draco sonrió, sin perderse el brillo en los ojos de la castaña.
-Por supuesto que lo tienes.
05, septiembre. 1993.
Aula de Defensa Contra las Artes Oscuras.
13:58 p.m.
El profesor Lupin no estaba en el aula cuando llegaron a su primera clase de Defensa Contra las Artes Oscuras. Todos se sentaron, sacaron los libros, las plumas y los pergaminos.
-Es imposible que le siga doliendo -susurró Pansy al oído de Blaise, mirando hacia donde Draco se hacía el adolorido, y Hermione que le sonreía afablemente.
-No le duele -respondió Blaise rodando los ojos-. Solo está molestando al trío dorado.
-¿A quiénes? -preguntó Millicent, frunciendo ligeramente la nariz.
-Potter y sus dos idiotas amigos -dijo Theo-. Ellos piensan que en cualquier momento Lucius Malfoy aparecerá en el vestíbulo pidiendo la cabeza de Buckbeak y la del semigigante.
-Los mantiene a cuerda -se mofó Blaise justo cuando el profesor entraba al aula. Lupin sonrió vagamente y puso su desvencijado maletín en la mesa. Estaba tan desaliñado como siempre, pero parecía más sano que en el banquete de bienvenida, como si hubiera tomado unas cuantas comidas abundantes.
-Buenas tardes -dijo-. ¿Podrían, por favor, meter los libros en la mochila? La lección de hoy será práctica. Sólo necesitarán las varitas mágicas.
Los Slytherin se miraron con curiosidad mientras recogían sus libros. Nunca habían tenido una clase práctica de Defensa Contra las Artes Oscuras, a menos que se contara la memorable clase del año anterior, en el que el antiguo profesor había llevado una jaula de duendecillos y los había soltado en clase.
-Bien -dijo el profesor Lupin cuando todo el mundo estuvo listo-. Si tienen la amabilidad de seguirme…
Desconcertados, pero con interés, los alumnos se pusieron en pie y salieron del aula con el profesor Lupin. Éste los condujo a lo largo del desierto corredor. Doblaron en una esquina. Al primero que vieron fue a Peeves el poltergeist, que flotaba boca abajo en medio del aire y tapaba con chicle el ojo de una cerradura. Peeves ni levantó la mirada hasta que el profesor Lupin estuvo a medio metro. Entonces sacudió los pies de dedos retorcidos y se puso a cantar una monótona canción:
-Locatis lunático Lupin, locatis lunático Lupin, locatis lunático Lupin…
Aunque siempre era desobediente y maleducado, Peeves solía tener algún respeto por los profesores. Todos miraron de inmediato al profesor Lupin para ver cómo se lo tomaría. Ante su sorpresa, el mencionado seguía sonriendo.
-Yo en tu lugar quitaría ese chicle de la cerradura, Peeves -dijo amablemente-. El señor Filch no podrá entrar por sus escobas.
Peeves no prestó atención al profesor Lupin, salvo para soltarle una sonora pedorreta.
El profesor Lupin suspiró y sacó la varita mágica.
-Es un hechizo útil y sencillo -dijo a la clase, volviendo la cabeza-. Por favor, estén atentos.
Alzó la varita a la altura del hombro, dijo ¡Waddiwasi! y apuntó a Peeves.
Con fuerza de una bala, el chicle salió disparado del agujero de la cerradura y fue a taponar la fosa nasal izquierda de Peeves; éste ascendió dando vueltas como en un remolino y se alejó como un bólido, zumbando y echando maldiciones.
-¡No me jodas! -dijo Blaise, asombrado y con la boca abierta-. ¡Ha mandado a volar a Peeves! ¡Es mi jodido héroe!
-Gracias, Blaise -respondió el profesor Lupin, guardando la varita-. ¿Continuamos?
Se pusieron otra vez en marcha, mirando al desaliñado profesor Lupin con creciente respeto.
-Ni siquiera el profesor Snape ha logrado mandar a volar a Peeves… -dijo Daphne.
-Peeves no molesta a los Slytherin -dijo Hermione.
-¡Pfff! -se burló Flora, poniendo los ojos en blanco-. De los mestizos sí que se burla.
-Soy nacida de muggles…
-Pero eres la princesita de Marcus, del profesor Snape y del niño Malfoy -dijo Millicent justo cuando se detuvieron en la puerta de la sala de profesores-. Molestarte a ti, sería como molestar a alguien de sangre pura.
-Entren, por favor -dijo el profesor Lupin abriendo la puerta y cediendo el paso.
En la sala de profesores, una estancia larga, con paneles de madera en las paredes y llena de sillas viejas y dispares, no había nadie salvo un profesor. El profesor Snape estaba sentado en un sillón bajo y observó a la clase mientras ésta penetraba en la sala. Los ojos le brillaban y en la boca tenía una sonrisa desagradable. Cuando el profesor Lupin entró y cerró la puerta tras él, dijo el profesor Snape:
-Déjela abierta, Lupin. Prefiero no ser testigo de esto -Se puso de pie y pasó entre los alumnos. Su túnica negra ondeaba a su espalda. Ya en la puerta, giró sobre sus talones y dijo-: Espero que su plan, sea cual sea, salga a la perfección. No querría discutir con otro… maestro si alguno de mis alumnos vuelve a salir lastimado.
El profesor Lupin alzó la ceja y miró a los Slytherin que sonreían al profesor de Pociones y lo miraban con un brillo de respeto. Sus ojos recorrieron el vendaje de Draco.
-Tendré el debido cuidado, Snape -dijo el profesor Lupin.
-Eso espero -terció el profesor Snape antes de dirigir una mirada aguda a Draco para después salir de la sala y cerrar la puerta en silencio.
-Ahora -dijo el profesor Lupin llamando la atención del fondo de la clase, donde no había más que un viejo armario en el que los profesores guardaban las túnicas de repuesto. Cuando el profesor Lupin se acercó, el armario tembló de repente, golpeando la pared.
-No hay de qué preocuparse -dijo con tranquilidad el profesor Lupin cuando los Slytherin se echaron hacia atrás, alarmados-. Hay un boggart ahí dentro.
Draco dirigió al profesor Lupin una mirada de terror y Daphne vio con aprensión moverse el pomo de la puerta.
-A los boggarts les gustan los lugares oscuros y cerrados -prosiguió el profesor Lupin-: los roperos, los huecos debajo de las camas, el armario de debajo del fregadero… En una ocasión vi a uno que se había metido en un reloj de pared. Se vino aquí ayer por la tarde, y le pregunté al director si se lo podía dejar donde estaba, para utilizarlo hoy en una clase de prácticas. La primera pregunta que debemos contestar es: ¿qué es un boggart?
Hermione levantó la mano.
-Es un ser que cambia de forma -dijo-. Puede tomar la forma de aquello que más miedo nos da.
