DISCLAIMER: Los personajes pertenecen en su totalidad a J.K Rowling y la idea original no es mía.
Párrafos de "Harry Potter y el cáliz de fuego" incluidos en la historia.
Agradezco su infinita paciencia y su amor por el fic.
*REEDICIÓN*
Agosto, 05. 1994
Londres Muggle.
8:00 a.m.
Ambos Nott y Jane Jones ya se encontraban sentados a la mesa cuando Hermione llegó a la cocina. Los tres soltaron sus debidos: Buenos días, sin levantar la vista. Nicholas estaba oculto detrás de un periódico sensacionalista y su madre cortaba en cuatro trozos un omelette. Theo, en cambio, revolvía con desinterés su cereal mientras le lanzaba miradas envenenadas a su padre.
El joven Slytherin no estaba nada contento con la falta de boletos para el Mundial de quidditch.
-No importa cuánto me mires de esa manera, Theodore -dijo Nicholas mientras Hermione se sentaba-. Los boletos no aparecerán por arte de magia.
Theo resopló con molestia, pero lo ignoró y siguió comiendo. A ninguno de los dos los habían dejado ir. Jane Jones no estaba cómoda al saber que no podía acompañar a su hija a un evento con miles de magos y Nicholas Nott no estaba cien por ciento confiado con la seguridad del evento.
Así que, a diferencia del resto de sus amigos, serían los únicos sin asistir. Que lastima.
Llevaba la mitad de su desayuno ya comido cuando una lechuza negra como la noche entró por la ventana. Se posó en la cima del respaldo de la silla de Theo, estiró sus alas y grazno; con los ojos blancos fijos en Hermione.
-Por Dios -jadeo Jane, llevándose una mano al pecho-. No hay necesidad de graznarle a las personas -regañó, mirando con molestia a la lechuza de Draco.
Hermione rio, divertida porque su madre tratara como a un humano al pájaro. Se levantó para tomar la carta que estaba atada a la pata de la lechuza mientras le acariciaba el plumaje. Inferno se inclinó contra su caricia.
Rawstorne Street, #256.
Londres, Reino Unido.
Estimada señorita Jones:
No nos conocemos personalmente, pero estoy seguro de que la señorita Hermione le habrá hablado mucho de mi querido hijo Draco.
Estoy segura de que su hija le habrá comentado sobre el final de los Mundiales de Quidditch que tendrá lugar el próximo lunes por la noche, y Lucius, mi marido, tiene entradas de primera clase gracias a su estrecha relación con el ministro de magia, Cornelius.
Espero que nos permita llevar a la señorita Hermione al partido.
Tomaremos todos los arreglos necesarios para la seguridad de su hija, así que no debe preocuparse.
Se despide cordialmente, Narcisa Malfoy.
No pudo evitarlo, tenía la boca abierta gracias a las palabras escritas con fina y elegante caligrafía.
-¿Hermione? -llamó su mamá, dejando los cubiertos sobre el plato vacío y mirado a Hermione con curiosidad.
-Uhm… es para ti -dijo, estirando la carta en su dirección.
Nicholas Nott bajó enseguida el periódico y miró con desconfianza la carta en su mano. Jane Jones disparó miradas nerviosas entre el señor Nott y su hija antes de tomar la carta, con manos temblorosas.
Hermione miró a Inferno, como si el pájaro pudiera responder a sus preguntas cuando otro sobre en su pata llamó su atención. No se había dado cuenta que la lechuza llevaba otra carta y mirando el destinatario en el sobre, pudo percibir que era para el señor Nott.
-Eh… Nicholas -los ojos del señor Nott chocaron con los de Hermione-. Creo que esa carta es para usted.
Otra sombra de sospecha nubló sus ojos azules mientras se levantaba para quitarle la carta a Inferno.
-¿Qué ocurre? -preguntó Theo, mirando de su padre a Jane y de vuelta.
-Creo que… la señora Malfoy acaba de invitarme a la final del Mundial de quidditch -dijo Hermione, aguantándose el grito de emoción que tenía atrapado en su garganta. Sabía que Theo no estaría nada contento.
-¿¡Qué!? -chilló, mirando a Hermione como si le hubiera salido una segunda cabeza-. ¿Por qué te han invitado? Draco nunca dijo…
-También te han invitado a ti, Theo -dijo Nicholas, evitando que su hijo siguiera gritando-. Draco le ha comentado a Lucius que no tengo entradas para el Mundial y me ha pedido permiso para llevarte.
Un tenso silencio se propago por la pequeña cocina.
-Entonces… -dijo Theo después de unos segundos, tratando de aparentar calma-. ¿Podemos ir?
Agosto, 12. 1994.
Castillo Nott.
18:00 p.m.
Hermione miraba fijamente la chimenea en la sala, mientras Theo caminaba de un lado a otro por el lugar. Ambos estaban esperando la llegada de Draco.
Fue bastante difícil convencer a sus padres de dejarlos ir, pero al final habían dado su brazo a torcer y después de muchas indicaciones sobre lo que ocurriría si alguno de los dos llegaba a separarse de los Malfoy, acordaron que se reunirían con Draco en el Castillo Nott.
Se encontrarían con los señores Malfoy ya dentro del lugar y Draco sería quien los recogería a la hora indicada. Les habían dado cierto nivel de independencia, aunque eso había provocado un ceño fruncido por parte de la mamá de Hermione.
La Slytherin aún no estaba segura de cómo Nicholas había convencido a Lucius Malfoy para dejar ir solo a su hijo, pero estaba bastante segura de que se debía a que no quería pasar mucho tiempo cerca de Hermione: la sangre sucia de Slytherin.
Lo que la llevaba a otra pregunta, ¿por qué la había invitado?
La sala se alumbró de un tono verdusco, deteniendo los pensamientos de Hermione. Draco Malfoy acababa de aparecer mediante unas llamas verdes.
-¡Draco! -jadeo Hermione, encontrándolo a mitad de camino mientras ambos Slytherin se abrazaban. La castaña no pudo evitar inhalar algo del aroma único del rubio, antes de separarse unos centímetros para mirarse cara a cara-. Te he extrañado.
-Y yo a ti -dijo, con su característica sonrisa ladeada.
-Ya bésense -se burló Theo, poniendo los ojos en blanco.
Hermione retrocedió dos pasos, fulminando a Theo con la mirada mientras las mejillas del rubio adquirían un tono rosado. El castaño no hizo más que reír.
-¿Y tu padre? -preguntó Draco, arrastrando las palabras mientras miraba alrededor en un intento de aclarar su mente.
-Depende de quién lo pregunte -Draco enarcó una ceja ante las palabras del castaño-. Está en su laboratorio, si pregunta tu padre. Pero realmente está con Jane.
Draco asintió con lentitud. Él tampoco había mencionado nada de la relación del padre de Theo con la madre muggle de Hermione. Era algo de lo que ninguno de los padres de sus amigos debía enterarse.
-¿Y bien? -preguntó Hermione-. ¿Dónde está el traslador?
Draco sacó un bolígrafo muggle del bolsillo de su traje.
-Se activará en breve -anunció, tomando la mano de Hermione con la suya. Theo rápidamente caminó hacia ellos-. Solo tienen que poner un dedo encima del traslador, con eso será suficiente.
Los otros dos Slytherin pusieron sus dedos sobre el bolígrafo. Ocurrió inmediatamente. Hermione sintió como si un gancho, justo debajo del ombligo, tirara de ella hacia delante con una fuerza irresistible. Sus pies se habían despegado de la tierra; pudo notar a Draco y Theo, cada uno a un lado, porque sus hombros golpeaban contra los suyos. Iban todos a enorme velocidad en medio de un remolino de colores y de una ráfaga de viento que aullaba en sus oídos. Tenía el índice pegado al bolígrafo, como por atracción magnética. Y entonces…
Tocó tierra con los pies. Theo se tambaleo contra ella y ella a su vez contra Draco. Los tres Slytherin terminaron cayendo al suelo, con el traslador botando cerca de la cabeza de Theo.
-Desde Castillo Nott a las seis y siete -anunció una voz.
Draco la ayudó a ponerse de pie mientras Theo maldecía por debajo. Habían llegado a lo que, a través de la niebla, parecía un páramo. Delante de ellos había un par de magos cansados y de aspecto malhumorado. Uno de ellos sujetaba un reloj grande de oro; el otro, un grueso rollo de pergamino y una pluma de ganso. Los dos vestían como muggles, aunque con muy poco acierto: el hombre del reloj llevaba un traje de tweed con chanclos hasta los muslos; su compañero llevaba falda escocesa y poncho.
-Lucius dijo que vendrían a esta hora -dijo el mago de falda con voz cansina.
-Buenas tardes, señor Basil -saludó Draco, cogiendo el bolígrafo y entregándosela en la mano al mago, que la echó a una caja grande de trasladores usados que tenía a su lado. Hermione vio en la caja un periódico viejo, una lata vacía de cerveza, un balón de fútbol pinchado y una bota.
-Será mejor que salgan de ahí: hay un grupo muy numeroso que llega a las siete y quince del Bosque Negro. Esperen… voy a buscar dónde está… Malfoy… Malfoy…
Consultó la lista del pergamino.
-Está a unos cuatrocientos metros en aquella dirección. Es el primer prado que lleguen.
-Gracias, señor -dijo Draco, volviendo a tomar la mano de Hermione. Se encaminaron por el páramo desierto, incapaces de ver gran cosa a través de la niebla. Después de unos veinte minutos encontraron una casita de piedra junto a una verja. Al otro lado, Hermione vislumbró las formas fantasmales de miles de tiendas dispuestas en la ladera de una colina, en medio de un vasto campo que se extendía hasta el horizonte, donde se divisaban el oscuro perfil del bosque. Se acercaron a la puerta de la casita, donde había un hombre, observando las tiendas. Nada más verlo, Hermione reconoció a Marcus Flint.
-¡Marcus! -el ex Slytherin se giró justo a tiempo para atrapar a Hermione. La castaña se rio contra su duro pecho mientras el chico sonreía.
-Hermione -saludó, acariciando su espalda.
-Emma -saludaron Theo y Draco al percibir a la acompañante de Marcus-. ¿Entrada de los Appleby Arrows? -preguntó despectivamente el rubio.
Marcus seguía riéndose mientras se apartaba de Hermione y volvía a tomar la mano de Emma.
-Que ya no sea el prefecto de Slytherin no significa que debas olvidar tu respeto, Malfoy.
Draco puso los ojos en blanco.
-¿Dónde están sus padres? -preguntó Emma.
-Los señores Malfoy se encuentran con el ministro, según dijo Draco -anunció Theo. Un brillo nervioso cruzó los ojos de Marcus antes de dedicarle una mirada curiosa a Draco. El joven Slytherin se encogió de hombros.
-Bien… -dijo Emma, alargando la palabra-. Nuestra tienda se encuentra al otro lado… ¿quieren que los acompañamos a la suya?
Draco negó.
-Estamos bien, gracias -dijo Hermione.
Marcus volvió a dirigirle otra mirada aguda a Draco antes de que ambos ex Slytherin se dirigieran a su destino.
-¿Se dieron cuenta que se operó los dientes? -dijo Theo.
-¡Theo! -reprendió Hermione, dándole un golpe en el brazo.
Caminaron con dificultad ascendiendo por la ladera cubierta de neblina, entre largas filas de tiendas. La mayoría parecían casi normales. Era evidente que los dueños habían intentado darles un aspecto lo más muggle posible, aunque habían cometido errores al añadir chimeneas, timbres para llamar a la puerta o veletas. Pero, de vez en cuando, se veían tiendas mágicas. En medio del prado se levantaba una extravagante tienda en seda a rayas que parecía un palacio en miniatura, con varios pavos reales a la entrada.
-Es aquí, ¿cierto? -se burló Theo, recibiendo una mirada desdeñosa por parte de Draco.
-¡Hermione! -la susodicha se giró justo a tiempo para que un gran cuerpo la levantara en un apretado abrazo y la hiciera dar vueltas. Cuando sus pies volvieron a tocar el suelo, se encontró de frente el rostro colorido de Gregory.
-¡Oh por Dios! ¡Gregory! ¿¡Qué te ha pasado!? -exclamó Hermione con preocupación, rozando ligeramente con la punta de los dedos el hematoma que el Slytherin tenía en el ojo derecho.
-No es nada -dijo, avergonzado-. No es nada, en lo absoluto… te lo juro -susurró con cierta pena.
-¡Venga ya! ¡Si son nuestros chicos! -dijo Blaise, parado en la entrada de una tienda que tenía tres pisos y varias torretas. Vincent estaba a su lado. El moreno apartó a Gregory de un empujón y abrazó a Hermione-. No tienes idea de cuanto te he extrañado -dijo al viento-. Fue su padre… -susurró muy bajo.
Ambos se miraron con seriedad antes de que Vincent rodeara a Hermione con sus brazos.
-Herms…
-Vincent -saludó la castaña, dándole una rápida mirada y volviendo a mirar a Gregory-. ¿Soy yo o están bajando de peso?
Ambos chicos sonrieron y Blaise pasó los brazos por encima de sus hombros con cierta dificultad. El moreno había crecido un par de centímetros, pero aún le llevaban una cabeza de ventaja.
-Solo necesitaban un empujoncito -dijo el moreno-. Vimos a tus padres marcharse con Fudge hace como una hora.
-Sí, padre dijo que nos vería en el balcón del ministro.
-Qué suerte la suya -dijo Vincent haciendo un puchero-. Mi padre consiguió los boletos varios palcos por debajo de donde me hubiera gustado.
-¿Qué se puede hacer? -preguntó Draco, sonriendo con malicia-. Así es como funciona la pirámide social.
-Me alarma tu modestia, Malfoy -se burló Theo.
-¡Vaya, miren esto! -exclamó Gregory, acercándose rápidamente hasta un carro lleno de montones de unas cosas de metal que parecían prismáticos excepto en el detalle de que estaban llenos de botones y ruedecillas.
-Son omniculares -explicó el vendedor con entusiasmo, sus ojos fijos en las túnicas de calidad de los adolescentes-. Se puede volver a ver una jugada… pasarla en cámara lenta, y si quieres te pueden ofrecer un análisis jugada a jugada. Diez galeones cada una.
-Yo quiero unos -le dijo Hermione a Draco, que ya estaba sacando varios galeones de su bolsillo. Compraron seis omniculares antes de que otro vendedor ambulante les llamara la atención. Así que cuando se oyó el sonido profundo y retumbante de un gong al otro lado del bosque, y de inmediato se iluminaron entre los árboles unos faroles rojos y verdes, marcando el camino al estadio, los seis Slytherin tenían cada uno una Saeta de Fuego en miniatura que volaban de verdad, figuras coleccionables de jugadores famosos que se pasaban por la palma de la mano con actitud jactanciosa y bufandas de Irlanda.
Tomaron todo lo que habían comprado y se internaron a toda prisa en el bosque por el camino que marcaban los faroles. Oían los gritos, las risas, los retazos de canciones de los miles de personas que iban con ellos. La atmosfera de febril emoción que se contagiaba fácilmente, y Hermione no podía dejar de sonreír. Caminaron por el bosque hablando y bromeando en voz alta unos veinte minutos, hasta que al salir por el otro lado se hallaron a la sombra de un estadio colosal. Aunque Hermione sólo podía ver una parte de los inmensos muros dorados que rodeaban el campo de juego, calculaba que dentro podrían haber cabido, sin apretujones, diez catedrales.
-Padre dice que quinientos funcionarios han estado trabajando durante todo el año para levantarlo. Cada centímetro del edificio tiene un repelente muggle -dijo Draco, encaminándose delante de los demás hacia la entrada más cercana, que ya estaba rodeada de un enjambre de bulliciosos magos y brujas.
-¡Asientos de primera! -dijo la bruja del ministerio apostada ante la puerta, al comprobar sus entradas-. ¡Tribuna principal! Todo derecho escaleras arriba.
Draco, Theo y Hermione esperaron hasta que la bruja indicó los asientos de Vincent, Gregory y Blaise antes de empezar a avanzar. Las escaleras del estadio estaban tapizadas con una suntuosa alfombra de color purpura. Subieron con la multitud que poco a poco iba entrando por las puertas que daban a las tribunas que había a derecha e izquierda. Llegó un punto en el que se separaron, con varios gestos de reproche por parte de Vincent antes de que siguieran subiendo.
-Por la barba de Merlín, ¿me estas jodiendo? -espetó el rubio en un susurro arrastrado cuando llegaron a su palco, sus fríos ojos fijos en los causantes de su repentino mal humor.
La tribuna estaba repleta, ellos habían sido los últimos en llegar. Y, en medio de magos claramente muy importantes, se encontraba la familia Weasley en todo su esplendor. Sin contar a la matriarca de los pelirrojos, todos estaban cómodamente sentados en sus butacas. Además, iban acompañados por Neville Longbottom, Harry Potter y nada más ni nada menos que el mismísimo James Potter.
Theo soltó un silbido bajo, impresionado por el panorama que era tener a James Potter frente a sus narices. El profesor Snape tenía razón en comparar uno con el otro: el mismo cabello azabache rebelde, las gafas redondas y el mismo tono de piel, lo único distinto entre ambos eran sus ojos.
-Draco -Lucius Malfoy estaba parado junto a su mujer, Narcisa. Cornelius Fudge iba acompañado de otro mago y ambos estaban frente al matrimonio Malfoy-. Fudge, te presentó a mi hijo Draco -el señor Malfoy hizo un ademan para que el rubio se acercara a la comitiva.
Draco sonrió hacia el ministro de Magia.
-Buenas tardes, señor ministro.
