DISCLAIMER: Los personajes pertenecen en su totalidad a J.K Rowling, como también la idea original no es mía.

He incluido párrafos de "Harry Potter y el prisionero de Azkaban". Espero que amen esta nueva edición tanto como yo.


*REEDICIÓN*

Diciembre, 04. 1993

13:01 p.m.

Honeydukes estaba tan abarrotada de alumnos de Hogwarts que era casi imposible pasar sin golpear a alguien.

La tienda estaba llena de estantes repletos de los dulces más apetitosos que se pueden imaginar. Cremosos trozos de turrón, cubitos de helados de coco de color rosa brillante, gruesos caramelos de café con leche, cientos de chocolates diferentes puestos en fila. Había un barril enorme lleno de grageas de todos los sabores y otro de meigas fritas, las bolsas de helado levitador. En la pared había dulces de efectos especiales: Droobles, el mejor chicle para hacer globos (podía llenar una habitación de globos de color jacinto que tardaban días en explotar), la rara seda dental con sabor a menta, diablillos negros de pimienta ("¡quema a tus amigos con el aliento!"); ratones de helado ("¡oye a tus dientes rechinar y castañear!"); crema de menta en forma de sapo ("¡realmente saltan en el estómago!"), frágiles plumas de azúcar hilado y caramelos que estallaban.

Hermione había tenido dos semanas intensamente ajetreadas, sin una sola hora libre y con varios deberes atrasados; Draco prácticamente la había arrastrado fuera de la sala común para que inhalara algo de aire fresco y los acompañara a la segunda salida a Hogsmeade.

-¿Qué tal unas plumas de azúcar? -preguntó Draco, tomando un puñado de aquellos deliciosos dulces.

-Chocolate… quiero chocolates -se quejó la castaña, tallándose con fuerza los ojos. Estaba terriblemente cansada y tenía unas enormes ojeras.

-¿No has pensado en dejar algunas asignaturas? -preguntó Draco, tomando también un puñado de chocolates-. Adivinación, ¿tal vez?

-No lo sé… -metió sus dedos en su gruesa y enmarañada cabellera-. Nunca he dejado una asignatura a la mitad.

-Vas a terminar colapsando, Hermione… -Draco se acercó mucho a ella-. Deberías decirle al profesor Snape…

-No… -jadeo Hermione-. No quiero que piense que se equivocó al darme el giratiempos.

-Hermione -Draco puso los ojos en blanco-. Eres la bruja más inteligente de nuestra generación, dudo que piense que se equivocó contigo y… ¿ese no es Potter? -Draco miró por encima de su hombro.

Hermione se giró, mirando de frente a Neville Longbottom, Ronald Weasley y Harry Potter que estaban a unos pasos de ellos. Había un par de alumnos de Hufflepuff de sexto año entre ellos.

Draco tomó la mano de Hermione y juntos se acercaron al trío entrometido, el rubio se disponía a delatar a Potter cuando las palabras de Longbottom lo cortaron en seco.

-Pero ¿y Sirius Black? -susurró, mirando alrededor. Los dos Slytherin rápidamente se escondieron detrás de dos alumnos, evitando la mirada de Longbottom por poco-. ¡Podría estar utilizando alguno de los pasadizos del mapa para entrar en el castillo! ¡Los profesores tienen que saberlo!

-No puede entrar por el pasadizo -dijo enseguida Potter-. Hay siete pasadizos secretos en el mapa, ¿verdad? Fred y George saben que Filch conoce cuatro. Y en cuanto a los otros tres… uno está bloqueado y nadie lo puede atravesar, otro tiene plantado en la entrada el sauce boxeador, de forma que no se puede salir, y el que acabo de atravesar yo…, bien…, es realmente difícil distinguir la entrada, ahí abajo, en el sótano… Así que a menos que supiera que se encontraba allí… -dudo.

Weasley, sin embargo, se aclaró la garganta y señaló un rótulo que estaba pegado en la parte superior de la puerta de la tienda:

POR ORDEN DEL MINISTERIO DE MAGIA

Se recuerda a los clientes que hasta nuevo aviso los dementores patrullarán las calles cada noche después de la puerta de sol. Se ha tomado esta medida pensando en la seguridad de los habitantes de Hogsmeade y se levantará tras la captura de Sirius Black. Es aconsejable, por lo tanto, que los cuidados finalicen las compras antes de que se haga noche.

¡Felices Pascuas!

-¿Lo ven? -dijo Weasley en voz baja-. Me gustaría ver a Black tratando de entrar en Honeydukes con los dementores por todo el pueblo. De cualquier manera, los propietarios de Honeydukes lo oirán entrar, ¿no? Viven encima de la tienda…

Los estudiantes de sexto se movieron y Draco y Hermione no tuvieron más opción que ir con ellos antes de que el trío entrometido notara su presencia.

-¿De qué pasadizos hablará Potter? -preguntó Hermione mientras Draco pagaba por los dulces que habían tomado.

-No tengo idea, pero algo me dice que deberíamos averiguarlo -dijo Draco, saliendo a la ventisca de la calle.

Hogsmeade era como una postal de Navidad. Las tiendas y casitas con techumbre de paja estaban cubiertas por una capa de nieve crujiente. En las puertas había adornos navideños y filas de velas embrujadas que colgaban de los árboles.

-O tal vez deberíamos decirle al profesor Snape -dijo Hermione mientras cruzaban hacia Las Tres Escobas.

-¿Y dónde está la diversión en eso? -se burló Draco, ajustándose bien la bufanda al atravesar la taberna hacia donde Blaise, Theo, Vincent y Gregory los estaban esperando.

-¿Por qué tardaron tanto? -preguntó el moreno, poniéndoles dos tarros de cerveza frente a sus narices.

-Nos encontramos a Potter -masculló Draco, dándole un trago a su bebida.

-¿Potter? -Theo enarcó una ceja- Pero si Potter no tiene un permiso.

-No, pero estaba en Honeydukes -respondió Hermione saboreando la cerveza de mantequilla-. Llegó mediante un pasadizo que se encuentra debajo de la tienda.

-¿Qué? ¿Pero cómo? -tartamudeo Vincent-. ¿Qué pasadizo? ¿Cómo lo encontró?

-Me parece que los gemelos Weasley tienen algo que ver en todo esto -Draco se encogió de hombros.

-Deberíamos decirle al profesor Snape -dijo Theo.

-¿Y perdernos el atormentar a Potter? -se mofó Blaise-. No lo creo posible.

-Hermione…

-Theo tiene razón.

-Draco…

-Voy con Blaise -Draco tenía una sonrisa maliciosa-. Encontremos cómo llegó aquí, y después podemos decirle al profesor Snape lo que vimos.

Hermione lo vio con molestia, pero no dijo nada.

-Potter detrás de ustedes -chistó Gregory, tratando de hacerse más chico en su asiento. Draco, Hermione y Theo se tensaron en sus asientos, pero no se giraron en busca del pelinegro.

-Vienen para acá -Blaise se llevó el tarro de cerveza a los labios y miró hacia otro lado, tratando de pasar inadvertido-. Se están sentando en la mesa que está detrás del árbol navideño.

-¿Tienen vista de nosotros? -preguntó Draco.

-No, el árbol nos tapa -Vincent se relajó en su asiento.

-Esto apesta -dijo Gregory malhumorado- ¿Por qué siempre parece que Potter se sale con la suya? No le firmaron su permiso y aun así, de alguna manera, logró colarse a Hogsmeade.

-Estoy empezando a entender porque razón el profesor Snape lo odia -bufó Vincent.

-¿Estás loco? -Blaise negó- Yo odio a Potter desde el primer día y eso que no fue a mí a quien rechazó la mano.

-Blaise -siseo Draco en advertencia. Ese era un capítulo oscuro en la vida del Slytherin.

Una repentina corriente de aire sacudió la cabellera de Hermione. Se había vuelto a abrir la puerta de Las Tres Escobas.

-¡Joder! -Blaise se atragantó con su cerveza. Draco, Hermione y Theo se giraron.

El profesor Flitwick y McGonagall acababan de entrar en el bar con una ráfaga de copos de nieve. Los seguía Hagrid muy de cerca, inmerso en una conversación con un hombre corpulento que llevaba un sombrero hongo de color verde lima y una capa de rayas finas: era Cornelius Fudge, el ministro de Magia. En la otra mesa, Longbottom y Weasley obligaron a Potter a agacharse y esconderse debajo de la mesa, empujándolo con las manos.

Longbottom sacó su varita, susurró un hechizo y el árbol de Navidad que había en medio de ambas mesas se elevó unos centímetros, se corrió hacia un lado y, suavemente, se volvió a posar delante del trío, ocultándolos.

-Este es un buen momento para delatar a Potter -dijo Blaise, con ojos brillantes.

-Blaise…

La mesa que estaba detrás de la suya, creando un triángulo junto a la que usaba el trío entrometido, fue rápidamente acaparada por los adultos. Hermione escuchó como las sillas se separaban de la mesa, y oyó a los profesores y el ministro resoplar y suspirar mientras se sentaban.

-Una tacita de alhelí… -oyó decir a Madame Rosmerta.

-Para mí -indicó la voz de McGonagall.

-Dos litros de hidromiel caliente con especias…

-Gracias, Rosmerta -dijo Hagrid.

-Un jarabe de cereza y gaseosa con hielo y sombrilla.

-¡Mmm! -dijo el profesor Flitwick, relamiéndose.

-El ron de grosella tiene que ser para usted, señor ministro.