-Yo no podría haber explicado mejor -admitió el profesor Lupin, y Hermione se puso radiante de felicidad.
-Hermione brilla con los cumplidos -dijo Pansy sin maldad.
-Solo si viene del profesorado, o de Malfoy -se burló Millicent, sus ojos fijos en el rostro ceñudo de Draco.
-El boggart que está ahí dentro, sumido en la oscuridad, aún no ha adoptado una forma. Todavía no se sabe qué es lo que más miedo le da a la persona del otro lado. Nadie sabe qué forma tiene un boggart cuando está solo, pero cuando lo dejamos salir, se convertirá de inmediato en lo que más temamos. Esto significa -prosiguió el profesor Lupin, optando por no hacer caso de los balbuceos de terror de Pansy- que ya antes de empezar tenemos una enorme ventaja sobre el boggart. ¿Sabes por qué, Draco?
-Por qué somos muchos y no sabe qué forma tomar.
-Exacto -dijo el profesor Lupin-. Siempre es mejor estar acompañado cuando uno se enfrenta a un boggart, porque se despista. ¿En qué se debería convertir, en un cadáver decapitado o en una babosa carnívora? En cierta ocasión vi que un boggart cometía el error de querer asustar a dos personas a la vez, y el muy imbécil se convirtió en media babosa. No daba ni gota de miedo. El hechizo para vencer a un boggart es sencillo, pero requiere fuerza mental. Lo que sirve para vencer a un boggart es la risa. Lo que tienen que hacer es obligarlo a que adopte una forma que ustedes encuentren cómica. Practicaremos el hechizo sin la varita. Repitan conmigo: ¡Riddíkulo!
-¡Riddíkulo! -dijeron todos a la vez.
-Bien -dijo el profesor Lupin-. Muy bien. Pero temo que esto es lo más fácil. Como ven, la palabra sola no basta. ¿Quién quiere ser voluntario?
-Creo que se ha equivocado de casa, profesor -dijo Blaise, sus ojos brillando con malicia-. No somos suicidas como Gryffindor.
Los Slytherin se rieron de la pulla, pero el profesor Lupin solo sonrió amablemente en respuesta.
-Blaise -dijo el profesor Lupin-. Vamos, pase…
Blaise perdió el color del rostro.
-Si, Blaise… -dijo Draco, arrastrando las palabras con diversión-… El rojo y dorado te quedará perfecto -se burló.
Vincent le dio un empujón, haciendo que Blaise trastabillara unos pasos hasta terminar enfrente de todos.
-Bien, Blaise -dijo-. Empecemos por el principio: ¿qué es lo que más te asusta en el mundo?
-No lo sé… bueno, tengo una idea, pero… -tragó con dureza.
-Bueno, entonces… -dijo el profesor Lupin-, ¿qué se te hace… gracioso?
-¿Potter vestido con un tutú? -intentó burlarse, pero las palabras salieron temblorosas.
El aula completa se carcajeo.
-De acuerdo -el profesor Lupin sonrió-, ¿puedes recordar exactamente como iría vestido Harry? ¿Eres capaz de verlo mentalmente?
-Sí -dijo Blaise, con inseguridad.
-Cuando el boggart salga de repente de este armario y te vea, Blaise, adoptará la forma que más temes -dijo el profesor Lupin-. Entonces alzarás la varita, así, y dirás en voz alta: ¡Riddikulo!, concentrándote en el atuendo de Harry. Si todo va bien, el boggart tendrá que transformarse en Harry vestido con un tutú.
Hubo una carcajada general.
-Bien, si eso sucederá… ¡adelante! -dijo Blaise, con una sonrisa temblorosa.
-Si a Blaise le sale bien -añadió el profesor Lupin-, es probable que el boggart vuelva su atención hacia cada uno de nosotros, por turno. Quiero que ahora todos dediquen un momento en pensar en lo que más miedo les da y cómo podrían convertirlo en algo cómico…
La sala quedó en silencio. Hermione meditó… ¿qué era lo que más le aterrorizaba en el mundo?
Lo primero que se le vino a la mente fue ser expulsada de la escuela. Pero antes de haber empezado a planear un contraataque contra el boggart-expulsada-de-la-escuela, este se transformó en un troll. En el troll de primer año y luego en el basilisco del segundo año.
-¡Mierda…! -Hermione se volteó hacia Theo, que tenía un rictus de terror en el rostro.
-¿Qué? -preguntó.
-Espero que nadie le salga el Señor Oscuro…
-¡Theodore!
-¿De qué hablan? -Draco se giró hacia ellos, mirando los pálidos rostros de Theo y Hermione.
-No, nada -soltaron ambos a la par.
-¿Todos preparados? -preguntó el profesor Lupin.
Hermione se horrorizo, aún con el rostro joven y pálido de Tom Ryddle flotando en su cabeza. No estaba preparada… no estaba preparada en lo absoluto.
-Nos vamos a echar todos hacia atrás, Blaise -dijo el profesor Lupin-, para dejarte el campo despejado. ¿De acuerdo? -Blaise asintió-. Después de ti, llamaré al siguiente, para que pase hacia adelante… Ahora todos hacia atrás, así Blaise podrá tener sitio para enfrentarse a él.
Todos se retiraron, arrimándose a las paredes, y dejaron a Blaise solo, frente al armario. Estaba algo pálido, pero una sonrisa surcaba su rostro, se había remangado la túnica y tenía la varita preparada.
-A la cuenta de tres, Blaise -dijo el profesor Lupin que apuntaba con la varita al pomo de la puerta del armario- A la una… a las dos… a las tres… ¡ya!
Un haz de chispas salió de la varita del profesor Lupin y dio al pomo de la puerta. El armario se abrió de golpe y una elfina doméstica salió del armario. Vestía una funda de almohada tan blanca como la nieve, y bordada sobre el pecho, un escudo de color morado bajo la letra "Z" brillaba con hilos de plata. La elfina, de ojos tan verdes como el pasto mojado, con sus esqueléticas manos apretaba con fuerza su garganta.
-Amo Blaise… amo Blaise… -lloriqueaba la elfina, y con cada segundo que pasaba su rostro se volvía más pálido-. Amo Blaise… por favor… amo Blaise… sálveme… -y retirando las manos de su garganta, la elfina cayó al suelo, con los brillantes ojos verdes puestos en la nada.
Muerta.
Blaise parecía estar petrificado, con los ojos fijos en la elfina muerta del suelo.
-Blaise… -el profesor Lupin miró conmocionado la escena, y avanzando un paso se disponía a intervenir antes de que el moreno, con los ojos bien abiertos, alzara su varita y apuntara hacia la elfina muerta-:
-¡Ri… Riddíkulo!
Se oyó un chasquido como el látigo, y la elfina muerta desapareció, mostrando a Potter con un leotardo rosa, medias blancas y un tutú de brillantinas.