-Y ellos son Theodore Nott y Hermione Granger, supongo que ha oído hablar de ellos -Lucius tenía la misma voz susurrante que Draco, pero el mayor de los Malfoy hacía que tanto Hermione como Theo se estremecieran en sus lugares mientras sonreían tensamente al ministro de Magia.
-Oh, sí, sí… sin duda -los ojos de Cornelius Fudge estaban fijos en ambos-. El hijo de Nicholas Nott.
-Sí, un placer señor ministro -saludó Theo.
-Y la señorita Granger… la primera nacida de muggles de la historia en quedar seleccionada para Slytherin -dijo con una pizca de curiosidad en sus palabras-. Dumbledore dijo que fue un evento… inédito.
-Es un placer conocerlo, señor ministro -repitió Hermione, con las mejillas sonrojadas.
-¿Tu hijo y sus amigos van en el mismo año que Harry Potter, cierto? -preguntó Fudge, mirando hacia donde Potter estaba sentado. Era obvio que el trío entrometido estaba al pendiente de la conversación, ya que se tensaron en sus lugares al escuchar el nombre de Potter.
-Sí, justo el mismo año -asintió Lucius-. Niños, tomen asiento.
Hermione trató de ocultar su sorpresa al ver… la reacción indiferente que tenía Lucius Malfoy con ella, pero prefirió no decir nada. Los tres adolescentes rápidamente tomaron asiento mientras Narcisa Malfoy se gira para confrontar a Hermione.
-Señorita Granger -la saludó, sonriendo con poca calidez. Era tan guapa como las fotos que Draco tenía en Hogwarts-. Draco me ha hablado mucho de ti.
Hermione miró de reojo a su amigo, pero Draco estaba tan tenso como una cuerda de guitarra mientras negaba casi inadvertidamente.
-Señora Malfoy -sonrió Hermione, tratando de relajar sus músculos-. Draco también suele hablar de usted todo el tiempo en Hogwarts -dijo, provocando que la sonrisa de Narcisa fuera más real.
Después de aquello, los señores Malfoy no volvieron a entablar conversación con Hermione en lo que duró el partido. Inclusive ignoraron cuando Ginny se giró en su asiento y les sonrió a los tres Slytherin.
-No pensé verlos aquí -dijo la pelirroja, aprovechando que el partido todavía no comenzaba.
-Nosotros tampoco, mini Weasley -masculló Draco, con un brillo malicioso en la mirada-. ¿Tu padre ha tenido que vender su casa para comprar las entradas?
-¡Draco! -chistó Hermione, golpeándolo en el hombro al ver como las siluetas de los pelirrojos parecían tensarse en sus asientos.
-Bueno, al menos papá no ha tenido que sobornar al ministro para ser invitado -se defendió Ginny, sonriendo con la misma malicia.
Theo soltó tal carcajada que hizo que la elfina domestica que estaba sentada al fondo de la tribuna pegara un bote en su asiento. Hermione, en cambio, trató de hacerse pequeña mientras las miradas de los magos caían en ellos. Inclusive James Potter los miraba por sobre el hombro.
Antes de que Draco pudiera replicar, Ludo Bagman entró en la tribuna.
-Jódeme -espetó Theo justo cuando Draco y Hermione se inclinaron hacia al frente en sus asientos, tratando de tener una mejor vista de Bagman. Era el jefe del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos, pero lo más importante, era el antiguo golpeador de las Avispas de Wimbourne, el equipo favorito de Draco y Hermione.
-¡Por Salazar! -chilló Hermione en voz baja, aferrándose al brazo del rubio-. Hay que conseguir un autógrafo antes de que termine el Mundial. -Draco asintió repetidas veces, mirando estupefacto al mago.
-¿Todos listos? -preguntó. Su redonda cara relucía de emoción como un queso de bola grande-. Señor ministro, ¿qué le parece si empezamos?
-Cuando quieras, Ludo -respondió Fudge complacido.
Ludo sacó su varita, se apuntó con ella a la garganta y dijo:
-¡Sonorus! -Su voz se alzó por encima del estruendo de la multitud que abarrotaba ya el estadio y retumbó en cada rincón de las tribunas-. Damas y caballeros… ¡bienvenidos! ¡Bienvenidos a la cuadrigentésima vigésima segunda edición de la Copa del Mundo de quidditch!
Los espectadores gritaron y aplaudieron. Ondearon miles de banderas, y los discordantes himnos de sus naciones se sumaron al jaleo de la multitud. El enorme panel que tenían en frente borró su último anuncio (Alverjas multisabores de Bertie Bott: ¡un peligro en cada bocado!) y mostró a continuación: BULGARIA: 0; IRLANDA: 0.
-Y ahora sin más dilación, permítanme que les presente a… ¡las mascotas del equipo de Bulgaria!
Agosto, 13. 1994
01:03 a.m.
-¡Y aquella bludger al rostro de Krum! ¡Pensé que lo noquearía! ¡Tuvo suerte de que solo le rompieran la nariz! -dijo Blaise, su Saeta de Fuego en miniatura volando a su alrededor-. ¡Y luego aquella jugada! ¡Nunca había visto alguien aplicar "El Amago de Wronski" tan bien!
-Yo pensé que Lynch lo había perdido ahí -admitió Theo-. Pensé que Irlanda perdería el partido.
-¡Que va! -se quejó Blaise, pasando un brazo por encima de los hombros del castaño-. Irlanda, era por mucho, la mejor apuesta.
-Pues parecías muy emocionado con Viktor Krum -se mofó Gregory.
Los seis Slytherin estaban sentados alrededor de una bonita mesa de madera, lo suficientemente baja para estar cómodos sentados en unas finas almohadas de terciopelo negro. No había rastro alguno de los señores Malfoy o del señor Crabbe; Narcisa se había mostrado mareada durante el partido y antes de que terminara, se había retirado a Malfoy Manor, muy fatigada. Había insistido en que Lucius y Draco se quedasen, para disfrutar lo último del Mundial antes de que llevaran a Hermione y a Theo, la mañana siguiente, a sus propias casas.
Pero justo cuando el partido terminó, Lucius se había retirado junto a Cornelius Fudge y les había ordenado quedarse dentro de la tienda. No quería escuchar noticia alguna de que habían salido de ella. Hermione estaba bien con eso, no quería pasar mucho tiempo cerca del señor Malfoy, de todas maneras.
-Porque Krum es el mejor buscador del momento -respondió Blaise, poniendo los ojos en blanco-. Estamos frente a la era del búlgaro. Solo tiene dieciocho años, una carrera muy larga por delante.
-Blaise tiene razón -dijo Hermione, acariciando la muñequera de las Avispas de Wimbourne que Ludo Bagman le firmó-. Krum va a hacer muchas cosas.
-Totalmente -apoyó Draco, tratando de reprimir un bostezo mientras miraba la entrada de la tienda.
-No sé ustedes -dijo Vincent-. Pero tengo un sueño… que ya no aguanto.
Hermione asintió en acuerdo, completamente cansada. Había agotado todas sus energías durante el partido.
No llegaría a saber a ciencia cierta si se había dormido o no (sus fantasías de vuelos en escoba al estilo de Krum podrían muy bien haber acabado siendo auténticos sueños); lo único que supo fue que, de repente, Vincent estaba gritando.
-¡Levántense! ¡Draco, Gregory… chicos… deprisa, levántense, es urgente!
Hermione se incorporó de un salto.
-¿Qué pasa? -preguntó, alarmada.
Intuyó que algo malo ocurría, porque los ruidos del campamento parecían distintos. Los cánticos habían cesado. Se oían gritos, y gente que corría.
Bajó de la cama y agarró su ropa, pero Vincent, que se había puesto solo una capa encima del pijama, le dijo:
-No hay tiempo, Hermione… chicos, ¡hay que irnos!
Hermione obedeció y salió a toda prisa de la tienda, por detrás de Draco.
A la luz de los escasos fuegos que aún ardían, pudo ver a gente que corría hacia el bosque, huyendo de algo que se acercaba detrás, por el campo, algo que emitía extraños destellos de luz y hacía un ruido como de disparos de pistolas. Llegaban hasta ellos abucheos escandalosos, carcajadas estridentes y gritos de borrachos. A continuación, apareció una fuerte luz de color verde que iluminó la escena.
A través del campo marchaba una multitud de magos que iban muy apretados y se movían todos juntos apuntando hacia arriba con las varitas. Hermione entronó los ojos para distinguirlos mejor. Parecía que no tuvieran rostro, pero luego comprendió que iban tapados con capuchas y máscaras. Por encima de ellos, en lo alto, flotando en medio del aire, había cuatro figuras que se debatían y contorsionaban adaptando formas grotescas. Era como si los magos enmascarados que iban por el campo fueran titiriteros y los que flotaban en el aire sus marionetas, manejadas mediante hijos invisibles que surgían de las varitas. Dos de las figuras eran muy pequeñas.
Al grupo se iban juntando otros magos, que reían y apuntaban con sus varitas a las figuras del aire. La marcha de la multitud arrollaba las tiendas de campaña. En una o dos ocasiones, Hermione vio a alguno de los que marchaban destruir con un rayo originado en su varita alguna tienda que le estorbaba el paso. Varias se prendieron. El griterío iba en aumento.
Las personas que flotaban en el aire resultaron repentinamente iluminadas al pasar por encima de una tienda de campaña que estaba en llamas, y Hermione reconoció a una de ellas; era el señor Roberts, el gerente muggle del camping. Los otros tres podrán ser su mujer y sus hijos.
-¡Hijo de perra! –aulló Blaise, con el rostro más pálido que nunca-. ¡Chicos! ¡Son mortífagos!
-¡No necesitas decírnoslo, Blaise! -dijo Theo, pero él estaba igual de pálido.
-Debemos de… -empezó Gregory, pero Draco lo interrumpió.
-¡Hay que irnos! -estaba aún más pálido que Blaise, pero tomó a Hermione de la mano y tiró de ella hacia el bosque.
Vincent, Theo, Gregory y Blaise los siguieron. Al llegar a los primeros árboles volvieron la vista atrás. La multitud iba creciendo. Distinguieron a los magos del Ministerio, que intentaban introducirse por entre el numeroso grupo para llegar hasta los encapuchados que iban en el centro: les estaba costando trabajo. Debían de tener miedo de lanzar algún embrujo que tuviera como consecuencia la caída al suelo de la familia Roberts.
Las farolas de colores que habían iluminado el camino del estadio estaban apagadas. Oscuras siluetas daban tumbos entre los árboles, y se oía el llanto de niños; a su alrededor, en el frío aire de la noche, resonaban gritos de ansiedad y voces aterrorizadas. Avanzaron con dificultad, empujados de un lado y de otro por personas cuyos rostros no podían distinguir. No se detuvieron hasta que sintieron que el frío aire podía hacerles explotar los pulmones.
Draco se recargó contra un árbol, abrazando con fuerza a Hermione mientras Vincent vomitaba sobre el suelo. Gregory se dejó caer de rodillas; Blaise caminaba de un lado a otro, sosteniendo su cabeza con fuerza mientras murmuraba maldiciones por debajo. Theo, en cambio, fulminaba con su mirada al rubio. Estaba furibundo.
-Draco…
-No hables, Theo -murmuró el rubio, con el rostro oculto en el cuello de Hermione-. No ahora… no quiero saber.
-Papá… -murmuró Vincent-. Joder… era uno de ellos, ¿verdad? Por eso insistió tanto en venir al Mundial -el chico levantó la mirada, viendo con mucha pena a la castaña-. Hermione, yo…
-Está bien, Greg… -dijo Hermione, que trataba de confortar al rubio-. Está bien… no es culpa de ninguno de los dos.
-Mi padre va a matarme -masculló Theo, soltando una patada contra la corteza del árbol.
-Theo, tenemos más problemas que la furia de tu padre -escupió Blaise, fulminando al castaño con la mirada, pero apenas podía distinguirlo en esa oscuridad-. Hay mortífagos torturando muggles a unos metros de nosotros.
-Ni siquiera sabemos si eran mortífagos -dijo Gregory en voz muy baja.
-¡Despierta, Gregory! -resopló Blaise-. Llevaban las máscaras, y las túnicas… esos hijos de puta…
Los Slytherin se quedaron callados ante la rabieta de Blaise. Todos lo habían visto, a los seguidores de El-que-no-debe-ser-nombrado. Y el espectáculo no había sido nada agradable. Había una gran posibilidad de que el padre de Draco y el de Vincent estuvieran entre los enmascarados, como que también el señor Malfoy haya invitado a Hermione como una tapadera. ¿Quién lo apuntaría con el dedo si su hijo era el mejor amigo de una nacida de muggles?
De pronto se oyó gritar a alguien de dolor.
-¿Qué ha sucedido? -preguntó la voz de un chico-. ¿Dónde estás, Ron? Qué idiotez… ¡Lumos!
Una varita se encendió, y su haz de luz se proyectó en el camino. Weasley estaba echado en el suelo.
-He tropezado con la raíz de un árbol -dijo de malhumor, volviendo a ponerse en pie.
-Bueno, con pies de ese tamaño, lo difícil sería no tropezar -dijo Draco, arrastrando las palabras y llamando la atención el trío entrometido que estaba a unos pasos de ellos. Hermione se apartó del abrazo del rubio, girándose para mirar de frente a los Gryffindor.
-¡Vete a la mierda, Malfoy! -gritó Weasley, enojado.
-Cuida esa boca, Weasley -masculló Blaise, haciéndose notar. Vincent y Gregory se incorporaron, mostrándose en toda su altura mientras Theo se acercaba a sus amigos, mirando con desconfianza al trío-. ¿No sería mejor que echaran a correr? No les gustaría que lo vieran, supongo…
Con un gesto de cabeza señaló a Potter, al mismo tiempo que desde el camping llegaba un sonido como de una bomba y un destello de luz verde iluminaba por un momento los árboles que había alrededor.
-¿Qué quieres decir? -le preguntó Potter desafiante.
-Vamos, Potter -siseo Draco-. Todos sabemos lo que los mortífagos quieren realmente. El-niño-que-vivió y derrotó a su amo… no puedo ni imaginar lo que le haría al gran Harry Potter.
-¿No deberían ser ustedes los que se escondan? -espetó Weasley, fulminando al rubio con la mirada-. Parecían más entretenidos con los muggles allá fuera -dijo, ahora mirando a Hermione.
-¡Hermione es una bruja! -exclamó Theo, provocando que Vincent, Gregory y Blaise sacaran sus varitas. Potter, Weasley y Longbottom levantaron las suyas.
-Lárgate, Potter -escupió Blaise-. Porque esta vez, Dumbledore no podrá protegerte.
-Vamos, chicos -instó Longbottom, mirando desdeñosamente al grupo de Slytherin-. Hay que buscar a los otros -dijo, arrastrando a sus dos amigos lejos de las serpientes.
La luz que alumbraba el sendero fue perdiendo intensidad mientras el trío se alejaba, dejándolos de nuevo en una oscuridad total, sin rastro alguno de la luna.
-Parece que Weasley necesitara que le rompas la nariz una vez más -siseo Draco, con sus brazos aún envueltos en la cintura de Hermione-. No ha aprendido nada.
Hermione negó, volviendo a colocar su frente en el cuello del rubio.
-Están igual de asustados que nosotros, Draco… -murmuró-. Déjalo estar… sólo por esta vez…
Draco asintió sin decir nada. Su padre estaba afuera, posiblemente entre los magos enmascarados… entre los mortífagos. Y él había caído en su trampa… había llevado a Hermione ante las fosas de la serpiente.
Londres Muggle.
12:00 p.m.
-¡Así que nos casamos! -soltó Jane con una risa cantarina, sus mejillas sonrojadas mientras miraba a los dos adolescentes sentados delante suyo.
-Sé que todo esto está yendo muy rápido -empezó Nicholas, mirando con nerviosismo el rostro en blanco de su hijo-. Y ni siquiera los consultamos sobre ello… solo paso… solo lo decidimos en última instancia -le dirigió una mirada amorosa a la mujer a su lado mientras tomaba su mano entre la suya-. No podía esperar más -se disculpó.
La pequeña sala se llenó de un incómodo silencio mientras los recién casados miraban a sus hijos en espera de una respuesta.
-Hermione… -empezó Jane, pero el sonido del periódico al ser lanzado en la mesita de madera al centro de la estancia la interrumpió.
Era una copia de El Profeta que Theo había tomado antes de regresar al mundo muggle, y cuando los ojos de Nicholas Nott vieron la portada, su rostro se puso más pálido de lo que Hermione había visto nunca.
"Escenas de terror en los Mundiales de quidditch", acompañado de una centellante fotografía en blanco y negro que mostraba la Marca Tenebrosa sobre las copas de los árboles.
-Mortífagos, papá… -dijo Theo en voz muy baja-. Eran mortífagos…
Septiembre, 01. 1994
Expreso de Hogwarts.
10:00 a.m.
-Muévete, idiota -siseo Draco, arrastrando las palabras mientras empujaba con el hombro a un estudiante de Hufflepuff que pasaba por allí. Cuando los ojos del niño chocaron con los del rubio, rápidamente se metió al compartimento de al lado.
-No hay necesidad de ser un imbécil -dijo Hermione, disparándole una mirada molesta. Gregory detrás suyo, arrastrando su baúl y el de la castaña, soltó una risa ronca.
-No lo sería si ellos no fueran un montón de ineptos -espetó el rubio, mirando con enojo a Gregory y provocando que se atragantara con su propia saliva. El Slytherin miró al frente de nuevo y se detuvo de golpe antes de chocar con una rubia que lo miraba fijamente. Se miraron durante bastantes segundos-. ¿Vas a moverte en algún momento del día? -escupió con desdén.