-Gracias, Rosmerta, querida -dijo la voz de Fudge-. Estoy encantado de volver a verte. Tómate tú otro, ¿quieres? Ven y únete a nosotros…

-Muchas gracias, señor ministro -Blaise abrió la boca para llamar a los profesores cuando Madame Rosmerta volvió a hablar- ¿Qué le trae por estos pagos, señor ministro?

Blaise rápidamente agachó la mirada, inclinando su cuerpo sobre la mesa de madera como si estuviera contándoles un gran secreto.

-Acérquense -gruñó en voz baja, muy tenso- Fudge está mirando hacia acá.

Los otros cinco Slytherin hicieron lo que les pidió, como si estuvieran contándose algo muy importante. Luego Blaise rio, como si alguno de ellos hubiera contado un chiste buenísimo y Gregory y Vincent lo imitaron en seguida.

-¿Por qué hacemos esto? -Theo fijo su mirada en Blaise-. ¿No ibas a delatarlo? -susurró.

-Sí, pero me parece que Fudge quiere contarles algo…

-¿Qué va a ser; querida? Sirius Black. Me imagino que sabes lo que ocurrió en el colegio en Halloween.

Los Slytherin se tensaron, quedándose tan callados como una tumba, tratando de agudizar su oído para escuchar lo que decían.

-Sí, oí un rumor —admitió Madame Rosmerta.

-¿Se lo contaste a todo el bar; Hagrid? —dijo McGonagall enfadada.

-¿Cree que Black sigue por la zona, señor ministro? —susurró Madame Rosmerta.

-Estoy seguro —dijo Fudge escuetamente.

-¿Sabe que los dementores han registrado ya dos veces este local? —dijo Madame Rosmerta—. Me espantaron a toda la clientela. Es fatal para el negocio, señor ministro.

-Rosmerta querida, a mí no me gustan más que a ti —dijo Fudge con incomodidad—. Pero son precauciones necesarias... Son un mal necesario. Acabo de tropezarme con algunos: están furiosos con Dumbledore porque no los deja entrar en los terrenos del castillo.

-Menos mal —dijo McGonagall tajantemente.- ¿Cómo íbamos a dar clase con esos monstruos rondando por allí?

-Bien dicho, bien dicho —dijo el pequeño profesor Flitwick, cuyos pies colgaban a treinta centímetros del suelo.

-De todas formas —objetó Fudge—, están aquí para defendernos de algo mucho peor. Todos sabemos de lo que Black es capaz...

-¿Saben? Todavía me cuesta creerlo —dijo pensativa Madame Rosmerta—. De toda la gente que se pasó al lado Tenebroso, Sirius Black era el último del que hubiera pensado... Quiero decir, lo recuerdo cuando era un niño en Hogwarts. Si me hubieran dicho entonces en qué se iba a convertir; habría creído que habían tomado demasiado hidromiel.

-No sabes la mitad de la historia, Rosmerta —dijo Fudge con aspereza—. La gente desconoce lo peor.

-¿Lo peor? —dijo Madame Rosmerta con la voz impregnada de curiosidad—. ¿Peor que matar a toda esa gente?

-Desde luego, eso quiero decir —dijo Fudge.

-No puedo creerlo. ¿Qué podría ser peor?

-Dices que te acuerdas de cuando estaba en Hogwarts, Rosmerta —susurró McGonagall—. ¿Sabes quién era su mejor amigo?

-Pues claro —dijo Madame Rosmerta riendo ligeramente—. Nunca se veía al uno sin el otro. ¡Cuántas veces estuvieron aquí! Siempre me hacían reír. ¡Un par de cómicos, Sirius Black y James Potter!

Hermione casi escupió la cerveza sobre la mesa.

-Exactamente —dijo McGonagall—. Black y Potter. Cabecillas de su pandilla. Los dos eran muy inteligentes. Excepcionalmente inteligentes. Creo que nunca hemos tenido dos alborotadores como ellos.

-No sé -dijo Hagrid, riendo entre dientes—. Fred y George Weasley podrían dejarlos atrás.

-¡Cualquiera habría dicho que Black y Potter eran hermanos! —terció el profesor Flitwick—. ¡Inseparables!

-¡Por supuesto que lo eran! —dijo Fudge—. Potter confiaba en Black más que en ningún otro amigo. Nada cambió cuando dejaron el colegio. Black fue el padrino de boda cuando James se casó con Lily. Luego fue el padrino de Harry. Harry no sabe nada, claro. James nunca se lo contó. Ya te puedes imaginar cuánto se impresionaría si lo supiera.

—¿Por que Black se alió con Quien-ustedes-saben? —susurró Madame Rosmerta.

—Aún peor; querida... —Fudge bajó la voz y continuó en un susurro casi inaudible—. Los Potter no ignoraban que Quien-tú-sabes iba tras ellos. Dumbledore, que luchaba incansablemente contra Quien-tú-sabes, tenía cierto número de espías. Uno le dio el soplo y Dumbledore alertó inmediatamente a James y a Lily. Les aconsejó ocultarse. Bien, por supuesto que Quien-tú-sabes no era alguien de quien uno se pudiera ocultar fácilmente. Dumbledore les dijo que su mejor defensa era el encantamiento Fidelio.

—¿Cómo funciona eso? —preguntó Madame Rosmerta, muerta de curiosidad.

El profesor Flitwick carraspeó.

—Es un encantamiento tremendamente complicado —dijo con voz de pito— que supone el ocultamiento mágico de algo dentro de una sola mente. La información se oculta dentro de la persona elegida, que es el guardián secreto. Y en lo sucesivo es imposible encontrar lo que guarda, a menos que el guardián secreto opte por divulgarlo. Mientras el guardián secreto se negará a hablar, Quien-tú-sabes podía registrar el pueblo en que estaban James y Lily sin encontrarlos nunca, aunque tuviera la nariz pegada a la ventana de la salita de estar de la pareja.

—¿Así que Black era el guardián secreto de los Potter? —susurró Madame Rosmerta.

—Naturalmente —dijo McGonagall—. James Potter le dijo a Dumbledore que Black daría su vida antes de revelar dónde se ocultaban, y que Black estaba pensando en ocultarse él también... Y, aun así, Dumbledore seguía preocupado. Él mismo se ofreció como guardián secreto de los Potter.

-¿Sospechaba de Black? —exclamó Madame Rosmerta.

—Dumbledore estaba convencido de que alguien cercano a los Potter había informado a Quien-tú-sabes de sus movimientos —dijo McGonagall con voz misteriosa—. De hecho, llevaba algún tiempo sospechando que en nuestro bando teníamos un traidor que pasaba información a Quien-tú-sabes.

-¿Y a pesar de todo James Potter insistió en que el guardián secreto fuera Black?

-Así es -confirmó Fudge-. Y apenas una semana después de que se hubiera llevado a cabo el encantamiento Fidelio...

-¿Black los traicionó? -musitó Madame Rosmerta.

-Desde luego. Black estaba cansado de su papel de espía. Estaba dispuesto a declarar abiertamente su apoyo a Quien-tú-sabes. Y parece que tenía la intención de hacerlo en el momento en que murieran los Potter. Pero como sabemos todos, Quien-tú-sabes sucumbió ante el pequeño Harry Potter. Con sus poderes destruidos, completamente debilitado, huyó. Y esto dejó a Black en una situación incómoda. Su amo había caído en el mismo momento en que Black había descubierto su juego. No tenía otra elección que escapar...

—Sucio y asqueroso traidor —dijo Hagrid, tan alto que la mitad del bar se quedó en silencio.

—Chist —dijo McGonagall.

—¡Me lo encontré —bramó Hagrid—, seguramente fuimos James y yo los últimos en verlo antes de que matara a toda aquella gente! ¡Fui yo quien rescató a Harry de la casa de Lily y James, después de que Lily muriera! Lo saqué de entre las ruinas, pobrecito. Tenía una herida grande en la frente y su madre había muerto. Sirius y James aparecieron en aquella moto voladora que Black solía llevar. James ni siquiera miró a Harry, entró corriendo en la casa y nos dejó fuera. Yo no sabía que Black había sido el guardián secreto de Lily y James. Y supongo que James, en su dolor, se olvidó de aquello. Black estaba pálido y tembloroso. ¿Y saben lo que hice? ¡ME PUSE A CONSOLAR A AQUEL TRAIDOR ASESINO! —exclamó Hagrid.

—Hagrid, por favor —dijo McGonagall—, baja la voz.

—¿Cómo iba a saber yo que su turbación no se debía a lo que le había pasado a Lily? ¡Lo que le turbaba era la suerte de Quien-ustedes-saben! Y entonces me dijo: «Dame a Harry, Hagrid. Soy su padrino. Yo cuidaré de él mientras James...» ¡Ja! ¡Pero yo tenía órdenes de Dumbledore y le dije a Black que no! Dumbledore me había dicho que Harry tenía que ir a casa de sus tíos mientras James velaba a Lily. Black discutió, pero al final tuvo que ceder. Me dijo que cogiera su moto para llevar a Harry hasta la casa de los Dursley. «No la necesito ya», me dijo. Tendría que haberme dado cuenta de que había algo raro en todo aquello. Adoraba su moto. ¿Por qué me la daba? ¿Por qué decía que ya no la necesitaba? La verdad es que una moto deja demasiadas huellas, es muy fácil de seguir. Dumbledore sabía que él era el guardián de los Potter. James lo sabía. Black tenía que huir aquella noche. Sabía que el Ministerio no tardaría en perseguirlo. Pero ¿y si le hubiera entregado a Harry, eh? Apuesto a que lo habría arrojado de la moto en alta mar. ¡Al hijo de su mejor amigo! Y es que cuando un mago se pasa al lado tenebroso, no hay nada ni nadie que le importe...