Hubo una carcajada general. El boggart se detuvo, confuso, y el profesor Lupin gritó:
-¡Flora! ¡Adelante!
Flora avanzó, con el rostro tenso. Potter se volvió hacia ella. Se oyó un chasquido y en el lugar en que había estado Potter apareció una momia cubierta de vendas y con manchas de sangre; había vuelto hacia Flora su rostro sin ojos, y comenzó a caminar hacia ella, muy despacio, arrastrando los pies y alzando sus brazos rígidos…
-¡Riddíkulo! -gritó Flora.
Se soltó una de las vendas y la momia se enredó en ella, cayó de bruces y la cabeza salió rodando.
-¡Pansy!
Pansy pasó junto a Flora como una flecha.
¡Crac! Donde había estado la momia se encontraba ahora una mujer de pelo negro tan largo que le llegaba al suelo, con rostro huesudo de color verde: una banshee. Abrió la boca completamente y un sonido sobre natural llenó la sala: un prolongado aullido que le puso a Hermione los pelos de punta.
-¡Riddíkulo! -graznó Pansy.
La banshee emitió un sonido ronco y se llevó la mano al cuello. Se había quedado afónica.
¡Crac! La banshee se convirtió en una rata que intentaba morderse la cola, dando vueltas en círculo; a continuación… ¡crac!, se convirtió en una serpiente de cascabel que se deslizaba retorciéndose y, luego… ¡crac!, en un ojo inyectándose en sangre.
-¡Está despistado! -gritó Lupin- ¡Lo estamos logrando! ¡Gregory!
Gregory se adelantó.
¡Crac! El ojo inyectado se convirtió en un hombre, de rostro tosco, gordo y con una botella en la mano, estaba tambaleándose. El parecido era innegable: era el padre de Gregory.
-¡Riddíkulo! -gritó Gregory.
Se oyó un chasquido y el hombre trastabillo, cayendo de bruces al suelo.
-¡Excelente! ¡Millicent, te toca!
Millicent se dirigió hacia delante.
¡Crac! Una araña gigante, de dos metros de altura y cubierta de pelo, se dirigía hacia Millicent chasqueando las pinzas amenazadoramente.
-¡Riddíkulo! -gritó Millicent.
Las patas de la araña desaparecieron, y el cuerpo empezó a rodar.
-¡Vincent!
Vincent avanzó. ¡Crac! La araña se transformó en un enorme basilisco, siseando.
-¡Riddíkulo!
¡Crac! La serpiente se transformó en una pequeña lombriz.
-¡Adelante, Daphne, y termina con él! -dijo Lupin cuando el boggart intentaba escapar, sin mucho éxito, en su actual figura. ¡Crac! Allí estaba Medusa, el monstruo de serpientes vivientes en la cabeza.
-¡Riddíkulo! -gritó, y durante una fracción de segundo vislumbraron a las serpientes de Medusa atacándola a ella misma, antes de que Daphne emitiera una sonora carcajada y el boggart estallara en mil volutas de humo y desapareciera.
-¡Muy bien! -gritó el profesor Lupin, mientras los Slytherin aplaudían, divertidos- Muy bien, Daphne. Todos lo han hecho muy bien. Veamos… cinco puntos para Slytherin por cada uno de los que se han enfrentado al boggart. Y cinco por Hermione y otros cinco por Draco.
-Profesor -dijo Theo-. Nosotros no pasamos.
-Bueno, los escuché antes de que Blaise se enfrentara a su boggart -dijo Lupin-. No quería arriesgarme. Y Draco está lastimado, no debería esforzarse.
-Me parece estupendo -dijo Draco, divertido. No quería imaginarse lo horrible que sería encontrarse con un hombre lobo cara a cara.
-Muy bien todo el mundo. Ha sido una clase estupenda. Como tarea van a tener que leer la lección sobre los boggart y hacerme un resumen. Me lo entregarán el lunes. Eso es todo, mientras yo iré a buscar otro boggart para Gryffindor.
Los alumnos abandonaron la sala de profesores, donde habían tomado la clase.
-¿Por qué ustedes no pasaron? -preguntó Flora, mirando de reojo como Hermione tomaba de la mano a Blaise e intentaba darle palabras de consuelo. Vincent hacia lo mismo con Gregory, mientras Draco le daba palmadas en la espalda al castaño.
-Porque se me ocurrió decir que esperaba que a nadie se le apareciera el Señor Oscuro -sonrió Theo.
-Tú, Theodore Nott -dijo Pansy, mirando a Theo como si le hubiera salido otra cabeza-, eres un idiota.
En muy poco tiempo, la clase de Defensa Contras las Artes Oscuras se convirtió en la favorita de la mayoría. Inclusive los Slytherin de mayor edad estaban impresionados con el profesor Lupin, aunque Graham se la pasara despotricando por su falta de sentido al vestir.
-Mira como lleva la túnica -solía decirle a Marcus en murmullos-. Viste peor que los Weasley.
Pero a nadie más le interesaba que la túnica del profesor Lupin estuviera remendada y raída. Sus siguientes clases fueron tan interesantes como la primera. Después de los boggarts estudiaron a los gorros rojos, unas criaturas pequeñas y desagradables, parecidas a los duendes, que se escondían en cualquier sitio en el que hubiera habido derramamiento de sangre, en las mazmorras de los castillos o en los agujeros de las bombas de los campos de batalla, para dar un paliza a los que se extraviaban. De los gorros rojos pasaron a las kappas, unos repugnantes moradores del agua que parecían monos con escamas y con dedos palmeados, y que disfrutaban estrangulando a los ignorantes que cruzaban sus estanques.
Hermione estaba agradecida que sus otras clases fuera igual de entretenidas, con la pequeña excepción de Adivinación y Cuidado de Criaturas Mágicas. En la primera, Trelawney no se cansaba de mirar a Potter como si estuviera a punto de morir y en la segunda, después del incidente del hipogrifo, pasaban lección tras lección aprendiendo a cuidar a los gusarajos, que tenían que contarse entre las más aburridas criaturas del universo.
-¿Por qué alguien se preocuparía por cuidarlos? -preguntó Blaise tras pasar otra hora embutiendo las viscosas gargantas de los gusarajos con lechuga cortada en tiras.
A comienzos de octubre, sin embargo, hubo otra cosa que mantuvo ocupada a Hermione, algo tan divertido que compensaba la insatisfacción de algunas clases. Se aproximaba la temporada de quidditch, y Marcus Flint, el capitán del equipo de Slytherin, convocó una reunión el jueves por la tarde para discutir las tácticas de la nueva temporada y Hermione había sido la invitada de honor.