-Tienes Torposoplos encima de ti… -dijo con voz cantarina, con la cabeza ligeramente inclinada hacia a un lado.
Draco frunció el ceño, mirando rápidamente hacia arriba en busca de algún animal extraño. Gregory y Hermione lo imitaron, pero ninguno de los tres Slytherin pudo ver o encontrar nada.
-Chiflada -dijo Draco, mirando a la rubia como si hubiera perdido algún tornillo antes de encaminarse de nuevo en busca de su compartimento.
-Él no quiso… -Hermione se mordió la lengua-. Lo siento -se disculpó, pasando a la rubia para alcanzar al Slytherin. Después de unos tres minutos, llegaron al vagón de Slytherin y rápidamente pudieron escoger un compartimento vacío.
Draco entró en el lugar, metió su baúl en las rejillas de arriba y se dejó caer sobre el sillón, soltando un suspiro de alivio total.
-Por fin… -dijo, con ojos cerrados.
-Fuiste un idiota -espetó Hermione, cruzándose de brazos mientras se sentaba a un lado de Draco.
-Ella está loca -dijo Draco, abriendo un ojo para mirar a la castaña-. No lo niegues.
-Mierda, hombre. ¿Por qué de tan mal humor? -preguntó Gregory cuando terminó de colocar los baúles en el compartimento de arriba.
-¿Por qué no me fui con alguno de ustedes una vez terminó el Mundial? -inquirió Draco, tratando de alejar la reciente imagen de la Marca Tenebrosa brillando en su cabeza-. Necesito aprender Oclumancia…
-¿Ocurrió algo con tu padre? -preguntó Hermione con nerviosismo.
-Algo así… -dijo Draco, haciendo una mueca. Los oídos aún le pitaban por todos los sobrenombres con que su padre se había dirigido a Hermione.
-Podríamos preguntarle al profesor Snape -dijo Gregory, sacando a Draco de sus oscuros pensamientos-. Él debe saber sobre el arte de la Legeremancia… ¿no?
-El profesor Snape también fue un mortífago -dijo Draco, pero ninguno de sus amigos pareció sorprenderse-. Si yo estuviera en las filas del Señor Oscuro, procuraría saber cómo ocultar mi mente.
Hermione asintió en acuerdo.
-¿Creen que quiera enseñarnos? -preguntó Gregory.
-Si se lo pide Draco, seguro que sí -dijo Hermione, sonriendo ligeramente.
-Lo intentaré -dijo el rubio, serio.
La puerta del compartimento se abrió, y Theo, Blaise y Vincent entraron tranquilamente.
-¿No venían detrás nuestro? -Hermione enarcó una ceja.
-¿Qué demonios es un Nargle? -preguntó Blaise, sentándose al otro lado del rubio.
Draco y Hermione se miraron, confundidos.
-Ni idea -respondió Gregory con un encogimiento de hombros.
-¿Y un Torposoplo? -preguntó Vincent.
-¿También se encontraron con la loca? -se burló el rubio.
-Déjala en paz, Draco -dijo Hermione justo cuando Theo se sentaba al otro lado de Gregory. Estaba muy callado-. ¿Todo bien?
-Sí, yo solo… -disparó una mirada a la puerta del compartimento-. No… no es nada.
-Bueno, pues… -dijo el rubio, pasando su mirada de serpiente en serpiente-. ¿Alguno sabe algo sobre el Torneo de los tres magos?
-¿De qué hablas? -preguntó Blaise con curiosidad.
Draco sonrió con malicia.
Gran Comedor.
20:00 p.m.
-¡Bien! -dijo Dumbledore, sonriéndoles a todos-. Ahora que todos estamos bien comidos, debo una vez más pedir su atención mientras les comunico algunas noticias: El señor Filch, el conserje, me ha pedido que les comunique que la lista de objetos prohibidos en el castillo se ha visto incrementada este año con la inclusión de los yoyós gritadores, los discos voladores con colmillos y los bumeranes-porrazo. La lista completa comprende ya cuatrocientos treinta y siete artículos, según creo, y puede consultarse en la conserjería del señor Filch.
La boca de Dumbledore se crispó un poco en las comisuras. Luego prosiguió:
-Como cada año, quiero recordarles que el bosque que está dentro de los terrenos del castillo es una zona prohibida a los estudiantes. Otro tanto ocurre con el pueblo de Hogsmeade para todos los alumnos de primero y de segundo. Es también muy doloroso deber informarles que la Copa de quidditch no se celebra este curso.
-¿Qué? -dijo Hermione sin aliento.
Miró a Draco, Blaise y Adrian, los únicos que quedaban del equipo de quidditch. Le decían algo a Dumbledore moviendo sólo los labios, sin pronunciar ningún sonido, porque debían de estar demasiado consternados para poder hablar. Dumbledore continuó:
-Esto se debe a un evento que dará comienzo en octubre y continuará a lo largo de todo el curso, acaparando una gran parte del tiempo y la energía de los profesores… pero estoy seguro de que lo disfrutarán enormemente. Tengo el gran placer de anunciar que este año en Hogwarts…
Pero en aquel momento se escuchó un trueno ensordecedor, y las puertas del Gran Comedor se abrieron de golpe. En la puerta apareció un hombre que se apoyaba en un largo bastón y se cubría con una capa negra de viaje. Todas las cabezas en el Gran Comedor se volvieron para observar al extraño, repentinamente iluminado por el resplandor de un rayo que apareció en el techo. Se bajó la capucha, sacudió una larga melena en parte cana y en parte negra, y caminó hacia la mesa de los profesores.
Un sordo golpe repitió cada uno de sus pasos por el Gran Comedor. Llagó a un extremo de la mesa de los profesores, se volvió a la derecha y fue cojeando pesadamente hacia Dumbledore. El resplandor de otro rayo cruzó el techo. Hermione ahogó un grito.
Aquella luz había destacado el rostro del hombre, y era un rostro muy diferente de cuantos Hermione había visto en su vida. Parecía como labrado con un trozo de madera desgastado por el tiempo y la lluvia, por alguien que no tenía la más leve idea de cómo eran los rostros humanos y que además no era nada habilidoso con el formón. Cada centímetro de la piel parecía una cicatriz. La boca era como un tajo diagonal, y le faltaba un buen trozo de la nariz. Pero lo que lo hacía verdaderamente terrorífico eran los ojos.
Uno de ellos era pequeño, oscuro y brillante. El otro era grande, redondo como una moneda y de un azul vívido, eléctrico. El ojo azul se movía sin cesar, sin parpadear, girando para arriba y para abajo, a un lado y a otro, completamente independiente del ojo normal… y luego se quedaba en blanco, como si mirara al interior de la cabeza.
El extraño llegó hasta Dumbledore. Le tendió una mano tan toscamente formada como su cara, y Dumbledore la estrechó, murmurando palabras que Hermione no consiguió oír. Parecía estar haciéndole preguntas al extraño, que negaba con la cabeza, sin sonreír, y contestaba en voz muy baja. Dumbledore asintió también con la cabeza y le mostró al hombre el asiento vacío que había a su derecha.
El extraño se sentó y sacudió su melena para apartarse el pelo entrecano de la cara; se acercó un plato de salchichas, lo levantó hacia lo que le quedaba de nariz y lo olfateó. A continuación, se sacó del bolsillo una pequeña navaja, pinchó una de las salchichas por un extremo y empezó a comérsela. Su ojo normal estaba fijo en la salchicha, pero el azul se seguía yendo de un lado para otro sin descanso, moviéndose en su cuenca, fijándose tanto en el Gran Comedor como en los estudiantes.
-Les presento a nuestro nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras -dijo animadamente Dumbledore, ante el silencio de la sala-: El profesor Moody.
Lo normal era que los nuevos profesores fueran recibidos con saludos y aplausos, pero nadie aplaudió aquella vez, ni entre los profesores ni entre los alumnos, a excepción de Hagrid y Dumbledore. El sonido de las palmadas de ambos resonó tan tristemente en medio del silencio que enseguida dejaron de aplaudir. Todos los demás parecían demasiado impresionados por la extraña apariencia de Moody para hacer algo más que mirarlo.
-¿Dijo Moody? -le susurró Adrian a Milton Statham-. ¿Ojoloco Moody?
Milton asintió repetidas veces, sin dejar de mirar al mago.
-¿Quién es Ojoloco Moody? -preguntó Hermione a Draco.
-Alastor Moody, un viejo y trastornado auror -explicó Draco-. Dicen que ha atrapado a más mortífagos que nadie en el Departamento de Seguridad Mágica.
Dumbledore volvió a aclararse la garganta.
-Como iba diciendo -siguió, sonriendo a la multitud de estudiantes que tenía delate, todos los cuales seguían con la mirada fija en Ojoloco Moody-, tenemos el honor de ser la sede de un emocionante evento que tendrá lugar durante los próximos meses, un evento que no se celebraba desde hacía más de un siglo. Es un gran placer para mí informarles que este curso tendrá lugar en Hogwarts el Torneo de los tres magos.
-¡Se está quedando con nosotros! -gritó en voz alta uno de los gemelos Weasley.
Repentinamente se quebró la tensión que se había apoderado del Gran Comedor desde la entrada de Moody. Casi todo el mundo se rio, y Dumbledore también, como prediciendo la intervención de del chico.
-No me estoy quedando con nadie, señor Weasley -repuso-, aunque, hablando de quedarse con la gente, este verano me han contado un chiste buenísimo sobre un trol, una bruja, un leprechuan que entra en un bar…
Blaise rodó los ojos mientras la profesora McGonagall se aclaraba ruidosamente la garganta.
-Eh… bueno, quizá no sea éste el momento más apropiado… No, es verdad -dijo Dumbledore-. ¿Dónde estaba? ¡Ah, sí, el Torneo de los tres magos! Bien, algunos de ustedes seguramente no saben qué es el Torneo de los tres magos, así que espero que los que lo saben me perdonen por dar una breve explicación mientras piensan en otra cosa. El torneo de los tres magos tuvo su origen hace unos setecientos años, y fue creado como una competición amistosa entre las tres escuelas de magia más importantes de Europa: Hogwarts, Beauxbatons y Durmstrang. Para representar a cada una de estas escuelas se elegía un campeón, y los tres campeones competían en tres tareas mágicas. Las escuelas se turnaban para ser la sede del Torneo, que tenía lugar cada cinco años, y se consideraba un medio excelente de establecer lazos entre jóvenes magos y brujas de diferentes nacionalidades… hasta que el número de muertes creció tanto que decidieron interrumpir la celebración del Torneo.
-¿Muertes? -jadeo Vincent.
-Cobarde -escupió Adrian con malicia.
-Bueno, ¿ves algún Gryffindor aquí? -espetó Vincent, fulminándolo con la mirada.
-En todo este tiempo ha habido varios intentos de volver a celebrar el Torneo -prosiguió Dumbledore-, ninguno de los cuales tuvo mucho éxito. Sin embargo, nuestros departamentos de Cooperación Mágica Internacional y de Deportes y Juegos Mágicos han decidido que éste es un buen momento para volver a intentarlo. Hemos trabajado a fondo este verano para asegurarnos de que esta vez ningún campeón se encuentre en peligro mortal. En octubre llegarán los directores de Beauxbatons y de Durmstrang con su lista de candidatos, y la selección de los tres campeones tendrá lugar en Halloween. Un juez imparcial decidirá qué estudiantes reúnen más méritos para competir por la Copa de los tres magos, la gloria de su colegio y el premio en metálico de mil galeones.
-¿En serio? -preguntó Pansy con cierta desilusión- Eso es muy poco.
Hermione ahogó un grito.
-Para ustedes -le chilló, haciendo que varios Slytherin rieran por debajo.
-Cuando nos casemos no tendrás que preocuparte por eso, Herms -dijo Draco con una sonrisa ladina, pasando un brazo por encima de los hombros de la castaña.
Blaise chifló.
-Vaya, fratello -rio- Vas con todo.
-¿Quién dijo que me casaría contigo? -Hermione enarcó una ceja.
Varios aplausos y risas sarcásticas se levantaron en la mesa de Slytherin ante el rostro estupefacto de Draco.
-¡Auch! -sonrió Theo, muy divertido-. Acaban de rechazarte, fratello… -Blaise soltó una carcajada y chocó su puño contra el del castaño.
Draco sacudió la cabeza, recuperando su compostura y regalándole una sonrisa al más puro estilo Malfoy.
-Aceptaste el anillo, ¿no? -dijo, disparando una mirada el anillo negro en el dedo de la castaña.
Hermione puso los ojos en blanco.
-Eso no dice nada.
-¿Prefieres un brazalete? -preguntó Draco.
-Basta, Draco.
-No, no -Draco negó-. Ya empezamos con esto, ¿qué quieres? ¿Otro anillo con un gran diamante? ¿Un brazalete de oro macizo?
-Draco no voy a hablar contigo sobre cómo quiero que me propongan matrimonio.
-¿Por qué no? –inquirió el rubio-. Necesito saber qué hacer para cuando llegue el momento.
-Sorpréndeme, Malfoy.
-Me siento muy confundido ahora mismo -anunció Blaise que, junto al resto de su casa, había estado al pendiente de la conversación.
-Yo también -admitió Gregory. ¿Esos dos se gustaban o solo estaban bromeando?
-… Y ya se va haciendo tarde y sé lo importante que es para todos estar despiertos y descansados para empezar las clases mañana por la mañana. ¡Hora de dormir! ¡andando!
Dumbledore volvió a sentarse y siguió hablando con Ojoloco Moody. Los estudiantes hicieron mucho ruido al ponerse de pie y dirigirse hacia la doble puerta del vestíbulo.
-Por tu culpa ya no escuché lo que dijo Dumbledore -se quejó Hermione, mirando con molestia al rubio.
-Si no hubieran estado coqueteando, todos podríamos haber escuchado qué dijo -se mofó Theo.
-El director Dumbledore dijo que solo podían presentarse los que hayan cumplido diecisiete años -intervino Astoria Greengrass, atrayendo la atención de los Slytherin mayores. Un pequeño sonrojo iluminó sus mejillas.
-Como si fuéramos a presentarnos -se burló Blaise.
-¡Eh! ¿Qué tal si yo quería presentarme? -se quejó Adrian.
-¡Claro…! -dijo Millicent poniendo los ojos en blanco.
-Si Marcus estuviera aquí de seguro se presentaba -dijo Hermione en un suspiro.
-Seguro, él siempre buscaba atención -se burló Malcolm Baddock, de sexto.
-¡Eh! -se quejó Hermione, entrecerrando los ojos en su dirección.
-Ya basta, chicos -dijo Draco, moviendo la cabeza con diversión.
-¡Ya oyeron al príncipe de las serpientes! -gritó Adrian, ahuecando sus manos alrededor de su boca para amplificar su voz. Los Slytherin a su alrededor veían la discusión con diversión-. ¡Que nadie moleste a su princesa!
-Jódete, fratello -espetó el rubio.
-¡Eh! -se quejó Blaise, provocando más risas a su alrededor.
Septiembre, 02. 1994
Cabaña de Hagrid.
10:10 a.m.
Estaban llegando tarde a su primera clase de Cuidado de Criaturas Mágicas, y sinceramente a ninguno le importaba en lo más mínimo. No es como si después de la salida de Marcus y Emma las estrictas reglas de puntualidad hayan desaparecido, pero las clases del semigigante… bueno, Hermione aún se preguntaba por qué seguían tomándola.
Hagrid, junto al resto de los estudiantes que tomaban la materia, ya los estaban esperando fuera de la cabaña. Tenía una mano puesta en el collar de Fang, su enorme perro jabalinero de color negro. En el suelo, a sus pies, había varias cajas de madera abiertas, y Fang gimoteaba y tiraba del collar, ansioso por investigar el contenido.
-Recién nacidos -lo escucharon decir, orgulloso-, para que puedan criarlos ustedes mismos. ¡He pensado que puede ser un pequeño proyecto!
-¿Y por qué tenemos que criarlos? -preguntó con burla Draco cuando se posicionaron detrás del círculo de alumnos.
El pequeño grupo de estudiantes de las distintas casas se giraron para mirar a los Slytherin. Hagrid, en cambio, se quedó perplejo ante la pregunta.
-Sí, ¿qué hacen? -insistió Draco-. ¿Para qué sirven?
Hagrid abrió la boca, según parecía haciendo un considerable esfuerzo para pensar. Hubo una pausa que duró unos segundos, al cabo de la cual dijo bruscamente:
-Eso lo sabrás en la próxima clase, Malfoy. Hoy sólo tienes que darles de comer. Pero tienen que probar con diferentes cosas. Nunca he tenido escregutos, y no estoy seguro de qué les gusta. He traído huevos de hormiga, hígado de rana y trozos de culebra. Prueben con un poco de cada uno.
Draco puso los ojos en blanco, cruzándose de brazos mientras (junto a sus amigos) esperaba a que fueran los demás estudiantes en poner sus vidas en peligro primero. Y como suponía, fue el trío entrometido los primeros en hacer lo pedido por Hagrid. Tomaron puñados de hígado despachurrado de rana y trataron de tentar con él a los escregutos de cola explosiva.
-¡Ay! -gritó Dean Thomas, unos diez minutos después- ¡Me ha hecho daño!
-Por idiota –dijo Blaise, que estaba lanzando puñados de huevos de hormiga a una de las cajas.
Hagrid, nervioso, corrió hacia él.
-¡Le ha estallado la cola y me ha quemado! -explicó Thomas enfadado, mostrándole a Hagrid la mano enrojecida.
-¡Ah, sí, eso puede pasar cuando explotan! -dijo Hagrid, asintiendo con la cabeza.
-¡Ay! -exclamó Lavender Brown-. Hagrid, ¿para qué hacemos esto?