Tras la perorata de Hagrid hubo un largo silencio. Luego, Madame Rosmerta dijo con cierta satisfacción:

-Pero no consiguió huir; ¿verdad? El Ministerio de Magia lo atrapó al día siguiente.

—¡Ah, sí lo hubiéramos encontrado nosotros...! —dijo Fudge con amargura—. No fuimos nosotros, fue el pequeño Peter Pettigrew: otro de los amigos de Potter. James le contó sobre el encantamiento y enloquecido de dolor; sin duda, él mismo lo persiguió. A pesar de las advertencias de James, que quería esperar y armar un plan para atrapar a Black.

—¿Pettigrew...? ¿Aquel gordito que lo seguía a todas partes? —preguntó Madame Rosmerta.

—Adoraba a Black y a Potter. Eran sus héroes —dijo McGonagall—. No era tan inteligente como ellos y a menudo yo era brusca con él. Pueden imaginar cómo me pesa ahora... —Su voz sonaba como si tuviera un resfriado repentino.

—Venga, venga, Minerva —le dijo Fudge amablemente—. Pettigrew murió como un héroe. Los testigos oculares (muggles, por supuesto, tuvimos que borrarles la memoria...) nos contaron que Pettigrew había arrinconado a Black. Dicen que sollozaba: «¡A Lily, Sirius! ¿Cómo pudiste...?» Y entonces sacó la varita. Aunque, claro, Black fue más rápido. Hizo polvo a Pettigrew.

McGonagall se sonó la nariz y dijo con voz llorosa:

—¡Qué chico más alocado, qué bobo! Siempre fue muy malo en los duelos. Tenía que habérselo dejado al Ministerio...

—Les digo que, si yo hubiera encontrado a Black antes que Pettigrew, no habría perdido el tiempo con varitas... Lo habría descuartizado, miembro por miembro —gruñó Hagrid.

—No sabes lo que dices, Hagrid —dijo Fudge con brusquedad—. Nadie salvo los muy preparados Magos de Choque del Grupo de Operaciones Mágicas Especiales habría tenido una oportunidad contra Black, después de haberlo acorralado. En aquel entonces yo era el subsecretario del Departamento de Catástrofes en el Mundo de la Magia, y fui uno de los primeros en presentarse en el lugar de los hechos cuando Black mató a toda aquella gente. Nunca, nunca lo olvidaré. Todavía a veces sueño con ello. Un cráter en el centro de la calle, tan profundo que había reventado las alcantarillas. Había cadáveres por todas partes. Muggles gritando. Y Black allí, riéndose, con los restos de Pettigrew delante... Una túnica manchada de sangre y unos... unos trozos de su cuerpo.

La voz de Fudge se detuvo de repente. Cinco narices se sonaron.

-Bueno, ahí lo tienes, Rosmerta —dijo Fudge con la voz temblorosa—. A Black se lo llevaron veinte miembros del Grupo de Operaciones Mágicas Especiales, y Pettigrew fue investido Caballero de primera clase de la Orden de Merlín, que creo que fue de algún consuelo para su pobre madre. Black ha estado desde entonces en Azkaban.

La señora Rosmerta dio un largo suspiro.

—¿Es cierto que está loco, señor ministro?

—Me gustaría poder asegurar que lo estaba —dijo Fudge—. Ciertamente creo que la derrota de su amo lo trastornó durante algún tiempo. El asesinato de Pettigrew y de todos aquellos muggles fue la acción de un hombre acorralado y desesperado: cruel, inútil, sin sentido. Sin embargo, en mi última inspección de Azkaban pude ver a Black. La mayoría de los presos que hay allí hablan en la oscuridad consigo mismos. Han perdido el juicio... Pero me quedé sorprendido de lo normal que parecía Black. Estuvo hablando conmigo con total sensatez. Fue desconcertante. Me dio la impresión de que se aburría. Me preguntó si había acabado de leer el periódico. Tan sereno como se pueden imaginar; me dijo que echaba de menos los crucigramas. Sí, me quedé estupefacto al comprobar el escaso efecto que los dementores parecían tener sobre él. Y él era uno de los que estaban más vigilados en Azkaban, ¿saben? Tenía dementores ante la puerta día y noche.

—Pero ¿qué pretende al fugarse? —preguntó Madame Rosmerta—. ¡Dios mío, señor ministro! No intentará reunirse con Quien-usted-sabe, ¿verdad?

—Me atrevería a afirmar que es su... su... objetivo final —respondió Fudge evasivamente—. Pero esperamos atraparlo antes. Tengo que decir que Quien-tú-sabes, solo y sin amigos, es una cosa... pero con su más devoto seguidor, me estremezco al pensar lo poco que tardará en volver a alzarse...

Hermione miró los rostros de cada uno de sus amigos, todos igual de pálidos que ella.

—Si tiene que cenar con el director, Cornelius, lo mejor será que nos vayamos acercando al castillo.

Las sillas volvieron a arrastrarse, el sonido de las capas al moverse invadió la mesa y los resonantes tacones de Madame Rosmerta se alejaron. Volvió a abrirse la puerta de Las Tres Escobas, entró otra ráfaga de nieve y los profesores desaparecieron.

-Oh… mierda… -escupió Draco, tallándose la cara con desesperanza-. Esto no puede ser peor -siseo, sin saber cómo sentirse ante el profundo dolor que de seguro Potter estaba atravesando al oír aquella historia.


Diciembre, 25. 1993

Castillo Nott.

La mañana de Navidad, Theo despertó a Hermione tirándole la almohada.

-¡Despierta, los regalos!

Hermione gruñó con molestia, parpadeando para espantar el sueño que aún la abrazaba. Se enderezó en la cómoda e inmensa cama, con las cobijas enrolladas alrededor de la cintura.

El gran ventanal que mostraba un extenso campo blanco por la nieve estaba oculto por unas gruesas cortinas de terciopelo negro, tapando la luz que de seguro ya estaría golpeando el rostro de Hermione a esa hora de la mañana. La chimenea que alumbrara la oscura habitación y provocaba siniestras sombras, también lanzaba un calor exquisito que mantenía cálida a Hermione a pesar del horrible frío que hacía crujir las ventanas.

La joven Slytherin metió los pies en unas esponjosas pantuflas blancas y se colocó una gruesa capa café encima de su pijama a cuadros grises y verdes de franela que su mamá le había comprado. Theo vestía la suya a juego mientras la esperaba en la puerta. Hermione no hizo ademán alguno de arreglar su alborotada cabellera y siguió a Theo fuera de la habitación.

En todo el castillo habían colgado grandes y coloridos adornos navideños, que eran magníficos. En los corredores colgaban guirnaldas de acebo y muérdago; dentro de cada armadura brillaban luces misteriosas; y en el vestíbulo doce árboles de Navidad brillaban con estrellas doradas. En los pasillos había un fuerte y delicioso olor a comida.

Llegaron a la pequeña estancia donde un árbol más pequeño, pero igual de deslumbrante, ocultaba bajo sus faldas los regalos de Navidad. Hermione y Theo se sentaron a su alrededor y empezaron a abrir sus obsequios.

Una copia de Moby-Dick por Herman Melville estaba escasamente envuelta por un lazo plateado. Era un tomo grueso y pesado, y además podía apreciarse que era bastante viejo. Retiró el fino listón y abrió con delicadeza la tapa.

"Per i miei riccioli d´oro,

Amore, Blaise"

Hermione sonrió tiernamente, gratamente sorprendida cuando descubrió que era una primera edición. Había escuchado historias del padre de Blaise y su fascinación por las obras clásicas, ya fueran mágicas o muggles.

El siguiente regalo que abrió fue el de Vincent: una pequeña y alargada caja de roble que ocultaba una elegante pluma de oro blanco, de tinta interminable. Gregory le regaló un lote de té de Vintage Narcissus. También consiguió una colección de pócimas para el cabello por parte de Pansy, y una bonita capa, unos guantes y una bufanda a juego de Twilfit & Tattings que Daphne, Flora y Millicent le enviaron. Marcus le envió una túnica de quidditch de las Avispas de Wimbourne y Nicholas Nott le regaló unos guantes de piel de dragón para la escoba que la madre de Blaise había comprado el año pasado. Su mamá le había entregado la noche anterior una foto mágica de ambas que Nicholas le había ayudado a hechizar. Una foto de cuando Hermione era apenas una pequeña niña de no más de cinco años.

Inclusive su padre le había enviado un oso de peluche de color blanco, con un pequeño gorrito navideño adornando su cabeza. Y al final, en una pequeña cajita que casi pasó inadvertida para Hermione, estaba el regalo de Draco.

Desenvolvió el delicado -y obviamente caro- papel que rodeaba la cajita, y abriéndola con manos temblorosas, encontró una pequeña serpiente negra que le robó el aliento, reposando encima de una almohadilla color escarlata.

Al sacarla de la caja, la serpiente cobró vida, subió por su mano derecha y se enrolló alrededor de su dedo anular clavando sus colmillos en su piel, apretando con fuerza.

-¡Ay! -chilló cuando los rubíes que tenía por ojos brillaron. El ardor se disipó de inmediato y la serpiente se quedó tiesa, con la forma de un anillo común y corriente alrededor de su dedo.

-¿Qué es? -preguntó Theo, que tenía en sus manos un dragón de madera diminuto.

-Nada, Draco me ha regalado un anillo… -murmuró Hermione, percibiendo por primera vez la nota que se ocultaba dentro de la cajita.

Dum fugit in corpore meo sanguine tuo: Ego sum servus tuus.

Et facit foedus cum Malfoy ego Granger.

Qui sanguis sanguinem.

Indivisa manent.