En un equipo de quidditch había siete personas: tres cazadores, cuya función era marcar goles metiendo la quaffle (un balón como el de fútbol, rojo) por uno de los aros que había en cada lado del campo, a una altura de quince metros; dos golpeadores equipados con fuertes bates para repeler las bludgers (dos pesadas pelotas negras que circulaban muy aprisa, zumbando de un lado para otro, intentando derribar a los jugadores); un guardián que defendía los postes sobre los que estaban los aros; y el buscador, que tenía el trabajo más difícil de todos, atrapar la snitch dorada, una pelota pequeña con alas, del tamaño de una nuez, cuya captura daba por finalizado el juego y otorgaba ciento cincuenta puntos al equipo del buscador que la hubiera atrapado.
Marcus Flint (el único heredero de una de las familias con sangre pura más antiguas dentro de Slytherin) era el padrino de Hermione desde su ingreso a la casa de las serpientes. Era un honor tener un padrino de una casa poderosa y muy útil; Marcus la había instruido en el mundo mágico lo mejor posible y había plantado cara a cualquiera que intentara insultar a Hermione.
Era prefecto de Slytherin, y se encontraba en su último año de estudios. Razón por la que estaba dispuesto a sacrificar cualquier cosa por ganar la copa de quidditch.
-Es nuestra última oportunidad de ganar la copa de quidditch -les dijo, paseándose con paso firme delante de ellos-. Es mi último año en Hogwarts, al igual que el de Lucian, Miles y Graham… deberíamos irnos por lo alto.
-Oliver Wood estará igual de desesperado por ganar la copa -le recordó Graham. Sus gruesos brazos estaban cruzados entre sí en la cima del respaldo de la silla, con las piernas abiertas a los lados y una varita de regaliz en los labios-. También es su último año, y sabemos lo fanático que es al respecto.
-Por no mencionar que llevan siete años si ganar la copa -se burló Lucian, desparramado sobre el sillón de cuero color negro.
-Y nosotros cuatro, que vergüenza -se lamentó Miles, pero nadie pareció prestarle atención.
-No se te olvide que también tienes que empezar a reclutar los puestos que dejaremos vacíos -dio Graham, sacudiendo el dulce hacia la figura fornida que era Marcus.
-Hermione ocupará mi puesto -dijo Marcus con seguridad-. Y Draco será el nuevo capitán; estoy seguro de que ya tiene algunas personas en mente.
-Crabbe y Goyle serían excelentes golpeadores -ofreció Adrian, sentado junto a Hermione-. Y estoy seguro de que Nott podrá ser un buen guardián.
-Bien -asintió Marcus, alzando una ceja hacía Draco para ver si se oponía, pero el rubio no dijo nada-. Hare una misiva y se la entregaré al profesor Snape.
-¿Qué hay de sus puestos como prefectos? -preguntó Hermione.
A diferencia del resto de las casas, Slytherin tenía completo control sobre la decisión de nombrar a los nuevos prefectos. El último trimestre del año, los nuevos prefectos eran anunciados y entrenados por quienes dejarían el lugar vacío, un gran honor para cualquier Slytherin.
-Todavía les faltan dos años para ser considerados -intervino Graham, sonriendo orgulloso por la intención de la castaña-. Por el momento, me gustaría saber nuestra agenda para ganar la copa de quidditch.
Con toda la entereza del mundo, el equipo comenzó las sesiones de entrenamiento, tres tardes a la semana. El tiempo se enfriaba y se hacía más húmedo, las noches más oscuras, pero no había barro, viento ni lluvia que pudieran empañar la ilusión de ganar por fin la enorme copa de plata.
Una tarde, después del entrenamiento al cual había sido invitada, Hermione y el resto de los Slytherin regresaban al calor del castillo cuando se encontraron a Crookshanks en el vestíbulo. Tenía una araña muerta y grande colgando de la boca.
-Que asco, ¿acaso no le das de comer? -cuestionó Graham, frunciendo la nariz con repugnancia.
-A los gatos les gusta cazar, Montague -se burló Blaise, haciendo malabares con su escoba e inclinándose para tomar al gato justo cuando el equipo de quidditch de Gryffindor salía del Gran Comedor, acompañados por Ronald Weasley y Neville Longbottom.
Entre miradas llenas de desdén por parte de ambos, Weasley le disparó una mirada envenenada a Blaise y cubrió con su mano la mochila de un asa que colgaba de su hombro.
-¿Qué tanto miras, Weasley? -siseo el moreno, acicalando a Crookshanks mientras el gato miraba fijamente al pelirrojo.
-No lo sueltes -ordenó Weasley con tono irritado-. Scabbers está durmiendo en mi mochila.
-Por favor, comadreja -dijo Draco, arrastrando las palabras con petulancia-. Crookshanks no comería tu sucia y vieja rata, aunque fuera el último ser viviente en la tierra aparte de él.
El resto de los estudiantes, tanto Gryffindor como Slytherin, ya habían empezado a caminar para cruzar el vestíbulo. Los de verde, en dirección a su sala común para un buen baño y los de rojo, hacía el campo de quidditch.
Con mirada desconfiada, Weasley había dado pasos titubeantes junto a Potter, para seguirlo fuera. Crookshanks, que no había separado su mirada del pelirrojo, saltó de los brazos de Blaise sin previo aviso.
-¡EH! -gritó Weasley, apoderándose de la mochila, al mismo tiempo que Crookshanks clavaba profundamente en ella sus garras y comenzaba a rasgarla con fiereza-. ¡SUELTA, ESTÚPIDO ANIMAL!
Weasley intentó arrebatar la mochila a Crookshanks, pero el gato siguió aferrándola con sus garras, bufando y rasgándola.
-¡No le hagas daño! -gritó Hermione. Todos los miraban. Weasley dio vueltas a la mochila, con Crookshanks agarrando todavía a ella, y Scabbers salió dando un salto…
-¡SUJETEN A ESE GATO! -gritó Weasley en el momento en que Crookshanks soltaba los restos de la mochila, saltaba sobre la escoba que se le había escapado a Blaise de la mano y perseguía a la aterrorizada Scabbers.
George Weasley trató de abalanzarse sobre Crookshanks al mismo tiempo que Graham lo intentaba, pero ambos terminaron envueltos alrededor del otro y cayeron como sacos de piedras al suelo. Al mismo tiempo, Angelina Johnson sacó su varita de su túnica para apuntar al gato con ella, pero Lucian se le puso enfrente, impidiendo que lanzara algún hechizo y lastimara al animal.
Hermione y Weasley corrieron hacía sus mascotas, ambos teniendo más suerte que el resto de sus amigos con la atrapada. Weasley logró capturar a Scabbers antes de que saliera huyendo del castillo, y Hermione logró atrapar a Crookshanks antes de que se abalanzara sobre Weasley.
-¡Mírala! -le dijo Weasley a Hermione hecho una furia, poniéndole a Scabbers delante de los ojos. Marcus corrió hacía ambos y se interpuso en medio, mirando a Weasley desde toda su altura-. ¡Está en los huesos! Mantén a ese gato lejos de ella.