-Bueno, algunos tienen aguijón -repuso con entusiasmo Hagrid (Hermione, Draco, Blaise, Theo, Gregory y Vincent se apresuraron a retirar las manos de las cajas)-. Probablemente son los machos… Las hembras tienen en la barriga una especie de cosa succionadora… creo que es para chupar sangre.
-Ahora ya comprendo por qué estamos intentando criarlos -dijo Draco sarcásticamente-. ¿Quién no querría tener una mascota capaz de quemarlo, aguijonearlo y chuparle la sangre al mismo tiempo?
-El que no sean muy agradables no quiere decir que no sean útiles -replicó Longbottom con brusquedad.
-¿Ah, sí? -se burló Draco, golpeando a Blaise con el codo en las costillas-. Dime, Longbottom-squib, ¿para qué son útiles?
Longbottom tensó las mandíbulas, mirando con furia a Draco, pero no pudo responder a la pregunta.
-Eso creí -se mofó el Slytherin.
Gran Comedor.
19:20 p.m.
-¿Algo interesante qué leer? -preguntó Blaise, sentándose al otro lado de la enorme mesa de madera, frente al rubio. Acaba de terminar su última clase del día: Astronomía, y estaba más que listo para tomar su cena y descansar en su recámara.
-Algo así -respondió Draco, con una mueca divertida mientras le pasaba su copia de El Profeta al moreno.
MAS ERRORES EN EL MINISTERIO DE MAGIA.
Parece que los problemas del Ministerio de Magia no se acaban, escribe Rita Skeeter, nuestra enviada especial. Muy cuestionados últimamente por la falta de seguridad evidenciada en los Mundiales de quidditch, y aún incapaces de explicar la desaparición de una de sus brujas, los funcionarios del Ministerio se vieron inmersos ayer en otra situación embarazosa a causa de la actuación de Arnold Weasley, del Departamento Contra el Uso Incorrecto de los Objetos Muggle.
-¿Su nombre no era Arthur? -dijo Blaise, enarcando una ceja. Draco aún lo miraba con una sonrisita en los labios.
-Continua.
Arnold Weasley, que hace dos años fue castigado por la posesión de un coche volador, se vio ayer envuelto en una pelea de varios guardadores de la ley muggle (llamados "policías") a propósito de ciertos contenedores de basura muy agresivos. Parece que el señor Weasley acudió raudo en ayuda de Ojoloco Moody, el anciano ex auror que abandonó el Ministerio cuando dejó de distinguir entre un apretón de manos y un intento de asesinato. No es extraño que, habiéndose personado en la muy protegida casa del señor Moody, el señor Weasley hallara que su dueño, una vez más, había hecho saltar una falsa alarma. El señor Weasley no tuvo de otro remedio que modificar varias memorias antes de escapar de la policía, pero rehusó explicar a El Profeta por qué había comprometido al Ministerio en un incidente tan poco digno y con tantas posibilidades de resultar muy embarazoso.
Blaise soltó una carcajada.
-Ya sabía que el viejo auror estaba loco, literalmente -se apuntó a uno de los ojos-. Pero no creí que Weasley fuera tan estúpido.
-Blaise… -Hermione lo miró con cierta molestia mientras Vincent le arrebataba El Profeta de entre las manos y se ponía a leerlo.
-¡Pero mira, si son San Potty, Weasel y el squib! -dijo Draco, con los ojos puestos en la entrada del Gran Comedor. Blaise miró por sobre su hombro, con una sonrisa maligna en su rostro.
-Draco… -advirtió Hermione, pero el rubio ya se había levantado, le había quitado El Profeta a Vincent y Gregory, y se encaminó junto a Blaise hacia el trío de Gryffindor.
-¡Weasley! ¡Eh, Weasley!
Potter, Weasley y Longbottom se giraron hacia Draco y Blaise, que se mostraban muy contentos.
-¿Qué? -contestó Weasley lacónicamente.
-¡Tu padre ha salido en el periódico, Weasley! -anunció Draco, blandiendo su ejemplar de El Profeta y hablando muy alto, para que todos cuanto abarrotaban la entrada del Gran Comedor pudieran escucharlo-. ¡Escucha esto!
Hermione puso los ojos en blanco mientras el rubio leía el artículo en voz alta, atrayendo cada vez más y más atención.
-¿No podemos pasar una sola cena sin que se pelee con Potter? -se quejó Hermione.
-Bueno, es Draco… -Vincent se encogió de hombros.
-¡Ni siquiera aciertan con su nombre, Weasley, pero no es de extrañar tratándose de un don nadie! ¿Verdad? -se burló Blaise cuando Draco hizo una pausa.
Todo el mundo escuchaba en el Gran Comedor. Con un floreo de la mano, Draco volvió a alzar el periódico para continuar leyendo.
-¿Dónde se habrá metido Theo? -preguntó Hermione mientras tomaba una rebanada de pan tostado y lo untaba con mermelada.
-¿No tuvo Aritmancia con ustedes? -preguntó Gregory, bebiendo de su jugo de uva sin dejar de mirar el revuelo que alzaba Draco.
-Estoy empezando a creer que Draco está un poquito obsesionado con Potter, ¿no crees? -mencionó Daphne, que estaba sentada a un par de asientos vacíos de Hermione, con su hermana menor, Astoria, a su lado. Ambas miraban fijamente a Draco, Blaise y el trío de Gryffindor.
-¿Me lo juras? -se burló Pansy, riéndose por sobre la taza de porcelana de donde bebía leche caliente. Le sentaba pésimo cenar pesado.
-Vincent, cariño… -empezó Hermione-. ¿Podrías traer a Draco y a Blaise de vuelta a la mesa? Están empezando a molestarme.
Vincent asintió y codeando a Gregory, se levantaron de la mesa y caminaron hacia los otros dos Slytherin.
-¡Y viene una foto, Weasley! -añadió Draco, dándole una vuelta al periódico y levantándolo-. Una foto de tus padres a la puerta de su casa… ¡bueno, si esto se puede llamar casa! Tu madre tendría que perder un poco de peso, ¿no crees?
Weasley temblaba de furia. Todo el mundo los miraba.
-Métetelo por donde te quepa, Malfoy -dijo Potter-. Vamos, Ron…
-¡Ah, Potter! Tú has pasado el verano con ellos, ¿verdad? -dijo Draco con aire despectivo-. Dime, ¿su madre tiene al natural ese aspecto de cerdito, o sólo la foto?
-¿Y te has fijado en tu madre, Malfoy? -preguntó Weasley. Potter y Longbottom lo sujetaban por la túnica para impedir que se lanzara contra Draco-. Esa expresión que tiene, como si estuviera oliendo mierda, ¿la tiene siempre o solo cuando tu querida nacida de muggles está cerca?
Hermione se atragantó con la tostada que estaba comiéndose, mirando con ojos alucinados el rostro furioso de Draco.
-Oh, mierda -espetó Millicent, tan enojada como el resto de los Slytherin presentes.
Potter, Weasley y Longbottom ya se habían girado cuando Draco sacó su varita y apuntó con ella al trío. Vincent y Gregory ya corrían hacia el Slytherin mientras Blaise lo jalaba del brazo.
¡BUM!
Hubo gritos. El hechizo de Draco pasó rozando el hombro de Weasley gracias a que Blaise lo jalo con fuerza, haciéndolo errar. Weasley se giró, con la varita en la mano, pero antes de que pudiera hacer algo, se oyó un segundo ¡BUM! y Hermione no pudo reprimir un grito cuando Draco despareció al lado de Blaise. Se levantó de golpe de la mesa, tratando de pasar por encima de ella para llegar a sus amigos.
-¡AH, NO, TÚ NO, MUCHACHO!
El profesor Moody entró cojeando al Gran Comedor. Había sacado la varita y apuntaba con ella a un hurón blanco que tiritaba sobre el suelo de losa, en el mismo lugar en que había estado Draco.
Un aterrorizado silencio se apoderó del Gran Comedor. Salvó por Moody y Hermione, que bajaba a tropezones de la enorme mesa de madera, golpeando platos, cucharas, tazas y copas en su camino, nadie más movía un músculo. El tintineo de los cubiertos resonaba con demasiada fuerza y Hermione sentía que el tiempo se había detenido mientras intentaba llegar a su mejor amigo.
-¿Te ha dado? -gruñó Moody a Weasley. Tenía una voz baja y grave.
-No -respondió Weasley-, sólo me ha rozado.
-¡DEJALO! -gritó Moody.
Hermione pegó un bote, había logrado llegar a donde un conmocionado Blaise y un asustadizo hurón estaban plantados, se había arrodillado para tratar de tomar en sus brazos a la criatura cuando el grito la paralizó. Pensó que el viejo auror estaba distraído en el trío de Gryffindor, pero por lo visto su maldito ojo estaba al pendiente de todo.
Hermione, tomando coraje de donde no sabía, fulminó la espalda del auror e ignorando la orden, tomó a Draco con cuidado del suelo y lo protegió entre sus brazos.
-¡No tiene ningún derecho! -espetó, temblando de furia-. Ningún maestro puede practicar la transformación como castigo a los estudiantes -dijo altiva, girándose para salir del Gran Comedor.
-¡Me parece que no vas a ir a ningún lado! -le gritó Moody, tomando a Hermione del hombro y girándola. Un grito se quedó atrapado en su garganta cuando la varita fue apuntada hacia su rostro.
-¡NO SE ATREVA! –espetó Blaise, despertándose de su letargo y sacando su varita. Ni siquiera le dio tiempo de hacer algo, ya que Moody había cambiado su objetivo y ahora apuntaba al hurón con la punta de su varita mágica.
La criatura se elevó tres metros en el aire, cayó al suelo dando un golpe y rebotó.
-¡NOOO! -chilló Hermione, con la sangre drenándose de su rostro-. ¡No, no, no! ¡Por favor, no!
-No me gusta la gente que ataca por la espalda -gruñó Moody, ignorando las suplicas de Hermione mientras el hurón saltaba cada vez más alto, chillando de dolor-. Es algo innoble, cobarde, inmundo…
El hurón se agitaba en el aire, sacudiendo desesperado las patas y la cola.
-¡Basta! ¡Ya! ¡Por favor pare! -rogó la Slytherin, tratando de tragarse las amargas lágrimas mientras daba saltos, con las manos en alto. Sabía que estaba protagonizando un escenario deplorable, ridículo, denigrante e inútil. Pero necesitaba hacer algo, aunque no hubiera lógica en sus actos.
-No… vuelvas… a hacer… eso… -dijo Moody, acompasando cada palabra a los botes del hurón.
-¡Bájalo! ¡Bájalo ya! -ordenó Blaise, su varita temblando en su mano sin dejar de apuntar a Moody con ella.
-¡Profesor Moody! -exclamó una voz horrorizada.
McGonagall, curiosa por los estudiantes amontonados en la entrada del Gran Comedor, había entrado en el mismo para encontrar la fuente del espectáculo. Sólo para ver a Hermione Granger dando saltos para atrapar a un hurón que daba tumbos en el aire, a el profesor Moody apuntando al hurón y a Blaise Zabini apuntando con su varita mágica al ex auror.
-¡YA! -lloriqueó Hermione, por fin dejando salir las lágrimas que se escurrieron con velocidad por sus mejillas. Los chillidos agudos del hurón parecían retumbar en sus oídos.
-¿Qué… qué está usted haciendo? -preguntó McGonagall, impresionada por los lloriqueos de Hermione Granger.
-Enseñar -explicó Moody.
-¡Métase su enseñanza por el culo! -aulló Blaise.
-¡Señor Zabini! -gritó McGonagall escandalizada.
-Profesora, profesora, por favor… -lloró Hermione, ya mareada por tantos tumbos-. Dígale que baje a Draco, por favor, que lo baje… -no le importó suplicar, aun cuando detestaba a McGonagall con el corazón.
-Draco… ¡No! -vociferó McGonagall, dejando caer los libros que llevaba y sacando la varita. Al momento siguiente el hurón empezó a descender con mucha lentitud hasta los brazos extendidos de Hermione. La castaña lo cargó con cuidado, tragándose el nudo de humillación mientras sentía a Draco temblar entre sus brazos.
-¡Moody, nosotros jamás usamos la transformación como castigo! -dijo con voz débil McGonagall-. Supongo que el profesor Dumbledore se lo ha explicado.
-Fue justo lo que le dije -siseo Hermione, con los ojos cargados de lágrimas y mirando con furia a Potter, Weasley y Longbottom que se reían sin parar.
-Puede que lo haya mencionado, sí -respondió Moody, rascándose la barbilla muy tranquilo-. Pero pensé que un buen susto…
-¡Lo que hacemos es dejarlos sin salir, Moody! ¡O hablamos con el jefe de la casa a la que pertenece el infractor…! ¡Señor Zabini baje su varita!
Blaise pegó un bote, fulminó con la mirada a Moody y bajó su varita con cuidado. Vincent y Gregory, que se habían quedado petrificados en su andar hacia Draco y Blaise, estaban verdes. Con el asco y horror escritos en sus rostros. Todos los estudiantes pertenecientes a Slytherin miraban con odio a Moody.
-Entonces haré eso -contestó Moody, mirando al hurón en los brazos de Hermione.
-Cuando el señor Malfoy se entere de esto…
-¿Ah, sí? -dijo Moody en voz baja, acercándose con su cojera unos pocos pasos. Los golpes de su pata de palo contra el suelo retumbaron en el lugar-. Bien, conozco al padre del chico desde hace mucho, muchacha. Dile que Moody vigilará a su hijo muy de cerca… Dile eso de mi parte… Bueno, supongo que el jefe de tu casa es Snape, ¿no?
-Sí -respondió Hermione, con resentimiento.
-Otro viejo amigo -gruñó Moody-. Hace mucho que tengo ganas de charlar con el viejo Snape… Vamos, adelante. -Y agarró a Hermione del brazo para conducirla de camino a las mazmorras.
-¡Oiga!
La Slytherin le disparó una mirada a Blaise, antes de dirigir sus ojos marrones a Vincent y Gregory, y otra vez de vuelta al moreno. Su amigo pareció entender, ya que asintió y fue hacia los otros dos chicos.
Tardaron una eternidad en llegar al aula de Pociones, todo ese tiempo sumidos en un tenso silencio. La chica sentía que con cada pesado paso que daba el viejo auror, sus dedos hacían más fuerza en el agarre que mantenía en su brazo. La casa de las serpientes sería una burla después de este episodio, y ni siquiera sabría cuánto tardaría Draco en reponerse de tremenda humillación. O ella, para el caso, había estado llorando a mares delante de todos los estudiantes presentes durante el altercado.
El chisme no tardaría en extenderse.
Cuando por fin entraron al aula de Pociones, el hurón ya había dejado de temblar en sus brazos. Hermione pudo ver al profesor Snape sentado detrás de su escritorio, con sus oscuros ojos puestos en algunos pergaminos que estaban sobre la madera.
-Profesor Snape… -llamó Hermione, mordiéndose la lengua en seguida al sentir el fuerte apretón de Moody sobre su antebrazo. Disparó una mirada furiosa al ex auror y soltándose de un tirón, caminó decidida hacia su jefe de casa que ahora la miraba.
-Señorita Granger… -sus ojos negros parpadearon sobre el hurón en sus brazos-. ¿Qué está ocurriendo?
-Moody -se negó a llamarlo: profesor-. Transformó a Draco en un hurón -dijo, empujando a la criatura ante los ojos de su mentor. Ojos que enseguida refulgieron con enojo.
-Tu estudiante… -soltó Moody, con cierta burla en su voz-… atacó a otro alumno por la espalda.
-Era solo una riña entre chicos -dijo Hermione, volviendo a llevar a Draco contra su pecho mientras se limpiaba las mejillas húmedas.
El profesor Snape no se perdió el movimiento.
-Deberías enseñarles a tus alumnos a…
-Lo que yo les enseñe a mis alumnos no es asunto tuyo, Moody -espetó el profesor Snape, una fría furia destilando por sus palabras-. Ahora márchate.
Ambos docentes se miraron por un tenso minuto antes de que Moody soltara un chasquido de lengua y saliera del aula. Escucharon por unos momentos el sonido que provocaba su pata de palo al marcharse antes de que el profesor Snape le ordenara a Hermione colocar a Draco sobre el piso. Después de hacer lo dicho, el maestro de pociones apuntó con su varita mágica al hurón.
Al momento reapareció Draco con un ruido seco, hecho un ovillo en el suelo con el pelo lacio y rubio caído sobre la cara, que en ese momento tenía un color rosa muy vivo. Hermione rápidamente se tiró al suelo para abrazar al Slytherin con fuerza, sollozando contra su cuello.
-¿Qué…? -el profesor Snape inhaló con fuerza, tratando de controlar su temperamento-. ¿Qué ha ocurrido…?
-¿Además del hecho de convertirme en un hurón y botar por los aires? -masculló Draco, con los ojos llenos de lágrimas a causa del dolor y la humillación-. Sin mencionar que de seguro tengo una costilla rota como mínimo -Hermione se apartó con cuidado, inspeccionando con su mirada al rubio.
-Draco…
-Fue Weasley… estaba bromeado sobre su familia, señor -siseo, inhalando con fuerza-. Luego él dijo algo que, bueno, me hizo enojar… y yo… yo lo ataque cuando se dio la vuelta. Si no fuera por Blaise lo hubiera mandado volando por el Gran Comedor, señor -escupió con enojo.
El profesor Snape, igual de furioso que él, enterraba con fuerza las uñas en su escritorio de madera.