-¿Qué es? -repitió Theo, inclinándose sobre el hombro de Hermione para poder leer la nota. La castaña rápidamente la arrugo en una pequeña bola y la guardó dentro del bolsillo de su capa- ¡Hermione!

-¿Qué? -se hizo la estúpida, cerrando la cajita que había contenido el anillo y miró los ojos del castaño. Theo la veía con sospecha.

-Nada… -su voz salió con desconfianza, sus ojos fijos en la serpiente en su dedo anular-. Lindo.

-Lo es -asintió, volviendo la vista a sus regalos y empezó a guardarlos de nuevo, tratando de ignorar la pesada mirada de Theo sobre ella.

No sería tan estúpida como para admitirle al castaño que Draco acababa de regalarle un hechizo de sangre. Sabía que era un gran asunto en el mundo mágico, sobre todo proviniendo de un mago sangre pura, heredero de una de las familias pertenecientes a los sagrados veintiocho. Una de las más poderosas y puras de Inglaterra.

-¡Feliz Navidad!

Hermione se giró, encontrándose a Nicholas Nott parado en el arco de la puerta, con su hombro recargado en la piedra fría.

- ¡Feliz Navidad! -dijeron ambos adolescentes al unísono. Nicholas sonrió y se encaminó a ellos, dejándose caer justo en el medio.

-Ug, cada año me hago más viejo -masculló, estirando sus largas piernas frente a él- ¿Les gustaron sus regalos?

-Sí, muchísimas gracias -dijo Hermione, sonriente.

-Ah… -dijo Theo con fingido desinterés, aun sosteniendo el dragón de madera entre sus manos.

-Ayer por la noche… -empezó Nicholas, después de unos segundos de silencio-. Cuando hablamos sobre nuestros planes de vivir juntos -dijo, muy incómodo-. Sé que no les consultamos sobre ello, simplemente les soltamos la noticia y esperamos que se adaptaran a ella, y aquello fue muy desconsiderado de parte nuestra.

-Estoy bien con ello -soltó Hermione para sorpresa de Nicholas-. Tú haces muy feliz a mi mamá -murmuró, acariciando su nuevo anillo-. No la había visto así en mucho tiempo, me gustaría agradecerte -sus orbes cafés chocaron con los azules de Nicholas.

-¿Dónde viviremos? -preguntó Theo, atrayendo la atención de los otros dos-. No viviremos en el castillo, supongo -dijo-. Ya no hay ningún elfo y sería muy difícil mantener este lúgubre castillo en pie sin ellos.

-Agnes odiaba este castillo -dijo con un susurro.

-Lo sé -Theo asintió.

-Nos mudaremos a casa de Jane, por el momento -dijo Nicholas- Es bastante cómoda para los cuatro.

-Me agrada la idea -dijo Hermione, sonriendo.

-Igual a mi -dijo Theo.

Nicholas Nott sonrió.

-Está decidido entonces.


Enero 02, 1994.

Gran Comedor.

20:00 p.m.

-¡No van a creer de lo que acabo de enterarme! -susurró en un grito Blaise, que sostenía por los hombros a Ginny Weasley. Cuando las miradas de los Slytherin que habían escuchado las palabras del moreno cayeron sobre la estudiante de Gryffindor, sus mejillas brillaron tan fuerte como su melena rojiza.

-Blaise… -dijo en advertencia Marcus, con sus ojos brillando peligrosamente sobre la chica Weasley. Ningún Slytherin apreciaba a los estudiantes de la casa de los leones, pero todas las serpientes despreciaban en su totalidad a la niña que había mantenido un terror total el año pasado. Provocando que muchos de ellos fueran apuntados con el dedo.

-No, ¡shh! escucha -dijo con premura el moreno, obligando a que Ginny se sentara en la mesa antes de sentarse a su lado-. Diles lo que me dijiste, lo de Potter. -Ante aquellas palabras, muchos Slytherin se rieron. Todos en Hogwarts sabían la fascinación que la niña Weasley tenía con Harry Potter.

Ginny se puso aún más roja.

-Harry… a Harry le han regalado una nueva escoba -murmuró la pelirroja.

La historia de lo que le había ocurrido a la Nimbus 2000 de Potter había provocado infinidad de risas en la casa de las serpientes.

-¿Qué tipo de escoba? -preguntó Vincent, mordiendo una gran manzana roja.

-Una… una… -Ginny carraspeo, acobardada bajo la mirada de Marcus.

-Escúpelo, niña -siseo Graham Montague, justo cuando Marcus se llevaba su copa de oro a los labios, perdiendo el interés en la plática.

-¡Una Saeta de Fuego! -soltó con voz chillona.

Marcus escupió todo el vino de elfo que tenía en la boca sobre el rostro desprevenido de Adrian Pucey, que en ese momento tenía la boca abierta por la sorpresa de la noticia.

-¿¡Qué el qué!? -aulló Marcus, sus ojos refulgiendo con enojo.

-En Navidad… Ron dijo que alguien, un anónimo, se la regaló -dijo Ginny-. Pero la profesora McGonagall se la quito, creyendo que Sirius Black se la envió.

-Está decomisada –dijo Marcus más tranquilo; pasándole una servilleta de tela a Adrian para que se limpiase el rostro-. Está decomisada -repitió.

-Sí, pero Oliver habló con la profesora McGonagall para que se la regresara -continuo Ginny-. Dijo que se la regresara si comprueban que no tiene nada malo en ella.

Los Slytherin se miraron entre ellos.

-No hay de qué preocuparnos -dijo Graham, quitándole hierro al asunto-. Necesitaríamos perder contra Ravenclaw y ellos necesitan ganarle a Hufflepuff y a las águilas para tener oportunidad alguna de volver a enfrentarnos.

Las palabras de Graham no causaron mucho consuelo.


Las clases comenzaron al día siguiente. Lo último que deseaba nadie una mañana de enero era pasar dos horas en una fila en el patio, pero Hagrid había encendido una hoguera de salamandras, para su propio disfrute, y pasaron una clase increíblemente aburrida recogiendo leña seca y hojarasca para mantener vivo el fuego, mientras las salamandras, a las que les gustaban las llamas, correteaban de un lado a otro de los troncos incandescentes que se iba desmoronando. La primera clase de Adivinación del nuevo trimestre fue mucho menos divertida. La profesora Trelawney les enseñaba ahora quiromancia y se apresuró a informar a Potter de que tenía la línea de la vida más corta que había visto nunca.

A la que Hermione tenía más ganas de acudir era a la clase de Pociones. Después de terminar una pócima bastante aburrida (según Blaise), Hermione le había insistido a Draco que se quedaran para poder hablar con el profesor Snape. Cuando el último de los estudiantes de Gryffindor salió, la Slytherin arrastró al rubio hacia el escritorio de su jefe de casa.

-Profesor Snape -llamó Hermione.

El pocionista levantó la mirada de los pergaminos que estaba leyendo y poso sus fríos ojos en los cálidos de Hermione.

-Señorita Granger.

-Draco y yo le hemos comprado un regalo -anunció, dándole un codazo a Draco en el costado. El rubio la miró ligeramente molesto antes de sacar una cajita alargada de su túnica y dejarla en el escritorio del profesor Snape.

-Muchas gracias… Draco, Hermione -el profesor les regaló una tenue sonrisa.

-Uhm… otra cosa, profesor Snape.

-La escucho.

-Draco y yo… -tartamudeo-. Bueno, Draco y yo creemos… creemos que…

-El profesor Lupin es un hombre lobo, ¿cierto? -preguntó Draco. El profesor Snape ni se inmutó- Por eso nos dejó aquel trabajo que después el profesor Lupin nos canceló.

-¿Alguien más lo sabe? -preguntó enarcando una ceja.

-Tal vez Theo -dijo Hermione.

El profesor Snape asintió con lentitud.

-Te deseo suerte en el partido del sábado, Draco -dijo el profesor Snape después de unos momentos, volviendo su atención a los papeles en el escritorio.

-Gracias, señor.


Slytherin jugó contra Ravenclaw y ganó, aunque por muy poco. Aquellas resultaron ser malas noticias para las serpientes. Si Gryffindor ganaba contra los cuervos, se posicionarían en segundo lugar y tendrían que enfrentarse con ellos de nuevo. Y con la noticia de la nueva escoba de Potter en el horizonte, Marcus intensificó los entrenamientos a cinco por semana.

Hermione había dejado de asistir a los entrenamientos, tan agobiada como estaba debido a la inmensa cantidad de trabajo que tenía. Cada noche, sin excepción, se sentaba en un rincón de la sala común, con varias mesas llenas de libros, tablas de Aritmancia, diccionarios de runas, dibujos de muggles levantando objetos muy pesados y carpetas amontonadas con apuntes extensísimos. Draco solía sentarse con ella después de los entrenamientos, y la mayoría de las veces trataba de convencerla para que dejara algunas clases, pero la castaña siempre se negaba.

No fue hasta finales de febrero, que la siempre paciente Hermione Granger explotó.

Blaise y ella habían estado caminando hacia la biblioteca de Hogwarts para buscar un nuevo libro de Aritmancia que necesitaba para su clase del viernes cuando un furioso Ronald Weasley, arrastrando una sábana blanca detrás suyo y acompañado por Harry Potter y Neville Longbottom se atravesó su camino.

-Maldita sea… -suspiró Blaise con cansancio.

A Potter le habían regresado su nueva y fantástica Saeta de Fuego, por no mencionar que le habían ganado a Ravenclaw en su partido. Lo que significaría que más temprano que tarde se enfrentarían con ellos.

Y por lo visto, sería más temprano.

-¡TÚ! -aulló el pelirrojo, apuntando su delgado dedo al rostro de Hermione.