-¡Crookshanks no sabe lo que hace! -dijo la Slytherin con enojo-. ¡Todos los gatos persiguen a las ratas, Weasley!
-¡Hay algo extraño en ese animal! -dijo Weasley, que intentaba persuadir a la frenética Scabbers de que volviera a meterse en su bolsillo-. Me oyó decir que Scabbers estaba en la mochila.
-Que estupidez -dijo Draco, parándose junto a su amiga.
-Es suficiente -dijo Marcus antes de que Weasley pudiera responder. Tomó a Hermione por el brazo y le lanzó una mirada a Draco para que se callara-. Esta es la segunda vez que el idiota de su hermano le grita a mi protegida en mi presencia -siseo el Slytherin de mayor edad, disparando dagas con la mirada a los gemelos Weasley-. Haz que se comporte, no habrá una tercera advertencia.
-¿Eso es una amenaza, Flint? -gruñó Fred Weasley, sus nudillos blancos alrededor de la escoba.
-Es una promesa -respondió el Slytherin, entrecerrando los ojos. El vestíbulo se sumió en un tenso silencio antes de que Marcus instruyera con la mirada al resto de sus amigos para que empezaran a caminar, dejando a los Gryffindor solos en la entrada del castillo.
Al día siguiente, una de las extrañas profecías de Trelawney se cumplió cuando Blaise por primera vez en tres años, había llegado tarde a una clase.
-¡Ven! ¡Ella tenía razón! -aplaudió Flora en voz baja, disparando una mirada a donde la profesora Trelawney consolaba a Lavender Brown.
-Suerte -escupió Blaise, con la corbata mal colocada y los primeros tres botones de la camisa sin abrochar. Su cabello estaba desordenado y su respiración era agitada.
-¿Qué pasó? -preguntó Hermione, indicándole a Blaise la página que debía buscar en el libro.
-El profesor Snape me detuvo -respondió con un escalofrío-. Por lo visto, el esposo de mi madre murió esta mañana.
-¿Estás de coña? -jadeo Vincent-. Lleva cuanto, ¿dos meses de casada?
-Casi -corrigió el moreno, resoplando-. Le dio un ataque cardiaco mientras dormía, algo común en la gente vieja -enfatizó, disparándole una mirada a Flora llena de advertencia.
-¡El más corto de nueve! -dijo Flora, sin dejarse intimidar.
-Mi madre solo ha estado casada seis veces… -dijo Blaise con una mueca.
-¿Tantas? -jadeo Hermione en un suspiro, enmudeciendo cuando Draco asintió en silencio.
-… además, ella -dijo despectivamente Blaise- mencionó que llegaría tarde a la segunda clase. Estamos ya en la sexta.
-Pero ella dijo…
-Basta, Flora -ordenó Pansy, viendo el temperamento de Blaise saliendo a relucir-. Hasta tú sabes cuando quedarte callada, ¿o me equivoco?
Flora hizo un puchero, disparando una mirada nerviosa y desconfiada a Blaise, antes de ocultar su pequeña figura bajo el brazo de Millicent y quedarse callada.
La mañana del día de Halloween, los estudiantes de tercer año de Slytherin estaban demasiado entusiasmados como para mantener la voz baja mientras rompían su ayuno.
-Deberíamos ir primero a Honeydukes -dijo Hermione, bebiendo tranquilamente su taza diaria de Vintage Narcissus-, para abastecernos hasta la siguiente visita.
-A Jane le daría un escalofrío si supiera que su hija come tantos dulces -se rio Theodore, dándole un mordisco al pan francés embutido en mermelada.
-¿Podemos ir a Zonko? -preguntó Gregory, ilusionado-. Sería muy divertido.
-¿Y finalizamos con Las Tres Escobas? -preguntó Pansy, inclinándose sobre Vincent para preguntarle a Hermione-. Podemos encontrarnos ahí, me gustaría probar su cerveza de mantequilla. Emma dice que vale la pena.
-O podemos cerrar con broche de oro si vamos a Cabeza de Puerco -dijo Blaise, sonriendo con malicia cuando algunos de sus amigos se estremecieron ante la idea.
-Ni si les ocurra pisar Cabeza de Puerco -amenazó Marcus, quien los había escuchado desde su lugar habitual en la mesa-. Ya causaron suficientes problemas; no quiero tener que vigilarlos durante la salida.
-Por una vez mantén la boca cerrada -siseo Draco cuando Blaise se disponía a responder, cortando su rabieta de tajo.
Al terminar de desayunar fueron al vestíbulo, donde Filch, el conserje, de pie en el lado interior de la puerta, señalaba los nombres en una lista, examinando detenida y recelosamente cada rostro y asegurándose de que nadie salía sin permiso.
-¿Te quedas aquí, Potter? -gritó Blaise, mirando a Potter que estaba apartado del grupo-. ¿No te atreves a cruzarte con los dementores?
Potter lo ignoró y volvió solo por las escaleras de mármol.
-¿Por qué será que a Potter no lo han dejado venir? -preguntó Hermione mientras caminaba por el sendero que los llevaría a Hogsmeade.
-No tiene el permiso firmado -dijo Daphne, caminando junto a Millicent.
-¡No me digas! -Blaise puso los ojos en blanco.
-¡Oye! ¡Fue Hermione quien preguntó! -se defendió la rubia.
-Su familia muggle no quiso firmarle el permiso antes de echarlo de casa -dijo Pansy, compartiendo la información que había escuchado el día anterior-. Y ya que no vive con su padre, nadie más puede otorgarle la firma.
-Si lo echaron, ¿vivirá con su padre de ahora en adelante? -preguntó Hermione, sintiendo un poco de lastima por el niño dorado.
-James Potter se negó a cuidarlo desde un principio -resopló Blaise, quien sabía la historia gracias a su madre-. ¿Por qué cambiaría de opinión ahora? Potter es la viva imagen de todos sus errores hechos persona.
-Eso es deprimente -se lamentó Hermione.
-Y lamentable -admitió Draco-. El gran león Gryffindor reducido a una copia borracha que no supera el fantasma de su esposa.
-¡Draco!
-¿Qué? -el rubio se encogió de hombros-. Es la verdad.
Hogsmeade era mágico en todo sentido. Las tiendas y casitas con techumbre de paja estaban decoradas por largos listones de colores. Había varias calabazas brillando en las entradas de los comercios y algunos esqueletos falsos bailaban y cantaban colgados de las ventanas. Algunos inclusive tenían dulces en sus huesudas bocas.
-Ahí está Correos -dijo Theo.
-Zonko está allí –señaló Gregory.
-Podríamos ir a la Casa de los Gritos -Millicent tenía una sonrisa peligrosa en los labios.