-De hoy en adelante no quiero a ningún estudiante de Slytherin caminando solo por los pasillos de Hogwarts -dijo el profesor-. Moody está obsesionado con los mortífagos, y muchos aquí son claros hijos de sus padres -hizo un asentimiento hacia Draco-. Todos irán acompañados como cuando estaban en segundo año y había un basilisco en las tuberías. Nadie solo, ¿me entendieron?
Draco asintió, haciendo una mueca de dolor cuando Hermione paso su mano por su abdomen. Empezó a levantarle la camisa para sacarla del pantalón y poder ver si tenía alguna herida.
-Le daré indicaciones a la señorita Branstone y al señor Cauldwell para que estén al tanto -continuó, mirando a la castaña inspeccionar el abdomen de Draco-. No quiero otra situación como esta.
Ambos asintieron, y ante otra mueca de dolor por parte del rubio, Hermione sacó su varita y apuntó con ella al abdomen de Draco, palpando la costilla rota con su otra mano.
-¡Episkey!
Draco ahogo un jadeo, pero una ligera sonrisa de alivio surcó sus labios.
-Profesor Snape… -dijo Hermione después de unos segundos, girándose para mirar a su mentor. El maestro de pociones caminó hacia ambos chicos y se acuclillo a su lado, aun mirándolos un poco por encima-. Queríamos saber… -miró fijamente a Draco. El rubio suspiró con fuerza.
-Queríamos saber si usted podía enseñarnos Oclumancia, señor -preguntó Draco, mirando fijamente a su padrino. El mago lo miró fijamente por un par de segundos antes de ponerse en pie y regresar a su escritorio.
-El viernes -decretó-. Así que no cenen pesado, o podrían terminar vomitando.
-Gracias, señor.
-Gracias, profesor Snape.
Septiembre, 03. 1994
Prado de Hogwarts.
11:00 a.m.
-Mini Weasley, tengo una misión para ti -masculló Blaise, dándole una mordida al muffin de vainilla que había tomado durante el desayuno. Había un par más de postres ocultos en su mochila, todos bien envueltos por un pañuelo de tela blanco, aquel que Mirthy, su elfina doméstica, le había cosido hace un par de años.
-¿Una misión? -Ginny frunció el ceño, mirando con desconfianza al moreno.
Blaise tragó y después le sonrió, mostrando sus dientes perfectamente blancos.
-Sí, una misión… -dijo, tomando entre sus dedos un mechón de cabello. Miró fijamente aquel hilo rojizo antes de soltarlo y tomar su mochila, actuando como si no se hubiera dejado llevar por sus deseos. Pero, a parte de la mirada confundida de la pelirroja, sentía a sus amigos taladrarle la cabeza con sus propias miradas.
Rápidamente sacó el mapa, viejo e inútil a simple vista. Lo colocó con cuidado encima de las rodillas desnudas de la pelirroja, esperando que su curiosidad fuera más fuerte que su desconfianza. Y acertando, Ginny Weasley tomó el mapa y lo abrió, revelando sus secretos.
Cuando Hermione y Draco les hablaron de ese mapa durante el ciclo escolar pasado, Blaise había sentido una ligera chispa de envidia hacia Potter. Pero cuando, de camino a casa, los dos chicos se lo mostraron y anunciaron que el profesor Snape lo había copiado y luego regalado, no podía creerlo. Ni en sus más locos sueños creyó que su jefe de casa sería capaz de darles un instrumento con el que serían capaces de romper muchísimas reglas.
-¿Esto es…? -Ginny miró muy sorprendida a Blaise.
-Un mapa que muestra a todos -le respondió Gregory en cambio.
-En el momento preciso -dijo Vincent-. Por no mencionar que tiene pasadizos secretos para salir de Hogwarts.
-¿Dónde lo consiguieron? -preguntó Ginny, muy entusiasmada con lo que tenía en sus manos.
-Eso no importa -Draco le quitó importancia-. Lo importante es que podemos compartirlo contigo.
-¿Y por qué harían eso…? -Ginny los miró con renovada desconfianza. A fin de cuentas, eran Slytherin.
-Porque necesitamos que nos ayudes a encontrar la manera de cerrarlo -dijo Theo, con aparente calma. No es que desconfiara de la chica Weasley, pero era muy difícil para él dar un visto bueno a personas fuera de su círculo de amistad.
-¿Disculpa?
-Veras -continuó el castaño-. Si algún profesor llega a detenernos con el mapa en las manos, estaremos en serios problemas -anunció.
-Creemos que hay un hechizo creado con el único propósito de ocultar el mapa ante ojos indiscretos -dijo Hermione, uniéndose a la conversación, pero omitiendo teatralmente lo que el profesor Snape les había dicho a ella y a Draco de cuando encontró a Potter con el mapa-. Lo necesitamos.
-¿Y cómo entro yo en todo eso? -Ginny estaba cada vez más confundida.
-Esto, donnola, es una copia -dijo Blaise, recogiendo el mapa de entre sus dedos-. Una copia muy bien hecha, perfecta, pero una copia, a fin de cuentas. Lo que significa que hay una original.
-Y un dueño -dijo Vincent.
-Pero, suponemos, que hay al menos cinco personas en Hogwarts que saben cómo cerrar y abrir el mapa -dijo Theo, cruzándose de brazos.
Ginny miró a cada Slytherin presente, posando su mirada en cada rostro.
-Dejen de hablar todos y díganme de una vez a quien tengo que sonsacarle el hechizo -entrecerró los ojos-. Ya no es necesaria esta persuasión, caí desde que me mostraron el mapa.
Draco sonrió, con los ojos brillando de malicia.
-Los gemelos Weasley -dijo, sorprendiendo a Ginny-. Ellos eran los dueños originales, pero suponemos que son demasiado astutos -siseo a regañadientes-. Así que sospecharían si haces preguntas.
-¿Mis hermanos eran los dueños de un mapa que rompe todas las reglas en Hogwarts y nunca me lo dijeron?
-Oh, pero aquí viene lo mejor -Blaise acercó su rostro al de Ginny, sus narices casi rozándose-. Harry Potter y los dos inútiles que tiene como amigos son los nuevos dueños del mapa.
Los ojos de Ginny se abrieron aún más, y Blaise pudo percibir muy en el fondo, una chispa de indignación oculta entre la sorpresa y la furia. Una sonrisa victoriosa se alzó en sus labios.
Dentro de poco tendrían el hechizo, y Potter ni siquiera sabría que él mismo se los otorgo. Algún día, estaba seguro, se lo restregaría en su cara.
Septiembre, 05. 1994.
Aula de Defensa Contra las Artes Oscuras.
14:56 p.m.
Los estudiantes de Slytherin eran, probablemente, los únicos que no esperaban con ansias la nueva clase de Defensa. Después de la humillación que Draco había protagonizado en el Gran Comedor, ninguna serpiente se pavoneaba altiva por los corredores. Es más, muy pocas veces se veía a un Slytherin sin compañía, y la mayor parte del tiempo estaban encerrados en su sala común, muy profunda en las mazmorras.
Y, para mala suerte, fue el grupo de cuarto año los primeros en tomar la clase de Defensa. Serían los primeros Slytherin en encontrarse de frente a Ojoloco Moody después de incidente.
-Marcus está furioso -murmuró Hermione, sentándose a un lado de Draco mientras sacaba su ejemplar de Las fuerzas oscuras: una guía para la autoprotección.
-¿Le contaste? -Draco se giró para mirar a Hermione, un poco pálido.
-Por supuesto -respondió- Creo que después de escribirme le envió una carta a Eleanor y Owen, ambos se veían bastante enfermos durante el desayuno.
-Claro que lo hizo -dijo Pansy, sentada detrás de la pareja-. Les envió un vociferador. Adrian no paró de hablar sobre ello.
-Ah… Adrian, Adrian… -cantó Vincent, ganándose una patada por parte de la pelinegra que se sentaba a su lado-. ¡Auch! ¡Oye!
-Te lo has ganado -espetó la Slytherin, sus mejillas sonrojadas a más no poder.
-¡Por favor! Todos en Slytherin saben que tienes algo por Pucey -dijo el chico, encogiéndose de hombros-. Blaise se encargó de difundirlo.
-¡Blaise!
-¡Yo no hice nada! -se defendió el moreno, sentado en la otra hilera de bancas.
-¡Pues no te creo!
-¡Pues no me creas!
El peculiar sonido sordo y seco de los pasos de Moody hizo que los estudiantes de la casa de la serpiente se tensaran en sus asientos. El viejo auror entró en el aula, tan extraño y aterrorizador como siempre. Entrevieron la garra en que terminaba su pata de palo, que sobresalía por debajo de la túnica.
-Ya pueden guardar los libros -gruñó, caminando ruidosamente hacia la mesa y sentándose tras ella-. No los necesitarán para nada.
Volvieron a meter los libros en las mochilas. Un sentimiento de desconfianza flotando en el aire.
Moody sacó una lista, sacudió la cabeza para apartarse la larga mata de pelo gris del rostro, desfigurado y lleno de cicatrices, y comenzó a pronunciar nombres, recorriendo la lista con su ojo normal mientras el ojo mágico giraba para fijarse en cada estudiante conforme respondía a su nombre.
-Bien -dijo cuando el último de la lista hubo contestado "presente"-. He recibido carta del profesor Lupin a propósito de esta clase. Parece que ya son bastantes diestros en enfrentamientos con criaturas tenebrosas. Han estudiado a los boggarts, los gorros rojos, los hinkypunks, los grindylows, los kappas y los hombres lobo, ¿no es eso?
Solo Daphne, Flora y Theo asintieron.
-Pero están atrasados, muy atrasados, en lo que se refiere a enfrentarse a maldiciones -prosiguió Moody-. Así que he venido para prepararlos contra lo que unos magos pueden hacerles a otros. Dispongo de un curso para enseñarlos a tratar con las maldiciones.
-Por fin una clase con sentido -murmuró Blaise en voz baja, pero todos en el aula pudieron oírlo. El ojo mágico de Moody giró para mirarlo, provocándole un susto al moreno, pero al cabo de un rato Moody sonrió. Era la primera vez que Hermione lo veía sonreír. El resultado de aquel gesto fue qué su rostro pareció aún más desfigurado y lleno de cicatrices que nunca.
Daphne dejó escapar un grito que rápidamente fue transformado en tos cuando el ojo mágico cayó esta vez en ella.
-Así que… vamos a ello. Maldiciones. Varían mucho en forma y gravedad. Según el Ministerio de Magia, yo debería enseñarles las contramaldiciones y dejarlo en eso. No tendrían que aprender cómo son las maldiciones prohibidas hasta que estén en sexto. Se supone que hasta entonces no serán lo bastante mayores para tratar el tema. Pero el profesor Dumbledore tiene mejor opinión de ustedes y piensa que pueden resistirlo, y yo creo que, cuanto antes sepan a qué se enfrentan, mejor. ¿Cómo pueden defenderse de algo que no han visto nunca? Un mago que esté a punto de echarles una maldición prohibida no va a avisarles antes. No es probable que se comporte de forma caballerosa. Tienen que estar preparados. Tienen que estar alerta y vigilantes… así que… ¿alguno de ustedes sabe cuáles son las maldiciones más castigadas por la ley mágica?
Los Slytherin se miraron entre ellos, pero ninguno se atrevió a alzar la mano.
-Zabini.
Blaise soltó un suspiro pesado, pero dirigió sus ojos al ex auror.
-La… -el moreno titubeo-. La maldición imperius.
-Así es -aprobó Moody.
El viejo auror se levantó con cierta dificultad sobre sus disparejos pies, abrió el cajón de la mesa y sacó de él un tarro de cristal. Dentro correteaban tres arañas grandes y negras. Hermione notó que Millicent, a tres asientos de ella, se echaba un poco hacía atrás. Millicent tenía fobia a las arañas.
Moody metió la mano en el tarro, cogió una de las arañas y se la puso sobre la palma para que todos la pudieran ver. Luego apuntó hacia ella la varita mágica y murmuró entre dientes:
-¡Imperio!
La araña se descolgó de la mano de Moody por un fino y sedoso hilo, y empezó a balancearse de atrás hacia adelante como si estuviera en un trapecio; luego estiró las patas hasta ponerlas rectas y rígidas y, de un salto, se soltó del hilo y cayó sobre la mesa, donde empezó a girar en círculos. Moody volvió a apuntarle con la varita, y la araña se levantó sobre las patas traseras y se puso a bailar lo que sin lugar a duda era claqué.
Ni siquiera Blaise se atrevió a reírse. Todos tenían una mirada de horror total en su rostro tan pálido como la niebla.
-Esto supone un control total -dijo Moody en voz baja, mientras la araña se hacía una bola y empezaba a rodar-. Yo podría hacerla saltar por la ventana, ahogarse, colarse por la garganta de cualquiera de ustedes…
Millicent se estremeció involuntariamente.
-Hace unos años, muchos magos y brujas fueron controlados por medio de la maldición imperius -explicó Moody, y Hermione comprendió que se refería a los tiempos en que Lord Tenebroso había sido todopoderoso-. Le dio bastante que hacer al Ministerio, que tenía que averiguar quién actuaba por voluntad propia y quién, obligado por la maldición. Como muchos magos sangre pura fingieron estar.
Malfoy, Nott, Crabbe, Goyle y Parkinson. Hombres que habían jurado estar bajo la maldición imperius mientras actuaban por voluntad propia.
Hermione sufrió un escalofrío, al igual que los hijos de mortífagos. Quién lo diría… su madre muggle acaba de casarse con uno de esos mortífagos.
-Podemos combatir la maldición imperius, y yo les enseñaré cómo, pero se necesita mucha fuerza de carácter, y no todo el mundo la tiene. Lo mejor, si se puede, es evitar caer víctima de ella. ¡ALERTA PERMANENTE! -bramó, y todos se sobresaltaron.
Moody cogió la araña trapecista y la volvió a meter en el tarro.
-¿Alguien conoce alguna más? ¿Otra maldición?
El único que alzó la mano de Gregory, que tenía la mirada fija en el pupitre.
-¿Sí? -dijo Moody, girando su ojo mágico para dirigirlo a Gregory.
-La maldición cruciatus -dijo éste con voz muy leve pero clara.
Moody miró a Gregory fijamente, aquella vez con los dos ojos. Se volvió a la clase en general y alcanzó el tarro para coger la siguiente araña y ponerla sobre la mesa, donde permaneció quieta, aparentemente demasiado asustada para moverse.
-La maldición cruciatus precisa una araña más grande para que puedan apreciarla bien -explicó Moody, que apuntó con la varita mágica a la araña y dijo-: ¡Engorgio!
La araña creció hasta hacerse más grande que una tarántula. Abandonando todo disimulo, Millicent apartó su silla para atrás, lo más lejos posible de la mesa del profesor.
Moody levantó otra vez la varita, señaló de nuevo la araña y murmuró:
-¡Crucio!
De repente, la araña encogió las patas sobre el cuerpo. Rodó y se retorció cuanto pudo, balanceándose de un lado a otro. No profirió ningún sonido, pero era evidente que, de haber podido hacerlo, habría gritado. Moody no apartó la varita, y la araña comenzó a estremecerse y a sacudirse violentamente.
-¡Pare! -dijo Hermione con voz estridente.
Ella no se había fijado en la araña sino en Gregory, sus manos se aferraban al pupitre. Tenía los nudillos blancos y los ojos desorbitados de horror.
Moody levantó la varita. La araña relajó las patas, pero siguió retorciéndose.
-Reducio -murmuró Moody, y la araña se encogió hasta recuperar su tamaño habitual. Volvió a meterla en el tarro-. Dolor -dijo con voz suave-. No se necesitan cuchillos ni carbones encendidos para torturar a alguien si uno sabe llevar a cabo la maldición cruciatus… también esta maldición fue muy popular en otro tiempo. Bueno, ¿alguien conoce alguna otra?
-Avada Kedavra -susurró Hermione, sabiendo que nadie más se atrevería a abrir la boca.
-¡Ah! -exclamó Moody, y la boca torcida se contorsionó en otra ligera sonrisa-. Sí, la última y la peor. Avada Kedavra: la maldición asesina.
Metió la mano en el tarro de cristal y, como si supiera lo que le esperaba, la tercera araña echó a correr despavorida por el fondo del tarro, tratando de escapar a los dedos de Moody, pero él la atrapó y la puso sobre la mesa. La araña correteó por la superficie.
Moody levantó la varita y, previendo lo que iba a ocurrir, Hermione sintió un repentino estremecimiento.
-¡Avada Kedavra! -gritó Moody.
Hubo un cegador destello de luz verde y un ruido como de torrente, como si algo vasto e invisible planeara en el aire. Al instante la araña se desplomó patas arriba, sin ninguna herida, pero indudablemente muerta. Daphne, Pansy y Flora profirieron gritos ahogados. Millicent se había echado para atrás y casi se cae del asiento cuando la araña rodó hacia ella.
Moody barrió con una mano la araña muerta y la dejo caer al suelo.
-No es agradable -dijo con calma-. Ni placentero. Y no hay contramaldición. No hay manera de interceptarla. Solo se sabe de una persona que haya sobrevivido a esta maldición.
-Harry Potter -masculló Draco, pero tenía la mirada puesta en la pizarra del fondo, sin atreverse a mirar a Moody.
-Avada Kedavra es una maldición que sólo puede llevar a cabo un mago muy poderoso. Podrían sacar las varitas mágicas todos ustedes y apuntarme con ellas y decir las palabras, y dudo que entre todos consiguieran siquiera hacerme sangrar la nariz. Pero eso no importa, porque no les voy a enseñar a llevar a cabo esa maldición. Ahora bien, si no existe una contramaldición para Avada Kedavra, ¿por qué se las he mostrado? Pues porque tienen que saber. Tienen que conocer lo peor. Ninguno de ustedes querrá hallarse en una situación en que tenga que enfrentarse a ella. ¡ALERTA PERMANENTE! -bramó, y toda la clase volvió a sobresaltarse.