-¡Aparta tu dedo, Weasel! -Blaise golpeo su mano contra la de Weasley, haciendo que Longbottom y Potter se pusieran al mismo nivel que los otro tres.

-¡Tu maldito gato se comió a Scabbers! -la acusó-. ¡Ha estado detrás de él desde que entramos! ¿¡Crees que no me he dado cuenta!? ¡Había estado tan enfermo que tu bestia se aprovechó de eso!

-¡No es cierto! -gritó Hermione, indignada-. ¡Crookshanks no se comió a tu maldita rata!

-¡MIRA! -gritó, sacudiendo la sábana delante de su cara. Hermione observó la prenda blanca, había algo rojo en ella. Algo rojo que se parecía mucho a…

-¡SANGRE! -exclamó Weasley en medio del silencio que ocasionó la vista de la sabana ensangrentada-. ¡SCABBERS NO ESTÁ! ¿Y SABES LO QUE HABÍA EN EL SUELO?

Hermione tenía miedo de preguntar, realmente aterrada de que Crookshanks se hubiera comido a la maldita rata. Weasley, furioso, tiró algo al rostro de Hermione. La Slytherin se hizo para atrás, a punto de gritarle al pelirrojo cuando algo anaranjado brilló en el suelo.

Hermione se agachó, mirando de cerca unos pelos de gato, largos y de color canela.

-¡Eso no demuestra nada, Weasel! -escupió Blaise, molesto-. Solo tratas de echarle la culpa a Hermione.

-¡Sólo admítelo! -rugió Weasley, ignorando al moreno.

Hermione se incorporó y fulminó con la mirada a Weasley, no estaba dispuesta a admitir nada.

-¿No estabas siempre quejándote de esa estúpida rata? -espetó la castaña- Que no era más que un desperdicio. Solo estás haciendo este escándalo porque piensas que Crookshanks pudo hacerle algo a tu fea rata. Como si mi gato fuera capaz de comerse algo tan desagradable que ya estaba más muerto que vivo.

-¿¡Cómo te atreves!? -escupió Weasley- ¡Sólo admite que tu feo gato se comió a Scabbers! ¡Admítelo y ya!

-No tengo porque admitirte nada -dijo, girándose y dándole la espalda. Blaise la imitó.

-¡Claro! ¡Huye como la cobarde que eres! -chilló el pelirrojo-. ¡Al final no eres más que una asquerosa serpiente!

Fue demasiado rápido, y la satisfacción que le provocó darse la vuelta y estrellar su puño en el rostro de Weasley; la increíble sensación que la recorrió al escuchar el chasquido de su nariz al romperse se esfumó en el instante en que la sangre de Weasley se escurrió por la barbilla del chico. Cuando sus nudillos empezaron a dolerle.

Potter y Longbottom abrieron sus ojos con desmesura y Blaise soltó un silbido de asombro que parecía retumbar en sus oídos.

-¡Oh por Dios! -jadeo Hermione con horror.

-¡Demonios! -lloriqueó el pelirrojo, llevándose las manos al rostro tratando de detener la sangre con la sábana que llevaba.

-Lo siento, lo siento muchísimo… yo no… yo no quería…

Weasley detuvo su perorata con una mirada fulminante, a pesar de lo ridículo que se veía con la sábana manchada tapándole la nariz.

McGonagall estuvo furiosa cuando se enteró y el profesor Snape estaba igual de iracundo, aunque su furia iba dirigida a Weasley ante las falsas acusaciones y las deplorables palabras que el Gryffindor había lanzado contra Hermione. El profesor Dumbledore había tenido que interferir para que ambos profesores no destrozaran verbalmente al alumno del otro.

Al final, y para completa sorpresa de Hermione, ambos chicos habían salido sin castigo alguno de aquel incidente, aunque el profesor Snape había dado su baja obligatoria en las asignaturas de: Adivinación y Estudios Muggles a pesar de los ruegos de Hermione. Se negó a escucharla, y le advirtió que, si no recuperaba algo de su peso y dormía sus ocho horas diarias, también la daría de baja en Astronomía y Runas Antiguas.

Por no mencionar que también le retiraría el giratiempos si llegaba a enterarse de que no seguía sus instrucciones.

Había llegado muy abatida a la sala común de Slytherin, pero cuando Blaise contó la historia de la nariz rota de Slytherin, todos sus amigos la vitorearon.

-Estuvo muy mal de mi parte… -negó Hermione-. No debería haberlo golpeado.

-¿Bromeas, Hermione? -Draco le paso un brazo por sobre los hombros-. Has hecho este año aún más fabuloso -una enorme sonrisa cruzaba sus labios-. ¿Alguien tiene un pensadero? -preguntó a los Slytherin distribuidos en la sala común.


Abril, 15. 1994.

Aula de DCAO.

15:30 p.m.

-¿Profesor? -preguntó Hermione, asomando su cabeza dentro de la oficina privada del profesor Lupin. No había nadie.

En un rincón del despacho había un enorme depósito de agua. Una criatura de un color verde asqueroso, con pequeños cuernos afilados, pegaba la cara contra el cristal, haciendo muecas y doblando sus dedos largos y delgados. Al centro, un gran escritorio estaba repleto de pergaminos esparcidos por todo su ancho.

-Ayer fue luna llena, ¿no? -Draco entró en el pequeño lugar como si le perteneciera.

-¡Draco! -chistó Hermione, mirando alarmada detrás suyo.

-Vamos, Hermione… -Draco puso los ojos en blanco-. Si no lo saben a esta altura del curso, no lo sabrán nunca.

Hermione suspiró, pero entró detrás de Draco, preguntándose cómo Dumbledore siempre contrataba gente peligrosa para el trabajo.

-Los señores Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta proveedores de artículos para magos traviesos están orgullosos de presentar… -leyó el rubio en voz alta, con los ojos puestos en un objeto al centro del escritorio-… El Mapa del Merodeador… ¿qué mierda?

Era un mapa que mostraba cada detalle del castillo de Hogwarts. Pero lo más extraordinario eran las pequeñas motas de tinta que se movían por él, cada una etiquetada con un nombre escrito con letra diminuta. Estupefactos, Hermione y Draco se inclinaron sobre el mapa. Una mota de la esquina superior izquierda etiquetada con el nombre del profesor Snape, lo mostraba caminando por su estudio. La gata del portero, la Señora Norris, patrullaba por el segundo piso, y el profesor Lupin y Harry Potter se encontraban en un aula vacía. Y mientras los ojos de Draco y Hermione recorrían los pasillos que conocían, se percataron de otra cosa: aquel mapa mostraba una serie de pasadizos en los que ellos no habían entrado nunca. Muchos parecían conducir…

-¡Hogsmeade! -jadeo Hermione.

-Es esto -Draco estaba igual de eufórico- ¡Esto es lo que llevó a Potter a Hogsmeade!

-¿Por qué lo tiene el profesor Lupin? -preguntó Hermione.

-¿Qué importa? -una malvada sonrisa se deslizo por los labios de Draco, tomando el mapa del escritorio-. Hay que llevarlo al profesor Snape -y tomando la mano de Hermione, la arrastró fuera del despacho, con el mapa escondido en su bolsillo.


Aula de Pociones.

Quince minutos después.

-Está mal tomar cosas que no les pertenecen -la reprimenda en la voz del profesor Snape hizo que ambos chicos se encogieran en sus lugares.

Su jefe de casa no había estado nada impresionado cuando llevaron ante él aquel mapa, ni cuando le dijeron que habían visto a Potter en Hogsmeade durante su segunda salida, o que lo habían encontrado en el despacho del profesor Lupin.

-Pero… pero Potter rompió las reglas -Draco estaba furioso-. ¡Otra vez! ¡Siempre está rompiendo las reglas! Y ahora que Sirius Black está suelto, es aún más peligroso…

-Sirius Black hizo este pergamino -las palabras del profesor Snape los dejaron helados-. Remus Lunático Lupin, Peter Colagusano Pettigrew, Sirius Canuto Black y James Cornamenta Potter -dijo con desprecio-. Así era como esos pandilleros se hacían llamar.

-¿El profesor Lupin era amigo de Sirius Black? -preguntó Hermione, incrédula-. ¡Él pudo ayudarlo a entrar la primera vez!

-Fueron las mismas palabras que le dije al profesor Dumbledore -dijo el profesor Snape-. Pero decidió ignorarme.

-Pero… si Black hizo el pergamino… -Draco mostró una mueca-. ¿No habrá entrado por alguno de los pasadizos?

-Podría ser… -asintió el profesor Snape, mirando el mapa-. Justo hace unos días, Lupin le decomiso este mapa a Harry Potter. Y si no se lo regresó, dudo que haya sido él quien se lo dio en primer lugar.

-Aquella vez que nos encontramos con Potter en Honeydukes -empezó Draco-. Dijo que habían sido los gemelos Wesley quienes le mostraron los pasadizos.

-Me preguntó cómo lo habrán conseguido -dijo Hermione.

-Eso no importa ya -negó el profesor Snape-. Lo que debemos hacer ahora es regresarle el mapa a Lupin antes de que se dé cuenta de que no está.

-¡Pero profesor! -dijeron ambos.

-Sin peros -dijo, sin mirarlos-. Ahora, vayan a su sala común. Yo mismo iré a dejarlo.

Hermione y Draco suspiraron, completamente decepcionados.


Mayo 16, 1994.

12:20 p.m.

El silbato quedó ahogado por el bramido de la multitud, al mismo tiempo que se levantaban en el aire catorce escobas.