-Les propongo otra cosa -dijo Blaise, mirando a su alrededor-. ¿Qué tal si tomamos una cerveza de mantequilla en Las Tres Escobas?
Los Slytherin de tercer curso asintieron en acuerdo, así que cruzaron la calle y a los pocos minutos entraron en la taberna. Estaba calentito y lleno de gente, de bullicio y de humo. Una mujer guapa y de buena figura servía a un grupo de pendencieros en la barra.
-Ella ha de ser Madame Rosmerta -dijo Vincent, asintiendo hacia la bella mujer- Escuche a Adrian hablar de ella.
-Adrian es un imbécil -masculló Pansy, apreciando a la dueña de Las Tres Escobas. Su hermoso rostro de porcelana se contorsionó en una fea mueca, sus ojos brillando con envidia que no pudo ocultar-. Y tú eres un idiota por hacerle caso -le dijo la Slytherin a Vincent, pisoteando con fuerza el suelo y echando su larga cabellera oscura sobre su hombro.
Vincent frunció el ceño con confusión.
-¿Y yo que dije? -se quejó.
-Vamos por las cervezas de mantequilla antes de que me hagas enojar más -amenazó Pansy, entrelazando su brazo con el de Vincent y lo arrastró hacia la barra.
-Ve con ellos antes de que lo despedace vivo -ordenó Draco entre risas y Gregory se apresuró a socorrer a su amigo.
Los Slytherin se dirigieron a la parte trasera del bar, donde quedaba libre una mesa pequeña, entre la ventana y un espantapájaros, al lado de la chimenea.
-¿A dónde deberíamos ir después? -preguntó Daphne, sentada junto a Theo.
-La opción de ir a Honeydukes primero es una buena idea -dijo Flora, abrazándose a Millicent-. ¿Conocen algún encantamiento para extender nuestros bolsillos y que los dulces no pesen?
-Me gustaría ir también a La Casa de las Plumas -dijo Hermione, girándose hacia Draco-. Prometiste que me comprarías una de tinta ilimitada -el Slytherin asintió mientras Hermione seguía divagando-: También me gustaría conocer Correos, y podríamos finalizar con el salón de té de Madame Pudipié.
-Eso me suena más a una cita que a una salida grupal -se quejó Daphne con un puchero, mirando los rostros divertidos de Theodore y Blaise.
-Así funcionan las mentes de Draco y Hermione -le dijo Blaise con fingido secretismo-. Después de armarse todo un plan en la cabeza que solo los involucra a ellos dos, recordaran invitarnos como ocurrencia tardía.
-… No es tan bonita como piensan -bufó Pansy, apareciendo justo al lado del moreno. Los tres Slytherin empezaron a repartir los tarros de cerveza entre sus amigos.
-¿Madame Rosmerta? -preguntó Theodore al tanteo.
-¿Quién más, Theo? -Pansy se veía realmente molesta-. No entiendo la fascinación que despierta entre los chicos de nuestra casa.
-Bueno, es que eres mujer…
-Es justo porque soy mujer -dijo Pansy mientras fulminaba con la mirada a Vincent, que parecía hacerse pequeño ante su furia-. Sé apreciar la belleza sin importar el género. Y, repito, no es tan bonita -resopló.
-Huelo celos -cantó Blaise con una sonrisita.
-A Pansy le gusta Adrian -aportó Millicent, tomando un trago de su cerveza de mantequilla.
-¡Millicent! -jadeo Pansy sumamente traicionada.
-¿Te gusta Pucey? -se burló Blaise con desdén- ¿El flacucho de Pucey? ¡Vamos, Pans! Eres demasiado bonita para él.
-Adrian es guapo -se defendió Pansy. No iba a dejar que nadie cuestionara sus gustos.
-No, no lo es -resopló Blaise rodando los ojos.
-Que sí.
-Que no, estás ciega.
-Que no lo encuentres atractivo, no significa que no lo sea.
-Hay muchos chicos atractivos en Slytherin, bambola di porcellana -dijo Blaise, moviendo el líquido de dentro del tarro en círculos-. Pucey no es uno de ellos… tal vez Graham…
-Graham es la apuesta segura -dijo Pansy sacudiendo la mano, como si estuviera alejando el pensamiento-. A todas parece gustarles Graham…
-A mí no me gusta Graham -defendió Hermione mientras el resto de sus amigas reían ensoñadoramente ante el nombramiento del susodicho.
-¿Me estás diciendo que te gusta Pucey solo para llevarle la contraría al resto? -dijo Blaise con burla e ignorando a Hermione-. Eso es estúpido.
-¡Por supuesto que no lo es! -gruñó Pansy-. Si quisiera llevarle la contraría al resto, me gustaría Draco.
-¡Oye! -espetó Draco.
-¡Eso fue muy grosero! –regañó Hermione.
-¡Te gustaba Draco cuando íbamos en segundo! -le recordó Millicent.
-¡Por Salazar, ya cierra la boca, Bulstrode! -dijo Pansy, enrojeciendo furiosamente ante las risas de sus amigos.
-¿Yo te gustaba? -gimió Draco, haciendo un gesto de profundo asco.
-¡No lo digas de esa manera! -se defendió Pansy, a nada del llanto.
-¡No seas grosero! -dijo Hermione, metiéndole el codo a Draco en las costillas. Girándose hacia Pansy, le tomó las manos y las apretó en consuelo-. No le hagas caso, Draco puede ser un imbécil cuando se lo propone. Eres hermosa, cualquiera estaría honrado de gustarte.
-¡No lo decía por que fuera fea! -jadeo Draco, sobándose las costillas con gesto adolorido-. Yo me refería a… que yo… -tartamudeo, ignorando la ceja enarcada de Hermione instándolo a continuar-. Ya nada… -sentía las mejillas calientes-… No quería ofenderte, Parkinson. Solo… nunca te he visto así… a nadie… -dijo en un susurro casi inaudible.
-Lo se -sorbió Pansy, un poco más tranquila-. ¿Podemos ignorar lo que acaba de pasar?
-¿Quiénes creen que sean nuestros próximos prefecto? -dijo Theodore, farfullando en un intento de alejar la tensión en la mesa-. Yo voy por Mia Collingwood, siempre ayuda a quien lo necesita.
-Como Eleanor Branstone -dijo Vincent, frotando la espalda de Pansy con su mano derecha-. Además, Mia siempre tiende a cargar con Zayra, y todos sabemos cómo es ella.
-Vincent tiene un punto -dijo Daphne, carraspeando delicadamente-. Nadie la respetaría si su propia amiga no lo hace.
-Pero están en sexto año -interrumpió Hermione, frunciendo el ceño-. Solo serían prefectos un año.
-Lo que seguro quiere Marcus -dijo Theodore-. Estoy seguro de que en su cabeza ya hay todo un plan para que tú y Draco entren como prefectos en quinto año. Tener a nuestra nacida de muggles y protegida de los Flint como prefecta, ayudaría mucho a cultivar las mentes de las nuevas generaciones.