-¡Maldita sea! -escupió Blaise, disparándole una mirada furiosa a Moody.
-Veamos… tres maldiciones, Avada Kedavra, cruciatus e imperius, son conocidas como las maldiciones imperdonables. El uso de cualquiera de ellas contra un ser humano es castigado con cadena perpetua en Azkaban. Quiero prevenirlos, quiero enseñarles a combatirlas. Tienen que prepararse, tienen que armarse contra ellas; pero, por encima de todo, deben practicar la alerta permanente e incesante. Saquen las plumas y copien lo siguiente…
Se pasaron lo que quedaba de la clase tomando apuntes sobre cada una de las maldiciones imperdonables. Nadie habló hasta que sonó la campana. Cuando Moody dio por terminada la lección y ellos hubieron salido del aula; los estudiantes de Gryffindor ya estaban esperando en el pasillo.
-¡Ah, pero miren, si es el maravilloso hurón botador! -se burló Weasley, mirando fijamente a Draco. Los demás Gryffindor se carcajearon ante la burla.
El Slytherin ni siquiera tuvo tiempo a responderle, Gregory que había salido detrás de ellos, empujó a Draco en su camino y salió corriendo por el corredor. Perdieron su silueta cuando dio la vuelta, pero los inconfundibles sonidos de arcadas les revelaron que el chico no había llegado muy lejos cuando devolvió su almuerzo.
-Genial… -siseo Draco entre dientes.
-Vamos… -instó Hermione, apurando el paso para seguir a su amigo. Ignorando a los leones, los Slytherin rápidamente se alejaron del aula de Defensa Contra las Artes Oscuras.
Septiembre, 19. 1994
Sala común de Slytherin.
22:45 p.m.
La radio mágica estaba encendida a todo volumen y las risas y conversaciones sonaban apagadas entre las estridentes notas. Los alumnos de tercer año en adelante habían sido invitados a la fiesta de cumpleaños de Hermione, que se celebraba cada año desde segundo año. Por insistencia de Marcus.
Habían sido dos semanas pesadas, entre burlas por parte de las otras casas y las cantidades de tareas que los profesores les dejaban, no habían tenido ni tiempo para divertirse un poco. Así que la fiesta les quedo como anillo al dedo.
Inclusive los dos prefectos de Slytherin tenían un vaso con whiskey de fuego en las manos y platicaban con sus amigos, dejándoles el trabajo de entretener a los de tercer año a los de sexto por un momento.
Había una mesa puesta con una tarta al centro y varios dulces más esparcidos en distintos cuencos. Había botellas de alcohol y jarras de jugo para los más pequeños. Todos se divertían a su manera, todos en sus propios mundos así que no notaron cuando Ginny Weasley se coló a la fiesta.
-¿En serio les dejan festejar con alcohol? -preguntó Ginny cuando Blaise le sirvió un vaso con whiskey de fuego.
-El profesor Snape nos adora -dijo con cierta burla-. Y es una tradición en Slytherin festejar el cumpleaños de nuestra nacida de muggles.
-Y ahí vamos otra vez con las obviedades -siseo Hermione, disparándole una mirada envenenada al moreno que se reía.
Estaban sentados en la mesa más apartada del centro, sobre un montón de cojines bien colocados y recordándole un poco a Hermione la tienda mágica de los Malfoy en el Mundial de quidditch.
-Siéntate, Weasley -dijo Vincent, masticando su manzana caramelizada. Gregory, a un lado suyo y recargando su espalda contra la pared, tenía un vaso con zumo de uva entre sus manos. Era el único entre ellos que nunca había probado una sola gota de alcohol.
-¿No soy demasiado chica para esto? -preguntó Ginny, tomando asiento mientras miraba el vaso que Blaise le tendió.
-Todos lo somos, mini Weasley -se mofó Draco, su hombro rozaba el de Hermione-. Pero es tu decisión si quieres tomarlo o no. Nadie te obliga -dijo con un indiferente encogimiento de hombros.
Ginny asintió y rápidamente le dio un gran trago a la bebida.
-¡Woah! ¡Woah! ¡Woah! -Blaise le arrebató el vaso, mirando alarmado a la pelirroja-. Poco a poco, niña. Si alguien te atrapa tomada, va a ser un serio problema para nosotros.
-Puede quedarse -dijo Hermione-. Las chicas se dormirán rápido y ni siquiera la verán si cierro las cortinas de mi cama.
-Gracias… -dijo Ginny, con las mejillas sonrojadas mientras Blaise la miraba con recelo al darle el vaso de nuevo.
-¿Te sirvió el mapa? -preguntó Theo, saboreando el vino de elfo que el profesor Snape les había enviado con Eleanor. Había al menos otras siete botellas de aquel elixir, pero cinco ya habían sido acaparadas por los de sexto y séptimo, así que el castaño se había robado una mientras nadie lo miraba.
-Sí -Ginny sacó el mapa de su túnica y se inclinó para dárselo a Draco. El rubio lo tomó rápidamente, mirando a su alrededor para ver si alguien lo miraba, pero todos estaban demasiado metidos en sus asuntos. Rápidamente lo guardó dentro de su túnica.
-¿Y bien? -preguntó pasándole su vaso a Hermione para que bebiera de él-. ¿Encontraste algo?
-Sí -repitió Ginny, ahora dándole un sorbo superficial a su whiskey de fuego ante la atenta mirada de Blaise-. Fue suerte, la verdad. He estado siguiendo a Harry…
-No me digas -se burló Vincent.
-… y hoy justo cuando salía de la sala común para venir acá fue que lo encontré -dijo, mirando con enojo a Vincent-. El hechizo, quiero decir.
-Y bien, bien -apuró Blaise, radiante.
-Estaban en la sala común, hablando sobre Moody -Ginny no se dio cuenta del escalofrío que provocó a sus amigos ante el nombre del viejo auror-. Y Harry después dijo que quería visitar a Hagrid, pero que necesitaban comprobar en el mapa donde estaba Filch para que no los atrapara… me escondí detrás del sofá donde estaban para escuchar mejor.
-Genial, y si te atrapaban solo decías que estabas besando el suelo por donde Potter caminaba. Nadie dudaría de ti -dijo Draco con malicia.
-¿Quieres que te cuente o no? -espetó la pelirroja, cruzándose de brazos y lanzándole su mirada más siniestra al rubio. Draco puso los ojos en blanco.
-Bien, bien… apura que me aburro -dijo.
-Harry dijo: Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas -murmuró Ginny, entonando cada palabra para no crear confusión.
-Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas -repitió Hermione, saboreando el hechizo.
-Y, después de comprobar que Filch estaba rondando la torre de Ravenclaw y que Snape también estaba de guardia en las mazmorras…
-Profesor Snape -corrigieron todos a la par.
-Profesor Snape… -dijo Ginny, rodando los ojos-. Harry dijo: Travesura realizada.
Hermione parpadeo repetidas veces.
-¿Y ya? ¿Eso es todo? -preguntó. Ginny asintió.
-Tanto para un par de palabras ridículas -espetó Draco, sacando el mapa del bolsillo interior de su túnica y colocándolo sobre su pierna. Sacó su varita mágica y apuntó con ella al objeto-: Travesura realizada.
La tinta escarlata empezó a decolorarse y los nombres desaparecieron junto a ella. Ni diez segundos después, el Mapa del merodeador no era más que un pedazo de papel viejo. Blanco y sin vida.
-Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas -recitó Hermione, que también hacia sacado su varita y apuntaba al mapa. Y ahora, en sentido inverso, la tinta empezó a extenderse por todo el mapa para mostrar la leyenda de James Potter y sus tres compinches.
-Asombroso -admitió Blaise, sacando una botella de whiskey de fuego escondida dentro de su túnica y sirviéndole más alcohol a la pequeña pelirroja-. Te lo mereces, Weasley.
-Totalmente -dijo la pelirroja sonrojada mientras bebía sin moderación del vaso. Hermione lo había dicho, podía quedarse con ella. Así que, ¿por qué no relajarse un poco?
Octubre, 31. 1994.
Aquel día había en el ambiente una agradable impaciencia. Nadie estuvo muy atento a las clases, porque estaban mucho más interesados en la llegada aquella noche de la gente de Beauxbatons y Durmstrang. Hasta la clase de Transformaciones fue más llevadera de lo usual, porque duró media hora menos. Cuando, antes de lo acostumbrado, sonó la campana. Hermione, Draco, Theo, Blaise, Vincent y Gregory salieron a toda prisa hacia las mazamorras de Slytherin, dejaron allí las mochilas y los libros tal como les habían indicado, se pusieron las capas y volvieron al vestíbulo.
Los jefes de las casas ubicaban a sus alumnos en filas.
-No quiero que ninguno de ustedes hable a menos que se les solicite -ordenó el profesor Snape, inspeccionando el atuendo de sus alumnos con la mirada. No había nada fuera de línea-. Síganme. Los de primero delante, los prefectos cerrando la marcha…
Bajaron en fila por la escalinata de la entrada y se alinearon delante del castillo. Era una noche fría y clara. Oscurecía, y una luna pálida brillaba ya sobre el bosque prohibido. Hermione, de pie entre Draco y Theo en la cuarta fila, estaba ligeramente mareada.
-Siento que voy a vomitar en cualquier momento -murmuró, inclinándose contra el costado derecho de Draco. El rubio le paso un brazo por la cintura para sostenerla, pero no se veía mucho mejor.
-Tal vez si ayer no hubieran insistido en quedarse hasta tarde practicando sus barreras mentales, no estarían así -reprochó Theo.
Draco lo fulminó con la mirada.
-Eso lo dices porque no vives con Lucius -se le escapó.
Blaise, detrás suyo, soltó un suspiro.
-Esta vez estoy de acuerdo con Theo -dijo el moreno-. Todavía tenemos dos meses para regresar a casa, si así lo quieres. Por no mencionar que, por lo visto, eres el más preparado para la Oclumancia entre nosotros -miró a Draco con cierta envidia.
-No hay necesidad de esforzar la mente, Draco -le recordó Theo-. El profesor Snape dice que está bien ir con pasos pequeños…
-¡Ajá! ¡Si no me equivoco, se acercan los representantes de Beauxbatons! -gritó Dumbledore, parado en la última fila, donde estaban los maestros.
-¿Por dónde? -preguntaron muchos con impaciencia, mirando en diferentes direcciones.
-¡Por allí! -gritó Adrian, señalando hacia el bosque.
Una cosa larga, mucho más larga que una escoba (y, de hecho, que cien escobas) se acercaban al castillo por el cielo azul oscuro, haciéndose cada vez más grande.
-¡Es una casa volante! -dijo un estudiante de Gryffindor.
La suposición del Gryffindor estaba más cerca de la realidad. Cuando la gigantesca forma negra pasó por encima de las copas de los árboles del bosque prohibido casi rozándolas, y la luz que provenía del castillo la iluminó, vieron que se trataba de un carruaje colosal, de color azul pálido y del tamaño de una casa grande, que volaba hacia ellos tirado por una docena de caballos alados de color tostado, pero con la crin y la cola blancas, uno del tamaño de un elefante.
Las tres filas delanteras de alumnos se echaron para atrás cuando el carruaje descendió precipitadamente y aterrizó a tremenda velocidad. Entonces golpearon el suelo los cascos de los caballos, que eran más grandes que platos, metiendo tal ruido que Longbottom dio un salto y pisó a Blaise que soltó una maldición, pero fue rápidamente silenciado por Theo, que parecía impresionado por el espectáculo.
Un segundo más tarde el carruaje se posó en la tierra, rebotando sobre las enormes ruedas, mientras los caballos sacudían su enorme cabeza y movían unos grandes ojos rojos.
Antes de que la puerta del carruaje se abriera, Hermione vio que llevaba un escudo: dos varitas mágicas doradas cruzadas, con tres estrellas que surgían de cada una.
Un muchacho vestido con túnica de color azul pálido saltó del carruaje al suelo, hizo una inclinación, busco con las manos durante un momento algo en el suelo del carruaje y desplegó una escalerilla dorada. Respetuosamente, retrocedió un paso. Entonces Hermione vio un zapato negro brillante, con tacón alto, que salía del interior del carruaje. Era un zapato del mismo tamaño que un trineo infantil. Al zapato le siguió, casi inmediatamente, la mujer más grande que Hermione había visto nunca. Las dimensiones del carruaje y de los caballos quedaron inmediatamente explicadas. Algunos ahogaron un grito.
En toda su vida, Hermione sólo había visto a una persona tan gigantesca como aquella mujer, y ése era Hagrid.
-Te apuesto diez galeones a que es una semigigante -murmuró Blaise al oído de Hermione.
-Esa es una apuesta que no tomaré -espetó la castaña-. No insultes mi inteligencia, Zabini. Es obvio que es una semigigante, mírala.
La criatura dio unos pasos y entró de lleno en la zona iluminada por la luz del vestíbulo, y ésta reveló un hermoso rostro de piel morena, unos ojos cristalinos grandes y negros, y una nariz afilada. Llevaba el pelo recogido por detrás, en la base del cuello, en un moño reluciente. Sus ropas eran de satén negro, y una multitud de cuentas de ópalo brillaban alrededor de la garganta y en sus gruesos dedos.
Dumbledore comenzó a aplaudir. Los estudiantes, imitando a su director, aplaudieron también, muchos de ellos de puntillas para ver mejor a la mujer.
Sonriendo graciosamente, ella avanzó hacia Dumbledore y extendió una mano reluciente. Aunque Dumbledore era alto, apenas tuvo que inclinarse para besársela.
-Mi querida Madame Maxime -dijo-, bienvenida a Hogwarts.
-Dumbledog -repuso Madame Maxime, con una voz profunda-, espego que esté bien.
-En excelente forma, gracias -respondió Dumbledore.
-Mis alumnos -dijo Madame Maxime, señalando tras ella con gesto lánguido.
Hermione, que no se había fijado en otra cosa que, en Madame Maxime, notó que unos doce alumnos, chicos y chicas, todos los cuales parecían hallarse cerca de los veinte años, habían salido del carruaje y se encontraban detrás de ella. Estaban tiritando, lo que no era nada extraño dado que las túnicas que llevaban parecían de seda fina, y ninguno de ellos tenía capa. Por lo que alcanzaba a distinguir Hermione (ya que los tapaba la enorme sombra proyectada por Madame Maxime), todos miraban el castillo de Hogwarts con aprensión.
-¿Ha llegado ya Kagkagov? -preguntó Madame Maxime.
-Se presentará de un momento a otro -aseguró Dumbledore-. ¿Prefieren esperar aquí para saludarlo o calentarse un poco?
-Lo segundo me paguece -respondió Madame Maxime-. Pego los caballos…
-Nuestro profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas se encargará de ellos encantado -declaró Dumbledore-, en cuanto vuelva de solucionar una pequeña dificultad que le ha surgido con alguna de sus otras… obligaciones.
-Dime que por fin se le murieron esas malditas bestias -espetó Draco, refiriéndose a los escregutos que habían estado cuidando.
-Eso espero -pidió Theo, reprimiendo un escalofrío.
-Mis cogceles guequieguen… eh… una mano podegosa -dijo Madame Maxime, como si dudara que un simple profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas fuera capaz de hacer el trabajo-. Son muy fuegtes…
-Le aseguro que Hagrid podrá hacerlo -dijo Dumbledore, sonriendo.
-Muy bien -asintió Madame Maxime, haciendo una leve inclinación-. Y, pog favog, dígale a ese pgofesog Haggid que estos caballos solamente beben whiskey de malta pugo.
-Descuide -dijo Dumbledore, inclinándose a su vez.
-Allons-y -les dijo imperiosamente Madame Maxime a sus estudiantes, y los alumnos de Hogwarts se apartaron para dejarlos pasar y subir la escalinata de piedra.
-¿Cómo de grandes calculan que serán los caballos de Durmstrang? -dijo Seamus Finnigan, inclinándose para dirigirse a Potter y Weasley, entre Brown y Patil.
-Todos saben que ellos llegan en barco, idiota -dijo Blaise, provocando que los Gryffindor lo fulminaran con la mirada.
-Nadie hablaba contigo, asquerosa serpiente rastrera -siseo Weasley furioso.
-Cinco puntos menos para Gryffindor -cantó Eleanor, que los había estado escuchando.
-¡Él me llamó idiota! -acusó Finnigan, apuntando a Blaise con el dedo.
-Eso eres, ¡así que no me apuntes con tu grotesco dedo! -siseo el Slytherin, soltándole un manazo para apartar el dedo de su rostro.
-Piensa dos veces lo que dirás, Potter -dijo Eleanor, viendo que el chico había abierto su gran bocota para reclamar a Blaise-. Y bajaré más que cinco puntos, niño.
-¿No oyes algo? -preguntó Pansy repentinamente, atrayendo la atención de sus compañeros de Slytherin y evitando que vieran la mirada furiosa que Potter le dirigió a Eleanor.
Hermione escuchó. Un ruido misterioso, fuerte y extraño, llegaba a ellos desde las tinieblas. Era un rumor amortiguado y un sonido de succión, como si una inmensa aspiradora pasara por el lecho de un río…
-¡El lago! -gritó Longbottom, señalando hacia él-. ¡Miren el lago!
-No me digas, genio -bufó Gregory, provocando más gruñidos entre los Gryffindor y los Slytherin.