-Y Gryffindor tiene la quaffle. Alicia Spinnet, de Gryffindor, con la quaffle, se dirige hacia la meta de Slytherin. Alicia va encaminada. Ah, no. Pucey intercepta la quaffle. Adrian Pucey, de Slytherin, rasgando el aire. ¡ZAS! Buen trabajo con la bludger por parte de George Weasley. Pucey deja caer la quaffle. La coge Johnson. Gryffindor vuelve a tenerla. Vamos, Angelina. Un bonito quiebro a Flint. ¡Agáchate, Angelina, eso es una bludger! ¡HA MARCADO! ¡DIEZ A CERO PARA GRYFFINDOR!

Johnson golpeó el aire con el puño, mientras sobrevolaba el extremo del campo. El mar escarlata que se extendía debajo de ella vociferaba con entusiasmo.

-¡AY!

Johnson casi se cayó de la escoba cuando Draco chocó con ella.

-¡Perdón! -se disculpó, mientras la multitud lo abucheaba-. ¡Perdona, no te vi!

Un momento después, Fred Weasley lanzó el bate hacia la nuca de Draco. La nariz de Draco dio en el palo de su propia escoba y comenzó a sangrar.

-¡Basta! -gritó madame Hooch, metiéndose en medio a toda velocidad-. ¡Penalti para Gryffindor por un ataque no provocado sobre su cazadora! ¡Penalti para Slytherin por agresión deliberada contra su cazador!

-¡No diga tonterías, señora! -gritó Weasley. Pero madame Hooch pitó y Johnson retrocedió para lanzar el penalti.

-¡Vamos, Angelina! -gritó Lee en medio del silencio que de repente se había hecho entre el público-. ¡SÍ, HA BATIDO AL GUARDAMETA! ¡VEINTE A CERO PARA GRYFFINDOR!

Hermione aguanto la respiración. Draco, que seguía sangrando, volaba hacia delante para ejecutar el penalti. Wood estaba delante de la portería de Gryffindor, con las mandíbulas apretadas.

-¡Wood es un soberbio guardameta! -gritó Lee Jordan a la multitud, mientras Draco aguardaba el silbato de madame Hooch-. ¡Soberbio! Será muy fácil parar este golpe, realmente muy fácil… ¡NO! ¡NO PUEDO CREERLO! ¡MALFOY ANOTA!

-¡SÍ! -gritó Hermione junto al resto de la tribuna de Slytherin.

-Gryffindor tiene la quaffle, no, la tiene Slytherin. ¡No! ¡Gryffindor vuelve a tenerla, y es Katie Bell, Katie Bell lleva la quaffle! Va rápida como un rayo… ¡ESO HA SIDO INTENCIONAL!

Marcus Flint, cazador de Slytherin, había hecho un quiebro delante de Katie y en vez de coger la quaffle, le había cogido a ella la cabeza. Bell dio una voltereta en el aire y consiguió mantenerse en la escoba, pero dejó caer la quaffle.

El silbato de madame Hooch volvió a sonar, mientras se dirigía a Marcus gritándole. Un minuto después, Bell metía otro gol a Peregrine.

-¡VEINTE A DIEZ! ¡CÓMETE ÉSA, TRAMPOSO!

-¡Jordan, si no puedes comentar de manera neutral…!

-¡Lo cuento como es, profesora!

Harry Potter dio vuelta con su Saeta de Fuego y se dirigió a toda velocidad hacia el extremo de Slytherin. Blaise voló de inmediato detrás de él.

¡ZUUUM!

Una de las bludger, desviada por Graham, rozó el oído derecho de Potter. Al momento siguiente…

¡ZUUUM!

La segunda bludger le había arañado el codo. Lucian se aproximaba a Potter. Tanto él como Graham iban a toda velocidad detrás de Potter, cuando Blaise de repente se paró en seco.

Hermione estaba completamente confundida; Potter viró su escoba en el último segundo y en la confusión, Lucian y Graham se dieron un tremendo golpazo.

-¡Ja, ja, ja! -rio Lee Jordan mientras los dos golpeadores de Slytherin se separaban y se alejaban, tambaleándose y agarrándose la cabeza-. Es una lástima, chicos. ¡Tendrán que espabilar mucho para vencer a una Saeta de Fuego! Y Gryffindor vuelve a tener la quaffle, porque Johnson la ha recogido. Malfoy va a su lado. ¡Métele el dedo en el ojo, Angelina! ¡Era una broma, profesora, era una broma! ¡Oh, no! ¡Malfoy lleva la quaffle, va volando hacia la meta de Gryffindor! ¡Ahora, Wood, párala!

Pero Draco ya había marcado. Hubo una ovación en la tribuna de Slytherin y Jordan lanzó una expresión tan malsonante que McGonagall quiso quitarle el megáfono mágico.

-¡Perdón, profesora, perdón! ¡No volverá a ocurrir! Veamos, Gryffindor va ganando por treinta a veinte y ahora Gryffindor está en posesión de la quaffle.

Se estaba convirtiendo en el partido más sucio que Hermione había visto. Lucian golpeó a Spinnet con el bate y arguyó que la había confundido con una bludger. George Weasley, para vengarse, dio a Lucian un codazo en la cara. Madame Hooch castigó a los dos equipos con sendos penaltis, y Marcus logró anotar otro tanto, consiguiendo que la puntuación quedara en empate.

La snitch había vuelto a desaparecer. Blaise seguía sobrevolaba en la dirección contraria a Potter.

Bell marcó: 40 a 30. Fred y George Weasley bajaron en picada para situarse a su lado, con los bates en alto por si alguno de Slytherin se le ocurría tomar represalias. Adrian aprovechó la ausencia de ambos golpeadores para dirigirse como una flecha hacia la portería de Gryffindor mientras Lucian y Graham lanzaban bludger a Johnson y Wood. Una golpeó a Wood en el estómago, el guardameta dio una vuelta en el aire, sujetándose a la escoba, sin aire.

Madame Hooch estaba fuera de sí.

-¡Sólo se puede atacar al guardameta cuando la quaffle está dentro del área! -gritó a Lucian-. ¡Penalti para Gryffindor!

Y Johnson marcó: 50 a 30. Momentos después Graham lanzaba Spinnet una bludger, quitándole la quaffle de las manos. Draco la cogió y volvió a marcar: 50 a 40.

La afición de Slytherin estaba ronca de tanto gritar. Hermione sentía que se podía desmayar de la emoción en cualquier momento.

-Slytherin en posesión de la quaffle, Slytherin se dirige a la meta… Flint marca -gruñó Jordan-: 50 a 50… empate…

Potter y Blaise seguían sobrevolando el campo, sin vista alguna de la snitch.

-Draco Malfoy coge la quaffle. ¡Vamos, Gryffindor! ¡PARENLO!

-¡Oh mi Dios! -jadeo Hermione.

-¡VAMOS DRACO! -aulló Theo, fuera de sí.

Todos los jugadores de Gryffindor, excepto Potter, habían salido disparados hacia Draco. Iban a bloquearlo.

Lucian y Graham lo franquearon, Marcus y Adrian volaron delante del rubio e inclusive Peregrine volaba detrás de ellos. Las bludger volaron entre los estudiantes de Hogwarts, los bates se golpearon unos a los otros y Spinnet logró ponerse a la par de Draco. El Slytherin más joven logró dar tal codazo a Spinnet que la hizo chocar con Adrian y ambos cayeron, enredados, al campo de juego.

-¡Ha marcado! ¡Ha marcado! ¡Slytherin a la cabeza!

-¡SIIIII! -aullaron Vincent y Gregory, golpeando con sus gruesos puños la madera en la tribuna.

Y entonces, Hermione vio algo como para pararle el corazón. Blaise bajaba a toda velocidad con una expresión de triunfo en la cara. Allí, a unos metros del suelo, había un resplandor.

Potter orientó hacia abajo el rumbo de su Saeta, pero Blaise le llevaba muchísima ventaja. Se pegó al palo de la escoba cuando Lucian le lanzó una bludger… estaba ya ante los tobillos de Blaise… a su misma altura. Y empezó a dar manotazos, bloqueando a Blaise.

-¡QUÍTATE DE EN MEDIO, POTTER! -gritó Blaise con enojo.

Todo el campo estaba en silencio, con el corazón en la boca.

Ambos buscadores se golpeaban uno al otro con rudeza: Blaise tratando de atrapar la snitch y Potter evitando que lo hiciera. Los Gryffindor necesitaban doscientos puntos más, incluyendo los de la snitch, para poder arrebatar la copa de las manos de los Slytherin.

-¡QUE TE QUITES, CARAJO! -el Slytherin le dio tal golpe a Potter que el Gryffindor se tambaleo en su fabulosa escoba. Desesperado, intentó agarrarse del brazo de Blaise para evitar caer, pero el moreno quito el brazo en el último segundo, parándose en seco como al inicio del partido.

La pequeña pelota dorada estaba fuertemente sujeta en el puño de Potter, batiendo las alas desesperadamente contra sus dedos mientras él intentaba mantener el equilibrio en su escoba. Una expresión de horror e incredulidad total deformó sus rasgos.

-¡SÍ! ¡SÍ! -Blaise parecía bailar en su Nimbus 2001, con una sonrisa tan grande que Hermione creyó verla desde donde estaba parada. Nadie hablaba en las tribunas, inclusive Lee Jordan parecía completamente estupefacto en la tribuna del profesorado. El profesor Snape y McGonagall tenían la misma mirada asombrada-. ¡TE HE ENGAÑADO, POTTER! -y carcajeándose, sobrevoló el campo de quidditch, batiendo el puño en alto.

Lo engañó, lo había engañado. Blaise sabía que su escoba no sería más rápida que la de Potter y le había hecho creer que iba detrás de la snitch, cuando lo único que quería era que Potter la tomara. Todo era tan confuso y fantástico al mismo tiempo.