-Como también estar acompañada por Malfoy -asintió Blaise con seriedad-. Nadie se atrevería a plantarte cara con el más puro y sagrado de los veintiocho.
Hermione se giró para mirar a su mejor amigo, quién tenía una sonrisa petulante en la cara. Soltó un bufido derrotado.
Draco ya estaba tramando su carrera política dentro de Slytherin.
Gran Comedor-. Halloween.
22:19 p.m.
-¿Qué creen que haya pasado? -preguntó Gregory mientras cruzaban, una vez más en esa noche, las puertas del Gran Comedor. Los estudiantes de Gryffindor, Hufflepuff y Ravenclaw ya se encontraban ahí.
-Los demás profesores y yo tenemos que llevar a cabo un rastreo por todo el castillo -explicó el profesor Dumbledore, mientras McGonagall y Flitwick cerraban todas las puertas del Gran Comedor-. Me temo que, por su propia seguridad, tendrán que pasar aquí la noche. Quiero que los prefectos monten guardia en las puertas del Gran Comedor y dejo de encargados a los dos delegados. Comuníquenme cualquier novedad -añadió, dirigiéndose a Emma Vanity y Percy Weasley, quien se veía inmensamente orgulloso-. Avísenme por medio de algún fantasma. -El profesor Dumbledore se detuvo antes de salir del Gran Comedor y añadió-: Bueno, necesitarán…
Con un movimiento de varita, envió volando las largas mesas hacia las paredes del Gran Comedor. Con otro movimiento, el suelo quedó cubierto con cientos de mullidos sacos de dormir rojos.
-Felices sueños -dijo el profesor Dumbledore, cerrando la puerta.
El Gran Comedor empezó a bullir de excitación. Ginny Weasley apareció repentinamente frente a ellos, escabulléndose entre la masa de alumnos.
-¿Qué hace ella aquí? -espetó Flora, fulminándola con la mirada.
-No empieces, Carrow -dijo Blaise mirando con molestia a la Slytherin-. Está de nuestro lado…
-Pero ella… -balbuceo indignada.
-¿Qué ocurrió, mini Weasley? -preguntó Draco, ignorando a Flora. La Gryffindor se veía extremadamente pálida.
-La señora gorda no estaba -dijo Ginny en voz alta; todos los Slytherin cercanos a ella prestaron atención de inmediato-. Su retrato estaba rajado tan ferozmente que algunas tiras de lienzo habían caído al suelo. Faltaban varios trozos grandes.
-¿De qué hablas, Ginny? –preguntó Hermione, aferrándose al brazo de Draco.
-Sirius Black intentó entrar a la sala de Gryffindor.
Varios jadeos de asombro y gritos de terror recorrieron a los estudiantes de Slytherin.
-¡Todos a los sacos! -gritó Weasley, repentinamente-. ¡Ahora mismo, se acabó la charla! ¡Apagaré las luces dentro de diez minutos!
-Vamos -dijo Draco a Hermione mientras Ginny Weasley regresaba corriendo a su casa. Tomaron algunos sacos de dormir y se los llevaron a un rincón.
-¿Creen que Black siga en el castillo? -susurró Hermione con preocupación. Puede que Sirius Black no sea el asesino que todos piensan que es, pero definitivamente había quedado trastornado gracias a todos esos años en Azkaban.
-Evidentemente, Dumbledore piensa que es posible -dijo Theo.
-¿Creen que haya ido a por Potter? -preguntó Pansy, colocando su saco de dormir en medio del de Vincent y Gregory.
-Por supuesto que sí -Blaise asintió sombríamente-. Potter tiene una suerte que raya lo imposible… intentar entrar justo la misma noche que no estaba en su torre.
-Supongo que con la huida no sabrá en qué día vive -dijo Gregory-. No se ha dado cuenta de que es Halloween. De lo contrario, habría entrado aquí a saco.
Todos se estremecieron.
-¿Cómo ha podido entrar? -preguntó Hermione, mientras se metía en su saco de dormir.
-Eso es lo peor… -susurró Draco, con el rostro muy cerca del de Hermione. Sus sacos dormir se tocaban-. No creo que Dumbledore sepa como lo hizo.
El día anterior al partido, el viento se convirtió en un huracán y la lluvia cayó con más fuerza que nunca. Estaba tan oscuro dentro de los corredores y en las aulas se encendieron más antorchas y faroles.
-¿No pudiste haber seguido fingiendo un mes más? -se quejó Blaise, mirado el viento golpear las ventanas. Draco lo fulminó con la mirada.
-¿Qué iba a saber yo que haría este tiempo? -resopló el rubio. Le habían quitado el cabestrillo el día anterior a la salida de Hogsmeade, bajo la promesa de que si no estaba curado no lo dejarían ir.
-No me gusta para nada como se ve el cielo -dijo Hermione.
-A nadie en Slytherin, Herms -dijo Theo.
El profesor Snape entró apresuradamente en el aula, provocando un silencio colectivo entre sus estudiantes.
-El profesor Lupin no se encuentra bien hoy -anunció, parándose al frente del aula-. Y ya que no ha dejado ninguna información acerca de los temas que han estudiado hasta ahora… ¿alguien podría decírmelos?
-Hemos estudiado los boggarts, los gorros rojos, las kappas, y los grindylows -informó Hermione rápidamente-, y estábamos a punto de comenzar con los hinkypunks…
-Increíble -dijo el profesor Snape fríamente-. Puros temas de primer año.
-Defensa apesta -resopló Blaise para sorpresa de sus amigos-. Bueno, las clases son divertidas y eso… pero sinceramente no estamos aprendiendo nada interesante. Algo que nos salve la vida si nos encontramos con un hombre lobo o un nundu… tal vez una acromántula
Los ojos del profesor Snape brillaron peligrosamente.
-Entonces hoy veremos a los hombres lobo -dijo, tomando el libro de Flora y ojeándolo-. Página 394.
Los Slytherin empezaron a pasar las páginas hasta llegar al tema de los hombres lobo.
-¿Quién de ustedes puede decirme cómo podemos distinguir entre el hombre lobo y el lobo auténtico?
Todos se quedaron en completo silencio.
-¿El tamaño del hocico? -preguntó Daphne al azar.
-¿Señorita Granger?
Hermione enrojeció magistralmente.
-Me temo, profesor, que no he tenido tiempo libre para estudiar los temas de este año -se defendió con voz minúscula la Slytherin-. Runas Antiguas y Aritmancia han acaparado mi tiempo.
-Pero Runas Antiguas es a la misma hora que Estudios Muggle, ¿cómo…?