Desde su posición en lo alto de la ladera, desde la que se desviaban los terrenos del colegio, tenían una buena perspectiva de la lisa superficie negra del agua. Y en aquellos momentos esta superficie no era lisa en absoluto. Algo se agitaba bajo el centro del lago. Aparecieron grandes burbujas, y luego se formaron unas olas que iban a morir a las embarradas orillas. Por último, surgió en medio del lago un remolino, como si al fondo le hubieran quitado un tapón gigante…
Del centro del remolino comenzó a salir muy despacio lo que parecía un asta negra, y luego Hermione vio las jarcias…
-¡Un mástil! -exclamó Dean Thomas. Los Slytherin a duras penas lograron evitar rodar los ojos.
Lenta, majestuosamente, el barco fue surgiendo del agua, brillando a la luz de la luna. Producía una extraña impresión de cadáver, como si fuera un barco hundido y resucitado, y las pálidas luces que relucían en las portillas daban la impresión de ojos fantasmales. Finalmente, con un sonoro chapoteo, el barco emergió en su totalidad, balanceándose en las aguas turbulentas, y comenzó a surcar el lago hacia tierra. Un momento después oyeron la caída de un ancla arrojada al bajío y el sordo ruido de una tabla tendida hasta la orilla.
A la luz de las portillas del barco, vieron las siluetas de la gente que desembarcaba. Todos ellos, según le parecía a Hermione, tenían la constitución de Vincent y Gregory… pero luego, cuando se aproximaron más, subiendo por la explanada hacia la luz que provenía del vestíbulo, vio que su corpulencia se debía en realidad a que todos llevaban puestas unas capas de algún tipo de piel muy tupida. El que iba adelante llevaba una piel de distinto tipo: lisa y plateada como su cabello.
-¡Dumbledore! -gritó efusivamente mientras subía la ladera-. ¿Cómo estás, viejo compañero, cómo estás?
-¡Estupendamente, gracias, profesor Karkarov! -respondió Dumbledore.
Karkarov tenía una voz pastosa y afectada. Cuando llegó a una zona bien iluminada, vieron que era alto y delgado como Dumbledore, pero llevaba corto el blanco cabello, y la perilla (que terminaba en un pequeño rizo) no ocultaba del todo el mentón poco pronunciado. Al llegar ante Dumbledore, le estrechó la mano.
-El viejo Hogwarts -dijo, levantando la vista hacia el castillo y sonriendo. Tenía los dientes bastante amarillos, y Hermione observó que la sonrisa no incluía los ojos, que mantenían su expresión de astucia y frialdad-. Es estupendo estar aquí, es estupendo… Viktor, ve para allá, al calor… ¿No te importa, Dumbledore? Es que Viktor tiene un leve resfriado…
Karkarov indicó por señas a uno de los estudiantes que se adelantara. Cuando el muchacho pasó, Hermione vio su nariz, prominente y curva, y las espesas cejas negras.
-¡Es Krum! -murmuró Vincent, igual de sorprendido que muchos ahí.
-¿Podemos sentarnos junto a Krum? ¿Por favor? -rogó Blaise cuando los alumnos de Hogwarts, formados en fila, volvían a subir la escalinata tras la comitiva de Durmstrang-. ¡Necesito pedirle un autógrafo!
-Yo también… ¡uh! ¡Yo también necesito un autógrafo! -pidió Vincent.
-No sabía que Krum seguía yendo a la escuela -murmuró Theo.
Cuando volvieron a cruzar el vestíbulo con el resto de los estudiantes de Hogwarts, de camino al Gran Comedor, Hermione vio a Milton Statham dando saltos en vertical para poder distinguir la nuca de Krum. Unas chicas de sexto revolvían en sus bolsillos mientras caminaban.
-¡Ah, es increíble, no llevo ni una simple pluma! ¿Crees que accedería a firmarme un autógrafo en la falda con mi lápiz de labios?
Hermione sonrió al reconocer Zayra Bellamy, que hacía dos años detestaba a todas las chicas que estaban detrás de Lockhart.
-¡Zayra! -reprendió su amiga, Maia Collingwood, antes de arrebatarle el lápiz labial-. ¡No puedes pedirle a Viktor Krum que te firme la falda!
Algunas cosas nunca cambiaban.
-Voy a intentar conseguir un autógrafo -dijo Blaise-. No llevarás una pluma, ¿verdad, Theo?
-Las dejé todas en mi mochila -respondió el castaño.
Se dirigieron a la mesa de Slytherin. Blaise puso mucho interés en sentarse orientado hacia la puerta de la entrada. Krum y sus compañeros de Durmstrang seguían amontonados junto a ella sin saber dónde sentarse. Los alumnos de Beauxbatons se habían puesto en la mesa de Ravenclaw y observaban al Gran Comedor con expresión crítica. Tres de ellos se sujetaban aún bufandas o chales en torno a la cabeza.
-¿Tanto frío hace? -preguntó Pansy, mirando fijamente a los alumnos de Beauxbatons.
-No… ¿o sí? -preguntó Daphne.
-¿Dónde creen…? ¡oh! ¡uh! Cállense -siseo Blaise, sentándose más recto que nunca.
Viktor Krum y sus compañeros de Durmstrang se estaban sentando justo al lado de Draco. Hermione reprimió una risita al ver la sonrisa embobada de Blaise, que miraba fijamente a Krum sentado al lado del Slytherin.
-Draco Malfoy -el rubio no tardó en presentarse, estrechando la mano con el búlgaro.
-Viktor Krum -dijo, con un acento muy marcado.
-Mi amigo aquí quiere saber si podrías firmarle su sombrero -pidió el rubio, arrastrando las palabras con burla.
-¡Malfoy! -siseo Blaise, y por primera vez, Hermione vio cómo se sonrojaba de vergüenza.
-Yo…
-Ignóralos -pidió Hermione, hablando por primera vez con el búlgaro-. Ellos están bromeando -dijo, mirando con molestia a Draco antes de dirigir su mirada a Blaise, que rápidamente dejo de brincar en su asiento-. Basta, Draco. Estas avergonzando a Blaise -le susurró a Draco en el oído.
-No sabía que era capaz de hacerlo.
-¡Draco!
Los estudiantes de Durmstrang empezaron a quitarse las pesadas pieles y miraron con expresión de interés el negro techo lleno de estrellas. Dos de ellos tomaron los platos y copas de oro y los examinaron, aparentemente muy impresionados.
-¿Qué? ¿Nunca habían visto un par de cubiertos? -inquirió Theo, mirando extrañado a los búlgaros.
En el fondo, en la mesa de los profesores, Filch, el conserje, estaba añadiendo sillas. Como la ocasión lo merecía, llevaba puesto un frac viejo y enmohecido. Hermione se sorprendió al verlo añadir cuatro sillas, dos a cada lado de Dumbledore.
-Pero sólo hay dos profesores más -se extrañó Gregory, que también miraba la mesa del profesorado-. ¿Por qué Filch pone cuatro sillas? ¿Quién más va a venir?
-¿Eh? -preguntó Blaise, poniendo atención por primera vez a sus amigos.
Habiendo entrado todos los alumnos al Gran Comedor y una vez sentados a las mesas de sus respectivas casas, empezaron a entrar en fila los profesores, que se encaminaron a la mesa del fondo y ocuparon sus asientos. Los últimos en la fila eran Dumbledore, el profesor Karkarov y Madame Maxime. Al ver aparecer a su directora, los alumnos de Beauxbatons se pusieron inmediatamente en pie. Algunos de los de Hogwarts se rieron. El grupo de Beauxbatons no pareció avergonzado en absoluto, y no volvió a ocupar sus asientos hasta que Madame Maxime se hubo sentado a la izquierda de Dumbledore. Éste, sin embargo, permaneció en pie, y el silencio cayó sobre el Gran Comedor.
-Buenas noches, damas, caballeros, fantasmas y, muy especialmente, buenas noches a nuestros huéspedes -dijo Dumbledore, dirigiendo una sonrisa a los estudiantes extranjeros-. Es para mí un placer darles la bienvenida a Hogwarts. Deseo que su estancia aquí les resulte al mismo tiempo confortable y placentera, y confío en que así sea.
Una de las chicas de Beauxbatons, que seguía aferrando la bufanda con que se envolvía la cabeza, profirió lo que inconfundiblemente era una risa despectiva.
-Yo quería ir a Beauxbatons, pero a mi mamá no le agrado la idea -dijo Pansy, soltando un suspiro de envidia.
-El torneo quedará oficialmente abierto al final del banquete -explicó Dumbledore-. ¡Ahora los invito a todos a comer, a beber y a disfrutar como si estuvieran en su casa!
Se sentó, y Hermione vio que Karkarov se inclinaba inmediatamente hacia él y trababan conversación.
Como de costumbre, las fuentes que tenían delante se llenaron de comida. Los elfos domésticos de las cocinas parecían haber tocado todos los registros. Ante ellos tenían la mayor variedad de platos que Hermione hubiera visto nunca, incluidos algunos que eran evidentemente extranjeros.
-Los elfos se lucieron -dijo Gregory, sirviéndose una considerable porción de Bullabesa.
-¿No se supone que estabas intentando bajar de peso? -indago Blaise, llenando su copa con jugo de granada.
-Metete en tus asuntos, Zabini -espetó Gregory, y para molestar más al moreno, se sirvió otras dos enormes cucharadas.
Blaise lo miró con molestia.
-Has lo que quieras, gordinflón -siseo el Slytherin, decidido a ignorar el resto de la noche a su amigo.
-Yo quería una simple tarta de chocolate -murmuró Hermione, disparando miradas en la mesa para ver si encontraba lo solicitado.
-Me parece que los elfos solo querían complacer a los estudiantes extranjeros, Hermione -dijo Theo, sirviéndose un trozo de Musaka, un plato búlgaro.
Hermione frunció la nariz, decepcionada.
-Si quieres después podemos ir a la cocina -aportó Draco, solo sirviéndose té-. Estoy seguro de que los elfos estarán gustosos de hacer más comida para sus estudiantes.
-¿La cocina? -preguntó Hermione.
-Sí -asintió Draco-. La encontré el otro día mientras miraba el mapa -dijo.
-Muéstrame -ordenó la castaña, inclinándose en el espacio personal del rubio.
Draco hizo lo mismo, sus frentes rozándose mientras sacaba el Mapa del merodeador del bolsillo interior de su túnica. Procuraba llevarlo encima por si llegaba a necesitarlo en algún momento, y justo ahora le venía perfecto. No tendrían que regresar a la sala común de Slytherin para buscarlo. Sacó su varita mágica y dijo:
-Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas -recitó y el mapa cobró vida. Las manchas escarlatas empezaron a expandirse por todo el pergamino viejo, listo para llevar a sus dueños a una nueva aventura-. Mira, justo ahí -señaló-. Bajando por las escaleras que conducen al sótano de Hufflepuff.
-¿Sabes cómo entrar? -preguntó Hermione enarcando una ceja.
-Bueno…. -Draco rio, sus orbes grises chocando con los marrones de Hermione- De eso sí no tengo idea.
-¡Draco!
-Algo se nos ocurrirá -dijo, restándole importancia a ese pequeño detalle-. Puedo decirte que la entrada está detrás de un cuadro de frutas, así que ha de tener alguna clase de hechizo para abrirla y… -un largo brazo enfundado en una túnica y terminando en una mano pálida y pecosa se interpuso entre ambos Slytherin, arrebatándoles el mapa.
-¿De dónde sacaron esto? -preguntó una voz, haciendo que ambos Slytherin levantaran la vista con rapidez mientras se giraban ligeramente en sus asientos. Los gemelos Weasley los miraban desde toda su larguirucha altura.
-Devuélvemelo, pobretón -siseo Draco, arrastrando las palabras con altanería.
-Una vez que nos digas de dónde lo sacaste, huroncito -contestó uno de los gemelos provocando un respingo en Draco. Hermione miró a su alrededor en busca de alguna mirada curiosa, pero había bastantes alumnos levantados que buscaban entablar conversación con los estudiantes extranjeros.
-Por ahí -respondió Hermione con tranquilidad, regresando su mirada sobre los gemelos. Sus amigos ya habían caído en cuenta de los invasores y veían con la misma altanería y chulería a los gemelos. A excepción de Gregory y Vincent que soltaban gruñidos de advertencia.
-¿Qué hacen en nuestra mesa? -preguntó Theo con falsa amabilidad y semblante tranquilo. Quien no lo conociera, pensaría que el castaño hacia una simple pregunta, pero ya estaba maquinando como sacar volando a los gemelos y recuperar el mapa.
Ambos gemelos se encogieron de hombros con desinterés.
-Queríamos ver a Krum… -dijo uno de ellos.
-Conseguir un autógrafo y luego venderlo al mejor postor -dijo el otro-. Pero ahora ustedes son más interesantes.
-Dámelo -repitió Draco, con las mejillas rojas del enojo y la humillación. Odiaba cuando los malditos Gryffindor lo llamaban hurón.
Maldito Moody, algún día se lo pagaría.
-Te lo daremos… -empezó uno.
-… cuando nos digas de donde lo sacaste -terminó el otro. Pero ambos tenían enormes sonrisas en sus pecosos rostros.
-¿Siempre tiene que terminar las frases del otro? -preguntó Blaise enarcando una ceja.
Los gemelos se miraron entre ellos, miraron a Blaise y se encogieron de hombros una vez más.
-Lo encontramos el año pasado -dijo Hermione, obviando por completo la intervención del profesor Snape. Ambos pares de ojos cayeron en la castaña.
-¿Dónde?
-¿Cómo?
-Ustedes no especificaron, así que si no quieren meterse en problemas será mejor que lo devuelvan -ordenó Hermione, estirando la mano para que colocaran el mapa sobre su palma vacía. Los gemelos se miraron entre ellos y luego a la mano de Hermione.
-Nunca.
-Es nuestro.
-¿Ah, sí? -inquirió Blaise, regalándoles una sonrisa maliciosa a los gemelos-. ¿Ustedes son Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta?
-¡Por supuesto! -exclamó uno.
-¡Baja la voz! -siseo Draco-. No necesitamos que nos vean hablando con un par de pobretones.
-¡Draco! -regañó Hermione-. No seas grosero.
-Sí, no seas grosero, huroncito -se burló el otro gemelo.
-¡Idiota! -bufó Draco.
Ambos gemelos se rieron y en ese momento de descuido, Hermione les arrebató el mapa de entre las manos.
-¡Oye!
-¡Devuélvelo!
-Por Salazar, gritan mucho -dijo Theo, tomando su copa de oro y haciendo un brindis hacia la mesa del profesorado. Los ojos negros del profesor Snape estaban puestos en ellos-. Sera mejor que se vayan -una gran sonrisa iluminaba sus rasgos, sin dejar de mirar a su jefe de casa.
-Esto no se quedará así, serpientes -dijo uno de los gemelos, también mirando al profesor Snape antes de marcharse de nuevo hacia la mesa de Gryffindor.
Draco maldijo por debajo, mientras Hermione metía el mapa en el bolsillo interno de la túnica de Draco. Con una sonrisa en el rostro al mirar al profesor Snape antes de que un jadeo de sorpresa hiciera saltar al rubio.
-¡Mira!
Las dos sillas vacías ahora estaban ocupadas. Ludo Bagman estaba sentado al otro lado del profesor Karkarov como también otro mago.
-¡Es Barthy Crouch! -dijo Vincent, sorprendido.
-¿Quién es Barthy Crouch? -preguntó Hermione, aún sorprendida por volver a ver a Ludo Bagman.
-Fue el director del Departamento de Seguridad Mágica durante la primera guerra mágica -respondió el chico-. Ahora trabaja en el Departamento de Cooperación Mágica Internacional. Fue degradado -explicó.
-¿Degradado?
-Oh… es un tema un poco oscuro, ¿segura quieres escucharlo? -preguntó Vincent, enarcando una ceja. Hermione asintió-. Bueno, mi padre… tú sabes que él, bueno… él… -dijo, recordando el fiasco del Mundial de quidditch.
-Sí, Vincent. Lo sé, está bien -dijo la chica con una sonrisa comprensiva.
Vincent soltó un largo suspiro.
-Bueno, verás… -Dumbledore volvió a levantarse, interrumpiendo su conversación. Todos en el Gran Comedor parecían emocionados y nerviosos.
-Más tarde -pidió la castaña; su amigo asintió y el grupo de amigos puso su atención en el director.
-Ha llegado el momento -anunció Dumbledore, sonriendo a la multitud de rostros levantados hacia él-. El Torneo de los tres magos va a dar comienzo. Me gustaría pronunciar unas palabras para explicar algunas cosas antes de que traigan el cofre…
-¿El qué? -murmuró Theo.
Blaise se encogió de hombros, igual de curioso.
-… sólo para aclarar en qué consiste el procedimiento que vamos a seguir. Pero antes, para aquellos que no lo conocen, permítanme que les presente al señor Bartemius Crouch, director del Departamento de Cooperación Mágica Internacional -hubo un asomo de aplauso cortés-, y al señor Ludo Bagman, director del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos.
Aplaudieron mucho más a Bagman que a Crouch.
-Los señores Bagman y Crouch han trabajado sin descanso durante los últimos meses en los preparativos del Torneo de los Tres magos -continuó Dumbledore-, y estarán conmigo, el profesor Karkarov y con Madame Maxime en el tribunal que juzgará los esfuerzos de los campeones.
A la mención de la palabra "campeones", la atención de los alumnos aumentó aún más.
Quizá Dumbledore percibió el repentino silencio, porque sonrió mientras decía:
-Señor Filch, si tiene usted la bondad de traer el cofre…
Filch, que había pasado inadvertido, pero permanecía atento en un apartado rincón del Gran Comedor, se acercó a Dumbledore con una gran caja de madera con joyas incrustadas. Parecía extraordinariamente vieja. De entre los alumnos se alzaron murmullos de interés y emoción.