-¡SIIIIII! -aulló Theo, sacudiendo a Vincent por las solapas de la túnica-. ¡SIIIII! -sus gritos fueron el detonante para que los Slytherin empezaran a comprender que habían ganado la copa. Hermione empezó a aplaudir con intensidad mientras la tribuna temblaba por los saltos de las serpientes.

Marcus voló directo a Blaise, lo cogió por el cuello y lo estrecho con entusiasmo, igual de eufórico que él. Lucian y Graham le dieron golpes en la espalda. Draco, Peregrine y Pucey fueron los últimos en acercarse al festejo.

-Ganaron… -decía Jordan, incrédulo-. Gryffindor ganó el partido… pero Slytherin ha ganado la Copa -dijo al micrófono, con voz trémula.

Hermione fue una de las primeras en llegar al campo, corriendo con todo lo que sus piernas le permitían.

-¡Ganamos! -gritó Draco, tan contento como nunca lo había visto. Se lanzó a él con los brazos abiertos mientras el resto de la marea verde y plateada festejaba a su equipo de quidditch.

-¡Sí! ¡Soy un puto genio! -aullaba Blaise mientras dos estudiantes de séptimo año lo levantaban por sobre encima del grupo-. ¡Vencí a Potter! -gritaba contento-. ¡Dos veces en un año!

Hermione rio contra el oído de Draco, completamente emocionada envuelta en sus brazos.


La euforia por haber ganado la copa de quidditch les duró al menos una semana. Incluso el clima pareció celebrarlo. A medida que se aproximaba junio, los días se volvieron menos nublados y más calurosos, y lo que a todo mundo le apetecía era pasear por los terrenos del colegio y dejarse caer en la hierba, con grandes cantidades de jugo de calabaza bien frío, o tal vez jugando una partida improvisada de gobstones, o viendo los fantásticos movimientos del calamar gigante por la superficie del lago.

Pero no podían hacerlo. Los exámenes se venían encima y, en lugar de holgazanear, los Slytherin estaban estudiando. Mientras los estudiantes de tercer año se ocupaban de sus materias, los de sétimo año y la mayoría del equipo de quidditch se preparaba para los EXTASIS.

-¡Marcus me ha nombrado capitán! -dijo Draco con emoción mientras estudiaban debajo de un gran árbol a orillas del lago negro-. Me ha dejado su puesto para el próximo año.

-¡Woah! -el aire cálido hizo revolotear el cabello rojizo de Ginny contra sus mejillas-. ¡Serás el capitán más joven del próximo curso!

-¡Seremos el mejor equipo del próximo curso, pecosa! -sonrió Blaise, apuntando pequeños detalles sueltos sobre Encantamientos en su pergamino-. Con Hermione, Theo, Vincent y Gregory dentro del equipo, seremos imparables.

-Draco aún tiene que hacer las audiciones -le recordó Theo.

-¡Pff! –Blaise puso los ojos en blanco-. Hermione tiene pase directo dado que ha sido entrada por Marcus desde que entró a Hogwarts y ¡por Salazar! ¡Mira a Gregory y Vincent! -los apuntó con el dedo-. El par de barriles mantecosos como golpeadores asustara en desmedida al resto de los equipos, por lo que son perfectos para el trabajo.

-¡Eh! -Vincent tenía las mejillas rojas- ¿¡A quién llamas barril mantecoso!?

-Pues a ti, fratello -dijo Blaise con obviedad- ¿O es que no te has visto en un espejo?

-¡Blaise! -Hermione lo fulminó con la mirada-. ¡Deja de ser tan cruel!

-¡No soy cruel! -se defendió-. ¡Es la verdad!

-Hay formas de decir… esas cosas, Blaise -dijo Theo, disparando miradas nerviosas a los rostros enojados de Gregory y Vincent.

-Pero yo solo digo…

-Ya, ya… -dijo Ginny, incómoda-. ¿Alguno trajo sus apuntes del año pasado? -preguntó, cambiando la conversación.

Hermione asintió, agradecida con Ginny Weasley por evitar que Gregory y Vincent se lanzaran sobre el moreno. Sabía que no era la primera vez que Blaise se burlaba del peso de ambos Slytherin, pero aún no entendía qué buscaba con ello, además de molestar a los chicos.

Negó con la cabeza mientras le pasaba sus apuntes del ciclo pasado a Ginny; las verdaderas intenciones de Blaise saldrían tarde o temprano.


Junio, 02. 1994

Bosque prohibido.

22:00 p.m.

Hermione sentía como la bilis subía por su garganta con cada paso que daban, sin dejar de castigarse mentalmente. ¿Cómo había sido tan estúpida para no darse cuenta de que el giratiempos no estaba? ¿Cómo no lo sintió? Tenía muchísimas ganas de llorar y un terrible dolor de cabeza… ¡cuando el profesor Snape se enterará! ¡No volvería a confiarle nada!

-¿Estas segura de haberlo perdido aquí? -preguntó Blaise detrás suyo, apuntando con la luz de su varita a un arbusto al azar. Hacía bastante frío, y no le apetecía salir a mitad de la noche en busca del giratiempos de Hermione. Se sentía traicionado ya que la castaña no le había mencionado nada, pero no iba a dejar que sus amigos se llevaran toda la diversión.

-¿Dónde más si no? -se quejó Hermione, tragándose un enorme nudo mientras iluminaba el suelo con su varita mágica-. En ninguna parte del castillo está, y hoy tuvimos el examen de Cuidado de Criaturas Mágicas… se me habrá caído en el camino.

-No lo sé, Hermione… -Theo caminaba a un lado suyo, inseguro-. Deberíamos haberle dicho al profesor Snape…

-¡No volverá a confiarme nada! -lloriqueo la castaña.

-Estas exagerando, Hermione -dijo Draco, poniendo los ojos en blanco. Su varita alumbraba las raíces de un enorme árbol-. El profesor Snape te adora… muy a su manera. Estoy seguro de que vas a preocuparlo, pero no te va a gritar ni nada… creo.

-¡No haces que me sienta mejor! -Hermione lo fulminó con la mirada.

Draco suspiró, encogiéndose de hombros.

-No importa qué te diga… -dijo-. No haré que dejes de imaginar mil escenarios pesimistas -bufo.

-¡Accio giratiempos! -gritó Gregory de un momento a otro, apuntando con su varita alrededor del oscuro bosque.

Todos los Slytherin se detuvieron en seco, esperando que milagrosamente el giratiempos apareciera volando hacia ellos, pero después de un par de minutos al ver que nada sucedía volvieron a caminar con aire cada vez más derrotado.

Hermione alumbraba las raíces en el húmedo suelo totalmente distraída, completamente desolada y profundamente decepcionada consigo misma. Cada pocos segundos escuchaba los quejidos de Blaise que no paraba de tropezar, los suspiros aburridos de Draco y el castañeo de los dientes de Theo, así que con todo el dolor de su corazón, decidió que debía dejar el asunto ahí.

-¿Creen que el profesor Snape aún esté despierto? -preguntó, deteniendo su andar. El pecho de Draco rozó ligeramente su espalda, ya que había estado caminando pegado a ella, pero retrocedió un paso en seguida.

-Yo creo -dijo Theo, soltando un suspiro aliviado.

-Venga, pues, salgamos de aquí… -pidió Blaise, dándose la vuelta para regresar sobre sus pasos cuando un ruido lo congeló de pies a cabeza.

El aullido de un lobo.

Y para terror total de los seis adolescentes, estaba a solo unos metros de ellos.

-En el bosque prohibido no hay hombres lobo -soltó Vincent de golpe, tan pálido como un fantasmas-. ¿Cierto? -el Slytherin se estremeció por lo fuerte que sonó su voz en el silencioso bosque-. ¿Cierto…? -susurró.

Pero había alguien más pálido que Vincent, más pálido que nunca.

Draco parecía haber visto al mismísimo Señor Oscuro, estaba casi transparente y un sudor frío empezaba a resbalar por sus sienes y cuello.

-Deberíamos…

El segundo aullido volvió a estremecerlos.

Draco vomitó sobre la húmeda tierra, soltando terribles arcadas que provocaron más escalofríos a los Slytherin.

-Draco… Draco -chistó Hermione, sobándole la espalda con apuro-. Draco debemos irnos ahora -sus orbes castaños chocaron con los del rubio platinado. El Slytherin sufrió otra arcada y volvió a vomitar sobre la tierra.

-¡Mierda, Draco! -espetó Blaise, dándole fuertes palmadas a la espalda de su amigo-. Sácalo para que podamos largarnos antes de que...

-¡Expelliarmus! -la voz desesperada con la que Theo lanzó el hechizo hizo que se pusieron en guardia-. ¡CORRAN! -y aquello no necesitaban que se los repitieran dos veces. Salieron disparados entre los enormes árboles mientras escuchaban los jadeos y gruñidos del hombre lobo detrás suyo. La opaca luz de la luna llena les iluminaba el paso de vez en cuando, como un mal chiste a contar.

-¡Expelliarmus! -gruñó Vincent con cansancio. El hombre lobo les pisaba los talones y sabía que no tardaría en alcanzarlos. Con asombro vio como Hermione derrapaba con sus zapatos, se giraba sobre sí misma y apuntaba con su varita mágica a la bestia que corría detrás suyo-. ¡Herm…!

-¡EXPELLIARMUS! -el destello rojo salió con furia de la varita mágica. Y en un rápido pensamiento, se preguntó si aquel no era el profesor Lupin.