-Es bastante fácil distinguir un hombre lobo de un lobo autentico -intervino Theodore, antes de que Daphne pudiera sumar dos más dos-. Los hombres lobo son bestias en todo el sentido de la palabra. Desde su monstruosa altura, hasta el aspecto casi enfermizo que cargan al transformarse -dijo-. Casi un esqueleto de dos metros y medio, sin encorvarse. Las garras puede medir hasta veinte centímetros y el color del pelo que apenas logra cubrir su cuerpo es del tono del cabello del mago. Sus ojos son monstruosamente ambarinos.
Blaise chifló, impresionado.
-Y tu taza decía que tuvieras cuidado con los hombres lobo -se burló-. Me parece que es al revés.
-Mi padre es el principal exportador de la poción Matalobos -respondió Theodore a la pregunta implícita en los ojos de su mentor-. Nunca he visto a un hombre lobo en persona, ya sea su versión monstruosa o la humana; pero mi padre me ha enseñado a identificarlos en caso de necesitarlo.
-¿Puedes identificar a un hombre lobo en su forma humana? -preguntó el profesor Snape, aunque aquella no era su verdadera pregunta.
-No se debe juzgar a un hombre por una maldición que no pidió, a menos que ese hombre sea Fenrir Greyback -dijo Theodore, el cuerpo tenso-. Pero sí, sé lo que es el profesor Lupin.
-¡El profesor Lupin es…!
-¡Señorita Parkinson! -soltó el profesor Snape, casi en un latigazo.
-No muchas personas están a favor de contratar hombres lobos para cualquier puesto -dijo Theodore, mirando a sus amigos-. Pero si Dumbledore le dio una oportunidad, ¿por qué nosotros no?
-Por que es un monstruo -jadeo Daphne escandalizada.
-La gente tiene muchos prejuicios hacia los hombres lobos -dijo Theodore, mirando en advertencia a Draco-. Pero su naturaleza monstruosa no los hace peligrosos durante su forma humana, a menos, claro, que sean Fenrir Greyback -recalcó-. Solo hay que mantenerse alejado de él durante luna llena.
-Ayer fue luna llena -dijo Blaise.
-Por esa razón el profesor Snape nos está dando clases -dijo Theodore, mirando a su mentor que asintió.
-¿Quién es Fenrir Greyback? -preguntó Hermione.
-Escribirán una redacción de dos pergaminos sobre las maneras de reconocer y matar a un hombre lobo. Para el lunes por la mañana -dijo el profesor Snape, antes de que Theodore traumatizara a sus alumnos con historias de Greyback.
Blaise se giró a Theodore, con una sonrisa en el rostro y la perversión en su rostro.
-¡Y nada de preguntar por Greyback a menos que quieran tallar los calderos durante el resto del año!
El Slytherin se enfurruñó, cruzándose de brazos y haciendo un puchero. El profesor Snape resopló, ya no parecía tan buena idea hacerles saber quién les estaba dando clases.
10, noviembre. 1993.
Campo de quidditch.
16:47 p.m.
El viento aullaba tan fuerte que Hermione se tambaleaba en la tribuna, los truenos retumbaban con terribles ecos y la lluvia rociaba el rostro de los presentes.
La Slytherin no podía distinguir entre sus amigos, pero las túnicas escarlatas y esmeraldas lograban diferenciar a las dos casas a penas visibles en el campo. Los comentarios de Lee Jordan eran enmudecidos por el viento con pocas palabras sin contexto llegando a las tribunas de Slytherin y Gryffindor. El cielo se había oscurecido, como si hubiera llegado la noche en plena mañana.
Con el primer relámpago llegó el pitido del silbato de la señora Hooch.
-¿¡Qué habrá pasado!? -rugió Vincent por encima de la lluvia. Al igual que Hermione, llevaba su túnica de Slytherin y una gruesa capa encima de él. El gorro de lana que la señora Jones había cocido sobre su cabeza y trataba de sostener un paraguas que era más un palo que un refugio.
-¡No tengo idea! ¡No alcanzo a ver nada! -aulló Theo, golpeando con fuerza el paraguas de Vincent cuando estaba a punto de golpearlo en el rostro-. ¡Guarda esa cosa! ¡Podría caernos un rayo!
Los Gryffindor, podía percibir gracias a las túnicas rojas, se apretujaban bajo un paraguas en el borde del campo. Los Slytherin, en cambio, sobrevolaban las tribunas tratando de disipar el frío, intentando mantener algo de calor.
-¡Blaise debe conseguir la snitch antes de que Gryffindor meta más goles! -gritó Gregory-. ¡Es imposible que con esta lluvia Potter alcance a ver algo con esos lentes!
Los Gryffindor volvieron a alzarse en vuelo, y -quien suponían que era Potter- sobrevolaba el campo con más precisión y velocidad que antes. Esquivaba con maestría las bludger, pasando por debajo de Blaise, que volaba en dirección contraria…
Brilló otro rayo, seguido por el retumbar de un trueno. La cosa se ponía cada vez más peligrosa.
-¡QUE ALGUIEN ATRAPE LA MALDITA SNITCH! -gritó Derek Sayre, un Slytherin de sangre pura de quinto curso.
Brilló otro rayo y Potter descendió varios metros de golpe, pero rápidamente volvió a tomar posesión de su escoba. En ese mismo instante, Blaise atravesó el campo a toda velocidad, y entre ambos buscadores, en el aire cuajado de lluvia, brillaba una diminuta bola dorada…
-¡SI! -rugió la tribuna de Slytherin, soltando vítores mientras venían como Blaise volaba hacia la snitch. La pelota dorada dio giros, esquivando a Blaise a duras penas, pero el Slytherin no le dio ni un segundo para reponerse- ¡BLAISE! ¡BLAISE! ¡BLAISE! -vibraba la tribuna, aunque el moreno no parecía necesitar de los vítores. La snitch dorada bateaba sus alas lentamente dentro de la mano del Slytherin, que la había atrapado antes de que su nombre vibrara en el aire.
Varios gritos de horror rompieron en el aire cuando Harry Potter empezó a caer en picada de su escoba, con tres dementores volando alrededor de él.
De un momento a otro, el campo se llenó de los carceleros de Azkaban.
-¡REGRESEN! -rugió Marcus Flint, mientras volaba hacia Blaise y sacaba su varita mágica. Dos jugadores más de Slytherin franquearon a uno tercero mientras todos trataban de apartarse de los dementores que salían de todos lados. Verdes y rojos por igual, todos ignorando el resultado del partido mientras intentaban escapar.
-¡DRACO! -gritó Hermione con terror, tratando de distinguir cuál de ellos era su platinado amigo. Un segundo después, desde abajo, una luz plateada iluminó todo el campo de quidditch y los dementores salieron despavoridos del lugar.
El corazón de Hermione palpitaba con fuerza contra su pecho. En el suelo, la figura de Potter estaba tirado sobre el pasto verde.