-Los señores Crouch y Bagman han examinado ya las instrucciones para las pruebas que los campeones tendrán que afrontar -dijo Dumbledore mientras Filch colocaba con cuidado el cofre en la mesa, ante él-, y han dispuesto todos los preparativos para ellos. Habrá tres pruebas, espaciadas en el curso escolar, que medirán a los tres campeones en muchos aspectos diferentes: sus habilidades mágicas, su osadía, sus dotes de deducción y, por supuesto, su capacidad para sortear el peligro.
Ante esta última palabra el Gran Comedor se hizo un silencio tan absoluto que nadie parecía respirar.
-Como todos saben, en el Torneo compiten tres campeones -continuo Dumbledore con tranquilidad-, uno por cada colegio participante. Se puntuará a la perfección con que lleven a cabo cada una de las pruebas y el campeón que después de la tercera tarea haya obtenido la puntuación más alta se alzará con la Copa de los tres magos. Los campeones serán elegidos por un juez imparcial: el cáliz de fuego.
Dumbledore sacó su varita mágica y golpeó con ella tres veces la parte superior del cofre. La tapa se levantó lentamente con un crujido. Dumbledore introdujo una mano para sacar un gran cáliz de madera toscamente tallada. No habría llamado la atención de no ser porque estaba lleno hasta el borde de unas temblorosas llamas de color blanco azulado.
Dumbledore cerró el cofre y con cuidado colocó el cáliz sobre la tapa, para que todos los presentes pudieran verlo bien.
-Todo el que quiera proponerse para campeón tiene que escribir su nombre y el de su colegio en un trozo de pergamino con letra bien clara y echarlo al cáliz -explicó Dumbledore-. Los aspirantes a campeones disponen de veinticuatro horas para hacerlo. Mañana, festividad de Halloween, por la noche, el cáliz nos devolverá los nombres de los tres campeones a los que haya considerado más dignos de representar a sus colegios. Esta misma noche el cáliz quedará expuesto en el vestíbulo, accesible a todos aquellos que quieran competir. Para asegurarme de que ningún estudiante menor de edad sucumbe a la tentación -prosiguió Dumbledore-, trazaré una raya de edad alrededor del cáliz de fuego una vez que lo hayamos colocado en el vestíbulo. No podrá cruzar la línea nadie que no haya cumplido los diecisiete años.
-¿Creen que alguien de Slytherin lo intente? -preguntó Pansy a Hermione. La castaña se encogió de hombros, nadie ahí parecía estar interesados en arriesgar sus vidas a cambio de mil galeones.
-Por último, quiero recalcar a todos los que estén pensando en competir que hay que meditar muy bien antes de entrar en el Torneo. Cuando el cáliz de fuego haya seleccionado a un campeón, él o ella estarán obligados a continuar en el Torneo hasta el final. Al echar su nombre al cáliz de fuego están firmando un contrato mágico de tipo vinculación. Una vez convertido en campeón, nadie puede arrepentirse. Así que deben estar muy seguros antes de ofrecer su candidatura. Y ahora me parece que ya es hora de ir a la cama. Buenas noches a todos.
Cocinas de Hogwarts.
Halloween.
16:30 p.m.
-¿Dobby? -Draco parpadeo repetidas veces, mirando con desconcierto al feo elfo que había pertenecido a su familia por mucho tiempo. Su padre dijo que liberó al elfo, pero siempre creyó que la inútil criatura había muerto en un ataque de ira por parte de su progenitor. Después de enterarse que su plan para librarse de los nacidos de muggles no había funcionado y, para colmo, lo botaron del Concejo Escolar.
-¡Joven Malfoy! -exclamó el elfo, igual de sorprendido. Pero su sorpresa rápidamente se convirtió en sospecha y miró con desconfianza a su antiguo amo-. ¿Qué hace aquí?
-Esas no son forma de hablarle a tus amos, elfo -dijo Blaise, tan sonriente como siempre. Después de que Draco había anunciado que intentarían entrar a las cocinas de Hogwarts, el moreno no pudo evitar ir con ellos. Quería saber como reaccionarían los demás elfos ante la presencia de magos, ¿serían como su querida elfina Mirthy? ¿o sólo serían una bola de elfos sosos? sin nada interesante en ellos.
-¡Dobby no tiene amos! ¡Dobby es un elfo libre! -espetó el elfo para sorpresa de los cinco Slytherin y la Gryffindor que los acompañaba.
-¡Elfo irrespetuoso! -otro elfo, un poco más alto que Dobby y definitivamente más viejo, lo golpeo con un cucharon de madera en la cabeza. Al igual que los otros elfos (al menos cien, estaba seguro) llevaba un paño de cocina estampado con el blasón de Hogwarts y atado a modo de toga-. Esa no es forma de hablarle a los estudiantes de Hogwarts -y en seguida hizo una pronunciada reverencia-. Les pido disculpas, amos.
-Oh, no hay nada que disculpas, elfo -dijo Blaise, sus ojos recorriendo la cocina de Hogwarts. Una estancia gigantesca de techos altos con cinco mesas idénticas a las del Gran Comedor; también estaban en la misma posición. Había grandes cantidades de ollas y sartenes apiladas alrededor de las paredes de piedra, sobre las encimeras y estufas, y una gran chimenea de ladrillo en el otro extremo del pasillo de la puerta-. Impresionante -admitió.
-¿Quién es esa? -preguntó Ginny, sacudiendo la túnica del moreno para llamar su atención mientras señala a la elfina derrumbada sobre una silla al lado de la chimenea. Se había encontrado con los Slytherin después de ver el gracioso espectáculo que sus hermanos y Lee Jordan protagonizaron, muy curiosa por saber hacía donde se dirigían.
Los Slytherin en seguida notaron a la elfina. Llevaba una faldita elegante y una blusa con un sombrero azul a juego que tenía agujeros para las orejas. Sin embargo, mientras que todas las prendas de los elfos se hallaban tan limpias y bien cuidados que parecían completamente nuevas, la elfina no parecía dar ninguna importancia a su ropa: tenía manchas de sopa por toda la pechera de la blusa y una quemadura en la falda.
-Esa es Winky, señorita -respondió el elfo a quien Draco llamó: Dobby.
-¿Y ella está bien? -preguntó Hermione; la elfina parecía bastante alicaída.
-¡Sí, señorita! -dijo Dobby, aunque sus palabras no convencieron a nadie-. ¡Winky ha sido liberada al igual que Dobby, señorita!
Winky, que los había oído, rompió a llorar, y las lágrimas se derramaron desde sus grandes ojos castaños.
-Alguien cállela -pidió Vincent.
-¿Quién te liberó? -preguntó Draco, tratando de ignorar la sonrisa maligna en el rostro de Blaise. Le parecía increíble que su padre, de verdad, lo hubiera liberado.
Blaise, en cambio, le susurró algo al oído de Ginny y ambos se encaminaron a la elfina.
-Harry Potter -respondió Dobby, cambiando su alegría de nuevo a ese aire de sospecha.
-Jódeme -espetó Draco-. ¿San Potter te liberó?
Winky soltó tal chillido que los Slytherin y los centenares de elfos se estremecieron y miraron hacia la elfina. Blaise estaba en cuclillas a su lado, con un falso gesto de preocupación.
-¡Blaise deja a esa elfina en paz! -ordenó Hermione, tratando de pasar entre los elfos para llegar al moreno y, de paso, alejarse de Draco que a cada segundo se enojaba más.
-¡No estoy haciendo nada malo! -se defendió Blaise.
-¿Cómo pasó? -preguntó Draco, ignorando a sus amigos-. ¿Cómo Potter -escupió con desprecio- logró liberarte?
-Harry Potter…
El siguiente chillido hizo que los tímpanos del rubio latieran con fuerza.
-¡Maldita sea, Blaise! -ahora era Theo el que se encaminaba hacia el moreno, con una mirada de enojo en su rostro.
Draco suspiró con pesadez, un gran dolor de cabeza empezaba a palpitar. Esto ya no parecía tan divertido como en la mañana.
Gran Comedor.
Cuatro horas más tarde.
-Siento que voy a explotar -dijo Vincent, recargando su frente contra la fría madera de la mesa de Slytherin, tratando de apaciguar un poco su malestar.
Habían pasado una cantidad inimaginable de tiempo en las cocinas de Hogwarts, con Theo tratando de tranquilizar a la traumatizada elfina y Hermione riñendo a Blaise y Ginny, que fingían inocencia ante el tema y se negaban a decir qué demonios le habían dicho a la elfina para hacerla berrear de terror. Vincent tenía una ligera sospecha al respecto, seguro su moreno amigo se había burlado sin piedad de su recién adquirida libertad, que de seguro fue forzada. Todo mientras que él y Gregory comían cada cosa que los elfos le ofrecían y Draco seguía discutiendo con Dobby, bastante disgustado con la liberación otorgada por Potter.
-No volveré a comer en un siglo -se lamentó Gregory, pensando seriamente en ir a vomitar todo lo ingerido.
-Lo hubieran pensado antes de engullir esas cantidades de alimentos -reprochó Blaise con tranquilidad, como si no hubiera estado torturando a la pequeña elfina. Vincent estaba seguro de que Ginny y él habían cuchicheado antes de entrar al Gran Comedor, ambos con una sonrisa maliciosa en sus rostros y un brillo de desquiciada curiosidad.
Esos dos se parecían más de lo que alguno de ellos quería admitir.
-Eleanor se inscribió -dijo Pansy, que había entrado detrás de los cinco Slytherin junto a sus amigas. Los había visto caminar con la pobretona de Gryffindor, y aún le costaba imaginar cómo es que se habían hecho amigos después de lo que le hizo a Blaise.
-¿Eleanor? ¿En serio? -preguntó Theo, enfocado su mirada en el cáliz de fuego. Lo habían quitado del vestíbulo y lo habían puesto delante de la silla vacía de Dumbledore, sobre la mesa del profesorado.
-Sí, y Brutus Bagshot -dijo Millicent, que había escuchado a Pansy.
-¡Oh! ¡Vaya! -dijo Hermione, realmente sorprendida.
-Sería asombroso si quedara alguno de ellos -opinó Daphne. Las chicas asintieron en acuerdo.
El banquete de Halloween les pareció más largo de lo habitual. Vincent y Gregory no paraban de quejarse, y aunque Hermione no lo admitiera, se sentía un poco asqueada después de haberlos visto en acción durante su estadía en las cocinas de Hogwarts. Y parecía que el resto de sus amigos pesaba lo mismo, porque ninguno probó bocado más que una taza de chocolate caliente, ignorando olímpicamente los dulces.
-¿Quién creen que quede de las otras escuelas? -preguntó Flora.
-Krum, probablemente -respondió Draco, disparando una mirada discreta hacía donde estaban sentados los búlgaros, entre los de séptimo año.
-¿Y de Beauxbatons?
-No conozco a nadie -Theo se encogió de hombros.
-Yo sí -dijo Blaise, bebiendo de su chocolate caliente-. Fleur Delacour. Mi padre tiene… tenía activos con la familia Delacour, y mi madre suele revisarlos una vez cada tres años para ver qué tal va todo el asunto -se encogió de hombros-. La vi cuando terminé mi primer año, pero sinceramente no hablamos más que para saludarnos…
Por fin, los platos de oro volvieron a su original estado inmaculado. Se produjo cierto alboroto en el salón, que se cortó instantáneamente cuando Dumbledore se puso de pie. Junto a él, el profesor Karkarov y Madame Maxime parecían tensos y expectantes como los demás. Ludo Bagman sonreía y quiñaba el ojo a varios estudiantes. El señor Crouch, en cambio, no parecía nada interesado, sino que bien aburrido.
-Bien, el cáliz está casi preparado para tomar una decisión -anunció Dumbledore-. Según me parece, falta tan sólo un minuto. Cuando pronuncie el nombre de un campeón, le ruego que venga a esta parte del Gran Comedor, pase por la mesa de los profesores y entre en la sala de al lado -indicó la puerta detrás de su mesa-, donde recibirá las primeras instrucciones.
Sacó la varita y ejecutó con ella un amplio movimiento en el aire. De inmediato se apagaron todas las velas salvo las que estaban dentro de las calabazas con forma de cara, y la estancia quedó casi a oscuras. No había nada en el Gran Comedor que brillara tanto como el cáliz de fuego, y el fulgor de las chispas y la blancura azulada de las llamas hacía daños a los ojos. Todo el mundo miraba expectante. Algunos consultaban relojes.
-Mierda, necesito vomitar -susurró Vincent, llevándose las manos a la boca.
-Ni te atrevas -advirtió Draco.
De pronto, las llamas del cáliz se volvieron rojas, y empezaron a salir chispas. A continuación, brotó en el aire una lengua de fuego y arrojó un trozo carbonizado de pergamino. La sala entera ahogó un grito.
Dumbledore cogió el trozo de pergamino y lo alejó tanto como le daba el brazo para poder leerlo a la luz de las llamas, que habían vuelto a adquirir un color blanco azulado.
-El campeón de Durmstrang -leyó con voz alta y clara-, será Viktor Krum.
-Les dije -masculló Draco, al tiempo que una tormenta de aplausos y vítores inundaba el Gran Comedor. Hermione vio a Krum levantarse de entre los de séptimo y caminar hacia Dumbledore. Se volvió a la derecha, recorrió la mesa de los profesores y desapareció por la puerta hacia la sala contigua.
-¡Bravo, Viktor! -bramó Karkarov, tan fuerte que todo el mundo lo oyó incluso por encima de los aplausos-. ¡Sabía que serías tú!
-¿Soy yo o parece que hay cierto favoritismo por parte del rector de Durmstrang? -Theo enarcó una ceja.
-¡Qué curioso! ¡Cómo Potter! -se mofó Blaise.
Se pagaron los aplausos y los comentarios. La atención de todo el mundo volvía a recaer sobre el cáliz, cuyo fuego tardó unos pocos segundos en volverse nuevamente rojo. Las llamas arrojaron un segundo trozo de pergamino.
-La campeona de Beauxbatons -dijo Dumbledore- es ¡Fleur Delacour!
-¡Ja! -soltó Blaise-. ¡Le atiné! -gritó cuando la chica que parecía una veela se puso en pie elegantemente, sacudió la cabeza para retirarse hacia atrás la amplia cortina de pelo plateado, y caminó por entre las mesas de Hufflepuff y Ravenclaw.
-¿Ella es…?
-Sí, parte veela -respondió Blaise a la pregunta de Theo.
Dos de las chicas que no habían resultado elegidas habían roto a llorar, y sollozando con la cabeza escondida entre los brazos.
-Por Dios… -murmuró Hermione, incomoda.
Cuando Fleur Delacour hubo desaparecido también por la puerta, volvió a hacerse el silencio, pero esta vez era un silencio tan tenso y lleno de emoción, que casi se palpaba. El siguiente sería el campeón de Hogwarts…
Y el cáliz de fuego volvió a tornarse rojo; saltaron chispas, la lengua de fuego se alzó, y de su punta Dumbledore retiró un nuevo pedazo de pergamino.
-El campeón de Hogwarts -anunció- es ¡Cedric Diggory!
-¿Es el buscador de Hufflepuff, no? -preguntó Hermione y Draco asintió. El jaleo proveniente de la mesa de Hufflepuff era demasiado estruendoso. Todos y cada uno de los tejones se habían puesto de repente de pie, gritando y pataleando, mientras Cedric se abría camino entre ellos, con una amplia sonrisa, y marchaba hacia la sala que había tras la mesa de los profesores.
-¿Cómo es que nunca me había fijado en él? -preguntó Pansy, con las mejillas sonrojadas.
-Dímelo a mí -respondió Hermione, aún sorprendida.
-¡Ey! -espetó Draco, frunciendo el ceño con enojo.
-¡Estupendo! -dijo Dumbledore en voz alta y muy contento cuando se apagaron los últimos aplausos-. Bueno, ya tenemos a nuestros tres campeones. Estoy seguro de que puedo confiar en que todos ustedes, incluyendo a los alumnos de Durmstrang y Beauxbatons, darán a sus respectivos campeones todo el apoyo que puedan. Al animarlos, todos ustedes contribuirán de forma muy significativa a…
Pero Dumbledore se calló de repente, y fue evidente para todo el mundo por qué se había interrumpido.
El fuego del cáliz había vuelto a ponerse de color rojo. Otra vez lanzaba chispas. Una larga lengua de fuego se elevó de repente en el aire y arrojó otro trozo de pergamino.
Dumbledore alargó la mano y lo cogió. Lo extendió y miró el nombre que había escrito en él. Hubo una larga pausa, durante la cual Dumbledore contempló el trozo de pergamino que tenía en las manos, mientras el resto de la sala observaba. Finalmente, Dumbledore se aclaró la garganta y leyó en voz alta:
-Harry Potter.
-Por las pelotas de Slytherin -murmuró Blaise, con su mirada impresionada puesta -al igual que todo el Gran Comedor- en Potter, que parecía como si lo hubieran golpeado con una bludger. Sus ojos estaban amplios, en un estado de shock.
-¿Cómo mierda lo logró? -preguntó Vincent, ignorando momentáneamente su malestar.
-Vaya con Potter -masculló Draco, con un tinte de diversión en el rostro-. Siempre supe que tenía instintos suicidas.
Hermione posó su mirada en Harry Potter, era obvio que todo eso lo había tomado por sorpresa. Se preguntó momentáneamente si alguien le había jugado una broma de mal gusto. Alguien que obviamente lo odiaba, o simplemente lo quería ver muerto. Negó casi imperceptiblemente, sintiendo, después de mucho tiempo, lástima por el chico.