El hombre lobo salió volando contra la dura corteza de un enorme árbol, se golpeó con fuerza la cabeza y cayó inconsciente al suelo. Ninguno se atrevió a acercarse para ver si no estaba muerto en realidad; volvieron a correr como si aún los persiguiera.

No corrieron mucho tiempo, o al menos eso les pareció. Lograron salir del bosque prohibido después de unos cinco minutos para encontrarse con la luna llena alumbrando el sauce boxeador.

-¡Oh por mi preciada sangre! -jadeo Blaise, su pecho subía y bajaba constantemente, rápidamente. Vincent y Gregory parecían resollar como toros en una corrida y Theo se había dejado caer sobre sus rodillas. Sus mejillas sonrojadas por el esfuerzo.

-Nece… necesitamos empezar a mejorar nuestra condición física -soltó Theo de sopetón, sofocado.

Draco aún seguía sufriendo escalofríos cuando su visión periférica le provocó una descarga eléctrica en la espina dorsal. Ignorando a sus amigos, echó a correr hacia donde la figura de Crookshanks brillaba en la noche.

-¿Draco…? -jadeo Hermione, parpadeando repetidamente-. ¿Ese no es…? -preguntó, inclinando su cabeza como si así pudiera aclarar su visión. Siguió a el rubio hasta que llegaron a donde Crookshanks maullaba.

El cuerpo inconsciente del profesor Snape flotaba como si tiraran de él unas cuerdas invisibles atadas a las muñecas, el cuello y las rodillas. La cabeza le colgaba como a una marioneta grotesca. Estaba levantado unos centímetros del suelo y los pies le colgaban.

-¡Profesor Snape! -soltaron ambos al unísono antes de reparar en la tercera figura que estaba el suelo. Unas vendas rodeaban la pierna de Weasley, atándola a una tablilla.

-¿Weasel? -se asombró Blaise, que los había seguido de cerca. Su mirada se desviaba de un cuerpo al otro-. ¿Qué le hiciste al profesor Snape? -espetó, apuntando con su varita al pelirrojo.

Weasley lo fulminó con la mirada.

-¡No le he hecho nada! -bufó, cruzándose de brazos. Y luego, sus ojos se iluminaron-. ¡Harry necesita ayuda!

-¿Y qué te hace pensar que debemos ayudarle? -siseo Draco, apretando fuertemente los puños-. Es obvio que algo le han hecho al profesor Snape, así que no…

-¡Es Sirius Black! ¡Él es el bueno! -se apresuró a contar-. ¡Scabbers! ¡Mi rata! Resultó que era Peter Pettigrew, un animago no registrado… ¡y…! -se tragó su orgullo-. Harry necesita ayuda, Neville fue por él, pero no ha vuelto… y el profesor Lupin… -se mordió la lengua.

-Lo sabemos, pobretón -resopló Draco-. Es un hombre lobo…

-¿¡Qué!? -Blaise se giró a mirar a su amigo-. ¿Lupin es un hombre lobo? ¿También nos han ocultado eso? ¡Eh! ¡Y el giratiempo! -los fulminó con la mirada-. ¿¡Qué más nos ocultan!?

-Tranquilo, Blaise -Theo ya los había alcanzado-. Yo también lo sabía… desde la investigación de los hombres lobo que el profesor Snape dejó.

Blaise dirigió su mirada furibunda al castaño.

-Draco… -Hermione jaló la túnica del rubio; Crookshanks estaba restregándose contra sus piernas-. Deberíamos ir a buscar al profesor Dumbledore… esto es serio… -dijo.

Draco bufo.

-Está bien -rodó los ojos-. Vincent, Gregory, vayan a por el profesor Dumbledore. ¡Rápido! -ordenó-. No, olvídenlo -se lo pensó bien-. Díganselo al primer profesor con quien se encuentren -corrigió.

Vincent y Gregory, aún cansados por la reciente aventura, no tuvieron ni deseos de negarse. Asintieron con desgana y salieron corriendo con las fuerzas que les quedaban en dirección del castillo.

-Voy con ellos… -dijo Blaise, sonriendo con malicia-. Ayuden a Weasel y al profesor Snape -no esperó una respuesta, salió corriendo detrás de sus dos regordetes amigos.

-Maldito Blaise -escupió Draco en voz baja, acercándose hacia donde el profesor Snape levitaba-. ¿Cómo lo movemos? -le preguntó a Hermione.

Hermione se encogió de hombros.

-¿Y si lo despertamos? -preguntó Theo.

-¿Cómo lo hacemos?

Hermione hizo una mueca, tampoco sabía qué responder a aquello. Los tres Slytherin detuvieron sus miradas en Weasley, que estaba verdaderamente pálido.

-Yo no pienso tocar al pobretón… -dijo Draco en voz muy muy baja, sin dejar de fulminar con la mirada al pelirrojo.

Hermione suspiró, agachándose para cargar a Crookshanks mientras rodeaba el cuerpo inconsciente del profesor Snape. Preguntándose como despertarlo.

-Va a estar furioso cuando recupere la consciencia -dijo Theo. No sabía qué había ocurrido, pero estaba seguro de que el profesor Snape no estaría para nada contento.

-Cierto… -dijo Weasley, escuchando a Theo. Sufrió un escalofrío- ¿No podrían despertarlo cuando yo no esté? -preguntó, y al ver la sonrisa malvada de Malfoy supo que se había equivocado al decir eso en voz alta.


Los resultados de los exámenes salieron el último día del curso. Hermione, Draco y Theo habían aprobado todas las asignaturas con Extraordinario mientras que Blaise, Vincent y Gregory a duras penas llegaron a Supera las expectativas. Emma Vanity obtuvo las más altas calificaciones en ÉXTASIS para satisfacción de los Slytherin, que miraban con altivez a Percy Weasley cada que lo encontraban en un pasillo. Y Marcus, para horror de Hermione, obtuvo una invitación para presentarse a las audiciones de los Appleby Arrows. ¡Sus eternos rivales en quidditch! Había necesitado de mucha disuasión por parte de Marcus para que Hermione volviera a dirigirle la palabra, mientras que Draco no hacía más que fulminarlo con la mirada.

Mientras tanto, la casa de Slytherin, en gran medida gracias a su espectacular racha en la copa de quidditch, había ganado la Copa de las Casas por primera vez en la estadía de Hermione en Hogwarts. Por eso la fiesta al final del curso tuvo lugar en medio de ornamentos verdes y plateados, y la mesa de los Slytherin fue la más ruidosa del mundo, ya que todo el mundo lo estaba celebrando. Incluso Hermione, comiendo, bebiendo, hablando y riendo con sus amigos, consiguió olvidar que al día siguiente debía hablar con el profesor Snape para revelar su terrible secreto.


Julio, 02. 1994.

Aula de Pociones.

-¡Dumbledore! ¡No hay manera, profesor Snape! -chilló Hermione, con las mejillas tan rojas por la vergüenza y la ira.

El profesor Snape la miró sin emoción alguna.

-Creo estar en lo correcto al pensar que Potter tiene algo que ver en todo esto -sus ojos parecieron brillar con un odio más profundo que el de antes. Como si estuviera dispuesto a matar al Gryffindor con sus propias manos-. Pero no hay manera en que Dumbledore delate el niño Potter -dijo con desprecio.

-¿Entonces así? ¿No hay más? -preguntó Draco arrastrando la voz, una fría furia corriendo por sus venas.

-No hay más -asintió el profesor Snape.

-¡Pero… pero…! ¡Él me lo habrá robado!

-¿Lo viste hacerlo?

-Bueno, no, pero… -la voz de Hermione se apagó al ver la derrota en los ojos de su jefe de casa. Abatida, se dejó caer sobre el sillón frente al escritorio-. No es justo -espetó.

-No, no lo es -aceptó el profesor Snape. Él mismo había solicitado que se le devolviera el giratiempos a Hermione, pero Minerva no había perdido palabra alguna de la conversación y soltó lo imprudente que era por darle un giratiempos a una niña. Sobre todo, cuando lo había perdido en los terrenos de Hogwarts.

-Al menos Lupin se ha marchado -dijo Draco, como si aquello pudiera apaciguar al profesor Snape. Aunque no había manera, tanto Sirius Black como Peter Pettigrew (según contó Weasley una vez Dumbledore los encontró) habían huido. Y su jefe de casa parecía tenerle un odio en común a esos tres.

El profesor Snape suspiró, abrió un cajón del escritorio de su lado izquierdo y sacó un mapa demasiado familiar para los dos adolescentes.

-Espere, ¿ese no es el Mapa del Merodeador? -inquirió Hermione-. ¿No se lo regresó a Lupin?

-Lo hice, después de sacar una copia -admitió-. Gracias a que lo encontraron abierto, no fue muy difícil encontrar un maleficio para hacer una réplica -y para sorpresa de los dos chicos, se los puso en frente-. Sólo tienen que averiguar cómo abrirlo y cerrarlo, por si alguien se los decomisa.

Hermione y Draco miraron el mapa asombrados, antes de mirarse con incredulidad.

-¿Nos lo está dando? -preguntó Draco-. ¿De verdad? -entrecerró los ojos, con sospecha.

El profesor Snape sonrió muy leve.

-No me sorprendería escuchar que Lupin le dejó la verdadera copia a Potter -dijo, haciendo una mueca de furia-. Es suyo. Tómenlo como un… regalo de Navidad atrasado.

Una gran sonrisa cursó los labios del rubio.

-Muchas gracias, señor -sus ojos brillaban con malicia-. Le daremos un buen uso.

-Eso espero -dijo, cerrando el cajón mientras sentía una extraña satisfacción al saber que, por lo menos, Potter no era el único favorecido en Hogwarts.